– El capitalismo salvaje, en su vertiente de falaz ideología, ha resultado eficacísimo a los salvajes capitalistas para secuestrar, mediando corrupción, a los llamados políticos, en esencia, corrompibles y fácilmente secuestrables.
– ¡El espacio público está usurpado! ¿Dónde ejercer la libertad? Esto sólo se puede resolver con una revolución…
– Sí. Aunque no sea posible mientras los desesperados sólo se indignen.
– …Pensándolo bien, por aquí no estamos para revoluciones, que antes serían revueltas y rebeliones.
– A veces me cabe rogar a Dios que sea verdad, realidad, lo que percibo en el centro de un lugar, al que me han llevado mis pasos de caminante, cuando lo que contemplo se me refleja en el alma con la certeza de lo verdadero, lo real sin dudas.
– La realidad no te necesita para nada, ¡a ver si te enteras! Dios no está para tus alucinaciones.
– Cuando subíamos a Marvão y en la cima avizorábamos su castillo cubista, parecía que bajáramos a los infiernos. Mientras que al tiempo de descender a la ribera del Sever, en verdad, sentí que ascendiéramos a los cielos.
– Te lo parecería a ti, porque yo cuando subo, subo y, cuando bajo, bajo. ¿Ibas haciendo el pino?
– Es indudable que confundimos inversores con especuladores. Pero también lo hacemos cuando hablamos de gasto y no de inversión. Ha habido CCAA en los que esta inversión no sólo ha sido patente, sino necesaria. La construcción de Centros de Salud cercanos a pueblecitos de menos de 400 habitantes en los que en caso de Enfermedad una se tenía que desplazar 100 kilómetros no es gasto. Por mucho que lo diga la hija de un Pastor Alemán.
– ¿Porqué ya nunca me dices que me quieres?
– Te estoy mal acostumbrando. De Amor te estoy hablando. ¡Cómo se nota que cuando estuviste en España por el plan Erasmus tú sí ligaste!. ¡Caprichosa!.
– Paseando ayer me di cuenta de algo que quizá pueda ayudaros en vuestro intento de entrar en la Plaza Pública de Sol
– ¿No me digas?
– Sí. Yo estaba mirando desde la otra parte de la valla; para secarse el sudor de su frente, uno de los policías antidisturbios que custodian la Plaza se quitó el casco… Y debajo… no había nada. Nada.
– Un descomunal monstruo, todo de verde, con un solo ojo iluminado, se dirigió hacia mí. Se acercó sigilosamente, y me cogió con fuerza de la mandíbula.