«Emma se mostró estoica al día siguiente, cuando el licenciado Hareng, el algualcil, se presentó en su casa para levantar el acta del embargo. El procurador se impacienta. Las conversaciones junto al portal de la vivienda mientan a los bancos y arremeten contra sus malas prácticas. “Siempre pagan los mismos”, masculla uno de los asistentes. Más lemas: “¡Ninguna casa sin gente, ninguna gente sin casa!”. La policía impide el acceso para evitar el enfrentamiento entre los manifestantes y la comisión judicial, que a esas horas ya está al completo: el procurador, el funcionario del juzgado, su auxiliar y dos cerrajeros. Empezaron por el despacho de Bovary, y dejaron fuera del inventario la cabeza frenológica, por ser considerada “instrumento de trabajo”; pero no ocurrió lo mismo en la cocina, ya que allí tomaron nota minuciosamente de los platos, de las ollas, de las sillas, de los candelabros…Y su existencia quedó expuesta ante la mirada de aquellos tres hombres como un cadáver al que se le practica la autopsia».
[G. Flaubert, Madame Bovary, tercera parte, VII, 1857 (traducción de Juan Bravo Castillo, 2001) /”Seré tu desahuciador”, El País (Domingo), 12 febrero de 2012]
«Más que la diferencia de nombres nos importa la cuestión de fondo. Preguntado por la prensa por su futuro político, Francisco Camps dijo que estaba “muy contento” y fue cuidadosamente ambigüo: “de momento volver a las Cortes”. El político no queda determinado por su modo puro de ser; importa su modo de proceder, su cálculo político. Puede ser, por ejemplo, en su fuero interno, profundamente inmoral o, como suele decirse, amoral. Pero será mal político si prescinde de la moral precisamente como arma política. Griñán con respecto a su futuro político dijo que eso “no tiene ninguna importancia” que “lo que más importa es el futuro de Andalucía”. “El mío me da lo mismo”, subrayó. El político maquiavélico no será mal político solamente por decirse maquiavélico, también por serlo. Su psicología tiene que ser más compleja y, por decirlo así, oscura. Nadie puede a la larga, engañar a los demás si, por decirlo así, no ha empezado por engañarse a sí mismo. El político ha de creer en lo que dice.»
[El Mundo 21 de febrero 2012 (página 21) y 23 de febrero (pág. 9) / José Luis Aranguren, Ética y política, Barcelona, 2011, págs. 38-39 (1ª ed. 1958)]
– Cuando a cualquier ciudad llega el frío es en su Plaza Mayor donde más frío vamos a pasar.
– ¿No tenemos otro lugar para las revueltas?
– No.
– Entonces no basta con manifestaciones, pancartas, acampadas y manitas alzadas. Si queremos ser responsables son insuficientes. Sólo podremos solos combatiendo el frío con la Palabra en la Plaza Mayor.
«Desde el comienzo de la República [romana] hasta su final, y luego también durante el imperio, fueron factores constantes la carga de la deuda y la distribución de las tierras. En los primeros siglos, la lucha por la deuda fue una lucha para evitar la esclavitud por deudas y aunque fue eliminada por la legislación en 326 a.C., se mantuvieron en vigor algunos tipos sutiles a lo largo de toda la historia romana posterior. También existió una preocupación constante por los tantos por ciento de interés y hubo de vez en cuando crisis de deudas que exigieron una injerencia gubernamental seria. No cre[o] que la historia tenga leyes inflexibles a las que los pueblos estén sometidos como los astros a la ley de gravedad, sino que aquella fluctúa, avanza o retrocede y a veces gira sobre si misma de manera tautológica».
[M.I. Finley, El nacimiento de la política, Barcelona, 1986, págs. 147-148/M. Vargas Llosa, «Las ideas y el caos», El País, 29 enero 2012]
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(*) Nos escribe Pablo Romero Gabella:
«…me he atrevido a enviaros un texto. He pensado que, si os interesa, os puedo seguir enviando más (…). Se titulan Recortes, título apropiado para esta época que nos toca vivir. Son ensamblajes de textos actuales y no actuales, de periodicos, de ensayos y de novelas. Bueno ahí va el primero: La deuda: un clásico.»