PROCACIDADES PARA UNA BODA (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González.


(edición con fotos de LGV)
No eran más de la una y media del 24 de mayo de 2008 cuando el gran trueno despertó a mucha gente de la vecindad. Luego vinieron más, a modo de hijos que aspiran a emular al «pater», epígonos que quieren ser del origen. Al instante se despertó la alarma de los perros que en tantos pisos habitan: los ladridos de los canes resultan especialmente adorables a esas horas, sobre todo para los que no los tienen. Casi nadie encendió la luz, pero los que lo hicieron se quedaron sin ella al instante. Por lo menos el contador no siguió corriendo, después de como se ha puesto la cosa eléctrica, que no ganan las compañías, las pobres. La lluvia, acogiendo en ella más granizos, en proporción, que garbanzos un potaje, caía y caía, que es lo que siempre suele hacer. E inmediatamente comenzó el insomnio. Los que no se habían despertado con la alarma atmosférica ni con la perruna lo hicieron sin remedio con la de una de las oficinas bancarias tan pródigas en la calle (pródigas en presencia, que no en dar, claro), que dejó con su estridente y aullador sonido que se desplomara en el ánimo de los vecinos más cercanos la esperanza de continuar durmiendo después de los truenos y de haber hecho poco caso de la frenética lluvia. Y la alarma era tan potente como el banco. El máximo, el primero, el no va más. Que no se diga que la alarma lo desmerece.
Media hora. Y sigue. Otra media. Y sigue. Media más. Ya no llueve. Pero sigue. No truena. Pero sigue. Ya no se cuenta el tiempo por medias horas. Y sigue. Los perros contestan ahora no a los truenos sino al pitido diabólico, tenazmente bancario como hipoteca que te persigue, siempre en aumento, cada vez más próxima a su labor asfixiante. Pareciera que la alarma esté también alimentada por el Euríbor (en realidad, en ese caso no habría manera de cesarla, sino todo lo contrario).
Noche de perros, eso es. Pero hasta éstos tan relativamente amigos del hombre se cansan… y se callan. El pitido del banco no. Ahí no caben amigos de ninguna clase: ni hasta el que más tenga en su cuenta, y entre los vecinos alguno hay, se libra de la alarma. Ya son las cuatro.
Hay quien se sienta en la cama, farfulla improperios, se va al cuarto de baño y sentado en la taza intenta leer algo en una revista. ¿Y para qué? El pitido le acompaña haga lo que haga. Esto que no tiene sentido y no sabemos si remedio se mete sin remedio en el sentido. Menos mal que mañana la mayoría de los afectados en edad laboral no ha de trabajar, pero y qué ¿es que hay derecho a esto? Son las cinco y media. ¡Es que son ya cuatro horas, señores! ¡Cuatro horas como cuatro lustros, como cuatro décadas! Pasan horas como pasan leones marinos y tortugas gigantes por las playas, con la lentitud hecha en sus enormes cuerpos. Pasan horas como pasan en el corredor de la muerte: que no avanzan, que no son horas, que son cangrejos borrachos o cojos, o lenguas de camaleones con la enfermedad de Alzheimer.
¿Domir? ¡Bendita ilusión! Por lo menos en ocho o diez pisos alguien toma un tranquilizante, algún somnífero (porque los tienen de ambos, sea con o sin receta). Excepto a dos, que acompañan la toma con otras de otra clase, absolutamente líquidas, a ninguno les hace efecto. Alguno ha optado por encender el televisor, lo que tiene de ventaja que no hay que tener cuidado con el volumen del aparato: todo queda bajo el dominio de la alarma bancaria. ¿Bancaria o banquera, cómo es o se dice? Es lo mismo: igual de c… es.
El pitido ya ha hecho pasar por la cabeza de los afectados a toda la familia del principal dueño del banco, el que se lleva casi todo el botín: se les ha vestido de ropa de Pascua, se les ha adornado sus testas con las más prominentes protuberancias óseas frontales, y a las hembras se les han hecho todos los honores que no se le hicieron a María Magdalena antes de ser convertida en santa. El pitido sigue. La gente cada vez más alarmada con la alarma. <<Niño, ¿qué hora es?>> <<Las seis y diez; yo me cago en…>>. Y cualquiera, mi alma, y cualquiera.
Ya a esa hora se han producido algunas llamadas, la verdad que muy pocas, a las dos policías. El más absoluto respeto a la confidencialidad de la comunicación electromagnética nos impide decir cuántas llamadas fueron contestadas y cuáles fueron las respuestas dadas. De cualquier modo, ningún vecino de los que a su balcón se asomó o que desde su ventana atisbar algo intentó, pudo ver a ningún uniformado haciendo acto de presencia. Y la alarma, sonar, lo que se dice sonar, vaya si seguía sonando.
Entre la vecindad hay poca gente joven, y la que hay está esmeradamente educada, tal vez por eso la alarma siga sonando: una piedra bien guiada o un porrazo con otro objeto ya la habría silenciado. ¡Para lo que sirve algunas veces la educación! ¿O será el temor a alguna delación, a algún chivatazo por parte de alguna persona de orden, de un orden tan absurdo y desordenado? Puede ser también, lisa y llanamente, una cuestión de pereza, que no de comodidad, porque de ésta nada. Toda la vecindad está inerme e inerte.Pero a las siete ya hay algunos vecinos, de entre los alarmados, en el bar más próximo. Nunca se han visto por allí, ni a esas horas ni a ninguna. A la fuerza ahorcan. Pero tampoco se encuentran cómodos en el bar. Uno de ellos porque la alarma sigue siendo perfectamente audible en el local y, sobre todo, porque no le complace para nada la actitud burlona de los dos camareros. Los demás, porque sus mujeres, que ya les han preguntado con malos modos que adónde van, no les van a poner precisamente buena cara cuando regresen al hogar, al lecho conyugal abandonado… ¡Pero es que el lecho conyugal, para la gran mayoría, sólo sirve para dormir, y si ni eso se puede…! Bueno, al poco tiempo todos están de vuelta en sus pisos. También han aparecido por el bar tres mujeres de la vecindad, ya maduras; una de ellas tanto que ya está a punto de caer del árbol. Pero las tres en busca desesperada, urgente, de tabaco, ese elemento de liberación de la mujer que tanto las libera… de parecerse a los hombres, esos que cada vez menos fuman. Ansiosas, sojuzgadas por la mala hierba enrollada y metida en papel, compran las cajetillas y… de vuelta al fumadero domicilial: la alarma ha servido toda la noche de justificación, y sigue siéndolo: ¿Si una está despierta, qué vas a hacer? Pues sí que hay otras cosas en qué ocuparse, incluso en soledad…, por ejemplo, soñar con el príncipe azul que podría haber llegado y que nunca llegó. Sí, es cierto, también hay casadas que fuman: el tabaco del fumador consorte bien les sirve. Y si no les queda se les manda a ellos.
Aparte de esos casos, en varios de los domicilios donde habitan los por este día infelices vecinos (¿por este día?), hay sus tiranteces. Un cónyuge reprocha al otro, en voz nada tenue ni cariñosa, que cómo es posible que pueda dormir con ese jaleo (como si yo tuviera la culpa, piensa el ahora despertado, que lleva menos de cinco minutos durmiendo, después de rendirlo el cansancio). Su despertar provocado no va a servir precisamente para que se produzca una conversación agradable. Insomnio y miradas de reojo y de mutuo fastidio. Ya vemos qué consecuencias tan edificantes produce una alarma de éstas, sobre todo si el desamor es ya lo imperante en la pareja.
El colmo es el de un vecino al que le ataca un insufrible dolor de muelas. El dolido se ha recorrido todo el piso tres o cuatro veces, se ha sentado en todos los sofás del salón, en la silla de la cocina, en el cuarto de baño, ha tomado dos analgésicos, ha bebido agua hasta no poder más, ha probado ¡creánselo! a leer, él, que la lectura más extensa que ha hecho fue la de una carta de un su hijo cuando estaba en la mili (el hijo); ha encendido el televisor dos veces y otras dos lo ha vuelto a apagar. Ya ni siquiera puede recurrir a hacer una cosa que por lo menos diez minutos le quitaría el sufrimiento. <<Las penas que me maltratan son tantas que se atropellan, y como de acabarme tratan, se agolpan unas con otras y por eso no me matan>>, reza un bolero de Sindo Garay cantado por Carlos Puebla. Se le juntan la alarma interna y la exterior, pobre de él. Y por lo menos hasta el lunes no puede ir al médico. Y encima le dice la voz consorte que a ver cuándo se está quieto. Amor, puro amor. Dolor, amargo y puro dolor.
Estamos en las nueve de la mañana. Cuando el ascensor se abre en la planta baja de uno de los bloques, el vecino que va a salir de él se topa con el que va a entrar, cosa lógica si se da la circunstancia. Llevan seis, siete o más años sin hablarse. Ninguno de los dos es mala persona. Se trató de un malentendido, de un percance con más de absurdo que de justificado. Entonces, el más decidido de los dos se dirige al otro: <<¡Vaya la noche que nos están dando!>>. El otro esboza una leve sonrisa, por tímida, y responde: <<¡Tela del telón!; ¡Ah, oye ¿cómo sigue tu mujer, que me he enterado que está…?>>. Ea, algo bueno tiene que tener la alarma, restablecer las relaciones humanas. Pero no nos confundamos: la alarma será lo que sea y tendrá los resultados que tenga, pero no es humana, y menos aún humanitaria. Y lo que es alarmante es que continúa el estrépito sin que nadie aparezca para callarlo de una pajolera vez. De un pequeño corrillo que se forma en la puerta del bar salen los comentarios: ¿Es que la alarma no está conectada a la policía? ¿Ni a la agencia de seguridad que tiene el cartel en el mismo aparato? Yo es que no me explico esto, dicen, de una u otra manera, los corrillistas.
¡Pero atentos! Al poco tiempo aparece un coche de la la Policía Nacional y se detiene casi enfrente del banco emisor (no de moneda sino de alarma). Dos jóvenes y fornidos agentes se bajan y entran sin dudarlo en el pasaje que transcurre debajo de uno de los bloques afectados por ese ruido que comenzó hace ya ocho horas y que parece tiene intención de echar horas extras, tal vez las sesenta y cinco que proyecta ese fantasma inaprensible que es la Unión Europea. Los del corrillo se quedan expectantes: si la alarma está en el banco ¿para qué se meten en el pasaje? No han transcurrido dos minutos cuando llega otro coche policial con otros dos tripulantes. Uno de ellos permanece junto a la boca del pasaje, mientras el otro se acerca al banco y realiza lo que se llama una inspección ocular (la auditiva ya le vien, ya) y enseguida se reúne con su compañero. Es obvio que lo del banco no es lo que les ha traído por aquí. Ambos entran en el pasaje y al poco salen junto a sus compañeros, acompañando a una persona que tiene un aspecto que no puede inspirar sino rechazo y alarma, pero que no pasa de ser uno de tantos vagabundos indigentes (y tan español como tirar cosas al suelo, como hablar a gritos, como no contestar los buenos días). Los agentes hablan un momento con el individuo y seguidamente vuelven a sus coches. El ex-refugiado en el pasaje se marcha calle abajo con paso inseguro y destino del mismo carácter. Es evidente que los policías han acudido a la llamada de algún vecino alarmado por la presencia de tan peligrosísimo individuo que estaba durmiendo, a pesar de la alarma, un poco más arriba de la entrada del bloque. Y la alarma sigue, como la vida y todo lo que con ella va y viene.
Pues no, concluyen los del corrillo, no es para lo de la alarma para lo que han venido cuatro policías, sino para echar de sus dependencias pasajeras a ese personaje. ¡Gran despliegue de medios para tan flaca faena! Hay quien hace notar que con el perro de uno de los vecinos, que ataca (el perro) a quien osa transitar por el pasaje, hubiera bastado. ¡Cuatro policías! Y, mientras, la alarma, muerta o viva de satánica risa, porque el Malo debe de reír así. Y vuelven los comentarios sobre la utilidad de las alarmas, que ante este hecho nadie en el corrillo puede explicarse.
Ya van apareciendo en la calle alguno de los vecinos. Casi todos hacen algún gesto de fastidio y queja al cruzarse con algún conocido. Se hacen comentarios, se efectúan diagnósticos. Son ya las once y media o más cuando aparece un empleado del tan sacrosanto y alarmante banco: abre, entra y a los dos minutos sale. Sí, ya no suena la alarma. Esto ha sido por casualidad: el empleado, que está claro que será de los más destacados (¿o es que la llave la puede tener cualquiera?) no vive lejos de allí y alguien lo ha avisado al encontrarse con él.
Al día siguiente no, sino el lunes, hay una persona que propone a algunas más dirigir un escrito al banco (¿o se escribe Banco?) quejándose y rogándole que tome medidas para evitar un caso igual o similar. Todos los consultados, entre ellos los más quejosos, se limitan a encogerse de hombros y a decir que para qué va a servir. Además, esto no sucede todos los días, hombre.
Hasta otra alarma, pues. Diez mil millones en beneficios os contemplan.
«El texto que sigue corresponde a la carta que Rafael Rodríguez dirigió a su amigo Patricio argumentando su negativa a escribir sobre Fernanda de Utrera. Pero se le pudo convencer de publicar, tras no pocos intentos, precisamente dicha carta.»

Fernanda de Utrera y Diego del Gastor
Amigo Patricio:
Seguramente habrá sido cosa del editor de la revista de Feria lo de que me propusieras escribir; y tú, tan ocurrente siempre, el que habrá tenido la brillante idea de que lo haga sobre Fernanda. Digo brillante por la elegida, pero no por la idea. Porque lo que no se puede hacer, al menos para quien no tiene por qué, es volver una y otra vez sobre las cosas mil veces dichas, aun siendo verdades tantas de ellas. Querer escribir sobre Fernanda es como querer hacerlo de los sonidos de la noche -y del día- en la Amazonia.
Escribir sobre Fernanda…, casi ná. No será porque no tenga cosas que decir de esa mi emperatriz, sino porque nunca, ni ahora ni aunque pasaran mil años, me atrevería yo a intentar reflejar lo que Fernanda es en el cante gitano, o llámalo mejor, en este caso, Arte gitano. Si algunos otros osan escribir, relatar y hasta poetizar sobre lo que mana de Fernanda, pues muy bien. Aunque fíjate que en todos los artículos que he leído estos días atrás, al hilo de su ochenta cumpleaños, se vuelve al tópico -basado en una verdad que es absoluta- de Fernanda como la reina del cante por soleá. Pues claro que sí, pero es que aún más es la Diosa de la bulería. Nadie ha podido llegar -y ya nadie llegará- adonde Fernanda. Ella hace en la bulería todos los cantes y de un modo ni siquiera sujeto a imitación. O fíjate lo que escribió un ya longevo periodista «la voz opaca…» ¿¡Cómo que opaca, si a su través se ven las delicias!? Ya se dice lo que sea sin saber las palabras que se emplean.

Antonio Mairena, Juan Talega, Bernarda, Fernanda de Utrera, Manolito María, Platero de Alcalá y Diego del Gastor
Además, Patri, tú sabes, porque tú eres uno de esos, que habrá quienes digan ¿y qué tiene que ver la Fernanda con Alcalá como para dedicarle espacio en la revista de nuestra Feria? Y no sabrán o no tendrán en cuenta que Fernanda ha estado viniendo a Alcalá con más frecuencia que algunos va a Sevilla. Las fiestas y reuniones en el Derribo y en la calle Ángel con Manolito María, otras con Antoñito el del Bar España, su presencia en un puñado de festivales, en otros locales y en reuniones familiares… Pero escribir de eso sería ponerse a hacer un anecdotario, que a lo mejor no me atrae ni considero importante porque no estoy capacitado para ello.

El Platero de Alcalá
¿Cómo explicar lo inexplicable? Cómo dar a entender desde un papel la expresión que sale de lo racial y se conjuga con la suma de todas las esencias, llegando a la máxima cumbre; eso sí que es un problema irresoluble. ¿Cómo se puede hablar o escribir tanto, tantísimo, del llamado Arte flamenco, que sólo llega a Arte en contadas ocasiones? Así que, Patricio, díle a monsieur Ordóñez que escribir sobre Fernanda puede hacerlo mucha gente, y si es sobre el cante en general, aún más, pero que yo no me meto en una misión imposible.

Antonio Mairena
Tú sí sabes desde hace tiempo lo que hay que hacer. La espléndida tecnología de la que hoy gozamos nos lo hace posible. Hoy podemos escuchar a Fernanda cuando mejor y más bellamente ha cantado: en las fiestas en Morón, con Diego del Gastor, Manolito, Perrate, Joselero, Fernandillo, Juan Talega, la niña Amparo y otros; pero también en algún que otro festival, como en aquel de Ronda en el que metió por bulerías una bella canción canaria que jamás hubiera podido soñar nadie que se pudiera cantar de esa manera tan fiel al original y a la vez tan elevada al quinto cielo. Tú tienes, Patri, bastantes de esas grabaciones (la que hizo la Diputación es magnífica), al menos las suficientes para que no puedas discutirme que sobre Fernanda no se puede escribir, salvo de la forma que te decía al principio de esta carta de la que ya me estoy cansando (cuando la termine voy a poner la cinta donde está esa canción canaria), es decir, de forma anecdótica. Sí, se podría hablar de su belleza concretada en su personalidad irresistible, en su educación, no ya fina sino exquisita, en su memoria, en su ser agradecido, en su ausencia de servilismo, pero eso lo sabe cualquiera que la mire o la haya mirado a la cara. La única forma de conocer a Fernanda, a esa mujer de 80 años que ya no vamos a ver más de fiesta ni en ningún escenario, es escucharla, que no sólo oírla. Pero la verdad es que tampoco todo el mundo tiene acceso interior a ello. Y cosas como ésta no se pueden escribir, Patricio, porque en seguida saltan diciendo que si uno se cree un elegido de Dios y cosas de esas. Ojalá que sean muchas las personas con capacidad para escucharla. Y entonces conocerán la conjunción, o mejor, la fusión, del Arte y la Naturaleza. Escucharla en esas grabaciones, aunque en los discos también, escucharla y comparar. No encontrarán nada mejor, ni igual. Y todo ésto ¿cómo se dice por escrito? Que la escuchen y ustedes dejarse de tonterías.
Tu amigo a pesar de todo,
Rafael.
A Dionisio y Tomás,
merecedores de haber estado en esa tormenta
Aquella mañana se presentaba para Paco el de la Malena igual que otras muchas. Así que cuando salió a la plaza del Duque miró lentamente a un lado y a otro, luego al cielo, y enseguida optó por sentarse en el escalón de la casa más arriba de donde vivía. Era temprano, el extenuante calor de la noche ya se había ido, pero aún pesaba en el cuerpo haber tenido que estar a cada momento dando vueltas en el lecho de follisco, durmiendo un sueño entrecortado en medio del sudor y los mosquitos.
Pasado un rato, Paco, más aburrido que el follisco de su colchón, ya había bostezado dos o tres veces, cuando vio ante sí unas alpargatas enormes que calzaban dos pies igual de grandes; alzó la vista, y antes de verle la cara al dueño de las alpargatas ya sabía que delante tenía al que llamaban Tío Frasco. A éste la mañana le resultaba tan prometedora como a Paco, así que, sin mediar palabra, los dos se encaminaron hacia arriba, llegando a la calle de La Mina en pocos minutos, después de haberse entretenido saludando al zapatero de la posada y haberle preguntado si ya había pasado por allí fulano o mengano.

Providencialmente, al llegar a la altura de la callejuela del molino de los Portillo, alguien llamó a Tío Frasco. Era un rico propietario que adeudaba a Francisco una cierta cantidad por haberle pelado algunas bestias, unas en una de sus fincas y otras en el propio pueblo. Mientras recibía la cantidad, Francisco no hacía más que tragar saliva. Cuando el propietario se fue, Paco el de la Malena le zampó a Tío Frasco: “Se te va a queá la boca más seca que mi cacelora”. Y reemprendieron la marcha, ya más animados.
Paco trabajaba ocasionalmente de camarero, ya poco porque era mayor, en lo que se daba muy buenas y elegantes trazas, así que por eso y por su parentesco con Manolito, un camarero de Dos Hermanas pero que trabajaba en Alcalá, en Sevilla, en Mairena y donde hiciera falta, se alegró mucho de verlo, ya a la mitad de la calle, cerca de la taberna de Cachito. Ambos se divertían contándose las anécdotas que les sucedían u observaban en su oficio. Este Manolito era hermano de Juan Talega, sobrino de Joaquín el de la Paula y también sobrino del de la Malena y del otro Francisco, el Tío Frasco. Ese día, Manolito no había ido a trabajar a Sevilla porque, no que le hubieran rescindido un inexistente contrato, sino que le habían dicho simplemente que se pasara por el bar dentro de un mes. A lo que él decía: “Lo que no me han dicho es dentro de qué mes me tengo que pasar”. En fin, los tres siguieron calle arriba y su primera parada fue en la mencionada taberna. La de Cachito era habitualmente una de las principales sedes de las juergas flamencas de Alcalá, fuera cual fuese en cada momento su importancia en lo que atañe a la cantidad de cantaores o a lo dispendioso del señorito, cuando lo había; porque, como es natural, lo más importante desde el punto de vista artístico nada dependía de los números. Pero algunas veces se reunían los dos factores, cantidad y calidad, y también el dispendio, con lo que la ocasión se convertía en inconmensurable.
(Ya me está interrumpiendo mi amigo Ramón Núñez Vaces, que se acerca cada dos por tres a leer lo que estoy escribiendo, mientras fisgonea entre mis libros y discos, e incluso se atreve a poner alguno de éstos: “¿Para qué vas a formar un lío con los parentescos?” Y además: “¿Tú estás seguro de que todos los que estás mentando fueron coetáneos?”. Yo no le contesto, sólo muevo la cabeza para negar y afirmar al mismo tiempo, aunque lo que a mí se me ocurre responder es: “Si fueras mosca, seguro que serías cojonera”, pero no lo hago.)
El aguardiente hace su aparición, y por lo menos tres dosis pasan por los gaznates de los tres gitanos, que al poco rato comienzan a mostrar signos de una todavía moderada euforia. El cuerpo, o el ánimo, que a veces es lo mismo, les pide seguir la marcha, no apalancarse en ese lugar que, a esa hora mañanera, está frecuentado sólo por gente que va y viene de la tan próxima plaza de abastos, trajinando e intentando vender. Manolito, que de los tres es el tenido por más solvente, le dice al dependiente: “Escucha, que ya te veré”. El dependiente, aun asintiendo, le contesta con un expresivo: “¿Po no me estás viendo?”. La verdad es que no es la primera vez; pero eso sí, Manolito siempre vuelve “a ver” al camarero. Cuando salieron, Tío Frasco, ante las gruesas nubes que se van apoderando del cielo, dijo a sus acompañantes: “Veremos a ver si no brijinda”. Los otros hicieron un gesto de indiferencia. Siguieron tranquilamente por enmedio de la calle, saludando a diestro y siniestro, hasta llegar a la Plazuela.
Una vez en la tan, como dirían algunos ahora, emblemática plaza, al primer pariente que se encuentran es a Jerónimo, el Momo, que por entonces era aún el cochero de la familia Beca. Jerónimo era un hombre joven, pero ya los medios de locomoción de los adinerados estaban cambiando velozmente, nunca mejor dicho, por lo que sólo le quedaban algunos años de tal desempeño, para luego dedicarse exclusivamente, junto a sus dos hijos, al acarreo de leña para las panaderías. Manolito, Paco y Tío Frasco se ponen a gastar bromas a Jerónimo. A éste no le agrada que sus primos hagan eso tan cerca de la casa de los Beca, así que se retira con la excusa de que pronto ha de montar el enganche. Una vez que el Momo se ha ido, a ninguno de los tres le cabe la menor duda de adónde guiar sus pasos: a la taberna del Morenito, que además está allí mismo. Pero antes se dejan caer en un banco de la plaza, y observan, entre divertidos y escépticos, al “leyente”, al último de ellos, Pepe García. Mientras lee en voz alta un periódico, dando amplios intervalos entre una noticia y otra, entre un comentario o artículo y otro, un flaco círculo de oyentes atiende a su lectura declamada. A los tres calorrés no les interesa la peroración, pero permanecen un buen rato siguiendo los gestos de los oyentes ante lo que el leyente pronuncia, y también, por curiosidad, por lo que éste recogerá en monedas o tabaco. En ese momento pasa mi abuela Reyes con su hijo Pepe; detrás va Rafael, hermano de mi abuela, que casi grita: “¡Frasco! ¿Cuándo vas a ir a la panadería?”. La contestación del interpelado es inmediata: “¡A ver si se pone mejor el tiempo!”. Mi abuela y su hermano ríen de buena gana, pero a la vez le recuerdan que las bestias, dos yeguas de Rafael y dos mulos de reparto, necesitan de sus manos manrrabaoras.
(Ramón, alias la mosca cojonera, vuelve a la carga: “¿A qué viene eso de meter a tu familia? ¿Es que eres aficionado a ese tipo de nepotismo? Me parece que deberías ceñirte a lo de la fiesta, y no introducir elementos extraños” Qué bien habla este segoviano, me digo. A veces quisiera tener a mano nepente y beberme un buen trago. De camino, ha puesto un disco de Joselero y su hijo Dieguito, lo que no hace sino distraerme de mi tarea).
A los pocos instantes, lo que casi anunció Tío Frasco a la salida de la taberna de Cachito se convierte en realidad: está brijindando; puede que sea una tormenta de verano en toda regla; el cielo se ha puesto más negro que la entrada de la cueva del Momo y las gotas de lluvia son más gordas que las perras gordas con las que cualquiera de los por allí presentes sueña. Los tres parientes se levantan y casi al trote se dirigen a la taberna del Morenito. Éste los recibe, aludiendo a los dos Franciscos, con un burlón “¿Adónde va la juventud?”. Al mismo tiempo, el leyente y su audiencia también se han desperdigado, si bien casi todos se han dirigido a la taberna de un santanderino, Nicolás García Blanco, casi recién llegado de un ya extenso periplo y que tantos años habitó entre nosotros, mientras que las mujeres se refugian en los portales. El Momo acaba por entrar también donde sus parientes. Tío Frasco, irónico, le dice: “¿Y el enganche?”. Jerónimo señala a la calle ya mojada y se encoge de hombros. José, el Morenito, es un hombre bonachón, ya cercano a los cuarenta si no los tiene ya, extraordinariamente aficionado al cante bueno de los gitanos y totalmente adepto a la juntiña con ellos. El Morenito tiene una lengua afilada, capaz de hacer tambalearse al más templado; sin embargo, sus latigazos verbales no buscan hacer daño: a lo sumo, un estremecimiento. El afectado de turno nota que la benevolencia, desde luego muy disimulada, recorre las frases alfileradas de José. Es decir: guasa, sí, pero con gracia. Nada fácil ni frecuente; ni entonces, ni después, ni ahora.

Los tres hasta ahora protagonistas de nuestro fiel relato se encuentran en lo del Morenito, nada más entrar, con más primos. Allí están Manolito el de María y Juan Talega, ambos en la mejor edad de cuantas cabe tener; Juan besa a su hermano Manolito y saluda efusivamente a sus dos tíos. También está Manuel Clarambo, el abuelo materno de mi amigo Miguel Cruz; a mi amigo Miguelito nunca le han estorbado ni la poca estatura ni su accidentada formación ósea para cantarse y bailarse como él solo. También está un joven, Juan, al que ya se le conoce como Juan Castelar, por contraposición al célebre orador; aunque, todo sea dicho, nuestro Castelar, cada vez que habla, dice más verdades que Don Emilio dijo en toda su vida. Peor pronunciadas, pero verdades. Y Carlos Franco, el multifacético, tío de la madre de un cuchillí de época, mi amigo Agustín Olivera Carmona. A este Agustín le decía su tío abuelo: “Pobrecito mi Agustín/no sé lo que le ha pasao/que tiene más menos carne/que la cola un bacalao”. Con todos ellos están otros clientes habituales. Ante la abundancia de gitanos, aunque no todos residentes en el barrio alto, el Morenito le suelta a ellos: “¡Seguro que el castillo se ha queáo solo!” Uno de los clientes, Patricio Bulnes, más gachó que un olivo pero aficionado a lo mismo que el dueño del bar, enseguida manda echar una ronda, y después otra. Fuera, sigue lloviendo. Ya, hasta un buen rato después de que escampe, no hay que esperar más clientes. No hay guitarra, ¿y qué importa, si en Alcalá apenas hay tocaores y es tan difícil echarle el lazo a alguno? El ambiente se va calentando; unos esperan a los otros, los otros a los demás, hasta que por fin sale Manolito el de María por soleá:
Ca vez que amanece el día
tengo en mi casa un sermón,
tó el mundo va en contra tuya
yo solito en tu favó
Tu mare es una judía,
por la vera mía ha pasao
y como era tan malina
no m´ha dao los buenos días

Desde esas dos primeras letras hasta las cuatro o cinco más que canta, a todos los presentes se les nota el entusiasmo, la más completa satisfacción. Otro cliente habitual, Joaquín Bermúdez, manda echar dos o tres rondas más. El vino blanco se prodiga y, menos mal, aparece alguna cosa de comer: hígado mechado, costillas con tomate… Es entonces, después de haberse escuchado las ocurrencias de Juan Castelar, los graciosos y evidentes embustes de Carlos Franco y las exageraciones de Paco el de la Malena, cuando Juan Talega abre la boca, que es lo único que tiene que hacer para salir cantando; la facilidad de este hombre para cantar es increíble, e increíble su compás, pero así es:
Permita Dios que si vienes
con la intención de dejarme,
que a la mitad del camino
se abra la tierra y te trague
Que no me pues ver
y a la cara te ha salío
la falta de mi queré

Ninguno de los presentes no sólo no se distrae, sino que ni siquiera parpadea. Ya es el acabóse. El Morenito da una palmada en el mostrador: “¡Ahora convía la casa!”. Esto hace subir aún más el entusiasmo, y Juan Castelar se atreve a cantar, por mucho que sepa que al lado de sus primos Manuel y Juan no va a ser tan celebrado como éstos; de las tres letras que canta esta es la primera:
Permítalo Dios y te veas
sacando agua de un pozo
y con la cuba no pueas
La segunda no desmerece de la anterior:
Te vistas de nazareno
y pegues las tres caías
yo en tus palabras no creo
Pues ha gustado el cante de Juanito. La verdad es que no lo ha hecho nada mal: más gitano y más a compás, imposible, y sin atrancarse, al contrario de cuando habla. Han pasado ya más de tres horas desde que se desató la tormenta; ya no brijinda, desde la calle llega un agradable olor. Por la hora que es no hay ya casi nadie transitando; ya está a punto de cerrar la tienda de comestibles, establecimiento colindante al del Morenito, que es de Angelita, la tía de la que después sería una de las dos nueras de aquél, de modo que debe estar bien avanzada la tarde. Castelar va a la tienda a comprar algo de parte del Morenito. De la reunión ya se ha ausentado Joaquín Bermúdez: tiene sus obligaciones panaderas; pero Patricio Bulnes seguirá en ella hasta el final, y con él continúan formándola los tíos, primos y sobrinos calorrós que siguen con sus cantes, dichos y anécdotas. Tío Frasco, otra vez tragando saliva como cuando le estaban abonando la pelá, comenta en tono acongojado que Joaquín el de la Paula está muy malito. Todos menean la cabeza y enarcan las cejas en señal de lamento y resignación. Ya se empieza a notar que hay que ahuecar el ala: no por falta de ganas de seguir, ni porque el dueño de la taberna no esté dispuesto a ello, sino porque unos tienen que ir a Dos Hermanas, casi seguramente andando; otros, aprovechando las últimas horas de la tarde, a hablar con algunos señores, en alguno de los dos casinos, que en los días siguientes es posible que les den trabajo.

Pero aún hay lugar de echarse un último cantecito, y eso lo hace Manolito el de María, mirando a su primo Juan y acordándose de su tío Joaquín, el que está muy enfermo (el joven Enrique, el hijo de Joaquín, siempre tan despistado y ensimismado, pasa apresuradamente con dos sillas de anea en las manos, sin percatarse de la presencia de sus parientes y sin que éstos siquiera osen entretenerle):
Tengo una queja contigo
que si me la callo reviento,
si la llego a publicar
me muero de sufrimiento
Hay dos últimas “conviás” que parecen no tener dueños. El Morenito va recogiendo, mientras salen sus clientes y amigos. “¡Bueno, ya nos veremos!”, exclama con su guasa bien habida. La verdad es que con esos cantes y esa gracia que allí se han explayado, las dos “conviás” olvidadas las siente más que pagadas, como tantas otras veces.
(Ramón Núñez Vaces mueve la cabeza, pero no se le cae: “Tenías que haber puesto más letras que se cantaron”. “Yo no soy tan pesado como tú, y además no me acuerdo de todas”, le contesto. Es que no para: “Joaquín Bermúdez sé quien era, pero ¿y Patricio Bulnes?” “Un aficionado muy bueno”, le aseguro. A estos estudiosos tan exhaustivos es que no hay quien los aguante).

EPÍLOGO DE LA TORMENTA
Como no hay manera de que mi segoviano amigo (yo lo aprecio mucho, pero a veces me creo que estoy soportando el acueducto sobre mis hombros) deje de insistirme para que relate más cosas de aquél día, tengo que intentar satisfacerlo. De la Plazuela para abajo, es decir, por la calle de la Mina, siguieron Manolito el de María, Tío Frasco, Juan Castelar y Patricio Bulnes. Paco el de la Malena se quedó en lo del Morenito, aduciendo que tenía que descansar antes de hacer el camino hasta la plaza del Duque. Otros se fueron para la Rabeta por la callejuela de la botica para tomar el puente y los demás se entretuvieron en las puertas de los casinos, ya sabemos con qué honorables propósitos. Y, como no podía ser de otra manera, los cuatro personajes entraron en la taberna de Cachito. Allí se encontraron con que algunos conocidos estaban con Bastián, tío de Juan Barcelona y cuñado de la Roezna, escuchándole sus últimas hazañas, que no eran otras que las provenientes de su más reciente detención por la Guardia Civil. Era cierto que Bastián había cogido alguna que otra vez una gallina abandonada, incluso algún borrico extraviado, pero esos hechos antecedentes, efectuados para dar de comer a su prole, servían a los guardianes del orden para achacarle cualquier delito o falta que se cometiera en Alcalá, en parte porque era fácil cogerle: estaba siempre localizable. Mientras Cachito en persona servía las copas que Patricio Bulnes había pedido, éste instaba a cantar, apremiante, a Manolito el de María. Pero antes de que su sobrino se arrancara, Tío Frasco sacó de su bolsillo parte del dinero que el agrario propietario le había pagado en la mañana por su manrraboría y le dijo a Cachito: “Cóbrate esta conviá y lo que dejó a debé mi sobrino esta mañana”. Manuel Fernández Cruz comenzó a cantar, mejor incluso que lo había hecho en la taberna del Morenito:
Se murió la Tapía,
mira tú que bonita era,
se parecía a la Virgen
aquella que está en Utrera
Yo tengo mi corazón
más fuerte que las columnas
del templo de Salomón
Yo te soplaba a ti la silla
aonde tú te ibas a sentar,
mira si yo te camelo
que hasta sé tu voluntá
Tú no pué intentá ná güeno,
que te corre por las venas
en vez de sangre veneno
Al cabo de dos o tres horas, después de charla y más charla y algunos cantes más de Manolito y de Juan Castelar, todos los presentes se pusieron más serios de lo común: iba a cantar Bastián. Era un gitano alto, fuerte, con una voz tremenda, vestido sencillamente y con escasez, y aun así con muy buena apariencia: hubiera, habría o había sido un hombre “muy presentable”, como se decía entonces. Y cantó:
A mí me llevaban en conducción,
y yo le dije a la partía
que los cordeles a mí me aflojaran
que los brazos me dolían
A toa la gente en el mundo
le vas diciendo que yo era tuyo,
qué caenas m’has echao
que me tienes tan seguro
Tu queré y mi queré
son como las aguas del río
que atrás no se puen gorvé
¿Qué más hay que contar de aquella tarde? En realidad, ya la noche era la dueña, perduraba aún el agradable ambiente producido por la lluvia, lo que hacía nacer en algunos la esperanza de que aquella noche fuese más soportable. Todos se fueron, unos más etílicamente abrumados que otros; perdurando en ellos el recuerdo de la jornada cantaora durante los días siguientes, porque al poco tiempo esas escenas, o muy parecidas, aunque siempre únicas e irrepetibles, volvieron a sucederse, fueran los protagonistas los mismos o hubiera alguna variante. Ya no puedo decir más. Si mi entrañable amigo Ramón quiere añadir algo, que se lo invente, porque él no tiene certera idea, todavía, de lo que pasó aquella tarde de tormenta. Porque pasaron más cosas.


Se celebró el estreno y desestreno mundial en la sesión celebrada en las dependencias de la redacción de La Voz de Alcalá el 25 de Abril de 2008 de la obra “Pesadilla a plazo fijo” en dos escenas y medio acto, en lo que pretendía ser un drama onírico-especulativo. El origen de esta que a duras penas podemos llamar obra fue el trago que durante meses y meses, y a diario, tuvo que pasar el director del quincenal local “La Voz de Alcalá”, Enrique Sánchez Díaz, debido a la ausencia de la redactora jefa del periódico porque, cosa de mujeres, tuvo un hijo, y quien la sustituyó durante esos largos meses de permiso pre y sobre todo postmaternal no era lo que podríamos llamar el colmo de la competencia. En resumidas cuentas, que la obra quería servir de homenaje o desagravio al citado señor. Por deferencia a nuestros compañeros del citado periódico ofrecemos los siguientes datos:
Relator, declamante y recitador: Lauro Gandul Verdún.
Cuadro de actores: El citado y Antonio García Mora, Olga Duarte Piña, Octavio Sánchez Ramos y Javier Jiménez Rodríguez. En honor a la verdad, todos estuvieron a la altura de sus papeles, aunque destacó el último citado, a pesar de la brevedad de su papel o precisamente por eso.
Autor: Gerard Depardieu bajo disfraz alterno de Buster Keaton y Harold Lloyd.
Asistentes, además de los ya citados: Carlos García Gandul, Francisco López Pérez, Alejandro Calderón, Rafael Rodríguez, Pedro Gándara, José Francés, Isabel Asensio, Miguel Ángel Oliveros y, casi sin saberlo, Enrique Sánchez Díaz (nótese la falta de paridad de género).
Al término se produjo un gran aplauso para el homenajeado y otro para la obra, cosa ésta nada sorprendente si se tiene en cuenta que prácticamente la mitad de los reunidos pertenecían al cuadro artístico, y además estaban el autor y el homenajeado, y que una de las presentes es empleada. Debemos finalizar esta amable crónica con un: ¡así cualquiera!

ESCENA PRIMERA
El reloj despertador marca las once y media (de la noche). La mujer ya está acostada, aunque despierta, cuando el hombre se sienta en la cama y resopla pesadamente (aquí el actor resopla sonoramente). Transcurren unos instantes antes de que se tienda.
Ella .- ¿Qué te pasa?
Él .- Que estoy tan cansado que no sé si cogeré el sueño.
Ella.- ¡Ay! Si es que no paras. Menos mal que mañana…
Él coge un libro de la mesita de noche. Es un volumen que equivocadamente le han devuelto por otro. Se trata del Teatro completo, de Antón Pavlovich Chéjov. Lo abre por una página cualquiera y lee algunas líneas “La Humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas” (palabras del personaje Trofimov, de El Jardín de los Cerezos). Nuestro personaje opta por cerrar el libro y apagar la luz; quiere dormir, no ponerse a pensar, lo que además le resultaría casi imposible. Aunque cierra los ojos sigue despierto por un buen rato; mientras se va adormilando muy poco a poco por su cabeza cruzan imágenes del día que ha finalizado. Por fin, y tras dar varias vueltas en la cama, lo que ha hecho despertar a la mujer por un instante, ya que enseguida vuelve a dormirse porque no le extraña el agitado reposo del marido (“reposo” es término muy excesivo para el caso), el hombre cae en el sueño y en los sueños.
Aparece en el caletre inconsciente la escena que ha vivido ese día por la mañana con dos amigos, mientras desayunaban. Están hablando del flamenco, de las tantas fotografías que ha hecho sobre ese tema, algunas de las cuales aparecen y desaparecen sucediéndose, a modo de flashes; algunas se repiten, y entonces oye a un cantaor, que no canta sino que recita o sentencia, que en la conversación han recordado.
En la casa de las penas
ya no me quieren a mí,
porque tengo yo más penas
que las que caben allí
Quisiera verte y no verte,
quisiera hablarte y no hablarte,
quisiera no conocerte
para poder olvidarte
Oye voces llamando a una mujer por un nombre que no distingue. Él está llegando al puente después de una caminata que ha tenido que ser muy larga, bajo un sol abrasador y chorreándole el sudor; ya chasquea sin sonido su lengua seca pensando en el agua que le espera, las paredes de la boca son como reversos de azulejos, no hay nadie por el camino, no puede más; es el primer día del mes, o es el quince, cree que llega a un oasis, pero no, apenas bebe ha de volver al camino, igual de agotado, ya tembloroso, trastabillante; la luz es cegadora, líneas fulgurantes llenan sus ojos hasta dañarlos.
En ese mismo momento se despierta, sobresaltado. La sed es intensa, y se pregunta si lo que ha comido se la estará produciendo. Y se responde que no, que es imposible, cómo una tortilla francesa sin sal y un vaso de leche van a ser los culpables de tanta sed. Bebe del vaso que hay en la mesita, hasta agotar toda su agua. Se revuelve e intenta otra vez dormir, consiguiéndolo sin conseguirlo. Al rato vuelve a oír al cantaor:
Cuando un hombre que es muy hombre
las lágrimas deja ver,
allá en el fondo del alma
¡qué pena debe tener!
Cada día me parece
que no puedo sufrir más,
y cada día me traes
un aumento de pesar
Se le aparecen repentina y calidoscópicamente turbias imágenes de mujer, de mujeres, cada una de las cuales pronuncia sus apelativos ante el soñador dormido mientras éste permanece sentado en un sillón al que está atado aun sin cuerdas: ¡Soy Isabel de Farnesio! ¡Yo soy la Católica! ¡Aquí está Isabel II, hija de Fernando VII, madre de Alfonso XII, abuela de Alfonso XIII, tatarabuela de Juan Carlos I y qué sé yo de Felipe ese de Asturias! ¡Y yo Isabel II, la suegra de Diana de Gales! ¡Y yo Santa Isabel de Hungría! ¡Pues yo soy Isabel de Portugal! ¡Aquí estoy yo, Isabel Cristina, emperatriz de Alemania! ¡Yo soy Isabelita Espinosa, la que le dijo a Gandulfo, cuando éste tenía cuarenta años y yo noventa, mientras me arreglaba los pies: “Ay, Francisco, no sé lo que vamos a hacer cuando usted falte”. Isabel es la mujer que le quita el sueño como no se lo ha quitado ninguna otra, ni siquiera la que yace junto a él, o casi. ¿Pero quién es esa Isabel, por todos los diablos?
El soñante abre una puerta sirviéndose de dos llaves, se encuentra flotando en el aire varios ordenadores que tiene que esquivar, entre ellos un portátil; en el suelo hay un montón de ejemplares de un periódico, desperdigados a todas luces intencionadamente, con casi todas las páginas en blanco; las fotografías que debieran estar en las páginas también están en el suelo, otras también flotan, todo está en un absoluto desorden, suena el teléfono sin cesar, llaman a la puerta una y otra vez; está asustado, profundamente agobiado, quiere salir, dejar de ver todo esto, tan absurdo todo. Una voz femenina se oye a la vez lejana y próxima (interviene la actriz): “¡Soy Isabel! ¡Soy Isabel!”.
Tiene que vomitar, y lo hace. Sale de ese lugar, dando inciertas patadas a los papeles que cubren el suelo. Al salir a la calle ve una inscripción en la fachada de enfrente:
En la puerta de La Voz
hay escrito con carbón:
“Aquí el bueno se hace malo
y el malo se hace peor”
Es raro, ha recibido un mensaje en su teléfono celular, cuando el número no lo saben más allá de dos personas:
Aquel que empieza una obra,
razón será que la acabe,
para que nunca se diga
que la dejó por cobarde
Unos versos de Lope de Vega que aprendió en su niñez también aparecen en su sueño, no distingue quien los pronuncia, pero cree que es él mismo:
Yo he de morir y ya se acerca el día,
que el mal en mi salud su curso hace
y cuando llega el bien es poco y tarde
Se despierta de nuevo y va a la cocina a beber agua. También va al cuarto de baño. Mientras alivia su vejiga por la micción, su cabeza atorada no da pie con bola, nada se pone en orden. El sudor llena su frente y su cuello. Al fin regresa a la cama y cae dormido, extenuado. Ni para soñar le quedan ya fuerzas.

ESCENA SEGUNDA
Ella (ya levantada y arreglada).- ¡Enrique, chiquillo, levántate!
Él.- ¡¿Eh, qué, qué pasa?!
Ella:- ¿Tú sabes la hora que es? Que te ha llamado Isabel, que si vas a ir que te están esperando en el periódico. Mira que no ir a recibirla el primer día, después de tanto tiempo…
Cae el telón y termina el sufrimiento.
Con las más sentidas condolencias, algunos de tus amigos
Abril de 2008

Rafael Baltanás es un escritor comprometido con la vida, sobre todo con esa parte de la vida sobre la que caen todos los palos, ese triste lomo de la vida que machacan algunos, o muchos, sobre un resto de millones de seres. Lo que nutre a esa, verdaderamente infame, turba de canallas, ese alimento podrido, su cultivo, la siniestra ciencia que permite los herbazales donde pastan las bestias de los inicuos, contituyen el blanco que pretende pinchar el escritor con sus dardos certeros.
(..) «He leído mucho, mucho para mí, porque para cualquiera no es tanto», nos dice. No es hombre de academia, aunque no considera el autodidactismo una categoría distinta de lo académico, porque al final -y al principio- de toda ilustración están los libros que son los que marcan los caminos a seguir para llegar al tesoro que contienen sus páginas.
Su sentido de la libertad, su humildad intelectual o su timidez, le han llevado a firmar con pseudónimos e incluso a no firmar sus propios textos, como aquellos cronistas de la prensa decimonónica. Pseudónimos o anónimos, sus textos le han comprometido siempre. Ya desde antes de la muerte de Franco, cuando compromiso no era sólo una categoría espiritual, y así a lo largo de veinticinco años de militancia política, de la que hace algunos se encuentra alejado, según declara, por no querer estar en sitio alguno en que los medios y los pasos no estén impregnados del fin al que se aspira.