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FALSIFICADORES. María del Águila Barrios

 
 
 

Calle del Infierno

[Foto: LGV Alcalá 2022]

 
 
 

Considero falsos a quienes son capaces de simular cualidades buenas que no tienen, y falsas a estas simulaciones. Son falsos aquellos que engañan a los que han puesto su confianza en ellos, a sus amigos. Y para falsificar, encuentro en los diccionarios, que es una palabra que puede entenderse como la desfiguración de la verdadera naturaleza de las cosas, o también como la desnaturalización del carácter auténtico de algo. Nuestro mundo se ha llenado de falsificadores. Están por todas partes: en los mal denominados medios de comunicación, que, infelizmente, son, sobre todo, medios de falsificación de la comunicación; en las multinacionales de cualquier actividad económica, en las burocratisadísimas administraciones europeas, nacionales, regionales…, y, ¡cómo no!, en los ayuntamientos. Falsear la realidad conviene a tantos estafadores públicos y privados que cuentan hoy, gracias a una tecnología que ni al Diablo se le hubiera ocurrido desarrollar, con la posibilidad de multiplicar enormemente sus bocas mentirosas.

   A nuestro Ayuntamiento no le empacha mostrar muchos ejemplos de falsificación y es pertinaz, pues continuamente la ostenta, con desenfado, con buen rollo en el lenguaje que pegan en la cartelería impresa en grandes lonas, plenas de irrealidad visual y lingüística. Tienen que tener una buena banda de salteadores de calles que hacen el trabajo sucio (componer los textos, hacer las fotos, diseñar las lonas) y, luego hay que colgarlas, anclarlas en la estructura metálica para que duren más que las bridas oxidadas que recubren la antigua comisaría de Talavera, hasta que se corporeice el futuro de progreso y bienestar que proclaman con las palabras elegidas por los publicistas encargados. Esto que escribo lo pueden sufrir en La Plazuela. Allí lo tenemos desde la Semana Santa, para que lo padezcamos y no lo olvidemos, cubriendo el solar donde hubo una confitería y una ferretería.

   Pero lo que al falsificador municipal le encanta, le da un gusto insuperable, es hacernos sufrir con sus barbaridades y, entonces, da un paso al frente y materializa su falsificación destrozándonos los espacios públicos que eran bellos de por sí y que, al falsificador municipal, no le ha afectado que ello fuera importante para los vecinos de Alcalá. Si hubieran preguntado a la gente de Alcalá, al pueblo que depositó en ellos su confianza, si tan solo hubieran visto con ojos de ver que es absurdo falsificar la calle de la Mina por donde han empezado a falsificarla, por uno de sus corazones: el teatro Gutiérrez de Alba, las fachadas de bellas casas que aún se conservan, la farmacia de La Casa, y el hastial del Convento de las Clarisas; entonces se reconocerían como los falsificadores y falsos que son y eso sí que no les gusta.

   Desde las modestas posibilidades de este espacio que el periódico me permite, no pararé de denunciar la estafa de palabra y de obra con la que el Ayuntamiento de Alcalá de Guadaíra nos condena.

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2022]

 
 
  
 
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AFAR  O EL AFÁN POR LOS POBRES, POR LOS QUE SUFREN. María del Águila Barrios

 
 
 

Plaza de Toros de la Maestranza

[Foto: LGV, Sevilla 2003]

 
 
 

Al sacerdote D. Manuel Ángel Cano

 
 
 

Alguien dijo una vez una verdad: hay dos tipos de personas, las que sufren y las que van a sufrir. Esta es una distinción irrefutable, lo es desde siempre y mientras haya vida humana sobre la tierra el sufrimiento estará entre nosotros presidiendo una gran parte de nuestra existencia. El sufrimiento es lo que nos trae la pobreza. En AFAR se afanan por los pobres, por los que sufren, a los que se entregan con todas sus fuerzas en todos sus actos. Con ardor, con amor, emprenden éstos fervorosamente porque los pobres necesitan ser saciados ahora. No mañana, sino hoy mismo. Saben actuar con la urgencia que supone siempre que cuando alguien cae necesita de una mano amiga que le ayude a levantarse. A los derrotados que la vida va dejando en los campos de las batallas del existir acoge AFAR con afán. AFAR es la esperanza de los vencidos, una conquista de los que lo perdieron todo, cuando ya no esperaban que el corazón humano latiera también para ellos.

   No es un trabajo cualquiera. No. Es del tipo de los muy enredados, del que tiene que enfrentar situaciones muy difíciles. No es cualquiera la tarea de sus retos. En múltiples ocupaciones se multiplican con apuro para una obra, la de AFAR, que sólo ha podido desarrollarse porque es una obra inspirada por Dios. Si no es así, pienso, no se explica AFAR. Ese Dios de los pobres, de cualquiera, que vela para cuidarnos a todos, pues todos  necesitamos de la caridad.

   Aprendamos del afán de AFAR para que no nos pase como al gran Lope de Vega (1562-1635) cuando en su esencial soneto confiesa dolorosamente no haber abierto su casa a quien entrañablemente tocó sus aldabones, porque venía para entregarle todo su amor e implorárselo, y no lo acogió, pues no quiso o no supo que aquel mendigo llamaba a su puerta para salvarlo. El poeta se lamenta sin consuelo y nos advierte que no seamos como él, y franqueemos nuestra alma a la «hermosura soberana».

 
 
 

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,

que a mi puerta cubierto de rocío

pasas las noches del invierno escuras?

 

   ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

 

¡Cuántas veces el Ángel me decía:

«Alma, asómate agora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

 

   ¡Y cuántas, hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2021]

 
 
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LA HIPOCRESÍA. María del Águila Barrios

MARIONETAS 17 (LISBOA)

Museu da marioneta de Lisboa
[Foto: LGV 2018]

Bajo la piel blanca de la astucia se oculta la hipocresía. Semejantes a sepulcros blanqueados dice Jesús que son los hipócritas. Afectan modestia, simulan devoción, y aparentan ser escrupulosos. Siempre en su papel para fingir quienes, desde luego, ni son ni nunca alcanzarán a ser. Son la antinomia de la lealtad. Están convencidos de que nadie logrará conocer al que esconden tras el que aparentan ser y, lo más frecuente, es que pronto se les descubre oscuros, porque su claridad está hecha de materiales muertos. Sus habilidades innúmeras para la simulación y el disimulo los hace dueños de todas las estratagemas y artificios. Su doblez los multiplica en ellos mismos y entre ellos se entienden demasiado bien.

   Están por doquier, pero sobre todo están en el poder y son abrumadora mayoría, casi por unanimidad integran todos los gobiernos, y allí donde están no hacen otra cosa que dedicar sus existencias a promover actividades nacionales o multinacionales cuyos fines son la muerte en vida de los más. Estos son los hipócritas, los lisonjeros,  que lloran como cocodrilos cuando saben que su víctima ya no podrá escapar de sus colmillos.

   También todo hipócrita es un parásito. La sangre que corre por sus venas es robada. Donde haya un pálpito, un ángel, que los humanos tenemos dentro cuando nacemos a esta vida, un ángel que es inocente por naturaleza y aspira al aire como lo hacen los árboles de los bosques, allí agazapado detrás de las esquinas, fieros, los hipócritas esperan el momento de asaltar al que pasa y ¡zas! le dan un zarpazo, lo dejan sin sangre, lo robotizan, lo convierten en un zombi, que sólo sabe que no sabe porqué pasa todo su tiempo desperdiciando sus años, que no se llenan de nada, que se acumulan hasta cerrar sus ojos…

   Los hipócritas son horribles, la mayor pesadilla, una auténtica catástrofe planetaria, algo que podríamos combatir armados de arte, música y libros fundamentales y de personas de buena voluntad, amorosas, claras, sinceras, hechas de la carne de las palabras auténticas. De tantas revoluciones que se hablan hasta la saciedad y el hastío, propongo una sencilla: combatir a los hipócritas, a los parásitos, dejándolos solos porque concurrir adonde convocan es entregarles nuestra alma. Así pues, en su lugar dejar un vacío, un silencio, una ausencia de aplauso y reservarnos para los verdaderos actos de una cultura popular recuperada en la acción pública y en la libertad de los responsables.

[La voz de Alcalá, 2022]

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LA LECTURA. María del Águila Barrios

 
 
 
MARIONETAS 15 (LISBOA)

«Museu da Marioneta»

[Foto: LGV, Lisboa 2018]

 
 
 

Para muchos la lectura es alimento para otros puede ser un aburrimiento. Para mí es alimento porque al igual que no puedo vivir sin comer carne, pescado, ensaladas, tomar sopas, o beber agua, cerveza o vino, tampoco podría vivir sin leer. Cuando estoy cansada, leo y así la lectura me sirve de reposo. Aunque cuando estoy activa también leo y la lectura me despierta el deseo, me conecta con fantasías y encuentros, viajo; invento o me inspiro con las lecturas.

   Leer es atender y es escuchar lo que dicen los textos impresos en las páginas de los libros. De tanto escuchar con atención una de pronto nota que el habla se le suelta con facilidad y, a veces, hay otros que escuchan lo que digo cuando escribo. Por esto lo que se escribe o dice, si es verdad, sirve para la transmisión de la cultura y de la educación.

   Un proverbio medieval nos enseña que leer y no comprender es como no leer. Estudiar es leer. La voluntad de aprender nos exige actuar, investigar, buscar, siempre sin saber qué se va a encontrar. Escuchar para distinguir las voces de los maestros o las voces de los ecos. Sólo comprendemos lo que conocemos y para conocer es preciso saber y sólo se puede aprender aquello que se ama por lo que conocer es amar. Y aunque leer es un acto en solitario, nunca estamos solos cuando leemos. Incluso la lectura nos lleva a mundos más allá de los que la escritora o el escritor crean porque son los mundos que nosotros recreamos.

   He encontrado, buscando pretextos para este texto que ofrezco a vuestra lectura, un adagio de origen escolástico: «Los libros hacen los labios». ¡Qué hermosura de frase! Los labios por donde se cuelan los susurros, las palabras, ¿qué seríamos sin ellas? ¿Y sin los libros? También buscando encontré este poema de Rubén Darío con el que me despido:

 
 
 

El libro es fuerza, es valor,

es poder, es alimento

y manantial del amor.

El libro es llama, es ardor,

es sublimidad, consuelo,

fuente de vigor y celo

que en sí condensa y encierra

lo que hay de grande en la tierra,

lo que hay de hermoso en el cielo.

El libro males destierra,

da al espíritu solaz

y demandando la paz

va destruyendo la guerra.

Él nos pinta en lontananza

albas de dulce bonanza

que nos llenan de consuelo

y nos muestra, allá en el cielo,

el iris de la esperanza.

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2022]

 
 
 
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LA PALABRA. María del Águila Barrios

 
 
 

Exlibris de Miguel Romero Martínez

 (Filólogo sevillano, 1888-1957)

 
 
 

Pienso, cuando releo algunos de estos textos que os escribo en mi pequeño recuadro mensual, que las palabras con las que los escribí pareciera que hubieran volado, no sé adónde. Están impresas en el papel de La Voz, con apariencia de fijeza, con su tinta ya seca y adherida a la superficie de la página… Precisamente por ello, pienso que en ellas confluyen nido y vuelo, aunque cuando vuelvo a mis palabras, las visito, no las encuentro, están volando, con sus alas y todo, haciendo piruetas en el aire o planeando, siguiendo los vientos hacia el horizonte. Sabido es que las palabras una vez escritas y, sobre todo, después de publicadas ya no pertenecen a la escritora que las eligió para expresar conceptos, pensamientos, historias, o reflexiones…, sino al lector. A ti mismo que lees estas palabras sobre la palabra.

   Buscándolas en la lengua para conocer, me encuentro con la sabiduría que se incorpora al escribir por el que doy a conocer la sabiduría misma que me llega alojada en las palabras que descubro o reconozco. Sirven para guiar nuestros pasos por este mundo. Puedo llegar con ellas a París o a Roma. Si las tengo no hay lugar que no pueda acabar pisando. No sin sacrificio. Buscar y caminar, escalar o sumergirse, obliga a esforzarse, y con método. Las palabras nos lo enseñan todo. Nos sirven para engalanar el conocimiento y nos alejan de la lengua embustera, llena de falsas palabras, de maledicencia y de malvados que las llevan en sus bocas. Las de verdad se dejan dominar, son dúctiles, suaves, y llegan certeras al núcleo de la acción. Las palabras son el movimiento y están hechas de la materia de los astros. También son el tiempo, y están hechas con la materia de los milenios, como las montañas o las catedrales.

   «En el principio» es el segundo poema de Pido la paz y la palabra de Blas de Otero (1916-1979), y lo traigo entero a colación:

                        Si he perdido la vida, el tiempo, todo

                        lo que tiré, como un anillo, al agua,

                        si he perdido la voz en la maleza,

                        me queda la palabra.

 

                        Si he sufrido la sed, el hambre, todo

                        lo que era mío y resultó ser nada,

                        si he segado las sombras en silencio,

                        me queda la palabra.

 

                        Si abrí los labios para ver el rostro

                        puro y terrible de mi patria,

                        si abrí los labios hasta desgarrármelos,

                        me queda la palabra.

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2021]

 
 
 
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EL SOL. María del Águila Barrios

Sol en nube

[Foto: LGV 2015]

Es la estrella alrededor de la cual gravitan los planetas del sistema solar del que forma parte nuestra tierra. Para nosotros el sol es la estrella de las estrellas. Comparada con otras es de las pequeñas, pero de nuestro sol depende directamente la vida terrestre. También es la única estrella que mejor podemos observar, la más cercana, por eso los astrónomos conocen a las otras estrellas porque, sabiendo del sol, se conducen al conocimiento de los astros lejanos. El sol es el día, la luz frente a las tinieblas. Llega la noche cuando se ha ido el sol y todo oscurece. Es el calor, el abrigo, frente al frío y lo inhóspito. Pero nos puede abrasar y, cuando no nos regala el cielo la lluvia, el sol destruye los campos y viene cargado de daño y desastre. El sol es un dios principal en las civilizaciones antiguas, de él dependían ritos, cosechas, ciclos. A él se dedicaron templos, sacrificios, tumbas…

   Hay expresiones que tienen al sol como metáfora: decimos «hace un sol de justicia» cuando nos cae de plano y no hay refugio alguno; al niño que se quiere se le llama «sol de mi vida», y alabamos al otro diciendo «eres un sol». Las localidades de la parte de la plaza a la que le da el sol durante la corrida, el tendido de sol, son las más baratas. Quien «hace un brindis al sol» no se compromete a nada. Y hay quienes se arriman «al sol que más calienta». Pero los que «están de sol a sol», desde que amanece hasta el ocaso, no se dejan vencer por el astro, éstos son imprescindibles.

   El sol luce para todos pero parece que ahora poco va a lucir para muchos, y mucho se lo van a apropiar unos pocos, lo que va acompañado de la catástrofe para el campo, para nosotros, que nos quedamos sin la tierra porque están llenando miles de hectáreas de placas solares, pero sobre éstas escribiré en otras entregas porque lo que se nos viene encima, acompañado de ansia y especulación energética, aunque sea solar, no tiene nada de ecología ni sostenibilidad, sino que está suponiendo una monstruosa destrucción de nuestras fecundas tierras, desplazamiento de fauna y pérdida irreversible de nuestro patrimonio paisajístico, arqueológico o agrícola.

   Me hago algunas preguntas: si, lamentablemente, las autoridades acaban aprobando los proyectos para la explotación de miles de hectáreas como estaciones de energía solar ¿quién sabe si se podrán recuperar las tierras una vez que los promotores abandones sus placas instaladas?, ¿quién retirará todo ese material?, y ¿a dónde irá toda esa basura? En lugar de utilizar tierras infecundas ¿por qué la tierra fértil que nos rodea la quieren matar, tal vez de manera irreversible?

   Delante de nuestros ojos está naciendo una nueva burbuja: la de las placas solares.

[La voz de Alcalá, 2021]

«LA VOZ DE ALCALÁ» en «CARMINA»

EL TIEMPO. María del Águila Barrios

 
 
 El despertador dormidoRAFAELLUNA

El despertador dormido

Pintura de Rafael Luna

(de la serie «Aquellos niños del río»

un cuento de Olga Duarte Piña)

2005

 
 
 

Último día de agosto. Sumo otro verano a mi vida. En el rostro recibo el fresco de las tardes propio de los finales de este mes. A mí me ocurre, desde niña, que éste es un tiempo en que me da por pensar en el tiempo, pero nunca he estado conforme con que el tiempo huya, sea fugaz, vuele… No. ¿El paso del tiempo es el paso de la vida?, ¿tras el pasar de la vida sólo viene la muerte «tan callando»? Me resisto a aceptar que el tiempo tenga como final la muerte. Hay un esfuerzo de profundización que cabe hacer si pensamos en el tiempo como un fragmento de la eternidad. Los que asumen la muerte como final de todo ya están condenados por su pereza. Aunque yo no tenga en la mano la prueba de esto que digo, ni tal vez nadie, porque el tiempo parece agua que corre, sin freno que detenga la sucesión irreparable de los días… En estos postreros que discurren hasta este último en el que escribo, aun siendo estío todavía, a mí se me anuncia el otoño: los campos empiezan a mudar su color, los pastos han sido segados, los verdes de árboles y maleza ya no son tan intensos, y el cielo a veces presenta veladuras que le rebajan el azul… ¡Fluye el tiempo, no huye! Se enreda, va lejos y vuelve en un flujo y reflujo que no lo somete ninguna línea. A veces está tan cerca que somos nosotros mismos. Y somos nosotros los que cambiamos, no el tiempo.

   Nunca sabremos lo que está por venir. El futuro no existe. Con los hechos que vayan a ocurrir se pretenderá llenar el tiempo y lo acabarán reduciendo hasta negarlo. Reiterarán hasta confundirnos que la Historia será ésta o aquélla. Los hechos ya acontecidos no se van a repetir, que es lo contrario de lo que se piensa generalmente. El tiempo no es uno, es múltiple y diferente, sin principio y sin fin, es eterno y jamás acabará, y lo que está por llegar, cuando llegue, no cambiará la espera humana. Las cosas destruidas no han desaparecido porque el tiempo haya sido su destructor implacable, es el hombre el gran destructor del mundo, aunque nunca repita los mismos hechos destructivos.

   Como en una paradoja, me sorprenden las campanadas de la torre cercana dando la hora. Como ayer, como mañana, y para cuando no esté para escucharlas continuarán para otros, «y seguirán los pájaros cantando».

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2021]

 
 
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VERANO. María del Águila Barrios

 

Carrera del Darro

[Foto: LGV Granada 2021]

 

Es el tiempo de los jazmines, de su perfume finísimo, blanco y leve. Olores a higuera, a mirto, a rosas, a lantana. Las tapias encaladas refulgen en la mañana ardiente. Se escuchan susurros en los interiores umbríos. Cotidianeidad sonora que sólo es en el verano. En una calle desierta un gato pasa. Tanto esplendor y derroche luminoso para nadie. Más tarde, por la noche, se atreven a salir buscando el fresco. Se forman algunos pequeños corros en las aceras, sonríen, y se han de estar diciendo cosas agradables. Tejidos ligeros de colores alegres y camisas blancas. La juventud es acariciada, al fin, por la brisa que viene del río. Los vecinos se citan a las puertas de sus casas para charlar sobre cómo ha ido el día mientras aprovechan esa brisa que viene del río. Algunas familias sacan sillas a la acera. Los niños corretean por la calle y juegan. En las casas se han abierto las ventanas para refrescar los cuartos. Suena el eco de una radio. El campo no queda muy lejos, pero está muy oscuro, es otro su verano, allí hay otra vida. En el pueblo se está viviendo como en la víspera de un día festivo. Las voces se levantan para hacerse oír sobre las risas. Aunque alguien prefiere el silencio del que contempla. Silencio y calma, risas y brisas, palabras fraternales. Las campanas anuncian desde una torre la madrugada. Las despedidas y el regreso, las calles poco a poco otra vez desiertas, ahora nocturnas.

   Pensando en el verano, he encontrado unos versos del poeta cordobés Pablo García Baena (1923-2018) dedicados a esta estación. Los ofrezco aquí para que los lean, demorándose en las palabras. Recorran con sus ojos las certeras líneas que los versos trazan, sus quiebras cuando los encabalgamientos. La escena que el poema presenta es bellamente simple: una mujer desnuda, una playa, un anciano, unos gemelos, un amanecer de verano y una conclusión dichosa para todos.

 

   Una mujer pasea desnuda por la playa

Solitaria. Amanece.

Su cabello rojizo, al grana de la aurora

Dora y despierta al paso oleajes dormidos.

Desde la residencia, en alto mechinal,

El anciano acogido la acerca y la vigila

Con los viejos gemelos de teatro y de nácar

-tal vez vieron a Xirgu-

Y algo que ya no siente, le engaña

En el recuerdo.

El nuevo día vibra como un violín de luz

En el pulso de la arritmia.

Hasta para el que mira, encerrado en sus años,

El verano será el tiempo de la dicha.

[La voz de Alcalá, 2021]

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DÍGAME EN QUÉ PUEDO SERVIRLE. María del Águila Barrios

 

Limpiabotas de Estambul

[Foto: LGV Estambul 2007]

 

Con esta frase comienzo hoy. Servir a los demás. Darnos como servidores. Ser servidos por otros. Servir. «¿Qué puedo hacer por ti?» Escuchar esto de otro, ¡cómo me consuela! O más bien, ¡cómo me concilia con el mundo del otro! El que se me ofrece para servirme, sin ser servil, sin servidumbre, sino todo lo contrario: en libertad me sirve, me dedica su tiempo, sus habilidades, su asistencia… me enseña a servir a los demás.

   Lo mejor que llevamos dentro aflora. Si se quiere, por cualquiera se puede ver cómo luce en el gesto, en la mirada, lo misterioso y profundo de un ser cuando aloja la bondad, que es siempre humildad. No sentirse más que nadie. Y lo contrario: qué triste aquel que lleva en ristre su soberbia, su vanidad. Éste piensa poco en servir, porque, sobre todo, se dedica a servirse de los demás, a arrancarles a los demás una esclavitud, una servidumbre.

   Creo que pocas actitudes en la vida son más revolucionarias que ponerse a disposición de los demás. Cambiaría todo. Para muchos sería el cataclismo de sus dictaduras. Los explotadores de toda laya se suicidarían o, tal vez, se convirtieran al talante del servicio. Quien con esta manera se levanta por la mañana no concibe dañar a los demás. ¿Cómo voy a herir al vecino si lo que quiero es servirle? Es imposible. Una en la calle escucha a alguien que dice: «Fui a verle porque tenía un problema enorme que me tenía angustiada. Nunca le agradeceré lo suficiente el servicio que me prestó entonces.» Pienso que si el servidor de esta señora escuchara lo que le dice a la otra le daría tal soplo de ilusión y esperanza que procuraría en el futuro hacer con todos lo que hizo con ella.

   No soporto a quien trata mal a los que trabajan para él. No soporto la arrogancia, la suficiencia. Sé que hay muchos trabajadores que no son bien tratados, y ocurre que a pesar de ello son capaces de mantener la sonrisa verdadera mientras me dicen: «¿en qué puedo servirle?»

   Como ningún otro, la política sería el ámbito del servicio a los demás, pero hoy en día, y desde hace demasiados días o décadas, no encontramos políticos servidores. No son serviciales. Antes y sobre todo son serviles ante sus mandos y mandones ante los débiles que andan sometidos a su imperio. ¡Pobrecitos, esclavos del capitalismo salvaje, que desgracian sus existencias cotidianas y se llevan por delante a los desgraciados de la vida!

 

[La voz de Alcalá, 2021]

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CONCEJALÍA DE MEDIO AMBIENTE: EL TERROR DE LOS ÁRBOLES. María del Águila Barrios

 
 
 

Pinos de Oromana

[Foto: LGV Alcalá, invierno de 2021]

 
 
 

¿Qué ocurriría si a un concejal le cortaran la cabeza? Al de medio ambiente habría que cortarlo por la mitad, por aquello de medio… Decapitado el edil, desmochado o tronchado, tal vez la suerte de nuestros árboles singulares no sería la que cada primavera toca a sus copas, antaño frondosas y generosas, de sombra fresca con la que conjurábamos el calor espeso de la canícula. Convierten no sólo los ejemplares de árboles singulares, sino todos los árboles, en estacas, en verticales pilares viejos y más aquellos árboles grandes del Albatán, del Parque o de la Plaza de España…

   Poca cabeza tendrá, o más bien ninguna, el que manda en los podadores municipales, sea concejal decapitado o no, su cabeza es una pura ilusión óptica, un holograma de cabeza de concejal de medio ambiente.

   Y hablando de cabeza, ¿cómo nadie ha pedido ya la del edil? De ese de medio ambiente, o de parques y jardines, o de patrimonio natural, o como quiera denominársele desde una alcaldía descabezada que manda en el descabezado que manda en los podadores, que descabezan los árboles todos, los desmochan a troche y moche. ¡Menos mal que no se han atrevido todavía con los pinos de Oromana!

   Podar no es eliminar sino fortalecer, quitar aquello que le sobra a un árbol, pero no toda su copa. Antes de podar se deben tener en cuenta las características de la especie y la etapa de desarrollo en que se encuentra el árbol y no podar al tuntún y a todos por igual. No es lo mismo actuar sobre árboles nuevos que sobre los antiguos. Éstos son los heredados. Han hecho falta muchas generaciones de humanos para que los viejos árboles hayan llegado a nosotros copudos, oferentes de ramas vigorosas, colmados de infinitas hojas que nos alivian la vida en nuestro pueblo cuando pasamos por sus calles o estamos en sus plazas, cuando los contemplamos durante un alto en el camino, y nos da por disfrutar de sus colores. Pero los de medio ambiente en Alcalá de Guadaíra deben ser unos extraterrestres, o unos robots, que no sudan cuando aplasta el calor, que no necesitan la sombra de los árboles, ni el aroma, ni sus flores en primavera, ni el canto de los pájaros que han anidado en las copas, ¡estos de medio ambiente no tienen ni el ambiente de por medio!

   ¡Árboles y alcalareños compartimos raíces! Por ello, no quiero despedirme sin invocar algunos versos del «Himno X» de Himno a los árboles de Vicente Núñez.

 
 
 

Moveos, ¡aéreos!

Y que se note bien que somos llamas

futuras. ¿Pero qué más danza

que la de nuestra inmóvil invasión,

alzada contra la iniquidad de los mortales?

(…)

   Los taladores dejaron en nosotros

estigmas de ultraje y llagas,

y como higueras silvestres

arrasamos los campos de miel y alegría.

(…)

   Ya han transcurrido los siglos

y han fenecido los hombres.

Somos el pedestal del mundo.

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2021]

 
 
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