Latest posts.

¿EXISTE JEAN VALJEAN? Por Pablo Romero Gabella, 2008

Como en una ópera verista italiana el pequeño pedía «¡sangre, sangre!», quería lavar la suya con la de su agresor. Al sacarlo de un tumulto jadeante, deseoso de que se cumpliera su grito, su mirada hacia mí fue de un odio terrible, arremetió como un animal acosado, como una bestia acosada arremetía contra todos…contra todos.

Nunca antes había visto el odio tan cerca como cuando hoy he visto los ojos de ese niño de doce o trece años. Nunca el odio me pareció tan material. Nunca el odio se concentró en un cuerpo tan pequeño. Nunca pensé que los dictados que hago a mis alumnos de esa misma edad sobre Los Miserables tuvieran encarnadura en cuerpo tan pequeño, en un odio tan grande.

Recuerdo cuando les contaba a mis alumnos la historia de Jean Valjean, unos días antes, cómo les explicaba que por «!un cacho pan, maestro!» había sido condenado a la cárcel. Y que allí, amarrado como una bestia, condenó con su odio a la sociedad, porque de ella solo recibió eso y «¿por cacho de pan, maestro?» No, había más, como decía Víctor Hugo:

Los hombres no lo habían tocado más que para maltratarle. Todo contacto con ellos había sido una herida. Nunca, desde su infancia, exceptuando a su madre y a su hermana, nunca había encontrado una voz amiga, una mirada benévola. Así, de padecimiento en padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra, y que en esta guerra él era el vencido. Y no teniendo más arma que el odio, resolvió aguzarlo en el presidio, y llevarlo consigo a su salida.

Es cierto, carece de empatía, de la más mínima sensibilidad por una palabra, por un gesto amable que le lanzó en la sala, mientras rumía entre sollozos su vendetta atávica.

Ahora pienso de nuevo en Jean Valjean:

«Había demasiada ignorancia en Jean Valjean …estaba en las tinieblas; sufría en las tinieblas; odiaba en las tinieblas…»

¿Podemos hacer algo?. Vuelvo a Víctor Hugo, dicto:

Al hombre, creado bueno por Dios, ¿puede hacerlo malo el hombre? ¿Puede el destino modificar el alma completamente, y hacerla mala porque es malo el destino? ¿No hay en toda alma humana, no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no puede nunca apagar del todo?

PROVENIENTES DE ROSENLAUI, LLEGARON A ESTE LUGAR CONOCIDO COMO HORNSEELI, POR EL NOMBRE DEL PEQUEÑO LAGO GLACIAR QUE EN ÉL EXISTE, Y LO QUE SIGUE VIERON LOS CAMINANTES. Fotografías de Lauro Gandul Verdún 2008

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

POEMAR Nº 8

1 portada poemar 8

MAIERHOFEN (aldea de Furstenfeld, muy cerca de la frontera de Austria con Hungría). Fotos de Olga Duarte y Lauro Gandul, y dos poemas de éste, 2002

 

 

 

 

 

MIGUEL CON SUS PENAS (SUCINTO BOSQUEJO SINCOPADO DEL OCTOGÉSIMO CAPÍTULO DE UNA BIOGRAFÍA). Por Mario Cortés, 2008

13 Goya (Las tragedias)

Edición ilustrada con algunas de «Las tragedias» de Goya

Una mañana más Miguel se despertó sobresaltado, había soñado la misma escena que otras veces, salía temprano del bloque intentando que no hiciera ese ruido tan estrepitoso la puerta tan pesada, pero era vano el intento porque el ruido al final se producía pero bueno ya qué más daba si ya por fin se iba definitivamente, claro que en el sueño porque la realidad era muy otra, seguía anclado en el bloque y no sabía si sin remedio o hasta no se sabía cuándo. En los últimos días había hablado tres veces con Fernando, el presidente de la comunidad, hombre amable y razonable, pero esas cualidades no daban sus frutos acerca del problema del bajante y del seguro de la comunidad. Lo mismo con dos de los comerciantes de abajo, cada uno con su carácter y su actitud incluso con sus intenciones que Miguel no podía descifrar porque era sumamente difícil y porque para qué, qué más daba, si al final todo era igual.

Ahora lo que más le agobiaba era el conflicto con el vecino de abajo, Bernardo, aunque en realidad no había conflicto, pero sí, no aparentemente porque Bernardo siempre empleaba buenas palabras, muy conciliador pero cuando Miguel no estaba delante lanzaba tremendas acusaciones de las que eran receptores Fernando y su mujer, y todo a voz en grito de manera que Miguel si estaba en el piso pudiese escucharlas. Todo un tipo Bernardo, desagradable hasta el límite, con una voz que hubiera hecho retroceder a un tigre hambriento, pero para qué problemas, para qué gritos, para qué empantanarse en su terreno. Y eso que Miguel le había soportado y seguía soportándole entre otras muchas cosas, entre otras muchas, el televisor bien fuerte a cualquier hora, madrugada incluida durante ya casi siete años. Y pensar que se fue Miguel de su anterior domicilio huyendo del ruido de dos vecinas con el cerebro vacío pero que lo llenaban con el ruido insoportable para una persona normal. Pero bueno ya parece que la cosa se va enderezando, ya se subsanó la pequeña fuga de agua que a lo largo de tres años manchó un poco el techo del cuarto de baño de Bernardo y ya visitó un pintor experto el sitio y vamos a que pronto se haga, aunque a Miguel aún no le han puesto las losas de su cuarto de baño y lo tiene todo embarbascado, cajones por acá, muebles por allá, todo repartido por el piso, parece que en el pasillo y alguna habitación hubiera un baratillo, todo por el suelo.

6 Goya (Las tragedias)

Pero peor aún, los de la compañía de aguas van a poner un contador nuevo, y ya verás como vienen a ponerlo cuando ya todo esté instalado y tendrán que formar otro estropicio o casi para el nuevo contador, que al fin y a la postre nunca pueden leer porque Miguel nunca está cuando viene el empleado de la subcontrata a hacer la lectura y le facturan los recibos por consumo estimado, estimen lo que estimen, porque cualquiera sabe la estimación que estiman estimar. Que es que para colmo Miguel cada vez está peor de las varices, y la diabetes, cómo no, no deja de darle problemas que se añaden a los demás y los agravan, y las rodillas y los hombros y algunas piezas dentales, y ahora, pero Miguel reconoce que esto es por su culpa, los pies, y los hongos y cuántas cosas más, sí, la tensión también, sin contar el tremendo robo que sufrió a primeros de año y que lo dejó en total tenguerengue.

Para Miguel este año ha sido el peor de su vida que ya es larga y aun así no ha perdido el humor aunque o tal vez por eso cada vez más piensa con más frecuencia lo que siempre ha pensado, que la vida es lo más absurdo que puede existir en el Universo y que éste también, que sí, que hay alegrías, buenos ratos, una porción de años en los que lo positivo gana a lo negativo pero según y cómo pero que sobre todo después nada merece la pena salvo repantigarse en esos pequeños y escasos momentos medio qué pero que no, que sigue todo, hasta lo bueno, siendo completamente absurdo y que maldita la casualidad de la vida porque causalidad no hay si no es la casualidad.

7 Goya (Las tragedias)

Y encima y abajo y al lado los ruidos, siempre los ruidos que persiguen a Miguel, que llegan a amargarlo a ratos o por momentos. La música o el televisor a todo volumen en algunos bares que obligan a la gente a desgañitarse para poder conversar o simplemente hacerse oír, los camareros gritando como corraleras pero sin la entrañable gracia y modulación de éstas, la música o lo que sea en los coches de gamberros a cualquier hora pero mucho peor a las cuatro de la madrugada, el tipo que se pone frente al trabajo de Miguel con una pianola al máximo y con una música malísima que se clava en el cerebro y le retumba todo el día y cada vez que se despierta por la noche, continuamente, los estúpidos que abajo en la calle tocan el claxon cada vez que hay un atasco que es varias veces al día como si fueran a conseguir algo con eso como no sea echar afuera un poco de los kilos de estupidez que se les reproducen constantemente, el ruido de las motos con escape libre que cada día hay más y que nunca Miguel ha visto a un guardia parar a uno de esos y menos multarlo, claro, si no los paran ni los hay los guardias, en fin, ruidos por todas partes, ruidos a todas horas, ruidos agobiantes, ruidos que hasta se les oye cuando no están, porque parece que están acechando y van a aparecer de un momento a otro.

Ese mismo día pero por la tarde Miguel se fue a Sevilla, era el 7 de Diciembre, en medio del puente de la Constitución y de la Inmaculada (volar los puentes, pensó Miguel), porque iba a escudriñar un poco en la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, en la Plaza de San Francisco, a ver si encontraba algún libro de los que ya perdió o no compró en su juventud y que tanto recuerda y más le interesan, porque es con la relectura y más a esa edad más que madura cuando uno se entera mejor de lo que lee, aunque también es cuando ya menos sirve o no sirve para nada en un sentido práctico.

Había poca gente y no le costó detenerse en algunas casetas y lograr hacerse con tres títulos que reconoció inmediatamente, todos en la misma, el de un viejo librero viejo conocido de Miguel, unos euros y ya tenía un volumen de 1970 de narraciones de Chéjov, editado por la RTVE con prólogo de Laín Entralgo; ¡lo que editaba entonces la televisión española, libros! volvió a pensar Miguel, el segundo era “El son entero”, de Nicolás Guillén, y, por último, porque Miguel no vio ninguno más que le resultara de verdad interesante y además estaba deseando irse ya para Alcalá, pero que le dio mucha alegría encontrarlo, “Conversaciones con Lukács”, libro que también leyó casi del todo de muy joven pero sin enterarse apenas de nada.

En esa plaza sí había poca gente pero para llegar a ella Miguel había sorteado a duras penas una aglomeración tremenda en todos sus accesos, pero el regreso, por donde escogió volver Miguel con tal de coger un taxi fue superlativo en dificultad y en consecuencias deplorables, porque no más entrar o casi entrar en la calle de las Sierpes, avanzando casi a empujones, viendo las malas miradas llenas de suficiencia de tanta gente que por lo visto se encuentran a gusto metidos en la bulla, luciendo pretendidamente sus trajes de mierda en sus cuerpos de cartón piedra o de reboce de grasa y sus abrigos más propios para la batalla de Stalingrado que para el frescor de Sevilla, casi alardeando ellos de ser los propietarios de esas calles céntricas, casi tolerando graciosamente que circulen, o casi, tantísimas personas, tantas, con los comercios llenos pero poquísimas bolsas en las manos de menos personas.

Fue entonces ya casi llegando a O’Donnell cuando la densidad humana era abrumadoramente agobiante y un hombre o lo que fuera empujó o apuñaló o lo que sea a una mujer y ésta cayó de inmediato al suelo mientras se hizo un vacío de más de dos metros a su redonda y la gente más próxima comenzó a dispersarse por donde podía y luego la otra más próxima y así sucesivamente aunque a pesar de todo permaneció durante tantas e inmediatas evacuaciones al menos una persona por cada dispersión, que aunque de momento no atinaban a hacer algo de lo que querían, que era auxiliar a aquella mujer, al fin lo consiguieron, aunque poco podía hacerse porque Miguel al día siguiente se enteró por la prensa impresa de que en la calle Sierpes a tal hora una mujer había sido agredida falleciendo poco después, pero no aclaraba nada porque decían las letras que la policía seguía investigando los hechos.

15 Goya (Las tragedias)

A Miguel se le ocurrió entonces que la policía debería investigar los no hechos porque tal vez descubriría más indicios de lo hecho, mientras recordaba que en aquellos momentos sintió, y cómo, un golpe de un hombre que se revolvía y apresuraba ostensiblemente el paso pero del que no se quedó ni con la cara ni con el aspecto ni cualquier característica física salvo el olor que desprendía que era una mezcla de alcohol, de perfume pésimo y de tabaco fumado a grandes dosis. Cayó en ese momento en que un quizás asesino se había rozado demasiado por él, y pensó que vaya honor.

Por fin llegó a La Campana pero allí era imposible lograr un taxi pero ni mucho menos volver por el mismo sitio para tirar por el barrio de Santa Cruz para llegar a la estación del Prado, así que esquivando y esquivando y más esquivando mientras veía y sobre todo oía hasta dos ambulancias y por lo menos tres coches de policías, pudo salir a la avenida después de transitar Martín Villa, Laraña, la Encarnación, Imagen, Almirante Apodaca, tantos nombres para una sola calle y Santiago y desde ahí un mediano trayecto hasta la estación. Hasta aquí desde que llegó a La Florida y a Menéndez Pelayo todo había sido rápido pero no así la llegada del autobús y luego el viaje hacia Alcalá, plagado de paradas todas con muchos usuarios, las cosas que tienen los puentes, y ya después de la de la Cruz del Campo y más todavía la de Los Pajaritos el autobús tan lleno, tan rebosante como la calle de Las Sierpes y más cuando llegaron a Torreblanca que por poco se tiene que bajar hasta el propio conductor. Un hombre comenzó a filmar con una cámara de vídeo quizás con la intención de después formular una denuncia por lo que a todas luces y a todo apretujamiento era ilegal y peligroso, pero tuvo que desistir porque los contundentes movimientos cortos y los codazos se lo impedían.

Miguel tiene más penas, muchas, además de los ruidos, de las inconveniencias vecinales, de los percances domésticos, de las enfermedades, de los robos, de las aglomeraciones, sean producidas por los puentes laborales o por lo que sea, del escalofrío que produce el recuerdo del roce de un asesino… Pero su sentido del humor, siempre críticamente vivo, vive tanto que lo hace vivir. Hasta que la vida ya no sea vida porque no lo sea el vivir y el humor ya no tenga sentido.

11 Goya (Las tragedias)

REGRESANDO A MACHADO (Sobre héroes, villanos y tumbas). Por Enrique Martín Ferrera. Octubre de 2008

(Es foto está considerada como, posiblemente, la última foto del poeta vivo, tomada el 27 ó 28 de Enero de 1939 por su amigo Corpus Barga, en Port Bou, camino de Francia, en esa misma frontera donde un año después se suicidaría Walter Benjamin para no caer en manos de los nazis.)

 

«Piedras ensimismadas vueltas hacia qué patrias del silencio»

(Ernesto Sabato)

Desenterrar a Antonio Machado, hacer que sus huesos crucen de nuevo, siete décadas después, la frontera francesa, caminito del sur. Es la última ocurrencia de algún iluminado del Ayuntamiento hispalense, un prestidigitador que abre el pañuelo y, en lugar de una paloma, echa a volar un silogismo: si tenemos sitio en nuestro cementerio de San Fernando, y si su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, qué diablos hace este hombre en Collioure.

            Para la madre, Ana Ruiz, enterrada junto al poeta, no existe pronunciamiento oficial; aunque esa indiferencia hacia los parientes de la celebridad por parte de las autoridades municipales no debe sorprender a nadie: esos otros huesos, tan poco rentables, que se los queden los gabachos. Eso sí, las gestiones para hacer más cercana y democrática, al alcance de todos, la tumba de don Antonio se iniciarán de inmediato.

            Y Machado es sólo un primer paso, una tesela del mosaico; pues se tiene en mente un proyecto más ambicioso: la creación del parque temático de los poetas andaluces en el camposanto sevillano. El reclamo turístico, amen del mausoleo del susodicho, lo constituirán, según la nota de prensa, las nuevas tumbas previstas para Bécquer, Fernando de Herrera, Al Mutamid, Villalón y Blanco White, entre otras posibles adquisiciones. Ya va siendo hora, habrán pensado nuestros avispados políticos, de poner en valor estas vacas sagradas; incluso después de muertas pueden seguir produciendo leche.

            Se trata en esencia de cosificar a los poetas, simples fetiches convertidos en algo tangible, como la Giralda o la Torre del Oro. No me cuesta nada imaginar ese escalofriante futuro de excursiones organizadas para la tercera edad, de manadas de turistas en pantalón corto, de grupos escolarizados de zopencos en visita obligada… «La repugnancia de las piaras humanas» (que diría Cioran) y el advenimiento en la necrópolis hispalense de un inusitado fervor literario, tan sincero como las flores de plástico.

            Los artífices de este delirio, que no creo sean lectores de Machado, deben ignorar su deseo de ser enterrado en tierras castellanas, en el Espino de Soria, junto a Leonor, donde «el muro blanco y el ciprés erguido». De ello nos habla en uno de sus sonetos de Los Complementarios:

Mi corazón está donde ha nacido,

no a la vida, al amor: cerca del Duero.

            Hace tiempo leí o escuché decir a García Montero que «escribir poemas no es tener ocurrencias o decir tonterías». Le faltó aclarar que para eso ya está nuestra devaluada clase política, que incluye concejales expertos en rentabilizar a los difuntos y miembras del consejo de ministros que ven el fantasma del machismo, agazapado, incluso entre los rudimentos de nuestra gramática.

            Creo que la ocurrencia del consistorio de Sevilla no cae porque sí, llovida del cielo, sino que constituye una secuela más de la progresiva mercantilización de la literatura, una consecuencia de todo este proceso galopante de mercadeo sin alma; del lastimero panorama de los jugosos concursos literarios y del auge del marketing aplicado a las ferias del libro; de la creciente desaparición de los verdaderos libreros, abocados al cierre o la jubilación, sustituidos por tenderos de papel y palabras, por esos sosos dependientes de esta mercadería con tapas.

            En cuanto a motivaciones, también habría que considerar la precipitación de los escritores de hoy, a menudo impacientes y ávidos de riqueza súbita, que no de páginas artesanales y perdurables. En el parnaso del siglo XXI no está de moda escribir una obra maestra, sino ganar el premio gordo de la rifa planetaria. Lo que se lleva ahora es tener un nombre -aunque esté hueco- y amigos agradecidos en el lugar adecuado; garabatear en demasía, siempre pensando en el público, pues hay que acomodarse a sus gustos, aunque resulten infumables, burdos o morcilleros; y vender muchos, muchos ejemplares, por supuesto.

            Qué preciso se nos hace en estos tiempos de industrialización de las letras recordar las palabras de Rilke: «Se debería esperar y saquear toda una vida, a ser posible una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se sabrían escribir las diez líneas que serían buenas.» (Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge).

            Así las cosas, entre naufragio y estercolero, va siendo hora de replantearse el dogma de fe de las bondades de la lectura. Sé que, al decir esto, algunos querrán quemarme en la hoguera, por bárbaro o heterodoxo; pero quiérase o no, es cierto: leer puede resultar contraproducente, sobre todo si lo que leemos son principalmente ocurrencias o tonterías.

Tumba de Brodsky 
Cementerio de la isla de San Michele
(Venecia)

            El poeta Joseph Brodsky sostenía, en su ensayo Cómo leer un libro, que no se puede leer a ciegas, pues «todos somos moribundos y leer libros consume tiempo». Hay que escoger con acierto. Pero cómo no errar al hacerlo. El nobel nos enseña que «la brújula para navegar por el océano de lo publicado es educar nuestro propio gusto», y finalmente, pues siempre se debe arrimar el ascua a la sardina de uno, que «el modo de conseguir un buen gusto literario consiste en leer poesía». Entiéndase el consejo referido a la gran poesía, pues no creo recetara el poeta ruso la lectura de ripios destinados a enaltecer al santo o a la patrona de la villa; ni el consumo de rimas baratas, boberías versificadas, letrillas para lerdos y otros estupefacientes. Así pues, leamos sólo poesía con grandeza para cultivar un buen gusto que nos sirva de lazarillo; y volvamos a Don Antonio Machado.

1 entierro m
2 entierro m
3 entierro m

Entierro de Antonio Machado
Collioure
1939

            Quienes han estado en el recoleto cementerio galo de Collioure, saben que el camino no está indicado (también es placentera la búsqueda); que no suele haber turistas haciendo cola ante la tumba del español y su madre; y que hasta allí, salvo en esporádicos intentos de politizar su figura, sólo llegan peregrinos, atraídos no por la fama de un nombre huero; sino por amor a una obra, leída y admirada.

            No se va hasta el viejo camposanto del pueblecito de los fauves por necrofilia o por curiosidad morbosa; no por una pose (lo habitual será hallarse a solas), no para narrar luego gestas y andanzas al vecino (abriría mucho los ojos y se mofaría luego en privado de tus extravagancias). En cuestiones así, mejor el recato: de nobis ipsis, silemus.

            Entre el homenaje y la elegía, hay tantas motivaciones personales para visitar esa tumba en Collioure… Uno siente que acompaña a alguien que nos es, al mismo tiempo, tan respetado como querido y familiar; porque sus libros están en nuestro casa, porque nos proporcionó horas placenteras de lectura; porque nos dejó ver el resplandor de esa luciérnaga que llamamos Arte; nos dio a probar ese bebedizo y nos hizo participes del enigma…

 

Tumba del poeta y su madre

            Quienes formamos parte de esta cofradía de lunáticos (sin sede ni censo de asociados) sufrimos algún serio trastorno del sentido de la utilidad, pues no nos importa emplear algunas horas -aunque la estancia en Venecia dure menos de lo deseado- recorriendo la isla-cementerio de San Michele, en busca de la tumba del denostado Ezra Pound, donde la hiedra se alimenta de sus silencios; o tratando de localizar la losa en basto mármol blanco que tiene escrito el nombre de Brodsky, para leer ese epitafio grabado al dorso, Letum non omnia finit; esa verdad de la que damos fe cada día sus fieles lectores.

 

Donde Kafka yace 
Praga

            Tarde o temprano, el peregrino de Collioure ampliará sus horizontes, y puede que llegue hasta el distrito de Strasnice, a las afueras de Praga, y que pise por fin ese otro cementerio judío – el que no sale en las postales, ni recibe cientos de turistas cada hora- para poner una piedrecita en la tumba de Kafka, o para dejar algún insulto sobre la del supuesto amigo, Max Brod. Y llegará un día también para tocar al timbre del Cimitero Acattolico de Roma, en busca de esa placidez rodeada de gatos donde yace cierto poeta inglés, «uno cuyo nombre está escrito en el agua».

 

Keats
Cementerio protestante
Roma

            O se pateará de arriba abajo el parisino Cimetière du Montparnasse, para hablar un rato a solas con Cortázar sobre jazz, sobre literatura, o sobre la pintura de Piero di Cosimo… O buscará, en ese mismo espacio, el último refugio elegido por una norteamericana llamada Susan Sontag, a la que querrá agradecer sus ensayos, o sus películas, o su ejemplo de vida; y comprobar con sus propios ojos que es cierto, que desde su tumba se puede ver la de Baudelaire: ¿cabría pedir mejor acompañante para la eternidad?.

Tumba Ezra Pound. San Michele. Venecia

Los torturados huesos del poeta estadounidense Ezra Pound
Isla de San Michele
 Venecia

            Andando el tiempo, los más enganchados al jaco de la literatura, se aventurarán subiendo a los Alpes, para alcanzar el pueblecito de Rarogne, en el cantón suizo de Valais. Querrán ver con sus propios ojos el escudo labrado, y estremecerse leyendo en la piedra aquello de «Rose, oh reiner widerspruch…» Antes del fin, también tuvo tiempo de detenerse en ese rincón del mundo el poeta catalán Marià Manent, tan exquisito como poco leído y recordado. Allí escribió un hermosísimo poema titulado, sencillamente, La Tomba de Rilke. En el nos habla del «viento alpino que barre la nieve», del «miedo y el azul» de unos ojos de niño, y de «un pecho que ignoraba la paz».

Tumba de RILKE. Rarogne -Valais- SUIZA

Tumba de Rilke
Rarogne
(Valais)
Suiza

            Supongo que a Manent, de estar vivo, y a todos los que forman ese club de viajeros siempre dispuestos a encontrar la tumba de un artista que les es caro; estas ocurrencias del Ayuntamiento de Sevilla, este andar trasladando huesos y proyectando parques temáticos para los poetas muertos, les parecerá un insulto, un asalto de felones; cosa de villanos.

            La tumba de don Antonio que conocemos hoy (que no es la original donde recibió sepultura un miércoles de ceniza del 39 y donde permaneció de prestado casi dos decadas) fue construida en 1.958, en suelo donado por el consistorio de Collioure, cuando los franceses se convencieron, a la vista del tiempo transcurrido, del desinterés de España por aquellos restos; cuando además el viejo enterramiento era ya solicitado por sus legítimos propietarios, a los que también iba llegando su postrera hora. Al coste de este nuevo sepulcro se hizo frente con una colecta, contribuyendo al buen fin de la iniciativa gente como Pau Casals, Albert Camus y André Malraux. Es una tumba nacida del afecto, del respeto y de la admiración. No es fruto de la mercadotecnia aplicada a la promoción de las modernas metrópolis, ni fue excavada en aquel lugar por un interés bastardo.

Cementerio de Montparnasse

El cementerio de Montparnasse desde la Torre del mismo nombre
París

            Y Machado, qué pensaría Machado de todo esto. Dicen que, en las últimas y desoladoras jornadas de su reciente exilio, le gustaba salir del modesto hotel Bougnol Quintana para dar cortos paseos hasta la playa, donde se quedaba contemplando el Mediterraneo en silencio, largo rato. Cuentan también que pocos días antes de morir, mirando ese mar, dijo a su hermano José: -«¡Quién pudiera quedarse aquí, en la casita de algún pescador, y ver desde una ventana el mar, sin más preocupaciones que trabajar en el arte!».

            «¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?», se preguntaba Cernuda en un verso de sus Birds in the night; ese poema, áspero y de afilados cuernos, que creo escribió un dolido Luis pensando en sí mismo, aunque cambiara su propio nombre por el de dos libertinos poetas franceses, Verlaine y Rimbaud. También él, sevillano de nacimiento, reposa muy lejos, al otro lado del Atlántico, en tierra mejicana; así que no podemos descartar alguna nueva propuesta de nuestras autoridades políticas para darle una despedida con mariachis, hacerse con sus huesos y regresarlos a la ciudad de Sevilla; esa que se convirtió muchos años atrás para el poeta en una arcadia del pasado, sin nombre y sin ruta de retorno.

            Ocurrencias, paparruchas, necedades… Ya difunto, tanta murga sobre uno debe resultar un fastidio; así que, una vez muerto, mejor se pierda, por lo menos, el oído. Aunque para sordos, los del Ayuntamiento. ¿Alguna vez oyeron en la Casa Grande aquello que decía Machado a través de su Abel Infanzón? Qué dura sentencia, más cuanto aciertan a hacer buena, año tras año, la experiencia y los hechos, los vicios de unos y las culpas de otros, el narcisismo de la ciudadanía y las pifias de quienes les gobiernan:

¡Oh maravilla,

Sevilla sin sevillanos,

la gran Sevilla!

NOCTURNO CON LUNA LLENA EN ROSENLAUI. Fotografías de Olga Duarte Piña, 2008

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ESCRITO EN ROSENLAUI. Lauro Gandul Verdún, 1999 (con fotografías del autor)

POEMAS DE PHILIPPE JACCOTTET (Editados en Sevilla -1982- por «Dendrónoma» con autorización de E. Gallimard, y traducidos al español por Antonio Lara Pozuelo). Con fotografías de L.G.V., Rosenlaui, 2008

ROSENLAUI (Montañas con neblina que se contemplan por la mañana mientras se camina un día desde Rosenlaui a Grosse Scheidegg). APROXIMACIONES A SUIZA. Fotografías de Lauro Gandul Verdún, octubre de 2008.