Posts categorized “«MITOS E HISTORIAS» POR JOSÉ MANUEL COLUBI FALCÓ”.

EL SOLDADO ARQUÍMEDES. Por José Manuel Colubi Falcó

Arquímedes
(287-212 a. C)
por José Ribera
(1591-1652)

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Estudiábamos «la palanca» en clase de ingreso en aquel bachillerato de siete cursos, tan lejano y añorado por armónico y completo, y el maestro, don Florencio, aprovechó la ocasión para hablarnos de Arquímedes de Siracusa (287-212 a.C.), de su célebre desafío («Dame donde yo me mantenga firme y yo muevo la Tierra»), de su conocido grito heúreka («Ya lo tengo») cuando descubre, estando en la bañera, su famoso principio, y de la memorable defensa que hizo de su patria frente a los romanos. Hoy haré memoria de él.

…………Discípulo de Euclides en Alejandría, regresado a la patria se dedica al estudio. Astrónomo, matemático, físico, geómetra, inventor, se le atribuyen las del tornillo sin fin, la polea compuesta, la rueda dentada… y unas máquinas que tuvieron en jaque al ejército y armada de Marcelo, el cónsul romano que consiguió Siracusa. Plutarco (Vida de Marcelo, XIII y sigs.) y Tito Livio (Historia de Roma desde su fundación, XXIV, 34) narran aquella defensa.

…………Marcelo atacaba Siracusa por tierra y por mar confiando en un rápido éxito. Y así hubiera sido de no ser por un varón singular, Arquímedes, quien, cuando los siracusanos, creyendo que nada podrían oponer a tan gran fuerza, manteníanse inmóviles, con sus máquinas enfrentóse a un tiempo al ejército y a la armada: con proyectiles de toda clase disparados desde las troneras que ha mandado abrir en la muralla y con piedras enormes lanzadas con gran celeridad destroza y aplasta las formaciones romanas; y en cuanto a las naves, con unos maderos que repentinamente aparecen por encima del muro hunde a unas a impulsos de un peso que se apoya en ellos, a otras las levanta en vilo mediante unas manos de hierro y las deja caer de popa, o las hace girar por medio de cables cruzados hasta estrellarlas contra las rocas; e incendia otras valiéndose de un sistema de espejos que concentran los rayos solares.

…………Arquímedes muere cuando cae Siracusa: absorto en la resolución de un problema, no responde a la orden de un soldado y éste, para aflicción de Marcelo, lo atraviesa con la espada. Dicen que había mandado colocar sobre su tumba un cilindro con una esfera inscrita y por inscripción «la proporción de superioridad del sólido continente respecto del contenido», o sea, 3 : 2.

LAS MUSAS. Por José Manuel Colubi Falcó

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Apolo de Belvedere

s. IV a. d. C.

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Las Musas son, en la mitología y en la tradición literaria griegas, la personificación del Pensamiento (así, con mayúsculas) en sus muy varias manifestaciones: música, canto, inspiración poética, elocuencia, historia… y como tales, es decir, como patronas de las artes y de las ciencias, pasan a Occidente, a Roma, y a todas las literaturas hijas de la griega y la romana.

…………Habitantes de los montes –según se deduce de una de las etimologías propuestas-, cabe arroyos y fuentes, parecen ninfas de las aguas que inspiran el canto a los pastores cuando apacientan sus rebaños en aquellas soledades. Y en consonancia, son tres en un principio: Meléte (la meditación, reflexión), Mnéme (la memoria) y Aoidé (el canto, la canción), para pasar luego a nueve, formando un coro bajo la dirección del dios Apolo, a quien por ello recibirá el apelativo de musageta, guía o conductor de las musas. Los poetas las ven, e incluso la fantasía de las gentes percibe sus cánticos en el susurro nocturno de las aguas que discurren por los cauces de los arroyos. Dícese que son hijas de Zeus y de Mnemosyne (Memoria), de Harmonía, o de Urano y Gea, del Cielo y de la Tierra, y que habitan en Piería (de ahí que se las llame también piérides), cerca del monte Olimpo, o en el Helicón, y sus nombres propios evocan su patronazgo particular: Erato (según eros, amor) es la musa de la poesía lírica, cantada al son de la lira, muy a menudo erótica; Euterpe, la que deleita, patrona de los músicos, lo es de la música de flauta y de la poesía cantada al son de ésta; Calíope, la de hermosa voz, de la poesía épica y de las ciencias en general; Clío (según kléos, fama, gloria, noticia), de la Historia, lógicamente; Melpómene, la que canta, la cantora, de la tragedia; Terpsícore, delicia de la danza, de los bailes y cantos corales; Polimnia, la de muchos himnos, de los himnos que se entonan en honor de los dioses; Urania (según Ouranós, cielo), de la astronomía; y por último, Talía, la floreciente, de la comedia y de la poesía bucólica, pastoril.

…………Invocadas por los poetas antiguos en demanda de inspiración, los posteriores lo harán como recurso literario, a veces para satirizarlas, y nuestro gran Quevedo firmará de joven, con el pseudónimo de Miguel Musa.

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SOLÓN. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Solón, legislador de Atenas
por Merry Joseph Blonde
1781-1853 

ENTRE los muy pocos poetas y, menos aún, filósofos que han ejercido tareas legislativas y de gobierno en sus patrias cuéntase Solón (640-560 a. C.), un noble que, en Atenas y armonizando justicia y fuerza, puso la primera piedra de un edificio que, pasando el tiempo, se llamaría democracia.

             Elegido árbitro por las facciones en lucha, Solón resuelve primero el problema humano de los esclavos por deudas: éstas son condonadas, aquéllos recobran la libertad, los vendidos fuera del Ática son rescatados con cargo al erario público, y queda rigurosamente prohibido que la libertad garantice créditos. En política introduce cambios importantes, y, así, la riqueza, y no el linaje, otorgará la elegibilidad para los cargos (con progresivas cargas inherentes); dividida la sociedad en cuatro clases (pentacosiomedimnos, que cosechan quinientas medidas de grano, caballeros, yunteros y jornaleros), las dos primeras acceden a las magistraturas superiores y, junto con la tercera, a las inferiores, y todas forman la Asamblea, que se constituye también en tribunal de apelación contra las decisiones de magistrados, llamado Heliea.

            Aunque en su obra poética sobresale la Elegía a las Musas, quiero ahora destacar su poemita sobre la vida del hombre, que Juan Ferraté traduce así:

 

 Cuando cumple los siete, pierde el tierno muchacho

los primeros dientes que echó siendo un crío.

Y cuando Dios le completa por fin los segundos siete años

la pubertad creciente ya empieza.

Y al septenio tercero, espigándose aún, se le cubre

de vello el mentón y cambia la flor de la piel.

Y al cuarto septenio es cuando tiene la fuerza más grande,

entre los hombres segura señal del valor.

Y el quinto es el tiempo en que el hombre debiera pensar en casarse

y  procurar obtener descendencia de hijos.

Y al sexto madura la mente del hombre en todas las cosas

y ya en adelante no quiere descuido en sus actos.

Y al séptimo tiene el juicio y el habla mejores, lo mismo

que al octavo; y suman los dos catorce años.

Y al noveno le queda poder; no obstante, es más débil,

mirando al perfecto valor, en lengua y prudencia.

Y al décimo, si alguien lo alcanza y llega hasta el límite,

no vendrá antes de tiempo a buscarlo la muerte.

 

EL TESTAMENTO DE ARISTÓTELES. Por José Manuel Colubi Falcó

Aristóteles
por Rembrandt
1606-1669

Entre las inscripciones griegas es frecuente hallar epigramas, con su laudatio funebris, para tumbas de caballos, perros, gatos, ¡incluso de grillos canoros!, animales que habían sido las delicias del hogar familiar. Siguiendo el ejemplo, honro aquí la memoria de un perrito que fue, para su amo y sus amas, custodio leal de la casa, maestre de admisiones y, sobre todo, amigo fiel como sólo saben serlo los perros, hasta que la Moira cortó, inmisericorde, el hilo de su vida. Dicho este elogio fúnebre, veamos el testamento de Aristóteles (el sabio, se entiende, no el perrito, que murió intestado); lo transmite Diógenes Laercio (siglo III d.C.) y dice así:

…………«Todo irá bien. Pero si algo sucediere, estas voluntades dispuso Aristóteles: “Sea tutor de todo y por siempre Antípatro; hasta que Nicanor los tome a su cargo, cuiden Aristómenes, Timarco, Hiparco, Dióteles, Teofrasto, si quisiere y le fuere posible, de los niños, de Herpílida y de los caudales relictos; y cuando sea hora para la niña, sea dada a Nicanor; pero si algo sucediere a la niña -¡lo que no suceda, ni sucederá!- antes de casarse o cuando se haya casado, no habiendo hijos, Nicanor haya poder de administrar respecto de mi hijo y respecto de todo lo demás, de un modo digno de él y de nos. Cuide Nicanor de la niña y del niño Nicómaco, del modo que considere él digno en lo relativo a ellos, como si fuera su padre y hermano. Mas si antes sucediere algo a Nicanor -¡lo que no suceda!-, antes de tomar a la niña o después de haberla tomado, no habiendo hijos aún, si él hubiere ordenado algo, eso sea firme… Cuiden los tutores y Nicanor, acordándose de mí, de Herpílida, porque fue diligente conmigo, y de las otras cosas, y si quiere tomar marido, no sea dada de modo indigno de nos. Denle, además de las cosas que ya antes le han sido dadas, un talento de plata del caudal relicto, tres criadas, si quiere, y la esclava que tiene y el chico Pirreo. Y si quiere vivir en Calcis, la hospedería que hay junto al huerto; si en Estagira, la casa paterna… Sea también libre Ambrácida y denle, cuando la niña sea dada, y Filón, y Olimpio, y su hijo. No vendan a ninguno de los esclavos que cuidaron de mí, sino sírvanse de ellos, y cuando estén en la edad, déjenlos libres por su mérito… Donde construyan [mi] tumba, pongan allí también, habiéndolos llevado, los huesos de Pitíade, como ella ordenó…”»

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ANDROCLO Y EL LEÓN. Por José Manuel Colubi Falcó

 

 Una ilustración de John D. Batten  (1860-1932)
sobre la historia de Androclo y el león
contenida en el libro «Europa’s fairy book»  de Joseph Jacobs (1854-1916)
 

 

ATROCIDADES se cuentan, y muchas, de los circos y de los anfiteatros romanos, mas también a veces puede leerse alguna historia o leyenda feliz. Así, Aulio Gelio, en Noches áticas V, 14, refiere una, tomada de un testigo.

 

            Cuenta que, cierta vez, cuando se ofrecía al pueblo una copiosísima cacería, entre las muchas fieras de tamaño y fiereza extraordinarios, destacaba un león de enormes proporciones, que atrajo la atención de todos los espectadores. Uno de los condenados in ludum, ad bestias, a los juegos, a las bestias, era cierto Androclo, siervo de un varón consular, que, lógicamente, estaba casi exánime de miedo ante su más que cierto futuro; lo vio el león de lejos, se paró de repente y, luego, poco a poco, admirado, como reconociéndolo, se acerca a él moviendo «la cola según el rito y la costumbre de los perros cuando adulan, … se pega al hombre y con la lengua le acaricia cariñosamente las piernas y las manos. El siervo Androclo recupera el ánimo perdido y dirige sus ojos a la contemplación del león», y entonces, entre clamores, se les pudo ver abrazados, a hombre y león, contentos y felices.

 

            El César hizo venir a Androclo para preguntarle por la causa de tan raro suceso. La respuesta fue digna de la novela más fantástica: Siendo su amo gobernador de África, Androclo, azotado todos los días, se ve obligado a huir al desierto, donde halla refugio en una cueva, la misma a la que, al poco, acude un león que, entre gemidos, le levanta una pata en la que tiene clavada una astilla; el siervo, azorado, le arranca la astilla, aprieta la herida, saca el pus hasta que sale sangre natural, y la lava. Desde entonces, hombre y bestia hacen vida común durante tres años, comiendo el mismo alimento, carne, que trae el león y que con los rayos solares de mediodía asa Androclo para su sustento. Así hasta que el siervo, harto de aquella vida de fiera, abandona la cueva, con tan mala fortuna que, al poco, es capturado por unos soldados y restituido a su amo, ya en Roma. El resto se adivina fácilmente. Y se pudo ver, en Roma, a Androclo y al león, atado éste con suave correa, recorrer las tiendas; el uno recibía dinero, el otro, flores, y se decía: «Éste es el león huésped del hombre, éste, el hombre médico del león».

 

DEMÉTER Y KORE. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Christoph Schwartz

München

1545- 1592

 

«Todos los hombres tienden por naturaleza a saber», dice Aristóteles en su Metafísica. Desde que el mundo es mundo, el hombre busca explicación a los fenómenos naturales, y el mito, cuyos protagonistas son dioses y héroes, le da la primera, aclarando cómo aquél llegó a ser, cómo impera en él un cosmos, un orden inexorable, que acabará por legarle, en la tradición, su nombre, que será también el de la belleza. Así hasta que, en Mileto, Tales introduce la razón en la investigación de la naturaleza.

   Los mitos son nuestros primeros cuentos. Y como la primavera llega, bueno será recordar uno, viejo y hermoso, fuente de inspiración para artistas del cincel, del pincel y de la pluma: el de Deméter y Kore.

   Damáter, Deméter, «Tierra Madre», es la diosa de la agricultura, de la tierra fértil, llamada por los romanos Ceres, quien con sus dones, los cereales, nutre a los humanos y permite que los olímpicos reciban de éstos los honores debidos. Es la primera que remueve la gleba con el corvo arado, la primera que da a las tierras frutos y alimentos en sazón, la primera legisladora. Y madre también de «la niña», de Kore, Perséfone, la Proserpina romana, indisolublemente unidas ambas, «las dos diosas» por la historia del rapto de Proserpina: jugaba la niña con sus amigas en los prados de Enna, en Sicilia, cuando la tierra se abre y su tío, Plutón, herido por el dardo de Eros, la rapta, llevándola a los Infiernos –él es su rey, y ella será la reina- en un carro tirado por negros caballos. Inútil el grito de Kore…

   Deméter, enloquecida, recorre el mundo, preguntando acá y allá por su hija, hasta que el sol, «omnividente», le da razón del rapto y del raptor. Airada, no vuelve al Olimpo y, sentada en la piedra «sin risa», resuelve, vengativa, negar fertilidad a la tierra: no germinan las simientes, los bueyes tiran en vano de los corvos arados, el calor agosta las plantas o las malogra la lluvia, los pájaros comen las semillas sembradas… Alterado el orden, Zeus, propicia un acuerdo: la niña no puede volver para siempre con su madre –comió unos granos de granada en la mansión infernal y el Hado impide el regreso-, pero sí repartir el año entre Plutón, su marido, y Deméter. Y ésta sonríe, es feliz, cuando en primavera su hija abandona aquel reino sombrío y sube para vivir con ella hasta que llegue la estación de la siembra, la hora en que ha de regresar al Infierno, llenando de tristeza a la Tierra Madre, a Damáter.

   Mito del ciclo de las estaciones, de la germinación, Proserpina, la semilla, baja a las profundidades, para renacer, cada año, en primavera.

 

ANACARSIS ESCITA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Xilografía de los Siete Sabios de Grecia

realizada por Hartmann Schedel para el «Liber Chronicarum»,

impreso en Núremberg

en 1493

 

Dice Diógenes Laercio, en sus Vidas de Filósofos, que Pitágoras fue quien acuñó el término filosofía, que se llamó a sí mismo filósofo y dijo que ningún hombre es sabio, sino que sólo Dios lo es. Y añade que pronto aquélla llamóse sabiduría, y sabio el profesante que habría laborado con esmero en la excelencia del espíritu; que filósofo es el que ama la sabiduría, y que los sabios eran llamados sofistas, pero no ellos solos, sino también los poetas.

   Con ello entramos en la historia de los «Siete sabios de Grecia», que, según se nos contaba antaño en la escuela, eran hombres amantes del saber, gobernantes o legisladores, y fueron: Tales de Mileto, Solón de Atenas, Periandro de Corinto, Cleobulo de Lindos, Quilón de Esparta, Bías de Priene y Pítaco de Mitilene. Siete en total, pero en la repesca se añaden otros: Anacarsis escita, Misón queneo, Ferecides de Siros y Epiménides de Creta. Algunos pretenden incluir a Pisístrato, tirano de Atenas.

   Veamos que nos dice de Anacarsis la historia: Escita de sangre real y madre griega, conocía ambas lenguas y le fue fácil visitar Grecia. En Atenas gozó de la hospitalidad, amistad y doctrina de Solón, y luego, helenizado, regresó a su tierra, donde murió «asesinado –dice él- por la envidia».

   El mar no le inspira confianza, pues, habiéndose enterado de que el grosor de las naves es de cuatro dedos, dice: «Tanto distan de la muerte los que navegan»; o cuando uno le pregunta si son más los vivos o los muertos, demándale él en qué lugar sitúa a los navegantes; y, en fin, consultado sobre qué naves considera más seguras, responde: «Las varadas en la orilla».

   Contado entre los legisladores, de sus dichos se deduce que en el vino no veía –como los más de aquéllos- atenuante. Así, dice que en la cepa hay tres racimos: el primero, del placer, el segundo, de la embriaguez, y el tercero, del desplacer; que en las tabernas mienten incluso quienes prohíben mentir, y que el único medio de no ser borracho es tener ante los ojos las indecencias de los borrachos.

   Hombre universal, templado, amante de la verdad, a un ateniense que se le mofa por ser escita, responde: «Mi patria es mi vergüenza, pero tú eres el deshonor de la tuya»; le sorprende que compitan los artistas y que sus críticos no sean artistas, y predica la moderación en el vientre, el sexo, la lengua. En fin, profundo conocedor de esa lengua, que es lo mejor y lo peor que hay en el hombre, dice que el ágora (donde se celebran asambleas, mercados y se administra justicia) es lugar definido para mutuos engaños y fraudes.

 

LA LENGUA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Esopo

Por Velázquez

(1599-1660)

 

Hace muchos años leí, en la Vida de Esopo, una historia cuyo protagonista era él, a la sazón esclavo de confianza de Janto. En cierta ocasión, éste le encargó que preparase una cena con lo mejor que hallara en el mercado, pues había invitado a unos amigos. El fabulista lo hizo y sirvió unos platos a base de lenguas guisadas de mil maneras. Y preguntado el porqué, respondió que la lengua es lo mejor que hay en el mundo: por ella se ordena el saber, la cultura, el Estado, se fijan las leyes, las normas, etc. El amo hízole el mismo encargo para el día siguiente, pero con lo peor que pudiera haber en el mercado, dado que los convidados eran antipáticos, y Esopo, obediente, volvió a servir una cena con lenguas condimentadas muy variamente. Y a la pertinente pregunta dio sabia respuesta: la lengua es también lo peor que existe, porque por ella hay odios, engaños, rivalidades, guerras, etc.

 

Fotograma de Ciudadano Kane

película que trata sobre 

William Randolph Hearst

por Orson Welles

(1915-1985)

 

   La metáfora del fabulista es clara, y el mensaje, implícito, más. En griego están escritas sus fábulas, y sabido es que entre los griegos la lengua pasaba por ser el mayor don que los dioses hicieron a los hombres: el lógos, la palabra –y las palabras constituyen la lengua-, es la sede, el templo, la morada, el hogar del concepto, de la idea que transmitimos al prójimo o recibimos del mismo, y de ahí el culto que siempre le rindieron, y el afán de precisión, exactitud y elegancia en la expresión que culminaron en sus creaciones de oratoria y retórica, en su investigación filosófico-científica, en sus excelsas obras literarias; espíritu, actitud, afán que continuaron luego sus hijos y discípulos, padres nuestros, los romanos, y hoy, entre nosotros, hállanse quintaesenciados en la plegaria que Juan Ramón eleva a la Inteligencia: «¡Dame el nombre exacto de las cosas!… Que mi palabra sea la cosa misma, creada por mi alma nuevamente. Que por mí vayan todos los que no las conocen, a las cosas».

   Y de ahí también que denunciaran, unos y otros, el peligro de su manipulación, el de su corrupción con fines espurios. Ya Tucidides, en su búsqueda de la objetividad y con ese estilo suyo seco y desapasionado, nos dice que, en situaciones convulsas o de riesgo, tanto los pueblos como los individuos recurren a la tergiversación de las palabras, a la alteración del significado propio de las mismas con objeto de justificar actos que de otro modo serían reprobables. Y, entre los romanos, Cicerón, orador célebre universalmente y quincenalmente recordado en estas páginas ( de La Voz de Alcalá), en su De re publica, pone en boca de otro personaje universal, Escipión, unas palabras que son tanto del ayer como del hoy y denuncian unos hechos que no por antiguos dejan de ser menos actuales; en un coloquio en el que se habla del voto o sufragio y de la sentencia del juez, y de su corrupción, es decir, del soborno y del engaño, el Africano dice: «Y pues en el Estado nada debe haber tan incorrupto como el sufragio, como la sentencia, no entiendo por qué el que ha corrompido con dinero es digno de un castigo, mientras que el que lo ha hecho con la elocuencia encima se lleva alabanzas. A mí, ciertamente, me parece que hace más daño el que corrompe a un juez con su discurso que el que lo corrompe con dinero,  porque nadie puede corromper con dinero a un hombre honrado, mas con la palabra puede».

   Nunca me apenará haber comenzado mis estudios de latín a los diez años y los de griego a los catorce, como era normal entonces. Son dos lenguas ricas y rigurosas, universales, vivas y muy vivas, que, madres de las nuestras y nodrizas de todas, nos hacen penetrar en las profundidades de las palabras, adentrarnos en sus arcanos y hallar ese nombre exacto de las cosas que suplica Juan Ramón en su plegaria. Y también expresarnos con rigor, sencillez y belleza, que, contra lo que se cree, no están reñidos, aunque, eso sí, exigen esfuerzo. En mi actividad profesional –y los institutos Cristóbal de Monroy y Albero han sido escenarios de casi dos tercios de la misma- he insistido siempre en la necesidad de ser filólogos –amantes de la palabra- para que ella nos sirva, es decir, sea nuestra sierva. Y cuantas más siervas de éstas tengamos, mejor, pues mayor será nuestra riqueza intelectual, de conceptos, de ideas, de conocimientos, o sea, de sabiduría. Y ese amor implica respeto a su significado. ¿Hoy se dan aquél y éste? Sinceramente, yo no los veo, sino auge de sus contrarios, fenómeno que algunos llaman babelización y yo misología (de misos, odio, aversión, de misein, odiar); (ab)usos impropios, significaciones disparatadas, confusión de elocuencia y charlatanería, imprecisión incluso en disposiciones que regulan nuestra convivencia, alternancia de significados contrarios según corren los días –y las conveniencias-, desconsideración interesada de cláusulas dentro de los períodos, todo contra la transmisión del conocimiento, contra la persona, en suma. Porque, como ha demostrado repetidas veces la Historia, esa actitud respecto de la lengua, si se lleva a las leyes –cuyos preceptos son expresados mediante palabras- , conduce a la inseguridad jurídica, indeseable por demás, pues del individuo hace un súbdito aunque bajo la apariencia de ciudadano. ¿Catastrofismo? ¿Visión trágica de las cosas? El lector juzgará. Yo sólo quiero terminar invitándole a que vea la viñeta del maestro de nuestros humoristas –son éstos, los humoristas, quienes mejor retratan los tiempos que viven las sociedades-, don Antonio Mingote, aparecida en el ABC del miércoles 21 de diciembre de 2005; en ella, una manifestación multitudinaria porta una pancarta cuya leyenda dice: «Al pan, pan, y al vino, vino», y un progre que la contempla con cara de pocos amigos exclama despectivamente: «Reaccionarios». Intelligenti pauca, en latín, que los españoles han traducido: «Al buen entendedor, pocas palabras».

   P. s. Durante el curso académico 1958-1959, los alumnos de Letras de Preuniversitario, cuyas edades oscilaban entre los dieciséis y los dieciocho años, tradujeron, entre las obras de Cicerón, el tratado De re publica, «Del Estado», y entre las de Juan Crisóstomo, la Homilía en defensa de Eutropio, cuyo estudio, además de hacerlos ahondar en el conocimiento de las lenguas latina, griega, española y otras muchas, romances y no romances, y en la adquisición de una base lingüística muy amplia y profunda, los enriquecía en principios éticos.

 

LA ESPADA DE DAMOCLES. Por José Manuel Colubi Falcó

 

 

La espada de Damocles
por Richard Westall
(1765-1836)
 

Historia que cuenta Cicerón, en sus Disputaciones tusculanas V 61-62, sobre los graves riesgos que continuamente penden sobre los tiranos, ha entrado a formar parte, por derecho propio, de nuestro acervo paremiológico (paremiología, ramita del saber que estudia los refranes) o, si se prefiere, del refranero, en el que simboliza el permanente peligro –y miedo– en que viven quienes ostentan  –a veces detentan– el poder. La historia narra un suceso en la corte de Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa, y dice así:

 

            «Como uno de sus aduladores, Damocles, hiciera memoria, en la conversación, de sus riquezas, de su opulencia, de la majestad de sus dominios, de la abundancia de bienes, de la magnificencia de sus regios palacios, y dijera que nunca había nacido alguien más feliz, le dijo: “¿Quieres, pues, oh Damocles, puesto que esta vida te deleita, gustar tú mismo de ella y experimentar mi fortuna?” Y como aquél hubiera dicho que lo estaba deseando, ordenó que el hombre fuera colocado en un lecho de oro, cubierto por un tapiz muy pulcramente tejido, y adornó los muchos vasares con utensilios de plata y oro cincelado. Luego mandó que se situaran junto a su mesa esclavos selectos, de singular hermosura, y que éstos la sirvieran diligentemente, atentos a una señal suya con la cabeza. Había ungüentos, coronas, se quemaban aromas, las mesas estaban llenas de manjares exquisitísimos. Damocles veíase afortunado. En medio de este aparato, (Dionisio) ordenó que del artesonado se bajara una espada fulgente atada con una crin de caballo, de suerte tal que pendiera sobre la cabeza de aquel hombre feliz. En estas circunstancias, (Damocles) ya no miraba a los pulcros servidores, ni la plata plena de arte, ni alargaba sus manos a la mesa, incluso las mismas coronas se deslizaban (de su cabeza); y, en fin, acabó por suplicar al tirano que le diera permiso para marchar, que ya no quería ser feliz.»

 

            Y Cicerón prosigue, esta vez comentando el hecho y extrayendo consecuencias: «¿No te parece que Dionisio ha declarado suficientemente que no hay felicidad ninguna para aquél sobre quien pende siempre algún terror? Y él no tenía intacta ni siquiera la posibilidad de volver a la justicia y restituir a los ciudadanos su libertad y sus derechos.»

 

HADES. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Hades
Agostino Carracci
S. XVI

 

Mes de noviembre, mes de los difuntos –los que han consumido su día–, consonante con la Naturaleza, adormecimiento, hojas caídas… Todas las religiones tienen mundo de los muertos; la griega también: el Hades.

 

            ¿Quién y qué era Hades? El Invisible, el dios de los infiernos –lugares inferiores–, y su reino, por metonimia, llamábase Hades. Hijo de Crono, con sus hermanos Zeus y Posidón se reparte el mundo, y como es el más chico, le toca lo peor: el reino de allá abajo, lóbrego, tenebroso, adonde nadie quiere ir. De ahí que sea célibe a la fuerza durante mucho tiempo: ninguna diosa quiere casarse con él, hasta que, harto, recurre a la violencia y rapta a su sobrina Perséfone, Proserpina, hija de Deméter, en uno de los más hermosos mitos griegos. Aunque, como la Tierra guarda en su seno inagotables riquezas, es llamado también Plutón, «el rico».

 

            Ese reino –al que los poetas llamarán también Orco y Érebo– tiene un guardián, el can Cérbero, de tres cabezas, que impide la entrada a los vivos y la salida a las sombras de los muertos. Los nombres de los ríos que lo riegan ya lo dicen todo: el Aqueronte, el Cocito, el Piriflegetonte, el Estigio, ríos de la aflicción, del lamento, de las ígneas llamas, el odioso, y también el de su fuente, Lete, del olvido, cuyas aguas beben los muertos para olvidarse de su vida en la tierra. El barquero Caronte cruza  con ellos el Aqueronte  –previo pago, claro, del billete, un óbolo, que llevan en la boca– y los deja en la otra orilla, en manos de Hermes (Mercurio), quien los presenta a un tribunal de tres jueces, Minos, Éaco y Radamantis, que juzga sus hechos en vida: los buenos serán conducidos a los Campos Elíseos (Campos de los beatos, de los felices, de los bienaventurados), los malos, arrojados al Tártaro.

 

            En el Elíseo, los bienaventurados viven en verdes prados tachonados de flores, halagados sus oídos por los trinos de los pájaros, sin penas ni enfermedades, acariciados por dulces brisas y disfrutando de una tierra fecunda que les da triple cosecha anual sin esfuerzo. El Tártaro, en cambio, es la cárcel de los malos, custodiada por las Furias, que inmisericordemente los azotan con sus látigos, y rodeada por el Pirigefletonte a modo de foso; residencia de toda suerte de enfermedades, miserias, fatigas, males, allí están las Arpias, y, cómo no, los célebres malvados como Tántalo, siempre sediento y persiguiendo, en vano, las aguas que escapan de él.