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LA BATALLA DE CANNAS. Por José Manuel Colubi Falcó

La batalla de Cannas
Cornelis Cort
1533-1578

Librada el 2-8-216 a. C., junto a un pueblo cercano a Barletta, al que dio renombre –Canne della Battaglia hoy-, fue el mayor desastre romano de la segunda guerra púnica, y ha sido, hasta hace poco, estudiada detenidamente en las academias militares por el planteamiento de Aníbal, sus sutiles maniobras y sobre todo por la magistral dirección de la caballería. Sus pormenores los narran Polibio (III, 106-118) y Tito Livio (XXII, 39-54).

            Cuenta Livio, en los prolegómenos de su narración, que el ex-dictador Quinto Fabio Máximo y el cónsul Lucio Emilio Paulo –que, con Cayo Terencio Varrón, ejercía el consulado después de la dictadura de aquél-, mantuvieron una conversación sobre la táctica guerrera y los temores que inspiraba al primero la irreflexión e impulsividad del último. Paulo –decía el Verrucoso- tendría más problemas con Varrón que con Aníbal, y habría de enfrentarse a dos generales que querían lo mismo –la lucha abierta-, el uno, enemigo, el otro, su colega; que la única táctica válida era la por él seguida, pues Aníbal se hallaba en tierra extraña, hostil, escaso de recursos, e iba extenuándose, mientras que los romanos guerreaban en su casa, Italia; que ésa era la única vía de salvación; que debía resistir a los anhelos de los soldados de ambos ejércitos, y preferir que le temiera un enemigo sabio a que lo elogiaran unos conciudadanos necios. Esos temores de Fabio no eran vanos.

            Ambos consules, el patricio Emilio Paulo y el plebeyo Varrón, al frente del ejército se aproximaron a Cannas e instalaron en dos campamentos, junto al río Ofanto, cerca del de Aníbal; cada día, como era sólito, ostentaba el mando uno; Emilio Paulo seguía la táctica de hostigar al enemigo sin presentar batalla en campo abierto, hasta que aquel día fatídico el afán de gloria de Varrón hizo que se trabara batalla y los romanos sufrieron la mayor derrota de su historia –pérdida de 50.000 soldados y muerte de un cónsul, Paulo-. Cuenta Livio que un tribuno militar se acercó a éste, gravemente herido, y le ofreció el caballo para que huyera a Roma, lo que rechazó el cónsul, rogándole que lo hiciera él y anunciara a los senadores que fortificasen la Urbe, que él prefería morir entre sus soldados. Varrón sí huyó. Siempre pasa igual. El espectáculo del campo de batalla al día siguiente fue horrible hasta para los vencedores.

            De Aníbal dicen que no aceptó el consejo –seguir hasta la toma de Roma- de Maharbal, su jefe de caballería, lo que motivó que éste le dijera: «Sabes vencer, Aníbal, pero no sabes aprovechar la victoria».

LA ERÓTICA DEL PODER (EURÍPIDES, FENICIAS 503-558). Por José Manuel Colubi Falcó

Etéocles y Polinices
Giovanni Battista Tiepolo
1696-1770

Tras la caída de Edipo, sus hijos, Etéocles y Polinices, asumen el gobierno de Tebas, acordando ejercer el poder –Tiranía en el texto, deificada y equivalente a Poder- por veces alternas, anualmente. Consumido su turno, el primero se niega a cederlo, dando lugar a una guerra que acabará con la muerte de ambos. En la escena, la madre intenta, en vano, hacerles entrar en razón.

            Eurípides (480-405 a. C.), el «filósofo de la escena», critica, desde ésta, la ambición espuria de poder, expresión máxima del desequilibrio entre el interés particular y el general que se produce en la Atenas de la segunda mitad del siglo V a. C. Y lo hace recurriendo al mito tebano, trágicamente, al igual que hará con las guerras en sus tragedias del ciclo troyano.

            Interés individual, o de parte, y común disociados, Justicia y Derecho pisoteados por la Ambición de poder –también deificada aquí-, la Historia nos enseña infinitos ejemplos de lo que han sido capaces los hombres por alcanzarlo o conservarlo como sea. Hasta hoy. El texto griego, que traduzco, dice:

            «Etéocles.- Yo, madre, hablaré sin ocultar nada. Hasta los ortos de los astros, del sol, yo llegara, y al interior de la tierra, si capaz fuese de hacerlo, con tal de tener a la más grande de las diosas, la Tiranía. Y ese bien, madre, no estoy dispuesto a cederlo a otro, sino, mejor, a conservarlo para mí. Pues que uno, perdiendo lo más, tomara lo menos, falta de hombría fuera.

            »Además, vergüenza me da que éste, que viene con armas y devastando la tierra, alcanzara lo que pretende. Para Tebas sería un deshonor eso, que por miedo a la lanza micénica cediera yo mis cetros para que él los tuviera… Así que, si quiere vivir de otro modo en esta tierra, puede, que yo voluntariamente no consentiré en aquello. ¡¿Siéndome posible mandar, llegar yo a ser su siervo algún día?!

            »Ante eso, ¡venga fuego, vengan espadas, uncid los caballos, llenad de carros los llanos, que a ése no cederé yo mi Tiranía! Porque si hay que hacer injusticia, lo más hermoso es hacerla por la Tiranía, aunque en lo demás haya que ser pío.

            »Yocasta.- ¡Hijo, Etéocles! No todo son males en la vejez. La experiencia puede decir algo más sabio que la juventud. ¿Por qué, hijo, te aferras a lo peor de las diosas, la Ambición? ¡Tú no! ¡Injusta es esa diosa! En muchas casas ha entrado, y en ciudades felices, y ha salido, para ruina de quienes se abandonan a ella… Enloqueces por ella, tú. Hijo, mejor es honrar la Equidad, que siempre ata a amigos con amigos, a ciudades con ciudades, a aliados con aliados. Pues lo igual es, para los hombres, estable, mientras que frente al Más siempre se levanta como enemigo el Menos y desciende hasta días de odio… El ojo sin luz de la noche y la luz del sol recorren por igual el ciclo anual y ni uno ni otro de ellos siente rencor cuando es vencido… ¿No soportarás tener igual porción de palacio y repartirlo con éste? ¿Dónde está la injusticia?

            »¿Por qué honras tan sobremanera la Tiranía, una injusticia feliz, y eso lo consideras grande? ¿Para ser admirado como persona honorable? Vaciedad, sí. ¿O quieres sufrir mucho teniendo mucho en palacio? ¿Qué es lo más? Sólo un nombre, pues a los sensatos les basta lo que es suficiente. Los mortales no han ganado como propia la riqueza, sino que cuidamos los bienes, ¡de los dioses!, cuando los tenemos, y cuando quieren nos los quitan de nuevo. El poder no es seguro, sino efímero».

            P.S. Este documento, en griego, de dificultad cierta, fue objeto de estudio (análisis, traducción y comentario), en los primeros años de la década de los ochenta del pasado siglo, a cargo de alumnos del Curso de Orientación Universitaria, cuyas edades oscilaban entre los diecisiete y dieciocho años, en el Instituto Cristóbal de Monroy. Habida cuenta de la dificultad del texto, se requería a veces la ayuda y, por supuesto, la corrección del profesor, que, entre otras funciones, para ésta está. ¿Hoy eso sería posible? 

DICHOS LATINOS (SOBRE LA LIBERTAD PARA LOS ROMANOS). Por José Manuel Colubi Falcó

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Esta vez nuestro tema es La libertad, y cómo la veían los romanos. Lógicamente, el primer lugar lo merece la loa de su propio nombre, y a cargo de Cicerón (Verrinas V, 63, 162); O nomen dulce libertatis (¡Oh nombre dulce, el de libertad!); y a continuación la de su valor, de cálculo imposible: Non bene pro toto libertad venditur auro (La libertad no es bien vendida por todo el oro [del mundo]). ¿Y en qué consiste la libertad? Otra vez Cicerón (Paradojas de los estoicos V, 1, 1): Quid est enim libertas? Potestas vivendi ut velis (¿Qué es, pues, la libertad? La potestad de vivir como quieras). Sin hacer daño a nadie, se entiende.

En el mundo griego y en el romano, su falta, la esclavitud, se admite como hecho natural, incluso por pensadores eminentes. Pero también hay ideas contrarias: filósofos, juristas, escritores, que dicen: Omnes natura parit liberos (La naturaleza a todos los pare libres): Plauto, Aulularia 5; Iure naturali omnes liberi nascuntur (Según el derecho natural, todos nacen libres): Ulpiano… Frases éstas que recuerdan al griego Alcidamante, cuando afirma: «Todos los hombres son libres por naturaleza. Naturaleza no ha creado ningún esclavo.» Pero ¿de veras todos quieren ser libres? Siempre hay dudas, que más bien son afirmaciones: Pauci libertatem, pars magna iustos dominos volunt (La libertad la quieren pocos, una gran parte quiere amos justos): Salustio, Historias; y siempre nuestro paisano Séneca (Epístolas 22, 11; 92, 33; 47, 17; Cuestiones naturales 3, pr. 17): Paucos servitus, plures servitutem tenent (A pocos tiene la servidumbre; son más los que la tienen a ella); Nemo liber est qui corpori servit (Nadie que sea siervo del cuerpo es libre); Nulla servitus turpior est quam voluntaria (No hay servidumbre más torpe que la voluntaria); Sibi servire gravissima est servitus (Ser siervo de sí mismo es la servidumbre más grave).

¿Qué es lo que la desvirtúa? Su degradación: el libertinaje. Hay, pues, que delimitarlos: Deteriores omnes sumus licentia (El libertinaje nos echa a perder a todos): Terencio, Heautontimorumenos 483); Licentia, quam stulti libertatem vocabant (El libertinaje, que los necios llamaban libertad): Tácito, Diálogo 40, 2; Quae in aliis libertas est, in aliis licentia vocatur (Lo que en unos es libertad, en otros se llama libertinaje): Quintiliano, 3, 8, 48.

Finalmente, digamos que en la sala de juntas de la O.T.A.N. se lee su lema, una frase de Catón, recogida por Salustio (Conjuración de Catilina, 52, 21): Animus in consulendo liber (Espíritu libre en la deliberación), porque In civitate libera lingua et mens liberae esse debent (En una ciudad libre, la lengua y el pensamiento deben ser libres): Suetonio, Vida de Tiberio 28.

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DICHOS LATINOS (EL HOMBRE). Por José Manuel Colubi Falcó

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LA TRAICIÓN DE JUDAS. Por José Manuel Colubi Falcó

La última cena
Leonardo da Vinci
1452.1519

Nos lo cuenta la Declaración de José de Arimatea (cf. «Evangelios apócrifos», B.A.C. nº 148), en I, 3-4 y II, 2-4, textos que traduzco.

(I, 3-4): “Fue detenido también Jesús antes del tercer día de la Pascua, cuando era la tarde. No había Pascua para Caifás ni para la multitud de los judíos, sino que tenían una gran pena por el robo del ladrón que había tenido lugar en el santuario. Y habiendo llamado a Judas el Iscariote, hablan con él; era, en efecto, descendiente del hermano del sacerdote Caifás. No era por su aspecto discípulo de Jesús, sino que toda la multitud de los judíos habíanle impelido mediante engaño a que siguiera a Jesús, no para que fuera obediente a los portentos hechos por él ni para que lo reconociera, sino para que se le entregara a ellos, queriendo sorprenderle en alguna mentira. Al mismo tiempo le habían dado regalos por una acción de tal virtud, y un didracma de oro cada día. Hacía ya dos años que estaba con Jesús, según cuenta uno de los discípulos llamado Juan. Y en el tercer día antes de que fuera detenido Jesús, Judas dice a los judíos: «Venga, pongamos como pretexto que el ladrón no robó la ley, sino el mismo Jesús, y yo lo convenzo.»”

(II, 2-4): “Anás y Caifás dieron ocultamente bastante dinero a Judas el Iscariote, diciéndole: «Di, según nos dijiste anteriormente, (que) Yo sé que la ley ha sido robada por Jesús, a fin de que la acusación vuelva contra él y no contra esta muchacha irreprochable.» Y habiendo convenido en esto Judas, les dijo: «No sepa toda la multitud que yo he sido instruido por vosotros para hacer esto contra Jesús, sino soltad a Jesús, que yo persuado a la multitud de que eso es así.» Y con el engaño soltaron a Jesús. Judas, habiendo entrado en el santuario cuando empezaba a brillar el día quinto, dice a todo el pueblo: «¿Qué queréis darme y yo os entregaré al destructor de la ley y expoliador de los profetas?» Los judíos le responden: «Si nos lo entregas, te daremos treinta piezas (de plata, sic) de oro.» […] Y Judas tomó las treinta piezas (de plata, sic) de oro. Y habiendo salido a la hora cuarta, ya a la quinta halla a Jesús, que paseaba en la plaza. Cuando ya estaba a punto de ser la tarde, dice a los judíos Judas: «Dadme una fuerza auxiliar de sol, dados con cuchillos y palos y yo os lo entregaré.» Le dieron, así, auxiliares para prenderlo. Mientras marchaban Judas les dice: «Al que yo haya besado prendedlo, pues él expolió la ley y los profetas.» Llegado, pues, a Jesús, lo besó diciendo: «Salve, rabí.», cuando era el atardecer del día quinto.”

SÉNECA Y LOS ESCLAVOS. Por José Manuel Colubi Falcó

En la epístola número 47 que dirige a Lucilio, Séneca felicita a su amigo porque vive familiarmente con sus siervos, hecho acorde con su prudencia y conocimientos. El filósofo recurre a un diálogo ficticio: «Son siervos», dice y repite un anónimo interlocutor, y él responde: «Sí, y también hombres, y camaradas de habitáculo, y amigos humildes, y compañeros de esclavitud (conservi, «consiervos») si consideras que a Fortuna le está permitido lo mismo respecto de unos y otros, de siervos y libres». Y se ríe del necio que considera torpe cenar con su siervo. «Tantos enemigos tenemos cuantos siervos», dice el refrán, pero el cordobés insiste: «No los tenemos como enemigos, sino que los hacemos». Y así sucede que hablan mal del dueño esos a quienes no es lícito hablar delante del amo, mientras que «aquellos cuya boca no era cosida, que hablaban no sólo en presencia del dueño sino con los mismos dueños, estaban dispuestos a ofrecer su cuello por el amo y desviar hacia su cabeza el peligro que le amenazaba; hablaban en los convites, pero en el tormento callaban.»

             Y Séneca prosigue: «Tú quieres pensar que ese a quien llamas siervo tuyo ha nacido de las mismas simientes (que tú), disfruta del mismo cielo, respira igual, vive igual, ¡y muere igual! Tanto puedes verlo tú a él ingenuo (libre) como él a ti siervo… Ésta es la esencia de mi precepto: vive con el inferior tal como quieras que el superior viva contigo. Siempre que te venga a la mente cuánto te es lícito respecto del siervo (tuyo), venga también a ella que lo mismo le está permitido a tu dueño respecto de ti. “Mas yo –dices- no tengo ningún amo”. Buena es tu edad: quizá lo tendrás. Vive clementemente con el siervo, amablemente también, admítelo también a tu conversación, y a tu consejo, y a tu intimidad… “¿Qué, pues? ¿Llevaré a mi mesa a todos los siervos?” No más que a todos los libres. Yerras si crees que yo rechazaré a algunos so pretexto de que su trabajo es más sórdido, por ejemplo, al mulatero, al boyero. No los valoraré por sus servicios, sino por sus valores morales: cada uno se da su moral, los servicios los asigna el azar…No hay razón para que busques un amigo sólo en el foro o en la curia; si te fijas diligentemente, lo hallarás también en casa… “Es un siervo.” Pero quizás libre de espíritu. Muestra quién no lo es: uno lo es de la lujuria, otro de la avaricia, otro de la ambición, todos de la esperanza, todos del temor…»

LA ALGARABÍA DE LAS TERMAS NO TURBA A SÉNECA. Por José Manuel Colubi Falcó

El grito
Edvard Munch
1893

Los baños, públicos y privados, simbolizan el culto que rindieron los romanos al agua. Había termas en ciudades y pueblos, desde sencillas hasta monumentales, y muchas disponían, además de los baños, de bibliotecas, palestras, jardines… para solaz de la gente. Y eran muy concurridas, como atestigua el cordobés Séneca, una de cuyas cartas a Lucilio nos cuenta las duras pruebas a que fue sometida su devoción estoica durante su estancia, en un apartamento sobre unos baños, en Bayas, cerca de Nápoles. Dice así:

            «Perezca yo si el silencio le es tan necesario como parece a quien se ha retirado para consagrarse al estudio. Mira, por doquier un clamor vario suena a mi alrededor: vivo encima de unos baños. Ahora imagínate todo género de sonidos que pueden llevar odio a tus oídos: cuando los más fuertes se ejercitan y agitan sus manos graves por el plomo, cuando se fatigan o imitan al fatigado, oigo sus gemidos; cuantas veces despiden el aliento que hayan retenido, oigo sus silbidos y estridentes respiraciones; cuando se incide sobre alguien que está tumbado y contento con esa fricción propia de los plebeyos, oigo el chasquido de la mano que choca con sus hombros, y según llegue plana o cóncava, así cambia el sonido. Si, además, llega el jugador de pelota y comienza a contar las bolas, es el acabóse. Añade ahora al camorrista, al ladrón sorprendido, a aquel al que le encanta su voz en el baño; añade a los que saltan a la piscina causando enorme estruendo con su zambullida. Aparte esos cuyas voces, si no otra cosa, son normales, piensa en el depilador, que, de vez en cuando, emite una voz aguda y estridente para hacerse más notorio, y no calla nunca salvo cuando depila los sobacos y fuerza al otro a gritar por él; y, ahora, en las variopintas frases del vendedor de bebidas, en el de embutidos, en el de pasteles, y en todos los comerciantes de las tabernas que venden la mercancía con una modulación propia y característica… Pero yo ya me he endurecido ante todo eso… fuerzo a mi ánimo a centrarse en sí mismo y a no desviarse hacia lo externo; se permite que fuera todo resuene, con tal que dentro no haya nada de tumulto… Pues ¿en qué beneficia el silencio de todo un barrio si las pasiones braman?… La tranquilidad verdadera es aquella en la que una mente buena se expande.»

            Estoicismo cordobés que, pasados muchos siglos, impregnaba el espíritu de otro cordobés, Niceto Alcalá Zamora, durante su estancia en la cárcel.

Niceto Alcalá-Zamora
1877-1949

JANO. Por José Manuel Colubi Falcó

Las consecuencias de la guerra
Rubens
1577-1640 

Hoy la mitología nos ocupará, una vez más, el espacio. Y también el tiempo. Veremos quién era el dios Jano. ¿Por qué éste? Sencillamente, porque desde hace no poco he leído y oído, en periódicos y en tertulias radiofónicas, citas frecuentes, al menos relativamente, del mismo. Algo raro, y más en los tiempos que corren. Aunque agradable y esperanzador.

             Pues bien, ¿quién era Jano? Una divinidad genuinamente romana, de origen y tradición sólo romanos, según unos mitógrafos, por más que otros lo hayan hecho mortal oriundo de Tesalia, en Grecia. Culto y civilizador, cuéntase que nuestro personaje inventó las naves, precisamente para trasladarse desde aquel país hasta el agreste Lacio, donde se instaló, acogido en Roma por Cameses –rey mítico del que poco, el nombre, o nada sabemos-, y llegó, también él, a reinar. Habitaba en una de las colinas, llamada en su honor Janículo, en una ciudad fundada por él en la misma cima, y fue padre de varios hijos, entre ellos Tíber, el epónimo del río de Roma, el que le da el nombre. Magnánimo y agradecido, hizo con otros lo que aquel mítico rey había hecho con él: dar acogida, cobijo, hospitalidad a desterrados. Entre éstos se cuenta el mismo Saturno, quien, huido o expulsado de la Hélade por su hijo Zeus, halló refugio en Roma y gobernó monárquicamente una ciudad que lleva su nombre, Saturnia, sita también en lo alto de otra colina, el Capitolio.

             El curriculum de Jano es brillante. Conocedor del pasado, del presente y del futuro –don de un Saturno agradecido a su generosidad-, culto y civilizador, Jano está en el centro de la Edad de Oro, da leyes a los rudos, agrestes y nómadas aborígenes –los primeros habitantes del Lacio-, les enseña la agricultura y a vivir una vida honesta y justa, y les inventa la moneda para facilitar sus transacciones. Esto al menos parecen decir monedas romanas primitivas cuyos anverso y reverso mostraban, respectivamente, una imagen de Jano y la proa de una nave.

             Divinizado a su muerte, se le representa como un joven de doble cara (o cuádruple), que mira hacia delante y hacia atrás, que ve lo que llega y lo que pasa, con una llave en la mano derecha para abrir la puerta –ianua, cuyo inventor es, y de ahí que su mes sea Ianuarius, enero- y un báculo en la izquierda, como señor de las vías. Su templo, obra de Numa, estaba cerrado en tiempo de paz y abierto en guerra, para que el dios saliera a salvar a los romanos, conmemorando que Jano los había salvado de los sabinos.

INCENDIO DEL TEMPLO DE JERUSALÉN. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Destrucción del templo de Jerusalén
Nicolás Poussin
(1594-1665)

“Amigos, he perdido el día”, dijo Tito, según Suetonio, en una cena al recordar que ese día no había hecho favor a nadie. Este Tito mandaba la fuerza que incendió el templo de Jerusalén el 29-VIII-70. F. Josefo lo cuenta así:

             «Tito se retiró a la [torre] Antonia, decidido a atacar, al día siguiente, bajo la aurora, con toda su fuerza y dominar por todos los lados el templo. La divinidad desde antiguo lo había condenado al fuego y ya era presente el día designado por el Hado en el decurso de los tiempos, el décimo del mes Loo, en el que también antaño fue incendiado por el rey de los babilonios [586 a.C.]… Entonces uno de los soldados, sin esperar la orden y sin miedo a empresa de tal magnitud, sino haciendo gala de un ímpetu demoníaco, coge un tizón de la madera que ardía y, levantado por un camarada de armas, arroja el fuego por una portezuela de oro por la que se tenía acceso, desde la escalera norte, a las estancias de alrededor del templo. Habiendo prendido la llama, se produce un griterío de los judíos… y corrían todos a su defensa, sin mirar por la vida ni escatimar fuerzas… Uno a la carrera lo comunica a Tito, y éste, que descansaba en la tienda, dando un salto, corrió como estaba hacia el templo para impedir el incendio… Había griterío y tumulto… el César con la voz y con la diestra hacía señal a los combatientes de apagar el fuego, pero no oían sus voces pues tenían presos los oídos por un griterío mayor y no se fijaban en las señas de la mano, ocupados unos en combatir, otros, en la cólera. Ni exhortación ni amenaza detuvo las iras de los que corrían hacia allí, sino que la pasión era el general de todos. Empujándose en las entradas, muchos se pisoteaban entre sí, muchos sufrían las desgracias de los vencidos en las ruinas de los pórticos, calientes aún y desprendiendo humos. Situados ya cerca del templo, fingían no oír las órdenes del César y animaban a los de delante a arrojar fuego… Los más del pueblo, gente débil e inerme, era degollada allí donde se hallaba, y alrededor del altar se acumulaba un montón de cadáveres… César, como no era capaz de dominar los ímpetus… y el fuego mandaba… llegado al interior, contempló lo Santo [de los Santos] del templo… y como la llama no había llegado aún dentro… pensando que podía todavía salvar la obra, salta afuera e intentaba exhortar a los soldados a apagar el fuego, y ordenó a Liberalio, centurión de sus lanceros, rechazar a palos a los insubordinados.» En vano.

AMAZONAS. Por José Manuel Colubi Falcó

Batalla de las amazonas
Peter Paul Rubens
1577-1640

 

Siempre que oímos la palabra, inmediatamente pensamos en muchachas de ánimo varonil, decididas, que, a caballo y ataviadas con trajes que les son propios («vestidos de amazonas»), ofrecen, en conjunto con el corcel, un cuadro de extraordinaria belleza.

             Hay varias teorías sobre el término: para unos, hay que buscar el origen en el nombre de una tribu iraní: ha-mazan, «guerreras»; según otros, aquél significa «mujeres-luna», que recuerda a las sacerdotisas de la Luna, en el Sureste del Mar Negro, portadoras de armas en el ejercicio de su ministerio. Sea como fuere, la etimología popular es la dominante: se llamaban amazonas porque carecían de pecho (a-mazón, «sin pecho»). ¿Por qué?

             Citadas numerosas veces por las fuentes griegas, presentes en la guerra de Troya –donde su reina Pentesilea muere en lucha con Aquiles, quien admira su extraordinaria belleza-, también en los trabajos de Hércules y en las gestas de Teseo, las amazonas son hijas de Ares, dios de la guerra, y de la ninfa Harmonía, y viven en una sociedad exclusivamente femenina; desde el Cáucaso, descienden hasta el Sur y se establecen a orillas del Termodonte, en la Capadocia (Asia Menor), dedicadas a sus oficios, la guerra y la caza: luchan a caballo, manejan diestramente el arco, -y de ahí que, según el mito, se amputen o quemen el seno derecho para facilitar su manejo; de las zurdas no hay noticias-, la jabalina, el hacha, mazos, escudo, etc., hacen frecuentes incursiones en tierras ajenas, que ocupan, veneran a Ártemis, la Diana romana, la «efesia cazadora» cantada por Quevedo; gobernadoras de su sociedad, no admiten la presencia masculina ni el contacto con varón, salvo una vez al año con extranjeros de las tribus vecinas, para perpetuar la especie; pero sólo crían niñas: a los niños los matan, les quiebran los brazos, las piernas, les arrancan los ojos, o los remiten a sus padres a fin de que no sean un estorbo en sus actividades.

             Representadas en el arte, en la literatura, su imagen va suavizándose en la tradición: son mujeres guerreras, sí, pero la aceptación más conocida es la que veíamos al principio. Y a lo dicho añádase que dan nombre al río más caudaloso del mundo: los expedicionarios de Francisco de Orellana han llamado Marañón al curso alto del río, y así todavía se le conoce, mas como en una aldea han de vérselas con unas mujeres guerreras, nuevamente lo bautizan con el nombre de Río de las Amazonas.

UNA CASA ROMANA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Recuerdo que, en mi segunda visita a Alcalá –corría octubre de 1975-, estuve en una casa de la calle de Nuestra Señora del Águila y un amigo, colega y anfitrión me dijo: «Mira, una casa árabe, de las muchas que hay en este pueblo.» No convine en ello y al cabo de poco ambos decíamos que no era árabe, sino romana. Hoy ha sido sustituida por un bloque de pisos (¿una ínsula?), pero aún queda alguna y ojalá perdure. Mas ¿por qué era romana? Veámoslo.

             Aunque en los orígenes la casa romana no es más que una choza o cabaña, tugurium, casa (¿qué significará «casarse»?), con techo cónico, de paja o cañas y barro, y planta circular, la vivienda evoluciona luego de diversa manera: mientras las clases populares viven hacinadas en insulae, bloques de tres o cuatro pisos, en condiciones deplorables, el rico lo hace en su domus.

             Ordenada la domus en torno a dos patios (atrio y peristilo), tiene doble acceso: el principal (vestíbulo, puerta y corredor hasta el atrio) y el de servicio (posticum, postigo), que, abierto en una pared lateral, da a un callejón; a ambos lados de la entrada principal hay unas habitaciones que, si sirven de tiendas (tabernae), abren a la calle, y, si no, al atrio. Éste, rectangular, con un estanque en el centro (impluvio) para la recogida de las aguas de lluvia del compluvio (los tejados vierten el agua en el atrio) y su posterior acopio en una cisterna, es lugar de reunión de la familia, con el larario (hornacina del Lar o dios protector), arca de caudales e imágenes de los antepasados, y tiene un pórtico a su alrededor (a veces no hay columnas, sino paredes sobre las que se apoyan las vigas de un piso o el tejado), al que abren diversas habitaciones (alcobas, comedor o triclinio, etc) y el tablinium (sala de recepción del paterfamilias), en la pared frontera a la puerta.

             Bien, la casa que se me mostraba era de este mismo esquema, aunque la romana tenía algo más: un huertecillo o jardín detrás, posteriormente ampliado para formar el peristilo. Un corredor a ambos lados del tablino lo comunicaba con el atrio y en él había un jardín con estatuas y fuentes, rodeado por un pórtico al que abrían habitaciones (dormitorios, exedra o sala de estar, oecus, quizás un triclinio mayor, biblioteca, etc).