Posts categorized “Olga Duarte Piña”.

NOCTURNO CON LUNA LLENA EN ROSENLAUI. Fotografías de Olga Duarte Piña, 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EXPOSICIÓN DE PINTURAS DE GEMA ATOCHE SOBRE EL FLAMENCO. Museo de Arte Contemporáneo «Moreno Galván», La Puebla de Cazalla (Sevilla). Del 5 al 20 de julio de 2008.

Texto del catálogo y 3 fotos del estudio de la pintora

SIETE CUADROS DE LA EXPOSICIÓN Y UNA ESCULTURA

…y la escultura

ROCÍO HERMOSÍN MIRANDA, RESTAURADORA DEL PAPEL («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2007)

Molino de papel del siglo XVI
(de un grabado de la época, por Jost Amman)
Fuente: Espasa-Calpe

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VICENTE NÚÑEZ. Lámpara de la saleta. Olga Duarte Piña, Aguilar de la Frontera (Cordoba), 2004.

 

 

 

 

VICENTE NÚÑEZ. La saleta. Olga Duarte Piña, Aguilar de la Frontera (Cordoba), 2004.

1 Saleta

MIGUEL HERMOSÍN (fragmento)(«Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2005)

 

 

Miguel Hermosín
(Foto ODP, 2005)

 

Fíjense en aquel balcón. Allí está un niño de ocho o nueve años asomado a la baranda. Ese niño apunta a distintos lugares de la calle, e incluso a personas. Por allí pasan quienes deben ser amigos del niño que desde el balcón parece un pequeño cazador armado con una Kodak instamatic, que también usa para dispararla contra esos otros niños que quieren ser cazados por Miguel Hermosín, que hace fotos y que es el nombre del niño de vemos. Pasen cualquier otro día por la calle Goya, por la parte del Instituto, y lo verán, un niño de ocho o nueve años con la cámara siempre como si buscara, o solo, o probablemente en algún corro de otros niños donde su hermana también le pide una foto. Pasen otros días, lo verán también, y si no se lo encuentran es porque está en su casa mirando, como si buscara, una a una cada foto que guarda en una caja de zapatos sin fechas ni clasificación. Mira las fotos y a ese niño se le ve, si se fijan bien, deleitándose; a ese niño se le ve impregnado el gesto del gozo, que recibe quien se atrave con algo tan simple como ponerse a contemplar la belleza, en este caso, la belleza de unas fotos. A todo el que llega a la casa se las muestra o, si no ha venido a su casa le lleva la foto a la suya, para que la vea, para que nadie que haya salido en la foto se quede sin verse en ella. Aquel niño del balcón es hoy un hombre de cuarenta años que contesta que no puede explicar porqué hacía todo esto, aunque sí puede decir que la satisfacción que recuerda es idéntica a la que siente hoy entre fotografías. Nunca se ha planteado si la fotografía es difícil o fácil. Él siempre ha hecho fotos y nunca ha dejado de ser un fotógrafo: «La foto que yo quiero la veo antes de hacerla. Hay que saber ver. La veo en mi cabeza y luego la hago.»

            En un curso dirigido por el fotógrafo sevillano Emilio Saenz aprendió que no importa la cámara que se tenga para hacer buenas fotos: «Lo que vale es el ojo que ve esa foto. Lo que quieras decir en la foto es lo que importa: el contenido de la foto.»

            «No tengo preferencias temáticas. Llevo la cámara pero no siempre hago fotos y, además, a veces, como vaya con la intención de hacerlas, no las hago. Cuando estoy haciendo la foto no pienso en ningún público de esa foto cuando saque la primera copia. Cuando la veo en el papel, si me gusta, quiero que la vean otros. Me gusta también saber que otros aprecian esa foto.»

 

MANUEL DOMÍNGUEZ GUERRA (fragmento)(«Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)


El artista Manuel Domínguez Guerra
2004
Foto: ODP

El sacrificio del artista

EL PINTOR se queja de que una gran parte del arte contemporáneo resulta ininteligible para muchos. Frente a ese mal él propone -y a sí mismo se aplica como principio- que hay que realizar un esfuerzo, que el artista debe sacrificarse, aunque le resulte doloroso, por hacer su arte más entendible, más digerible. Porque ello es necesario. Él no cree que la mayoría de los artistas quieran tomarle el pelo a nadie sino que, las más de las veces con buena fe -por creer que sólo deben crear para otros artistas, o espectadores tan iniciados que alcanzan la comprensión de ellos-, no se esfuerzan en un momento clave del acto creativo, aquél en que surge la forma por la cual el caos previo, que exige ser expresado siempre a la conciencia del creador, toma al fin una concreción con una clara impronta definitiva; pues es en ese momento y ahí mismo, ante y sobre la forma surgida, cuándo y dónde debe el creador pegar un salto más hacia el fondo, hacia un encuentro con las personas siempre, los simples espectadores, un salto consistente en traducir esa forma para hacerla interesante para mucha gente que no es artista, para muchos que creen que el arte no les es necesario, para muchos que quieren entender el arte y que quedan decepcionados cuando ese arte que quisieran comprender no está en un lenguaje que pueda pertenecerles y, por tanto, no consiguen franquear la puerta que desean poder abrir de veras.

Manuel Domínguez Guerra considera que no es el espectador quien tiene que asumir ese sacrificio, sino el creador, a quien, respecto de su obra pura por el concebible pero no dable a los otros aún, corresponde exclusivamente la obligación de traducirla como obra para comprender, única ofrecible a los demás, surgida de la obra misma, sino dejar de contener en su forma última, verdaderamente definitiva, la expresión del propio ser del artista.

Una obra es inimitable

En otro orden de cuestiones, nos refiere que, afortunadamente, en el mundo occidental es más fácil el acceso a la cultura y, por tanto, al arte, lo que explica que, por ejemplo, en la Florencia del siglo XXI haya más artistas que en la de los siglos del renacimiento.

En relación a internet opina que es un instrumento extraordinario pero que hay una parte negativa consistente en la mayor uniformización que se aprecia en el arte que realizan muchos, sobre todo los más jóvenes. Se tiende a imitar una obra de tal o cual artista lo que supone una renuncia a la propia personalidad porque cada obra está vinculada a una vida concreta, a una biografía particular de la que va generándose una obra realmente inimitable. Todos se nutren de otros pero no debe notarse: las influencias sólo han de incorporarse por quienes tengan afianzada su manera de ser.

Atlas
Foto ODP

La sociedad y los artistas

Denuncia que la sociedad aplique un doble rasero al arte y a los artistas: por un lado son menospreciados y por otro son endiosados los autores y sus obras.

Los políticos, en verdad, consideran ineficaz el arte, o lo que es lo mismo, que la sociedad no puede ser transformada por el arte y sí por la política y la economía. El no puede estar más en desacuerdo habida cuenta de que, si bien los cambios que marcan estos órdenes son más evidentes, a la postre no suponen el cambio verdadero y profundo, que sólo puede llegar a la sociedad a través de los humanistas y de los artistas. Lo que siendo así, no impide que artistas como Picasso o Dalí hayan contribuido a la banalización del arte al dar como válidas obras que no eran verdaderamente representativas de su ser artístico y ello por fines púramente mercantiles.

Para Manuel Domínguez Guerra el arte se nutre de la capacidad del artista de apiadarse de la realidad, de su capacidad de amar. Nunca como ahora es más necesario y últil. Acaso sirva para conducirnos a la belleza en un mundo donde cada día resulta más horrorosa la vida. Para esa victoria podemos contar con el entusiasmo que nos suscitan las obras de artistas como éste. Él nos enseña que sólo va a brotar el entusiasmo cuando nos rindamos a lo que nos emocione, y así vencer a lo que niega la existencia y el ser.

Menina

LUIS CARO («Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2005)


El pintor Luis Caro tirando una foto al fotógrafo y al fondo su amigo Antonio Mancera
(Gandul, 1989-LGV)

 

En Higuera de Vargas vivía su abuela materna. En la casa de ésta nació, pero donde vivió hasta los ocho años fue en Aceuchal, pueblo donde su padre ejercía como maestro de escuela. Su padre era de Olivenza y su madre de Higuera de Vargas. A los ocho años lo llevaron a Alcalá. De su infancia extremeña sólo recuerda, como una ensoñación, un pilar junto a una fuente donde abrevaban las bestias y había caracoles con los que jugaba.

            En tren llegó a Alcalá con sus padres y sus hermanos. Se alojaron en la vivienda de su tía María en la Blanca Paloma. Poco tiempo después, se trasladaron a una casa de vecinos donde su padre alquiló unas habitaciones , en la calle Sánchez Perrier, mientras construían las casas de los maestros de los Grupos Viejos. En la esquina de la calle Domínguez Gómez con la calle Silos se construyen las primeras y le dan a su padre una. Su padre era entonces maestro en los Grupos Nuevos. Ese año le tocó con él. También recuerda a D. Manuel Bernáldez de la Rosa en la cuarta, y en la quinta a D. Manuel Pérez Vázquez, que fue quien le animó por primera vez a dibujar, aunque él desde chico ya dibujaba porque veía hacerlo a sus hermanos mayores, Manolo y Remigio, que le llevan diez y once años.

            …Para Luis Caro ser artista es una condición y supone correr riesgos, supone la autoimposición de una disciplina donde uno marca sus propios horarios y quehaceres. La inspiración cuando viene tiene que coger al artista trabajando, con las manos ocupadas, con los materiales.

            Luis Caro nos refiere que se ha dedicado principalmente a la pintura al óleo. Ahí es donde más ha indagado. Para él su pintura al óleo es un dibujo con mucho color y el dibujo es la estructura de la realidad. Una mancha de color no tiene forma, ésta se la da el dibujo. Si no se sabe dibujar no se sabrá componer el espacio. A él le subyuga la realidad y afirma que la naturaleza debe ser observada por el pintor igual que un científico.

            La primera vez que viaja a París fue en el año que murió Franco. Rafael Luna estaba allí ya y también Luis Benítez Díaz, que le repetían, por carta o por teléfono, que saliera de España, que tenía que ver más mundo. Los dueños de la discoteca «Zalima» le habían encargado unos cuadros. Hizo cuatro y además trabajó varios meses como sustituto de cartero en Correos. A fines de noviembre de 1975 cogió su primer tren a París. En la estación de Austerlitz le esperaban Rafael y Luis con unas sonrisas que expresaban: «aquí viene uno de los nuestros». Nos dice que en París conoció por primera vez el frío de verdad.

            Se alojó en la casa del abogado, escritor y viajero Gwen Belleil, estudioso del Tarot y de la magia con quien inició una amistad que perdura hasta hoy. Su casa es una biblioteca y está llena de objetos extraños, pilas de libros sobre la alfombra, cuadros, rarezas traídas de lejas culturas… Él fue quien empezó a poner títulos a sus cuadros en estancias posteriores en París, en las que ya creaba en esta ciudad y exponía. De Gwen y su mundo mágico acaso haya algo en ese aura enigmática y misteriosa de sus cuadros.

 

 

El artista en su casa
(Alcalá, 2001-ODP)

 

 

ESCULTURAS («La vida es viaje», Páginas de un diario húngaro. Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2001)

El poeta Petofi.
El poeta Petofi.
Ady Endre
Ady Endre

 

Desde Sopron a Debrecen, Pécs o Szeged, pasando siempre por Budapest, los viajeros las verán. Bajo la sombra densa de unos árboles, en su romántica glorieta; o en la serie sucesiva de hornacinas, cada busto en la suya, que forman la galería en cuadrilátero de una plaza mayor; o delante de una catedral dominando a los que suben por las escalinatas; o en el corredor del claustro de un monasterio; o en la fachada de un conservatorio superior de música.

 Escultura, Sopron, 2001
Escultura en Sopron

 

Esculturas del Castillo, Budapest 2004
El castillo de Buda

 

            Al principio, resulta normal descubrirlas en cualquier ciudad occidental. La necesidad de recordar se ejercita colectivamente devolviendo su cuerpo a quienes lo perdieron. No pueden quedarse sin cuerpo las almas creadoras y heroicas. Los que conocieron a los grandes y, además, les sobrevivieron, luego de muertos, les necesitan. Los que sobreviven les alargan la vida a los ilustres.

 

H. Le Meridien Budapest, 2003
Hotel Le Meridien
Budapest

 

 

 

Jósezf Atila

 

            Pero en el sentir húngaro se percibe una voluntad adensada de que los grandes sigan existiendo. Los honrados en bronce, granito o mármol ganaron la inmortalidad que a los hombres les es posible, esto es, la inmortalidad de las estatuas. Quedaron incorporados a las esculturas. Mucha eternidad atesoran los húngaros cuando a tantos célebres compatriotas fenecidos los eternizan aquí y allá, en los parques, en los paseos de los bulevares, en los patios de los viejos castillos, en las portadas de diversos edificios magnos. Estos volúmenes, estas figuras delimitan un espacio característico en el territorio de la espiritualidad de los húngaros.

 

Kisfaludy

 

Lider de la Rev. del 56, Budapest 2003
Imre Nagy

 

            Cuando se las encuentran asomadas al fluir de los transeúntes y de la vida de las urbes de este tiempo nuestro, cargadas de la expresión intensa de valores fundamentales (la bondad, la justicia, la belleza, el coraje, …) en sus gestos, en sus poses, sentadas, de pie o a caballo, en los lugares públicos de cualquier ciudad, los viajeros ya pueden inducir una idea expresable sobre la identidad de los húngaros, a saber, son históricos; para nosotros lo son en el sentido de acusar una necesidad extraordinaria de relacionarse cotidianamente con los filántropos, los utópicos, los poetas, los músicos, los médicos, los revolucionarios, los héroes y los mártires de la nación.

 

Inventor
Györ
2002

 

Serie Esculturas, Budapest, 2004
De la serie Esculturas
Budapest
2004

 

            Se nos contó que muchos, la mayoría, de los héroes de la historia del país padecieron el dolor de la tortura, o la tristeza del destierro, o la soledad de la cárcel. Pero el sufrimiento y la penuria derivaban de la valentía. Sólo causas nobles, como Dios o el Pueblo, les llevaron lejos persiguiendo a traidores, infieles y bandidos aunque la gloria, como sino de estos mártires, consistiera en soportar con dignidad la humillación de la derrota más allá de toda resistencia humana y hasta la muerte, única capaz de doblegarles. Uno quiso ser rey, porque así legítimamente le correspondía, pero fue traicionado cuando en su coronación, en lugar del oro regio de la corona, colocaron sobre su cabeza otra bien distinta de hierro al rojo vivo.

 

 

(Fotos: LGV)

 

 

SAN LADISLAO («La vida es viaje» -Páginas de un diario húngaro- Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2002)

 

Relicario de San Ladislao en la catedral de Györ

Foto LGV

 2002

 

En la capilla de estilo gótico, conocida como Hédervary, el cráneo de San Ladislao, bajo el oro que sustituyó a la carne, constituye un busto que gobierna desde su urna este ámbito de la catedral de Nuestra Señora: La catedral de Györ.

   De 1405 data esta extraordinaria obra de la orfebrería medieval. Para algunos el autor anónimo quizá la concibiera con un alcance más alto que el mero trabajo de la artesanía y su resultancia acaso rozara la línea a partir de la cual no pudiera hablarse ya de labor de artesano y sí de auténtica escultura. Escultor o artesano, no debe importar, en cualquier caso el objeto es bello. Además a alguien representa, a alguien ha de parecerse. Trescientos diez años después de muerto Ladislao I fue ejecutada la pieza. Seiscientos años después nosotros la encontramos en esta capilla desbordada de la luz que las vidrieras policromadas dejan colarse en este espacio, pero el relicario de oro cumple un impecable destino de resplandor. Áureo brillar perenne. No obstante, el rey santo tiene los ojos cerrados.

   Ligeramente girada está a la izquierda esta cabeza perfecta y no sabemos porqué. Los poblados bigotes y las barbas. La nariz aguileña. Los pómulos estirando hasta su límite de elasticidad la simulada piel. La frente amplia. La corona. Sólo importó la cabeza. No hay hombros ¿Rostro inventado? He aquí la prueba de que un cráneo acaba en rostro. Tiene los ojos cerrados como sólo los cierran los muertos. Máscara mortuoria sobre viejo cráneo de un antiguo rey húngaro.

   Nació este rey de Hungría en Polonia en 1031 porque su padre Bela no podía permanecer en su patria so pena de ser asesinado por su propio hermano Andrés que quería para su hijo Salomón el trono de Hungría. Muerto Andrés, Ladislao desdeña toda corona sobre su noble cabeza, pero acabará luciéndola porque o son destronados o mueren quienes la ansían. A él se la ofrecieron los nobles, los prelados y los magistrados de las principales ciudades del reino y en 1077 la aceptó. Por su reinado, que duró dieciocho años, fue conocido como el Piadoso. Dictó leyes justas, amó la paz y la patria aunque también donde tuvo que librar batallas allí estuvo blandiendo su espada contra el enemigo. Sometió Transilvania y anexionó a su reino Croacia. Como general en jefe de los ejércitos que los reinos más poderosos de aquella Europa habían organizado para la primera cruzada sobre Jerusalen, hubiera partido para reconquistar la ciudad santa, pero murió. Cien años después un Papa lo canoniza.

   Flores y lazos con la bandera húngara hay depositados al pie del relicario…