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PATRAÑAS. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

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Sin título

(Técnica mixta sobre tabla)

Rafael Luna

La película era de tomo y lomo. De irse a poco de empezar. De ponerse a charlar con el vecino o recostarse en el asiento para echar una siestecita. Nadie podía saberlo antes de haber comprado la entrada y entrar en la sala del Salón Gutiérrez de Alba. Los que sí estaban al corriente eran la taquillera, el portero, el acomodador y el encargado de la proyección. «El Titán de Creta», se llamaba el spaghetti antiquitas.

            El público, a las cinco de la tarde del sábado, era mayoritariamente infantil. Más tarde, en la sesión numerada, a la que acudían parejas y personas mayores, la película sería otra. Y según de qué tratara tendría cortes o no. «El Titán de Creta» se proyectaba en su insufrible integridad.

            Los mozalbetes que ocupaban el gallinero estaban deseando, como cada sábado y cada domingo, la más mínima ocasión para la gran pataleta: la llegada de los buenos para salvar de los malos a otros buenos, la paliza final del justiciero al pérfido… Pero en «El Titán de Creta» no había opción: la película mostraba, de principio a fin, a un musculoso cretense que propinaba mamporros a diestro y siniestro sin que ni él ni otras criaturas inocentes (la guapa de turno, el padre de la guapa, el siervo simpático) se vieran en peligro en ningún momento del metraje. El colmo de los despropósitos cinematográficos. La ausencia de emoción. El tedio.

            De repente, un rumor, creciente por momentos, contagiosamente perturbador, recorrió la sala. Nadie sabía lo que pasaba. No era sino que por el pasillo central rodaba una sandía. Pero como en la oscuridad no se podía distinguir qué causaba el runrún, la mayoría de la gente, fuese joven o vieja, se levantó de los asientos, alarmados algunos, curiosos todos.

            De repente, la luz se encendió y todo el mundo pudo ver al acomodador, al fondo de la sala, bajo las imágenes ininterrumpidas de «El Titán de Creta», levantando la sandía sobre su cabeza. El patio y el gallinero estallaron en un aplauso que ya hubieran querido para sí la Callas o la Caballé.

            Quedamos en que eso fue el sábado. El martes, porque los lunes sólo salía «La Hoja del Lunes» (¡qué descanso más añorado!), en el «Sevilla» —diario de la tarde— se pudo leer una reseña en la que se aseguraba que la película «El Titán de Creta» había obtenido un éxito clamoroso, hasta el punto de haber prorrumpido el público en entusiasta ovación mucho antes de finalizar la película. La información no precisaba en ningún renglón en qué cine, ni en qué pueblo o ciudad, había ocurrido el acontecimiento. Entonces, como ahora, los periódicos mentían a tope, pero en aquel tiempo eran más graciosos los embustes. Menos sofisticados.

            El «Sevilla» era lo peor de lo peor en todos los órdenes. Un día recibió la visita del máximo responsable de la Prensa del Movimiento, a la que pertenecía el periódico. El jerarca preguntó al director: «¿Ustedes cuántos tiran?». «¿Nosotros?, casi todos», fue la respuesta.  

            Añadamos, por abundar un poco en lo que antes decía sobre los embustes, lo que sucedió en el bar que tenía Vicente-No-Me-Pegues frente al Ayuntamiento. Un viajante repasaba el periódico —en este caso no era el «Sevilla»— mientras decía en voz audible y un tanto airada que él había estado en tal sitio y no había visto tal cosa, que lo mismo en tal otro, que en la zona en que se decía que se había arreglado la carretera ésta seguía siendo un camino de cabras… Hasta que un jefecillo local, harto de oír a tan revelador testigo viajero, le dijo, seca y amenazadoramente: «¡Usted lo que tiene que hacer es viajar menos y leer más la prensa, cojones!». 

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TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

EL TUFO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

EL TUFO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

Jugadores de cartas, 1936
Amelia Peláez
(Yaguajay, 1896-La Habana, 1968, Cuba)
 

Ocurrió en 1952 en la calle la Mina, una noche de Enero. Protagonistas, una pareja de guardias civiles, un tabernero, su mujer y seis jugadores de cartas. Vamos a ponerles nombres. Los guardias no los necesitan, eran números. El del tabernero Eusebio, y su mujer Vicenta. A los jugadores mejor conocerlos por sus motes o por sus apelativos familiares: el Quinqué, Joselito, el Jabonero, el Peceño, el Candonga y el Quisco.

            Todo esto me lo contó pocos años después mi abuela, que era la que me contaba estas cosas. Ella nunca quiso ocultar a los niños que la vida es tragedia.

            Los «beneméritos» hacían su ronda habitual; habitual en lo que se refiere al horario, que no al itinerario. Los agentes llevaban fusiles, capas, frío, pensamientos. Y tricornios. Tricornios de esos achatados, que no eran ni son tricornios.

            Dentro de la taberna, a puerta cerrada —eran las doce—, los seis adictos a la baraja dieron comienzo a la partida en un cuarto contiguo al salón del bar. Vicenta y Eusebio  pasarían unas horas atentos a las llamadas de los reunidos: yo quiero coñac; trae una botella de Mantecoso; a mí tráeme una copita de Guadaíra; tráete unos cachitos de queso y bacalao… Y tener preparado café, y cuidar de que los braseros estén candentes, y tener las velas encendidas encima del mostrador, y el tabaco a mano…

            De la chirlata saldrían de vez en cuando algunas imprecaciones del perdedor de turno, y lo mismo se oiría el bufido de satisfacción del triunfante, y el chasquido de los mecheros, las escasas risas, los breves comentarios. Todo como de costumbre.

            A la una y media llamaron a la puerta. Temeroso de que la entidad llamadora fuese la que pensaba, y dejando pasar unos instantes, Eusebio dijo, alzando la voz pero sin llegar al grito, como tranquilo: «¿Quién es? Ya voy». «¡Guardia civil, abra!». «Qué alegría», musitó el atribulado tabernero elevando los ojos al techo.

            Nada más oír el requerimiento, Vicenta apagó la luz del reservado y cerró la puerta, no sin antes haber hecho una señal a los reunidos para que se mantuvieran en total silencio. Los seis asintieron con la cabeza.

            Entraron los números. Qué pasa, cómo están ustedes todavía levantados, con lo buena que está la cama… Vicenta, que antes de la entrada de los uniformados ya había cogido un estropajo y limpiaba con más energía que nunca, respondió rápidamente, conocedora de la torpeza de su marido en esas y parecidas circunstancias: «Nada, que hay que aprovechar para hacer limpieza». «Pues encienda usted la luz, señora, que así se trabaja mejor», dijo con cáscara uno de los números.

            Eusebio se dirigió al otro par, después de haber cumplido la recomendación del de la cáscara: «¿Y qué van a tomar los señores agentes?». Los señores agentes tomaron café dos veces, y coñac otras dos. El matrimonio sentía como si la estancia de los números se prolongara hasta el infinito, como si dijéramos infinitesimalmente. Los guardias no, a ellos les esperaba fuera el frío de la madrugada.

            Transcurrida casi una hora desde la llegada de los encapotados, un fuerte tufo alarmó a los presentes. Vicenta advirtió enseguida que el humo salía por debajo de la puerta de la habitación de marras. Su grito hizo que los guripas, instintivamente, echaran mano de los fusiles.

            Reaccionaron los guardias, y al percatarse de lo que podría salir de aquella estancia abrieron la puerta de la calle y la del patio, y sólo entonces procedieron con la de la humareda, que les echó hacia atrás nada más entreabrirla. Pasado un rato, desde el umbral, cubriéndose aún la nariz y la boca con las capas, pudieron vislumbrar el espectáculo: seis cuerpos, unos sentados, otros en el suelo, deshabitaban el cuarto.

            A las pocas horas, don Paulino, que sólo tuvo que recorrer los pocos metros que separaban su casa de la de los hechos, certificó la muerte por asfixia de los seis jugadores, causada por inhalación de gas tóxico. Comprobóse también que el humo fue producto de dos o tres tizones presentes en uno de los dos braseros, o en los dos, que Vicenta había dispuesto para los reunidos.

            La calidad del cisco siempre ha sido cosa de suma importancia. Emilio el carbonero siempre negó, a preguntas de la clientela, que Vicenta lo comprase en su establecimiento, tan cercano a la taberna. Emilio era hombre sumamente formal, como suele suceder con las personas de nariz prominente. No es que Vicenta hubiera afirmado lo contrario, pero la gente preguntaba y preguntaba, y Emilio, que además de serio era paciente, venga a negar. Y en eso no se parecía a San Pedro.

            El carbón y el cisco de Emilio siempre fueron los equivalentes a los dulces de la confitería de Rufino, en Aracena: máxima excelencia. Puede asegurarse con total rotundidad que esos tizones no salieron de la carbonería de Emilio. ¿De cuál, entonces? Pues había cinco o seis más, además de gente que vendía por la calle. Tenía tizones, la cosa.

            El asunto no acabó tan mal como cabía prever. Los de las verdes guerreras y negros correajes declararon que habían accedido a la taberna a requerimiento de Eusebio. Que según éste y su esposa los atufados se habían encerrado en el cuarto, a pesar de que los dueños habían intentado impedirlo. Y que el tabernero, al ver el humo salió a la calle a pedir auxilio, momento en que ellos, los guardias, pasaban por allí en el cumplimiento del deber. 

            Hubo multa para Eusebio, y el cierre del ambigú por tres meses. Y el traslado, pasado el tiempo, de los dos números, uno a Obejo y el otro a Jerez de los Caballeros. Y seis entierros, no precisamente de los que se suelen hacer en las partidas de cartas.         

            «Mejor que te jarten de hostias que jartarte de humo», decía un refrán verdadero por aquellos días.

 

TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

Foto: ODP 2011

 Si lo ocurrido en la puerta del bar Garvi no mereció la atención ni siquiera de los medios locales (y todo porque no hubo víctimas que lamentar gracias a mi temple), la misma suerte corrió lo que enseguida cuento, y eso a pesar de que en este caso sí hubo una víctima, por más que el muerto, para todo el mundo, no llegara a alcanzar tal consideración.

            No puedo dar detalles. Ni nombres ni localizaciones puedo señalar, porque el caso (que, ya digo, periodísticamente nunca llegó a serlo) podría reabrirse y encontrarme así yo en una situación que, primero, nada resolvería a estas alturas; en segundo lugar, que me perjudicaría tanto como pueden ustedes imaginar: molestias mil, habladurías, preguntas por la calle, visitas de la policía, idas y venidas al juzgado…

            Lorenzo (vamos a llamarle así) era un hombre viejísimo. Piel y huesos formaban ya  en él un todo casi único, si no fuera por las vísceras que aún mantenían en pie el conjunto. Si tenemos en cuenta que fue sargento en la Guerra de España (elevado a ese grado porque sabía leer y escribir), y que murió en 2009, podemos hacernos una idea de su edad final. No obstante, sus palabras evidenciaban una lucidez, si no Joseluisampendrina, sí mayor que la de muchos seres de mucha menos edad. Lorenzo había vivido siempre solo. Su vida laboral no ocuparía, la verdad, ni una milésima parte de la mitad de un A-4, y su afición más conocida era dar de comer a un gran número de gatos. (Es curiosa la coincidencia, que no será más que eso, coincidencia, de que casi todas las personas más que abúlicas tengan tanto cariño a los gatos, los abúlicos por excelencia). Por otra parte, Lorenzo tenía fama, como tantas otras personas de parecido estilo de vida —en algunos casos ha resultado cierto— de guardar una buena morterá, cuya procedencia nadie, entre quienes le asignaban tanto dinero oculto, sabía determinar. 

            Como yo pasaba a diario por la calle en que tuvo su penúltimo domicilio, y desde siempre nos habíamos tratado, a veces me llamaba para que le ayudara a cambiar la bombona, o para cualquier otra pequeña faena que requiriera de alguna fuerza física superior a la suya, es decir, de cualquier fuerza física. Al entrar en aquella casa me daba la impresión de que si yo diera un salto, al caer, con mis cien kilos largos, caerían también por lo menos algunos tabiques y hasta un techo que siempre evité tener encima ni por un momento. Recuerdo perfectamente que comenté a varias personas ese detalle, o impresión, de que parte de la casa podía caerse tan sólo con pegar un salto.

            Aquella casa se vendió y Lorenzo estuvo a punto de quedarse en un sitio tan acogedor como lo es la calle. Por consejos jurídicos que le dieron, el propietario saliente arrendó para Lorenzo dos habitaciones dentro de una casa destinada a la demolición en cuanto lo exigiera la posibilidad de edificar. Era una casa sin vecinos próximos, aislada; podríamos decir que casi en medio de un desierto residencial. Pero, como ya remitía la fiebre edificadora, Lorenzo habitó en aquel reducto dos años más.

            Desde entonces no vi más a Lorenzo por la calle. Antes me lo encontraba a la salida del supermercado más próximo, cargado con unas bolsas semivacías, que, aun así, me parecían excesivas para aquellos brazos tan escuálidos, en los que lo único que sobresalía eran las venas cansadas de sangre y sobre todo de serlo. «Oye, ¿sabes algo de Lorenzo?», preguntaba a algunos conocidos. Nada sabían. Lorenzo hacía mucho tiempo que había pasado al departamento del olvido colectivo. Casi todos ni siquiera caían en la cuenta de quién era o había sido. Bueno, alguno decía: «¡Ese tiene que estar criando malvas desde hace unos cuantos años!».

            Un día lo sacaron, después de varios de fallecido, de entre los escombros de aquella su última residencia (que estaba lo mismo de ruinosa que la penúltima). ¿No creen ustedes, como yo, que alguien pudo saltar, haciendo caer algunos de los elementos de la casa? Pero, ¿cómo encontrar al culpable ahora, después de tanto tiempo? ¿Cómo dar con el desaprensivo que creyera lo de que Lorenzo estaba «forrado»? Pero lo que más me ha impulsado a escribir sobre esto es el despecho que me produce que un caso como este no se haya tratado en la prensa y haya pasado prácticamente inadvertido. Desde luego, en otros tiempos no hubiera ocurrido así. Pero como ahora hay tanto material fácil en la televisión y en los demás medios, no hay espacio para estos casos tan enigmáticos.

 

MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

Foto: LGV 1996

 

Lo de creerse alguien, sea en el ámbito o parcela que sea, es cada día más común, de manera que de aquí a poco apenas quedará alguien que no sea alguien. A uno a quien llamaremos Manolito le fue dado ser alguien una vez que le invitaron a cantar saetas en Sevilla. Y no es que hasta entonces Manolito no se hubiera esforzado en ser alguien. Bien al contrario, Manolito estaba siempre metido en cuantos certámenes y concursos de saetas se prodigan en nuestro pueblo y en tantos otros, si bien la mayoría de las veces sin haber podido subir al escenario. Pero Manolito no perdía oportunidad de cantar saetas: en los bares en que se lo permitían, en guisos a que asistía, y hasta en la Feria y en comuniones. Lo más notable —quizás lo único— en el cante de Manolito era lo estruendoso de su sonoridad. Diríase que los órganos vocales y bucales y los pulmones de Manolito fuesen animados por el dios Pan en uno de sus frecuentes enfados. Tanto era así que cuando la Hermandad del Santo Entierro recuperó la figura de «La Canina», Manolito quedó avisado: «No le cantes a La Canina, que seguro que la desbaratas».

            Y como nunca faltan personas que creyéndose listas —otra forma de ser alguien— rondan a las para ellas más o menos deficientes, tres o cuatro llevaron a Manolito a Sevilla una mañana de Martes Santo. «Le vas a cantar a la del Cerro», le habían dicho la tarde anterior. Aparcaron donde pudieron y a eso de las doce del mediodía ya estaban en la puerta de un bloque de pisos de la avenida Ramón y Cajal. Subieron a la novena planta y allí les abrió la puerta del piso nada menos que un tal Pepín, célebre en Alcalá y en más sitios precisamente por ser alguien. Alguien infausto y deleznable, un señorito caduco, de aquella malvada estirpe de señoritos caducos. Algunas copas, muchas copas, demasiadas copas, algunas rayas —Manolito no—, mientras el regocijo de los cuatro o cinco crece: las consabidas carcajadas lacrimosas, las seudofrases pletóricas de la más baja chacota…

            Ya suena la música, ya está aquí la procesión. Manolito, venga, que esta es la tuya, a triunfar. Y Manolito, rodeado de los cuatro o cinco, se asoma al balcón, sin que la jumera le eche para atrás; al contrario, está lanzado: por fin va a cantar en la Semana Santa de Sevilla. La altura le parece excesiva, nada menos que un octavo piso. Pero él tiene fuerza para eso y para más. Ya está ahí abajo —¡qué de abajo!— el paso de Cristo, y Manolito empieza su saeta. Se esfuerza como nunca. Manolito se inclina hacia adelante, se rompe su garganta con el cante hecho grito. Y el aire con su grito también se rompe. Nadie puede sujetarlo y tampoco intentarlo. Manolito, alto, delgado, cae al vacío y se estrella, abajo, tan abajo, en medio del horror de los congregados. (Ver la edición de El Correo de Andalucía, o la de ABC, o la de Diario16, del 18 de Abril de 1984).

 

TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

 

TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

Rafael Gómez Ortega

apodado El gallo o el Divino Calvo

1882-1960

 

Han sido varias las veces en que mi calvicie ha servido para que se mofen unos cuantos tarados. En todas las ocasiones ha sido mientras transitaba por la calle, o sea, que aún no ha habido alguien tan imbécil como para llamarme por teléfono y desollarme a cuento o a cuenta de la relativa falta de pelo que ostento en la parte superior del cráneo.

            La última por ahora fue mientras me dirigía a la calle Mairena vía Callejuela del Carmen. En la puerta del bar Garvi, tres hombres jóvenes, altos y muy fornidos, algo colocados, pareciéndome no ser de Alcalá, fumaban y bebían, mientras soltaban grandes risotadas. No húbeles rebasado tres metros cuando uno de ellos dijo, estentóreamente: «¡Calvo Sotelo!». Di, indignado por tamaña necedad, unos pocos pasos más, pero volvíme. Mientras acercábame al grupo refrendéme en la apreciación de que cualquiera de ellos, con un solo pellizco que diérame, causaríame una lesión bastante considerable. Los tres mantuvieron, mientras hablábales, las tristes sonrisas propias de tontos que no saben que lo son (véase www@losquelosomos.com).

            «¿Ustedes saben a quién me parezco yo?», inquirí con mi mejor voz varonil, e incluso pronunciando como si no fuera de aquí, sino vasco o por lo menos alto castellano. Uno negó con la cabeza, otro frunció la casi babeante boca y el tercero encogió los hombros. («Vaya, no son iguales», me dije). «Yo me parezco a Rafael el Gallo —proseguí—; ¿saben ustedes quién era Rafael el Gallo?, ¿no?, sí, hombre, el hermano de Joselito el Gallo. Ese hombre, que era igual de calvo que yo, fue un gran torero. Mató muchos toros, pero no mató ningún cabestro. Pues gracias a ese parecido vais a seguir con vida».

            Cuando franqueé la esquina me dieron ganas de saludar al público. (El rebufo todavía lo siento en la espalda).

 

 

MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

 LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

EL TUFO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

PATRAÑAS. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

LA PISTOLA DE BELTRÁN. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO») 

EL BARCO (POEMA DE PABLO NERUDA). Por Rafael Rodríguez González

Sevilla 21 de mayo de 2011
Fotos: LGV

Estos versos de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto —cómo no salir poeta con ese nombre—, podrían servir, al igual que tantos suyos, de portavocía poética del Movimiento 15-M, ese verdadero ejemplo, entre otras muchas cosas, de amor propio y colectivo. Esa combinación (junto a otras, junto a otras) ha sido esencial en la realización de las gestas más positivas de la Historia. Es muy simple, pero no es nada sencillo. Yo no soy tan optimista como nuestro verdadero ¡tan verdadero! amigo José Luis Sampedro, pero no hay más remedio que afanarse en hacer lo que en cada momento haya que hacer, siempre con el rumbo bien claro: la superación de la opresión-explotación del ser humano por el ser humano. (Rafael Rodríguez González)

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo

por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?

Queremos mirar las nubes,

queremos tomar el sol y oler la sal,

francamente no se trata de molestar a nadie,

es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:

pasa el mar, se despide la rosa,

pasa la tierra por la sombra y por la luz,

y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces, qué les pasa?

Por qué andan tan furiosos?

A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos

que todo lo tenían ocupado,

las copas, los asientos,

las camas, los espejos,

el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta

que no tenemos mesa.

No puede ser, pensamos.

No pueden convencernos.

Estaba oscuro cuando llegamos al barco.

Estábamos desnudos.

Todos llegábamos del mismo sitio.

Todos veníamos de mujer y de hombre.

Todos tuvimos hambre y pronto dientes.

A todos nos crecieron las manos y los ojos

para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,

que no hay sitio en el barco,

no quieren saludarnos,

no quieren jugar con nosotros.

Por qué tantas ventajas para ustedes?

Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

No me gusta en el viaje

hallar, en los rincones, la tristeza,

los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño

y menos, menos, menos para el próximo invierno.

Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta

al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa dónde vamos a comer,

dónde nos sentaremos si no tenemos silla?

Si es una broma triste, decídanse, señores,

a terminarla pronto,

a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE CUARTA O «PALABRAS PARA JULIO» DE ANDRÉS ASIDO). Por Rafael Rodríguez González

 

 

Andrés Asido tenía varios sobrinos. El menor de ellos, Julio, era hijo de su hermana pequeña, Constanza, maestra de escuela, y del afamado constructor de guitarras Dionisio Clavijero Puente. Vivían en Madrid. Al pequeño Julio, que se encontraba postrado en cama aquejado de la enfermedad que se lo llevó antes de cumplir los nueve años, su tío le dirigió varias cartas. La que sigue es una de las que cuya copia (Asido las hacía, como ya he dicho) pudo conservar mi abuela.

 

XIV.XI.MCMXXIV

 

Querido Julio:

 

            Hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era un chiquillo como tú lo eres ahora, las semanas no tenían siete días, ni los años doce meses. Los días sí tenían veinticuatro horas, como ahora, pero en realidad lo que se tenía en cuenta eran las mañanas, las tardes y las noches. Las horas se contaban más que nada para el tren, y la mayoría de las veces sólo servían para medir el retraso con que llegaba. Eso del tren, pensarás, también ocurre hoy, como le habrás oído a decir a tu padre, y llevarás razón no sólo al pensarlo, sino también si lo dices. La verdad nunca es mala, ni es mala decirla. Lo que pasa es que hay que decirla en el momento apropiado y de la manera en que hay que decirla. Esto ya lo irás comprendiendo. Pero recuérdalo desde ahora.

            Entonces, como sigue sucediendo en estos tiempos, había gente que dormía de noche, pero otra gente lo hacía por las mañanas y otra por las tardes. Así que las personas se dividían en tres grupos a la hora de dormir, aunque no es así como debe decirse, porque cada una de las partes nunca dormía al mismo tiempo que las otras dos, y a cada una de estas dos partes le ocurría lo mismo que a las otras, así que no había una hora de dormir, sino varias, porque fuese por la mañana, por la tarde o por la noche, la mayoría de la gente dormía más de una hora.

            Ojalá (qué palabra tan bonita ¿verdad, Julio?) que cuando seas un poco mayor te des cuenta de que la vida no debe medirse, ni vivirse, en horas, sino en mañanas, tardes y noches. Y además y sobre todo, en obras, en amores y en buenas razones. Cuando seas mayor, te he dicho, pero debes recordarlo desde ahora. No cada hora, que es muy monótono, sino cada mañana, cada tarde, cada noche.

            En aquel tiempo, como ya habrás podido imaginar cuando te he hablado de las horas, ya existía el tren en Alcalá. Te parecerá mentira, pero entonces la gente no se subía al tren hasta que no  llevaba recorrido un buen trecho, porque algunos farsantes habían hecho creer a los usuarios que si los vagones estaban llenos la máquina no podía arrancar, debido al peso. Esa costumbre de no subir al tren hasta estar en marcha perduró sólo dos o tres años más, porque cuando el tren comenzó a usarse para trasladar el pan y los animales para el reparto en Sevilla, la mayoría de los usuarios tuvo que reconocer que habían estado haciendo el tonto. Resultó que las bestias, mulos y mulas principalmente, lo eran menos que las personas, porque aunque les pegaran se negaban a correr detrás del tren mientras iba cogiendo velocidad.

            Cuando yo era chiquillo un niño se cayó al pozo de la casa de al lado de donde yo vivía. Como es natural, lo sacaron muerto. Cuando uno es chiquillo, como tú lo eres ahora, no se piensa en la muerte, pero todos los seres humanos, y los niños también lo sois, deben tener siempre presente que la muerte vendrá algún día a recogernos, y que a la muerte no le importan las mañanas, ni las tardes, ni las noches, y mucho menos las horas. Por eso, porque la vida es breve, y eso no falla, aunque los niños no podáis daros cuenta de ello, lo mejor es vivir teniendo en cuenta que esta vida es lo único que tenemos y que en ella nos sentiremos mejor si no hacemos daño a los demás, si no nos aprovechamos de los débiles ni los maltratamos sino que los ayudamos y hacemos lo posible para que dejen de ser débiles. Si yo pudiera, tomaría juramento a todos vosotros los niños para que cuando pasen unos años os comportéis de esa manera. Pero, además, deberéis saber distinguir entre el débil de verdad y el que se lo hace.

            En mis tiempos de chiquillo había un muchachote al que apodaban «El Ñuguito». Era mudo, pero oía perfectamente. Siempre, fuera mañana, tarde o noche, salvo cuando dormía, iba restallando un pequeño látigo. Incluso cuando comía seguía haciendo sonar el látigo, porque comía por la calle, anda que te anda. Los más pequeños se asustaban de aquel grandullón de gorra encasquetada, aunque Ñuguito siempre iba sonriendo y jamás se acercaba a nadie si no era para mostrar con cuánta habilidad manejaba su inofensiva tralla. Ya te digo que los más pequeños le huían al Ñuguito, pero algunos ya más mayores le lanzaban insultos y hasta algunas veces le tiraban piedras, como ahora algunos mozuelos hacen con las bombillas de nuestras calles cuando llega la noche.

            Pero mira lo que pasó una tarde. Cuatro chavales le pegaron al Ñuguito hasta el punto de dejarle llorando y echando sangre por la nariz y con una brecha en la cabeza. El padre de dos de los pillastres, cuando se enteró del asunto, cogió por separado a cada uno de ellos y les dio una tunda tan fuerte que a su lado la recibida por el Ñuguito parecía una caricia amistosa. Sus traseros quedaron como planchas que van a ponerse sobre la ropa. Además, los dejó dos días sin comer, encerrados en habitaciones distintas.

            El padre de los otros dos, porque eran dos parejas de hermanos los golfantes que habían pegado al Ñuguito, no hizo eso. Se rió con la ocurrencia de sus hijos. A lo más que llegó fue a mirar  de reojo, muy serio, a los dos charranes, durante los días en que el suceso fue comentado en el pueblo, como diciendo a los dos granujas: «No me dejéis mal delante de la gente; haced lo que queráis, pero que no os vean, so vainas».

            Ni uno ni otro padre de comportó de forma correcta. Pero mucho más cerca de la justicia, muchísimo, estuvo el que zurró a sus hijos que el que le rió las gracias. De todos modos, uno de los hijos del padre injusto se llevó una sonora bofetada una mañana que la madre del Ñuguito pasó por la puerta de la casa de los bellacos. Las vecinas sonrieron, en señal de aprobación, y hubo alguna que dijo: «Tenía que haber sido en otra cara».

            Pero bueno, Julio, estábamos con lo del niño que se cayó a un pozo y que sacaron muerto.  A los pocos días de haber sido enterrado en su cajita blanca, que fue costeada por sus vecinos, entre ellos tu abuelo, José Asido Cabrero, otro niño cayó a otro pozo, pero en este caso pudieron sacarlo con vida, como es natural. Como es natural, te digo, porque lo sacaron los mismos que lo habían tirado. Ya te darás cuenta de que en la vida hay mucha gente a la que le es más fácil, y le apetece más, hacer cosas malas que hacerlas buenas. Tú recuerda siempre que a esa gente hay que vencerla  dando ejemplo, haciendo cosas buenas, pero también castigándola siempre que se pueda, porque si no nos comen por sopas.

            A raíz de esos hechos, el del niño muerto y el del niño vivo, comenzaron a llegar rumores a las tabernas, a las panaderías, a los casinos, a las tiendas, a las cuadrillas que volvían de trabajar en el campo: «Se ha caído un niño en pozo de la calle Marea», «Una niña se ha caído a un pozo de la calle Pescuezo», «Antonio el Cojonato se ha tirao a un pozo», «Anoche se tiró el guarda del Matadero», y así durante varias mañanas, tardes y noches, como si todo el mundo se estuviera cayendo o tirando a los pozos. Hasta que el alcalde, don Domingo Díaz Ramos, se hartó de tanto bulo y mandó redactar un bando que fue leído en las plazas de Alcalá, en el que se advertía  a quienes propalaran hechos inciertos de que se les impondrían fuertes multas e incluso arresto. Desde ese mismo día, 27 de Septiembre de 1883, dejaron de caerse niños a los pozos, y viejos de arrojarse a ellos. De haberse seguido así, Julio, no hubiera habido pozos para todos. ¿Te imaginas los pozos rebosando de gente y la que quedara sin poder caerse ni tirarse?.

            Querido Julio: como todavía tendrás que estar reposando algún tiempo más, ya te haré llegar  otras palabras escritas para ver si por lo menos te sirven de entretenimiento. Sigue los consejos de tus padres, que no hacen otra cosa que preocuparse de ti más que de nada en el mundo.

            Tú no pierdas la paciencia, porque eso no sirve para nada. Tú fíjate en mí: soy cojo, pero ando. Si hubiera cedido a la impaciencia y hubiera esperado para andar a no estar cojo no me hubiera movido en mi vida. Tú pronto comprenderás que no hay que caer en la resignación, pero que la impaciencia puede hacerte caer en aquella. Tampoco hay que darse a las prisas, que si no es lo mismo que la impaciencia puede hacernos llegar al mismo destino: a la nada, o a ir para atrás. Lo mejor es ver claro, saber lo que se quiere y avanzar lo que se pueda. Sin prisas, pero firme y decididamente, sin renunciar. Recuérdalo siempre.

            Te abraza, con la alegría que mereces,

 

                                                                                tu tío Andrés

 

Dibujo de un niño
 por Tia Peltz
1923-1999
 

A SALVO DE RESFRIADOS. (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

Foto: LGV 2011

JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE TERCERA). Por Rafael Rodríguez González

 

 

Jean Rien se entera de algunas cosas

 Andrés Asido, puesto a escribir, no era corto a la hora de gastar tinta. Como ustedes comprenderán (y agradecerán) no hay aquí espacio más que para resumir la primera de las cartas de Asido a Rien; mejor dicho, no para resumir, sino sólo para entresacar algunas pocas de las cosas que a mi pobre juicio pueden parecer más dignas de serlo.

            Jean Rien supo del Fabrizio que nunca llegó a conocer que durante su larga estancia en Alcalá había regentado, en consuno con su admirada y requetemirada esposa, una de las casas llamadas «de mala nota» (aunque decía Andrés Asido que todos los visitantes le daban una nota alta, incluso el sobresaliente); que sus juergas con los gitanos eran de lo más comentado; que había ofrecido dinero al Ayuntamiento para, entre otras cosas, adecentar los asientos del tren; también para dotar al Guadaíra de góndolas a su paso por el Parque (fue entonces y no años después, cuando un concejal dijo aquello de que también habría que traer góndolos, para que criasen); pero los munícipes siempre alegaron que si tal o cual competencia no les correspondía, que si esto y lo otro… Lo más cierto, creo yo, es que no quisieran aparecer ante los ojos de cierta gente como aliados e incluso socios de un industrial del goce réprobo. También pudiera ser que fuesen renuentes a aceptar algo que no se les hubiera ocurrido a ellos.

            También le contó Andrés al francés que la actividad de la que el matrimonio Cobertori-Da Rimini se sostenía fue defendida, dado el acoso que sufría por parte de ciertas personas influyentes, ante el propio Alfonso XIII, ya que A.S.R., P.G.C. y R.B.M., prominentes industriales sevillanos (alcalareño uno de ellos), aprovecharon una visita del Rey a Sevilla para interceder en favor del negocio de la pareja italiana. Don Alfonso, como era natural en él, asintió y mostró su preocupación; pero luego, por medio de uno de los que después sería miembro del Directorio de Primo de Rivera, un general apodado «el Conde de Entremeto», mandó decir a los peticionarios lo siguiente: «Comprended, queridos súbditos, que por buenas que sean no puedo visitarlas todas, y que sería muy contraproducente ejercer mi influencia directa en este caso. De todas maneras, se hará lo que se pueda». Si las hizo, las gestiones del nieto de Isabel II no dieron resultado, como quedó patente a finales de 1919.

            Andrés, en fin, informó a Jean Rien de la suerte que habían corrido Fabrizio, Francesca y las tres señoritas que le acompañaban tras su forzada salida de Alcalá, y de la honda impresión que tan luctuoso suceso había causado entre una gran parte de los hombres de Alcalá y de otras localidades. Añadió Asido que, si sería grande la admiración que alguna gente sentía por Fabrizio, y tan sincero el agradecimiento que querían manifestarle aunque ya sólo fuera en el recuerdo, que hubo quien cambió el nombre de su establecimiento: si hasta entonces se había llamado «Café Español», desde enero de 1920 (y hasta 1946) pasó a titularse «Café del Italiano». No faltó quien dijera, con gracia pretendida: «Po sabe que no se le va a poné frío el café al italiano…».

 

Asido se pone al día sobre el otro Fabrizio

 Después de leer la carta de Andrés Asido, Jean Rien quedó bien sur de que el Fabrizio Cobertori Ilmanta que aquel viajero en Barcelona recomendó a otro visitar en Alcalá de Guadaíra, no era el mismo que él conocía y que ansiaba encontrar tras años de parecer desaparecido de la faz de la tierra.

            Jean Rien de Colombey-les-Deux-Églises quedó admirado de la amabilidad del funcionario alcalareño y de todas las cosas que Andrés le había contado en su masiva misiva. Contestóle el francés al español en perfecto ídem. Y así pudo saber Andrés, entre otras muchas cosas, quiénes eran los peligrosos perseguidores que acosaban al Fabrizio que Jean Rien había supuesto en Alcalá, y por qué de tanta inquina.

            La cuestión es que Fabrizio Cobertori, el intelectual, no el del negozio di lusso puesto en Alcalá, había mantenido relaciones ocultas con la única hija del general Giuseppe Encabrittiato Severi, jefe de la Casa Militar de Víctor Manuel III. A resultas de ello, la muchacha quedó embarazada, como pasaba casi siempre en aquellos tiempos. Fabrizio era ya entonces un hombre de más de cuarenta años, lo que soliviantó aún más a los familiares de la apenas veinteañera dama.

            Fabrizio, que en este caso no era autor intelectual, sino material, del embarazo de Paola, que así se llamaba la signorina, puso tierra de por medio en cuanto supo del estado de la muchacha. Él, un hombre entregado a la indagación del pensamiento, al estudio del espíritu humano y de todo lo que representara especulación, meditación y conjetura no podía afrontar una carga que le hubiera maniatado de por vida, impidiéndole dedicar sus horas, aparte de a los oportunos desfogamientos, a buscar la verdad para revelársela a los demás mortales. Eso es lo que él pensaba o quería pensar, sin darse cuenta de que al huir vería limitada su vida a estar escondido, no sólo por dentro, sino también por fuera.

            Doce de los hermanos de Paola (eran catorce, pero dos eran disminuidos psíquicos declarados oficialmente, no como los otros doce), juraron ante su padre, el general (1), que no descansarían hasta dar su merecido al autor de la para ellos deshonra de Paola.

            Por si fuera poco, madre y niño fallecieron en el parto. Esta circunstancia llevó al paroxismo a los hermanos Encabritiatto Furiozzi, que se juramentaron de nuevo (2).

            Tengo que interrumpir el relato. Señalaré, por último, que la correspondencia entre Andrés Asido y Jean Rien se mantuvo hasta 1926, cuando se produjo la muerte de nuestro paisano a causa del sarampión. Tenía 53 años. A partir de entonces fue mi bisabuelo quien continuó carteándose con el francés, hasta el fallecimiento de éste (3). De ahí que yo maneje algunos datos que a Andrés Asido le fue imposible conocer.

            Hay muchas más cosas, quizás, no lo sé, más interesantes que las que he contado. Ya veremos. Les dejo ahora con una de las cartas que Andrés Asido envió a un su sobrino, y a la que he tenido el atrevimiento de poner título.

 

________________________ 

 

Umberto I
1844-1900

 

1. Giuseppe Encabritiatto Severi fue ascendido a general bajo el reinado de Umberto I, después de haber participado en los sucesos de Milán de 1898, cuando, siendo coronel, dirigió la represión  que causó más de cien muertos en un solo día. Casó con la sobrina del arzobispo de Palermo, Adelaida Furiozzi Pelagio. Esta señora, que murió al obrar su decimoquinto parto, del que precisamente nació Paola, expiró después de pronunciar estas palabras: «Ya he parido todo lo que tenía que parir». «¡Qué mujer!», dicen que dijo el general.

 2. Fabrizio Cobertori Ilmanta vio la luz en Varese en 1875, dejando de verla en Famagusta una mañana de 1927, donde se hallaba escondido desde hacía tres años. Antes lo había estado en Berna y en Budapest. En la costera ciudad chipriota fue asesinado por dos esbirros enviados por los doce hermanos Encabritiatto Severi que, como decía Rien, seguían en sus trece.

 3. Jean Rien había nacido en Nimes en 1865, encontrándole la muerte en Berlín en 1933 durante el incendio del Reichstag, al hallarse en las proximidades y ser atropellado por un coche de bomberos.

 

UN VAPOROSO RECUERDO PARA GABRIEL CELAYA. Por Rafael Rodríguez González

 

Un joven Gabriel Celaya

 

Casi todos supimos de Gabriel Celaya (18 de Marzo de 1911-18 de abril de 1991) gracias a Paco Ibáñez (¡menuda espoleta!). Después, algunos de esos muchos supimos algo más de Celaya gracias al papel impreso. Y a los tres, entre otros, hemos de agradecer gustar de la poesía. Aunque algunos, casi todos, al cabo de tanto tiempo nada sepamos de poesía, sabemos lo que nos gusta, como cualquier hijo de madre: somos vulgares, pero selectivos.

   A los cien años de su nacimiento y a los veinte de su ida, yo, en esta premura, sólo quiero manifestar mi alegría por su existencia, así como destacar unas frases que se han dicho sobre él, ahora o cuando sea. «El poeta y el hombre, fuera lo que hiciere, metido hasta el cuello en la historia» (Armando López Salinas). «Porque Gabriel Celaya es incontable, más que por inenarrable, por extenso e innúmero. Demasiados Celayas para contarlos uno a uno» (Ángel González).

   Una vez le vi llorar en la tele, y entonces me abrazó la poesía.

 


Gabriel Celaya, Amparitxu Gastón y Blas de Otero

 

 LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

 

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:

se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser, y en tanto somos, dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo,
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que tiene nombre.
Son gritos en el cielo y, en la tierra, son actos.

 
NOTA:

Rafael, me permito por mi parte añadir un link al tuyo, de un artículo sobre Celaya por Pablo García Baena, aparecido precisamente hoy en El Mundo Cultural: Celaya, Aquí y Ahora.