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«CARMINA LUSITANA». Por José Manuel Colubi Falcó

Escultura romana de Conímbriga

 

Se publica  el tercer número de «CARMINA» –cármenes, poemas, canciones…-. El título de la revista se ve acompañado y ornado por el adjetivo «LUSITANA». ¿Por qué éste? Porque lusitana tiene un componente legendario que nos introduce en los arcanos del noble pueblo portugués, y que acrece incluso ese aire mágico que se respira en la misma raíz de carmen. ¿No damos mayor énfasis, consciente o inconscientemente, a la expresión cuando llamamos lusos a nuestros hermanos y vecinos?

            El mismo nombre de esa tierra, Lusitania, nos lleva a un mundo entre divino y mágico; su epónimo, el que le da nombre al pueblo y, por ende, a aquélla, es Luso, y Luso es el hijo del dios Líber, que se identificará con Baco; y Baco es el dios del vino, y el vino es gran inspirador de poetas. ¿Qué otra cosa no hacían Alceo y Anacreonte sino beberlo y cantarlo en sus poemas? Basta ver el banquete griego. Y el no griego también.

            De esa Lusitania que solemos indentificar literariamente con Portugal nos hablaron los antiguos, con palabras que permanecen indelebles en los escritos: Polibio de Megalópolis, Posidonio de Apamea, Diodoro de Sicilia, Estrabón de Amasea, Plutarco de Queronea, Apiano de Alejandría, entre los escritores en lengua griega; y entre los que escribieron en latín, el paduano Tito Livio, el enciclopédico Plinio el Viejo, el bolsenés Rufo Festo Avieno. Naturalmente, en los escritos de éstos no todo es real, ni historia auténtica, también hay leyenda, fantasía, que el buen historiador sabe separar de aquélla, pero que embellece la narración y da vida y encanto a los relatos.

            Los autores mencionados hablan, más que de la Lusitania -que con Augusto, en el año 27 a.C., pasará a ser una circunscripción administrativa, una provincia de la Hispania Ulterior-, de los llamados lusitanos, que son, entre los iberos, los más valientes -άλκιμώτατοι, dice Diodoro-, frugales, rápidos y veloces en la persecución y en huida, ágiles danzantes –el ágil lucio, que así llama al lusitano Avieno, también otros escritores-, resistentes al hambre y a la sed, al calor y al frío, aunque con la contradicción de los pueblos primitivos: valentía junto a dejadez en el modo de hacer la guerra, fidelidad inquebrantable al jefe junto a falta de disciplina. Fueron ellos, sin duda, los que mayor resistencia ofrecieron a los ejércitos romanos, y de su seno, del de la Lusitania, emergieron caudillos eminentes: Púnico, Césaro, Cauceno y, sobre todo, Viriato, quien logró humillar a la misma Roma en la persona del cónsul Serviliano y sólo sucumbió por la traición; sus soldados quemaron el cadáver solemnemente, cantando cármenes exequiales. Su último caudillo sería Sertorio, a quien, por cierto, un lusitano, hombre del pueblo, del campo, regaló la célebre cierva -un presente de Diana- cuyas imaginarias revelaciones servirían al romano para mantener vivos los ánimos y la disciplina. Después, en plena paz, proseguiría la intensa romanización de la provincia.

            Originariamente, los lusitanos ocupan las tierras situadas entre el «Durius» y el «Tagus» -aunque hay autores que también llaman lusitanos a los «calaicos»-, luego se extienden sobre todo hacia el sur, llegando hasta el Promontorio Sacro (cabo San Vicente), hasta la Punta de Sagres, lugar al que no se puede acceder de noche ni celebrar sacrificios en él, pues entonces lo ocupan los dioses. Y cuentan también sus gentes que en la zona paroceánida el Sol, cuando se pone, se hace más grande y a medida que se apaga por sumergirse en la profundidad el piélago silba, y que la noche cerrada acompaña inmediatamente después de la puesta. Es un país próspero, cuyo aire, puro, sano, hace muy prolíficos a hombres y animales, veloces a sus caballos e incorruptibles los frutos de la tierra, en el que, salvo durante los tres meses de invierno, siempre hay rosas, violetas blancas, espárragos, y pueden comprarse a precios muy bajos cereales, vino, carnes de animales salvajes y domésticos.

            El país está regado por ríos grandes y pequeños, navegables, que fluyen paralelos en dirección al Océano: el Durio, el Tago y, en buena parte, el Ana. El Tago, sin duda el principal, tiene una boca de veinte estadios de anchura, es de gran profundidad -tanto que puede ser remontado por barcos con una capacidad de carga de diez mil ánforas-, y cuando sube la marea fórmanse dos esteros y la llanura se hace navegable; es, además, célebre por sus arenas auríferas -«Tagus auriferis harenis celebratur», dice Plinio-. Otros ríos son el Mundas, de «Mundicus» (el Mondego de hoy), el Vacua (Vouga), el (Guadi) Ana, que marca el límite de la provincia.

            Con Augusto Lusitania quedó constituida en provincia, en el año 27 a.C.; sus límites eran, al norte, el «Durius» (Duero), al oeste, el Océano, al este se adentraba en Salamanca y en la actual Extremadura; al sur, el Mar Exterior y el río (Guadi) Ana, que la separaba de la Bética. Estaba dividida en tres conventos jurídicos: Emeritense (Mérida), Pacense (Beja) y Escalabitano (Santarem), y sembrada de ciudades hermosas y famosas: Olisipón, la antigua capital, la Lisboa de hoy, llamada «Felicitas Iulia», famosa entonces por sus veloces caballos, pues sus yeguas eran fecundadas por las auras del favonio, el céfiro o viento de poniente -«oppidum (…) equarum e fauionio uento conceptu nobile», escribe Plinio-; «Augusta Emerita» (Mérida), la nueva capital, junto al Guadiana -«Anae fluuio adposita»; «Norba Caesarina» (Alcántara); «Salacia» (Alcazar do Sal), de sobrenombre «Vrbs Imperatoria»; «Ebora» (Évora), llamada «Liberalitas Iulia»; «Scallabis» (Santarem), el «Praesidium Iulium»; «Myrtilis» (Mértola); «Metellinum» (Medellín) … y otras muchas y no menos afamadas. 

 

«CARMINA» Nº 3

ADEFESIO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

El templo de Artemisa (Éfeso) 
Martin Heemskerck
1498 – 1574

 “Historia es el arte del «hístor» -escribíamos en otra ocasión- del veedor que, incansable, trata de ver la realidad pretérita…; del sabedor porque ha visto.” Ella lo explica todo, y como todo, las palabras también tienen su historia, y con no poco encanto muchas veces.

             Adefesio, según los diccionarios (DRAE y el de J. Corominas y J. Pascual), quiere decir tanto como “despropósito, disparate, extravagancia; traje, prenda de vestir o adorno ridículos; persona ridícula, extravagante o muy fea”, derivados de una locución latina que traslaticiamente significó “en balde, fuera de propósito, disparatadamente.” Veamos que dice su historia.

             Adefesio recuerda una bella ciudad, Éfeso, sita en la costa de Turquía y fundada hacia el año 1000 a.C. por colonos atenienses. Centro dedicado a las finanzas, fue famosa antiguamente por el culto a la diosa Ártemis, la Diana cazadora, en cuyo honor festejaba, en artemision (marzo), las Efesias, durante las cuales se celebraban sacrificios, una procesión solemne, juegos atléticos y festivales literarios, y a la que había dedicado un templo que llegó a ser una de las siete maravillas del mundo: destruido el primero, muy simple, fue construido uno nuevo, grandioso, el Artemision, de estilo jónico, con la colaboración del rey lidio Creso, y este templo, incendiado por Heróstrato (un necio que quiso inmortalizarse ¡y lo consiguió así!), dio paso a otro, hecho sobre su planta, más perfecto, contado entre aquellas maravillas. Patria del filósofo Heráclito, del poeta Hiponacte, del pintor Parrasio, hoy las ruinas de la ciudad helenística y romana cautivan al viajero: foro, ágora, odeón, teatro, estadio, biblioteca de Celso… ¡Hasta hay una casa de la Virgen!

             En Éfeso predicó San Pablo, autor de una carta ad Ephesios, con tan poca fortuna y escaso éxito, que el bajísimo número de conversos originó aquella significación traslaticia; hablar ad efesios equivale a hablar en balde, sin fruto y disparatadamente, o con quien no entiende. Aducen unos que los negociantes del culto de Ártemis soliviantaron contra él al pueblo; otros, que éste andaba muy enamorado de aquella “efesia cazadora”, que, al decir de Quevedo, “daba en aljófar el sudor al baño” cuando la sorprendió Acteón.

 

LA TERMAS ROMANAS. Por José Manuel Colubi Falcó

Baño en Pompeya
Giuseppe Barbaglia
1872
(Fuente: The Archeology)

 

Séneca (epístola 86, 12) cuenta que los romanos de dos siglos y medio antes limpiaban a diario sus brazos y piernas de la suciedad del trabajo y lavaban todo su cuerpo los días de mercado (o sea, cada nueve), y que desde la invención de los baños limpios la gente era más puerca: «Bucilo huele a pastillas». Esos baños limpios, elegantes, son las termas.

             La palabra terma es griega (thermà loutrá, baños calientes), pero fueron los romanos quienes le dieron celebridad. Hay que citar las inauguradas por Trajano, y, sobre todo, las de Caracala, con capacidad para 3 000 personas y con 1 600 asientos en el caldarium. Veamos, pues, qué eran las termas.

             Había baños privados, algunos explotados como negocio, pero los más importantes eran estatales, las termas, que solían ser arrendadas a un particular, que cobraba una módica cantidad como entrada, aunque a veces un rico o un magistrado pagaba al arrendatario una cantidad global y obsequiaba al pueblo con entrada gratuita durante cierto tiempo. Abiertas a mediodía y cerradas al oscurecer, podía tener dos secciones, masculina y femenina, y, en caso contrario, se recurría al doble horario.

             El edificio del balneario o termal constaba de: horno subterráneo, llamado hypocausis, que calentaba el agua y difundía aire caliente por tubos situados bajo el pavimento y por cavidades de las paredes; vestuario, con bancos y nichos para objetos personales (apodyterium); frigidarium (sala de baños de agua fría, con piscina); tepidarium (estancia con bancos, preparatoria del baño caliente, de temperatura tibia); caldarium (sala de baño caliente, con bañeras o piscinas) y, aunque no en todos, los assa, sudatorios (laconicum, assa sudatio), la sauna, con disco de bronce en la cúpula que permitía graduar la abertura y la temperatura. Y como anexos, el sphaeristerium (local para la práctica de gimnasia o juego de pelota), el unctorium (sala para ungir el cuerpo), el destrictorium (para la limpieza corporal después del deporte y la unción del masajista) y, al aire libre, las tiendas de comidas y bebidas. La gente, naturalmente, llevaba a las termas aceites, cremas, toallas, etc.

             Como se ve, nihil nouum sub sole, no hay nada nuevo bajo el sol.

 

«PANEM ET CIRCENSES». Por José Manuel Colubi Falcó

  

“Pan y circo”, expresión célebre de Décimo Junio Juvenal (Sátira X, 81) con la que el poeta latino denuncia con tristeza y dolor el ideal y las aspiraciones del romano decadente: reparto de trigo y espectáculos circenses (todo gratuito, por supuesto). La frase ha alcanzado fortuna por su concisión y exactitud, e incluso permitido adaptaciones y sustituciones según el momento histórico: “Pan y toros” hemos oído decir con amargura a nuestros abuelos, y, hoy, “Pan y fútbol”, dichos que se comentan por sí mismos.

             Los espectáculos circenses, que los emperadores ofrecían con generosidad (así obviaban problemas), tenían por escenarios el circo (Máximo, Flaminio) y el anfiteatro Flavio (Coliseo), y sus protagonistas eran los gladiadores (de gladius, espada), quienes, reclutados entre prisioneros y condenados a la pena capital o a trabajos forzados –para redimirse haciendo méritos en la arena durante cierto tiempo-, combatían con fieras (uenationes o cacerías) o entre sí con armas distintas (con red, puñal y tridente los reciarios; otros, con escudo, espada, lanza, casco, sobre carros, a caballo, etc), hasta que caía herido el rival, cuya suerte dependía del público: los pañuelos significaban el perdón, el puño con el pulgar hacia abajo, la muerte. Fácil es adivinar los gritos: “¡Mátalo!, ¡machácalo!” y otras lindezas. También eran protagonistas los reos de pena capital, cuyas ejecuciones deleitaban a la masa envilecida; pocas veces de desaprobación (entre ellas, la de Séneca) se levantaron contra degüellos, crucifixiones y despedazamientos por bestias salvajes.

             Pero el espectáculo más atractivo para la masa era la carrera de carros, con tiros de dos (bigas) o de cuatro caballos (cuadrigas), bajo la dirección de aurigas (esclavos o libertos), en el circo y con la participación de cuatro equipos (blanco, verde, rojo, azul); consistía en dar varias vueltas, desde la carcer o salida, a la esquina del mismo, venciendo la dificultad de la curva de la meta, en el otro extremo, hasta alcanzar el número fijado. Y el poeta añade que el griterío le hacía deducir el triunfo de los verdes (de la plebe), y el silencio, el de los azules (de los patricios). Igual que cuando marca un gol el equipo local… o el visitante.

MARCO ATILIO RÉGULO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Régulo
Joseph Mallord William Turner
1775-1851

 

Recuerdo la campaña promovida hace años sobre la nueva educación próxima a implantarse, la educación en los valores, que a más de uno –yo incluido- le produjo cuando menos perplejidad –como si la recibida en nuestros años juveniles hubiera sido una educación en los no valores o en su negación-. ¿Las obras de misericordia, por ejemplo, que aprendimos de memoria e inducidos a su práctica, no lo eran? ¿Los muchos modelos que ofrece la historia, laicos y no laicos, tampoco? ¿La historia, o leyenda, de Régulo, paradigma de virtud cívica y de fidelidad al juramento prestado, incluso al enemigo, no constituyen un legado de valores? Veamos cuál fue la conducta de este insigne –y pobre- romano.

             Marco Atilio Régulo, de la gens Atilia, fue elegido cónsul en 267 a.C. y reelegido en 256, derrotó por tierra y por mar a los cartagineses y, siguiendo órdenes del Senado romano, llevó la guerra a África, donde siguió cosechando victorias. Se dice que el cartaginés Hanón vino a su presencia para tratar de la paz, y como algunos incitaron a Régulo a hacerle lo mismo que los enemigos habían hecho años antes al romano Cornelio –encarcelarlo-, aquél tranquilizó a Hanón diciéndole: «La lealtad romana te libera del miedo que tienes, Hanón.» Habiéndosele prorrogado el mando, pidió al Senado ser relevado porque su campito, falto de cultivo, no permitía subsistir a la familia, mas la corporación obvió el problema dándolo en arriendo. Vencido, al fin, y capturado, fue enviado a Roma para tratar del intercambio de cautivos, previo juramento de regresar a Cartago, si no lo conseguía. Llegado ante el Senado, expuso, cuando se le ordenó, su parecer: no era conveniente el canje de prisioneros, pues los cartagineses eran jóvenes y excelentes caudillos y él, en cambio, un viejo. Y convenció a los senadores, y no convencido por sus familiares y amigos, que trataban de disuadirle de su vuelta a Cartago, fue fiel al juramento y regresó, aun sabiendo que se entregaba a un enemigo sumamente cruel. Los cartagineses lo mataron, no sin torturas: «Cortadas sus pestañas –escribe el abate Lhomond-, durante un tiempo lo tenían en un lugar tenebroso y luego, cuando el sol era más ardiente, lo sacaban de repente y obligaban a mirarlo; finalmente, lo metieron en un arca de madera, en la que sobresalían clavos muy agudos, y así, cuando su cuerpo cansado se inclinaba a una u otra parte era afligido por los férreos aguijones, hasta que murió víctima de las vigilias y del continuo dolor.»

 

KALENDAS. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Julio César (100 a.C. a 44 a.C.)
por Rubens (1577-1640)

 

Todas las sociedades han necesitado, desde las más primitivas edades, un cómputo del tiempo, una memoria que les permita tener presentes los datos que rigen la vida cotidiana en sus repetidos ciclos. De ahí la invención del calendario, ese registro que recoge las indicaciones astronómicas rectoras de la actividad agraria y de las solemnidades civiles y religiosas.

             Calendario es voz que procede de Kalendae, nombre del primer día del mes entre los romanos. El primer calendario, de Rómulo, era, lógicamente, agrario, para una sociedad agraria, con diez meses (marzo-diciembre) y el corazón del invierno, sin labores agrarias; el segundo, de Numa, lunar, sufre cambios para adaptarlo al solar. Mas los desajustes discurren hasta el año 46 a.C., con un calendario de doce meses: ianuarius (enero –de ianua, puerta-, de las fiestas del dios de las puertas), februarius (febrero, de las purificaciones), martius (del dios Marte, marzo, el primero del año romano), aprilis (abril, de etimología incierta), maius (mayo, cuyo nombre deriva de una divinidad itálica luego identificada con Maya, madre de Mercurio), iunius (de la diosa Juno, asimilada a Hera, la esposa de Júpiter), quintilis (quinto, después julio, por Julio César), sextilis (sexto, luego agosto, según el emperador Augusto), september, october, november, december (séptimo, octavo, noveno, décimo). En 46 a.C., Julio César, siguiendo a Sosígenes, nos lega el calendario juliano: corrige el desajuste dando a este año 445 días, y hace que desde el 1 de enero del 45 el año tenga 365 días, con la adición de uno cada cuatro, el bisiesto, porque el día de más se añade contando dos veces el sexto día (bi sextus) anterior a las calendas de marzo, es decir, el 24 de febrero.

             Los romanos contaban los días del mes retrógradamente, en torno a tres: calendas (el uno), nonas (el siete en marzo, mayo, julio y octubre, y el cinco en los restantes) e idus (quince o trece, con igual distribución), entrando también éstos en el cómputo e igualmente el día de partida. Así, del 25 de enero se decía que era «el día octavo anterior a las calendas de febrero»; del 4 de marzo, «el día cuarto anterior a las nonas de marzo», y del 11 de abril, «el día tercero anterior de los idus de abril». Y los señalaban con las letras F, N y C: fastos (con oficinas abiertas para los asuntos públicos), nefastos (si no lo estaban) y comiciales (aptos para la celebración de comicios).

 

PROSTITUCIÓN SAGRADA. Por José Manuel Colubi Falcó

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Vividoras del amor (1906)
Julio Romero de Torres
1874-1930

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Otra vez recurrimos a Heródoto, hoy para la exposición de un fenómeno que podrá parecer chocante, sin serlo. Hay que prescindir de determinados prejuicios y ver en él la expresión de una religiosidad internacional que se manifiesta en el culto a esa diosa universal que es Afrodita, deidad del Amor, y del servicio que como hierodula o sierva sagrada debe prestar toda mujer para el mantenimiento de su culto y santuario. El relato (I, 199) dice:

…………«Y toda la costumbre más vergonzosa que tienen los babilonios es la que sigue: Toda mujer del país, sentándose en el santuario de Afrodita, debe ayuntarse a un extranjero una vez en la vida; pero muchas de ellas, como, orgullosas de su riqueza, juzgan indigno mezclarse con las demás, conducidas sobre carrozas cubiertas se sitúan cerca del santuario y detrás de ellas sigue una servidumbre numerosa. Sin embargo, las más obran así: muchas mujeres se sientan en el recinto sagrado de Afrodita con una corona de cuerda alrededor de la cabeza, y mientras unas se acercan, otras se alejan; unos pasillos largos hechos de cordeles tensos marcan toda suerte de direcciones entre las mujeres y por ellos pasan los extranjeros y hacen elección. Cuando allí se haya arrojado dinero en sus rodillas y se haya ayuntado a ella fuera del santuario: una vez que ha echado el dinero tan sólo debe decir: “Yo te reclamo por la diosa Milita.” (Los asirios llaman Milita a la diosa Afrodita). Y en cuanto al dinero, la cantidad puede ser cuanta se quiera, porque no la rechazará, pues no le es de ley dado que ese dinero es sagrado; sigue al primero que lo arroja y no desestima a ninguno, y cuando ya se haya ayuntado, después de haber cumplido religiosamente para con la diosa, se retira a sus moradas, y desde ese momento no podrás darle una cantidad tan grande que puedas deslumbrarla. Cuantas está dotadas de hermosura y esbeltez se van rápidamente, mas cuantas de ellas son feas esperan durante mucho tiempo porque no pueden cumplir la ley, e incluso algunas llegan a esperar tres y cuatro años. En algunos sitios de Chipre hay una costumbre muy semejante a ésta.»

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BODAS BABILONIAS. Por José Manuel Colubi Falcó

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Puerta de Istar de Babilonia
(575 a. C.)
Museo Pérgamo de Berlín
Foto: ODP 2004

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Desde los primeros tiempos, todas las comunidades han tenido un interés especial en la familia, considerándola célula base de la sociedad y del Estado por cuanto afecta a uno de sus tres elementos constitutivos, la población, y de ahí que hayan regulado minuciosamente el matrimonio y velado porque todos sus componentes lo contraigan. Así en todas las legislaciones antiguas, mas un relato de Heródoto (I, 196) es curioso por lo que leemos y porque, además, refleja una legislación no escrita, usando un término nómos, que de costumbre pasará a significar ley «pues las costumbres se hacen leyes». Dice así:

…………«Su costumbre más sabia a nuestro parecer –y sé que también la observan los vénetos de Iliria- es ésta: En cada aldea, una vez al año se hacía lo siguiente: Cuando las muchachas ya eran casaderas, para reunirlas a todas las conducían en grupo a un sitio y alrededor se situaba una multitud de varones, y un  pregonero, haciéndolas levantar una por una, las ponía a la venta, a la más agraciada de todas primero y luego, cuando ya ésta había sido vendida por un buen precio, subastaba otra, la que después de ella era la más hermosa. Eran vendidas bajo condición de matrimoniarlas, y de esta manera cuantos babilonios ricos eran casaderos pujaban entre sí y compraban a las sobresalientes en belleza, mientras que los plebeyos que se hallaban en edad de casarse, como no tenían necesidad ninguna de una hermosa figura, recibían dinero y las jóvenes más feas. En efecto, cuando el heraldo había terminado de subastar a las doncellas más hermosas, hacía levantar a la más fea, y si había alguna de ellas lisiada también a ésta subastaba, preguntando en alta voz quien quería matrimoniarla por menos precio, hasta que era adjudicada al que se conformaba con la suma menor. El dinero se obtenía de las muchachas más agraciadas y de este modo las hermosas casaban a las feas y lisiadas. Por otro lado, nadie podía dar en matrimonio su propia hija a quien quisiera, ni tampoco era lícito llevarse sin fiador a la chica que compraba, sino que había que constituir fiadores de que iba a casarse con ella y así llevársela; si no lograban avenirse, era costumbre devolver el dinero. Y también era lícito que el llegado de otra aldea comprara, si quería».

MIDAS. Por José Manuel Colubi Falcó

Midas ante  Baco
 Nicolás Poussin
1594-1665
 

Los relatos de Midas, de Creso, del becerro de oro –personaje del mito aquél, histórico el segundo, figura de la Historia Sagrada el último- han estado siempre, hoy también, de actualidad. Expresa o tácitamente admirados o vituperados, han alcanzado la categoría de símbolos: así, el hombre que hace pingües negocios es un midas, el inmensamente rico un creso, y de la sociedad materialista que rinde culto al dinero se dice que venera el becerro de oro. Midas, protagonista de varias leyendas, es conocido sobre todo por su relación con el dios Baco. Se cuenta que el viejo Sileno, educador de Dioniso, se había extraviado del cortejo del dios y estaba durmiendo su borrachera en los montes de Frigia, donde lo hallan unos campesinos que lo conducen, atado con guirnaldas, a presencia de su rey, Midas, que así se llama, apercibido de quién es, le da hospitalidad y luego lo restituye al séquito del dios. Éste, agradecido, le pregunta qué desea, con objeto de dárselo en don. «Que todo cuanto yo toque –dice Midas- se convierta en oro».

             Y así sucede: el rey toca una rama y al punto se convierte en oro, pero también el vino y los manjares que le sirven sus servidores, de suerte que Midas, acuciado por el hambre y la sed, comprende cuán necio había sido su deseo y ruega al dios que revoque el beneficio: cumpliendo las órdenes de Baco se lava en las aguas del Pactolo y pierde tal facultad, pero desde entonces las arenas del río son auríferas. Menos conocida es la leyenda del certamen musical entre Pan y Apolo, entre la siringa, flauta de Pan de caña, de siete tubos, -la de los afiladores ambulantes- y la lira del dios de la armonía.

             Cuenta el mito que, cierta vez, Pan retó a Apolo a que compitiera con él en un concurso. Elegido árbitro el viejo Tmolo, ante éste y un nutrido auditorio formado por las ninfas y Midas, ambos contrincantes ofrecieron lo mejor de su repertorio: Pan logra modular con su siringa unos aires musicales que a Midas le parecen más armoniosos que los de la lira de Apolo.

             El juez, Tmolo, declara vencedor al último, en medio de una gran ovación de las ninfas, y sólo el estulto rey de Frigia defiende los méritos de Pan; mas mientras perora en pro de éste, percibe que de su cabeza, entre los cabellos, crecen desmesuradamente dos orejas de burro, largas y llenas de vello.

             No había llegado aún a aquel mundo la moderna pedagogía. Eso parece.

 

JOSÉ DE ARIMATEA LIBERADO POR JESÚS. Por José Manuel Colubi Falcó

 

José de Arimatea

por Pietro Perugino

1448-1523

 

Un pasaje de las Actas de Pilato (Los evangelios apócrifos, B.A.C. nº 148), que traduzco, cuenta el diálogo de José de Arimatea y los sacerdotes y levitas sobre el encierro y liberación de aquél por Jesús. Dice así:

   «Y le dijeron: «Sentimos gran inquietud porque pediste el cuerpo de Jesús, lo envolviste en una sábana limpia y lo depositaste en el sepulcro. Por esa razón te encerramos en una casa donde no había ventana, pusimos llaves y sellos en las puertas y unos custodios vigilaban (el sitio) donde estabas encerrado. Y cuando la abrimos, en la primera del sábado, no te encontramos y nos afligimos mucho… Y ahora cuéntanos qué ha sido de ti.»

   »Y dijo José: «El viernes, alrededor de la hora décima, me encerrasteis, y permanecí (allí) todo el sábado. Y a medianoche, estando yo de pie rezando, la casa donde me encerrasteis se quedó colgante de los cuatro ángulos y vi como un relámpago de luz ante mis ojos. Presa del miedo caí en tierra, y alguien me cogió de la mano y me sacó del sitio donde yo estaba caído, un reguero de agua corrió desde mi cabeza hasta los pies y una fragancia de ungüento llegó alrededor de mis narices. Y habiéndome secado la cara, me besó y dijo: «No temas, José, abre tus ojos y mira quién es el que te habla.» Yo, habiendo levantado la vista, vi a Jesús; tembloroso, me pareció que era un fantasma y empecé a recitar los mandamientos. Y también él los recitaba conmigo. Y como no ignoráis, un fantasma, si se aparece a uno y oye los mandamientos, huye en fuga, y yo, en habiendo visto que los decía conmigo, le dije: «Rabino Elías.» Él me dijo: «No soy Elías.» Y yo le dije: «¿Quién eres, Señor?» Y él me dijo: «Yo soy Jesús, cuyo cuerpo pediste a Pilato, y me envolviste en una sábana limpia, me pusiste un sudario sobre mi cabeza, y me pusiste en tu cueva nueva, e hiciste correr una piedra grande delante de la puerta de la cueva.» Y dije a quien me hablaba: «Muéstrame el lugar donde te puse.» Y me llevó y señaló el lugar donde yo le puse, y la sábana yacía en él, y el sudario (que estaba) en su cabeza. Yo reconocí que era Jesús. Y me cogió de la mano y me puso en medio de mi casa, aún estando cerradas las puertas; y me llevó mi lecho y dijo: «La paz sea contigo.» Y me besó y dijo: «En cuarenta días no salgas de tu casa; pues he aquí que me voy junto a mis hermanos, a Galilea.»

   »Habiendo oído estas palabras de José, los archisinagogos, sacerdotes y levitas se quedaron como muertos y cayeron en tierra.»