Posts matching “CARMONA EN «CARMINA»”.

COLOQUIOS (271). Gabi Mendoza Ugalde

 

carmona2015M.Verpi

[Foto: Manuel Verpi . Carmona 2015]

 

—¡¿Mesi…?! Me pregunto ¿Mesi?

—Sí, mujer: un muebli que con sillis y sillonis y otros mueblis conforman lo que hay dentro de un saloni.

—Entonces… ¿No es un jugador de balompié?

 

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   FÚTBOL EN «CARMINA»:

 

COLOQUIOS (263): «EJE DE CAPICÚA». Gabi Mendoza Ugalde

COLOQUIOS (255). Gabi Mendoza Ugalde

COLOQUIOS (161): «TRILOGÍA CULTURAL». Gabi Mendoza Ugalde

ROSA DÍEZ A RAJOY. PLENO 11.VII.2012. Gabi Mendoza Ugalde

COLOQUIOS (154): «TRILOGÍA DE PELOTAS». Gabi Mendoza Ugalde

DONDE TRIUNFAN LOS PODEROSOS. Viñeta de Javier García

 

«EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

A Paulino García-Donas, que quiso a Agustín


«Pocas veces habré estado igual de bien acompañado»

(Foto: Fernando Trigo
Archivo R.R.G.)

Si a Hércules, además de los doce trabajos que le encargaron, le hubieran añadido el de describir a Agustín Olivera Carmona, seguro que no hubiese logrado la gran celebridad de que siempre ha gozado. O sí, aunque de muy distinto tenor: el fracaso hubiera sido tan sonado que la fama la habría adquirido por ser uno de los inquilinos más destacados del monte del Fyasco, que era adonde los dioses mandaban a los perdedores (dicho promontorio está cerca del Olympo, claro que a menor altura).

Ninguna de las pocas personas que le conocimos en profundidad somos capaces de describirle. Es taxativamente imposible. Siempre que, entiéndase bien, usemos el vocablo describir en su término más riguroso y cabal. Podré, en mi caso, contar algunas anécdotas, definir algunas pinceladas, pero me será inalcanzable transmitir el ser de Agustín: su mirada, sus llegadas, sus despedidas, la cara que ponía ante tal o cual circunstancia. Porque Agustín se expresaba, casi exclusivamente, a través de sus gestos.

Tal vez si Velázquez le hubiera pintado, como hizo con Inocencio X… ¡pero qué va, ni siquiera el genial Diego lo hubiese conseguido! Gracias al arte del sevillano, el rostro del Papa manifestaba todo lo que era, porque era lo que era, y ya está: un elemento de mucho cuidado: nada de inocente, el tío; pero Agustín tenía más registros que el mejor órgano de la mejor catedral, y eso no se puede pintar, ni explicar por escrito ni de ninguna otra forma que no sea oyendo sus armónicos sonidos. Porque si tratáramos de un ser imaginario, vale; o de un ser real, pero simple, también. Mas queremos hacerlo de uno que supera, realmente, lo imaginable; que escapa a cualquier posibilidad de aprehensión, ni siquiera parcial.

Bueno, entonces —me podrá decir el ya renuente lector—, ¿a qué hablar del tal Agustín, si no vas a conseguir que le conozcamos cabalmente? En primer lugar, para complacer a algunos amigos que disfrutarán recordando algunas escenas o imaginando a Agustín en otras que no presenciaron. En cualquier caso, esos que tuvieron la suerte de conocerlo sí que lo verán descrito, no por mis impotentes palabras, sino por medio de la memoria indeleble que en sus molleras permanece. Sólo por eso merece la pena ponerse a escribir.

Pero además para sugerir en las mentes de quienes le trataron poco, o no le trataron nada, sea por motivos de edad u otras circunstancias, una especie de cabalística sobre el personaje. Ahí sí que me temo que mis palabras no alcancen ni una cuarta parte del propósito. Y entonces los dioses no tendrán más remedio que mandarme al monte del Fyasco.

Dejemos sentado, antes de nada, que Agustín era siempre el protagonista en cualquier  lugar y circunstancia. No porque él lo procurase (todo lo contrario), sino porque concitaba la atención de todo el mundo, fueran dos, siete, quince o cincuenta las personas reunidas o simplemente presentes.  Se diferenciaba más que la noche de la mañana de esa gente que quiere ser el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, etcétera (incluso el hipotecado en el desahucio). El protagonismo le venía dado por su sola presencia: era completamente distinto de los demás, nadie se le parecía en nada. En fin, que si digo que era quien más destacaba de entre todos los concurrentes, estuviera donde estuviese, ya se figuraran —digo quienes no le conocieron o le vieron poco— que estamos ante un ser especial.

Me parece necesario advertir, para terminar este proemio, que las reseñas que siguen no guardan un estricto orden cronológico.

¡Con lo bien que lo pasaba pasando por sordo!

PRIMERA HOJUELA

Antes de empezar a juntarme con él le veía pasar, ágil, dispuesto, serio de una seriedad propia de tarea realmente seria, con la bombona al hombro, camino o de regreso de un piso, de una casa. Ningún repartidor más rápido y cumplidor, ni más amable. Agustín era «ayudante», porque en aquella época los camiones de bombonas de butano tenían dos tripulantes.

Agustín se presentó un día a las ocho de la noche en la «butanería», con la intención de comenzar el reparto. ¿Por qué, si la jornada daba comienzo a las ocho de la mañana y finalizaba a las tres del mediodía? Pues porque Agustín, en aquella tarde-noche de invierno, se despertó de una prolongada y desorientadora siesta, iniciada bajo los efectos de una anestésica ingesta de caldo, no precisamente del puchero. De modo que Agustín, que había consultado el reloj nada más despabilarse, y que seguía con el mono puesto, se encaminó raudo desde la calle San Miguel a la de Mairena. No es que no advirtiera, por el camino, cosas extrañas: un ajetreo distinto del acostumbrado, las tiendas abiertas… Pero él iba a trabajar, cosa sagrada. Y, como siempre, con el afán de hacerlo puntualmente. Por fin, llegado al tajo, Joaquín Osorno, el dependiente de la taberna lindante con la «butanería», le preguntó, sorprendido, adónde iba. El Pichi, que así apodaban al dependiente, no paraba de reír cuando Agustín le dijo que a trabajar. También Agustín rió de buena gana, elevando los brazos y agitando las manos sobre la cabeza, en un gesto tan característico de él.

«La madre que tenga un hijo…»

SEGUNDA HOJUELA

Agustín era hombre de estatura media-alta; de buena figura, delgado y recio (a lo escuálido y esquelético no llegó sino en sus últimos tiempos); resultaba ciertamente elegante si el atuendo le ayudaba lo más mínimo. Sin embargo, lo que más destacaba en su grácil fisonomía era una nariz hermosa, sin llegar a excesiva, y una más que descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del enjuto y alto gaznate.

Aunque su vida siempre estuvo afectada de inconveniencias, la aceleración de su deterioro se la proporcionaron el despido de su empleo (los conductores quedaron como únicos tripulantes de los camiones) y algo después la muerte de su madre, Manuela Carmona Franco (sobrina-nieta de Joaquín el de la Paula). Manuela era una mujer hacendosa, pero serlo no le libraba de algunos de los males que la pobreza impone, sobre todo cuando es heredada de generación en generación. Los dos hijos que se le habían muerto, Manolín y Fernando, siempre estuvieron cuidados y decentemente vestidos, igual que Agustín, pero algunas costumbres y determinadas carencias, como las alimentarias, todo empeorado por la aguda senilidad de Manuela, influyeron mucho en el tercer tercio de la vida de Agustín.

Y cuando Manuela faltó, su ya único hijo quedó a merced de la indulgencia del destino, es decir, de ninguna indulgencia.

«Juventud, divino tesoro…»

TERCERA HOJUELA

Cuando una noche llegué a la taberna que más frecuentábamos por aquel entonces, me di cuenta enseguida de que Agustín estaba deseando verme llegar. Servidos los vasos, no tardó en decirme: «¡Me pincha, ay, me pincha!». Le interrogué con la mirada. Me señaló a la parte posterior de su pescuezo, sin dejar de hacer movimientos parecidos a los que provoca el mal de San Vito. Fue al momento que, en una dependencia aneja a la taberna, extraje dos alfileres del cuello de su camisa recién estrenada. Su impericia en esas lides no le había permitido quitarle, por no haberlos visto, ni siquiera previsto, todos los que una de esas prendas suele contener. Añadamos, porque para qué ocultarlo, que en aquella época cada camisa que se quitaba iba derecha a la basura.

Pudo ser cualquiera de esas noches cuando, ausentes aún otros frecuentadores de la taberna, Agustín me contó lo de su visita al dentista, años antes. Ya sentado en el maléfico, o, según se mire, magnificente sillón, el sacamuelas fue a otra dependencia en busca de algún instrumento. Momento que Agustín aprovechó para salir de la consulta como alma que lleva el diablo. Y tal y como hubo entrado: con su dolor de muelas. La repulsión de nuestro amigo a las agujas y demás instrumentos sanitarios era superior a la que algunos sienten al trabajo. ¡Mucho más!, por difícil que sea de creer.

Unas copitas en La Bodega. Paz y sosiego

CUARTA HOJUELA

La primera vez que vi llorar a Agustín fue estando sentados en un banco de la plaza del Duque, el mismo en el que un año antes nos había hecho una foto Fernando del Trigo, en la que están con nosotros, y nosotros con ellos, Diógenes Domínguez y José Brea Ortiz, el Picoro de Alcalá (pocas veces habré estado igual de bien acompañado).

Sacó del bolsillo una carta, enviada, desde no recuerdo qué pueblo de Cádiz, por una hermana de la Caridad. Esta hermana se había interesado por la situación de Agustín —ya después de la muerte de Manuela—, y le había ayudado en algunas cosas; pocas, desde luego, porque Agustín, de ser mirlo, si no blanco del todo sí que lo hubiera sido tipo cebra: a rayas. En un momento dado la habían trasladado a un nuevo destino, y desde él se dirigía a Agustín, deseándole la mejor de las suertes y dándole algunos consejos de índole religioso y también prácticos. Consejos, unos y otros, que a Agustín no podían servirle. Los inseguros raíles por los que había discurrido su vida, que eran la familia y el trabajo, ya no existían. Estaba solo, por más que algunos le hiciéramos más leve la soledad, siquiera a ratos. En realidad, siempre había estado existencialmente solo, pero no es lo mismo estarlo teniendo buenas facultades que cuando ya apenas, y a duras penas, te sostienen.

Empecé a leer. Ahora podría decirles que, como soy viejo, se me nublan los ojos de lágrimas al revivir el episodio; pero aun siendo eso cierto, también entonces, teniendo yo treinta años, me ocurrió. Ir leyendo la carta de la beata, ver la cara que iba poniendo Agustín, verlo llevarse el pañuelo a los ojos… Terminé por concluir la lectura oral antes de la que continúe haciendo con la vista: no podía seguir pronunciando. Quedamos en que yo le escribiría la contestación, casi a su dictado, y así se hizo días después. Cuando le leí la respuesta apretó los labios, suspiró y subió y bajó la nuez cuatro o cinco veces. Después, al tiempo que daba con el dorso de la mano en su pierna, dijo: «Sí». Yo sabía que tras el sí y el golpeo estaba la más emocionada de las aprobaciones.

La segunda fue en la casa donde yo vivía a comienzos de los noventa. Recuerdo que vivían conmigo seis gallinas. Eran muy diferentes unas de otras, me refiero a su personalidad, como ya he contado en otro lugar. A una de ellas la conocía para mis adentros como «la Agustina»: tanto se parecía en gestos y actitud a mi amigo. Como siempre, puse alguna grabación. Los preferidos eran Manolito María, Fernanda, Juan Talega, Fernandillo, Perrate, Antonio Mairena, Joselero… Lo primero que escuchamos fue un cante de Manolito, a quien Agustín conoció y del que incluso fue vecino durante unos años, en la calle Ángel (no cabe mejor nombre para moradores que tenían tanto). Cuando Manolito cantó, estremecedoramente, aquello de «Endeque murió mi mare/la camisa de mi cuerpo/no tengo quien me la lave», Agustín rompió en un llanto que se esforzaba en reprimir.

Agustín fue, de joven y aproximadamente hasta los cuarenta, persona de gran agilidad, de reflejos asombrosos, capaz, en un combate de boxeo, simulado o no, de llegar al rostro del adversario decenas de veces, mientras el suyo permanecería intocado. Algunas personas me han referido que, cuando jugaba al fútbol, una habilidad pasmosa le llevaba de una portería a otra sin que nadie, al menos por las buenas, pudiera impedírselo. Pero esas dotes las fue perdiendo irremediablemente. Una alimentación escasa y desastrosa, el tabaquismo, el excesivo consumo de alcohol (siempre con la barriga vacía), todo ello durante tanto tiempo, no dejaban de nutrir el avance del mal del que a su vez eran causantes casi al cien por cien: la pelagra es una enfermedad cuyo origen y desarrollo se encuentran en una vida de hábitos insanos y necesidades no satisfechas.

No es cosa de negar que Agustín tenía, además, un ramito de locura; veta que procede, en casi todos los casos en que se produce, incluidos los de algunas personas que ahora estén leyendo esto, de su propia genética, sea desde la primera, segunda o tercera generación y por cualquiera de los dos lados coadyuvantes. O por los dos.

Justo en el centro (no sé por qué se agachaba), Dionisio, “Don Dionisio”

QUINTA HOJUELA

Agustín visitó varias veces aquella casa de la calle Corachas durante los cuatro años en que habité en ella, años que coincidieron con los últimos de su vida. En no pocas de esas ocasiones llegaba acompañado de nuestro amigo Jorge Pérez Díaz, que siempre, en connivencia conmigo, venía dispuesto a cocinar algún plato que complaciera a Agustín, tan necesitado de comer caliente y bien. Pero sólo lo conseguíamos de higos a brevas. Sus innatas manías (insisto, ¿hasta qué punto heredadas?), llegaban a ser realmente invencibles, aunque con un reducidísimo número de amigos transigía de vez en cuando, aceptando de buen grado la ayuda, el ofrecimiento y la disposición que le manifestábamos.

Privado de verdaderos medios de higiene, Agustín se lavó en aquella casa en tres o cuatro ocasiones. Recuerdo perfectamente que en la última de ellas, ya con una nueva muda completa (y quitados todos los alfileres de la camisa), se puso un flamante abrigo largo que le había traído Dionisio, nuestro inconmensurable amigo. Debajo, un traje de espigas de color café con leche, también aportado por Dionisio. Arriba, una mascota que yo, conocedor más o menos de su talla craneal, le había comprado. Y fue así como Agustín (además bien afeitado) salió aquel día a la calle: todo el mundo le miraba preso de curiosidad y admiración, nadie quedaba indiferente al verlo pasar; o mientras a pie quieto, en la puerta de La Bodeguita del Duque, miraba a un lado y a otro, divertidamente serio, sintiéndose extraño pero al mismo tiempo satisfecho, diría que hasta ufano, dentro de aquel atuendo. Se asemejaba al bueno de cualquier película del Hollywood de los primeros años. También hubiera podido parecerse al malo, pero su cara no casaba con ese papel.

«Una descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del alto y enjuto gaznate»

SEXTA HOJUELA

Agustín era poco hablador. Por tanto, no peroraba sobre esto o aquello, ni sobre el cante o el baile o la guitarra, que eran, en su vida, los únicos elementos realmente importantes, además, naturalmente, de la verdadera amistad. Él manifestaba su entusiasmo o aprobación con un hondo «¡Eso es!», cuando no con un proverbial «¡Por ahí se va a la Macarena!». Otras veces, con el «¡Ay, mama!», lo mismo podía expresar su rechazo o resignación ante lo que estaba viendo y oyendo, que un sobrecogimiento ante algo que le agradaba enormemente. Pero esas poco más que interjecciones, su mirada transmisora, su sonrisa en los ojos, el movimiento de los hombros, el agitar de sus manos, en fin, todo lo reunido en su figura y surgido de ella, eran como un compendio tangible, personificado, de tantos años —¿doscientos, trescientos?, menos mal que no se sabe— de arte y expresión flamenca. No he conocido un «casi total silencio» más expresivo e iluminador en toda mi vida. En relación al flamenco y a todo lo demás.

No era capricho, sino mandato inteligente y natural, el que yo, tantas veces en que me hallaba «enreáo» en alguna reunión en la que podía salir algo de flamenco, encargara a algún buen amigo que le buscara y trajera: «Llégate por Agustín, seguro que está en el Derribo». Llegado él, el ambiente adquiría una dimensión distinta: los cinco, o los siete, o los nueve reunidos notaban algo especial: no se trataba de que hubiera llegado un elemento más, un nuevo participante: se había personado una especie de patricio de la historia, un presente de historia con muchas historias dentro. No es que todos los reunidos lo apreciaran así, pero hasta al más despistado la presencia de Agustín le causaba, como poco, una sensación extraña y agradable, una leve incógnita, un sutil desconcierto. No sucedía sino que allí, acodado en el mostrador, sentado o erguido, estaba un hombre que, sin él mismo sospecharlo, tenía en sí los ecos del pasado y la autenticidad, no sólo estética, sino también moral. Ecos que llegaban a nosotros así, sin más historias, sólo por su presencia. ¿Qué era? ¿Cosa de magia? Digo yo que no, pero aun así, ¿cómo transmitía eso tan indefinible? Magia no, pero sí misterio.

Agustín no necesitaba ser ingenioso, ni contar chistes, ni aparentar nada (¡aparentar Agustín, vamos!): era Gracia metida en huesos, carne (poca) y movimientos. Una tarde-noche de Abril en que estábamos él, Dionisio («Don Dionisio», le decía Agustín, con sincero y absoluto respeto por su condición de maestro de escuela), Jorge y yo, ya un poco animados en la taberna de Antonio el del Derribo (él y su mujer, María, dignos de eterna recordación), decidimos irnos a la Feria de Sevilla. En autobús, que cogimos allí mismo. Agustín llevaba el traje de espigas, terno que ya iba mostrando signos de inevitable deterioro. Paseamos, entramos en una o dos casetas de las llamadas libres (y por eso atiborradas). En un puestecillo vi sombreros cordobeses, de cartón, naturalmente. Compré uno para Agustín: le venía a la medida. Poco más allá, una gitana vendía claveles: uno de ellos fue a parar a la solapa de Agustín. Y ahí fue la suya. El verdadero espectáculo, el de verdad vivo, no estaba en las casetas, ni la máxima atracción en la calle del infierno: iba andando por las calles del ferial. Agustín era en ese momento un personaje catapultado desde muchos años atrás y puesto allí, en la Feria de Sevilla del año de la Expo. A nadie pasaba inadvertido; niños había que tiraban de las manos de sus padres para señalar al personaje, semejante, quizás, a alguno de los que aparecían en las ilustraciones de los cuentos; era como si un sobrino-nieto del Planeta, o un hijo del Loco Mateo, tal vez un tío de la madre del flautista de Hamelín, hubiese resucitado y paseara por la Feria de Sevilla como si el tiempo no existiera.

A él le agradaba que la gente le mirara, mas en ello no existía fatuo orgullo, sino divertimento compartido. Agustín se sentía contento con el sombrero y el clavel. Parecía, además, como si esos dos elementos ornamentales le proporcionaran una velocidad propia de otros sus tiempos: era como si fuese el único participante de un desfile. Hube de frenarlo: «Para, Agustín, que vamos a tomar una copita». (Ni Dionisio ni Jorge resistían una marcha tan ligera).

Batiéndonos en retirada, y sin por un momento dejar de ser observado Agustín por el populacho, tomamos el autobús, donde casi todo el mundo estaba ya de cabeza caída. Nosotros, por el contrario, fuimos cantando y haciendo compás desde Sevilla hasta Alcalá, en la plataforma trasera que aún entonces tenían los autobuses de Casal. Bien que nos divertimos los cuatro. Agustín, al llegar nuevamente al Derribo, y mientras los demás nos alejábamos, cada uno para su olivo, se quedó plantado en la acera. Seguramente permanecería allí un buen rato, fumando, mirando a un lado y otro, aún con el sombrero y el clavel encima, creyendo posible que apareciéramos nuevamente para seguir juntos. Había estado unas horas acompañado por gente de su total agrado, y ahora tenía que volver a la oscura soledad de su inhóspita morada.

Aquella noche, y lástima que no haya quedado constancia documental de ello, Agustín fue el mago de la Feria, aquel hombre tan raro del traje de espigas y el sombrero de cartón negro. Algo imposible para cualquier otro humano. Cualquiera de nosotros hubiera resultado un payaso vulgar y chabacano. Él, por el contrario,  era el personaje.

Agustín con Manolo «El Poeta de Alcalá»

SÉPTIMA HOJUELA

La memoria de Agustín no fue nunca lo que se dice un portento. Pero por lo menos pudimos conocer, a través suya, algunas cosas de esas que en cuestión de poquísimos años desaparecen y nunca más pueden recuperarse, ni siquiera de oídas (y que es lo que definitivamente ocurrió una vez muerto Agustín). Por ejemplo, el cante de campanilleros. Agustín fue capaz de recordarlo íntegro (me parece que tenía siete u ocho estrofas) en una sola ocasión. Conste que lo cantaba muy bien, y, como ya nadie lo cantaba ni lo conocía, por supuesto que mejor que nadie: o sea, que también era único en eso. No era el mismo cante de campanilleros que hacían Manuel Torre y otros, sino uno algo más solemne y con unas letras más próximas al canto litúrgico, aunque totalmente inserto, el conjunto, en el flamenco más auténtico.

Cuando cualquiera de sus más próximos le insistíamos en que cantara tal o cual cosa, Agustín se esforzaba en recordar, pero las más de la veces daba en la mesa o en el mostrador con el dorso de la mano: «¡Ay, que no me acuerdo!». Y ahí había que dejarlo, todos sonriéndonos, contentos de seguir contando día a día con aquel desmemoriado que nos traía ecos, aun sin pronunciar palabra (¿ya lo he dicho antes?) de la memoria inmemorial.

Unas coplillas que nacieron de algún sufriente e ingenioso soldado, no se sabe en qué fecha, eran cantadas por Agustín lo mismo por soleá que por bulerías. Esas letras se referían a las condiciones en que se hacía el servicio militar donde, por rebote, fue a caer nuestro quinto.

La madre que tenga un hijo,

si quiere que se le muera,

que lo mande a la Turquilla

o a los campos de Pineda.

A los campos de Pineda,

cuartel de caballería,

donde los hombres no duermen

ni de noche ni de día.

Faltan cinco o seis estrofas más, pero mi senilidad avanza más rápidamente que la de aquella mujer que siempre andaba con las manos enlazadas bajo el delantal recogido, y mi memoria ya no es el prodigio que tal vez nunca pudo llegar a ser.

Agustín nunca fue pícaro, ni siquiera picarillo, pero a nadie le amarga librarse de obligaciones odiosas, de modo que desde el primer momento, aconsejado por su hermano Manolín (que toda su vida fue un pícaro redomado, si bien inocuo), se dio trazas de hacerse pasar por disminuido en sus facultades auditivas, por lo que, en el cuartel de Sevilla a que lo destinaron,  se encontraba libre de prácticamente todos los servicios. Pero, ay, un día, mientras Agustín, el soldado casi sordo, estaba junto a la baranda de madera de un corredor del ajado cuartel, del aparato de radio residente en la cocina salían cantes flamencos. Agustín, al oír alguno de su gusto, y como no podía ser de otra manera, se puso a hacer compás sobre la vetusta baranda. El capitán observó la escena: «Conque sordo, ¿eh?». Y así fue como Agustín pasó casi dos años en La Turquilla, donde los soldados tenían que bregar con toda clase de animales del Ejército. Me estoy refiriendo a los de cuatro patas, aunque también los había de dos, como patos, gansos y pavos. Briega que, como ya supondrá hasta el más lego, requiere de horas y esfuerzos casi sin límites.

De allí volvió Agustín con dos patadas de caballo, el mordisco de un cochino y una semana de arresto. Y unas ganas de Alcalá que no le cabían en el pecho.

Alcalá 1965 (vista del Castillo)

Fuente «La Voz de Alcalá»

OCTAVA HOJUELA

Nuestro amigo era endeble de memoria, sí, pero sólo en lo que afectaba a las palabras. Porque los ritmos y el compás, en cualquiera de los estilos musicales, eran para Agustín como los dedos de sus manos. Sonara lo que sonara, hasta cierto punto, claro. Agustín se movía, o bailaba, solo o acompañado, como si la música fuera parte integrante de él, o él de la música. De todos modos, eso ocurría muy contadas veces. Ya lo he referido en otro lugar: una noche bajábamos Dionisio y yo hacia una taberna de la plaza del Duque, por la acera de la Casa de Socorro. Entonces aparece Agustín por José Lafita; ya está en el centro del paseo; nosotros tocamos las palmas por bulerías, firmes, sosegadas, no vertiginosas; y entonces Agustín se marca un baile en aquel marco que ya hubiera querido Carlos Saura para alguna de sus películas.

Carlos Franco

También recordaba algunas, muy pocas, de las sencillas letrillas que Carlos Franco, el tío de la madre de Agustín, cantaba por tabernas y callejas y casas de vecinos. Vamos a transcribir dos variantes de una que dedicó a su sobrino-nieto:

Pobrecito el Agustín,

no sé lo que l’ha pasáo,

que tiene más menos carne

que la cola un bacalao.

Al pobrecito del Agustín

le tenemos que decir,

que tiene más menos carne

que el canasto un albañil.

Y también una que Agustín lo mismo cantaba por tarantos que por fandangos que por lo que fuera:

Yo entré en un jardín de flores

a comprar un real de puntillas,

y me contestó el sacristán

que estaba haciendo un gazpacho,

¡Ay, pájaro frito, limones agrios!

NOVENA HOJUELA

En sus últimos años, algunas noches, no todas, a Agustín se le venían apareciendo «muñecos» a los pies de la cama. Esas visiones le alarmaban en el momento de tenerlas, dado que desconocía por completo el origen y la naturaleza de los muñecos, pero cuando me las contaba resultaban como si hubiesen sido producto de un sueño. Incluso se reía. No sé si se trataba de delirium tremens propiamente dicho, pero de que eran alucinaciones no hay ninguna duda. Tenemos aquí, fuera o no delirium tremens, otra singularidad de Agustín: él no veía bichos repugnantes, sino muñecos que, al recordarlos al día siguiente, le hacían reír. Una risa asombrada, eso sí.

Un mediodía de primeros de noviembre de 1994 le llevamos, Dionisio y yo, al hospital de Valme. La noche anterior, y después de más de quince días sin aparecer por allí, llegué a La Bodeguita del Duque, decidido a convencerlo de lo que yo mismo no estaba convencido: que tenía que ir al hospital, porque si no… Quince días o más, he dicho, estuve sin bajar al Duque: para qué verlo cada vez peor, cada vez más cerca del final; más que avecinándose, entrando en lo irremediable. Aceptó. Y a la mañana siguiente, puntual, esquelético, con el temor en los ojos (¿y ya la renuncia pensada?), se introdujo en el coche de Dionisio. Por el camino me entregó las llaves de la casa en que durante tantos años malvivió, y el dinero que tenía guardado: una cantidad modestísima pero que por eso mismo cualquier otra persona hubiera ido gastando en la diaria alimentación y otras cosas imprescindibles. Quedó ingresado. Tanto Dionisio como yo sabíamos en qué acabaría todo aquello, y así lo comentamos durante el regreso a Alcalá.

El doctor Marín León, en su informe de asistencia del 26 de noviembre de 1994 (fecha del alta voluntaria de Agustín), escribió, entre otras cosas, lo siguiente:

«…Se trata de un paciente que presenta malnutrición, con mala absorción, trastorno del humor y lesiones pelagroides dérmicas, sugestivo todo ello de una pelagra».

«Se ha instaurado tratamiento con dieta, negándose el paciente a comer a pesar de habernos adaptado a la voluntad de la dieta del paciente. Se intenta poner nutrición parenteral con aportes elevados de Miacina, para dejar en reposo el intestino e intentar dejar recuperar la mucosa, pero el paciente también se niega».

«Por otra parte presenta una neumonía cavitada en LII, que dados los antecedentes del paciente se planteaba la posibilidad de una tuberculosis. Se ha instaurado tratamiento con  Clindamicina y Ceftriozona, que el paciente ha realizado durante 8 días, y no hemos podido evaluar la respuesta radiológica, aunque clínicamente la auscultación sugería la situación similar (…) El paciente, que desde el principio ha presentado en múltiples ocasiones una conducta con poca colaboración [Agustín se había negado a que le hicieran casi todas las pruebas], lleva insistiendo varios días en irse voluntariamente, habiéndole podido convencer en varias ocasiones, pero en la situación actual el paciente se niega totalmente a cualquier tipo de cooperación y pide el alta voluntaria; a pesar de mi persistencia el paciente no acepta permanecer en el Hospital ni recibir ningún tipo de tratamiento». Y el voluntarioso doctor finalizaba con el preceptivo diagnóstico:

1.- Pelagra.

2.- Mala absorción.

3.- Neumonía cavitada en LII.

4.- Etilismo crónico.

5.- ¿TBC pulmonar?

Fernanda de Utrera

DÉCIMA HOJUELA

Agustín, que era un remanso de paz, un refugio de placidez, un ser de un extremado buen comportamiento, también tuvo una etapa en que sacaba los pies del plato en cuanto alguien que él presumía molestoso se acercaba. Conste una parte de la verdad: distinguía a un molestoso a mil kilómetros, pero exageraba mucho. También es cierto que esa facultad la posee más gente, pero a la mayoría no nos da por coger una silla con el propósito de golpear con ella al molestoso. En realidad, lo de coger la silla e intentar alzarla (las fuerzas no le acompañaban, aunque sí los nervios) sólo lo hacía cuando estaba con sus más seguros amigos, que, siempre alertas, sólo con mirarlo o ponernos delante le hacíamos desistir de actitud tan riesgosa (sobre todo para él). A Agustín, en aquel tiempo, le resultaba molestoso cualquiera que no se comportara con la exquisitez de la que él era ejemplo; también todo aquel que de alguna forma interfiriera en el «microambiente» en que él se hallaba con sus amigos (todo esto se producía casi exclusivamente en un bar que frecuentábamos mucho por aquel tiempo, «Los Cuatro Vientos», cuyos clientes le resultaban desconocidos en su mayoría). Molestosos hay más que moscas, pero si uno se dedicara a matar moscas no le quedaría tiempo para nada más.

Manuel Ríos Vargas había concertado una cita con Fernanda de Utrera, en casa de nuestra diosa, y Agustín vino con nosotros. Se trataba de hacerle una entrevista que se publicaría en Alcalá/Semanal. Nunca vi bajar y subir más la nuez de Agustín que aquel día cuando nos dirigíamos a Utrera. El hijo de Manuela Carmona y sobrino-nieto de Carlos Franco, el hijo del betunero, el máximo trabajador en la carbonería de Saturnino y en el reparto de bombonas de butano, el soldado al que no dejaron ser sordo, el humilde en todos los sentidos, incluido el de su sapiencia, el Agustinito, como todavía lo llamaban algunos viejos, el delicado, el escrupuloso, el raro, el amigable, el franco, el reservado, iba en coche a Utrera, ¡a casa de la Fernanda! Cuando, antes de embarcar, y en continuación de una broma que sosteníamos desde hacía tiempo, le dije que yo iba a hablar con Fernanda para arreglar definitivamente su matrimonio con él, Agustín me miró, reprobador y asustado, como si por un momento me hubiera creído capaz de hacer tal cosa. Llegados, recibidos estupendamente, comenzó la charla. Unas botellas. Unas tapas. Y durante las dos horas largas (en realidad cortas) que estuvimos en aquella casa, Agustín se mantuvo sin mover más que la mano para tomar el vaso, ¡sólo dos o tres veces y porque se le insistía! Derecho en la silla, sin tocar su espalda el respaldo, bebiéndose las palabras y los gestos de Fernanda. Una malajá de una de las habitantes de la casa impidió que nuestra gitana más amada hiciera unos cantes que estaba a punto de regalarnos. Nos fuimos con esa pena, pero Agustín disfrutó aquel encuentro durante mucho tiempo.

Fernanda de Utrera y Diego del Gastor

¿Saben lo que son fandangos en americano? Yo sí, porque se los escuché a Agustín. De las letras no puedo decirles mucho, salvo que eran tan ininteligibles como carentes de significado. Eran completamente improvisados y perfectamente cantados: la música era la que tenía que ser, y no digamos el compás. El americano era el inglés, claro. El inglés más estrambótico, estrafalario y surrealista del mundo. Algunos chavales, entre los que se encontraba Juan Manuel López Flores, que después fue, y sigue siendo, fecundo guitarrista, disfrutaban de las cosas de Agustín en el paseo del Derribo. Esos adolescentes, y hasta los niños, se quedaban quietos a su lado, mirándole, como contagiados de su aparente calma, hasta que Agustín salía con alguna de las suyas y ya estaba formado el alboroto. Era cuando cantaba cosas como esta, recibidas probablemente de su tío Carlos Franco: «Ay, mira lo que tengo guardáo/un pico y una pala/que me l’habían regaláo».

Cuando llegué, después de que los municipales hubieran ido en mi busca, la cara del chófer de la ambulancia era lo más parecido a un aguafuerte de Goya. Agustín, en pijama hospitalario, los pies en fundas de plástico, no parecía tener frío. «Allí no se puede estar», me dijo. Él, cuando la frase reflejaba algo serio, importante, irrefutable, siempre pronunciaba todas las letras, marcando cada sílaba: «no se pue estar», hubiera dicho si no. Entramos, se acostó, y me dijo que le comprara una butaca, de esas plegables, para ponerla en el patio: quería tomar el sol. El sol ya no le dio más, porque a los cinco días se apagó definitivamente. Durante esos días estuvimos atendiéndole, hasta donde podíamos, Javier Rodríguez Terrón y yo, más él que yo. Se le alimentaba con chocolate y agua. El quinto día, cuando llegué con otros, ya agonizaba, silencioso, quieto, sin sentir, a punto de la expiración.

En la lápida de su nicho (del que el año pasado fue desalojado) se grabó esta letra flamenca:

Por donde quiera que vayas

me tengo que ir contigo,

porque yendo en tu compaña

llevo la gloria conmigo.

Agustín fue una alegría, una excepción, un ser inclasificable, una sorpresa, una realidad inmudable, un desperfecto sublime, un regalo imprevisible, un punto fijo, un hálito envolvente, un misterio cercano. En suma, alguien indescriptible.

Y, pues que es así, ya me marcho, voluntariamente, sin esperar el dictamen de los dioses, tampoco el de los mortales, al monte del Fyasco. Allí, entre tantos gilipollas, mitológicos y no, me será incluso más agradable recordar a Agustín.


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FLAMENCO EN «CARMINA»
BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González
«CHIMES OF FREEDOM» POR YOUSSOU N’DOUR. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (1)
«EL MES DE LOS CARACOLES» POR ANTONIO MAIRENA. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (2)

LUIS CERNUDA VA A CUMPLIR AÑOS. Rafael Rodríguez González

Málaga, 1933

¿Quién fue más sevillano?,

¿quién más triste de serlo?

Max Aub

En este de 2012 serán 110 años los que Luis Cernuda Bidón lleva con nosotros. Son dos los propósitos que me animan en tan temprana fecha (nació el 21 de Septiembre) a señalar el hecho. Uno es que sea «CARMINA», si ella quiere, el primer ente mundial en anunciar el festejo. El otro, pedir a otros, a esos otros que pueden hacerlo bien, adecuadamente, con sapiencia, que en el transcurso del año recuerden, aquí o donde les plazca, a ese sevillano errante. Que aporten sus presentes en tan señalada fecha.

Fue en 1963 cuando el cuerpo de Cernuda comenzó a hacerse polvo. Pero como sucede con el polvo de estrellas (¿o es la lluvia?), el de los grandes poetas no deja de caer sobre nosotros, eterna y levemente. Que lo queramos ver es otra cosa.

Dos de sus poemas arman este pobre homenaje en el CX aniversario del que tenía, quiero decir tiene, perfil de ocnos y aire de quimera. (Homenaje pobre, pero, recuerdo, puede que el primero en todo el orbe; pobre pero difícil, porque elegir dos poemas… al fin se echa mano del azar. Y se siente un repeluco).

COMO LEVE SONIDO

(Los placeres prohibidos)

Como leve sonido,

Hoja que roza un vidrio,

Agua que acaricia unas guijas,

Lluvia que besa una frente juvenil;

Como rápida caricia,

Pie desnudo sobre el camino,

Dedos que ensayan el primer amor,

Sábanas tibias sobre el cuerpo solitario;

Como fugaz deseo,

Seda brillante en la luz,

Esbelto adolescente entrevisto,

Lágrimas por ser más que un hombre;

Como esta vida que no es mía

Y sin embargo es la mía;

Como este afán sin nombre

Que no me pertenece y sin embargo soy yo;

Como todo aquello que de cerca o de lejos

Me roza, me besa, me hiere,

Tu presencia está conmigo fuera y dentro,

Es mi vida misma y no es mi vida,

Así como una hoja y otra hoja

Son la apariencia del viento que las lleva.

Con Gerardo Carmona
Málaga
1933

«Cuando alguna vez que otra le dije, siendo yo un adolescente presuntuoso, que no estaba de acuerdo con que comenzara todos y cada uno de sus versos con mayúscula, porque confundía a casi todos los lectores, o al menos les dificultaba la lectura, especialmente a los menos ejercitados, él me decía, sonriendo con rara benevolencia y golpeándome el hombro: «Ay, Jaime, mira que eres delicado, pero cateto lo eres más, ¡qué cateto eres!», y entonces rompía a reír en breve carcajada. Era caprichoso, pero de forma natural, ¡si él era un capricho de la Naturaleza!».

Jaime Tarafa Lor

Memorias de un cateto

páginas 32-36

Editorial Oriente

Buenos Aires

1965

LO NUESTRO

(Variaciones sobre tema mexicano)

«Apenas pasada la frontera, en el primer pueblo desastrado y polvoriento, donde viste aquellos niños pidiendo limosna, aquellas mozas con trajes y velos negros, comenzaron a despertar en ti, penosos, los recuerdos. Recuerdos de tu tierra, también pobre y también grave. Y te sentiste tentado de volver a cruzar, sin más, el otro lado de la frontera.

El primer contacto con aquel ambiente, que es tu ambiente, fue difícil después de tantos años. Sólo veías ya su desolación y su miseria, contra las cuales querías protegerte negando cuantas posibilidades, a pesar de todo, pudieran surgir tras ellas. Mas sobrepasado el primer movimiento de rencor atávico, comenzaste a entrever, a recobrar algo bien distinto.

Aquella tierra estaba viva. Y entonces comprendiste todo el valor de esa palabra y su entero significado, porque casi te habías olvidado de que estabas vivo. Acaso el precio de estar vivo sea esa pobreza y duelo que veías en torno; acaso la vida exija, para estar viva, ese abono ruin de miseria y tristeza, entre las cuales ella, como una flor, crece acrisolada. ¿Sofismas? Nada quedaba allá de la trivialidad y el vacío de la vida en las tierras de donde venías.

¿Riqueza a costa del espíritu? ¿Espíritu a costa de la miseria? Ambos, espíritu y riqueza, parece imposible reunirlos. Mas no eres tú, ni acaso nadie, quien ahí pueda decidir. Piensa sólo, si lo que te importa es el espíritu, adónde debes inclinar tu simpatía. Aunque sin tu decisión racional, ya aquélla, sin vacilar un momento, se te va instintivamente a un lado. Oh gente mía, mía con toda su pobreza y su desolación, tan viva, tan entrañablemente viva.»

Con Gerardo y Darío Carmona
Málaga
1933
***
CERNUDA EN «CARMINA»:
LUIS CERNUDA. Trenzando juncos para los asnos. Por Enrique Martín Ferrera (Junio, 2009)
CARTA DE LUIS CERNUDA A VICENTE NÚÑEZ ACERCA DE SU ARTÍCULO «SOBRE TRES TEMAS CERNUDIANOS». Homenaje de «CARMINA» en el 110º aniversario del nacimiento de Luis Cernuda 1902-2012
CARTA DE LUIS CERNUDA A VICENTE NÚÑEZ DONDE SE REFIERE A SU POEMA «ELEGÍA A UN AMIGO MUERTO»
TE QUEREMOS, LUIS. Alberto González Cáceres (1953-2009)
LUIS CERNUDA EN UNA FOTO DE JUAN GUERRERO. Leyenda por Enrique Martín Ferrera
EN «CARMINA» EL 28 DE FEBRERO DE 2012 CON «LOS DÍAS TERRESTRES» DE VICENTE NÚÑEZ Y UNA CARTA DE LUIS CERNUDA (110º ANIVERSARIO 1902-2012)

COLOQUIOS (33). Gabi Mendoza Ugalde

– Encaladas fachadas sin zócalo con el blanco hasta el adoquinado.

¡Carmona!

– ¡No: «CARMINA»!

¡Oh mundo!

– ¡Oh cara Carmen Mioara!

JORGE BONSOR Y GANDUL. Enrique González Arias

Jorge Bonsor

 

INTRODUCCIÓN

El día 12 de Junio de 1902 Juan Fernández López, socio de Jorge Bonsor, escribe en la página 109 de un libro de notas:”…Y que la estación prehistórica de la Dehesa de Gandul no solo es la mas importante de España y Europa, sino que por la abundancia de monumentos, de épocas posteriores hasta la España romana inclusive, es un libro abierto para estudiar la historia desde los primitivos pobladores hasta la caída del imperio romano” (se ha respetado la ortografía original).

            Gandul, la estrella de los yacimientos alcoreños, será el territorio de exploración al que Bonsor dedicará más tiempo, dinero y le proporcionará más beneficios, en el más amplio sentido de la palabra y en todos los órdenes. Es el yacimiento con el que cualquier arqueólogo sueña. Un territorio escasamente explotado en materia arqueológica. Casi ninguna impedimenta para excavar, si exceptuamos, las que presenta en algún momento el Marqués de Gandul, cuando exige, la mitad de todo lo que se recuperara, en una campaña programada junto con Engel en la Mesa y que tenía un presupuesto asignado de 1.000 pesetas de la época, lo que les hace desistir. Mano de obra barata. Una zona, en donde la presencia humana ininterrumpida sobre la misma, alcanza los casi cinco mil años y una estación de ferrocarril a menos de un kilómetro de los yacimientos más emblemáticos y a media hora en “faetón” o “manola” del Castillo de Luna.

 

Campamento ubicado en las proximidades de una excavación. Obsérvese, el cercado de alambre
F.0192 Legado Bonsor Archivo General de Andalucía

             Bonsor, al que no le duelen prendas denominar a los Alcores como “sus dominios arqueológicos”, verá siempre en Gandul la joya de todos ellos por las facilidades que encuentra, para llevar a cabo sus acciones extractoras. Algún propietario, le llegará a conceder venia hasta para talar olivos, si ello fuera necesario en aras de “la ciencia”.

            La actividad arqueológica, se acompaña generalmente con un componente aventurero y Gandul, también puede proporcionarlo. Pero menos. Se cocina y se come en el campo, pero nunca faltó el “té Lipton”. El polvo en los días de solano, se hace insoportable, pero en tren y en una hora, se puede estar en la Necrópolis de Carmona, en donde espera un reparador baño caliente. Existe un cierto grado de aislamiento en el campamento, pero no el suficiente como para impedir que se reciba la correspondencia de Sevilla, -que fue escrita el día anterior- a las 11 de la mañana. Se está, en definitiva, “lejos de la civilización”, pero se puede leer el “Noticiero Sevillano” publicado ese mismo día.

            Bonsor llevará a cabo en los pagos de Gandul, cuatro campañas y en casi todas ellas-excepto en la tercera-, sus descubrimientos, han quedado entre los más señeros de la arqueología española de todos los tiempos así como, también algunas de las piezas rescatadas. Muchas de ellas por desgracia, descansan y se exponen en vitrinas foráneas de mas “pa rriba” de Carmona, e incluso, del otro lado del “charco”.

 

CAMPAÑA DE 1895: LOS MARFILES DEL BENCARRÓN

El 31 de Marzo de 1895, Jorge Bonsor emprende su primera campaña en Gandul, concretamente en la zona del Bencarrón, en terrenos cedidos por D. Elías Méndez, un propietario agrícola y miembro destacado de la Sociedad Arqueológica de Carmona, que da licencia a nuestro personaje para, no solamente excavar, también, para talar árboles, si éstos pudieran representar una barrera para “la actividad científica” y que Bonsor, toma al pie de la letra, llegando a cortar, algunos olivos y pinos, que cubrían dos de los mas señalados túmulos.

            Esta primera expedición “gandulera”, se lleva a cabo en tres etapas. La primera, abarca desde el ya mencionado día 31 de Marzo de 1895 al 21 de Abril del mismo año, con un total de veintiún días de trabajo efectivo, no trabajándose el día 5 de Abril por causas del mal tiempo. En esta etapa, colaboran con Bonsor, Juan Sola un obrero de su confianza que trabaja todos los días y “otro hombre”, que lo hace durante once. Los salarios pagados ascienden a 50.50 pesetas. Los emolumentos diarios pagados a cada uno de los colaboradores, fueron de 1.75 pesetas para “el Sola” y 1.25 pesetas para el ayudante por día efectivo de labor.

            Los días 22, 23, 24 de Abril de 1895, coinciden con el Miércoles, Jueves y Viernes Santo. No se trabaja, pero los obreros, perciben sus salarios. Se reinician las labores de excavación, el día 25 de Abril-sábado-, interrumpiéndose el día 30 jueves. Un total de 6 días de trabajo, por los que se pagan 18 pesetas en concepto de salarios a los dos obreros antes mencionados. Bonsor, interrumpe los trabajos en Gandul, para fijar su atención durante unos días en Entremalo y Motilla de Ruiz Sánchez, reiniciándolos el día 20 de Mayo de 1895 y prolongándolos hasta el 30 del mismo mes, por un total de 11 días, por los cuales, sus obreros, percibirán la cantidad de 29.25 pesetas en concepto de salarios.

           En los documentos del Legado Bonsor, depositados en el Archivo General de Andalucía, no aparece ningún diario excavaciones de esta acción arqueológica (desconocemos si en poder de la familia se encuentra el documento correspondiente). Los resultados de esta campaña se conocen, por la obra “Colonies agricoles pre-romaines de la Valleé du Betis”, escrita en el año 1899. Nos indica nuestro personaje, que en el Bencarrón, se localiza un grupo de “una veintena de pequeñas elevaciones cuyas alturas oscilan entre un mínimo de un metro y un máximo de cuatro”. En realidad, se trataba de elementos tumulares de incineración simples. La cremación, se llevaba a cabo en una “fosa de incineración” y una vez consumidos los restos humanos y el combustible empleado, el conjunto se cubría con tierra.

            Sigue relatando Bonsor, que en la zona mas elevada del lugar, se ubicaban los túmulos más importantes del grupo. En número de tres, fueron explorados un par de ellos, “que casualmente, recubrían los dos tipos de sepulturas que conocemos: las de inhumación y las de incineración”. Describe a continuación, la morfología del túmulo de inhumación, complementándola, con un dibujo del “perfil” de la construcción y otro en “planta” en donde de una forma somera, se disponían la colocación de los restos óseos, entre los que identifica diez esqueletos en un deficiente estado de conservación, logrando, “salvar” algunos cráneos completos. Se trata en realidad, de una instalación de inhumación colectiva, en las que los cadáveres, se depositaron en una posición fetal unos al lado del otro. Al estar el contorno de deposición delimitado por unas losas verticales terminadas en punta, Bonsor “deduce”, que las mismas, señalaban el lugar de enterramiento. Constata, que algunos de los esqueletos, descansaban sus cabezas sobre unas piedras a modo de “almohada” y boca arriba, con lo que a medida que, retiraban las sucesivas capas de materiales, aparecían en primer lugar, la tibia y el peroné, después el fémur, los huesos de las costillas, el cráneo y una serie de vértebras. Las manos y brazos descansaban sobre el pecho. El ajuar funerario, se limitaba en la mayoría de los casos, a un plato plano ó pátera en pasta marrón o negruzca, modeladas de forma muy basta y cocida groseramente, que se ubicaban, cerca del cráneo. Los objetos antes citados, presentaban un número indeterminado de perforaciones, obturadas con unos pequeños tapones de arcilla. Se descubrió también, un pequeño recipiente con asas, que presentaba una base deprimida en forma circular.

            Sigue relatando Bonsor, que junto a un esqueleto de menor tamaño, que atribuye a una niña y que presenta sus extremidades superiores estiradas a lo largo del cuerpo, en su brazo izquierdo, se detectó la presencia de un brazalete de cobre abierto y con uno de sus extremos de mayor volumen que el otro. Así mismo, se recuperaron una serie de objetos de pequeño tamaño y que presentaban perforaciones de parte a parte. Se trataba, de las cuentas de un collar compuesto por tres conchas perforadas, una piedra aplastada de color negro, otra esférica, un fragmento de colmillo de jabalí, una espiral de cobre y, finalmente “una perla cilíndrica”. Se llevó a cabo, una operación consistente en cernir la tierra, encontrándose, amuletos de hueso y a mayor profundidad, un número indeterminado de hojas de sílex.

            El segundo de los túmulos y de acuerdo con la descripción que de él hace Bonsor tal y como nos indica un dibujo llevado a cabo por él, nos muestra la morfología de un típico túmulo de incineración, que presenta en el centro de la construcción y excavada en el “geológico”, una fosa rectangular de 0.30 metros de profundidad y en cuyo interior, presenta una losa sellada con arcilla, que a la vez, guardaba una segunda fosa también rectangular, con una longitud de 1 metro, 0.50 de ancho y 0.65 de profundidad, cuyas paredes testimonian un revoque de mortero y cal, como elemento alisador y que se conservaba en su mayoría, en el momento de su descubrimiento.

            En la fosa, aparecieron además de restos de incineración, un anillo de cobre y seis placas de marfil grabadas, sobre las que nos extenderemos en su descripción, ya que estos elementos, son unos ejemplares únicos, que colocan a Gandul, entre los yacimientos de referencia del sur de Europa. Bonsor, llevará a cabo unos dibujos de las piezas, que serán publicadas en la obra referenciada con una descripción somera de las mismas.

            La primera placa descrita, es la conocida como “El Guerrero del Bencarrón” (1). Se representa en ella, a un guerrero barbado, provisto de lanza y escudo, que cubre su cabeza con un casco apenachado y su cuerpo con una túnica con escote a “la caja”, el cual arrodillado, espera el ataque de un león, que con su pata derecha, toca la celada del personaje. El animal presenta la cabeza vuelta hacia atrás. Un “grifo”, a espaldas del guerrero, le protege, apoyando su pata delantera izquierda sobre su hombro. Junto al pie izquierdo del guerrero, aparece una flor de loto, en una clara referencia egiptizante. Las dimensiones de la tableta son de 0.127 de largo por 0.49 de ancho.

            Una segunda tablilla, la cual se halló en un estado de conversación deplorable, “no mereció la pena siquiera dibujarla”. Según es descrita, al parecer, se trata de una variación del tema anterior. En este caso, a la espalda del guerrero, se encuentra una gacela, a la cual parece proteger del ataque del león, que es repelido por el barbado personaje, que porta escudo lanza y casco. La tableta presentaba unas medidas de 0.13 de largo por 0.05 de ancho.

            De la tercera lámina, no ha llegado hasta nosotros la parte central de la misma. En la parte derecha, aparece un “Jinete”, que monta un caballo “a pelo” y al parecer sin riendas, blandiendo un látigo en su mano izquierda. El personaje presenta también rasgos egiptizantes tanto en el dibujo de su ojo izquierdo al igual que en su peinado. Las ropas que cubre su cuerpo, son semejantes en su representación a las del “Guerrero”. Al no poder contar con el registro central, no podemos “definir” completamente la escena, si bien, en la parte izquierda, podemos intuir que un “grifo”, actúa a modo de protector de una gacela que observa la escena.

            El cuarto ejemplar tampoco fue dibujado. De acuerdo con la descripción que se hace de ella, en el tema de la misma, se relacionan un toro entre un león y un “grifo”. Esta tablilla se recuperó muy fragmentada.

            La quinta tablilla, presenta la particularidad de estar grabada a “dos caras”. En la cara “A”, aparece un toro entre dos leones, que se defiende con fortuna del ataque de los felinos. La cara “B”, un león y un “grifo” parecen disputarse una gacela que ocupa el registro central, en donde el animal mitológico, parece proteger al herbívoro. Las medidas de este elemento son 0.13 de largo por 0.055 de ancho.

            La sexta, también grabada a dos caras, presenta el mismo tema en ambas caras. Una gacela, ocupa el lugar central del discurso flanqueada por un “grifo” a la izquierda y un león a la derecha del espectador. (2)

 

Panel con dibujos de diferentes piezas de marfil. En el centro una representación del “Guerreo del Bencarrón” y a su izquierda “el Jinete”. Castillo de Luna. Colección Bonsor
(F.1287 Legado Bonsor Archivo General de Andalucía)
 

            La mayoría de estas piezas, fueron vendidas por Bonsor a la Hispanic Society of America en 1906 por las siguientes cantidades:

DESCRIPCIÓN IMP.en PTAS.

Tableta del Guerrero del Bencarrón 1.200

Segunda tableta con tema análogo al del “Guerrero” en mal estado 0

Tableta del Jinete del Bencarrón 250

Tableta del toro y el león. Cuarta tableta 100

Quinta tableta. Tableta doble. Toro, Grifo, León, Gacela 300

Sexta tableta. Tableta doble. Mismo discurso que la anterior 250

TOTAL PESETAS 2.100

            En las proximidades de los dos túmulos superiores, Bonsor, describe la exploración se seis montículos funerarios de menor tamaño y que cubrían sepulturas de incineración. Entre ellas, se pudieron rescatar fragmentos de cerámica indígena, plomo fundido, clavos de hierro, hebillas de cinturón de cobre, fragmentos de placas de marfil , conchas de moluscos algunas de ellas decoradas con motivos concurrentes en la zona (“grifos”, gacelas y plantas lotiformes), una pequeña hacha de piedra pulimentada y dos cochillos de sílex.

            Bonsor, hace una descripción acompañada de un dibujo en planta, del mejor conservado de estos montículos, en el que se ubica, la posición de los distintos restos y objetos encontrados. Tenía una altura de 1.00 metro y fosa de incineración, de forma rectangular de 2.00 de largo, 1.010 de anchura y una profundidad de 0.30 centímetros. Se encontró en su interior un fragmento de cráneo, dos fragmentos de un hueso largo del brazo, una placa de cinturón, fragmentos de una placa de marfil, un “puchero” de boca exageradamente ancha, restos de una placa de marfil, fragmentos de un objeto indeterminado de cobre y unos huesos de pájaros.

 

Bencarrón: Marfiles y huesos fragmentados. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F. 1326 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

 

           Esta campaña, además de los objetos rescatados, mostró y confirmó en Bonsor que Gandul, era el yacimiento con más potencial de los Alcores y al que más tiempo debía dedicar en sus acciones extractoras de antigüedades, llegando en algunos momentos, a convertirlo en una verdadera “barra libre”, en donde obtener objetos arqueológicos. Como indicábamos al principio, Bonsor y sus excavadores abandona Gandul el día 30 de Abril de 1895 a donde no volverán hasta Abril de 1902.

 

CAMPAÑA DE 1902: LA CUEVA DE LOS VAQUEROS Y EL PEDREJÓN

“Abandonamos Carmona el 03 de Abril de 1902. Me acompañan Rafael Pérez, José Sola y Miguel Santos, que trae consigo su asno. Hemos partido para Mairena a las 12.20 horas desde la Necrópolis, con una mula y un burro, para cargar nuestro equipaje. Tardamos 4 horas. He avisado a D. Elías Méndez propietario de los terrenos en donde se encuentran los túmulos que nos proponemos explorar, el cual nos indica el camino. Nos señala el camino viejo de la parte baja del olivar. Llegamos a lo túmulos del Bencarrón a las 17.00 horas. Pago al carretero 15.00 pesetas. Después hemos montado las tiendas y nos preparamos para pasar la noche. Cenamos lo siguiente: Guiso de “papas”, Ternera (vaca) mechada. Ensalada y Café.

            A las 21.30 nos hemos acostado. No hemos dormido del todo mal en nuestros catres de campo. Me despierto con insomnio a las 4.00 de la mañana.

            Rafael Pérez ha llegado temprano. Las tiendas están cubiertas de rocío. Me he levantado a las 6.30 horas y he mandado hacer café. Ya ciento (el olor) del pan caliente”. (3) (ortografía original)

            Con esta meticulosidad, que será una constante a lo largo de todas las páginas del diario de excavaciones titulado Exploración Arqueológica de los Alcores: Campaña del Bencarrón 1902”, que forma parte del Legado Bonsor, depositado en el Archivo General del Andalucía (4), nos irá relatando a lo largo de sus páginas, los pormenores de la campaña de extracción de objeto mas larga y ambiciosa, llevada a cabo por nuestro personaje hasta aquel momento.

            Con una duración de setenta y un día de actividad y un coste total de 804.76 pesetas, de las que 310 pesetas corresponden a salarios y 494.76 pesetas a gastos varios, será la campaña mas extensa y gravosa acometida por el propietario del Castillo de Luna hasta aquel momento. Seis obreros, que se instalarán sobre el terreno, participarán en distintas etapas en esta empresa, para la que Bonsor, cuenta con todos los permisos y parabienes para actuar en los terrenos con una verdadera “patente de corso”, teniendo vetado, solamente y por el momento, los terrenos del Marqués.

            Para algunos autores y biógrafos de nuestro personaje, esta fue una de las “acciones arqueológicas” mas brillantes de las por él llevadas a cabo -ver J. Maier- algo, que en realidad, no se desprende de la lectura del Diario de Excavaciones antes citado, por lo menos hasta el día 19 de Abril de 1902. En este período, además de las referencias a los descubrimientos, que se muestras escasos y sin gran importancia salvo excepciones, tales como, el hallazgo del denominado “Carro votivo del Bencarrón”, encontrado en una urna cineraria de una tumba que fue excavada en la campaña anterior (año 1895) y re-excavada por Rafael Pérez Barrera el día 11 de Abril de 1902, objeto que fue vendido a la Hispanic Society of America en Octubre de 1908, junto con una rueda de carro y la cabeza de un caballo en tierra cocida, que formarían parte de un elemento, también votivo, encontrado en el Túmulo de las Canteras, por la cantidad de 500 pesetas por la totalidad del lote.

 

Dibujo de Jorge Bonsor del “Carro del Bencarrón”, así como de la Rueda y Cabeza de Equino, del Túmulo de las Canteras. Material tierra cocida
F.7776 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             Abundan anotaciones sobre la ubicación de las tiendas, los menús que se consumen, las compras de víveres que se hacen, el estado de ánimo de los trabajadores, los cambios de organización y horarios de trabajo en donde-por ejemplo- se suprime la “siesta” y hasta el diseño ideal de un “campamento arqueológico”, sin contar las reseñas de inundaciones en las tiendas, o, la aparición en su interior de escorpiones, víbora, culebra y demás fauna. Además, aparece reflejada en este período, una correspondencia con el cónsul del Reino Unido de la Gran Bretaña en Sevilla mister D.J.W.Johnston, el cual, como buen “diplomático” inglés, se interesa, “por la adquisición” de unas antigüedades romanas aparecidas en un lugar cercano a la Puebla de Cazalla requiriendo de Bonsor, su “opinión de experto” y la recensión de un folleto de cincuenta y cinco páginas que le hace llegar D. Elías Méndez, propietario de los terrenos en donde opera, titulado, “Descripción de España por Abu-Abd-Alla-Mohamed-al-Edrissi (Obra del siglo XII). Versión Española. Madrid, Imprenta y Litografía del Depósito de la Guerra 1901 (Editee por Antonio Blázquez)” (5).

            Los primeros días son en realidad desalentadores. Esta dura afirmación se sostiene, no solamente con la lectura del Diario de Excavaciones. Además de esta apreciación, que puede ser tildada de subjetiva, existen pruebas documentales-por cierto nada sospechosas- que así lo atestiguan. Un documento, del cual por el momento me reservo su referencia, en su página 109, encabezada por la fecha 12 de Junio de 1902, el mismo día en que termina la campaña de extracción, se lee: “… Mes y medio empleó en abrir tres túmulos por el sistema de zanjas cruzándolos de Este a Oeste hasta llegar al asiento donde no encontró sino carbón que empleó en hacer la cocina y sin esqueletos, ni huesos, ni objeto alguno notable según me ha manifestado (Bonsor) y que he podido comprobar en mi visita a dicho punto”. Quien esto escribe es su socio y amigo Juan Fernández López. El día 19 de Abril de 1902- sábado- y tras una “tormentosa noche”, no precisamente en su versión meteorológica, (6) se recibirán las primeras noticias de “la Cueva de los Vaqueros”. Hasta el momento, se conocen tres versiones de este hecho. La primera del propio Bonsor, el cual relata en su diario: “El guarda de la Dehesa ha venido a ver nuestro trabajo. Yo no lo he visto. Él le ha dicho a Rafael, que había descubierto por accidente en la Dehesa una especie de pozo debajo de una gran piedra indicándole dónde se encontraba. Fui a verlo mas tarde.”(7). Jorge Maier- biógrafo de Bonsor- se refiere al hecho en los siguientes términos: “Según nos dice Bonsor, los guardas de la Dehesa le informaron de la existencia de un pozo bajo una piedra grande que habían descubierto por casualidad y que como le había señalado dónde se encontraba, fue a inspeccionarlo el 19 de abril.”(8) La tercera versión se debe al ya mencionado Juan Fernández López, que en un documento ya citado con anterioridad escribe:… “En esta situación, uno de los vaqueros comunicó a José Sola que había uno, al parecer, pozo cerca de la vereda, a seiscientos metros del Campamento y en dirección Oeste ó de Sevilla= Lo que no tenía importancia, al perecer, escitó la curiosidad del Sola, yéndose a trabajar y sacar tierra de aquel al parecer silo, no tanto por curiosidad, como por encontrar algo que sirviera de pretexto para seguir trabajando, pues estaba acordado el regreso a Carmona visto lo infructuoso de las exploraciones= Empezó a sacar tierra, encontrando que la excavación semicircular tenía construida la pared por lajas de pizarra oscura, unidas entre si con barro arcilloso abriéndose una puerta ó salida á la derecha=Comunicando esto al señor Bonsor se procedió a limpiarlo…”(9) (se ha respetado la ortografía original). Elija el lector.

            El descubrimiento de la Cueva de los Vaqueros, fue el salvavidas de esta campaña. Bonsor, empezó a trabajar en ella, el martes día 6 de Mayo de 1902. Este ítem, se localiza, en un rebaje llevado a cabo sobre el geológico de roca natural. Presenta en primer lugar, un corredor o galería de 10.65 metros de largo y una anchura media de 0.85 metros y paredes formadas por piezas de pizarra colocadas horizontalmente, que a modo de charnelas, fijan la tierra y piedras que conforman el conjunto y sobre las que descansan 7 piezas o losas de cobertura. Completa el conjunto dos cámaras circulares. La principal de mampostería y falsa bóveda de 2.60 metros de diámetro y 2.05 metros de altura. A la izquierda de esta pieza y comunicada con ella, una segunda semejante a la anterior y con un diámetro de 1.40 de diámetro.

         Inicia su excavación desde la cámara lateral o anexo, para pasar a la principal y desde ahí, remontar el corredor de dentro hacia fuera, hasta alcanzar según nos cuenta, la cuarta losa horizontal de la cubierta, que se encontraba descabalgada de uno de los apoyos en el muro, lo que obligó, a iniciar de nuevo la exploración, esta vez, desde la entrada hacia el interior. Bonsor, describió los daños ocasionados, señalando como el mas grave, la casi desaparición del suelo, al tiempo, que empezó a recuperar restos y elementos materiales. En el anexo o cámara lateral, que presentaba en su losa de cobertura un agujero natural, pudo constatar, que el suelo se hallaba formado de pizarra, encontrando una falange en aquel lugar. En la cámara central, además de apreciarse una oquedad en la pared a casi ras de suelo orientado al noroeste, y, una incipiente “bancada” al norte de la estancia, se hallaron restos de cerámica de borde engrosado (probablemente de unos platos), de una olla, algunos fragmentos campaniforme, restos humanos muy deteriorados y desordenados, dos colmillos de jabalí, un diente humano, huesos de conejo, un punzón de hueso, un trozo de cuarzo y puntas de flecha en sílex. En el corredor y en el tramo más próximo a la cámara, aparecieron, una concha, una punta de flecha y una lámina con denticulaciones, ambas de sílex.

  

Planimetría, dibujo, materiales y cuatro fotografías de la Cueva de los Vaqueros. Castillo de Luna Colección Bonsor
F1269. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía
 

            La tumba, debió se reutilizada en épocas posteriores, ya que, entre la primera y segunda piedra de cobertura partiendo desde la entrada, se encontró, la inhumación de un cuerpo en pose fetal, que apoyaba sus piernas en el muro oeste del pasillo, a 0.65 metros sobre la superficie del suelo, con un ajuar compuesto de un vaso tipo “Campo Real” (según Bonsor) y algunos elementos de cobre de morfología indefinida que se ubicaban, cerca de de las manos y la boca del esqueleto.

            Un vaso de cerámica negruzca de basta factura, aparecerá a la altura de la quinta losa de cobertura, análoga, a las que aparecían con frecuencia en las tumbas de incineración. El 27 de Mayo de 1902, los excavadores encuentran dos cráneos a la entrada de la galería, algunos huesos desordenados y fragmentos de “cerámica neolítica simple”. El viernes día 30 de Mayo de 1902, el fotógrafo carmonense Ramón Pinzón, vinculado a la Sociedad Arqueológica de Carmona, se desplaza hasta Gandul y lleva a cabo cinco fotografías de la Cueva de los Vaqueros. La primera de ella, la plasma por la mañana desde la entrada de la tumba y con vista de las losas de cobertura. Por la tarde, después de comer una “excelente carne” y cuando son las 14.00 horas, realiza cuatro fotografías mas. La primera de ella desde la cámara principal al anexo, en donde se ve a Bonsor en “tareas arqueológicas” pincel en mano y en cuclillas. La segunda recoge una perspectiva desde la cámara principal hacia la entrada a través del corredor, en donde se observa perfectamente, la morfología del mismo y los materiales empleados (de esta pose lleva a cabo dos tomas). La tercera es una toma exterior desde el “techo” de la cámara principal hasta la entrada y en donde se contempla la colocación de las losas de cobertura al igual que la primera toma. La cuarta y última de la tarde, es la de un operario apoyado en una de las losas de cobertura, tomada desde la parte exterior del techo de la cámara principal, A las 17.00 horas finaliza la sesión fotográfica.

 

Corredor de la Cueva de los Vaqueros vista desde la cámara principal hacia la entrada. Obsérvese la técnica constructiva. Autor de la fotografía Ramón Pizarro
F7677. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             Al día siguiente, que se presenta lluvioso, Bonsor emprende trabajos en el exterior de la cámara central en donde comprueba que entre los muros externo y el geológico, aparece una cavidad de algo mas de un metro, colmatado de piedras y entre ellas, aparecieron restos de cerámica campaniforme. Bonsor, además, llevó a cabo un dibujo, en donde reflejó, la disposición de los distintos materiales que conformaban las paredes, 11 capas de pizarra y 15 de piedra, tierra y mampostería. El día 30 de Mayo de 1902 los ya mencionados, Rafael Pérez Barrera y José Sola, consiguen explorar una segunda tumba de galería. La observación de una piedra de gran tamaño que afloraba a la superficie, fue el detonante, que decidió llevar a cabo unos sondeos. La gran piedra, era en realidad, una losa de cobertura que descansaba sobre dos ortostatos. Se había descubierto la Tumba del Pedrejón.

 

Planimetría, dibujo, materiales y una fotografía de la Cueva del Pedrejón. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F 1268 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             Se trata de un modelo de tumba de corredor de 6.25 metros de largo por 0.70 de ancho y con una cámara circular, que será descubierta el día 04 de Junio, de 2.20 de diámetro. La estructura es de lajas de piedra que se sustentan en el geológico, el cual ha sido trabajado para adoptar la forma de la tumba. Bajo la única losa de cobertura, José Sola encontró los siguientes objetos según nos refiere Bonsor en el apunte correspondiente al día 02 de Junio de 1902 (10): Seis pequeñas arandelas de concha (J. Maier las confunde con 6 cuentas de collar de hueso). Un fragmento de cuerno de ciervo, probables restos de un brazalete de marfil (“marfil de ciervo”), las defensas de un jabalí, fragmentos de conchas, restos de objetos de huesos (aquí puede radicar la confusión de J. Maier), una lámina de sílex, una pieza deforme por fundición probablemente de cobre y numerosos fragmentos de cerámica. A destacar, que el elemento de metal, lo encontró, en un estrato superior claramente definido de tierra vegetal, de ahí que incluso se afirme por el propio Bonsor, que pudiera ser hierro. El resto de objetos se ubicaban bajo un pavimento de piedra en un lecho de tierra amarillenta.

            En el corredor, que presentaba una rampa en su entrada y a escasa distancia de ésta, aparecieron restos humanos de una inhumación y junto a ellos, algunos fragmentos de cerámica de borde engrosado, un punzón de hueso y una concha.

            La cámara de la tumba, que fue descubierta el día 4 de Junio, proporcionó el hallazgo de dos cráneos, un conjunto de huesos humanos desordenados, un par de puntas de flecha de sílex blanco, (una de base cóncava y la otra de base plana), una lámina también de sílex y dos fragmentos de astas de ciervo. Al igual que en el caso de la Cueva de los Vaqueros, se llevó a cabo, además de una mas que notable planimetría, un reportaje fotográfico de tres placas, en donde se contemplan a dos obreros trabajando (posiblemente Rafael Pérez Barrera y José Sola) en dos de ellas y una tercera en donde ambos trabajadores descansan sobre la única piedra de cobertura. El autor fue también Ramón Pinzón.

 

Vista de la tumba del Pedrejón. En la parte inferior se observa parte del corredor cubierta por la única pieza  de cobertura que presentaba la tumba. Al fondo parte de la cámara principal. Los obreros que aparecen son José Sola y Rafael Pérez Barrera
F.7680 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

            El día 6 de Junio, Bonsor hace grabar algunas monedas de cinco céntimos con las letras “JB” en una cara y “1902” en la otra, las cuales son depositadas en la Cueva de los Vaqueros y Tumba del Pedrejón, antes de volverlas a cubrir. El día 12 de Junio a las 16.00 horas Bonsor regresa a la Necrópolis de Carmona- su lugar de residencia- dando por finalizada la campaña hasta entonces mas larga emprendida por el anglo-francés. El resultado de tal esfuerzo, todavía, hoy en día, siguen envueltos en la controversia.

 

CAMPAÑA DE 1908: “RIEN TROUVE”

Por intermediación del médico de Mairena D. Antonio Díaz, que junto con otras personas, era propietario de unos terrenos baldíos ubicados a la izquierda el camino de la Huerta del Bencarrón, Bonsor obtiene los permisos necesarios para emprender una campaña de excavaciones, concretamente, en una elevación en donde se observa una agrupación de túmulos, en el que se destaca un ejemplar de “un metro 50” así escrito en el Diario de la Campaña de los Alcores 1908 (11). La Campaña, da comienzo el día miércoles día 10 de Junio de 1908, extendiéndose hasta el domingo día 14 del mismo mes. Un total de 5 días en donde colaboran con Bonsor, dos o tres obreros según el propio autor, aunque nos inclinamos por la primera posibilidad (12). Los resultados fueron absolutamente desalentadores y es sintomática la nota que aparece en un apunte del documento denominado “Libro de Compras y Ventas, Gastos de Excavaciones 1984-1929” (13); “rien trouvé” (14). En las estructuras excavadas se llevó a cabo con la técnica de “trinchera” consistente cavar una zanja, ó, corta que dividía el túmulo en dos por el centro. Lo más destacado de esta campaña fue, la apertura de un horno de tágulas romanas y el reconocimiento de una serie de restos de construcción del mismo origen. Bonsor supuso que el conjunto tumular completo conformaban una necrópolis pre-romana, algo, que ha quedado con posterioridad absolutamente descartado.

 

CAMPAÑA 1910-1911: DÓLMENES, NECRÓPOLIS Y GRAN NEGOCIO

El día 11 de Mayo de 1910 Bonsor inicia la campaña mas larga, cara y productiva-en el campo crematístico- de las llevadas a cabo por él en toda su historia como “arqueólogo”. Los costes, ascendieron a 1.181.80 pesetas, que incluían los salarios de los obreros (1.073 pesetas) y los gastos derivados (108.80 pesetas.). La duración de la “expedición” se prolongó hasta el día 14 de Febrero de 1911. Durante este período, se “faenó” a lo largo 225 ½ días, acreditándose la presencia de Bonsor en el “campo” durante 110 de ellos. En las excavaciones, trabajarán cuatro obreros de Mairena, “Silvestre”, Rafael Carrión, Enrique Carrión y Antonio (“Antoñito”) el hijo de Silvestre, que perciben los siguientes salarios diarios:

NOMBRE Salario Día

Silvestre 2.50 pesetas

Rafael Carrión 2.50 pesetas

Enrique Carrión (hermano del anterior) 1.75 pesetas

Antonio-“Antoñito”- el de Silvestre (hijo del primero de los obreros) 0.75 pesetas

            Además, Bonsor introduce una novedad. Implanta un sistema de “primas”, destinadas a premiar a los trabajadores, de acuerdo con los hallazgos que tienen la suerte de llevar a cabo al final de la jornada, estas bonificaciones, se hacen efectivas, por lo general, al día siguiente y una vez, que se ha comprobado la “calidad” del objeto rescatado, o, la importancia del ítem excavado.

            El mismo día 11, acometen la excavación del Túmulo “A”, que se encuentra ubicado en los aledaños de del camino de Mairena. Realmente, no se trata de ningún túmulo, al carecer la construcción funeraria, de correspondiente fosa de incineración y la ausencia de carbones y cenizas. A dos metros de profundidad, los obreros, encuentran restos cerámicos emparentados con el tipo “Cruz del Negro” (“+ del Negro” escribirá Bonsor). En los alrededores de esta construcción y en una prospección de superficie, hallará “Silvestre” el miércoles día 05 de Octubre de 1910 y mientras excava la tumba 165 los denominados “Ídolos del los Alcores”, dos figurillas humanas, probablemente exvotos, que nuestro personaje identifica como prerromanas y que en realidad, tienen, según los estudios mas recientes, un origen turdetano.

 

Ídolos de los Alcores

F.7875 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             Bonsor, llevará a cabo en esta campaña trabajos en elementos tumulares (2 construcciones), tumbas megalíticas o tumbas de corredor (3 sepulcros), dos necrópolis romanas, una de incineración (180 enterramientos), otras de inhumación (25 cárcavas) y lo que parece un “mausoleo”. Un total de 211 ítems arqueológicos. Prácticamente, excava una unidad por día efectivo de trabajo.

            En los túmulos, además de los ya referenciados “Ídolos de los Alcores”, en el siglado como Túmulo “C “, o también llamado Túmulo del “Mojón del Término Antiguo del Carmona (Túmulo del Vallado del Término), cuya excavación se inició el día 30 de Noviembre de 1910 y tras una “corta” de 4×4 que lleva a cabo en la cima, se encontraron restos humanos esparcidos, además de, algunos fragmentos de cerámicas neolíticas. Esta construcción, presenta una fosa escalonada o de poyete.

            Las construcciones megalíticas, o de “galería”, serán denominadas Cañada Honda “B”, Cañada Honda “G” y Tumba de la Casilla. La primera de ellas, Cañada Honda “B”, fue excavada entre finales de Mayo y Junio. La misma, presenta un corredor de 14.20 metros de largo y una anchura media de 0.80 metros formado por losas de pizarra de 1.59 metros de altura, que a modo de “tapiz”, recubrían las paredes naturales. El ancho de cada uno de estos elementos líticos y su ubicación se recogen en la anotación correspondiente al lunes día 23 de Mayo de 1910 del Diario de Excavaciones (15). En la cámara, que presenta una forma circular irregular, se encontraron restos de platos de borde engrosado de pasta negruzca, una lámina de sílex, fragmentos de cerámica campaniforme, una rueca de hueso, un abundante número de puntas de flecha y restos humanos muy deteriorados y fragmentados, según nos hace notar Bonsor. A la entrada del corredor, aparecieron dos tumbas superpuestas, en un claro ejemplo de reutilización de elementos funerarios. Una de las dos tumbas, era de inhumación y posiblemente datada en la Edad del Hierro, en donde apareció, junto al esqueleto, un ajuar compuesto por, un cuchillo férrico de hoja curva con mango de tres fijaciones, además de un anillo de plata. La tumba de incineración, es de origen romano, con una cobertura de tégulas y un ajuar formado por, una taza con decoración vegetal en relieve, una lámpara o lucerna, una pequeña vasija y unos clavos de hierro. En la parte media del corredor, aparecieron un número importante de fragmentos de cerámica campaniforme y un ejemplar de vaso-también campaniforme- exento de decoración.

 

Planimetría y materiales de la tumba “Cañada Honda B”. Obsérvese en la parte superior derecha un plano de Gandul con la ubicación de los yacimientos. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F.1270 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             La segunda tumba de corredor, denominada Cañada Honda “G”, se empezará a excavar a mediados del mes de Agosto de 1910 y finalizó el día 03 de Septiembre. Ésta presenta una cámara circular y una anexa- al igual que la Cueva de los Vaqueros- pero con una pequeña rampa en elevación de acceso entre las mismas. La tumba, es excavada directamente en la roca y sus paredes, recubiertas con placas de pizarra, conservándose algunas de ellas. El conjunto funerario, no mantenía ningún elemento de cubierta. Los restos que aparecieron en esta construcción funeraria, fueron muy escasos. En la rampa de acceso a la cámara lateral, se encontró, la inhumación de un cuerpo y junto a sus despojos, un elemento campaniforme entero y decorado, fragmentos de una vasija (Bonsor nos ofrece un boceto de estas porciones), una lámina de oro de pequeño tamaño que se encuentra enrollada, puntas de flecha de base cóncava, un elemento inciso en cobre de un tamaño considerable-posiblemente un punzón- y un conjunto de cuentas de hueso que formaría parte de un collar.

            Otra inhumación, aparecida en la cámara, presentaba al lado de los restos un segundo vaso campaniforme decorado, un elemento lítico pulido, una lámina de oro enrollada (“una lámina de oro plegada como para un collar” afirmará Bonsor), puntas de flecha en sílex, otra segunda lámina de oro también enrollada, y un elemento de cobre, probablemente un cincel.

 

Planimetría y materiales de la tumba “Cañada Honda G”. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F1267. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             El sábado día 3 de Septiembre de 1910, Bonsor “cambia de registro” y acomete la exploración de lo que designa como “Gran Tumba Mausoleo de Cañada Honda”. Lleva a cabo un detallado dibujo en planta del registro (16). Observamos, que el terreno natural, ha sido trabajado para conseguir una mejor ubicación de los sillares de base que conformarían el monumento. Un cuadrado de 7.80 metros de lado encajado en el rebaje antes indicado, que tiene una profundidad de 0.59 metros, que presenta una orientación NE/SO. Lo más importante que Bonsor hace notar de este hallazgo, es la presencia de restos de decoración parietal a base de estuco rojo y verde, que “esta decoración y colores se conservaban en el momento del descubrimiento”. (17)

            El 18 de Diciembre de 1910, se descubre una nueva sepultura de galería y el 22 de Diciembre, Bonsor, acomete los primeros trabajos gráficos de esta tumba, que se ubica cerca de la llamada “Casilla del Tren”. Presenta la particularidad, que carece de cámara circular, por lo que no hay diferenciación espacial entre el corredor y este último elemento, a no ser, por un pequeño ensanchamiento en el fondo y que el mismo está ocupado solamente, por una gran piedra. Desde la entrada hasta el final de la misma, presenta una longitud de 15 metros y su anchura, varía entre los 0.77 a 1.37 metros, según medidas tomadas por nuestro personaje y que se registran de forma profusa, en los apuntes tomados en el Diario de Excavaciones-Pág. 141-142- correspondientes al miércoles día 04 de Enero de 1911 (18).

            De acuerdo con la descripción de objetos hallados y la ubicación de los mismos, observamos, que aproximadamente a unos 6 metros de la entrada y en plena galería, se encontró, a muy poca distancia de la superficie, un deposito u hoyo de deposición que contenía una urna achardonada, que presentaba un notable deterioro en la boca y que era depositaria de los restos de una incineración. Junto al vaso, que estaba calzado por un círculo de piedra, apareció un cuchillo férrico de mango con solamente un remache y un plato llano. A escasa distancia del hallazgo anterior y también en el corredor, apareció, una inhumación en donde el esqueleto presentaba una posición fetal, junto a algunos fragmentos de cerámica de borde engrosado. En el fondo del enterramiento, aparecieron una gran cantidad de restos de ánforas romanas, cerámica y algunas tégulas, junto con una profusión considerable de, puntas de flechas en sílex, restos humanos-huesos y dientes- y algunos fragmentos de platos de borde engrosado. Este enterramiento, es un claro ejemplo de reutilización, en distintas épocas. Solamente la inhumación, guardaría relación temporal con la tumba.

            A las 3.00 de la tarde del martes día 24 de Mayo de 1910 cae un mas que fuerte aguacero que obliga a Bonsor y sus trabajadores a refugiarse e la tumba de galería Cañada Honda “B. Una vez cesó la lluvia, nuestro personaje se dirigió hacia “las ruinas de las tumbas romanas”, en donde descubrió un “ustrinum” o fosa de incineración (19).

           El viernes día 27 de Mayo, sobre el medio día, “Silvestre” descubre un “quemadero” recubierto de losas al que se le asignará el número 1 de los 180 elementos de necrológicos que se sacarán a la luz en el corto espacio de tiempo de 152 días (hasta el 22 de Octubre de 1910), llegándose a excavar, dos y tres elementos diarios, que nos lleva a pensar, que primaba mas la idea de rescatar objetos que la de llevar a cabo un estudio científico. Tal y como señala Jorge Maier, esta necrópolis nunca fue publicada. Creemos, que el no hacerlo, se debía a que el motivo de la exploración no era ése y sí, el de hacerse con los restos arqueológicos que pudieran aprovecharse. Un recorrido por la descripción que Bonsor nos hace en su Diario de Excavaciones (20), nos indica, que nos encontramos ante una necrópolis básicamente de incineración, en donde los restos, una vez quemados, podían ser recogidos en la misma fosa de cremación, o bien, las cenizas y residuos óseos, eran reunidos en un contenedor cinerario-urna o vaso- que se depositaba en la cárcava de incineración o en los alrededores de ésta. La cobertura del conjunto funerario, podía llevarse a cabo mediante tégulas dispuestas a aguas o planas y también con ladrillos, siempre colocados de la forma últimamente indicada. En algunos casos, la cobertura, se reducía a una capa de tierra o a una acumulación de piedras. El ajuar es variado y sería muy prolijo hacer un recuento del mismo, lo que merecería un estudio aparte.

            Comentar a vuelapluma y de una forma muy general, la abundancia de objetos de vidrios-especialmente “lacrimatorios”-, objetos y urnas de plomo, espejos, artículos de juegos de mesa, depilatorios, paletas de maquillaje y monedas, de tiempos de Claudio, Nerón, Vespasiano y sobre todo de Trajano, entre otros grupos de objetos. Esta campaña de excavaciones finaliza el sábado 20 de Octubre de 1910.

 

Conjunto de cerámicas procedentes de la Necrópolis Romana de Cañada Honda. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F.7904. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

           La “producción” de este yacimiento, fue realmente espectacular. Gran parte de lo obtenido en el lugar, fue vendido a la Hispanic Society of América, el día 20 de Marzo de 1911 (21), solamente 35 días después de finalizar la campaña, que tuvo lugar el martes 14 de Febrero de 1911. Este detalle, ha hecho pensar a algunos investigadores, que estas excavaciones, fueron hechas “por encargo” de mister Huntington, el patrono de la sociedad cultural antes indicada, principal y casi único cliente de Bonsor. No compartimos esta opinión y más al comprobar por nuestros estudios, la meticulosidad del “mairenero” a la hora de tratar con números y dineros. Nos inclinamos a pensar, que las excavaciones, fueron llevadas a cabo por cuenta y riesgo de nuestro personaje, tal y como se refleja en los varios registros en donde se recogen los gastos ocasionados en sus exploraciones(22), pero con la “tranquilidad”, de saber “vendida” de antemano, gran parte de los objetos obtenidos.

 

Lámparas en tierra cocida procedentes de la Necrópolis Romana de Cañada Honda. Castillo de Luna. Colección Bonsor
F.7907. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             La operación “comercial” llevada a cabo con los objetos recuperados en la campaña de “Bencarrón Cañada Honda”, fue posiblemente la mas “productiva” económicamente hablando, de su vida sin contar aquellas en que mediaron la venta de los cuadros de Morales y Valdés Leal. Veamos unos números:

OBJETOS Número de Elementos Importe Pagado

Piezas de Cristal 89 9.190 pesetas.

Piezas de Cerámica 75 2.660 pesetas.

Lámparas y Mecheros 25 315 pesetas.

Otros objetos diversos 50 3.095 pesetas.

TOTALES 239 15.260 PESETAS

            El rendimiento económico es absolutamente exagerado. Recordemos, que la inversión de toda la campaña tanto en salarios, primas y materiales, ascendió a 1.181.80 pesetas.

            El lunes 06 de Febrero de 1911 y mientras Bonsor y sus obreros se encuentran trabajando en el “Túmulo de la Casilla”, un carbonero apodado “Clarito”,“invita” a éste (probablemente buscando una “propina”), a explorar unos campos que se encuentra en la base del Puerto del Bencarrón (23). Enviado “Silvestre” al lugar, éste, encuentra una sepultura romana- que en realidad serán dos- cubiertas por un par de tégulas y sobre ellas una capa de carbón. Se llegaron a excavar 25 elementos funerarios, casi todos ellos de inhumación, en donde los restos descansaban, en la mayoría de los casos, de súbito supino, excepto una de ella, que contenía un esqueleto en posición fetal y con un más que notable ajuar, además, se pudo constatar, la presencia de un registro perteneciente a un niño. La mayoría de las tumbas, respondían a un mismo patrón. Receptáculos rectangulares excavados directamente en el geológico, cubiertos por tégulas y orientadas al S/E. En total, se excavaron 25 elementos funerarios, que presentaron un pobre balance de restos de ajuar, excepto el más arriba señalado. El yacimiento fue trabajado de una forma muy rápida y en un corto espacio de tiempo. Nos dará una idea el hecho, de que el último día de la campaña. el martes 14 de Febrero de 1911, se llevo a cabo el levantamiento de nueve enterramientos .Bonsor lleva a cabo las últimas anotaciones de la campaña “Bencarrón Cañada Honda. En la página 154 del Diario de Excavaciones, hace constar lo siguiente: “Todos los sueldos pagados a los obreros desde el 11 de Mayo de 1910 hasta el 14 de Febrero de 1911= 1.073 (pesetas)”.

            Tras la confección de un detallado dibujo planimétrico de la zona, en donde quedan señalados el emplazamiento de las tumbas del, “Camino de Mairena”, “La Villa Romana del Bencarrón” (Bonsor situará a “Lucurgentum” en la zona), La Necrópolis de Inhumación Romana (escrito “Romano”) del Alto del Puerto del Bencarrón”, localizando y señalando el grupo de tumbas y “La Mesa”. Terminan las anotaciones de la campaña con el siguiente texto: “Necrópolis Romana de Inhumación perteneciente a la época general de Incineración. Según las monedas romanas “quemadas”, que se encontraron en la tierra de relleno de las sepulturas. Puerto del Bencarrón. Tumbas de la derecha del Puerto”. (24)

            Bonsor no volverá a excavar en Gandul, uno de “sus territorios” favoritos y el que mas beneficios de todo tipo le proporcionó. Esta fue su última gran empresa pagada de su bolsillo (excepto una pequeña acción arqueológica en 1916 casi testimonial). La Ley de 07 de Julio de 1911 sobre Excavaciones Arqueológicas, que vino a clarificar y aunar de algún modo toda la legislación que existía sobre la materia desde 1844, terminó con aquella “viña sin vallado”, que permitió el expolio en “nombre de la ciencia” de una parte muy importante de nuestro patrimonio cultural.

 

… Y A MODO DE CONCLUSIÓN

A Bonsor, se le han asignado los adjetivos de arqueólogo científico y referente de la “disciplina” de principios del siglo XIX y principios del XX, de la Península Ibérica y al mismo tiempo, el de expoliador salvaje. Pierre Paris, le llamó el “Schliemann del Valle del Guadalquivir”. Pero para otros no es mas que un amateur, un esnobs con posibles, de cuyo hobby, la recuperación de objetos antiguos, obtiene unos beneficios económicos y sociales. Ha sido definido como el artista que evoluciona a científico y también como un chamarilero que engaña a incautos.

            Desde ya, he de manifestar que no estoy de acuerdo con las definiciones dadas o apreciaciones emitidas, pero al mismo tiempo, “yo estoy por negar la mayor”, aunque son absolutamente indudables sus aportaciones a la Arqueología Española. Si la Arqueología se define como, una Ciencia Social cuyo objeto de conocimiento es el hombre a través del estudio de los restos que este mismo hombre “amortizó” a lo largo de su existencia, hemos de convenir, que Bonsor, no se dedicó a este menester. Entonces, ¿Qué fue en realidad nuestro personaje? Alguien hace algún tiempo-con perdón un servidor- lo definió como un COLECCIONISTA AUTOSUFICIENTE, aquejado de un “Síndrome de Diógenes” intelectual y contrariamente- y al mismo tiempo- padecer la enfermedad del orden, del método, del apunte y del cuaderno de notas. Sin solución de continuidad, era capaz al mismo tiempo, de interesarse por una excavación arqueológica y por la compra de pintura española de los siglos XVI y XVII. De acaparar elementos textiles antiguos y a la adquisición de alfarería tradicional. De acumular de forma casi compulsiva elementos de artesanía, a formar una colección de muestras del papel de la época del Siglo de Oro. De todo ello deja nota escrita. Todo se anota. Todo se archiva. Pero casi nada se publica.

            Bonsor compra barato y vende caro. Es de los que piensa, que el primer “duro” lo ha de ganar él y el último que lo gane otro, pese a que es una persona con un poder adquisitivo casi insultante para su época. Muy pocas personas se podían permitir el lujo de comprar un castillo (2.000 pesetas) y restaurarlo durante casi toda su vida, tener cochero, dos coches, mantener un cuerpo de criados, viajar al extranjero mas de lo normal y al que no se le conoció profesión productiva de ningún tipo. Vivía de rentas y muy bien, siendo su nivel de vida, equiparable al de cualquier gran propietario de tierras o profesional liberal (notario, médico, farmacéutico) de la época.

            La arqueología es una mas de sus ocupaciones-“afición” dirá en algún momento- muy productiva por cierto. Bonsor gasto en todas las campañas arqueológicas a las que hizo frente durante el período 1894-1916, 4.934,23 pesetas. En el mismo período compro objetos arqueológicos-556 piezas- la mayoría de procedencia “alcoreña” por valor de 7.995.65 pesetas. En algunos casos, obtiene los permisos de excavación de los propietarios usando sus influencias -que hay que decir que son muchas e importantes-, manda a una persona de confianza-Rafael Pérez Barrera- a que lleve a cabo los trabajos de campo y él se limita a comprar los objetos recolectados. En cuanto a la proporción de lo invertido en la extracción y compra de objetos arqueológicos y lo obtenido por la venta de los mismos, es absolutamente escandalosa.

 

Jorge Bonsor posa con una parte de su colección de antigüedades. La fotografía posiblemente esté tomada en la Necrópolis de Carmona
F.7982 Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía

             Gandul es el lugar de los mejores descubrimientos de Bonsor. Las tumbas megalíticas, los túmulos de incineración e inhumación y las necrópolis romanas reunidos en un mismo lugar es algo absolutamente único por la diversidad de objetos que puede proporcionar. Es por ello, por lo que también es el lugar en el que mas invierte en su explotación. El 42.82% de todos los gastos de excavaciones invertidos por Bonsor en la explotación directa de los yacimientos en los que actuó, los absorbió Gandul. “Algo tendrá el agua cuando la bendicen”.

            Hoy, Gandul sigue siendo, pese a los expolios pasados presentes y esperemos que no futuros, el mas importante bien patrimonial con el que cuenta Alcalá, pese a que el deterioro del yacimiento, ha sido tremendamente importante. Aún así, ha aguantado, las “intervenciones científicas de Bonsor” y el uso militar de los terrenos en donde se localiza el asentamiento. No estoy tan seguro de que pueda resistir las expediciones arqueológicas de “piteros” y cofrades de la “hermandad de Tertis”. En nuestras manos- las propias y las de nuestras autoridades- está, conservar en lo posible uno de los yacimientos arqueológicos mas importante, pero también uno de los mas delicados del sur de Europa.

 

Dos fotos de la Campaña de la Cueva de los Vaqueros
Extraídas de la F1269 Legado Bonsor. Archivo general de Andalucía

 

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(1),- Si se entra en la página Web de la Hispanic Society of America y se busca su sección de Arqueología, podremos constatar, que el encabezamiento de antedicha página una representación del “Guerrero del Bencarrón”.

(2),- Sobre estas piezas, consultar el gran trabajo de la Doctora Maria Eugenia Aubet, publicado en la revista Pyrenae 1981-1982 titulado “Marfiles Fenicios del Bajo Guadalquivir III Bencarrón, Santa Lucia y Setefilla.

(3),- “Exploración Arqueológica de los Alcores: Campaña del Bencarrón y Gandul 1902”. Legado Bonsor depositado en el Archivo General de Andalucía (original en francés). Pág. 3 y 4 correspondientes al jueves 03 de abril de 102.

(4),- Legajo 1 Pieza 4 (L1.p4) Legado Bonsor Archivo General de Andalucía.

(5),- Se trata de una recensión que posiblemente lleva a Cabo Bonsor durante el fin de semana (el tipo de caligrafía así lo denota). Se trata de la descripción de distintas rutas, (Almería- Málaga, Cádiz-Sevilla y Sevilla- Córdoba) llevada a cabo por el personaje, un viajero árabe.

(6),- Durante la cena de este día. Se produce un fuerte enfrentamiento entre Rafael Pérez Barrera y José Sola por la actitud orgullosa de que hace gala el primero de ellos incluso a la hora de comer. Rafael y José pertenecen a clases sociales distintas (“clanes”), que según Bonsor se detectan. Rafael es un “artesano” (albañil) y José un peón agrícola.

(7),- Legajo 1, Pieza 4 (L1.p4) Exploración Arqueológica de los Alcores; Campaña del Bencarrón y Gandul 1902. Apunte correspondiente al sábado día 19 de Abril de 1902. Pág. 52/53/54.

(8),-Maier Jorge: “Jorge Bonsor (1855-1930) Un Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia y la Arqueología Española editado por La Real Academia de la Historia (Madrid 1999). Pág. 191. La Tesis Doctoral de este mismo autor, relata el hecho de igual manera.

(9),- Apunte extraído de unas notas de Juan Fernández López, -Pág. 109- llevadas a cabo el día 12 de Junio de 1902. De gran interés, las anotaciones al margen de Jorge Bonsor cuando leyó este documento, hecho que se produjo posiblemente una vez fallecido el farmacéutico carmonense.

(10) Legajo 1 Pieza 4 (L1.p4) Exploración Arqueológica de los Alcores; Campaña del Bencarrón y Gandul 1902. Apunte correspondiente al lunes 02 de junio de 1902. Pág. 128/129/130.

(11),- Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor, Legajo 4 Pieza 3 (L4.P3) Archivo General de Andalucía.

(12),-En el apunte del primer día de excavaciones (10 de Junio de 1908, miércoles) anota “Pago a los obreros Rafael y Enrique Carrión”. L4.p3 Legado Bonsor Archivo General de Andalucía.

(13),- Diario de Compras y Ventas Gasto de Excavaciones 1894-1929. Legado Bonsor. Legajo 18, Pieza 10 (L18. p10) Archivo General de Andalucía.

(14),- Junto a la anotación de los gastos totales de la campaña, aparece una anotación que dice: “Campaña arqueológica llevada a cabo en el lugar. Se excavaron diez túmulos pequeños de incineración. ¡No encontrado nada! “rien trouvé”. (Legado Bonsor-L18.p10- Archivo General de Andalucía.

(15),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor. Archivo General del Andalucía.

(16),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor Archivo General de Andalucía. Apunte correspondiente al sábado día 03 de Septiembre de 1910.

(17),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía. Apunte correspondiente al sábado día 03 de Septiembre de 1910.

(18),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía.

(19),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía.

(20),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Campaña Arqueológica de los Alcores 1908. Legado Bonsor Archivo General de Andalucía.

(21) Legajo 18 Pieza 10 (L18.p10) Apunte correspondiente al día 20 de Marzo de 1911. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía.

(22),- Los registros de los gastos ocasionados en esta campaña se recogen por lo menos en tres documentos. En el titulado Campaña Arqueológica de los Alcores 1908 (L4.p3). Diario de Compras y Ventas, Gastos de Excavaciones 1894-1929 (L18.p10) y en la Libreta de Gastos Diarios (L5.p5). Todos ellos pertenecen al Legado Bonsor, depositado en el Archivo General de Andalucía.

(23),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) Apunte correspondiente al Lunes día 06 de Febrero de 1911. Campaña Arqueológica de los Alcores. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía.

(24),- Legajo 4 Pieza 3 (L4.p3) apunte correspondiente al Martes 14 de Febrero de 1911. Campaña Arqueológica de los Alcores. Legado Bonsor. Archivo General de Andalucía.

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JORGE BONSOR POR ENRIQUE GONZÁLEZ ARIAS EN «CARMINA»:

«JORGE BONSOR: EL COLECCIONISTA DE PINTURAS. Del «Morales» a los «Valdés Leal» del Convento de Santa Clara de Carmona»[fragmentos]:

             Fragmento 1: Introito y unos breves datos biográficos

            Fragmento 2: El coleccionista. El «Morales»