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«A.C.M.» («ALCALÁ COMUNICACIÓN MUNICIPAL»): TEORÍA Y PRÁCTICA DE LA CLASE OCIOSA. Por Pablo Romero Gabella

 

LimonesenelSenado

Antonio Gutiérrez Limones

 

A finales del siglo XIX el singular pensador y sociólogo norteamericano Thorstein Veblen (1857-1929) escribió un libro hoy poco recordado; nos referimos a Teoría de la clase ociosa (1899). En él estudiaba a la nueva élite nacida de la revolución industrial que él denominaba «clase ociosa». Eran los años en EEUU de los robber  barons (señores ladrones) tales como A. Carnagie, J.P. Morgan, J.D. Rockefeller o W.R. Hearst. Para Veblen la nueva élite era una vuelta a lo que llamaba «cultura bárbara» que identificaba con el feudalismo. Una clase básicamente alejada de todo lo relacionado con utilidad y productividad y centrada en actividades elevadas como la caza, la guerra, el deporte y el poder (política). Frente a ellos estaba la clase de los productores que realizaban menesteres indignos y denigrantes. Estos neo-bárbaros difundían la idea de que podían ser ricos y poderosos sin trabajar, y esa virtud se convirtió en un referente esencial para la sociedad. Además su elemento central era su modelo económico que no era otro que la depredación, expoliando al resto de la sociedad. En esos mismos años otro sociólogo, el italiano Gaetano Mosca (1858-1941), se refirió a algo muy parecido en su famoso libro La clase política (1896). Los políticos como clase ociosa, ¿les suena de algo?

            Las recientes noticias acerca de la gestión del alcalde de la empresa municipal y pública Alcalá Comunicación Municipal nos hablan de un rasgo consustancial a la clase ociosa: la depredación. A.C.M. es un ejemplo de depredación social. Un agujero negro que ha engullido millones de euros y que ahora la Justicia debe dilucidar qué de delito y qué de incompetencia hay en ello. No es ocioso que la empresa de la que hablamos se dedicara a la comunicación. Pero ¿comunicar qué? Pues simplemente lo excelsos que son los gobernantes municipales, lo elevado y digno de su trabajo en pro de la comunidad. Un bucle de autoafirmación que cada vez se alejaba más del mundo productivo y que se centraba en su mundo virtual, como en «Matrix». Volviendo a la época de Veblen, recordemos que uno de los grandes robber barons fue el magnate de la prensa Hearst, que Orson Welles convirtió en mito en Ciudadano Kane y que nos demuestra el papel de los medios de comunicación en nuestras sociedades ociosas. En Alcalá, A.C.M. era la puerta a ese mundo virtual que denomino como «El Limonato», un modelo de gestión que no dudaría en llamar «ocioso», por lo improductivo, depredador y alejado de la realidad. En cuanto a lo de fraudulento habrá que esperar el dictado de la Ciega Señora. Terminemos con Veble:

          «El recurso al fraude, en cualquier forma y bajo cualquier legitimación proporcionada por la ley o la costumbre, es expresión de un hábito mental radicalmente egoísta.»

 

LAS MEJORES INTENCIONES (O NO). Pablo Romero Gabella

 

Erik_Bergman (1)

Erik Bergman

Padre de Ingmar

(1886 – 1970)

 

Ingmar Bergman (1918-2007) al escribir Las mejores intenciones no sólo narraba de forma literaria cómo se conocieron sus padres y cómo llegó él mismo al mundo, sino que plasmaba, como pocas veces se ha hecho, la realidad frente a la idea, el ser y deber ser. En 1992 dicha obra fue guionizada por el propio Bergman y el director danés Bille August le dio forma cinematográfica dando por resultado una película (y serie de TV) enorme.

         La historia transcurre en la ciudad sueca de Upsala entre 1909 y 1918, un periodo crítico en la historia de Suecia por su gran conflictividad social (al igual que el resto de Europa) y que la Revolución rusa acentuaría en la zona báltica con la sangrienta guerra civil finlandesa. En ese contexto Henrik Bergmam (un estudiante de teología pobre y maltratado por la vida) y Anna (una niña bien de una acomodada familia) se enamoran y posteriormente se casan, a pesar de la oposición de la familia de ella. Pudiera parecer una historia romántica más, una bonita lucha por el amor entre clases sociales dispares. No obstante, la historia avanza: la pareja se establece en un pequeño pueblo al norte de Suecia donde es enviado Henrik cuando es ordenado pastor de la iglesia luterana sueca. Allí lo agreste de la naturaleza y de una sociedad polarizada entre trabajadores pobres y un empresario despótico, el señor (Nordenson) hace mella en la pareja. Henrik toma partido por los obreros, e incluso cede su iglesia para sus reuniones durante una huelga, y se enfrenta al patrono. Su religiosidad se vuelve ascética en busca de una pureza de ideales que le permita redimir a su comunidad. Anna se ve desplazada a un segundo lugar, dedicándose a auxiliar a su marido en su trabajo de asistencia social a sus fieles y a darle dos hijos. Además de esto, se harán cargo de Petrus (un niño triste y abandonado por su padre) que encuentra en Henrik, Anna y su hijo a su familia. La austeridad de Henrik frente a lo mundano se refuerza al rechazar el cargo de capellán de un moderno hospital para necesitados que la reina Victoria va a fundar en Estocolmo, donde incluso la pareja irá requerida por la mismísima reina.

         La actitud cada vez más fanática de Henrik en su idea religiosa y moral de desapego al mundo abre una brecha profunda en la pareja que hace que Anna decida abandonar a su marido, embarazada de su segundo hijo,  y volver con su familia a Upsala. Al final, Henrik tras sumergirse en el pozo más profundo de la soledad en busca de una pureza que no llega alcanzar, se rinde al mundo: acepta el puesto en Estocolmo y vuelve a reunirse con su mujer e hijos.

         Bergman nos plantea la diatriba entre el ideal y la realidad. Y como ya hizo en Fanny y Alexander, una década antes, apuesta por la realidad que representa Anna. Es ella la que le dice a su marido que lo deja por «responsabilidad» con sus hijos, que esa vida que le proporciona él los está destruyendo en pos de un ideal absurdo. El propio Henrik en la escena en la cual charla con el padre de Anna, le confiesa que su «fe es infantil». Un infantilismo que encubre la realidad de un hombre confuso, marcado por la miseria en su infancia, por el desprecio por parte de la rica familia de su padre y que le lleva a convertirse en un ser resentido y vengativo. Toda las vestiduras de futuro clérigo no hacen más que ocultar a un hombre que no sabe el verdadero valor del perdón. Cosa que sí aparece en el personaje (en un principio negativo) de la madre de Anna.

Bergman podría haber presentado a su padre como un hombre idealista, desprendido, que proviene del pueblo, que ayuda a los obreros y que acoge a los necesitados. Pero la realidad no es el ideal y es esta la lección máxima de esta grandiosa obra: no por tener las «mejores intenciones» llegamos al bien, al contrario. En muchas ocasiones, como dijo el filósofo del principios del siglo XVIII Bernard Mandeville, los propósitos más despreciables producen consecuencias valiosas y viceversa. Esta idea es la que nos suscita «una mezcla variable de escándalo, fascinación, morbosidad y pavor, pero que es la que en el fondo sostiene y hace funcionar a nuestras sociedades modernas capitalistas del bienestar» (J. María Ruiz Soroa,«¡Claro que era bueno!», El País, 13 diciembre de 2012).

Nos escandaliza que un teórico hombre «bueno e íntegro» no sea más que la otra cara de su rival: el anticlerical y, no obstante, patrono Nordenson, el cual acabaría suicidándose. Se podría pensar que los feligreses de Henrik deberían agradecer que se mantuviera en su pueblo perdido en los bosques boreales al rechazar su ascenso a Estocolmo. Sin embargo, Bergman nos cuenta como esos mismos feligreses, que lo apoyaron en sus comienzos, al saber de su renuncia, lo desprecían porque han entendido su juego. Lo mismo que Tolstoi nos cuenta con su personaje central de Resurrección.  Éste, un rico terrateniente, en un arranque de misticismo les cede todas sus tierras a sus campesinos. Éstos las rechazan porque entienden que si el «amo» hace eso es porque le conviene más a él que a ellos mismos. Esto mismo hacen los feligreses de Henrik: comprenden que su pastor sigue con ellos para demostrarles su superioridad, lo que supone un desprecio para sus humildes vidas. Está con ellos para considerarse «mejor» que ellos, un mártir que lleva al sacrificio a su joven mujer y a su hijito. Esta idea que nos expone Bergman me parece tan valiente y esclarecedora que ilumina muchas acciones de todos aquellos laicos y religiosos que con «las mejores intenciones» han intentado hacer un paraíso en la Tierra y han hecho todo lo contrario, lo han convertido en un infierno.

         Para Anna, que representa al pragmatismo, el mundo debe estar regido por el sentido común y no por martirios en vida, que no hacen otra cosa que provocar sufrimiento. Bergman a través de Anna y su familia, hace una defensa del mundo acogedor de la familia burguesa (tal como hizo en Fanny…). Frente a progresistas amantes hipócritas de la precariedad, Bergman apuesta por el confort que proporciona la familia. Un canto a algo tan vilipendiando como es la burguesía. Porque, al contrario de lo que muchos dicen, no hay dignidad en la pobreza, sino en la lucha por salir de ella. Y no solo en lo referente a la miseria material, también a la miseria espiritual a la cual se ve abocado Henrik.

         Tal como ha visto el articulista José María Ruiz Soroa con el caso de Robespierre, igualmente nos podría servir el de Henrik para el tiempo en que vivimos, tan crítico como el que le tocó a él vivir:

«El mundo se ha desbocado e, incapaces de soportarlo, caemos en la tentación de la moral implacable como remedio a sus defectos. Acabemos de una vez con los vicios, con los zánganos, con los egoístas, con las hipotecas, con los bancos, con los políticos, con los ticos, y así sucesivamente. Todo el mundo se vuelve moralista intransigente a la vista del desastre…Pero cuidado…recordemos que la buenas intenciones virtuosas engendran monstruos.»

EVENTOS CONSUETUDINARIOS. Por Rafael Rodríguez González

 

Guillermo Pérez Villalta 2014Detalle de un cuadro

Guillermo Pérez Villalta

2014

 

—Buenos días.

—¿Me puede cambiar doscientos euros en monedas de dos?

 ¿Es usted cliente de esta entidad?

 —Directamente no, pero le puedo decir a mis hermanos que cancelen la cuenta. Y a algunos familiares más.

 ¿Cuánto dijo que necesitaba?

 Trescientos.

 

* * *

 

Hombre, Miguel, ¿qué pasa?, siéntate.

—Pues nada, que a ver si me quitáis tantas comisiones, que es la hostia.

—Es que…

—¿Es que qué?

—Pues que el banco…

—Bueno, pues le diré a mi sobrino que ingrese en otro lo que le ha tocado en la Primitiva.

—Vamos a ver, Miguel, vamos a hablar tranquilamente. Lo que yo quería decirte es que…

—Habla, habla.

 

* * *

 

—¿Qué hay?

—Pues que me han cobrado dos veces la tasa de basuras.

—A ver, a ver… Pero esto… Es que hay una duplicación.

—¿Y?

—Pues que tiene que hacer usted una reclamación en forma.

—¿En forma de qué?

—Pues con el formulario que ahora le voy a entregar. Vamos a ver… Pues vuelva usted mañana, o pasado, porque se han acabado.

—Esto es increíble.

—Dispense, no le puedo decir otra cosa. ¡El siguiente!

 

* * *

 

—Buenos días.

—…(Una mirada inquisidora y hastiada).

—Vengo porque recibo un recibo de la basura anual después de haberla pagado cada tres meses con el recibo del agua.

—Deme el papel. (Se pone a bucear en el ordenador).

—Pues usted tiene aquí varias cosas pendientes.

—Pues eso ya me lo mandarán ustedes. Yo he venido por lo que le acabo de explicar.

—Usted podrá reclamar una vez haya pagado ese recibo que usted dice que no es procedente.

—Pues será así, pero yo no pago lo que no debo.

—Usted sabrá.

 

* * *

 

Tras veinte años sin verse:

—¡Estás igual!

—¿Tan mal estaba entonces?

 

 * * *

 

—Me han dicho que Joaquín…

—¿Qué le pasa?

—Pues que está más p’allá que p’acá.

—Ya lo sé. Ya verás como al final cierran la fábrica.

—No me refiero a eso.

—Entonces no te entiendo.

—¡Que le han dado pocos meses de vida!

—Ea, si es lo que te estoy diciendo. Tardarán menos o tardarán más, pero seguro que la cierran.

 

 * * *

 

—¡Qué vergüenza he pasado esta mañana en el Ambulatorio!

—¿Sí? ¿Y por qué?

—Porque fui a que me vieran eso que me ha salido en mis partes, y no estaba mi médico, había una suplente.

—¿Y qué más da?

—¿Qué más da? Que era la del coche al que le di un porrazo el otro día.

—El mundo es un pañuelo.

—Eso mismo me dijo ella.

 

* * *

 

—¿Tú sabes dónde estaba yo el 23-F, cuando el golpe de Estado?

—Hombre, cómo voy a saberlo.

—Pues en el 24, porque la borrachera del 22 me tuvo dos días inconsciente.

—Lo tuyo no es de una borrachera.

—¿Cómo?

—Que a ti el golpe te lo dieron al nacer, o antes, cuando tu madre estaba en estado.

—¿Qué estás hablando?

—Eso.

—¿Eso qué?

«LUMPENTERRORISMO». Por Pablo Romero Gabella (con una pintura de Carmen Palop de la serie «Con los ojos cerrados» 2012)

 

carmenpalop20141[Técnica mixta sobre papel]

 Carmen Palop

 

Uno de los hechos que más nos siguen perturbando de la matanza del 11-M es la participación decisiva en la «célula yihadista» de elementos provenientes del mundo de la delincuencia, incluso de la pequeña delincuencia. Tal como describe Fernando Reinares en su obra ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España (Barcelona, 2014). Además de terroristas con formación universitaria vemos que quienes al final realizaron la ominosa tarea fueron ladrones, traficantes de droga, y demás ralea que tenían su centro de actividad en el barrio madrileño de Lavapiés. Despectivamente se les ha llamado en los algunos medios «los moritos de Lavapiés», porque son todos de origen marroquí (concretamente de las zonas más deprimidas de Tánger o Tetuán). Jóvenes delincuentes liderados por «El Chino» que acabaron volando por los aires en un piso de Leganés, cercados por la policía. Chicos del lumpen, carne de presidio que un buen día se convirtieron en fanáticos religiosos. Un proceso donde tuvo mucha importancia una congregación religiosa y asistencial, mitad ONG, mitad cofradía: «Tabligh Jamaar» (TJ). Según el profesor Reinares «sus adeptos aspiran en última instancia instaurar y extender un dominio islámico».

Pero no solo con piedad se cambia al lumpen, es necesario y fundamental el dinero y para eso contaban con toda una red, extendida por Europa, África y Asia, de financiación de terroristas. Hombres de negocios (legales e ilegales) sustentaban la vida sin oficio de esta plebe frumentaria. Al desarticularse la célula terrorista del 11-M se les encontró más de un millón de euros en efectivo y en droga. Curiosa forma de financiar el rigorismo moral y el ascetismo. Los caminos del señor y del terror son inescrutables. Lo cierto es que los defensores del orden conservador y reaccionario de los regímenes islámicos son los que promueven esta movilización de un lumpenproletariat que nunca pensamos que fuera tan letal para nuestras sociedades.

Y es esto algo que ya estudió Carl Marx en su obra El 18 brumario de Luis Bonaparte(1852). Justamente un año antes, Luis Napoleón era proclamado por las masas mediante sufragio universal «emperador» del II Imperio (1851-1871). ¿Cómo consiguió esto un tahúr cuya mayor baza era su apellido? ¿Cómo consiguió tanto el respeto popular como el de las clases conservadoras burguesas? ¿Cómo lograr corromper a la II República Social que nació de la Revolución de 1848? La respuesta es simple: convirtiéndose en «príncipe del lumpemproletariado». En 1849  Luis Napoléon fundó la «Sociedad del 10 de Diciembre», una sociedad de beneficencia dedicada a las clases más pobres. También ellos tenía su TJ, su cofradía. Pero no era más que una máscara que cubría una red «de sociedades secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas, y un general bonapartista a la cabeza de todas». ¿Quiénes formaban su particular ejército? Marx lo resume en  la «hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en que puede apoyarse sin reservas». Y también lo concreta en un párrafo memorable de su obra:

«Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos…»

…………Un mundo que nos resulta muy familiar en la trama del 11-M, que conectó a los delincuentes de Lavapiés con los de Asturias; tipos sin escrúpulos que vendían explosivos que se utilizaban en las minas y que celebraban sus reuniones en puticlubs. Todo muy casposo y grasiento, pero terriblemente mortífero.

Volviendo a Bonaparte, gracias a sus células de la Sociedad de 10 de Diciembre paradójicamente logró presentarse ante la clase respetable como el garante del «orden, la religión, la familia y la propiedad». Un mundo de valores morales que se sustentaba en el estercolero social de la «sociedad del desorden, la prostitución y el robo».

         La historia de Napoleón III y su uso del lumpen ya no es familiar, demasiado, en el ejemplo de Hitler y el nazismo. No vamos a incidir en algo ya muy trillado: de cómo un tipo del lumpen como era el joven Hitler vive su conversión, a través de la Gran Guerra, en un fanático iluminado que tiene una misión que cumplir; en cómo organiza a gran parte del lumpen en sus «camisas pardas» o SA, y que luego cuando se presente como defensor del orden y de la sagrada nación alemana elimine en la «noche de los cuchillos largos».

 Como he dijo es bastante conocida esa historia. Veamos cómo los continuadores de las ideas de Marx en la praxis política, veían en el lumpen un elemento positivo para su acción revolucionaria. Para  ello he encontrado las referencias de dos libros que casi se escribieron al mismo tiempo, en 1960. Me refiero a Doctor Zhivago de Borís Pasternak y a Vida y destino de Vassili Grossman.

          Porque en ciertos momentos históricos el lumpen se convierte en instrumento de la revolución, como instrumentos de Alá eran los de la banda de “El Chino”. Tipos dañinos, rencorosos que acaban siendo héroes. Fijémonos en cómo describe Pasternak-Zhivago a un comunista de la primera hornada:

«En aquellos días hombres como el soldado Pamfil Palyj que sin necesidad de propaganda alguna, experimentaban un odio feroz y exacerbado por los intelectuales, los señores y los oficiales, parecían raras excepciones a los intelectuales de izquierda y eran llevados en palmas. Su falta de humanidad parecía un prodigio de conciencia de clase, su crueldad un modelo de energía proletaria y del instinto revolucionario. De esta clase era la gloria de Pamfil, que gozaba de la mayor estima entre los capitanes partisanos y los dirigentes del partido».

Algo muy similar de lo que cuenta Grossman a través de su personaje Liudmila, intelectual comunista convencida, que tras experimentar la bajada a los infiernos de la sociedad siente algo doloroso y oscuro:

………«Y aquellos a los que Liudmila con esperanza y amor había creído estar ligada por los vínculos familiares de las dificultades, las necesidades, la bondad y la desgracia era como si hubieran conspirado para no comportarse como seres humanos. Como si se hubieran puesto de acuerdo para desmentir la opinión de que el bien se puede encontrar infaliblemente en los corazones de aquellos que llevan la ropa manchada y la manos negras por el trabajo».

CONTRA LA ESCUELA (UN RECORTE AMPLIADO). Pablo Romero Gabella

 

shakespeareandcompanyParísLGV2010Shakespeare & Company

(Foto: LGV París 2010)

 

         Los libros no se leen, a veces, ellos te leen a ti; te leen el pensamiento y se atreven a decir lo que tú no te atreverías a expresar. Los libros son peligrosos, tal como dejó constancia de ello Ray Bradbury en Farenheit 451. Tanto es así que en estos días releyendo un edición de Nikoláy Gogol  Almas muertas (1843), encuentro como apéndice una carta del autor  que comentaba lo siguiente:

«¡Pues es una tontería pretender, como hacen nuestros grandes espíritus, que el hombre se corrige solo en la escuela y no puede luego cambiar el menor de sus rasgos! Una afirmación tan absurda solo ha podido nacer en el estúpido pensamiento de un hombre mundano.»(pág. 503).

En los tiempos que corren, más o menos desde que Kant intentó explicarnos lo que era la Ilustración, decir lo que dijo el meláncolico-depresivo ruso (llegó a quemar la segunda parte de su exitosa novela) es un anatema. ¡Cómo se atrevía! La escuela, ¡por Dios!, si es la base del progreso de la sociedad, si es el pilar de nuestra civilización, si es el pedestal de nuestra democracia, de la ciencia! La sacrosanta institución que nos saca de la barbarie y de las tinieblas de la ignorancia, la madre de todos los males. Y si además es pública, universal y de calidad, pues más aún. Si hasta la tan discutida ley educativa que hoy combatimos en España se titula ley de calidad y en su preámbulo nos dice que no somos nada sin ella. Si las mareas verdes claman en nuestras calles y salas de profesores por ello. ¿No estaremos sacralizando en exceso nuestro papel como profesores y maestros?

Volvamos a los libros (¡ah los libros!). En este caso a un autor contemporáneo y antiguo profesor, Daniel Pennac que en su Mal de escuela (2007) nos dice:

«Honrando en exceso a la escuela, te halagas a ti mismo [al profesor] como quien no quiere la cosa, te presentas más o menos conscientemente como el alumno ideal. Y al hacerlo disimulas los innumerables parámetros que tan desiguales nos hacen en la adquisición del saber: circunstancias, entorno, patologías, temperamento…¡Ah, el enigma del temperamento!» (pág. 228).

¿Somos tan realmente indispensables los maestros y profesores? Eso pensaron Bouvard y Pécuchet, los dos protagonistas del último e incloncluso libro de Gustave Flaubert, allá por el 1881. Dos tipos que hoy llamaríamos frikis y que se propusieron gastar la herencia de uno de ellos en ser los mejores en cualquier campo del conocimiento: arquitectura, arqueología, botánica… y por supuesto en pedagogía (curiosamente escribiendo este capítulo Flaubert pasó a mejor vida y no pudo terminarlo). Pues tras fracasar en otras esferas científicas emprenden la honrosa tarea de fundar una escuela basada en la pedagogía moderna. Los resultados, como no podían ser de otra manera, son desastrosos. Leamos  una de sus conclusiones al respecto:

«Para los niños el futuro no existe. Era inútil saturarlos de esta máxima: “El trabajo es honorable y los ricos suelen ser desdichados”. Habían conocido trabajadores nada honrados y recordaban el castillo donde la vida parecía buena. Los suplicios del remordimiento les eran pintados con tanta exageración que olfateaban la burla y desconfiaban del resto.» ( pág. 265).

¿Exageramos el poder transformador de nuestro trabajo? Esto es justamente todo lo contrario de lo que nos dicen los medios de comunicación (en campañas financiadas por editoriales) y nuestros gobernantes. Todo lo contrario de lo que pensaba la escuela regeneracionista que comenzaba con el axioma de Joaquín Costa de despensa y escuela, y que continuaron probos intelectuales como Francisco Giner de los Ríos («¡por una senda clara!») u Ortega y Gasset, que nos decía en 1910, para solaz de los constructivistas actuales:

«La pedagogía, en cuanto ciencia, puesto que trata de modificar el carácter integral del hombre, halla ante sí dos problemas: es el uno determinar la forma futura, aquel tipo normal de hombre en cuyo sentido ha de intentarse variar al educando: éste es el problema del ideal educativo… El pedagogo comparte con los demás hombres la responsabilidad de lo actual; pero además , como es el preparador de lo futuro, pesa también el porvenir sobre su responsabilidad. Nosotros somos lo que en los sueños de nuestros padres y maestros se movía oscuramente: los padres sueñan a los hijos y un siglo al que le sucede» ( pág. 46).

¡Ah la pedagogía! Base angular del proyecto social. Al respecto Pennac escribe (y algo sabrá de eso, digo yo):

«Sucede con la pedagogía como con todo lo demás: en cuanto dejamos de reflexionar sobre casos particulares (pero, en este campo, todos los casos son particulares), para regular nuestros actos, buscamos la sombra de la buena doctrina, la protección de la autoridad competente, la caución del decreto, el cheque en blanco ideológico» (pág. 118).

¡Dadnos un punto de apoyo (ley, decreto, orden, programación didáctica) y transformaremos el mundo! Porque al fin y al cabo lo que muchos buscan es el asidero legal para justificar su tarea heroica en su lucha contra la ignorancia. ¡Dadnos un Pacto por la Educación que salve al país!… y por supuesto, dadnos un buen sueldo. A fuerza de halagos estamos perdiendo el sentido de la educación ¿o del aprendizaje? ¿Qué somos: enseñantes o educadores?

Defendiendo y sacralizando la educación nos envolvemos en las grandes ideas de la Ilustración que no nos dejan ver la realidad diaria en las aulas. Dejemos por un momento nuestro halo prometeico y veamos la realidad. Nuestro trabajo es, sin duda, importante pero no depende en exclusiva de nosotros, no nos halaguen unos y otros para hacer todo lo contrario: eludir la responsabilidad que cada uno tiene. Porque también producimos monstruos. Es curioso señalar que en la novela Sin novedad en el frente (1929) de Erich Maria Remarque, el personaje malvado (además de los barrigudos generales sin sentimientos) es el profesor, el señor Kantorek. Este personaje es el que lleva a sus pupilos, en agosto de 1914, de los pupitres a la oficina de reclutamiento. Y el autor nos dice:

«Ese género de educadores lleva casi siempre preparado su patetismo en el bolsillo del chaleco, para distribuirlo en cualquier momento, en forma de lecciones.» ( pág. 15).

Lo mismo que hace el profesor-reclutador en la novela de ciencia-ficción Starship Troopers  (1960) de Robert A. Henlein y que Paul Verhoeven llevó al cine en 1997.

Y si siguiéramos en un hipotético catalogo de profesores malvados,  siempre (al contrario que muchos compañeros de mi generación) me ha parecido particularmente empalagoso el personaje del profesor protagonista de la película El club de los poetas muertos (1989). Sí ,el de «¡Oh capitán, mi capitán!». Como vemos no todos los profesores somos unos héroes como el que representa Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas (1999). Y no les voy a destripar el final de la película.

Bajemos del Olimpo educacional al que falsamente nos han encumbrado con zalamerías ilustradas, y pensemos lo que les dice a sus alumnos el maestro de esa película tan poco vista por televisión (¡donde va a parar si la comparamos con la de Michel Pfeifer dando mandobles en Mentes peligrosas!) que es La piel dura (1976) de François Truffaut:

«La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles… Más adelante tendréis hijos, y yo espero que vosotros los queráis y que ellos os quieran. En realidad, ellos os querrán si vosotros los queréis. Si no, traspasarán su amor o su afecto, su ternura, a otras personas o a otras cosas. Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos»

Y aunque suenen estas palabras un poco cursis o trasnochadas en ellas hay una gran certeza. La misma que guía a los últimos ejemplos de maestros que citaré  y que son mis preferidos: los del profesor Gao y su sustituta la maestra interina Wei que enseñan en una mísera escuela (sin pizarras digitales, ¿es esto posible?) en el interior de la China rural, en la película de Zhang Yimou Ni uno menos (1999). Si han tenido paciencia para llegar a este punto, veanla… se lo dice el profesor.

[Libros citados:

FLAUBERT, G., Bouvard y Pécuchet, Tusquets, Barcelona, 2009 (traducción de Aurora Bernárdez).

GOGOL, N., Almas muertas, Edaf, Madrid, 2006 (traducción de Rodolfo Arévalo).

ORTEGA Y GASSET, J. «La pedagogía social como proyecto político», en Escritos políticos, Alianza Editorial, Madrid,1990.

PENNAC, D., Mal de escuela, Debolsillo, Barcelona, 2011 (traducción de Manuel Serrat).

REMARQUE, E. M., Sin novedad en  el frente, Ed. Orbis, Barcelona, 1999 (traducción de Aurelio Garzón y Fermín Soto).

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EN «CARMINA» LEA, TAMBIÉN, AL AUTOR EN:

La serie «RECORTES» de Pablo Romero Gabella

QUE NO PARE LA REFORMA. Por Joaquín de Grado

 

desdeloaltodelgeorgepompidouParís2010LGVDesde lo alto del Centro Pompidou

(Foto: LGV París 2010)

 

Después de haberlo soltado unos días antes, un señorito de esos tan esaboríos que hay en la UE (Unión de Esaboríos), va el mismo y dice que no, que no ha dicho que haga falta otra reforma laboral, sino profundizar en la actual. Como ven, no sólo es esaborío, sino varias cosas más que no me permito nombrar aquí. Así que no cabe sino esperar a que cualquier día de éstos alguien del Consejo Delegado de los Intereses de los más Poderosos (abreviando: el Gobierno), nos anuncie algunas nuevas medidas. En beneficio, por supuesto, de la recuperación ya en marcha y por tanto de España y todos los españoles. Pues que se cuiden (nos cuidemos) los que transitamos por el patrio solar, ya tan asolado. A cualquier persona normal y con vergüenza le es difícil imaginar qué más pueden hacer para doblegar y hacérselo pasar mal, pero que muy mal, a los españoles dignos de ese nombre, pero todo lo tienen planeado: no pararán hasta que con esto y aquello quede laminada cualquier resistencia, cualquier atisbo de rebeldía. Que todo el mundo vaya con la lengua afuera hacia los poseedores, suplicándoles y renunciando a cualquier derecho. «¡Haced con nosotros lo que queráis!», es lo que quieren oír de nuestros labios.

         Todos los esaboríos de la esaborición globalizada están de acuerdo. Un acuerdo fundido en acero inexpugnable. Los esaboríos de aquí y de allá se restriegan de gusto unos sobre otros. «¡Qué placer no tener nada enfrente, qué delicia montárnosla como nos la montamos!».

        Y así es, por molesto que sea admitirlo: tanta gente montando marea tras marea para llegar a la derrota final.

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Si quiere leer más textos de Joaquín de Grado en «CARMINA», pinche en su nombre.

PENÉLOPE. Por José Manuel Colubi Falcó

 

OdiseoyPenélope-FrancescoPrimaticcioOdiseo y Penélope

Francesco Primaticcio

1505-1570

 

«Esto es la tela de Penélope», suele decirse cuando se hace algo cuyo fin no se ve nunca. Su origen está en la segunda obra de la historia literaria europea, la Odisea, el poema de Odiseo, de Ulises, cuyas aventuras canta Homero, hasta su llegada a la patria, Ítaca, después de diez años de guerra en Troya y otros tantos de regreso peregrino por el mar. Allí lo recibe su mujer, Penélope, no sin prevención ni recelos, quien lo somete a prueba para asegurarse de que aquel mendigo es realmente su marido, el rey de Ítaca.

         Penélope es, en la Odisea, el símbolo de la fidelidad conyugal y de la astucia femenina, consonante con la sagacidad de su amado y esperado marido, Odiseo, «fecundo en recursos», según traducción del doctor Segalá. Hija de Icario y de la náyade Peribea, Penélope es el premio que recibe Ulises por su triunfo en una carrera sobre los otros pretendientes. Reyes de Ítaca, su vida feliz se ve turbada por el rapto de Helena, que obliga al rey a partir en dirección a Troya junto con los otros príncipes griegos, para vengar la afrenta. Tomada la ciudad después de diez años largos de guerra, todos emprenden el regreso, nóstos, nostálgicos de sus respectivas patrias.

         Mas no todos llegaron en breve. Ulises y sus compañeros navegaron, perdidos, durante mucho tiempo, hasta que el año décimo pisó nuevamente Ítaca nuestro héroe. Durante veinte años, pues, guarda su ausencia la fiel Penélope, en casa, donde al poco de la partida de Odiseo comienzan a asediarla innúmeros pretendientes, los jóvenes de esas tierras, prendados de su hermosura y de sus virtudes, quienes en palacio viven una vida regalada, indiferentes a los reproches de la reina. Ésta, agobiada por sus solicitudes, promete casarse con el que ella elija cuando haya terminado el sudario de su anciano suegro Laertes. Sellado el pacto, la reina teje el sudario de día, mas de noche desteje todo lo que durante el día ha tejido, y así pasan los meses y los años hasta que, desvelado el ardid por una de las criadas, no tiene más remedio que terminarlo. Mas Penélope, consciente de la debilidad de aquellos jóvenes que vivían hundidos en la molicie, para librarse de ellos y seguir esperando a su marido, promete casarse con aquel que logre tensar el arco de Ulises en una prueba común a todos en presencia de los itacenses. Llegado el día y ante los espectadores, como nadie fuera capaz de tensar el arco, un mendigo se presenta, apela a la equidad de los jueces y a la promesa hecha por la reina y, aceptado en el certamen, toma el arco, lo tensa y se manifiesta al pueblo y a la reina como Ulises, el rey, feliz por pisar nuevamente su patria tierra. Alcínoo, rey de los feacios, había hecho posible su regreso.

¡VETE PA BRUSELAS, ANTONIO! Por María del Águila Barrios

 

susanitayantoñito A. MALLADO 2014Susana Díaz y Antonio G. Limones

(Foto: Alberto Mallado 2014)

 

Porque don Antonio le llamo yo, que soy una súbdita de su régimen, irremediablemente, por tener que soportar esta local democracia totalitaria en la que me ha tocado vivir, que soy una sujeto pasivo de sus injustos e inútiles impuestos (salvo la utilidad que para ellos y sus gastos de representación supone el dinero que me quitan, reglamentos tributarios en mano), que soy una sufridora de las locuras caprichosas y cutres de su mal gusto y el de los suyos y sus lacayos en calles y callejuelas, plazas y plazuelas. Yo le llamo don Antonio, aunque no sin retranca, como ustedes podrán leer…

Antonio, o Antoñito, lo llama Susana porque ella puede, claro, para eso es la más grande de la Juntandalucía, la más representante del partidazo, la única no votada en ninguna elección (¿para qué perder el tiempo con sufragios?), la Susanita de una Triana donde ya no nacen trianeras sino, precisamente, Susanas juntandaluzas (también perdimos Triana, no sólo Alcalá). ¡Antonio, vete pa Bruselas!; Antoñito, tú que sabes el inglés que aprendiste en las universidades de todos los Estados Unidos; tú que en Morón tratabas de tú a you, y de you a tú, a yanquis y no yanquis; tú que hablas extranjero aunque hables el montellanés; tú que cuando hablas el español no se te entiende nada. ¡Ay, que tu sitio es Bruselas! Deja este pueblo ingrato donde todo está muy lejos de ti como Gandul y búscate, siguiendo la conseja de tu compañera, un pisito-ikea que te quede cerca de ese pedazo de Parlamento europeo donde podrás hacer discursos de los tuyos, de esas estulticias que te gusta soltar sobre los más peregrinos asuntos poniendo esa cara de intenso y de punta tus barbitas de noctámbulo flamenquito.

Aunque, don Antonio, en esta tu tierra (que la tienes más quemada que la de las Majadillas en verano) donde ganas un pastizal entre alcaldía, senaduría, jefaturas locales y demás zarandajas de funciones y carguillos, que, además, te suponen tan poco esfuerzo,  tienes un arraigo que debe ser muy duro (¡pobrecito!) que te venga Susanita y te trate como a su ratón. Pero ya ves, el poder es el poder, y el gato es ella (perdón, la gata). Tendrás que pensártelo (o te ha advertido que no hay nada que pensar, ni tiempo para ello). Tendrás que revisar tus cuentas bancarias; tu patrimonio aquí y en Madrid (o donde lo tengas, nacional o internacional); tendrás que hacer de tripas corazón; tendrás que confesarte ante tus propios sicarios; tal vez tendrás que ir al psicólogo o al abogado; pero lo que está claro para muchos es que Susanita será lo que sea pero qué bien nos vendría a los de Alcalá que te fueras pronto y muy lejos y nos dejases tranquilas las palmeras, picudo rojo de Alcalá, don Antonio, Antonio a secas, o Antoñito.

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CARMINA PEDAGÓJICA: EL PICUDO ROJO (Rhynchophorus Ferrugineus). Una Plaga Imposible de Frenar. Gabi Mendoza Ugalde, (2014)

11M + 10. Por Pablo Romero Gabella

 

2 brocante de Montmatre 06(Foto: LGV París 2006)

 

A mis alumnos de 4ºB del IES Generalife (Granada),

 curso 2003/2004

 

El profesor llegó con todos los periódicos del 11 de marzo. Propuso a sus alumnos que hicieran lo imposible en aquellos días para muchos: intentar ser objetivos. Que pensaran en realizar una redacción histórica como si ya hubieran pasado diez años del atentado. Deberían entregarlo el lunes 15 de marzo, al día siguiente de las elecciones. Todos lo hicieron, 30 en total.

Los diez años han llegado y el profesor me ha enseñado los folios manuscritos, los guarda como un tesoro. Hoy estos alumnos tendrán entre 25 y 26 años.

Leo lo escrito por una alumna, en su composición titulada «Décimo aniversario del 11M», y fechado un  «Miércoles, 11 de marzo de 2014»:

«Hoy, diez años después, a las doce del mediodía,  se realizará un paro para guardar cinco minutos de silencio por las víctimas de los atentados, y al igual que todos los años, a las siete de la tarde habrá una manifestación en la que se volverá a pedir una solución: el fin del terrorismo, que hace 10 años veíamos tan lejos y está más cerca».

Otra alumna terminaba así:

«A partir de este día se empieza a escribir la historia de España con otra concepción, ya que esto marcó profundamente a los españoles».

A PROPÓSITO DEL GUITARRISTA PACO DE LUCÍA. Por Rafael Rodríguez González

 

paco-de-lucia-22-1024x569(Fuente: Web jóvenes europeos)

 

Ayer oí en RNE a uno diciendo que Paco de Lucía ha sido un músico de la misma altura que Manuel de Falla e Isaac Albéniz. A partir de ahí podemos esperar cualquier cosa, a cuál más peregrina. En mi modesta opinión (o percepción), modesta pero nada casquivana, Paco de Lucía ha sido un hombre muy habilidoso. Creo que es su mayor virtud, que no es poco. En lo que se refiere estrictamente al flamenco, no ha sido, nunca, nada del otro mundo. Ni como acompañante del cante ni como solista. Al propio Camarón le han acompañado mejor otros (sobre todo Paco Cepero), y yo he visto presencialmente acompañamientos del de Lucía precisamente nada ejemplares (Paco de Lucía no acompañó más que a poquísimos cantaores, mucho menos en discos). Con Camarón se lo tenían bien fabricado. En su faceta de concertista, que no solista, porque enseguida empezó a acompañarse por más gente y más instrumentos que cabían en el escenario, ha habido muchos mejores que él. ¿Qué comparación cabe entre él y Sabicas? Tanto como ejecutantes como transmitiendo, es decir, con pellizco, con candela viva, doliendo. De todo esto ha carecido siempre Paco de Lucía. ¿Que hacía virguerías? Pues claro, si no… Sé muy bien, y esto no lo digo por A.L., que quienes, por las causas que sea, no han podido adentrarse en los intrincados vericuetos del flamenco e incluso de la música vista y oída desde el sentimiento, desde las venas abiertas al dolor -que puede y debe ser placentero-, que es lógico se sumen al pensamiento único y a la unanimidad reinante, tan ferozmente alimentada por los medios de distorsión. Reconozco que a mí, lo que no transmite ni duele, pues eso.

            El vídeo inserto en «CARMINA» me parece un buen ejemplo de lo que digo: ni eso es bulería, ni transmite ni casi es música. Claro, si se sale uno del entontecimiento y se practica el esfuerzo de distinguir y sentir.