Posts from octubre 2011.

COLOQUIOS (72). Gabi Mendoza Ugalde

 

– ¿Cómo van?

– Ni idea, estaba mirando la hierba del campo

– Es la liga inglesa que retransmiten en Gol TV. Van 0-1. Creo que juegan el MAN UTD y el MAN CITY

– Estaba pensando que en realidad me gustarían que perdiesen los dos  pero me han dicho los entendidos que eso es imposible.

– …

EL ENCUENTRO (*). Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

La casualidad hizo que el encuentro, tan proclamadamente buscado, tan proclamadamente ansiado, tan proclamadamente soñado, tuviese lugar en aquel sitio tan imprevisto y, en el pensar de los dos, tan impertinente. Tanto es así que tanto Luis como Víctor, después de tanto tiempo llamarse tanto, de tanto escribirse, de prometerse tanto y tanto esperarse, quedaron tan sorprendidos que acogieron la coincidencia con una extrañeza que les produjo un cierto amargor, una cierta decepción, como si después de tanto esfuerzo, de tanto llamarse, de tanto escribirse, tan sólo el azar, o un improbable si no increíble sino tuviera el poder de reunirlos. Tanto tanto para al final encontrarse tan inadecuadamente.

            Luis notó en Víctor un envejecimiento superior al previsto. Después de veintidós años no es que esperara encontrar al mismo joven apuesto —además de inteligente— que acaparaba todas las miradas, pero no había supuesto que el paso de los años por su amigo, o de Víctor por los años (en eso nunca sabía a qué carta quedar) le hubiesen marcado tanto.

            Luis, a los ojos de Víctor, estaba tan deslustrado que casi se lo dice. Hubiera sido un crimen después de tanto tiempo, pero a Víctor le gustaba tanto imaginar crímenes, tanto verbales como sangrientos… No lo hizo, claro, no lo hizo, lo suyo era sólo imaginar, imaginar cosas, siempre que sus figuraciones fueran tan rechazables, por cualquiera que pudiera acceder a ellas, que hubiera de tenerlas tan en silencio como una respuesta grosera a alguien que respetar; por ejemplo a un maestro y no digamos a un padre. Se lo había repetido cuando chico su tía Clara: «Tanto monta monta tanto un tío como Fernando», sin que el niño Víctor hubiese podido saber qué quería decir su tía, la rebelde de la familia, salvo que había que respetar a las personas mayores que había que respetar.

            Ahora, frente a frente, Luis y Víctor se sentían perdidos. La realidad, la carnal, no era la misma que la escrita, que la transmitida por las ondas y los cables, tan proclamadamente ansiada, soñada, buscada. Era la que era, distinta, única e insalvable, y allí estaban los dos cara a cara, salidos aprisa, aunque queriendo disimular el apuro, de lugar tan momentáneamente indeseado. Se miraban con sincero agrado de verse; pero habían pasado tantos años, tantos años sin nada en realidad, tantos años de ausencia, sin mirarse, sin tocarse, sin experiencias vividas al alimón —o compartidas, como suele decirse, aunque no sea lo mismo—, sin que las secuencias de sus vidas tuviesen nada que ver la una con la otra… Que no, que no, que ya no era lo mismo ni podría serlo. (¡Y a nuestra edad!, pensó Luis). (¡Y a la vejez!, tembló Víctor).

            Por el asombroso memorión de Víctor pasaron algunos de los versos desastrados y chulánganos del Luis poco más que púber que, en notitas enrolladas y sujetas con gomillas, hacía llegar a sus primas y a los jovencitos que tenía en poco, sin importarle demasiado que llegaran a manos de los mayores, o de los curas. ¡Qué distinto aquél Luis de este! ¡Cómo cambiamos casi siempre a peor! ¡Qué raro poder mantener la pulcritud! ¡Cómo se torna la gracia en desgracia!.

            Para el postre

            decoraré las natillas

            que tanto a ti te gustan

            con pus y con postillas,

            sangre, pelos y legañas.

            Añadiré también la cerilla

            de diez o doce orejas,

            cuajadamente amarilla.            

            Después me acostaré,

            y tapado hasta las cejas

            con fuerza aspiraré

            lo que los chícharos dejan

            en forma de pedo cruel.

            (Para otros, que para mí

            es lo que a ellos la miel).

            Tras dos horas de odorífera siesta

            nos arreglaremos para la fiesta.

            Iremos eructando por los caminos

            dejando una huella manifiesta:

            «Por aquí fueron los cochinos».

            Tú beberás licor de cucaracha

            con esencia de gargajera.

            Yo, la meada callejera

            y los vómitos de una borracha

            que arroje bilis y aguacha.

            De tapas, penes de ratas

            y sesos de ratón metastásico.

            También haremos unas catas

            de bronquios de cerdo asmático,

            y de verrugas de sapo, y un revuelto

            de lo que alguien haya devuelto

            por un dolor pancreático.

            Para ultimar la verbena

            tomaremos el cóctel ideal:

            grasa de ovarios de hiena

            en su mismo fluir vaginal.          

            Y antes de acostarnos

            quiero que limpies

            de lombrices mi ano

            con espinas de un rosal,

            que yo sacaré los bichos

            de tu nariz griega

            con pinzas de alacrán.

            —¿Cómo no me has avisado de que venías a España? —dijo Víctor, aliviado, incluso satisfecho y contento, por haber encontrado una pregunta crucial.

            —Porque como he estado dos días, vamos, que me voy ya, no quería molestarte ni ponerte en un compromiso.

            «Entonces es que no querías verme», bramó Víctor en sus adentros. Luis se había dado cuenta, al mismo tiempo que le salían las palabras, de la estupidez, seguramente inevitable, de su respuesta.

            Como pasa casi siempre, salvo en los paredones, las sillas eléctricas, los patíbulos y demás medios de acabar las cosas casi definitivamente, algo vino, esta vez en forma de llamada megafónica —atrozmente disonante— a modificar la situación: «AVE destino Madrid estación de Atocha hará su salida a las veinte horas, vía  seis, vía seis».

            —Bueno, Víctor, la próxima vez que vuelva, que puede ser el año que viene, te avisaré con tiempo, estate seguro.

            —¿El año que viene? Después de tantos años, venir dos años seguidos…

            —Sí, es que tengo que arreglar unos asuntos. Ya te contaré por carta, porque tú sigues sin tener correo electrónico, ¿no?, ¡mira que eres raro!.

            Víctor confirmó ambas cosas con la cabeza. «Cualquiera sabe la que tendrás liada por ahí» (**), se dijo al apurar la cerveza y levantarse, al tiempo que intentaba pagar, sin que Luis se lo permitiera. La charla había sido breve, pero, pensó Víctor, ni aunque hubiese durado cinco horas habrían sabido más uno de otro. Un abrazo antes de bajar Luis al andén. Y, en efecto, nunca más supieron el uno del otro.   

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(*)   Gentileza de Mario Cortés.

(**) Luis era abogado (ejercía en Londres). 

VINDICACIÓN DEL SALVAJISMO. Por Rafael Rodríguez González

Viene siendo poco menos que habitual la publicación de viñetas en las que aparece un hombre de ruda apariencia y estaca en mano llevando a rastras a una mujer. Se quiere así simbolizar el dominio brutal que supuestamente ejercían los hombres sobre las mujeres en tiempos primitivos. A veces, esas imágenes acompañan algún texto que trata de la violencia que practican determinados elementos sobre personas del sexo femenino. Y en no pocos se refieren los autores al «salvajismo», a la «barbarie», al «primitivismo» de quienes actúan de tan execrable manera.

            Es del todo errónea tal comparación. El maltrato sobre la mujer, en cualquiera de sus formas, era absolutamente desconocido en los tiempos en que la Humanidad vivía en el salvajismo y después en la barbarie.

            Como demostró, de forma insuperable, por completa y profunda, el científico norteamericano Lewis H. Morgan (1814-1887) en su obra Ancient Society or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery, throung Barbarism to Civilization (Londres, 1877), la mujer gozaba en aquellas sociedades del máximo respeto y de todos los derechos. No como consecuencia de las creencias religiosas, que no eran sino la idealización de lo naturalmente existente, sino del natural dominio del sistema matriarcal, y, por consiguiente, del derecho materno, que existió como único en todos los pueblos salvajes y bárbaros (aún en el siglo XIX había pueblos en tan «bárbaras condiciones», y otros que mantenían reminiscencias muy notables), fuese la «modalidad» familiar la del matrimonio por grupos (en los salvajes) o la sindiásmica (entre los bárbaros).

            En ambos estadios, el del salvajismo y el de la barbarie (este último incluyó, en su fase superior, la poliandria y la poligamia, intermedias ambas entre la sindiásmica y la monógama), las mujeres disfrutaban de los mismos derechos que los hombres. Puede parecer increíble, cuando se piensa en la lucha de las sufragistas durante los siglos XIX y XX, que entre los aborígenes «americanos» (antes de 1492 y hasta casi el siglo XX), entre las tribus germanas, en las bátavas y en las suevas, y, en fin, en todas las gens que en el mundo han sido, la mujer participara de pleno derecho en la elección de los jefes de su gens y de la tribu, incluidos los militares («jefes» que eran revocables y que no tenían el poder absoluto e indiscriminado que después les caracterizó). La mujer era el pilar básico e indiscutido de aquellas sociedades, y su elemento autentificador.

            El derecho materno fue truncándose con la paulatina acumulación de propiedad por parte de miembros de las gens y de las tribus, al tiempo que ello representaba el comienzo de la destrucción de la propia sociedad gentilicia, y la llegada (la instauración) de la monogamia. La propiedad privada, elemento básico de lo que después se llamó civilización, necesitaba del derecho paterno. Y, con éste, apareció la decadencia de la mujer, su postración, la pérdida de respeto hacia ella, el fin de la consideración máxima de que había gozado.

            Desde luego, no le resultará fácil hacerse con ella a quien quisiera conocer la obra de L. H. Morgan. Pero la lectura de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, de Friedrich Engels, sí es de fácil acceso. En este libro se desarrollan las conclusiones de Morgan, aplicándolas certeramente a la ciencia histórica: el título del libro es bien explícito. Pasados más de ciento veinticinco años desde su aparición, no ha podido ser rebatido en lo más mínimo. Sí que ha recibido, en cambio, aportaciones muy interesantes y valiosas.

            El nuevo estadio, la civilización, por lo demás inevitable, traía consigo, inseparables e ineludibles, males desconocidos. Como afirma Engels en la obra citada:

            «La tribu, la gens, y sus instituciones, eran sagradas e inviolables, constituían un poder superior dado por la naturaleza, al cual cada individuo quedaba sometido sin reserva en sus sentimientos, ideas y actos. Por más imponentes que nos parezcan los hombres de esa época, apenas si se diferencian unos de otros; estaban aún sujetos (…) al cordón umbilical de la comunidad primitiva. El poderío de esas comunidades primitivas tenía que quebrantarse, y se quebrantó. Pero se deshizo por influencias que desde un principio se nos aparecen como una degradación, como una caída desde la sencilla altura moral de la antigua sociedad de las gens. Los intereses más viles: la baja codicia, la brutal avidez por los goces, la sórdida avaricia, el robo egoísta de la propiedad común, inauguran la nueva sociedad civilizada, la sociedad de clases; los medios más vergonzosos: el robo, la violencia, la perfidia, la traición, minan la antigua sociedad de las gens, sociedad sin clases, y la conducen a la perdición».

            Puede que la Humanidad, de lograr constituirse en una verdadera y sola gens mundial, pueda alcanzar algún día, renovándolos, los valores del primitivismo, dotada a su vez de aquella moral sagrada, y, simultáneamente, de los medios materiales suficientes que deberá manejar bajo su propio dominio inteligente. Requisitos imprescindibles, ambos, para una supervivencia digna de tal nombre.

            De momento, seguimos arrastrando lo peor de todas las etapas recorridas por la civilización, sin dejar de añadir nuevos elementos de locura que abundan en la misma destructiva dirección.  

COLOQUIOS (71). Gabi Mendoza Ugalde

– Tengo un humor de perros.

– Pues a mí los perros me ponen de mal humor.

– ¿Y las perras?

– Depende: cuando era niño coleccionaba perras gordas y de mayor, cuando son algo perras, se me quita cualquier mal humor. 

MARILYN MONROE Y AMY WINEHOUSE EN ROTA. 2 fotos de Lauro Gandul Verdún

CREYÉRONSE LOS ENFERMOS SUS HISTORIAS. Poema de Juan Enrique Espinosa

«CARMINA» Nº 1

COLOQUIOS (70). Gabi Mendoza Ugalde

 – ¿Conferencia de paz?: Conferencia de pez.

– ¿No es de paz?

– No, no. De pez. De pez negra. Tan negra como hedionda la hez.

– ¿Fin de la ETA? Estáis enfermos. 

COLOQUIOS (69). Gabi Mendoza Ugalde

– Sí, la CEOE propone que la indemnización por despido objetivo en los contratos indefinidos se reduzca de los 20 a los 12 días con un máximo de un año, a pagar en su totalidad por el empresario, y que en caso de despidos improcedentes pase de 45 a 20 días, de los cuales ocho días irían a cargo del Fondo de Garantias Salariales

Así lo explicó ayer el presidente de la CEOE, Juan Rosell en rueda de prensa para presentar las propuestas de la patronal con la vista puesta en el 20N. La patronal plantea la necesidad de reducir el coste del despido para facilitar la contratación.

Según Rosell, no hace falta complicar la salida del mercado de trabajo; lo necesario es que «si los empresarios tienen que despedir que no tengan impedimentos».

– ¿Sabías que la patronal recibe de los fondos públicos 16. 000 millones de euros anuales?

– ¿Qué te creías, que porque fuese el 69 diálogo conmigo tú te ibas a salir de rositas?. Date por despedida; hoy te quedas sin café.

– Pero, ¿te puedo llamar mañana?

–  Ya sabes, «cuanto más facilidades demos a la salida del mercado de trabajo más posibilidades habrá para que los empresarios nos atrevamos a contratar».

– ¡Qué guay!

– …

«LA FAMILIA DE CARLOS IV» DE GOYA (1800) POR RAFAEL LUNA (1988). Homenaje de «CARMINA» un año después (17 de octubre de 2011)

SÉNECA Y LOS ESCLAVOS. Por José Manuel Colubi Falcó

En la epístola número 47 que dirige a Lucilio, Séneca felicita a su amigo porque vive familiarmente con sus siervos, hecho acorde con su prudencia y conocimientos. El filósofo recurre a un diálogo ficticio: «Son siervos», dice y repite un anónimo interlocutor, y él responde: «Sí, y también hombres, y camaradas de habitáculo, y amigos humildes, y compañeros de esclavitud (conservi, «consiervos») si consideras que a Fortuna le está permitido lo mismo respecto de unos y otros, de siervos y libres». Y se ríe del necio que considera torpe cenar con su siervo. «Tantos enemigos tenemos cuantos siervos», dice el refrán, pero el cordobés insiste: «No los tenemos como enemigos, sino que los hacemos». Y así sucede que hablan mal del dueño esos a quienes no es lícito hablar delante del amo, mientras que «aquellos cuya boca no era cosida, que hablaban no sólo en presencia del dueño sino con los mismos dueños, estaban dispuestos a ofrecer su cuello por el amo y desviar hacia su cabeza el peligro que le amenazaba; hablaban en los convites, pero en el tormento callaban.»

             Y Séneca prosigue: «Tú quieres pensar que ese a quien llamas siervo tuyo ha nacido de las mismas simientes (que tú), disfruta del mismo cielo, respira igual, vive igual, ¡y muere igual! Tanto puedes verlo tú a él ingenuo (libre) como él a ti siervo… Ésta es la esencia de mi precepto: vive con el inferior tal como quieras que el superior viva contigo. Siempre que te venga a la mente cuánto te es lícito respecto del siervo (tuyo), venga también a ella que lo mismo le está permitido a tu dueño respecto de ti. “Mas yo –dices- no tengo ningún amo”. Buena es tu edad: quizá lo tendrás. Vive clementemente con el siervo, amablemente también, admítelo también a tu conversación, y a tu consejo, y a tu intimidad… “¿Qué, pues? ¿Llevaré a mi mesa a todos los siervos?” No más que a todos los libres. Yerras si crees que yo rechazaré a algunos so pretexto de que su trabajo es más sórdido, por ejemplo, al mulatero, al boyero. No los valoraré por sus servicios, sino por sus valores morales: cada uno se da su moral, los servicios los asigna el azar…No hay razón para que busques un amigo sólo en el foro o en la curia; si te fijas diligentemente, lo hallarás también en casa… “Es un siervo.” Pero quizás libre de espíritu. Muestra quién no lo es: uno lo es de la lujuria, otro de la avaricia, otro de la ambición, todos de la esperanza, todos del temor…»