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AL PRINCIPIO NO FUE EL VERBO. De la serie «RECORTES», Nº 85. Por Pablo Romero Gabella

 

aguilar2013M.VERPI 3Hombre y humo

(Foto: Manuel Verpi)

Aguilar de la Frontera

2013

 

«Ha causado estupor que se haya conseguido parar una obra en Burgos mediante la violencia, como todos. La violencia funciona. Es responsabilidad de los violentos y de los que ceden, como el alcalde de Burgos. Y tampoco hay que avergonzarse mucho. La violencia fue el origen, y por la misma razón, ningún origen puede realizarse sin apelar a la violencia. Los primeros hechos de que da testimonio  nuestra tradición bíblica o secular han pervivido a través de los siglos con la fuerza que el pensamiento humano logra en las raras ocasiones en que produce metáforas convincentes o fábulas universalmente válidas. La fábula se expresó claramente: toda fraternidad de la que hayan sido capaces los seres humanos ha resultado del fratricidio, toda organización política que hayan podido construir los hombres tiene su origen en el crimen. Ser violentos ya hoy, para nosotros debe suponer ante todo no confundirnos con el sistema que hemos de sustituir: no respetar ninguna intangibilidad en este sistema y no creer en la acción progresiva y evolutiva desde dentro. La violencia en sí misma no tiene la capacidad de la palabra. Una glorificación o justificación de la violencia ya no es política, sino antipolítica.»

[Hannah Arendt, Sobre la revolución, Madrid, 2006, págs. 22 y 23, traducción de Pedro Bravo, 1ª edición en inglés en 1963/ Dionisio Ridruejo, «Ser revolucionarios», Arriba, 27 de abril de 1941/Manuel Jabois, «Lección práctica de Gamonal», El Mundo,  19 de enero de 2014]

AMOR ONÍRICO. Poema de Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād (traducido del árabe por María Jesús Rubiera Mata)

 

fotodeunafotovicentenuñezODP2013Sobre una foto de Vicente Núñez por Ángel Márquez

(Foto: ODP Aguilar de la Frontera 2013)

 

amoroníricoALMUTAMID

Te he visto en sueños en mi lecho,

y era como si tu brazo mullido fuese mi almohada;

era como si me abrazases, y sintieses

el amor y el desvelo que yo siento;

era como si te besase los labios, la nuca,

las mejillas y lograse mi deseo.

¡Por tu amor! si no me visitase tu imagen,

en sueños, a intervalos, no dormiría más.

 

Kāmil. Dīwān, Suyssī, 41

[Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād, Poesías.

 Antología bilingüe  por María Jesús Rubiera Mata

Instituto Hispano-Árabe de Cultura.

Págs. 90-91.

Madrid, 1982]

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CARTA. Poema de Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād (traducido del árabe por María Jesús Rubiera Mata)

SÉ QUE ESTÁS MUY LEJOS (1ª VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE AL-MUTAMID). Poema de Lauro Gandul Verdún

UN MUSGO (2ª VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE AL-MUTAMID). Poema de Lauro Gandul Verdún

ONE MORE SLEEP: Al-Mu´tamid, Rey de Sevilla y Córdoba (1069-1090). Trad. arb. Antonio Luis Albás, (2014)

CARTA. Poema de Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād (traducido del árabe por María Jesús Rubiera Mata)

 

aguilar28122013

Aguilar de la Frontera

(FotoManuel Verpi 28/12/2013)

 

cartaalmutamid

Te escribo consciente de que estás lejos de mí,

y en mi corazón, la congoja de la tristeza;

no escriben los cálamos sino mis lágrimas

que trazan un escrito de amor sobre la página de la [mejilla;

si no lo impidiera la gloria, te visitaría apasionado

y a escondidas, como visita el rocío los pétalos de la rosa;

Te besaría los labios rojos bajo el velo

y te abrazaría del cinturón al collar;

¡Ausente de mi lado, estás junto a mí!

Si de mis ojos estás ausente, no de mi corazón.

¡Cumple la promesa que nos hicimos, pues yo,

tú lo sabes, cumplo mi parte!

 

Ţawīl. Dīwān, Suyssī, 30.

[Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād, Poesías.

 Antología bilingüe  por María Jesús Rubiera Mata

Instituto Hispano-Árabe de Cultura.

Págs. 124-125.

Madrid, 1982]

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SÉ QUE ESTÁS MUY LEJOS (1ª VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE AL-MUTAMID). Poema de Lauro Gandul Verdún

UN MUSGO (2ª VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE AL-MUTAMID). Poema de Lauro Gandul Verdún

ONE MORE SLEEP: Al-Mu´tamid, Rey de Sevilla y Córdoba (1069-1090). Trad. arb. Antonio Luis Albás, (2014)

AMOR ONÍRICO. Poema de Al-Mu‘tāmid Ibn‘Abbād (traducido del árabe por María Jesús Rubiera Mata)

«RECINTO MÁGICO». Fragmento (1) de «LA PLAZA PÚBLICA COMO ESPACIO DE DEMOCRACIA Y CULTURA» por Lauro Gandul Verdún (Lisboa, 10 de mayo de 2012)

Vicente Núñez (1926-2002) en su poema «Plaza octogonal» nos ofrece claves para la comprensión del concepto de plaza como espacio privilegiado, donde la arquitectura delimita su contorno, único apto para un dintorno destinado a espacio público, al ámbito donde la opinión pública, donde tratar «de asuntos ipagrenses» (gentilicio de Ipagro, nombre romano de Aguilar de la Frontera), asuntos de cives. El poema tiene cinco partes. Elegimos la dos últimas:

«Literales, las jambas,
siempre sumisas a severos
dictámenes, aportan
nueva maraña de sentidos.
Qué flanquean: lo oscuro,
los mil dinteles de la ya inminente
transformación rudimentaria,
la presencia de signos
no suscitados desde los albores
del compás y el escoplo.
Penetrabilidad de las edades
en el recinto mágico.»

…………Para el poeta la plaza existe porque sus pilares siempre se han rendido a lo áspero del juicio inveterado para poder sostener el dintel y el arco, pero a la vez «aportan nueva maraña de sentidos». La plaza es un «recinto mágico» donde cabe el tiempo del mundo, donde los siglos han venido penetrando. Las edades han sido traídas por los llegados a ella a tratar de los asuntos que les concernían, cuestiones de la ciudad, o a juzgar o a ser juzgado, o a ejercer la reclamación contra el otro, o a premiarlo, y trajeron también la transformación sin solución de continuidad.

,,,,,,,,,,,,El espacio de la plaza es el hueco imprescindible para que la ciudad sea ciudad, un vacío donde la ciudad tiene su cimiento tangible e intangible, donde la arquitectura constituye por naturaleza un hecho urbanístico porque tiene como función alojar la vida civil, o la del mercado, la del dar o el recibir, la del logos  porque la arquitectura comprende el albor y el crepúsculo, y, en medio, el bullicio del mediodía que se ofrece dispuesto para que el ser humano, el aristotélico zoon politikón o el romano cives, permitan «la presencia de signos/ no suscitados desde los albores/ del compás y el escoplo».

…………Continuidad inveterada e invención continua del espacio público, no obstante los severos dictámenes a los que siempre han de ser sumisas las jambas, el poeta allí puede llegar desnudo y pide ser abrazado:

«Abrázame ahora mismo.
Vuelvo desnudo con un cesto de uvas
al lagar de tus padres.
No me preguntes nada.
Bajo los parasoles del mercado,
la mañana se abría
de codicia y sandalias.
Extiéndeme o exhíbeme
como un tul. En Corinto,
solían los ladrilleros
hablarme sin reparos
de asuntos ipagrenses.
Vengo a vender mi cuerpo.»


DETALLES DE LA MAÑANA DE VIERNES SANTO. Olga Duarte Piña 2012

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SEMANA SANTA EN «CARMINA»

ANDALUCÍA, LAS PROCESIONES: Gabi Mendoza Ugalde a Antonio Luis Albás y de Langa, (2012)
SEMANA SANTA EN ‘El Torito’. Fotografía de Lauro Gandul Verdún (Rota, 2010)
SEMANA SANTA ANDALUZA. Noche de Viernes Santo en Aguilar de la Frontera. Fotografías de Lauro Gandul Verdún (2009)
SEMANA SANTA ALCALAREÑA. Cambio de costaleros de <<La borriquita>>. Fotografías de Lauro Gandul Verdún (2009)
SEMANA SANTA DE ALCALÁ DE GUADAÍRA VI, 2008. «Para un cuaderno de fotografías» por Lauro Gandul Verdún
LAS TROMPETAS DE JESÚS (SEMANA SANTA DE ROTA). María del Águila Barrios 2012

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LAS TROMPETAS DE JESÚS (SEMANA SANTA DE ROTA). María del Águila Barrios 2012

Las trompetas de Jesús anuncian en el pueblo de Rota la Pasión el Viernes de Dolores. Doce parejas de nazarenos van por calles y caminos, en el pueblo y en el campo. Un corto y agudo doble toque de corneta se va reiterando de sitio en sitio…

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SEMANA SANTA EN «CARMINA»

ANDALUCÍA, LAS PROCESIONES: Gabi Mendoza Ugalde a Antonio Luis Albás y de Langa, (2012)
SEMANA SANTA EN ‘El Torito’. Fotografía de Lauro Gandul Verdún (Rota, 2010)
SEMANA SANTA ANDALUZA. Noche de Viernes Santo en Aguilar de la Frontera. Fotografías de Lauro Gandul Verdún (2009)
SEMANA SANTA ALCALAREÑA. Cambio de costaleros de <<La borriquita>>. Fotografías de Lauro Gandul Verdún (2009)
SEMANA SANTA DE ALCALÁ DE GUADAÍRA VI, 2008. «Para un cuaderno de fotografías» por Lauro Gandul Verdún

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EL LÁTIGO EN LOS LABIOS (UN DIÁLOGO REAL CON VICENTE NÚÑEZ). Texto de Jesús Ferrero y fotografía de Olga Duarte Piña

En Monturque, 2000

—En un lugar de La Mancha que ya no pertenece a La Mancha, es decir: en Madrid, conocí el extremo dolor, Jesús, lo conocí. Pero eso quedó en el pasado, que es la región de la muerte. En cuanto volví a Andalucía volví a recobrar el extraño y familiar sabor de la vida.

Así me hablaba en Aguilar de la Frontera el poeta Vicente Núñez poco antes de su muerte, y bien puedo decir que su personalidad sibilina, unida a un casi inconcebible sentido de la hospitalidad, dejaron en mí una huella imborrable que me va a acompañar siempre, por eso me veo ahora en la necesidad de trasmitir el complejo mensaje que me legó en varias horas de intensa conversación con él.

Nada más llegar a Aguilar de la Frontera, encontré al poeta en su taberna habitual: un establecimiento frecuentado por los hombres del pueblo, en una esquina de la Plaza Mayor. Los que hayan estado allí reconocerán que es una de las plazas más originales y extrañas de Andalucía. Se trata de una edificación octogonal y alucinantemente blanca, que se abre al visitante como un mandala, y que desconcierta mucho a la mirada, en parte porque, tratándose de plazas, la mirada está mucho más habituada a los cuatro lados que a los ocho. Ocho lados resultan una exageración que tiende a desorientar. Vicente Núñez lo explicó mejor en un poema, donde viene a decir que esos ocho lados “ya sólo apuntan a un exceso, a una febril idea métrica. Ya sólo tienen una insólita meta radical: equivocarse.” Equivocarse o equivocarnos, haciendo que de pronto nos sintamos en un lugar que de tan sorprendente parece un no lugar.

Y bien, bajo los arcos de esa plaza, en la taberna que ya menté, hallé sentado a Vicente Núñez. Su aspecto era el de un personaje alejandrino y kavafiano, trasportado a la campiña cordobesa, caracterizada por la amable sucesión de las colinas de color ámbar gris, llenas de vides y olivos. Vicente iba bien peinado, llevaba una chaqueta oscura y varios anillos de oro blanco en una mano, y fumaba innumerables cigarrillos negros, de factura española. Su voz, honda y quebrada, retrataba a un fumador empedernido y a un notable bebedor, pero también a alguien que sabía hablar al mismo tiempo (y entrelazando dos registros enemigos) desde la lucidez de la experiencia y desde el calor de un corazón tragicómico, dotado de un sentido del humor muy irónico, que le permitía usar la lengua como un látigo finísimo, y nunca como una tralla. Nobleza obliga.

Una de las primeras sentencias que formuló Vicente en aquella taberna ubicada en el interior de un octógono fue bien simple:

—La fama es infamia.

Supe que había algo parecido a un autorretrato invertido en esa formulación. Conocía pocos poetas tan poco famosos como Vicente. Cualquier miserable perpetrador de cuatro versos tristes era más conocido que él. En cualquier lugar, en cualquier provincia dejada o no de la mano de Dios, cierto, pero también en Madrid y Barcelona, podías encontrar a cientos de personas y personajes exhibiendo sus libros de versos o sus novelas, componiendo, todos juntos, un himno aburridísimo a la falta de sustancia,que viene a ser casi el único argumento de nuestra época, donde ya siempre la fama es indicio de infamia. Por razones que él me explicó con precisión y a la vez con vaguedad, Vicente se retiró a su pueblo y renunció a cualquier forma de relación con la fama, y en parte también con la infamia, tras un período en Madrid en el que su entrega al amor le produjo una honda corrosión. Daba la impresión de que se había sentido sin suelo y sin aliento.

Desde entonces habían sido raras las ocasiones en que había dejado su pueblo, circunstancia bien rara en una persona como Vicente, de sexualidad filogriega. Luego me comentó que a él no le gustaban los efebos de la época clásica. No, a él le gustaban los muchachos de tipo minoico. Resultaba sorprendente su afirmación. Vicente no me hablaba del Hermes de Praxíteles o del Discóbolo de Mirón, me hablaba de los kuros de la escultura arcaica, que podían conducirnos a Creta, cierto, pero también a Micenas. Y qué duda cabe que quien haya visitado el Museo Nacional de Atenas habrá observado que los Apolos de la época arcaica resultan más misteriosos, y probablemente también más bellos, que los del clasicismo, de un idealismo tan calibrado.

Durante un buen rato, Vicente estuvo explayándose en lo que él entendía por “dimensión minoica”. Esa alegría de vivir, ese esplendor gozoso de los cuerpos que todavía nos trasmite la pintura cretense era lo que de verdad le conmovía.

Algunos meses antes, Vicente había padecido una trombosis, y caminaba con cierta dificultad, circunstancia que le humillaba bastante, aunque lo llevaba con toda la dignidad que le quedaba en el cuerpo, y le quedaba mucha. Le quedaba tanta que hasta podía derrocharla, y con una generosidad que sólo puedo considerar inaudita (a Vicente le gustaba mucho ese adjetivo) fumó y bebió todo lo que quiso.

Recuerdo que nos dirigíamos desde la taberna al restaurante cuando Vicente comentó:

—Si me cortaran las piernas me quedaría más ligero de piernas.

Apreciación irrefutable. El poeta, que no secundó nuestras risas, me susurró al oído:

—Y lo más grave es que me las han cortado.

—¿Quiénes?

—Los cortos que cortan las piernas de los largos. Los cortos que cortan y cortan. He levantado mi tienda de amor entre animales —añadió, y se echó a reír a carcajadas.

En el restaurante seguimos bebiendo. ¡Y qué vino! Un fino glorioso que nos fue elevando hacia sinceridades cada vez más densas y más elementales. Entonces Vicente murmuró:

—Es una maldición haber creído tanto en las palabras. Se puede caer en la tentación de la verdad, pero nunca en la de las palabras. Las palabras deben ser azotadas.

No otra cosa venía haciendo Vicente desde hace años con sus “sofismas”, algunos ya muy famosos entre sus amigos. Como en toda conversación larga y sostenida, hubo un momento en que nos callamos, buscando el reposo de la mente y los sentidos. Vicente volvió a llenar las copas de oro líquido y dijo:

—El silencio es corpóreo.

Con lo que me venía a indicar que las palabras no lo eran, o que lo eran menos. Para que lo fueran, había que tensarlas como él las tensaba en sus mejores poemas, “había que ponerlas en juego”, como me vino a decir. Según Vicente, las palabras servían más para ponerlas en juego (retorciendo y trastocando lo que nombraban) que para comunicar. Y es que, según me dijo, la sintaxis era “la forma en movimiento”, pero no el fondo, que sólo podía agitarse (o al que sólo veíamos agitarse) “cuando el lenguaje se convertía en un látigo”.

Yo seguía callado, pensando en lo que acababa de decirme cuando, completando y a la vez contrariando mis pensamientos, Vicente añadió:

—No hay que fiarse de las palabras pero tampoco del silencio.

—¿Por qué?

—Porque es un perro hambriento.

Gloriosa definición que el poeta remató diciendo:

—Un perro hambriento el silencio, y las palabras pirañas. Nada es del todo verbo. Más abajo, nos habla otro silencio: algo que aparece detrás de un tiempo muerto, algo que grita desde el ser cuando callamos.

Me dejó temblando y durante un rato sus palabras resonaron en mi cabeza como dictámenes. Tras el almuerzo, lleno de manjares cordobeses, continuamos hablando y bebiendo, mientras se iba acercando el atardecer. El cielo empezaba a enrojecer cuando nos dirigimos a su casa en el automóvil de un amigo. Mientras íbamos en el coche, Vicente parecía feliz. Se veía que el vino le había sentado bien. En muchos aspectos, estaba haciendo una apuesta, en muchos aspectos, estaba jugando con la muerte. Circunstancia que lo convertía en una encarnación clara de la sentencia “genio y figura hasta la sepultura”.

Finalmente llegamos a su casa, que me pareció un cofre lleno de ecos que me conducían al mundo de Vicente Núñez y al de su poesía. Tras una celosía, se veía un pequeño jardín cautivo, de una frondosidad desconcertante, que le daba una profundidad que no tenía. Luego estaba el cuarto donde trabajaba, y cuya ventana daba a la calle. Una de las paredes la llenaban los anaqueles repletos de libros. En las otras había cuadros. Las imágenes religiosas y de familia se mezclaban con los retratos de Rimbaud y Baudelaire, en un ambiente andaluz, barroco y acogedor, dominado por el cromatismo cálido.

Vicente se sentó junto a la mesa camilla, se quitó la dentadura que le venía doliendo todo el día, se relajó, y encendió un nuevo cigarrillo. Fue uno de los momentos más extraños del día. Nos quedamos solos en su cuarto. Miento. Un perro ladró al fondo del pasillo y desapareció en las sombras. Entonces Vicente me estuvo hablando del vértigo.

Me asombró que no identificara el vértigo ni con el tiempo ni con el espacio, ni con las alturas ni con las profundidades. El vértigo, según él, podía ser un olor, un sabor, una mirada y hasta una palabra bien dicha y bien dirigida al centro del seso y al centro del corazón.

No mucho después me incorporé, le di un fuerte abrazo y salí de su casa. Afuera me esperaba un automóvil que me fue conduciendo hasta Córdoba a través del encarnado y ennegrecido atardecer que, ayudado por la luz de la luna llena, recortaba con nitidez, sobre un horizonte lleno de fiebre, las colinas amablemente grises de la alta campiña.

Nunca más volví a ver al poeta.

Que la tierra le sea leve.

(Córdoba, Revista BORONÍA, septiembre de 2009)

LUIS CERNUDA. Trenzando juncos para los asnos. Por Enrique Martín Ferrera (Junio, 2009)

cernuda

Cernuda, el exiliado, fumando en pipa.

LUIS CERNUDA

Trenzando juncos para los asnos.

Por Enrique Martín Ferrera.
Junio 2009.

A F.Javier Romero Martín.

Recuerdo que era un ejemplar muy ajado, propiedad de la biblioteca pública, con una cubierta remendada que aún permitía leer su enigmático título: OCNOS. Aquel extraño nombre, que prometía maravillas, y su brevedad –los adolescentes siempre están tontamente muy ocupados-, fueron determinantes entonces en mi elección, entre tantos lomos expuestos al alcance de mi mano.

Leí aquel libro en las postrimerías de un verano, durante una siesta embalsamada y luminosa, sentado bajo el castaño de indias que todavía, cada estío, sigue ofreciendo su sombra a quien alcanza esforzadamente a pie el final de la cuesta de subida al castillo de mi pueblo. Lo leí sin pausas, pero degustando morosamente cada línea, como una de esas delicias de la vida que uno se resiste a abandonar y que hacen que extravíe el reloj y proclame para sí la abolición del tiempo. Recuerdo que me costó devolver a los anaqueles municipales aquel librito, y que supe, desde aquella misma tarde, nada más concluir sus páginas, que Luis Cernuda, con toda aquella belleza surgida de la palabra, me acompañaría en adelante en el camino, alentándome siempre; desde una cercana lejanía, como lo hacen las cartas de un amigo muy querido que se quedó cuando nos fuimos, o se marchó cuando nos quedamos; que todavía nos escribe de cuando en cuando, y al que seguimos reconociendo, y sintiendo próximo, a pesar de la distancia y sus privaciones.

goethe

Goethe.

Los días que siguieron a aquella primera lectura volví una y otra vez a aquel nombre: Ocnos. Porque, ¿quién era Ocnos? Aunque intuía en el uso hecho allí de su nombre cierta referencia a la labor artística, ¿cuál era la exacta relación de aquel personaje y su curioso quehacer con el contenido del libro? Sólo se le mencionaba en la cita de Goethe que abría la obra:

Cosa tan natural era para Ocnos trenzar sus juncos como para el asno comérselos. Podía dejar de trenzarlos, pero entonces ¿a qué se dedicaría? Prefiere por eso trenzar los juncos, para ocuparse en algo; y por eso se come el asno los juncos trenzados, aunque si no estuviesen habría de comérselos igualmente. Es posible que así sepan mejor, o sean más sustanciosos. Y pudiera decirse, hasta cierto punto, que de ese modo Ocnos halla en su asno una manera de pasatiempo.( Goethe, “Poygnots Gemälde in der Lesche zu Delphi”)

Busqué y busqué, en cuantos libros tenía en aquella época a mi alcance, alguna noticia añadida sobre aquel misterioso trenzador de juncos, pero nada pude hallar sobre el mismo: ¿era acaso su ocupación un castigo? Incluso durante algunos años, tampoco tuve certeza acerca de si el artista griego Polignoto, que adquirió prestigio pintando escenas basadas en las obras de Homero unos cuantos siglos antes de Cristo, y al que escuetamente hacía referencia la enciclopedia, era o no la misma persona que aparecía en el título de la obra del gran Goethe. Mis pobres progresos en aquella labor estaban más que justificados por las limitaciones de una pequeña biblioteca municipal de la sierra onubense, en tiempos en los que ni siquiera se oía hablar aún de Internet; circunstancias que me dejaban poco o ningún margen de maniobra.

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Representación sepulcral de Oknos en Puerta Latina (Roma), hallada por Campana en 1832. Museo Pío Clementino.

Comenzó el curso académico. Como seguía rumiando aquel asunto, me dirigí a los nuevos profesores de Literatura y de Historia, tratando de hallar respuestas para mi curiosidad. Pero, ¡ay!, en qué pocas ocasiones encontró uno motivos, a lo largo de sus muchos años de reglados estudios, para sentir orgullo y veneración por sus profesores. A aquellos dos la palabra “maestro” les venía grande: acogieron mis preguntas con perplejidad en el rostro y me despacharon con evasivas y una media verónica para rematar la faena; según ellos el programa de sus respectivas asignaturas era lo suficientemente arduo y espeso para dedicarme a perder el tiempo con aquellas fruslerías. Salí de aquel encuentro con los mismos interrogantes sin respuesta en los bolsillos; y con algo más doloroso, la fundada sospecha de que mi amplia ignorancia de bachiller no distaba mucho de la estrecha sabiduría de aquellos hombres destinados de oficio a ser mis enseñantes.

Eché tierra sobre Ocnos; pero sólo unas cuantas paladas, las justas para permitirme en el futuro desenterrar aquel estímulo repleto de incógnitas, que no iba a permitir agostase la simple y transitoria falta de recursos de consulta, ni la necedad de los consultados. Sólo era una cuestión de medios y paciencia.

joseortegaygasset-1950

José Ortega y Gasset (1950).

Durante mis años sevillanos de universidad, el azar, aliado con mis desordenadas y compulsivas lecturas, me llevó hasta un texto de Ortega y Gasset que iba a resucitar mi curiosidad por el asunto del trenzador de juncos cernudiano. Se trataba de un ensayo del filósofo español aparecido en el número de Agosto de 1923 de la “Revista de Occidente”, luego recopilado con otros suyos por el propio autor en “Espíritu de la letra”; tomo que habría de caer en mis manos en edición de los años sesenta de la mítica colección Austral. Cómo no devorar ávidamente un texto que llevaba por título “Oknos el soguero”. Paciencia y medios. Un texto siempre lleva a otro, y Ortega me condujo a la “Descripción de Grecia” de Pausanias, a la “Naturale Historia” de Plinio, al “Ensayo sobre el simbolismo sepulcral de los antiguos” del antropólogo y mitólogo suizo Johann Jakob Bachofen; y éstos a su vez a otros innumerables autores y escritos…

Con los mimbres de lo mucho leído a lo largo de los años sobre Ocnos, podría hacer hoy -ya que de trenzadores hablamos- un gran canasto en forma de pomposa y extensa tesis; pero como la enjundia no debe estar reñida con la amenidad, y cuanto huele a tedio me resulta una tortura como lector, mi propio gusto me aconseja bosquejar un limitado resumen. Sigamos en esto también la recomendación que el mismo Cernuda se hacía a sí mismo en su página “Biblioteca”, añadida en la tercera edición de OCNOS: Que la lectura no sea contigo, como sí lo es con tantos frecuentadores de libros, leer para morir.

Y dando ya noticia de lo hallado, la cosa comenzaría así: Siglo II de nuestra era, quinientos años después de que el pintor griego Polignoto pintara unos espléndidos murales en el Lesque de Delfos, el geógrafo y escritor Pausanias visita el lugar, admira el conjunto pictórico todavía existente sobre los muros estucados de aquel edificio público y nos lega una exhaustiva descripción de todos aquellos cuadros, que se convertirá con el paso del tiempo en única y valiosa referencia, una vez perdidos para siempre los frescos originales.

Entre esas pinturas, figuraba un grupo que en sus escritos Pausanias denomina “Descenso de Odiseo al Hades”, evocación de los muertos que aparece en el famoso canto XI de la Odisea homérica. En lo que nos concierne, el interés de esas páginas literarias se centra en este pasaje: Tras ellos hay un hombre sentado, al que la inscripción identifica como Ocnos. Está trenzando una soga y junto a él hay una burra que se va comiendo lo que acaba de ser trenzado. Dicen que este Ocnos debió ser hombre laborioso, con una mujer muy pródiga, que malgastaba de inmediato cuanto el hombre ganaba con su trabajo. Por este motivo piensan algunos que a la mujer de este Ocnos aludía Polignoto. Pero sé también que los jonios tienen un dicho que utilizan cuando ven a alguien esforzándose inútilmente: éste trenza la soga de Ocnos. Los agoreros también denominan Ocnos a un pájaro, que es la más hermosa y grande de las garzas, y a la vez la más rara de las aves.

El moralista griego Plutarco de Queronea, en su pequeño tratado sobre “La Paz del Alma”, hace también referencia a nuestro mítico personaje, al describir una pintura en la que aparece el taciturno soguero Ocnos, afanado en trenzar una soga mientras su asna se va comiendo de seguido su trabajo.

Por su parte, Plinio el Viejo, en su “Historia Natural”, se refiere a Ocnos y nos habla de un indolente, de un holgazán que expía su pecado en los infiernos, ejecutando sin descanso una labor que se sabe estéril de antemano.

Diodoro cita también a Oknos en un testimonio sobre un ceremonial egipcio: Muchas cosas que pertenecen a nuestra mitología se conservan en las costumbres egipcias, y no sólo los nombres, son verdaderas prácticas. Así en la ciudad de Acantho, al otro lado del Nilo, a ciento veinte estadios de Menfis, existía un tonel perforado al que diariamente trescientos sesenta sacerdotes transportaban agua del Nilo. No lejos de allí podía verse realizada la fábula de Oknos en un grupo en el que un hombre trenzaba una larga cuerda, mientras otros la destrenzaban por su extremo sin cesar.

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Representación sepulcral de Oknos descubierta en 1838 en el Columbario de Villa Panfilia (Roma).

Ya en el siglo XIX, el mitólogo y antropólogo J.J.Bachofen, que conoce todos estos testimonios escritos y gráficos de la antigüedad, incluye en su obra “Simbolismo sepulcral de los antiguos” un capítulo dedicado a “Oknos el soguero”, y nos habla de sus visitas al columbario de la ruinas de Villa Panfilia, ubicada ante Porta San Pancrazio, en la antigua vía Aurelia de Roma; y de las pinturas murales descubiertas allí en 1838, entre las que se hallaba una representación tardía de Ocnos, pero bajo una nueva perspectiva. Así la describe Bachofen: Un anciano barbudo se halla sentado sobre un grueso bloque de piedra en un paraje a cielo abierto, dando su espalda a un pequeño grupo de edificios; su actitud expresa el sosiego tras el cumplimiento del trabajo y exhala una solemne gravedad. El manto que recubre su cabeza cae en vuelos sobre la espalda hasta cubrir sus piernas, dejando al descubierto su pecho, los brazos y ambos pies. La mano derecha del anciano sostiene una larga soga que es roída y rumiada por un burro asentado a escasa distancia de él. Su brazo derecho descansa despreocupado sobre la rodilla. Toda la escena irradia paz. Es la calma del atardecer que a todo imbuye, al anciano, al animal, a los edificios. Parece como si el profundo silencio del sepulcro se hubiera apoderado de la imagen.

Aquí no parece haber infierno, ni penitencia, ni condena; sino algo bien distinto: Ocnos el sufridor se ha convertido en el Ocnos libre nos dice el propio Bachofen.

Y, regresando a la que fue mi primera fuente, recordaremos a José Ortega y Gasset, gran admirador de aquel olvidado Bachofen que consideraba a Ocnos un símbolo natural. En aquel ensayo suyo de 1923, el filósofo español urde, siguiendo al mitólogo suizo, esta proposición: Lo que Oknos laborioso trenza, el asna lo va anulando. Representa este animal el poder destructor necesario al ritmo de la Gran Madre. Una creación lograda y perfecta detendría el proceso: es menester que colabore la potencia enemiga, la energía destructora. El trozo de soga que hay entre las manos del soguero y el belfo de la bestia es breve jornada de la existencia que se abre entre el poder de hacer y el de deshacer, ambos eviternos.

Así pues, en cuestión de interpretaciones e hipótesis sobre el enigmático Ocnos, tenemos para todos los gustos, a elegir: la prodigalidad en versión misógina, la esterilidad del esfuerzo como castigo divino impuesto al holgazán, el dualismo de la madre naturaleza, creación-destrucción, vida-muerte, principio-fin…

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Cernuda en burro durante las Misiones Pedagógicas (Burgohondo -Avila- Julio de 1932)

Pero, volvamos a Goethe, y con él a nuestro poeta español más exquisito. La cita del alemán que abre las páginas de OCNOS procedía de su ensayo “La pintura de Polignoto en el Lesque de Delfos”, un trabajo casi inaccesible, tan perdido para los lectores comunes de Goethe como los mismos frescos de Polignoto. En dicho texto, y de la mano de Pausanias, después de reproducir las descripciones que hiciera el escritor griego sobre aquel conjunto pictórico de Delfos, el genio de Weimar añade sus propios comentarios. Supongo que Cernuda consideró demasiado explícito el párrafo de esas glosas que antecede al fragmento elegido por él finalmente para abrir aquel librito suyo: Los antiguos, acertadamente, parece que consideraban como el más duro tormento el esfuerzo estéril. La roca de Sísifo, que vuelve a caer rodando de nuevo hacia abajo; los frutos escurridizos de Tántalo; conducir agua en cántaras rotas, en referencia a las Danaidas; son todos ejemplos que nos indican metas no logradas. No estamos aquí ante un castigo o penitencia en justa correspondencia a una determinada falta. No, estos desgraciados se ven cargando con el más terrible de los destinos humanos: asistir al propio fracaso en los objetivos pretendidos con una labor rigurosa y tenaz.

Año 1942: Luis Cernuda, que tenía entonces cuarenta años y vivía en Escocia, ejerciendo, a cambio de un pobre salario, como “assistant” en la Universidad de Glasgow; logra publicar en Londres aquel magro libro de poemas en prosa. La editorial responsable, “The Dolphin”, era dirigida por otro exiliado español, el catalán Joan Gili. Luego “OCNOS” tendría dos ediciones más, ambas aumentadas: una madrileña de Ínsula en 1949, y otra mexicana de la Universidad de Veracruz en 1963. Esta última vio la luz póstumamente, a las pocas semanas de morir el poeta, que se había ocupado incluso en aquellos meses previos de corregir las pruebas del libro. No hace mucho leí que aquel año, y para aquella tercera edición, Cernuda había escrito una breve nota a petición de la editorial, conservada hoy en los archivos de su familia sevillana; nota en la que mirando hacia su pasado, nos dice:

El librito creció, aunque no mucho, y la busqueda de un título ocupó a su autor, hasta hallar en Goethe mención de Ocnos, personaje mítico que trenza los juncos que han de servir como alimento a su asno. Halló cierta ironía justa en dar el nombre de Ocnos como título del libro, se tome al asno como símbolo del tiempo que todo lo consume, o del público igualmente inconsciente y destructor.

El hombre que ve como el tiempo va engulléndolo todo: Llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza. Son las palabras del poeta, aludiendo al final de la niñez, en “El Tiempo”, una de esas breves prosas poéticas del libro. Pero también es Ocnos el hombre consagrado a su arte, que trenza juncos para los asnos: público, crítica, tribu literaria… Ahora tengo la certeza de que es ese, y no otro, el Ocnos de Cernuda.

La contextualización de OCNOS también nos reafirma en ese particular uso o visión cernudiana del mito. Resulta muy reveladora la lectura de otros textos y poemas, como los del poemario “Como quien espera el Alba”, datados entre 1941 y 1944, es decir, en las mismas fechas en las que fue concebido OCNOS. Ahí están los versos de “A un Poeta Futuro”, y los de “Aplauso Humano”, en cuya última estrofa podemos leer:

Mas tus labios hablaron, y su verdad fue al aire.

Sigue con la frente tranquila entre los hombres,

Y si un sarcasmo escuchas, súbito como piedra,

Formas amargas del elogio ahí descifre tu orgullo.

En 1918 ya dedicó todo un libro Rafael Cansinos Assens al “Divino Fracaso”, un sentir sobre el que escribiría también tantas páginas memorables el rumano Emil M. Cioran.

“Ganar perdiendo” es el expresivo título de un texto cernudiano de 1946, en el que el poeta se dice a sí mismo: Hay quienes al llegar encuentran nacido su público y quienes deben aguardar que su público nazca, siendo de estos últimos tú (…)

En la primera versión original del 19 de Enero de 1935 de “Palabras para una Lectura”, escribió también Cernuda: ¿Qué puede el poeta por sí? Nunca como ahora la sociedad ha reducido la vida a tan estrechos límites; vulgaridad y monotonía son nuestro alimento cotidiano. Y también: ¿Quién no recuerda la vida trágica de los grandes poetas? El mismo don lírico que en ellos habita parece impulsarles a la destrucción, para llegar a no sé qué indescifrable libertad, lejos de nuestro sol, de nuestros árboles, de nuestros cuerpos, de nuestro mar, tan terrenos pero tan inmortales.

Y cómo dejar de citar a “Marsias”, otro de sus textos; ideado por Cernuda como introducción a un posible segundo libro de poemas en prosa, que iba a incluir esas páginas que, luego finalmente, acabarían aumentando las sucesivas ediciones de su primer OCNOS. Se alude en este texto al mito de la contienda musical entre el dios Apolo y el mortal Marsias, que resulto despellejado vivo como venganza del dios a causa de la milagrosa melodía que extraía de su zampoña. Una música que el público-jurado de aquella lid no quiso o no supo valorar: Entonces en la mente de Marsias se insinuó aguda y dolorosa la duda de su propio merito. Mas pronto le ahogó con furor creciente un instinto de rebelión contra el fallo. No: eran injustos porque no entendían, y porque eran serviles.

Con razones fundadas o sin ellas, Luis Cernuda sentía haber sido, como Marsias, despellejado vivo en varias ocasiones a lo largo de su vida. Comienzan para él esas afrentas sufridas con la mala o tibia acogida cosechada por su primer libro de poemas, “Perfil del Aire”; tira de piel arrancada que no cicatriza, dolor que no se olvida y que reaparece en uno de sus últimos poemas de ajuste de cuentas: “A sus paisanos”. Un poeta resentido, al decir de muchos. Aunque mejor poeta resentido que poeta destruido.

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Oscar Wilde en San Pedro de Roma (1897), tres años antes de morir, tras haber pasado por la cárcel de Reading. Una foto muy difícil de localizar, de las escasas existentes del Wilde ex-presidiario.

Me pregunto a veces si Cernuda habría logrado superar acusación y prisiones semejantes a las padecidas por Oscar Wilde. A Umbral, en su columna del periódico, le gustaba recordarnos de tarde en tarde cómo aquel preso C.3.3. de la cárcel de Reading acabaría con su finas manos tumefactas de tanto trenzar y destrenzar cuerda de esparto -¿otro Ocnos?- durante el cumplimiento de su condena; aquellos dos años de trabajos forzados en presidio que dejaron al irlandés, además de los físicos, otros destrozos menos visibles, más profundos y de mayor envergadura.

El silencio interminable de la muerte debe ser un alivio para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella, dejó escrito nuestro poeta en los “Birds in the Night” de su último poemario. Extremadamente sensible, solitario, dolorido Luis… Pedro Salinas le puso el apodo de “Licenciado Vidriera”, diagnosticando con ello a su antiguo alumno la extraña locura que sufriera el protagonista de una de las novelas ejemplares de Cervantes, ese personaje que se creía todo él de vidrio, de pies a cabeza, y que reverenciaba la ciencia de la poesía, pero consideraba al mismo tiempo que del infinito número de poetas que había, eran tan pocos los buenos, que casi no hacían número; como declararía también Cernuda respecto a sus contemporáneos, salvando de la quema sólo a Lorca, Aleixandre y Altolaguirre. Esta ocurrencia de Salinas llegaría hasta el aludido, sintiéndose éste herido profundamente, más si cabe por venir de quien venía aquel mote: el antiguo profesor de sus años de universidad y ¿amigo? (Rf. “Malentendu” -Desolación de la Quimera-).

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Max Aub en su biblioteca, Mexico.

Otro escritor español, Max Aub, que compartió exilio en México con el autor de OCNOS y estuvo entre los pocos asistentes a su entierro en Coyoacán, nos dejó, en su muy recomendable libro “Cuerpos Presentes”, una hermosísima página con una semblanza del Luis Cernuda que él había conocido y tratado. Escrita el 6 de Noviembre de 1963, un día después de su muerte, constituye un retrato que el poso de años de lectura de la obra y vicisitudes del poeta me hace juzgar, aunque no enteramente fiel, sí al menos no muy errado. He aquí al hombre cuyo reflejo se propuso Aub atrapar en unas cuantas palabras:

Fue siempre un hombre distante que parecía no querer marcharse con nada que pudiera dejar rastro. Atildado, elegante, frío. (…) Amaba apasionadamente lo que odiaba: su soledad primero. Vivió atrincherado, rodeado de enemigos, imaginarios, (…) Al perder la fe en Dios perdió la que pudo tener en los hombres. Jamás la recobró; lo que siempre tuvo presente, hechura de él mismo, fue la fe en la hermosura. Hasta el día en que, como de España, dictaminó: “ha muerto”, para darle más vida. (…) Su desprecio era real. Señorito elegantísimo, señor de la verdad: arbitrario; tan buen poeta como el mejor de su tiempo.

Tímido, solitario, tuvo que escribir cuanto no dijo; la palabra viva sólo muerta le salía. Condenado a “gozar y a sufrir en silencio la amarga y divina embriaguez, incomunicable e inefable…”, dijo ese mal como nadie de su tiempo, porque para él nunca hubo diferencia entre la vida y la muerte. ¡Qué solos se quedan los vivos!, pudo haber escrito. (…)

Cernuda, lejano y solo –como dijo o quiso decir alguna vez. “Por todas partes el hombre mismo es el estorbo peor para su destino de hombre”, es decir por todas partes Luis Cernuda mismo fue el estorbo peor para su destino de hombre. Desdichado y solo por las orillas del tiempo, viéndose marchitar mientras se renovaba de hermosura.

Siempre soñó tener una casa y no pudo o no quiso tenerla, extraño entre extraños murió en casa de una amiga –mas no en la suya-; en tierra extranjera, extranjero. (después de todo, el tiempo que te queda es poco y, quién sabe si no vale más vivir así, desnudo de toda posesión, dispuesto siempre para la partida. Emerge el recuerdo de los versos casi idénticos de Antonio Machado).

La palabra que más empleó al hablar de sí fue “pudor”.
Fue entre nosotros, el único poeta romántico.

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Ramón Gaya en París, 1966.

El mal interpretado Luis Cernuda, decía de él mi admirado pintor y escritor Ramón Gaya. Otro hombre difícil, al juzgar de muchos. También exiliado durante algunos años en México; Gaya fue leal amigo del poeta desde la época de aquellas mesiánicas Misiones Pedagógicas de la Segunda República, ese tour que llevó en viejas tartanas por muchos pueblos, hasta entonces sólo conocedores de la indolencia de Dios y los hombres, la utopía en forma de museo itinerante con enormes réplicas -obra del artista murciano y otros dos pintores- de unos cuantos cuadros del Museo del Prado. Trataban de llevar la luz de la cultura a aquellos preteridos lugareños, a quienes Cernuda y el autor de las copias se encargaban de comentar y explicar las pinturas. ¿Cómo encajar esa estampa con la leyenda del hombre desabrido por vocación, del huraño y distante poeta de algunos?

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En la misiones pedagógicas (en Cuéllar, Segovia, en 1932) con un niño en brazos y una copia de un cuadro de Murillo detrás, que el poeta estaría comentando a los lugareños.

Conocí a Cernuda en un jardín, pero en realidad él siempre parecía estar en un jardín. En la calle o en el salón no se le comprende, escribió su amigo, el pintor, en 1955. Cernuda, “el mal interpretado”, que decía Gaya.

Siempre hubo malas y buenas interpretaciones. Entre estas últimas, la del enorme poeta Vicente Núñez, que también hizo de su vida una consagración a la poesía, la grandísima ramera que todo te roba. Núñez escribió unas páginas en el número ideado por “Cántico” como homenaje a Cernuda; y a éste, desde México, el trabajo de Vicente -“Sobre tres temas cernudianos”- le pareció el mejor de los que figuraban en aquella revista, agradeciendo a su autor lo bien escrito con sucesivas cartas. Así, en la primera de ellas, don Luis escribe al entonces joven poeta de Aguilar de la Frontera reconociendo sentirse interesado y sorprendido por su ensayo, y añade:

Leer a un poeta y aceptar sus palabras con el sentido que ellas tienen, y no otro que pretendamos darle, parece cosa sencilla; pero hace tiempo que sé es la cosa más difícil.

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Vicente Núñez (Monturque, 2000).
Foto: Olga Duarte Piña.

En el primero de aquellos “Tres temas cernudianos” de Vicente Núñez, el titulado “La Soledad Cerrada”, el poeta cordobés manifiesta sobre Luis Cernuda esta terrible convicción: Soledad pavorosa, única en la poesía española, a la que entrega el poeta el naufragio de su vida, su desdén íntimo que busca los otros desdenes de la tierra.

Núñez, flecha certera. ¡Qué pocas palabras bastan para condensar un ejemplo irrepetible! He ahí al autor de OCNOS.

Cernuda el estilita, clamando desde una columna, desde esa exigente e insondable soledad, su empozada sensación de disonancia con la realidad, su íntimo “Soliloquio del Farero”.

Luis Cernuda Bidón, exiliado sin billete de regreso, profesor sin vocación, poeta que no puede, y no quiere, cesar en su empeño de hacer versos; que se mira cada mañana en el espejo y ve siempre la dolorosa felicidad del resignado, la imagen del hombre consagrado a trenzar y trenzar, hasta el final de sus días, juncos que terminan en boca de la grey de los asnos.

Cernuda que nos mira, con los ojos sin tiempo de Ocnos, desde unos frescos sólo descritos, inexistentes fuera de las palabras de Pausanias, perdidos, concebidos una vez en forma de pintura por un griego llamado Polignoto.

Luis Cernuda, el soguero, siempre trenzando, trenzando, trenzando poemas; con la fe inmarcesible de quien sabe y sueña a un lector sensible, futuro; de quien cree en la simiente que germinará un día desde la tierra oscura.

Cernuda, el poeta que no transige; desde el volumen que guarda sus versos, aún sigue reclamando al mundo: Escúchame y comprende.

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CERNUDA EN «CARMINA»:
LUIS CERNUDA VA A CUMPLIR AÑOS. Rafael Rodríguez González
Homenaje de «CARMINA» en el 110º aniversario del nacimiento de Luis Cernuda 1902-2012
CARTA DE LUIS CERNUDA A VICENTE NÚÑEZ ACERCA DE SU ARTÍCULO «SOBRE TRES TEMAS CERNUDIANOS»
CARTA DE LUIS CERNUDA A VICENTE NÚÑEZ DONDE SE REFIERE A SU POEMA «ELEGÍA A UN AMIGO MUERTO»
TE QUEREMOS, LUIS. Alberto González Cáceres (1953-2009)
LUIS CERNUDA EN UNA FOTO DE JUAN GUERRERO. Leyenda por Enrique Martín Ferrera
EN «CARMINA» EL 28 DE FEBRERO DE 2012 CON «LOS DÍAS TERRESTRES» DE VICENTE NÚÑEZ Y UNA CARTA DE LUIS CERNUDA (110º ANIVERSARIO 1902-2012)

VICENTE NÚÑEZ, III: De la Plaza Octogonal; Piedra y Cielo y Homenaje a Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca y Fernández de Córdoba. Antonio Luis Albás, (2014)

V.N.III from revistacarmina on Vimeo.

   «Yo le llamo la ventana pero, claro, ten en cuenta que el cielo de la plaza, o la plaza misma, tiene dos cielos: el que está por encima del octógono y ese otro que se ve, que yo llamo la ventana desde el arco largo, que baja. Son dos cielos con dos tonalidades distintas: una en azules, el cielo propiamente dicho, el cielo de la plaza, el cielo plano, el cielo techo; y luego ya lo que se ve a través del arco, ese pedazo curvo de cielo no recortado en ochavas, ese pedazo en medio punto ya es incandescente, la bóveda queda azul como si fuera la magna lente de un observatorio astronómico, que es posible que tenga ese sentido.

»El constructor de esa plaza es posible que tuviera algún sentido esotérico, de una observación estelar porque, ten en cuenta que por el cielo de la plaza —yo lo he visto en múltiples veranos— pasan cosas, objetos incandescentes, nubes con formas extrañas de animales prediluvianos, segmentos de peces rotos, nudos y huesos pasan, pasan, siguen… Grandes melones de luz en agosto con bombardeos de meteoritos, que no lo parecen.

»Es un gran observatorio, es una gran lente. Es un espacio acotado: el espacio no es más espacio hasta tanto no está perfectamente acotado.

»El cielo a campo abierto no es tan cielo como el cielo acotado de la plaza.»

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IPAGRO EN «CARMINA»