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RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (2ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

SEGUNDA PARTE

El verano pasado lo evité algunos días, aunque mi intención fue haberlo hecho por una larga temporada. El motivo fue una casualidad como la de que era la tarde de un sábado de Agosto y los dos coincidimos en tener que ir a la farmacia de guardia. Él por su madre y yo por mi memoria. El calor, qué les voy a contar a ustedes, era del que le hace uno renegar de todo lo renegable. A mitad de la calle Gandul, a la altura del Donegan, vimos a una mujer en un coche con las ventanillas cerradas y el aire acondicionado en funcionamiento. Bueno, en realidad yo vi a una mujer en un coche. La mujer, esto ya lo he puesto en pie después, se notaba relajada, a gusto dentro de aquella cámara benefactora, de aquel atérmano microclima, que diría un cursi de hoy. Pues bien, Ramiro cruzó de repente la calzada y golpeó levemente la ventanilla. La que en ese momento estaba en la gloria bajó un poco el cristal, lo suficiente para oír la petición de mi acompañante: «Abra usted, que vamos a entrar un momento para refrescarnos». No dio tiempo a que ocurriera nada más, porque pronunciando Ramiro la última sílaba ya lo tenía yo agarrado del brazo y tiraba firmemente de él, mientras miraba a la mujer intentando que notara en mi cara el mismo asombro, o casi, que había en la suya. Yo sudaba mientras maldecía la mala pata de no haberme acordado por la mañana de la medicina que necesitaba retirar. Mintiendo, le dije que había olvidado la tarjeta, bajé hasta el Pasaje Pinto y di un rodeo por la calle Mairena y la del Carmen, dándole tiempo a que llegara a la farmacia, que le atendieran y ponerse en la Plazuela. «Más sorprendida que la Armada Invencible», dijo después Ramiro del estado de la mujer, asegurando, además, que lo correcto hubiera sido que ella ofreciera su coche como refugio sin tener que pedírselo, dadas las circunstancias ambientales. A Rafaela, una vecina amiga mía, que estaba en aquel momento cerrando la puerta de su cochera, no se le pasó por alto el acontecimiento del coche con mujer o mujer con coche, porque al día siguiente me preguntó: «¿Ahora qué le pasaba al loco ése?».

A mediados de verano Ramiro había logrado disminuir el número de bichos, hasta el punto de decirme, usando una de sus antañadas: «Me parece, Raúl, que han quedado extinguidos, como los hebreos en Egipto». «O como los indios en el Caribe después de llegar nosotros», puntualicé, a sabiendas de que la apostilla le molestaría. «Tú sabes que los ingleses fueron peores en Norteamérica», me respondió, en un tono que indicaba el fin por ese día de los comentarios históricos.

Pero no resultó cierta la desaparición de los bichos, porque una tarde, ya tarde, vio uno por la pared, a buena altura, que fue a refugiarse, ante el avance de Ramiro, en el almanaque de la cocina. Sucedió que al dar Ramiro un manotazo para matar al bicho cayeron del almanaque cuatro o cinco más, todos vivos, mientras que dos o tres corrían por los azulejos. Estaban allí acogidos al paso del tiempo, probablemente en la hoja de Diciembre, pero para ellos el año acabó algunos meses antes: Ramiro los mató a todos. A consecuencia del incidente, lo mismo doña Aurora que Teresa, cada vez que toman una revista en sus manos (doña Aurora el Semana, Teresa el Hola) la sacuden, no sea que los cocineros recorran sus páginas, y no precisamente ofreciendo recetas.

PRIMERA PARTE

TERCERA PARTE

RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (1ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

Foto de Dolores Ibárruri y su hijo Rubén
(Probablemente la última que se hicieron madre e hijo)

PRIMERA PARTE

Veinte años llevo de vecino de Ramiro y aún sigo respondiendo del mismo modo a la misma pregunta. Para cuantas personas lo tratan, la duda no es ni remota opción: sí, está loco. Yo no lo tengo tan claro, y por eso encoger los hombros es mi respuesta. Para doña Aurora, su madre, y para Teresa, íntima de la familia, la cuestión no llega a serlo: Ramiro es Ramiro y sus cosas son las que tiene en sus habitaciones o lleva cuando sale, no las que lo tienen en boca de la gente y que a las dos mujeres no les ocupan los oídos: por uno entran y por el otro salen.

Según el hermano de Teresa, Leonardo, Ramiro no se parece a su padre, Francisco Ruiz Heriotzalgorri, hombre adusto y ajeno a extravagancias. Don Francisco y doña Aurora  llegaron a Alcalá en 1948, cuatro años después de que él regresara de la URSS, donde estuvo en la División Azul con el grado de teniente. Por cierto que, según me contó Leonardo, Ramiro a punto estuvo de llamarse Rubén, que era el nombre que le gustaba a doña Aurora para su niño. Pero cuando a don Francisco le dijeron que el hijo de Dolores Ibárruri, que cayó en la batalla de Stalingrado, se llamaba así, de eso no se habló más y al niño se le puso Ramiro, en memoria de Ledesma Ramos, el fundador de las JONS. Para don Francisco hubiera sido indigerible que su hijo tuviera el nombre y el primer apellido iguales que los del hijo de Pasionaria: Rubén Ruiz.

La primera impresión que tuve de Ramiro fue magnífica. Recién llegado yo desde Osuna, coincidimos una tarde en un bar en el que seis o siete chavales, casi niños, sentados a una mesa jugaban a las cartas… sin una sola carta. Las daba el mayorcito de ellos, mientras pronunciaba una letanía incomprensible para nosotros. Se iba Ramiro, pero llegado a la puerta se volvió y dijo a los mozalbetes: «¿No estaréis jugando al dinero, eh?». A los zagales y a mí nos unió la carcajada. «Éste», me dije, «algo tiene». Después lo fui tratando más: alguna charla en nuestra calle, la de Jardinillos; algún encuentro en el supermercado. Comprenderán que no me detenga a describir físicamente a Ramiro: para la mayoría de ustedes es de sobras conocido. Y a quien no le conozca, ¿para qué le serviría la descripción?.

Ramiro lleva meses con los bichos. Liado, por hecho un lío, con los bichos. Los bichos ocupándole tiempo y mente. Los bichos siempre presentes. Y es que los hay. Yo he visto, una mañana que Ramiro me mostró el resultado de una de sus batidas, un recogedor con decenas de bichos muertos. Él contemplaba los cadáveres mientras en su ánimo se mezclaban la alegría por tanta muerte y la preocupación ante la certeza de que esos que estaban a sus pies no serían los últimos. Los bichos han llegado a agobiarle. Incluso ha pensado alguna vez matricularse en la facultad de Biología, o, por lo menos, en hacerse con libros en los que aprender sobre esos insectos. Por ejemplo, le intriga saber qué comen. Los ha sorprendido dentro del fregadero, en el cajetín de la lavadora, en la tabla de cortar, sobre los apagados fuegos, en el cajón de los cubiertos, donde están las especias, por entre las bayetas y los paños…; pero como por la noche todo se queda limpio, no hay restos de comida, nada, en fin, de lo que los bichos puedan succionar, Ramiro no da con las sustancias que les procuran el sustento. Es más, alguna vez ha dejado a propósito algún resto de fruta, un hilo de aceite, el caldo y las pepitas de un tomate, el resto líquido de una lata de mejillones; pero no, cuando de madrugada se ha levantado y tras encender la luz ha visto a los bichos correr para esconderse, no ha podido cerciorarse de que alguno de ellos estuviera atareado con cualquiera de los residuos dejados ex profeso. «Si se alimentan de la nada», dice Ramiro, «es que son imbatibles». A Ramiro le pica la curiosidad. ¿Cómo se reproducen? ¿Son o no hermafroditas? Sean auto suficientes para engendrar o precisen el mutualismo genital, Ramiro sabe cómo nacen: el animal suelta una cápsula pajiza y de ella salen aproximadamente quince nuevos colonos que de inmediato se dispersan.

Ramiro sigue sin saber el nombre de los bichos. El científico. El vulgar, que es bien obvio, sí lo conoce: «Cocineros, la gente les dice cocineros; por qué será», dice Ramiro con media sonrisa paseando la vista por su cocina, convertida en campo de batalla en el que los gases tóxicos son el arma preponderante. «Esto es peor que la Primera Guerra Mundial y la de Irán-Iraq», asegura Ramiro, tan aficionado a rememorar guerras y batallas. «Y la de Vietnam qué?», entremeto yo. «También, también», me concede, contento de que alguien participe en uno de sus temas-juegos preferidos.

El método manual directo tardó Ramiro en usarlo, y es normal: produce escrúpulo  aplastar con la mano un bicho de esos, sin mediar trapo o guante. Pero las reticencias de se tipo son vencidas por la propia insistencia presencial de los mismos que van a ser víctimas  del fin de la escrupulosidad, de modo que Ramiro, que hubiese preferido mancharse las manos de sangre, antes que con el fluido casi incoloro y de leve viscosidad que expelen los cocineros al ser destripados, más adelante llegó a desear toparse con un cocinero para darse el gusto de matarlo con sus propias manos. Me resisto a creer que se deseo haya llegado a imperar en él, encumbrándose sobre el más básico decoro que debe guiar la actitud de un ser humano.

No he llegado a plantearle a Ramiro este problema metafísico. Él preferiría otras disyuntivas, como por ejemplo qué hubiera hecho de haber sido Noé: embarcar o no a la pareja de bichos. A la pareja, o, de ser hermafroditas, a uno solo. Por cierto, esa posibilidad no parece haberse tenido en cuenta, al menos para contarlo, porque animales hermafroditas existirían en la época del Diluvio, en que ya hacía mucho que la Creación había concluido. No es cosa de entrar aquí en el debate sobre creacionismo y evolución. También pudo suceder que Noé no supiera, debido a que sobre eso no hubiera recibido revelación divina, que existían animales hermafroditas, con lo que al subir dos al Arca pudo dar pie a que se multiplicaran mucho más de lo que en realidad les correspondía. Pero lo dejo aquí, o a Ramiro acabarán preguntándole sobre mí lo que a mí me preguntan sobre él.

Pintura del estadounidense Edward Hicks
(1780-1849)

SEGUNDA PARTE

UN ITALIANO EN LA CORTE DE JOAQUÍN EL DE LA PAULA. Por Rafael Rodríguez González (2010)

La Murga de Joaquín el de la Paula. Foto: De autor anónimo (aprox. 1922)


Siempre me ha parecido raro que en Alcalá, tierra de tantos historiadores, antropólogos, cronistas, literatos de toda laya y demás sabihondos y eruditos de tan diversos troncos, variadas ramas y diferentes raíces, nunca se haya hecho ni tan siquiera una referencia a Fabrizio Cobertori Ilmanta, un italiano que habitó en nuestra ondulada villa durante los años que fueron de 1898 a 1919, ambos inclusive.

Sobre cuestiones tales como qué dejaba atrás, qué le llevó a elegir Alcalá para afincarse, y demás extremos de ese jaez, nunca han faltado habladurías, rumores y esos tan comunes “a mí me han dicho…”; “seguramente…”, pero no podemos hacer caso de ese tipo de especulaciones, que con otras de muy distinto carácter ya tenemos más que suficiente. Lo que sabemos es que Fabrizio fue amamantado, igual que Rómulo y Remo, en alguna de las colinas romanas, y que llegó a España, junto a su cónyuge, desde la isla de Cuba, de donde salieron al mismo tiempo que el ejército español. Fabrizio, al desembarcar en Cádiz, no tenía aún la treintena. Era un hombre alto, siempre muy bien vestido, pero lo que más destacaba en él, nada más verle, era su simpatía, la sonrisa natural de sus ojos y la expresión sinceramente acogedora.

Su esposa, también hija de la Gran Bota, se llamaba Francesca da Rimini. Buena parte de la celebridad que Fabrizio obtuvo en nuestro hornero pueblo se debió a Francesca, una dama que cuando llegó a Alcalá era una mujer… llamativa, esa es la palabra. No es probable que fuese la misma señora que inspirara al gran Piotr Igor Tchaikovsky el majestuoso poema sinfónico del mismo nombre, pero tampoco hay que descartarlo. A propósito, no se debe confundir a nuestro Fabrizio con el célebre autor piamontino de mismo nombre y apellidos, insigne seguidor de Mazzini.

Francesca y Fabrizio en una fotografía realizada en Sevilla en el estudio de Camilo Dosmolinos en 1909. (Este fotógrafo fue el primero en aplicar el color a la fotografía, adelantándose a la técnica del Autochrome estrenada en 1935. R.R.G.).

Relatar, no más fuese de manera esbozada, todo lo que Fabrizio hizo, casi hizo, dejó de hacer, y hasta deshizo, durante su orománica estancia, requeriría de un gran volumen. Vamos pues a conformarnos, a la espera de otras oportunidades, con unas pinceladas sobre la relación que Fabrizio mantuvo durante esos años con Joaquín Fernández Franco, nuestro cantaor más universal y desconocido, así como con algunos de los más allegados al hijo del Gordo y de la Paula. Nuestro italo-guadairíaco se enamoró del estilo, del arte, del Ser, en suma, de aquel racimo de gitanos alcalareños.

Entre los más cercanos a Joaquín estaban su compadre Viturino, Paco el de la Malena y el Tío Frasco. No obstante, quizás que el más apreciado fuese el conocido como Juanito el Yonó. “Juan, ¿has visto pasar a Fulano?”; “Yo no”, respondía Juanito, aunque no hiciera ni un minuto que Fulano había pasado, e incluso departido con él unos instantes. Su respuesta era invariable. “Juan, que están buscando gente para el verdeo…”. “Yo no”, decía Juan. “Hace frío, Juanito”; “Yo no”, contestaba, por más que sus labios, temblorosos, hubieran tomado el color púrpura, y sus pies no dejaran de moverse para servir de poleas que calentaran el cuerpo. “Juan, ¿quieres un vasito?”; “Yo no”, replicaba, al tiempo que, aligerando sus pasos, llegaba al mostrador antes que el que invitaba. Por lo demás, el Yonó era el gitano más elegante y de más gracia (que no “gracioso” en el sentido televisivo de hoy) cuando se ponía a bailar, cantando él mismo y al mismo tiempo unas letras, muchas de ellas tomadas de canciones populares, que, vertidas al compás de la fiesta gitana, alcanzaban un relumbre, más que especial, único.

Joaquín, cuando lo buscaban para una reunión, siempre procuraba que Juanito fuese con él. A veces, para vencer las reticencias de algún desconocedor del arte del Yonó, el solearero decía, con ojos pícaros, remarcando lo que subrayo: “Es que yo nó puedo cantar como este no venga”.


Paco Valdepeñas por Steve Kahn

(Por lo que he oído y visto, podríamos considerar al Yonó como uno de los antecesores de artistas que algunos hemos llegado a conocer, y que fueron desapareciendo inevitablemente, no sólo por lo natural de la duración de cada persona, sino principalmente porque las condiciones para la existencia de esos personajes, en tanto que tales, se extinguieron. Hoy podemos admirar en internet a algunos de ellos. Me permito recomendar a uno relativamente poco conocido: Paco Valdepeñas. Hay tres o cuatro vídeos, de entre los que aparece este Paco, que demuestran muy a las claras, pese a la insufrible torpeza de los realizadores de estas y otras tomas en que hay baile, que el arte se tiene o no se tiene, y sanseacabó, ¡y vaya si Paco lo tenía! Me refiero, claro, al arte innato, natural y espontáneo, ese que, saliendo del tuétano, recorre la sangre y aflora en la piel, en la expresión y en ese movimiento que a veces se manifiesta en postura, en amago, como si se dijera sin pronunciar. Desde luego, sería de género tonto no valorar en su justo término el arte que se aprende, es decir, el del artesano, ese que, como su propio nombre indica, hay que trabajarlo. De todos modos, pocos llegan a alcanzarlo, por muchas palizas que se den. Es éste muy apreciable, y hoy casi el único encontrable, pero sin posible comparación con el otro. Esto que digo vale, si es que vale, para el cante, el baile y el toque).

Fabrizio Cobertori, ya digo, quedó prendado del cante de Joaquín, de la expresión del Yonó y de la compañía de otros gitanos que le hacían estar en un mundo hasta entonces totalmente  desconocido para él. Se sorprendía, ingenuo, de que el arte de algunos de estos sus nuevos amigos no fuese “piu visitato”.

El matrimonio vivía holgadamente. Doña Francesca, que en cada una de sus salidas arrastraba las admiradas miradas de todo el mundo, es decir, de hombres y de mujeres, conducía la gestión cotidiana del negocio familiar, si bien la administración económica la llevaba en consuno con su amantísimo esposo, que es como deben ser las cosas.

Para nombrar con palabras exactas la industria de los Cobertori no recurriremos a expresiones relamidas, como esa de “casa de citas”; tampoco a esa otra, “local de lenocinio”, que puede traernos a la mente cualquier organismo oficial. Menos aún, como comprenderán, podemos emplear ese título tan categórico que desde el principio tienen ustedes en la punta de la lengua. Fabrizio le llamaba, sólo entre la gente de más confianza, negozio di lusso (tienda de lujo). Desde Sevilla, Utrera y Dos Hermanas, incluso Carmona y Écija, no digamos Mairena, venían señores al negozio. El alcalde de entonces (no va a ser el de ahora, dirán ustedes), recibía presiones para que pusiera fin a las actividades de la romana pareja; pero, al tenerlas también en sentido contrario, incluso por parte de personas “bien”, el regidor dejó las cosas como estaban, que no hacer nada es siempre cosa de gran alivio. De todas maneras, il negozio di lusso se convirtió en aquellos años en el reclamo turístico más emblemático de nuestra aromática localidad. Casi en seña de identidad, eso es.

Por muy poco no llegó a integrarse el italo-cubano-alcalareño en la escuadra carnavalesca de Joaquín el de la Paula. Los anárquicos y al mismo tiempo ceremoniosos ensayos llegaron a ser, con Fabrizio de ejecutante, lo más divertido del mundo, pero también lo más imposible de poner en pie. La frustrada integración fue compensada con el hecho de que alguno de la escuadra (unos dicen que Joaquín, yo creo que Pedro Roldán) compusiera una letra dedicada a pareja tan destacada. Cuando Fabrizio la oyó, en plena calle, “tomó” con sus amigos una de las tabernas de la Plazuela, y allí estuvieron hasta las tantas.

Trascribo a continuación parte de esa letra (1), fiel reflejo de aquellos carnavales, tabernarios y callejeros, en los que todo era auténtico y autóctono, sin copia ni remedo; sencillo, pero no falto de intención; atrevido, pero no insolente; prudente, pero nunca estrecho ni mojigato; dotado, además, de verdadero sentido musical.


Hoy les vamos a hablar de nuestro amigo Fabrizio,

el primer italiano que en Alcalá puso un piso.

Este romano es sobrino de Teodosio y Trajano,

y mucho nos alegramos de que aquí se haya quedado.

A él no se le da cuidao de gastarse los dineros,

porque dice, convencío: disfrutar es lo primero.

Na más lo vemos venir ya vamos entrando en calor,

que por apellidos lleva la manta y el cobertor.

Le gusta el cante y el baile, la fiesta de los gitanos;

lo vuelven loco Joaquín, Manuel Torre y su hermano.

Mira si le gusta el cante, que a cantar ya s’hatrevío;

no lo hace malamente, pero le faltan avíos.

Tiene la mujer más guapa que conoce el mundo entero, (2)

y en su piso tiene amigas que menean el plumero.

Al Yonó lo recibieron un día por la mañana;

se creyó que era el primero que tocaba la diana.

El pobre no se acordaba, emocionao como estaba,

que eso está más transitao que el puente que va a Triana.

Si tuviéramos la desgracia que se fuera de Alcalá,

al Papa de Roma diremos: ¡Hágase tu voluntad!,

pero mándanos otra romana que por lo menos sea igual.

Los hombres se vuelven locos y las mujeres rabian.

Lo que tienen que hacer ellas es gastar Heno de Pravia.

Y ellos que  metan los pies en dos sandalias

y tengan mucho cuidao con las duras represalias. (3)

____

(1) Se la escuché, va para cuarenta años, a Diego Ríos Carmona.

(2) Percátense del doble sentido de la frase.

(3) Quienes accedían al piso debían cambiar su calzado por unas sandalias que ponían al descubierto la higiene, o su falta, de los dueños de los pies. Al decir “las represalias“ se referían a tener que lavarse (y no sólo los pies, claro). En cuanto al famoso jabón, por aquellos años ya se iba consolidando en el mercado. La gente decía que el piso era lo más “espercuío” que había en Alcalá.

La pareja hubo de partir. No porque Francesca, aún lozana, no pudiera atender la dirección del negozio, cosa para la que, como todo el mundo sabe, la edad no es grande ni chico impedimento, sino porque, según llegó a saberse, el gobernador civil, temeroso de que la cosa adquiriese tonos más agrios, cedió a las exigencias del sector pretendidamente anti-vicio. Para bien y para mal, la fama del negozio había llegado a “las alturas”.

Días antes de la partida, tuvo lugar una gran juerga. Estuvieron Joaquín, sus hermanos Agustín, José y Vicenta, el Yonó, Tío Frasco, Manuel y Pepe Torre (nada menos), la Roezna, Carlos Franco, Juanito Talega, Manuel “el Tronco”, José Jiménez (padre de Fernanda y Bernarda), un panadero conocido como “Pepe Voy” (ya contaré lo de este), los guitarristas Javier Molina y Miguel Borrull, y algunos más que, a última hora, todos con sus zacáis brijindando, acompañaron a la pareja hasta el tren. Tres señoritas partían con los artífices del desde ese momento truncado turismo alcalareño. Fabrizio, agitando su pañuelo al modo italiano, decía a sus amigos, combinando sus dos lenguas romances: Ritornaré, compagnos, ritornaré, para gozar de vuestro arte; ¡ciao, ciao, fratelli!.

Pero no volvió. Fabrizio Cobertori Ilmanta, la bella Francesca y las tres girls murieron en el naufragio del Until Here, un barco de bandera británica, por lo que se ve muy ligero de cascos, que les llevaba de Cartagena a Marsella, hundido por el choque, al entrar en el puerto de Mallorca, con los restos de un submarino alemán de la Gran Guerra que aún nadaba entre dos aguas, y que en aquellos momentos estaba siendo remolcado.

Cuando Joaquín supo del trágico suceso, la pena no le permitió más que balbucear una única y sentida reflexión, mientras lágrimas heladas le caían por la cara: “Nadie sabe cuándo; ni aónde”. “Yo no”, dijo Juanito, que lloraba a su lado.

Submarinos alemanes (Fuente: ESPASA-CALPE, 1927)

JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PRIMERA PARTE). Por Rafael Rodríguez González

(SEGUNDA PARTE)

(TERCERA PARTE)

(PARTE CUARTA, O «PALABRAS PARA JULIO» DE ANDRÉS ASIDO)


¿GALENO, O PODENCO?. Suave diatriba de un (im)paciente dolido. Por Rafael Rodríguez González (2009).

galeno (wikipedia)Claudio Galeno. Liografía de Pierre Roche Vigneron, ca. 1865

Que el hábito no hace al monje es una verdad axiomática. Que el título no hace al médico es una verdad, más que axiomática, axiomatiquísima, que diría un hijo de Mairena. El no va más de lo incontrovertible.

Lo que un fraile haga, lo sea con o sin hábito, o no lo sea con o sin él, es poco probable que pueda representar un peligro, al menos en estos tiempos. No así el médico, que lo mismo puede ser un salvador que un agente patógeno de mucho cuidado.

Abundan los ejemplos de buenos médicos, igual que no faltan de mediocres, de resignados, de amargados, de abrumados, de rebosantes de hastío. Los hay incluso de sorprendidos ellos mismos por enfermedades que descubren en los demás, lo que no implica que sean unos inútiles, pero por lo menos sí que inapetentes de su propia salud. Hay médicos de toda condición, de todas clases y categorías. También los hay sin condición, sin clase y sin categoría. Médicos hay muchos, aunque muchas veces no lo parezca, ni lo parezcan.

hipócrates (wikipedia)Busto de Hipócrates en el Pushkin Museum

Hay médicos que mueven la cabeza, da igual si de arriba abajo o afirmativamente al estilo albanés, mientras se les habla y miran con la boca entreabierta la pantalla del ordenador, quizás comprobando la hora, o, en el caso de que el aparato esté apagado, su reflejada silueta; médicos que preguntan una y otra vez al paciente si es ahí donde le duele, si está seguro de que es ahí, pero que si es ahí, es ahí ¿no?, tal vez para tener tiempo de recordar qué órgano o qué músculo o qué diablos hay donde dice el paciente que le duele, ¿pero es aquí?, hasta que es el médico el que aprieta donde le están indicando y el encogimiento y la queja del dueño del dolor ya no le deja más hueco, aunque sí, porque puede seguir preguntando, que si es ahí donde hace tiempo le dolió, y qué le dijeron entonces, ah, que no le ha dolido antes, ¿está seguro?…

Los hay que si llegan más de media hora tarde al despacho, también llamado consulta, es debido a que no hay aparcamiento por ningún lado, aunque hace algo más de media hora sí lo hubiera; médicos que asienten a todo lo que el paciente les dice, para luego preguntar casi todo lo que acaban de oír, soltando al final una prédica en nada relacionada con lo antes tratado, consiguiendo entonces dejar desorientado al enfermo más centrado; médicos que se limitan a oír y a recetar, sin más explicaciones y poniendo una cara que logra que el paciente desista de interesarse sobre lo que le atañe, sobre todo si el médico le ha mirado dos veces, una al llegar y otra para que se vaya.

Médicos, en “la privada”, que te van recetando, visita tras visita, mil cosas, hasta que por fin te sanan con un tratamiento que se comprueba palmariamente que podrían haber aplicado desde el primer momento. Es tan raro este proceder que verdaderamente se hace difícil hallarle explicación.

LeMedecinMalgreLui (wikipedia)
Le médecin malgre luy, grabado de una edición de 1719 (Fuente: W.)

Hay doctores que parecen haber salido de la obra de Molière “El médico a palos”: es como si les hubieran obligado a sacarse la carrera, si no a garrotazos, sí a golpe de inyecciones dinerarias de los padres, con tal de que el niño sea médico, que hay que ver, Pepa, lo mal que nos está dejando delante de las amistades. Antes se obligaba a hacer la mili, con la diferencia de que la mili duraba un año o año y pico, y lo de ser médico es para toda la vida (dicen que para dedicarla a la de los demás). También hay médicos que podrían dar título a la primera parte de una de esas trilogías mercadotécnicas de tanto éxito: “Los médicos que olían los orines de las mujeres”. Enseguida sabrán por qué lo digo.

Hay médicos simpáticos, incluso divertidos, que hablan amistosamente, que hasta cuentan algún chiste de médicos, que preguntan, porque lo conocen a uno, por el trabajo, por este o aquel familiar o amigo. Muy bien, qué bien, pero al diagnosticar es como si lo hicieran con un enemigo. Los ha habido que a un aquejado de catalepsia producida por hipoglucemia severa lo han querido enviar al psiquiátrico, aun sabiendo de la condición insulinodependiente del anonadado, confundiendo además catalepsia con catatonía; o galeno, en urgencias, que ha diagnosticado trombosis al que acaba de sufrir una rotura fibrilar, sencillamente porque vio varices en la sufrida pierna del doblemente asustado paciente. Es como si en esa pierna, a modo de espejo, el médico viera reflejado su coagulado entendimiento.

Fue hace unas semanas cuando Margarita, una mujer que ha pasado ya por 31.960 días (no hay que decir los años de una dama), fue visitada por el médico. Yo no estaba presente, pero conocí después con todo detalle lo ocurrido. Las fuerzas de Margarita ya llevan tiempo batiéndose en retirada, precisando, lógicamente, de todas las atenciones. Toma su buena ración, por copiosa, de medicamentos. Aun así todavía tiene el oído en perfectas condiciones y es capaz de concentrarse cuando le parece, le conviene o le da la gana. Como debe ser.

Margarita estaba acatarrada. La fiebre, no demasiado disparada, había hecho su molesta y siempre alarmante aparición. Se hizo lo correcto: llamar al médico. El que fue a ver a Margarita lo hacía en sustitución del suyo de cabecera. Era un hombre alto, más calvo que cubierto y frisando los cincuenta; es decir, que poseía las mejores condiciones aparentes para que las tres personas que lo contemplaban lo supusieran un aventajado escolano de la de Hipócrates.

Cuando llegó el doctor, Margarita se encontraba en la mayor y más útil de las tazas de la casa, y fue allí mismo donde el médico la examinó. La garganta no mostraba señal de estar sufriendo la presencia de gérmenes patológicos. El doctor no comprobó la térmica de la anciana, sino que dio por buena la toma que la noche anterior se le había realizado (ahora eran las doce del mediodía). Nada más. El galeno abrió el bloc y extendió una receta. Adiós, adiós, buenas tardes, espere, que le abro. No, perdonen, antes el médico había visto, en el pañal que en ese momento tenía Margarita a la altura de las pantorrillas, señales inequívocas de contener absorciones procedentes del líquido para cuya absorción se ponen los pañales. Después de tan aguda observación (¡qué digo después: inmediatamente!), el licenciado manifestó que Margarita tenía infección en la orina. Fue entonces cuando dispensó la receta y sucedió el adiós y el espere, que le abro…

Tres días estuvo Margarita con diarrea, hasta que, después de leerse por autoridad casera competente el prospecto del medicamento recetado, se suspendió el tratamiento. Al día siguiente de la suspensión había disminuido la diarrea a niveles casi inapreciables. El catarro persistió por cinco o seis días más: era un resfriado de lo más corriente. Los ancianos deben cuidarse de los resfriados, pero no más que cuando van a realizar alguna actividad que en la práctica les está vedada o va a serlo próximamente: bajar un escalón sin mirar, hacer algo en la cocina, levantarse de la cama, colgar (bien) el teléfono…

Pero el antibiótico bautizado Ciprofloxacino no le fue prescrito a Margarita por estar acatarrada, suponiendo que el galeno se hubiera dado cuenta de ello, sino por la infección en la orina que el doctor había descubierto. ¿Cómo había llegado el doctor a conclusión tan inquietante? Ya lo he dicho, créanlo: nuestro hombre determinó que lo que impregnaba el pañal estaba más oscuro de la cuenta y desprendía un olor que denotaba… infección.

El Ciprofloxacino está indicado para ir contra la enteritis bacteriana grave (1), la osteomielitis o infección de los huesos, la gonorrea aguda y la septicemia o infección de la sangre, entre otras patologías. Las contraindicaciones de ese medicamento no son para tomarlas a broma, ni las precauciones deben ser menospreciadas. Nunca, pero mucho menos cuando se trata de una paciente camino de convertirse en protagonista de 32.950 días de vida. ¿Preguntó acaso el visitador si Margarita es alérgica a algún tipo de medicamento? ¿Lo hizo sobre si apunta en ella, dada su edad y el número de compuestos que ingiere, algún trastorno gástrico? No.

¿Pasósele por la cabeza, esa que seguramente tiene afectada de helmintiasis (2), que la orina no es un tejido corporal, sino una excrecencia, y que, por tanto, en el caso de apreciársele infección, ésta ha de proceder forzosamente de algo malo que esté aquejando a algún órgano o tejido, mal que hay que descubrir antes de echar mano al recetario?.

Manuscrito bizantino del siglo XI en el que está escrito

el Juramento Hipocrático en forma de cruz.

Biblioteca Vaticana. (Nota de edición in fine)

Que algunos salen de la Facultad facultados nada más que para andar a tientas y a olidas es axioma (otro) irrefragable. Lo que resulta inaudito (y que jamás lo será para este medio médico tan confiado en su olisqueo) es que dictaminara la existencia de gérmenes nocivos en la orina valiéndose única y exclusivamente de la “exploración” visual y olfativa, realizada, además, no sobre una muestra tomada ex profeso, sino sobre los residuos contenidos en la compresa o pañal. Ni siquiera puede hablarse en este caso de hipótesis de trabajo: el segundo elemento no existe (análisis clínico); el primero tampoco: certeza absoluta y no hipótesis “previa a” es lo que rige en la práctica diagnóstica y terapéutica de este médico que, cual general romano de vodevil, vio, olió y recetó. Hasta la caca y el pis de un niño chico presentan olores y tonos visuales diferentes según lo que haya comido y dependiendo de si la digestión ha sido plácida o trabajosa (también de quien huela y vea: si es la madre, la caca y los meados de la criaturita estarán como el niño: para comérselos). ¿Qué esperar del líquido mingitorio de una persona que se acerca a los 1.080 meses vividos? ¿No influyen en el color y en el olor de los orines la toma de determinados medicamentos? ¿No es lo que sucede también con algunas cosas de comer? Piénsese por ejemplo en los espárragos. (¿Sabría identificar también nuestro olisqueador galeno, después de oler la meada de alguien que los haya comido, si los espárragos son de cultivo o silvestres, y si de éstos, de Portugal, de Villaverde del Río o del Rincón de Alcalá?).

¿Será mucho pedir que ese licenciado sepa que toda materia orgánica (y la inorgánica también), con el paso del tiempo, por muy breve que éste sea o por lento que sea el paso, se modifica incesantemente y produce del mismo modo su propia descomposición, lo que, por consiguiente, llega a manifestarse en el olor, el color y el sabor propios del estado en que en cada momento se halla?.

¿Se imaginan la que podría formarse en España si el Ministerio de Sanidad y las consejerías del ramo que hay en cada uno de los gobiernos autonómicos se encontraran con montones de médicos como el que visitó a Margarita? El ahorro en tubos, en botes para los meados y en tiras reactivas sería enorme; la rapidez en los análisis (eso sí, sencillos), de vértigo…

Lo que debería hacer este médico más podenco que galeno es abrir una consulta privada y usar como publicidad una leyenda que rezara más o menos así: Fulano de tal y tal. Especialista en medicina visual y olfativa. Diagnósticos infalibles y al momento. Y que ponga el anuncio en las páginas amarillas. No huelen a meado, pero son casi del mismo color.

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(1) Enteritis: Inflamación de parte o de toda la mucosa del intestino. Corrientemente, aunque no siempre, va acompañada de diarrea.

(2) Helmintiasis: Infestación por gusanos, que generalmente tiene lugar en el intestino. Si aquí se habla de helmintiasis cerebral es porque se supone que el intestino y el cerebro del doctor en cuestión es la misma cosa, realizando, por consiguiente, las mismas funciones…

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(Nota de edición): Texto de la Declaración de Ginebra adoptada por la 2ª Asamblea General de la A.M.M. en Ginebra, Suiza, en septiembre de 1948 y enmendada por la 22ª Asamblea Médica Mundial Sydney, Australia, agosto 1986 y la 35ª Asamblea Médica Mundial Venecia, Italia, octubre 1983 y la 46ª Asamblea General de la AMM Estocolmo, Suecia, septiembre 1994 y revisada en su redacción por la 170ª Sesión del Consejo Divonne-les-Bains, Francia, mayo 2005, y por la 173ª Sesión del Consejo, Divonne-les-Bains, Francia, mayo 2006.

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EN EL MOMENTO DE SER ADMITIDO COMO MIEMBRO DE LA PROFESIÓN MÉDICA:

PROMETO SOLEMNEMENTE consagrar mi vida al servicio de la humanidad;

OTORGAR a mis maestros el respeto y la gratitud que merecen;

EJERCER mi profesión a conciencia y dignamente;

VELAR ante todo por la salud de mi paciente;

GUARDAR Y RESPETAR los secretos confiados a mí, incluso después del fallecimiento del paciente;

MANTENER, por todos los medios a mi alcance, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica;

CONSIDERAR como hermanos y hermanas a mis colegas;

NO PERMITIRÉ que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente;

VELAR con el máximo respeto por la vida humana;

NO EMPLEAR mis conocimientos médicos para contravenir las leyes humanas, incluso bajo amenaza;

HAGO ESTAS PROMESAS solemne y libremente, bajo mi palabra de honor.

(Fuente: Wikipedia)

CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA. Por Rafael Rodríguez González (Septiembre de 2009).

D. Quijote. Foto: ODP Alcalá de Guadaíra, 2009

CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA

Contribución al rescate y resolución de una deuda

Pieza discursiva dirigida a los pobladores de los términos de Alcalá de Guadaíra y Mairena del Alcor, y a quienes gustaren de intervenir en el asunto de que se trata

Pedestal de la escultura alcalareña de D. Quijote

Ruego se me dispense si el tono de las consideraciones que someto a juicio de cuantas personas tengan la gentileza de examinarlas llega a parecer excesivamente personal. Si así fuera no crean que tal apariencia corresponde a que en ellas se albergue aspiración alguna en ese plano, sino que tal exceso será debido exclusivamente a que el planteamiento que presento no ha podido ser elaborado contando con el consejo y la revisión de personas que, sin ningún lugar a dudas, desde diversos ámbitos del conocimiento y de la relevancia social habrían realizado justas y enriquecedoras aportaciones, de tal manera y hasta el punto de que el texto que en este momento leen sería muy diferente, ni que decir tiene que en el sentido de contar con una fundamentación mucho mejor cimentada y en el de exponerse todo de una manera incomparablemente más clara, a la vez que culta, y más amena y agradable. Cabe, no obstante, no ya una innecesaria epitima, sino la satisfacción de que, con toda seguridad, dichas personas, y aunque en ello no quepa demandarles obligatoriedad alguna, desde ahora contribuirán a que el asunto que nos ocupa alcance el desarrollo y la presteza que en mi modesta pero afirmada opinión requiere.

Es el caso que en Alcalá, desde la institución municipal y desde cualquier otra instancia agrupadora de iniciativas y voluntades, nunca se ha dedicado la atención merecida a los mejores escritores que, no nacidos en ella, la han destacado en alguna de sus obras.

sender[1]
Escritor español nacido en Chalamera, Huesca,

el 3 de febrero de 1901,

y muerto en San Diego, California, Estados Unidos,

el 16 de enero de 1982.

(Fuente: Wikipedia)

Así sucede, entre otros, con Ramón J. Sender, que hizo que en Alcalá transcurriera gran parte de su celebrada y peculiarísima novela “La Tesis de Nancy”. Cierto es que en el barrio aledaño al instituto Cristóbal de Monroy una calle se halla honrada con el nombre de tan eximio aragonés, pero también lo es que poco o nada más se ha hecho o venido haciendo para extender y profundizar el conocimiento de la obra de don Ramón, al que debemos agradecer, además de su hacer literario al completo, el que nuestro pueblo ocupe, “in aeternum”, un lugar relevante en la literatura universal. Desconozco el tratamiento que se le habrá dado en Cartagena, ciudad histórica donde las haya y en la que tiene lugar la acción de “Mr. Witt en el Cantón”, al autor de obras tan inmarcesibles como “Los laureles de Anselmo” y “Carolus Rex”. No se trata de realizar parangón de ningún tipo, ni de plantearse una emulación simplemente imitadora de lo que de bien se haya hecho en otros lugares, pero sí de tener presente que no debiéramos quedar atrás respecto de otras villas y ciudades en esto de los justos reconocimientos.

Si tratamos de otra gran figura de la literatura, la de Max Aub, mejor será que nos abstengamos de calificar la actitud mostrada en nuestro pueblo hacia quien, aunque en forma más breve pero no menos intensa que Sender, también ha hecho llegar Alcalá de Guadaíra a muchos lectores de todo el mundo. Ni una calle siquiera sirve de recuerdo para el inconmensurable autor de retratos al fresco tan notables como “La calle de Valverde” y “Los pies por delante”, como también del elegante vapuleo a la verborrea presuntuosa y atónica que es “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”. En el libro segundo de los seis que componen su monumental obra “El laberinto mágico”, titulado “Campo abierto”, aparece el barbero Néstor Ramírez, de Alcalá de Guadaíra, cuando en las horas previas a la defensa de Madrid en Noviembre de 1936, el alcalareño se dispone a participar en tan crucial y prolongada lucha frente al temible ataque del poderoso enemigo (veáse “Campo abierto”, pág. 336 de la edición de 1983 de Alfaguara).

Permítaseme aprovechar esta oportunidad para hacer notar la importancia que “El laberinto mágico” debiera adquirir en estos tiempos en que tan traído y llevado es lo que se ha dado en llamar memoria histórica. Apoyémonos, para mejor explicarnos, en algunas de las afirmaciones que en el marco de la conferencia titulada “Intríngulis coincidentes en la epistemología de las ciencias apostémicas y epiyectivas” realizó el célebre especialista en harmalina, doctor en Capciosología y eminente criptólogo Sergi Visus Masveo (dicha conferencia fue ofrecida el 12 de junio de 2008 en la Universidad de Sevilla, ante un numeroso y entusiasta público):

“Lo que se viene denominando ‘memoria histórica’ debiera ser, fundamentalmente, conocimiento, mejor cuanto más profundo, serio y cierto, procurando evitar convertirlo en un feriante o romeriego aireamiento de esqueletos, e igualmente en una retahíla de anécdotas y sucesos que, resultando aislados por adquirir de prestado e impropiamente un protagonismo desmesurado, nada aportan al saber verdaderamente histórico, convirtiéndose, en cambio y todo lo más, en un revival mostrenco y limitativo, además de elemento diversionista de las esencialidades del verdadero asunto”.

Por su parte, y refiriéndose a la citada obra en una de las tantas ocasiones en que lo hizo, el gran historiador Manuel Peñón de Lasa aseguraba que:

“…de pocas obras literarias como ‘El laberinto mágico’ habrá podido el lector obtener tan vasto espacio cognoscitivo y abarcador de hechos tan penetrantes, estando imbricados en ellos los más variados sentimientos, inmunes a cualquier anestésico, (…) en ese espacio se hallan admirablemente expuestos, con una rigurosidad extrema, los principales senderos y vericuetos del laberinto de la guerra de España, prólogo que fue de la segunda guerra mundial, de la que también tornóse epílogo durante muchos años”.

Max Aub Mohrenwitz

(París, 2 de junio de 1903 – Ciudad de México, 22 de julio de 1972).

Fuente: Wikipedia.

Sin embargo, las indiscutidas excelencias literarias de esta obra de Max Aub no han bastado para poder ocupar el lugar cimero que le corresponde en la literatura relacionada con la contienda de 1936-39; eso ha sido así porque, sencillamente, la magnífica literatura de Aub no enmascara, vela ni deja al margen ni una sola de las condiciones en que se desarrolló la guerra ni en las que encontró su final. Todo ello tratado, por supuesto, muy literariamente, pero con lo “tuáutem”: la rigurosidad. Sin que rigurosidad equivalga en este caso a juicio sumarísimo de tal o cual actitud o comportamiento. “El laberinto mágico” es, como todo lo verdadero, molesto para algunos. Tanto en el plano político como en el literario. Resultó serlo cuando se fue publicando entre 1943 y 1968 y lo sigue siendo ahora precisamente para muchos que andan pendejeando, en un sentido o en otro, y hasta sin ningún sentido, con lo de la memoria histórica.

Retrato atribuido a Juan de Jáuregui (c. 1600).Retrato atribuido a Juan de Jáuregui (1600)

Fuente W.

Puedo asegurarles que en lo que resta de este escrito no encontrarán ya ninguna otra digresión (o al menos tan extensa) como la que a propósito de “El laberinto mágico” nos ha ocupado. Abordemos por fin nuestra deuda, más verdaderamente histórica que otras, con Miguel de Cervantes Saavedra. Como todo el mundo sabe, en nuestra ciudad ostentan (y eso sí que es ostentar) el apellido de don Miguel un colegio y una plaza. Recuérdese que también se proveyó de tan excelso nombre una sala de cine, tristemente desaparecida y gratísimamente recordada (primer refugio público canicular en Alcalá dotado de aire acondicionado). Cualquiera diría, y no sin razón, que nada de extraordinario hay, ni en el sentido de abundancia ni en el de escasez, en que esos elementos urbanos, ahora dos y antes tres, se honren llamándose “de Cervantes”: más o menos es el mismo número que en otras poblaciones. Lejos de mi intención, pues, el sugerir que el pago de la deuda que tenemos contraída con Cervantes sea saldada, o quiérase hacerlo, poniendo su nombre a más elementos urbanos, inmuebles por lo común. En el modo entraremos después, y hasta en la disquisición de si tal deuda puede o no ser saldada. De lo que se trata ahora es de dejar sentado y bien sentado en qué consiste la deuda.

Pero primero he de afirmar que no me tengo en el mérito de haber descubierto la existencia de la deuda, ni el motivo de ella, sino sólo en la satisfacción de señalarla, contribuyendo así, respetuosamente, a sacudir las conciencias e invitarlas a la atención del asunto. Y no es porque algunas de esas conciencias, las mejores, fuesen ajenas a la cuestión o la tuviesen en tan poco que se desinteresaran, no, sino que por fuerza han de ocuparse en cuestiones más perentorias, de todo punto inaplazables y cuyo tratamiento no es asequible al común de las gentes, por lo que, y esto hay que reconocer que también sucede a los mejor dotados, no han caído en la cuenta de que al menos una parte del poco tiempo libre que poseyeran pudieran dedicarlo a tratar el asunto de la deuda que con don Miguel tiene Alcalá. Como ya dije al principio, no debe caber duda de que desde ahora, y tras el presente alegato, esas personas dedicarán cuanto tiempo puedan a la dilucidación a que aspiramos, repito que no porque a ello estén obligadas ni nadie así lo pretenda, sino que la dedicación brotará naturalmente de su ser, como de todo el mundo sale espontáneo e irreprimible el impulso de ayudar al desvalido, al indefenso, al amenazado, al pusilánime. Al igual que anteriormente, les aseguro a los pacientes lectores que extremaré todos los cuidados para evitar más reiteraciones, que si se producen es debido a mi falta de habilidad narrativa y de exposición, cosas que llevan a quien las padece a excederse en el afán de claridad, hasta el punto de, en algunos casos, contribuir, paradójicamente, a su contraria, la obscuridad.

3 GandulAldea de Gandul bajo la luz de la luna llena

(Foto LGV)

Nada se sabe de si Cervantes visitó Alcalá, fuese en ocasión suelta o de forma hilada. Ni siquiera quienes fueron sus contemporáneos y más tenaces biógrafos, Pedro Antonio de Alcorcón, Benito Pérez de Dos y Mariano José de Parra, nos muestran indicios de relación localizable entre Cervantes y Alcalá. Pero de ningún modo hay que excluir que existiera, dado que la proximidad de Sevilla a Alcalá y las obligaciones profesionales de don Miguel muy probablemente le llevaran a poner en Alcalá sus pies (a los que entonces habrían de haberse puesto y ahora debiéramos ponernos sus habitantes). Pero de que conocía algunas de las excelencias de Alcalá y sus poblaciones aledañas no hay duda alguna: su pluma dejó constancia indeleble y eterna de la más principal de esas virtudes, seguramente porque imborrable fue también la huella que en su paladar dejó.

Bien cierto es, y en este término podrán producirse alegaciones a lo que en definitiva estamos procurando, que en la su obra en que se ha de reconocer nuestra deuda no dejó escrita Cervantes la palabra Alcalá. Esa su obra es nada menos que una de las más celebradas de entre las doce que conforman las Novelas Ejemplares: “Rinconete y Cortadillo”. Pero el “pero” que seguramente alguien pondrá ante la ausencia de la palabra Alcalá en la novela en la que basamos la justificación de la deuda que tenemos con Cervantes no es el que más deba preocuparnos. No. Conociendo este nuestro pueblo, esta nuestra ciudad, estos nuestros convecinos, conociendo, en suma, el cotarro alcalareño, va brotando ante mi vista, y llenando mis oídos, lo que a muchos de los que aún siguen en la lectura de esto que no llega a ser ni esbozo de pre-manifiesto también les estará ya sonando. Me refiero, sí, a las quejas, a las insinuaciones, a las alusiones y sospechas que en cualquier sentido se formularán de inmediato acerca de la relación que “pretendemos” entre Alcalá y “Rinconete y Cortadillo”.

alcalá 1965
Alcalá 1965 (vista del Castillo)

Fuente «La voz de Alcalá»

Por eso tengo que asegurar, con toda la seriedad y ceremonia de que soy capaz, que ni por asomo, ni de lejos ni de cerca, ni por activa ni por pasiva, ni porque sí ni porque no, ni por arte del cuento de la buena pipa ni por el de las siete cabras, ni atrás ni delante, ni arriba ni abajo, ni de lado ni de frente ni de costado, debe parecer que en la Alcalá actual haya algo equiparable a lo que en hechos y personajes aparece en la novela de Cervantes. He de rectificar: ni en la Alcalá de hoy ni en la de ninguna otra época, reciente o remota. Porque ¿es que a personajes como Rinconete y Cortadillo, a los ladrones especialistas en diversas mañas y de variada jerarquía que eran Monipodio, Ganchuelo, Chiquiznaque, Maniferro, Silbatillo, el Renegado, Centopiés, Tagarete, Cabrillas, Repolido, Corcovado, Desmochado y el Narigueta pueden encontrárseles, ahora o en tiempos pasados, quienes se les asemejen en cualquier ámbito o reducto de la sociedad alcalareña? ¿Es que alguien puede afirmar que hay entre nosotros, o que los hubo, elementos parecidos al Tordillo y al Cernícalo, que en la novela son corchetes con graduación y mando?. (No sé si el nombre oficial de aquel cuerpo era el de “Corchetería Local”). ¿Cabe alguna comparación con aquella Sevilla que en sus carnes sufrió Cervantes, en la que imperaban la lenidad y la corrupción, mientras las personas decentes y laboriosas padecían la apretujante presión que de forma simultánea ejercían los de arriba y una parte de los de abajo? (De entonces viene el juego infantil, ya perdido, similar al del pídola, o “piola”, cuyo canto previo comenzaba así: “Hez arriba, hez abajo, vaya la hez al…”. La diferencia con el de “piola” es que el salto se producia no sobre un congénere sino sobre un cerdo, teniéndose que mantener el chaval el mayor tiempo posible sobre el gorrino). ¿Pueblan acaso nuestras calles, oficinas públicas o comerciales, centros de salud y de enseñanza, de gobierno o de hacer postura, mujeres de la catadura de la Pipota, la Escalanta, la Gananciosa y la Cariharta, que estaban más rodadas y habíanse rozado por más púas que las bolas de un billar romano? ¿Puede alguien, ni siquiera haciendo el esfuerzo más hercúleo que imaginarse pueda, señalar algún edificio, establecimiento o conjunto de éstos que concuerde en algo, siquiera sea aproximadamente, con la prisión que en Sevilla habitó Cervantes?, aquella que:

“…se convirtió en centro del crimen; [la cárcel] tiene cuatro tabernas, dos tiendas, un pabellón de mujeres y acceso libre para los visitantes: desde la propia prisión se mueven las redes de delincuentes que reciben en ella sus beneficios…”

(véase el prólogo de Francisco Alonso a su edición de las “Novelas ejemplares”, Edaf, 1990). La respuesta a tantas preguntas es sólo una: NO.

sevilla (mayo 2009)
Para la especulación de Giraldas

Sevilla, 2009

Foto LGV

 

Mas he de insistir porque sé de lo arraigada que están entre los alcalareños, sean de sedimento sean de riada, la mordacidad y la predisposición a comparar cualquier cosa con lo que a bien les venga, pronta e irreflexivamente, valiéndose de la sola apariencia e incluso sin la existencia objetiva de ésta. Y como conozco de qué manera se las gastan mis paisanos he de encontrar las palabras justas y las expresiones más adecuadas para que lo que quiero decir, que no es sino la verdad, sea comprendido sin dificultad hasta por el menos advertido de mis convecinos.

Imaginemos que la vida de esta ciudad se ve concentrada, por arte de benévola magia, en dos conventos, uno de frailes y otro de monjas. Si al de frailes vamos, estad bien seguros de que no encontraréis en él al hermano Apaño, ni quien responda al nombre de fray Cohecho. Al padre Derroche no se le conoce, tampoco a fray Cómplice, ni nunca jamás se ha logrado ver por aquí al hermano Dejadez. Otro que pasó de largo, sin entrar en el convento, fue un padre que dijeron venido de lejos, tal vez de las misiones con las que se está hermanado en Indonesia, el hermano Nuncaharto. Con fray Nicaso pasa lo que con el hermano Prometo: su existencia es tan vaga como lo son sus nombres; lo mismo hay que decir de fray Cochambre, del hermano Inmobilis y del padre Pegamiento. Al padre Rastrero no lo verán por más que busquen por los suelos. En la cocina del convento no hallarán al hermano Nepotismo, ni a fray Chantaje: ningún maleante juega en esta casa con las cosas de comer, mucho más si son ajenas.

En el convento de monjas no creáis que habréis de toparos con Sor Latrocinio, ni con la hermana Colocación, esa que algún malo, en un ataque visionario, querría relacionar con el también inexistente fray Enchufe. Sor Lentitud de las Obras es desconocida en este convento, e igual ocurre con la que, si alguna vez viviese y aquí viniese, al entregarse a la vida contemplativa tomaría, volcada totalmente al amor fraterno, que no al propio, el seráfico nombre de Sor Adjudicación Negociada. Si alguien pregunta por Sor Poltrona o por la madre Sor Suplicio de la Ocultación nadie le podrá dar norte de ellas; lo mismo sucederá si se inquiere por Sor Demora del Pago, desconocida por estos pagos. Sor Sobrante no aparece por ninguna parte. No está ni llegará la madre Sor María del Cargo Eterno. Y no se llamen a engaño con la novicia a la que, de existir, llamarían Sor Engañosa Apariencia. Y no es que Sor Tardanza se tarde, es que no ha venido ni vendrá. Lo mismo que las hermanas Sor Estampita del Timo y Sor Trilera, que estarán en cualquier sitio menos aquí.

Ya una vez fuera de centros de tanto recogimiento, veremos que no se pasean por nuestras calles Lenocinio ni sus íntimos Ninguneo, Urbanido y Desastroso. Si estará y ha estado libre de gente mala e inútil este pueblo, que enseguida comprobaremos que nadie que responda al nombre de Prevarico, Siso o Apando, tampoco al de Asténico, Extravío o Domeñado, ha optado nunca al sacrificado cargo de concejal. Al de alcalde, a qué decir.

10 ladrillosConstrucción de futuro e hipotecas

(Alcalá, 2008)

Foto LGV

Deséchese de una vez y por todas, por tanto, toda sospecha o volitiva malevolencia acerca de cualquier conexión, forzosamente imaginaria, entre la Alcalá de ahora o de cuando fuese con la Sevilla que Cervantes hace aparecer ante nosotros en “Rinconete y Cortadillo” y en otras de sus obras. Nada de lo malo, perverso o deleznable que hallamos en la novela puede extrapolarse a Alcalá. ¿Cómo si no habríamos de hablar de deuda con Cervantes? ¿Mantendríamos débito con quien diera pie a la calumnia, aunque fuese involuntariamente, al ser inducido a la maledicencia por una canallescamente inventada similitud? Entraríamos así en un terreno quijotesco en el peor sentido del término, que no cervantino.

Lejos de tan infames e infamantes propósitos, imaginemos a Cervantes paseando por nuestra villa (porque a cada paso estoy más convencido de que la conoció directamente), donde, con la aguda mirada y la inteligencia abarcadora que le caracterizaban, observaría, entre otras cosas tan propias, el trabajo de los molineros, la pesca en el Guadaíra, el trajinar de las mozas en los caudalosos lavaderos, el ir y venir de los hornieros… Veámoslo mirando con atención al castillo, el mismo que entonces se alzaba majestuoso y solo, libre de todo cerco, de toda cincha, de todo cilicio martirizador y deformante, cobijando bajo y dentro de sí nada más que las cuevas que ya habitaban, además de gitanos expulsados de Triana, gentes desposeídas y fugitivos de otros dominios y señoríos, lejanos o limítrofes. Cervantes y el río, Cervantes y los molinos, Cervantes y las huertas; Cervantes, después de cruzar el río, en animada charla con la vieja del puente. Cervantes en la Retama, bebiendo de la mejor agua que de la Tierra ha manado, aquella que por medio del acueducto llegaba a Sevilla para que al menos la que era el centro (o el desagüe) del Imperio español recibiese algo cristalino, sano y puro. Un acueducto, aquél, que fue construido cuando Julio César desempeñaba en Hispalis un cargo muy parecido al de alcalde (1). Por entonces, un rapsoda llamado José Cuevas del Río (Alcalá de Guadaíra, 1581- Mindanao, 1613), componía versos en los que predominaba un pesimismo que, vistas las cosas desde una perspectiva actual, no puede verse sustentado por base lógica alguna, salvo que tal cualidad le concedamos al proverbial catastrofismo local, que, como vemos, de muy lejos viene. Las extrañas y arrítmicas rimas que siguen son buena muestra de lo que decimos, compuestas por José en un tono que, si no supiéramos que se trataba de algo consustancial al Ser alcalareño, parecería causado por un rapto de melancólica belicosidad. (Que sepamos de José Cuevas del Río lo debemos a un hallazgo, según él fortuito, del profesor Visus Masveo).

El río Guadaíra por la azuda del molino de Benarosa

Foto LGV, 2009

De un río y un castillo toma el nombre la patria mía.

Torres de albero áureo y de argénteas aguas la ría.

Molinos que dan harinas que hasta Ocius amasara,

fauna, colinas y plantas que el Parnaso reclamara

a la vez que de sí el Edén manifiesta su autoría.

Pero un mal sueño avísame y alerta de que un peor día,

del castillo con engaños la envidiosa Mácula expulsaría

a la que de antiguo cuida de Alcalá y sus moradores,

la hija de Probo y Delebra, la confiada Primores.

¿Será esto el comienzo de una época de horrores?

¿Podrá el ponzoñoso Císcanos corromper las aguas de la ría

y acabar de tan pútrida manera con tanta y clara alegría?

Barbos y anguilas, ¿dejarán en nuestro río de apacentarse?

Carpas, cangrejos y albures, ¿tendrán con qué alimentarse?

Sin hipéricos ni caléndulas, ¿cómo habrá Alcalá de perfumarse?

Alguien en sueños veo que de un árbol la raíz explora y cuida,

mas sucede que a la vez la densa copa agrede, y así es caída.

Vencidas por extraños poderes que el vanidoso Urdicio envía,

¿veránse sin sus prístinas almenas las murallas algún día,

reducidas a tapiales que dejaren Alcalá desasistida?

Mas si desgracias tales se cernieren sobre la que es mi vida,

en hafiz de mi pueblo investido, mi espada en miles convertida,

desbocado el corazón, cercana de mí la epiplejía,

de tajos ciertos segaré la vida de cada ruin arpía

que destruir quiera lo que Munifio diéranos en regalía.

7 Rafael BarriosTorre del Homenaje del castillo de Alcalá de Guadaíra

Foto Rafael Barrios, 2008

Aquí se interrumpe el manuscrito hallado por Visus Masveo, aunque no obstante el profesor conserva fragmentos de otras composiciones de Cuevas del Río (2). A fe mía que de hafiz no sabemos cómo a José le iría, mas de poeta… quién lo diría. Que sobre poetas y escritores de aquella época y sus cualidades proféticas o premonitorias nada digan las crónicas no tendría que ser motivo de extrañeza, opine lo que opine nuestro admirado profesor.

“Pero”, podrá decirnos a estas alturas algún lector, “en Rinconete y Cortadillo no encuentro el castillo, ni el río, ni el agua ni los pescados, y no digamos la vieja del puente”. Diránlo sin yerro, salvo en uno de los mentados elementos, tan líquido y esencialísimo a los efectos de la raíz más primigenia de la deuda. Zambullámonos en las palabras que Cervantes nos concedió y por las que tanto le debemos:

“… Ida la vieja se sentaron todos alrededor de la estera, y la Gananciosa tendió la sábana por manteles. Y lo primero que sacó de la cesta fue un grande haz de rábanos y hasta dos docenas de naranjas y limones, y luego una cazuela grande, llena de tajadas de bacalao frito, manifestó luego medio queso de Flandes, y una olla de famosas aceitunas, y un plato de camarones, y gran cantidad de cangrejos con su llamativo de alcaparrones ahogados en pimientos, y tres hogazas blanquísimas de Gandul. Serían los del almuerzo hasta catorce…”.

A algunos de los que lean este párrafo les asaltará de inmediato, como aún me sucede a mí, el deseo de poder encontrarse junto a los catorce, sin importarles la catadura de éstos ni lo monipódico del lugar, con tal de dar cuenta del bacalao frito, de los alcaparrones y del queso de Flandes, que es cosa, la de comer con quien sea y hasta de quien sea, que hace mucha gente (y no siempre de manera episódica).

ayuntamiento de GandulAyuntamiento de Gandul

Foto LGV

“Tres hogazas blanquísimas de Gandul”. Cinco palabras que durante tantos años (en 2013 serán cuatrocientos los que se cumplan desde la primera edición de las “Novelas ejemplares”) han ido, por decirlo de algún modo, paseando a Gandul y a su pan, al pan y a Gandul, por la Tierra entera. Y salgo ahora al paso del “pero” cuya aparición anuncié antes, referido a que Cervantes nombró a Gandul y no a Alcalá. Es verdad que Gandul, de donde procedían las hogazas que fueron consumidas (¿cree alguien que pudo sobrar algo?) en el patio del rufián Monipodio era, en tiempos de Cervantes, una población que en nada dependía de Alcalá de Guadaíra en el aspecto administrativo ni de gobierno. Que entre las dos poblaciones existía una relación económica, y por tanto humana y familiar es innegable, como lo es que el señor que ejercía su dominio en Alcalá tenía en el de Gandul, como diríamos ahora, su homólogo o colega, y que ni el de Gandul rendía ante el de Alcalá ni a la inversa. Ahora bien, una vez extinto (por cierto: resulta extraño que Cervantes no hiciera mención del vino en aquel almuerzo), una vez extinto, digo, el señorío de Gandul y llegados a ser aquellos lugares ni sombra de lo que fueron, ¿no es irreprochablemente correcto que Gandul, y con ella su historia, sus bienes y su futuro, dependan de Alcalá? No me refiero sólo al aspecto administrativo, en el que lo es desde hace una enormidad de años, sino también en el de transcendencia, en el sentimental y emotivo. Por eso es que, estando Gandul a nuestro seno acogido, a nuestra protección dado y a nuestro empeño esperanzado, todo lo que en la Historia ha tenido y sido nos atañe tanto como si del pasado y del futuro del castillo se tratase (ni que decir tiene que si nos preocupamos de Gandul como lo hacemos del castillo no habrá de qué preocuparse, y no es juego de palabras). En cuanto a la meritoria tradición panadera, no debe olvidarse que ya en aquellos tiempos el pan de Alcalá era, muy justamente, tan apreciado como el de Gandul, y que, venido a menos éste, Alcalá llevó por mucho pero también fenecido tiempo un apelativo, el “de los panaderos”, que dejó el de Guadaíra impronunciado por los foráneos (de ahí que éstos nunca hayan pronunciado el nombre del río como nosotros, y ahora en el “nosotros” incluyo a los maireneros). Pero, disuelto ya ese “pero”, incidamos sobre ciertas particularidades que posee nuestra deuda con Cervantes.

d. quijote de mairena
Cervantes

(Mairena del Alcor,  busto de 1961)

Foto ODP, 2009

Es sabido que todos los alcalareños, los de un sexo y los del otro, hemos ido a Mairena muchas veces a lo largo de nuestras vidas y a lo luengo de los siglos. También lo es que no pocos alcalareños dicen haber ido o estar yendo a Mairena muchas más veces de las que son ciertas, pero es cosa ésta totalmente disculpable si tenemos en cuenta el enorme aprecio que en Alcalá se ha tenido siempre por Mairena y especialmente por ir a ella con la mayor frecuencia posible. (No deja de ser curiosa la afición de muchos alcalareños a una cierta figuración de tipo toponímico-geográfica: la expresión “Mirar para Gelves”, con sus variantes, es otro ejemplo de ello). Pues bien, gracias a tantas visitas a Mairena, todos conocemos el sobrio monumento que en una recoleta plaza de nuestra querida y admirada villa vecina el pueblo erigió en honor, honrándose él al tiempo, del Príncipe de los Ingenios. En el monolito puede leerse una frase, la única en toda la completa obra de Cervantes en que aparece Mairena. Entre la frase que podemos leer en el monumento y la que aparece en “El coloquio de los perros” hay dos leves diferencias, cosa sin importancia alguna. (Recuerdo que mi amigo Isidoro, mairenero de pro, decía al respecto: “Pa pueblo está bien”). Aquí reproducimos, lógicamente, la que el libro nos enseña:

“… y antes de que amaneciese me puse en Mairena, que es un lugar que está cuatro leguas de Sevilla”.

Quien así habla no es otro que Berganza, un perro que Cervantes alimenta en más de una de sus obras y en cuya boca pone don Miguel uno de los discursos más lúcidos, y por ende necesariamente ácidos, de toda la historia de la literatura viviente y coleadora, o sea, de la redondamente útil por los siglos de los siglos.

(No podemos por menos que tratar entre paréntesis la pretensión que en los años ochenta del pasado siglo tomó cuerpo acerca de que la mención de Cervantes a Mairena no era referida a la del Alcor, sino a la del Aljarafe. Tan absurda como malintencionada suposición es fácilmente rebatible: sólo con saber la equivalencia de la legua en el sistema métrico décimal se despeja cualquier duda sobre la Mairena nombrada en “El coloquio de los perros”. Es más, ¿es que Mairena del Aljarafe ya existía en aquellos tiempos en que la nuestra vecina ya destacaba, como siguió y sigue haciéndolo, tanto en la comarca de la que tomó apellido como en la provincia, la Andalucía toda y la España entera?).

Si los maireneros levantaron en 1961 el referido monumento y hace muy pocos años han erigido otro en el que se nos muestra a Don Quijote y a Sancho en el hecho aislado en que se las tuvieron con los molinos, conjunto éste que hay que entender como prolongación del homenaje de Mairena a Cervantes, esta vez valiéndose de una obra en la que para nada aparece esa villa, ello se debe, digo, a esas diez y nueve palabras directamente referidas a Mairena. Viene esto que ni pintado para encontrarnos con uno de los motivos argumentales más profundos para sostener que Alcalá de Guadaíra mantiene una deuda con el Prócer mucho más honda y fundamentada que la que tiene Mairena.

la tesis de nancyPortada de una edición de «La tesis de Nancy»

de Ramón J. Sender

Como en el caso de Ramón J. Sender con Alcalá en su “Tesis de Nancy”, no es ocioso preguntarse por el motivo de la referencia de Cervantes a Mairena en “El coloquio de los perros”. Y ello, lo admito, para contraponer ese motivo con el que llevó a don Miguel a situar una de las más grandes dotes de Gandul-Alcalá en el patio de Monipodio. Las diferencias son muy importantes, tanto, que podemos afirmar, sin temor a exagerar, que las alusiones a uno y otro pueblo son de muy distinto carácter. Vemos que Sender, por el bien de su novela, tenía que encontrar un pueblo cercano a Sevilla que sirviese de base a las operaciones de la yankee Nancy. Don Ramón, que de tonto no tenía ni un pelo de la perilla, enseguida encontró esa localidad. De ninguna otra como de Alcalá podía nutrirse la novela para sus elementos mejores, facilitando al autor más facetas y hasta falsetas para vestir la estancia de la norteamericana. Vemos, por tanto, y aun a despecho de todo lo que de sí aportó Alcalá a la historia de Nancy, que la elección de Alcalá obedeció a un motivo “circunstancial”. Circunstancia acertadísima y casi con seguridad irreemplazable, pero circunstancia al fin. ¿Qué ocurre con Mairena y Cervantes? Pues que estamos también ante un hecho circunstancial: cuatro leguas de Sevilla a Mairena que Cervantes hace recorrer al perro-hombre Berganza como si de un paseo por la plaza más próxima se tratase, lo que admirablemente sirve al Genio para desplegar su Arte inigualable. Sin embargo, y aunque lo que sigue no me aparte de considerar la mención-elección de Mairena como circunstancial, no podemos dejar de considerar la posibilidad de que Cervantes, sin duda conocedor de las intensas relaciones de todo tipo que existían entre Mairena y Gandul (y que siguieron existiendo hasta la total desaparición de la Gandul habitada, a mediados del siglo XX), se valiera de lo que deberíamos considerar como “doble circunstancia” para conceder a Mairena la mención que ya todos conocemos, en lo que podría ser mención indirecta o interpuesta a Gandul. Es decir, que Cervantes, en vez de hacer que Berganza fuese a Gandul, tuvo la deferencia de hacerlo llegar hasta Mairena, como si ésta un apéndice de aquél fuese. (Cervantes erraba en este punto, pero viene a demostrarse una vez más que, algunas veces, de la equivocación surge la gloria, aunque nunca es bueno arriesgarse).

d. quijote de mairena 2D. Quijote y Rocinante contra un molino de viento

y junto a ellos Sancho y su asno

(Mairena del Alcor)

Foto ODP, 2009

Por el contrario, las cinco palabras dedicadas a Gandul (“tres hogazas blanquísimas de Gandul”) constituyen la Referencia a un Bien Intrínseco, a un elemento imprescindible y destacado en sí y por sí, a considerable distancia de los aspirantes a iguales. Esas “hogazas blanquísimas” son la representación gloriosa de las materias que se funden para lograr lo Supremo, es decir, el pan: el agua, la harina, el trabajo. Nada “circunstancial”, como vemos. No es lugar de paso ni en el que simplemente se desarrolle una acción más o menos destacada, sino que es Sustancia de Vida que vida otorga y que a veces hasta la vida cuesta. No es un pan cualquiera, no es una masa de cualquier forma sobada y hecha comestible a fuerza de prisa y agónico reparto; no es un pan llamado de munición, que era el dado a los presos y hoy también a los libres, sino EL PAN, ese que al otro Pan alimentara en otros tiempos en que por los senderos y recodos de Alcalá el hijo de Dríades haría de las suyas.

Igual que nunca ha habido disputa entre Cartagena y Alcalá acerca de a cuál de ellas Sender destacó o prefirió más (aunque por dentro cada uno mantenga sus convicciones), tampoco debe haberla entre las dos hermanas de Los Alcores, por mucho que la materia que de Gandul exalta Cervantes sea, efectivamente, … harina de otro costal. Unidas por tantos e importantes lazos, Mairena y Alcalá lo están también en calidad de ciudades cervantinas. Alcalá no tiene sino que ganar si se liga aún más a Mairena, que ha escogido como lema frontispicial el de “Mairena del Alcor, villa del Conocimiento y de las Artes”, lema, cómo ignorarlo, muy del Siglo de Oro, muy del Renacimiento, e incluso de la más floreciente Antigüedad.

Aquello de la piedra disputada con El Viso, y que éste arrebató por fin a Mairena, recibiendo ésta, naturalmente, el apoyo de muchos alcalareños, rememoró, por el contrario, una época que tal vez se desarrollase “en paralelo” al Paleolítico, antes incluso de la Edad de Piedra, dentro quizás de una fase oscura y desconocida hasta por los más reputados especialistas, ya que no se tienen noticias de peleas del tipo de la librada por la posesión de la piedra entre Mairena y El Viso en ninguna de las fases evolutivas del ser humano. Se trata, segura y tangencialmente, de una enriquecedora aportación que maireneros y visueños han hecho a la ciencia antropológica, aunque ésta no podrá vestirse de largo hasta que no dé pie con bola, o con piedra, en tan intrincado episodio. Yo creo que ni Carlos Marx, de haber podido conocer estos hechos, hubiera sido capaz de dar con las verdaderas motivaciones de lo que parece escapar a cualquier análisis, incluso si realizado fuese, como haría el de Tréveris, valiéndose de la dialéctica materialista y del materialismo histórico. Tampoco creo, por tanto, que le resultara fructífero indagar acerca de a qué tipo de relaciones sociales, modo de producción y función social de la propiedad (no de la tierra, sino de la piedra), respondía la pugna por esa pieza que hoy se exhibe, como si trofeo de heroica y justa guerra fuera, en una plaza principal de El Viso del Alcor. Ni siquiera el profesor Visus Masveo, por más que ha investigado y recurrido a todas las fuentes posibles, incluida la Fuente Gorda, ha logrado vislumbrar ni una débil luz al final del túnel sobre piedra tan angular y de escándalo. Desde una óptica pseudo tomista se la ha querido vincular con la tradición de la piedra sobre la que Pedro recibió su nombramiento. No ha faltado tampoco, desde una de las sectas minoritarias, la categórica afirmación de que la piedra no preciosa más disputada de la Historia es un adelanto de la gran pedrea que caerá sobre nosotros si no nos enmendamos. (Podemos darla por segura, pues). (Por otro lado, debe saberse que quienes esperaban que Mairena, en respuesta a la vanagloria de El Viso, colocara en alguna de sus plazas, no una, sino dos piedras, han visto frustrados sus tontos deseos. Mairena ha demostrado, tras la batalla, una mesura y un saber estar que a quienes bien la conocemos no nos ha sorprendido).

6.Recorrido del dólmen desde la cámara funararia
Dolmen de la Casilla, de Gandul

Foto Miguel Hermosín, 2008

Antes de proceder a la finalización de estas argumentaciones, que se habrá comprobado hemos centrado totalmente en la deuda que Alcalá mantiene con Cervantes, quiero añadir una tímida recomendación a todos cuantos en Mairena y en Alcalá valoran en su justo término la importancia del Ser cervantino de nuestras dos ciudades. Parta de donde parta su adopción, sean los mecanismos los que sean que condujeren a su puesta en marcha, aquí dejo caer la idea de constituir lo que podría denominarse el Eje Cervantino de los Alcores (ECA), constituido por Alcalá-Gandul-Mairena (o póngase a la inversa). Queda expresada, digo, y totalmente libre para ser recogida y usada con buen fin, cosa esta última que por estos lares es sobresabida, siendo ocioso decirlo. (Esto podría estar preparado para Septiembre de 2010, mes en que se cumple el IV Centenario de cuando probablemente Cervantes, una vez pasado el verano, comenzó a escribir “La historia de los trabajos de Persiles y Segismunda”).

Ataquemos ya, pues, la forma, si la hay, de saldar la Deuda. Como ya he dicho, no sustento que el nombre de Cervantes haya de darse a más inmuebles o calles de Alcalá de Guadaíra. Tampoco creo que deban tomarse en consideración las propuestas de los exaltados que, como en todo, aparecerán, y que seguramente irán dirigidas a que las construcciones y empresas que desde hace tiempo o más recientemente están enclavadas en terrenos de Gandul, e incluso a las que con toda seguridad se instalarán, se las denomine “de Cervantes”. Son esas, principal pero no únicamente, las siguientes: la cárcel de mujeres (seguro que Cervantes no querría conocer más cárceles ni de oídas), la fábrica de los llamados tanques (habiéndose destacado ésta por el cuido casi enfermizo que desde siempre ha prodigado al territorio todo de Gandul y con especial énfasis a cuantos bienes ancestrales allí tan pronto se encuentran como dejan de encontrarse), y una empresa de alto prestigio y mayor rendimiento cuyo emplazamiento ha de ser imprescindiblemente el de Gandul, ese lugar en el que parece que el pan, en las tórridas noches del extenuante verano, toma el cuerpo de los grillos gandules y canta chirriante y monótonamente para manifestar la pena del olvidado, del desplazado, del desaparecido o hecho desaparecer por los escuadrones de la muerte de la Historia, esa que, con voluntad, sin ella o contra ella es hecha por los hombres y se encarga de quitarnos de las manos lo querido para dejar sólo en la cabeza de los elegidos el recuerdo que debe pasar de mano en mano como lo hace el testigo en una carrera de relevos. (Cada vez es más raro oír el canto de esos grillos, porque ya casi ni grillos hay que pueblen Gandul; sí siguen abundando, por contra, las dañinas sabandijas cuya sola mención provoca repugnancia). ¿Podría saldar la deuda el intento de hacer de nuevo el pan como en la época de Cervantes, o, si no tan atrás, al menos como en los años cuarenta del pasado siglo? Sería intento tan romántico como vano. Todo nos falta para conseguirlo: aquélla agua, el trigo aquél, los medios de labor, el ritmo de vida. No hay que descartar que en algún caletre tan caliente como horno para bollos nazca la idea de fabricar un pan lo más aceptable posible y servirse luego para su venta de una publicidad que, engañosa, pudiera dar algún rédito aunque por poco tiempo. Porque trucos como el de llamar a una panadería “Horno San Monipodio”, u otro que sería el de rotular las furgonetas de reparto con leyendas tales como esta de “El pan de Rinconete y Cortadillo”; también el de procurar clientes con el subyugante reclamo de “En los despachos de Panificadora Gandul encontrará el mismo pan que comía Cervantes”, no creo que dieran el fruto apetecido.

7 had garbhía 2005
Foto ODP

(A este respecto, digamos que esto ya se intentó en Sevilla en el último cuarto del siglo XIX, cuando un aspirante a comerciante llamado Casiano Holgado Algaba, tan sagaz y despabilado como lo son todos los hijos de El Viso del Alcor, puso una panadería en Sevilla que tituló de esta manera: “Panadería Cervantina”. El subtítulo no era menos pretencioso que su mayor, y más que éste lo era en su falsía: “Auténtico pan fabricado por los herederos del Molino de la Mina”. Fue en 1910 cuando el catedrático Ramón Menéndez del Pilar, en el curso de sus investigaciones sobre los romances de bollos blancos, descubrió que esta panadería cesó en su actividad apenas un año después de haber abierto sus puertas. Se sabe que Casiano (3), cuya buena voluntad no cabe sino poner en duda, fue encontrado por la muerte en las inmediaciones de Carmona, en un enfrentamiento con la Guardia Civil a cuenta del robo de unas caballerías que después iba a intentar vender en la feria de Mairena. En su desquite, que no descargo, hay que alegar que él acabó dedicado a tareas parecidas a aquellas en que habían comenzado sus carreras grandes industriales panaderos, sólo que con mejor fortuna y sin que la Guardia Civil les molestara).

pan moro
Foto LGV

Tampoco me parecería adecuado que la deuda quisiérase solventar convocando un concurso de narraciones, o un certamen de teatro, u otro de artes plásticas que contuvieren elementos cervantinos y animaran, por medio del reconocimiento institucional y pecuniario, a los escolares de todas las edades a convertirse en émulos del Diestro sin Par. No sería partidario de cualquiera de estas cosas porque es sabido que en Alcalá ningún premio se deja desierto, con lo que cada año estaríamos ante un cuento, una representación o un cuadro que nos haría arrepentirnos de haber tomado la decisión, y hasta maldecir el día en que se tomó. Naturalmente, no hay que descartar que en alguna edición pudiéramos encontrarnos con alguna obra de mérito. E incluso con que algún año hubiera de quedar desierto el premio por el sencillo motivo de no haber concurrido autor alguno. En definitiva, que no hay que dejar que la deuda degenere en afrenta, como tantas veces ocurre cuando se quiere honrar la memoria de tal o cual Genio, Figura o Artífice.

¿Qué cabe hacer, entonces? Mis fuerzas se han ido agotando a la par que he ido escribiendo: Fortispio y Celérito me han abandonado. A partir de este toque de atención serán las personas a las que por dos veces ya me he referido (y entre las que puede estar usted, amigo lector) las que aportarán ideas sin duda brillantes y de lo más adecuado para que podamos mirar de frente y sin remordimientos la deuda a Cervantes debida durante cuatro siglos.

Molino de la Aceña (río Guadaíra)

Foto LGV

No me queda ya sino aportar, dando un salto de dos siglos, la transcripción de un fragmento de la obra teatral “Fantasía cervantina a orillas del Guadaíra que los pies del castillo lame, molinos mueve que alimentan a poblaciones enteras y dejan admirados a quienes sus paisajes contemplan, nunca olvidándolos”, de la que es autor Jaime Luis Cuesta Carretilla (1780-Hacienda de Maestre; 1808-Bailén), personaje éste del que tampoco teníamos noticia, debiéndose este desconocimiento al que en general tenemos del género teatral. Jaime Luis Cuesta Carretilla está considerado precursor de José Zorrita, aunque creo que en lo que se refiere a la extensión dada a los títulos de sus obras no tienen nada que ver el uno con el otro. Cuesta Carretilla, sin embargo, fue muy criticado por su contemporáneo Leandro Fernández del Moratón, dado que éste se inclinaba por el teatro en prosa y alejado del barroquismo, siendo Cuesta Carretilla el máximo exponente de ese estilo por aquellos años.

“ (…) Varios del pueblo, de noche, a la luz de una candela, se encuentran reunidos junto al molino del Arrabal. Háblanle a las alturas:

A ti, ¡Oh gran Miguel de Cervantes!

A ti que tanto debemos

Alcalá, Gandul y sus habitantes

nuestra deuda pagar queremos.

Descúbrenos tú, gran Hilante,

porque nosotros no atinamos,

cómo lograr lo que anhelamos.

d. quijote viviente madrid 2009Foto LGV

“Cervantes no puede atenderles en esos momentos, está reunido. Con él participan en la reunión Luis de Góngora, Lope Félix de Vega Carpio y Calderón de la Barca. La reunión parece tornarse bronca y desabrida dadas las diferencias, literarias y no, que existen entre los presentes. En nombre del autor de aquellas cinco palabras que trastornados tienen a los alcalareños es Monipodio quien se dirige a los arrabalados. Monipodio, que vuelto ya hombre decente ha aprendido a leer, lee, aunque agregando de su cosecha, lo que su hoy protector, don Miguel, quiere contestar a los de la candela:

Que no os entre una prisa loca.

Oídme y haced lo que os digo.

Vuestra deuda no es conmigo,

hacedlo correr de boca en boca.

El pago que queréisme dar

a vosotros mismos os lo debéis,

mas nunca saldarlo podréis,

que es trampa de no acabar.

Pasará, si es que pasa, la eternidad,

mas la deuda vivirá en vosotros,

motivo de pena y felicidad,

sin que podáis pasarla a otros.

Sólo si todas mis obras leéis

y las de otros disfrutáis

del alivio gozar podréis,

y cuando todas y cada una leáis

decid a vuestros descendientes

que ahora a ellos les toca tratar

a Cervantes y otros escribientes

que al Mundo dotan de ambiente

y el sueño del Hombre hacen brillar.

“Admirados de la parla de Monipodio, salmodian así los del pueblo:

¡Loado seas, don Miguel!

Ante ti, ya esclarecidos,

por tu pluma bendecidos,

con emoción prometemos

que como de una hija

de la deuda cuidaremos.

Inmortal es nuestro débito

y eso lo agradecemos.

Que todos los que contraigamos

sean de origen y fin tan noble como este con que bregamos

y que ojalá fuera doble.

Para ahorrarme problemas con la Sociedad General de Autores Españoles o de España y los herederos de Jaime Luis Cuesta Carretilla he de limitarme a resumir lo que ocurre en la escena siguiente: aparece un grupo de maireneros que viene a unirse a los alcalareños. Éstos acaban de oír las palabras dictadas por Cervantes y lo están festejando con las pocas viandas de que disponen. Los de Mairena, que se han retrasado porque en la cuesta del Polvorón una partida ha intentado asaltarlos, no tienen ya más que unirse a la celebración. Traen jamón, vino y queso, que ni de eso los alcalareños tenían. Como los maireneros preguntan si Cervantes se ha referido a Mairena en sus palabras monipódicamente transmitidas, los de Alcalá les aseguran que será en la próxima ocasión, si es que traen más queso y más jamón.

Fin de

CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA

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Notas:

Bertolt-BrechtEugen Berthold (Bertolt) Friedrich Brechter (Brecht) Han Culen

(Augsburgo, 10 de febrero de 1898 – Berlín, 14 de agosto de 1956),

fue un dramaturgo y poeta alemán.

Fuente Wikipedia

(1) Las investigaciones del profesor Visus Masveo, basadas en gran parte en otras anteriores realizadas por Bertolt Brecht (ver “Los negocios del señor Julio César”), han confirmado que el mandatario romano, en connivencia con el constructor, defraudó gran parte de la cantidad destinada a financiar la obra del acueducto. (Como vemos, no hubo que esperar a los tiempos de Cervantes para asistir a ese tipo de cosas).

(2) El Instituto Cervantes se encuentra preparando la primera edición de las “Obras Fragmentarias” de José Cuevas del Río, que será publicada por la editorial “Al rescate” dentro de su colección “Poesía Desperdiciada”. En estos trabajos preparatorios se encuentra participando el profesor Visus Masveo.

(3) Según fuentes bien informadas procedentes de la Diputación Provincial, varios colectivos ciudadanos de El Viso del Alcor han concluido la elaboración de la propuesta por la que se insta al Ayuntamiento a levantar un monumento en honor de Casiano Holgado Algaba. En la propuesta se incluye la recomendación de que la estatua de Casiano ocupe un lugar al lado de La Piedra, o, mejor, que sea puesta sobre ella.

¿QUÉ ES, MUSA O MEDUSA?. Epinicio de Rafael Rodríguez González (Julio de 2009)

 

 

Diego del Gastor: "¿Quién ha dicho que es usted una musa?/Si usted no da la talla ni para una excusa.
Diego del Gastor: «¿Quién ha dicho que es usted una musa?/Si usted no da la talla ni para una excusa.

 

 A Cleopatra, sin compromiso ninguno

 

A este pueblo la magia le ha rozado.
Las niñas son princesas, y los niños
senadores con sólo hacer un guiño.
El castillo, cada vez más asediado,
a mirarse en el río ha renunciado.

Ahora una musa han descubierto.
No la encontraron en el cajón
donde se ponen los muertos:
ha sido en Diputación.

¿Algún dios musa la hizo?
¿Del Olimpo era, o tal vez
fue uno persa, con sus rizos?
Vete tú a saber si habrá sido
un genio de una botella,
que en su último vahído
con tal de salir se agarró a ella.

¿Y musa de qué, qué inspira?
No se crea que es lástima, desde luego,
que siempre llega a lo que aspira
y llena de satisfacción su ego.

Es la musa del flamenco,
fuelle de gitanos andaluces
(de los que están en el elenco
y cuando cobran les luce).

¿Es quizás una oriental belleza?
Pues no, es poquita cosa,
y por la edad a nadie ya embelesa,
mas puede aconsejar a la que empieza.

Porque es musa y hada madrina
que nunca a nadie deja abandonado,
siempre que se someta a su lado
y aplique sin chistar lo que maquina.

¿Y a quién inspira esta musa en el flamenco?
¿A cantaores estilo del Chocolate?
No, sólo al nuevo y al zopenco
¡De pureza nada, qué disparate!

Si por esta musa fuera, las de opereta
alcanzarían ser estrellas del firmamento,
mientras a éste, de Fernanda y la Serneta
llegarían hecho cante los lamentos.

(Y desde su tumba, tía Anica la Piriñaca,
le soplaría un pedo como una gran traca)
(Vamos, que Manolo el Agujetas…
la mandaría… a hacer puñetas).

Que vengan la Andonda, Pastora y la Paquera,.
Manuel Torre, Cagancho y Juan Talega,
El Niño Gloria, el Curilla y Manuel Vega,
Joaquín, Manolito, Algodón y el Enriquillo,
Diego del Gastor, Joselero y Fernandillo,
y también la Marrura, la que vino de los U.S.A.,
a todos le presentaremos a tan rara musa.

Es Diego el primero que la pilla:
¿Quién ha dicho que usted es una musa?
Si usted no da la talla ni para excusa.

Pero Manolito María siempre apostilla:
Yo no te quiero a ti pa ná;
te vienes jasiendo grande,
y eres la piedra más chica
que hay tirá por la calle.

Pero Pastora es más fina y apaña un dicho
en menos tiempo que se mata el bicho:
El tambor es tu retrato;
que mete mucho ruío,
y si se mira por dentro
se encuentra que está vacío.

Una letra es poco para ella:

Los ojillos de tu cara,
tan falsos son por la noche
como son por la mañana.

La matrona que te sacó,
se merece una corona
y tú te mereces dos.
 
Basta, que si habla Fernandillo,
O Joaquín el de la Paula,
habrá que recoger a esta musa
con su mismo ser: un trapo o una gamuza.

 

 

Manolito María: "Yo no te quiero a ti pa ná;/ te vienes jasiendo grande,/ y eres la... piedra más chica/ que se pué encontrá en la calle."
Manolito María: «Yo no te quiero a ti pa ná;/ te vienes jasiendo grande,/ y eres la… piedra más chica/ que se pué encontrá en la calle.»

 

 

ESE TÍO QUE CANTA. Por Rafael Rodríguez González (marzo de 2009)

 1 sierpes 2009

 

Las cinco de la tarde. Ramón va de un lado a otro y de punta a punta de la calle de las Sierpes, a la espera de que abran los comercios, al menos el que él quiere ver abierto. Tiene que hacer un regalo, y en un escaparate vio el otro día algo que le va a dar el avío. En una de las vueltas, aproximándose a la plaza de San Francisco, ve a un hombre enjuto, de pelo gris y barba de pocos días, de unos cuarenta y cinco años, a lo sumo cincuenta, que sostiene una guitarra. Está sentado, con las piernas cruzadas, en una o dos prendas colocadas en el suelo. Un golpe de tos lo sacude y hace caer de sus labios el cigarrillo, que se quita de encima con un rápido manoteo. La guitarra, sin brillo y arañada, tal vez herida también de cigarros, ha de haber pasado por muchas manos; de pocas, o de ninguna, habrá recibido cuidados. Cuando Ramón vuelve a pasar para ver si ya han abierto, el hombre sigue ahí, ahora relajado e inmóvil, con la guitarra recostada y el rostro gacho, inclinado hacia el traste, la mirada desvaída pero fija en el rosetón. O se duerme ella o se duerme él, piensa Ramón.

 

 

1 guitarra 2005

 

 

El que parece que sí se ha dormido es el de la tienda.

Nuestro por ahora aún aspirante a comprador avanza y retrocede por la calle, que al caso igual resulta, porque es posible que en alguna tienda que ya esté abierta tengan el mismo tipo de objeto que ha decidido comprar. Lo hay, pero prefiere el que ha visto en la otra. Vamos, a ver si por fin… No. Vuelve entonces a la ya antes abierta. En el trayecto, un comerciante que le ha visto pasar las cuatro o cinco veces que lo ha hecho, y que ha sido el primero en abrir, observa sin disimulo a Ramón. ¿Será un posible cliente, o será un peligro?, cree Ramón que piensa el hombre de la tienda. Hoy, ninguna de las dos cosas, quién sabe mañana, contesta Ramón a la imaginada inquietud que ha puesto en la mente del comerciante. Para mosquearlo un poco más se detiene un momento ante el escaparate, mirando a éste y al interior de la tienda alternativa y rápidamente, simulando temer ser sorprendido en su aparentada observación. Deja por fin estas tonterías, entra en la tienda de al lado y hace la compra.

            Cuando sale y da unos pasos se encuentra con que una empleada está abriendo el comercio primeramente elegido. Ramón está seguro, por el aspecto de la moza, tan rotunda y explícita en el resalte de su esplendidez (o de sus esplendideces, como dirían algunos de sus conocidos), de que al dueño no le importa mucho a qué hora abra el comercio. Con que ella esté allí cuando él llegue…

           Un poco más allá, el hombre está tocando la guitarra. Nuestro amigo aún no oye su tañido, ha de aproximarse. Mientras va pasando ante él, tan despacio como puede, es su asombro el que le sobrepasa. Está cantando un fandango en el estilo del Niño de Aznalcóllar. Su voz no tiene nada de particular, al menos Ramón no sabría señalar alguna característica que la definiera. Sí es evidente que está un tanto rozada. Pero su cante le ha sobrecogido. Va de un escaparate a otro mientras espera que vuelva a cantar. Cuando comienza, se vuelve hacia él para cerciorarse de que es de ese hombre del que sale ese cante. Le escucha hasta tres fandangos, todos del mismo estilo, con letras que son, salvo una, desconocidas para él. No puede estar más tiempo. Antes de irse se incorpora a un grupo de turistas que pasa junto al hombre y aprovecha para dejar caer una moneda en la cajita de plástico; aprieta el paso y toma el camino de vuelta a casa, sumido en una rara y casi alegre extrañeza.

 

 

Durante los siguientes días…

Ramón no dejó de pensar en el hombre de la guitarra. Desde el primer momento había tomado la determinación de volver en cuanto pudiese. Como buen hipocondríaco, le asaltaba de vez en cuando la duda de si estaba padeciendo una enajenación transitoria consistente en apreciar el cante del hombre de la guitarra como tan bueno o tan a su gusto, por medio de lo que pudiera ser sólo una impresión engañosa causada por una especie de languidez anímico-auditiva. Pero eso es imposible, se decía; mis oídos, musicalmente hablando, tienen verdadera conciencia de lo que oyen, esa facultad posiblemente sea la última que me abandone. En efecto, Ramón puede padecer de hipocondría y de más cosas, pero, de hipoacusia, ni pensarlo.

            Camino ya de un posible y deseado reencuentro, se repetía en el trayecto sus pensamientos sobre el cante del hombre de la guitarra. El cante del Niño de Aznalcóllar era, en la voz y en la forma de su autor, un fandango pequeñito y dulzón (Ramón siempre lo ha asociado con el gusto y la textura de una sultana al comerla), de melodía entrecortada y sin ninguna necesidad de poderío, que más bien le estorbaría. En su opinión, por mí compartida, tal cante tiene la cualidad de ser un esbozo de fandango, un fandango bosquejado. Esto no actúa en su menoscabo, porque precisamente es lo que le permite ser uno de esos fandangos que da la posibilidad a algunas personas, muy pocas, de, al recrearlo, hacer que lo que se está escuchando no sea sino una forma material que brota exclusivamente de esa persona que canta. Ramón y yo sólo hemos escuchado en dos ocasiones, a una mujer, en un lugar y en circunstancias inenarrables aquí, convertir ese estilo de fandango en algo tan inescrutable como los límites del espacio sideral, y tan estremecedor como lo son algunos llantos. Por el contrario, lo mismo, pero cantado por otras personas, nos ha causado la misma impresión que a Buster Keaton podrían hacerle un tren o un barco de juguete. Y el cante del hombre de la guitarra, sin llegar a lo que aquella mujer alcanzaba, sí poseía una forma globulosa, que se sentía, ya en la columna vertebral, en forma de escalofrío, ya en la boca, como el sabor de un manjar cuya llegada se adivinase. También en él no aparecía un cante de fulano o mengano, sino materia propia.

 

 

Ya lo está viendo de nuevo.

Se encuentra en el mismo sitio que el otro día. Son ya casi las doce de la mañana. Antes de que se dé cuenta tendrá que marcharse. La empleada a la que Ramón también ha dedicado algún paseo de su memoria durante estos días, está en la puerta del comercio, en exhibición de su lozanía refulgente y su prieta exuberancia. Se encuentra acompañada de dos petimetres, ambos con más gomina que pelo y más corbata que pecho, con unos nudos que a Ramón, tan antiguo, le recuerdan las que tenían los muñecos de las tómbolas. Yo no recuerdo esos muñecos. Los dos galanes de ocasión se sonríen al paso de otros hombres que miran a la hermosa, como diciendo: sí, tú mira, pero nosotros estamos con ella. Que se lo creen ustedes, llega a decir mi amigo de forma casi audible. Ramón a veces es temible.

 
            Cuando llega a la altura del hombre de la guitarra se sitúa a una distancia prudencial, casi ocultándose en la esquina de la calle más cercana, la de Jovellanos. Por fin canta el hombre. Dos fandangos. Ninguno de los dos llega a lo escuchado por Ramón la primera vez. Espera, lógicamente. Y no se ve defraudado: canta ahora uno que sí le produce efectos. Mi amigo se percata de que las pocas personas que le echan algún dinero no lo hacen por su cante, sino como acto de caridad para con un pedigüeño cualquiera. Ni le miran al depositar el óbolo ni, si canta, vuelven la cara cuando lo están rebasando. Otra vez un bicho raro, piensa Ramón: no el hombre de la guitarra, sino él. ¿De verdad que no hay nadie más que por aquí pase que sienta aunque sea un poco de interés, alguna curiosidad, una pizca de sorpresa? Aún tiene Ramón algunos amigos que sentirían, de estar ahí, algo parecido a lo que él siente; a otros pocos ya los perdió, del único modo en que se pierde a los verdaderos.

 
            Lo dicho, Ramón tiene que irse. Otro día volverá. Hoy no le va a dejar dinero en la cajita. De hacerlo, serían cinco o diez euros, que Ramón en eso no se corta. Lo que lo echa para atrás es su creencia de que el hombre de los fandangos va a quedarse con su cara, que va a pensar en él, que le estará esperando día tras día. Es cierto que la mirada de Ramón al inclinarse para depositar el dinero sería muy distinta de la de las otras personas que hacen funcionalmente lo mismo, y que su rostro trasluciría algo de su emoción, pero no es de creer que el hombre de la guitarra tenga tanto alcance como para adivinar, en un solo instante, que tiene ante sí a un rendido admirador que haría por él… ¿qué? ¿Es que puede hacerse algo?

 

 

guitarra chapa 2009

 

 

Dos o tres semanas después…

Ramón está de nuevo en Sevilla y se encuentra con que el sitio está vacío. Va a resolver el asunto que lo lleva a la capital y, a la vuelta, el hombre de la guitarra sigue sin estar allí, ni en toda la calle de las Sierpes. Ramón cruza a la de Tetuán: nada. Ya vendrá otro día, pero a ver si no coincide cuando venga yo, se dice Ramón con lástima hacia sí mismo, aunque en realidad no ha perdido ni un ápice de confianza en que volverá a encontrarse con el hombre de la guitarra. Por cierto, lo de la guitarra… Más que como instrumento musical se sirve de ella como capote de paseíllo, como decorado de teatrillo, como de una mentira un chiquillo. Eso sí, sabe golpearla, que hay de esos que llaman “genios” de la guitarra que no saben hacerlo, cuando es cosa tan importante en el toque de verdad.

 

 

efecto flamenco 2009

 

 

A Ramón, en su constante pensar en este hombre…

 
le reinan en la cabeza algunos pensamientos de los que soy obligado receptor. A Ramón se le aparece gente que se ven en programas de televisión, sea para cantar, sea para reírse con ellos y de ellos, y, de inmediato, concluye que menos mal que ese hombre no ha caído en tales redes. En seguida se da cuenta (con mi ayuda, claro) de que la explicación es bien sencilla: cómo van a llevarlo, qué pueden mostrar de él que sea deglutido por la audiencia, si lo único que podría hacer delante de las cámaras es cantar esos fandangos. Como sólo él puede cantarlos, es cierto, pero sería milagroso que en el mundo de hoy una persona como el hombre de la guitarra llamase la atención con su cante, con un cante que a nadie le suena de nada, que a todo el mundo le resultaría extraño, fuera del curso de las cosas, ajeno completamente a los gustos, apetencias y obsesiones de las masas sin musas, amasadamente amansadas. Sacar a ese hombre por televisión sería sacar a un bicho raro (ahora sí también el hombre de la guitarra) al que no se le puede escudriñar por medio de una disección, como se hace con los insectos en los documentales, sino que, o se está totalmente hecho para aprehender su cante y lo tan indefinible que desprende, o no hay nada que hacer. ¡Este hombre no cabe en los concursos en los que no hay ningún arte, sino tan sólo efectismo y potencia! ¡Qué abismo entre el cante del hombre de la guitarra y el de los que parecen fabricados en serie y en sola pugna por ver quién tiene más fuerza y chilla más! ¡Qué lejanía entre la original naturalidad del de la calle de las Sierpes y el afán copista de tantos y tantas, tan rebosantes de voluntad como carentes de personalidad verdadera!

 

 

baile actual 2009

 

 

Mientras vamos camino de Sevilla…

Ramón sigue poniéndome ejemplos del pujante mundo en el que se sustituyen el arte, el buen gusto y la elegancia natural por la escandalera y la Fórmula 1, pero cuando llega al baile le tengo que parar la lengua: no quiero ni que me lo mencione. Prefiero hablar de las carreras hípicas, que es lo más parecido al baile actual. Los caballos, al menos, no se ponen a inventar. Le digo a Ramón (no sea que él lo diga todo) que fuera del flamenco y de otras andaluzadas tan televisivas también podemos encontrar otros casos de falsificaciones, no tan inocentes como las que se producen en tantos programas que todos conocemos, sino más elaboradas y sutiles; más falsarias, por tanto. Hay, por ejemplo, una cantante que hace ahora con muchas canciones latinoamericanas lo que otros con sus recreaciones en cualquier género: quitarles la savia, dejar sólo un caparazón hueco aunque muy lustrado, sin respeto para quienes hicieron y cantaron esas canciones con toda su autenticidad. Así es, por mucha pasión que aparente poner y aunque quiera adornar su voz tan lineal con quebrados y quejidos de lo más postizo. Yo la mandaría a la Vega, a escardar. Nos separamos a la espalda de la Plaza de España. Ramón se va en busca del hombre de la guitarra. Me es imposible acompañarlo: he de ir a la delegación de Hacienda y no puedo aplazar la entrevista concertada. En ese sitio sí que no entienden de fandangos. Ramón encuentra al de la guitarra en el sitio de costumbre. Tras una larga espera, o así se lo parece, el hombre canta un fandango, que mi amigo aprecia como el mejor de los que hasta ahora le ha escuchado. Pasan los minutos y pasa la gente, sin que Ramón vea que nadie, hoy tampoco, repare en el hombre de la guitarra, mejor dicho en su cante, porque, aunque sea a intervalos que al hombre le parecerán eternos, alguien deja alguna moneda. Ramón se desespera. Le disgusta estar ahí hecho un pasmarote, sin poder manifestar de ningún modo su entusiasmo por el cante de aquel hombre, que hace ahora ademán de levantarse pero al fin permanece sentado; algunos momentos después, con una ostensible desgana que Ramón advierte enseguida, canta un fandango que no llega a terminar. Ahora sí se yergue del todo, dándole a Ramón la oportunidad de observar que su estatura es mayor que la que le suponía. El hombre recupera el resuello tras la levantada y se dispone a recoger las prendas que le han servido para suavizar la dureza de su asiento. Es en ese momento, en que el hombre, antes de agacharse, mira a lo lejos, hacia la plaza de San Francisco, cuando Ramón da tres zancadas, deja veinte euros en la cajita y se marcha por la calle de Sagasta, sin haber visto la cara que haya puesto el hombre, y sin que éste se la haya visto a él.

 

 

giralda 2009

 

 

Por fin voy a conocer al hombre de la guitarra.

Han pasado dos semanas, y de nuevo nos encaminamos los dos hacia Sevilla. Aprovechamos para subir al tranvía: nos aventuramos los dos, por primera vez, en travesía tan singular. Nos amargan el viaje dos niños de unos nueve o diez años, tan redichos, tan suficientes, tan creídos en la superioridad de su tontería y tan sinvergüenzas como sólo pueden serlo los niños sevillanos tan ridículamente criados por padres que se creen no sé si más listos que dignos o al revés. Desde los asientos que usurpan van burlándose de todo lo que a su paso se mueve sobre dos piernas, sobre un coche de caballos o sobre una silla de ruedas. ¡Con cuán sana satisfacción les propinaría un buen coscorrón, o dos! Ese sentimiento justiciero se ligaba en mí con el nerviosismo que me producía el ir directamente a conocer al fandanguero. Bajamos en la Plaza Nueva, dónde si no, y entramos en la de las Sierpes por Jovellanos, de modo que, para seguir la manía de mi amigo, tuviéramos la oportunidad de ver al de la guitarra sin ser notoriamente advertidos por él. No estaba. Pasamos un largo rato esperando, pero el hombre no aparecía. ¿Se habrá ido ya? A grandes pasos nos dirigimos a Tetuán; luego, otra vez a Sierpes. Pero el hombre de la guitarra no estaba por ningún lado. Sugiero, por ser también lugar de aposentamiento de artistas rasantes: ¿y si está en el arco que va del patio de banderas al barrio de Santa Cruz? Y allá que va Ramón, mientras yo aguardo en Sierpes y en Tetuán hasta que regresa mi incansable amigo, abriendo los brazos para indicarme lo infructuoso de la búsqueda. Coincidimos los dos en que es inútil seguir esperando: por la hora que es, que ya están cerrando algunos comercios, el hombre no va a venir, tal vez por la tarde… En ese momento, Ramón ve a la hermosa empleada, que ya está bajando el cierre metálico. Al mismo tiempo se le sube por detrás su cierre de tela. Ramón no pierde detalle. A Ramón le gustan las mujeres, sexualmente hablando. Va acercándose a ella, y, después de recorrerla, le pregunta: “Oye, perdona, el hombre que se pone ahí con la guitarra, ¿no viene ahora?”. La nada aquejada de displasia intenta recordar, y enseguida responde: “Ah, ¿el tío ese que canta? Lo echó la policía el otro día”. Ramón ya sólo hace un gesto de abandono. Otra hazaña de los municipales, atajando ellos el escándalo público: un tío que canta en la calle ¡habrase visto!

            Desde entonces, ninguna de las veces que he pasado por la calle de las Sierpes he visto al hombre de la guitarra. Ramón me dijo aquel día que no volvería a pasar más por la calle de las Sierpes. Tonterías. A Ramón le gusta llorar, claro que internamente, y el bicho raro que es volverá a pasar por allí y llorará acordándose del hombre de la guitarra, al que nunca más verá. Además, es muy probable que Ramón tenga en cuenta que la buena moza sigue manifestándose en el mismo sitio.

 

PALOMADAS. Por Rafael Rodríguez González

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Palomadas

A Rafael González Jiménez siempre le conocimos como Rafael Palomo. Tan columbino mote le venía de su abuelo paterno, un segoviano al que apodaron así no sé por qué, y todos sus hermanos, casi todos sus tíos y primos recibían el mismo apelativo. Una de sus tías, Reyes, era mi abuela, la Reyes Palomo. Con él pasé las mañanas y tardes de muchos días de muchos años, y a su lado aprendí lo que pude, como le ocurre a todo el mundo al lado de quien le toca. La casa de vecinos en que vivía era conocida como Palacio Palomo, porque todos los hermanos, cuatro, la siguieron habitando ya casados y con hijos, hasta que los palomos, unos, como Rafael, levantaron el vuelo hacia lo más alto, y otros hubieron de cambiar de palomar o asentar su propio nido.


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Averías

En La Bodega se esperaba al fontanero desde hacía cinco o seis días. El grifo de la pileta donde se lavaban las botellas y algunos útiles de trabajo ya no se avenía a los arreglos, bien que mañosos pero ya insuficientes, que proporcionaba Rafael, el polifacético y ya veterano empleado. Más grave era lo que le sucedía al tubo para llenar el corbato, elemento tan imprescindible para fabricar el aguardiente. Como el fontanero habitual lo era igualmente en tardanzas e incomparecencias, se había llamado además a otro: alguno de los dos aparecería. Y en eso que Rafael ve entrar a un hombre, tal vez treintañero, con una bolsa al hombro, serio y le parece a Rafael que despistado. Los buenos días de rigor y ya Rafael le indica pasa por aquí, aquí está la pileta, este es el grifo, yo le he puesto… Pero el hombre de la bolsa mueve la cabeza y le dice a Rafael que él viene a ver a doña Guadalupe. Insiste Rafael, que no, si arriba no hay nada que arreglar, es este grifo, y lo de… El otro, dándose cuenta de la persistencia del empleado en el error, le aclara que es el médico, que viene a ver a la señora. Sí, claro que fue un error de Rafael, pero cometido al haberse guiado de la apariencia de don A.M., un doctor que por su aliño indumentario, incluido en éste el descuido de su abundante cabello, así como sus maneras de llevar la bolsa, idénticas, maneras y bolsa, a las de los fontaneros, provocó la confusión al voluntarioso Rafael.

A la mañana siguiente, y con la autorización del patrón, Rafael va a casa del fontanero habitual, que está cerquita, y le dice a la mujer que Joselito le ha dicho que le dé la bolsa de las herramientas, que le hace falta para un trabajo en La Bodega. Y, no inmediatamente, pero sí al mediodía siguiente, Joselito se persona en La Bodega, coloca un grifo nuevo y restaña el tubo del corbato, recuperando entonces las herramientas por un día rehenes.

«La Bodega» de la calle de La Mina un día de riada (1960)
Archivo de La Voz de Alcalá

La alberca

De la casa conocida como Palacio Palomo ya van saliendo los excursionistas con sus bicicletas. De los hermanos Julio, Manolo y Rafael, sólo Julio no sale este domingo: ya no está él para pedaleos. Ya estamos todos en la calle, en la calle Salvadores: tíos, hijos, padres, sobrinos, primos, sobrino segundo, primo segundo, tanto parentesco para ser sólo seis personas. ¿Qué toca hoy? Ya veremos, otros domingos vamos a tiro hecho por cabrillas, otros a por blanquillos, los hay que por espárragos… Los jefes de la patrulla, Rafael y Manolo, como es habitual, empiezan a discutir que si por aquí que si por allá. Julio, siempre tan nervioso, también interviene, sin mucho éxito por mucho que manotee y sus ojos amenacen con salirse. Todo se lo toma a pecho, hasta esto, aunque no vaya. Por donde fuera, lo que recuerdo es que después de parar para comer lo que cada uno llevaba en su talega y luego pedalear un largo trecho, llegamos a un lugar en el que una alberca como cualquier otra, casi llena, llamó la atención de Rafael. Después que la hubo observado de cerca y ver que la suciedad reinaba en el agua, en el fondo y en las paredes, tomó una decisión que no nos extrañó a ninguno: todos, hasta los más jóvenes, sabíamos que Rafael no podía soportar tener a la vista algo sucio y descuidado, con mugre fuese poca o mucha. Su hijo y el de Julio quedaron con él y los otros dos chavales seguimos con Manolo, parando aquí y allá, hasta que la tardanza de los rezagados nos hizo desesperar y volvimos a Alcalá a esperarlos en el Palacio Palomo. Yo, por fin, me fui a mi casa.

El lunes me enteré de lo al cabo acontecido. Rafael mandó a Julito que quitara un tapón de la alberca, con lo que en poco tiempo desapareció toda el agua, yéndose por una leve pendiente hasta llegar a un naranjal donde quedó casi toda ella en la superficie: tanta era la humedad de la tierra desde antes de la suelta hecha por Rafael. Vacío el agrario estanque, Rafael se aplicó a la limpieza: tiró afuera papeles, hojas, plásticos, palitroques, cáscaras y yerbajos, y valiéndose de la navaja y de una tabla arrancaba la verdina, cuando… apareció un campesino con los brazos abiertos, sin articular palabra porque la sorpresa lo más que le dejaba era enrojecer más y más a cada paso que daba en dirección a la albuhera ahora vacía y en proceso de escamonda. La color de Rafael también cambió, pero para tornar a la lividez. La sangre, a diferencia del agua de la alberca, no corrió, ya digo que ni por la cara de Rafael. En definitiva, que aquel hombre, que era el hortelano, y que a buen seguro siguió sorprendido el resto de su vida, se encontró de manos a boca con que el agua que tenía destinada a regar una porción de terreno distinta del poblado de naranjos la había perdido, sin ton ni son, a manos del que seguramente era un loco caprichoso, por lo que tendría que llenar otra vez la alberca, a esa hora y con los escasos recursos que el pozo le proporcionaba, como explicó cuando pudo recuperar el habla.

Durante los días siguientes, Rafael contaba el episodio mostrándose consciente de su falta, pero sin arrepentirse de que su afán de limpieza le hubiera llevado a cometerla. De nada valía decirle que una alberca no es ni tiene por qué ser una patena. Lo que sí tuvo que reconocer es que, como un amigo de su patrón le decía, tuvo la suerte de que aquel campesino fuera de lo más parecido a San Isidro labrador. Pasado el tiempo, yo hubiera dado no sé qué por haber escuchado a aquel hombre contarle el asunto a los suyos y a sus amigos, lo que seguramente habría comenzado diciendo algo así como “¡Po no que estaba allí el tío tan tranquilo…!”, y “¿A él qué mierda le importa si estaba sucia o no estaba sucia…?”. Todos los mayores se alegraron de que a Julio no le hubiera cogido allí. No habría sido de extrañar que hubiera quedado en el sitio.

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Señoritos en su ocaso

Todo el mundo sabe dónde está la casa de los Ibarra, pero serán menos quienes hayan entrado en ese medio palacio cuando ya sólo vivían en él, que yo recuerde, Alfonso y una de sus hermanas. En la época en que fui algunas veces, Alfonso hacía años que no salía a la calle a periquear, ni estaba nunca a la vista de quien accediera a tan en otro tiempo peripuesto domicilio. Con doce o trece años acompañé en varias ocasiones a Rafael Palomo, porque él solo no podía de una sola vez con la carga de bebidas alcohólicas que había que subir hasta la casa de los Ibarra, que en realidad eran los González Fernández-Palacios. Haciendo memoria y echando cálculos, después estuve seguro de que todo no podía ser para Alfonso. Por mucho que bebiera aquel hombre, ocho botellas de coñac, no sé cuántas de vino y dos cajas de cervezas “medianas” cada semana o semana y media era demasiado para una sola persona, aunque consumidores más largos se han conocido (yo he visto, también por aquella época, a uno al que apodaban El Indomable, beberse diez copas de ginebra y una caja de botellines en veinte minutos; después salir del bar, soltar dos o tres eructos y decir que se iba a trabajar).

A la hermana de Alfonso tampoco la llegué a ver. Siempre salía a recibir la mercancía la criada, una criada con cofia, medias blancas y delantal enterizo con bordados. No la vi, pero sí la oí. Todas, absolutamente todas las veces, la señorita gritaba como nunca más he oído hacerlo a nadie. ¡Vaya con la señorita! ¡Y lo que decía en sus gritos! La pobre fámula era la destinataria única de todas las imprecaciones. No sé lo que las sirvientas durarían en esa casa de los gritos. Por la calle, según me contaron después, era completamente distinta, es decir, una dama de respeto. Pero en la soledad de su casa no le importaba gritarle a la muchacha estando nosotros presentes. Lo más probable es que nos considerara también como sirvientes. Y en cierto modo no le faltaba parte de razón. Claro que su concepto de cómo tratar a los sirvientes no coincidía con el nuestro.

Ya he dicho que, de Alfonso, ni rastro, salvo el que nosotros recogíamos en forma de botellas vacías. Poco después, cuando ya la casa estaba abandonada, los chavales entraban por las dependencias para curiosear y llevarse lo que les pareciera. Fue cuando tuve en mis manos una fotografía de Alfonso en su juventud, siendo la única vez que vi su faz, si exceptuamos el autorretrato que colgaba en casa de mis abuelos, en el que el autor se caracterizaba de podenco, con sus gafas caídas a media nariz y una botella de vino rota en el suelo. Un paraguas, igualmente roto, completaba el cuadro. Su pintura era toda ella dedicada a los perros y a los caballos, con jinetes elegantemente vestidos a la inglesa en idealizadas e inocentes escenas de caza. Todos sus cuadros traslucían la devoción de Alfonso por un mundo pasado y que seguramente no pudo llegar a conocer directamente salvo en algunos de sus restos, o en forma de sucedáneo.

En sus cuadros, hasta cierto punto recorridos de puerilidad, no aparecían armas, a pesar de la temática imperante en ellos. Sí habían estado presentes, sin embargo, en la vida de Alfonso. Que era o había sido practicante de la caza, al igual que sus hermanos, estaba claro. Pero la relación de Alfonso con las armas por la que resultó más conocido en Alcalá fue la que mantuvo desde el comienzo del alzamiento de Julio de 1936 hasta que se agotaron las necesidades. Alfonso se convirtió desde el primer momento en un asiduo de todo tipo de batidas, urbanas y rurales, en las que se detenía y a veces, sin más, se ejecutaba a los contrarios.

Claro que esas incidencias no mermaron en absoluto la candidez de sus cuadros. Siempre hubo quien sostuviera que su adicción a la bebida era consecuencia de sus posibles remordimientos por su participación en hechos tan lamentables. No digo ni que sí ni que no, cómo saberlo, ni yo le he preguntado después al perro que era él en su autorretrato ni él me lo ladró, digo me lo dijo, pero El Indomable, que antes he citado, nunca había matado a nadie, como era y es el caso de tantísimos alcohólicos y adictos como uno ha tratado y que no se dieron a la bebida por remordimientos, ni para olvidar. Eso son cosas de fandangos baratos. Pero recuperemos a Rafael Palomo que está aquí contándole a tres de confianza que la hermana de Alfonso llamó un día a los pintores. El principal de éstos, después de haber estampado durante cuatro días mil y una pruebas, las mismas de las que la señorita se mostró insatisfecha, se atrevió a pedirle que le indicase, si no era mucha molestia, algo que tuviera un parecido con el color que ella prefería. Color de tórtola muerta, fue la respuesta. Y Rafael cuenta que le dijo al pintor cuando éste le contó el capricho de la dama: “Bueno, y qué, ¿no la tienes a ella de modelo?

columnas de casa ibarra

Casa de Ibarra, 2008

DIÁLOGO ANTE UN CARTEL. A propósito de un cartel del pintor Guillermo Bermudo. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

 

 

 

Cartel por el pintor Guillermo Bermudo

 

 

 

CALÓ, CHELI Y ESPAÑOL (UNOS POCOS EJEMPLOS). Rafael Rodríguez González, 2008

 

Campo gitano

Bela Grünwald

(Museo de Bellas Artes de Budapest)

 

Hay muchos filólogos y doctos sabios de la lengua (yo soy un sabio de la lengua de vaca, me sale bien), de la castellana o española, de la vasca o euskalduna, de la catalana, del inglés y de otras más si es que existen, que no lo sabemos, pero como los hay pocos de ese lenguaje que es el caló o el calé (ya empezamos con no saber con seguridad la denominación correcta), lenguaje si no muerto sí moribundo ya a comienzos del siglo XIX, cualquiera, por ejemplo yo, puede atreverse, sin que le adornen o avalen títulos, licenciaturas ni másters, a tratar lo del caló (con esta me quedo) y su relación con esa jerga conocida como cheli, y también con algunas expresiones usadas desde hace muchísimos años, más abundantemente por los habitantes de la Andalucía, de gran parte de La Mancha y de Madrid, aunque algunos de esos vocablos van siendo cada vez menos utilizados. Vayamos pues, y yo el primero, como Fernando VII, por la senda… pero en serio, dentro de lo que cabe. Veamos sólo algunos ejemplos, pocos, que hay que acabar de comprar los regalos de Navidad y Reyes ¡a la fulañí la crisis!

 

3 dicc. gitano

Vocabulario gitano (1942)

Archivo «CARMINA»

 

           ¿Cuál era una de las figuras más temidas por los gitanos desde su llegada a la península celtibérica, tartésica y fenicia, romana, goda y árabe y desde ese momento también gitana? El juez, efectivamente. Los gitanos le decían barandé. (El “caso Farruquito” hizo caducar en parte eso de “Tienes menos fuerza que un gitano en un juicio”). De ahí que, mutatis mutandi, se le llame “baranda” a la persona más importante o señalada de cualquier lugar.

           Si los gitanos decían puré no se referían para nada a la pureza, ni al de patatas, sino que puré es viejo, anciano. Y de ahí viene esa palabra cheli que tanto incomoda a tantas personas cuando les o nos atañe: “pureta”. Es cierto que la relación (interrelación) del español coloquial con el caló es muy amplia, y de ahí su influencia en ese argot o jerga que es el cheli. De este último hay otro ejemplo que puede sorprender y al mismo tiempo resultar engañoso. Para expresar el hambre, el caló tenía varios términos: gullipé era uno de ellos, y otro era el de bocata. El simple apetito era el boqui. Sin embargo, es de dudar que el término cheli, “bocata”, que designa al bocadillo, venga de la bocata caló, aunque pudiera ser: ya se sabe que los caminos del lenguaje son inescrutables, como los designios del Señor. Y nada que ver con los chelis “cubata” y “segurata” y otros más, aunque siga la tendencia.

 

caravana de gitanos

Caravana de gitanos

(Espasa Calpe.Tomo 26. Año 1925)

 

            Al ratero, al ladrón, en algunos casos hasta a algún político, se le llama en la jerga cheli “chorizo”, término extendidísimo. Y es que en caló robar se dice chorar, y al delincuente de ese tipo chori o choripé. En este sentido, existe un error que sería de género tonto, a estas alturas, querer rectificar, aunque sí hay que hacerlo notar. La palabra mangar significa pedir, más concretamente pedir limosna, que es lo que hace un o una mangante, y no, como se ha venido usando desde hace cualquiera sabe los años, robar y ladrón, respectivamente. Pasa igual con la voz camelar, que no es engañar, sino querer o amar, aunque hayamos de admitir que en el amor hay engaño. Pero engañar, a secas, era jonjabar.

           “Dame yequi”, dicen algunos fumadores usando el cheli, y eso viene del caló yaque, fuego. Una persona generosa, buena en general, es “juncal”, exactamente igual que en caló: juncal. “Nasti” es en cheli nada: casi exactamente igual que en el caló, en el que nasti es imposible y también no. Un término de los más usados en el cheli y en general en el coloquial español es el de chungo, que ya sabemos todos lo que es y que sin embargo no se le debe al caló si nos atenemos a lo que está documentado (al menos en lo poco que conozco). Pero ya se sabe que muchas de las acreditaciones en este terreno son las que menos crédito deben merecernos. Ese término no estará documentado pero suena gitano a más no poder.

 

gitana persa

Gitana persa

(Espasa Calpe.Tomo 26. Año 1925)

 

            No están relacionadas con el caló, de seguro, algunas palabras que no pasan de ser jerga carcelaria, como son “trena” o “trullo”: la cárcel, en caló, es estaribé. Bastante diferente, ¿no es cierto? Sí se ha trasladado al cheli, o simplemente permanecido en el español coloquial, el uso del qué, quer o quéo, que es la casa o domicilio. No es el caso de esa, en mi opinión, tan burda sustitución o pobre invento cheli, por el que se quiere denominar a la cama o al lecho como “sobre”; más auténticamente cheli sería decir: me voy al “duermo”; y aún más, relacionándose con el caló, al “sorno” (de sornar, dormir). De todas maneras, el término gitano es piltra.

            Hasta la Real Academia Española de la Lengua, tan irreal a veces, ha metido la pata con el caló o en el caló. Currar siempre ha sido pegar, no en el sentido de los sellos sino físicamente a otra persona. Y currelar ha sido trabajar, y el currelo el trabajo, y el currelante el trabajador. Y así se sigue diciendo al menos por estos pagos por la mayoría, tanto de gachés como de gitanos. Pero llega la eminente RAE y, quizás después de darse una vueltecita por Madrid, Oviedo y Las Palmas, mete en el diccionario “currar” como trabajar, y “curro” como trabajo. Deberíamos aproximarnos más al origen y seguir diciendo que cuando a alguien se le ha dado una paliza, aunque sea en un juego o figuradamente, el tal ha recibido un buen curro. Lo que no hay que descartar es que currelar, muchas veces, sea un curro de los buenos (o más bien de los malos). Pero… ojo, en épocas más antiguas, ya remotas, currelar y currelo eran apreciar y aprecio. Un buen lío ¿no?, pero nada extraño en ese lenguaje no sujeto a normas gramaticales y cambiante por la propia naturaleza social de sus hablantes, es decir, por sus necesidades, y por las influencias de otros más fuertes y dominantes. Todo esto constituye el factor fundamental en su progresiva desaparición, y al mismo tiempo de su inclusión, más o menos deformada y en todo caso muy limitada, en los usos coloquiales de amplias capas de los demás españoles, es decir, de los gachés.

 

Juan Cardona

Gitana

de Juan Cardona

 

(Abro ahora un paréntesis para decir que lo abro y agregar una relativa digresión, a propósito de esa palabra que ha aparecido más arriba: gachés, plural de gachó, de la que el femenino es gachí. En caló ese término no era peyorativo, sino que simplemente designaba a quienes no eran gitanos, es decir, a todas las demás gentes (y/o gens). Por otro lado, el término payo nació a la entrada de los gitanos en España. Esa entrada fue por Cataluña, y lo primero que vieron los calorrés, como no podía ser de otra manera a principios del siglo XV o finales del XIV, porque ni el templo de la Sagrada Familia, ni el paseo de las Ramblas, ni el parque del Tibidabo, ni el Camp Nou estaban hechos, fue a los payeses, al payés, o sea, a los campesinos catalanes. Esa palabra se transformó en payo en el vocabulario caló y se fue compaginando con la de gachó hasta nuestros días, sólo que produciendo el efecto perverso de, en muchos casos, y según la intención que quisiera dársele, adquirir este último término un sentido algo peyorativo; y más aún, paradójicamente, cuando lo pronuncian los propios gachés: “vaya el gachó este”).

            A diferencia de otros del caló que recoge la RAE, el término jindama sí aparece como voz gitana en su diccionario, porque casi todas las demás palabras, sean o no correctas, como en un ejemplo anterior (“currar”), son sólo señaladas como coloquiales o vulgares. En este caso, mucha gente sabe que estamos diciendo miedo, pero ya no tanta que es puro caló. Añadamos que en el primitivo caló, canguelo es odio, y no temor o miedo como después vino en usarse.

 

Gitanos húngaros

(Espasa Calpe. Tomo 26. Año 1925)

 

          Todos sabemos lo que es, en cheli, “ligar” y un “ligue”, aunque sea de oídas. A lo mejor no pasa de ser una casualidad, pero amistad, en caló, es liga. ¿Tendrá algo que ver por ese mutatis mutandis que decíamos antes? De siempre se ha usado esta expresión, refiriéndose a algo muy bueno por agradable y satisfactorio: “De chachipén”. Claro, un banquete era un jachipén. Y “de abute” también, porque el término mucho, en castellano, se corresponde al bute caló. Fuera cual fuese el lugar, un escondite era un bujío. Suena ¿verdad? Trincar no tenía el sentido que después se le dio por los castellanos, sino que significaba atar, por ejemplo al ganado. Ni pirar era huir, sino andar o caminar, pero no cabe duda de que cuando en cheli se dice “darse el piro” no hay equívoco posible; es decir, andar pero ligerito, que si no te cogen. Procede directamente del caló la expresión cheli “molar” o “me mola”, porque es exactamente igual que el caló molar, que es valer. Me vale, me gusta, tío.

           Jamar o jamelar, el primero más usado, no hay que explicar que es comer. Como tampoco que diñar o endiñar es dar, en el sentido que sea. Ya no estamos tan seguros de que todo el mundo (aunque formen legión los que sí, por supuesto) sepa que encalomar es un terminó caló que originariamente significaba subir. Pongámoslo en negrita, pues: encalomar.

            Terminemos el entretenimiento, que nos van a cerrar las tiendas: las españolas, las chinas y hasta la del Inglés que tanto corta. Pinreles, jallares, jurdó y jandé, fila, jeró, sacáis, chipé, barují, matipé, chinga y chingarar, ampio, letayas o estallares, pañí, funguelar, privar, balechó, chinar, piños, sornar, endicar o dicar, nacle, bales, cambrí, pesqui, ondunares, calcos, baes, bajañí, son palabras, junto a otras muchas, que ya están casi totalmente desaparecidas del vocabulario que hasta hace cincuenta años usaba un considerable número de personas (por supuesto que ninguna, salvo casos excepcionales, de la “buena sociedad”), y que quiero recordar, aunque todos lo sabrán, que significan pies, bienes o medios materiales, dinero, cara, cabeza, ojos, lengua, frío, borracho, pelea y pelear, aceite, olivas o aceitunas, agua, apestar o heder, beber, cochino o cerdo, cortar, dientes, dormir, ver o mirar, nariz, pelos, preñada, sagacidad o “tener vista”, guardia civil o soldados, zapatos, manos, guitarra. (Apostillo que es inútil intentar dirimir si algunas de esas palabras van con b o con v).

           Hay una voz que no sé si ahora es usada por los niños (téngase en cuenta que yo era niño en el siglo pasado), aunque creo que no, porque en los “ordenatas” esas cosas no salen, a menos que se busquen y no será el caso, lógicamente. Entonces, en esas rimas un tanto procaces y que algún cursi o remilgado llamaría ordinarias, cuando alguna expresión o palabra terminaba en la letra e sonoramente acentuada, los chiquillos decían (digo decían porque yo nunca lo dije), sólo a veces (casi todas las veces): “Po agárrame el quilé”. Usaban el caló desde chicos y sin saberlo. Puede que incluso, ahora, alguien tenga que preguntar qué es el quilé. Siempre encontrará quien se lo explique y sin necesidad de que se lo agarre. No más difícil lo tendrán si quieren saber qué es el veo, que desde luego no es el juego del veo-veo, aunque bien pudiera serlo para deleite de algunos y algunas. Digamos, como pista, que muchas veces se hace referencia al de la hermana, sea de otro o de uno mismo.

 

4 dicc. gitano