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UN NOBEL, UN TRAPO Y UN MINISTRO. Por Parco Lacónico

 

La visita al hospital
Luis Jiménez Aranda
1845-1928

 

El investigador británico Richard J. Roberts, premio Nobel de Medicina en 1993, se ha explayado en una entrevista de la que no hay referencia en los medios de ocultación españoles (que son todos menos este bihebdomadario [La Voz de Alcalá] que está leyendo). La relación podría ser prolija, pero vamos a quedarnos con sólo dos frases. «Curar enfermedades no es rentable para las farmacéuticas». (Y aporta pruebas de cómo no se financia la investigación en ese sentido, sino sólo para crear nuevos medicamentos). «¿Hasta qué punto es válido que la industria de la salud se rija por los mismos valores y principios que el mercado capitalista, los cuales llegan a parecerse a la mafia?». No se preocupen, no lo van a ver en la televisión. En ninguna.

            En algunos balcones de pueblos y ciudades de España pudieron verse el pasado día 9, y más, banderas de la Comunidad Europea, esa de tantas estrellas, porque era su día. Un día en el que, a la vista de tan funesto símbolo, pudieron oírse palabras gruesas, algunas incluso dirigidas a los propietarios de los balcones. No hay que encolerizarse, pero es que eso de las banderas europeas, con lo que estamos soportando casi todos (los de los balcones quizás no) suena a regodeo. Y, por supuesto, a falta de solidaridad, nacional y europea.

       Las declaraciones del ministro del Interior sobre el aborto y ETA son totalmente irreprochables y consecuentes. Es, en serio, un admirable seguidor de su admirado Escrivá de Balaguer. A Fernández Díaz deberían canonizarlo ya, antes de que se muera.

 

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DON ANTONIO POR SEVILLANAS. Por María del Águila Barrios (con foto de Alberto Mallado 2013)

 

DON ANTONIO POR SEVILLANAS Foto Alberto Mallado 2013Antonio Gutiérrez Limones, Alcalde de Alcalá de Guadaíra

(Foto: Alberto Mallado en GUADAIRA-INFORMACIÓN)

2013

 

(Carta suscitada por una foto)

¡Cómo mira, chiquilla! ¡Si parece un miura, ay, a punto de embestir! ¡Y qué mirar más misterioso pone don Antonio! Y una se pregunta: «¿Y en Madrid, qué baila?». Y contesta otra: «En la capital va al tenis con don José Bono». «Ah, comprendo. Es que es un hombre de mundo».. Y alguien duro de oídos pregunta: «¿Inmundo?».

De casi todo puede encontrarse dentro de don Antonio, de todo en su bagaje de transformista, en su inacabable catálogo de disfraces, en sus maletas y maletas de máscaras, en sus muchos y muchos cargos retribuidos, en su cara dura, pero, bueno… ¡mírala cara a cara que es la primera! ¡Qué desplante! ¡Cómo mira el bailarín a la flamenca! ¡Mezcla de toro y torero! ¡Qué bravura, qué talle! ¡Qué trajeado y sin corbata, como los dueños de la noche y de la fiesta! ¡Ay, don Antonio por sevillanas, cuánto suspiramos ante tu arte, tu gracia y, sobre todo, cuánto suspiraremos con lo que nos has dejado, y vienes dejando, imparable, de lastre, de afeamiento, de heredad arruinada mientras exhibes sin rubor tu frivolidad!

         ¿Has mirado alguna vez cara a cara a los que no te pelotean? ¡Si no se te ve en Alcalá desde la última vez que la mayoría de los alcalareños no te votaron, cuando tus medios de propaganda sacaban tu palmito ante los micrófonos y las cámaras de fotos y de video!

Alguien me señala que en Navidades y en primavera se te ha visto en La Plazuela entre extraños disimulados buhoneros, truhanes y mercachifles, que tu Ayuntamiento contrata ni se sabe bien por qué, ni cuánto nos cuesta, ni para qué sirve contratarlos con sus ponis y barquitos de piratas.

 Ah, don Antonio, en Alcalá sólo se te ve entre tus vasallos medievales, y en ese rostro tuyo puede apreciarse que te da gusto. Mientras tanto la vida aquí cada vez es más ingrata. Tus ciudadanos andan bien perjudicados en sus vidas cotidianas, mientras tú te concentras con la rociera en la puerta de tu cortijo. Tú te preparas para tu feria. Tú, cuando te miras en los espejos te ves tremendo y así te ves y miras, transformado en varonil junco de tu realidad irreal, aunque de efectos devastadores entre los vecinos, que no somos los tuyos, porque tú  no estás aquí, tú estás donde te da la gana, pero no aquí. Eres como un holograma de Alcalde.

        Vamos comprobando que tú vas por la vida alegremente, y que el éxito te sonríe, pero a ti te da igual el sufrimiento de los demás. Esa conducta evidente con la que te pavoneas es de una enorme crueldad, don Antonio.

Algún día, cuando hayan pasado los años, o no se sabrá nada de ti o harás como si nada hubiera ocurrido bajo tu disfraz de viejecito inofensivo entre los damnificados de tu ceguera, y tal vez no tengas nada que temer.

 

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VERGÜENZA NOS DA. Por Joaquín de Grado

 

37 Goya (Los caprichos)De Los caprichos

Francisco de Goya

1746-1828

 

En abril de 2002 se produjo un golpe de Estado en Venezuela, que no triunfó, para gran disgusto del Imperio y de todos sus gustosos vasallos, con Aznar y Blair a la cabeza (que algo o mucho tuvieron que ver con la intentona). Chávez volvió entre los brazos del pueblo al Palacio de Miraflores para proseguir la tarea, propia de titanes, de liberar a Venezuela de tantas y tan denigrantes servidumbres, y además para edificar la reunión cooperadora de la América que estuvo bajo España y Portugal. Pero que ya no está. Ni quiere estar bajo nadie. Así que la «mediación» entre el presidente ganador y el candidato derrotado (un comprobado golpista de mucho cuidado), a la que con la peor intención se ofrece García Margallo (avergonzándonos a los españoles de bien), no es que sólo haya sido rechazada, sino que lo han mandado adonde picó el pollo, lugar que no sé por donde cae.

        En Venezuela se libra desde hace años una batalla extremadamente aguda, en la que ninguna de las partes puede renunciar al triunfo. Una, para que el pueblo viva dignamente. La otra, porque lampa por recuperar e incrementar los privilegios y el mandato de Washington. Y ahí se presenta García Margallo, a ayudar al golpismo. Puede que también se permita recomendar a Venezuela el modelo español. En todo: democrático, económico, judicial. ¡Pobrecitos míos, los venezolanos, si nos copian!

      Si yo dijera aquí lo que creo que es el ministro García Margallo transgrediría la legislación española (que no la venezolana) sobre la libertad de expresión, así como la saludable norma de no decir esas cosas en público.

 

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CORTAR EL NUDO. Por Rafael Rodríguez González

 

Alejandro cortando el nudo gordiano, de Jean-Simon Berthélemy (1743–1811)

Alejandro cortando el nudo gordiano

Jean-Simon Berthélemy

(1743–1811)

 

Todo está atado y bien atado. Es una frase que se le atribuye al anterior Jefe del Estado. Sea o no cierto que la dijera (seis palabras seguidas era mucho para él), ha sido y es una realidad. Ha seguido rigiendo la oligarquía económico-política, sólo que de un forma mucho más descarada que en tiempos de Franco, y el pueblo, del que forman parte las llamadas capas medias —de todos modos tan heterogéneas— y los que no tienen más que su fuerza de trabajo para venderla (aunque muchas veces se crean otra cosa), sigue apechugando con todo. Atado y bien atado.

         Y no porque el Desalmado de El Pardo tuviera una inteligencia superior, sino porque aquí todos los que fulgían en el mundo de la política estaban atados a algo o por algo. Y siguen estando. En el terreno de los oligarcas estaba clarísimo: cambiar lo imprescindible para poder seguir entronizados. Para la socialdemocracia, lograr todo lo que se pudiera para jugar el papel de alternancia, de modo que se conjurara cualquier peligro proveniente de su izquierda. Por su parte, los dirigentes del PCE, y no pocos de sus militantes, enfrascados, y por tanto atascados, en el sueño de reemplazar a los socialdemócratas como fuerza respetable, responsable y evolucionista. (La actuación en Portugal de la OTAN y los «recién creados» socialdemócratas servía de lección a todos, para algunos de manera vergonzosa).

     Desde antes de la muerte del Alevoso, la izquierda que luego trocó en llamarse «transformadora» (en realidad transformista), renunció a la imprescindible labor pedagógica por medio del estudio de las teorías y la historia, y a la educadora por medio de la práctica. ¡Fuera, nada de eso!, sino mera y ciega dedicación a las elecciones y, cómo no y en consecuencia, a la lucha interna por los cargos, siempre disfrazada esa lucha —algunos creyéndoselo— de pugnas ideológicas. (Todo esto está dicho con trazos bastos, pero es así).

         Y la fuerza se pierde, el nervio se afloja, el cerebro se acomoda. Y se abandonan sanas conductas, y se rechaza el análisis riguroso, y hasta se reniega de los objetivos. Hasta que el magma se convierte en fría escoria, paralizada, inútil. En residuo impuro.

         Y ahí estamos. Por ejemplo, en un 1º de Mayo en que las dirigencias sindicales se desgañitan pidiendo al Gobierno —que es lo mismo que rogar a la gran oligarquía, española y europea— que afloje la presión, que pacte, que tome otro rumbo económico. Los asistentes a las manifestaciones no saben muy bien qué es lo que hacen en ellas, salvo que es un medio para expresar su protesta. Porque ni desde las tribunas discursiles ni desde ningún partido se dice algo que organice, que oriente, que dirija hacia la consecución del imprescindible objetivo: hacer caer esta ruina. Todo lo contrario: todos se esfuerzan en apuntalar la ruina. Lo peor es que pasa lo mismo en toda Europa, salvo honrosas pero arrinconadas excepciones. Todo está atado y bien atado.

         Pero nudos más fuertes se han cortado. Recalco: cortado.

 

GEOMETRÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

Newton por por Paolozzi 1995

Newton

Eduardo Paolozzi

1924-2005

 

«Geometría significa medición de la tierra», nos decían cuando, con muy pocos años, iniciábamos su estudio. Y no había lugar más apropiado que comprobar la certeza de esta definición en las huertas levantinas, que tan a mano teníamos, constituidas por pequeñas parcelas que dibujaban infinidad de figuras geométricas, regulares e irregulares. Después insistían en el valor formativo del estudio de esta disciplina matemática que nos enseña a razonar por el simple método del encadenamiento de ideas, y en su importancia práctica para todo tipo de mediciones (longitudes, áreas, volúmenes). A continuación, sus pioneros: a Tales y Pitágoras (y sus teoremas) sucedían Platón —que grabó en la fachada de su casa esta frase: «No entre en mi casa nadie que no sepa Geometría»—, Euclides, profesor de Matemáticas en Alejandría y autor de los célebres Elementos —quien, como un impertinente le preguntara para qué servían sus demostraciones, sin inmutarse rogó que le dieran unas monedas y se fuera, pues no buscaba el saber, sino otras cosas—, Arquímedes y otros.

 

        Como ciencia pura y especulativa la Geometría es obra del espíritu griego. Mas ¿a qué obedeció su invención? Heródoto (II, 109) ve razones prácticas (canales, producción agrícola y fiscalidad) en su nacimiento y dice:

 

         «El rey [Sesostris] parceló el país por esta razón: cuantos egipcios no tenían sus ciudades junto al río, sino en el interior, ésos, siempre que se retiraba el río, como carecían de aguas utilizaban esas bebidas, bastante saladas, que sacaban de los pozos. Por estas causas, pues, fue parcelado Egipto. Y también contaban [los sacerdotes] que el citado rey repartió el país entre los egipcios, dando a cada uno como suerte un tetrágono igual, y que a partir de ahí fijó los ingresos, pues ordenó que pagara un tributo anualmente. Mas si el río se llevaba parte del lote, éste, habiéndose presentado al mismo [rey], le explicaba lo sucedido y el rey enviaba personas que inspeccionaran y midieran (es decir, geómetras) cuán inferior en extensión había devenido la tierra, a fin de que en el futuro pagara según la proporción de la contribución establecida. Y me parece que, inventada desde entonces la Geometría, llegó a la Hélade…».

 

ACCIDENTES. Por Parco Lacónico

 

harineradeláguilaM.V.2013Foto Manuel Verpi 2013

 

Dicen que los más de 300 muertos en el edificio Palma Plaza de Dhaka, en Bangla Desh, se ha debido a un accidente. Igual que los 112 en Tazreen, en 2012; o los 25 también en Dhaka, en 2010, o los 18 en 2006 y los 25 en 2005, todo en esas ciudades donde se concentran muchos de los subcontratistas de las grandes marcas de ropa que emplean a decenas de miles de personas con salarios de hambre (ya estamos llegando a eso aquí) y las más pésimas condiciones en todos los aspectos. El progreso del mundo es algo indiscutible.

        En El Correo de Andalucía: «Detenido un policía local por presuntos malos tratos a su pareja». Habida cuenta de que, en general, todos los miembros de las policías van en pareja (las más famosas son las de la Guardia Civil), dicho titular induce directamente a pensar que un policía ha maltratado al que va de pareja con él. Después, en el texto, se descubre que no, que presuntamente ha maltratado a su mujer. Pero, ¿por qué hay que destacar que el presunto es policía? ¿Es que acaso en otros casos se dice que el maltratador es carpintero, o taquillero de la Maestranza o del cine tal o cual, o trabajador de la Renault, o recolector de corcho?

        Una señal del esperpento en que vivimos es que Martínez Pujalte, ese histrión televisivo en histriónicas teletertulias televisivas, ese que para mí es un cachivache (ver el diccionario de la RAE), sea el portavoz del PP de asuntos económicos en el Congreso de los Diputados. Es doctor en Ciencias Económicas, pero me gustaría conocer al que le apañó el título.

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GENTE INFRECUENTE (y III). Por Rafael Rodríguez González

 

https://www.youtube.com/watch?v=Y7QLIfX8uuw

 

Mi tía Guadalupe, hermana de mi padre y de dos hermanos más, nos contó a tres de sus sobrinos las andanzas de Francisco. Yo creo que al que principalmente dirigía el relato era a mí, porque era el más chico de los tres, y quizás también porque fuera su preferido, tal vez por aquello de que al más raro se le quiere más, o algo así, no recuerdo bien el dicho o el refrán. Es lo mismo que me pasaba con mis abuelas y demás parientes mayores, tanto de primero como de segundo grado, y eso que yo era un poquito arisco. Lo de raro ya lo he dicho.

 

         Todo sucedió en Aracena, donde mi tía vivía desde pocos años antes, al  haberse desposado con José Porrino, una persona de la que decir que era excelentísima sería casi no decir nada. Ya habían tenido dos hijos, José Rafael e Isabela, muy pocos años menores que yo. No sé si su madre, mi tía, les llegaría a contar la historia de Francisco. Es difícil asegurarlo, porque las madres, y las tías, a veces parece que actúan dentro de un desorden al que no se le encuentra una explicación razonable.

 

         De haber sido sevillano, o de cualquiera de los pueblos que alimentan a la ciudad de Sevilla, tan sevillana ella, Francisco hubiera sido Currito, o Frasquito, o Paquito, o Francisquín, e incluso Currichi o Currón. Pero en la sierra la gente es más seria y adusta, sin que eso sea impedimento, yo creo que más bien lo contrario, para que la bonhomía sea, o al menos fuese en aquellos tiempos, característica principal de la inmensa mayoría de los habitantes.

 

         Francisco siempre llevaba una gran talega, e incluso dos, con frutos del tiempo: si en agosto, uvas e higos; membrillos en septiembre; en noviembre, diciembre y enero, nueces, castañas y bellotas. Todo para su propio consumo, que Francisco era voraz en extremo, pero los chiquillos siempre se veían beneficiados a su paso. Los que se quedaban con tres palmos de narices, o de hocico, eran los perros y los gatos que se acercaban a lo que Francisco tiraba al suelo, que eran cáscaras sin provecho. Pero eso era hasta que Francisco salía de Confitería Rufino: al rato había perros y gatos que se esforzaban por espantar a otros para poder aprovechar, a lametazo limpio y duro, cuando no engulliéndolos directamente, los papeles de las magdalenas que Francisco iba deglutiendo. A mí me resultaba chocante que Francisco tirara los papeles de las magdalenas, aunque cuando mi tía dijo que eran docenas comprendí que los papeles no les resultaban imprescindibles a Francisco. Hasta los más ansiosos tienen la posibilidad de llegar al hartazgo, salvo, por lo que se ve, en cuestiones de dinero.

 

         Para que Francisco se sintiera ahíto se requerían, en conjunción podríamos decir que simbiótica, horas y kilos. Era raro cruzarse con Francisco sin que estuviera comiendo: frutos del campo, bocadillos y magdalenas se le juntaban en el estómago de tal manera que, al menos cuatro o cinco veces al día se le veía bebiendo en la hermosa fuente de la hermosa plaza de la hermosa Aracena. Muchas veces, cuando ya el agua había cumplido sus funciones, se le veía irse, casi corriendo, a su pobre domicilio: los intestinos necesitaban hacerle sitio a la carga que Francisco iba a tardar bien poco en suministrarles.

 

         Decía la madre de mis primos que un día comió tanto, tanto, que pidió  ayuda para llegar a su choza, porque le resultaba casi imposible moverse. Pero no se piense que Francisco estaba gordo, sino que aquella mañana se hallaba repleto y la comida, estancada, ni iba para abajo ni para arriba. Por algún sitio rompería, qué duda cabe. Pero no hubo testigos de si por abajo, si por arriba o por ambos sitios a la vez. Era más bien delgado, de estatura media y muy ágil. Si no hubiera sido porque Francisco tenía un metabolismo a prueba de atracones quizás hubiera llegado a rodar por las cuestas de Aracena. Y por el valle sevillano le habrían podido llamar el Bola.   

 

         Otro de los manjares para los que Francisco hacía trabajar sus jugos gástricos eran los huevos duros. No es que llegara a comerse de una vez tantos como Paul Newman en «La leyenda del indomable», pero, según mi tía, que afirmaba no conocer la procedencia de tantos huevos duros, no le andaba muy a la zaga. Ya en aquel tiempo, por arisco y raro que yo fuera, no se me escapaban algunos detalles. En el corral del molino de aceite del que José Porrino era propietario, había muchas gallinas y, por raro que parezca, muchos huevos. Yo siempre he pensado que los huevos duros que consumía  Francisco procedían de las gallinas de mi tía, y que incluso los cocía ella.

 

         Me hubiera gustado ver alguna vez a Francisco, pero no pudo ser, porque mi abuelo nos llevaba a la bella Aracena muy de tarde en tarde y eran visitas de ida y vuelta en un día. He de confesarlo: nunca he pasado una noche en Aracena. Con lo fresquito que se tiene que dormir. Es una de las grandes frustraciones de mi vida. Y no son pocas.

 

         Pero yo, tan raro y tan arisco, tuve la perspicacia de preguntar a mi tía sobre, como diríamos ahora, los ingresos de Francisco, porque tanto comer habría que pagarlo con algo, es decir, con dinero. Y entonces mi tía descubrió el misterio. Resulta que Francisco vendía papeletas de descuento para entrar a la Gruta de las Maravillas, y lo mismo para comer en el Restaurante Casas (donde ponían los mejores huevos a la flamenca que imaginarse pueda), comprar en la Confitería Rufino (la mejor de las mejores en cientos de kilómetros a la redonda) y beber y tapear en la taberna de Gómez, donde el mejor tinto de Badajoz dejaba la lengua como una lija para las uñas, ligero resquemor que las lascas de jamón aliviaban sublimemente (esto lo supe ya de más mayor).

 

         De manera que los turistas, tanto españoles como extranjeros, no todos, pero sí los que consultaban a los aracenences acerca del personaje, les daban a Francisco las pesetas que pedía por aquellos «bonos-descuentos» que, por supuestísimo, atesoraban la misma validez que una promesa electoral.

 

         Pero tenía que haber alguna explicación para el consentimiento de las actividades financistas de Francisco, porque ya sabíamos los sobrinos, incluso yo, el más chico y raro, que el proceder que linda o incurre en estafa está inmerso en la consideración de delito y por tanto es perseguible, imputable y condenable, y no sé cuántas cosas más. (Después supe que había que añadir a ese lío unas palabras: «según y conforme»).

 

         Preguntamos (en realidad fui yo quien pregunté), y mi tía lo aclaró todo.

 

         Si Francisco gozaba de tanta permisividad (no sólo para «engañar» a los turistas, sino también para disponer de frutos campestres con dueño) ello se debía a la realización de un hecho heroico.

 

         Fue que una niña, descuidada por sus padres mientras visitaban Las Grutas, cayó al mayor de los lagos que allí se hallan. Francisco, al que como otras veces uno de sus tíos (uno de los porteros y cicerones, el único normal de la familia) había dejado entrar, no dudó en tirarse al agua y rescatar a la chiquilla.

 

         Desde aquel día, Francisco gozó del respeto y admiración de los aracenences, y tuvo las puertas abiertas (aunque el campo no tenga puertas) en todas las fincas del término, así como lograba obsequios de distintos establecimientos, o, por lo menos, abaratamiento en sus compras.

 

         Francisco se moriría, como todo el mundo, pero, por lo que contaba mi tía, yo deduzco que harto de comer. Y bien merecido se lo tenía.

 

grutadelasmaravillasaracena

Gruta de las maravillas

Aracena

 

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GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)

 

PINTURA DE RAFAEL LUNA CON TEXTO DE TOMÁS VALLADOLID BUENO. Calle Gandul de Alcalá de Guadaíra (acrílico sobre lienzo)

 

callegandulRAFAELLUNA

 

Un domingo de otoño del año 1989, a mi llegada a Alcalá, tras un largo viaje desde las lindes de Jaén con Albacete, enfilé la calle Gandul con mi Ford Fiesta 1.1 de color azul cielo y con matrícula J-168-I. Llegando casi al final, en el ensanche de la calle, un poco más abajo de donde se encuentra el auto verde del cuadro, aparqué en batería. Saqué las maletas y bajé andando hacia La Plazuela. Me pregunté si al día siguiente, lunes, abrirían la pescadería, porque allí enfrente, en la casa que bifurca la dirección, en esa que está pintada de amarillo con zócalo oscuro, allí había una pescadería, y en ella una pescadera muy amable y guapetona que uno de aquellos días de trabajo me dijo: «puede, puede usted aparcar, mi alma, que a mí no me estorba; además, ya vio usted lo que pasó con la tormenta, que aquí no se inundan los coches como ahí en La Plazuela». Antes de subir al piso en el que yo vivía, un tercero del bloque situado entre la farmacia y el Bar España, entré a tomar algo en la cafetería de la esquina, no la de La Granja Mari, sino la que había pegada a la tienda de mercería donde el público era atendido por dos jóvenes hermanas. No recuerdo el nombre del local, pero sí guardo la imagen de una barra situada a la derecha de la entrada y y una planta superior donde no había nadie, tal vez en solidaridad con la planta baja: solo una persona más y yo nos encontrábamos en la cafetería. Lugar oscuro, algo tétrico, como si los divertidos espectros de un pasado más feliz hubiesen comenzado a abandonar el sitio. Así que ni encendí el cigarro, me tomé rápido la bebida, pagué y salí junto a una de aquellas lindas fantasmas que, entre risas, le decía a una de sus amigas: «Canija, ven conmigo al quiosco, que quiero comprar Marlboro». En ese momento, fui yo mismo quien se evaporó en busca de una ducha que me relajase después del viaje.

            Más tarde, ya en estado sólido, salí de casa camino de aquel pub al que llamaban El Buy, y que para muchos de nosotros era un verdadero hábitat y no solo un local de copas, música, compañía, conversación, etc. Y en una de sus paredes recuerdo que colgaba un cuadro con la firma de Rafael Luna. Pero ahora que lo pienso, no sé si lo recuerdo o lo quiero recordar o es que ahora estoy allí sentado entre el Fafi y Juan Enrique, charlando nosotros y a la vez con Rafa: tarde-noche de inocentes bromas, de cómplices miradas y de una amistad sobrevenida en el destierro del alma.

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

 

GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)

 

 

sintítuloRAFAEL LUNA

 

 

De entre los hasta ahora mil quinientos veintitrés escritos que he dedicado a los tontos de mi pueblo, textos en que se alude tanto a los que saben que lo son como a los que se sentirían ofendidos si se les dijera que lo son (estos constituyen la inmensa mayoría del total), recupero uno que no podrá molestar a nadie, sencillamente porque el sujeto al que se refiere murió allá por la mitad de los años veinte, cuando reinaba Alfonso XIII y mi abuela Reyes era una mujer de treinta y pocos años. Además, Antoñito Quienes no tuvo descendencia ni apenas parientes, con lo que no tiene más trascendencia que la que aquí le demos. Aclararé, antes de continuar, que Antoñito Quienes no era el apodado Ñuguito, aquel que se pasaba todo el día en la calle restallando un pequeño látigo, y al que también me he referido en alguna ocasión. Eran coetáneos, pero el Ñuguito era uno y Antoñito Quienes era otro. Lo recalco porque hay mucha gente que considera que todos los tontos son iguales. Nada más lejos de la realidad.

 

         Especifiquemos, y para hacerlo dividamos la población en tres grupos: los que no son tontos, los que lo son pero no lo saben, y, por último, los que lo son oficialmente, por así decirlo. De las tres especies, la que más variedad nos ofrece es la tercera. Que todos sus individuos tienen un denominador común es completamente obvio, pero también que cada uno de ellos tiene una personalidad única e inconfundible. Esto no sucede en las otras dos congregaciones, cuyos individuos se distinguen muy poco entre sí, adoradores como son de la norma. Además, la frontera entre los que no son tontos y los que lo son pero no lo saben es siempre muy tenue, de modo que no son pocas las ocasiones en que no se sabe si este o aquel individuo pertenece a una u otra fracción. Con los tontos oficiales no hay ese problema. Y, por cierto, es el único conjunto merecedor de respeto, per se.  

 

         Pero avancemos, que no es cosa de enfrascarse en asuntos científicos, al menos en esta ocasión.

 

         Yo no me creía lo que contaba mi abuela, porque si todos los cuentos eran mentiras, lo lógico sería que todo lo que contaban las abuelas fuese mentira. Pero como mi padre, mi madre, mis tías y algunas personas más, todas ellas de confianza, me aseguraban que sí, que aquello era verdad, pues acabé por creerlo. Y hoy estoy más convencido que nunca de que así es, porque lo que uno ha visto a lo largo de la vida deja en pañales lo de Antoñito Quienes. Y lo de bastantes más.

 

         Tampoco es para tanto, como veremos enseguida. Antoñito era de una familia muy conocida, respetada e incluso temida. De buena posición económica y de extremada religiosidad. Quienes no era su apellido, que de todos modos no revelaré, sino el mote (antes todos los tontos oficiales tenían mote). Se debía a que la primera vez que le amenazaron con que le quitarían las latas él preguntó, en tono retador: «¿Quiénes?». (Cuando durante el larguísimo proceso de elaboración de este texto le comenté a un mi amigo lo de los motes de los tontos oficiales, él me dijo que ahora no tienen motes, sino cargos, con lo que me quedó claro que no se había enterado de lo que yo le decía, porque ese mi amigo no distinguía bien entre los oficiales y los no catalogados).

 

         Pues bien, Antoñito Quienes estaba casi todo el día por la calle, igual que el Ñuguito. Pero si éste andaba hora tras hora dale que te pego al látigo, Antoñito llevaba atado con una guita a su cinto un manojo de latas de más o menos volumen que, llegadas a la altura de su rodilla derecha, sonaban a poco que su portador se moviera. Era un sonajero andante, una alarma transeúnte, un aviso itinerante.

 

         «Ea, ya viene ahí el tío de las latas», decía alguna gente cuando le oía acercarse. «Yo no sé por qué la familia no lo tiene arrecogío», piensa en voz alta alguna vecina. «¿Qué quieres, que lo metan en el manicomio?», manifiesta otra comadre, más indulgente.

 

         Como son tantos días, meses y años los que Antoñito Quienes lleva haciendo ruido mientras transita por las calles de Alcalá, casi todos los vecinos han dejado de quejarse, y todo lo más se miran cuando sienten sonar las latas. Los hay que reprenden a sus niños o a alguien que hace, circunstancialmente, mucho ruido: «Anda, que formas más escándalo que Antoñito Quienes».

 

         Antoñito no se mete con nadie, ni tiene explosiones que le hagan violento en ningún sentido. Él sólo da la lata con las latas, pero eso, ya digo, es ya un hecho consuetudinario completamente asumido, tanto como los cagajones de burros y mulos y las hileras de virutillas de las cabras. Pero…

 

         Su padre le tiene dicho a todos los taberneros de Alcalá que mucho cuidado con proporcionarle a Antoñito cualquier clase de bebidas. El padre puede hacer pasar apuros a quien contravenga sus indicaciones. Pero el caso cierto es que de vez en cuando, aunque muy de tarde en tarde, Antoñito Quienes aparece ebrio por las calles más habituales de su tránsito.

 

         La imbecilidad de Antoñito no podía dejar de surtir sus efectos al ligarse con el alcohol. (Y aquí podríamos recomenzar con lo de los que lo son, los que no lo son, los que no lo saben, etcétera). Entraba en cualquier taberna y se metía por enmedio de las reuniones, diciendo a toda voz cosas ininteligibles, se bebía los vasos de los reunidos, prodigaba gestos que podían mover a escándalo… Y así hasta que, advertidos, aparecían su padre y su tío y lo retiraban de la circulación.

 

         No quedaba ahí la cosa porque Antoñito Quienes, como tantos hijos de familia (de los que son, de los que no lo son, de los que no lo saben), sentía atracción por las mujeres, y, alguna que otra vez, todas ellas estando bebido, había asustado a algunas féminas, sin que la cosa nunca pasara a mayores, salvo aquella en que una joven señora casi le rompe el paraguas en la cabeza, o la cabeza a paraguazos.

 

         Antoñito murió joven, y poco hay que destaque en su existencia fuera de su cotidiano paseo con las latas prendidas y sus muy eventuales episodios de embriaguez. Como todo tonto oficial que se precie (pero hay excepciones) nunca trabajó ni desarrolló actividad física alguna, salvo las más indispensables, y tampoco todas. Sí tenía otra costumbre cuyo ejercicio era cumplido con todo rigor: santiguarse cuatro o cinco veces frente a cada establecimiento religioso de la localidad. Por eso iba diariamente hasta el más lejano, la ermita de San Roque.    

 

         Un día le dijeron al padre de Antoñito Quienes quién era el que se divertía suministrando alcohol a su hijo. La paliza que el progenitor propinó al cobarde sinvergüenza y seguro integrante del grupo de los que no lo saben, ha quedado en los anales. Al padre de Antoñito no lo molestaron, gracias a su posición. («Algunas veces, aunque sean pocas, se alegra una de algunos privilegios», decía mi abuela).

 

         Pero aquel mismo día, que era domingo, Antoñito Quienes subió a la torre de la iglesia de Santiago el Mayor. Como siempre, con el permiso del sacristán o del cura. Con sus inseparables latas, por supuesto, pero esta vez bastante ajumado. Al bajar se le desprendieron las latas, se enredó en ellas y fue golpeándose en cada escalón, hasta matarse.

 

         Fue una muerte muy sonada, y no sólo por el ruido que produjeron el cuerpo y las latas, aunque estas contribuyeran bastante a ello, sino sobre todo porque sucedió en misa de once, justo cuando los fieles se acercaban a recibir la sagrada hostia. El que le daba la bebida se fue de Alcalá ese mismo día, baldado y todo.         

 

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)



 

GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

 

Ranilla01

 La barriada de Los Pajaritos en construcción en La Ranilla

1959

(Fuente de la fotografía: Sevilla en estampas)

 

Coquito, era Coquito, y nadie, salvo quizás él, su madre y el médico que de vez en cuando les visitaba sabían su nombre y apellidos. No le vi nunca, porque yo empecé a callejear por Sevilla a los quince años, y lo que contaba mi tío Pepe, hermano de mi madre y de tres hermanas más, acontecería en los primerísimos años sesenta, cuando algunos teníamos una edad en la que no pisábamos la gran ciudad como no fuera para ir a operarnos de las amígdalas, ponernos las primeras gafas o probarnos los zapatos de Segarra que papá siempre adquiría, que a eso íbamos. Lo nuestro cotidiano era ir de la casa a la escuela y viceversa y jugar con pelotas de trapo y palos que simulaban rifles del Oeste o de donde fuera. Ya también leíamos tebeos, e incluso algunos libros que eran casi tan instructivos como los tebeos.

 

            Coquito salía de su portal de Los Pajaritos y muy pronto estaba en Luis Montoto, enseguida en la puerta Carmona, seguía por San Esteban y Águilas, pisaba la Alfalfa y llegaba a la Encarnación por Pérez Galdós. Algunos tenderos reclamaban su atención:

 

            —¡Coquito, déjame una!

             —¡A hacer puñetas!— respondía Coquito, sin mirar al requirente.

            

             No falta el camarero con guasa:

             —Llévamela a mi casa. Si está ahí mismo, en el Tardón.

             —¡A hacer puñetas!

 

            Al pasar por el mercado de la Encarnación se produce la apoteosis, la gran rechifla, el no va más en la atención popular hacia Coquito, que se ve forzado a  pronunciar de seguido un montón de veces su «¡A hacer puñetas!».

            Tras el apogeo, Coquito, más aprisa aún, toma la calle de Las Sierpes. Todo el mundo le mira con simpatía, aunque nuestro hombre oye a su paso algunos comentarios un tanto hostiles, casi siempre de gente siempre ociosa a las puertas de los casinos:

            —Vergüenza no hay, ¡que locos de estos anden por la calle!

            —Como que esto se está poniendo en un plan…

 

            Algún betunero quiere hacerse el gracioso:

            —¡Regálame una entrada para el circo!

 

            Cuando Coquito llega a la Plaza de San Francisco es observado por las señoras desde ventanas y balcones. Pero son las fámulas las que, desde los portales, le dan a la sin hueso, si bien en tono quedo:

 

            —Coquito, bonito, que bien la llevas, es que no hay otro como tú, mi alma.

 

            Las más atrevidas:

 

            —Ay, si mi marido tuviera la fuerza que tú tienes… Ya quisiera yo, y él también. ¡Qué alegría, Coquito!

 

            A su paso, los anticuarios de Hernando Colón le siguen a través de los escaparates, casi del mismo modo en que escudriñan un cuadro o cualquier otro objeto que necesitan catalogar lo más certeramente posible. Alguno hay que, conocedor de la hora en que suele pasar, sale a la puerta para mejor recrearse, hasta perder de vista a  Coquito, que ya ha llegado a Alemanes.

 

            Entre la catedral y el Palacio Arzobispal ha oído las groserías que sueltan algunos conductores de coches de caballo, pero no se da por aludido, no sea que después de mandarlos a hacer puñetas los improperios tomen un carácter más virulento.

 

            Nuestro hombre se relaja al entrar en el Patio de Banderas y seguir por el barrio de Santa Cruz. Apenas se cruza con alguien.

 

            (¿Es verdad que este barrio está habitado? Durante años y años en que he transitado por él, nunca, o muy rara vez, tan rara que no la recuerdo, he visto entrar o salir a alguien de alguna de esas casas. De esas casas de ese barrio que parece casi todo él un decorado de cine o de teatro, como si fuera un gran paripé adosado a la muralla).

 

            Coquito vuelve a aligerar el paso en cuanto desemboca en los Jardines de Murillo; cruza en dirección a la estación de autobuses, pero tuerce a la izquierda, porque Coquito, dejando su carga en la acera, entra en una tienda de ultramarinos en la que le suministran un bocadillo que, de inmenso que es, desmiente la denominación. Será grande, pero Coquito se lo zampa en un abrir y cerrar de ojos, y, tras despedirse con un gesto, prosigue el recorrido. Aún tiene que oír a uno, o dos, o tres taxistas, que le dicen sandeces como estas:

 

            —Sobre el hombro, ¡ar!

             —Descansen, ¡ar!

             —Media vuelta, ¡ar!

 

            Antes pasaba por San Bernardo, para continuar por Eduardo Dato, pero desde que unos golfillos empezaron a tirarle piedras siempre coge por la ronda, hasta llegar nuevamente a la puerta Carmona. Y, ¡hala!, otra vez en Los Pajaritos.

 

            Hasta que su madre no le abre la puerta y entra en el piso, Coquito no baja de su hombro derecho la bombona de butano. Vacía, en la ida y en la vuelta, claro. Mi tío Pepe no nos contó si Coquito y su madre eran de Sevilla o habían llegado desde un pueblo, ni por qué tenía esa manía de pasear casi a diario una bombona, invento de novísimo uso, ni de qué se mantenían él y su madre. Seguramente no lo sabría, y yo, aunque podría, no me lo voy a inventar, que sería lo fácil.