GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

 

Ranilla01

 La barriada de Los Pajaritos en construcción en La Ranilla

1959

(Fuente de la fotografía: Sevilla en estampas)

 

Coquito, era Coquito, y nadie, salvo quizás él, su madre y el médico que de vez en cuando les visitaba sabían su nombre y apellidos. No le vi nunca, porque yo empecé a callejear por Sevilla a los quince años, y lo que contaba mi tío Pepe, hermano de mi madre y de tres hermanas más, acontecería en los primerísimos años sesenta, cuando algunos teníamos una edad en la que no pisábamos la gran ciudad como no fuera para ir a operarnos de las amígdalas, ponernos las primeras gafas o probarnos los zapatos de Segarra que papá siempre adquiría, que a eso íbamos. Lo nuestro cotidiano era ir de la casa a la escuela y viceversa y jugar con pelotas de trapo y palos que simulaban rifles del Oeste o de donde fuera. Ya también leíamos tebeos, e incluso algunos libros que eran casi tan instructivos como los tebeos.

 

            Coquito salía de su portal de Los Pajaritos y muy pronto estaba en Luis Montoto, enseguida en la puerta Carmona, seguía por San Esteban y Águilas, pisaba la Alfalfa y llegaba a la Encarnación por Pérez Galdós. Algunos tenderos reclamaban su atención:

 

            —¡Coquito, déjame una!

             —¡A hacer puñetas!— respondía Coquito, sin mirar al requirente.

            

             No falta el camarero con guasa:

             —Llévamela a mi casa. Si está ahí mismo, en el Tardón.

             —¡A hacer puñetas!

 

            Al pasar por el mercado de la Encarnación se produce la apoteosis, la gran rechifla, el no va más en la atención popular hacia Coquito, que se ve forzado a  pronunciar de seguido un montón de veces su «¡A hacer puñetas!».

            Tras el apogeo, Coquito, más aprisa aún, toma la calle de Las Sierpes. Todo el mundo le mira con simpatía, aunque nuestro hombre oye a su paso algunos comentarios un tanto hostiles, casi siempre de gente siempre ociosa a las puertas de los casinos:

            —Vergüenza no hay, ¡que locos de estos anden por la calle!

            —Como que esto se está poniendo en un plan…

 

            Algún betunero quiere hacerse el gracioso:

            —¡Regálame una entrada para el circo!

 

            Cuando Coquito llega a la Plaza de San Francisco es observado por las señoras desde ventanas y balcones. Pero son las fámulas las que, desde los portales, le dan a la sin hueso, si bien en tono quedo:

 

            —Coquito, bonito, que bien la llevas, es que no hay otro como tú, mi alma.

 

            Las más atrevidas:

 

            —Ay, si mi marido tuviera la fuerza que tú tienes… Ya quisiera yo, y él también. ¡Qué alegría, Coquito!

 

            A su paso, los anticuarios de Hernando Colón le siguen a través de los escaparates, casi del mismo modo en que escudriñan un cuadro o cualquier otro objeto que necesitan catalogar lo más certeramente posible. Alguno hay que, conocedor de la hora en que suele pasar, sale a la puerta para mejor recrearse, hasta perder de vista a  Coquito, que ya ha llegado a Alemanes.

 

            Entre la catedral y el Palacio Arzobispal ha oído las groserías que sueltan algunos conductores de coches de caballo, pero no se da por aludido, no sea que después de mandarlos a hacer puñetas los improperios tomen un carácter más virulento.

 

            Nuestro hombre se relaja al entrar en el Patio de Banderas y seguir por el barrio de Santa Cruz. Apenas se cruza con alguien.

 

            (¿Es verdad que este barrio está habitado? Durante años y años en que he transitado por él, nunca, o muy rara vez, tan rara que no la recuerdo, he visto entrar o salir a alguien de alguna de esas casas. De esas casas de ese barrio que parece casi todo él un decorado de cine o de teatro, como si fuera un gran paripé adosado a la muralla).

 

            Coquito vuelve a aligerar el paso en cuanto desemboca en los Jardines de Murillo; cruza en dirección a la estación de autobuses, pero tuerce a la izquierda, porque Coquito, dejando su carga en la acera, entra en una tienda de ultramarinos en la que le suministran un bocadillo que, de inmenso que es, desmiente la denominación. Será grande, pero Coquito se lo zampa en un abrir y cerrar de ojos, y, tras despedirse con un gesto, prosigue el recorrido. Aún tiene que oír a uno, o dos, o tres taxistas, que le dicen sandeces como estas:

 

            —Sobre el hombro, ¡ar!

             —Descansen, ¡ar!

             —Media vuelta, ¡ar!

 

            Antes pasaba por San Bernardo, para continuar por Eduardo Dato, pero desde que unos golfillos empezaron a tirarle piedras siempre coge por la ronda, hasta llegar nuevamente a la puerta Carmona. Y, ¡hala!, otra vez en Los Pajaritos.

 

            Hasta que su madre no le abre la puerta y entra en el piso, Coquito no baja de su hombro derecho la bombona de butano. Vacía, en la ida y en la vuelta, claro. Mi tío Pepe no nos contó si Coquito y su madre eran de Sevilla o habían llegado desde un pueblo, ni por qué tenía esa manía de pasear casi a diario una bombona, invento de novísimo uso, ni de qué se mantenían él y su madre. Seguramente no lo sabría, y yo, aunque podría, no me lo voy a inventar, que sería lo fácil.

 

2 comments.

  1. ¿Esos arcos que se ven a la derecha son los del acueducto? El tribunal que se encargara de los crímenes de ese tipo no daría abasto.

  2. El enlace a la entrada de la página, de donde habéis tomado la foto, lo hemos leído y nos parece muy poco crítico. Sería interesante llevar a ese tribunal imaginado al que ordenó la demolición, al arquitecto que levantó esos adefesios tanto para los que en ellos han vivido durante el último medio siglo como para los que lo llevan viendo durante el mismo tiempo desde la carretera, y tantos otros entonces y hoy invisibles e inencontrables…

    Colectivo Adarve

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