¿ESPAÑA CONTRA CATALUÑA?: EL MAL USO PÚBLICO DE LA HISTORIA. Por Pablo Romero Gabella

Destino

Salvador Dalí

1904-1989

 

Expongamos los hechos. Entre el 12 y el 14 de diciembre pasados se ha celebrado en Barcelona un simposio histórico con el título «España contra Cataluña: una  mirada histórica (1714-2014)». Su organización se debe al Centro de Historia Contemporánea de Cataluña, organismo público de la Generalitat (que depende del Departamento de la Presidencia) y a la Sociedad Catalana de Estudios Históricos, filial del Instituto de Estudios Catalanes, institución académica privada que funciona, desde 1980, gracias a las aportaciones del propio Presupuesto de la Generalitat. En el folleto informativo los organizadores explican que el objetivo de este encuentro científico de historiadores es estudiar de forma transversal la «acción política, siempre de carácter represivo, del Estado español con respecto a Cataluña» y más específicamente «las condiciones de opresión nacional que ha padecido el pueblo catalán a lo largo de estos siglos, lo cual no ha impedido el pleno desenvolvimiento político, social, cultural y económico». Las veintidós conferencias anunciadas se organizan en cuatro bloques: la represión institucional, la represión económica y social, la represión cultural y lingüística y el exilio.De los veintidós conferenciantes, la mitad provienen de la Universidad Autónoma de Barcelona, tres de la de Gerona, dos de la Pompeu Fabra, uno de la de las Islas Baleares y uno de la de Valencia. A estos se le unen tres integrantes de las instituciones organizadoras. A resultas: todos los integrantes son catalanes o de su área de influencia cultural (Baleares y Valencia).

Estos son los hechos, pasemos a analizarlos desde nuestro particular punto de vista. En el ámbito de los estudios históricos el debate (o si queremos decirlo de manera más directa: la provocación) es el motor del conocimiento histórico. Y el título, no me lo negaran, es provocador. Un ejemplo de provocación en el mundo académico de la historia reciente que se me viene a la memoria es la última biografía de Hernán Cortés del hispanista Christian Duverger, en la cual afirma que fue éste y no el anónimo soldado Díaz del Castillo el autor de la afamada crónica sobre la conquista de México. Sobra decir que su publicación ha generado un intenso debate historiográfico. Sin embargo,  la provocación de este simposio en Barcelona tiene un sentido que no es del todo historiográfico y que concierne a lo que el pensador alemán Jünger Habermas ha llamado uso público de la historia, o lo que es lo mismo, una utilización de la historia que supera el ámbito de la objetividad y que pasa a un uso interesado o directamente a una manipulación. Este concepto proviene curiosamente de otra provocación histórica: la «Historikerstreit»querella de los historiadores alemanes de 1986 en torno a la interpretación del nazismo.  Y es que hay que admitir algo obvio  pero que a veces se olvida: los historiadores no viven en un limbo aséptico, ahistórico y apolítico. Al contrario, los historiadores viven en una época y sociedad determinadas, con su particulares problemáticas políticas, sociales, económicas y culturales. Pongamos un ejemplo, el de Lorenzo Valla, historiador del siglo XV que es considerado como uno de los padres de la historia como práctica científica. A él se debe su célebre obra Declamatio donde, utilizando las herramientas de la crítica histórica y filológica, demostraba la falsedad de un pretendido documento histórico (la «Donación de Constantino») que legitimaba el poder del Papa sobre los Estados Pontificios. Pero lo que también hay que conocer es que era una obra de encargo del rey de Nápoles Alfonso V, enemigo del Papa por el control de Italia. Esto nos lleva a pensar a que nadie está libre de pecado en esto de la historia. Por tanto, nos podemos preguntar ¿está condenado el trabajo del historiador a servir al poder? Podríamos decir que en sociedades como las del Renacimiento sí, pero como hemos dicho antes, el historiador vive en una época determinada, y la nuestra es bien diferente, ya que vivimos en el siglo XXI y en un régimen democrático. Una cosa es que el historiador no vive en una urna de cristal apartado de la realidad y cosa bien distinta es que viva en la urna que le es creada por el poder. Y en el caso del simposio al cual nos referimos parece el segundo caso.

Volvamos a los hechos. El simposio al que nos referimos es organizado por y para un poder, en este caso la Generalitat y está conformado en su totalidad por historiadores de su ámbito sin que haya, al parecer, representantes que rebatan lo ya establecido. Es decir, epistemológicamente el hecho histórico parece ya establecido; esto es: la existencia de una represión de «España» sobre «Cataluña». No hay debate, solo aceptación. Ni siquiera se ha puesto interrogante al problema a estudiar, sólo se afirma. Y así vemos que el leiv motiv del congreso es el más puro victimismo. Si no, veamos los títulos de algunas ponencias: «La apoteosis del expolio: siglo XXI», «Destruir la lengua, destruir la nación», «La falsificación de la historia» (¡!), «La larga represión de los medios de comunicación»… La cosa está clara: establecer un continuo entre la política centralista de Felipe V a principios del XVIII con la actualidad. Y prueba de ello son ponencias, nada inocentes tales como «la españolización del mundo educativo» o «la humillación como un desencadenante de la eclosión independentista». Las referencias a la Ley Wert o al proceso soberanista iniciado por CiU-ERC son evidentes.

Hagamos ahora una comparación con otro congreso histórico que conozco de primera mano ya que participé en él. Me refiero a las X Jornadas Nacionales de Historia Militar centradas en la Guerra de Sucesión, celebradas entre el 13 y el 17 de diciembre de 2000. Dichas jornadas las organizaba la Cátedra «General Castaños», dependiente de la Región Militar Sur. Visto su organizador (el Ejército) podríamos pensar que dominarían las ponencias realizadas por militares.  Analicemos esto. Del total de sesenta y una ponencias y comunicaciones las realizadas por militares suponen el 16% frente al 41% debidas a autores que no proceden directamente ni del ámbito militar o universitario (profesores de Secundaria, archiveros, historiadores vocacionales o profesores-escritores como el caso del conocido doctor José Calvo Poyato). En cuanto al ámbito universitario, el 15% proceden de la Universidad de Sevilla (sobre todo en temática americana, uno de los puntos fuertes de la Hispalense), el 18% de universidades no andaluzas (Complutense de Madrid, Navarra, Zaragoza, UNED, Islas Baleares y una aportación de la lejana Universidad de Letonia) y el 10% del resto de universidades andaluzas (Almería, Córdoba, Málaga). Es significativo el trabajo presentado por la teniente Carmen Rosario Peso sobre la represión borbónica sobre las instituciones culturales catalanas. En su conclusión la militar afirma: «todas estas medidas calaron muy hondo en la mayoría del pueblo catalán e hicieron que los catalanes se mostrasen posteriormente reacios al linaje borbónico» debido a que provocaron «una regresión en la vida cultural catalana» y con ello la identificación de todo lo borbónico con imposición y represión (pág. 1046). Doy fe de que el debate estuvo abierto.

        Concluyamos. El simposio que se ha celebrado en Barcelona dista mucho de un debate verdaderamente historiográfico. Excepto en la conferencia inicial del historiador marxista Josep Fontana (titulado «España y Cataluña, trescientos años de conflicto político») el resto de las aportaciones, como las ya  mencionadas, basculan a un descarado presentismo, que incluso llega a esbozar futuros simposios, como es el caso de la ponencia (curiosamente de un Catedrático de Historia Medieval) titulada «España contra el País Valenciano». Un testigo que, según qué mentes, podría continuar con otros tales como «España contra Andalucía» o si nos ponemos hiperbólicos «España contra Alcalá». Una senda muy en la línea del actual presidente de la Generalitat, Artur Mas, con sus particulares comparaciones históricas con Martin Luther King o Gandhi…o, quién sabe, con Madiba Mandela. Porque al parecer todo vale con tal de provocar.

4 comments.

  1. Apreciado Pablo:
    Como ex-alumno y ex-profesor de la Universidad Autónoma de
    Barcelona, a algunos de los intervinientes, los he tenido de “catedros” y en más de una ocasión, hemos coincidido en la Sala de Profesores de la Escuela de Postgrado y Doctorado. Como “viendo la choza se conoce al melonero”, te referiré una anécdota, que me ocurrió con uno de ellos, hace dos cursos.En una conversación trivial entre horas clase y sin venir a cuento, me soltó lo siguiente: “Si en algún momento alcanzamos el poder, lo siguiente que deberíamos hacer, sería, adecuar nuestra Historia a esos nuevos tiempos”. Sin comentarios.

  2. Enrique, parece que entre esos “historiadores” catalanes cuando quieren decirse “estafar” utilizan “adecuar”… Vaya, vaya…

    Y cuando “historia”, “estafa”… Revaya, vaya…

    Colectivo Adarve

  3. Permitan la lanzada: lo de Cataluña, como casi todo, se sabe cómo empieza, pero nunca cómo acaba; sin embargo, es relativamente sencillo discernir sobre ello y, unos, atacar la aparente fantochada de los de CiU y sus acompañantes; otros, bailar al son que los anteriores tocan sólo que cambiando la letra. Pero del País Vasco… La cosa es más complicada, tiene más recovecos y también subterfugios. La manifestación del día 11 alcanza la categoría de histórica. Complicatum est.

  4. Ganan en cuanto a la sangre derramada. Hay otros ejemplos históricos, como el de los alemanes vitoreadores de Hitler. Los cien mil vascongados tienen vocación de matarifes. Creo que los adjetivos se nos quedan todos cortos y ellos largos de crueldad, inhumanidad, y de sangre y de leche podrida que mamaron para salir a la calle llevando en los hombros a esos engendros letales por quienes piden “justicia”, execrables calostros chuparon de pezones malditos…

    Colectivo Adarve

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