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LA LEYENDA DEL LABERINTO DE CRETA: EL MINOTAURO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Minotauro ciego guiado por una niña

1934

(De la serie de aguafuertes de la Suite Vollard)

Pablo Picasso

1881-1973

 

El segundo capítulo de la leyenda es el de los amores de la reina Pasífae con el toro que Minos destinó a semental de sus vacadas. Era el signo que le había elevado al trono y que, según la promesa del rey, tenía que ser ofrecido en sacrificio al dios de los mares, de donde éste lo había hecho emerger. Incumplido el voto, el castigo no se hace esperar: es de ley.

   Según el mito, irritado por tal incumplimiento, Posidón (Neptuno) vuelve furioso al toro y enloquece a la reina, que desde entonces siente por la bestia un amor irresistible —no es el único caso de bestialismo que nos refiere la mitología— y no cejará en su empeño de unirse con él. Estaba a la sazón en la corte un hombre ingenioso, artesano y raro inventor que había huido de Atenas y buscado refugio allí; se llamaba Dédalo, y Pasífae —brillo, fulgor, luz para todos— recurrió a sus buenos oficios para consumar su monstruoso proyecto. El exiliado construyó con su arte una ternera de madera tan natural, que el animal cayó en el engaño y se apareó con ella —con Pasífae, que se hallaba oculta en su interior— y al cabo de los meses nació una monstruosa criatura, medio hombre, medio toro, que recibió el nombre de Minotauro, «el toro de Minos». El rey, irritado y lleno de vergüenza, recurrió también a la habilidad y destreza de Dédalo para que construyera un aposento en que viviera aquél, lejos de todos.

   El resultado de los trabajos de Dédalo fue el Laberinto, el palacio en que vivía Minotauro, un conjunto inmenso de piezas, pasillos, corredores, salones, del que era imposible —salvo para Dédalo— salir, y en que todo visitante, desorientado, perecía sin más, por no hallar la salida. Allí vivía el monstruo, y allí devoraba —dice el mito— los tributos que las ciudades tributarias de Minos remitían al rey. Según la leyenda, anualmente los atenienses enviaban a Creta siete parejas de jóvenes, siete varones y siete mujeres, que constituían su censo y serían pasto del Minotauro.

   El Laberinto es, hoy, un recuerdo imborrable de la civilización minoica, es el palacio de la labrys, del hacha, es el símbolo de una cultura en la que se rendía culto especial al toro. Quien viaja a Creta y visita Cnosos, no olvida el Laberinto.

 

ATALANTA. Por José Manuel Colubi Falcó

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El baño de Atalanta
Jean-Jacques Pradier
(1790-1852)

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¿Operación Atalanta? Ni me acordaba de este personaje de la mitología griega cuando, recientemente, leí en uno de nuestros periódicos que se había puesto en marcha la operación Atalanta. ¿Dónde y por quién? No recuerdo; ¿en Irak, Afganistán, en España, y por alguna institución internacional o nacional, militar o no? No sé, pero me dio ocasión para recordar en estas páginas el mito de Atalanta, que paso a relatar.

…………Como tantas veces sucede, no queda claro en el mito quién era el padre de Atalanta —¿la del mismo peso, la igual, la equivalente?—, si Yaso, si Ménalo o Esqueneo; lo cierto es que, fuera quien fuera, sólo quería hijos varones y de ahí que al nacer la expusiera en el monte Partenio —virginal, muy en consonancia con los votos de la joven—, donde fue amamantada por una osa y criada por cazadores. Llegada a la juventud, excelente en el manejo del arco y veloz en la carrera, consagró su vida a la caza en los bosques y a su patrona, la diosa Artemis, Diana en Roma, y mantuvo su virginidad por devoción a la virgen cazadora y porque un oráculo le había vaticinado que si se matrimoniaba se convertiría en animal. No le faltaron acosadores  —dos centauros, Reco e Hileo, quisieron violarla y pagaron con la muerte su osadía— ni pretendientes. Como había prometido que se casaría con el que la venciese en la carrera, aunque expuesto él a la muerte en caso de derrota, al principio daba ventaja al infeliz pretenmuela (sic. según Quevedo) y lo atravesaba con la lanza cuando lo alcanzaba. Así hasta que le llegó la hora: Hipómenes, o Melanión, al tiempo que corría delante de Atalanta iba arrojando, una a una, las manzanas de oro del Jardín de las Hespérides, regalo de Afrodita —siempre la manzana: la de la serpiente en la Biblia, la de la Discordia en el Juicio de Paris, las de Afrodita ahora…— al paso de la joven y ésta, mujer al fin, se entretenía recogiendo tan precioso fruto, y así logró aquél la victoria y con ella el trofeo: la boda con Atalanta. Y el oráculo se cumplió: estando ambos de caza, entraron en un santuario de Zeus, y allí tuvieron comercio íntimo y fueron transformados en leones.

…………Se dice de Atalanta que con un golpe de lanza hizo brotar una fuente en Epidauro —lo que recuerda el nacimiento de la fuente Hipocrene— y que tuvo un hijo, Partenopeo, partícipe en la expedición contra Tebas.

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JENÓCRATES. Por José Manuel Colubi Falcó

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Jenócrates
Gottlieb Friedrich Riedel
(1724–1784)

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En 347 a. C. muere Aristocles, el hijo de Aristón y Perictíone, más conocido entre nosotros por su alias —Platón—, y deja abierta la sucesión en la dirección de la Academia, que desempeñarán, primero, su sobrino Espeusipo —hasta el 339 a. C.— y, luego, Jenócrates —hasta el 314 a. C.—.

…………Este Jenócrates, cuya biografía nos ofrece Diógenes Laercio, era natural de Calcedonia, «la ciudad de los ciegos», en la parte asiática del Bósforo, frente a Estambul, de la que hoy es un barrio, y fue a instalarse en Atenas para frecuentar la Academia y hacerse discípulo de Platón; según su biógrafo, vivía como meteco en esta ciudad y cierta vez, como no pudiera pagar el impuesto que le correspondía, fue subastado y comprado por Demetrio de Falero, varón ilustre, filósofo y hombre de estado, quien le devolvió la libertad y satisfizo el importe del tributo. Hombre de extraordinaria probidad, a pesar de ser extranjero fue enviado en calidad de embajador por los atenienses a diversas cortes para tratar de asuntos de estado, como refiere el relato, en latín, que traduzco y que aparece en el Ludus Latinus de don Ángel Pariente, un libro excelente para el aprendizaje de esa hermosa lengua. Dice así:

…………«El filósofo Jenócrates, varón sapientísimo, que había sido enviado por los atenienses a la corte de Filipo, rey de Macedonia, a fin de que tratara con éste de cosas importantes, gozaba de gran autoridad entre los atenienses. Así, Alejandro [Magno, hijo de Filipo], para conciliarse su ánimo, envióle en don cincuenta talentos, que en aquellos tiempos sobre todo era, entre los atenienses, una cantidad de dinero muy grande. Jenócrates llevó a los legados de Alejandro a la Academia, para una cena, y allí sólo les puso [lo bastante] para que satisficieran el hambre y la sed. Como al día siguiente le preguntasen a quién entregaran el dinero que el rey Alejandro había dado en don a Jenócrates, “¿Qué sucede? —dijo— ¿Es que no habéis entendido, por la cena de ayer, con cuán pocas cosas me contento? Yo no necesito dinero; devolved el oro al rey.” Como los legados se pusieron tristes, aceptó treinta minas, para que no pareciera despreciar la liberalidad del rey.

…………»Jenócrates, en cierta ocasión, hallándose presente en la conversación de unos amigos, él nada decía. Habiéndose preguntado por qué sólo él guardaba silencio, “Callo —dijo— porque muy a menudo me he dolido de haber hablado, pero nunca de haber callado”».

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UN DISCURSO DE PERICLES. Por José Manuel Colubi Falcó

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Anaxágoras y Pericles
Augustin-Louis Belle
(1757 – 1841)

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Muy citado, se lee en Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso II, 35-46 y es una oración fúnebre por los caídos, con cantos a la democracia, al parlamentarismo, a la libertad de Atenas. He aquí una selección:

…………«Nos regimos por un régimen político que nada envidia a las leyes de los vecinos, sino que somos más un ejemplo para los demás que imitadores de otros. De nombre llámese democracia, porque el gobierno no se halla en manos de unos pocos, sino en la mayoría; pero si en las cuestiones particulares todos tienen igualdad de derechos a tenor de las leyes, para las funciones públicas es preferido todo ciudadano según la estimación de que goza en algún aspecto, no más por razón de su clase que por su virtud, ni tampoco por pobreza, si uno puede hacer un bien al Estado, se ve impedido por su oscura condición. Nos gobernamos libremente en la esfera pública y también en la recíproca sospecha de las ocupaciones diarias, sin irritarnos con el prójimo si hace lo que le place ni poner malas caras, que no hacen daño mas sí son desagradables a la vista. Y si privadamente nos relacionamos sin molestias, las leyes públicas no las transgredimos sobre todo por temor respetuoso, con obediencia siempre a quienes ejercen una magistratura y a las leyes, fundamentalmente a las que están vigentes para bien de los que sufren injusticia y a las que, aun sin ser escritas, causan vergüenza manifiesta a su transgresor…

…………»Amamos la belleza con sencillez y la sabiduría sin molicie, y usamos la riqueza más como oportunidad de acción que como gloria de palabra, y para nadie es vergonzoso confesar su pobreza, sino que lo es, y más, no rehuirla con el trabajo. En nosotros mismos los aquí presentes se halla a un tiempo el cuidado de los asuntos privados y el de los públicos, pero tampoco en los otros que se han dedicado a sus trabajos falta un conocimiento suficiente de los políticos, pues únicamente nosotros consideramos al que para nada participa de ellos, no un hombre pacífico, sino un inútil. Personalmente juzgamos y consideramos como es debido los asuntos, sin creer que las palabras son un daño para la acción, sino que lo es mayor no informarnos previamente mediante la palabra antes de lanzarnos a hacer lo que se debe…»

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BULIS Y ESPERQUIS. Por José Manuel Colubi Falcó

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Persépolis vista desde el sur
Jean Chardin
1643-1713

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Esparta, Lacedemonia, Laconia, así se ha conocido, y se conoce, a aquella gran pólis, ciudad-estado, que simbolizó, entre los griegos, una de las dos visiones antagónicas del mundo y del hombre. Admirado por unos y denostado por otros, su régimen dicen que fue obra del legendario Licurgo, cuyas leyes forjaron ciudadanos fuertes, sobrios, sufridos, dispuestos siempre a engrandecer la patria, incluso agresivamente, y a dar la vida por ella. Sólo eran soldados; parcos en palabras, de habla lacónica, frugales, sometidos a una disciplina férrea, de ellos cuéntanse, para bien y para mal, múltiples anécdotas, ingeniosas muchas y todas ilustrativas de su carácter.

…………De su laconismo hay numerosas muestras; he aquí dos, que, sin ser las más significativas, sí son de las más ingeniosas; las cuenta Plutarco, en sus Máximas de los espartanos, y ambas fustigan la adicción a la oratoria propia, tan de hoy, de ayer y de mañana. Según la primera, unos embajadores samios que habían pronunciado un discurso muy largo recibieron de los espartanos como respuesta: «Lo primero lo hemos olvidado; lo último no lo hemos comprendido por haber olvidado lo primero.» La segunda insiste en lo mismo: un orador había extendido mucho su discurso y cuando solicitó respuestas a los espartanos para notificarlas a sus mandantes obtuvo la siguiente: «Anuncia que a duras penas cesaste de hablar y nosotros a duras penas cesamos de oírte.»

…………Bulis y Esperquis, cuya historia cuenta Plutarco, son el exponente del amor de los espartanos a su patria. Llegados, voluntariamente, a la corte del persa Jerjes para sufrir la pena en que había incurrido Esparta, según un oráculo, por haber matado a unos heraldos del rey, invitaron a éste a que hiciera de ellos, que representaban a los lacedemonios, lo que quisiera. Admirado el monarca, los dejó libres, rogándoles, además, que se quedaran junto a él. «¿Cómo podríamos vivir aquí —dijeron— abandonando patria, leyes y a esos hombres por quienes recorrimos tan largo camino para morir?» Como el general Indarnes dijera que tendrían el mismo honor que los amigos del rey más eminentes, tuvo que oír: «Nos pareces ignorar cuán gran bien es la libertad, que ningún hombre sensato cambiaría por el reino de los persas.»

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ESPARTA. Por José Manuel Colubi Falcó

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DICHOS LATINOS (EL HOMBRE). Por José Manuel Colubi Falcó

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Hombre de Vitrubio
de Leonardo da Vinci
1452-1519

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«¿Qué es uno? ¿Qué no es? El hombre, sueño de una sombra», dice el griego Píndaro; también «Aprende a ser el que eres». Los latinos lo ven así:

…………Unos, en la grandeza de su origen. Lucrecio (De la naturaleza II, 991), lo hace descender del cielo: Caeleste sumus omnes semine oriundi (Todos somos oriundos de una semilla celeste); semilla que habita en nosotros, nos da vida y es un dios, al decir de Ovidio (Arte de amar III, 549-550): Est deus in nobis, et sunt commercia caeli, sedibus aetheriis spiritus ille venit (Hay un dios en nosotros [poetas], y comercios celestes, el espíritu viene de sedes etéreas); lugares a los que nos es dado mirar (Metamorfosis I, 85) por designio divino: Os homine sublime dedit caelumque videre (Ha dado al hombre un rostro sublime y ver el cielo); lo que nos hace representación de Dios: Exemplum dei quisquis est in imagine parva (Cada uno es un ejemplo de Dios en imagen pequeña: Manilio IV, 895) y cosa sagrada para el semejante: Homo, res sacra homini (El hombre es cosa sagrada para el hombre: Séneca, Epístolas 95, 33), o divina: Homo homini deus est, si suum officium sciat (El hombre es un dios para el hombre si conoce su deber: Cecilio, 264); lo que es deber nuestro: Quem te deus esse iussit et humana qua parte locatus es in re, disce (Quien te ha mandado la divinidad que seas, y en qué lugar has sido situado en los asuntos humanos, apréndelo: Persio, Sátiras III, 71). De ahí la necesidad de llegar a nuestro interior: Nosce te ipsum (Conócete a ti mismo), traducción del griego Gnôthi sautón, de Delfos.

…………Más pesimismo no falta: Nemo in sese tentat descendere (Nadie intenta descender hasta su fondo: Persio, IV, 23), incluso en nuestro Séneca (Tiestes 401): Illi mors gravis incubat qui, notus nimis omnibus, ignotus moritur sibi (Grave muerte cae sobre el que, demasiado conocido de todos, muere desconocido para sí). Fedro (III, 19) lo expresaba así: Hominem quaero (Busco a un hombre), traduciendo a Diógenes, quien, a mediodía, en una plaza llena, no hallaba un hombre como debe ser; y Plauto (Asinaria 495: Homo homini lupus (El hombre es un lobo para el hombre) y (Cautivos 22): Homunculi quanti sunt! (¡Cuán poquita cosa son homúnculos!); y Séneca (Epístolas 103, 1): Ab homine homini quotidianum periculum (Del hombre le viene al hombre el peligro cotidiano); y Juvenal (X, 172): Mors sola fatetur quantula sint hominum corpuscula (Sólo la muerte dice qué poquito son los cuerpitos de los hombres).

…………Ni una advertencia: Vult te Deus facere similem sui, et conaris tu Deum facere similem tui (Quiere Dios hacerte Su semejante, y tú intentas hacer a Dios tu semejante): San Agustín, Sermón 9, 8.

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DICHOS LATINOS (SOBRE LA LIBERTAD PARA LOS ROMANOS). Por José Manuel Colubi Falcó

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«DE MEDICIS ET PROFESSORIBUS». Por José Manuel Colubi Falcó

 

La visita al hospital

Luis Jiménez Aranda

1845-1928

 

[…] Dos códigos romanos, el Teodosiano y el Justiniano (…) en uno de sus títulos —«De los médicos y de los profesores»— se regulan y protegen las artes médica y docente, socializadas ya entonces. Veamos qué dicen de maestros y profesores.

   En primer lugar, el maestro y el profesor deben reunir unas condiciones de excelencia para acceder al puesto, y ser aprobados por el senado municipal: «Los maestros de estudios y los doctores —dice el emperador— deben ser excelentes, primero por sus costumbres, después por su facundia. Mas dado que no puedo estar presente en cada ciudad, mando que todo el que quiera enseñar no salte repentina ni temerariamente sobre este servicio, sino, aprobado por juicio del orden, merezca un decreto de los curiales, concordando el consentimiento de los mejores…» Y mantenerlas también, so pena de ser reprobados por el mismo senado municipal «si no se prestan a ser útiles a los estudiantes». Si así lo hicieren, el Estado y el municipio les satisfarán sus haberes, según escrupulosa regulación: «…presidan a la juventud educanda los preceptores mejores, decimos los rétores y gramáticos de la doctrina ática y romana. De los cuales, a los oradores sean dados, a expensas del Fisco, veinticuatro emolumentos de anonas [pensiones]; a los gramáticos, latino o griego, préstese un número un poco más bajo según la costumbre, el de doce anonas, de modo que en cada una de las urbes que son llamadas metrópolis se celebre elección de nobles profesores, sin que juzguemos que sea libre a cada ciudad ayudar a sus doctores y maestros con emolumentos a su gusto.»

   También gozan por ley de consideración social y exenciones de cargas civiles: se prohíbe que sean llamados a juicio y que sufran injuria, so pena de multa de cien mil monedas, y se les declara exentos —igualmente a sus mujeres e hijos— de otros servicios públicos, como la milicia o el de hospedaje de funcionarios civiles y militares en viaje por las provincias.

 

TRIBONIANO. Por José Manuel Colubi Falcó

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En la carrera de Derecho, de cinco cursos, sin especialidades —a Dios gracias— en mis tiempos de estudiante, el primero servía de propedéutica, excelente, para los siguientes, y entre sus disciplinas, cuatro, contábase el Derecho Romano, cuya obra cumbre es el Corpus Iuris Civilis.

…………Este Cuerpo de Derecho Civil, publicado entre 529 y 534 bajo el patrocinio de Justiniano (482-565), comprende las Instituciones de este emperador, el Digesto o Pandectas (conjunto de extractos de los juristas antiguos) y el Código Justiniano, a los que hay que añadir las Novelas o leyes nuevas promulgadas con posterioridad. Su patrocinador fue, ciertamente, Justiniano, pero su alma mater un panfilio llamado Triboniano, nombre sagrado dentro de la tradición jurídica universal, de gran prestigio y rigor en un campo, el de las leyes, muy cultivados por los romanos siempre, hasta hoy.

…………Todavía recuerdo el gran respeto, y hasta veneración, con que era pronunciado su nombre en las clases magistrales. Y con razón, pues él, con su gran capacidad de organización y su inigualable pericia en la elaboración de las leyes, fue pieza clave, decisiva, para la composición de tan magna obra jurídica. Abogado en la prefectura de Oriente, llegó a ser maestre de Oficios y cuestor del Sacro Palacio, es decir, encargado de la redacción de las leyes aprobadas en el Consistorio Sacro del emperador romano en Constantinopla.

…………De gran cultura, exquisita amabilidad y dulce trato, no parece, sin embargo, que su moralidad fuera ejemplar, si hemos de creer a Procopio de Cesarea (Historia de las guerras: Guerra persa I xxvi, 11, 16, 17, xxv 1-2; Historia secreta xiii, 12, xx 16-17) cuando dice: «Triboniano, de linaje panfilio, era paredro del emperador, al que los romanos llaman cuestor […] Triboniano valíase de sus dotes naturales y en cultura llegó hasta lo más alto, no siendo inferior a ninguno de los de su tiempo; pero endemoniadamente entregado a la codicia, siempre era capaz de vender el derecho, y en cuanto a las leyes, cada día, desde muchísimo tiempo antes, abolía unas y redactaba otras, vendiendo una y otra a quienes lo solicitaban según su necesidad.»

…………Vaya en descargo suyo que, cuando era de su interés, redactaba nuevas leyes y no retorcía los términos de las vigentes para que hoy dijeran blanco lo que ayer decían negro. Él sabía hacerlas. ¡Vaya si sabía! En los tiempos hodiernos no se ve tanta destreza ni capacidad legislativas.

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TINTAS. Por José Manuel Colubi Falcó

De tincta, forma femenina del participio perfecto de tingo, tingere, tinctum, mojar, teñir, del que también es hijo el tan merecidamente celebrado tinto. La tinta y otros colorantes creados por la naturaleza o el ingenio humano han sido siempre elementos esenciales en la transmisión del conocimiento —pinturas, escrituras— desde la llegada del hombre a la tierra.

…………La tinta más usada por los antiguos fue, naturalmente, la negra (mélan, graphikòn mélan, égkauston, en griego, atramentum, encaustum, en latín), inventada, parece ser, en la India, en el milenio cuarto a.C. Entre nosotros, las noticias principales se deben a Vitrubio, Dioscórides y Plinio, cuyas pormenorizadas descripciones nos hablan de una mezcla de negro de humo y goma en proporción 3/1, que, secada al sol y solidificada, posteriormente se diluía en agua para escribir sobre el papiro. Para hacerlo sobre pergamino, en cambio, solía recurrirse a la tinta de base metálica, compuesta, generalmente, de nuez de agallas, sulfato de cobre (Filón de Bizancio habla de la flor de cobre), goma arábiga y agua o vino.

…………Mas no sólo se hizo uso de la tinta negra, también intervinieron otras en la transmisión literaria. Así, las de color rojo púrpura, obtenidas del múrice, un molusco gasterópodo cuya recolección estaba encomendada a los conchilégulos y a los murilégulos, recolectores de conchil y de múrice que, dentro de los corpora, cuerpos o gremios del Bajo Imperio Romano, eran los proveedores de las tintorerías. Pero mejor fortuna tuvo el minio (míltos, en griego, minium, en latín), de color rojo anaranjado, cuyo uso parece remontarse a fechas muy lejanas.

…………Junto a estos colorantes hay que mencionar también el carmín (de kermes, término oriental que designa a un  pequeño insecto; carminium), obtenido de la cochinilla; igualmente, la sinopia (tierra rojiza cuyo origen y denominación hay que buscarlos en Sinope, la patria de Diógenes) y las tintas llamadas de oro para la crisografía (escritura de oro) y de plata para la ¿argirografía?

…………¿Dónde se guardaban estas tintas? En el tintero (melandochion, en griego, atramentarium, en latín), elemento que aparece en tumbas de copistas, escribanos, junto a sus compañeros de oficio: díptico, estilo y cálamo.

FAETÓN. Por José Manuel Colubi Falcó

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La caída de Faetón
Johann Liss
Siglo XVII

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En el Diccionario de la Real Academia Española, el conocido DRAE, bajo la voz Faetón puede leerse: «Carruaje descubierto, de cuatro ruedas, alto y ligero.» Hay, aquí, una metonimia por la cual se designa al carruaje mediante el nombre del mitológico auriga. El mito, griego, explica, como todos, una realidad que no es otra que la de un orden universal en perfecta armonía, cuya transgresión, voluntaria o involuntaria, origina catástrofes y exige reparación. Lo leemos en Hesíodo (Teogonía, 986 y ss.), Diodoro de Sicilia (Biblioteca histórica V, 23) y Ovidio (Metamorfosis II, 19 y ss.), entre otros. El protagonista, Faetón, el brillante, el luminoso (de pháos » phôs, luz), será quien cometa esa transgresión —su carro abandona la órbita y causa glaciaciones e incendios en la tierra— y paga su culpa. Diodoro dice:

…………«En efecto, muchos poetas e historiadores cuentan que Faetón, hijo del Sol, siendo niño todavía logró convencer a su padre de que le cediera durante un solo día la cuadriga; y que, habiéndosele concedido ésta, al arrear a la cuadriga no pudo controlar las riendas y los caballos, menospreciando al niño, se salieron de su acostumbrada ruta y, primero, extraviados por el cielo, lo incendiaron y crearon el hoy llamado ciclo Galaxia, y luego, prendiendo fuego a gran parte de la tierra habitada, quemaron totalmente no poca de la misma. Por ello, Zeus, irritado ante lo sucedido, fulminó con su rayo a Faetón y restableció al Sol en su acostumbrada ruta. Y que, caído Faetón junto a las bocas de un río hoy llamado Pado [el Po, en el Norte de Italia, que desemboca en el Adriático], antiguamente denominado Erídano, sus hermanas [las helíades] lloraron su fin muy desconsoladamente, y que por el exceso de dolor se metamorfosearon, convirtiéndose en álamos negros; que éstos cada año, en la misma estación [hóran en el texto, estación, hora], destilan resina [dákryon, lágrima, resina, savia, en el texto], que, solidificada, se convierte en el llamado ámbar, que por su brillo se diferencia de los de su misma naturaleza y se da en los entierros de los jóvenes, según el luto de éstos.»

…………La función del Sol, los llantos de las helíades, su metamorfosis y lágrimas, el origen del ámbar y el porqué de su uso en los entierros de los jóvenes, explican el atractivo que siempre ejerce en las gentes la mitología.

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