«Más que la diferencia de nombres nos importa la cuestión de fondo. Preguntado por la prensa por su futuro político, Francisco Camps dijo que estaba “muy contento” y fue cuidadosamente ambigüo: “de momento volver a las Cortes”. El político no queda determinado por su modo puro de ser; importa su modo de proceder, su cálculo político. Puede ser, por ejemplo, en su fuero interno, profundamente inmoral o, como suele decirse, amoral. Pero será mal político si prescinde de la moral precisamente como arma política. Griñán con respecto a su futuro político dijo que eso “no tiene ninguna importancia” que “lo que más importa es el futuro de Andalucía”. “El mío me da lo mismo”, subrayó. El político maquiavélico no será mal político solamente por decirse maquiavélico, también por serlo. Su psicología tiene que ser más compleja y, por decirlo así, oscura. Nadie puede a la larga, engañar a los demás si, por decirlo así, no ha empezado por engañarse a sí mismo. El político ha de creer en lo que dice.»
[El Mundo 21 de febrero 2012 (página 21) y 23 de febrero (pág. 9) / José Luis Aranguren, Ética y política, Barcelona, 2011, págs. 38-39 (1ª ed. 1958)]
«El mal es nuestro único semblante
lo ordena la enfermera agonizante
cuyo solo cuidado es no agradarnos,
pues es de Adán la maldición constante:
debemos empeorar para curarnos.
No, no Papá, ¿estás diciéndome
que esto es lo que nos espera a todos? Esto, así es nuestra vida no podemos cambiar la naturaleza
El cambio lo dará la naturaleza.
Pero tenemos que ayudarla.
El cambio está en nosotros ¿A dónde vas?
Con suerte hacia delante.»
[T.S. Eliot, Cuatro cuartetos, East Cooker IV, 1940 (traducción de J. Doce, 2001)/Diálogo de la película Ratatouille, 2008]
«Crear una idea es una labor que Hegel caracterizó como el trabajo de la muerte», dice Savater. El pensamiento posee la condición de una sustancia corrosiva que despoja a los cuerpos de sus vestimentas diferenciales y logra, gracias a ello, dos efectos superlativos. De un lado convierte en despojos a lo viviente, lo aniquila sin remedio. Y, de otro, gracias al crimen cometido, crea una eternidad. Las ideas filosóficas ¿quién lo duda?, son más que terribles. Es por ello, que dan miedo. Se tiene una idea, una buena idea y todo cambia. Se tiene una idea, una mala idea, y todo cambia. En una palabra: si usted se acuerda, había allí cierta alusión al hecho de haber en el mundo algunos individuos que podrían…;es decir, no que podrían, sino que tienen perfecto derecho a cometer toda suerte de actos deshonrosos y de crímenes, y para los cuales es como si no se hubiese escrito la ley.
…………»Raskólnikov sonrióse ante aquella forzada y laboriosa explicación de su idea.»
[V. Verdú, “La idea o el dios”, El País, 28 enero 2012 /F.M. Dostoievski, Crimen y castigo, 1866 (traducción de R. Cansinos Assens, Barcelona, 2003, pág. 239)]
«Desde el comienzo de la República [romana] hasta su final, y luego también durante el imperio, fueron factores constantes la carga de la deuda y la distribución de las tierras. En los primeros siglos, la lucha por la deuda fue una lucha para evitar la esclavitud por deudas y aunque fue eliminada por la legislación en 326 a.C., se mantuvieron en vigor algunos tipos sutiles a lo largo de toda la historia romana posterior. También existió una preocupación constante por los tantos por ciento de interés y hubo de vez en cuando crisis de deudas que exigieron una injerencia gubernamental seria. No cre[o] que la historia tenga leyes inflexibles a las que los pueblos estén sometidos como los astros a la ley de gravedad, sino que aquella fluctúa, avanza o retrocede y a veces gira sobre si misma de manera tautológica».
[M.I. Finley, El nacimiento de la política, Barcelona, 1986, págs. 147-148/M. Vargas Llosa, «Las ideas y el caos», El País, 29 enero 2012]
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(*) Nos escribe Pablo Romero Gabella:
«…me he atrevido a enviaros un texto. He pensado que, si os interesa, os puedo seguir enviando más (…). Se titulan Recortes, título apropiado para esta época que nos toca vivir. Son ensamblajes de textos actuales y no actuales, de periodicos, de ensayos y de novelas. Bueno ahí va el primero: La deuda: un clásico.»