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NIÑO ELÍAS, MÚSICO («Historias de vidas»). Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004

Manos de N. Elías

Manos de Niño Elías

Foto: ODP

2004

 

En su casa siempre ha escuchado flamenco. Dice el artista: -En el aspecto del flamenco, a mi padre yo se lo debo todo-. Su abuelo era una persona muy flamenca, de dos y tres días de fiesta. Su padre, también. Los discos de pizarra giraban cotidianamente reproduciendo los cantes y los toques antiguos dentro de su casa familiar.

            -En mi padre siempre he tenido al mayor crítico. Afortunadamente me ha puesto en el camino del sacrificio porque entiende de arte, porque lo ha vivido también, porque en esas fiestas de dos y tres días él ha escuchado a una serie de artistas de la época de oro del flamenco (La Niña de los Peines, Vallejo, Tomás Pavón, Manolo Caracol, Canalejas, Sevillano, Antonio Mairena…), los ha escuchado en vida y cuando todavía todos estos grandísimos artistas estaban en su apogeo. Así que, yo he tenido una gran escuela a través del conocimiento propio de mi padre, que ha sido mi guía en el cante, más que en la guitarra, porque sin el cante no habría ni guitarra ni baile en el flamenco. El cante es el mensaje en sí. A mí me gusta más el cante que la guitarra. A mí me cuesta trabajo tocar, pero a mí lo que me importa es transmitir. Transmitir directamente lo que siento. Si no transmito con mi música, no vale para nada, lo haga más rápido o más lento; si transmite es que es buena. La necesidad de transmitir arranca del miedo y del dolor, de donde me llega una energía que transfigura algo que está en mi mente y que se transforma en arte, en algo bueno. Sentir es amar y a la vez protestar. En esa pelea, al final, yo tengo que acabar con el mando; y cuando rompo empiezo a respirar, y ahí va ese mensaje abstracto a través del sonido de la guitarra, que yo sé que no es sólo sonido sino, también, amor-.

            En el barrio sevillano de Torreblanca Niño Elías era un niño que además de jugar a la pelota, montar en bicicleta o corretear imparable por las calles, además de hacer lo propio del niño de diez u once años que era, además, tenía facilidad para la guitarra y tiempo, y ganas, para juntarse con los viejos aficionados de ese barrio que le ponían el flamenco que sabían y le contaban de Niño Ricardo, de Montoya, de Manolo Badajoz, de Sabicas, de la Alameda antigua cuando el emporio del cante, de la Triana de los corrales… -Porque en Torreblanca había mucho de la Triana de la cava de los gitanos, de la cava de los civiles, de la calle Pagés del Corro, de la calle Castilla…-.

            Aprendió mucho de aquellos viejos: – Ellos me instruyeron, gente casi analfabeta en lo que es la cultura de los libros, pero catedráticos con plaza fija en lo que es la vida, en lo que es pasar fatiga, hambre, necesidad; y me hablaron de los artistas, y de tanta muerte diaria de aquellos hombres y mujeres de una época, que ya no es ésta, afortunadamente, en ese aspecto de tanto sufrimiento para comer y poder sobrevivir, que padecieron aquellos talentos del cante de todos los tiempos-.

            Durante dos veranos, una vez por semana y para recibir enseñanzas, iba a la casa de Eduardo el de la Malena, discípulo directo de Niño Ricardo, guitarrista flamenco que vivía en la Alameda, sobrino de la bailaora La Malena: -De ahí me viene mi forma de tocar de los tocaores antiguos-.

            Con 17 años su primo Juan le presentó al maestro Mato y él recuerda que conocer a aquella figura señera, a aquel artista, le permitió ver que el camino de la música era el que tenía que seguir. En la memoria le ha quedado a Niño Elías la imagen de aquel adolescente boquiabierto que, tan atentamente, escuchaba lo que el maestro le contaba sobre la América de Frank Sinatra o María Callas. Con el maestro Mato aprendió sobre la grandeza de lo que puede llegar a ser una persona en el mundo de la música con el conocimiento y con la afición, y que, al mismo tiempo, para llegar a expresar en el arte un mensaje han de tenerse unas cualidades específicas para lo musical.

            Niño Elías sólo le tiene miedo al camino de perdición que lleva a los seres humanos a la sinrazón de tener para ser. Afirma no alabar la materialidad y que sólo coge de la vida lo que le sea necesario. Y nosotros le creemos.

            -Yo en medio del campo me siento fuera de las leyes de los hombres, porque la ley de la naturaleza es la transparencia, ésta es mi conclusión. A los que tenemos los sentidos abiertos para sentir nos llena tanto el viento, el sol, el agua o las estrellas del firmamento como un cante por seguiriyas o un poema. A mí lo que me gusta es la naturalidad y la pureza. Siento la necesidad del arte porque es una de las vías puras de las abiertas por el hombre para llegar a su libertad en este mundo, mientras viva en él-.

            -El arte tiene que llevarse siempre por el buen camino, porque por el mal camino a dónde se llega no es a la libertad sino a la tiranía, aunque yo, desde luego, nunca he conocido un artista que lo sea de verdad y que sea un tirano-.

 

Niño Elías

El guitarrista

Foto ODP

2004

ROCÍO HERMOSÍN MIRANDA, RESTAURADORA DEL PAPEL («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2007)

Molino de papel del siglo XVI
(de un grabado de la época, por Jost Amman)
Fuente: Espasa-Calpe

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MIGUEL HERMOSÍN (fragmento)(«Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2005)

 

 

Miguel Hermosín
(Foto ODP, 2005)

 

Fíjense en aquel balcón. Allí está un niño de ocho o nueve años asomado a la baranda. Ese niño apunta a distintos lugares de la calle, e incluso a personas. Por allí pasan quienes deben ser amigos del niño que desde el balcón parece un pequeño cazador armado con una Kodak instamatic, que también usa para dispararla contra esos otros niños que quieren ser cazados por Miguel Hermosín, que hace fotos y que es el nombre del niño de vemos. Pasen cualquier otro día por la calle Goya, por la parte del Instituto, y lo verán, un niño de ocho o nueve años con la cámara siempre como si buscara, o solo, o probablemente en algún corro de otros niños donde su hermana también le pide una foto. Pasen otros días, lo verán también, y si no se lo encuentran es porque está en su casa mirando, como si buscara, una a una cada foto que guarda en una caja de zapatos sin fechas ni clasificación. Mira las fotos y a ese niño se le ve, si se fijan bien, deleitándose; a ese niño se le ve impregnado el gesto del gozo, que recibe quien se atrave con algo tan simple como ponerse a contemplar la belleza, en este caso, la belleza de unas fotos. A todo el que llega a la casa se las muestra o, si no ha venido a su casa le lleva la foto a la suya, para que la vea, para que nadie que haya salido en la foto se quede sin verse en ella. Aquel niño del balcón es hoy un hombre de cuarenta años que contesta que no puede explicar porqué hacía todo esto, aunque sí puede decir que la satisfacción que recuerda es idéntica a la que siente hoy entre fotografías. Nunca se ha planteado si la fotografía es difícil o fácil. Él siempre ha hecho fotos y nunca ha dejado de ser un fotógrafo: «La foto que yo quiero la veo antes de hacerla. Hay que saber ver. La veo en mi cabeza y luego la hago.»

            En un curso dirigido por el fotógrafo sevillano Emilio Saenz aprendió que no importa la cámara que se tenga para hacer buenas fotos: «Lo que vale es el ojo que ve esa foto. Lo que quieras decir en la foto es lo que importa: el contenido de la foto.»

            «No tengo preferencias temáticas. Llevo la cámara pero no siempre hago fotos y, además, a veces, como vaya con la intención de hacerlas, no las hago. Cuando estoy haciendo la foto no pienso en ningún público de esa foto cuando saque la primera copia. Cuando la veo en el papel, si me gusta, quiero que la vean otros. Me gusta también saber que otros aprecian esa foto.»

 

MANUEL DOMÍNGUEZ GUERRA (fragmento)(«Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)


El artista Manuel Domínguez Guerra
2004
Foto: ODP

El sacrificio del artista

EL PINTOR se queja de que una gran parte del arte contemporáneo resulta ininteligible para muchos. Frente a ese mal él propone -y a sí mismo se aplica como principio- que hay que realizar un esfuerzo, que el artista debe sacrificarse, aunque le resulte doloroso, por hacer su arte más entendible, más digerible. Porque ello es necesario. Él no cree que la mayoría de los artistas quieran tomarle el pelo a nadie sino que, las más de las veces con buena fe -por creer que sólo deben crear para otros artistas, o espectadores tan iniciados que alcanzan la comprensión de ellos-, no se esfuerzan en un momento clave del acto creativo, aquél en que surge la forma por la cual el caos previo, que exige ser expresado siempre a la conciencia del creador, toma al fin una concreción con una clara impronta definitiva; pues es en ese momento y ahí mismo, ante y sobre la forma surgida, cuándo y dónde debe el creador pegar un salto más hacia el fondo, hacia un encuentro con las personas siempre, los simples espectadores, un salto consistente en traducir esa forma para hacerla interesante para mucha gente que no es artista, para muchos que creen que el arte no les es necesario, para muchos que quieren entender el arte y que quedan decepcionados cuando ese arte que quisieran comprender no está en un lenguaje que pueda pertenecerles y, por tanto, no consiguen franquear la puerta que desean poder abrir de veras.

Manuel Domínguez Guerra considera que no es el espectador quien tiene que asumir ese sacrificio, sino el creador, a quien, respecto de su obra pura por el concebible pero no dable a los otros aún, corresponde exclusivamente la obligación de traducirla como obra para comprender, única ofrecible a los demás, surgida de la obra misma, sino dejar de contener en su forma última, verdaderamente definitiva, la expresión del propio ser del artista.

Una obra es inimitable

En otro orden de cuestiones, nos refiere que, afortunadamente, en el mundo occidental es más fácil el acceso a la cultura y, por tanto, al arte, lo que explica que, por ejemplo, en la Florencia del siglo XXI haya más artistas que en la de los siglos del renacimiento.

En relación a internet opina que es un instrumento extraordinario pero que hay una parte negativa consistente en la mayor uniformización que se aprecia en el arte que realizan muchos, sobre todo los más jóvenes. Se tiende a imitar una obra de tal o cual artista lo que supone una renuncia a la propia personalidad porque cada obra está vinculada a una vida concreta, a una biografía particular de la que va generándose una obra realmente inimitable. Todos se nutren de otros pero no debe notarse: las influencias sólo han de incorporarse por quienes tengan afianzada su manera de ser.

Atlas
Foto ODP

La sociedad y los artistas

Denuncia que la sociedad aplique un doble rasero al arte y a los artistas: por un lado son menospreciados y por otro son endiosados los autores y sus obras.

Los políticos, en verdad, consideran ineficaz el arte, o lo que es lo mismo, que la sociedad no puede ser transformada por el arte y sí por la política y la economía. El no puede estar más en desacuerdo habida cuenta de que, si bien los cambios que marcan estos órdenes son más evidentes, a la postre no suponen el cambio verdadero y profundo, que sólo puede llegar a la sociedad a través de los humanistas y de los artistas. Lo que siendo así, no impide que artistas como Picasso o Dalí hayan contribuido a la banalización del arte al dar como válidas obras que no eran verdaderamente representativas de su ser artístico y ello por fines púramente mercantiles.

Para Manuel Domínguez Guerra el arte se nutre de la capacidad del artista de apiadarse de la realidad, de su capacidad de amar. Nunca como ahora es más necesario y últil. Acaso sirva para conducirnos a la belleza en un mundo donde cada día resulta más horrorosa la vida. Para esa victoria podemos contar con el entusiasmo que nos suscitan las obras de artistas como éste. Él nos enseña que sólo va a brotar el entusiasmo cuando nos rindamos a lo que nos emocione, y así vencer a lo que niega la existencia y el ser.

Menina

LUIS CARO («Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2005)


El pintor Luis Caro tirando una foto al fotógrafo y al fondo su amigo Antonio Mancera
(Gandul, 1989-LGV)

 

En Higuera de Vargas vivía su abuela materna. En la casa de ésta nació, pero donde vivió hasta los ocho años fue en Aceuchal, pueblo donde su padre ejercía como maestro de escuela. Su padre era de Olivenza y su madre de Higuera de Vargas. A los ocho años lo llevaron a Alcalá. De su infancia extremeña sólo recuerda, como una ensoñación, un pilar junto a una fuente donde abrevaban las bestias y había caracoles con los que jugaba.

            En tren llegó a Alcalá con sus padres y sus hermanos. Se alojaron en la vivienda de su tía María en la Blanca Paloma. Poco tiempo después, se trasladaron a una casa de vecinos donde su padre alquiló unas habitaciones , en la calle Sánchez Perrier, mientras construían las casas de los maestros de los Grupos Viejos. En la esquina de la calle Domínguez Gómez con la calle Silos se construyen las primeras y le dan a su padre una. Su padre era entonces maestro en los Grupos Nuevos. Ese año le tocó con él. También recuerda a D. Manuel Bernáldez de la Rosa en la cuarta, y en la quinta a D. Manuel Pérez Vázquez, que fue quien le animó por primera vez a dibujar, aunque él desde chico ya dibujaba porque veía hacerlo a sus hermanos mayores, Manolo y Remigio, que le llevan diez y once años.

            …Para Luis Caro ser artista es una condición y supone correr riesgos, supone la autoimposición de una disciplina donde uno marca sus propios horarios y quehaceres. La inspiración cuando viene tiene que coger al artista trabajando, con las manos ocupadas, con los materiales.

            Luis Caro nos refiere que se ha dedicado principalmente a la pintura al óleo. Ahí es donde más ha indagado. Para él su pintura al óleo es un dibujo con mucho color y el dibujo es la estructura de la realidad. Una mancha de color no tiene forma, ésta se la da el dibujo. Si no se sabe dibujar no se sabrá componer el espacio. A él le subyuga la realidad y afirma que la naturaleza debe ser observada por el pintor igual que un científico.

            La primera vez que viaja a París fue en el año que murió Franco. Rafael Luna estaba allí ya y también Luis Benítez Díaz, que le repetían, por carta o por teléfono, que saliera de España, que tenía que ver más mundo. Los dueños de la discoteca “Zalima” le habían encargado unos cuadros. Hizo cuatro y además trabajó varios meses como sustituto de cartero en Correos. A fines de noviembre de 1975 cogió su primer tren a París. En la estación de Austerlitz le esperaban Rafael y Luis con unas sonrisas que expresaban: “aquí viene uno de los nuestros”. Nos dice que en París conoció por primera vez el frío de verdad.

            Se alojó en la casa del abogado, escritor y viajero Gwen Belleil, estudioso del Tarot y de la magia con quien inició una amistad que perdura hasta hoy. Su casa es una biblioteca y está llena de objetos extraños, pilas de libros sobre la alfombra, cuadros, rarezas traídas de lejas culturas… Él fue quien empezó a poner títulos a sus cuadros en estancias posteriores en París, en las que ya creaba en esta ciudad y exponía. De Gwen y su mundo mágico acaso haya algo en ese aura enigmática y misteriosa de sus cuadros.

 

 

El artista en su casa
(Alcalá, 2001-ODP)

 

 

CESÁREO ESTÉBANEZ (fragmento) («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)

 

Cesáreo Estébanez
Foto ODP
2004

 

Desde niño con el teatro

Cuenta que en su familia no hay ninguna relación con el teatro, sin embargo ello no ha impedido que a él le haya gustado el teatro desde que era un niño. Desde que en un grupo, de estos de mayores, hice el niño de una obra de Miller, a los 9 años. Me cogieron, no sé porqué. Luego hizo teatro durante el bachillerato y en la universidad de Salamanca y, finalmente, se fue a Madrid un año, a probarlo. «Porque no quiero que me den los sesenta, que ya tengo, y me haya quedado el gusanillo.»

            Y ya no regresó a Palencia. Cesáreo marchó a Madrid para convertirse en actor dramático después de haber casi concluido la licenciatura de Medicina, carrera de la que sólo le faltan por aprobar algunas asignaturas. «Tengo la orla pero no terminé.» Se fue a la capital con el consentimiento de su padre, que siempre lo apoyó en aquella decisión suya, no así su madre que nunca aceptó que su primogénito, que iba para premio extraordinario, rompiera con siete generaciones de médicos en la familia. «Mi padre fue a Madrid a verme encantado, varias veces, como si yo fuera Lawrence Olivier. Yo digo a mis sobrinos lo que me dijo él: si eliges un trabajo vas a tener que estar un tercio de tu vida en él: ¡que te guste, por favor!»

 

Una hora con…

En la universidad de Salamanca, cada quince días, durante los primeros años de la década de los sesenta, Cesáreo Estébanez leía y recitaba textos y poemas de los autores en aquella época comprometidos políticamente y otros, ya muertos, cuya palabra literaria era considerada contraria al régimen dictatorial instaurado por Franco en aquella España: León Felipe, Blas de Otero, Pablo Neruda, Gabriel Celaya, Miguel Hernández , César Vallejo… Pues Cesáreo precisamente perseguía como fin difundir la literatura comprometida en aquellos actos sucesivos llamados «Una hora con…» ante un nutrido público de estudiantes y profesores universitarios. Entonces conoció a D. Fernando Lázaro Carreter que era rector de la universidad de Salamanca y con quien tenía que mantener frecuentes contactos, por razón de la organización del programa. «Lázaro iba a todos los recitales míos. Después de hacer Una hora con… León Felipe un señor del público me regaló la colección entera de León Felipe, para mí un regalo maravilloso. La tuve yo en mi habitación del colegio mayor un tiempo, pero un día vino la policía, me la quitó, y hasta hoy, sin decirme nada ¡eh!… Cogieron la colección y se la llevaron.»

 

El teatro en el K.T., Bordes Resplandecientes 2000

ANTONIO HERMOSÍN OLÍAS «EL NIÑO DE LA TRUJA» (Fragmento) («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2005)

 

El Truja ODP 2005

El bailaor Antonio Hermosín Olías
(Foto ODP, Alcalá de Guadaíra,2005)

 

Si viajamos en el tiempo unos sesenta y tantos años atrás, justo después de acabada la Guerra Civil, justo después, a 1941 ó 1942, a Sevilla, a La Alameda, una madrugada, podemos encontrarle. Hemos llegado a pie desde la calle Trajano o desde la de Jesús del Gran Poder. Entramos en La Europa porque sabemos que aquí vienen todos los artistas flamencos. Aquí venimos, a esta taberna, y, a pesar de estos años de miseria y hambre -paradojas de la vida- ¡cómo palpita en este local la vida, el arte puro! Bien lo sabe ese muchacho que hemos visto desde el primer día que entramos aquí y que viene casi todos los días desde Alcalá con amigos. Bien lo sabe Antonio Hermosín Olías, que tiene la querencia del flamenco ¡cómo se le nota en el rostro y en los gestos el deseo de aprender!

 

La corrida de toros

…se va a trabajar, después de regresar a Alcalá tras la mili, a la taberna que un tío suyo tiene a la vera del Cuartel de la Guardia Civil, en el Derribo, que es conocido como La Truja. Como él todavía parece un chiquillo los clientes le llaman niño, y se le queda el nombre de El Niño de la Truja. Por estas fechas, en Alcalá, donde siempre hay bautizos y parabienes, cuando uno u otro evento se celebra ya al Truja, al Comino y a los otros amigos los llaman para ir a cantar o bailar. Uno de estos días, un americano llamado Franklin, que en Alcalá tiene una plaza de toros chiquitita, se los lleva a la feria de Algeciras. El Truja nos cuenta: <<Y estando allí en la feria me encontré con uno que es el que tiene la culpa de yo haber seguido en mi arte: el Bizco San Román. Ése iba en un circo cantando y me ve a mí y me dice: “Truja, ¿por qué no vienes esta noche al circo conmigo?” Él cantaba ‘La Vaca Lechera’ por bulerías en ese circo, que era un circo muy nombrado, aunque yo ya no me acuerde del nombre. Al Bizco San Román lo había conocido en La Alameda. Bailaba yo éso divino, y él lo sabía.>> En la feria de Algeciras esta noche el Manzano y Paquito León le hacen el compás mientras el Bizco San Román da la entrada cantando por bulerías. <<Y bailé yo una corrida de toros, que ha sido lo fuerte de mi baile. Empiezo con el paseíllo, los caballos… Salen los picaores, después pongo las banderillas, hasta que cojo la muleta y entro a matar. A la par está el compás por bulerías, ¡ole!…

            Era yo un chaval, cuando la feria de Sevilla estaba en el Prado, en una caseta de gitanos, una mañana vi yo un bailaor de Triana en lo alto de un velador haciendo unos pocos de pases de torero bailando. Ese bailaor me alumbró para que me metiera a hacer yo entera la corrida de toros. El baile de la corrida de toros va con un compás por bulerías. La entrada es de cante y yo salgo con las manos en alto y recito unos versos: <<Toreaba Marcial Lalanda y Cagancho/ un mano a mano en Sevilla/ y le salió a Cagancho un toro que el pelo se le tendía/ ¡ay! Marcial Lalanda de mi alma/ lo mejor de Andalucía/ ¡toro!>> Y ya empezaba el lío, las palmas y ¡ole! hasta que mataba el toro. Ahí cogí yo una categoría. En el circo del Bizco San Román bailé por primera vez la corrida de toros.

RAFAEL LUNA (fragmento) («Historias de Vidas», Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)

 

Fafi 2004

El pintor en su estudio de la calle Coracha
Foto O.D.P., 2004

 

Así como don Juan revela a Carlos Castaneda que es un cuervo, que aunque se le vea como don Juan, si se le sabe ver aparecerá como cuervo; le hemos preguntado a Rafael Luna si él puede decir como el indio yaqui, y si es algún pájaro lo que se vería de él sabiéndolo ver. Nos contesta que no, que él se siente más asociado a un pequeño felino; aunque su abuelo tenía una lechuza con las alas cortadas por el patio de su casa, que tan pronto se la veía en la ventana del comedor como entre las macetas, se la alimentaba, se convivía con ella. Su abuelo, que tenía vacas en Torreblanca, trajo la lechuza. Quizá pudiera tener en común con los pájaros su obsesión por el horizonte: «Imaginar que todos mis deseos más maravillosos están allí, pero sabiendo al mismo tiempo que es una ilusión, porque el horizonte no existe. Nunca voy a encontrarlo aunque siga eternamente dando la vuelta a la Tierra.»

            Su primer dibujo lo hizo con 6 ó 7 años. Recuerda que era una viñeta que trazó en la contraportada de un atlas donde se representaba a un legionario con su metralleta diciendo algo así como «¡venga Pepe!», desde lo alto de la batea de una antigua furgoneta.

            (..) «Saco mis historias de mi curiosidad, de los medios de información y de la calle, o de la misma historia de la pintura. Soy un voyeur. Encuentro una máxima y la repito, hago un reportaje, como con las máquinas de escribir, las sillas de barbero, las meninas o los laberintos de sábanas. No me preocupa tanto la técnica como a los pintores puros sino contar una historia, aunque sea absurda, y comunicar. Muchas veces yo pienso que soy más literato que pintor. No me considero un artista mártir porque aparte de la pintura me han gustado otras cosas. Si tenía un poco de dinero no era para comprar pinceles sino que prefería tomarme un café viendo a la gente pasar desde la terraza más elegante de París, aunque no me tomara otro en un año.»

 

1-Fafi, 2008

Gramófonos

 

3-Fafi, 2008 (La botella sonora)

La botella sonora
 
El billar-futbolín
 

RAFAEL BALTANÁS (fragmento) («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2003)


El escritor Rafael Baltanás
Foto Olga Duarte
2003

 

Rafael Baltanás es un escritor comprometido con la vida, sobre todo con esa parte de la vida sobre la que caen todos los palos, ese triste lomo de la vida que machacan algunos, o muchos, sobre un resto de millones de seres. Lo que nutre a esa, verdaderamente infame, turba de canallas, ese alimento podrido, su cultivo, la siniestra ciencia que permite los herbazales donde pastan las bestias de los inicuos, contituyen el blanco que pretende pinchar el escritor con sus dardos certeros.

(..) «He leído mucho, mucho para mí, porque para cualquiera no es tanto», nos dice. No es hombre de academia, aunque no considera el autodidactismo una categoría distinta de lo académico, porque al final -y al principio- de toda ilustración están los libros que son los que marcan los caminos a seguir para llegar al tesoro que contienen sus páginas.

            Su sentido de la libertad, su humildad intelectual o su timidez, le han llevado a firmar con pseudónimos e incluso a no firmar sus propios textos, como aquellos cronistas de la prensa decimonónica. Pseudónimos o anónimos, sus textos le han comprometido siempre. Ya desde antes de la muerte de Franco, cuando compromiso no era sólo una categoría espiritual, y así a lo largo de veinticinco años de militancia política, de la que hace algunos se encuentra alejado, según declara, por no querer estar en sitio alguno en que los medios y los pasos no estén impregnados del fin al que se aspira.

XOPI. Fragmento de «Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2006

Dibujos de Xopi 011

Madame
(acrílico sobre papel)
Xopi
2005

 

Ha buscado en muchos campos: la poesía, la música y la pintura. El arte es para Xopi, primero, una forma de comunicación. Dentro de sí las sensaciones especiales, los pensamientos propios, las visiones van formando una masa que no puede quedarse sin salir, que él tiene que sacar como mensajes que lanza fuera. Este ciclo no concluye hasta llegar a alguien o a algún sitio.

            (…) Algunos materiales le comunican más que otros: la tierra, los óxidos, el yodo, los materiales industriales, los plásticos, pero sin ninguna intención de reciclar nada. Si quiere hacer un cuadro con 88 gafas, va a la tienda y las compra (de las baratas, de cartón y celofán). Aunque si en un solar abandonado encuentra una chancla vieja y la coge, porque sienta que se le haya insinuado, sabe que algún día llegará el momento en que un cuadro le pida pegarle esa chancla retorcida. La chancla se habrá convertido en un canto a la pobreza. Nos dice que hay que ir por los sitios con ojos de buscador-artista. Si el mensaje se lanza con intención artística, no puede ser otra cosa que arte. El artista no quiere convencer políticamente ni vender nada. La cuestión es transmitir la emoción de sus actos de creación.

            Hay cuadros de los que no se quiere desprender, como uno que pintó de un amigo enfermo, donde aparece un cuerpo humano enchufado a unos mecanismos, con un poema pegado. No quiere quedarse sin él por considerar que mientras lo posea, de alguna manera, su amigo seguirá vivo.

 

Xopi 6

El artista Xopi en su estudio
Foto O.D.P.
2006