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COSAS DE LA ALCALÁ DE HOY: SOLILOQUIO DE UN EXTRAVIADO. Por Juan Delatorre Facal (2010)

 
 

TÉGULAS DE GANDUL

Tégulas de Gandul
[Foto: LGV Alcalá 2014]

 
 

«Están ciegos; y, lo peor de todo, seguros de ser videntes.»
León Tolstoi

 
 

DICEN que sobre gustos no hay nada escrito. Hoy me propongo escribir sobre gustos, y sobre gastos. El gusto público alcalareño es muy particular, pero que muy particular, y no menos que el gasto público: que unos jarroncitos en Silos y un descomunal bicharraco (de diez millones de euros –cuando un puente normal hubiera costado tres veces menos-) para cruzar el río, más feo que la espuma de la sosa cáustica sobre la ultrajada lámina del Guadaíra; que unas rotondillas y unas rotondonas, a rebosar tantas de ellas de matojos y hierbajos, a toro pasado de Dos Hermanas, la de las Rotondas (aunque más estudiadas que las alcalareñas, -miméticas y de copia que no de proyecto las nuestras-), que muy viejos olivos en lugares muy nuevos y, en general, muchos arbolitos, por doquier, mucho césped formando lomitos de un verde muy plástico, pronto matizado de marroncitos; que marbellíes cascaditas para fachada de una Nueva Rabesa del futuro en el presente… Y muchos jardineros con sus maquinillas de afeitar céspedes y setos y floreros. Vaya, vaya… Todo muy particular, muy privado, prácticamente pijo. ¡Qué guay el decorado! ¡Qué mono el jardín! Desde El Duque al Parque-Centro sufrimos el meollo del bodrio. Si no, no se explica que Pescuezo sea hoy la autopista del casco urbano, por Histórico y por Centro. En los barrios, como tanto tiempo dura la ocupación de las poltronas de las distintas sedes consistoriales, neopijos de tercera generación psocialística o pepeística, lo mismo da que da lo mismo, suscitan un gasto a la frívola manera de: «Chiqui, no me gustan los accesorios del toilette: que los quiten de mi vista inmediatamente.»

  A mí me parece que mantener en condiciones todo este decorado después de las inauguraciones no va a haber fondo municipal que lo aguante, ni en el fondo del mar (matarile, rile, rile, rile/ matarile, rile, rile, ra…). O lo que es lo mismo, no lo cuidarán, las malas yerbas crecerán, las buenas y caras se secarán y no volverán, las lindas flores se marchitarán y tampoco volverán, y ni las oscuras golondrinas, y colorín, colorado este cuento no se ha acabado, todavía.

   Paso por Bailén, por Antonio Mairena, por Duquesa de Talavera… ¡Por Dios! ¡¿Por qué estas obras se han reiterado?! Es mucho peor que una pesadilla para los que tienen oficios, para los peatones (apeados de las aceras, que cuando no sirven para los coches sirven para la maquinaria pesada -pesada maquinaria-), los chóferes de coches o motos, camionetas, furgonas o isocarros, los viejos, los niños: Es una pesadilla para todos. ¡¿Qué hemos hecho para merecer esto?!

   Entre rotaflexes atacando losas, del cemento que ya recubre el viejo solar alcalareño, dúmperes, cubas, hormigoneras…, pasamos, a veces hasta tropezamos, recibimos órdenes de los albañiles… Nos señalan que por aquí o por allí; rotulan las señalizaciones artesanalmente, se enfadan si no cumplimos con agrado sus instrucciones de tráfico; nos persiguen y gritan y, cuando nos alcanzan, pegan en la ventanilla del conductor su irritada y congestionada cara si nos atrevemos a ser antipáticos en algún tramo anterior del atasco. Creo que son la verdadera policía del llamado régimen por las derechas en las comunidades gobernadas por la autoproclamada izquierda y por las izquierdas en las comunidades gobernadas por la autoproclamada derecha, y así, sucesivamente, tralarí, tralará… Bueno, más bien los empleados de la verdadera policía del régimen. ¡Hasta aquí hemos llegado! ¿policías los albañiles? Se me pueden rebrincar los sindicalistas, aunque no todos. No sólo ellos están llamados a ejercer de policías: también los taxistas, los taberneros, los estanqueros, los gasolineros, los guardacoches, los profesores de universidad…: ¿continúo?. Todos usurpando los nobles funciones de las policías de España: vigilancia, potestad de denuncia, lealtad a los políticos del Estado, detención, cumplimiento de órdenes, recaudación de tributos, colaboración con los redactores de los atestados, y muchas más competencias que están por redactar.

   ¿Y el ruido? Durante toda la jornada laboral de ellos. Alcalá del Ruido, nada de Guadaíra, ni de los Panaderos, ni de los pintores de paisajes, sino Alcalá del Ruido. El ruido terremoto, el temblor de los martillos por compresión, las excavadoras. El ruido del progreso y del desarrollo. El ruido como seña de identidad. Las obras públicas como emblema, como ejemplo para Europa. ¡Alcalá, ciudad de Referencia! El alcalareño como el ejemplo en toda la Europa Unida de individuo que es capaz de sobrevivir a todo el extravío imaginable…

   Y al humo: efluvios de gasoil, polvos diversos, gasolina ecológica que de las públicas e impúdicas obras emana cotidianamente y que también se enriquece con el hermoso tránsito de tecnológicos vehículos de todas las altas y bajas gamas, pagándose a cómodos plazos, que también son solidarios para los garantes del crédito, por los jóvenes alcalareños hijos del progreso y la democracia. ¿Quién puede subir sin asfixia la calle Gandul o quién se atreve a pasar a pie por Pescuezo?

 
 

FERNANDA DE UTRERA: «ALCALÁ SIEMPRE SE HA PORTADO BIEN CONMIGO». Manuel Ríos Vargas y Rafael Rodríguez González (1984)

 

 

Fernanda de Utrera, junto a su hermana Bernarda, va a cantar en el VII Festival Flamenco «Joaquín el de la Paula». La casualidad ha querido que hoy, un día antes, «Alcalá/Semanal» publique esta entrevista que realizamos con ella hace poco, a su retorno de París, donde permaneció una semana, en compañía de Bernarda, sus sobrinos Inés y Luis y del tocaor Paco del Gastor. Así, en Utrera, en casa de su primo Andrés, deleitándonos con su charla, siempre salpicada de gracia, nos va contando cosas de hoy y de ayer.

   «Hemos estado dos días actuando en el teatro Carrés de Silvia Munt. La primera impresión, aparte de lo encantador que es París, ha sido el público, porque no esperábamos esa sensibilidad que han mostrado. Ha sido un éxito de público, a teatro lleno, y como te digo, un público que a mí me parece que sabía lo que estaba oyendo. Además, hemos grabado un disco Bernarda y yo, parte con la actuación en el teatro y parte en estudio de grabación. Yo quiero destacar que Bernarda ha grabado una seguiriya que, ya la escucharéis, es para rabiar.»

   Nos comenta su sobrino Luis que allí la han comparado con María Callas, por su sensibilidad, por su naturalidad, por esa cosa que hace llegar a lo más hondo un estremecimiento. «En fin, que estamos muy satisfechos todos, y a final de año volvemos, ya con más artistas, como Farruco y Chocolate.» Vuelve Fernanda a decirnos lo encantador de París, y lo refleja de esta manera: «Hay que tener un novio muy guapo, para estar en París con él, porque aquello es muy romántico.»

 

fernanda

Fernanda de Utrera

(1923-2006)

 

   Su actividad profesional, siempre en compañía de Bernarda, va desarrollándose en un buen número de festivales, dejando en todos ellos ese purísimo cante por soleá y por bulerías tan inimitables, «la gran fantasía, como mi prima Fernanda, nadie cantará en su vía, como decía esa letra de Perrate.» Además, ha realizado recientemente tres grabaciones para TVE, junto a otros artistas. En suma, que parece que ha llegado la hora de reconocer a la Fernanda como lo que siempre ha sido: una artista de los pies a la cabeza. Aunque para muchos aficionados eso siempre ha estado claro.

   Queremos que nos cuente más cosas, que trabaje su memoria, porque, entre otras cosas, hubo una época, lamentablemente pasada, que ella ha vivido en toda su intensidad y que, se diga lo que se diga, fue mejor en cuanto a arte se refiere. Un arte escondido, familiar, pero vivo a más no poder. «Me acuerdo, aunque era muy chica, de Pinini, de su cante por alegrías, que invitaba a bailar. Cuando entraba por la calle Nueva, como dice la copla, ésta se alborotaba, y ya estaban todos los chiquillos bailando. Recuerdo bien a Rosario la del Colorao, que hacía también fenomenalmente los mismos cantes. Y de Juaniqui me acuerdo perfectamente, y de cómo cantaba por soleá y por seguiriya. Es que entonces se puede decir que en Utrera cantaban todos los gitanos, sin ser ninguno profesional, pero con un arte indiscutible. Gitanos y no gitanos hemos convivido siempre en Utrera, y al poder estar los no gitanos en muchos bautizos, en algunas fiestas, al ir derramando nosotros lo nuestro, pues eso ha sido una de las causas, por las que aquí no se ha pagado nunca a ningún artista.»

   Le preguntamos por su padre, de quien sabemos que Fernanda aprendió no sólo el cante, sino también el ser y el estar en la vida. «Mi padre cantaba por seguiriya para rabiar, y se hacía todas las letras, que eran preciosas. Que no te quepa duda de que yo aprendí muchísimo de él.» Nos recuerda a Perrate, ese inmenso cantaor por soleá, por seguiriya, por bulerías, por varios estilos más.

 

Fernanda de Utrera y Diego del Gastor

 

   Cuando le preguntamos por sus tocaores es, como siempre, sincera: «Los ha habido y los hay muy buenos —y nos da una larga lista— pero lo que me hacía sentir a mí Diego del Gastor cuando empezaba por soleá, eso nadie.»

   Así, entre anécdota y anécdota, entre ocurrencia y ocurrencia, aquéllas y éstas a cual más jugosa, ya desgranando recuerdos, imposibles de reflejar en tan corto espacio. Pero Fernanda ha estado muchas veces en Alcalá, ha actuado en varias ocasiones, ha estado en fiestas de familia. «Yo le tengo que agradecer mucho a Alcalá porque siempre se ha portado bien conmigo. Mira, mi abuela paterna era de allí. Y no te digo de la gracia y el ángel que siempre ha habido allí. Juan Barcelona, Juan Castelar y otros gitanos que eran de lo mejor. Y ¿qué te voy a decir de Manolito María? Manolito era almíbar.» Se queja Fernanda de que todo esto ha ido desapareciendo, hasta en Utrera, donde siempre ha habido un vivero de arte y de buen gitanismo. Pero queda, queda algo, decimos nosotros, y Fernanda es un ejemplo señero.

   Nos recuerda a Antonio Mairena, diciéndonos que era un fenómeno, marcando una época en el cante. «Pero, mira, ustedes no lo conocieron en la época en que bailaba mejor que cantaba, te lo digo de verdad.» Y nos preguntamos nosotros, ¿cómo bailaría? Aprovechamos que Bernarda ha salido de la habitación, para preguntarle sobre ella: «Mira, al que está dormido lo despierta.»

   Cuando volvemos a Alcalá, satisfechos de haber pasado este rato con este genio del compás y del más puro arte gitano, llevamos en la mente esa letra de Perrate: «La gran fantasía, como mi prima Fernanda nadie cantará en su vía.» Mañana, en nuestro festival, se encargará de demostrarlo.

 

Utrera 1954

Utrera nevada

1954

 

[ALCALÁ/SEMANAL. Núm. 10 (10 de agosto al 17 de agosto de 1984)]

 
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FERNANDA DE UTRERA. Por Rafael Rodríguez González, 2003

YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

LOS DOS JUANES. Por Ramón Núñez Vaces

«EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

DOY FE DE QUE HA EXISTIDO. Ramón Núñez Vaces

JOAQUÍN EL DE LA PAULA MURIÓ HACE 75 AÑOS. Por Ramón Núñez Vaces, 2008

UNA TORMENTA DE VERANO. Por Rafael Rodríguez González, 2008

 

¡VIVA GAMONAL! Por María del Águila Barrios

 

calleorellanaalcalá2014LGVCalle Orellana de Alcalá de Guadaíra

(Foto: LGV 2014)

 

Siendo importantísimo para todos los españoles, no es la estulticia de CIU y Esquerra, ni la crueldad y anomia moral de Bildu, PNV y los post etarras, con sus secesionismos independentistas (principalmente destinados a dividir a las clases populares) y su propagación de un olvido que niega sus asesinatos indiscriminados, con lo que nos atragantan a diario los medios de desinformación en masa (escritos –más de manchas falaces de tinta barata que de palabras o frases-, audiovisuales o radiados), lo verdaderamente importante del acontecer político en España ahora como exclusivo, y excluyente, relato político. No: ¡Es Gamonal! (como las primeras semanas del 15-M de 2011, denostado y negado por los plutócratas). Atentos hemos de estar al significado de lo que en Burgos está ocurriendo, y de la adhesión de barceloneses o madrileños, entre otros, con sus compatriotas castellanoleoneses.

         Pero a los gobiernos ultraconservadores del PP o del PSOE, pues lo mismo da que da lo mismo,  no les interesan los vecinos del barrio burgalés, o de cualquier barrio de cualquier localidad, cuando se expresan reivindicando participación en las decisiones que les afectan como comunidad de personas. No, cuando ello ocurre, en este caso de Gamonal, lo que hacen es pedir refuerzos desde Interior y así desde Valladolid se desplazaron un centenar de antidisturbios para sumar 130 policías con los pertrechos adecuados para aterrorizar, zurrar, detener y enchironar a los vecinos, poniendo su afán en cumplir las órdenes del Ministerio con la violencia suficiente para aplastar, otra vez, la voz del pueblo…, que, sencillamente, pedía que en una ciudad con 160 millones de euros de deuda y 18.000 parados no se gastasen por enésima vez un dineral para, además,  dejarlos sin aparcamientos y sin calzada (justo lo mismo que en el feudo de don Antonio vienen haciendo desde hace años sin que, desgraciadamente, nadie reaccione contra la desaparición de los aparcamientos en la calle Bailén, en la avenida de la Constitución, en la avenida Antonio Mairena, en la calle Silos o, ahora, en la calle Orellana, o las aberraciones desnaturalizantes de las plazas de El Duque, Cervantes o la Plazuela).

A más de esto, la mayoría de los actuales periodistas están con los actuales políticos, son la misma masa, están aliados contra el pueblo que parece que elige a los primeros y compra los periódicos a las empresas que les pagan el salario a los segundos ¿qué es lo que pasa aquí?, ¿qué clase de política se hace en este país?, ¿por qué la crónica de la realidad es una estafa continua?, ¿qué podemos hacer? Tal vez ni votar ni comprar periódicos…

Nos niegan la participación, nos consideran súbditos (ni vecinos, ni ciudadanos), nos imputan la violencia que ellos sin piedad ejecutan, nos imponen una democracia autoritaria, y sólo trabajan para las empresas afines al régimen, destino establecido para ex alcaldes de cualquier localidad o de cualquier partido. Demasiados estómagos agradecidos, demasiados mentirosos ubicados en el poder y en sus aledaños,  a quienes no les importa ser repugnantes lacayos mientras reciban en sus cuentas bancarias o en sobres anónimos el dinero público apropiado, hurtado o, sencillamente, robado (ya hace tiempo que no sólo meten la mano en la caja, sino que se llevan la caja misma a su chalé en la ignota urbanización).

Y como estrambote me hago eco de lo que escuché el otro día a un vecino dirigiéndose al alcalde de Alcalá: «Antonio, eres a Alcalá lo que el picudo rojo a sus palmeras».

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Si quiere leer más textos de María del Águila Barrios en «CARMINA»,  pinche en su nombre 

PIER PAOLO PASOLINI (1922-1975): HOMENAJE DE «CARMINA» CON SU POEMA «L’ITALIA/ITALIA» 1954. Traducción de Ricardo Molina (1917-1968) y citas de Oreste Macrí (1954), Juan Carlos Abril (2009) y Gabi Mendoza Ugalde (2013)

 

Pasolini

Pasolini

 

Nel Ventidue, anno inmerso nel secolo,

Bologna respiraba un’aria di valzer.

Via Rizzoli tersa di sere profumate

echeggiava in un oro leggero e sonante

le musiche sospese intorno alle fanciulle

che sfiorovano il secolo con plume viola.

Nell’aria brulicante di un sole d’Appennino

c’era l’ombra felice delle feste

della nazione—colori cisalpini

ancora vergini di una patria nascente!

I liberali negli aromi dell’aria salubre

splendevano come le vetrine degli orefici

e il pingue Cattolicesimo dei Barocchi

pesava solo ai rossi muri delle Chiese.

 

Parma, un viale e il riso di mia madre.

Su questa breve apparizione

il crepuscolo di un’epoca felice

che rode e stinge l’oro dell’Appennino.

E tu, Italia, fai di Parma un capolavoro

di memorie bianche nelle piazze ducali,

di fogglie che nei viali padani

hanno un respiro di autunni vellutati.

 

Ed è l’Autunno che rode i castagni di via Semlia,

che bagna i sottoboschi trafitti dal sole

dove i fanciulli slavi sanno di corteccia…

Ma se i ciclamini tinsero di rosa l’ombra

e i pascoli sui fianchi stupiti dei monti

avvamparono al sole dormente tra i profumi,

tu, Italia, tu sei l’Estate dell’Idria,

la verdecupa Estate di Via degli Amori.

Negli Euganei svaniti come neve all’alba,

lungo il Tevere dove il crepuscolo inala

nelle narici delle mandrie estasiate

il profumo dell’acqua latina,

nella valle dell’Ossola accesa di verde pallido,

negli antri mediterranei dell’Aniene…

dal Ventidue al Cinquanta, anni pervasi…

di sola memoria, tu, Italia mattutina…

 

*

En el Veintidós, año inmerso en el siglo,

Bolonia respiraba aires de vals.

Vía Rizzoli tersa de tardes perfumadas

murmuraba en ecos de oro ligero y sonante

músicas suspendidas en torno a las doncellas

que rozaban el siglo con plumajes violeta.

En el aire abrasado por el sol apenino

persistía la sombra de las fiestas

de la nación—cisalpinos colores

vírgenes todavía de una patria naciente.

Los liberales en los aromas del aire salubre

resplandecían como vitrinas de orífices

y el opulento Catolicismo barroco

pesaba sólo en los muros rosados de las Iglesias.

 

Parma, un sendero y la sonrisa de mi madre.

Sobre esta breve aparición

el crepúsculo de una época dichosa

que corroe y destiñe el oro del Apenino.

Y tú, Italia, haces de Parma un artífice

de blancos recuerdos en las plazas ducales,

de hojas que en las veredas padanas

expiran hálitos de otoños aterciopelados.

 

Y he aquí Otoño que muerde castaños de la Vía Semlia,

que baña sotobosques traspasados de sol

donde muchachos eslavos saben de las cortezas…

Mas si las prímulas tiñeron de rosa la sombra

y los pastos en las atónitas laderas de los montes,

al sol durmiente, se inflamaron entre aromas,

tú, Italia, eres Verano de Idria,

verdeoscuro verano de la Vía degli Amori.

 

En los Euganei desvanecidos como nieve al alba,

a lo largo del Tíber donde aspira el crepúsculo

por la nariz de los rebaños extasiados

el aroma del agua latina,

en el valle de Ossola encendido de tenue verde,

en los antros mediterráneos del Aniene…

del Veintiuno al Cincuenta, años perdidos…

tan sólo de recuerdo, tú, Italia matutina…

 

[Pier Paolo Pasolini  (1922-1975) por Ricardo Molina (1917-1968)

en un poema publicado en octubre-noviembre en el número 4 de la revista de poesía  CÁNTICO

2ª época (Córdoba, 1954)]

 

Antonio Mairena y Ricardo MolinaRicardo Molina y Antonio Mairena

 

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(1)«Después de 1954 no ha nacido ni obrado hasta hoy ninguna promoción de valores seguros y absolutos, aunque muchos jóvenes —los mejores— hayan seguido fielmente la lección de los maestros del 14, del 25 y del 40. Ya indiqué el caso tan raro y curioso en la antología de Spagnoletti que, con la de Anceschi, es fidedigna críticamente: de esta cuarta promoción no ofrece más que los extremos generacionales con Pier Paolo Pasolini, nacido en 1922, refinado poeta dialectal friulano en aura casi neoprovenzal, además de ser lírico en lengua, y Alda Merini, nacida en 1931, que concluyo con su fino y culto delirio órfico-hermético un ciclo de período: el título de su librito, Presenza d’Orfeo, evoca los Canti orfici de Campana. Entre Pasolini y la Merini el vacío, llenado por nuevas obras de las generaciones antecedentes.»

 

[Oreste Macrí, (1913-1998) «Carta sobre la poesía italiana del siglo XX»

CANTICO, núm. 4, octubre-noviembre de 1954]

Oreste Macrí 1987

Oreste Macrí

1987

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(2)«Antes de ser recogido en el conjunto de la obra que hoy se conoce, cada uno de los once poemetti que componen Las cenizas de Gramsci fue publicado individualmente en diversas revistas o en plaquettes desde 1951 hasta mayo de 1957, fecha última en que aparece «La tierra de trabajo» en Nuovi Argomenti, dirigida entonces y fundada por Alberto Moravia (uno de sus más grandes valedores y fiel amigo) y Alberto Carocci (también fundador en los años veinte de la mítica Solaria). Algunas de estas híbridas composiciones, tan lírica y narrativas a la vez, tuvieron en aquellas primeras versiones distintos títulos y leves variantes que no merece la pena señalar ahora. De cualquier modo la obra finalmente se publicó con orden cronológico a su redacción —excepto «Cuadros friulanos», antepuesto por razones temáticas, de materia descriptiva— en dos series, y otra de cuatro, divididas por la composición central y homónima del poemario.

         Nada más aparecer el libro fue un éxito de crítica y de público, caso extraño tratándose de un conjunto de poemas.»

 

[«Introducción» por Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril

 a Las cenizas de Gramsci 1957, Pier Paolo Pasolini.

Visor libros. Pág. 8 y 9. Madrid, 2009]


MOSTRE: A ROMA TRE MOSTRE DEDICATE A PASOLINI

Pasolini davanti alla tomba di Gramsci

Foto: Paola Severi Michelangeli

1970

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(3)«Hemos buscado «Italia», su Capitolo II, en Las cenizas de Gramsci que Visor-Libros edita en 2009 bajo la dirección de Stéphanie Ameri y Juan Carlos Abril, y no hemos encontrado este poema que tradujo el poeta, editor y profesor cordobés Ricardo Molina y que en Córdoba editó en 1954 en la revista de literatura CÁNTICO, que codirigía con Pablo García Baena y Juan Bernier. Destacamos dos detalles en los que reparamos ante las dos faltas: las menciones a la revista española (citan los editores sólo revistas italianas) y a la traducción a nuestro idioma por el andaluz de un poema del boloñés que, siguiendo a Ameri-Abril sería de los publicados individualmente «en diversas revistas o en plaquettes desde 1951 hasta mayo de 1957».

Leemos en la introducción a Las cenizas de Gramsci que «Algunas de estas híbridas composiciones, tan líricas y narrativas a la vez, tuvieron en aquellas primeras versiones distintos títulos y leves variantes (…)», y hemos buscado, siempre pendiente la busca de más lecturas, en la edición de Ameri-Abril y no hemos encontrado «Italia», ni en fragmentos que hubieran sido repartidos por el autor entre otros textos. Nada, ni rastro del poema.

Y sin embargo, el poema de Pasolini que publican en 1954 los poetas de CÁNTICO, en aquella Córdoba remota en el tiempo, y, acaso hoy, muy oculta (prefiero decirlo así que escribir desaparecida), extraña en el espacio también, en algún momento del proceso generativo del poemario pasoliniano formó parte de los cuerpos de texto de cuya orgía literaria y vital brotara «uno de los episodios poéticamente más válidos de los últimos años (Seroni, 1957)» —según citan los de Visor—, y donde nosotros desde «CARMINA» nos parece comprobar que en su elección para aquel número 4 de la II Época de CÁNTICO fueron muy acertados los del grupo andaluz, y que ello no debe suponer sólo una coincidencia.

 

[Texto: Gabi Mendoza Ugalde 2013]

YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

 

antoniomairena
Antonio Cruz García, «Antonio Mairena»

 

La idea no es mía. Además, he tenido que discutir tanto y a veces tan agriamente con su autor, que ganas me han dado de mandarlo todo a paseo. Pero, por fin, una tarde de la primavera, quizás muy similar a aquella en que Merceditas cambió de color, mi amigo Ramón Núñez Vaces lo hizo de parecer. Mi persistente esfuerzo no había sido en vano. De manera que quedé encargado de plasmar por escrito la idea que mi segoviano y terco amigo había tenido. En realidad, de hacer lo que pudiera.

            Pero he de aclarar algún extremo más. No es que yo no tema al ridículo, pero mi sentido de la amistad, o del compañerismo, me lo hace despreciar en ocasiones. Y ésta es una de ellas: vale que yo lo haga, pero no consentiré, si de mí depende, que mi amigo el segoviano incurra en él. De modo que puede decirse que escribo el presente texto por solidaridad no exenta de sacrificio.

      Entremos en materia. Ramón quería escribir sobre Antonio Mairena, ahora que en septiembre se cumplirán treinta años de su fallecimiento. ¡En buen lío se iba a meter! ¡Escribir sobre Antonio Mairena! Nada menos. No es que yo pueda hacerlo bien, pero, como ya he dicho, lo que no podía consentir es que alguna o mucha gente se riera de este segoviano metido a exégeta de tan alta figura. Que lo hagan de mí, vale que sea. (Hay que reconocer que lo que escribió sobre Juan Talega no lo hizo mal del todo).

             Pero, ¿qué decir de Antonio Mairena que no se haya dicho ya y que además no falte a la verdad, esa que casi siempre es relativa? ¿Que ha sido el cantaor más completo y enciclopédico de la historia del cante? ¿Que gracias a su empeño y facultades el gran público —no sé si cabe utilizar esa expresión en el mundo del flamenco— pudo conocer formas cantaoras casi perdidas o limitadas a exiguas minorías? ¿Que su aportación a la creación y desarrollo de los festivales fue importantísima? ¿Que gracias a él y a otros pocos el cante gitano pasó a ser mejor considerado en la sociedad? Pues sí, todo eso es cierto, e incluso seguramente más cosas que mi incapacidad me impide reflejar. Bueno, y que cantaba mejor que bien.

            Pero, todo hay que decirlo, ha habido gente que no ha considerado favorablemente esas aportaciones, al menos del todo. Se trata de aficionados que todavía soñaban o sueñan con el cante en las casas de Triana, en las cuevas y en las gañanías, es decir, con la máxima pureza, con lo prístino. Pero el curso de la historia es, para bien y para mal, imparable e irreversible. Y ni el hacer de Antonio Mairena ni el de otros que no eran de su cuerda fue lo que determinó la realidad que acabó imponiéndose a finales de los años sesenta. La mutación en las formas de vida (vivienda, alimentación, oficios, comodidades, el coche en la puerta, la más absoluta comercialización, la televisión, artificiosidad a tope y tantas cosas que impuso la «revolución» tecnológica) es lo que cambió la realidad de las formas y del fondo del flamenco, lo mismo que de todo lo demás. Es verdad que para mal e irremediablemente, pero… Así que menos mal que por lo menos, en aquel tránsito trágico y definitivo, hubo un Antonio Mairena y algunos y algunas más,  últimos representantes de una época que fenecía. Gracias a los prodigios de la técnica podemos gozar de esos prodigios del arte.

            Hay algo que es necesario destacar: que Antonio Mairena fue el mayor aficionado al cante que se haya conocido. Rectifico: los habrá habido iguales, pero no más. Esta última quizás sea una de sus facultades —yo creo que la más esencial— menos conocidas o valoradas. Porque Antonio Cruz García no se levantaba, sino el último, de una reunión flamenca, ni dejaba de escuchar a alguien, ni concedía importancia al tiempo salvo para emplearlo en el flamenco. Se ha dicho que esa dedicación la ejercía para sacar provecho, para aprehender cada matiz, cada tonalidad y faceta. Pues claro, nada más natural, pero demostración irrefutable de su profunda e inagotable afición. Yo creo que era el capitán Nemo del flamenco, sumergido por siempre en el mar del cante y del baile para cumplir su propósito de que en el mundo terrestre ese Arte tuviese el lugar que merecía. Tarea en la que cualquiera hubiera fracasado, no sólo él. Y me remito a lo del curso de la historia. 

 

joaquíneldelapaula

 Joaquín el de la Paula

por Juan Valdés

 

            A mí me parece que hacer elogios es innecesario. Hacerlo de tal o cual cantaor correspondía cuando no existían medios de grabación y era la tradición oral la que ignoraba a unos y hacía inmarcesibles a otros. Por ejemplo, ¡cuántas cosas se han dicho de Frasco el Colorao, de Juaniquí, de Cagancho, de Joaquín la Cherna, de Tomás el Nitri, del Fillo, de la Andonda y más! ¿Y de Joaquín el de la Paula? Ese mismo que, por cierto, sigue sin tener una calle en Alcalá, su pueblo (aunque la tuvo en los años setenta). Sí la tiene, y grande, Antonio Mairena, desde poco después de su partida, en merecida gratitud. Tampoco tiene calle con su nombre Manolito el de María. ¡Increíble pero cierto! Pero, ¿qué más da?, el cante y sus hombres y mujeres no están en azulejos y placas, aunque no es de negar que lo merezcan, sino en el corazón de quienes tienen la facultad porque es una facultad, muchas veces dolorosa, que no está concedida a cualquiera de apreciar el arte que de ellos ha brotado.

 

manolitoeldemaría

Manolito el de María

 

            Si los elogios son innecesarios, las comparaciones resultan absurdas. ¿Cómo y a cuento de qué hacerlo entre Antonio Mairena y cualquier otro cantaor que haya logrado celebridad, antes, durante y después de él? ¿Compararemos la aceituna con la pera? ¿El coco con la manzana? ¿El aguacate con la nuez? Claro que no, cada fruto tiene su sabor único, su textura diferenciada. Y cada uno nos aporta una sensación de placer distinta.

            Pero, claro, hay a quien no le gustan las nueces; a otros, las manzanas; existen los que no resisten ni que les mienten las aceitunas. «Hay gente pa tó», decía Rafael el Gallo (yo apostillaría a mi tocayo y hermano en la alopecia: «menos pa lo que tiene que haber»). Yo me cuento entre los que no les gusta todo (tengo un amigo que dice que a mí no me gusta nada, o casi). Sin embargo, o no obstante, jamás dejo de reconocer que tal o cual cantaor canta o cantaba muy bien, aunque a mí «no me ponga».

        Hay de todo, sí. Sé de gente que tiene la más completa colección de discos de flamenco: en ella se contienen todos los cantaores de los más variados estilos e idiosincrasias. Los más alejados de unos como estos de los otros. Es gente a la que le gusta eso: todo de todos. Me alegro por ellos, aunque me resulta difícil creerlo. De hecho, hay actualmente algún cantaor-cantante que tiene tantas facultades que es capaz de cantar por, o imitar a, la mayoría de los más conocidos de la historia. Sí, pero como el muchacho transmite menos que un cable de cartón, ¿de qué vale tanto poderío?

             La obra de Antonio Mairena produjo sus epígonos. Unos más afortunados que otros, como es natural. Al lado de excelentes seguidores hubo y hay imitadores que aunque se llevaran cada día de su vida escuchándole no lograrían otra cosa que aburrir y desesperar al oyente (aunque las tragaéras del gran público resultan increíbles). Lo mismo pasa con la pléyade de imitadores de otro celebérrimo cantaor, aunque en este caso no conozco ningún excelente seguidor, y sí muchísimos de los otros, hasta el punto de que cierto día, en un bar que ya no existe, uno que estaba cantando-imitando a ese celebérrimo de cuyo nombre no me acuerdo ahora, hizo que una lagartija cayera al suelo, muerta, y dos o tres grillos salieran de sus escondites, despavoridos.

 

antoniochaconpojiménez

Antonio Chacón

Por Jiménez

 

              Con todo lo referente a Antonio Cruz García pasa lo que con todo: o se es o no se es, se vale o no se vale. Muchos de ustedes conocerán aquello de Antonio Chacón, cuando alguien le preguntó que por qué siempre se hacía acompañar de cierto individuo que ni hacía palmas, ni decía nunca óle y casi ni hablaba. «Porque sabe escuchar», fue la respuesta del maestro. Lección que deberían aprender muchos, antes que la de escucharse. Pero hay que perder la esperanza en su logro: aquí todo el mundo nace sabiendo.

            Ya no me quedan más recursos para seguir refiriéndome a Antonio Mairena. No sé si lo que digo a continuación es una procacidad, o un reflejo de cierto orgullo, pero el caso es que un día de verano, estando yo, con mis diecinueve años a cuestas, en un bar que visitaba a diario, llegó Manuel García Fernández, «El Poeta de Alcalá», acompañado o acompañando a Antonio Mairena. Manuel, como yo ya surtía en asuntos del cante, me presentó al astro, o al revés, más bien. La mirada  de Antonio, mientras nos dábamos la mano, hizo que me pusiera más encarnado que el tomate más maduro que pueda acabar en un gazpacho.

             Palabras, palabras. Lo que hay que hacer es escuchar. Para los noveles es difícil en este mundo tan trepidante y a la vez tan estancado. Para los ya experimentados también, porque el bote sifónico en que nos vemos sumidos no nos deja «ni atrás ni alante».

             Así que, del amplio conjunto de grabaciones (discográficas y no) que hay recogidas en internet, les propongo dos, aunque podrían ser cincuenta. Para los noveles puede que sean reveladoras; para los experimentados, o que crean serlo, dos ocasiones para romperse la camisa (las hayan escuchado ya o no). Una es de Perrate de Utrera en el primer Gazpacho de Morón (Perrate de Utrera & Diego del Gastor – Soleá – 1963). La otra es de Antonio Mairena (Antonio Mairena – bulerías – 1963), conseguida en el mismo festival. Para qué hablar más. Se podrían decir muchas más palabras, sesudas frases y elementos definitorios. Lo que tiene que hacer el interesado es escuchar. Que no, pues adiós, muy buenas.

 

COLOQUIOS (161): «TRILOGÍA CULTURAL». Gabi Mendoza Ugalde

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—No parece que hubiera sido el autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí o El Jarama cuando Rafael Sánchez Ferlosio escribe que: «La cultura es desde siempre, congénitamente, un instrumento de control social, o políticosocial cuando hace falta; por esta congénita función gubernativa tiende siempre a conservar y perpetuar lo más enajenante, lo más homogeneizado. Hoy está muy cabalmente representada por ese inmenso CERO que es el fútbol.» [«Patrimonio de la humanidad» El País, 5 de agosto de 2012]

—Ahora que escribe por encargo es más hijo de su padre. Ahora, la revolución falangista que soñó quien le transmitió su cultura puede desplegarse por todo el orbe…

—¡Qué náusea!

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—De la Vega, Bermejo, Griñán…, todos son hijos de la Falange.

—Qué orgullosos de sus hijos estarían esos padres.

—Como para no estarlo: por fin conseguirán arruinar la patria.

—¡Cultura enajenante!

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—La Ilíada, la Biblia, el Talmud, D. Quijote, Madame Bovary, la Bauhaus, las elegías a Sánchez Mejías y a Ramón Sijé, Historia de una escalera, El discreto encanto de la burguesía, las Meninas de Velázquez y las de Picasso, Los jardines de Aranjuez, El amor brujo, Unamuno, Los Machado, Antonio Mairena… ¡Sí, lo más enajenante, lo más homogeneizado!

—¿Instrumentos gubernativos?

—Tú sí que lo eres, que ya dimitiste de la cultura.

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«EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

A Paulino García-Donas, que quiso a Agustín


«Pocas veces habré estado igual de bien acompañado»

(Foto: Fernando Trigo
Archivo R.R.G.)

Si a Hércules, además de los doce trabajos que le encargaron, le hubieran añadido el de describir a Agustín Olivera Carmona, seguro que no hubiese logrado la gran celebridad de que siempre ha gozado. O sí, aunque de muy distinto tenor: el fracaso hubiera sido tan sonado que la fama la habría adquirido por ser uno de los inquilinos más destacados del monte del Fyasco, que era adonde los dioses mandaban a los perdedores (dicho promontorio está cerca del Olympo, claro que a menor altura).

Ninguna de las pocas personas que le conocimos en profundidad somos capaces de describirle. Es taxativamente imposible. Siempre que, entiéndase bien, usemos el vocablo describir en su término más riguroso y cabal. Podré, en mi caso, contar algunas anécdotas, definir algunas pinceladas, pero me será inalcanzable transmitir el ser de Agustín: su mirada, sus llegadas, sus despedidas, la cara que ponía ante tal o cual circunstancia. Porque Agustín se expresaba, casi exclusivamente, a través de sus gestos.

Tal vez si Velázquez le hubiera pintado, como hizo con Inocencio X… ¡pero qué va, ni siquiera el genial Diego lo hubiese conseguido! Gracias al arte del sevillano, el rostro del Papa manifestaba todo lo que era, porque era lo que era, y ya está: un elemento de mucho cuidado: nada de inocente, el tío; pero Agustín tenía más registros que el mejor órgano de la mejor catedral, y eso no se puede pintar, ni explicar por escrito ni de ninguna otra forma que no sea oyendo sus armónicos sonidos. Porque si tratáramos de un ser imaginario, vale; o de un ser real, pero simple, también. Mas queremos hacerlo de uno que supera, realmente, lo imaginable; que escapa a cualquier posibilidad de aprehensión, ni siquiera parcial.

Bueno, entonces —me podrá decir el ya renuente lector—, ¿a qué hablar del tal Agustín, si no vas a conseguir que le conozcamos cabalmente? En primer lugar, para complacer a algunos amigos que disfrutarán recordando algunas escenas o imaginando a Agustín en otras que no presenciaron. En cualquier caso, esos que tuvieron la suerte de conocerlo sí que lo verán descrito, no por mis impotentes palabras, sino por medio de la memoria indeleble que en sus molleras permanece. Sólo por eso merece la pena ponerse a escribir.

Pero además para sugerir en las mentes de quienes le trataron poco, o no le trataron nada, sea por motivos de edad u otras circunstancias, una especie de cabalística sobre el personaje. Ahí sí que me temo que mis palabras no alcancen ni una cuarta parte del propósito. Y entonces los dioses no tendrán más remedio que mandarme al monte del Fyasco.

Dejemos sentado, antes de nada, que Agustín era siempre el protagonista en cualquier  lugar y circunstancia. No porque él lo procurase (todo lo contrario), sino porque concitaba la atención de todo el mundo, fueran dos, siete, quince o cincuenta las personas reunidas o simplemente presentes.  Se diferenciaba más que la noche de la mañana de esa gente que quiere ser el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, etcétera (incluso el hipotecado en el desahucio). El protagonismo le venía dado por su sola presencia: era completamente distinto de los demás, nadie se le parecía en nada. En fin, que si digo que era quien más destacaba de entre todos los concurrentes, estuviera donde estuviese, ya se figuraran —digo quienes no le conocieron o le vieron poco— que estamos ante un ser especial.

Me parece necesario advertir, para terminar este proemio, que las reseñas que siguen no guardan un estricto orden cronológico.

¡Con lo bien que lo pasaba pasando por sordo!

PRIMERA HOJUELA

Antes de empezar a juntarme con él le veía pasar, ágil, dispuesto, serio de una seriedad propia de tarea realmente seria, con la bombona al hombro, camino o de regreso de un piso, de una casa. Ningún repartidor más rápido y cumplidor, ni más amable. Agustín era «ayudante», porque en aquella época los camiones de bombonas de butano tenían dos tripulantes.

Agustín se presentó un día a las ocho de la noche en la «butanería», con la intención de comenzar el reparto. ¿Por qué, si la jornada daba comienzo a las ocho de la mañana y finalizaba a las tres del mediodía? Pues porque Agustín, en aquella tarde-noche de invierno, se despertó de una prolongada y desorientadora siesta, iniciada bajo los efectos de una anestésica ingesta de caldo, no precisamente del puchero. De modo que Agustín, que había consultado el reloj nada más despabilarse, y que seguía con el mono puesto, se encaminó raudo desde la calle San Miguel a la de Mairena. No es que no advirtiera, por el camino, cosas extrañas: un ajetreo distinto del acostumbrado, las tiendas abiertas… Pero él iba a trabajar, cosa sagrada. Y, como siempre, con el afán de hacerlo puntualmente. Por fin, llegado al tajo, Joaquín Osorno, el dependiente de la taberna lindante con la «butanería», le preguntó, sorprendido, adónde iba. El Pichi, que así apodaban al dependiente, no paraba de reír cuando Agustín le dijo que a trabajar. También Agustín rió de buena gana, elevando los brazos y agitando las manos sobre la cabeza, en un gesto tan característico de él.

«La madre que tenga un hijo…»

SEGUNDA HOJUELA

Agustín era hombre de estatura media-alta; de buena figura, delgado y recio (a lo escuálido y esquelético no llegó sino en sus últimos tiempos); resultaba ciertamente elegante si el atuendo le ayudaba lo más mínimo. Sin embargo, lo que más destacaba en su grácil fisonomía era una nariz hermosa, sin llegar a excesiva, y una más que descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del enjuto y alto gaznate.

Aunque su vida siempre estuvo afectada de inconveniencias, la aceleración de su deterioro se la proporcionaron el despido de su empleo (los conductores quedaron como únicos tripulantes de los camiones) y algo después la muerte de su madre, Manuela Carmona Franco (sobrina-nieta de Joaquín el de la Paula). Manuela era una mujer hacendosa, pero serlo no le libraba de algunos de los males que la pobreza impone, sobre todo cuando es heredada de generación en generación. Los dos hijos que se le habían muerto, Manolín y Fernando, siempre estuvieron cuidados y decentemente vestidos, igual que Agustín, pero algunas costumbres y determinadas carencias, como las alimentarias, todo empeorado por la aguda senilidad de Manuela, influyeron mucho en el tercer tercio de la vida de Agustín.

Y cuando Manuela faltó, su ya único hijo quedó a merced de la indulgencia del destino, es decir, de ninguna indulgencia.

«Juventud, divino tesoro…»

TERCERA HOJUELA

Cuando una noche llegué a la taberna que más frecuentábamos por aquel entonces, me di cuenta enseguida de que Agustín estaba deseando verme llegar. Servidos los vasos, no tardó en decirme: «¡Me pincha, ay, me pincha!». Le interrogué con la mirada. Me señaló a la parte posterior de su pescuezo, sin dejar de hacer movimientos parecidos a los que provoca el mal de San Vito. Fue al momento que, en una dependencia aneja a la taberna, extraje dos alfileres del cuello de su camisa recién estrenada. Su impericia en esas lides no le había permitido quitarle, por no haberlos visto, ni siquiera previsto, todos los que una de esas prendas suele contener. Añadamos, porque para qué ocultarlo, que en aquella época cada camisa que se quitaba iba derecha a la basura.

Pudo ser cualquiera de esas noches cuando, ausentes aún otros frecuentadores de la taberna, Agustín me contó lo de su visita al dentista, años antes. Ya sentado en el maléfico, o, según se mire, magnificente sillón, el sacamuelas fue a otra dependencia en busca de algún instrumento. Momento que Agustín aprovechó para salir de la consulta como alma que lleva el diablo. Y tal y como hubo entrado: con su dolor de muelas. La repulsión de nuestro amigo a las agujas y demás instrumentos sanitarios era superior a la que algunos sienten al trabajo. ¡Mucho más!, por difícil que sea de creer.

Unas copitas en La Bodega. Paz y sosiego

CUARTA HOJUELA

La primera vez que vi llorar a Agustín fue estando sentados en un banco de la plaza del Duque, el mismo en el que un año antes nos había hecho una foto Fernando del Trigo, en la que están con nosotros, y nosotros con ellos, Diógenes Domínguez y José Brea Ortiz, el Picoro de Alcalá (pocas veces habré estado igual de bien acompañado).

Sacó del bolsillo una carta, enviada, desde no recuerdo qué pueblo de Cádiz, por una hermana de la Caridad. Esta hermana se había interesado por la situación de Agustín —ya después de la muerte de Manuela—, y le había ayudado en algunas cosas; pocas, desde luego, porque Agustín, de ser mirlo, si no blanco del todo sí que lo hubiera sido tipo cebra: a rayas. En un momento dado la habían trasladado a un nuevo destino, y desde él se dirigía a Agustín, deseándole la mejor de las suertes y dándole algunos consejos de índole religioso y también prácticos. Consejos, unos y otros, que a Agustín no podían servirle. Los inseguros raíles por los que había discurrido su vida, que eran la familia y el trabajo, ya no existían. Estaba solo, por más que algunos le hiciéramos más leve la soledad, siquiera a ratos. En realidad, siempre había estado existencialmente solo, pero no es lo mismo estarlo teniendo buenas facultades que cuando ya apenas, y a duras penas, te sostienen.

Empecé a leer. Ahora podría decirles que, como soy viejo, se me nublan los ojos de lágrimas al revivir el episodio; pero aun siendo eso cierto, también entonces, teniendo yo treinta años, me ocurrió. Ir leyendo la carta de la beata, ver la cara que iba poniendo Agustín, verlo llevarse el pañuelo a los ojos… Terminé por concluir la lectura oral antes de la que continúe haciendo con la vista: no podía seguir pronunciando. Quedamos en que yo le escribiría la contestación, casi a su dictado, y así se hizo días después. Cuando le leí la respuesta apretó los labios, suspiró y subió y bajó la nuez cuatro o cinco veces. Después, al tiempo que daba con el dorso de la mano en su pierna, dijo: «Sí». Yo sabía que tras el sí y el golpeo estaba la más emocionada de las aprobaciones.

La segunda fue en la casa donde yo vivía a comienzos de los noventa. Recuerdo que vivían conmigo seis gallinas. Eran muy diferentes unas de otras, me refiero a su personalidad, como ya he contado en otro lugar. A una de ellas la conocía para mis adentros como «la Agustina»: tanto se parecía en gestos y actitud a mi amigo. Como siempre, puse alguna grabación. Los preferidos eran Manolito María, Fernanda, Juan Talega, Fernandillo, Perrate, Antonio Mairena, Joselero… Lo primero que escuchamos fue un cante de Manolito, a quien Agustín conoció y del que incluso fue vecino durante unos años, en la calle Ángel (no cabe mejor nombre para moradores que tenían tanto). Cuando Manolito cantó, estremecedoramente, aquello de «Endeque murió mi mare/la camisa de mi cuerpo/no tengo quien me la lave», Agustín rompió en un llanto que se esforzaba en reprimir.

Agustín fue, de joven y aproximadamente hasta los cuarenta, persona de gran agilidad, de reflejos asombrosos, capaz, en un combate de boxeo, simulado o no, de llegar al rostro del adversario decenas de veces, mientras el suyo permanecería intocado. Algunas personas me han referido que, cuando jugaba al fútbol, una habilidad pasmosa le llevaba de una portería a otra sin que nadie, al menos por las buenas, pudiera impedírselo. Pero esas dotes las fue perdiendo irremediablemente. Una alimentación escasa y desastrosa, el tabaquismo, el excesivo consumo de alcohol (siempre con la barriga vacía), todo ello durante tanto tiempo, no dejaban de nutrir el avance del mal del que a su vez eran causantes casi al cien por cien: la pelagra es una enfermedad cuyo origen y desarrollo se encuentran en una vida de hábitos insanos y necesidades no satisfechas.

No es cosa de negar que Agustín tenía, además, un ramito de locura; veta que procede, en casi todos los casos en que se produce, incluidos los de algunas personas que ahora estén leyendo esto, de su propia genética, sea desde la primera, segunda o tercera generación y por cualquiera de los dos lados coadyuvantes. O por los dos.

Justo en el centro (no sé por qué se agachaba), Dionisio, “Don Dionisio”

QUINTA HOJUELA

Agustín visitó varias veces aquella casa de la calle Corachas durante los cuatro años en que habité en ella, años que coincidieron con los últimos de su vida. En no pocas de esas ocasiones llegaba acompañado de nuestro amigo Jorge Pérez Díaz, que siempre, en connivencia conmigo, venía dispuesto a cocinar algún plato que complaciera a Agustín, tan necesitado de comer caliente y bien. Pero sólo lo conseguíamos de higos a brevas. Sus innatas manías (insisto, ¿hasta qué punto heredadas?), llegaban a ser realmente invencibles, aunque con un reducidísimo número de amigos transigía de vez en cuando, aceptando de buen grado la ayuda, el ofrecimiento y la disposición que le manifestábamos.

Privado de verdaderos medios de higiene, Agustín se lavó en aquella casa en tres o cuatro ocasiones. Recuerdo perfectamente que en la última de ellas, ya con una nueva muda completa (y quitados todos los alfileres de la camisa), se puso un flamante abrigo largo que le había traído Dionisio, nuestro inconmensurable amigo. Debajo, un traje de espigas de color café con leche, también aportado por Dionisio. Arriba, una mascota que yo, conocedor más o menos de su talla craneal, le había comprado. Y fue así como Agustín (además bien afeitado) salió aquel día a la calle: todo el mundo le miraba preso de curiosidad y admiración, nadie quedaba indiferente al verlo pasar; o mientras a pie quieto, en la puerta de La Bodeguita del Duque, miraba a un lado y a otro, divertidamente serio, sintiéndose extraño pero al mismo tiempo satisfecho, diría que hasta ufano, dentro de aquel atuendo. Se asemejaba al bueno de cualquier película del Hollywood de los primeros años. También hubiera podido parecerse al malo, pero su cara no casaba con ese papel.

«Una descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del alto y enjuto gaznate»

SEXTA HOJUELA

Agustín era poco hablador. Por tanto, no peroraba sobre esto o aquello, ni sobre el cante o el baile o la guitarra, que eran, en su vida, los únicos elementos realmente importantes, además, naturalmente, de la verdadera amistad. Él manifestaba su entusiasmo o aprobación con un hondo «¡Eso es!», cuando no con un proverbial «¡Por ahí se va a la Macarena!». Otras veces, con el «¡Ay, mama!», lo mismo podía expresar su rechazo o resignación ante lo que estaba viendo y oyendo, que un sobrecogimiento ante algo que le agradaba enormemente. Pero esas poco más que interjecciones, su mirada transmisora, su sonrisa en los ojos, el movimiento de los hombros, el agitar de sus manos, en fin, todo lo reunido en su figura y surgido de ella, eran como un compendio tangible, personificado, de tantos años —¿doscientos, trescientos?, menos mal que no se sabe— de arte y expresión flamenca. No he conocido un «casi total silencio» más expresivo e iluminador en toda mi vida. En relación al flamenco y a todo lo demás.

No era capricho, sino mandato inteligente y natural, el que yo, tantas veces en que me hallaba «enreáo» en alguna reunión en la que podía salir algo de flamenco, encargara a algún buen amigo que le buscara y trajera: «Llégate por Agustín, seguro que está en el Derribo». Llegado él, el ambiente adquiría una dimensión distinta: los cinco, o los siete, o los nueve reunidos notaban algo especial: no se trataba de que hubiera llegado un elemento más, un nuevo participante: se había personado una especie de patricio de la historia, un presente de historia con muchas historias dentro. No es que todos los reunidos lo apreciaran así, pero hasta al más despistado la presencia de Agustín le causaba, como poco, una sensación extraña y agradable, una leve incógnita, un sutil desconcierto. No sucedía sino que allí, acodado en el mostrador, sentado o erguido, estaba un hombre que, sin él mismo sospecharlo, tenía en sí los ecos del pasado y la autenticidad, no sólo estética, sino también moral. Ecos que llegaban a nosotros así, sin más historias, sólo por su presencia. ¿Qué era? ¿Cosa de magia? Digo yo que no, pero aun así, ¿cómo transmitía eso tan indefinible? Magia no, pero sí misterio.

Agustín no necesitaba ser ingenioso, ni contar chistes, ni aparentar nada (¡aparentar Agustín, vamos!): era Gracia metida en huesos, carne (poca) y movimientos. Una tarde-noche de Abril en que estábamos él, Dionisio («Don Dionisio», le decía Agustín, con sincero y absoluto respeto por su condición de maestro de escuela), Jorge y yo, ya un poco animados en la taberna de Antonio el del Derribo (él y su mujer, María, dignos de eterna recordación), decidimos irnos a la Feria de Sevilla. En autobús, que cogimos allí mismo. Agustín llevaba el traje de espigas, terno que ya iba mostrando signos de inevitable deterioro. Paseamos, entramos en una o dos casetas de las llamadas libres (y por eso atiborradas). En un puestecillo vi sombreros cordobeses, de cartón, naturalmente. Compré uno para Agustín: le venía a la medida. Poco más allá, una gitana vendía claveles: uno de ellos fue a parar a la solapa de Agustín. Y ahí fue la suya. El verdadero espectáculo, el de verdad vivo, no estaba en las casetas, ni la máxima atracción en la calle del infierno: iba andando por las calles del ferial. Agustín era en ese momento un personaje catapultado desde muchos años atrás y puesto allí, en la Feria de Sevilla del año de la Expo. A nadie pasaba inadvertido; niños había que tiraban de las manos de sus padres para señalar al personaje, semejante, quizás, a alguno de los que aparecían en las ilustraciones de los cuentos; era como si un sobrino-nieto del Planeta, o un hijo del Loco Mateo, tal vez un tío de la madre del flautista de Hamelín, hubiese resucitado y paseara por la Feria de Sevilla como si el tiempo no existiera.

A él le agradaba que la gente le mirara, mas en ello no existía fatuo orgullo, sino divertimento compartido. Agustín se sentía contento con el sombrero y el clavel. Parecía, además, como si esos dos elementos ornamentales le proporcionaran una velocidad propia de otros sus tiempos: era como si fuese el único participante de un desfile. Hube de frenarlo: «Para, Agustín, que vamos a tomar una copita». (Ni Dionisio ni Jorge resistían una marcha tan ligera).

Batiéndonos en retirada, y sin por un momento dejar de ser observado Agustín por el populacho, tomamos el autobús, donde casi todo el mundo estaba ya de cabeza caída. Nosotros, por el contrario, fuimos cantando y haciendo compás desde Sevilla hasta Alcalá, en la plataforma trasera que aún entonces tenían los autobuses de Casal. Bien que nos divertimos los cuatro. Agustín, al llegar nuevamente al Derribo, y mientras los demás nos alejábamos, cada uno para su olivo, se quedó plantado en la acera. Seguramente permanecería allí un buen rato, fumando, mirando a un lado y otro, aún con el sombrero y el clavel encima, creyendo posible que apareciéramos nuevamente para seguir juntos. Había estado unas horas acompañado por gente de su total agrado, y ahora tenía que volver a la oscura soledad de su inhóspita morada.

Aquella noche, y lástima que no haya quedado constancia documental de ello, Agustín fue el mago de la Feria, aquel hombre tan raro del traje de espigas y el sombrero de cartón negro. Algo imposible para cualquier otro humano. Cualquiera de nosotros hubiera resultado un payaso vulgar y chabacano. Él, por el contrario,  era el personaje.

Agustín con Manolo «El Poeta de Alcalá»

SÉPTIMA HOJUELA

La memoria de Agustín no fue nunca lo que se dice un portento. Pero por lo menos pudimos conocer, a través suya, algunas cosas de esas que en cuestión de poquísimos años desaparecen y nunca más pueden recuperarse, ni siquiera de oídas (y que es lo que definitivamente ocurrió una vez muerto Agustín). Por ejemplo, el cante de campanilleros. Agustín fue capaz de recordarlo íntegro (me parece que tenía siete u ocho estrofas) en una sola ocasión. Conste que lo cantaba muy bien, y, como ya nadie lo cantaba ni lo conocía, por supuesto que mejor que nadie: o sea, que también era único en eso. No era el mismo cante de campanilleros que hacían Manuel Torre y otros, sino uno algo más solemne y con unas letras más próximas al canto litúrgico, aunque totalmente inserto, el conjunto, en el flamenco más auténtico.

Cuando cualquiera de sus más próximos le insistíamos en que cantara tal o cual cosa, Agustín se esforzaba en recordar, pero las más de la veces daba en la mesa o en el mostrador con el dorso de la mano: «¡Ay, que no me acuerdo!». Y ahí había que dejarlo, todos sonriéndonos, contentos de seguir contando día a día con aquel desmemoriado que nos traía ecos, aun sin pronunciar palabra (¿ya lo he dicho antes?) de la memoria inmemorial.

Unas coplillas que nacieron de algún sufriente e ingenioso soldado, no se sabe en qué fecha, eran cantadas por Agustín lo mismo por soleá que por bulerías. Esas letras se referían a las condiciones en que se hacía el servicio militar donde, por rebote, fue a caer nuestro quinto.

La madre que tenga un hijo,

si quiere que se le muera,

que lo mande a la Turquilla

o a los campos de Pineda.

A los campos de Pineda,

cuartel de caballería,

donde los hombres no duermen

ni de noche ni de día.

Faltan cinco o seis estrofas más, pero mi senilidad avanza más rápidamente que la de aquella mujer que siempre andaba con las manos enlazadas bajo el delantal recogido, y mi memoria ya no es el prodigio que tal vez nunca pudo llegar a ser.

Agustín nunca fue pícaro, ni siquiera picarillo, pero a nadie le amarga librarse de obligaciones odiosas, de modo que desde el primer momento, aconsejado por su hermano Manolín (que toda su vida fue un pícaro redomado, si bien inocuo), se dio trazas de hacerse pasar por disminuido en sus facultades auditivas, por lo que, en el cuartel de Sevilla a que lo destinaron,  se encontraba libre de prácticamente todos los servicios. Pero, ay, un día, mientras Agustín, el soldado casi sordo, estaba junto a la baranda de madera de un corredor del ajado cuartel, del aparato de radio residente en la cocina salían cantes flamencos. Agustín, al oír alguno de su gusto, y como no podía ser de otra manera, se puso a hacer compás sobre la vetusta baranda. El capitán observó la escena: «Conque sordo, ¿eh?». Y así fue como Agustín pasó casi dos años en La Turquilla, donde los soldados tenían que bregar con toda clase de animales del Ejército. Me estoy refiriendo a los de cuatro patas, aunque también los había de dos, como patos, gansos y pavos. Briega que, como ya supondrá hasta el más lego, requiere de horas y esfuerzos casi sin límites.

De allí volvió Agustín con dos patadas de caballo, el mordisco de un cochino y una semana de arresto. Y unas ganas de Alcalá que no le cabían en el pecho.

Alcalá 1965 (vista del Castillo)

Fuente «La Voz de Alcalá»

OCTAVA HOJUELA

Nuestro amigo era endeble de memoria, sí, pero sólo en lo que afectaba a las palabras. Porque los ritmos y el compás, en cualquiera de los estilos musicales, eran para Agustín como los dedos de sus manos. Sonara lo que sonara, hasta cierto punto, claro. Agustín se movía, o bailaba, solo o acompañado, como si la música fuera parte integrante de él, o él de la música. De todos modos, eso ocurría muy contadas veces. Ya lo he referido en otro lugar: una noche bajábamos Dionisio y yo hacia una taberna de la plaza del Duque, por la acera de la Casa de Socorro. Entonces aparece Agustín por José Lafita; ya está en el centro del paseo; nosotros tocamos las palmas por bulerías, firmes, sosegadas, no vertiginosas; y entonces Agustín se marca un baile en aquel marco que ya hubiera querido Carlos Saura para alguna de sus películas.

Carlos Franco

También recordaba algunas, muy pocas, de las sencillas letrillas que Carlos Franco, el tío de la madre de Agustín, cantaba por tabernas y callejas y casas de vecinos. Vamos a transcribir dos variantes de una que dedicó a su sobrino-nieto:

Pobrecito el Agustín,

no sé lo que l’ha pasáo,

que tiene más menos carne

que la cola un bacalao.

Al pobrecito del Agustín

le tenemos que decir,

que tiene más menos carne

que el canasto un albañil.

Y también una que Agustín lo mismo cantaba por tarantos que por fandangos que por lo que fuera:

Yo entré en un jardín de flores

a comprar un real de puntillas,

y me contestó el sacristán

que estaba haciendo un gazpacho,

¡Ay, pájaro frito, limones agrios!

NOVENA HOJUELA

En sus últimos años, algunas noches, no todas, a Agustín se le venían apareciendo «muñecos» a los pies de la cama. Esas visiones le alarmaban en el momento de tenerlas, dado que desconocía por completo el origen y la naturaleza de los muñecos, pero cuando me las contaba resultaban como si hubiesen sido producto de un sueño. Incluso se reía. No sé si se trataba de delirium tremens propiamente dicho, pero de que eran alucinaciones no hay ninguna duda. Tenemos aquí, fuera o no delirium tremens, otra singularidad de Agustín: él no veía bichos repugnantes, sino muñecos que, al recordarlos al día siguiente, le hacían reír. Una risa asombrada, eso sí.

Un mediodía de primeros de noviembre de 1994 le llevamos, Dionisio y yo, al hospital de Valme. La noche anterior, y después de más de quince días sin aparecer por allí, llegué a La Bodeguita del Duque, decidido a convencerlo de lo que yo mismo no estaba convencido: que tenía que ir al hospital, porque si no… Quince días o más, he dicho, estuve sin bajar al Duque: para qué verlo cada vez peor, cada vez más cerca del final; más que avecinándose, entrando en lo irremediable. Aceptó. Y a la mañana siguiente, puntual, esquelético, con el temor en los ojos (¿y ya la renuncia pensada?), se introdujo en el coche de Dionisio. Por el camino me entregó las llaves de la casa en que durante tantos años malvivió, y el dinero que tenía guardado: una cantidad modestísima pero que por eso mismo cualquier otra persona hubiera ido gastando en la diaria alimentación y otras cosas imprescindibles. Quedó ingresado. Tanto Dionisio como yo sabíamos en qué acabaría todo aquello, y así lo comentamos durante el regreso a Alcalá.

El doctor Marín León, en su informe de asistencia del 26 de noviembre de 1994 (fecha del alta voluntaria de Agustín), escribió, entre otras cosas, lo siguiente:

«…Se trata de un paciente que presenta malnutrición, con mala absorción, trastorno del humor y lesiones pelagroides dérmicas, sugestivo todo ello de una pelagra».

«Se ha instaurado tratamiento con dieta, negándose el paciente a comer a pesar de habernos adaptado a la voluntad de la dieta del paciente. Se intenta poner nutrición parenteral con aportes elevados de Miacina, para dejar en reposo el intestino e intentar dejar recuperar la mucosa, pero el paciente también se niega».

«Por otra parte presenta una neumonía cavitada en LII, que dados los antecedentes del paciente se planteaba la posibilidad de una tuberculosis. Se ha instaurado tratamiento con  Clindamicina y Ceftriozona, que el paciente ha realizado durante 8 días, y no hemos podido evaluar la respuesta radiológica, aunque clínicamente la auscultación sugería la situación similar (…) El paciente, que desde el principio ha presentado en múltiples ocasiones una conducta con poca colaboración [Agustín se había negado a que le hicieran casi todas las pruebas], lleva insistiendo varios días en irse voluntariamente, habiéndole podido convencer en varias ocasiones, pero en la situación actual el paciente se niega totalmente a cualquier tipo de cooperación y pide el alta voluntaria; a pesar de mi persistencia el paciente no acepta permanecer en el Hospital ni recibir ningún tipo de tratamiento». Y el voluntarioso doctor finalizaba con el preceptivo diagnóstico:

1.- Pelagra.

2.- Mala absorción.

3.- Neumonía cavitada en LII.

4.- Etilismo crónico.

5.- ¿TBC pulmonar?

Fernanda de Utrera

DÉCIMA HOJUELA

Agustín, que era un remanso de paz, un refugio de placidez, un ser de un extremado buen comportamiento, también tuvo una etapa en que sacaba los pies del plato en cuanto alguien que él presumía molestoso se acercaba. Conste una parte de la verdad: distinguía a un molestoso a mil kilómetros, pero exageraba mucho. También es cierto que esa facultad la posee más gente, pero a la mayoría no nos da por coger una silla con el propósito de golpear con ella al molestoso. En realidad, lo de coger la silla e intentar alzarla (las fuerzas no le acompañaban, aunque sí los nervios) sólo lo hacía cuando estaba con sus más seguros amigos, que, siempre alertas, sólo con mirarlo o ponernos delante le hacíamos desistir de actitud tan riesgosa (sobre todo para él). A Agustín, en aquel tiempo, le resultaba molestoso cualquiera que no se comportara con la exquisitez de la que él era ejemplo; también todo aquel que de alguna forma interfiriera en el «microambiente» en que él se hallaba con sus amigos (todo esto se producía casi exclusivamente en un bar que frecuentábamos mucho por aquel tiempo, «Los Cuatro Vientos», cuyos clientes le resultaban desconocidos en su mayoría). Molestosos hay más que moscas, pero si uno se dedicara a matar moscas no le quedaría tiempo para nada más.

Manuel Ríos Vargas había concertado una cita con Fernanda de Utrera, en casa de nuestra diosa, y Agustín vino con nosotros. Se trataba de hacerle una entrevista que se publicaría en Alcalá/Semanal. Nunca vi bajar y subir más la nuez de Agustín que aquel día cuando nos dirigíamos a Utrera. El hijo de Manuela Carmona y sobrino-nieto de Carlos Franco, el hijo del betunero, el máximo trabajador en la carbonería de Saturnino y en el reparto de bombonas de butano, el soldado al que no dejaron ser sordo, el humilde en todos los sentidos, incluido el de su sapiencia, el Agustinito, como todavía lo llamaban algunos viejos, el delicado, el escrupuloso, el raro, el amigable, el franco, el reservado, iba en coche a Utrera, ¡a casa de la Fernanda! Cuando, antes de embarcar, y en continuación de una broma que sosteníamos desde hacía tiempo, le dije que yo iba a hablar con Fernanda para arreglar definitivamente su matrimonio con él, Agustín me miró, reprobador y asustado, como si por un momento me hubiera creído capaz de hacer tal cosa. Llegados, recibidos estupendamente, comenzó la charla. Unas botellas. Unas tapas. Y durante las dos horas largas (en realidad cortas) que estuvimos en aquella casa, Agustín se mantuvo sin mover más que la mano para tomar el vaso, ¡sólo dos o tres veces y porque se le insistía! Derecho en la silla, sin tocar su espalda el respaldo, bebiéndose las palabras y los gestos de Fernanda. Una malajá de una de las habitantes de la casa impidió que nuestra gitana más amada hiciera unos cantes que estaba a punto de regalarnos. Nos fuimos con esa pena, pero Agustín disfrutó aquel encuentro durante mucho tiempo.

Fernanda de Utrera y Diego del Gastor

¿Saben lo que son fandangos en americano? Yo sí, porque se los escuché a Agustín. De las letras no puedo decirles mucho, salvo que eran tan ininteligibles como carentes de significado. Eran completamente improvisados y perfectamente cantados: la música era la que tenía que ser, y no digamos el compás. El americano era el inglés, claro. El inglés más estrambótico, estrafalario y surrealista del mundo. Algunos chavales, entre los que se encontraba Juan Manuel López Flores, que después fue, y sigue siendo, fecundo guitarrista, disfrutaban de las cosas de Agustín en el paseo del Derribo. Esos adolescentes, y hasta los niños, se quedaban quietos a su lado, mirándole, como contagiados de su aparente calma, hasta que Agustín salía con alguna de las suyas y ya estaba formado el alboroto. Era cuando cantaba cosas como esta, recibidas probablemente de su tío Carlos Franco: «Ay, mira lo que tengo guardáo/un pico y una pala/que me l’habían regaláo».

Cuando llegué, después de que los municipales hubieran ido en mi busca, la cara del chófer de la ambulancia era lo más parecido a un aguafuerte de Goya. Agustín, en pijama hospitalario, los pies en fundas de plástico, no parecía tener frío. «Allí no se puede estar», me dijo. Él, cuando la frase reflejaba algo serio, importante, irrefutable, siempre pronunciaba todas las letras, marcando cada sílaba: «no se pue estar», hubiera dicho si no. Entramos, se acostó, y me dijo que le comprara una butaca, de esas plegables, para ponerla en el patio: quería tomar el sol. El sol ya no le dio más, porque a los cinco días se apagó definitivamente. Durante esos días estuvimos atendiéndole, hasta donde podíamos, Javier Rodríguez Terrón y yo, más él que yo. Se le alimentaba con chocolate y agua. El quinto día, cuando llegué con otros, ya agonizaba, silencioso, quieto, sin sentir, a punto de la expiración.

En la lápida de su nicho (del que el año pasado fue desalojado) se grabó esta letra flamenca:

Por donde quiera que vayas

me tengo que ir contigo,

porque yendo en tu compaña

llevo la gloria conmigo.

Agustín fue una alegría, una excepción, un ser inclasificable, una sorpresa, una realidad inmudable, un desperfecto sublime, un regalo imprevisible, un punto fijo, un hálito envolvente, un misterio cercano. En suma, alguien indescriptible.

Y, pues que es así, ya me marcho, voluntariamente, sin esperar el dictamen de los dioses, tampoco el de los mortales, al monte del Fyasco. Allí, entre tantos gilipollas, mitológicos y no, me será incluso más agradable recordar a Agustín.


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FLAMENCO EN «CARMINA»
BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González
«CHIMES OF FREEDOM» POR YOUSSOU N’DOUR. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (1)
«EL MES DE LOS CARACOLES» POR ANTONIO MAIRENA. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (2)

JUAN TALEGA EN CUATRO ADARMES. Por Ramón Núñez Vaces

A Jesús Vázquez Luna, que huele a humo

Ahora en diciembre habría cumplido ciento veinte años, y en julio hizo cuarenta que murió. Da igual: valga cualquier pretexto para recordarlo, para invitar al disfrute de su cante natural y sapientísimo.

            Yo, con o sin el permiso del respetable, y mal que me pese, sostengo que cualquiera no está facultado para apreciar el cante de Juan Talega (ni el de otros y otras, añado), porque, como dijo un gran sabio, «para tener gracia se han de reunir muchas circunstancias». Y lo del cante gitano, lo de estar y ser en ello, es una gracia. Una Gracia, más bien. Despreciada por muchos, adulterada por otros, desconocida por los más. Una gracia que se tiene o no se tiene, ni más ni menos. O que te atrapa un buen día para no soltarte jamás. Pero, ojo, hablo de aquel cante gitano, de ese que murió porque no tenía más remedio, que así es la muerte natural: nada había ya que lo sostuviera, que le diera nuevas células, que le hiciera rebrotar. Nada puede vivir fuera de su medio natural (el hombre metido a astronauta sí, pero ¿es eso vida?). La consunción era inevitable, por mucho que algunos quieran, de buena fe o por los euros —no pocas veces, misteriosamente, se compaginan ambas cosas— alargar de forma artificial una apariencia de vida representada por seres y cantes que no son más que maquetas sin nervio.

     

            Juan Fernández Vargas nació en Dos Hermanas. Su padre, hermano de Joaquín el de la Paula, se había trasladado a pueblo tan pródigo en aparceros (mayetos), al resultarle más favorable para el trato de caballerías, porque Agustín Fernández Franco («Agustín Talega»), que también cantaba, y bien, era un tratante ni muy chico ni muy grande, pero por lo menos lo suficientemente dotado para sacar adelante la familia sin demasiadas estrecheces. Que Juan viviera ochenta años, diez más que su primo Enrique y casi veinte que su otro Manolito María, puede que se debiera, entre otros factores, a que sus años de niñez y adolescencia lo fueron, por lo menos, de mejor alimentación, e incluso mejor aireados. 

            El padre de Juan era tan aficionado al cante como su hermano Joaquín. Pero si éste era la «anarquía vital» —en cuanto tenía dos perras gordas ya estaba en Triana—, Agustín tenía casa donde recibir a otros cantaores gitanos de renombre, amigos suyos, de manera que Juan aprendió «lo que no había en los escritos», y nunca mejor dicho. Fue así que Juanito supo de Tomás el Nitri, de los Cagancho, de la Andonda, del Fillo, de la Serneta, de Paco la Luz… Con su tío Joaquín y Manuel Torre la relación fue, como diríamos ahora, en vivo y en directo, ¡qué maravilla, qué sueño! Vamos, que tuvo un aprendizaje igualito que el que ahora se quiere dar en los colegios a unos niños super alimentados y  ansiosos por llegar a casa y encender el ordenador, sin absolutamente nada que ver, no ya con la sociedad en que surgió el flamenco, sino incluso a años luz de la que le contempló durante algo más de cien años. O que el que pretenden impartir algunos «talleres» de flamenco para adultos (el término entrecomillado espanta, por muy léxicamente correcto que sea), a treinta y seis euros la hora.

            Juan siguió con el oficio de su padre, ocupación que fue yendo a menos a medida que pasaban los años. Camiones, furgonetas y tractores fueron sustituyendo a las bestias de carne y hueso y cuatro patas. Ya por entonces a Juan lo buscaban para cantar en reuniones y fiestas, reclamado por señores —señoritos y no— verdaderamente aficionados al cante bueno de los gitanos. Esta dedicación, durante los años cuarenta y primeros cincuenta, hizo, por un lado, que Juan, siempre admirado (mas no siempre igualmente recompensado), pudiera llevar a su hogar un dinerillo bastante necesario; por otro, que su prestigio cantaor fuera creciendo, hasta llegar a ser considerado como el heredero, o el transmisor, de los grandes cantaores gitanos de la «media antigüedad»; sobre todo, que no únicamente, por soleá, seguiriyas y tonás. 

            Pero ni se arrimaría uno a ser justo si a Juan Fernández Vargas se le calificara, e instituyera, simplemente como gran heredero y excelente transmisor. Porque si el medianillo, el imitador, el falto de sello propio, puede permanecer a caballo de la historia por unos cuantos años —y ni uno más—, los cantaores que cuando cantan sienten la sangre en la boca perdurarán para siempre en la memoria y el paladar de los aficionados (distingamos siempre entre aficionados y público).

            Porque Juan Talega aportó al cante gitano, como muy pocos otros, ese «algo» que eleva a los intérpretes a un lugar destacado, a distancia del común. Valgan unos pocos ejemplos. ¿Quién podrá cantar las bulerías de Manolito María, aquellas que empiezan: «Coje una silletita, por Dios primita, siéntate enfrente…»? (letra ésta tomada de unas sevillanas antiquísimas). ¿Quién tendrá en la voz y en el sentío el poderoso quebrao de Manuel Torre? ¿Quién como él, «el acabareuniones», la facultad asombrosa de hacer que algunos esperaran decenas de horas con tal de «cogerle bueno», es decir, enloquecedor? ¿Quién como Fernanda Jiménez Peña aquello de «en la ventanita, dejaba yo las llaves…»? ¿Y lo que le salía por soleá y por seguiriya a Juanito Mojama? Ya sabemos la respuesta, ¿verdad? Pues pasa igual con Juan Talega: él era de esos pocos que para cantar no tenían más que abrir la boca, ¡y encima siempre cantaba bien!, y muchas veces mucho mejor que muy bien. Y ni a Juan ni a esos otros hay que darles mérito alguno: cantaban así, como el agua brota del manantial. ¿Quién como él podría decir aquello de «Oleaítas del mar, que fuerte venéis…»?.

            El cante de Juan estaba ensamblado en mimbres tan  fuertes y flexibles como los de los cantaores más arriba mencionados, lo que pasa es que los grandes hacen con lo recibido de otros su sello propio, así, sin más, sin ni siquiera saberlo, dotados de cabo a rabo de su personalidad. Todo el mundo tiene personalidad, ¡pues claro que sí!, pero no todo el mundo la tiene a un nivel tan alto, encumbrado y olímpico.

***

 

 

Las majaderías que se han escrito sobre el flamenco y sus personajes no cabrían en los cajones de dos o tres cómodas de las antiguas. Una de ellas la he leído recientemente: ¡que Juan Talega no aprendió a cantar con guitarra sino ya maduro, casi viejo! Aun siendo un gran disparate merece la pena refutarlo, porque será hacerlo sobre una visión del flamenco (y me estoy circunscribiendo al gitano) que es casi la imperante, incluso entre algunos que pasan por eruditos. Visión de corto alcance, antievolutiva, de piñón fijo, de llave 10/11. Es decir, de menos vuelo que una gallina clueca.

            Está clarísimo que el cante gitano existía mucho antes de que la bajañí entrara en escena, en esa escena. La guitarra se fue incorporando al cante y al baile por medio de elementos no gitanos a medida que los calés asentados en pueblos y ciudades fueron abriéndose al resto de la población, y viceversa: lugares comunes en que se vivía, relaciones laborales y comerciales, etcétera. Como no podía por menos que ocurrir, unos y otros se influyeron, y así fue desarrollándose una correspondencia que durante poco más de ciento cincuenta años produjo, entre otras cosas, esa especie de regla de aligación, magnífica y profunda, entre cante e instrumento.

            Pero conste que al cante nunca le ha sido imprescindible el acompañamiento de la guitarra, como se puede demostrar en cualquier momento. Fueron los tocaores los que se adaptaron, en un ejercicio más que admirable, al cante; los que, inspirados en el sentir sonoro del cantaor, lograron tan inmensamente bella aportación al arte flamenco, abriendo un gran diorama del que hemos podido disfrutar durante tantos años.

            Un amigo mío añadiría que lo bueno y lo malo siempre conviven en todo tiempo y en toda forma viviente, y que por consiguiente la aportación de los guitarristas también ha servido para acelerar la deformación que, seguramente inevitable, se ha ido produciendo hasta nuestros días. Y que ha habido y hay guitarristas, famosos y no, pa matarlos. Por mi parte, y en cuanto a la trabazón cante-toque de la que han podido disfrutar aficionados y público, he de reconocer, a pesar de tener que coincidir con mi amigo, que actualmente y desde hace ya bastantes años, gran mérito tiene el cantaor que logra cantar a compás cuando es acompañado por un guitarrista que se esfuerza (¡es que se esfuerzan!) en no tener ni ritmo, ni compás ni nada de nada. Y cuando el cantaor es de la misma cuerda que el tocaor, ¡apaga y vámonos! Como diría mi amigo: transmiten menos que un cable desenchufao.

            En fin, esa atrocidad, la de afirmar que Juan no supo cantar con guitarra hasta bien entrado en años, es, por supuesto, totalmente absurda, pero es que no se tiene en pie en cuanto le escuchamos: tanto la guitarra más torpe y mostrenca como la más enjundiosa enloquecían de placer acompañando a Juan, guiándose por él, llevando a sus cuerdas el compás, la sencilla frondosidad, la cadencia y la Harmonía de su cante. Pero bueno, algunos han pisao la flor de la tontería, qué le vamos a hacer.

***     

Lo que no llegó a hacer hasta avanzada edad fue impresionar su voz. La admiración y el interés que Antonio Mairena tenía por sus cantes «transmisibles» hizo que pudieran llegar al conocimiento de los aficionados, aunque en número escaso de grabaciones; sometidas éstas, además, a las condiciones nada favorables de los estudios, tan extrañas para nuestro personaje. Sin embargo, el cante de Juan nos estremece por igual: ¡el manantial siempre fluía, puro en cualquier circunstancia! También quedó Juan registrado en aquella memorable colección de la casa Ariola que en tantas personas de mi edad hizo surgir el enamoramiento por ese arte. La participación de Juan en los festivales que entonces cobraban vida afirmó el aprecio de cuantos descubrían la figura venerable de aquel portador de la verdad flamenca.

            La relación que desde mucho antes había tenido Juan con Diego del Gastor se hizo prácticamente cotidiana en los años sesenta, cuando el antiguo tratante se convirtió en uno de los más asiduos de las fiestas, o reuniones, o juergas, que se celebraban en Morón de la Frontera, tanto en la finca del norteamericano Pohren como en Casa Pepe y otros lugares cuyas paredes, aún hoy, parecen querer transmitirnos algo de lo que presenciaron. Las grabaciones realizadas en aquellos recintos, domésticas pero de gran calidad, dan fe del capítulo más glorioso del cante gitano antes de su definitivo ocaso.

***

Ahora voy a referirme al orgullo, al amor propio que algunas veces cualquier persona ha tenido que dejar de lado porque las circunstancias obligan. Estando Juan al borde de la despedida, llegó a verlo un señorito, conocedor del trance que en poco tiempo Juan estaba llamado a cumplir. Cuando el moribundo oyó el nombre del visitante se negó rotundamente a recibirle: que no entrara, que se fuera, que no, que ni pensarlo, que de ninguna manera.

            El motivo de tan drástico rechazo se remontaba a años atrás, cuando Juan, siendo un hombre más que maduro, fue lanzado a una alberca por tres o cuatro borrachos, después de una fiesta en la que había estado cantando, como dice la letra, «por lo que me quieran dar». Uno de los «bromistas» fue el señorito que ahora quería ser recibido, puede que sintiendo un sincero arrepentimiento. Yo no lo sé. Lo que sí sabemos es que tuvo que irse sin verlo.

            La persona a la que oí el relato del suceso decía comprender la actitud de Juan, pero sólo «hasta cierto punto», pues le parecía dura en exceso, demasiado tajante, incluso desagradecida. Mas yo digo, ¿es que ni a la hora de la muerte puede uno plantarse y mandar al diablo servidumbres enojosas?.

NIÑO ELÍAS, MÚSICO («Historias de vidas»). Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004

Manos de N. Elías

Manos de Niño Elías

Foto: ODP

2004

 

En su casa siempre ha escuchado flamenco. Dice el artista: -En el aspecto del flamenco, a mi padre yo se lo debo todo-. Su abuelo era una persona muy flamenca, de dos y tres días de fiesta. Su padre, también. Los discos de pizarra giraban cotidianamente reproduciendo los cantes y los toques antiguos dentro de su casa familiar.

            -En mi padre siempre he tenido al mayor crítico. Afortunadamente me ha puesto en el camino del sacrificio porque entiende de arte, porque lo ha vivido también, porque en esas fiestas de dos y tres días él ha escuchado a una serie de artistas de la época de oro del flamenco (La Niña de los Peines, Vallejo, Tomás Pavón, Manolo Caracol, Canalejas, Sevillano, Antonio Mairena…), los ha escuchado en vida y cuando todavía todos estos grandísimos artistas estaban en su apogeo. Así que, yo he tenido una gran escuela a través del conocimiento propio de mi padre, que ha sido mi guía en el cante, más que en la guitarra, porque sin el cante no habría ni guitarra ni baile en el flamenco. El cante es el mensaje en sí. A mí me gusta más el cante que la guitarra. A mí me cuesta trabajo tocar, pero a mí lo que me importa es transmitir. Transmitir directamente lo que siento. Si no transmito con mi música, no vale para nada, lo haga más rápido o más lento; si transmite es que es buena. La necesidad de transmitir arranca del miedo y del dolor, de donde me llega una energía que transfigura algo que está en mi mente y que se transforma en arte, en algo bueno. Sentir es amar y a la vez protestar. En esa pelea, al final, yo tengo que acabar con el mando; y cuando rompo empiezo a respirar, y ahí va ese mensaje abstracto a través del sonido de la guitarra, que yo sé que no es sólo sonido sino, también, amor-.

            En el barrio sevillano de Torreblanca Niño Elías era un niño que además de jugar a la pelota, montar en bicicleta o corretear imparable por las calles, además de hacer lo propio del niño de diez u once años que era, además, tenía facilidad para la guitarra y tiempo, y ganas, para juntarse con los viejos aficionados de ese barrio que le ponían el flamenco que sabían y le contaban de Niño Ricardo, de Montoya, de Manolo Badajoz, de Sabicas, de la Alameda antigua cuando el emporio del cante, de la Triana de los corrales… -Porque en Torreblanca había mucho de la Triana de la cava de los gitanos, de la cava de los civiles, de la calle Pagés del Corro, de la calle Castilla…-.

            Aprendió mucho de aquellos viejos: – Ellos me instruyeron, gente casi analfabeta en lo que es la cultura de los libros, pero catedráticos con plaza fija en lo que es la vida, en lo que es pasar fatiga, hambre, necesidad; y me hablaron de los artistas, y de tanta muerte diaria de aquellos hombres y mujeres de una época, que ya no es ésta, afortunadamente, en ese aspecto de tanto sufrimiento para comer y poder sobrevivir, que padecieron aquellos talentos del cante de todos los tiempos-.

            Durante dos veranos, una vez por semana y para recibir enseñanzas, iba a la casa de Eduardo el de la Malena, discípulo directo de Niño Ricardo, guitarrista flamenco que vivía en la Alameda, sobrino de la bailaora La Malena: -De ahí me viene mi forma de tocar de los tocaores antiguos-.

            Con 17 años su primo Juan le presentó al maestro Mato y él recuerda que conocer a aquella figura señera, a aquel artista, le permitió ver que el camino de la música era el que tenía que seguir. En la memoria le ha quedado a Niño Elías la imagen de aquel adolescente boquiabierto que, tan atentamente, escuchaba lo que el maestro le contaba sobre la América de Frank Sinatra o María Callas. Con el maestro Mato aprendió sobre la grandeza de lo que puede llegar a ser una persona en el mundo de la música con el conocimiento y con la afición, y que, al mismo tiempo, para llegar a expresar en el arte un mensaje han de tenerse unas cualidades específicas para lo musical.

            Niño Elías sólo le tiene miedo al camino de perdición que lleva a los seres humanos a la sinrazón de tener para ser. Afirma no alabar la materialidad y que sólo coge de la vida lo que le sea necesario. Y nosotros le creemos.

            -Yo en medio del campo me siento fuera de las leyes de los hombres, porque la ley de la naturaleza es la transparencia, ésta es mi conclusión. A los que tenemos los sentidos abiertos para sentir nos llena tanto el viento, el sol, el agua o las estrellas del firmamento como un cante por seguiriyas o un poema. A mí lo que me gusta es la naturalidad y la pureza. Siento la necesidad del arte porque es una de las vías puras de las abiertas por el hombre para llegar a su libertad en este mundo, mientras viva en él-.

            -El arte tiene que llevarse siempre por el buen camino, porque por el mal camino a dónde se llega no es a la libertad sino a la tiranía, aunque yo, desde luego, nunca he conocido un artista que lo sea de verdad y que sea un tirano-.

 

Niño Elías

El guitarrista

Foto ODP

2004

LOS TALENTOS: EL ‘PATCHWORK’. Olga Duarte Piña (2009)

 

 

Paisaje alcalareño desde La Retama

Foto: LGV/MHM

2009

  

La canícula ya se ha retirado de esta orilla del río. El paseante ha decidido dejar su casa y refrescarse por los antiguos caminos que, afortunadamente, han sido recuperados. Mientras camina se pregunta sobre lo que ve: la combinación de los elementos en el paisaje. Ahí está, pensativo. En su mente cual estampas quedan grabados un castillo con casas desparramadas sin orden ni concierto por sus laderas, un dragón (según el diccionario de la RAE: «animal fabuloso al que se atribuye forma de serpiente muy corpulenta, con pies y alas, y de extraña fiereza y voracidad») que a éste le parece, más bien, una serpiente de agua. Además, encuentra, un voluminoso edificio que será destinado ¿a teatro?, ¿a auditorio?; también, abandonadas construcciones y, quizás, algo más que no quiera guardar en su memoria. Se pregunta para sí, apesadumbrado, quién habrá diseñado todo esto, qué personas se han encargado de tener en cuenta la armonía como elemento del paisaje. A sabiendas de que vive en la «Ciudad de los Pintores» y la «Ciudad de la Cultura» (es eso lo que leyó en internet antes de trasladarse a vivir a este lugar) no alcanza a comprender cómo una ciudad con tales calificativos puede acabar resultando tan kitsch; o, más bien, resultar una inmensa colcha patchwork, es decir, una colcha hecha a base de retales. 

            En la colcha alcalareña está el retal de la avenida Santa Lucía que nada tiene que ver con los retales que forman los barrios aledaños y menos aún con la hórrida reforma de la calle Silos, aunque ésta sí haya seguido la estética rompedora del entorno del puente del Dragón, pero ninguno tiene nada en común con la calle Mairena o con la plaza de la Almazara y ya veremos los retales que se añadirán tras la reforma de la avenida Antonio Mairena o de la calle Duquesa Talavera; sin decir nada de todo el conjunto de farolas y bancos para cada trozo. Le avergüenza y le da rabia que, después de treinta años, con un mismo gobierno en el poder éste sólo haya sido capaz de hacer una colcha patchwork.

            Desgraciadamente transitar por Alcalá, a pie o en vehículo, provoca desazón. A este pueblo lo único que lo salva es aquello que, afortunadamente, los gobernantes han decidido mantener como el parque, los molinos, los caminos (aunque las más de las veces se encuentren en ellos bastantes basuras, incluyendo en éstas a las pintadas).

            El paseante se queja para sus adentros y piensa que en Alcalá impera lo nuevo, que los elementos del pasado son reductos, souvenirs, algo que decora la suma final de los retales; que aquí, desgraciadamente, no se ha tendido a una coherencia entre el pasado y el presente.

            El paseante ha conocido en una revista llamada «Escaparate» que por aquí pasaron y vivieron artistas e intelectuales. Recuerda algunos nombres: Claudio Guerin Hill, José Becerril, Luis Cotán, Ignacio del Río, … y querría conocer a los que hoy en día hacen arte y sobre los que ha leído o visto algún trabajo: pintores, fotógrafos, escritores, cineastas…; piensa que Alcalá ha tenido y tiene de sobra para eclosionar culturalmente y concluye que, aquí, a los creadores e intelectuales, se los tiene tapados bajo la colcha. Qué desaprovechamiento!

            Saliendo ya de las reflexiones del paseante, me permito elegir uno de los artistas, al azar, que ha recordado: Claudio Guerin Hill, por el cual existe una calle y un cine-club municipal, pero sobre el que no existe mayor interés más allá del uso de su nombre. ¿Se han intentado recuperar sus películas, hoy en día descatalogadas, remasterizarlas y volverlas a sacar al mercado? ¿Qué se sabe sobre esos intelectuales, aquéllos que dedicaron su labor a Alcalá? ¿Y de los actuales? ¿Qué saben nuestros escolares y bachilleres de la historia local, de los personajes imbricados en la cultura, el arte o la política de nuestro pueblo? ¿Alcalá-Educa? ¡ja, ja!

            Sería interesante que a cada pintor, escultor, fotógrafo, escritor, actor o cineasta, de los que residen en Alcalá, bajo el patchwork, se le animara para que indagase sobre los que le precedieron, y se organizaran jornadas culturales dedicadas a la labor de uno y otro, y a establecer relaciones entre ambas cosmovisiones.

            Creo que fue León Tolstói quien dijo algo así como «describe tu aldea y la harás universal», con esta idea termino.