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EL LÁTIGO EN LOS LABIOS (UN DIÁLOGO REAL CON VICENTE NÚÑEZ). Texto de Jesús Ferrero y fotografía de Olga Duarte Piña

En Monturque, 2000

—En un lugar de La Mancha que ya no pertenece a La Mancha, es decir: en Madrid, conocí el extremo dolor, Jesús, lo conocí. Pero eso quedó en el pasado, que es la región de la muerte. En cuanto volví a Andalucía volví a recobrar el extraño y familiar sabor de la vida.

Así me hablaba en Aguilar de la Frontera el poeta Vicente Núñez poco antes de su muerte, y bien puedo decir que su personalidad sibilina, unida a un casi inconcebible sentido de la hospitalidad, dejaron en mí una huella imborrable que me va a acompañar siempre, por eso me veo ahora en la necesidad de trasmitir el complejo mensaje que me legó en varias horas de intensa conversación con él.

Nada más llegar a Aguilar de la Frontera, encontré al poeta en su taberna habitual: un establecimiento frecuentado por los hombres del pueblo, en una esquina de la Plaza Mayor. Los que hayan estado allí reconocerán que es una de las plazas más originales y extrañas de Andalucía. Se trata de una edificación octogonal y alucinantemente blanca, que se abre al visitante como un mandala, y que desconcierta mucho a la mirada, en parte porque, tratándose de plazas, la mirada está mucho más habituada a los cuatro lados que a los ocho. Ocho lados resultan una exageración que tiende a desorientar. Vicente Núñez lo explicó mejor en un poema, donde viene a decir que esos ocho lados “ya sólo apuntan a un exceso, a una febril idea métrica. Ya sólo tienen una insólita meta radical: equivocarse.” Equivocarse o equivocarnos, haciendo que de pronto nos sintamos en un lugar que de tan sorprendente parece un no lugar.

Y bien, bajo los arcos de esa plaza, en la taberna que ya menté, hallé sentado a Vicente Núñez. Su aspecto era el de un personaje alejandrino y kavafiano, trasportado a la campiña cordobesa, caracterizada por la amable sucesión de las colinas de color ámbar gris, llenas de vides y olivos. Vicente iba bien peinado, llevaba una chaqueta oscura y varios anillos de oro blanco en una mano, y fumaba innumerables cigarrillos negros, de factura española. Su voz, honda y quebrada, retrataba a un fumador empedernido y a un notable bebedor, pero también a alguien que sabía hablar al mismo tiempo (y entrelazando dos registros enemigos) desde la lucidez de la experiencia y desde el calor de un corazón tragicómico, dotado de un sentido del humor muy irónico, que le permitía usar la lengua como un látigo finísimo, y nunca como una tralla. Nobleza obliga.

Una de las primeras sentencias que formuló Vicente en aquella taberna ubicada en el interior de un octógono fue bien simple:

—La fama es infamia.

Supe que había algo parecido a un autorretrato invertido en esa formulación. Conocía pocos poetas tan poco famosos como Vicente. Cualquier miserable perpetrador de cuatro versos tristes era más conocido que él. En cualquier lugar, en cualquier provincia dejada o no de la mano de Dios, cierto, pero también en Madrid y Barcelona, podías encontrar a cientos de personas y personajes exhibiendo sus libros de versos o sus novelas, componiendo, todos juntos, un himno aburridísimo a la falta de sustancia,que viene a ser casi el único argumento de nuestra época, donde ya siempre la fama es indicio de infamia. Por razones que él me explicó con precisión y a la vez con vaguedad, Vicente se retiró a su pueblo y renunció a cualquier forma de relación con la fama, y en parte también con la infamia, tras un período en Madrid en el que su entrega al amor le produjo una honda corrosión. Daba la impresión de que se había sentido sin suelo y sin aliento.

Desde entonces habían sido raras las ocasiones en que había dejado su pueblo, circunstancia bien rara en una persona como Vicente, de sexualidad filogriega. Luego me comentó que a él no le gustaban los efebos de la época clásica. No, a él le gustaban los muchachos de tipo minoico. Resultaba sorprendente su afirmación. Vicente no me hablaba del Hermes de Praxíteles o del Discóbolo de Mirón, me hablaba de los kuros de la escultura arcaica, que podían conducirnos a Creta, cierto, pero también a Micenas. Y qué duda cabe que quien haya visitado el Museo Nacional de Atenas habrá observado que los Apolos de la época arcaica resultan más misteriosos, y probablemente también más bellos, que los del clasicismo, de un idealismo tan calibrado.

Durante un buen rato, Vicente estuvo explayándose en lo que él entendía por “dimensión minoica”. Esa alegría de vivir, ese esplendor gozoso de los cuerpos que todavía nos trasmite la pintura cretense era lo que de verdad le conmovía.

Algunos meses antes, Vicente había padecido una trombosis, y caminaba con cierta dificultad, circunstancia que le humillaba bastante, aunque lo llevaba con toda la dignidad que le quedaba en el cuerpo, y le quedaba mucha. Le quedaba tanta que hasta podía derrocharla, y con una generosidad que sólo puedo considerar inaudita (a Vicente le gustaba mucho ese adjetivo) fumó y bebió todo lo que quiso.

Recuerdo que nos dirigíamos desde la taberna al restaurante cuando Vicente comentó:

—Si me cortaran las piernas me quedaría más ligero de piernas.

Apreciación irrefutable. El poeta, que no secundó nuestras risas, me susurró al oído:

—Y lo más grave es que me las han cortado.

—¿Quiénes?

—Los cortos que cortan las piernas de los largos. Los cortos que cortan y cortan. He levantado mi tienda de amor entre animales —añadió, y se echó a reír a carcajadas.

En el restaurante seguimos bebiendo. ¡Y qué vino! Un fino glorioso que nos fue elevando hacia sinceridades cada vez más densas y más elementales. Entonces Vicente murmuró:

—Es una maldición haber creído tanto en las palabras. Se puede caer en la tentación de la verdad, pero nunca en la de las palabras. Las palabras deben ser azotadas.

No otra cosa venía haciendo Vicente desde hace años con sus “sofismas”, algunos ya muy famosos entre sus amigos. Como en toda conversación larga y sostenida, hubo un momento en que nos callamos, buscando el reposo de la mente y los sentidos. Vicente volvió a llenar las copas de oro líquido y dijo:

—El silencio es corpóreo.

Con lo que me venía a indicar que las palabras no lo eran, o que lo eran menos. Para que lo fueran, había que tensarlas como él las tensaba en sus mejores poemas, “había que ponerlas en juego”, como me vino a decir. Según Vicente, las palabras servían más para ponerlas en juego (retorciendo y trastocando lo que nombraban) que para comunicar. Y es que, según me dijo, la sintaxis era “la forma en movimiento”, pero no el fondo, que sólo podía agitarse (o al que sólo veíamos agitarse) “cuando el lenguaje se convertía en un látigo”.

Yo seguía callado, pensando en lo que acababa de decirme cuando, completando y a la vez contrariando mis pensamientos, Vicente añadió:

—No hay que fiarse de las palabras pero tampoco del silencio.

—¿Por qué?

—Porque es un perro hambriento.

Gloriosa definición que el poeta remató diciendo:

—Un perro hambriento el silencio, y las palabras pirañas. Nada es del todo verbo. Más abajo, nos habla otro silencio: algo que aparece detrás de un tiempo muerto, algo que grita desde el ser cuando callamos.

Me dejó temblando y durante un rato sus palabras resonaron en mi cabeza como dictámenes. Tras el almuerzo, lleno de manjares cordobeses, continuamos hablando y bebiendo, mientras se iba acercando el atardecer. El cielo empezaba a enrojecer cuando nos dirigimos a su casa en el automóvil de un amigo. Mientras íbamos en el coche, Vicente parecía feliz. Se veía que el vino le había sentado bien. En muchos aspectos, estaba haciendo una apuesta, en muchos aspectos, estaba jugando con la muerte. Circunstancia que lo convertía en una encarnación clara de la sentencia “genio y figura hasta la sepultura”.

Finalmente llegamos a su casa, que me pareció un cofre lleno de ecos que me conducían al mundo de Vicente Núñez y al de su poesía. Tras una celosía, se veía un pequeño jardín cautivo, de una frondosidad desconcertante, que le daba una profundidad que no tenía. Luego estaba el cuarto donde trabajaba, y cuya ventana daba a la calle. Una de las paredes la llenaban los anaqueles repletos de libros. En las otras había cuadros. Las imágenes religiosas y de familia se mezclaban con los retratos de Rimbaud y Baudelaire, en un ambiente andaluz, barroco y acogedor, dominado por el cromatismo cálido.

Vicente se sentó junto a la mesa camilla, se quitó la dentadura que le venía doliendo todo el día, se relajó, y encendió un nuevo cigarrillo. Fue uno de los momentos más extraños del día. Nos quedamos solos en su cuarto. Miento. Un perro ladró al fondo del pasillo y desapareció en las sombras. Entonces Vicente me estuvo hablando del vértigo.

Me asombró que no identificara el vértigo ni con el tiempo ni con el espacio, ni con las alturas ni con las profundidades. El vértigo, según él, podía ser un olor, un sabor, una mirada y hasta una palabra bien dicha y bien dirigida al centro del seso y al centro del corazón.

No mucho después me incorporé, le di un fuerte abrazo y salí de su casa. Afuera me esperaba un automóvil que me fue conduciendo hasta Córdoba a través del encarnado y ennegrecido atardecer que, ayudado por la luz de la luna llena, recortaba con nitidez, sobre un horizonte lleno de fiebre, las colinas amablemente grises de la alta campiña.

Nunca más volví a ver al poeta.

Que la tierra le sea leve.

(Córdoba, Revista BORONÍA, septiembre de 2009)

PONCE, EL JULI Y CAYETANO: TARDE DE TOROS EN LA MAESTRANZA DE SEVILLA. Fotos de Olga Duarte y Lauro Gandul (6ª de abono, 29 de abril de 2011)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«CIELOS» DE AUXILIADORA LÓPEZ. Por Olga Duarte Piña 2011

COMO perfil del horizonte, un castillo; unos pinos. Como espejo de un azul invertido, unos molinos; unos peces. Como lecho del cielo, una ciudad que titila. Crepúsculos en espacios sin fin, donde se adentra la imaginación dejándose envolver por amarillas nubes, vientos anaranjados, vapores violetas. Y allá, en las espesuras, en los eucaliptales, entre la piedra, el viento. En esta inmensidad donde se estiran los cielos, más allá de lo perceptible, la realidad surge de nuevo. Pienso en lo eterno, en las estaciones que van y vienen, en su rumor. La inmensidad llena el pensamiento, lo hace vivo, se renueva contemplando estos cielos.

Auxiliadora López ha sabido ver lo infinito de los cielos, lo infinito de sus reflejos, su sobrehumano silencio. Generosamente entrega a nuestras miradas sus emociones. Ahí están su asombro, su predilección, su sobrecogimiento, la dulzura, la quietud, el misterio.

Siento ante estas acuarelas que Auxiliadora López ha tenido en sus manos los instantes últimos del día, mas en sus pinceles dejó guardados los destellos de cualquier tarde alcalareña.

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25 DE FEBRERO DE 2011, INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN «CIELOS» DE AUXILIADORA LÓPEZ, A LAS OCHO DE LA TARDE EN LA CASA DE LA CULTURA DE ALCALÁ DE GUADAÍRA

PRESENTACIÓN DE UN CUADRO DE RAFAEL LUNA EN «EL BUI». 9 de noviembre de 2010

Estudio de Rafael Luna 2009
Foto: LGV
El pasado martes, 9 de noviembre, Rafael Marín, El Bui, en su bar El Resbalón convocó a un puñado de amigos a la presentación de un cuadro del artista Rafael Luna:

El pintor Luis Caro
y el poeta Juan Enrique Espinosa (al fondo a la izquierda)
entre el público del acto de 9 de noviembre de 2010

Dos ante los dos cuadros (el conocido y el por conocer)
Fotos: ODP

Un retrato colectivo de los habituales del bar del Bui que viene a continuar, con variaciones, el tema del que ya lleva un par de años en un rincón del establecimiento alcalareño, donde varias obras del pintor cuelgan de sus paredes desde hace mucho tiempo. Como estas tres:

1-Fafi, 2008

Gramófonos

3-Fafi, 2008 (La botella sonora)

La botella sonora
El billar-futbolín
La tela negra que cubría el cuadro no se descorrió hasta que no se hubo dado lectura a un artículo de Olga Duarte y Lauro Gandul,  publicado en La Voz de Alcalá en 2004 sobre el pintor.  Mientras la lectura del texto se desarrollaba, en una pantalla fueron proyectadas fotos de nuestro amado Rafael (del archivo familiar del Bui):
Fotos ODP de fotos del archivo del Bui
A continuación el público pudo ver el corto de Ángel Romero Pérez, ya publicado en «CARMINA» y que nos place reeditar en este post ahora mismo:

RAFAEL LUNA

Historias de vidas

Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

Así como don Juan revela a Carlos Castaneda que es un cuervo, que aunque se le vea como don Juan, si se le sabe ver aparecerá como cuervo; le hemos preguntado a Rafael Luna si él puede decir como el indio yaqui, y si es algún pájaro lo que se vería de él sabiéndolo ver. Nos contesta que no, que él se siente más asociado a un pequeño felino; aunque su abuela tenía una lechuza con las alas cortadas por el patio de su casa, que tan pronto se la veía en la ventana del comedor como entre las macetas, se la alimentaba, se convivía con ella. Su abuelo, que tenía vacas en Torreblanca trajo la lechuza. Quizá pudiera tener en común con los pájaros su obsesión por el horizonte:

Imaginar que todos mis deseos más maravillosos están allí, pero sabiendo al mismo tiempo que es una ilusión, porque el horizonte no existe. Nunca voy a encontrarlo aunque siga eternamente dando la vuelta a la Tierra.

Fafi 2004

El pintor en su estudio de la calle Coracha
Foto O.D.P., 2004

Su primer dibujo lo hizo con seis o siete años. Recuerda que era una viñeta que trazó en la contraportada de un atlas donde se representaba a un legionario con su metralleta diciendo algo así como «¡Venga Pepe!», desde lo alto de la batea de una antigua furgoneta. Allá por el 68 y el 69 en la Universidad Laboral de Alcalá de Henares, en régimen de internado, realizó estudios en la rama de electrónica. Allí ya se podían ver los primeros hippies y escuchar el Sargent Pepper. Aquel adolescente se deja el pelo un poco largo, anda siempre con la cosa de la música, se siente atraído por los carteles (copia o se inspira en carteles de la contracultura americana) y, sobre todo:

Allí en Alcalá de Henares pierdo el miedo a faltar a la misa de los domingos.

Dos capellanes jesuitas le pretenden enseñar que Cristo fue el primer anarquista y se deja seducir por libros todavía prohibidos por Franco, que los neocristianos atesoraban en una biblioteca próxima a la Universidad Laboral:

Ahora leo menos porque prefiero observar a la gente. Sin embargo, en esa época yo leía mucho, devoraba todo, desde 18 Brumario hasta La concepción hindú de la vida, o Historia de las agitaciones campesinas andaluzas; leí a Bakunin, Kropotkin… Claro, es una época de descubrimientos. Se organizan huelgas en la Universidad Laboral y yo hago unos panfletos por mi cuenta, hago a mano cuatro o cinco copias, las pego solo, de noche, dentro de la misma universidad; nadie supo nunca nada, porque no me fiaba de nadie y había que tener cuidado con la Brigada de Investigación Social.

Después de su regreso a Alcalá de Guadaíra conoce a Luis Caro, uniéndoles una común pasión por los Beatles y por la pintura:

Luis Caro y yo compartimos un estudio en la calle Benavente. Allí intentábamos unirlo todo: música, pintura, alucinógenos… Experimentábamos con la pintura y con la vida. Buscábamos llenos de curiosidad para, en definitiva, llegar a mirar el cuadro como una posibilidad de entrar en otro estado que nos permitiera pintar los mundos que se nos pasaban por la cabeza. Estábamos aprendiendo a pintar. A través de Recacha conocimos a Pepe Márquez, quien nos influyó mucho en nuestros primeros tiempos. Él hacía una pintura de lo fantástico basada en una observación profunda de la naturaleza y en sus cuadros las plantas, por ejemplo, pueden transformarse en monstruos.

Con su gran amigo Luis Benítez descubre París a los veintitrés años. En esta ciudad se licencia en la Ècole Supérieure d´Arts Plastiques du Paris y vivirá hasta 1988. Según nos cuenta, París, más que nada, lo que le aporta es capacidad de análisis, de un análisis más intelectual de las obras de arte, en el sentido de más político, más ligado a la historia. También, me atraen los objetos, soy fetichista y París ha influido en eso. Deja de pintar con óleo y empieza a utilizar el acrílico, técnica que va a caracterizar su obra desde entonces. Uno de los motivos que da para explicarnos este cambio es que el acrílico le permite más rapidez en la ejecución y pintar de inmediato lo que se le va ocurriendo:

Yo empleo mucho tiempo en pensar cómo voy a resolver lo más rápidamente posible lo que quiero pintar, para pasar a pintar otra cosa que ya se me esté ocurriendo. Al ejecutar más rápidamente, evoluciono más rápidamente.

Su capacidad de observación y su curiosidad van marcando un estilo:

Saco mis historias de mi curiosidad, de los medios de información y de la calle, o de la misma historia de la pintura. Soy un voyeur. Encuentro una máxima y la repito, hago un reportaje, como con las máquinas de escribir, las sillas de barbero, las meninas o los laberintos de sábanas. No me preocupa tanto la técnica como a los pintores puros sino contar una historia, aunque sea absurda, y comunicar. Muchas veces yo pienso que soy más literato que pintor. No me considero un artista mártir porque aparte de la pintura me han gustado otras cosas. Si tenía un poco de dinero no era para comprar pinceles sino que prefería tomarme un café viendo a la gente pasar desde la terraza más elegante de París, aunque no me tomara otro en un año.

En París trabajó en diversas ocupaciones: en un taller de serigrafía, en otro de enmarcación, en un estudio de producción o en pisos de lujo haciendo chapuces principalmente de carpintería. También fue brocanteur (anticuario) en el mercado de las pulgas de Montreuil, desde 1976 hasta 1986, junto con Irene, su primera mujer, donde, además de vender objetos usados (viejas cuberterías de plata, vajillas rusas o libros), cada semana, siempre había alguien que se interesaba o compraba algún cuadro de los que pintaba y firmaba con pseudónimos. Eran cuadros que copiaban temas de distintos estilos pictóricos, desde el expresionismo alemán a la tradición de los bodegones del siglo XVII, o representaban, por ejemplo, a un aviador en una pista de aterrizaje:

También han robado y desaparecido muchos, porque teníamos un garaje donde guardábamos los objetos del rastro, los cuadros que firmaba con pseudónimos y mis cuadros, los que entonces yo firmaba como Rafael Álvarez, incluso desapareció obra mía hecha en Alcalá que yo me había llevado a París. Dejamos de ir por allí y cuando fuimos al mes y medio nos encontramos un mendigo alojado y aquello vacío, se lo habían llevado todo. Luego un amigo nuestro, también brocanteur, vio algunos cuadros míos en una casa de subastas, otro en un mercado …

En 1988 regresó a Alcalá de Guadaíra y desde su taller de la calle Coracha ha pintado giraldas, fábricas, botellas con mensajes, papeles que el viento se lleva, libros… firmando como Rafael Luna:

Ahora me estoy acostumbrando a pintar con luz de día desde que he cambiado de estudio. En un cuadro soy el dueño de un mundo en dos dimensiones, construyo a la velocidad que quiero un universo propio. Mi pintura va ligada a mi vida y va todo mezclado.

El pintor sosteniendo un puñado de libros
Foto: LGV

PALABRAS DE PRESENTACIÓN DE «LUNA, BAJA Y TRÁGAME». Por Tomás Valladolid Bueno

                                         

 

 

Buenas noches –de esta luna alcalareña-, muchas gracias por vuestra amable respuesta, por tan humana presencia,  bienvenidos sois a esta presentación de LUNA, BAJA Y TRÁGAME. Nos sentimos muy agradecidos a Lauro Gandul y Olga Duarte, debido a su mayúscula atención, a su constante cuidado, a su tenaz empeño en valorar, no sin hipérbole, nuestros versos como efectivos poemas; muy agradecidos estamos por su voluntad de reservarles un sitio en este atril -de hospitalarios libretos de lectura- que en buena parte va siendo CARMINA con sus ediciones en Padilla. Igualmente damos las gracias –ya para siempre en un afectuoso y hebraico modé aní– a Juan Enrique Espinosa, autor del cabal y poético epílogo de este nuevo libro. Muchas gracias también al pintor Rafael Luna, hoy más que nunca nuestro querido, admirado y añorado Fafi, por habernos agraciado con un propio dibujo lunar al que ya no podemos mirar sino viéndonos en la frágil condición humana.

            Y cómo no habría de estar, yo, totalmente agradecido a quien me ha consentido rastrear, por sus límpidos poemas, en busca de tres oteros a los que poder alzarse cuando la travesía de la memoria se va haciendo culposa. Como decía el gran poeta Leopardi, en su canto a la Luna, «qué grato es todo, en la juventud, cuando todavía es larga la esperanza y breve el curso de la memoria, el recuerdo de las cosas pasadas, aunque tristes y duros son los afanes». Gracias, amado hijo Tomás, por tus iluminadas colinas, por ayudar a que acaso un día sea hermoso acordarse inclusive de esto.

            Ahora bien, a partir de este momento, a nosotros –en lo personal- ya sólo nos quedarán, de manera exclusiva, estos sinceros agradecimientos. Los poemas de este libreto ya no serán nuestros poemas, ya no sólo hablarán de nosotros ni de quienes amamos, sino que una voz acogedora se verá sucedida, Dios lo quiera, por una cascada de creativas lecturas. Una vez leídos aquí, ya seréis fuente creadora de significados en marcha, que van surgiendo en vuestras vidas y en las vidas de los vuestros. Las lecturas que realicéis serán como nuevas escrituras de esa humanidad que anida en ellos. Permitidnos, pues, que comencemos dándole voz a la primera de esas lecturas, a la primera apropiación poética de lo humano poéticamente cifrado en estos versos de poema, permitidnos, digo, comenzar con palabras del Epílogo.

 

Alcalá de Guadaíra, 15 de octubre de 2010.

 

Luna de Fafi por Moll
Foto: Miguel Hermosín

 

DEL SALÓN EN EL ÁNGULO OSCURO. Y SEGUNDO HOMENAJE DE «CARMINA» A GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Video-art por Xopi (2010)

DEL SALÓN EN EL ÁNGULO OSCURO. PRIMER HOMENAJE DE «CARMINA» A GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Video-art por Xopi (2010)

DEL SALÓN EN EL ÁNGULO OSCURO. PRIMER HOMENAJE DE «CARMINA» A GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Video-art por Xopi (2010)

 

DEL SALÓN EN EL ÁNGULO OSCURO. Y SEGUNDO HOMENAJE DE «CARMINA» A GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Video-art por Xopi (2010)

 

PORTUGAL: ESPAÑA SOÑADA. Fotos de Olga Duarte Piña (Cacela Velha, 2010)

 

 

 

 

16 VIAJES EN 1 HORA. InFluxus-Acción de «CARMINA». Video-art de Xopi (Sierra de Los Barruecos, 10-08-2010)

 

Idea original: Xopi/ Videograbación: Olga Duarte y Xopi/ Texto y voz: Lauro Gandul/ Portadores de la piedra: los anteriores e Inma Arcos 

 

A JOSÉ SARAMAGO, SIEMPRE. Poema de Lauro Gandul Verdún y foto de Olga Duarte Piña

 

 

 

 

 

Respirar la luz

Cuando el aire falte

  

Blanca luz

Para unos ojos ciegos

De quien ya no precisa un pecho

 

Pero sí respirar

Luz de estuario

Arrastrada luz corpórea.