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LISBOA. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 

Parque Florestal de Monsanto

Monsanto

 

Aquí dejamos otro fragmento del diario de Sandra Dugan. Cuenta su estadía en Lisboa que sería durante los primeros meses de 1971. Dentro del diario hemos encontrado una foto con la pintura del puerto de Macao que según nos cuenta colgaba del salón de la pensión de Castelo Branco. Aprovechando un reciente viaje a Lisboa hemos visitado el parque de Monsanto y localizado la pensión, ahora en estado de abandono. Hemos fotografiado los lugares mencionados en este fragmento para que el lector tenga viva imagen de lo que se relata. 

Olga Duarte y Lauro Gandul

 

Muchas veces me había perdido, queriendo, en Monsanto. Pero a partir de que me contaran que aquella sierra no había criado durante siglos sino pastos y matojos hasta que hace unos treinta años, semilla a semilla, fueron sembrados los árboles que forman el espeso bosque que la cubre, ya no me era posible visitar el lugar desde las perspectivas, más o menos bucólicas, más o menos impresionistas, que me habían servido para abordar aquel majestuoso espacio. Las colinas que habían sido calvarios, por la mano del hombre venían a ser suelo de una intrincada y extensa espesura. Ya no iba a ser nunca igual. Ahora que vuelvo a Monsanto y que llevo un tiempo largo caminando bajo lo que parece una única copa, un techo vegetal interminable, me paro a descansar un poco sentándome bajo una  encina y vuelvo a considerar que esta selva no ha venido a ser aquí por el azar de la naturaleza, sino por la tenaz voluntad humana. Ésta es la doble cuestión, entrecruzada, por la que ahora vengo a escribir sobre Monsanto: la voluntad humana como azar de la naturaleza.

   Hubo que arar y en los surcos, en los lomos, sembrar. Agricultura efímera, mas como puerta sólo concebida para abrirse. Cultivar el tiempo justo para que los troncos fueran ascendiendo y engordando hasta anular lo rugoso provocado por el arado, por la roturación de miles de jóvenes entusiasmados por conquistar la generación de una masa forestal. Y así fue. Las multitudes soñaron los árboles y por ello pudieron sembrarlos. Ahora la sierra es además un bosque.

   Caminar y escribir. Bajo una encina, como venía diciendo, estaba sentada descansando de un largo paseo. Llevaba conmigo una libreta que abrí al azar y encontré este apunte:

   «En un extremo ella. A su derecha dos hermanos. El marido de la hermana a la derecha del hermano. Y a la derecha de éste y en el otro extremo él. A su izquierda la mujer del hermano y más a la izquierda los niños de todos. He aquí una reunión.

   »Los niños beben refrescos y abandonan con sus vasos de colores la mesa. El marido de la hermana habla con su cuñado. La hermana con ella. Con la mujer del hermano él. Vamos a saber de qué charlan. ¿Vamos a saberlo?

   —No es tiempo de alúas.

   —No. A las hormigas con alas sólo se las ve por noviembre. Éstos son otros bichos.

   —Uno ha caído en mi caña.

   »Esto los dos hombres se dicen. Las mujeres otros temas tratan…»

   No deja de ser curioso que la lectura de este fragmento me evoque el lugar donde estoy. Una fuerza atractiva del espacio que me rodea transmuta el escenario donde transcurre la escena del texto. Aunque tengo que reconocer que es una opinión demasiado personal. Lo he puesto para constancia de este trozo de vida inventado. El lector puede desechar las líneas precedentes, sin merma para la lectura de lo que escribo, e incluso desechar leer que la escena familiar me resulta perfectamente posible incrustarla frente a mí ahora mismo, con toda su realidad bien perfilada, más como cine u holograma que como pintura o fotografía. Por tanto, tridimensional como los hechos protagonizados, aparentemente casuales, causados por las palabras que la correspondiente página de la libreta contiene. Realidad pura aquí mismo. Me ha bastado leer.

 

Perspectiva de la fachada de la casona de los Texeira y pensión de doña Mariana

Perspectiva de la fachada de la casona de los Teixeira y pensión de doña Mariana

 

   La pensión es una vieja casona de estilo arte nova construida en 1904. Está en el número 25 de la calle Camilo Castelo Branco frente a una iglesia en construcción y al lado de una estación de bomberos. La casa tiene su historia. Cuando se había decidido levantarla allí todavía la estatua del Marqués de Pombal desde su alto pedestal no contemplaba la avenida de la Libertad. Una gran laguna ocupaba lo que luego sería el Parque Eduardo VII, y el aroma de las huertas cercanas llegaba con el aire. El matrimonio que la mandó construir se había conocido en Macao aunque ambos eran de Lisboa. Ella había viajado a Macao para estudiar los diseños de los estampados de la seda. La familia de él llevaba instalada en la colonia casi cuarenta años dedicada al comercio de tejidos, aunque en cada uno de esos años habían residido en la metrópoli no menos de tres meses. Eran de la Baixa. En una esquina con la calle Áurea frente a la Plaza de D. Pedro IV los bisabuelos de él compraron un edificio de dos plantas y sótano y lo adecuaron para servir como almacén de ventas al por mayor y menor de tejidos. Sólo entre el sótano y la planta baja disponían de casi mil metros cuadrados de almacén. La planta alta suponía otros quinientos metros más pero estaba repartida entre una parte dedicada a tienda y otra, especialmente iluminada por ventanales, la reservaron para vivienda. Allí se había fundado la empresa familiar en 1837 a la que dieron el nombre comercial de Companhia Teixeira de Tecidos. El comercio fue próspero desde el principio y muy reputado por sus sedas exclusivas. Fue precisamente la seda lo que llevó a la familia de él a Macao. Y fue su padre, quien nació en el mismo año de fundación de la empresa, el que decide instalar en Macao un negocio para la compra y la fabricación de sedas lisas y estampadas. A Macao se traslada en 1863 con esa continua discontinuidad de nueve meses en China y tres en Portugal. Sus dos hijos nacen en la Baixa pombalina. José nació en 1867 y llevaba toda su vida entre Lisboa y Macao. Inés Catarina era la primera vez que viajaba tan lejos y conoció a José cuando estaba a punto de concluir sus investigaciones, con ocasión de una visita que como parte de su trabajo realizó a los talleres de estampado de sedas. Él fue muy atento con ella y estaba encantado de poderle explicar lo que sabía y le presentó a los maestros y empleados chinos que realizaban el trabajo. Ella no se iba a imaginar nunca que, meses después, lo volvería a ver una tarde que bajaba del Chiado por el Largo do Carmo. Se casaron pronto. José se hizo cargo del almacén en la Baixa y el resto de la familia siguió en Macao. Ella logró entrar como profesora asistente en la Facultad de Bellas Artes donde había estudiado. Vivieron en el piso de la planta alta habilitada como vivienda por la familia Teixeira hasta que decidieron construir su propia casa.

   Por doña Mariana he sabido la historia de la casa y que la profesora diseñó toda la herrería: el hierro forjado del atrio de entrada a la vivienda, del pórtico elevado sobre el piso de la calle, del balcón principal y de la terraza sobre el pórtico… Esta herrería repintada de blanco llamó mi atención desde el primer momento que pasé por allí y pregunté a la señora que se asomaba por una ventana, en el gallego que mi madre me enseñó siendo niña. No olvidaré la graciosa reacción de doña Mariana al escucharme preguntar: ¿Dónde hay un alojamiento en este barrio? Y con una agradable sonrisa dijo: ¡Aquí mismo!

   Aquella casa del matrimonio Teixeira era ahora la pensión de Castelo Branco donde me iba a alojar por un tiempo indefinido. Era sencilla pero muy luminosa y con solo seis habitaciones. En ese momento tenía disponibilidad. Doña Mariana, menuda y de ojos vivaces, me mostró cuatro de las habitaciones libres. Elegí una en la planta superior sobre el espacio del atrio pues desde esa habitación veía toda la fachada de la casa, las copas de los árboles y el largo de la calle.

 
Macao_fines s. XVIII

Macao a fines del siglo XVIII

 

   Me parece hermoso que doña Mariana haya conservado el mobiliario originario de la casa así que me encuentro durmiendo en una habitación modernista. En el salón y comedor quedan tres grandes cuadros y uno pequeño con una vista del puerto de Macao que pertenecieron al taller de Inés Catarina.

   Con mucha curiosidad por este contraste sorpresivo en mi vida, no dejo de preguntar a doña Mariana en cada momento del día que la encuentro disponible. Me ha enseñado, las tiene guardadas en un arcón, las antiguas cortinas de brocados de seda que habían adornado los ventanales.

   ―Pero, doña Mariana, ¿por qué ha conservado usted todo esto?

   ―Mi madre fue muy amiga de la señora Inés. Vivía aquí al lado y siendo niña se venía a esta casa a verla dibujar. Decía mi madre que el primer círculo que hizo se lo enseñó ella.

   Como doña Mariana no quiere que me vaya sola hacia Monsanto, la iglesia del Sagrado Corazón se ha convertido en otro de mis espacios de observación. Por las mañanas me acerco a ver la gran obra. Así pasan mis días en Lisboa.
 
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AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 

AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 

Sombra de nubes sobre la fachada de los Almacenes Gum

(Foto: Sandra Dugan. Moscú 1994)

 

Del Diario de Sandra Dugan rescatamos otro relato de su estancia en la Universidad Estatal M. V.  Lomonósov  de Moscú entre 1994 y 1997. Algunas páginas de su diario personal ya han sido publicadas en esta revista [Escaparate] en los años 2011 y 2012.

Olga Duarte y Lauro Gandul

 

Llegué a Moscú en enero de 1994, con cincuenta y un años recién cumplidos el 4 de diciembre pasado, en un día que me dejó helada. Por mucho frío que creyera que allí hiciese, mucho más hacía. Helada me quedé, aunque no era la temperatura, no, pues iba bien abrigada. Era la fría luz de bienvenida que me daba la avenida, donde tomé conciencia de encontrarme en Moscú, cuando miraba distraídamente por la ventana del taxi que me llevaba desde el aeropuerto a la Plaza Roja.

   Mientras el taxista me esperaba en una calle cercana con todo mi equipaje y mis libros para los próximos años, corrí hacia aquella plaza soñada sólo para asomarme a ella. Eran suficientes unos minutos para abarcar con la mirada sus casi tres hectáreas: San Basilio, el Kremlin, los almacenes Gum; y pisar sus adoquines… Aquella plaza era en sí lo que yo necesitaba ver pues aquella Plaza Roja era para mí Moscú: bastaba ella sola para serlo.

   El taxista me llevó a Lomonósov: mi destino, mi trabajo y el pequeño apartamento donde viviría en el corazón, muy agotado como pude pronto comprobar, del campus más prestigioso de Rusia, cuya arquitectura estalinista sobrecogía como un panteón. Soberbios edificios, esculturas gigantes, mármoles, escaleras, bibliotecas, departamentos, aulas… que me hacían sentir pequeña, muy diferente en todos los sentidos de la Salamanca de los sesenta donde estudié, aunque en cuanto a las dimensiones ciclópeas de la urbe y de su Universidad más importante, no me eran ajenas cuando las comparo con el Buenos Aires donde me crié. No digamos del contraste, no menos espectacular, entre la Gibraltar de mi exilio juvenil con la enormidad de Moscú. Pero ninguna luz, que en mi vida hubiese hallado alguna vez en alguna ciudad, había sido tan gélida como la de Moscú aquella mañana en que llegué por primera vez. Me dejó helado el corazón sin alcanzar a comprender porqué, aún hoy cuando escribo estas líneas en mi pequeño despacho de la Biblioteca del Departamento de Español de Lomonósov.

   Acrecentaba esta pequeñez sentida mi ignorancia del ruso. Aunque en cuanto a lenguas puedo decir que contaba con mi español cosmopolita bonaerense, más el decir porteño cuando quería, y el de mi bendita Salamanca, junto con el inglés decimonónico heredado de mi familia –contaminado por la jerga de los llanitos− y de las historias que me contaban aquellas inglesas con las que a veces regresaban casados nuestros marineros gallegos después de recorrer los mares del norte. No obstante todo mi cosmopolitismo, me sentía gallega por el doble vínculo que mis familiares –no sólo mis padres− me transmitieron como lengua vernácula sino por la divina Rosalía y el portugués de allende el Miño. Pero con los funcionarios de frontera en la terminal del aeropuerto no tuve que hablar nada. Examinados mi pasaporte, mi visado especial para trabajar en la universidad, mis papeles de Residente-Doctora por tiempo indefinido y mis maletas, en las distintas cabinas, nada tenían que decirme, sino estampar los correspondientes sellos y con un gesto indicarme que podía continuar. No tuve que hablar nada. El silencio en la terminal era casi absoluto. Al taxista bastó decirle Lomonósov. Cuando tuve que pedirle que me dejara lo más cerca de la Plaza Roja para bajar y verla, y que me esperara, fue distinto, aunque tampoco había problema porque el taxista sabía inglés.

   Ya en la puerta de la universidad, el bedel de uniforme gris que me atendió sólo hablaba ruso. Yo le hablaba en español. Nada impidió que me dejara ante la puerta en la biblioteca, y con una sonrisa se despidiera. Abrí la puerta y entré. Afortunadamente no había nadie. Eran tres habitaciones cuadradas unidas por dos huecos adintelados. Doce paredes repletas de libros desde el suelo al techo, sin ventanas. Un escritorio en un rincón de cada habitación con sus lámparas de mesa y escribanía. La luz del techo era muy endeble. Para trabajar con los libros de las estanterías iba a necesitar una linterna. Dejé mis maletas junto al primer escritorio y me dispuse a ver los libros más cercanos. Todos estaban en español. Había miles. Me entró un entusiasmo enorme al pensar lo lejos que me había venido para estar en una biblioteca en español a miles de kilómetros de España, donde conocía cientos de bibliotecas en las que habría podido trabajar. Al fondo otra puerta. Al abrirla un fanal de luz entró desde la plaza a la que daba iluminando los libros de las tres habitaciones, sin que para recorrerlos hicieran falta las luces de los techos. Era fantástica, ahora, esta luz.

   Salí a la plaza. Recorrí sus aceras, perímetro de los hastiales de los edificios que la acotaban. Uno de sus lados se abría a un parque. No había nadie en la plaza, pero al fondo del parque se veían unos quioscos, y allí sí había gente. Y humareda de fritangas. Hacia allí me encaminé porque también tenía hambre. Llevaba algunos rublos y no fue difícil conseguir un perrito caliente con una salsa picante y una cerveza. Dentro del quiosco se estaba bien pero no me quité el abrigo. Comí sentada a una mesita junto a otros que llenaban el espacio disponible. El ambiente estaba cargado de los olores de la comida pero parecía que no hubiera nadie de lo silenciosos e inexpresivos que estaban mis acompañantes. Nadie  miraba a nadie. Ni siquiera los que estaban frente a frente cruzaban entre sí sus miradas, ni por casualidad. Tal vez fuera porque nadie se conociera y todos estuvieran de paso como yo misma, aunque probablemente este lugar pronto pasara a formar parte de mi vida cotidiana. Quizá por esto yo sí miraba –con el disimulo que me era posible, en un lugar tan pequeño−.

   Terminando ya con esta intempestiva cena, porque eran las cinco de la tarde y ya intuía que al regresar de nuevo al apartamento no saldría porque la noche estaba al caer, vi llegar a un grupo de jóvenes charlatanes y sonrientes que se acercaban al quiosco. Demoré los últimos tragos de la cerveza para, al menos, tener algún sentir de las gentes. Entre ellos hablaban portugués y podía entender toda su conversación de gratas disquisiciones intelectuales. Hablaban de Moscú como un mito siendo ya para mí una entelequia. De entre todos ellos destacaba uno con gafas gruesas y pelo anillado que apenas llevaba ropa de abrigo y no parecía tener frío. Éste callaba mientras hablaba el grupo pero cuando algo decía dejaba a los demás pensativos y, de nuevo, la conversación se encendía. No he sido nunca dada a entrometerme en conversaciones ajenas pero era mi primer día en un Moscú frío, sordo, y decidí interpelarlos rescatando mi portugués. Extrañados me miraron y más profunda e inquisitiva fue la mirada, tras los gruesos cristales, del joven que me llamó la atención al llegar el grupo. Menos él, que no habló hasta el final, los demás me contaron que eran estudiantes mozambiqueños becados por su gobierno para estudiar en Moscú. Justo en 1994 se habían celebrado en su país las primeras elecciones libres tras una guerra civil de quince años y ese era todo el debate que traían. El de las gafas era español y aunque no me dijo la edad supuse que mayor que el resto, tendría unos treinta y tantos años. Él ya conocía lo que había sido una guerra civil y unas primeras elecciones democráticas por eso callaba e intervenía certeramente siempre.

   Al final llegó la noche y el quiosco fue vaciándose de sus gentes y por la plaza ya merodeaban vodkataris y gentes extrañas en una ciudad con nombre pero sin futuro. Tuve miedo de regresar sola aunque sólo fuera cruzar de nuevo la plaza. Los estudiantes querían regresar también y este de las gafas, que percibió mi inquietud por la hora y la desolación de la plaza, me preguntó si estaba muy lejos el lugar al que tenía que regresar. –Tendría que cruzar la plaza, le dije. –¡Pues venga!, yo te acompaño que estos me esperan aquí. Pareció su tono tan obligado que no quise pero él insistió. Secamente me dijo mientras me acompañaba: −Te has colado en nuestras conversaciones pero yo no sé quién eres. –Yo tampoco sé quién eres tú, le contesté con cierta aspereza. Empezó a reírse burlonamente y esto me fastidió. Cuando llegué a la escalinata de la biblioteca por donde tenía que acceder para entrar hacia mi apartamento me dijo: Soy Rafael Rodríguez, he venido desde Alcalá de Guadaíra y quizá esto no era lo que buscaba del comunismo. Me marcharé en unos días. Mañana si quieres nos vemos en el quiosco y seguimos hablando. Con voz entrecortada le dije: −Yo me llamo Sandra Dugan.

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A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 

CONOCER MADRID ES CAPITAL 3: UNA FUENTE DE LA PLAZA DE ESPAÑA. Fotografía de Manuel Verpi (2016)

 

Madrid mujer fuente

 

CONOCER MADRID ES CAPITAL 2: CERVANTES, TAUROMAQUIA Y JAMONERÍAS. Fotografía de Manuel Verpi

Madrid 4 M. Verpi

D. Quijote con toros

 

Madrid 5 M. Verpi

Menina folclórica

 

Madrid 6 M.Verpi

Conocer Madrid es capital

 

[Foto: M. Verpi (Madrid, 8 de abril de 2016)]

 

CONOCER MADRID ES CAPITAL 1: DOS ESCRITORES. Fotografía de Manuel Verpi

 

1

Madrid 13 M. Verpi

Tirso de Molina

 

Madrid 8 M. Verpi

Larra

(1809-1837)

 

[Foto: M. Verpi (Madrid, 8 de abril de 2016)]

 

EN MEMORIA DE LOS MUERTOS DE ATOCHA: RIMA LXXIII. Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, 1836-Madrid, 1870)

 

5-Sighisoara-2005

 (Foto: ODP,  2005)

 

Cerraron sus ojos
que aún tenía abiertos,
taparon su cara
con un blanco lienzo,
y unos sollozando,
otros en silencio,
de la triste alcoba
todos se salieron.

La luz que en un vaso
ardía en el suelo
al muro arrojaba
la sombra del lecho
y entre aquella sombra
veíase a intérvalos
dibujarse rígida
la forma del cuerpo.

Despertaba el día,
y a su albor primero
con sus mil rüidos
despertaba el pueblo.
Ante aquel contraste
de vida y misterio,
de luz y tinieblas,
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la casa en hombros
lleváronla al templo
y en una capilla
dejaron el féretro.
Allí rodearon
sus pálidos restos
de amarillas velas
y de paños negros.

Al dar de las Ánimas
el toque postrero,
acabó una vieja
sus últimos rezos,
cruzó la ancha nave,
las puertas gimieron,
y el santo recinto
quedóse desierto.

De un reloj se oía
compasado el péndulo
y de algunos cirios
el chisporroteo.
Tan medroso y triste,
tan oscuro y yerto
todo se encontraba
que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

De la alta campana
la lengua de hierro
le dio volteando
su adiós lastimero.
El luto en las ropas,
amigos y deudos
cruzaron en fila
formando el cortejo.

Del último asilo,
oscuro y estrecho,
abrió la piqueta
el nicho a un extremo:
allí la acostaron,
tapiáronle luego
y con un saludo
despidióse el duelo.

La piqueta al hombro
el sepulturero
cantando entre dientes
se perdió a lo lejos.
La noche se entraba,
el sol se había puesto:
perdido en las sombras
yo pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos
se quedan los muertos!

En las largas noches
del helado invierno,
cuando las maderas
crujir hace el viento
y azota los vidrios
el fuerte aguacero,
de la pobre niña
a veces me acuerdo.
Allí cae la lluvia
con un son eterno:
allí la combate
el soplo del cierzo.
Del húmedo muro
tendida en el hueco,
acaso de frío
se hielan sus huesos!…

¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuelve el alma al cielo?
¿Todo es sin espíritu
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
algo que repugna
aunque es fuerza hacerlo,
a dejar tan tristes
tan solos los muertos!

 

[Gustavo Adolfo Béquer. Rimas.

Ed. Espasa-Calpe, S.A. Madrid, 1963.

Págs. 112 á 116]

 

«NO HAY QUIEN LOS SOCORRA» (DE «LAS TRAGEDIAS» DE GOYA). HOMENAJE DE «CARMINA» A LOS MUERTOS Y HERIDOS EN MADRID EL 11 DE MARZO DE 2004. Poemas de Lauro Gandul Verdún

60 Goya (Las tragedias)
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«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

Revisando el diario de Sandra Dugan, para extraer otro fragmento que pudiéramos publicar en esta revista[ESCAPARATE], encontramos una fotografía junto a una hoja suelta con el poema. Justo en las páginas donde están guardados aparece el relato de su estancia en Moscú. Sabemos que permaneció allí por tres años, desde 1994 a 1997, trabajando en la biblioteca del departamento de español de la universidad de Lomonósov.

«En el mes de agosto se empezaron a vender los libros de la biblioteca. Las autoridades universitarias habían anunciado que no tenían fondos y pretendían hacer dinero poniendo en  venta los libros con los que los distintos departamentos habían ido formando sus bibliotecas.

»Recibí una llamada telefónica para que fuera seleccionando aquellos que podían incluirse en lotes y sacarse a subasta. También los que pudieran venderse a los interesados que se acercaran por allí. Esa tarde salí de la universidad disgustada. Al pie de la escalinata una vieja me ofreció una matrioska, que por unos rublos compré. Me pareció hermoso el color azul que la decoraba y los trazos blancos que la dibujaban. Cuando la abrí vi que sólo tenía tres piezas, faltando el resto. Presentí que esas tres piezas eran los tres años que yo ya había pasado en Moscú.

»La avenida tan rectilínea que siempre me conduce a mi casa hoy se hunde bajo mis pies. Siento que Moscú se acaba para mí.»

Este apunte está escrito detrás del poema no datado. Intuimos que al estar junto a la foto podemos pensar que fue escrito en ese verano último de Sandra Dugan en Moscú. Algún lector avezado en poesía podría pensar que no parece el texto propio de una escritora de cincuenta y cinco años, pero ha de indicarse que la obra poética de nuestra autora, además de breve, casi toda ella consistió en poesía experimental, más propia de la vanguardia de la primera mitad del siglo pasado cuando los jóvenes poetas europeos ocupaban su tiempo tratando de encontrar nuevas formas para la expresión de la literatura, en contraposición con los postulados métricos y estéticos de la tradición clásica. Sandra Dugan siguió la tradición vanguardista.

Olga Duarte y
Lauro Gandul

1

VAN a entrar en sus avenidas

Muchos vehículos como desde hace muchos años

Muchos vehículos van a entrar en una ciudad

Cualquiera

Muchos vehículos han salido


Es de noche mas la autovía está bajo las luces

De sus focos alumbrada

Veloces pasan miles de vehículos

Por cada carril miles

Es de noche

Regresan cansados los conductores

A algunos los acompañan pasajeros

Quisieran dormir

Están fatigados del día

Pero aceleran pisando el pedal correspondiente

Aceleran fascinados como ciegos

Proyectados hacia la gran curva

Que se los traga a todos

En la ciudad cualquiera se distribuyen


Van a dormir

Rápido rápido rápido

Van a parar

Van ciegamente rápido rápido

La curva se los traga a todos

En la ciudad arde oscura la llama del viejo carbón.


2

FUEGO que quema

Sol

Fuego de carbón

Arde el carbón

Llama

Quema la hoja del sol

La hoja del uno

Rápido rápido rápido

Arde la hoja del sol

Arde la hoja del uno


Aceleradamente arden

Rápido rápido rápido

La curva se traga sin atragantarse

Como una enorme tráquea capaz

Los vehículos

Rápido rápido rápido


El viejo carbón vegetal como donde se cruzan las avenidas

Húmedos los transeúntes

El asfalto

Los vehículos ardientes

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de las estrellas

Arde la hoja del ojo

Arde la hoja de la llave

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de la ventana

Arde la hoja del árbol

Arde la hoja de la mano

Arde la hoja del ave

Arde la hoja del muñeco

Arde la A

Arde la hoja del coche

Arde la hoja de la mujer desnuda


Arde la hoja de la boca

Arde la hoja de la espiral

Arde la hoja del corazón

Arde la hoja del libro abierto


Arden arden arden

La hoja de la hoja

La hoja del cálculo imposible

La hoja del limón

La hoja de la botella y el vaso

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de un dios

Arde la hoja de un garabato

Arden las avenidas húmedas


Arde el pie su hoja

Arde la música su hoja

Arde la rueda su hoja

El teléfono


Arden el león

El mar

La margarita

El 33

El 33

El 33

El 33

Rápido rápido rápido

Tan rápido como lento el pálpito de la ceniza del infinito


Noche espectralmente eléctrica

Rápido rápido rápido

Otra vez el 33

Otra vez el 33

Otra vez el 33


Arde la luz de los semáforos

De los rótulos

De los focos que alumbran desde…

***

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

EN TORNO AL PENSAMIENTO DE REYES MATE. El 24 de enero de 2011 a las siete de la tarde en Madrid

HUMILDEMENTE. Poema para «Franquía» de Carmen Mioara (Madrid, 6 de marzo de 2010)

 

La libertad guiando al pueblo
Delacroix

 

   Pasión encadenada al extraordinario humano

Se confunden en inmóvil pensamiento

Todas las incapacidades

La esfuerzan

   Empobrecido dorado del espacio de paz

Donde comprender la dominada vida

Del lenguaje mítico

Donde la libertad se propaga en el hablar

Y silenciosa

   Antigua empresa de inocencia actual del anónimo

La escalinata y el estupendo especulativo

Confiere alma

Se expande aquí

Se explica

Por signos de burguesía apacible

Nunca demasiado tarde para la experiencia

Aunque el murmullo de lo ciertamente misterioso

Deviene en destrucción

   Dentro

La morada

Alrededor un tedio vestido de ojos

Para atraparnos

   Humildemente

Pasión encadenada al extraordinario humano.