Algunos de los lectores lamentarán la brevedad de este texto. Otros, al contrario, la agradecerán alborozados. Es lo que tiene esto de leer, y de escribir. Sea como fuere, la cuestión es informarles, a unos y a otros, del único encuentro que sostuvieron Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón y Borbón. Y del algo de cola que tuvo.
…………Es una breve y sencilla historia que ha llegado a mi conocimiento por fuente doblemente fiable: me la ha contado mi amigo Rafael, a quien a su vez se la refirió, hace una buena porción de años, nada menos que su amigo Pedro Romero Polo. Tengo que hacer notar en este momento que aún no me ha presentado Rafael (tan poco dado a esas cosas, es cierto), a su amigo Pedro, que es, como bien sé, una verdadera institución en Alcalá, y al que me extraña sobremanera no haber conocido personalmente por cualquier otro cauce a lo largo de los años en que he estado viviendo en este pueblo (aún paso aquí semanas enteras), adonde llegué desde Segovia en 1979, con una beca para estudiar las concomitancias entre el acueducto de mi ciudad natal y el que se conoce como «los caños de Carmona», denominación ésta de una inexactitud clamorosa, como todo el mundo sabe o debiera saber. Por cierto que, desde hace unos meses, asisto estupefacto a una especie de desmonte de una importante parte de la historia de Alcalá, dado que, por ejemplo, con tal de justificar la metástasis que le han hecho al puente romano, han salido algunos diciendo que su origen y basamento no es romano, sino de un tiempo que ni ellos mismos se atreven a concretar. Vivir para ver.
…………Pero bueno, ya me estoy enrollando, como tantas veces me dice Rafael. Vamos al asunto que quiero conozcan. El de Juan Barcelona y Juan Carlos, el de Borbón.
…………Sin embargo, resulta inevitable que antes diga algo sobre Juan, no el de Borbón (que también podría, y no poco), sino del de Alcalá, porque habrá alguna gente joven que ignore totalmente quién era el personaje, y no pocos adultos, y hasta viejos, que igualmente. Que yo no llegué a conocerlo también lo digo, pero como he tenido tan buenos informantes algo sé de Juan Barcelona.
…………Nuestro personaje era, si nos atenemos al Registro Civil, Ramón Jiménez Tinoco. El por qué del Juan, que lo fue desde chico, no lo sabemos, pero sí lo del apelativo de Barcelona, porque, según las fuentes consultadas, todas ellas de absoluta confianza (ya he dicho cuáles), se debió a que cuando se les preguntó a las mujeres que asistieron en el parto, una de ellas dijo: «¡Es más grande que Barcelona!». Y así recibió su apellido no oficial antes que los inscritos en el juzgado. En efecto, Juan fue un tipo alto, bien plantado, elegante de por sí y siempre impecable; seductor, hasta el punto de que el total de su descendencia nunca se ha podido determinar con exactitud.
…………Fue la suya una vida sin problemas derivados de ocupaciones laborales, siendo sus principales quehaceres los de «organizar» fiestas, o al menos ayudar en ello: era casi siempre el encargado de reunir a los participantes artísticos, sobre todo los de Alcalá, Utrera, Mairena y Dos Hermanas. Por otro lado, o por el mismo, Juan Barcelona poseía la facultad de hacerse notar (y antes hacerse presente) en cualquier reunión y escenario, aun sin desempeñar un papel concreto: por lo general, ni cantaba ni bailaba, pero su sola presencia le confería protagonismo, como si se tratara de un maestro que, ya entrado en años, deja, mientras observa la escena atentamente, que los discípulos se apliquen en la tarea. Destacaba muy mucho en ese difícil arte del «jaleamiento»: el óle a tiempo, el óle por merecimiento, los esplantes a compás, eran cosa que Juan sabía hacer como nadie (en internet puede verse un clarísimo ejemplo de esto que digo).
…………Afortunadamente, existen dos grabaciones domésticas (por soleá y por bulerías, disponibles en la red de redes) que atestiguan que Juan Barcelona cantaba —mejor que bien, y más gitano imposible—, contrariamente a lo afirmado por mucha gente. No faltaría entre esa gente alguno capaz de decir que Colón no llegó a América porque él no estaba allí para verlo. Más o menos como lo del puente.
…………Pero es que además lo podemos ver y escuchar en uno de los capítulos del programa de TVE Rito y geografía del cante, donde canta, casi podríamos decir que al alimón, con Mercedes, la hija adoptiva de Joaquín el de la Paula (también existe un registro discográfico de esa aparición). Hacen los dos una rumba que constituye en sí misma un extraño portento, una verdadera joya, un impagable tesoro. Es una de esas rumbas que algunos de los gitanos que sirvieron en Cuba trajeron al suelo patrio, insuflándoles ese carácter único que sólo ellos podían darle, y que luego tantas variedades produjo. Desde luego, no hay nada que pueda compararse con lo que trajo y transmitió Joaquín el de la Paula. La rumba de Juan y Mercedes es prueba apodíctica.
…………Por su prestancia y gitanería, también por su cualidad de estarse quieto, Juan participó, que yo sepa, en dos películas, verdad que no en papeles de primera fila, pero siempre distinguiéndose en cada secuencia en que aparecía. Actúo nada menos que en La Blanca Paloma y en María de la O, de las que fueron protagonistas Juanita Reina y Carmen Amaya, respectivamente.
…………Recuerdo ahora una anécdota que a Rafael le contó un sobrino-nieto de Juan Barcelona. Un día se acercó a Juan un administrativo del Ayuntamiento, tan famoso por sus constantes despistes como por su buena voluntad, que, creyéndole una persona necesitada y deseosa de trabajo, le ofreció dos semanas en unas obras que iban a hacerse en la Casa de Socorro: él, el funcionario, hablaría con el encargado y arreglaría la cosa. Juan, riéndose para sus adentros, le dio las gracias y le aseguró, muy serio: «Mire usted por donde, pero precisamente hace un rato me ha salido una buena colocación».
…………Juan se encontró más tarde con su sobrino Joaquín —«Joaquín Bastián», trabajador a carta cabal—, al que le refirió el caso. «¡Qué buena vista tiene ese gachó!», le dijo al sobrino. Juan, con ese constante esquivar el trabajo, siempre beneficiaba a alguien, y en este caso fue su sobrino el que pudo aprovechar los días de labor que el funcionario inocentón había ofrecido al que, según sus propias palabras, no quería quitarle el puesto de trabajo a nadie.
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Pero vayamos ya a lo de Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón. Sucedió que en la Feria de Sevilla, en la caseta «El Cortijo de Oromana», cuyo principal, si no único valedor era nuestro paisano Manuel Rodríguez Granados, popularmente conocido como «Manolito Orea», actuaban, como otros años, y junto a otros artistas, «Los de Joaquín el de la Paula», título que albergaba, con pocas variaciones de vez en vez, a Mercedes (la misma que grabó con Juan tan memorable rumba), Enrique el de la Paula, Manuel Algodón, el Platero, Luis el Piñonero, Manolo Heredia, el Poeta de Alcalá y los tocaores Manolo Vargas y Alfredo Aragón… Y Juan Barcelona, claro.
…………Aquella noche, «El Cortijo de Oromana» tenía dos invitados de excepción: Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, entonces príncipes de España.
…………No sabemos si por la presencia de tan altos dignatarios, o porque a todos los de Joaquín el de la Paula les cogió como nunca, lo cierto es que cada uno de ellos obtuvo los mayores aplausos de que guardaban memoria.
…………Como es lógico, los príncipes tenían un horario que cumplir. Así que, sin excesivas formalidades, subieron al tablao y allí mismo fueron despidiéndose, uno por uno, de todos los artistas, mientras Manuel Rodríguez Granados, como maestro de ceremonias, les iba diciendo el nombre de cada uno de ellos. Llegado el turno de Juan Barcelona, que así fue presentado a los futuros monarcas, nuestro gitano hizo la mayor de las reverencias ante la princesa, y, ya ante Juan Carlos, se permitió retener un momento la serenísima mano entre las suyas, al tiempo que le miraba a los ojos y le sonreía con seriedad, casi sobrecogido por la importancia del encuentro.
…………Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón no volvieron a verse nunca más.
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Dos años después, en el mismo sitio y por las mismas festivas fechas, volvió a recalar en Sevilla su Alteza doña Sofía, esta vez sin la compañía del Príncipe, que andaría ocupado en otros menesteres, seguramente menos placenteros. Y allí estaban otra vez «Los de Joaquín el de la Paula», y, por tanto, también Ramón Jiménez Tinoco, perdón, Juan Barcelona.
…………Se sucedieron las actuaciones: fandangos, alegrías, bulerías, cantes por soleá, el auténtico baile gitano de Angelita Vargas… Y, a una hora relativamente prudencial, la despedida de la princesa de España. Nuevamente, la rueda de artistas. Cuando Sofía le extiende la mano a Juanillo, éste le dice, con una gravedad propia del más solemne de los cortesanos: «Señora, dele usted recuerdos a su marido, de parte de Juan Barcelona».
…………Sin embargo, doña Sofía siguió sonriendo del mismo modo en que había saludado a los demás artistas, es decir, de esa forma cortés, pero protocolaria, que se usa en tantos y tantos actos a que se ven obligados los miembros de las jerarquías. Pedro y Rafael, según asevera éste, están convencidos de que la princesa no comprendió bien, de que la esposa del llamado a ser Rey no se daba verdadera cuenta de a quién estaba saludando. Los dos están seguros de que Sofía de Grecia aún no estaba muy ducha en el idioma español y menos todavía en el trato con personajes de la categoría de Juan Barcelona. De lo contrario, le hubiera contestado a Juan de manera especial, y habría guardado aquella frase del hijo de Josele y la Roezna hasta hacerla llegar a su marido, el cual, ¿qué duda puede caber?, habría recordado perfectamente a nuestro paisano. Según ellos, no hay por qué llegar al extremo de culpar a la princesa consorte de que Juan Carlos no recibiera aquel saludo de Juan Barcelona, y de que, por consiguiente, no pudiera transmitirle el suyo posteriormente: a Sofía aún le faltaban uno o dos hervores en las cosas de España.
…………¿No lo creen ustedes así? Porque esos dos, Pedro y Rafael, Rafael y Pedro, no se equivocan nunca. Nunca. Nunca.
Ahora en diciembre habría cumplido ciento veinte años, y en julio hizo cuarenta que murió. Da igual: valga cualquier pretexto para recordarlo, para invitar al disfrute de su cante natural y sapientísimo.
Yo, con o sin el permiso del respetable, y mal que me pese, sostengo que cualquiera no está facultado para apreciar el cante de Juan Talega (ni el de otros y otras, añado), porque, como dijo un gran sabio, «para tener gracia se han de reunir muchas circunstancias». Y lo del cante gitano, lo de estaryser en ello, es una gracia. Una Gracia, más bien. Despreciada por muchos, adulterada por otros, desconocida por los más. Una gracia que se tiene o no se tiene, ni más ni menos. O que te atrapa un buen día para no soltarte jamás. Pero, ojo, hablo de aquel cante gitano, de ese que murió porque no tenía más remedio, que así es la muerte natural: nada había ya que lo sostuviera, que le diera nuevas células, que le hiciera rebrotar. Nada puede vivir fuera de su medio natural (el hombre metido a astronauta sí, pero ¿es eso vida?). La consunción era inevitable, por mucho que algunos quieran, de buena fe o por los euros —no pocas veces, misteriosamente, se compaginan ambas cosas— alargar de forma artificial una apariencia de vida representada por seres y cantes que no son más que maquetas sin nervio.
Juan Fernández Vargas nació en Dos Hermanas. Su padre, hermano de Joaquín el de la Paula, se había trasladado a pueblo tan pródigo en aparceros (mayetos), al resultarle más favorable para el trato de caballerías, porque Agustín Fernández Franco («Agustín Talega»), que también cantaba, y bien, era un tratante ni muy chico ni muy grande, pero por lo menos lo suficientemente dotado para sacar adelante la familia sin demasiadas estrecheces. Que Juan viviera ochenta años, diez más que su primo Enrique y casi veinte que su otro Manolito María, puede que se debiera, entre otros factores, a que sus años de niñez y adolescencia lo fueron, por lo menos, de mejor alimentación, e incluso mejor aireados.
El padre de Juan era tan aficionado al cante como su hermano Joaquín. Pero si éste era la «anarquía vital» —en cuanto tenía dos perras gordas ya estaba en Triana—, Agustín tenía casa donde recibir a otros cantaores gitanos de renombre, amigos suyos, de manera que Juan aprendió «lo que no había en los escritos», y nunca mejor dicho. Fue así que Juanito supo de Tomás el Nitri, de los Cagancho, de la Andonda, del Fillo, de la Serneta, de Paco la Luz… Con su tío Joaquín y Manuel Torre la relación fue, como diríamos ahora, en vivo y en directo, ¡qué maravilla, qué sueño! Vamos, que tuvo un aprendizaje igualito que el que ahora se quiere dar en los colegios a unos niños super alimentados y ansiosos por llegar a casa y encender el ordenador, sin absolutamente nada que ver, no ya con la sociedad en que surgió el flamenco, sino incluso a años luz de la que le contempló durante algo más de cien años. O que el que pretenden impartir algunos «talleres» de flamenco para adultos (el término entrecomillado espanta, por muy léxicamente correcto que sea), a treinta y seis euros la hora.
Juan siguió con el oficio de su padre, ocupación que fue yendo a menos a medida que pasaban los años. Camiones, furgonetas y tractores fueron sustituyendo a las bestias de carne y hueso y cuatro patas. Ya por entonces a Juan lo buscaban para cantar en reuniones y fiestas, reclamado por señores —señoritos y no— verdaderamente aficionados al cante bueno de los gitanos. Esta dedicación, durante los años cuarenta y primeros cincuenta, hizo, por un lado, que Juan, siempre admirado (mas no siempre igualmente recompensado), pudiera llevar a su hogar un dinerillo bastante necesario; por otro, que su prestigio cantaor fuera creciendo, hasta llegar a ser considerado como el heredero, o el transmisor, de los grandes cantaores gitanos de la «media antigüedad»; sobre todo, que no únicamente, por soleá, seguiriyas y tonás.
Pero ni se arrimaría uno a ser justo si a Juan Fernández Vargas se le calificara, e instituyera, simplemente como gran heredero y excelente transmisor. Porque si el medianillo, el imitador, el falto de sello propio, puede permanecer a caballo de la historia por unos cuantos años —y ni uno más—, los cantaores que cuando cantan sienten la sangre en la boca perdurarán para siempre en la memoria y el paladar de los aficionados (distingamos siempre entre aficionados y público).
Porque Juan Talega aportó al cante gitano, como muy pocos otros, ese «algo» que eleva a los intérpretes a un lugar destacado, a distancia del común. Valgan unos pocos ejemplos. ¿Quién podrá cantar las bulerías de Manolito María, aquellas que empiezan: «Coje una silletita, por Dios primita, siéntate enfrente…»? (letra ésta tomada de unas sevillanas antiquísimas). ¿Quién tendrá en la voz y en el sentío el poderoso quebrao de Manuel Torre? ¿Quién como él, «el acabareuniones», la facultad asombrosa de hacer que algunos esperaran decenas de horas con tal de «cogerle bueno», es decir, enloquecedor? ¿Quién como Fernanda Jiménez Peña aquello de «en la ventanita, dejaba yo las llaves…»? ¿Y lo que le salía por soleá y por seguiriya a Juanito Mojama? Ya sabemos la respuesta, ¿verdad? Pues pasa igual con Juan Talega: él era de esos pocos que para cantar no tenían más que abrir la boca, ¡y encima siempre cantaba bien!, y muchas veces mucho mejor que muy bien. Y ni a Juan ni a esos otros hay que darles mérito alguno: cantaban así, como el agua brota del manantial. ¿Quién como él podría decir aquello de «Oleaítas del mar, que fuerte venéis…»?.
El cante de Juan estaba ensamblado en mimbres tan fuertes y flexibles como los de los cantaores más arriba mencionados, lo que pasa es que los grandes hacen con lo recibido de otros su sello propio, así, sin más, sin ni siquiera saberlo, dotados de cabo a rabo de su personalidad. Todo el mundo tiene personalidad, ¡pues claro que sí!, pero no todo el mundo la tiene a un nivel tan alto, encumbrado y olímpico.
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Las majaderías que se han escrito sobre el flamenco y sus personajes no cabrían en los cajones de dos o tres cómodas de las antiguas. Una de ellas la he leído recientemente: ¡que Juan Talega no aprendió a cantar con guitarra sino ya maduro, casi viejo! Aun siendo un gran disparate merece la pena refutarlo, porque será hacerlo sobre una visión del flamenco (y me estoy circunscribiendo al gitano) que es casi la imperante, incluso entre algunos que pasan por eruditos. Visión de corto alcance, antievolutiva, de piñón fijo, de llave 10/11. Es decir, de menos vuelo que una gallina clueca.
Está clarísimo que el cante gitano existía mucho antes de que la bajañí entrara en escena, en esa escena. La guitarra se fue incorporando al cante y al baile por medio de elementos no gitanos a medida que los calés asentados en pueblos y ciudades fueron abriéndose al resto de la población, y viceversa: lugares comunes en que se vivía, relaciones laborales y comerciales, etcétera. Como no podía por menos que ocurrir, unos y otros se influyeron, y así fue desarrollándose una correspondencia que durante poco más de ciento cincuenta años produjo, entre otras cosas, esa especie de regla de aligación, magnífica y profunda, entre cante e instrumento.
Pero conste que al cante nunca le ha sido imprescindible el acompañamiento de la guitarra, como se puede demostrar en cualquier momento. Fueron los tocaores los que se adaptaron, en un ejercicio más que admirable, al cante; los que, inspirados en el sentir sonoro del cantaor, lograron tan inmensamente bella aportación al arte flamenco, abriendo un gran diorama del que hemos podido disfrutar durante tantos años.
Un amigo mío añadiría que lo bueno y lo malo siempre conviven en todo tiempo y en toda forma viviente, y que por consiguiente la aportación de los guitarristas también ha servido para acelerar la deformación que, seguramente inevitable, se ha ido produciendo hasta nuestros días. Y que ha habido y hay guitarristas, famosos y no, pa matarlos. Por mi parte, y en cuanto a la trabazón cante-toque de la que han podido disfrutar aficionados y público, he de reconocer, a pesar de tener que coincidir con mi amigo, que actualmente y desde hace ya bastantes años, gran mérito tiene el cantaor que logra cantar a compás cuando es acompañado por un guitarrista que se esfuerza (¡es que se esfuerzan!) en no tener ni ritmo, ni compás ni nada de nada. Y cuando el cantaor es de la misma cuerda que el tocaor, ¡apaga y vámonos! Como diría mi amigo: transmiten menos que un cable desenchufao.
En fin, esa atrocidad, la de afirmar que Juan no supo cantar con guitarra hasta bien entrado en años, es, por supuesto, totalmente absurda, pero es que no se tiene en pie en cuanto le escuchamos: tanto la guitarra más torpe y mostrenca como la más enjundiosa enloquecían de placer acompañando a Juan, guiándose por él, llevando a sus cuerdas el compás, la sencilla frondosidad, la cadencia y la Harmonía de su cante. Pero bueno, algunos han pisao la flor de la tontería, qué le vamos a hacer.
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Lo que no llegó a hacer hasta avanzada edad fue impresionar su voz. La admiración y el interés que Antonio Mairena tenía por sus cantes «transmisibles» hizo que pudieran llegar al conocimiento de los aficionados, aunque en número escaso de grabaciones; sometidas éstas, además, a las condiciones nada favorables de los estudios, tan extrañas para nuestro personaje. Sin embargo, el cante de Juan nos estremece por igual: ¡el manantial siempre fluía, puro en cualquier circunstancia! También quedó Juan registrado en aquella memorable colección de la casa Ariola que en tantas personas de mi edad hizo surgir el enamoramiento por ese arte. La participación de Juan en los festivales que entonces cobraban vida afirmó el aprecio de cuantos descubrían la figura venerable de aquel portador de la verdad flamenca.
La relación que desde mucho antes había tenido Juan con Diego del Gastor se hizo prácticamente cotidiana en los años sesenta, cuando el antiguo tratante se convirtió en uno de los más asiduos de las fiestas, o reuniones, o juergas, que se celebraban en Morón de la Frontera, tanto en la finca del norteamericano Pohren como en Casa Pepe y otros lugares cuyas paredes, aún hoy, parecen querer transmitirnos algo de lo que presenciaron. Las grabaciones realizadas en aquellos recintos, domésticas pero de gran calidad, dan fe del capítulo más glorioso del cante gitano antes de su definitivo ocaso.
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Ahora voy a referirme al orgullo, al amor propio que algunas veces cualquier persona ha tenido que dejar de lado porque las circunstancias obligan. Estando Juan al borde de la despedida, llegó a verlo un señorito, conocedor del trance que en poco tiempo Juan estaba llamado a cumplir. Cuando el moribundo oyó el nombre del visitante se negó rotundamente a recibirle: que no entrara, que se fuera, que no, que ni pensarlo, que de ninguna manera.
El motivo de tan drástico rechazo se remontaba a años atrás, cuando Juan, siendo un hombre más que maduro, fue lanzado a una alberca por tres o cuatro borrachos, después de una fiesta en la que había estado cantando, como dice la letra, «por lo que me quieran dar». Uno de los «bromistas» fue el señorito que ahora quería ser recibido, puede que sintiendo un sincero arrepentimiento. Yo no lo sé. Lo que sí sabemos es que tuvo que irse sin verlo.
La persona a la que oí el relato del suceso decía comprender la actitud de Juan, pero sólo «hasta cierto punto», pues le parecía dura en exceso, demasiado tajante, incluso desagradecida. Mas yo digo, ¿es que ni a la hora de la muerte puede uno plantarse y mandar al diablo servidumbres enojosas?.
Yo, ya desde el primer momento, había decidido ir en el coche de Dionisio. No es que José Luis condujera mal; no, qué va, pero a mí me lo parecía tanto, tanto tanto, que me resultaba imposible creer lo contrario, por más que me esforzara en ello. Alguna que otra experiencia me había deparado haber ido en aquel Ford Fiesta de nuestro entrañable amigo: el bordillo que se acercaba a la rueda derecha delantera hasta el punto de golpearla; la raya continua que de improviso dejaba de serlo; el ruido que producía el coche que estaba aparcado al chocar contra el de José Luis cuando éste, de manera impecable, estaba estacionando; el retrovisor que se rompía porque una señal o una esquina había arremetido contra el espejuelo; el despiadado frenazo porque una calle había cambiado de sitio; una farola que, quizás carente de luces, se atravesaba, imprudente y dañina…
De manera que, después de varios intentos de Dionisio por desbloquear las puertas de su Renault14, subimos a bordo del flamante coche Julio, Jorge, Rafael y yo, mientras nuestro admirado maestro de adultos, a la vez que sacaba limpiamente el vehículo para ponerlo en la vía, se desvivía en explicarnos el mecanismo de las puertas de su nuevo automóvil, sin que ninguno de los receptores de sus aclaraciones nos enteráramos de lo más mínimo.
En el otro vehículo, el de José Luis —así mismo maestro de adultos, como todo el mundo sabe—, acometieron la aventura Diógenes, Antonio Ríos («el Carmona»), Rafael Benítez («el Marqués de las Corachas») y Mario Cortés.
«Ea, ya na más que falta ‘La Niña’», dijo el Marqués antes de poder cerrar la casi desvencijada puerta del Ford Fiesta.
Y así fue como las dos «carabelas» emprendieron el viaje nada menos que a Morón de la Frontera. (Enseguida se verá que otra nao, ocupada en solitario por nuestro inolvidable Tomás, había llegado al destino antes que la capitana y su segunda).
Los dos coches y sus diez ocupantes llegaron —llegamos— sin ningún percance digno de reseñarse, si bien el retraso del Ford Fiesta —tres cuartos de hora sobre el horario previsto— nos alarmó a los ocupantes de la Santa María, digo del coche de Dionisio. Después supimos que José Luis, en un despiste extraordinariamente extraño y del todo increíble en él, había tomado la carretera que lleva a El Coronil, en vez de seguir directamente hacia Morón. «¿Qué quieres, si era casi de noche?», fue la respuesta que le dio a Rafael al preguntarle éste sobre cómo diablos había sucedido el extravío.
Encuentro con Tomás y entrada a la fiesta
Aguardamos a José Luis y sus intrépidos acompañantes en Casa Pepe, el lugar convenido. Dionisio, durante tan inquietante espera, nos ilustró sobre las reuniones que allí se habían celebrado con Diego del Gastor y tantos otros personajes —el propio Dionisio entre ellos—, protagonistas de tantas fiestas en las que el flamenco más auténtico resplandecía en toda su esencia.
Una vez reunida la expedición, marchamos todos a pie hacia la calle en que según Dionisio se encontraba la casa donde se desarrollaría la grabación para TVE. Menos mal —¡menos mal!— que en algún momento de nuestro deambular por aquellas apacibles calles de Morón, alguna de ellas más de dos veces transitada en poco menos de quince minutos, nos topamos con Tomás. «Si es por aquí, hombre, si es por aquí», nos dijo, con su sorna amable y comprensiva, riendo a pequeños borbotones. La mayoría miramos de reojo a Dionisio, sin poder explicarnos cómo hombre tan versado, eficiente y confiable a bordo de un automóvil se convertía, echado a tierra —¡y en tierra tan andada por él!— en náufrago recién llegado a una isla. (Supe después, por confidencia de Rafael, del gusto de Dionisio por complicar las cosas, bien entendido que sólo las fáciles de desenredar).
Pues llegamos, no sin antes haber estado en tres tabernas (una de ellas tan pequeña que no pudimos entrar los once de una vez) en las que Dionisio y Tomás conocían desde muchos años antes a sus dueños, o a algún parroquiano. Afortunadamente, Antonio el Carmona y Rafael se encargaron de abreviar cada una de las estancias, porque de haber sido por el propio Dionisio y por el otro Rafael —el Marqués— hubiéramos llegado a la casa de la fiesta ya finalizada ésta. Y no lo digo porque los dos citados bebieran más que los demás; de ninguna manera, lo que ocurría es que el tiempo, para estos amigos, es algo que parece poder detenerse al antojo de cada cual. No sería malo, pero no es posible.
El guitarrista Juan del Gastor, en una de sus facetas
Ya en la puerta de aquella enorme y señorial casona, vimos salir a Juan del Gastor, que se fue derecho para Dionisio y Tomás, amigos, casi hermanos, desde tanto tiempo atrás.
«Se habrá queáo Alcalá vacía», observó el guitarrista, sobrino del gran Diego, ante la nutrida «delegación» que tenía ante sus ojos. «Venga, vamos pa’entro, que esto va a empezar ya». Y allí fuimos aposentándonos, siempre detrás de las cámaras, mientras íbamos reconociendo a Paco del Gastor, Paco Valdepeñas, Fernanda de Utrera, su hermana Bernarda, la Pepa, Joselero… Ya estaban todos convenientemente colocados para iniciar la actuación. Todo bajo la dirección del entonces —y antes y después— industrioso productor Ricardo Pachón.
Yo, asentado en Alcalá desde mi llegada a Sevilla procedente de mi Segovia natal, no había tenido la oportunidad hasta ese momento de asistir a una reunión tan numerosa y excelsa de artistas flamencos, siendo todos ellos, además, de los que a mí me gustaron desde un principio (ya para entonces había desaparecido la mayoría). Pero comprobé enseguida que la emoción embargaba por igual, si no en mayor intensidad, a todos los demás integrantes de aquella «delegación alcalareña», algunos de cuyos miembros habían conocido a verdaderas glorias del flamenco (insisto: algunas de ellas, pocas, todavía presentes allí mismo). Esa noche me ocurrió lo que años antes al escuchar aquellas grabaciones tomadas en reunión de Manolito María, Juan Talega, Tomás Torres, Fernanda, el Borrico, Joselero, Bernarda, Perrate y algunos más: una sensación de refrescante pureza a la vez que de viaje a un tiempo tan grato como inabarcable.
El Andorrano, Paco Valdepeñas…
Aunque se trataba, lógicamente, de algo preparado y previsto, lo que vimos, oímos y sentimos aquella noche fue producto de la conjunción de varios factores. En primerísimo lugar, de la calidad sanguínea de los artistas. En segundo, del ambiente tan favorable que reinaba entre todos los allí reunidos; y en tercero, y a gran distancia, de la capacidad del director de aquella puesta en escena, porque con aquel material humano hubiese sido un crimen no sacar algo bueno. Un crimen imposible, la verdad.
Como se me parta el palo/este torito miura/que va a acabá que con mi caballo, cantaba el Andorrano, volviendo del revés los versos de Villalón, y enseguida su baile, disímil, lento, deslizante y ahora atlético para volver a la parsimonia y acabar en una explosión ralentizada: Soy la gitana Caireles/zahorí de nacimiento/que adivina los quereles/y también los pensamientos. El mayor de los hijos varones de Luis Torres Cádiz (Joselero) parece que baila hacia atrás. Y en parte es así: baila hacia atrás en el tiempo; y vuelve, es un gitano que nos trae lo que el tiempo transmite, sencillamente porque Andorrano tiene disposición para ello. Una disposición que viene de dos elementos fundidos: sangre y sapiencia. A lo que habría que añadir, en el caso de que no estuviese ya contenido en la sangre, el respeto a sí mismo y a su gente. En 1984 (y afortunadamente bastantes años después) aún nos fue otorgado contemplar ese baile p’atrás en los dos sentidos de este Torres Amaya. Magnífico.
Dinero y más dinero/Yo nunca te he peío ná/sino que vengas a verme/de tu propia voluntá, cantaba aún sentado Paco Valdepeñas (que nació en Linares), con su voz distinguible entre los miles de millones de seres humanos, antes de levantarse para hacer un recorrido lleno de letras: Como el carbón que se quema/sin echar humo ninguno/así se estaban quemando/los corazones de algunos; las más, sacadas de canciones de no tengo ni idea de cuándo y dónde, en medio de un baile tan disímil como el de Andorrano, sólo que de una compostura que transita desde la majestuosidad a la sencillez hecha gesto sublime, y viceversa. El que viva en el año dos mil/verá con asombro los tiempos cambiaos/porque no habrá ningún albañil/no habrá goteras en ningún tejao./Las niñeras serán suprimías/porque los chiquillos ya vendrán criaos/y en los parques y en las avenías/ya no las veremos con tantos soldaos… Un Óle gigante, agradecido y eterno para Paco.
…Y Fernanda.
De vuelta a Alcalá
Hacía un fresco muy agradable cuando abordamos la calle, aunque para Dionisio (¡el más friolero del mundo!) pareciera que nos encontrásemos en plena estepa siberiana. Pero el calorcito de la taberna más próxima nos reconfortó a todos, frioleros y no. Al contrario de lo esperado por algunos —Dionisio y Rafael— y deseado por todos, ni Paco ni Juan del Gastor nos acompañaron: sus obligaciones, tanto familiares como profesionales, no se lo permitían. Ese día, claro, porque dos meses después estuvimos algunos casi veinticuatro horas con Paco y algunos amigos norteamericanos —sin relación alguna con la base USA—, una alemana y también un australiano, todos admiradores y discípulos directos de Diego del Gastor. Optamos por irnos de Morón. Aún era temprano y podíamos ponernos de acuerdo para parar en alguna venta.
Antes de introducirnos en los coches, que ahora ya eran tres tras la incorporación de la «carabela» de Tomás, estuvimos en dos bares. En ninguno de ellos se superaron las dos rondas, creo recordar. Comentamos el cante, el baile y el toque que habíamos tenido el privilegio de contemplar. Nos acordamos, inevitable y repetidamente, de Agustín, que de haber estado allí hubiera disfrutado como sería imposible describir. Llevaba dos días sin aparecer por el Duque, ni por el Derribo. «Mañana habrá que llegarse a su casa», dijeron José Luis y Rafael al unísono.
Todos convenimos, por fin, en reunirnos en la Venta Hispalis (abierta toda la noche), a relativamente poca distancia de Alcalá, en la carretera de Málaga (la A-92 estaba todavía en los forros de alguna carpeta). Entonces se operó la redistribución de ocupantes en los coches. Fuese por efecto del vino —que, repito, no era tanto el libado en ese momento—, fuese por el relajamiento que produce un goce como el que habíamos vivido, lo cierto es que las distintas tripulaciones quedaron como sigue. Primer coche: Dionisio, Jorge, el Marqués y Mario. Coche de Tomás: el mismo, Antonio el Carmona y Diógenes. ¿Quiénes quedábamos para ocupar el de José Luis, además del titular?: Julio, Rafael y yo. Cualquiera de los tres hubiésemos podido agregarnos a uno de los otros dos coches, pero de los cobardes nunca se ha escrito nada. Aparte de que, en caso de ocurrir cualquier malajada, más valía ir cuatro que dos: alguno sobreviviría para dar el aviso.
En esta ocasión fue el coche de José Luis el primero en emprender la marcha, convirtiéndose, aunque por poco tiempo, en la Santa María del regreso. Tomás y Dionisio nos adelantaron enseguida, porque, eso sí, José Luis, de correr, nada, por mucho que mis palabras iniciales les hayan podido hacer creer lo contrario. No hay que descartar, ahora que lo pienso, que la poca velocidad de crucero fuese la que pusiera tantas veces al coche de José Luis en algunos aprietos. Quién sabe.
Pero esta vez fue el coche de Dionisio, no obstante habernos sobrepasado antes, el que se demoró, y no poco. La tardanza fue debida a que una liebre atravesó la carretera y fue golpeada por el coche. Y ¡hala!, sus cuatro ocupantes a buscar la liebre en un barbecho, en una noche de luna nueva. Ninguno era lo que se dice largo de vista, y mucho menos en aquellas circunstancias. Si los linces tuvieran el alcance visual de estos cuatro hace tiempo que se hubieran extinguido. Ni que decir tiene que, de la liebre, ni rastro.
Una vez todos llegados y reunidos en la Venta Hispalis, tardó poco para que Julio hiciera que Dionisio sacara la guitarra del coche y comenzara a tocar —me refiero a Julio— como sólo él sabe hacerlo. Y al decir esto no me aparto ni un ápice de la verdad. Sólo Julio sabe hacer lo que hace y cómo lo hace. Que nadie dude de que a la guitarra es un caso único. E inimitable, que es aún más importante.
Pasó el tiempo entre bromas, recuerdos, recitaciones del Marqués, cantes de Rafael por soleá y por tangos (de Joselero), «jaleamientos» y amagos de baile de Jorge, hasta que, después de mucha insistencia por parte de todos, tomó Dionisio la guitarra y pudimos escucharle, tras varios intentos por afinar y vueltas y más vueltas —como en las calles de Morón— un toque por seguiriyas que no se me borra de la memoria.
Iba a seguir tocando, ahora por soleá, pero en ese momento apareció por la puerta la mala potra, la fatalidad más insoportable, el signo de Satán, la mala ventura, la peor de las chambas, el hado maligno, la papeleta maldita de la Tómbola del Mal, el bicharraco perverso, lo más malo que podrían enviarnos nuestras respectivas estrellas si nos odiaran. Yo, hasta ese momento, no había tenido el disgusto de conocer al archiominoso, y ojalá hubiera seguido así por el resto de mis días. Observé en todos mis amigos, sin excepción, que el disgusto afloraba en sus caras, y que, unos más rápidamente que otros, iniciaban movimientos de retirada, si no de fuga. Debido a que el bribón tiene familia en Alcalá, no voy a decir su nombre. Efectivamente, no hizo más que traspasar la puerta la bestia cuando ya estaba metiendo la pezuña. Acabamos por levantarnos, se pagó lo que se debía y salimos. Camino de los coches, casi todos iban diciendo que menos mal que Agustín no había estado allí, porque seguramente habría intentado que alguna silla hubiera dado en la cabeza del bulto molestoso.
Hubo nuevamente cambio de tripulaciones y esta vez coincidimos Rafael, el Marqués y yo en el coche de José Luis. Los dos Rafaeles fueron lanzando durante todo el trayecto tal cantidad de improperios para el cretino que nos había hecho abandonar la Venta Hispalis que es imposible que los recuerde todos. Pero sí que quedé seguro de uno de los significados de esa expresión que tanto he oído desde mi llegada a Sevilla: ser «un tío mierda». Según me explicaron y después pude comprobar dos o tres veces más, el que apareció aquella noche para estropear esa reunión (como ha hecho con cientos) era y es eso: un tío mierda. También recuerdo que los calificativos más finos que le dedicó uno de los Rafaeles fueron los de «hijo de madre distraída» y «buey coceante».
Aunque no era muy tarde ya no había lugar de encuentro posible, al menos deseable, así que… cada mochuelo a su olivo. Pero vine a enterarme a los pocos días de que Dionisio condujo a los ocupantes de su coche (Jorge, Mario y Julio) hasta su casa, y ya dentro de ésta a la habitación donde tenía su gran colección de cintas magnetofónicas de cuatro pistas que contenían (uso el pretérito porque seguramente ya las habrá destruido en alguno de sus arrebatos) horas y horas y más horas de reunión y fiesta en Morón en los años sesenta. Y allí estuvieron hasta por la mañana escuchando una pequeña parte de aquellas maravillas que nunca jamás volverán a tomar carne, porque no eran golondrinas, sino seres de una nebulosa inalcanzable cuyos ecos resonarán, o no, por el Universo: los ya citados y Fernandillo, Anzonini del Puerto, Curro Mairena, su hermano Antonio, Miguel el Funi…
Tres de los grandes: Fernanda, Curro Mairena y Joselero,
en Morón
Es cosa que ustedes sabrán perdonarme el que me permita incluir (hay que estar a bien con todo el mundo) una composición que Mario Cortés hizo a resultas de tan opima noche —hasta la aparición del mal sujeto— y sin duda de otras más, y que tituló como yo lo he hecho con el presente texto: se refería —y yo me refiero— al arte puro.
Fue el diez de Junio de 1933, cuando contaba cincuenta y ocho años de edad. Pasó la segunda guerra de Cuba, pasó tremendas escaceses, peló bestias, crió dos hijos y otra que fue adoptiva. Nada de todo eso es excepcional, nadie pasaría a la Historia por esas cosas en realidad tan comunes. Joaquín está en la Historia por su cante.
Sobre él se han dicho y escrito ¡tantas cosas!, unas ciertas y otras completamente falsas, y se han elaborado tantas teorías sobre su cante y tantas leyendas sobre su existencia que, de plano, lo que cabe concluir es que ni la verdad ni la mentira pueden mejorar ni desmejorar su figura, ni le quitan ni le aportan elementos de admiración. Una nada desdeñable parte de quienes han escrito o hablado sobre Joaquín Fernández Franco, en cualquier fecha y lugar, no lo han hecho principalmente para aportarnos más conocimientos sobre su cante o sobre su existencia, cosa harto difícil si no imposible, sino sobre todo para servirse de su figura con objeto de darse relumbrón a sí mismos. Claro, tal propósito ha tenido como efecto obligado tener que inventarse cosas, adulterar algunas y omitir otras que fueron reales, esto último en caso de ser conocidas por los supuestos historiadores, la mayoría de ellos ignorantes de casi todo, como siempre sucede con los pretenciosos. Todo sea por la causa enfermiza de cultivar un ego desmedido.
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