Posts categorized “Vídeos”.

CALEIDOSCOPIO ÍNTIMO. Vicente Núñez

 
 
 

Hay muchos yoes. El concepto yoísta de Freud  o el de Adler no, no me interesa, pero el yo dividido y partido y vulnerable de Laing, ése sí. El yo sólo sirve para dividirlo, partirlo, descuartizarlo, averiguar qué hay en su caleidoscopio íntimo…

             El yo no esconde nada. Reflejos, luces, cine. El yo es cine (…). El pañuelo, el reflejo del sol… le quitas el pañuelo a tu caleidoscopio y ves tu propio corral.

             Todo pasa, como el río, somos fluviáticos y, yo, aparte de fluvial, vivo en un pueblo de frontera.

              Un carruaje es un borraje, es un borrar el ser. Hoy la gente va a borrar el ser y yo me empeñaba en defender mi ser. Todavía no he conseguido matricularme en el ser, pero sí es verdad que he conseguido defenderme del borraje. A la muerte ha de llegarse sin nombre; para gastarlo en vida. En ser. 

 
 
 

LOS HOMBRES HABLAN. Antonio Medina de Haro (1936-1997)

 

René Aubry
Quintette
Théâtre de La Reine Blanche
Paris, 2008

 

Leyendo un comentario de texto sobre Azorín y su gusto por las montañas, hay una frase de Humboldt que dice: «El hombre sólo es hombre mediante su lenguaje». Parece que he visto el cielo abierto, como se suele decir, cuando recibimos un consuelo de cualquier tipo.

            Yo, llevo casi sesenta años viviendo un enamoramiento apasionado por la palabra. Me he encontrado mil defensores de la misma, pero en su mayoría con una óptica estilística. Yo soy un predicador de este valor del nivel léxico, pero lo que yo verdaderamente sentía es la necesidad de que alguien tuviera la misma valoración de la palabra, del lenguaje como sistema vital más que como medio o código exhaustivo de comunicación. Hablar es muy bueno. A mí se me dice con frecuencia: «¡No te callas ni debajo de agua!» Pues bien, desde hoy voy a hablar hasta debajo de agua…, si puedo.

            He sentido, al leer esta frase del viejo Humboldt, la alegría de una parturienta que contempla el fruto de sus dolores. Cuando yo leía las historias del «Gigante Gargantúa y Pantagruel» de Rabelais, me encontré con que este francés decía: «La parole c´est la chair» (La palabra es la carne). Yo sentí un tirón profundo y ahondé en la semántica, en la historia de la lengua, en la gramática histórica, en la dialectología y me iba de un campo a otro, buscando el tuétano, la sustancia, el sabor de esa carne, porque intuía que se trataba de lo humano, la hombría, la tolerancia y el secreto de que para triunfar, para vivir en superficie y en profundidad, lo más hermoso es: hablar, hablar y hablar.

            ¡Gracias por dejarme ser hombre!

DOY FE DE QUE HA EXISTIDO. Ramón Núñez Vaces

En Madrid, primeros años sesenta:
Manolito María, Anzonini y Paco del Gastor

 

A Miguel Cruz Clarambo, gitano cósmico

 Yo, ya desde el primer momento, había decidido ir en el coche de Dionisio. No es que José Luis condujera mal; no, qué va, pero a mí me lo parecía tanto, tanto tanto, que me resultaba imposible creer lo contrario, por más que me esforzara en ello. Alguna que otra experiencia me había deparado haber ido en aquel Ford Fiesta de nuestro entrañable amigo: el bordillo que se acercaba a la rueda derecha delantera hasta el punto de golpearla; la raya continua que de improviso dejaba de serlo; el ruido que producía el coche que estaba aparcado al chocar contra el de José Luis cuando éste, de manera impecable, estaba estacionando; el retrovisor que se rompía porque una señal o una esquina había arremetido contra el espejuelo; el despiadado frenazo porque una calle había cambiado de sitio; una farola que, quizás carente de luces, se atravesaba, imprudente y dañina…

            De manera que, después de varios intentos de Dionisio por desbloquear las puertas de su Renault14, subimos a bordo del flamante coche Julio, Jorge, Rafael y yo, mientras nuestro admirado maestro de adultos, a la vez que sacaba limpiamente el vehículo para ponerlo en la vía, se desvivía en explicarnos el mecanismo de las puertas de su nuevo automóvil, sin que ninguno de los receptores de sus aclaraciones nos enteráramos de lo más mínimo.

            En el otro vehículo, el de José Luis —así mismo maestro de adultos, como todo el mundo sabe—, acometieron la aventura Diógenes, Antonio Ríos («el Carmona»), Rafael Benítez («el Marqués de las Corachas») y Mario Cortés.

            «Ea, ya na más que falta ‘La Niña’», dijo el Marqués antes de poder cerrar la casi desvencijada puerta del Ford Fiesta.

            Y así fue como las dos «carabelas» emprendieron el viaje nada menos que a Morón de la Frontera. (Enseguida se verá que otra nao, ocupada en solitario por nuestro inolvidable Tomás, había llegado al destino antes que la capitana y su segunda).

            Los dos coches y sus diez ocupantes llegaron —llegamos— sin ningún percance digno de  reseñarse, si bien el retraso del Ford Fiesta —tres cuartos de hora sobre el horario previsto— nos alarmó a los ocupantes de la Santa María, digo del coche de Dionisio. Después supimos que José Luis, en un despiste extraordinariamente extraño y del todo increíble en él, había tomado la carretera que lleva a El Coronil, en vez de seguir directamente hacia Morón. «¿Qué quieres, si era casi de noche?», fue la respuesta que le dio a Rafael al preguntarle éste sobre cómo diablos había sucedido el extravío.

 Encuentro con Tomás y entrada a la fiesta

 Aguardamos a José Luis y sus intrépidos acompañantes en Casa Pepe, el lugar convenido. Dionisio, durante tan inquietante espera, nos ilustró sobre las reuniones que allí se habían celebrado con Diego del Gastor y tantos otros personajes —el propio Dionisio entre ellos—, protagonistas de tantas fiestas en las que el flamenco más auténtico resplandecía en toda su esencia.

            Una vez reunida la expedición, marchamos todos a pie hacia la calle en que según Dionisio se encontraba la casa donde se desarrollaría la grabación para TVE. Menos mal —¡menos mal!— que en algún momento de nuestro deambular por aquellas apacibles calles de Morón, alguna de ellas más de dos veces transitada en poco menos de quince minutos, nos topamos con Tomás. «Si es por aquí, hombre, si es por aquí», nos dijo, con su sorna amable y comprensiva, riendo a pequeños borbotones. La mayoría miramos de reojo a Dionisio, sin poder explicarnos cómo hombre tan versado, eficiente y confiable a bordo de un automóvil se convertía, echado a tierra —¡y en tierra tan andada por él!— en náufrago recién llegado a una isla. (Supe después, por confidencia de Rafael, del gusto de Dionisio por complicar las cosas, bien entendido que sólo las fáciles de desenredar).

              Pues llegamos, no sin antes haber estado en tres tabernas (una de ellas tan pequeña que no pudimos entrar los once de una vez) en las que Dionisio y Tomás conocían desde muchos años antes a sus dueños, o a algún parroquiano. Afortunadamente, Antonio el Carmona y Rafael se encargaron de abreviar cada una de las estancias, porque de haber sido por el propio Dionisio y por el otro Rafael —el Marqués— hubiéramos llegado a la casa de la fiesta ya finalizada ésta. Y no lo digo porque los dos citados bebieran más que los demás; de ninguna manera, lo que ocurría es que el tiempo, para estos amigos, es algo que parece poder detenerse al antojo de cada cual. No sería malo, pero no es posible.

El guitarrista Juan del Gastor, en una de sus facetas

            Ya en la puerta de aquella enorme y señorial casona, vimos salir a Juan del Gastor, que se fue derecho para Dionisio y Tomás, amigos, casi hermanos, desde tanto tiempo atrás.

            «Se habrá queáo Alcalá vacía», observó el guitarrista, sobrino del gran Diego, ante la nutrida «delegación» que tenía ante sus ojos. «Venga, vamos pa’entro, que esto va a empezar ya». Y allí fuimos aposentándonos, siempre detrás de las cámaras, mientras íbamos reconociendo a Paco del Gastor, Paco Valdepeñas, Fernanda de Utrera, su hermana Bernarda, la Pepa, Joselero… Ya estaban todos convenientemente colocados para iniciar la actuación. Todo bajo la dirección del entonces —y antes y después— industrioso productor Ricardo Pachón.

            Yo, asentado en Alcalá desde mi llegada a Sevilla procedente de mi Segovia natal, no había tenido la oportunidad hasta ese momento de asistir a una reunión tan numerosa y excelsa de artistas flamencos, siendo todos ellos, además, de los que a mí me gustaron desde un principio (ya para entonces había desaparecido la mayoría). Pero comprobé enseguida que la emoción embargaba por igual, si no en mayor intensidad, a todos los demás integrantes de aquella «delegación alcalareña», algunos de cuyos miembros habían conocido a verdaderas glorias del flamenco (insisto: algunas de ellas, pocas, todavía presentes allí mismo). Esa noche me ocurrió lo que años antes al escuchar aquellas grabaciones tomadas en reunión de Manolito María, Juan Talega, Tomás Torres, Fernanda, el Borrico, Joselero, Bernarda, Perrate y algunos más: una sensación de refrescante pureza a la vez que de viaje a un tiempo tan grato como inabarcable.

 El Andorrano, Paco Valdepeñas… 

 Aunque se trataba, lógicamente, de algo preparado y previsto, lo que vimos, oímos y sentimos aquella noche fue producto de la conjunción de varios factores. En primerísimo lugar, de la calidad sanguínea de los artistas. En segundo, del ambiente tan favorable que reinaba entre todos los allí reunidos; y en tercero, y a gran distancia, de la capacidad del director de aquella puesta en escena, porque con aquel material humano hubiese sido un crimen no sacar algo bueno. Un crimen imposible, la verdad.

 

            Como se me parta el palo/este torito miura/que va a acabá que con mi caballo, cantaba el Andorrano, volviendo del revés los versos de Villalón, y enseguida su baile, disímil, lento, deslizante y ahora atlético para volver a la parsimonia y acabar en una explosión ralentizada: Soy la gitana Caireles/zahorí de nacimiento/que adivina los quereles/y también los pensamientos. El mayor de los hijos varones de Luis Torres Cádiz (Joselero) parece que baila hacia atrás. Y en parte es así: baila hacia atrás en el tiempo; y vuelve, es un gitano que nos trae lo que el tiempo transmite, sencillamente porque Andorrano tiene disposición para ello. Una disposición que viene de dos elementos fundidos: sangre y sapiencia. A lo que habría que añadir, en el caso de que no estuviese ya contenido en la sangre, el respeto a sí mismo y a su gente. En 1984 (y afortunadamente bastantes años después) aún nos fue otorgado contemplar ese baile p’atrás en los dos sentidos de este Torres Amaya. Magnífico.

 

            Dinero y más dinero/Yo nunca te he peío ná/sino que vengas a verme/de tu propia voluntá, cantaba aún sentado Paco Valdepeñas (que nació en Linares), con su voz distinguible entre los miles de millones de seres humanos, antes de levantarse para hacer un recorrido lleno de letras: Como el carbón que se quema/sin echar humo ninguno/así se estaban quemando/los corazones de algunos; las más, sacadas de canciones de no tengo ni idea de cuándo y dónde, en medio de un baile tan disímil como el de Andorrano, sólo que de una compostura que transita desde la majestuosidad a la sencillez hecha gesto sublime, y viceversa. El que viva en el año dos mil/verá con asombro los tiempos cambiaos/porque no habrá ningún albañil/no habrá goteras en ningún tejao./Las niñeras serán suprimías/porque los chiquillos ya vendrán criaos/y en los parques y en las avenías/ya no las veremos con tantos soldaos… Un Óle gigante, agradecido y eterno para Paco.

            …Y Fernanda.

De vuelta a Alcalá

Hacía un fresco muy agradable cuando abordamos la calle, aunque para Dionisio (¡el más friolero del mundo!) pareciera que nos encontrásemos en plena estepa siberiana. Pero el calorcito de la taberna más próxima nos reconfortó a todos, frioleros y no. Al contrario de lo esperado por algunos —Dionisio y Rafael— y deseado por todos, ni Paco ni Juan del Gastor nos acompañaron: sus obligaciones, tanto familiares como profesionales, no se lo permitían. Ese día, claro, porque dos meses después estuvimos algunos casi veinticuatro horas con Paco y algunos amigos norteamericanos —sin relación alguna con la base USA—, una alemana y también un australiano, todos admiradores y discípulos directos de Diego del Gastor. Optamos por irnos de Morón. Aún era temprano y podíamos ponernos de acuerdo para parar en alguna venta.

            Antes de introducirnos en los coches, que ahora ya eran tres tras la incorporación de la «carabela» de Tomás, estuvimos en dos bares. En ninguno de ellos se superaron las dos rondas, creo recordar. Comentamos el cante, el baile y el toque que habíamos tenido el privilegio de contemplar. Nos acordamos, inevitable y repetidamente, de Agustín, que de haber estado allí hubiera disfrutado como sería imposible describir. Llevaba dos días sin aparecer por el Duque, ni por el Derribo. «Mañana habrá que llegarse a su casa», dijeron José Luis y Rafael al unísono.

            Todos convenimos, por fin, en reunirnos en la Venta Hispalis (abierta toda la noche), a relativamente poca distancia de Alcalá, en la carretera de Málaga (la A-92 estaba todavía en los forros de alguna carpeta). Entonces se operó la redistribución de ocupantes en los coches. Fuese por efecto del vino —que, repito, no era tanto el libado en ese momento—, fuese por el relajamiento que produce un goce como el que habíamos vivido, lo cierto es que las distintas tripulaciones quedaron como sigue. Primer coche: Dionisio, Jorge, el Marqués y Mario. Coche de Tomás: el mismo, Antonio el Carmona y Diógenes. ¿Quiénes quedábamos para ocupar el de José Luis, además del titular?: Julio, Rafael y yo. Cualquiera de los tres hubiésemos podido agregarnos a uno de los otros dos coches, pero de los cobardes nunca se ha escrito nada. Aparte de que, en caso de ocurrir cualquier malajada, más valía ir cuatro que dos: alguno sobreviviría para dar el aviso.

Joselero (padre de Andorrano) y Diego del Gastor,
con Chris Carnes

            En esta ocasión fue el coche de José Luis el primero en emprender la marcha, convirtiéndose, aunque por poco tiempo, en la Santa María del regreso. Tomás y Dionisio nos adelantaron enseguida, porque, eso sí, José Luis, de correr, nada, por mucho que mis palabras iniciales les hayan podido hacer creer lo contrario. No hay que descartar, ahora que lo pienso, que la poca velocidad de crucero fuese la que pusiera tantas veces al coche de José Luis en algunos aprietos. Quién sabe.

            Pero esta vez fue el coche de Dionisio, no obstante habernos sobrepasado antes, el que se demoró, y no poco. La tardanza fue debida a que una liebre atravesó la carretera y fue golpeada por el coche. Y ¡hala!, sus cuatro ocupantes a buscar la liebre en un barbecho, en una noche de luna nueva. Ninguno era lo que se dice largo de vista, y mucho menos en aquellas circunstancias. Si los linces tuvieran el alcance visual de estos cuatro hace tiempo que se hubieran extinguido. Ni que decir tiene que, de la liebre, ni rastro.

            Una vez todos llegados y reunidos en la Venta Hispalis, tardó poco para que Julio hiciera que Dionisio sacara la guitarra del coche y comenzara a tocar —me refiero a Julio— como sólo él sabe hacerlo. Y al decir esto no me aparto ni un ápice de la verdad. Sólo Julio sabe hacer lo que hace y cómo lo hace. Que nadie dude de que a la guitarra es un caso único. E inimitable, que es aún más importante.

            Pasó el tiempo entre bromas, recuerdos, recitaciones del Marqués, cantes de Rafael por soleá y por tangos (de Joselero), «jaleamientos» y amagos de baile de Jorge, hasta que, después de mucha insistencia por parte de todos, tomó Dionisio la guitarra y pudimos escucharle, tras varios intentos por afinar y vueltas y más vueltas —como en las calles de Morón— un toque por seguiriyas que no se me borra de la memoria.

            Iba a seguir tocando, ahora por soleá, pero en ese momento apareció por la puerta la mala potra, la fatalidad más insoportable, el signo de Satán, la mala ventura, la peor de las chambas, el hado maligno, la papeleta maldita de la Tómbola del Mal, el bicharraco perverso, lo más malo que podrían enviarnos nuestras respectivas estrellas si nos odiaran. Yo, hasta ese momento, no había tenido el disgusto de conocer al archiominoso, y ojalá hubiera seguido así por el resto de mis días. Observé en todos mis amigos, sin excepción, que el disgusto afloraba en sus caras, y que, unos más rápidamente que otros, iniciaban movimientos de retirada, si no de fuga. Debido a que el bribón tiene familia en Alcalá, no voy a decir su nombre. Efectivamente, no hizo más que traspasar la puerta la bestia cuando ya estaba metiendo la pezuña. Acabamos por levantarnos, se pagó lo que se debía y salimos. Camino de los coches, casi todos iban diciendo que menos mal que Agustín no había estado allí, porque seguramente habría intentado que alguna silla hubiera dado en la cabeza del bulto molestoso.

            Hubo nuevamente cambio de tripulaciones y esta vez coincidimos Rafael, el Marqués y yo en el coche de José Luis. Los dos Rafaeles fueron lanzando durante todo el trayecto tal cantidad de improperios para el cretino que nos había hecho abandonar la Venta Hispalis que es imposible que los recuerde todos. Pero sí que quedé seguro de uno de los significados de esa expresión que tanto he oído desde mi llegada a Sevilla: ser «un tío mierda». Según me explicaron y después pude comprobar dos o tres veces más, el que apareció aquella noche para estropear esa reunión (como ha hecho con cientos) era y es eso: un tío mierda. También recuerdo que los calificativos más finos que le dedicó uno de los Rafaeles fueron los de «hijo de madre distraída» y «buey coceante».

            Aunque no era muy tarde ya no había lugar de encuentro posible, al menos deseable, así que… cada mochuelo a su olivo. Pero vine a enterarme a los pocos días de que Dionisio condujo a los ocupantes de su coche (Jorge, Mario y Julio) hasta su casa, y ya dentro de ésta a la habitación donde tenía su gran colección de cintas magnetofónicas de cuatro pistas que contenían (uso el pretérito porque seguramente ya las habrá destruido en alguno de sus arrebatos) horas y horas y más horas de reunión y fiesta en Morón en los años sesenta. Y allí estuvieron hasta por la mañana escuchando una pequeña parte de aquellas maravillas que nunca jamás volverán a tomar carne, porque no eran golondrinas, sino seres de una nebulosa inalcanzable cuyos ecos resonarán, o no, por el Universo: los ya citados y Fernandillo, Anzonini del Puerto, Curro Mairena, su hermano Antonio, Miguel el Funi…

            Tres de los grandes: Fernanda, Curro Mairena y Joselero,
en Morón

            Es cosa que ustedes sabrán perdonarme el que me permita incluir (hay que estar a bien con todo el mundo) una composición que Mario Cortés hizo a resultas de tan opima noche —hasta la aparición del mal sujeto— y sin duda de otras más, y que tituló como yo lo he hecho con el presente texto: se refería —y yo me refiero— al arte puro.

 

Noche de juerga decente.

Vino, tapas, aguardiente.

La prisa no está presente.

 

Adviene un silencio agrupador:

en los chorlos del quelaor

—porte rancio, tez morena—

el aire retrueca y suena.

De la raza, el baile es la enseña,

esplendor de una sangre

que no esconde lo que sueña.

 

Algunos sienten el riego

de una orquesta de venas

con un ritmo sin sosiego,

sin límites ni esquenas.

Pero en guitarra serena

y compás negado al lego

están marcados a fuego

los lindes de la faena.

 

Baila y canta el gitano.

Un lucero en cada mano.

El cante, pulsión fastuosa

que hace arte cualquier cosa.

Están en cada desplante

los mengues y el canguelo,

pero los oculta el Arte

al compás de este revuelo.

 

Sale del baile el quelaor.

Se alza un picote en terquelo

dedicado al tocaor:

«No sé que tienes mejor,

las baes o el corazón».

 

Mientras, el Tiempo, en la calle,

se cansa como un anciano.

Entra como en un valle

un viento total, diluviano.

¿Qué pasa? ¿Ya nos vamos?

¿Es que hay que despedirse?

Mas nadie quiere irse

con pétalos en las manos.

 

Ahora arrastras una cuita,

ansia, afán, anhelo:

¿cuándo, amigos, otra cita?

ESTOU VIVO E ESCREVO SOL. António Ramos Rosa

 

Ao Ruy Belo

Escrevo versos ao meio-dia

e a morte ao sol é uma cabaleira

que passa em frios frescos sobre a minha cara de vivo

Estou vivo e escrevo sol

 

Se as minhas lágrimas e os meus dentes cantam

no vazio fresco

é porque aboli todas as mentiras

e não sou mais que este momento puro

a coincidência perfeita

no acto de escrever e sol

 

A vertigem única da verdade em riste

a nulidade de todas as próximas paragens

navego para o cimo

tomba na claridade simples

e os objetos atiram suas faces

a na minha língua o sol trepida

 

Melhor que beber vinho é mais claro

ser no olhar o próprio olhar

a maravilha é este espaço aberto

a rua

um grito

a grande toalha do silencio verde

 

 

Escribo versos a mediodía

y la muerte al sol es una cabellera

que pasa en fríos frescos por mi cara de vivo

Estoy vivo y escribo sol

 

Si mis lágrimas y mis dientes cantan

en el vacío fresco

es porque he abolido todas las mentiras

y no soy más que este momento puro

la coincidencia perfecta

en la acción de escribir y el sol

 

El vértigo único de la verdad en ristre

la nulidad de todas las próximas paradas

navego hacia lo alto

caigo en la claridad pura

y los objetos arrojan sus faces

y el sol en mi lengua trepida

 

Mejor que beber vino es más claro

ser en la mirada la propia mirada

la maravilla en este espacio abierto

la calle

un grito

el gran mantel del silencio verde

 

Traductor: Ángel Crespo (1926-1995)

 

Poemas de António Ramos Rosa tornados en canciones

Composición Musical: António Pinho Vargas

15-M. Por María del Águila Barrios

 

 

15-M no tiene aún nombre. La denominación actual es tan provisional como una fecha o una tienda de campaña. La indicación de 2011 falta: Es una fecha incompleta ésta de 15-M. Abundan estos acrósticos, estas tipificaciones de fechas (el 23-F, el 11-S, el 11-M…). El mayo del 68, al menos, no incurrió en ese defecto. Aunque todos sabemos, de momento, que éste que corre es el año: los años corren como galgos, y muchos en la huida olvidan lo que persiguen. En todo caso es una fecha, y con ella tenemos no poco: tenemos una coordenada temporal, una vertical, la ordenada del plano cartesiano.

            También tenemos Sol, y otras plazas mayores. Tenemos Madrid, Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Valencia… Tenemos espacios. Tenemos no poco: donde pisar, donde estar, desde donde clamar; y muchas grabaciones audiovisuales por doquier colgadas. Tenemos coordenadas espaciales, la abscisa.

            Podemos comprobarlo en los vídeos propalados en la red, que ahí están los nuestros, que hay muchos de nosotros, que no sólo son los jóvenes, que también, sino los de cualquier edad, profesión, estatus. Podemos sentir que algo está pasando ahora mismo.

            Desde el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol de Madrid miles de españoles reivindican, se quejan, gritan, organizan asambleas, conciertos, entrevistas, incluso en rueda, ante los micrófonos o los magnetófonos, las cámaras. Tenemos no poco: el factor humano, el humanal, una masa de cuerpos, acaso incorpórea…

            En estas tres circunstancias elementales, o coordenadas, volvemos a lo incompleto del movimiento. Como no tiene nombre, los que lo niegan desde el principio (periodistas, políticos, locutores radiofónicos, patronales, sindicatos, partidos etc.) lo llaman como les da la gana: los acampados, los indignados, los quince-emes, y ya, los antisistema, o como dicen que un mosso de esquadra en su blog los designa, los perroflautas. Vaya, vaya…

             No tenemos nombre. ¿Dónde el logos?

            Para que el movimiento acabe siendo tal, propongo dejar atrás la perspectiva sintagmática y avanzar hacia el paradigma, sin solución de continuidad de la acción. Habrá que ir generando estructuras, sobre todo aprovechando las existentes -hay miles de asociaciones cuya razón de ser, en miles de pueblos españoles, consiste precisamente en tener como único fin, con modestia y frescura, la consecución de una cultura crítica con la que demostrar que el estado de las cosas podría ser muy diferente y manifiestamente mejorable-. La participación ciudadana en el país adolece de una abulia que con visible maldad han aprovechado los autodenominados políticos.

            Si los quince-emes van dejando, por un tiempo (siempre se puede volver, en cualquier momento que sea necesario: las convocatorias electorales no pararán…), plazas y calles, y se van arrimando a los locales de las sedes de organizaciones vecinales, culturales, ecologistas, defensoras del patrimonio o antropológicas… continuará fluyendo ese que parece ser su espíritu de justicia. Todas estas aguas de Sol o Catalunya  o de La Encarnación deben aprender a fluir, a circular, como la sangre o los ríos: por venas, por arterias, por cauces para el caudal de la vida. Y llegar a la Ley.

            Para ser libres hay que trabajar mucho y, como escribía Antonio Medina, «trabajar cuesta trabajo».

 

A PESCA NA VILA DE OLHÃO. Lagoa Henriques (1923-2009)

 

 

OS PINHEIROS GEMEM QUANDO PASSA O VENTO… Sophia de Mello Breyner Andresen (1919-2004)

 

Os pinheiros gemem quando passa o vento

O sol bate no chão e as pedras ardem.

 

Longe caminham os deuses fantásticos do mar

Brancos de sal e brilhantes como peixes.

 

Pássaros selvagens de repente,

Atirados contra a luz como pedradas,

Sobem e morrem no céu verticalmente

E o seu corpo é tomado nos espaços.

 

As ondas marram quebrando contra a luz

A sua fronte ornada de colunas.

 

E uma antiquíssima nostalgia de ser mastro

Baloiça nos pinheiros. 

 

 

Los pinos gimen cuando pasa el viento

El sol golpea el suelo y las piedras arden.

 

Lejos andan los dioses fantásticos del mar

Blancos de sal y brillantes como peces.

 

Pájaros salvajes de repente,

Lanzados contra la luz como pedradas,

Suben y mueren en el cielo verticalmente

Y es su cuerpo prendido en los espacios.

 

Las ondas chocan rompiendo contra la luz

Su frente ornada de columnas.

 

Y una antigua nostalgia de ser mástil

Se columpia en los pinos. 

 
Traductor: Ángel Crespo (1926-1995) con variaciones de LGV

COLOQUIOS (19). Gabi Mendoza Ugalde

 

– El ministro y el embajador flotaban con sus pololos en Palomares.

– Sí, como la consejera cuando se come un pepino.

– ¡Oh democracia: Una, grande y libre!

 

 

PAZ AOS MORTOS. Adolfo Casais Monteiro (1908-1972)

 

Mário Viegas (1948-1996) recitando el poema EUROPA de A.C.M.

 

 

 

Detestei sempre os arquitectos de infinito:

como é feio fugir quando nos espera a vida!

Nunca tive saüdades do futuro

e o passado… o passado vivi-o, que fazer?!

-e não gosto que me ordenem venerá-los

se eu todo não basto a encher êste presente.

 

Não tenho remorsos do passado. O que vivi, vivi.

Tenho, talvez, desprêzo

por esta débil haste que raramente soube

merecer os dons da vida,

e se ficava hesitante

na hora de passar da imaginação à vida.

 

As pazadas de terra cobrindo o que já fui

sabem mal, às vezes; noutros dias

deliro quando lanço à vala um dêsses seres tristonhos

que otroura fui, sem querer.

 

 

 

 

Detesté siempre los arquitectos de infinito:

¡qué feo es huir cuando nos espera la vida!

Nunca tuve añoranzas del futuro

ni del pasado… el pasado, lo he vivido ¡¿qué le voy a hacer?!

-y no me gusta que me ordenen venerarlos

si todo yo no basto para llenar el presente.

 

No tengo remordimientos del pasado. Lo que viví, lo viví.

Tengo, tal vez, desprecio

por este débil tallo que raramente supo

merecer los dones de la vida,

y se quedaba indeciso

a la hora de pasar de la imaginación a la vida.

 

Las paladas de tierra cubriendo al que ya fui

saben mal, a veces; otros días

deliro cuando echo a la tumba uno de esos seres sombríos

que antaño he sido, sin querer.

 

Traductor: Ángel Crespo (1926-1995) con variaciones de LGV

 

COLOQUIOS (17): «BARÇA VERSUS 15-M» (y 2). Gabi Mendoza Ugalde

  

 

– Limpian la plaza, pero primero tienen que dar unos palos.

– La higiene es un destino; y no hay destino sin sufrimiento.

– Entonces, limpian la plaza de quinceseme.

– Y de quienes haga falta quitar de en medio, porque un hincha es un hincha.