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LA CASA. María del Águila Barrios

     

Museu da marioneta

[Foto: LGV (Lisboa 2018)]

     

Celebro las Pascuas felizmente con mi pequeña familia en mi casa, pero no tienen porqué ser las fiestas los momentos únicos, también la cotidianeidad puede resarcirse de la rutina en cualquier rincón donde puede hallarse un Aleph. Tengo la fortuna de vivir en una casa y por ello me siento privilegiada. En ella estoy a gusto y disfruto de una biblioteca bien abastecida, especialmente en los últimos años gracias a los libros que voy adquiriendo a buen precio en la librería Término, sin tener que salir de Alcalá, ahorrándome no pocos viajes a Sevilla buscando las pocas librerías que sobrevivían. En nuestro pueblo tenemos una llena de vida y de libros nuevos y usados.

   Hago mío el refrán español «mientras en mi casa me estoy, rey me soy». ¿Habrá algo más agradable que la propia casa? Por estos lares desde tiempo inmemorial hemos sabido aprender del corazón del pueblo, del que formamos parte, que aunque la casa sea pequeña, grande es la tranquilidad. En nuestras casas nuestro deseo profundo es ofrecer al visitante, no opulencia ni exhibiciones suntuarias, sino paz. Pienso que esto último es lo que, en definitiva, más nos ha debido ocupar la vida casera: acumular toda la paz, toda la serenidad que hayamos sabido encontrar. A la casa llevamos todo lo mejor que vamos hallando en el mundo, porque la casa es la parte pequeña del planeta donde habitamos. No podemos nunca descuidar la casa, porque habitar en todas partes nos condena a vivir en ninguna. Aunque huyamos, no podemos olvidar la casa.

   También me gusta este otro proverbio, esta vez alemán: «Tu casa puede sustituir al mundo; el mundo jamás sustituirá a tu casa». Es en la casa, cuando además es taller, donde la virtud se manifiesta en la cotidiana sencillez de cumplir con el deber de crear, construir, preparar, coser, surcar la vida, zurcirla, soñar… como lo que tenemos que hacer; así encontraremos caminos para alcanzar la alegría vital sin salir de nuestra casa.

   Las casas son la naturaleza dentro de la naturaleza, con la esencial diferencia de que bajo sus techos y entre sus muros el genio de esa naturaleza es el ser de su dueño, de quienes la poseen como morada, de quienes la habitan. Se construye y se viaja a cualquier lugar desde ellas, a cualquier tiempo y desde la casa se proyecta hacia el exterior aquello que internamente se ha concebido. En la casa, en el taller, están las herramientas de la creación que necesita su morador. Herramientas que se alegran de su uso. Así desde un adentro generador, el mundo entra y sale de las casas y los talleres a través de las almas humanas.

     

[La voz de Alcalá, 2020]

     

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LA INSPIRACIÓN. María del Águila Barrios

 
 
 

Bosque de Almeces [Foto: LGV Alcalá 2020]

 
 
 

En un soplo, la inspiración nos agita. Dentro de nosotros, de pronto hace una cabriola y, aunque por nosotros mismos fuéramos incapaces de dar un simple salto, nuestra alma da la cabriola en un poema, o en un beso, o en un buenos días. Es inconsciente, como el viento, el silencio y el paisaje. Inspiración y entusiasmo son lo mismo. ¿De dónde nos viene? ¿La buscamos, o nos llegó súbitamente? Desde luego es como un hálito divino, suave vapor, o ruge con furor, aunque no es caprichosa sino intuitiva, celestial. En cualquier caso, sin ella, sin la concurrencia de su voluntad, pues es ente -algo o alguien-, el crear es empeñarnos en un contrasentido. Cuando su aliento lo sentimos cerca nos arde el temperamento, alcanzamos una grandeza humana: esa tensión del arco provoca que la flecha parta. ¿Hacia dónde? Pregunten a los pájaros, sabrán deciros que las nubes cobijan todo el blanco de los ángeles.

   Claro que la inspiración no escribe todo el poema, no da todas las pinceladas del cuadro, no acaba atisbando todos los planos que se tomaron en las fotos. La inspiración del matemático no despejó todas las incógnitas de la ecuación…, aunque sí, tal vez, abrió de par en par la primera ventana al campo, donde ya con ciencia y con conciencia fuimos resolviendo otros enigmas. Se dice que fue Picasso quien afirmó que a él cuando le llegaba la inspiración siempre le sorprendía trabajando. Probablemente en un genio como él trabajar y soñar son lo mismo, porque no debe entenderse aquí la palabra trabajo como imposición alienante, sino como vocación del corazón y de la inteligencia. Cuando nos aquietamos a tales exigencias de lo entrañablemente sentido y pensado, nos vemos conducidos por senderos de auténtica gloria. Suscita la persona así regida irradiante seducción. Provoca luz en la oscuridad de otros.

   Pero antes hay que caminar mucho oscuramente entre las sombras. Cada día han debido sucederse las páginas ante unos ojos inquietos de lector, como para provocar un llamamiento, una convocatoria a iluminar, colmado de relatos y de imaginaciones. Busquen las musas porque son generosas. Búsquenlas sin preocuparos de otra cosa que no sea una suerte de enajenamiento.

   Nuestro gran Bécquer en su rima III nos dejó varias estrofas donde define desde la poesía lo que para él era la inspiración. Elijo unos versos que me van a servir para concluir mi artículo de hoy y, también, como un último homenaje que le brindo en este 2020 en el que hemos celebrado los ciento cincuenta años transcurridos desde que en una fría tarde de diciembre de 1870 moría en Madrid el poeta: «memorias y deseos / de cosas que no existen; / accesos de alegría, / impulsos de llorar; […] locura que el espíritu / exalta y desfallece; / embriaguez divina / del genio creador… // ¡Tal es la inspiración!»

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2020]

 
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LA EXPOSICIÓN DE RAFAEL LUNA (1952-2010) EN EL MUSEO DE ALCALÁ. María del Águila Barrios

 
 
 acrílicosobrepapelFAFI

Sin título
(Acrílico sobre papel)
Rafael Luna

 
 
 

He encontrado en mi archivo una foto de un cuadro sin título y sin fecha (e incluso sin firma) pero, inconfundible, de Rafael Luna. El Melville de Moby Dick , la Voz Humana de Cocteau, botellas con mensaje, un buque zozobrando en medio de un océano embravecido. No sabemos si nuestra ballena Perla fue un cetáceo tan terrorífico.

   Tenemos al pintor en el Museo de Alcalá hasta el 2 de noviembre próximo. Muerto en 2010, su familia promovió en Sevilla una gran exposición de su obra en 2013. Desde entonces ningún acontecimiento. Ninguno. Ahora tenemos la oportunidad histórica de contemplar una obra enorme, variada, original, innovadora, generadora, creativa, humana…, ¡y mil adjetivos más!. Una obra que es una jungla, y, a la vez, una tierra fecundada por él, que suscita fertilidad, y un efecto multiplicador en el alma de quien a ella se acerque  y respire el aire, el agua, el fuego, la tierra y el mundo que brotan de sus composiciones, de sus series, de sus relatos pictóricos…

   Permitidme que haya pedido a mis íntimos amigos, Olga y Lauro, para que me presten algunas de las palabras, frases y versos a los que pusieron voz en el acto de presentación de la exposición el pasado 1 de octubre en la explanada delante del Museo.

   Elijo del texto de Olga Duarte lo siguiente:

   «Era Fafi un buscador, un ser que amaba lo cotidiano, que se detenía a observar lo que le rodeaba, no despechaba nada, todo le importaba y le importaba porque veía vida en el objeto desechado, gracia en la sonrisa imprevista de quien se cruzaba con él. Adoraba el día a día porque le nutría su creatividad. (…) Fue un pintor que descubrió cómo hacernos observar el mundo con sus ojos, que dejaban de ser los nuestros ante un cuadro suyo. y planteaba enigmas, y acontecimientos, que sólo él podía ver y los traducía en sus obras para nuestro descubrimiento. La calle Bailén, el cine Nevería, las Meninas, las Giraldas, las máquinas de escribir, las bibliotecas, las sillas de barbero, sus versiones de obras históricas de Velázquez, Murillo o Goya. Todo transformado, deconstruido, convertido en otra tesitura, en multiplicadas realidades.»

   Y de Lauro Gandul:

   «(..) De las puertas encajadas o entreabiertas, de una ventana,/ La baranda pequeña de un balcón. Trozos de interiores. Un viejo ropero,/ Un suelo de cuarto con geometrías simpáticas./ Y la memoria del ojo de un alma de espejo e imán.» (…)

   »Mientras se te ocurre un buen día ese regreso tuyo,/  Tendré que ponerte al tanto, aunque no sea fácil (…)

   »(…) Ningún miembro de la familia de Carlos IV se ha bajado/ De su silla roja ni ha soltado su paraguas azul./ La monja de tus Meninas aún no ha descendido de su ascensión./ Todavía no se ha dado cuenta Baltasar Carlos que ese no es su cuadro.»

 
 
 [La voz de Alcalá, 2020]

 
 
  
 
  
 
  
 
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«DIÁLOGOS», HOMENAJE A VICENTE NÚÑEZ EN «COSMOPOÉTICA». Declama: Lauro Gandul; a la guitarra: Niño Elías; al Cante: Tina Pavón; bajo la Coordinación de Olga Duarte Piña y sobre una Idea original de Antonio Luis Albás. Córdoba, 2006

«LA CEGUERA»: UNA ACCIÓN DE LA REVISTA ILUSTRADA DE POESÍA «CARMINA». Sobre textos de Jorges Luis Borges, Lucian Blaga, Rainer Maria Rilke, Víctor Pozanco, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Juan Larrea, Emilio Prados, Ernesto Sábato, Francisco de Quevedo, Elias Canetti, Rafael Sánchez Ferlosio y Luis Rosales. Idea original de Xopi, Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña (Hacienda de Los Ángeles Viejos de Alcalá de Guadaíra a las 9 de la noche del viernes 1 de diciembre de 2006)

CRÉDITOS

Presentación del acto:

Antonio Luis Albás y de Langa / Olga Duarte Piña

EL LICENCIADO: Antonio de la Torre

DECLAMADOR 1: Cesáreo Estébanez

DECLAMADOR 2: Lauro Gandul Verdún

PINTOR CIEGO: Xopi

GUITARRISTA CIEGO: Niño Elías

Producción audiovisual: Pilar Mestre Ortega



«CLAUSTRO POÉTICA 2020: POEMAS EN DIÁLOGO». UN HOMENAJE A ‘MÁLAGA’ EN ALCALÁ DE GUADAÍRA. Fue en el abside exterior del Santuario de Santa María del Águila el 25 de junio de 2020 a las 21:30. Un acto organizado por la Revista literaria «CARMINA» y la Parroquia de Santiago el Mayor, a beneficio de Cáritas. Narradora: Olga Duarte; Lectores de los poemas: Antonio de la Torre, Lauro Gandul, Martín Moreno y José Antonio Francés; Niñas Lectoras: Martina de la Torre, Julia Francés y Leonor Ruiz; Trío de clarinetes: José Manuel, Joaquín y Pedro Iglesias; Sonido: DeSon y Producción Audiovisual: Juan Carlos Ferrete

     

     

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CLAUSTRO POÉTICA 2019

     

JOAQUÍN RUEDA MUÑOZ. SEMBLANZA DE UN HOMBRE DE ACCIÓN (1934-2018). De la serie «Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún (Mayo de 2019)

 
 
 

Joaquín Rueda Muñoz

 
 
 

   «Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va transformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.»

Pío Baroja

 
 
 

  «Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o, bien, callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz, pese a la muerte?»

Gabriel Celaya

 
 
 

Joaquín Rueda con san Juan Bosco

 
 
 

Hemos querido que las dos citas que encabezan esta semblanza de la vida de un hombre como Joaquín Rueda Muñoz también las podamos ofrecer a la lectura junto con lo que vamos a contar, a la manera de grandes trazos, apuntes, como si la vida pudiera expresarse de modo impresionista, diciendo mucho más de lo que se dice porque los autores cuentan con la participación de los que se van a asomar a estos párrafos para aproximarse a Joaquín, que desde luego se alzó durante toda su vida contra lo que Baroja denuncia allá por los principios del siglo XX, y fue de los que no nadó en el «océano de la vulgaridad», porque él tuvo el don de hacer consistir su existencia en un mundo lleno de acontecimientos dignos de ser contados. La otra cita es un fragmento de un poema de otro vasco, Celaya, que nos llenó de amor y amistad la literatura española. Sin el cultivo radical de la amistad no habría habido causa de tanta acción cultural, musical, folklórica, docente… de este andaluz de Carmona que irradió desde la capital histórica de los Alcores una luz para ser modelo de los que buscan construir su felicidad contribuyendo a que la alcancen los demás.

   Lo que, a continuación, escribimos tiene su origen en una llamada de teléfono a la librería ‘Término’ de Alcalá de Guadaíra. Uno de los libreros, el escritor Mariano Cruz, le facilita a Matilde Rueda, hija de Joaquín, nuestros números telefónicos. Ella había leído la semblanza del pintor carmonense, Manuel Fernández García, que habíamos publicado en la revista alcalareña Escaparate en 2013 y que también estaba editada en internet en nuestra revista literaria «CARMINA». Matilde deseaba que nosotros hiciéramos una semblanza de su padre. El 16 de julio de 2018 nos desplazamos a Carmona para visitarla y nos entrevistamos con ella. El texto que sigue es fruto de aquella conversación en memoria de su padre.

 
 
 

Con sus hermanos

 
 
 

Joaquín Rueda Muñoz nace en Carmona el 30 de enero de 1934. Es el mayor de seis hermanos. Sus padres, Matilde y Joaquín, se casaron en 1932. Su padre era un carpintero muy humilde sin trabajo entonces para mantener a su familia. En Madrid tenía unos parientes que le habían buscado un empleo en un taller donde se fabricaban cajas de madera. El joven matrimonio emigró a Madrid, aunque Matilde cada vez que iba a parir regresaba a Carmona para el nacimiento de los hijos. Así estuvo unos años yendo y viniendo de Carmona a Madrid, y de Madrid a Carmona, donde habían nacido ya dos de los seis hijos. Cuando estalla la Guerra Civil en 1936 están en Madrid y durante los años de aquella tragedia entre españoles no pueden salir de la capital. Madrid ha quedado dentro del territorio de la República y Carmona en el bando nacional. El padre, sin ser un hombre de ideas políticas, tuvo que adherirse al bando republicano. El niño Joaquín nunca olvidaría los bombardeos, las carreras desesperadas a los refugios donde habían de guarecerse de las bombas y las cartillas de racionamiento. Cuando finalizó la contienda al padre lo condenaron a trabajos forzados en un campo de concentración cercano al Valle de los Caídos y luego lo trasladaron a otro en los Pirineos. Su oficio de carpintero le sirvió para sobrevivir en aquellos duros años de sufrimiento y privación de libertad. La madre regresó a Carmona con los dos hijos, buscando el amparo de la familia. Tres largos años duró el cautiverio del padre.

   Durante ese tiempo Matilde tuvo que sobrevivir ella sola con sus tres hijos. Joaquín tenía cinco años y ya sabía leer y escribir, aunque no había pisado aún ninguna escuela. Ella estaba empeñada en que Joaquín pudiera matricularse en alguno de los colegios de Carmona. Y si a través de amistades tuvo algunos maestros, a los pocos meses de pasar por las llamadas popularmente migas, que eran las casas particulares de los propios maestros, donde se preparaba a los niños para la escolarización en los colegios oficiales. Los maestros le decían a la madre que Joaquín ya sabía todo lo que ellos podían enseñarle, así que era necesario matricularlo en un colegio. Por aquel entonces el mejor de Carmona era el que regentaban los padres Salesianos. La madre consigue meter al niño en los Salesianos y se las avía para pagar, cada vez que corresponde, la matrícula y las mensualidades. Al padre le conceden la libertad y regresa a Carmona. A Joaquín consiguen mantenerlo en los Salesianos hasta los once años. Pero a esa edad, a pesar de que los sacerdotes salesianos insistían en la necesidad de que pasara al bachillerato, la madre no podía sufragar el gasto, y ponen al niño a trabajar en la tienda de comestibles de un tío materno. Siempre reconocería a lo largo de su vida lo agradecido que estaba a los maestros salesianos porque con ellos aprendió dos cuestiones fundamentales: la capacidad de observación y el amor por la lectura, que le sirvieron como dos herramientas esenciales de las que echar mano para emprender cualquiera de los proyectos en los que se embarcó.

 
 
 

Con sus condiscípulos en los salesianos de Carmona

 
 
 

   Por un plato de comida y una peseta al día trabajaba Joaquín de ocho de la mañana a diez de la noche, ininterrumpidamente. A los once años Joaquín lloraba desconsoladamente por no poder seguir estudiando. Pero esa peseta diaria que le iban a pagar era imprescindible para su familia. Por ser pequeño de estatura, tenían que ponerle una lata de pimienta para que a ella se pudiera subir y se le viera tras el mostrador. No se achantaba en su afán de aprender y, ya entonces ese niño empezó a comprar libros con el poquísimo dinero que alcanzaba a ahorrar para poder leer, y no paraba de escribir y de dibujar. Se las ingeniaba para ir haciéndose con una biblioteca, que va engrosándose con todos los libros que caen en sus manos y que lee y relee. Unos los compra, otros se los prestan. Ocupantes provisionales y sucesivos en su biblioteca que implicaban las relaciones que él establecía con amigos curiosos e inquietos como él, personas que encontraba y que compartían el entusiasmo por aprender porque creían firmemente que los libros son tesoros. Leía literalmente de todo: Física y Química, Música o Gramática… Los diccionarios los devoraba como si fueran novelas, leyéndoselos desde la primera hasta la última página, y a las tantas de la noche… Logró su firme propósito de ser un estudiante. Aunque autodidacta, no por ello se aisló de los demás, sino al contrario, con los conocimientos que adquiría por su cuenta, conforme iba aprendiendo y educándose, ponía a disposición de los otros lo que sabía, con ese don que tenía de propiciar los encuentros.

   Así, él mismo va construyendo su propio plan de estudios, que incluye las Bellas Artes, por las que tenía una apetencia natural y en las que se va introduciendo de manera espontánea e intuitiva. Se prestaba como ayudante del maestro de pintores José Arpa Perea o del escultor Joaquín Daza Burgos y de otro ilustre carmonense, Juan Rodríguez Jaldón, entonces director de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. También fue compañero en la Peña Giraldilla del pintor Manuel Fernández García, y amigo suyo. Se hacía con cualquier cosa que fuera de papel. No tenía empacho en aprovechar los restos de papel de envolver, o unos trozos inservibles de papel de estraza. Sobre estos soportes dibujaba sus primeras figuras o paisajes con un lápiz, una plumilla o un carboncillo. En su plan de estudios Joaquín también incluye la Música. Conoce a un músico que decide darle clases en las pocas horas que aquel niño entusiasta tenía libres de la tienda. Necesariamente, debían ser los domingos y fiestas, no los sábados, que también eran tiempo de trabajo de Joaquín. Era capaz de encontrar siempre los momentos para recibir aquellas clases que para él eran una fortuna. Aprendió solfeo y a tocar la bandurria. No tardó en aplicar parte de lo aprendido cuando organizó una rondalla de cantores que se acompañaban de bandurrias. Más tarde dirigiría una tuna.

   Hasta cumplir los dieciocho años Joaquín trabajó en la tienda de comestibles como mozo de mostrador. Fueron siete años durante los que trabajó, efectivamente, no como el niño que era sino como un mozo capaz de bregar duramente durante aquel desproporcionado horario y, no obstante, no perdió la ilusión de ser un niño y un muchacho de vocación humanista, guiado por una inspiración existencial que le acompañaría toda su vida y una capacidad de transmitir su fuerza a los que iban formando parte de su mundo, de su vecindad y de su afecto.

   Con diecinueve años se presenta a un concurso de Bellas Artes para una exposición que por entonces organizaba el Ayuntamiento de Carmona y le premian un dibujo suyo. En años posteriores siguió recibiendo menciones y reconocimientos en este concurso al que se presentaban artistas reconocidos no sólo de Carmona sino de los otros pueblos de la comarca. Por esta misma época de juventud, además, fue entrenador de fútbol de varios equipos juveniles; se atrevía con montajes de teatro y con papeles de actor. Era tal su generosidad y su compromiso para que el saber y el conocimiento fueran un patrimonio compartido por todos, sobre todo, y especialmente, por los más humildes, que, incluso, saca tiempo para dar clases nocturnas a hortelanos y otras personas del campo.  A principios de los cincuenta el Ayuntamiento de Carmona había cedido unos salones de la planta alta del edificio municipal para que los pudieran usar los jóvenes del pueblo. Una parte importante de aquellos jóvenes estaba formada por un grupo de condiscípulos salesianos de los que formaba parte Joaquín. Poco tiempo después, a principios de los sesenta, funda una peña cultural a la que nombran La amistad. Las peñas surgen como alternativas populares a los dos casinos existentes, El Casino Viejo y El Casino Nuevo, que frecuentaban las personas más pudientes. Fueron dos las peñas que se crearon en los años cuarenta y cincuenta, la primera llamada La Giraldilla y la segunda Los tranquilotes. Pero los jóvenes no tenían acogida en estas asociaciones. Joaquín supo ver que era necesario que la juventud de Carmona, de la que él formaba parte, tuviera su propio espacio para el encuentro de los que tenían deseos de actuar y participar, de encajarse en el devenir de un pueblo lleno de historia y de cultura como Carmona. Así nace la peña La amistad, que se creó con la inspiración de Joaquín, pues era propio de él, entusiasmar a otros jóvenes para dar realidad a la peña de la juventud de Carmona, entonces.

   Después de hacer el servicio militar, con veintidós años, aprende a reparar bicicletas, a montar antenas de televisión  y a reparar electrodomésticos. Una de las primeras antenas de televisión de Carmona la montó él. Estudia, por libre, electrónica y  peritaje mercantil.  A fines de la década de los cincuenta, con sus amigos funda la primera emisora de radio de Carmona a la que denominaron Radio Juventud y que emitía desde uno de aquellos salones de la planta alta del Ayuntamiento. Joaquín se encargó de montar todos los aparatos para que la emisora funcionara. Con sus conocimientos de electrónica averiguó qué piezas y artilugios precisaba y dónde los podría obtener. Gestionó la compra de los componentes en Barcelona y consiguió montarlos y que la emisora pudiera funcionar. Estos años son también los de la revista Estela. Son años en los que Joaquín trata con todas las capas sociales de Carmona. En realidad Estela era una mezcla de revista y de periódico. Los contenidos de la publicación iban a ser el resultado de toda una labor de sus promotores en cada rincón de Carmona, en cada monumento, calle, o tradición popular o religiosa, lo que suponía estar con quienes tenían algo que contar, visitarlos, hablar con hombres y mujeres. Y en toda esta actividad Joaquín suponía un impulso esencial, porque era un hombre de acción.

 
 
 

 
 
 

   De 1961 a 1975 formó parte de la corporación municipal y promovió la declaración de Carmona como conjunto histórico-artístico conseguida en 1964. Declarándose, además, como monumentos nacionales las ermitas de San Mateo, San Antón, la iglesia de San Antón y el convento de la Concepción. En este mismo año, argumenta y defiende la construcción del parador nacional en el Alcázar del Rey don Pedro. Pero su labor por el patrimonio cultural de Carmona, en una visión adelantada a su época, no se va circunscribir al patrimonio material sino que concibe la salvaguarda de los bienes inmateriales de la localidad.

   Dejó de trabajar en la tienda de comestibles y llegó a enfermar de no descansar porque su tío, aprovechando las ideas y cualidades del sobrino, le montó un taller de bicicletas y una tienda de pequeños electrodomésticos, donde siguió siendo su empleado con un horario que sólo dejaba para poder consagrar las horas nocturnas a los estudios que emprendía. Con veintisiete años se casa con Rosario. Un tiempo después el tío le traspasa la tienda de electrodomésticos, aunque con sus deudas. A partir de este momento Joaquín va a poder dar rienda suelta a una mayor actividad pública, con una mayor proyección social.

 
 
 

Con la Hermandad del Santo Entierro de Carmona

 
 
 

   En 1971 funda la hermandad del Santo Entierro de la que fue hermano mayor durante siete años. Ese mismo año lo nombran pregonero de la Semana Santa de Carmona. A principios de los 80 es uno de los encargados de recuperar el Carnaval promoviendo la agrupación carnavalera «Pitos y cañas». Y a mediados de la década, animado por sus hijos, decide iniciar los estudios de Magisterio que concluye en 1987, obteniendo inmediatamente la plaza de maestro de escuela para Adultos.

   Siguen cabiendo iniciativas y proyectos en la vida de Joaquín y se dedica de pleno a la institución educativa. Llega a ser coordinador de diferentes zonas de la provincia de Sevilla; La Campiña, Vega Alta, Vega Baja durante nueve años desde 1988 hasta 1996, integrado en el Equipo Técnico provincial de la Delegación Territorial de Educación de Sevilla. Desde 1988 hasta 2004 desempeñó el cargo de director-coordinador del Centro de Adultos de Carmona. Ya jubilado, se matricula en la Universidad de Sevilla en el Aula de la Experiencia, completando dos cursos.

   Una de sus últimas dedicaciones fueron los mosaicos de inspiración romana. Hay uno que nos recibe en la casa de la familia de su hija Matilde. El relato sobre su padre, su memoria, algunos de sus hitos biográficos nos los ofreció aquel día en el que nuestro encuentro con ella fue tratar sobre él: un hombre de acción, en el sentido humanista. Su familia, sus aventuras, sus descubrimientos, sus amigos constituyen otro mosaico existencial a lo largo de toda una vida fecunda, que estuvo llena de sentido porque fue un hombre de libertad para el encuentro o, dicho también, un comprometido y rebelde, pues sin rebeldía no es posible una vida creativa como la que acabamos de narrar. Sea por su memoria esta semblanza.

 
 
 

Con su familia

 
 
 

SOBRE LA REVISTA ILUSTRADA DE POESÍA «CARMINA» ESCRIBE EL DR. CÉSAR LÓPEZ (13 DE MAYO DE 2020)

CARMINA, BLOG LITERARIO AL CUIDADO DE ANTONIO LUIS ALBÁS, LAURO GANDUL Y OLGA DUARTE

Por César López

EN ESTE 28 DE FEBRERO DE 2020 EN QUE SE CELEBRA EL DÍA DE ANDALUCÍA LA REVISTA «CARMINA» HOMENAJEA A JOSÉ BENÍTEZ GUILLÉN, INVENTOR Y EMPRESARIO ALCALAREÑO. De la serie «Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún [artículo publicado en «Escaparate» en 2014]

 
 
 

José Benítez Guillén
(Foto: ODP)

 
 
 

En aquellos almacenes de aceitunas, donde se escogía, aderezaba, deshuesaba o rellenaba de pepinillos o de pimientos y se envasaban las aceitunas de mesa, trabajaban, normalmente, más de doscientas mujeres y no pocos hombres. Después de cocidas las aceitunas en la nave, cubo a cubo, los faeneros llenaban el bocoy, los toneleros lo tapaban con el fondo y era volcado entre tres o cuatro hombres que lo rodaban durante un largo trecho de varios cientos de metros hasta la puerta de la nave donde lo estibaban, es decir, los ponían derechos con la boca para arriba. El bocoy tenía mucha mano de obra. De tanto rodarlos por el patio de labor del almacén las duelas se quebraban y había que sustituirlas. El viento de solano, cuando soplaba frecuentemente en Alcalá, además, secaba y resquebrajaba la madera, por lo que había que tapar los salideros con anea. Además, había que requerirlos todos los días uno por uno, es decir, con una regadera había que colmarlos de salmuera por la boca hasta que rebosara. Todos los días incluía sábados, domingos y festivos. Si no se hacía, la aceituna de la boca se ponía negra, se estropeaba. La sustitución de los bocoyes de madera por las bombonas de plástico mejoró la conservación del continente, pero rellenarlos de la aceituna cocida, volcarlos, rodarlos y requerirlos seguían siendo tareas necesarias. Ya fuera el bocoy de madera o la bombona de plástico –que en Sevilla se comercializaba por la empresa Reyembas– la manipulación de los cuatrocientos o quinientos kilos que pesaban necesitaba mucha mano de obra. La industria del aderezo y envasado de aceitunas estaba muy desarrollada en Alcalá. Iba a ser un alcalareño quien adaptase el carro hidráulico transportador y elevador de palés a la manipulación de bocoyes y bombonas, para trasladarlos y para voltearlos, sin daño alguno. José Benítez Guillén inventó la carretilla hidráulica para bocoyes y bombonas.

 
 
 

Su padre Eduardo Benítez Moreno

 
 
 

            Sus padres, Concha y Eduardo tuvieron siete hijos. José fue el penúltimo y el más pequeño de los varones: Concepción, Manuela, Eduardo, Joaquín, Dolores, José y Feliciana. Él nació en la calle Ancha (hoy San Fernando) en 1928. Su padre tenía un camión y se dedicaba a dar portes. Además, era concejal por el Partido Republicano Democrático Federal y amigo de Cristóbal Moreno Soto, a quien ayudó para que fuera Secretario del ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra. A por éste y otros fueron un día cuando la rebelión de los militares contra la República y ya no volvieron a verlos, aunque a Eduardo Benítez Moreno se lo llevó de esta vida una apendicitis mal curada, cuando José sólo contaba con seis años. Su tía Eloísa se hizo cargo del pequeño José y se lo llevó a vivir a la casa que había nada más empezar los escalones de la Cuesta del Águila, debajo de la torre de Santiago. Como su tío era panadero y por aquel entonces lo ganaba bien, José no pasó hambre, pero sus hermanos tuvieron más dificultades.

            Estuvo muy poco tiempo en el colegio. Su primera clase estuvo en la parte alta del hospital, hoy ayuntamiento, con don Matías que era el maestro y luego en la plaza del Duque, donde está hoy la Casa de Socorro. José dejó pronto la escuela y, con trece años, entró como aprendiz en el Corralón de Matías, años antes de que éste levantara el conocido almacén de aceitunas. Su hermano Eduardo, que tenía diez años más que él, trabajaba como mecánico y conductor de camiones para el empresario Matías Casado.

            El Corralón de Matías estaba al final de la que hoy conocemos como calle Rafael Beca, a un lado y otro de la calle, en él clasificaban y envasaban garbanzos y alpiste. Un poco más arriba del Barrero, tenía Matías Casado un molino de aceite donde el aceite se envasaba en bidones de chapa. En la empresa había varios camiones para traer la aceituna al molino, desde fincas de Alcalá como Quintillo y Cartuja, y llevar los sacos de garbanzos a la estación de El Punto para su transporte, desde Sevilla, a Madrid o Bilbao. Su hermano Eduardo era el encargado de la reparación de los camiones que, al utilizar gasógeno como combustible, siempre tenían dos o tres motores en reparación porque se desgastaban y estropeaban frecuentemente. Fue de Eduardo de quien José aprendió los primeros conocimientos sobre mecánica de vehículos y quien le enseñó a conducirlos. José lampaba por conducir los camiones y para que Eduardo le dejara algunos días, la pringá que su tía Eloísa le preparaba dentro de un bollo prefería dársela, y éste le permitía coger los camiones, siendo apenas un adolescente. José aprendía rápido y pronto se ganó el afecto de Matías Casado. A José entonces lo conocían como el «niño de Matías». Sin carné de conducir y con catorce o quince años era capaz de coger el camión, acarreando muchas veces materiales para la construcción de la casa de Matías en la calle de la Mina, e ir al Arahal para traerse el camión cargado de aceitunas. Él ponía sacos sobre el asiento para poder llegar al volante. Lo multaban siempre que lo veían, unos motoristas que todavía no eran de la guardia civil, por no llevar carné, aunque no le preguntaban ni por la edad. Matías pagaba las multas, y más tarde también le pagó el carné de segunda, de primera y el especial.Para la clasificación de los garbanzos tenían, en el corralón de Matías, unas máquinas formadas por unos rulos que daban vueltas en un sentido. Los operarios debían estar pendientes de la máquina en funcionamiento porque se atascaba y tenían que pararla, quitar el tablero, darle con la tablilla al cilindro, poner el tablero y arrancar de nuevo la máquina. Y él pensó que si la máquina daba vueltas en el sentido contrario no había que parar la máquina, ni quitar el tablero consiguiendo que no se salieran los garbanzos. Matías comunicó a los fabricantes de la máquina que «el niño» ya había solucionado el problema, y éstos hicieron la mejora. Cuando José fue a Bilbao conduciendo un camión para traerse dos máquinas más, que había comprado Matías con la mejora incorporada, querían que se quedara con ellos, pero José les dijo que ni hablar y se vino para Alcalá.

            También, en Matías había una lavadora de aceitunas de molino que se rompía mucho. José modificó el cojinete de la lavadora que era muy pequeño para el tamaño de la máquina y por ello se inclinaba, habiéndose de parar en medio de la faena. Alargó el cojinete y consiguió que no se detuviera durante la limpieza de las aceitunas. Por aquel entonces, de Córdoba vinieron unos ingenieros de la empresa La Cordobesa donde se fabricaban piezas para los molinos (rulos, prensas, …), venían a visitar la fábrica de Aceites y Cereales de Matías Casado y cuando vieron la mejora de la lavadora de aceitunas, le preguntaron a Matías en qué fábrica se había hecho tal arreglo. Matías contestó que había sido «el niño» y los ingenieros tomaron sus notas y también modificaron sus lavadoras de aceitunas.

            En los almacenes las mujeres tenían que cortar los pepinillos en una tablilla para luego rellenar las aceitunas. José ideó una máquina para cortar el pepinillo. Entraba el pepinillo y la máquina tenía unos discos que lo cortaba a la medida que se necesitase.

            Con su hermano Eduardo tocaba en bodas y bautizos, en los parabienes, Eduardo el acordeón y él la batería. Tenían los dos una jazz band. Eduardo, al mismo tiempo, fue músico de la banda municipal donde tocaba el clarinete.

            Cuando a su hermano Eduardo le salió una colocación en Florencio Ordóñez se fue de Matías, y éste le preguntó a José si se sentía capaz de quedarse a cargo de la mecánica de los 6 u 8 camiones que había en la empresa, y claro que se sentía capaz. Tendría 16 ó 17 años y el oficio aprendido. Trabajaba muchas horas en Matías Casado, tanto en el Corralón como en la fábrica de Aceites y Cereales y después en el almacén de aceitunas que Matías Casado construyó en lo que se conocía como la huerta de la Tapada, hoy Radio Luz. Nos dice con humor que trabajaba más que un mulo arrendado. Cuando era aprendiz ganaba en Matías 3 ó 4 pesetas, y cuando se casó 5 duros –con los que se aviaba uno mejor entonces que hoy con mucho más, nos asegura– aunque cuando terminaba su jornada se ponía a otras cosas, como hacer, a mano, un motor de cuatro tiempos con válvulas en cabeza y que instaló en una bicicleta. Tenía un amigo, Ramón Casal, que trabajaba en Maestranza de Aviación y le consiguió una magneto y el carburador de un motorino, que servía de puesta en marcha para arrancar el motor de un avión. El mosquito que luego vino de Italia, ya lo había inventado él en Alcalá y andaba estupendamente.

            En una empresa de Sevilla, adonde él llevaba mucho trabajo de Matías para rectificar cigüeñales, fue en una ocasión para ver la máquina deshuesadora de aceitunas que habían inventado. José dijo a Matías que la máquina no servía porque aunque la máquina deshuesara muy bien no podía hacerlo más rápido que una mujer, que lo hacía muy rápido, no necesitaba ni mirar, harían falta doscientas máquinas para hacer el trabajo de las doscientas mujeres que Matías tenía en el almacén.

 
 
 

En 1960 se constituye MOBESÁN, S.L., y se instalan en la calle Rosita nº 6, esquina con la calle Bailén (Tléf. 541) como estación de servicios para engrase y reparaciones de vehículos (agencia oficial de Mercedes, D.K.W. y Land Rover) aunque en la publicidad de 1966 ya aparece en la fotografía del local, en la puerta, un carro transportador y elevador de bocoyes, hasta la revista de 1969 no aparece en la publicidad que además de estación de servicios se dedicaban a fabricar «transportadores y elevadores de bocoyes y mercancias», y las siglas TYE (Transportador y Elevador).
[Revistas de Feria de Alcalá de Guadaira de 1966 a 1969]

 
 
 

                Cuando a Matías Casado el infarto le dio un aviso, tenía seis o siete chóferes y dejó parados a la mitad. Y José aspiraba a algo más. Su compadre el panadero José Mora tenía una panadería en la calle Herreros y acababa de comprar la huerta de Barneto con la idea de trasladar allí la panadería. Mora le propuso hacer un taller en la esquina que quedaba de la calle Rosita con Bailén. José pidió una excedencia en Matías Casado. Empezaron con el taller primero los dos, José Mora y José Benítez. Como tenían amistad con José Santaella que estaba en Caracas, y de cuando en cuando venía por el taller, Santaella se interesó en entrar como socio.

            En 1960 en la calle Rosita nº 6 se estableció José Benítez regentando un taller para la reparación, engrase y lavado de vehículos. Eran agencia oficial de Mercedes, D.K.W. y Land Rover aunque hasta 1962 no se ideó y fabricó el primer transportador y elevador de bocoyes y mercancías. Por entonces las carretillas elevadoras que existían eran de pala para transportar y elevar palés, pero no estaba creada la específica para bocoyes. Para éstos las uñas habían de entrar por debajo del bocoy, que tenía que ser cogido derecho, y portar un garfio de tal manera que asegurase el bocoy para que no se cayera. Las otras carretillas no valían para bocoyes.

 
 
 

 
 
 

            José inventa la adaptación de la carretilla elevadora de palas, al transporte, y elevación de bocoyes. Él adapta la máquina a las necesidades materiales existentes en los almacenes de aceitunas. Antes no existía ni en España ni en ningún país. Ellos patentaron en su momento el invento pero a éste han seguido otros adaptados a los tiempos como el volteador, que permitía girar 360º el bocoy y la bombona, la transpaleta que es una máquina independiente de la carretilla que se usa para el agrarre y transportes de bombonas en espacios más reducidos. A partir de 1995, se adaptaron las carretillas a los nuevos sistemas electrónicos.

            Había un gerente en ATECO, conocido como el almacén del Cuerno por estar al lado de la popular Venta de «El Cuerno», que era muy amigo de Matías y tenía una DKW, una furgoneta de dos tiempos. Estando todavía José con Matías, cuando le pasaba algo a la furgoneta no quería que nadie le arreglara la DKW como no fuera José. El gerente era un malagueño llamado Félix Gómez de la Cruz y cuando José se estableció en la calle Rosita, le daba mucho trabajo y no le faltaba la faena gracias a don Félix que tuvo ver con la idea de construir una máquina elevadora para bocoyes pues José tenía que ir mucho al almacén de ATECO y veía las necesidades. Así que pensó: «yo voy a hacer una máquina para esto». De noche ideaba la carretilla, la iba construyendo en su imaginación y en el taller por la mañana la fabricaba. No tenía que dibujarla. Ni croquis, ni esquema, ni nada. En el taller se ponía directamente a montarla según lo que había pensado.

 
 
 

Modelo 500, con volteador, cargado con un bocoy de madera en vertical

 
 
 

            Los materiales con los que se hacían las primeras máquinas, sobre todo las cajas de cambio, eran de Ford 17 caballos y los diferenciales eran de los coches sin uso de los americanos que había en Morón. Se compraba lo que había, porque no entraban materiales de fuera. Cuando se acababan las cajas de cambio por aquí, José se iba al rastro de Madrid y cuando encontraba cajas de cambios las compraba todas. Y, nos cuenta, que había una chatarrería muy importante antes de llegar al aeropuerto de Barajas donde había muchísimos coches de los americanos y allí buscaba los diferenciales que necesitaba y todos los que había los compraba, contratando un camión cargado para traerlos a Alcalá. Para estos negocios él tomaba aviones. El conocimiento de la existencia de materiales en Madrid lo tenía de los propios chatarreros sevillanos. Cuando notó que la carretilla se estaba quedando antigua diseñó la actual, este diseño es de mediados de los años 80, en el que se cambia el chasis y otros elementos.

            Los empresarios de los almacenes de aceituna se van enterando de la invención por los camioneros. El primer almacén que le compra una carretilla es ATECO. Las máquinas se fabricaban generalmente por encargo, aunque también se fabricaban para ponerlas a la venta. Llegaban a fabricarse hasta cinco o seis al mes.

 
 
 

Modelo 502 cargado con bocoy de madera en horizontal. En la publicidad de MOBESÁN en la Revista de Feria de 1973 sólo se hace mención a la «Construcción del Carro Montacarga Hidráulico (TYE)»

 
 
 

            Como a ellos se les quedó chico el taller de calle Rosita, en 1970, adquieren el local que dejaba Juan Alarcón en la calle Arahal donde, hasta hoy, continúan. Y aunque instalaron el primer túnel de lavado automático de Alcalá ya dejaron de dedicarse a taller de coches, aunque el túnel de lavado estuvo alquilado un tiempo a terceros.

            Actualmente los socios son los hijos de José (Eduardo y José) y un hijo de Mora (José Antonio). No sabe contestarnos quién hizo el diseño del logo de MOBESAN (creemos que fue en la Imprenta Guadaira). Los asientos de los carros, al principio, los tapizaban los Piñas, sobre un molde de madera que se hacía en MOBESAN y los techos de los carros de lona también. El máximo de trabajadores que MOBESAN ha tenido han sido 12 ó 13. Actualmente hay 7. En la provincia de Sevilla, casi todos los almacenes de aceituna tienen carretillas elevadoras de MOBESAN. Han distribuido tradicionalmente en Andalucía, Extremadura, Murcia y Valencia. Las carretillas las hacen actualmente de acero inoxidable para evitar la corrosión de la salmuera. El país más lejano donde han llegado carretillas ha sido en Argentina, aunque también se envió una a Mauritania. En Francia y Portugal también hay carretillas de MOBESAN.

            Su especialización en un sector, el de la aceituna de mesa, y su continua evolución, les ayuda a seguir siendo reconocidos como una marca de prestigio y calidad. Y ahí continua MOBESAN fabricando carretillas elevadoras y transportadoras, diesel y electrónicas, después de más de medio siglo.

 
 
 

ANTONIO LÓPEZ RODRÍGUEZ, PELUQUERO. De la serie «Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún [artículo publicado en «Escaparate» en 2019]

 
 
 

Antonio quiere que dediquemos esta semblanza a todas las mujeres de su vida:
a su madre y hermanas,
además a sus amigas y clientas
y, especialmente, a María del Carmen Miranda.

 
 
 

Antonio López

(Foto: ODP 2018)

 
 
 

«Lo peor de la señora Oliver era que cambiaba a cada paso de estilo de peinado. Ella reconocía esta debilidad suya. Los había probado todos, por riguroso turno. Al severo estilo “pompadour” de cierto momento había seguido otro basado en el desorden, como trazado por una fugaz ráfaga de viento, que daba lugar a una expresión del rostro más bien intelectual. (Bueno, ella esperaba que resultase intelectual, al menos.) A los rizos geométricos había seguido el artístico desarreglo. Al final, tuvo que admitir que aquel día su peinado era lo menos importante, un detalle accesorio, puesto que iba a usar lo que en raras ocasiones usaba: un sombrero.»

 

[AGATHA CHRISTIE. Los elefantes pueden recordar.
Ed. Ediciones Orbis, S.A. Barcelona, 1987, pág. 11.]

 
 
 

(1968)
 
 
 

Cuando se le pregunta sobre su infancia lo primero que se le viene a la cabeza desde la más remota y profunda memoria, como recuerdo imborrable, es la casa del barrio de San José donde nació un día de Reyes de 1967, hijo de Virginia y Antonio, sus jovencísimos padres, de dieciocho y veinte años. Es el primero de seis hermanos. En esa casa transcurrió su infancia y una parte fundamental de su vida. La casa estaba en una calle de albero donde había una sola bombilla en El Palomar, que es el nombre del jardín oculto y bella residencia que aún hoy sobrevive como un lugar de ensueño. Son también imborrables en su memoria los amigos del barrio, el colegio de los Salesianos…

   Recuerda que fue un niño que tuvo una infancia muy feliz y también evoca aquel período de su vida lleno de contrastes entre su mundo fantástico, del que él era muy consciente, y el mundo de aquella casa y el barrio de San José entonces. En la misma casa vivían cuatro familias, todas parientes entre sí, cada una viviendo en sus correspondientes habitaciones y un patio de niños jugando dando un espectáculo diario de alegría. Se le vienen a la cabeza espontáneamente los nombres de sus tías Rafaela, Joaquina o los sus primos Julito, Miguelín y Mari… Y aquellos tíos albañiles en los que abundaba el buen humor cuando en la casa se explayaban con su buen vivir, su mucha gracia, y su mucha guasa. Hay que decir aquí que pertenece a una legendaria familia de albañiles alcalareños. Un bisabuelo fue el que consiguió levantar la más alta de las chimeneas de la antigua fábrica de Idogra, después de varios intentos por otros alarifes a los que la chimenea se les derrumbaba a partir de una altura determinada. Ahí sigue en pie, esa torre labrada de ladrillos de barro, en el actual Parque Centro.

   No era el fútbol lo que más le gustaba, aunque no se quedaba atrás cuando había que tirarse por las cuestas en las bicicletas o jugar a una guerra de piedras en el Cerro del Moro. Seguía del ritmo de los chiquillos de su edad pero el niño que fue tenía un mundo propio dentro de sí: el de un niño que es sensible a lo delicado y a lo frágil. Este mundo íntimo afloraba en su afición a hacer cofradías. Con la cabeza y las manos de una muñeca Nancy hacía una Dolorosa, moldeando con barro la figura y vistiéndola, luego preparando y ornando los pequeños pasos. Con sus amigos se ponían manos a la obra para mejorar cada año aquellos palios, también se inventaban ferias y tómbolas. Siempre estaba ideando. Esta actividad venía de su mundo aparte, y se mostraba en la mucha creatividad que requería, creando un puente con el mundo de fuera de sí que le venía regalado por la vida de su familia y sus vecinos. Para el niño Antonio era armónicamente compatible su mundo de adentro con el brillo y la fiesta del patio en aquella casa y en aquel barrio que hizo que su infancia sólo pueda evocarla como maravillosa. Él sentía que lo que le surgía le venía de su mundo propio. Era muy consciente de ello aunque esto no significaba cerrarse sobre sí mismo, sino todo lo contrario, en él era darse. Y todos le querían. Hoy así continúa, largo de corazón y corto de tacañería.

   No hacía mucho que se habían mudado a un piso de la calle Vegueta cuando un 28 de diciembre de 1978 su padre falleció a los treinta años, contando Antonio con tan sólo 11. Toda la familia se fue a vivir con el abuelo paterno a Hospitalet de Llobregat durante seis meses. Luego regresaron a Alcalá, pero de nuevo a la casa del barrio de San José. Todo este tiempo casi ni lo recuerda, como si se hubiera borrado. Aunque sí le ha quedado una imagen amarga de aquella etapa dura en la que está su madre, a la que él ve sufrir tanto y trabajar tanto para sacarlos adelante… Se convirtió de pronto en el hijo mayor de una mujer viuda con cinco hermanos más pequeños. Todo cambió. El duelo de su madre, tan joven, fue muy largo. Cada vez que llegaba el día de los Santos Inocentes era muy triste… Pasaron muchos años antes de que la Navidad, la Noche Vieja o los Reyes Magos volvieran a tener sentido. La madre, con el firme propósito de que a sus hijos no les faltase nada de lo verdaderamente necesario, cosía noche y día y quien quiso estudiar estudió.

   El primer año de la escuela lo cursó en el Pedro Gutiérrez con la señorita Amparo. Como a su padre lo destinaron a Isla Cristina perdió un curso y al regresar entró en los Salesianos con un año de retraso. Tuvo como tutor a José Reina al que tanto quiso como maestro, y tiene la fortuna de seguir compartiendo su amistad. También quiere destacar a otros dos maestros de escuela: Francisco Hermosín y María del Carmen Miranda. Ellos tuvieron mucho que ver en su historia de peluquero.

 
 
 

 

El Arzobispo Carlos Amigo Vallejo

entre Antonio y su amigo Pedro (con gafas)

 
 
 

   Cuando acabó la EGB se matriculó en San Juan de Dios en un curso de formación profesional en Artes Gráficas e Imprenta. ¿Quién le iba a decir a él que a unos kilómetros de Alcalá iba a toparse con su primera experiencia con la modernidad? Al menos con la modernidad de los que tenían catorce o quince años que allí conoció y que iban vestidos de punkis, o mejor dicho, que por tal indumenta a sí mismos se consideraban punkis. De tal guisa con su amigo Pedro se los encuentra el arzobispo Amigo Vallejo en una visita a la Ciudad de San Juan de Dios, entonces recién llegado a Sevilla. Monseñor les preguntó: «¿de qué vais vestidos?, ¿qué sois?» Ellos respondieron: «Pues de punkis. Somos punkis», no exenta la contestación de mucha inocencia e ingenuidad. «¿Y qué son los punkis?», continuó Carlos Amigo. «¿No lo ve: la chapita, los pelos?»

   Si no tenían dinero para pintarse los pelos, cogían una barra de labios, la estrujaban y se coloreaban el pelo de rojo; si se llevaban los zapatos de charol y no podían comprarlos, compraban pintura de aceite y con los zapatos pintados se iban al Zalima. Cuando salían estaban ya los zapatos escalichaos.

   Pedro es otra de las personas que tuvo que ver en su vocación peluquera porque a él le encantaba el corte de pelo que llevaba y una vez le preguntó quién se lo había hecho. Así es como conoció a Sema, el día que lo peló a lo garçon, aunque su madre por la noche, mientras dormía, le cortara aquel flequillo, que tan raro le resultaba. Fueron unos años inolvidables, en aquella Alcalá donde se inauguraron el Buy, el Pololo, el Zoom,  el Mogambo, se abrieron las tiendas del Cotán. A Alcalá venían jóvenes de otros pueblos y de Sevilla atraídos por la diversidad de locales que, aún siendo pocos eran originales, porque sonaba la música que en ese momento se escuchaba en los bares modernos de Madrid a Vigo y porque había gente creativa, simpática, generosa, inquieta…

   El verano que siguió a su segundo curso de Artes Gráficas, Sema le pidió que le echase una mano en la peluquería por las tardes. Su misión era lavar cabezas, pero él aprovechaba para ver cómo se ponían los tintes y moldeadores. Veía como entraba una señora y tras pasar por las manos de Sema, que eran mágicas y auténticamente creativas, aquella misma mujer salía bellamente transformada. Ahora no se nota tanto la labor de peluquería porque la gente se arregla mucho y hay mucha técnica. Entonces sólo iban a las peluquerías personas que podían permitírselo porque en su mayoría las mujeres se arreglaban el pelo en sus casas o se lo cortaban ellas mismas, a lo más pagaban a alguna chica que peinaba por las casas. Con Sema tuvo y sigue manteniendo una gran amistad y fue para él un gran referente, con él además compartió viajes a Nueva York, París y Londres. En esta última ciudad, en un campeonato mundial de peluquería, conocieron a Patrick Cameron y Toni&Guy que no eran tan famosos entonces, y a un Vidal Sassoon ya muy reconocido. Siempre le inspiraron de este último su estilo y la rectitud de los cortes.

   Sus inicios como peluquero se remontan a 1985 y empieza peinando por las casas, sólo con los conocimientos que había aprendido de su experiencia ayudando a Sema. Empezó a correrse la voz y el teléfono de la casa de su madre no paraba de sonar. Cobraba cinco duros por un corte. Remedios, amiga y clienta de su madre, le aconseja que Antonio haga estudios de peluquería. Su madre era reacia pero viendo la ilusión y el tesón de su hijo, le dio todo su aliento y su ayuda desde que empezó hasta hoy mismo.

   En una habitación del patio interior de la casa familiar en la calle Reina Victoria, sus tíos Manolo y Julián hacen una pequeña obra para instalar ahí la primera peluquería. Un espejo verde con un cristal redondo y algo picado, cuatro sillas y una estantería de madera. «Aquello era un chuleo», nos dice Antonio, porque como no tenía lavacabeza, el cuarto de baño familiar era el lugar de los lavados de cabeza. Virginia, su madre, se afanaba para que las clientas de su hijo estuvieran lo mejor posible, hacía café, preparaba el patio para que se sentaran allí mientras el tinte cuajaba, todo esto daba lugar a tertulias y divertimentos y muchas anécdotas. Y dos hermosas historias de amor: una señora valenciana, le compró un lavacabeza que costó 27.000 pesetas y que se fue pagando con los trabajos de costura que su madre le hacía; y María del Carmen Miranda y Francisco Hermosín le regalaron un grandísimo espejo de dos metros de ancho por uno de alto, cogidos con grapas y flotando respecto de la pared, éste sustituyó al pequeño ovalado en el que apenas se veían las clientas por la pequeñez y vejez del objeto.

   En la Academia tuvo un profesor llamado Álvaro Alcaide que había estado trabajando en Carita París y que había sido técnico de tintes en L´Oréal. La capacidad que tenía este profesor de hacer mezclas, de combinar colores y sacar las tonalidades de tintes fue un aprendizaje fundamental para él. Todos los días viajaba en un Dyanne 6 con una señora y su hija que tenían una tienda en el barrio San José y que cuando cerraba lo esperaba para dejarlo en la Cruz del Campo, a donde ella vivía, pero la academia estaba en Amador de los Ríos así que le quedaba un buen trecho aún para llegar a la academia de peluquería. La vuelta la hacía con Valle, tía de la modelo Eva González, que estudiaba con él y a quien su novio la recogía cada tarde para regresar a Mairena. Empezaron las colas de las señoras que se peinaban en la academia y que querían que le peinara el chico de Alcalá, lo caracterizaba el manejo del secador. Al año y medio concluyó el curso de peluquería.

   En 1990 coincidiendo con la Guerra de Irak, gracias a un tío suyo, le salió trabajo en la Base de Morón. Trabajaba de 9 de la noche a 6 de la mañana empaquetando la comida que llevaban los aviones que partían para avituallar a los soldados norteamericanos en Irak. Por primera vez en su vida ganaba un bien salario y, además, con visos de quedarse fijo en la Base. Esta situación lo puso en una complicada tesitura: decidir entre quedarse en la Base o mantener su peluquería.

   De nuevo la casa familiar de Reina Victoria se obró para dar cabida a una nueva peluquería, esta vez el patio exterior, de tipo sevillano, se techó haciéndose una habitación de 18 m2. Pudo decorarla a su gusto y sentir que su proyecto de peluquería empezaba a tener un vuelo, tuvo que contratar personal porque se corrió la voz de forma definitiva y había fechas tan señaladas que las clientas se iban a las seis de la mañana a su puerta para coger la vez y hacerse el moño para Noche Vieja.

 
 
 

Con Ainoha Arteta

 
 
 

   Desde 1995 a 2003 fue miembro del equipo de peluquería del Teatro de la Ópera de la Maestranza. Su primera ópera fue Sanson y Dalila, nos dice que ese día se conmovió tanto que comenzó su pasión musical por este género. En Lucia de Lammermoor conoció a Alfredo Kraus en su última actuación pública. Y durante todo este tiempo trató con Plácido Domingo, Teresa Berganza, Juan Diego Flórez, Leo Nucci, Ainoha Arteta y ‎a Franca Squarciapino, directora de vestuario de la película Cyrano de Bergerac (1990) y galardonada por esta película con un Óscar y un premio César. También estuvo en los equipos de peluquería de las películas Volavérunt de Bigas Luna estrenada en 1999 y Carmen (2003) de Vicente Aranda. En 1998 trabajó para la inolvidable representación de El barbero de Sevilla que se hizo en el Maestranza con un brillante trabajo escenográfico de Carmen Laffón y Juan Suárez. La pintora también se ocupó de los figurines junto a Ana María Abascal.

   Viajar alrededor del mundo ha sido otra de sus grandes pasiones. Ha visitado los cinco continentes. Ha puesto sus pies en el Polo Norte y el Amazonas, en Islas Maldivas, Egipto, Nepal, Tibet, India, Perú, Costa Rica y en casi toda Europa. Su último viaje ha sido a Tierra Santa. Pareciera que a Antonio le fuera posible recorrer el mundo como si lo peinara. Tal vez sea ésta la explicación de por qué viaja como lo más natural de la existencia, aunque los aviones o los barcos le lleven a miles de kilómetros, porque ¿no es el mundo como una gran cabeza, a la que hay que consagrar un cuidado especial? La cabellera es un adorno precioso del cuerpo humano. Peines, horquillas, navajas son objetos empleados desde la Prehistoria para convertir el arreglo de los cabellos en una labor de artistas y a los peluqueros en seres de los que estamos necesitados, hasta el más humilde de nosotros. Y para poder hacer arte con los cabellos no bastan sólo la técnica, los recursos o las habilidades del peluquero sino que éste alcanza la inspiración cuando ha comprendido la personalidad de quien se pone en sus manos.

 
 
 

Su primer viaje a Nueva York