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JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE SEGUNDA). Por Rafael Rodríguez González

Duda y decisión de Andrés Asido

 Andrés, ya lo he dicho, había quedado confuso tras leer la carta. Le ocurría lo que a cualquier persona con sentido del deber en circunstancias parecidas: no podía permanecer, una vez conocido el contenido de la carta, como si la cosa no fuese con él. Andrés tenía claro que el Fabrizio Cobertori que había conocido no se correspondía, ni poco ni mucho, con la figura que aparecía en la carta del francés. Andrés no había observado, a lo largo de tantos años, ningún signo de que el italiano estuviera ocultándose. Además, al Fabrizio que por más de dos décadas residió en Alcalá no se le había conocido ninguna veleidad intelectual o literaria, aunque ciertamente contase con antecedentes familiares en ese terreno (1). Era evidente que no se trataba de la misma persona. ¿Que nombre y apellidos coincidían? Pues no sería más que eso, una simple coincidencia. Andrés sabía de un célebre médico sevillano, Delio del Carril Iraeta, cuyo nombre y dos apellidos eran exactamente iguales que los de un tabernero santanderino afincado en Alcalá, más conocido como «el Mangurrino». Incluso pensó Andrés que en la Gran Bota los apellidos Cobertori e Ilmanta pudieran ser tan corrientes como aquí, los García, Rodríguez, Pérez o Jiménez.

            ¿Qué hacer? ¿Devolver el paquete a Jean Rien, explicándole el motivo de haberlo abierto y exponiéndole al francés que el Fabrizio que había estado en Alcalá, no dos años ni cuatro, sino veinte, no podía ser el mismo a quien el señor Rien había dirigido su carta? Algunos de ustedes recordarán que en «Un italiano en la corte de Joaquín el de la Paula» se advertía de que no había que confundir al Fabrizio «alcalareño» con el autor piamontino. Pero, como es evidente, en esos momentos era imposible que Andrés Asido conociera esa duplicidad onomástica, al menos con total certeza.

            Por fin se decidió Asido. Escribió a Jean Rien de Colombey-les-Deux-Églises relatándole lo sucedido, disculpándose y, además, rogándole que los dos libros quedasen en su poder. Andrés esperaba que, una vez traducidos por Traster de Forniqué y Pons, podría admirarlos. Aún se conservan esos dos ejemplares, así como las traducciones realizadas por el profesor. Lo doné todo al Archivo Histórico Municipal de Sevilla, en 1990.

            Aun estando seguro de poder contar con la ayuda de su amigo el profesor para redactar la carta en francés o en italiano, Andrés optó por escribirla en español, porque, pensó, si el intelectual francés conocía el italiano a la perfección, ¿cómo no iba a estar al menos familiarizado con el idioma común de los españoles? Andrés supo después, gracias a la correspondencia que mantuvo con el francés, que Jean Rien dominaba, además de la lengua de Pasteur, la de Dante y la de Ramón y Cajal, la de Eça de Queiroz, la de Mihai Eminescu, la de Pávolv, la de Darwin, la de Ibsen, la de Andersen, la de Palme, la de Fuerbeach, el griego moderno y el antiguo, por supuesto el árabe y ni que decir tiene que el latín, además de manejar bien el letón y el suhajili.

            Y de esa primera carta de Andrés Asido nació una correspondencia gracias a la cual hemos sabido cosas interesantes del Cobertori Ilmanta que nunca estuvo en Alcalá, y también del que estuvo.

 

Algunas cosas más sobre Asido

 Casi todo lo que sé de Andrés Asido me fue transmitido por una de mis abuelas, cuyo padre, uno de mis cuatro bisabuelos, era amigo del funcionario. Transmisión oral, que es lo más precioso que puede llegar a un nieto, pero también documental, porque fue por esa vía como llegó a mi poder casi toda la correspondencia de Asido que pudo conservarse. (Siempre realizaba copia de sus cartas y guardaba con mucho cuidado las recibidas. Más adelante veremos una de las suyas).

            Por esa mi abuela supe que Asido poseía la que estoy seguro ha sido la colección más extraordinaria que se haya podido conocer en todo el Occidente, al menos en los tiempos modernos. Desde que existen los décimos de lotería siempre ha habido quienes los coleccionen. Asido lo hacía, pero con la particularidad más sorprendente que quepa imaginar: sólo coleccionaba décimos premiados. Naturalmente, su colección era bien exigua, ya que, como no podía ser de otra manera, los décimos que reunía procedían exclusivamente de los adquiridos por él mismo. Pocas personas conocían esta singularísima afición de Asido. A lo sumo, ese mi bisabuelo, que era el administrador de loterías, un hermano de Andrés y dos amigos más: Fernando Torres Ríos, el mejor artesano zapatero de que se tiene memoria, y Antonio Conde Jiménez, un pequeño propietario de tierras que sólo echaba cuenta de estar siempre con sus amigos. Ni Carmela, la mujer de Asido, conocía el hecho. No se pudo llegar a saber si, de haberle tocado el gordo, el décimo agraciado hubiera engrosado la colección. Yo creo que sí, porque Andrés era en todo fiel a sí mismo.

            La cojera de Andrés era otro de los factores de su nombradía. No es que no hubiera más cojos en Alcalá en aquella época; bien al contrario, el porcentaje de cojos sobre la población total era entonces casi treinta veces superior al actual. Andrés quedó cojo cuando, al desprenderse unos sacos de cien kilos del carro del padre de los hermanos Bolero, esos que algunos llegamos a conocer ya viejos pero aún en activo, cayó uno de ellos sobre el muchacho, que en esos momentos corría a cumplir el encargo de su madre: «Anda, lleva estos zapatos a gobernar». Desde aquel momento se le conoció en el pueblo como «El cojo Asido». El remoquete daba para algunas bromas, desde luego. Si ocurría algo extraño o que llamara la atención no faltaba el ocurrente que dijera: «¿Habrá sido el cojo Asido?», o «el cojo ha sido», aprovechando que la ortografía raramente se pronuncia. Pero, por regla general, cuando se le nombraba, fuese por su nombre o por su nombrada cojera, se hacía con sumo aprecio y respeto.

            Quede también constancia de que Andrés incursionó brillantemente en el campo de la Física. Aunque no pudo lograr una aplicación práctica, debido sobre todo a la falta de contactos oportunos, su teoría sobre el desarrollo sobredescendiente de la motricidad feneléctrica bien merecería ser recuperada.

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 1. Andrés supo por el propio Fabrizio que un primo de su madre, Luigi Piradero, había sido un afamado y prolífico autor de comedias burlescas. Encuentros en tercera clase, El celoso en llamas, Casi blanca, El ladrón de calderetas, El silencio de los carteros, El doctor vago, El tesoro de mala madre, La guerra de las lacias y muchas otras fueron muy celebradas en su tiempo.

 

 

JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE TERCERA). Por Rafael Rodríguez González

JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE PRIMERA). Por Rafael Rodríguez González

 

 A usted, si es que leyó en ESCAPARATE (1) este verano pasado lo que se publicó sobre Fabrizio Cobertori Ilmanta «Un italiano en la corte de Joaquín el de la Paula»), puede que le interese lo que viene a continuación, donde se relatan hechos ciertos, comprobados y comprobables, que alguna relación guardan con aquello.

 

 

 Andrés Asido fue funcionario de Correos entre 1901 y 1926. Era Andrés persona de grandes inquietudes, gran aficionado a la lectura, a las ciencias, a todo, en fin, lo que supusiera ejercicio intelectual. No obstante, en lo que más destacaba era en el celo que ponía en sus funciones. Ni una carta extraviada, ni un despacho sin arribar a su destino, ni un encargo irrealizado, ni un usuario desatendido. Amaba su trabajo (la comunicación humana, decía él) y lo demostraba día a día. Asido estaba considerado por los vecinos como una de las tres personas imprescindibles del municipio. Decir que las otras eran los enterradores no es desmerecer la figura de Andrés, más bien lo contrario. Dos lo eran para despachar a los muertos, Asido para atender a los vivos.

 

Un paquete para Fabrizio Cobertori

 Un día, pasados ya dos meses desde la partida de nuestro italiano, quiero decir del que vivió en Alcalá durante tanto tiempo, y cuando ya se conocían las irreparables consecuencias del naufragio del Until Here, llegó a la oficina de Correos, sita entonces en la calle de Juan Abad (2), un paquete dirigido a Fabrizio Cobertori Ilmanta. Andrés observó que el envío procedía de Barcelona y que el remitente era un tal Jean Rien de Colombey-les-Deux-Églises, indicando como lugar de residencia una casa de huéspedes en el número 17 de la calle del Bisbe, llamada «Pensión Corbacho».

            Asido dudó qué hacer con el paquete. ¿Devolverlo al remitente?, ¿abrirlo por si contenía algo de interés sobre el difunto Fabrizio o su señora, en el sentido de tener que realizar algún trámite o comunicar con alguien? Andrés optó por lo segundo. Asido era hombre curioso, pero de ningún modo por estar afectado de propensión al fisgoneo. Su interés era movido por el ansia de servir, de ser útil a quien lo necesitara, porque Andrés no era un simple y acomodadizo funcionario, sino un verdadero servidor público. Todo el mundo sabe que ejemplos de ese tipo nunca han abundado (véase la nota 2).

            Abrió por fin el probo funcionario el atadijo y se encontró con dos libros y una carta. Como estaba escrita en italiano (los libros en francés), y aunque le resultara en gran parte inteligible, decidió ponerla en manos de su amigo Jaume Lluis Traster de Forniqué y Pons, profesor en la Universidad de Sevilla (este hombre veraneaba cada año en Alcalá, de ahí su amistad con Asido). Andrés quedó confuso tras la lectura de lo traducido, porque… pero leamos la carta de Jean Rien y seguiremos después.

 

«Barcelona, 29 de Febrero de 1920

 

Admirado amigo:

 

            Después de casi dos años sin noticias suyas, he sabido de su estancia en Alcalá de Guadaíra. Se lo debo a un viajero que subía al tren en Barcelona, muy apresuradamente, para dirigirse creo que a Madrid. Oí de labios de ese señor, al despedirse de otro que desapareció entre el gentío del andén antes de poder dirigirme a él, que Fabrizio Cobertori residía en tan pintoresco lugar de Sevilla, recomendándole encendidamente, o al menos así me pareció, que le frecuentara. Ni que decir tiene que albergo todas las esperanzas de que se encuentre bien de salud y a seguro resguardo de sus pérfidos perseguidores, que tan ridícula pero gravemente han estado haciéndole a usted la vida poco menos que imposible.

            He tenido el atrevimiento de enviarle mis dos últimos libros. En Lo desmedido de lo transcendental en la cotidianeidad incesante he querido mostrar (usted en su sabiduría juzgará si acertadamente o de frustrada manera) la enorme distancia existente en todas las épocas entre la entrega del hombre a una causa, en el caso de ser noble, y las posibilidades reales del éxito de esa dedicación. En el más reciente, obra sobre todo divulgativa, De la pretensión generalizada de la sabiduría, me refiero a una presunción común a todos los seres humanos, a saber: sabemos de todo, aun sin saber lo que es saber, tampoco lo que es todo y mucho menos de qué se compone ese todo ni cada una de sus partes en sí y en relación al todo en su conjunto y a las demás. 

            ¡Cuántos de sus admiradores, diría que todos si no hubiera algunos que le creen sin vida, esperamos un  nuevo libro de usted! El último que llegamos a conocer, La impronta contingentista en el pensamiento relativista alemán del primer lustro del siglo XVIII, nos dejó a todos tan admirados que leerlo una y otra vez se ha convertido en un placer del que gozamos a diario. Permítame la osadía de considerar esa obra incluso superior, si es que tal cosa fuese posible, a la que de entre las suyas siempre se ha tenido por cimera: Historia de la relación entre iguales subjetivos a través de condicionamientos preestablecidos en el curso de la Reforma.

            En estos momentos, por motivos que me resultaría muy enojoso contarle, me es imposible desplazarme hasta Sevilla, de modo que espero poder mantener la correspondencia que siempre me ha resultado tan grata y necesaria. Le agradeceré que en su primera carta me indique su domicilio, para no tener que recurrir nuevamente a la fórmula que en esta ocasión he empleado, y que no es otra que confiarse a la suerte de que en la oficina de correos haya alguna persona que se preocupe de hacerle llegar el envío.

            Le expreso mi más ferviente deseo de que cuanto antes pueda reintegrarse a la luz pública y seguir así aportando a la Humanidad todo su saber, libre ya de ser objeto de odios absurdos. Por si en algo le sirviere de consuelo, me place comunicarle que el general Encabritiatto, según me han informado algunos amigos de fiar, está gravemente enfermo. No obstante, algunos de sus catorce hijos siguen en sus trece y no cejan en sus lamentables propósitos.

            Le reitero mis más sinceros saludos y el más exaltado deseo de bienestar.»

 

 

 

1. También puede encontrarlo en este mismo blog.

 

2. El conocimiento de que la oficina de Correos se hallaba entonces en dicha calle se lo debemos a nuestro paisano Juan Manuel Benítez Díaz, que fue hasta hace unos años eximio cartero, uno de los pocos que ha destacado a gran altura en el desempeño de la labor funcionarial, heredero o continuador, por tanto, de Andrés Asido en ese aspecto. En la memoria de muchas personas ha quedado la elevación y el relieve que alcanzó Juan Manuel Benítez durante los fecundos años de su desempeño en cargo de tanta talla y envergadura..

 

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JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE SEGUNDA). Por Rafael Rodríguez González

ES UN PAPEL HALLADO EN CUALQUIER SITIO (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González

 

 

Agustín, hermano del Chiva, con Manolo «El Poeta de Alcalá»

 

Esta vez, que puede ser la única, vamos a hacer un sumario forzosamente incompleto —ni mi edad, ni lo esquelético de mis fuentes, además del espacio disponible, permiten otra cosa— de los apodos con nombre de animales que han tenido algunas personas en Alcalá a lo largo del siglo XX. Si llegara la ocasión, que lo dudo, de referirnos a los motes de procedencias no animales, es decir, de objetos varios, de plantas, de olores, de facultades y defectos humanos, y así de un casi inagotable etcétera, posiblemente abordaríamos la tarea, aunque de seguro sería más ardua que la que ahora nos ocupa. Con todo, quede dicho que Alcalá nunca ha sido, en términos relativos, de los pueblos en que se hayan contado más personas con sobrenombre, y menos de animales.

 

«La cangreja»

No llegué a saber su nombre completo. Posiblemente nadie lo sabía, ni siquiera ella, tampoco su hijo, porque ninguno de los dos llegó a cobrar paga alguna. Cuando yo la conocí se dedicaba a limpiar en algunas tabernas. Creo que anteriormente no había hecho otra cosa, laboralmente hablando. Bajita y redonda, se escoraba a la derecha al caminar. No fea, sino desafortunada, su mayor y casi único deseo era que los vejetes —cómo aspirar a los jóvenes— se metieran con ella y le dijeran procacidades, a las que contestaba con otras mayores y con tocamientos en su cuerpo y en el del vejete de turno, si éste se dejaba o no tenía los suficientes reflejos para evitarlo. Las dos o tres copitas de ginebra que engullía por la mañana le levantaban el ánimo, pero, claro, sólo por una o dos horas, dándose luego a los botellines. En cuanto a la limpieza, justo es reconocer que se esforzaba, pero entre las distracciones «galantes», la bebida y sus pocas fuerzas nunca se conseguía eso de los chorros del oro.

«El lagarto»

Francisco Jiménez López. Estuvo empleado en la fábrica de cementos desde su fundación, cuando era «Cementos el Caballo». El mote no provenía de la apariencia de su piel —no tenía escamas, ni era verde—, sino del frío que tenía continuamente, lo que le llevaba a ponerse al sol a cada ocasión que se le presentaba. También le conocían algunos como «el ropero», porque llevaba sobre su cuerpo menudo dos camisetas, dos camisas, dos chalecos, una chaqueta, y, desde septiembre a mayo, un abrigo largo. Y tres pares de calcetines, en invierno y en verano. Siempre anheló que lo mandaran a los hornos de la fábrica, lo que nunca consiguió. Lo tenían con un carrillo de mano arriba y abajo, a la intemperie pero entre las naves, donde raramente daba el sol. Al comenzar la jornada en la fábrica siempre llevaba un botijo lleno, no de agua sino de vino e incluso de coñac. Mal comelón, murió de frío, una noche en que, borracho, unos amigos lo dejaron en un coche durmiendo un sueño frío, frío de verdad. (No confundir con Ricardo «el Lagartijo», ese que trabajó en la panadería del Lepe en el Derribo y después en Lejía Conejo, gran persona, rebelde con causa, simpatiquísimo, generoso, bromista de buena ley, hombre de risa fácil pero no tonta).

 

Mirlo común

 

«El mirlo»

Hornero en la panadería de Dolores Oliveros, en la calle La Plata. Era casi tan negro como el pájaro del que recibía el remoquete. Su nombre era José Blanco Rubio. A disgusto con su tonalidad dérmica, nunca llegó a creer que pudiera existir un mirlo blanco. Esquivo, soltero y sin nadie, murió en el desván en que malvivía sin que se descubriera su óbito hasta tres o cuatro días después —era invierno—, cuando fue el casero a cobrarle. «¿Y a mí quién me paga?», llegó a decir el propietario. «El mirlo» tuvo menos misas de difuntos que Adán y Eva.

 

«El ciempiés»

Andrés Cazalla Rute. Vivió en la calle Nicolás Alpériz. Hornero. Inventor de la denominación «agua de bujeritos», para referirse a la del sifón, con la que acompañaba el aguardiente. Lo de ciempiés se debió a que le solía decir al tabernero: «Échame otra, pa no ir cojo». Un día, uno de los taberneros le respondió: «¿Cojo, si eres un ciempiés?», dada la cantidad de «otras» que ingería. Fue uno de los bebedores —no cabría decir borracho, estado en que nunca lo vi— más simpáticos y pacíficos que he conocido. De cuantos he escuchado, el que mejor cantaba las saetas de Alcalá —pegado al mostrador y escrupuloso en cuanto a número y calidad de oyentes—, en un tono bajito, dado que sus facultades no le permitían mucha expansión fónica. En esto le pasaba como al Chicho de San Roque.

 

«El pato»

Antonio Jiménez Gandul. Él ya era bastante mayor cuando alcancé a conocerlo. A uno de sus nietos, buen amigo mío, le dicen «el Patito», y al padre de éste lo conocieron como «el hijo del Pato». Trabajó en la construcción de la conocida como Casa Paulita. Verla derribar, apenas cuarenta años después, fue una de las grandes penas de su vida, si no la mayor. El apodo le venía de su forma de andar, con los brazos hacia atrás y con un contoneo todo él que recordaba a tan entrañable animal. Puedo recordar que armó muchas discusiones en la Plaza del Duque con otros viejos cuando, en 1969, dijeron que el hombre había llegado a la Luna. Él lo negaba y requetenegaba. Yo creo que con buen criterio. No sabemos si llegó una máquina, pero el Hombre….

 

Mantis religiosa

 

«La Santa Teresa»

No diré su nombre. Trabajó en el almacén de Tío Tubo, en el de La Nocla y en el de los Gutiérrez. Esta mujer, de extraordinaria belleza y simpatía, casó cinco veces, y enviudó otras tantas. ¿Habrá alguien entre ustedes que no conozca el proceder de la mantis religiosa hembra durante el acto copulativo? Pues bastó con que a una sola persona se le ocurriera la comparación para que a aquella mujer se la conociera en Alcalá, a la segunda defunción marital, con ese apodo que a mí me parece tan asqueroso y despreciable además de tontísimamente injusto. Los hombres lampaban por ella, y ella elegía. Si se morían ¿qué culpa tenía ella? Por lo menos se habían muerto después de haber conocido a fondo a una mujer de bandera. Seguro que la envidia jugó cierto papel en la génesis y propagación del mote. No tuvo descendencia, y en sus últimos años estuvo atendida por dos sobrinas.

 

Guacamayo

 

«La guacamaya»

Fue mi pariente, amigo y compañero Rafael Palomo el que le puso el mote a aquella muchacha cuya cara se asemejaba a la de tan precioso animal. Lo que pasa es que si en el pájaro resultan de una belleza espectacular, los mismos rasgos trasladados al rostro humano se convierten en algo grotesco y chocante. Un queridísimo amigo mío, Jorge, tan desafortunado en amores como en caídas, fracturas y demás desgracias de cualquier tipo, fue novio de la muchacha apajarada. Ella vivía en una posada, y Jorge iba a visitarla los miércoles por la tarde, que era cuando libraba en el bar en que estaba empleado. Una semana, el dueño necesitó el miércoles para sí, de modo que Jorge descansó la tarde del martes. Se dirigió a la posada, y, al entrar en el zaguán, se encontró con que detrás de la puerta estaba su novia en plena faena con un varón. El bueno de Jorge no pronunció ni una palabra, volvió sobre sus pasos y nunca más hizo por ver a la moza. La guacamaya era fea, pero, tal vez precisamente por eso, no desaprovechaba las tardes libres.  

 

 Canilla de barril

«El verderón»

Había nacido en El Viso del Alcor y se llamaba Jesús. Ni él mismo sabía el motivo de su apodo. Posiblemente le venía de familia. Cuando estuvo trabajando en 1954 en la obra de La Bodega, en la calle de la Mina, bajo la batuta de aquel gran maestro albañil y extraordinario elemento que fue Francisco Antúnez Cáceres, dejó una huella indeleble, tantas fueron las anécdotas que protagonizó. La huella que aquí tengo lugar para reflejar es la que dejaba en la canilla del barril del fino «Mosquito», en el del mistela o en el del vino duro, al manipularlas, ora una ora otra, con las manos llenas de yeso, que nunca tenía la precaución de limpiarse. Los «ataques» de Jesús se contabilizaban, sin más consecuencias, por mi abuelo, por mi padre o por Rafael Palomo: uno, dos, tres, cuatro… Algunas, pocas veces, cuando Jesús estaba en algún andamio, Curro Antúnez le advertía, por su seguridad: «Jesús, bájate de ahí». Pasados los años, fue el inventor de un método infalible para cazar pajaritos: ponía algunos granos, o pan, o lo que fuera, en su mano abierta, y cuando el pájaro se arrojaba por el alimento, Jesús retiraba súbitamente la mano y el pájaro se estrellaba en el suelo. Si se lo creía él mismo, ¿cómo no creerlo yo?. 

 

«El chiva»

Manuel Olivera Carmona, «Manolín». El hijo mayor de un padre gachó y una madre jitana. Manolín, ya cuarentón, se tiró de un balcón de una casa de la calle Herreros, según él para suicidarse, intento del que salió con un pie fracturado. La altura del balcón no daba para más. El padre, betunero de profesión, metía un grillo en una cajita y lo ponía bajo la almohada: decía que sin el rin-rin del grillo le era casi imposible dormir. Creo, no estoy seguro, que Manolín, que no trabajó en toda su vida, más que nada dedicado al sablazo, la terminó en un centro psiquiátrico o manicomio (entonces aún los había). Yo tuve unas cartas —que destruí accidentalmente— cruzadas entre Manolín y una mujer —Luisa Benítez— que conoció en el psiquiátrico de Córdoba. Las cartas eran de cuando Manolín estaba en el de Sevilla y Luisa seguía en Córdoba. Ninguna de las cartas de Manolín fueron manuscritas por él, porque era totalmente analfabeto. Ella, por su parte, se quejaba en todas las suyas de las infidelidades del «Chiva», quizás porque advertía las mentiras de Manolín, clarísimas incluso para mí. (A su hermano Agustín habría que dedicar una biografía de unas doscientas páginas, que serían las más densas imaginables, por ricas y amenas. Agustín ha sido el ser más extraordinario que yo he conocido directamente en mi vida, pero tendría que «poseerme» Dostoyevsky,  o Cervantes, quizás una combinación de ambos, para poder transmitir siquiera fuese una parte de lo que ese ser reunía).

 

«El pavo»

Pablo Fernández Portillo. Sobrino de primos hermanos por parte del padre de la mujer del yerno del cuñado del tío del suegro del hijo más chico de la hermana del sacristán de la iglesia de San Sebastián que antecedió a Pachón, que era tío segundo del segundo marido de su hermana, sobrina carnal del tío del cuñado del sobrino de primos hermanos de la madre de Joaquín el de la tienda. El más presumido de Alcalá y posiblemente de España. Guapo, «bien periformado», como ponen en los partes de los hospitales (lo sé por mí), poseedor de varios de los dones que hacen atractivos los hombres a las mujeres y también a tantos hombres. Pablo se tenía en tanto que pasó los años despreciando a cuantas mujeres le rondaron, sin que, por el contrario, hiciera algo por los de su sexo. Así que, según me aseguró el único amigo que tuvo, nada de nada durante toda su vida. Estaría bien de cuerpo, pero es de suponer que mal de la cabeza. Puede ser también que no estuviera tan bien de alguna otra cosa.

 

«El erizo»

Joaquín Ríos Jiménez. Jitano, orgulloso de serlo y con razón. El apodo le correspondió por ser muy probablemente el único jitano que no le temía a las culebras. Es más, las cazaba con tanta o más agilidad que el simpático animalillo del que recibió su alias. Trabajó durante muchos años en el almacén de Beca, como ayudante de camión. Otra cosa curiosa es que los más agresivos perros de las fincas se echaban a sus pies nada más acercárseles. No lo es menos que los gallos, cuando Joaquín entraba en un corral, se agachaban igual que las gallinas cuando van a ser pisadas. El jitano lo lograba mirándoles fijamente y diciendo, durante unos instantes y sin parar: «Federico, Federico, Federico…». Su final fue casi idéntico al de tantos pobres erizos: atropellado por un coche, en su caso cuando fue a atravesar la carretera sin cuidado alguno, en Sanlúcar la Mayor. Los coches no son perros, ni gallos, ni culebras.

 

«El aguilucho»

También conocido como Fraisquillo (de Francisco, Francisquillo). El mote le fue adjudicado ya mayor, cuando, al entrar en la taberna —repleta—, el dependiente, un jovenzuelo observador y descarado, le dijo: «Fraisquillo, pareces un aguilucho caío de un nío». La verdad es que Francisco de Quevedo tendría delante a alguien muy parecido a su tocayo cuando escribió aquello de «érase un hombre a una nariz pegado…». La de nuestro hombre era aguileña y enorme. Eso, unido a los pelos de punta, a sus temblores propios y a los añadidos por el frío que traía de la calle, además de a la postura de sus brazos, inmóviles pero separados del tronco, hicieron al jovenzuelo acertar con la imagen. De tan mal humor como inocencia y rectitud extremas, siempre estaba sermoneando a su mujer, que, como era sorda, cuando había alguien delante se limitaba a sonreír. Las palabras de Fraisquillo ni le entraban ni le salían, aunque le molestaba tanta insistencia.  

 

«El borrico»

No era de Alcalá, y siempre mentía sobre su lugar de nacimiento. Y sobre cualquier cosa. Cojo, con bigotito y sombrero, con apariencia de jitano sin serlo, se dedicaba a vender participaciones de lotería. Al que rehusaba comprarle le decía: «Arre, borrico», y de ahí el mote. Algunas veces, cuando alguien iba a comprarle, preguntaba qué número quería que le pusiera en la papeleta, como dando a entender, en broma, que carecía de los décimos que respaldaran el albalá. Desapareció de Alcalá cuando una vez «dio» un premio considerable. Yo creo que en esa ocasión él mismo se diría, repetida y enérgicamente, incluso dándose en las ancas: «Arre, arre, borrico, arre». 

 

 

A PROPÓSITO DE UN «PCIH». Por Rafael Rodríguez González

La UNESCO, que sabe tanto de flamenco como yo del color de los pijamas de Eisenhower, ha proclamado al flamenco, después de una prolongada campaña de la Junta de Andalucía, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (PCIH).

Grabado de Gema Atoche 2008

Juan Talega

Dos advertencias tengo que realizar. Al referirme al flamenco lo hago exclusivamente al jitano o de clara procedencia jitana. Bajo el epígrafe o rótulo de flamenco se han conocido y se conocen tantas y tan variadas formas cantoras, sonoras y estéticas, que conviene distinguir entre ellas y no hacer un revuelto que forzosamente resultaría inconsistente, por más que algunas de esas formas se aproximaran e incluso fundieran de forma más o menos natural y espontánea en tiempos pretéritos. La segunda es que, para conocer los vericuetos históricos del flamenco, de la forma más aproximadamente certera, bastaría, además de con una inexcusable experiencia propia, con un solo libro: Luces y sombras del flamenco, de José Manuel Caballero Bonald. Tiene bastante ventaja sobre cualquier otro, pero no debe uno ocultarse que está escrito en momentos de remolinos y aparentes encrucijadas (1975), y que el autor no pudo evitar enredarse un tanto.

            Ya desde el enunciado de la declaración empezamos con los desacuerdos. ¿Son la voz, el sonido de la guitarra, las cuerdas y el puente, las palmas, los chorlos, el pañuelo del bailaor y el tintineo de vasos y botellas algo inmaterial? Los bollos con manteca por los que suspiraba Joaquín el de la Paula al atender las llamadas de los señores, ¿también eran algo inmaterial?.

            La proclamación se hace  sobre una tradición inalterada en el tiempo, para la que hay que contar con medidas de protección, según las normas de la UNESCO. El tiempo es lo único inalterable de cuanto existe. Mas nada de lo que contiene, o sea, nada de lo que en él vive, es inalterable. ¿Es que hay algo más alterado que el flamenco a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, e incluso desde su aparición ante el público a mediados del siglo XIX? Ni siquiera permaneció inalterado en el seno de las familias jitanas cantaoras. Pero todo eso ya desapareció, y las reminiscencias que quedan también lo harán. Los intérpretes fieles que quedaban, ciertamente gloriosos, fieles no a imaginarios cánones, sino a la herencia jitana presente en sus tuétanos, se extinguieron en los años sesenta, setenta e incluso ochenta, y con ellos los últimos vestigios del flamenco de peso.

Acrílico sobre tela de Gema Atoche 2008

            El hilo de bronce que durante tantos años aseguró la pervivencia del flamenco fue la familia jitana y la relación íntima. Ese hilo se rompió, y al romperse se rompió todo, se hizo imposible cuanto hasta ese momento había existido. Naturalmente, ese hilo no saltó por arte de magia. Fueron las formas de vida, en aspectos esenciales, las que cambiaron radicalmente. El flamenco había nacido en unas circunstancias dadas y tenía que desaparecer como tal, dado que la desaparición de esas circunstancias sociales tenía que llevarlo a la tumba. Los dinosaurios no evolucionaron, desaparecieron. En este asunto, la aplicación de la teoría de la evolución falla en su eje, porque sólo puede evolucionar aquello que vive.

            Pero, ¿es eso, lo ya desaparecido y que sólo podemos disfrutar en los archivos lo que acaba de ser nombrado PCIH? Puede que sí, pero lo que en la práctica aplastante se instituye como PCIH es lo actual, es decir, por poner ejemplos elocuentes, el «cante» de Miguel Poveda y tantos otros (a alguno de esos no lo voy a citar expresamente, dado lo sucedido el 13 de diciembre), el baile de ese que se agita en una caja de muertos puesta en pie, y el de otros karatekas, el «cante» de Estrella Morente, que puede equipararse a Enrique Iglesias respecto de su padre (el peor cantante que se ha conocido en España), el de tantos guitarristas que están más contentos cuanto más se alejan de la armonía y del compás, y, en fin, el de cualquiera que auspicie Canal Sur y demás pontífices de la nueva hornada.

            De modo que la declaración como PCIH se hace sobre un mal remedo del flamenco, sobre el flamenco más degradado, sobre la comercialización más nauseabunda, sobre la falsificación más desvergonzada, sobre una realidad en la que se enseñorea la mediocridad impuesta, sobre el peloteo y la trinca a cada paso sin arte que pase, surja ni quepa esperársele. Se alienta a los malos imitadores, al chillido en vez del cante, a la fusión emulsionadora que nada aporta ni siquiera a una posible nueva música. ¿Que a usted le gusta? Pues que le aproveche, amigo, porque oportunidades de disfrutarlo no le faltarán. Pero no es flamenco: no confundamos el pajarillo que vuela con uno de porcelana.

            Ya tiene la Junta de Andalucía, a costa de un concepto e incluso una realidad que fue, ¡que fue!, otro banderín de enganche, otra futilidad que utilizar para fomentar el orgullo de ser andaluz y pertenecer a la Patria andaluza. ¿No tiene hasta padre esa Patria? Ea, pues ya tiene también un patrimonio inmaterial. Por títulos que no quede.

Ahora se enseñará el flamenco en las escuelas. ¿Se pondrán en las aulas unas botellas, varios paquetes de tabaco y, en el caso de tocar la lección sobre el «flamenco moderno», algunas otras sustancias? Lo digo porque la realidad es total: no puede uno andarse a trozos con ella, ni siquiera con los niños. Aunque algunos dirán que se puede hacer flamenco aséptico, no contaminado de vicios propios y ajenos. Los docentes enseñarán que el flamenco es algo consustancial con el ser andaluz, con la esencia de Andalucía. Algunos remontarán la cosa hasta los tartesios, que, como todo el mundo sabe, eran andaluces a más no poder..

            Mientras, yo me conformaré con que el jitano que vende en una esquina espárragos y cabrillas y blanquillos y tagarninas y flores y tomillo y canta a veces a quien sabe que sabe no me eche en serio la maldición que me dijo en broma el otro día, porque no le compré nada. «Permita Dios y te lleves dos semanas escuchando al Poveda». O a otros.

Al cante Antonio Hermosín y al toque Niño Elías
Foto: Miguel Ángel Olivero

TRES EN LA RIBERA. Por José Cuevas del Río (1581-1613)

 El texto (fragmentario) de Cuevas del Río que se reproduce a continuación es el más recientemente rescatado por el profesor Sergi Visus Masveo. Me lo ha enviado, como ya hiciera con otros (esta vez desde el mexicano Instituto Nacional de Antropología e Historia), para que haga con él lo que mejor me parezca, y como yo, por el momento, comparto con el profesor la convicción de que la poesía debe ser (a diferencia de la demás literatura) entregada al común sea mala o buena, incluso sea o no sea, sea para su condena o para su disfrute, he facilitado a CARMINA estos versos de este paisano nuestro cuya vida terminó tan prontamente (que no prematuramente) en la segunda batalla de Mindanao. Resulta evidente que se trata de un diálogo entre tres hombres, Naceo, Nixeo y Noseo (a los que habría que añadir un «oyente-dicente»), en el que hablan de sus amantes preferidos, pretéritos o presentes.

Rafael Rodríguez González

 

David de Miguel Ángel

 

(…)

    Pero atendamos a Naceo,

    que es todo ombligo.

    Su decir es balbuceo.

 

    Oreo llamábase aquel rubio

que conducíame con su mirada

como arrastra un derrubio

la colosal corriente de la riada.

    Volvía de guerrear en país extraño,

y aunque era el mío amor sincero,

vi que guardaba para sí el daño

de tan formidable achicharradero.    

    Vivimos un año a nuestro apaño

hasta que hubo de partir a lo infrangible,

que era sufrir hogaño lo que otraño,

mas, por duplo, harto más terrible.

    ¿Qué contar, amigos, de mi nostalgia?

Nada que no observéis en la faz mía

recorrida de arrugas y dermalgia

y en mi mustia y pacata notomía.  

    De tarambana, en eremita troqué.

Nada en mí ardía, que en pábilo torné.

¿Es que era vida lo que en mí quedaba?

¿Acaso no perdí a quien me llenaba?

    Y así, el que estaba llamado a ser

firme y seguro báculo de mi vejez,

es ahora vivo y vitalicio recuerdo

que, oh paradoja, me mantiene cuerdo.

 

 Jimi Hendrix

 

Tras oír a Naceo,

    veamos lo que cuenta

    el tal Nixeo.

    Sirve Reo al señor de Carabello,

y mil veces juro que corresponde 

a título de tan noble conde 

tener por siervo varón tan bello.

    La vez primera que hallé ante mí

la negra cara del negro Reo

me dije ¿es posible un rostro así?

Y tuve grande emoción, y hasta mareo.

    Damas, gentilhombres y mozos

admiran, de claro o con embozo,

este prodigio extrañamente humano

traído que fue del Paraíso africano.

    Intuí, luego observé; certeza no tuve

hasta que en mis brazos le sostuve

y acariciar pude su patricio ceño,

del que por un instante fui dueño.

    No tiene Reo lo que suponen las gentes,

pero sí otras delicias y alicientes.

Es de dermis sensitiva y trato afable,

y en tratándole, un excelente ayuntable.

    De ahí que yo a diario trate a Reo

como trató Ugno al mismísimo Apogeo:

rindiéndole favor, tributo y pleitesía

en correspondencia a su magna travesía.

 Tigre al acecho

 

¿Un negro? Sea, mas no lo concibo.

    Veamos si es de recibo

    lo que de Noseo percibo.

 

    Sabéis que me acompaña la fama

de ser un consumado libertino,

y reconozco que no le faltará tino

a quien así lo repita en su proclama.

    Verdad es que como el tigre acecho,

que casi todo lo que pasa lo aprovecho,

que a la quietud no cedo,

y que quiero más, que nunca saciado quedo.

    Quién más, quién menos, según el fuego,

busca y rebusca para colmar su ego,

única virtud que se alcanza

si se juega al juego de bajar las calzas.

    No es penosa la elección que proponéis,

destacar, dentre tantos, el más brillante.

Adeo se llama, y me envidiaréis

el ser afecto a tan gran amante.

    Sabed que en todo a todos rebasa,

que uno tras otro prenden en su brasa,

que de todos los encantos va sobrado,

que nadie, en fin, resiste su llamado.

    Pasan los años y su juventud no mengua,

permanece su poder y da igual la lengua

que lo alabe, porque será cierta.

Siempre tiene Adeo fresca su huerta.     

    No podrán los leyentes

    decir

    que Noseo habló obscuramente

 

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ANEXO A LOS COMMENTS: de A.L.A. a A.C.

EPITELIOS. Rafael Rodríguez González

La mujer a la que le gusta un hombre va diciéndose: «Vamos a ver, hombre, a ver si…». El hombre al que le gusta una mujer va diciéndose: «Vamos a ver, hombre, a ver si…». He ahí un ejemplo de igualdad espontánea.

«Es un enfermo». De acuerdo en muchos casos, pero no hay que confundir enfermos con los monstruos que tan pródigamente genera el género humano.

Contra el vicio de mentir, la virtud de disimular. Y así nos va: disimulando, disimulando, disimulando…

PELUQUERÍA UNISEX. Bien, ¿pero de qué sexo? Con lo bonito y redondo, además de exacto, que es lo bi

No es lo mismo ser adulado que aludido, pero en ambos casos puede uno ser ofendido. En cualquiera de los tres casos la mayoría de las veces es mejor no darse por enterado.

La prisa es mala consejera, pero una siesta larga es de las peores.

Podemos tomarnos la libertad de… Otra cosa es que luego te estrelles.

«Primero nos vamos al Turia. Y después a la casa de Alicante». El sordete que seguía el diálogo enseguida fue a dar el parte a un hermano en el curioseo: «Se va para Asturias, ¡ y anda!, luego a cazar elefantes».

Un ejemplo de altura: Julio Cortázar

La verdadera altura de un hombre no puede medirse más que en centímetros. Otra cosa es la grandeza y ahí ya entraríamos en inmensas, inacabables y estériles polémicas.

Corrían tiempos de suma escasez. La opinión se dividía en dos: optimistas y pesimistas. Los primeros intuían que habría que comer mierda. Los otros aseguraban que no habría para todos.

Un mi compañero, a mi requerimiento de su apoyo para ejercer una acción justiciera, terminó así nuestra brevísima conversación: «A tus órdenes». En esas tres palabras están reunidos años de acción, de palos, de múltiples avatares. Y de total confianza en que ninguno nos requeriremos para lo contrario, jamás. (De todas maneras, a uno le gusta que le digan eso).

El coche eléctrico viene funcionando en las ferias desde hace un montón de años. Tal vez lo que se pretenda ahora sea trasplantarnos su locura de forma permanente.

Si se les pregunta, serán millones las personas que contesten que El Quijote es la obra cumbre de la literatura. Convendría hacer una gran campaña que difundiera lo contrario, a ver si así se consigue que lo leamos algunas de entre esos millones.

Un hombre sentencioso. «¿Pa’ónde vas?». El otro: «Voy p’abajo». «P’abajo vamos tós». A otro: «¿Aónde vas?», «p’allá voy», «p’allá vamos a ir tós». Con personas así es imposible equivocarse.

A las personas que no contestan el saludo las deberían militarizar.

Cuando en un festival una película no recibe más que el premio al mejor guión quiere decirse que la película es mala, porque de haber aprovechado el guión hubiese ganado el de mejor película.

«Hasta ahora, los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, …». El tío Carlos no podía prever que la mayoría de los que vendrían después no sólo no intentarían transformarlo, sino que serían incluso peores intérpretes que los que él conoció. La gran mayoría de los silósifos no valdrían ni para los karaokes.

Manolito el de María (con sombrero) en una taberna

De siempre, en tabernas y bares de calidad se ha distinguido entre clientes y fijos.

También están los que son de fiar. Son los menos apreciados, lógicamente.

En un bar en que los dependientes no están pendientes del cliente es éste el que debe estar pendiente de los dependientes, lo que resulta conveniente porque algo raro pasa y no se sabe qué consecuencias inconvenientes pudieran producirse. Como mínimo, por atención deficiente.

Hay quien ve la realidad a puntadas. Y quien da puntadas y puntadas para que se vea tal como es: una putada.

Ángela Davis y Michelle Obama

Tras ingentes esfuerzos, y ante la sorpresa general, ha quedado demostrado que Michelle Obama no es Angela Davis.

Casi siempre el panorama político-social-económico, es decir, el panorama político, es como un bosque plagado de alimañas de todo tipo. Y la gente esperando que aparezca Francisco de Asís o San Jorge para atravesarlo. A mí me parece que es el único bosque que hay que quemar.

Con permiso de él, digo como Pablo Argue: «Algunos, alguna vez, algunas de estas cosas habrán pensado o pensarán. ¡Qué presunción más ridícula la mía si pensara que sólo yo soy capaz de pensar lo que digo que pienso!».

(Escena de patio)

Anda y que te den un tiro…

con pólvora de mis ojos

y balas de mis suspiros

Y pensó ella, que no tenía ná de espabilá: “Y que te salga el tiro por la culata, so…”.

(Escena de patio)

Permita Dios y te veas

sacando agua del pozo

y con la cuba no pueas

Y añadió el suegro: “Y cuando saques el agua esté envenená”.

RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (4ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

Gato
Foto ODP
2001

CUARTA PARTE

En mi casa, desde que murió mi mujer hace ya nueve años, no ha habido animales. Ella tenía un gato, al que llamaba Renato. Decía que si los gatos tienen siete vidas es que renacen, de ahí que bautizara al suyo Renato: re-nato. Renato desapareció una noche por tejados y azoteas, y hasta hoy. No sabemos por cuál vida irá. Me he acordado de lo del gato porque Ramiro peleó un día, en medio de la calle, con uno de nuestros vecinos, José Iglesias Montero (universalmente conocido como Pepe Iglesias), a cuenta de los gatos a los que Pepe da de comer. Los gatos acuden todos los días a Casa Pepe con puntualidad taurina. A cuenta de los gatos, he dicho, pero también de las lagartijas. Porque Ramiro es un acérrimo defensor de las lagartijas, a las que considera unos animalitos beneficiosos para los humanos. Ramiro insiste en que las lagartijas no producen ningún mal, que lo que hay son chochales que antes servían para atemorizar a los chiquillos y que se las sigue persiguiendo porque, asegura, en la televisión se las ignora, promocionándose en cambio a las iguanas, sus primas lejanas, que, traídas de países extraños, son convertidas en mascotas, mientras que las lagartijas, como son de aquí y no hay que pagar por ellas, no son apreciadas. Ramiro siempre ha sido partidario de las lagartijas, le resultan simpáticas, a mí también, pero ese sentimiento se le ha encendido aún más desde que tiene el problema de los bichos, porque las lagartijas se alimentan de insectos. La pelea se produjo porque Ramiro le echó en cara a Pepe Iglesias que sobrealimente a los gatos, ayudando con ello a que los felinos se reproduzcan más fácilmente (yo creía que era al contrario). Todo es porque los gatos cazan lagartijas, no para comérselas, sino para jugar haciendo daño. Existen, pues, más parecidos entre el gato y el hombre de lo que normalmente se cree. Pepe Iglesias tenía toda la razón del mundo al molestarse con las invectivas de Ramiro, pero creo que se excedió cuando le dijo: «¡Venga ya y vete ya a la casa de los bichos, hombre!», y «¡Vaya tela con el nota este, tío!». Fue una situación muy violenta que ni los bichos, ni las lagartijas, ni los gatos, y mucho menos los vecinos merecíamos.

Los bichos serán pronto cosa del pasado. Después de tantas batidas, de tanto manotazo de tanto pisotón, de tanto insecticida, y aunque todo ello haya ayudado a la casi cantada victoria sobre esos energúmenos, ha sido otra arma la que más ha contribuido a la tarea. No es la rama de laurel en la ventana, ni un vaso lleno de gasolina, ni unas velas encendidas toda la noche, ni otros remedios propios del Vudú. Se trata de esas cuadrículas que se reparten por el suelo y hacen enfermar a los bichos, contagiándose entre ellos. Las hay mejores y peores. En privado sí puedo recomendar la mejor marca, pero no desde aquí.

Contaría más cosas de Ramiro, pero el otro día me dejó tan sorprendido que he optado por no seguir, no sea que se cierna sobre todos nosotros alguna amenaza que nos deje desmorecidos. Es que dice que le hubiera gustado ser olivo. “¿Para qué?”, le dije. “Para ser útil a quien quiera ahorcarse”. Además, me ha asegurado que va a hablar con Servicios Urbanos del Ayuntamiento para que hagan un descaste de gatos en Alcalá. No me extrañaría que lo consiguiera.

Salamanquesa
Foto ODP
2010

PRIMERA PARTE

MONSERGA POST-MUNDIAL PARA NIÑOS CIEGOS (A Dolorcita, lavandera). Unas letras de Rafael Rodríguez González, 2010

 
 
PRIMER TIEMPO

 

Yo soy la bandera.

 

Yo el balón.

 

(Al balón ya lo han chutado.

La bandera permanece inmóvil, reservada)

 

Bandera, ábrete y ondea,

que tus colores me vean,

dice el balón, medio en broma, juguetón.

 

Tú calla y rueda,

le responde la bandera,

áspera, inane y queda.

 

Vale, contesta el balón, algo molesto.

Lo mío es el movimiento.

A veces estoy por el suelo; otras,

más arriba que el más alto de tus mástiles:

con sólo una patada que me den

destaco y tremolo

mucho más que tú.

Los hombres me persiguen,

me toman en sus manos,

chocan sus frentes conmigo;

y en ocasiones, de alegría,

 me abrazan y otra patada me asestan.

Que yo entre o no entre lo decide todo.

Tú… atada a un palo, te mueves sólo

si al viento le da por soplar.

Si es que no, ahí te quedas, lacia perdida.

¿De qué te la das,

trapo coloreado,

si hasta el retal del linier

manda y sirve más que tú?

 

ACABADA LA PRÓRROGA…

 

Yo soy La Bandera.

 

Soy La Bandera.

 

La Bandera.

 

Con palo o sin palo

me agitan y flamean.

Me besan, me adoran.

Estoy por todos lados.

Me veo en todos sitios.

Me llevan, me traen,

vuelvo, vengo, voy.

No me canso, porque no hago nada:

a mí todo me lo hacen.

Conmigo cubren sus cuerpos,

me sacan en carros y balcones,

Me gritan sus canciones.

Conmigo adornan sus cabeceras

y tapizan sus sillones.

Hasta en los cuartos de baño me ponen.

Estoy siempre muy oreada, yo,

muy reconocida y laureada, yo,

muy vista y rameada, yo.

Yo soy la triunfante,

yo tengo la corona,

mía es la gloria flamante.

Yo.

 

(El balón, en una esquina,

desespera de que lo saquen

en un córner inexistente)

 

La bandera, toda perfil de moneda,

 lo mira y ríe:

YO SOY LA BANDERA,

el trapo coloreado, ¿te acuerdas?

Mientras tú eras golpeado,

lanzado y despedido,

yo estaba reclinada en un palo,

sin dar un palo al agua,

y sin que me lo dieran.

Hoy soy la reina.

Yo soy la bandera.

¡Soy la bandera! ¿Te enteras?

¡Soy la madre superiora!

¡La madre espiritual de tela de todas las madres!

¡Y de todos los padres!

En mí se reconocen.

En mí se emocionan.

En mí viven y esperan.

 En un trapo de colores.

 

 

 

RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (3ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

Doña María de las Mercedes de Borbón Dos Sicilias
1910-2000

TERCERA PARTE

Un día supe que andaba contando que su madre lo había tenido en el hospital de la Cruz Roja, donde hubieron de hacerle la cesárea. Resulta que en esos días estaba en Sevilla doña María de las Mercedes de Borbón,esposa de don Juan de Borbón y madre de nuestro anciano rey Juan Carlos. La señora, que vivía en Portugal, o alternativamente en Portugal y Suiza, había ido a Sevilla a ver a su padre, ya moribundo. Total, que doña María de las Mercedes visitó también el hospital de la Cruz Roja. Una vez en él, de entre todos los recién nacidos sólo cogió en brazos a uno, precisamente a Ramirito. Y Ramiro va haciendo gracias por ahí diciendo que es «hermano de brazos» de Juan Carlos, porque si hay hermanos de leche, de sangre, de cría, etcétera, también los hay de brazos. Y que él y Juan Carlos lo son. La cosa tendrá gracia o no la tendrá, lo que pasa es que el niño protagonista de hecho, que ocurrió el 24 de Marzo de 1955, dos días después de haber sido extraído por cesárea, no fue Ramiro Ruiz Gantero, sino un servidor, Raúl Roca Gales, que había nacido en las circunstancias descritas. Soy yo, por tanto, quien ostentaría el título de hermano de brazos de Juan Carlos I. Que Ramiro se apropiara de esa forma de lo que me había sucedido vino a demostrarme con rotundidad que lo que hace Ramiro no es escuchar y discernir, sino que lo suyo es absorber lo que flote, circule o vibre por el aire, convirtiéndola en una más de las cosas de Ramiro, que, dicho sea de paso, nació en la misma casa donde vive, en 1949 y sin distocia de ninguna clase.

Recuerdo ahora cuando lo jubilaron anticipadamente en la fábrica de vidrio en la que estuvo durante veinticinco años. Hace de eso unos diez. Fuí a recogerlo con el coche porque después íbamos a Sevilla. En la puerta estaban el gerente, todos los de la oficina (donde trabajaba) y los encargados de los talleres, observando al prejubilado mientras se alejaba de la factoría. No sé si lo que hacían era despedirse de un querido compañero o si comprobaban su partida por parecerles increíble. Ya en Sevilla, y yendo los dos por una casi desierta calle Trajano en busca de la gestoría en la que Ramiro tramitaba un asunto, dos jovenzuelos se cruzaron con nosotros, casi a la carrera, preguntándonos en ese momento: «¿Sabe usted cómo va España?». «¡España va bien!», gritó Ramiro. Los chavales echaron a reír con estrépito. Era el día, y la hora, en que la selección española de fútbol se las veía con la de Dinamarca. Esas ocurrencias, que de todas formas prodiga poco, son las que hacen que a veces merezca la pena estar a su lado.

A Ramiro le exasperan las molestias impuestas e innecesarias. Leonardo me contó que una tarde, serían las tres y media, sonó el teléfono. Lo cogió Teresa. Era una de esas odiosas llamadas comerciales y la hermana de Leonardo, disculpándose, colgó de inmediato. A las cuatro volvieron a llamar. Esta vez, al ver que de nuevo aparecía en el reconocedor la leyenda «NÚMERO PRIVADO», nadie cogió el aparato. A las cuatro y diez sonó de nuevo el repiqueteo y esta vez fue Ramiro a contestar, haciéndolo de esta manera: «Señorita, ¿está su jefe ahí cerca?». Parece que la señorita siguió con su trascendental tarea informativa sin hacer caso de la pregunta de Ramiro. «Pues mándelo usted a la mierda de mi parte, señorita». Pero la tal vez atada al desesperante parloteo siguió perorando sin desmayo, de modo que Ramiro, sin alterarse demasiado, le soltó, colgando después: «Pues vaya usted a la misma mierda que su jefe, señorita». Totalmente excesivo, y, por desgracia, tan inútil como querer detener el oleaje del mar. Antes podremos acabar con el mar que con su oleaje.

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SEGUNDA PARTE


CUARTA PARTE