Posts categorized “Prosa”.

AHÍ ESTÁ EL DETALLE. Por Rafael Rodríguez González


callealcalareñaM. Verpi

Calle de Alcalá
Foto: Manuel Verpi

2013

 

Es que ya no quedan asas, ni rebabas, ni salientes, ni prominencias de ningún tipo con que coger esto. Nada, no hay por dónde.

         Lo peor no es que exista el Gurtel, ni el caso Nóos (que es Síis), ni los ERE, ni lo de Blanco ni lo de tantos «negros» y lo de cientos y cientos más y los que no saldrán; no, lo peor es que desde tantos puntales se colabora al máximo con el entramado político-económico-constitucional que hace que la corrupción sea inevitable a todos los niveles, sea del volumen que sea, tanto la corrupción como el nivel. Este sistema ni quiere ni puede evitarlo. El Estado es la fábrica que forja la corrupción. Que es totalizadora, que es omnipotente y omnipresente. Ineludible.

         Dejemos al margen, hasta cierto punto, el trinconeo a tutiplén, el saqueo sistemático, los sobreseimientos, el atrápameaesejuezcabrón y otras heroicidades. ¿Es que no es corrupción elevada al cubo la legislación que favorece al que no trabaja sobre el que lo hace o necesita hacerlo pero no puede? ¿No es corrupción que se eliminen servicios fundamentales o se lleguen a deteriorar con igual o peor resultado? ¿No es corrupción que todo lo que se viene restando (desde 1985) al sistema de pensiones vaya a engrosar los capitales de especuladores y banqueros (que es lo mismo), además de a las grandes empresas, cuando la única deuda sagrada que hay que pagar es la que se tiene con los productores? ¿Es o no corrupción que los sucesivos gobiernos «democráticos» se hayan plegado, gustosa y enfervorizadamente, a los dictados de los amos europeos y mundiales en todos los ámbitos, especialmente en la industria, la agricultura y la ganadería, además de en la producción de armamento? La eliminación, y antes la venta fraudulenta, de sectores industriales enteros, fueran estatales o no, ¿es o no es corrupción? ¿Lo es o no la legislación que permite —más bien alienta— el alegre y triunfal éxodo de empresas que se han lucrado del trabajo de decenas de miles de trabajadores españoles?

         ¿No es corrupción que en una, o dos o tres reuniones, totalmente restringidas y bloqueadas, se tomen decisiones que afectan —siempre para mal—a millones de personas, sin que éstas tengan la más mínima posibilidad de pronunciarse? ¿En nombre de qué y con qué derecho? ¿Con el de los votos cosechados, acaso? ¿Acaso los votos emitidos llevan una letra pequeña que permiten ignorar y vulnerar lo, más que prometido, asegurado? ¿No es corrupción que los magnates y sus matones «ordenen» el mundo para su exclusiva conveniencia? ¿Es o no es corrupción que las empresas de la energía manden sobre lo que no es suyo, determinando por sí mismas, además, cuánto tienen que ganar por un elemento esencial que es de toda la Humanidad? ¿Es o no corrupción que los llamados medios de comunicación se usen más que nada para aborregar conciencias e inocular la emponzoñadora infracultura a todas horas? (Los ejemplos no cabrían en quince tomos o en mil vídeos).

         ¿No es corrupción que la población de España (ojalá fuera sólo ella) reciba en cada noticia, en cada información, en cada programa «tertulia», sea de extrema derecha sea de una supuesta «progresía», un cúmulo cada vez más grueso de medias verdades y mentiras enteras?

       «¡Es que eso que señalas es el sistema establecido, la legalidad, el orden fijado!», podrá decirme alguien. Efectivamente. Ahí está el detalle.

 

ORFEO. Por José Manuel Colubi Falcó


Muerte de Orfeo Émile Lévy (1826-1890)

Muerte de Orfeo

Émile Lévy

1826-1890

 

¿Qué es un orfeón? Una sociedad de cantantes en coro, sin instrumentos que los acompañen, dice el Diccionario de la Real Academia Española, y la voz, importación del francés orphéon, que recuerda a Orfeo. ¿Y quién fue Orfeo?

         Poeta y músico legendario, un semidiós, es la figura central de un mito en el que canto, amor y muerte se conciertan en tan perfecta armonía, que logran hechizar al lector. Tracio, hijo de Apolo y de Calíope, la musa de voz hermosa, no es extraño que por herencia paterna y materna tenga unas dotes divinas para el canto y la música. Ésta amansa a las fieras, y a él debemos el proverbio: con su voz y los sones que arranca a la cítara atrae a las bestias, que se acercan mansamente, los peces asoman sus cabezas, detienen su vuelo los pájaros, los árboles danzan… Con esas armas libra de la muerte a los argonautas, triunfando sobre los hechizos de las canoras sirenas. Su amor por Eurídice fue sin ventura. Él ve cómo su amada muere por la picadura de una serpiente y, loco, osa bajar al mundo de los muertos, a los Infiernos, al Hades; su canto y su música enternecen a Cerbero, que le deja entrar. Dicen que la rueda de Ixión detiene su giro perpetuo, que el peñasco de Sísifo queda asentado, que Tántalo olvida sus tormentos, sed y hambre también perpetuas, y que los dioses infernales, conmovidos, acceden al rescate, pero con una condición: él bogará en la barca sin mirar a Eurídice hasta su salida del Hades. Acepta, mas no puede resistir su ansiedad, mira a la amada…, y la pierde para siempre. Melancólico, sin esperanza, su música y melodías resuenan por montes y valles, y en Tracia funda el culto del dios Dioniso, del que excluye a las mujeres.

         Su muerte fue trágica: Venus se venga de Calíope por haberle concedido la posesión de Adonis a Proserpina y hace que las tracias despedacen a Orfeo: ¿furiosas por la exclusión o por su desdén a su sexo? ¿O porque, enamoradas del músico, lo desgarran en su disputa? Las Musas entierran el cuerpo en Piería, al pie del Olimpo, y la cabeza y la lira son arrojadas al río Hebro y llegan a Lesbos. Dicen que la lira es transformada en constelación y que el alma, de blanco, canta para los bienaventurados, en los Campos Elíseos.

 

EL AMO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

idemara001p1

Demarato, rey de Esparta

(desde el 515 hasta el 491 a.C.)

 

Ha habido batallas cuyos efectos perduran hoy y, por más que sean muchos los siglos transcurridos, siguen siendo recordadas por la trascendencia que han tenido. Es el caso de Maratón (490 a.C.), Termópilas, Salamina, Platea (480 y 479 a.C.), todas libradas frente al persa, sin las cuales la sociedad occidental no estaría presidida por los ideales de Libertad, Derecho, Justicia, Igualdad. Es lo que resalta Heródoto en su Historia VII, 101-104:

         En un diálogo entre el persa Jerjes y el griego Demarato, aquél, que prepara la conquista de Grecia, pregunta a éste si los griegos osarán hacer frente a su numerosísimo ejército; el desterrado demanda si debe contestar con verdad o con halagos, y atendiendo al ruego del rey, describe el carácter y conducta del pueblo heleno: aunque la pobreza ha sido siempre compañera de la Hélade, una excelencia cultivada con sabiduría y leyes firmes hace libres a sus pueblos de la penuria y del despotismo, y de ahí que elogie a aquellas gentes, si bien en su relato hará referencia sólo a los lacedemonios. Éstos —dice— no aceptarán sus condiciones, porque traen la esclavitud a Grecia y se enfrentarán a él en la batalla, sin importarles sin son mil, si más o menos. El persa se ríe de lo que considera una tontería: ¿cómo podrían mil, diez mil o cincuenta mil hacer frente a una hueste tan numerosa como la suya, siendo, además, libres por igual, no bajo el mando de uno sólo que pudiera inspirarles temor y forzarles a luchar aun a latigazos? Pues aunque los lacedemonios fueran cinco mil, los persas —dice— suman más de mil por cada uno. Es más, en su guardia personal hay hombres capaces de enfrentarse a tres griegos a la vez. La respuesta que Demarato da a un Jerjes incapaz de entender la libertad es premonitoria: «¡Oh rey!, desde el principio sabía que si hablaba con veracidad, no diría cosas agradables para ti; mas como me obligaste a decir las palabras más veraces, referí lo concerniente a los espartiatas… Los lacedemonios a nadie son inferiores en combates singulares, pero juntos en formación son los mejores de los hombres todos. Porque, aun siendo libres, no son libres del todo: sobre ellos hay un amo, la Ley, al que temen mucho más que los tuyos a ti, y hacen lo que les manda, y les manda siempre lo mismo: no les permite huir de la batalla ante ninguna multitud, sino permanecer en el puesto hasta vencer o morir». Y así sucedió en las batallas mencionadas.

 

EL EXTRAÑO CASO DEL NIÑO MONJE. Por Rafael Rodríguez González

 

SanHugoenelRefectorioZURBARÁN

San Hugo en el refectorio de los Cartujos

Francisco de Zurbarán

1598-1664

 

Son muchas las ocasiones en que los mayores hacen con las criaturas cosas deleznables. Con las suyas propias, quiero decir. Eso trae como consecuencia, en multitud de casos, unos resultados abominables. Es lo que pasó con Manuel Pobre Zapato. Ruego no se rían de los apellidos del aquel entonces muchacho. Porque la cosa es realmente seria, con independencia de lo chusco que resulte el nombre.

            Fue que a Manolito, a la hora de hacer la primera comunión, lo vistieron de fraile. A un niño de apenas siete años. De fraile. No le pusieron barba, ni le raparon para hacerle un cerco en la cabeza, al estilo del que lucía fray Junípero Serra, o, salvando las distancias, el renegado Tomás de Torquemada, pero lo vistieron de fraile. De fraile. Hay que tener malas entrañas para vestir a un niño de fraile. Esa es mi opinión y de más gente, prácticamente de cuantas personas se enteran del caso. Dejando aparte lo que esos padres creyeran querer a su hijo.

            ¿Es que alguien puede siquiera soportar la idea de vestir a un niño de fraile? Porque no es lo mismo vestirse o que lo vistan a uno de monaguillo, o de seise, o de esos que no sé cómo le dicen que sueltan el sahumerio, o, en fin, con alguno de esos tantos hábitos ropajes como hay. Porque vestirse o que te vistan de fraile imprime carácter, que diría Ortega. Y más cuando no se han cumplido siete años. A esa edad, un pantalón y una camisita bien planchados y sin ninguna costura delatora de remiendo. No un manteo de fraile. Por Dios santo. Si ni a Marcelino, el de Marcelino, Pan y Vino, lo vistieron así…

            Y con la calor que ese niño pasaría a últimos del mes de mayo.

           

            Que por mayo era, por mayo,

            cuando hace la calor,

            cuando los trigos se encañan

            y están los campos en flor,

            cuando canta la calandria

            y responde el ruiseñor

 

            Que escribió uno del que no se conoce el nombre. Y menos mal que no le pusieron capucha. En todo caso, lo del calor no revestiría mayor importancia. Lo que realmente la tuvo fue la afectación del hecho sobre la psique de Manolito. Es decir, sobre su personalidad al completo. Como también diría Ortega. Y tal vez Freud, no sé. (Cuando menciono a Ortega no me refiero a Ortega y Gasset, sino a un barbero muy borracho que había en el pueblo de Manolito, y que era un filósofo y ensayista mucho más agudo y atinado que don José, dónde va a parar. «Aquí estoy ensayando una borrachera», solía proclamar en la taberna. Ni que decir tiene que cada ensayo era un éxito).

            Manolito siguió yendo a la escuela después de aquel episodio, pero ya nunca fue el mismo. Su abuelo, un cabrero famoso en el pueblo, dijo cuando lo vio de fraile: «El Demonio tiene más formas que plantas tiene el campo. Pero ésa no la querrían ni las cabras». El abuelo de Manolito era célebre por sus exageradas sentencias, pero en este caso no le faltaba algo de razón. Y dijo también: «Dicen que el hábito no hace al monje. Menos mal». 

             Pero estas últimas palabras fueron fatales. Está probado que al ser pronunciadas se desató una tormenta seca y se fue la luz eléctrica durante un día entero. Fuera por designios de Hípnos, o por los de Hermes, o por los de Yseff, el hermano pequeño de Yhavé, lo cierto es que Manolito fue presa del hábito. O preso del hábito, como también puede decirse. Y lo fue durante toda su vida. Presa y preso. (Yhavé, también llamado Jehová, era el mayor de doce hermanos. Después le  seguían o no, según Jataré, Loharé, Ambras, Jacé, Sejó, Siés, Noés, Nato, Canane, Péate y el pequeño Yseff, que era el que más poderes tenía, pero todos malignos. Esto lo supe por el propio Manolito). Además, los padres de Manolito estuvieron de pelea una semana entera.

            Debido al poder de quien fuera pero algo pasó ese día después de que su abuelo dijera aquello.

            Ensimismado y totalmente absorto en pensamientos que ni siquiera los maestros de escuela más severos eran capaces de hacerle revelar, Manolito apenas si llegó a aprender las cuatro reglas y a manejar una ortografía más que incierta. De Historia no conocía más que la que llaman sagrada, y si de Geografía, los alrededores del Mar Muerto. Todo lo demás parecía que se encontraba tras un muro infranqueable para Manolito. Más que infranqueable, ajeno por completo. Manolito no es que fuera raro, Manolito es que era lo más extraño que pudiera conocerse, si es que el verbo conocer pudiera ser de aplicación en este caso.

            El caso se iba dando a conocer —ya ésta es una acepción distinta— entre la comunidad educativa, aunque entonces no existía; y entre la gente corriente las cábalas tomaban voz. «Ese niño tiene encima un hechizo de cojones», aseguraba algún perspicaz observador; «Dios quiera que vaya cambiando con la edad», manifestaba un optimista; «¿no será hijo de un cura?», osaba decir alguna mujer tan ligera de lengua como de cascos. Manolito no jugaba al fútbol, ni a la pídola. No iba al río a bañarse, ni pedía que le dejasen subir en bicicleta. No tenía amigos. Ni peleaba con nadie.

 

SanSerapioZURBARÁN

San Serapio

Francisco de Zurbarán

1598-1664

 

            Por aquel entonces murió su padre, y Manolito quedó, como es normal, junto a su madre y sus cuatro hermanos, tres varones y una niña. La familia tiró para adelante gracias a que el mayor de los hermanos (trece años, todo un hombre) comenzó a trabajar, y a la ayuda que prodigaban una tía paterna y su marido.

            Manolito empezó a preocupar seriamente a su madre. Cuando volvía de la escuela, Manolito se iba al corral, se sentaba en una piedra y allí permanecía, con la cabeza entre las rodillas, hasta que la madre llamaba voz en grito: «¡Niñoooos, venga a comer!». Eso sí, Manolito comía, y no poco, aunque no parecía aprovecharle mucho. «Este niño tiene que tener una solitaria», le decía la madre a las vecinas. Cuando una de éstas sorprendió a Lorenza espiando a su hijo a través de la puerta del retrete común, no dudó en espetarle:

            ¿Tú eres tonta? ¡Si no tiene edad para eso, me cago en la masa del pan y en las esteras del molino!

            Llevaba razón, porque el espíritu de Onán no podía aún encarnarse en aquel cuerpo. De si llegó a hacerlo después y si fue que sí con qué intensidad no he llegado a saberlo, que esas cosas no se preguntan entre hombres de verdad.

            «Pero, niño, ¿a ti qué te pasa? Ni juegas, ni corres… ¿Tú estás alelao o qué? ¡Me cago en la leche que mamó Juanete!».  La madre de Manolito no sabría lo que era un tratamiento de shock, pero de que lo practicaba no hay ninguna duda.

            Cierto día acusaron a Manolito, siendo ya un muchachito de doce años, de haber agredido a un bergante algo mayor que él. Lo que de verdad había pasado es que el supuesto agredido se había acercado a Manolito, le había cogido la mano e intentado besársela, a modo de lo que por aquel entonces se hacía con los curas al cruzarse con ellos por la calle. Fue en ese momento cuando Manolito, al rechazar la operación, golpeó sin proponérselo al jocoso, haciéndole sangrar por la nariz. El otro era alto y fornido, al contrario que el enclenque y bajito Manolito, pero el tal era uno de esos bravucones que a la menor descarga muestran la popa y toman rumbo a la nave nodriza. Y además contando embustes, que es lo más feo que puede hacer un mozalbete. Si lo sabrá el que escribe. Me refiero a otros que escriben.

 

calleguzmánelbuenosevilla

Calle Guzmán el Bueno

Sevilla

(postal antigua)

 

            A raíz del incidente, la madre se decidió a llevarlo a un buen médico. Que los había, como incluso los hay ahora. Entre lo poco que tenía junto y lo que aportaron su cuñada y el marido reunieron lo suficiente. Al séquito de Manolito les impresionó la casa de don Salvador Agüero, en la sevillana calle de Guzmán el Bueno, porque este doctor de tan esperanzador nombre tenía la consulta en su propio domicilio. Más o menos como todos en aquélla época. Como estaban en pleno julio y eran las cinco de la tarde, el fresco que desprendían el zaguán y el patio, todo de mármol y con la vela por debajo del lucernario, a los mayores les pareció entrar en la gloria, y así lo dijo Fernando, el marido de la tía de Manolito. Y entonces habló el niño, que era lo que nunca, o casi, hacía: «El camino de la gloria no es tan corto ni tan fácil». Mientras la amanuense del doctor, a quien no se le había escapado el detalle, les invitaba a tomar asiento en unos sillones de mimbre dignos de hacerles una reverencia después de ser usados, Fernando se cagaba para sí en la madre que lo parió, en la madre de su mujer y en la de Manolito, que era la única madre presente. «¡Vaya el niño, vaya el niño!», se decía Fernando, mordiéndose la lengua.

            La señorita hizo entrar en el despacho de Agüero a la madre de Manolito. A los diez minutos salió Lorenza y entró el niño. Pasó media hora. Y otra media. La madre, su cuñada y su concuñado se miraban, inquietos. Por fin, Manolito apareció y con él don Salvador, que hizo pasar a los mayores, mientras el pre-púber se sometía a las preguntas de la asistenta: «¿Quieres agua?» «¿Y caramelos?». A los dos ofrecimientos se negó. (Si le hubieran hecho un tercero podría haberse sentido Cristo en el desierto).

            Don Salvador no fue muy prolijo, pero sí taxativo: «Lorenza, su hijo padece  una congestión vehicular de índole cenital, producto de una intensa exposición a elementos transcendentes». Lorenza se quedó como la que ha perdido el tren. El doctor agregó: «Tengo que decirle que esa dolencia no tiene tratamiento, ni siquiera paliativo. Pero seguramente irá desapareciendo en el transcurso de su vida». La madre de Manolito pensó en ese momento si en la de su hijo o en la de la suya. Volvieron al pueblo, y nada, a aguantar.

            Por aquellos días, algún diablillo hizo circular entre la chiquillería una letrilla inocente. Inocente pero molesta, lo cual no sé cómo se conjuga.

 

            Manolito lito lito,

            Manolito lito lán,

            es un niño tan bueno

            que lo llevan al altar

 

            Pasaron los años, que esos nunca dejan de pasar, y Manolito, de la mano de su hermano mayor, se hizo pintor. No es que fuera el Velázquez de la brocha gorda, pero sí adquirió cierto prestigio entre ciertas familias, sobre todo porque de él nunca salían blasfemias, ni juramentos, ni palabras malsonantes. Manolito era una balsa de aceite. O de pintura de aceite. Sus colegas, casi todos gente de muy distinto proceder, le apodaban «Manolito el misionero». Desde luego, no les faltaba algo de razón, porque este pintor, en cuanto tenía a su alcance a los hijos de los dueños de la casa, les lanzaba admoniciones sin descanso, lo que tampoco caía bien  a algunos padres, que habían contratado a un pintor, no a un padre monje que se dedicara a predicar brocha en mano. También había hecho el servicio militar. Fue en Melilla, en Regulares. Manolito (el diminutivo le acompañó toda su vida) se hizo famoso entre jefes y tropa por ser siempre el que ayudaba a misa, y por ser el único soldado de Regulares que no se comportaba con la misma regularidad que los demás.

            Los años otra vez los años fueron ablandando el caletre de Manolito, que fue pasando de una ortodoxia propia del Concilio de Trento a la adoración de la mitología no cristiana ni judía más errabunda que pensarse pueda. Porque, como ya han podido comprobar en el caso de Yhavé y sus hermanos, Manolito recibía revelaciones de ultratumba, o de donde fuera. Y se le aparecían dioses, oráculos y semidioses. Y sus correspondientes hazañas. Aunque hay que reconocer que casi siempre se hacía un lío con las revelaciones. Como antes con la religión católica.

            Nunca se le vio en compañía de mujer, salvo su madre y su hermana. Manolito vivió siempre en una nube religiosa y mitológica que seguramente le ahorraba dedicaciones más terrenales. Aunque es de suponer que alguna que otra vez se vería obligado a bajar de la nube. Quién sabe.

            Las arrugas surcaron su cuerpo, y la endeblez se hacía patente a pasos agigantados. Pero no por eso dejaba de trabajar. Yo me acostumbré a su compañía, porque a pesar de que teníamos caracteres muy distintos me resultaba agradable escuchar sus prédicas, e incluso oír sus suspiros frailunos, que me hacían evocar los pocos atrios que he pisado.

            Una mañana de domingo, paseando por el campo, cayó muerto a mis pies. ¿Se lo llevó Hermes, directamente al Tártaro? Imposible. ¿Tal vez fue el malvado Yseff, en una de las suyas? No. Yo tengo el convencimiento de que fue su abuelo, el célebre cabrero. Que dijo: «¡Ea, ya está bien de tonterías!». Y desde allí le pegó fuerte con la garrota.

 

 Sobrevivió la escultura de unos zapatos

(Budapest 2006)

Foto:  ODP

 

PROMETEO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

PrometeoJosédeRibera

Prometeo

José de Ribera

1591-1652

 

En todas las mitologías hallamos siempre personajes paralelos —lo mismo cabe decir de los escenarios y de los acontecimientos que en ellas se narran—, unos seres míticos cuyas funciones son esencialmente idénticas y se ejercen en cada una de aquéllas por ser básicas para el conjunto. Así, las figuras del benefactor y de su opuesto, la del artesano, también aquélla —la mujer— que es causa de los males que aquejan al hombre, la del justo —a veces en su papel de juez en el Más Allá—, la del custodio de las puertas del mundo infernal…

         Entre los griegos, el personaje benefactor del género humano es un titán, Prometeo (el que piensa primero), hermano de Epimeteo (el torpe que acoge feliz a la causante de las desgracias humanas, Pandora) y de Atlas, que sostiene sobre sus hombros la bóveda celeste (recuérdese la voz atlas). A él debemos el adjetivo prometeico, indicativo de amor al hombre, y de él se dice que es el hacedor de los hombres, cuyas figuras modela en barro, y su instructor en el trabajo de la madera, del ladrillo, de los tiros de carros y arados, de la navegación; que tiene el don de la profecía, de ahí que indique a Heracles (el Hércules romano) cómo conseguir las manzanas de oro de las Hespérides, y a su hijo Decaulión cómo salvarse del gran diluvio.

         En la Edad de Oro, hombres y dioses conviven en perfecta armonía, nadie conoce la fatiga, el hambre, la enfermedad, la vejez; mas cuando unos y otros intentan cerrar esa amistad mediante un sacrificio, Prometeo, el maestro de ceremonias, sacrifica un buey, con sus carnes y huesos hace dos montones —uno, el de éstos, bajo un vistoso disfraz— y da la elección a Zeus, quien no duda en elegir el último, dejando el otro para los humanos. El dios, encolerizado, niega el fuego, universal artífice, a los hombres, y lo guarda en los cielos, pero el Titán roba unas chispas del Sol y las entrega a éstos a escondidas en una férula. Por ello Prometeo sufre un terrible castigo: encadenado en el Cáucaso por toda la eternidad, un águila devora su hígado, que se regenera de noche. Mas la llegada de Heracles pone fin al tormento: el héroe mata al ave con su flecha y libera al titán, mientras Zeus asiente a la gesta de su hijo.

         El barro, el paraíso, Pandora, la caída y el castigo, el diluvio…

 

BÓSFORO. Por José Manuel Colubi Falcó


EL BÓSFORO 04032007 LGV

 El Bósforo

Foto: LGV 2007

 

En latín, Bosphorus, del griego Bósporos, es el canal de Constantinopla, que marca límite marino entre Europa y Asia y une el mar Negro —Ponto Euxino en la antigüedad— y el mar de Mármara, la Propóntide, en la ruta de comunicación de aquél con el Mediterráneo por el ayer Helesponto y hoy estrecho de los Dardanelos. El estudiante se familiarizaba con él mediante el puntero, durante su último año de permanencia en la escuela, antes de iniciar los estudios de Bachillerato (el de siete cursos, anterior al B.U.P.). Algunos incluso tenían la suerte de enterarse del porqué de su nombre: Bósforo o Bósporo, Paso de la Vaca, de «bos», res bovina, y «póros», poro, paso. ¿Qué vaca, pues, pasó por él y le dio nombre? Una, de estirpe real, llamada Ío.

 

         Ío, naturalmente, no era una vaca; de la realeza de Argos, capital de la griega Argólide, su padre fue un dios-río, Ínaco, y ella ejercía de sacerdotisa de la diosa Hera, la Juno romana, en su ciudad natal. Mas como sucedía a menudo, Zeus, el Júpiter romano, dios voluble y caprichoso, se enamoró un día de tan bien parecida muchacha y, según cuenta el mito, cuando ésta se hallaba sumida en profundo sueño, recibió la orden de dirigirse a las riberas del lago de Lerna y entregarse allí al abrazo amoroso del padre de hombres y dioses. La joven, turbada, dio noticia del sueño a su padre y, consultados por éste los oráculos de Delfos y Dodona, obedeció. Zeus la hizo suya en una de sus múltiples aventuras, envuelta en espesa nube y transformada luego en blanca ternera, a fin de que Hera no se percatase de lo sucedido. En vano, la diosa, siempre imperativa y vigilante de su esposo, celosa y suspicaz, baja a la tierra, disipa la niebla y descubre a Ío en su nueva forma; sin fiarse de los juramentos —perjurios— del marido, se la pide en don y, dueña ya de su rival —una más—, la pone bajo la custodia de Argo, perro de cien ojos, de los que tiene siempre cincuenta en vela, para impedir nuevas coyundas. También en vano: Hermes acude en ayuda de Zeus y, habiendo sumido a Argo en profundo sueño, le corta la cabeza. Es el comienzo del peregrinar de Ío: Hera envía un tábano que la atormenta con sus picaduras, y la ternera, enloquecida, recorre Grecia, cruza el estrecho al que da nombre y, errante por Asia Menor, llega por fin a Egipto, donde pare un hijo de Zeus, recupera su forma original y recibe culto divino bajo un nuevo nombre: Isis.

 

MANUEL FERNÁNDEZ GARCÍA, SEMBLANZA DE UN PINTOR. Por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún

 

Retrato 2

El pintor en su estudio

Foto: ODP 2013

 

Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas;

y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero.

 (Gén. 1, 4-5)

 

 

A ti, temblor y halo del paisaje,

recortadora del perfil y ciega

para el pincel abierto que disgrega

la mancha de la mar y del celaje.

 

Rafael Alberti

 

M. FDEZ. GARCÍA 1

 Puerta de Sevilla en Carmona

(Acuarela)

 

Tanta historia en tus calizas entrañas, hojaldrada Carmona. Viejo recinto recio contenido por tu devenida templanza dentro de la majestad de tu cerca, que amuralla el tiempo acumulado, todo el tiempo de los milenios que ya no provocan el vértigo de su inexorable transcurso, porque el miedo se lo tragó el olvido, y tú ya eres el ámbito de la luz. Carmona, eres Roma en el alcor. Una Roma de foro, de voces antiguas como la tierra o la piedra cuyos ecos aún resuenan en cualquiera de tus rincones, y todavía pueden verse los resplandores que asombraron a ignotas miradas. Carmona, donde los veneros acostumbran a florecer en los fontanales de los escarpes, o en el corazón de las plazuelas. Aguas diáfanas para saciar un afán de luz de un hijo tuyo, Manuel Fernández García. Hijo de tu tiempo, de tu historia plena y de un cielo filtrado por las copas de unos pinos.

         Árcade en Carmona, Arcadia del pintor, donde anudado a la fluencia densa de lo mítico en su ciudad y protegido por el abrazo de las edades, lleva desenvolviendo un arte que sólo se hace evidente en los lugares eternos, entre otros merecidos herederos de tan opulenta memoria. Y vienen siendo para todos nosotros una suerte su retina y su mano derecha; su dibujo; sus pinceles y su paleta, con los que ha fecundado lienzos, tablas o papeles; y suerte para Carmona, donde acrisolado se vierte y vive, entrañado en la caliza, consistiendo ya en una capa de colorida pintura, una capa más en el hojaldre milenario del sereno fulgor de un lucero, cuna y morada del artista.

 

M. FDEZ. GARCÍA 4

Plaza de abastos de Carmona (s. XIX)

(Óleo sobre lienzo)

 

Manuel Fernández García nace en la calle Bogas del barrio de San Felipe, el 29 de diciembre de 1927. En sus primeros recuerdos están su única hermana, Dolores, y sus padres. En 1922 el padre había abierto una tienda de tejidos en un inmueble adosado a la Puerta de Sevilla. Él se crió en la tienda, aunque de los vecinos de San Felipe se acuerda  con cariño, como si fueran parte de su familia. Recuerda también la feria con su padre, y haciendo la primera comunión. Del barrio de San Felipe era también Miliki (Emilio Alberto Aragón Bermúdez, Carmona 1929-Madrid 2012), que había nacido en la casa de enfrente, aunque apenas lo recuerda porque al quedar huérfano de padre, un tío suyo, que era payaso lo acogió y se lo llevó con su circo.

 

plazueladelpintor M.V. 29013 carmona

Plazuela del pintor en la judería de Carmona

(Foto: M. V. 2013)

 

Su bisabuelo paterno fue un pintor decimonónico de temas religiosos, aunque se le conoce un paisaje de desierto en un cuadro sobre Los Reyes Magos. Firmaba sus obras con el apellido Pérez. Es el autor del cuadro de la virgen de Gracia que cuelga de una de las paredes de su casa, que fue un regalo para la hija, abuela de Manuel, cuando se casó. Tuvo un hijo que también fue pintor y firmaba Pérez Hurtado. Hay un debate en la familia sobre los cuadros que han heredado, algunos creen que eran del bisabuelo y otros del tío abuelo. En la casa familiar una puerta tenía pintada una cesta con unas flores y sus tías lo mismo le decían que la había pintado el bisabuelo, que el hermano de la abuela, tío Antonio. Todo viene porque muchas veces no ponían las fechas y otras ni siquiera firmaban los cuadros. Entre estos ascendientes artistas hay otro pintor en la  familia, llamado Juan de la Cruz, que murió en el manicomio de Sevilla, donde al parecer había cuadros de él. Su abuelo materno se apellidaba Canelo, y aunque actualmente se ha perdido como apellido en Carmona, en el siglo XVI los Canelo tenían derecho a «bastón de mando». Fue un gran herrero en cuyo taller se forjaron herrajes de gran valor artístico. 

En el colegio del convento de las dominicas de Madre de Dios dibujaba. Sus compañeros de párvulos le servían de modelos. Dibujaba a los niños cuando los castigaban a estar de rodillas o contra la pared. Es el recuerdo más remoto del artista con la pintura. Sor Patrocinio, que era la maestra de los niños en el parvulario, le tenía mucho cariño porque era menudo y bueno. Fue ella quien lo llamó por primera vez Manolín, que es el nombre por el que todo el mundo conoce al pintor en Carmona. Aún conserva una estampa dedicada por la monja donde ésta dejó escrito: «A mi querido y monísimo Manolín de su tía Sor Patrocinio.» Como compañeros de pupitre tuvo a Manuel  Losada Villasante (1929), que andando el tiempo llega a ser discípulo de Severo Ochoa y premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica; y a José María Requena (1925-1998) el escritor, poeta y periodista, premio Eugenio Nadal en 1971 por su primera novela, titulada El cuajaron, cuya portada precisamente dibujó Manuel, que también colaboró con el escritor en otras ediciones de sus libros. Requena, cuando eran jóvenes, exhortaba al pintor para que se fuera con él a Bilbao, le decía que allí estaba su porvenir, pero a éste nunca se le hubiera pasado por la cabeza marcharse de Carmona.

 

portada1ªed.1971Portada de la 1ª edición

 

Empezó el bachillerato como alumno interno en el colegio de San Hermenegildo de Dos Hermanas, que regían los terciarios capuchinos. El colegio había sido correccional antes de la guerra: todavía conservaba las puertas con las postiguillos por donde les metían los platos de la comida a los niños recluidos, estaba rodeado de unas tapias altas para que, entonces, no se escapara nadie. Pero cuando él estuvo en San Hermenegildo, aunque había disciplina, sabía, por algunos de sus amigos, que el colegio de San Hermenegildo era una gloria comparado con los salesianos de Alcalá o de Utrera, donde eran mucho más duros que allí. Los frailes, por ejemplo, los llevaban a dar buenos paseos al Tomillar e, incluso, a Alcalá; a los que estaban en quinto y sexto, con permiso de sus padres, les dejaban fumar, aunque los curas no fumasen. Después estuvo, también interno, en los Escolapios de Sevilla, donde los curas fumaban y a ellos no los dejaban fumar. En los Escolapios había demasiada disciplina. No llegó a terminar el bachillerato porque le hizo falta a su padre en la tienda.

En San Hermenegildo, entre las asignaturas que se impartían estaban el dibujo artístico y el dibujo técnico. El tiralíneas no le gustaba; dibujar tuercas, tornillos o pernos, no era lo suyo. Orondo, barbudo y grande, el padre Jaime era el profesor de dibujo artístico. Como la clase de dibujo estaba en la planta alta del edificio, para subir y bajar las escaleras el padre Jaime se apoyaba en su bastón con una mano y con la otra en el hombro de Manuel, aunque no tanto para ayudarse —la corpulencia de Manolín era la antípoda de la del fraile— como porque tenía predilección por el bachiller, apreciaba mucho sus dibujos y no había exposición escolar a la que no mandara sus trabajos. En una carpeta conservó Manuel todas las láminas con los dibujos de piezas de escayola (bustos, hojarasca, capiteles…) que hizo mientras fue alumno del Padre Jaime.

 

Molino de San Juan M.F.G.

Molino de San Juan de Alcalá de Guadaíra

Molino de Benarosa M.F.G.

Molino de Benarosa de Alcalá de Guadaíra

Esos dibujos, precisamente, son los que pudo mostrar a José Arpa Perea (Carmona 1858-Sevilla 1952) cuando lo conoció con catorce años. Después de pasar una gran parte de su vida en Roma, Méjico o San Antonio de Tejas, don José había regresado a España con setenta años, a Sevilla, donde tenía su casa en la calle Jáuregui y su estudio en la calle Feria, pero pasaba los veranos en Carmona. Venía con un sobrino que le acompañaba y se hospedaban en una fresca habitación del Hotel Comercio. Uno de esos veranos Arpa pretendía pintar la calle y la torre de San Pedro desde la Puerta de Sevilla, que era paso obligado para ir al mercado de toda la gente del Arrabal, cuando todavía todo el tránsito de personas y vehículos se hacía a través del arco romano, lo que supuso que fuera grande la dificultad que tenía el pintor para tal empeño —le pusieron hasta un guardia municipal—.Un día su padre le ofreció el balcón del piso superior de la tienda. Desde allí José Arpa pintó muchas veces la calle y la torre de San Pedro. Manuel ya se había incorporado al negocio familiar y no perdía ocasión de estar junto al maestro cuando éste trabajaba en el almacén de la tienda, muy atento a lo que hacía y en silencio los dos.

Manuel se sentaba en una silla mientras don José trabajaba, sin molestar. Arpa se extrañaba de que el muchacho estuviera allí viéndolo pintar y sin levantarse durante tantas horas. Y hablaron:

 —¿A ti te gusta la pintura?

 —Sí a mí me gusta mucho.

 —¿Tú has hecho algo?

 —Yo tengo del colegio de los hermanos de San Hermenegildo, algunas láminas de las que hacía.

 —Tráelas, tráelas…

 —Ah!, tú dibujas muy bien, ¿por qué no pruebas?— dijo el maestro cuando vio su carpeta de dibujos.

 El almacén de la tienda, situado en la parte superior, se convirtió en el lugar donde Arpa guardaba sus caballetes, lienzos, óleos, pinceles y otros enseres. Allí trabajaba todos los días menos los domingos. Uno de éstos, Manuel, sin licencia de aquél, cogió algunos tubos de óleo y una tablita que había quedado preparada y sobre ella pintó un cuadrito desde su azotea de la Torre de San Felipe, ese domingo. Así realizó su primera pintura al óleo. Ya no era un dibujo. Y a Arpa le gustó, y no tuvo que reprocharle nada por su atrevimiento, sino todo lo contrario. Manuel salió una infinidad de veces con Arpa a pintar, porque entonces se pintaba todo del natural, unas veces buscando vistas de la vega o desde ésta de los escarpes del alcor, y otras buscando patios o plazuelas. Arpa le pedía permiso a su padre para aquellas excursiones que éste educadamente otorgaba, aunque a don Fernando le hacía muy poca gracia, pues no le veía mucho futuro a la pintura como trabajo o profesión de su hijo, a quien prefería preocupándose más de la tienda como porvenir; aunque ya la suerte estaba echada y el futuro sólo podría ser visto desde pinceles y perspectivas. Poco tiempo después no tuvo inconveniente el padre de Manuel para que el almacén, que estaba vacío de géneros en aquellos años cuarenta de escasez y posguerra, sirviera como primer estudio del hijo, durante muchas temporadas compartido con Arpa. Como don José y Manuel pasaban mucho tiempo juntos, Rafael, el farmacéutico, les decía: «ya vienen el maestro y el discípulo» y Arpa, que tenía 90 años, contestaba: «No, no; somos amigos». Con esa edad tenía una salud envidiable. Era capaz de ir desde la fonda hasta el Alcázar, donde está hoy el parador,  andando con su bastón y llevándolos con la lengua fuera al sobrino, que portaba el maletín y el caballete,  y a él, mientras les decía: «La mano derecha que vaya libre; la caja de pintura  y el caballete en la izquierda». Porque había que cuidar el pulso de la mano derecha.

 

joséarpapereaautorretrato

Autorretrato

José Arpa Perea

1858-1952

 

 El discípulo recuerda que el maestro le daba muchos consejos. Cuando ponía a su vista algún trabajo él nunca decía «Esto no es así», sino «Yo lo hubiera interpretado de esta forma». Lo evoca como un ser estupendo, generoso y muy ameno que le obligaba, le corregía sin dejar de ser grato lo que provocaba en Manuel que creciera su entusiasmo por la percepción pictórica de la realidad de José Arpa, por esa concreta mirada del mundo: una tradición plástica a la que Manuel Fernández García se anudó de manera sencillamente natural y que ha continuado con una obra que en calidad y cantidad le acredita como legatario cimero y leal, y como representante indiscutible, del paisajismo andaluz desde el último tercio del siglo XIX.

En su recuerdo están también los escultores Francisco Buiza Fernández (Carmona 1922-Sevilla 1983) y Antonio Eslava Rubio (Carmona 1909-1983). Frecuentaba sus talleres en la calle Feria y en la Plaza de Mengíbar, respectivamente. La forma de hacer, de trabajar de estos escultores le influyeron en su forma de hacer y trabajar con la pintura.

 

paletadelpintor LGV camona(Foto:  M. Verpi)

 

Estudio del artista 2

(Foto ODP 2013)

 

A lo largo de toda su larga vida no ha tenido necesidad de salir mucho de Carmona, y aunque en el estudio de su centenaria casa haya sido donde ha aplicado su colorido y ejecutado sus cuadros sobre su ciudad y sobre cualquier otro paisaje, donde también ha dado vida a los pueblos blancos de la sierra gaditana, a Cádiz, a Jerez de la Frontera, a Sanlúcar de Barrameda… Y hasta ha pintado a los indios del Orinoco o los morros de San Juan para coleccionistas de Venezuela. Su obra está repartida por toda España y por otros países como Alemania, Méjico, Estados Unidos o Japón. Nunca ha conducido un coche, nunca tuvo que sacarse el carné. Antonio Franco, un marchante de Jerez de la Frontera que le vendía muchos cuadros, cuando quería cuadros de Grazalema, donde tenía una casa, lo recogía de Carmona en su vehículo y se lo llevaba por la sierra de Cádiz para que pudiera tomar apuntes o hacer fotos de Benaocaz, Ubrique o Villaluenga del Rosario. El pintor guarda una intensa memoria de su relación pictórica con Grazalema, representada en multitud de sus obras. También los rincones de los paisajes rondeños o los pueblecitos de la Alpujarra han sido llevados a su lienzos, tablas o papeles, al óleo o a la acuarela. Nunca ha viajado al extranjero por razón de la pintura, aunque en los viajes que ha hecho dedicara gran parte del tiempo a visitar museos. En Venecia quedó cautivado por la belleza de la ciudad y hechizado por los palacios y los canales, por San Marcos y por La Academia. A su regreso empezó a pintar cuadros sobre la Serenísima para una exposición que nunca pudo inaugurarse porque los visitantes del taller que iban descubriéndolos los adquirían. Quedaron algunos que sacó del gabinete y los conserva en su colección particular. Nunca se ha quejado de su suerte. Lo ha vendido todo porque ha tenido muchos clientes. Jamás ha organizado una exposición y siempre los galeristas que han expuesto obra suya, previamente le han comprado las pinturas. Ha vivido de la pintura desde fines de los sesenta. Con su siempre recordada y amada Antonia Goncer ha criado y educado a siete hijos. Si tuviera que repetir lo ya vivido desearía dedicarse a la misma tradición pictórica a la que se ha consagrado y en la que sustenta una vida gozosa y creativa.

 

M. FDEZ. GARCÍA 2

Grazalema

(óleo sobre lienzo)

 

…Y todo en ti, Carmona, por ti, poso hojaldrado del tiempo y Arcadia del pintor. Donde la mano, la retina, la paleta, el lienzo, la línea, la perspectiva, la composición, el pincel y el color se aúnan para darte existencia otra vez más allá de ti misma.

 

¿CIUDAD AMABLE? Por María del Águila Barrios (con fotografía de Manuel Verpi 2013)

 

 ciudadamable2013M.V. 2

 

Una mañana aparecieron las puertas de las casas con los aldabones robados. Las placas de las consultas de médicos y abogados, también robadas. Una mañana cualquiera de hace muy poco tiempo. Los cables de electricidad y teléfonos también robados. Aunque a nadie se le ha ocurrido robar las grúas que diariamente amenazan nuestra vida de simples peatones. Vadalejos arruinado, y robado. Basuras en La Retama, donde aún no han robado los eucaliptos. Dólmenes y demás tumbas milenarias expoliadas en Gandul, robadas. El paisaje del alcor destrozado con la osadía cruel del ignorante y del malhechor. El Castillo recién restaurado, y también recién saqueado, donde los niños pueden caer al patio de la Sima desde el paseo de ronda, y descalabrarse, porque sus barandas han sido arrancadas, para ser robadas. Todas las mañanas aparecen las calles cagadas por los perros. Cada perro con su dueño, del que, seguro, tendrán vergüenza de la falta de decoro por llevarlos a ensuciar a la calle, siempre. 

¿Saben algo de toda esta desidia, de todos estos daños y estos robos los denominados técnicos municipales? ¿Y la Policía Local? ¿Y los concejales, saben algo? ¿Saben algo en la Alcaldía? Bueno, si esta larga lista, que no es más que un ejemplo de una posible entre las muchas, y muy largas, amargamente largas, que están constituidas por evidencias que no escapan a la percepción de cualquiera, pues a poco que se dé una vuelta por Alcalá lo mínimo que puede ocurrirle es que pise una buena mierda de perro-dueño o, en el peor de los casos, se le caiga una grúa y lo despanchurre. No, es imposible que no lo sepan. Entonces cabe preguntarse ¿hacen algo? ¿Qué hacen ahí como titulares de todos esos cargos y funciones con denominaciones tan rimbombantes como falaces, con sus potestades, con su enorme capacidad de acción que sus normas claramente les permiten, y obligan a desenvolver en beneficio del pueblo en aras de satisfacer el interés común, el bien público y la paz social? ¿Para qué sirven tantas autoridades, tanto mando y tanto mandón si nadie manda nada? ¿Para qué toda esta gente, y sus trajes, sus uniformes, su parafernalia, su protocolo pacato? 

¿Ciudad amable? Con bastón de munícipe y jeta procesionaba el Viernes Santo, el no dimitido concejal Montero entre otros concejales de su partido y de los otros, y ni a los suyos, ni a los otros, les importaba un bledo acompañar al no cesado.

¿Ciudad amable? Para no salir de ella, si no se tiene coche o dinero para taxis, pues las líneas de autobuses van camino de ser como las del tranvía. Sevilla cada vez está más lejos o será un imposible cotidiano.

¿Ciudad amable? Me enternece la solidaridad de don Antonio con los trabajadores de Roca, o de Danone, o de Metasola, de Santa Bárbara, de Flex de… todas las fábricas de la ciudad amable.

¡Ay, qué disgusto más grande que nos mientan sin fin! En verdad, ¡cuánta crueldad albergan y con qué frialdad nos aguijonean a pesar de su negligencia! ¿Qué vamos a hacer? ¿Dejar de ser amables?

 

ciudadamable2013M.V. 1
____________________

Si quiere leer más textos de María del Águila Barrios en «CARMINA»,  pinche en su nombre.

_____________________

El fotógrafo Manuel Verpi en «CARMINA»

 

YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

 

antoniomairena
Antonio Cruz García, «Antonio Mairena»

 

La idea no es mía. Además, he tenido que discutir tanto y a veces tan agriamente con su autor, que ganas me han dado de mandarlo todo a paseo. Pero, por fin, una tarde de la primavera, quizás muy similar a aquella en que Merceditas cambió de color, mi amigo Ramón Núñez Vaces lo hizo de parecer. Mi persistente esfuerzo no había sido en vano. De manera que quedé encargado de plasmar por escrito la idea que mi segoviano y terco amigo había tenido. En realidad, de hacer lo que pudiera.

            Pero he de aclarar algún extremo más. No es que yo no tema al ridículo, pero mi sentido de la amistad, o del compañerismo, me lo hace despreciar en ocasiones. Y ésta es una de ellas: vale que yo lo haga, pero no consentiré, si de mí depende, que mi amigo el segoviano incurra en él. De modo que puede decirse que escribo el presente texto por solidaridad no exenta de sacrificio.

      Entremos en materia. Ramón quería escribir sobre Antonio Mairena, ahora que en septiembre se cumplirán treinta años de su fallecimiento. ¡En buen lío se iba a meter! ¡Escribir sobre Antonio Mairena! Nada menos. No es que yo pueda hacerlo bien, pero, como ya he dicho, lo que no podía consentir es que alguna o mucha gente se riera de este segoviano metido a exégeta de tan alta figura. Que lo hagan de mí, vale que sea. (Hay que reconocer que lo que escribió sobre Juan Talega no lo hizo mal del todo).

             Pero, ¿qué decir de Antonio Mairena que no se haya dicho ya y que además no falte a la verdad, esa que casi siempre es relativa? ¿Que ha sido el cantaor más completo y enciclopédico de la historia del cante? ¿Que gracias a su empeño y facultades el gran público —no sé si cabe utilizar esa expresión en el mundo del flamenco— pudo conocer formas cantaoras casi perdidas o limitadas a exiguas minorías? ¿Que su aportación a la creación y desarrollo de los festivales fue importantísima? ¿Que gracias a él y a otros pocos el cante gitano pasó a ser mejor considerado en la sociedad? Pues sí, todo eso es cierto, e incluso seguramente más cosas que mi incapacidad me impide reflejar. Bueno, y que cantaba mejor que bien.

            Pero, todo hay que decirlo, ha habido gente que no ha considerado favorablemente esas aportaciones, al menos del todo. Se trata de aficionados que todavía soñaban o sueñan con el cante en las casas de Triana, en las cuevas y en las gañanías, es decir, con la máxima pureza, con lo prístino. Pero el curso de la historia es, para bien y para mal, imparable e irreversible. Y ni el hacer de Antonio Mairena ni el de otros que no eran de su cuerda fue lo que determinó la realidad que acabó imponiéndose a finales de los años sesenta. La mutación en las formas de vida (vivienda, alimentación, oficios, comodidades, el coche en la puerta, la más absoluta comercialización, la televisión, artificiosidad a tope y tantas cosas que impuso la «revolución» tecnológica) es lo que cambió la realidad de las formas y del fondo del flamenco, lo mismo que de todo lo demás. Es verdad que para mal e irremediablemente, pero… Así que menos mal que por lo menos, en aquel tránsito trágico y definitivo, hubo un Antonio Mairena y algunos y algunas más,  últimos representantes de una época que fenecía. Gracias a los prodigios de la técnica podemos gozar de esos prodigios del arte.

            Hay algo que es necesario destacar: que Antonio Mairena fue el mayor aficionado al cante que se haya conocido. Rectifico: los habrá habido iguales, pero no más. Esta última quizás sea una de sus facultades —yo creo que la más esencial— menos conocidas o valoradas. Porque Antonio Cruz García no se levantaba, sino el último, de una reunión flamenca, ni dejaba de escuchar a alguien, ni concedía importancia al tiempo salvo para emplearlo en el flamenco. Se ha dicho que esa dedicación la ejercía para sacar provecho, para aprehender cada matiz, cada tonalidad y faceta. Pues claro, nada más natural, pero demostración irrefutable de su profunda e inagotable afición. Yo creo que era el capitán Nemo del flamenco, sumergido por siempre en el mar del cante y del baile para cumplir su propósito de que en el mundo terrestre ese Arte tuviese el lugar que merecía. Tarea en la que cualquiera hubiera fracasado, no sólo él. Y me remito a lo del curso de la historia. 

 

joaquíneldelapaula

 Joaquín el de la Paula

por Juan Valdés

 

            A mí me parece que hacer elogios es innecesario. Hacerlo de tal o cual cantaor correspondía cuando no existían medios de grabación y era la tradición oral la que ignoraba a unos y hacía inmarcesibles a otros. Por ejemplo, ¡cuántas cosas se han dicho de Frasco el Colorao, de Juaniquí, de Cagancho, de Joaquín la Cherna, de Tomás el Nitri, del Fillo, de la Andonda y más! ¿Y de Joaquín el de la Paula? Ese mismo que, por cierto, sigue sin tener una calle en Alcalá, su pueblo (aunque la tuvo en los años setenta). Sí la tiene, y grande, Antonio Mairena, desde poco después de su partida, en merecida gratitud. Tampoco tiene calle con su nombre Manolito el de María. ¡Increíble pero cierto! Pero, ¿qué más da?, el cante y sus hombres y mujeres no están en azulejos y placas, aunque no es de negar que lo merezcan, sino en el corazón de quienes tienen la facultad porque es una facultad, muchas veces dolorosa, que no está concedida a cualquiera de apreciar el arte que de ellos ha brotado.

 

manolitoeldemaría

Manolito el de María

 

            Si los elogios son innecesarios, las comparaciones resultan absurdas. ¿Cómo y a cuento de qué hacerlo entre Antonio Mairena y cualquier otro cantaor que haya logrado celebridad, antes, durante y después de él? ¿Compararemos la aceituna con la pera? ¿El coco con la manzana? ¿El aguacate con la nuez? Claro que no, cada fruto tiene su sabor único, su textura diferenciada. Y cada uno nos aporta una sensación de placer distinta.

            Pero, claro, hay a quien no le gustan las nueces; a otros, las manzanas; existen los que no resisten ni que les mienten las aceitunas. «Hay gente pa tó», decía Rafael el Gallo (yo apostillaría a mi tocayo y hermano en la alopecia: «menos pa lo que tiene que haber»). Yo me cuento entre los que no les gusta todo (tengo un amigo que dice que a mí no me gusta nada, o casi). Sin embargo, o no obstante, jamás dejo de reconocer que tal o cual cantaor canta o cantaba muy bien, aunque a mí «no me ponga».

        Hay de todo, sí. Sé de gente que tiene la más completa colección de discos de flamenco: en ella se contienen todos los cantaores de los más variados estilos e idiosincrasias. Los más alejados de unos como estos de los otros. Es gente a la que le gusta eso: todo de todos. Me alegro por ellos, aunque me resulta difícil creerlo. De hecho, hay actualmente algún cantaor-cantante que tiene tantas facultades que es capaz de cantar por, o imitar a, la mayoría de los más conocidos de la historia. Sí, pero como el muchacho transmite menos que un cable de cartón, ¿de qué vale tanto poderío?

             La obra de Antonio Mairena produjo sus epígonos. Unos más afortunados que otros, como es natural. Al lado de excelentes seguidores hubo y hay imitadores que aunque se llevaran cada día de su vida escuchándole no lograrían otra cosa que aburrir y desesperar al oyente (aunque las tragaéras del gran público resultan increíbles). Lo mismo pasa con la pléyade de imitadores de otro celebérrimo cantaor, aunque en este caso no conozco ningún excelente seguidor, y sí muchísimos de los otros, hasta el punto de que cierto día, en un bar que ya no existe, uno que estaba cantando-imitando a ese celebérrimo de cuyo nombre no me acuerdo ahora, hizo que una lagartija cayera al suelo, muerta, y dos o tres grillos salieran de sus escondites, despavoridos.

 

antoniochaconpojiménez

Antonio Chacón

Por Jiménez

 

              Con todo lo referente a Antonio Cruz García pasa lo que con todo: o se es o no se es, se vale o no se vale. Muchos de ustedes conocerán aquello de Antonio Chacón, cuando alguien le preguntó que por qué siempre se hacía acompañar de cierto individuo que ni hacía palmas, ni decía nunca óle y casi ni hablaba. «Porque sabe escuchar», fue la respuesta del maestro. Lección que deberían aprender muchos, antes que la de escucharse. Pero hay que perder la esperanza en su logro: aquí todo el mundo nace sabiendo.

            Ya no me quedan más recursos para seguir refiriéndome a Antonio Mairena. No sé si lo que digo a continuación es una procacidad, o un reflejo de cierto orgullo, pero el caso es que un día de verano, estando yo, con mis diecinueve años a cuestas, en un bar que visitaba a diario, llegó Manuel García Fernández, «El Poeta de Alcalá», acompañado o acompañando a Antonio Mairena. Manuel, como yo ya surtía en asuntos del cante, me presentó al astro, o al revés, más bien. La mirada  de Antonio, mientras nos dábamos la mano, hizo que me pusiera más encarnado que el tomate más maduro que pueda acabar en un gazpacho.

             Palabras, palabras. Lo que hay que hacer es escuchar. Para los noveles es difícil en este mundo tan trepidante y a la vez tan estancado. Para los ya experimentados también, porque el bote sifónico en que nos vemos sumidos no nos deja «ni atrás ni alante».

             Así que, del amplio conjunto de grabaciones (discográficas y no) que hay recogidas en internet, les propongo dos, aunque podrían ser cincuenta. Para los noveles puede que sean reveladoras; para los experimentados, o que crean serlo, dos ocasiones para romperse la camisa (las hayan escuchado ya o no). Una es de Perrate de Utrera en el primer Gazpacho de Morón (Perrate de Utrera & Diego del Gastor – Soleá – 1963). La otra es de Antonio Mairena (Antonio Mairena – bulerías – 1963), conseguida en el mismo festival. Para qué hablar más. Se podrían decir muchas más palabras, sesudas frases y elementos definitorios. Lo que tiene que hacer el interesado es escuchar. Que no, pues adiós, muy buenas.

 

«¡QUÉ LINDO, CHAMACOS!» Por Joaquín de Grado

 

La conversión de San Pablo en el camino a Damasco, óleo sobre lienzo, 230 x 175 cm. 1601. Caravaggio

La conversión de San Pablo en el camino a Damasco

Michelangelo Merisi da Caravaggio

1571-1610

 

Cuentan que Pablo de Tarso iba un día tan tranquilo a perseguir cristianos cuando de pronto se cayó del caballo. Fue tal el jardazo que, al momento, empezó a ver cosas raras, cada vez más raras, hasta que se convenció de que lo que hacía no estaba bien y tenía que pasarse al campo de sus hasta entonces enemigos. Un ejemplo histórico de jardazo productivo. (No recuerdo ahora si esto se lo oí alguna vez a Gila). Viene esto a cuento porque a Antonio Gutiérrez Limones le han dado el Premio Nacional «Pablo de Tarso», que por lo visto concede cada año una entidad mejicana a una o dos decenas de los mejores alcaldes de España y Jerez. Cuando oí esto del premio mejicano con nombre de apóstol añadido no me enteré bien, y me figuré que la premiada era Laura Ballesteros, por aquello de ver las cosas tan distintas según se esté encima del caballo o en suelo. Pero no podía ser, porque esta elegante dama, tras un ratito de desconcierto, de un brinco retomó el caballo y se rehizo completamente en sus prácticas (perseguir cristianos no es una de ellas, no se confundan).

         Lo del premio no se le habría ocurrido ni a Rafael Azcona. Ni, allí, al propio Cantinflas. Una institución mejicana «juzgando» y premiando a alcaldes españoles. Claro, son los propios alcaldes los que se «postulan» y cantan sus excelencias («¡Cuate, el premio a mí!»). Excelencias que, al menos en el caso de Limones, son mentiras tan enormes como ballenas blancas. Un premio con menos crédito que una pistola de agua. Más oscuro que el crimen de Los Galindos. Y con menos categoría que un huevo duro, digo huero.

____________________

Si quiere leer más textos de Joaquín de Grado en «CARMINA», pinche en su nombre.