VICENTE NÚÑEZ XV: Teoría de los Ángeles. (Jueves XXVI del TO, de los Ángeles Custodios). Antonio Luis Albás, (2014)

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 Descanso en la Huida a Egipto. (Sagrada Familia con Ángel Músico). Caravaggio, (1597)

En los confines “fractales”, fronteras movedizas de lo que todavía no está del todo inmerso en el reino de lo caótico, cualquier tentativa angélica de vuelo sólo podría ser planeada desde la suspensión repentina de su pliegue evasor –volante évasé-, ya que un vuelo sostenible no se concibe sino en el desamarre de la caoticidad y sus fracturas, lo que presupone un alarde extremo en la ostentación angélica de los atributos innatos. Desplegarse es poner a salvo la forma amenazada, como nos sugieren los dantescos barros navideños, donde el ángel del In excelsis, aunque tan torpemente articulado y abandonado a la terrible anfractuosidad cinematográfica del corcho y las escorias de la fragua, del aserrín, el celofán y los algodones, todavía anhela protegerse y refugiarse en el edén ingenuo de las disposiciones artesanales. Los ángeles son pese a esa desoladora plataforma de despegue, especies de los espacios ya saturados de forma, instancias últimas de traslado y fuga, apoyos evasivos hacia lo despejado del ser.

Formas compactas de transcurso como se nos revelan enigmáticas aquellas otras –formas-posada- que ya habían alcanzado en lo aéreo de su voraz “angelofagia”, en ese corredor inagotable de pináculos, cúpula y cimborrios apresadores de la densa, de la atribulada tribu alada. O como en el espacio medieval de las vidrieras, embutidas luego en la luz acotada y emplomada por el devenir de los estilos arquitectónicos y de las ceremonias; en todo aquello que hace posible que las esquinas “fractales” –recortes muy apurados de enjutas y pechinas – se propugnen como sostenes arcangélicos de las basílicas y como depósitos doctrinales de reserva, continuamente sobresaltados por el espeso hervor de las liturgias. Lo angosto es el pulimento de lo angélico. Y así como en el derrame terminal de los cirios de la consunción se gradúa por el parpadeo depresor de la llama, lo angélico se encumbra y arde en el roce indefenso de lo humano, que lo convoca y lo funde, sometiéndolo a un decrecer mortecino o una eclosión de ráfaga.

Túneles y conductores, los ángeles hacen posible el decurso de la luz. Son lo soterrado de lo abierto. Peanas alucinantes de la luz, acróteras prestas a devastarse en la solicitudes de la ultimidad.

 

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