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LAS MEJORES INTENCIONES (O NO). Pablo Romero Gabella

 

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Erik Bergman

Padre de Ingmar

(1886 – 1970)

 

Ingmar Bergman (1918-2007) al escribir Las mejores intenciones no sólo narraba de forma literaria cómo se conocieron sus padres y cómo llegó él mismo al mundo, sino que plasmaba, como pocas veces se ha hecho, la realidad frente a la idea, el ser y deber ser. En 1992 dicha obra fue guionizada por el propio Bergman y el director danés Bille August le dio forma cinematográfica dando por resultado una película (y serie de TV) enorme.

         La historia transcurre en la ciudad sueca de Upsala entre 1909 y 1918, un periodo crítico en la historia de Suecia por su gran conflictividad social (al igual que el resto de Europa) y que la Revolución rusa acentuaría en la zona báltica con la sangrienta guerra civil finlandesa. En ese contexto Henrik Bergmam (un estudiante de teología pobre y maltratado por la vida) y Anna (una niña bien de una acomodada familia) se enamoran y posteriormente se casan, a pesar de la oposición de la familia de ella. Pudiera parecer una historia romántica más, una bonita lucha por el amor entre clases sociales dispares. No obstante, la historia avanza: la pareja se establece en un pequeño pueblo al norte de Suecia donde es enviado Henrik cuando es ordenado pastor de la iglesia luterana sueca. Allí lo agreste de la naturaleza y de una sociedad polarizada entre trabajadores pobres y un empresario despótico, el señor (Nordenson) hace mella en la pareja. Henrik toma partido por los obreros, e incluso cede su iglesia para sus reuniones durante una huelga, y se enfrenta al patrono. Su religiosidad se vuelve ascética en busca de una pureza de ideales que le permita redimir a su comunidad. Anna se ve desplazada a un segundo lugar, dedicándose a auxiliar a su marido en su trabajo de asistencia social a sus fieles y a darle dos hijos. Además de esto, se harán cargo de Petrus (un niño triste y abandonado por su padre) que encuentra en Henrik, Anna y su hijo a su familia. La austeridad de Henrik frente a lo mundano se refuerza al rechazar el cargo de capellán de un moderno hospital para necesitados que la reina Victoria va a fundar en Estocolmo, donde incluso la pareja irá requerida por la mismísima reina.

         La actitud cada vez más fanática de Henrik en su idea religiosa y moral de desapego al mundo abre una brecha profunda en la pareja que hace que Anna decida abandonar a su marido, embarazada de su segundo hijo,  y volver con su familia a Upsala. Al final, Henrik tras sumergirse en el pozo más profundo de la soledad en busca de una pureza que no llega alcanzar, se rinde al mundo: acepta el puesto en Estocolmo y vuelve a reunirse con su mujer e hijos.

         Bergman nos plantea la diatriba entre el ideal y la realidad. Y como ya hizo en Fanny y Alexander, una década antes, apuesta por la realidad que representa Anna. Es ella la que le dice a su marido que lo deja por «responsabilidad» con sus hijos, que esa vida que le proporciona él los está destruyendo en pos de un ideal absurdo. El propio Henrik en la escena en la cual charla con el padre de Anna, le confiesa que su «fe es infantil». Un infantilismo que encubre la realidad de un hombre confuso, marcado por la miseria en su infancia, por el desprecio por parte de la rica familia de su padre y que le lleva a convertirse en un ser resentido y vengativo. Toda las vestiduras de futuro clérigo no hacen más que ocultar a un hombre que no sabe el verdadero valor del perdón. Cosa que sí aparece en el personaje (en un principio negativo) de la madre de Anna.

Bergman podría haber presentado a su padre como un hombre idealista, desprendido, que proviene del pueblo, que ayuda a los obreros y que acoge a los necesitados. Pero la realidad no es el ideal y es esta la lección máxima de esta grandiosa obra: no por tener las «mejores intenciones» llegamos al bien, al contrario. En muchas ocasiones, como dijo el filósofo del principios del siglo XVIII Bernard Mandeville, los propósitos más despreciables producen consecuencias valiosas y viceversa. Esta idea es la que nos suscita «una mezcla variable de escándalo, fascinación, morbosidad y pavor, pero que es la que en el fondo sostiene y hace funcionar a nuestras sociedades modernas capitalistas del bienestar» (J. María Ruiz Soroa,«¡Claro que era bueno!», El País, 13 diciembre de 2012).

Nos escandaliza que un teórico hombre «bueno e íntegro» no sea más que la otra cara de su rival: el anticlerical y, no obstante, patrono Nordenson, el cual acabaría suicidándose. Se podría pensar que los feligreses de Henrik deberían agradecer que se mantuviera en su pueblo perdido en los bosques boreales al rechazar su ascenso a Estocolmo. Sin embargo, Bergman nos cuenta como esos mismos feligreses, que lo apoyaron en sus comienzos, al saber de su renuncia, lo desprecían porque han entendido su juego. Lo mismo que Tolstoi nos cuenta con su personaje central de Resurrección.  Éste, un rico terrateniente, en un arranque de misticismo les cede todas sus tierras a sus campesinos. Éstos las rechazan porque entienden que si el «amo» hace eso es porque le conviene más a él que a ellos mismos. Esto mismo hacen los feligreses de Henrik: comprenden que su pastor sigue con ellos para demostrarles su superioridad, lo que supone un desprecio para sus humildes vidas. Está con ellos para considerarse «mejor» que ellos, un mártir que lleva al sacrificio a su joven mujer y a su hijito. Esta idea que nos expone Bergman me parece tan valiente y esclarecedora que ilumina muchas acciones de todos aquellos laicos y religiosos que con «las mejores intenciones» han intentado hacer un paraíso en la Tierra y han hecho todo lo contrario, lo han convertido en un infierno.

         Para Anna, que representa al pragmatismo, el mundo debe estar regido por el sentido común y no por martirios en vida, que no hacen otra cosa que provocar sufrimiento. Bergman a través de Anna y su familia, hace una defensa del mundo acogedor de la familia burguesa (tal como hizo en Fanny…). Frente a progresistas amantes hipócritas de la precariedad, Bergman apuesta por el confort que proporciona la familia. Un canto a algo tan vilipendiando como es la burguesía. Porque, al contrario de lo que muchos dicen, no hay dignidad en la pobreza, sino en la lucha por salir de ella. Y no solo en lo referente a la miseria material, también a la miseria espiritual a la cual se ve abocado Henrik.

         Tal como ha visto el articulista José María Ruiz Soroa con el caso de Robespierre, igualmente nos podría servir el de Henrik para el tiempo en que vivimos, tan crítico como el que le tocó a él vivir:

«El mundo se ha desbocado e, incapaces de soportarlo, caemos en la tentación de la moral implacable como remedio a sus defectos. Acabemos de una vez con los vicios, con los zánganos, con los egoístas, con las hipotecas, con los bancos, con los políticos, con los ticos, y así sucesivamente. Todo el mundo se vuelve moralista intransigente a la vista del desastre…Pero cuidado…recordemos que la buenas intenciones virtuosas engendran monstruos.»

Принц (*). De la serie «RECORTES», Nº 95. Por Pablo Romero Gabella

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César Borgia

1475-1507

«La propaganda televisiva alimenta la ilusión de que Rusia volverá a ser una gran potencia si se erige en luz y guía del espacio postsoviético y obliga al resto del mundo a respetarla (ya no pretende ser querida) por su fuerza militar. Es mucho más seguro ser temido que amado. Los hombres vacilan menos en hacer daño a quien se hace amar que a quien se hace temer, pues el amor emana de una vinculación basada en la obligación, la cual (por maldad humana) queda rota siempre que la propia utilidad  da motivo para ello, mientras que el temor emana del miedo al castigo, el cual jamás te abandona.»

[Pilar Bonet, «Putin juega con los rusos y los mapas», El País, 19 de abril de 2014/ Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, Madrid,1993, pág. 88, traducción de Miguel Ángel Granda, 1ª edición en italiano en 1531, sin embargo escrito en 1513]

(*) «El Príncipe» en ruso.

APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS (COFRADES). De la serie «RECORTES», Nº 94. Por Pablo Romero Gabella

 
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(Foto: Manuel Verpi 2014)

 

«En la Semana Santa y siento decirlo y constatarlo todo está sacado de quicio y de canon. De medida. Todo es ya desmedido. La Semana Santa la han tomado las masas, los okupas de las sillas de los chinos. Sillas de los chinos contra sillas de la Carrera Oficial. La demagogia está servida: lucha de clases en Semana Santa. Así nunca se ha visto las cofradías en Sevilla, apalancados. La bulla era otra cosa.  Ahora en muchos sitios, no es ni siquiera bulla: es sencillamente gentuza. Que se ha inventado una Semana Santa incómoda, agresiva, soez, donde no hay forma de ver cofradías sin sobresaltos, sin angustias. Pero la fiesta sobrevivirá y volverá a sus cauces porque esta oscilación de frivolidad oportunista es parte de su propia condición totalizadora. En plena eclosión de nimiedad posmoderna subsiste el núcleo cenital de recogimiento, delicadeza, piedad, sentimiento y elegancia, y ese fondo sustancial permanecerá cuando sobrevenga el reflujo de las tendencias desnaturalizadoras. Nacida del fondo de los siglos, si alguna propiedad intrínseca tiene la Semana Santa es su capacidad para sobreponerse a las modas.»

[Antonio Burgos, «Okupas de Kofradías»/ Ignacio Camacho, «Juego de tronos», ambos en la misma página de ABC Sevilla, 18 de abril de 2014]

«LUMPENTERRORISMO». Por Pablo Romero Gabella (con una pintura de Carmen Palop de la serie «Con los ojos cerrados» 2012)

 

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 Carmen Palop

 

Uno de los hechos que más nos siguen perturbando de la matanza del 11-M es la participación decisiva en la «célula yihadista» de elementos provenientes del mundo de la delincuencia, incluso de la pequeña delincuencia. Tal como describe Fernando Reinares en su obra ¡Matadlos! Quién estuvo detrás del 11-M y por qué se atentó en España (Barcelona, 2014). Además de terroristas con formación universitaria vemos que quienes al final realizaron la ominosa tarea fueron ladrones, traficantes de droga, y demás ralea que tenían su centro de actividad en el barrio madrileño de Lavapiés. Despectivamente se les ha llamado en los algunos medios «los moritos de Lavapiés», porque son todos de origen marroquí (concretamente de las zonas más deprimidas de Tánger o Tetuán). Jóvenes delincuentes liderados por «El Chino» que acabaron volando por los aires en un piso de Leganés, cercados por la policía. Chicos del lumpen, carne de presidio que un buen día se convirtieron en fanáticos religiosos. Un proceso donde tuvo mucha importancia una congregación religiosa y asistencial, mitad ONG, mitad cofradía: «Tabligh Jamaar» (TJ). Según el profesor Reinares «sus adeptos aspiran en última instancia instaurar y extender un dominio islámico».

Pero no solo con piedad se cambia al lumpen, es necesario y fundamental el dinero y para eso contaban con toda una red, extendida por Europa, África y Asia, de financiación de terroristas. Hombres de negocios (legales e ilegales) sustentaban la vida sin oficio de esta plebe frumentaria. Al desarticularse la célula terrorista del 11-M se les encontró más de un millón de euros en efectivo y en droga. Curiosa forma de financiar el rigorismo moral y el ascetismo. Los caminos del señor y del terror son inescrutables. Lo cierto es que los defensores del orden conservador y reaccionario de los regímenes islámicos son los que promueven esta movilización de un lumpenproletariat que nunca pensamos que fuera tan letal para nuestras sociedades.

Y es esto algo que ya estudió Carl Marx en su obra El 18 brumario de Luis Bonaparte(1852). Justamente un año antes, Luis Napoleón era proclamado por las masas mediante sufragio universal «emperador» del II Imperio (1851-1871). ¿Cómo consiguió esto un tahúr cuya mayor baza era su apellido? ¿Cómo consiguió tanto el respeto popular como el de las clases conservadoras burguesas? ¿Cómo lograr corromper a la II República Social que nació de la Revolución de 1848? La respuesta es simple: convirtiéndose en «príncipe del lumpemproletariado». En 1849  Luis Napoléon fundó la «Sociedad del 10 de Diciembre», una sociedad de beneficencia dedicada a las clases más pobres. También ellos tenía su TJ, su cofradía. Pero no era más que una máscara que cubría una red «de sociedades secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas, y un general bonapartista a la cabeza de todas». ¿Quiénes formaban su particular ejército? Marx lo resume en  la «hez, desecho y escoria de todas las clases, la única clase en que puede apoyarse sin reservas». Y también lo concreta en un párrafo memorable de su obra:

«Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos…»

…………Un mundo que nos resulta muy familiar en la trama del 11-M, que conectó a los delincuentes de Lavapiés con los de Asturias; tipos sin escrúpulos que vendían explosivos que se utilizaban en las minas y que celebraban sus reuniones en puticlubs. Todo muy casposo y grasiento, pero terriblemente mortífero.

Volviendo a Bonaparte, gracias a sus células de la Sociedad de 10 de Diciembre paradójicamente logró presentarse ante la clase respetable como el garante del «orden, la religión, la familia y la propiedad». Un mundo de valores morales que se sustentaba en el estercolero social de la «sociedad del desorden, la prostitución y el robo».

         La historia de Napoleón III y su uso del lumpen ya no es familiar, demasiado, en el ejemplo de Hitler y el nazismo. No vamos a incidir en algo ya muy trillado: de cómo un tipo del lumpen como era el joven Hitler vive su conversión, a través de la Gran Guerra, en un fanático iluminado que tiene una misión que cumplir; en cómo organiza a gran parte del lumpen en sus «camisas pardas» o SA, y que luego cuando se presente como defensor del orden y de la sagrada nación alemana elimine en la «noche de los cuchillos largos».

 Como he dijo es bastante conocida esa historia. Veamos cómo los continuadores de las ideas de Marx en la praxis política, veían en el lumpen un elemento positivo para su acción revolucionaria. Para  ello he encontrado las referencias de dos libros que casi se escribieron al mismo tiempo, en 1960. Me refiero a Doctor Zhivago de Borís Pasternak y a Vida y destino de Vassili Grossman.

          Porque en ciertos momentos históricos el lumpen se convierte en instrumento de la revolución, como instrumentos de Alá eran los de la banda de “El Chino”. Tipos dañinos, rencorosos que acaban siendo héroes. Fijémonos en cómo describe Pasternak-Zhivago a un comunista de la primera hornada:

«En aquellos días hombres como el soldado Pamfil Palyj que sin necesidad de propaganda alguna, experimentaban un odio feroz y exacerbado por los intelectuales, los señores y los oficiales, parecían raras excepciones a los intelectuales de izquierda y eran llevados en palmas. Su falta de humanidad parecía un prodigio de conciencia de clase, su crueldad un modelo de energía proletaria y del instinto revolucionario. De esta clase era la gloria de Pamfil, que gozaba de la mayor estima entre los capitanes partisanos y los dirigentes del partido».

Algo muy similar de lo que cuenta Grossman a través de su personaje Liudmila, intelectual comunista convencida, que tras experimentar la bajada a los infiernos de la sociedad siente algo doloroso y oscuro:

………«Y aquellos a los que Liudmila con esperanza y amor había creído estar ligada por los vínculos familiares de las dificultades, las necesidades, la bondad y la desgracia era como si hubieran conspirado para no comportarse como seres humanos. Como si se hubieran puesto de acuerdo para desmentir la opinión de que el bien se puede encontrar infaliblemente en los corazones de aquellos que llevan la ropa manchada y la manos negras por el trabajo».

SUBIDÓN, SUBIDÓN. De la serie «RECORTES», Nº 93. Por Pablo Romero Gabella

 

policíalocal2(Foto: LGV París 2010)

 

«Entre sollozos y tartamudeos nos gritábamos unos a otros frases incompletas, y un observador imparcial habría podido tal vez creer que de nosotros se había apoderado un exceso de felicidad.  Voy todo de subidón porque en las cargas de Recoletos fuimos capaces de rodear a un policía y yo le tiré una piedra en la cabeza cuando estaba en el suelo. Vi cómo aquella figura se estremecía cuando aparecí y cómo me miraba con los ojos muy abiertos, mientras, pérfidamente, me iba acercando hacia ella. Mañana lo veréis en las noticias, quedó inconsciente, se lo tuvieron que llevar arrastrao».

[Declaraciones de M.M.S., 20 años, único detenido tras la Manifestación del 22-M, en Luis F. Durán, El Mundo, 26 de marzo de 2014 / Ernest Jünger, Tempestades de acero, Barcelona, 2011, pág. 247, traducción de Andrés Sánchez Pascual, 1ª ed. en alemán 1920]

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¡VIVA GAMONAL! Por María del Águila Barrios

1000 KILOS DE HACHÍS «ES-FUMADOS». Por Parco Lacónico

COLOQUIOS (177): «MALA CALIDAD [DE INTERIOR]». Gabi Mendoza Ugalde

MERCADERES Y FARISEOS. Por Rafael Rodríguez González

COLOQUIOS (170). Gabi Mendoza Ugalde

LO MEJOR Y LO PEOR. Por Joaquín de Grado

ESPARTA. Por José Manuel Colubi Falcó

COLOQUIOS (37). Gabi Mendoza Ugalde

«NOT DISTURB». De la serie «RECORTES», Nº 92. Por Pablo Romero Gabella

 

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«Se nos dio la orden de no utilizar material antidisturbios y de aguantar sin cargar; y en todo caso, sólo lanzar una pelota de goma. Pero lo peor fue que ningún mando dio la orden de que se apoyara a los compañeros. Encima, los manifestantes, qué mala leche tan jóvenes, no vaya a creer que vinieron a socorrerme, joder, que bien que vieron mi caída y el costalazo. Pues no. No sólo no me ofrecieron una mano para levantarme, sino que un malnacido me soltó una patada en el costado que me acabó de hacer la pascua, qué juventud, mucho hablar de democracia y libertad… Claro que tenían motivos para patearnos, porque nosotros pegábamos fuerte, así ha sido siempre, ahí no valen democracias ni dictaduras: la policía pega fuerte en todas partes, porque eso te lo enseñan en las academias, es la única forma de que se tomen en serio tus advertencias para la próxima vez  ¿qué pasaría?»

[Declaraciones del secretario del sindicato policial SIPE en Luis F. Durán, «Los antidisturbios claman contra sus responsables», El Mundo, 24 de marzo de 2014 / Isaac Rosa, El vano ayer, Madrid, 2012, 1ª edición 2004]

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POLICÍAS EN «CARMINA»:

COLOQUIOS (175). Gabi Mendoza Ugalde
COLOQUIOS (171): «¡HE DICHO QUE SOY COMPAÑERO, COÑO!». Gabi Mendoza Ugalde
COLOQUIOS (153). Gabi Mendoza Ugalde
SUCESOS DE VITORIA DE 1976. En «CARMINA» no olvidamos los muertos de Fraga
COLOQUIOS (17): «BARÇA VERSUS 15-M» (y 2). Gabi Mendoza Ugalde
COLOQUIOS (16): «BARÇA VERSUS 15-M» (1). Gabi Mendoza Ugalde
CARGA POLICIAL CONTRA LOS ESTUDIANTES DE SECUNDARIA EN VALENCIA I. Antonio Luis Albás, (2012)
CARGA POLICIAL CONTRA LOS ESTUDIANTES DE SECUNDARIA EN VALENCIA II (RECTIFICACIÓN). Antonio Luis Albás, (2012)

CONTRA LA ESCUELA (UN RECORTE AMPLIADO). Pablo Romero Gabella

 

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(Foto: LGV París 2010)

 

         Los libros no se leen, a veces, ellos te leen a ti; te leen el pensamiento y se atreven a decir lo que tú no te atreverías a expresar. Los libros son peligrosos, tal como dejó constancia de ello Ray Bradbury en Farenheit 451. Tanto es así que en estos días releyendo un edición de Nikoláy Gogol  Almas muertas (1843), encuentro como apéndice una carta del autor  que comentaba lo siguiente:

«¡Pues es una tontería pretender, como hacen nuestros grandes espíritus, que el hombre se corrige solo en la escuela y no puede luego cambiar el menor de sus rasgos! Una afirmación tan absurda solo ha podido nacer en el estúpido pensamiento de un hombre mundano.»(pág. 503).

En los tiempos que corren, más o menos desde que Kant intentó explicarnos lo que era la Ilustración, decir lo que dijo el meláncolico-depresivo ruso (llegó a quemar la segunda parte de su exitosa novela) es un anatema. ¡Cómo se atrevía! La escuela, ¡por Dios!, si es la base del progreso de la sociedad, si es el pilar de nuestra civilización, si es el pedestal de nuestra democracia, de la ciencia! La sacrosanta institución que nos saca de la barbarie y de las tinieblas de la ignorancia, la madre de todos los males. Y si además es pública, universal y de calidad, pues más aún. Si hasta la tan discutida ley educativa que hoy combatimos en España se titula ley de calidad y en su preámbulo nos dice que no somos nada sin ella. Si las mareas verdes claman en nuestras calles y salas de profesores por ello. ¿No estaremos sacralizando en exceso nuestro papel como profesores y maestros?

Volvamos a los libros (¡ah los libros!). En este caso a un autor contemporáneo y antiguo profesor, Daniel Pennac que en su Mal de escuela (2007) nos dice:

«Honrando en exceso a la escuela, te halagas a ti mismo [al profesor] como quien no quiere la cosa, te presentas más o menos conscientemente como el alumno ideal. Y al hacerlo disimulas los innumerables parámetros que tan desiguales nos hacen en la adquisición del saber: circunstancias, entorno, patologías, temperamento…¡Ah, el enigma del temperamento!» (pág. 228).

¿Somos tan realmente indispensables los maestros y profesores? Eso pensaron Bouvard y Pécuchet, los dos protagonistas del último e incloncluso libro de Gustave Flaubert, allá por el 1881. Dos tipos que hoy llamaríamos frikis y que se propusieron gastar la herencia de uno de ellos en ser los mejores en cualquier campo del conocimiento: arquitectura, arqueología, botánica… y por supuesto en pedagogía (curiosamente escribiendo este capítulo Flaubert pasó a mejor vida y no pudo terminarlo). Pues tras fracasar en otras esferas científicas emprenden la honrosa tarea de fundar una escuela basada en la pedagogía moderna. Los resultados, como no podían ser de otra manera, son desastrosos. Leamos  una de sus conclusiones al respecto:

«Para los niños el futuro no existe. Era inútil saturarlos de esta máxima: “El trabajo es honorable y los ricos suelen ser desdichados”. Habían conocido trabajadores nada honrados y recordaban el castillo donde la vida parecía buena. Los suplicios del remordimiento les eran pintados con tanta exageración que olfateaban la burla y desconfiaban del resto.» ( pág. 265).

¿Exageramos el poder transformador de nuestro trabajo? Esto es justamente todo lo contrario de lo que nos dicen los medios de comunicación (en campañas financiadas por editoriales) y nuestros gobernantes. Todo lo contrario de lo que pensaba la escuela regeneracionista que comenzaba con el axioma de Joaquín Costa de despensa y escuela, y que continuaron probos intelectuales como Francisco Giner de los Ríos («¡por una senda clara!») u Ortega y Gasset, que nos decía en 1910, para solaz de los constructivistas actuales:

«La pedagogía, en cuanto ciencia, puesto que trata de modificar el carácter integral del hombre, halla ante sí dos problemas: es el uno determinar la forma futura, aquel tipo normal de hombre en cuyo sentido ha de intentarse variar al educando: éste es el problema del ideal educativo… El pedagogo comparte con los demás hombres la responsabilidad de lo actual; pero además , como es el preparador de lo futuro, pesa también el porvenir sobre su responsabilidad. Nosotros somos lo que en los sueños de nuestros padres y maestros se movía oscuramente: los padres sueñan a los hijos y un siglo al que le sucede» ( pág. 46).

¡Ah la pedagogía! Base angular del proyecto social. Al respecto Pennac escribe (y algo sabrá de eso, digo yo):

«Sucede con la pedagogía como con todo lo demás: en cuanto dejamos de reflexionar sobre casos particulares (pero, en este campo, todos los casos son particulares), para regular nuestros actos, buscamos la sombra de la buena doctrina, la protección de la autoridad competente, la caución del decreto, el cheque en blanco ideológico» (pág. 118).

¡Dadnos un punto de apoyo (ley, decreto, orden, programación didáctica) y transformaremos el mundo! Porque al fin y al cabo lo que muchos buscan es el asidero legal para justificar su tarea heroica en su lucha contra la ignorancia. ¡Dadnos un Pacto por la Educación que salve al país!… y por supuesto, dadnos un buen sueldo. A fuerza de halagos estamos perdiendo el sentido de la educación ¿o del aprendizaje? ¿Qué somos: enseñantes o educadores?

Defendiendo y sacralizando la educación nos envolvemos en las grandes ideas de la Ilustración que no nos dejan ver la realidad diaria en las aulas. Dejemos por un momento nuestro halo prometeico y veamos la realidad. Nuestro trabajo es, sin duda, importante pero no depende en exclusiva de nosotros, no nos halaguen unos y otros para hacer todo lo contrario: eludir la responsabilidad que cada uno tiene. Porque también producimos monstruos. Es curioso señalar que en la novela Sin novedad en el frente (1929) de Erich Maria Remarque, el personaje malvado (además de los barrigudos generales sin sentimientos) es el profesor, el señor Kantorek. Este personaje es el que lleva a sus pupilos, en agosto de 1914, de los pupitres a la oficina de reclutamiento. Y el autor nos dice:

«Ese género de educadores lleva casi siempre preparado su patetismo en el bolsillo del chaleco, para distribuirlo en cualquier momento, en forma de lecciones.» ( pág. 15).

Lo mismo que hace el profesor-reclutador en la novela de ciencia-ficción Starship Troopers  (1960) de Robert A. Henlein y que Paul Verhoeven llevó al cine en 1997.

Y si siguiéramos en un hipotético catalogo de profesores malvados,  siempre (al contrario que muchos compañeros de mi generación) me ha parecido particularmente empalagoso el personaje del profesor protagonista de la película El club de los poetas muertos (1989). Sí ,el de «¡Oh capitán, mi capitán!». Como vemos no todos los profesores somos unos héroes como el que representa Fernando Fernán Gómez en La lengua de las mariposas (1999). Y no les voy a destripar el final de la película.

Bajemos del Olimpo educacional al que falsamente nos han encumbrado con zalamerías ilustradas, y pensemos lo que les dice a sus alumnos el maestro de esa película tan poco vista por televisión (¡donde va a parar si la comparamos con la de Michel Pfeifer dando mandobles en Mentes peligrosas!) que es La piel dura (1976) de François Truffaut:

«La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles… Más adelante tendréis hijos, y yo espero que vosotros los queráis y que ellos os quieran. En realidad, ellos os querrán si vosotros los queréis. Si no, traspasarán su amor o su afecto, su ternura, a otras personas o a otras cosas. Porque la vida está hecha de ese modo: no podemos vivir sin querer y ser queridos»

Y aunque suenen estas palabras un poco cursis o trasnochadas en ellas hay una gran certeza. La misma que guía a los últimos ejemplos de maestros que citaré  y que son mis preferidos: los del profesor Gao y su sustituta la maestra interina Wei que enseñan en una mísera escuela (sin pizarras digitales, ¿es esto posible?) en el interior de la China rural, en la película de Zhang Yimou Ni uno menos (1999). Si han tenido paciencia para llegar a este punto, veanla… se lo dice el profesor.

[Libros citados:

FLAUBERT, G., Bouvard y Pécuchet, Tusquets, Barcelona, 2009 (traducción de Aurora Bernárdez).

GOGOL, N., Almas muertas, Edaf, Madrid, 2006 (traducción de Rodolfo Arévalo).

ORTEGA Y GASSET, J. «La pedagogía social como proyecto político», en Escritos políticos, Alianza Editorial, Madrid,1990.

PENNAC, D., Mal de escuela, Debolsillo, Barcelona, 2011 (traducción de Manuel Serrat).

REMARQUE, E. M., Sin novedad en  el frente, Ed. Orbis, Barcelona, 1999 (traducción de Aurelio Garzón y Fermín Soto).

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EN «CARMINA» LEA, TAMBIÉN, AL AUTOR EN:

La serie «RECORTES» de Pablo Romero Gabella

«GALIPOLI REDUX». De la serie «RECORTES», Nº 91. Por Pablo Romero Gabella

 

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(Foto: LGV Estambul 2007)

 

«El enemigo se veía llegando a las murallas de Galípoli y estrechaba a los sitiados; y como en las ordinarias escaramuzas se perdía gente de nuestra parte, resolvieron de salir a pelear con todas sus fuerzas y aventurar en un trance de una batalla su vida y libertad: consejo que le deben seguir los que no pueden largo tiempo conservar la guerra. Cuando llegaron noticias del desembarco de las fuerzas del ANZAC, otros comandantes se mantuvieron en sus posiciones y solo Mustafá Kemal Atatürk se atrevió a marchar hacia la costa. Envió a sus tropas por la carretera mientras él marchada con su caballo campo a través. Al llegar a la zona de combates se encontró con soldados otomanos que se retiraban tras ser arrollados por el avance australiano. Les ordenó que le siguieran con estas palabras: “No les pido que ataquen, les pido que mueran. Eso dará tiempo para que otros turcos ocupen nuestro lugar”. Kemal resistió hasta la llegada de su regimiento para hacer retroceder  a las fuerzas del ANZAC hacia el playa. La huida les hizo dejar las armas, con que apretados pudieron defenderse de los nuestros, que esparcidos, cansados y pocos, le seguían.»

[Francisco de Moncada, Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, Barcelona, 1987, pág 133 y 135, 1ª edición, 1623 / Juan Carlos Sanz, «Los mitos de Galípoli», El País Semanal, 23 de febrero de 2014]

11M + 10. Por Pablo Romero Gabella

 

2 brocante de Montmatre 06(Foto: LGV París 2006)

 

A mis alumnos de 4ºB del IES Generalife (Granada),

 curso 2003/2004

 

El profesor llegó con todos los periódicos del 11 de marzo. Propuso a sus alumnos que hicieran lo imposible en aquellos días para muchos: intentar ser objetivos. Que pensaran en realizar una redacción histórica como si ya hubieran pasado diez años del atentado. Deberían entregarlo el lunes 15 de marzo, al día siguiente de las elecciones. Todos lo hicieron, 30 en total.

Los diez años han llegado y el profesor me ha enseñado los folios manuscritos, los guarda como un tesoro. Hoy estos alumnos tendrán entre 25 y 26 años.

Leo lo escrito por una alumna, en su composición titulada «Décimo aniversario del 11M», y fechado un  «Miércoles, 11 de marzo de 2014»:

«Hoy, diez años después, a las doce del mediodía,  se realizará un paro para guardar cinco minutos de silencio por las víctimas de los atentados, y al igual que todos los años, a las siete de la tarde habrá una manifestación en la que se volverá a pedir una solución: el fin del terrorismo, que hace 10 años veíamos tan lejos y está más cerca».

Otra alumna terminaba así:

«A partir de este día se empieza a escribir la historia de España con otra concepción, ya que esto marcó profundamente a los españoles».

ИМПЕРИЯ (*). De la serie «RECORTES», Nº 90. Por Pablo Romero Gabella

 

moscu-13-1997-lgvCatedral de San Basilio

(Foto: LGV Moscú 1997)

 

«El Consejo de la Federación o Senado se reunió urgentemente para votar la autorización de emplear las Fuerzas Armadas en un país extranjero, como lo exige la ley fundamental de Rusia. La presidenta de la Cámara Alta, Valentina Matviyenko, abrió la sesión extraordinaria alrededor de las 18:30 hora de Moscú y dio la palabra al representante del Presidente, Grigori Karasin, quien procedió a leer desde la tribuna la petición oficial presentada por el Jefe del Estado: “En vista de la situación extraordinaria creada en Ucrania y de la amenaza a la vida de ciudadanos de la Federación Rusa, de nuestros compatriotas de los efectivos del contingente militar de las Fuerzas Armadas emplazadas en territorio de Ucrania (República Autónoma de Crimea), en concordancia con el punto g (**) de la primera parte del artículo 102 de la Constitución presento ante el Consejo de la Federación la petición de utilizar las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa en territorio de Ucrania hasta la normalización de la situación sociopolítica en ese país. Se pone en pie ante el enemigo Rusia, llamada a la batalla, se pone en pie para la gran empresa guerrera con el hierro en la mano y la cruz en el corazón… El Señor ve que no levantamos las armas movidos por un belicoso propósito o por el deseo de alcanzar la gloria perecedera de este mundo, sino que luchamos por una causa justa, en defensa de la dignidad y la seguridad de nuestro imperio, colocado bajo el amparo de Dios…»

[Rodrigo Fernández/Pilar Bonet, «El Senado ruso aprueba por unanimidad el uso del Ejército en Ucrania», El País, 2 de marzo de 2014/Alexandr Solzhenitsin, Agosto 1914, Barcelona, 1974, pág. 17, traducción de José Laín Entralgo y Luis Abollado Vargas, 1ª edición en ruso, París, 1971]. 

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(*) Imperio en ruso.

(**) Las negritas son mías.