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COLOQUIOS (217). Gabi Mendoza Ugalde (con pintura de Rafael Luna)
THE RIPPER Nº 1
De la serie «Los asesinos»
(Acrílico sobre cartulina)
Rafael Luna
—¡¿Donde están los que han engañado a tantos?!
—En la invisibilidad.
—…Ya veo.
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LA CREACIÓN DEL UNIVERSO (Génesis 1; 2, 1-4)

El origen del mundo
Gustavo Courbet
(1819-1877)
1 Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.
Dijo Dios: «Haya luz»; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero.
Dijo luego Dios: «Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras», y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento. Y vio Dios ser bueno. Llamó Dios al firmamento cielo, y hubo tarde y mañana, segundo día.
Dijo luego: «Júntense en un lugar las aguas de debajo de los cielos, y aparezca lo seco». Así se hizo; y se juntaron las aguas de debajo de los cielos en sus lugares y apareció lo seco; y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares. Y vio Dios ser bueno.
Dijo luego: «Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles frutales cada uno con su fruto, según su especie, y con su simiente, sobre la tierra». Y así fue. Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con semilla cada uno. Vio Dios ser bueno; y hubo tarde y mañana, día tercero.
Dijo luego Dios: «Haya en el firmamento de los cielos lumbreras para separar el día de la noche, y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos, para alumbrar la tierra». Y así fue. Hizo Dios los dos grandes luminares, el mayor para presidir el día, y el menor para presidir la noche, y las estrellas; y los puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra y presidir al día y a la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios ser bueno, y hubo tarde y mañana, día cuarto.
Dijo luego Dios: «Hiervan de animales las aguas y vuelen sobre la tierra aves bajo el firmamento de los cielos». Y así fue.
Y creó Dios los grandes monstruos del agua y todos los animales que bullen en ella, según su especie, y todas las aves aladas, según su especie. Y vio Dios ser bueno, y los bendijo, diciendo: «Procread y multiplicaos y henchid las aguas del mar, y multiplíquense sobre la tierra las aves. Y hubo tarde y mañana, día quinto.
Dijo luego Dios: «Brote la tierra seres animados según su especie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie». Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie, los ganados según su especie y todos los reptiles de la tierra según su especie. Y vio Dios ser bueno.
Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y lo creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra». Dijo también Dios: «Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la haz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento. También a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos los vivientes que sobre la tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce». Y así fue. Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho, y hubo tarde y mañana, día sexto. (Gén. 1)
2 Así fueron acabados los cielos y la tierra y todo su cortejo. Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera; y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho.
Este es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron creados.
(Gén. 2, 1-4)
PINTURA DE RAFAEL LUNA CON TEXTO DE TOMÁS VALLADOLID BUENO. Calle Gandul de Alcalá de Guadaíra (acrílico sobre lienzo)
Un domingo de otoño del año 1989, a mi llegada a Alcalá, tras un largo viaje desde las lindes de Jaén con Albacete, enfilé la calle Gandul con mi Ford Fiesta 1.1 de color azul cielo y con matrícula J-168-I. Llegando casi al final, en el ensanche de la calle, un poco más abajo de donde se encuentra el auto verde del cuadro, aparqué en batería. Saqué las maletas y bajé andando hacia La Plazuela. Me pregunté si al día siguiente, lunes, abrirían la pescadería, porque allí enfrente, en la casa que bifurca la dirección, en esa que está pintada de amarillo con zócalo oscuro, allí había una pescadería, y en ella una pescadera muy amable y guapetona que uno de aquellos días de trabajo me dijo: «puede, puede usted aparcar, mi alma, que a mí no me estorba; además, ya vio usted lo que pasó con la tormenta, que aquí no se inundan los coches como ahí en La Plazuela». Antes de subir al piso en el que yo vivía, un tercero del bloque situado entre la farmacia y el Bar España, entré a tomar algo en la cafetería de la esquina, no la de La Granja Mari, sino la que había pegada a la tienda de mercería donde el público era atendido por dos jóvenes hermanas. No recuerdo el nombre del local, pero sí guardo la imagen de una barra situada a la derecha de la entrada y y una planta superior donde no había nadie, tal vez en solidaridad con la planta baja: solo una persona más y yo nos encontrábamos en la cafetería. Lugar oscuro, algo tétrico, como si los divertidos espectros de un pasado más feliz hubiesen comenzado a abandonar el sitio. Así que ni encendí el cigarro, me tomé rápido la bebida, pagué y salí junto a una de aquellas lindas fantasmas que, entre risas, le decía a una de sus amigas: «Canija, ven conmigo al quiosco, que quiero comprar Marlboro». En ese momento, fui yo mismo quien se evaporó en busca de una ducha que me relajase después del viaje.
Más tarde, ya en estado sólido, salí de casa camino de aquel pub al que llamaban El Buy, y que para muchos de nosotros era un verdadero hábitat y no solo un local de copas, música, compañía, conversación, etc. Y en una de sus paredes recuerdo que colgaba un cuadro con la firma de Rafael Luna. Pero ahora que lo pienso, no sé si lo recuerdo o lo quiero recordar o es que ahora estoy allí sentado entre el Fafi y Juan Enrique, charlando nosotros y a la vez con Rafa: tarde-noche de inocentes bromas, de cómplices miradas y de una amistad sobrevenida en el destierro del alma.
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GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)
De entre los hasta ahora mil quinientos veintitrés escritos que he dedicado a los tontos de mi pueblo, textos en que se alude tanto a los que saben que lo son como a los que se sentirían ofendidos si se les dijera que lo son (estos constituyen la inmensa mayoría del total), recupero uno que no podrá molestar a nadie, sencillamente porque el sujeto al que se refiere murió allá por la mitad de los años veinte, cuando reinaba Alfonso XIII y mi abuela Reyes era una mujer de treinta y pocos años. Además, Antoñito Quienes no tuvo descendencia ni apenas parientes, con lo que no tiene más trascendencia que la que aquí le demos. Aclararé, antes de continuar, que Antoñito Quienes no era el apodado Ñuguito, aquel que se pasaba todo el día en la calle restallando un pequeño látigo, y al que también me he referido en alguna ocasión. Eran coetáneos, pero el Ñuguito era uno y Antoñito Quienes era otro. Lo recalco porque hay mucha gente que considera que todos los tontos son iguales. Nada más lejos de la realidad.
Especifiquemos, y para hacerlo dividamos la población en tres grupos: los que no son tontos, los que lo son pero no lo saben, y, por último, los que lo son oficialmente, por así decirlo. De las tres especies, la que más variedad nos ofrece es la tercera. Que todos sus individuos tienen un denominador común es completamente obvio, pero también que cada uno de ellos tiene una personalidad única e inconfundible. Esto no sucede en las otras dos congregaciones, cuyos individuos se distinguen muy poco entre sí, adoradores como son de la norma. Además, la frontera entre los que no son tontos y los que lo son pero no lo saben es siempre muy tenue, de modo que no son pocas las ocasiones en que no se sabe si este o aquel individuo pertenece a una u otra fracción. Con los tontos oficiales no hay ese problema. Y, por cierto, es el único conjunto merecedor de respeto, per se.
Pero avancemos, que no es cosa de enfrascarse en asuntos científicos, al menos en esta ocasión.
Yo no me creía lo que contaba mi abuela, porque si todos los cuentos eran mentiras, lo lógico sería que todo lo que contaban las abuelas fuese mentira. Pero como mi padre, mi madre, mis tías y algunas personas más, todas ellas de confianza, me aseguraban que sí, que aquello era verdad, pues acabé por creerlo. Y hoy estoy más convencido que nunca de que así es, porque lo que uno ha visto a lo largo de la vida deja en pañales lo de Antoñito Quienes. Y lo de bastantes más.
Tampoco es para tanto, como veremos enseguida. Antoñito era de una familia muy conocida, respetada e incluso temida. De buena posición económica y de extremada religiosidad. Quienes no era su apellido, que de todos modos no revelaré, sino el mote (antes todos los tontos oficiales tenían mote). Se debía a que la primera vez que le amenazaron con que le quitarían las latas él preguntó, en tono retador: «¿Quiénes?». (Cuando durante el larguísimo proceso de elaboración de este texto le comenté a un mi amigo lo de los motes de los tontos oficiales, él me dijo que ahora no tienen motes, sino cargos, con lo que me quedó claro que no se había enterado de lo que yo le decía, porque ese mi amigo no distinguía bien entre los oficiales y los no catalogados).
Pues bien, Antoñito Quienes estaba casi todo el día por la calle, igual que el Ñuguito. Pero si éste andaba hora tras hora dale que te pego al látigo, Antoñito llevaba atado con una guita a su cinto un manojo de latas de más o menos volumen que, llegadas a la altura de su rodilla derecha, sonaban a poco que su portador se moviera. Era un sonajero andante, una alarma transeúnte, un aviso itinerante.
«Ea, ya viene ahí el tío de las latas», decía alguna gente cuando le oía acercarse. «Yo no sé por qué la familia no lo tiene arrecogío», piensa en voz alta alguna vecina. «¿Qué quieres, que lo metan en el manicomio?», manifiesta otra comadre, más indulgente.
Como son tantos días, meses y años los que Antoñito Quienes lleva haciendo ruido mientras transita por las calles de Alcalá, casi todos los vecinos han dejado de quejarse, y todo lo más se miran cuando sienten sonar las latas. Los hay que reprenden a sus niños o a alguien que hace, circunstancialmente, mucho ruido: «Anda, que formas más escándalo que Antoñito Quienes».
Antoñito no se mete con nadie, ni tiene explosiones que le hagan violento en ningún sentido. Él sólo da la lata con las latas, pero eso, ya digo, es ya un hecho consuetudinario completamente asumido, tanto como los cagajones de burros y mulos y las hileras de virutillas de las cabras. Pero…
Su padre le tiene dicho a todos los taberneros de Alcalá que mucho cuidado con proporcionarle a Antoñito cualquier clase de bebidas. El padre puede hacer pasar apuros a quien contravenga sus indicaciones. Pero el caso cierto es que de vez en cuando, aunque muy de tarde en tarde, Antoñito Quienes aparece ebrio por las calles más habituales de su tránsito.
La imbecilidad de Antoñito no podía dejar de surtir sus efectos al ligarse con el alcohol. (Y aquí podríamos recomenzar con lo de los que lo son, los que no lo son, los que no lo saben, etcétera). Entraba en cualquier taberna y se metía por enmedio de las reuniones, diciendo a toda voz cosas ininteligibles, se bebía los vasos de los reunidos, prodigaba gestos que podían mover a escándalo… Y así hasta que, advertidos, aparecían su padre y su tío y lo retiraban de la circulación.
No quedaba ahí la cosa porque Antoñito Quienes, como tantos hijos de familia (de los que son, de los que no lo son, de los que no lo saben), sentía atracción por las mujeres, y, alguna que otra vez, todas ellas estando bebido, había asustado a algunas féminas, sin que la cosa nunca pasara a mayores, salvo aquella en que una joven señora casi le rompe el paraguas en la cabeza, o la cabeza a paraguazos.
Antoñito murió joven, y poco hay que destaque en su existencia fuera de su cotidiano paseo con las latas prendidas y sus muy eventuales episodios de embriaguez. Como todo tonto oficial que se precie (pero hay excepciones) nunca trabajó ni desarrolló actividad física alguna, salvo las más indispensables, y tampoco todas. Sí tenía otra costumbre cuyo ejercicio era cumplido con todo rigor: santiguarse cuatro o cinco veces frente a cada establecimiento religioso de la localidad. Por eso iba diariamente hasta el más lejano, la ermita de San Roque.
Un día le dijeron al padre de Antoñito Quienes quién era el que se divertía suministrando alcohol a su hijo. La paliza que el progenitor propinó al cobarde sinvergüenza y seguro integrante del grupo de los que no lo saben, ha quedado en los anales. Al padre de Antoñito no lo molestaron, gracias a su posición. («Algunas veces, aunque sean pocas, se alegra una de algunos privilegios», decía mi abuela).
Pero aquel mismo día, que era domingo, Antoñito Quienes subió a la torre de la iglesia de Santiago el Mayor. Como siempre, con el permiso del sacristán o del cura. Con sus inseparables latas, por supuesto, pero esta vez bastante ajumado. Al bajar se le desprendieron las latas, se enredó en ellas y fue golpeándose en cada escalón, hasta matarse.
Fue una muerte muy sonada, y no sólo por el ruido que produjeron el cuerpo y las latas, aunque estas contribuyeran bastante a ello, sino sobre todo porque sucedió en misa de once, justo cuando los fieles se acercaban a recibir la sagrada hostia. El que le daba la bebida se fue de Alcalá ese mismo día, baldado y todo.
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