Posts from abril 2008.
SIBIU (fragmento) («La vida es viaje»-Páginas de un diario rumano- Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2000)

Mercado junto al río Cibin (Foto L.G.V., Sibiu, 2000)
Ya por la tarde nuestros pasos nos conducen al Cibin, majestuoso en sus riberas llenas de sauces llorones aunque de muy pobre caudal. En el lado de acá del Cibin, la Ciudad Baja y el lado de allá, la ceaucesquina donde se mezclan edificio residenciales y otros industriales. En una amplia explanada situada en la linde misma de la Ciudad Baja con el Cibin, encontramos abierto un mercado al aire libre al que llegan desde todos los puntos del Judetul de Sibiu hortelanos para vender paprika fresca, sandías, lechugas y los cabreros, de la montañas, su queso fresco, las gitanas sus ajos y cebollas: personas buenas que sonríen al saludo en lengua forastera y que tienden la mano si se les tiende por otros aunque de nada les conozcan, como nos pasa a nosotros aquí en el bullicioso mercado de Cibin, donde nos conmueve la franqueza de los gestos y las maneras de los que encontramos en sus puestos ofreciendo todo lo que han recogido de su tierra, que es su riqueza y su piel, para vender y así ganarse la vida suya.
RAFAEL LUNA (fragmento) («Historias de Vidas», Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)

El pintor en su estudio de la calle Coracha
Foto O.D.P., 2004
Así como don Juan revela a Carlos Castaneda que es un cuervo, que aunque se le vea como don Juan, si se le sabe ver aparecerá como cuervo; le hemos preguntado a Rafael Luna si él puede decir como el indio yaqui, y si es algún pájaro lo que se vería de él sabiéndolo ver. Nos contesta que no, que él se siente más asociado a un pequeño felino; aunque su abuelo tenía una lechuza con las alas cortadas por el patio de su casa, que tan pronto se la veía en la ventana del comedor como entre las macetas, se la alimentaba, se convivía con ella. Su abuelo, que tenía vacas en Torreblanca, trajo la lechuza. Quizá pudiera tener en común con los pájaros su obsesión por el horizonte: «Imaginar que todos mis deseos más maravillosos están allí, pero sabiendo al mismo tiempo que es una ilusión, porque el horizonte no existe. Nunca voy a encontrarlo aunque siga eternamente dando la vuelta a la Tierra.»
Su primer dibujo lo hizo con 6 ó 7 años. Recuerda que era una viñeta que trazó en la contraportada de un atlas donde se representaba a un legionario con su metralleta diciendo algo así como «¡venga Pepe!», desde lo alto de la batea de una antigua furgoneta.
(..) «Saco mis historias de mi curiosidad, de los medios de información y de la calle, o de la misma historia de la pintura. Soy un voyeur. Encuentro una máxima y la repito, hago un reportaje, como con las máquinas de escribir, las sillas de barbero, las meninas o los laberintos de sábanas. No me preocupa tanto la técnica como a los pintores puros sino contar una historia, aunque sea absurda, y comunicar. Muchas veces yo pienso que soy más literato que pintor. No me considero un artista mártir porque aparte de la pintura me han gustado otras cosas. Si tenía un poco de dinero no era para comprar pinceles sino que prefería tomarme un café viendo a la gente pasar desde la terraza más elegante de París, aunque no me tomara otro en un año.»
Gramófonos
La botella sonora
El billar-futbolín
TEXTO: (CUATRO DIBUJOS DE VICENTE NÚÑEZ. Antonio Luis Albás y de Langa, 2003)

Crátera, 1991; V.N. (Tinta sobre papel 17,5×12,07). Texto Publicado en Ánfora Nova
La vida no. Es el Arte el que dió siempre un sí a la vida.
Así como la pleita se desata y abrocha hasta prolongar sus espirales más allá de sí misma, mordiendo el espacio donde Cernuda había extraído los cristales laminados de su verticalidad; Vicente Núñez lleva al extremo una de sus más firmes convicciones, la inestabilidad de la forma.
Advertido como estaba por los preludios parisinos, en los que Nijinski había encontrado el abrazo insondable de la muerte, por el hecho de haber relegado y llevado más allá lo movible; Vicente horada el sepia, y su corteza, como retorcida lava, se rastrea y hocina en la cotidianidad, donde siempre encontró el cetro de sus signos.
Cuando Vicente dibuja, reemplaza la persistencia de cualquier tipo de transcendencia por una modulación que arranca de la materia y extrae de ella su deterioro y sentido extensor. Los dibujos, estos dibujos se organizan entonces en función de sí mismos, respondiendo al dictado donde la pluma se rinde al papel y, anfractuosamente, lo transporta consigo.
Unos dibujos que no buscan su término, inconclusibles, que corren a su propio impulso y por eso exploran, rápidos, que devienen, sin estudio ni preparación previa. Unos dibujos propios de tabernas.
Vicente traslada el fenómeno pictórico a la atmósfera plausible que emana de todo ello. Su luz era la luz desolada de los encuentros con lo mínimo, la persuasión de que sólo en la transformatividad, en la pequeña inclinación o «clinamen», adquiriríamos el verdadero sentido de lo eterno.
Cuando la forma tiende a este estado de atrenzo, hay algo que escapa de ella misma. Los cristales están ya constituidos, pero la llama que los hizo posibles está ya, como siempre estuvo, en otra parte.
A.L.
RAFAEL BALTANÁS (fragmento) («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2003)

El escritor Rafael Baltanás
Foto Olga Duarte
2003
Rafael Baltanás es un escritor comprometido con la vida, sobre todo con esa parte de la vida sobre la que caen todos los palos, ese triste lomo de la vida que machacan algunos, o muchos, sobre un resto de millones de seres. Lo que nutre a esa, verdaderamente infame, turba de canallas, ese alimento podrido, su cultivo, la siniestra ciencia que permite los herbazales donde pastan las bestias de los inicuos, contituyen el blanco que pretende pinchar el escritor con sus dardos certeros.
(..) «He leído mucho, mucho para mí, porque para cualquiera no es tanto», nos dice. No es hombre de academia, aunque no considera el autodidactismo una categoría distinta de lo académico, porque al final -y al principio- de toda ilustración están los libros que son los que marcan los caminos a seguir para llegar al tesoro que contienen sus páginas.
Su sentido de la libertad, su humildad intelectual o su timidez, le han llevado a firmar con pseudónimos e incluso a no firmar sus propios textos, como aquellos cronistas de la prensa decimonónica. Pseudónimos o anónimos, sus textos le han comprometido siempre. Ya desde antes de la muerte de Franco, cuando compromiso no era sólo una categoría espiritual, y así a lo largo de veinticinco años de militancia política, de la que hace algunos se encuentra alejado, según declara, por no querer estar en sitio alguno en que los medios y los pasos no estén impregnados del fin al que se aspira.


