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HACIA UN MUNDO FELIZ DE CONSPIRANOICOS INFANTILOIDES. Por Pablo Romero Gabella

 

tejeroenelcongresodelosdiputados1981Antonio Tejero Molina en el Congreso de los Diputados

Madrid

23 de febrero de 1981

 

En el aniversario del 23-F de este año dos televisiones privadas (la Sexta y Cuatro, es decir de las dos únicas cadenas privadas: Atresmedia y Mediaset) le han dedicado a este asunto dos programas que anunciaban «importantes e impactantes descubrimientos». En la Sexta, Jordi Évole (el nuevo gurú de la iglesia progresista) nos presentaba «Operación Palace»: un falso documental que contaba que el golpe era producto del establishment democrático, el Rey y ¡José Luis Garci!. De tal forma, orquestaron la película de un golpe falso para anticiparse a los verdaderos golpistas, y esto conllevaba: utilizar de monigote a Tejero,  la entrada de España en la OTAN, la caída de Adolfo Suárez y que Garci ganara un Óscar. A la bufonada de Évole se unieron políticos como Leguina, Anasagasti, Rojas Marcos o Mayor Zaragoza; periodistas como Fernando Ónega o Iñaki Gabilondo y, claro está, el propio Garci. El objetivo del programa no era otro que hacernos pensar y  saber «qué ocurrió realmente el 23-F».

…………Mediaset utilizó al programa «Cuarto milenio» de Íker Jiménez para su propuesta, que se centró en las «teorías de la conspiración». Todo se dirimió en una serie de debates de pretendidos especialistas (ex-espías, masones activos y durmientes, especialistas en la «teoría de la conspiración» y el ubicuo director de un revista de parapsicología). El resultado: una jerigonza donde se mezclaba la muerte de Prim, la masonería, la conspiración judeo-masónica, los asesinatos de Cánovas, Canalejas y Dato, la muerte del duque de Cádiz y no sé que más porque no pude aguantar las dos impactantes horas del programa que anunciaba Íker.

…………La oferta televisiva ante el aniversario de un hecho histórico es acorde a lo que hoy entendemos por historia: un divertimento más. Un espectáculo de consumo de usar y tirar. La prueba está que Canal Historia, que pretende ser un canal especializado, dedica casi toda su programación a los alienígenas y a las casas de empeño norteamericanas. Esa es la divulgación histórica que tenemos, no hay otra. Lo que hicieron la Sexta y Cuatro no fue más que eso. No debemos culparles, es la basura cultural que estamos promoviendo y consumiendo. Évole intentó darle un toque al estilo guerra de los mundos de Orson Welles y le quedó una parodia postmoderna de La Clave de Balbín. En un país donde los conocimientos educativos están ya en niveles preocupantes no me extrañaría que muchos de los televidentes se creyeran (y seguro que alguno se lo seguirá creyendo cuando escribo esto) la broma.  Internet hará el resto. Es más, alguno que no haya terminado el programa se acostaría pensado que todo es producto de una conspiración…, y de inmediato lo tuiteará, guaseará y lo expondrá en su muro de Facebook. La conspiranoia está servida. Todos los cambios, revoluciones, golpes de Estado son producto de una gigantesca conspiración, nos venían a decir los de «Cuarto Milenio» bajo la mirada circunspecta de Íker Jiménez.

…………Y es que el tema de la conspiración en una sociedad con tan bajo conocimiento histórico es preocupante. Ya no me es extraño encontrar conocidos que me hablan de que todos los males que nos azotan vienen de la conspiración del Club Bilderberg. Sin querer, poco a poco, con esta cultura basura, estamos cayendo en algo parecido a la conspiración judeo masónica de la que tanto hablaba Franco. A fuerza de consumir subproductos culturales como los libros de Dan Browm y similares (El Código Da Vinci) acabaremos creyendo en la teoría de la conspiración. Una teoría que no es nueva, sus cimientos están en la literatura reaccionaria contraria a la revolución francesa que comenzó el abate Barruel (que por cierto, tuvo gran predicamento en esta nuestra España) y continuó durante todo el siglo XIX y XX de mano de ocultistas y demás ralea que tuvo como consecuencia panfletos repugnantes como «Los protocolos de los Sabios del Sión». Fue ésta una obra apócrifa creada por la policía política del zar, Ochrana, para descalificar a la oposición liberal tras la Revolución de 1905. En dichos pretendidos documentos se decía que existía (y se demostraba con pretendidos documentos) una internacional secreta sionista cuyo objetivo era la dominación mundial. Aún hoy hay quién lo cree y hasta no hace mucho se publicaba  a pesar de ser desmontada por el historiador Norman Cohn en una monografía de la que nadie habla en estos pretendidos programas de investigación histórica (El mito de la conspiración judía mundial, 1970, publicada en España por Alianza). Estas ideas fueron ampliamente difundidas por una subliteratura de quiosco muy popular en la Europa de los años 20 y 30, con obras como la del intelectual racista Houston Steward Chamberlain (Los fundamentos del siglo XIX de 1899). Una literatura que fue ampliamente utilizada por los nazis para asentar científicamente sus teorías, tal como hizo el que se considera uno de sus ideólogos Alfred Rosemberg en El mito del siglo XX (1930); quien, recordemos fue condenado a la horca en los juicios de Nuremberg en 1946. De aquellas extravagantes ideas teñidas de pretendido carácter científico (darwinismo social), ocultismo  y misticismo salió  aquella atrocidad que fue el Holocausto.

…………Nuestro solar patrio no fue extraño a tal fenómeno. El historiador británico Herbert R. Southwort antes de morir en 1999, dejó escrita su obra El lavado de cerebro de Francisco Franco. Conspiración y guerra civil (Ed. Crítica, Barcelona, 2000) donde desmantelaba uno de los mitos creadores del 18 de julio: la existencia de una conspiración comunista en la España de 1936 que justificaba el Alzamiento. Durante mucho tiempo ciertos historiadores y propagandistas dieron crédito a unos documentos que demostraban un plan preciso de dominación comunista y que resultaron ser unas burdas manipulaciones a posteri que aparecieron en lugares tales como ¡una maceta en Lora del Río! Como puede ver el lector el modelo de Los Protocolos era evidente. También Southwort demostraba cómo Franco y otros militares golpistas eran suscriptores de los boletines de la «Entente contre la Troisième Intenacionale» desde finales de los años 20 hasta el mismo año 1936. Es decir, eran activos consumidores de esta subliteratura del mito de una conspiración judeo-masónica a la que se añadiría el comunismo. Este pastiche sirvió al Franquismo hasta sus últimos días como justificación, tal como hizo Franco en su último discurso en la Plaza de Oriente el 1 de octubre de 1975.

…………La particular aportación hispánica a esta delirante teoría de la conspiración fue su insistencia en papel de la masonería. A ella se debía el siniestro plan de la anti-España, afrancesada, comunista y a la vez satánica, por destruir a la verdadera España tradicional y católica. Tal engrudo intelectual ya ha sido ampliamente estudiado y desmontado por historiadores como J. A. Ferrer Benimeli en obras como El contubernio judeo-masónico-comunista (Ed. Itsmo, Madrid, 1982). Sin embargo aún hoy se sigue presentando, en nuestras televisiones (como hizo el propio Íker Jiménez en el ya citado programa), como obras de referencia sobre el tema la de Masonería (1952, reeditada en 1982) de un tal Joaquin Bor, seudónimo que encubría al propio Franco. Ni una palabra de estudios de historiadores que hemos citado. Y es que, como escribió Ray Brabdury en Farenheit 451, la gente no lee, prefiere divertirse.

…………Esto mismo quisieron hacer Evolé y similares bajo el pretendido pretexto de hacernos pensar cuando hacían lo contrario: confundir al personal, seguir intoxicarnos con subhistoria aunque sus intenciones eran pretendidamente progresistas. En este sentido tenía razón lo que expresó en  dicho programa Iñaki Gabilondo sobre lo fácil que era manipular la historia, y eso mismo hizo él, sin pretenderlo quiero pensar, al participar en esa inocente bufonada. Y es que toda la manipulación no solo proviene los pío moas de turno.

…………Hoy más que nunca es necesario, inmersos en este mundo de exceso de información  digital sin contrastar, apostar por el pensamiento histórico que, en palabras del filósofo Javier Gomá, diferencia a un hombre culto de otro inculto y, por tanto, manipulable («¡Sor-pre-sa!», El País (Babelia), 19 febrero de 2012). De lo contrario estamos formando un mundo en el cual todo parece estar dirigido por ocultos y poderosos conspiradores culpables de todo frente a una infantil masa anómica que no tiene ni capacidad de cambiar las cosas ni responsabilidad ninguna en lo que acontece.

¡QUÉ MANADA! Por Parco Lacónico

 

garcia-margallo

García Margallo

ministro de AA EE español

(Fuente: EL BLOG DE CARLOS TENA)

 

¿Por qué cada vez que un miembro del Gobierno de España y Jerez hace unas declaraciones acerca del asunto que hay montado sobre Cataluña tiene que ser el de Asuntos Exteriores? Ya lo señalé hace unos números, pero, claro, el señor García Margallo no frecuenta esta sección (peor para él). Es que todo lo que pasa en esta heredad que los ingleses llaman Spain es delirante: el ministro de Asuntos Exteriores dedicado a hablar sobre un territorio cuyos gerentes dicen que quieren independiente. Entonces es que sí, ¿no? Y además le parece bien lo del referéndum en Scotland, ¡cuánta capacidad diplomática tiene este ancianete!

         Lo que les están haciendo al juez Silva (sí, el que metió en la cárcel a Miguel Blesa más que justificadamente), es un aviso a navegantes. El refrán aquel: «Cuando veas pelar las barbas de tu vecino, pon las tuyas a remojar», es lo que quieren que tengan en cuenta los jueces a los que se les pase por la cabeza meter mano en asuntos delicados. A Castro, el de Nóos, lo arrastrarían atado a los caballos, pero por el momento está protegido precisamente por la sonoridad del caso.

         El dirigente de IU y vicepresidente de la Junta visitó la Cámara de Comercio de Sevilla y declaró su convencimiento del papel de esos organismos como herramientas estratégicas para el cambio de modelo productivo y como elemento generador de empleo. ¿Hay que comentarlo? Todo un ejemplo de cómo esa llamada izquierda transformadora ejerce el más puro transformismo. Además, ¡qué tontada!

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DIOS. Por José Manuel Colubi Falcó

 

diosenplazaoctogonal28122013M.VerpiDios en la Plaza Ochavada

(Foto: Manuel Verpi 2013)

Aguilar de la Frontera

 

Dios es una de las palabras que con más reverencia suele pronunciarse o escribirse en nuestras conversaciones orales o escritas. Y ¿cuál es su sentido? El Diccionario de la Real Academia Española dice así: «Nombre sagrado del Supremo Ser, Creador del universo, que lo conserva y rige por su providencia. 2. Cualquiera de las deidades que dan o han dado culto las diversas religiones,  como el dios Apolo o el dios Marte, de los latinos, el dios Brahma, de los indios… etc.». Su origen, ciertamente, es la voz latina deus, mas ¿cuál es su primer significado?

         Para designar ese concepto, el inglés y el alemán, lenguas indoeuropeas del grupo germánico, tienen god y gott respectivamente, mientras que el latín y el griego, también indoeuropeas, se sirven de dos vocablos completamente distintos, de deus aquél, y de theós éste. Aquellas remontan a una raíz *ghutom, cuyo significado es «destinatario de los sacrificios», mas las dos últimas citadas han recurrido a otras raíces para expresar la misma idea. 

         El latín tiene su término específico que designa al dios, deus, que heredarán sus lenguas hijas: dios en castellano, déu en el grupo catalán-valenciano-balear, en francés dieu, dio en italiano, deus en portugués. Deus es hijo de una raíz que expresa lo brillante, la luz, y se manifiesta de dos formas, *deiwo y *dyew, que darán lugar a otras. Así, la primera nos obsequiará con divino, adivino (donatario de la sabiduría de Dios) y algunas, bastantes, más; y la segunda, con Iuppiter, Júpiter, un vocativo (Dieu pater, ¡padre Luminoso!), en cuya declinación hallamos Iovis, Iovem (Jove), que en composición con dies, el día (la Luz, frente a la Oscuridad), de la misma raíz, formará el nombre del día central de la semana, el dijous (catalán-valenciano-balear), jeudi en francés, giovedi en italiano, el día de Júpiter, o sea, el jueves en castellano, el (día) de Jove, del Luminoso, de la Luz.

         El griego tiene también su nombre para designar a esos seres superiores llamados dioses: theós, cuya raíz, obviamente, no es la misma, mas ello no quiere decir que aquélla no haya sido productiva en esta lengua. Así, el nombre del dios de la luz, Zeus, que presenta alternancia en su declinación diew/diw, siendo su genitivo Diós, su acusativo Día, frente a nominativo Zeús y vocativo Zeû (dy>z; cf. español gozo<gaudium); y en Homero, numerosas veces sus héroes reciben el calificativo de divinos (dîos Odysseús, el divino Odiseo), en concurso con el término que designa a la deidad propiamente dicha (Kalypsó, dîa theáon, Calipso, la divina, luminosa entre las diosas).

¡VIVA GAMONAL! Por María del Águila Barrios

 

calleorellanaalcalá2014LGVCalle Orellana de Alcalá de Guadaíra

(Foto: LGV 2014)

 

Siendo importantísimo para todos los españoles, no es la estulticia de CIU y Esquerra, ni la crueldad y anomia moral de Bildu, PNV y los post etarras, con sus secesionismos independentistas (principalmente destinados a dividir a las clases populares) y su propagación de un olvido que niega sus asesinatos indiscriminados, con lo que nos atragantan a diario los medios de desinformación en masa (escritos –más de manchas falaces de tinta barata que de palabras o frases-, audiovisuales o radiados), lo verdaderamente importante del acontecer político en España ahora como exclusivo, y excluyente, relato político. No: ¡Es Gamonal! (como las primeras semanas del 15-M de 2011, denostado y negado por los plutócratas). Atentos hemos de estar al significado de lo que en Burgos está ocurriendo, y de la adhesión de barceloneses o madrileños, entre otros, con sus compatriotas castellanoleoneses.

         Pero a los gobiernos ultraconservadores del PP o del PSOE, pues lo mismo da que da lo mismo,  no les interesan los vecinos del barrio burgalés, o de cualquier barrio de cualquier localidad, cuando se expresan reivindicando participación en las decisiones que les afectan como comunidad de personas. No, cuando ello ocurre, en este caso de Gamonal, lo que hacen es pedir refuerzos desde Interior y así desde Valladolid se desplazaron un centenar de antidisturbios para sumar 130 policías con los pertrechos adecuados para aterrorizar, zurrar, detener y enchironar a los vecinos, poniendo su afán en cumplir las órdenes del Ministerio con la violencia suficiente para aplastar, otra vez, la voz del pueblo…, que, sencillamente, pedía que en una ciudad con 160 millones de euros de deuda y 18.000 parados no se gastasen por enésima vez un dineral para, además,  dejarlos sin aparcamientos y sin calzada (justo lo mismo que en el feudo de don Antonio vienen haciendo desde hace años sin que, desgraciadamente, nadie reaccione contra la desaparición de los aparcamientos en la calle Bailén, en la avenida de la Constitución, en la avenida Antonio Mairena, en la calle Silos o, ahora, en la calle Orellana, o las aberraciones desnaturalizantes de las plazas de El Duque, Cervantes o la Plazuela).

A más de esto, la mayoría de los actuales periodistas están con los actuales políticos, son la misma masa, están aliados contra el pueblo que parece que elige a los primeros y compra los periódicos a las empresas que les pagan el salario a los segundos ¿qué es lo que pasa aquí?, ¿qué clase de política se hace en este país?, ¿por qué la crónica de la realidad es una estafa continua?, ¿qué podemos hacer? Tal vez ni votar ni comprar periódicos…

Nos niegan la participación, nos consideran súbditos (ni vecinos, ni ciudadanos), nos imputan la violencia que ellos sin piedad ejecutan, nos imponen una democracia autoritaria, y sólo trabajan para las empresas afines al régimen, destino establecido para ex alcaldes de cualquier localidad o de cualquier partido. Demasiados estómagos agradecidos, demasiados mentirosos ubicados en el poder y en sus aledaños,  a quienes no les importa ser repugnantes lacayos mientras reciban en sus cuentas bancarias o en sobres anónimos el dinero público apropiado, hurtado o, sencillamente, robado (ya hace tiempo que no sólo meten la mano en la caja, sino que se llevan la caja misma a su chalé en la ignota urbanización).

Y como estrambote me hago eco de lo que escuché el otro día a un vecino dirigiéndose al alcalde de Alcalá: «Antonio, eres a Alcalá lo que el picudo rojo a sus palmeras».

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¿SE ACABÓ LA PAZ SOCIAL? Por Pablo Romero Gabella

 

Dionisio RidruejoDionisio Ridruejo

1912-1975

 

En las pegatinas que lucían miembros del SAT, durante las jornadas de la acción sobre los supermercados en agosto de 2012, se podía leer el título de este artículo pero sin la interrogación.  ¿De veras se ha terminado la paz social en nuestra nación? Creo sinceramente que no, porque es falso que haya existido una paz social. En sociedades libres  y democráticas, tales como la de España actual, el conflicto y las tensiones son consustanciales a ellas. Es lo que Dionisio Ridruejo llamó dialéctica de la democracia.  Creer lo contario es, en todo caso, una muestra de inocencia o deliberada ignorancia. No existe, como creían los socialistas utópicos del siglo XIX, como el conde de Saint-Simon ninguna sociedad de productores y sin fricciones. La fricción o, si lo prefieren, el conflicto, es algo propio de las sociedades libres, eso sí, ateniéndonos a una reglas de juego, a unas normas aceptadas socialmente que hagan posible la convivencia.

En 1962 en su obra Escrito en España, Ridruejo escribió que en democracia unos y otros deben fiarse más «en la razón que en la fuerza, lo cual sólo será posible cuando el diálogo se produce alcanzando sucesivamente síntesis provisionales o puntos de encuentro y compromiso». Reaccionarios y progresistas (y no necesariamente identificables a lo que llamamos derecha e izquierda) deben llegar a un consenso si no quieren acabar destrozándose mutuamente. El consenso es aún más necesario en épocas de crisis como las actuales, y las soluciones unilaterales por muy benéficas que parezcan solo nos llevan a la mutua incomprensión y a la ruptura de la convivencia.

Cuarenta años antes de Ridruejo, Ortega y Gasset en España invertebrada decía que «no es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas: lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva la de las otras». Este mutuo reconocimiento nos hace ver  que la realidad social actual es mucho más compleja que una lucha entre ricos y pobres. Y es que España, a pesar de lo  que algunos piensan, no es la España de los años 30. Sí, es cierto, vivimos una crisis económica y social de la cual no sabemos cómo saldremos y cuándo, pero podemos intuir qué métodos o soluciones no debemos tomar. Me refiero a las soluciones unilaterales cargadas de alientos mesiánicos. Volviendo a los socialistas utópicos, tenemos el caso de Charles Fourier que durante once años,  durante dos horas al día, esperaba en su apartamento la llegada de un mesías capitalista que le financiara la construcción de la sociedad futura perfecta a partir de sus falansterios, donde reinaría la igualdad y dónde nadie pasara penalidades y todo el mundo fuera feliz. Obviamente ningún capitalista apareció y el bienintencionado Fourier murió sin ver su utopía realizada. En nuestros días esta historia nos hace sonreír con ironía, ¿se imaginan que  los banqueros se ofrecieran a ello? Sinceramente no veo a ningún señor Botín o ningún consejero de las Cajas haciendo esto. Pero tampoco confiaría en ningún revolucionario filantrópico, por mucho que sus intenciones  me parecieran altruistas.

Y es que creo más bien en  acuerdos provisionales, en negociaciones continuas faltas de épica pero mucho más prácticas. Y es que creo que España necesita justamente ahora eso;  quizás esto no les diga nada a muchos pero creo que sería para todos lo deseable y lo más práctico en una crisis que se espera larga y dura y que nos pondrá a prueba como nación. Y es que, como decía una letra (ya olvidada) de una canción de Víctor Manuel  «aquí cabemos todos o no cabe ni Dios».

¿ESPAÑA CONTRA CATALUÑA?: EL MAL USO PÚBLICO DE LA HISTORIA. Por Pablo Romero Gabella

http://www.youtube.com/watch?v=1dIznsAdTOE#t=251

Destino

Salvador Dalí

1904-1989

 

Expongamos los hechos. Entre el 12 y el 14 de diciembre pasados se ha celebrado en Barcelona un simposio histórico con el título «España contra Cataluña: una  mirada histórica (1714-2014)». Su organización se debe al Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, organismo público de la Generalitat (que depende del Departamento de la Presidencia) y a la Sociedad Catalana de Estudios Históricos, filial del Instituto de Estudios Catalanes, institución académica privada que funciona, desde 1980, gracias a las aportaciones del propio Presupuesto de la Generalitat. En el folleto informativo los organizadores explican que el objetivo de este encuentro científico de historiadores es estudiar de forma transversal la «acción política, siempre de carácter represivo, del Estado español con respecto a Cataluña» y más específicamente «las condiciones de opresión nacional que ha padecido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos, lo cual no ha impedido el pleno desenvolvimiento político, social, cultural y económico». Las veintidós conferencias anunciadas se organizan en cuatro bloques: la represión institucional, la represión económica y social, la represión cultural y lingüística y el exilio.De los veintidós conferenciantes, la mitad provienen de la Universidad Autónoma de Barcelona, tres de la de Gerona, dos de la Pompeu Fabra, uno de la de las Islas Baleares y uno de la de Valencia. A estos se le unen tres integrantes de las instituciones organizadoras. A resultas: todos los integrantes son catalanes o de su área de influencia cultural (Baleares y Valencia).

Estos son los hechos, pasemos a analizarlos desde nuestro particular punto de vista. En el ámbito de los estudios históricos el debate (o si queremos decirlo de manera más directa: la provocación) es el motor del conocimiento histórico. Y el título, no me lo negaran, es provocador. Un ejemplo de provocación en el mundo académico de la historia reciente que se me viene a la memoria es la última biografía de Hernán Cortés del hispanista Christian Duverger, en la cual afirma que fue éste y no el anónimo soldado Díaz del Castillo el autor de la afamada crónica sobre la conquista de México. Sobra decir que su publicación ha generado un intenso debate historiográfico. Sin embargo,  la provocación de este simposio en Barcelona tiene un sentido que no es del todo historiográfico y que concierne a lo que el pensador alemán Jünger Habermas ha llamado uso público de la historia, o lo que es lo mismo, una utilización de la historia que supera el ámbito de la objetividad y que pasa a un uso interesado o directamente a una manipulación. Este concepto proviene curiosamente de otra provocación histórica: la «Historikerstreit»querella de los historiadores alemanes de 1986 en torno a la interpretación del nazismo.  Y es que hay que admitir algo obvio  pero que a veces se olvida: los historiadores no viven en un limbo aséptico, ahistórico y apolítico. Al contrario, los historiadores viven en una época y sociedad determinadas, con su particulares problemáticas políticas, sociales, económicas y culturales. Pongamos un ejemplo, el de Lorenzo Valla, historiador del siglo XV que es considerado como uno de los padres de la historia como práctica científica. A él se debe su célebre obra Declamatio donde, utilizando las herramientas de la crítica histórica y filológica, demostraba la falsedad de un pretendido documento histórico (la «Donación de Constantino») que legitimaba el poder del Papa sobre los Estados Pontificios. Pero lo que también hay que conocer es que era una obra de encargo del rey de Nápoles Alfonso V, enemigo del Papa por el control de Italia. Esto nos lleva a pensar a que nadie está libre de pecado en esto de la historia. Por tanto, nos podemos preguntar ¿está condenado el trabajo del historiador a servir al poder? Podríamos decir que en sociedades como las del Renacimiento sí, pero como hemos dicho antes, el historiador vive en una época determinada, y la nuestra es bien diferente, ya que vivimos en el siglo XXI y en un régimen democrático. Una cosa es que el historiador no vive en una urna de cristal apartado de la realidad y cosa bien distinta es que viva en la urna que le es creada por el poder. Y en el caso del simposio al cual nos referimos parece el segundo caso.

Volvamos a los hechos. El simposio al que nos referimos es organizado por y para un poder, en este caso la Generalitat y está conformado en su totalidad por historiadores de su ámbito sin que haya, al parecer, representantes que rebatan lo ya establecido. Es decir, epistemológicamente el hecho histórico parece ya establecido; esto es: la existencia de una represión de «España» sobre «Cataluña». No hay debate, solo aceptación. Ni siquiera se ha puesto interrogante al problema a estudiar, sólo se afirma. Y así vemos que el leiv motiv del congreso es el más puro victimismo. Si no, veamos los títulos de algunas ponencias: «La apoteosis del expolio: siglo XXI», «Destruir la lengua, destruir la nación», «La falsificación de la historia» (¡!), «La larga represión de los medios de comunicación»… La cosa está clara: establecer un continuo entre la política centralista de Felipe V a principios del XVIII con la actualidad. Y prueba de ello son ponencias, nada inocentes tales como «la españolización del mundo educativo» o «la humillación como un desencadenante de la eclosión independentista». Las referencias a la Ley Wert o al proceso soberanista iniciado por CiU-ERC son evidentes.

Hagamos ahora una comparación con otro congreso histórico que conozco de primera mano ya que participé en él. Me refiero a las X Jornadas Nacionales de Historia Militar centradas en la Guerra de Sucesión, celebradas entre el 13 y el 17 de diciembre de 2000. Dichas jornadas las organizaba la Cátedra «General Castaños», dependiente de la Región Militar Sur. Visto su organizador (el Ejército) podríamos pensar que dominarían las ponencias realizadas por militares.  Analicemos esto. Del total de sesenta y una ponencias y comunicaciones las realizadas por militares suponen el 16% frente al 41% debidas a autores que no proceden directamente ni del ámbito militar o universitario (profesores de Secundaria, archiveros, historiadores vocacionales o profesores-escritores como el caso del conocido doctor José Calvo Poyato). En cuanto al ámbito universitario, el 15% proceden de la Universidad de Sevilla (sobre todo en temática americana, uno de los puntos fuertes de la Hispalense), el 18% de universidades no andaluzas (Complutense de Madrid, Navarra, Zaragoza, UNED, Islas Baleares y una aportación de la lejana Universidad de Letonia) y el 10% del resto de universidades andaluzas (Almería, Córdoba, Málaga). Es significativo el trabajo presentado por la teniente Carmen Rosario Peso sobre la represión borbónica sobre las instituciones culturales catalanas. En su conclusión la militar afirma: «todas estas medidas calaron muy hondo en la mayoría del pueblo catalán e hicieron que los catalanes se mostrasen posteriormente reacios al linaje borbónico» debido a que provocaron «una regresión en la vida cultural catalana» y con ello la identificación de todo lo borbónico con imposición y represión (pág. 1046). Doy fe de que el debate estuvo abierto.

        Concluyamos. El simposio que se ha celebrado en Barcelona dista mucho de un debate verdaderamente historiográfico. Excepto en la conferencia inicial del historiador marxista Josep Fontana (titulado «España y Cataluña, trescientos años de conflicto político») el resto de las aportaciones, como las ya  mencionadas, basculan a un descarado presentismo, que incluso llega a esbozar futuros simposios, como es el caso de la ponencia (curiosamente de un Catedrático de Historia Medieval) titulada «España contra el País Valenciano». Un testigo que, según qué mentes, podría continuar con otros tales como «España contra Andalucía» o si nos ponemos hiperbólicos «España contra Alcalá». Una senda muy en la línea del actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, con sus particulares comparaciones históricas con Martin Luther King o Gandhi…o, quién sabe, con Madiba Mandela. Porque al parecer todo vale con tal de provocar.

LA CARRERA. Por Rafael Rodríguez González

festejos

Al maestro José Miguel Varela,

 que alumbra en silencio la pintura de los dioses

 

Un ciudadano de cuyo nombre no quiero acordarme me dio el pasado septiembre una fotocopia de la revista de Feria de 1932. Y, al ver en sus páginas el programa de festejos, recordé de inmediato el relato que me hizo, hace un buen montón de años, Eulogio Torres, un hombre mayor, brioso y agudo. Si sería fuerte mi interés por lo que contaba Eulogio que después, cuando llegaba a mi casa, incluso escribía algunas notas, con tal de que lo que me decía aquel viejo simpatiquísimo y oferente de dichos, ocurrencias e historias verídicas, no corriera el riesgo de perderse. Lo que pasa es que cualquiera sabe adónde habrán ido a parar esos apuntes, porque nunca he sido buen conservador de papeles y otros objetos. Mas, por fortuna, mi memoria, tal que planta de interior, sólo necesita un jarrito de agua para que se refresque y ponga a tono. ¿De agua?, podría decir algún ingenioso.

         Pero pasemos con rapidez y diligencia a la historia que me trasladó Eulogio Torres. No sea que me pase como con alguna otra, es decir, que agote el espacio sin poder terminarla. Por cierto que yo creía que Eulogio procedía del gallego, dada su primera sílaba: eu es yo en el idioma de Castelao y de Rosalía de Castro. Pero en realidad procede del griego eu-logos, que significa «el que habla bien». Las cosas de las que se entera uno por internet. El caso es que a nuestro Eulogio le venía muy bien el nombre en su sentido originario, griego.

         Como no faltará algún lector que enseguida piense que la historia me la invento (siempre hay suelto por ahí algún incrédulo), aporto prueba documental: ahí tienen reproducida la página de la citada revista con una parte del Programa de Festejos.

         En efecto, el segundo día de Feria, 20 de agosto, a las seis de la tarde, estaba programada una carrera sobre asnos. El ganador sería el último en llegar a la meta. A estas alturas es imposible saber quién fue el autor de tan original idea. Lo que es evidente es que la ocurrencia siempre ha sido digna de ser acogida, y con los mayores honores, como categoría o disciplina especial, de seguro relieve mediático y seguimiento universal, en los Juegos Olímpicos, tengan lugar donde quiera que sea: en Tokio, en Otawa, en Melbourne, en Londres y no digamos en Madrid, donde, como todo el mundo sabe, son tan importantes los burros, y las burras mucho más.

         No carece la cosa de un cierto vaho bíblico, por aquello de «los últimos serán los primeros».

       Los concursantes inscritos el último día del plazo de admisión eran cinco. El más viejo era Manuel, el Zagalón, arriero de profesión, de poco más de metro y medio y los kilos justos para esa altura. De ser de caballos la carrera, el Zagalón habría sido el jockey ideal. Era este Manuel de escasas luces y muy pendenciero cuando bebía, lo que sucedía casi a diario. Sólo se retiraba a su casa, y además contento, después de recibido algún tortazo. Como él ha habido más en Alcalá. Uno de esos regresó una vez a su dudoso hogar con la huella de mi mano en la cara.

         Los otros cuatro eran más o menos jóvenes, todos enjutos y, salvo uno, de estatura media-baja, a los que conoceremos por sus apodos: el Niño, el Flequillo, el Pocero y el Alicate. El primero, porque nació después de ser precedido por cinco hermanas. El segundo, porque, seguramente por motivos de protección contra parásitos, siempre iba pelado al cero. Este era cabrero.

         Al Pocero se le conocía así desde siempre, porque de niño se cayó a un pozo (cuando lo estaban haciendo). El Pocero era el que superaba con creces la estatura media: no es que padeciera gigantismo, pero sus más de 1,90 sí que los tenía. Medida muy desmedida para la época. Su primer apellido era Espinar. Yo llegué a conocerlo, ya viejo y encorvado, vendiendo mantillo por las casas. Tan fértil materia la llevaba a lomos de un borriquillo. Este hombre era todo amabilidad y educación —nada de peloteo ni servilismo—, como suele suceder por lo general con los hombres de elevada estatura. Por lo general, recalco, porque hay cada uno…

         El Alicate tenía tanta fuerza en las manos que el apodo le venía como dedil al dedo,  o como las gafas al miope. O como el cuchillo de ancha hoja al carnicero.

         Todos los concursantes se dedicaron los días anteriores a seleccionar el burro más idóneo para cumplir la hazaña. Bueno, todos no, porque el Zagalón no tuvo que rebuscar mucho: su burro más viejo, ya retirado del trabajo, enflaquecido y trastabillante, de nombre Periquito, sería el que montara en la carrera. «¿Cómo no va a ser el último, si el pobrecito mío no puede ni con el rabo?», pensaba el Zagalón, que en el fondo era un sentimental.

         Al Niño, que era peón de la construcción, le prestó su peor borrico un arriero al que apodaban, sin disgusto alguno por su parte, el Penco. El Penco le decía Luis al burro, que en realidad era el nombre suyo propio, digo del arriero. Tal vez fuera un caso de trastorno bipolar, o de desdoblamiento de la personalidad. O una forma de completarse, o de rara autoafirmación. O de empatía sincrética. 

         El Alicate, que era un elemento de cuidado, carecía de amistades y recursos, así que no se anduvo por las ramas y robó en Mairena el primer rucho que se puso a tiro. Como es natural, el Alicate quería un burro enclenque, pero este era todo lo contrario: un garañón capaz de fecundar a todas las hembras que le pusieran por delante, entre otras potencialidades. «Ya me daré yo trazas de gobernar esta fiera», decía para sí el cuatrero. Sin embargo, ya en plena carrera, y para su satisfacción, se daría cuenta de que borrico tan fuerte era más perezoso que algunos que todos conocemos.

         Dos días faltaban para el acontecimiento y no fue sino el penúltimo cuando el Pocero y el Flequillo se hicieron con sus respectivos jumentos. Al Flequillo se lo prestó un propietario de tierras, agradecido porque el cabrero nunca invadía sus sembrados. Y al Pocero un gitano llamado Manuel García, de profesión tratante de caballerías, que además se dedicaba a la peluquería (de las bestias de labor) cuando hacía falta (a las bestias y a él). También vendía encajes, y pañuelos de raya en raya. Manuel García le dijo al Pocero que si ganaba el premio tendrían que partirlo a medias. Era broma, pero el Pocero le prometió que así sería.

         Y llegó el día y la hora de la justa. El torneo daría comienzo al principio de la en esos momentos titulada calle Libertad (la calle La Mina de siempre), y finalizaría donde se funden la Plaza de Cervantes y La Plazuela (entonces Plaza de la República). En la meta se encontraban desde una hora antes los jueces, que eran tres, todos ellos concejales, aunque no del mismo partido: José Salazar, Juan Clemente y Ángel Jiménez. Ninguno recibía retribución económica por el desempeño de tan festiva función. Ni por ninguna otra en tanto que miembros de la corporación municipal. Exóticos que eran.

         Los jinetes vestían todos igual: camisa, pantalón y faja. Y vara. En la cabeza, sólo las ganas de ganar. Nada de gorras ni boinas. Los asnos, desnudos, como los parieron sus burras madres. Hasta sin ronzal iban. De modo que los cinco concursantes montaban a pelo, que es como mejor se va en burro. Yo lo puedo asegurar. Los pelos del asno son como un colchón de plumas (caliente, eso sí) sobre el que te desplazas tal que fueses en barca por un río sereno; pero mejor aún, porque desde la altura del lomo cabalgado, elevación que la observación de las orejas del burro hace más pronunciada, podrías considerarte un vencedor que regresa a la metrópoli, o un enamorado que impresionará sin duda a su diosa carnal, o, más sencillamente, un hombre feliz. Sólo durante el trayecto, claro.

         Una vez correctamente alineadas las monturas, un guardia municipal efectúo un disparo al aire. Y a su aire, porque la bala dio contra una teja de la casa de enfrente, que cayó al suelo sin herir a nadie.

         Y eso que la calle se encontraba repleta. Niños, mayores, jóvenes y mujeres de todas las edades integraban un público expectante y deseoso. Todos los burros cabecearon y movieron el rabo al oír el tiro, pero como los jinetes se quedaron como estatuas, ninguno dio un paso. El guardia disparó otra vez, e inmediatamente hizo un gesto con los brazos, como diciendo: «¿Pero aquí qué pasa?». Los participantes en la competencia no tuvieron más remedio que iniciar la marcha.

         Cuando llegaron a la altura del Gutiérrez de Alba todavía iban todos al hilo, centímetros arriba centímetros abajo. Los cabalgadores, todos con la vara ajustada en la faja, bien que se cuidaban de que sus jamelgos no apretaran el paso. Pero mucha gente del público, aun sabiendo la regla principal del concurso, o precisamente por eso, empezó a gritar: «¡Venga ya, a ver si nos va a coger la noche!» «¡Echarse los burros a la espalda, que no llegáis!» «¡Ponerles una burra delante, ya veréis como corren!». Esas y otras lindezas que no caben aquí (ni por espacio ni por decencia) decía la gente. Pero como era tanto el jaleo que se formó, y que iba en aumento segundo tras segundo, algunos de los burros se asustaron (se asombraron, debe decirse en terminología acemilera), con el resultado de aligerar el paso. Ah, se me olvidaba que a los concursantes les estaba prohibido decir ¡Sooo!

         El del Zagalón, pese a su fatal decaimiento, fue el que más se apresuró. Por mucho que el jinete se esforzaba en menguar su arranque, a Periquito no había manera de pararlo. Periquito iba en cabeza al pasar por la Plaza de Abastos, a buena distancia de los demás, pero en ese momento el Zagalón sintió desplomarse al burro bajo su cenceño cuerpo (cenceños los dos, amo y asno). Menos mal que logró saltar, evitando caer bajo el borrico. Quizás fuera el reconcomio de la muerte lo que le había impelido a demostrar que él, el viejo Periquito, era capaz de correr como cualquiera, o más.

         Pero la tan rara carrera proseguía, dejando atrás al cadáver y al desolado Zagalón, que lloraba abrazado a la cabeza del heroico cuadrúpedo.

         Lenta y cachazuda, la carrera. Todo lo contrario del alboroto que cada vez con más fuerza se enseñoreaba del público asistente, conscientemente ajeno a la defunción producida. La gente, casi pegada a los burros (y pisando los cagajones que casi todos fueron expeliendo), agitaba los brazos y gritaba cada vez más fuerte, espoleando así a los animales y desesperando a los pilotos.

         Faltando veinte o treinta metros para llegar al objetivo, el Alicate puso en práctica su plan secreto. Con su vara, desde atrás, comenzó a golpear las ancas de los otros burros, con la intención, claro es, de hacer que se lanzaran en tropel contra la cinta que marcaba el final de la carrera. Los pobres e inocentes borricos, intelectualmente incapaces de solidarizarse con sus montadores, atendieron el mensaje del pérfido Alicate. El Niño fue el primero en llegar a la meta; o sea, que quedó el último. El mundo al revés. Tomó tal irritación que tuvieron que agarrarle entre unos cuantos para que dejara de pegarle al burro. Y eso que estaba presente el Penco, dueño del animal. Del de cuatro patas, llamado Luis.

         El Flequillo, bien a su pesar, casi llega al mismo tiempo que el Niño. Enseguida se bajó del burro (lo que no hace casi nadie) y, como no podía tirarse de los pelos, empezó a revolcarse por el suelo, golpeando los adoquines con los pulpejos, hasta que un guardia municipal le conminó a levantarse («Anda, Flequi, no hagas más el tonto», le dijo).

         El Pocero había extendido sus largas piernas, llegando así a plantar los pies en el piso, de manera que en lo que podía frenaba la marcha del animal azuzado por el Alicate. Pero aun así entró en la meta antes que el truhán.

         Sin embargo, el Pocero, el penúltimo en llegar, fue proclamado ganador. La razón es bien sencilla. Junto a los concejales-jueces esperaba la llegada de los concursantes una pareja de guardias civiles, que, en cuanto se aproximó el Alicate, pletórico de felicidad al creerse ganador, lo detuvieron, e inmediatamente devolvieron el garañón a su legítimo propietario, allí presente. «Ahí tiene usted el animal que le fue sustraído». «¿Sustraído?, será susllevado», dijo el de Mairena. Con los maireneros no hay quien pueda en ningún terreno, y menos en el lingüístico.

         Cuando Eulogio Torres no me contó más historias de carreras (de otras materias sí) es que la de 1932 fue la primera y la última, al menos de esas características. Sí me dijo que el Pocero y el gitano Manuel García se llevaron borrachos dos días gracias al premio.

LA CARTA DE DON ANTONIO. Por María del Águila Barrios

 

fotoalbertomallado25122013La Alcalá de Guadaíra de Don Antonio el día de Navidad

(Foto: Alberto Mallado 2013)

 

Un tipo de carta escrita por un tipo como éste es una evidencia más de que, o es necio o cree que lo somos, que es una de las formas del ser necio. Tal vez haya conseguido con ésta y otras propagandas que muchos lo sean, o acaben creyendo que lo son. La desvergüenza, en todo caso, que rezuma el texto de la misiva que don Antonio remite a sus vecinos es un ejemplo más de su identidad, de su singularidad, de su orgullo y satisfacción por todos los deberes que debe asumir, aquí y en Madrid, o, incluso, en Bruselas. Hombre de mundo se dirige al mundo cuando habla donde sea y aunque sea, como siempre, sin decir nada que se le entienda ni semántica ni fonéticamente. O cuando escribe, con auténtica incontinencia epistolar, con metralla cursi y mentirosa. Es el tipo característico para escribir una carta fechada el pasado 22 de octubre de 2013 que podría servir también como el manifiesto de la nueva corrala de la utopía del limonato, regalando abogados y procuradores, pues le basta silbar para que le revoloteen algunos de sus insectos, que van a trabajar gratis para los deshauciables. Vamos, que ni Robin Hood contra los bancos que están cobrando de forma ilegal el dinero del pueblo por las cláusulas suelo de los créditos hipotecarios ¿o es que tiene miedo Limones de que no le quede a sus vecinos ni un euro para pagarle su maldito impuesto de bienes inmuebles, sus malditas tasas de basura industrial, su maldito impuesto de circulación, sus malditos arbitrios arbitrarios para mantener un régimen de estultos o de necios que cobran como plenipotenciarios?

         No es la primera vez, pero hacía tiempo que no se atrevía a perpetrar una carta tan directa, a cada vecino, a sus domicilios particulares, adonde nos fusila con ARCA o con OPAEF (que suena también a lavativa). Dicen que tiene la cara más dura que los adoquines que ha arrancado de las calles alcalareñas, y más sucia que las baldosas de aglomerado de granito con las que ha condenado nuestras pisadas, y que es más mentiroso que sus cartas. Ésta es una de ellas: la carta de un tipo como don Antonio, alias el laico, a quien la Junta Saliente de una conocida hermandad lo condecora por haber apoyado la abolición de la enseñanza del catolicismo en las escuelas. Es un tipo de bandera, capaz de convertir en dragón de diez millones de euros un puente de tres.

         Un tipo que, con la complicidad pagada de sus retribuidos y premiados con dinero público, ha convertido Alcalá en un lugar donde lo habitual es que a uno lo atropellen en un paso de cebra, otra se caiga al pisar aceras desmentidas y desniveladas, o le conviertan su barrio residencial en una autopista sin peaje, o todos los lugares posibles queden cubiertos por una maraña insufrible de coches aparcados. Un tipo que nos está sacando la sangre, asfixiándonos literalmente entre los humos de un tráfico impropio por caótico y dañino.

          A un tipo así hay que mandarle una carta, pero de despido procedente.

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Si quiere leer más textos de María del Águila Barrios en «CARMINA»,  pinche en su nombre.  

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

SACRIFICIO DE JOAQUÍNGiottoSacrificio de San Joaquín

Giotto

1267-1337

 

En los Evangelios apócrifos, en el Libro sobre la natividad de María, se lee: «I. 1. Pues bien, la feliz y gloriosa siempre virgen María, que traía su origen de estirpe regia y de la familia de David, nacida en la ciudad de Nazaret, fue educada en Jerusalén, en el templo del Señor. Su padre se llamaba Joaquín y su madre, Ana. La casa paterna era de Galilea y de la ciudad de Nazaret, mas el linaje materno, de Betleem. 2. La vida de éstos era sencilla y recta ante el Señor y ante los hombres, irremprensible y pía. Pues dividieron toda su fortuna en tres partes: una la consagraban al templo y a los servidores del templo, otra la gastaban entre los peregrinos y los pobres y la tercera la reservaban para los usos de su familia y para sí. 3. Así, éstos… durante cerca de veinte años vivían en su casa en virtuoso matrimonio sin procreación de hijos. Mas habían hecho voto de que, si por acaso Dios les donaba descendencia, ellos la darían al servicio del Señor, por lo que durante el año solían frecuentar el templo del Señor en las fiestas. II. 1. Y sucedió que se acercaba la festividad de la Dedicación y por eso subió a Jerusalén Joaquín junto con algunos de su tribu. (…) era pontífice Isacar, y viendo (…) a Joaquín con su ofrenda, lo despreció y rechazó sus presentes, preguntándole cómo él, un infecundo, se arrogaba estar entre los fecundos, diciendo que sus dones no podían ser vistos dignos por Dios (…) pues la Escritura llamaba maldito al que no hubiera engendrado varón en Israel. 2. (…) avergonzado Joaquín, se retiró junto a sus pastores (…) y no quiso volver a casa, no fuera que por sus compañeros de tribu fuese notado con el mismo oprobio.

        »III. 1. (…) cierto día, hallándose solo, se puso junto a él un ángel del Señor (…) diciéndole: “No temas, Joaquín, (…) pues soy un ángel del Señor (…) para anunciarte que tus preces han sido oídas y tus limosnas han ascendido a Su presencia (…) Porque Dios es vengador del pecado, no de la naturaleza, y por ello cuando cierra el útero de alguna, lo hace para abrirlo de nuevo más admirablemente y para que se sepa que lo que nace no es fruto de la libídine sino de un don divino (…) 3. Pues Ana, tu mujer, te parirá una hija y la llamarás María por nombre suyo; ésta será, como fue vuestro voto, consagrada desde su infancia al Señor y todavía en el útero de su madre será llena del Espíritu Santo (…) Y así, cuando avance su edad, del mismo modo que ella nacerá por maravilla de una estéril, así también sin parangón, aún virgen, engendrará un hijo del Altísimo, que será llamado Jesús: según la etimología de su nombre, será Salvador de todas las gentes.»

 

«TÓ» EL MUNDO ES FEO. Por Rafael Rodríguez González

 

esculturademanololópez 2012(Escultura de Manuel Melquisedec López)

2012

 

La fealdad, igual que la belleza, es subjetiva. Yo no lo creía así, pero desde que comencé a tratar a Manolito me he convencido de lo contrario.

            Manolito es bajito. Y feíto. Su pelo, que en el centro de la cabeza siempre está de punta, más erguido que un legionario en una revista, es de un color de difícil definición. Y más desde que le asoman, ofensivas y propagadas, las canas. Lo que está claro es que, de bonito, nada. La piel de su cuello y de su cara, incluida la frente, está surcada de arrugas desde antes incluso de llegar a la cincuentena (ahora ya está cerca de ser sexagenario). Es una piel que parece de campesino de los de antes, sólo que como si por las noches también hubiese habido Sol y él recibido los rayos. Pero no es moreno; es, como los pelos, de un color indefinible, ambiguo, ni que sí ni que no. Raro, en todo caso.

            Es menudo, y sus andares se asemejan a los movimientos de un bartolito, o cristobita, de esos de madera que respondían al tiro de una guita.

            Viste aseado, pero en ese cuerpo nada resplandece ni sienta bien. Es decir, que nunca ha podido, puede ni podrá decir eso de «es que yo, con cualquier trapito que me ponga…». Lo de la mona y la seda sí, eso sí.

            A sus ojos, miopes pero no demasiado, les pasa otro tanto que al pelo y la piel. No habrá quien asegure su color. Ni quien pueda afirmar que tienen brillo ni intensidad, y no digamos grandeza, ni siquiera volumen. Y encima los entorna cada vez que va a decir algo que él cree importante. También cuando no le da ninguna importancia a lo que oye. ¿Y las cejas? Dos leves hilos de pelillos, entre rubicundos y níveos.

            A veces, muchas veces, toma una postura como la de un gallo entre gallinas. Pero es difícil imaginar que Manolito fuese el triunfador en la contienda que llegados a cierta edad mantienen los pollos para hacerse con el corral. O sea, que Manolito, de ser gallo, no cobijaría una gallina bajo de sí ni soñando (que no sé si los gallos sueñan; Manolito seguro que sí).

            Pues bien, este ser destartalado, de características semejantes a un galeón sacado a flote después de siglos, este conjunto emblemático de infortunio físico, esta relación antológica de escaseces de atractivo, siempre pone por feo a cualquier otro hombre. Y no quiero abundar más, porque no lo he visto desnudo, ni quiero. Pero seguro que sus piernas, de acuerdo al cuerpo que han de sostener, tienen que ser pajizas; no ya por el color, sino porque no necesitan sino ser pajas. Otras partes… Seguro que lastimosas, a menos que Manolito sea un ser monstruoso en esas partes, y eso no vale para nada, salvo para ser exhibido en una atracción de feria, es decir, en internet. Sería la desgracia completa.

            Decía que siempre califica de feo a todos los hombres. Sin ir más lejos, a mí. Quien me conozca y esto lea habrá comenzado a reírse. ¡Decirme feo a mí! Pues créanlo, amigos, por increíble que parezca: esta especie de monicaco, este espécimen inclasificable, este defecto genético, este catálogo de rugosidades, dice que estoy viejo y feo. ¡A mí! Lo de viejo sea, a qué dudarlo, pero feo…

            Yo lo aprecio, incluso lo quiero, pero, claro, como se quiere a un hijo malogrado o a un barco desconchado.

             Uno de estos días contaba que le había dado un presupuesto a una señora de buen ver (Manolito es pintor de brocha gorda, mono único y escalera corta), y decía: «Ella está muy bien, pero el marido es el más feo del mundo». Yo estuve a punto de decirle que en ese caso él podría considerarse subcampeón mundial en la categoría, pero opté por la lisonja: «A ver si cuando estéis solos ella se te lanza… Pero ten cuidado, no sea que aparezca el feo». Y Manolito, muy pagado de sí mismo, me dijo que sí, que ya tendría él cuidado. Y yo pensé: como no sea de no caerte de la escalera…

            Días después, por una casualidad, conocí al «feo». Mejor dicho, no conocí, sino que supe quién era el marido de la mujer a quien el pintor había dado el presupuesto, y en efecto pintado el piso. Se trata de un hombre que conozco desde su adolescencia, cuando acompañaba a su padre cada sábado y cada domingo a desayunar en mi lugar de trabajo. Algo más de 1.80 cm., moreno de verde luna (excúsenme la licencia), bien hecho e incluso fornido, simpático, con un aire lánguido, un cabello exultante a pesar de sus cuarenta años, unos dientes de anuncio, dos ojos como aceitunas gordales de Benaburque y, por si fuera poco, inteligente. O sea, un ser admirable, digno de cuidarlo, y un cuerpo que para sí quisiera, no ya Manolito, sino más de uno y más de cien mil. Pues ese era el feo, un ejemplar que se disputarían miles de mujeres. Y de hombres ni os digo, amigos  míos.

            Manolito es un caso. Perdido, por supuesto. Si lo será que un día estuvo a punto de atropellar a una pareja —no por su culpa, sino porque tanto ella como él son de esos que se arrojan al paso de peatones como si fuera el sofá de sus casas—, y, lo que pasa con seres de mentes esmirriadas, la pareja se lanzó a protestar, e incluso insultaron a Manolito, sobre todo la fémina, una de esas que parecen querer vengar, aunque sea injustamente, tanto de lo sufrido por las mujeres, mientras nuestro conductor tragaba saliva, aún no repuesto del susto. Yo fui testigo presencial, o directo, no sé cómo se dice. Vamos, que estaba allí. Y entonces Manolito le gritó a la increpante: «¡Señora, que se ha casao usté con el más feo del pueblo!». Y siguió su camino, no sin antes dirigirme una sonrisa, satisfecho. Desde luego no era una beldad, pero en el pueblo hay diez mil más feos que aquel baldragas.

            Es una obsesión, lo de los feos. Lo que más me sorprende es que nunca diga de una mujer que es fea. Con la cantidad que hay de esa clase.

            Ve a un hombre de la China, es decir, un chino: «¡No es feo el chino ese! Ése y todos, porque son todos iguales». Ya eso me subleva. Va a pasar la furgoneta por la ITV y vuelve proclamando que el tío escudriñador de vehículos es más feo que pegarle a un padre. Y así prácticamente todos los días: es feo el barrendero, el pescadero, el de la carne en el supermercado, el repartidor de bombonas, cualquier cliente de cualquier bar que Manolito frecuente, el médico que le atiende en el centro de salud, el joven que pasa corriendo…

            Pero una mañana de abril, estupenda por fina y amable y con una temperatura que ya quisiera uno poder disfrutar todo el año, Manolito, también estando yo presente, dijo, al poco de pasar una pareja de jóvenes cuya pinta no me gustó nada: «Ojú, que tío más feo». No el tío, sino la tía, que tendría un oído tan fino como el mío, se volvió como se revuelve el caballo de un rejoneador y le gritó a Manolito, mientras el «tío», a muy poca distancia, se sonreía, que él sí que era feo, más feo que una multa y más estropeáo que las ruinas de la Expo, y que las Tres Mil Viviendas, y que… Y ahí ya no sigo porque los padres de Manolito salieron, más bien fueron sacados, al baile.

            Pero Manolito no escarmienta. Cuando los domingos sale con algunos amigos a pasear por el campo, no falta que le oigamos decir, al paso de algún carrerista: «¡Sabe que no es feo ese tío!». Cuando alguna vez le den un guantazo no seré yo quien lo devuelva.

            Y Manolito sigue así, como si el sentido de su vida se resumiera en esa especie de máxima: «Tó el mundo es feo». Menos él. Según él.