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«EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

A Paulino García-Donas, que quiso a Agustín


«Pocas veces habré estado igual de bien acompañado»

(Foto: Fernando Trigo
Archivo R.R.G.)

Si a Hércules, además de los doce trabajos que le encargaron, le hubieran añadido el de describir a Agustín Olivera Carmona, seguro que no hubiese logrado la gran celebridad de que siempre ha gozado. O sí, aunque de muy distinto tenor: el fracaso hubiera sido tan sonado que la fama la habría adquirido por ser uno de los inquilinos más destacados del monte del Fyasco, que era adonde los dioses mandaban a los perdedores (dicho promontorio está cerca del Olympo, claro que a menor altura).

Ninguna de las pocas personas que le conocimos en profundidad somos capaces de describirle. Es taxativamente imposible. Siempre que, entiéndase bien, usemos el vocablo describir en su término más riguroso y cabal. Podré, en mi caso, contar algunas anécdotas, definir algunas pinceladas, pero me será inalcanzable transmitir el ser de Agustín: su mirada, sus llegadas, sus despedidas, la cara que ponía ante tal o cual circunstancia. Porque Agustín se expresaba, casi exclusivamente, a través de sus gestos.

Tal vez si Velázquez le hubiera pintado, como hizo con Inocencio X… ¡pero qué va, ni siquiera el genial Diego lo hubiese conseguido! Gracias al arte del sevillano, el rostro del Papa manifestaba todo lo que era, porque era lo que era, y ya está: un elemento de mucho cuidado: nada de inocente, el tío; pero Agustín tenía más registros que el mejor órgano de la mejor catedral, y eso no se puede pintar, ni explicar por escrito ni de ninguna otra forma que no sea oyendo sus armónicos sonidos. Porque si tratáramos de un ser imaginario, vale; o de un ser real, pero simple, también. Mas queremos hacerlo de uno que supera, realmente, lo imaginable; que escapa a cualquier posibilidad de aprehensión, ni siquiera parcial.

Bueno, entonces —me podrá decir el ya renuente lector—, ¿a qué hablar del tal Agustín, si no vas a conseguir que le conozcamos cabalmente? En primer lugar, para complacer a algunos amigos que disfrutarán recordando algunas escenas o imaginando a Agustín en otras que no presenciaron. En cualquier caso, esos que tuvieron la suerte de conocerlo sí que lo verán descrito, no por mis impotentes palabras, sino por medio de la memoria indeleble que en sus molleras permanece. Sólo por eso merece la pena ponerse a escribir.

Pero además para sugerir en las mentes de quienes le trataron poco, o no le trataron nada, sea por motivos de edad u otras circunstancias, una especie de cabalística sobre el personaje. Ahí sí que me temo que mis palabras no alcancen ni una cuarta parte del propósito. Y entonces los dioses no tendrán más remedio que mandarme al monte del Fyasco.

Dejemos sentado, antes de nada, que Agustín era siempre el protagonista en cualquier  lugar y circunstancia. No porque él lo procurase (todo lo contrario), sino porque concitaba la atención de todo el mundo, fueran dos, siete, quince o cincuenta las personas reunidas o simplemente presentes.  Se diferenciaba más que la noche de la mañana de esa gente que quiere ser el niño en el bautizo, el muerto en el entierro, etcétera (incluso el hipotecado en el desahucio). El protagonismo le venía dado por su sola presencia: era completamente distinto de los demás, nadie se le parecía en nada. En fin, que si digo que era quien más destacaba de entre todos los concurrentes, estuviera donde estuviese, ya se figuraran —digo quienes no le conocieron o le vieron poco— que estamos ante un ser especial.

Me parece necesario advertir, para terminar este proemio, que las reseñas que siguen no guardan un estricto orden cronológico.

¡Con lo bien que lo pasaba pasando por sordo!

PRIMERA HOJUELA

Antes de empezar a juntarme con él le veía pasar, ágil, dispuesto, serio de una seriedad propia de tarea realmente seria, con la bombona al hombro, camino o de regreso de un piso, de una casa. Ningún repartidor más rápido y cumplidor, ni más amable. Agustín era «ayudante», porque en aquella época los camiones de bombonas de butano tenían dos tripulantes.

Agustín se presentó un día a las ocho de la noche en la «butanería», con la intención de comenzar el reparto. ¿Por qué, si la jornada daba comienzo a las ocho de la mañana y finalizaba a las tres del mediodía? Pues porque Agustín, en aquella tarde-noche de invierno, se despertó de una prolongada y desorientadora siesta, iniciada bajo los efectos de una anestésica ingesta de caldo, no precisamente del puchero. De modo que Agustín, que había consultado el reloj nada más despabilarse, y que seguía con el mono puesto, se encaminó raudo desde la calle San Miguel a la de Mairena. No es que no advirtiera, por el camino, cosas extrañas: un ajetreo distinto del acostumbrado, las tiendas abiertas… Pero él iba a trabajar, cosa sagrada. Y, como siempre, con el afán de hacerlo puntualmente. Por fin, llegado al tajo, Joaquín Osorno, el dependiente de la taberna lindante con la «butanería», le preguntó, sorprendido, adónde iba. El Pichi, que así apodaban al dependiente, no paraba de reír cuando Agustín le dijo que a trabajar. También Agustín rió de buena gana, elevando los brazos y agitando las manos sobre la cabeza, en un gesto tan característico de él.

«La madre que tenga un hijo…»

SEGUNDA HOJUELA

Agustín era hombre de estatura media-alta; de buena figura, delgado y recio (a lo escuálido y esquelético no llegó sino en sus últimos tiempos); resultaba ciertamente elegante si el atuendo le ayudaba lo más mínimo. Sin embargo, lo que más destacaba en su grácil fisonomía era una nariz hermosa, sin llegar a excesiva, y una más que descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del enjuto y alto gaznate.

Aunque su vida siempre estuvo afectada de inconveniencias, la aceleración de su deterioro se la proporcionaron el despido de su empleo (los conductores quedaron como únicos tripulantes de los camiones) y algo después la muerte de su madre, Manuela Carmona Franco (sobrina-nieta de Joaquín el de la Paula). Manuela era una mujer hacendosa, pero serlo no le libraba de algunos de los males que la pobreza impone, sobre todo cuando es heredada de generación en generación. Los dos hijos que se le habían muerto, Manolín y Fernando, siempre estuvieron cuidados y decentemente vestidos, igual que Agustín, pero algunas costumbres y determinadas carencias, como las alimentarias, todo empeorado por la aguda senilidad de Manuela, influyeron mucho en el tercer tercio de la vida de Agustín.

Y cuando Manuela faltó, su ya único hijo quedó a merced de la indulgencia del destino, es decir, de ninguna indulgencia.

«Juventud, divino tesoro…»

TERCERA HOJUELA

Cuando una noche llegué a la taberna que más frecuentábamos por aquel entonces, me di cuenta enseguida de que Agustín estaba deseando verme llegar. Servidos los vasos, no tardó en decirme: «¡Me pincha, ay, me pincha!». Le interrogué con la mirada. Me señaló a la parte posterior de su pescuezo, sin dejar de hacer movimientos parecidos a los que provoca el mal de San Vito. Fue al momento que, en una dependencia aneja a la taberna, extraje dos alfileres del cuello de su camisa recién estrenada. Su impericia en esas lides no le había permitido quitarle, por no haberlos visto, ni siquiera previsto, todos los que una de esas prendas suele contener. Añadamos, porque para qué ocultarlo, que en aquella época cada camisa que se quitaba iba derecha a la basura.

Pudo ser cualquiera de esas noches cuando, ausentes aún otros frecuentadores de la taberna, Agustín me contó lo de su visita al dentista, años antes. Ya sentado en el maléfico, o, según se mire, magnificente sillón, el sacamuelas fue a otra dependencia en busca de algún instrumento. Momento que Agustín aprovechó para salir de la consulta como alma que lleva el diablo. Y tal y como hubo entrado: con su dolor de muelas. La repulsión de nuestro amigo a las agujas y demás instrumentos sanitarios era superior a la que algunos sienten al trabajo. ¡Mucho más!, por difícil que sea de creer.

Unas copitas en La Bodega. Paz y sosiego

CUARTA HOJUELA

La primera vez que vi llorar a Agustín fue estando sentados en un banco de la plaza del Duque, el mismo en el que un año antes nos había hecho una foto Fernando del Trigo, en la que están con nosotros, y nosotros con ellos, Diógenes Domínguez y José Brea Ortiz, el Picoro de Alcalá (pocas veces habré estado igual de bien acompañado).

Sacó del bolsillo una carta, enviada, desde no recuerdo qué pueblo de Cádiz, por una hermana de la Caridad. Esta hermana se había interesado por la situación de Agustín —ya después de la muerte de Manuela—, y le había ayudado en algunas cosas; pocas, desde luego, porque Agustín, de ser mirlo, si no blanco del todo sí que lo hubiera sido tipo cebra: a rayas. En un momento dado la habían trasladado a un nuevo destino, y desde él se dirigía a Agustín, deseándole la mejor de las suertes y dándole algunos consejos de índole religioso y también prácticos. Consejos, unos y otros, que a Agustín no podían servirle. Los inseguros raíles por los que había discurrido su vida, que eran la familia y el trabajo, ya no existían. Estaba solo, por más que algunos le hiciéramos más leve la soledad, siquiera a ratos. En realidad, siempre había estado existencialmente solo, pero no es lo mismo estarlo teniendo buenas facultades que cuando ya apenas, y a duras penas, te sostienen.

Empecé a leer. Ahora podría decirles que, como soy viejo, se me nublan los ojos de lágrimas al revivir el episodio; pero aun siendo eso cierto, también entonces, teniendo yo treinta años, me ocurrió. Ir leyendo la carta de la beata, ver la cara que iba poniendo Agustín, verlo llevarse el pañuelo a los ojos… Terminé por concluir la lectura oral antes de la que continúe haciendo con la vista: no podía seguir pronunciando. Quedamos en que yo le escribiría la contestación, casi a su dictado, y así se hizo días después. Cuando le leí la respuesta apretó los labios, suspiró y subió y bajó la nuez cuatro o cinco veces. Después, al tiempo que daba con el dorso de la mano en su pierna, dijo: «Sí». Yo sabía que tras el sí y el golpeo estaba la más emocionada de las aprobaciones.

La segunda fue en la casa donde yo vivía a comienzos de los noventa. Recuerdo que vivían conmigo seis gallinas. Eran muy diferentes unas de otras, me refiero a su personalidad, como ya he contado en otro lugar. A una de ellas la conocía para mis adentros como «la Agustina»: tanto se parecía en gestos y actitud a mi amigo. Como siempre, puse alguna grabación. Los preferidos eran Manolito María, Fernanda, Juan Talega, Fernandillo, Perrate, Antonio Mairena, Joselero… Lo primero que escuchamos fue un cante de Manolito, a quien Agustín conoció y del que incluso fue vecino durante unos años, en la calle Ángel (no cabe mejor nombre para moradores que tenían tanto). Cuando Manolito cantó, estremecedoramente, aquello de «Endeque murió mi mare/la camisa de mi cuerpo/no tengo quien me la lave», Agustín rompió en un llanto que se esforzaba en reprimir.

Agustín fue, de joven y aproximadamente hasta los cuarenta, persona de gran agilidad, de reflejos asombrosos, capaz, en un combate de boxeo, simulado o no, de llegar al rostro del adversario decenas de veces, mientras el suyo permanecería intocado. Algunas personas me han referido que, cuando jugaba al fútbol, una habilidad pasmosa le llevaba de una portería a otra sin que nadie, al menos por las buenas, pudiera impedírselo. Pero esas dotes las fue perdiendo irremediablemente. Una alimentación escasa y desastrosa, el tabaquismo, el excesivo consumo de alcohol (siempre con la barriga vacía), todo ello durante tanto tiempo, no dejaban de nutrir el avance del mal del que a su vez eran causantes casi al cien por cien: la pelagra es una enfermedad cuyo origen y desarrollo se encuentran en una vida de hábitos insanos y necesidades no satisfechas.

No es cosa de negar que Agustín tenía, además, un ramito de locura; veta que procede, en casi todos los casos en que se produce, incluidos los de algunas personas que ahora estén leyendo esto, de su propia genética, sea desde la primera, segunda o tercera generación y por cualquiera de los dos lados coadyuvantes. O por los dos.

Justo en el centro (no sé por qué se agachaba), Dionisio, “Don Dionisio”

QUINTA HOJUELA

Agustín visitó varias veces aquella casa de la calle Corachas durante los cuatro años en que habité en ella, años que coincidieron con los últimos de su vida. En no pocas de esas ocasiones llegaba acompañado de nuestro amigo Jorge Pérez Díaz, que siempre, en connivencia conmigo, venía dispuesto a cocinar algún plato que complaciera a Agustín, tan necesitado de comer caliente y bien. Pero sólo lo conseguíamos de higos a brevas. Sus innatas manías (insisto, ¿hasta qué punto heredadas?), llegaban a ser realmente invencibles, aunque con un reducidísimo número de amigos transigía de vez en cuando, aceptando de buen grado la ayuda, el ofrecimiento y la disposición que le manifestábamos.

Privado de verdaderos medios de higiene, Agustín se lavó en aquella casa en tres o cuatro ocasiones. Recuerdo perfectamente que en la última de ellas, ya con una nueva muda completa (y quitados todos los alfileres de la camisa), se puso un flamante abrigo largo que le había traído Dionisio, nuestro inconmensurable amigo. Debajo, un traje de espigas de color café con leche, también aportado por Dionisio. Arriba, una mascota que yo, conocedor más o menos de su talla craneal, le había comprado. Y fue así como Agustín (además bien afeitado) salió aquel día a la calle: todo el mundo le miraba preso de curiosidad y admiración, nadie quedaba indiferente al verlo pasar; o mientras a pie quieto, en la puerta de La Bodeguita del Duque, miraba a un lado y a otro, divertidamente serio, sintiéndose extraño pero al mismo tiempo satisfecho, diría que hasta ufano, dentro de aquel atuendo. Se asemejaba al bueno de cualquier película del Hollywood de los primeros años. También hubiera podido parecerse al malo, pero su cara no casaba con ese papel.

«Una descollante nuez, que parecía dotada de vida propia dentro del alto y enjuto gaznate»

SEXTA HOJUELA

Agustín era poco hablador. Por tanto, no peroraba sobre esto o aquello, ni sobre el cante o el baile o la guitarra, que eran, en su vida, los únicos elementos realmente importantes, además, naturalmente, de la verdadera amistad. Él manifestaba su entusiasmo o aprobación con un hondo «¡Eso es!», cuando no con un proverbial «¡Por ahí se va a la Macarena!». Otras veces, con el «¡Ay, mama!», lo mismo podía expresar su rechazo o resignación ante lo que estaba viendo y oyendo, que un sobrecogimiento ante algo que le agradaba enormemente. Pero esas poco más que interjecciones, su mirada transmisora, su sonrisa en los ojos, el movimiento de los hombros, el agitar de sus manos, en fin, todo lo reunido en su figura y surgido de ella, eran como un compendio tangible, personificado, de tantos años —¿doscientos, trescientos?, menos mal que no se sabe— de arte y expresión flamenca. No he conocido un «casi total silencio» más expresivo e iluminador en toda mi vida. En relación al flamenco y a todo lo demás.

No era capricho, sino mandato inteligente y natural, el que yo, tantas veces en que me hallaba «enreáo» en alguna reunión en la que podía salir algo de flamenco, encargara a algún buen amigo que le buscara y trajera: «Llégate por Agustín, seguro que está en el Derribo». Llegado él, el ambiente adquiría una dimensión distinta: los cinco, o los siete, o los nueve reunidos notaban algo especial: no se trataba de que hubiera llegado un elemento más, un nuevo participante: se había personado una especie de patricio de la historia, un presente de historia con muchas historias dentro. No es que todos los reunidos lo apreciaran así, pero hasta al más despistado la presencia de Agustín le causaba, como poco, una sensación extraña y agradable, una leve incógnita, un sutil desconcierto. No sucedía sino que allí, acodado en el mostrador, sentado o erguido, estaba un hombre que, sin él mismo sospecharlo, tenía en sí los ecos del pasado y la autenticidad, no sólo estética, sino también moral. Ecos que llegaban a nosotros así, sin más historias, sólo por su presencia. ¿Qué era? ¿Cosa de magia? Digo yo que no, pero aun así, ¿cómo transmitía eso tan indefinible? Magia no, pero sí misterio.

Agustín no necesitaba ser ingenioso, ni contar chistes, ni aparentar nada (¡aparentar Agustín, vamos!): era Gracia metida en huesos, carne (poca) y movimientos. Una tarde-noche de Abril en que estábamos él, Dionisio («Don Dionisio», le decía Agustín, con sincero y absoluto respeto por su condición de maestro de escuela), Jorge y yo, ya un poco animados en la taberna de Antonio el del Derribo (él y su mujer, María, dignos de eterna recordación), decidimos irnos a la Feria de Sevilla. En autobús, que cogimos allí mismo. Agustín llevaba el traje de espigas, terno que ya iba mostrando signos de inevitable deterioro. Paseamos, entramos en una o dos casetas de las llamadas libres (y por eso atiborradas). En un puestecillo vi sombreros cordobeses, de cartón, naturalmente. Compré uno para Agustín: le venía a la medida. Poco más allá, una gitana vendía claveles: uno de ellos fue a parar a la solapa de Agustín. Y ahí fue la suya. El verdadero espectáculo, el de verdad vivo, no estaba en las casetas, ni la máxima atracción en la calle del infierno: iba andando por las calles del ferial. Agustín era en ese momento un personaje catapultado desde muchos años atrás y puesto allí, en la Feria de Sevilla del año de la Expo. A nadie pasaba inadvertido; niños había que tiraban de las manos de sus padres para señalar al personaje, semejante, quizás, a alguno de los que aparecían en las ilustraciones de los cuentos; era como si un sobrino-nieto del Planeta, o un hijo del Loco Mateo, tal vez un tío de la madre del flautista de Hamelín, hubiese resucitado y paseara por la Feria de Sevilla como si el tiempo no existiera.

A él le agradaba que la gente le mirara, mas en ello no existía fatuo orgullo, sino divertimento compartido. Agustín se sentía contento con el sombrero y el clavel. Parecía, además, como si esos dos elementos ornamentales le proporcionaran una velocidad propia de otros sus tiempos: era como si fuese el único participante de un desfile. Hube de frenarlo: «Para, Agustín, que vamos a tomar una copita». (Ni Dionisio ni Jorge resistían una marcha tan ligera).

Batiéndonos en retirada, y sin por un momento dejar de ser observado Agustín por el populacho, tomamos el autobús, donde casi todo el mundo estaba ya de cabeza caída. Nosotros, por el contrario, fuimos cantando y haciendo compás desde Sevilla hasta Alcalá, en la plataforma trasera que aún entonces tenían los autobuses de Casal. Bien que nos divertimos los cuatro. Agustín, al llegar nuevamente al Derribo, y mientras los demás nos alejábamos, cada uno para su olivo, se quedó plantado en la acera. Seguramente permanecería allí un buen rato, fumando, mirando a un lado y otro, aún con el sombrero y el clavel encima, creyendo posible que apareciéramos nuevamente para seguir juntos. Había estado unas horas acompañado por gente de su total agrado, y ahora tenía que volver a la oscura soledad de su inhóspita morada.

Aquella noche, y lástima que no haya quedado constancia documental de ello, Agustín fue el mago de la Feria, aquel hombre tan raro del traje de espigas y el sombrero de cartón negro. Algo imposible para cualquier otro humano. Cualquiera de nosotros hubiera resultado un payaso vulgar y chabacano. Él, por el contrario,  era el personaje.

Agustín con Manolo «El Poeta de Alcalá»

SÉPTIMA HOJUELA

La memoria de Agustín no fue nunca lo que se dice un portento. Pero por lo menos pudimos conocer, a través suya, algunas cosas de esas que en cuestión de poquísimos años desaparecen y nunca más pueden recuperarse, ni siquiera de oídas (y que es lo que definitivamente ocurrió una vez muerto Agustín). Por ejemplo, el cante de campanilleros. Agustín fue capaz de recordarlo íntegro (me parece que tenía siete u ocho estrofas) en una sola ocasión. Conste que lo cantaba muy bien, y, como ya nadie lo cantaba ni lo conocía, por supuesto que mejor que nadie: o sea, que también era único en eso. No era el mismo cante de campanilleros que hacían Manuel Torre y otros, sino uno algo más solemne y con unas letras más próximas al canto litúrgico, aunque totalmente inserto, el conjunto, en el flamenco más auténtico.

Cuando cualquiera de sus más próximos le insistíamos en que cantara tal o cual cosa, Agustín se esforzaba en recordar, pero las más de la veces daba en la mesa o en el mostrador con el dorso de la mano: «¡Ay, que no me acuerdo!». Y ahí había que dejarlo, todos sonriéndonos, contentos de seguir contando día a día con aquel desmemoriado que nos traía ecos, aun sin pronunciar palabra (¿ya lo he dicho antes?) de la memoria inmemorial.

Unas coplillas que nacieron de algún sufriente e ingenioso soldado, no se sabe en qué fecha, eran cantadas por Agustín lo mismo por soleá que por bulerías. Esas letras se referían a las condiciones en que se hacía el servicio militar donde, por rebote, fue a caer nuestro quinto.

La madre que tenga un hijo,

si quiere que se le muera,

que lo mande a la Turquilla

o a los campos de Pineda.

A los campos de Pineda,

cuartel de caballería,

donde los hombres no duermen

ni de noche ni de día.

Faltan cinco o seis estrofas más, pero mi senilidad avanza más rápidamente que la de aquella mujer que siempre andaba con las manos enlazadas bajo el delantal recogido, y mi memoria ya no es el prodigio que tal vez nunca pudo llegar a ser.

Agustín nunca fue pícaro, ni siquiera picarillo, pero a nadie le amarga librarse de obligaciones odiosas, de modo que desde el primer momento, aconsejado por su hermano Manolín (que toda su vida fue un pícaro redomado, si bien inocuo), se dio trazas de hacerse pasar por disminuido en sus facultades auditivas, por lo que, en el cuartel de Sevilla a que lo destinaron,  se encontraba libre de prácticamente todos los servicios. Pero, ay, un día, mientras Agustín, el soldado casi sordo, estaba junto a la baranda de madera de un corredor del ajado cuartel, del aparato de radio residente en la cocina salían cantes flamencos. Agustín, al oír alguno de su gusto, y como no podía ser de otra manera, se puso a hacer compás sobre la vetusta baranda. El capitán observó la escena: «Conque sordo, ¿eh?». Y así fue como Agustín pasó casi dos años en La Turquilla, donde los soldados tenían que bregar con toda clase de animales del Ejército. Me estoy refiriendo a los de cuatro patas, aunque también los había de dos, como patos, gansos y pavos. Briega que, como ya supondrá hasta el más lego, requiere de horas y esfuerzos casi sin límites.

De allí volvió Agustín con dos patadas de caballo, el mordisco de un cochino y una semana de arresto. Y unas ganas de Alcalá que no le cabían en el pecho.

Alcalá 1965 (vista del Castillo)

Fuente «La Voz de Alcalá»

OCTAVA HOJUELA

Nuestro amigo era endeble de memoria, sí, pero sólo en lo que afectaba a las palabras. Porque los ritmos y el compás, en cualquiera de los estilos musicales, eran para Agustín como los dedos de sus manos. Sonara lo que sonara, hasta cierto punto, claro. Agustín se movía, o bailaba, solo o acompañado, como si la música fuera parte integrante de él, o él de la música. De todos modos, eso ocurría muy contadas veces. Ya lo he referido en otro lugar: una noche bajábamos Dionisio y yo hacia una taberna de la plaza del Duque, por la acera de la Casa de Socorro. Entonces aparece Agustín por José Lafita; ya está en el centro del paseo; nosotros tocamos las palmas por bulerías, firmes, sosegadas, no vertiginosas; y entonces Agustín se marca un baile en aquel marco que ya hubiera querido Carlos Saura para alguna de sus películas.

Carlos Franco

También recordaba algunas, muy pocas, de las sencillas letrillas que Carlos Franco, el tío de la madre de Agustín, cantaba por tabernas y callejas y casas de vecinos. Vamos a transcribir dos variantes de una que dedicó a su sobrino-nieto:

Pobrecito el Agustín,

no sé lo que l’ha pasáo,

que tiene más menos carne

que la cola un bacalao.

Al pobrecito del Agustín

le tenemos que decir,

que tiene más menos carne

que el canasto un albañil.

Y también una que Agustín lo mismo cantaba por tarantos que por fandangos que por lo que fuera:

Yo entré en un jardín de flores

a comprar un real de puntillas,

y me contestó el sacristán

que estaba haciendo un gazpacho,

¡Ay, pájaro frito, limones agrios!

NOVENA HOJUELA

En sus últimos años, algunas noches, no todas, a Agustín se le venían apareciendo «muñecos» a los pies de la cama. Esas visiones le alarmaban en el momento de tenerlas, dado que desconocía por completo el origen y la naturaleza de los muñecos, pero cuando me las contaba resultaban como si hubiesen sido producto de un sueño. Incluso se reía. No sé si se trataba de delirium tremens propiamente dicho, pero de que eran alucinaciones no hay ninguna duda. Tenemos aquí, fuera o no delirium tremens, otra singularidad de Agustín: él no veía bichos repugnantes, sino muñecos que, al recordarlos al día siguiente, le hacían reír. Una risa asombrada, eso sí.

Un mediodía de primeros de noviembre de 1994 le llevamos, Dionisio y yo, al hospital de Valme. La noche anterior, y después de más de quince días sin aparecer por allí, llegué a La Bodeguita del Duque, decidido a convencerlo de lo que yo mismo no estaba convencido: que tenía que ir al hospital, porque si no… Quince días o más, he dicho, estuve sin bajar al Duque: para qué verlo cada vez peor, cada vez más cerca del final; más que avecinándose, entrando en lo irremediable. Aceptó. Y a la mañana siguiente, puntual, esquelético, con el temor en los ojos (¿y ya la renuncia pensada?), se introdujo en el coche de Dionisio. Por el camino me entregó las llaves de la casa en que durante tantos años malvivió, y el dinero que tenía guardado: una cantidad modestísima pero que por eso mismo cualquier otra persona hubiera ido gastando en la diaria alimentación y otras cosas imprescindibles. Quedó ingresado. Tanto Dionisio como yo sabíamos en qué acabaría todo aquello, y así lo comentamos durante el regreso a Alcalá.

El doctor Marín León, en su informe de asistencia del 26 de noviembre de 1994 (fecha del alta voluntaria de Agustín), escribió, entre otras cosas, lo siguiente:

«…Se trata de un paciente que presenta malnutrición, con mala absorción, trastorno del humor y lesiones pelagroides dérmicas, sugestivo todo ello de una pelagra».

«Se ha instaurado tratamiento con dieta, negándose el paciente a comer a pesar de habernos adaptado a la voluntad de la dieta del paciente. Se intenta poner nutrición parenteral con aportes elevados de Miacina, para dejar en reposo el intestino e intentar dejar recuperar la mucosa, pero el paciente también se niega».

«Por otra parte presenta una neumonía cavitada en LII, que dados los antecedentes del paciente se planteaba la posibilidad de una tuberculosis. Se ha instaurado tratamiento con  Clindamicina y Ceftriozona, que el paciente ha realizado durante 8 días, y no hemos podido evaluar la respuesta radiológica, aunque clínicamente la auscultación sugería la situación similar (…) El paciente, que desde el principio ha presentado en múltiples ocasiones una conducta con poca colaboración [Agustín se había negado a que le hicieran casi todas las pruebas], lleva insistiendo varios días en irse voluntariamente, habiéndole podido convencer en varias ocasiones, pero en la situación actual el paciente se niega totalmente a cualquier tipo de cooperación y pide el alta voluntaria; a pesar de mi persistencia el paciente no acepta permanecer en el Hospital ni recibir ningún tipo de tratamiento». Y el voluntarioso doctor finalizaba con el preceptivo diagnóstico:

1.- Pelagra.

2.- Mala absorción.

3.- Neumonía cavitada en LII.

4.- Etilismo crónico.

5.- ¿TBC pulmonar?

Fernanda de Utrera

DÉCIMA HOJUELA

Agustín, que era un remanso de paz, un refugio de placidez, un ser de un extremado buen comportamiento, también tuvo una etapa en que sacaba los pies del plato en cuanto alguien que él presumía molestoso se acercaba. Conste una parte de la verdad: distinguía a un molestoso a mil kilómetros, pero exageraba mucho. También es cierto que esa facultad la posee más gente, pero a la mayoría no nos da por coger una silla con el propósito de golpear con ella al molestoso. En realidad, lo de coger la silla e intentar alzarla (las fuerzas no le acompañaban, aunque sí los nervios) sólo lo hacía cuando estaba con sus más seguros amigos, que, siempre alertas, sólo con mirarlo o ponernos delante le hacíamos desistir de actitud tan riesgosa (sobre todo para él). A Agustín, en aquel tiempo, le resultaba molestoso cualquiera que no se comportara con la exquisitez de la que él era ejemplo; también todo aquel que de alguna forma interfiriera en el «microambiente» en que él se hallaba con sus amigos (todo esto se producía casi exclusivamente en un bar que frecuentábamos mucho por aquel tiempo, «Los Cuatro Vientos», cuyos clientes le resultaban desconocidos en su mayoría). Molestosos hay más que moscas, pero si uno se dedicara a matar moscas no le quedaría tiempo para nada más.

Manuel Ríos Vargas había concertado una cita con Fernanda de Utrera, en casa de nuestra diosa, y Agustín vino con nosotros. Se trataba de hacerle una entrevista que se publicaría en Alcalá/Semanal. Nunca vi bajar y subir más la nuez de Agustín que aquel día cuando nos dirigíamos a Utrera. El hijo de Manuela Carmona y sobrino-nieto de Carlos Franco, el hijo del betunero, el máximo trabajador en la carbonería de Saturnino y en el reparto de bombonas de butano, el soldado al que no dejaron ser sordo, el humilde en todos los sentidos, incluido el de su sapiencia, el Agustinito, como todavía lo llamaban algunos viejos, el delicado, el escrupuloso, el raro, el amigable, el franco, el reservado, iba en coche a Utrera, ¡a casa de la Fernanda! Cuando, antes de embarcar, y en continuación de una broma que sosteníamos desde hacía tiempo, le dije que yo iba a hablar con Fernanda para arreglar definitivamente su matrimonio con él, Agustín me miró, reprobador y asustado, como si por un momento me hubiera creído capaz de hacer tal cosa. Llegados, recibidos estupendamente, comenzó la charla. Unas botellas. Unas tapas. Y durante las dos horas largas (en realidad cortas) que estuvimos en aquella casa, Agustín se mantuvo sin mover más que la mano para tomar el vaso, ¡sólo dos o tres veces y porque se le insistía! Derecho en la silla, sin tocar su espalda el respaldo, bebiéndose las palabras y los gestos de Fernanda. Una malajá de una de las habitantes de la casa impidió que nuestra gitana más amada hiciera unos cantes que estaba a punto de regalarnos. Nos fuimos con esa pena, pero Agustín disfrutó aquel encuentro durante mucho tiempo.

Fernanda de Utrera y Diego del Gastor

¿Saben lo que son fandangos en americano? Yo sí, porque se los escuché a Agustín. De las letras no puedo decirles mucho, salvo que eran tan ininteligibles como carentes de significado. Eran completamente improvisados y perfectamente cantados: la música era la que tenía que ser, y no digamos el compás. El americano era el inglés, claro. El inglés más estrambótico, estrafalario y surrealista del mundo. Algunos chavales, entre los que se encontraba Juan Manuel López Flores, que después fue, y sigue siendo, fecundo guitarrista, disfrutaban de las cosas de Agustín en el paseo del Derribo. Esos adolescentes, y hasta los niños, se quedaban quietos a su lado, mirándole, como contagiados de su aparente calma, hasta que Agustín salía con alguna de las suyas y ya estaba formado el alboroto. Era cuando cantaba cosas como esta, recibidas probablemente de su tío Carlos Franco: «Ay, mira lo que tengo guardáo/un pico y una pala/que me l’habían regaláo».

Cuando llegué, después de que los municipales hubieran ido en mi busca, la cara del chófer de la ambulancia era lo más parecido a un aguafuerte de Goya. Agustín, en pijama hospitalario, los pies en fundas de plástico, no parecía tener frío. «Allí no se puede estar», me dijo. Él, cuando la frase reflejaba algo serio, importante, irrefutable, siempre pronunciaba todas las letras, marcando cada sílaba: «no se pue estar», hubiera dicho si no. Entramos, se acostó, y me dijo que le comprara una butaca, de esas plegables, para ponerla en el patio: quería tomar el sol. El sol ya no le dio más, porque a los cinco días se apagó definitivamente. Durante esos días estuvimos atendiéndole, hasta donde podíamos, Javier Rodríguez Terrón y yo, más él que yo. Se le alimentaba con chocolate y agua. El quinto día, cuando llegué con otros, ya agonizaba, silencioso, quieto, sin sentir, a punto de la expiración.

En la lápida de su nicho (del que el año pasado fue desalojado) se grabó esta letra flamenca:

Por donde quiera que vayas

me tengo que ir contigo,

porque yendo en tu compaña

llevo la gloria conmigo.

Agustín fue una alegría, una excepción, un ser inclasificable, una sorpresa, una realidad inmudable, un desperfecto sublime, un regalo imprevisible, un punto fijo, un hálito envolvente, un misterio cercano. En suma, alguien indescriptible.

Y, pues que es así, ya me marcho, voluntariamente, sin esperar el dictamen de los dioses, tampoco el de los mortales, al monte del Fyasco. Allí, entre tantos gilipollas, mitológicos y no, me será incluso más agradable recordar a Agustín.


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FLAMENCO EN «CARMINA»
BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González
«CHIMES OF FREEDOM» POR YOUSSOU N’DOUR. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (1)
«EL MES DE LOS CARACOLES» POR ANTONIO MAIRENA. Músicas que le gustan a Paulino García Donas (2)

JUAN TALEGA EN CUATRO ADARMES. Por Ramón Núñez Vaces

A Jesús Vázquez Luna, que huele a humo

Ahora en diciembre habría cumplido ciento veinte años, y en julio hizo cuarenta que murió. Da igual: valga cualquier pretexto para recordarlo, para invitar al disfrute de su cante natural y sapientísimo.

            Yo, con o sin el permiso del respetable, y mal que me pese, sostengo que cualquiera no está facultado para apreciar el cante de Juan Talega (ni el de otros y otras, añado), porque, como dijo un gran sabio, «para tener gracia se han de reunir muchas circunstancias». Y lo del cante gitano, lo de estar y ser en ello, es una gracia. Una Gracia, más bien. Despreciada por muchos, adulterada por otros, desconocida por los más. Una gracia que se tiene o no se tiene, ni más ni menos. O que te atrapa un buen día para no soltarte jamás. Pero, ojo, hablo de aquel cante gitano, de ese que murió porque no tenía más remedio, que así es la muerte natural: nada había ya que lo sostuviera, que le diera nuevas células, que le hiciera rebrotar. Nada puede vivir fuera de su medio natural (el hombre metido a astronauta sí, pero ¿es eso vida?). La consunción era inevitable, por mucho que algunos quieran, de buena fe o por los euros —no pocas veces, misteriosamente, se compaginan ambas cosas— alargar de forma artificial una apariencia de vida representada por seres y cantes que no son más que maquetas sin nervio.

     

            Juan Fernández Vargas nació en Dos Hermanas. Su padre, hermano de Joaquín el de la Paula, se había trasladado a pueblo tan pródigo en aparceros (mayetos), al resultarle más favorable para el trato de caballerías, porque Agustín Fernández Franco («Agustín Talega»), que también cantaba, y bien, era un tratante ni muy chico ni muy grande, pero por lo menos lo suficientemente dotado para sacar adelante la familia sin demasiadas estrecheces. Que Juan viviera ochenta años, diez más que su primo Enrique y casi veinte que su otro Manolito María, puede que se debiera, entre otros factores, a que sus años de niñez y adolescencia lo fueron, por lo menos, de mejor alimentación, e incluso mejor aireados. 

            El padre de Juan era tan aficionado al cante como su hermano Joaquín. Pero si éste era la «anarquía vital» —en cuanto tenía dos perras gordas ya estaba en Triana—, Agustín tenía casa donde recibir a otros cantaores gitanos de renombre, amigos suyos, de manera que Juan aprendió «lo que no había en los escritos», y nunca mejor dicho. Fue así que Juanito supo de Tomás el Nitri, de los Cagancho, de la Andonda, del Fillo, de la Serneta, de Paco la Luz… Con su tío Joaquín y Manuel Torre la relación fue, como diríamos ahora, en vivo y en directo, ¡qué maravilla, qué sueño! Vamos, que tuvo un aprendizaje igualito que el que ahora se quiere dar en los colegios a unos niños super alimentados y  ansiosos por llegar a casa y encender el ordenador, sin absolutamente nada que ver, no ya con la sociedad en que surgió el flamenco, sino incluso a años luz de la que le contempló durante algo más de cien años. O que el que pretenden impartir algunos «talleres» de flamenco para adultos (el término entrecomillado espanta, por muy léxicamente correcto que sea), a treinta y seis euros la hora.

            Juan siguió con el oficio de su padre, ocupación que fue yendo a menos a medida que pasaban los años. Camiones, furgonetas y tractores fueron sustituyendo a las bestias de carne y hueso y cuatro patas. Ya por entonces a Juan lo buscaban para cantar en reuniones y fiestas, reclamado por señores —señoritos y no— verdaderamente aficionados al cante bueno de los gitanos. Esta dedicación, durante los años cuarenta y primeros cincuenta, hizo, por un lado, que Juan, siempre admirado (mas no siempre igualmente recompensado), pudiera llevar a su hogar un dinerillo bastante necesario; por otro, que su prestigio cantaor fuera creciendo, hasta llegar a ser considerado como el heredero, o el transmisor, de los grandes cantaores gitanos de la «media antigüedad»; sobre todo, que no únicamente, por soleá, seguiriyas y tonás. 

            Pero ni se arrimaría uno a ser justo si a Juan Fernández Vargas se le calificara, e instituyera, simplemente como gran heredero y excelente transmisor. Porque si el medianillo, el imitador, el falto de sello propio, puede permanecer a caballo de la historia por unos cuantos años —y ni uno más—, los cantaores que cuando cantan sienten la sangre en la boca perdurarán para siempre en la memoria y el paladar de los aficionados (distingamos siempre entre aficionados y público).

            Porque Juan Talega aportó al cante gitano, como muy pocos otros, ese «algo» que eleva a los intérpretes a un lugar destacado, a distancia del común. Valgan unos pocos ejemplos. ¿Quién podrá cantar las bulerías de Manolito María, aquellas que empiezan: «Coje una silletita, por Dios primita, siéntate enfrente…»? (letra ésta tomada de unas sevillanas antiquísimas). ¿Quién tendrá en la voz y en el sentío el poderoso quebrao de Manuel Torre? ¿Quién como él, «el acabareuniones», la facultad asombrosa de hacer que algunos esperaran decenas de horas con tal de «cogerle bueno», es decir, enloquecedor? ¿Quién como Fernanda Jiménez Peña aquello de «en la ventanita, dejaba yo las llaves…»? ¿Y lo que le salía por soleá y por seguiriya a Juanito Mojama? Ya sabemos la respuesta, ¿verdad? Pues pasa igual con Juan Talega: él era de esos pocos que para cantar no tenían más que abrir la boca, ¡y encima siempre cantaba bien!, y muchas veces mucho mejor que muy bien. Y ni a Juan ni a esos otros hay que darles mérito alguno: cantaban así, como el agua brota del manantial. ¿Quién como él podría decir aquello de «Oleaítas del mar, que fuerte venéis…»?.

            El cante de Juan estaba ensamblado en mimbres tan  fuertes y flexibles como los de los cantaores más arriba mencionados, lo que pasa es que los grandes hacen con lo recibido de otros su sello propio, así, sin más, sin ni siquiera saberlo, dotados de cabo a rabo de su personalidad. Todo el mundo tiene personalidad, ¡pues claro que sí!, pero no todo el mundo la tiene a un nivel tan alto, encumbrado y olímpico.

***

 

 

Las majaderías que se han escrito sobre el flamenco y sus personajes no cabrían en los cajones de dos o tres cómodas de las antiguas. Una de ellas la he leído recientemente: ¡que Juan Talega no aprendió a cantar con guitarra sino ya maduro, casi viejo! Aun siendo un gran disparate merece la pena refutarlo, porque será hacerlo sobre una visión del flamenco (y me estoy circunscribiendo al gitano) que es casi la imperante, incluso entre algunos que pasan por eruditos. Visión de corto alcance, antievolutiva, de piñón fijo, de llave 10/11. Es decir, de menos vuelo que una gallina clueca.

            Está clarísimo que el cante gitano existía mucho antes de que la bajañí entrara en escena, en esa escena. La guitarra se fue incorporando al cante y al baile por medio de elementos no gitanos a medida que los calés asentados en pueblos y ciudades fueron abriéndose al resto de la población, y viceversa: lugares comunes en que se vivía, relaciones laborales y comerciales, etcétera. Como no podía por menos que ocurrir, unos y otros se influyeron, y así fue desarrollándose una correspondencia que durante poco más de ciento cincuenta años produjo, entre otras cosas, esa especie de regla de aligación, magnífica y profunda, entre cante e instrumento.

            Pero conste que al cante nunca le ha sido imprescindible el acompañamiento de la guitarra, como se puede demostrar en cualquier momento. Fueron los tocaores los que se adaptaron, en un ejercicio más que admirable, al cante; los que, inspirados en el sentir sonoro del cantaor, lograron tan inmensamente bella aportación al arte flamenco, abriendo un gran diorama del que hemos podido disfrutar durante tantos años.

            Un amigo mío añadiría que lo bueno y lo malo siempre conviven en todo tiempo y en toda forma viviente, y que por consiguiente la aportación de los guitarristas también ha servido para acelerar la deformación que, seguramente inevitable, se ha ido produciendo hasta nuestros días. Y que ha habido y hay guitarristas, famosos y no, pa matarlos. Por mi parte, y en cuanto a la trabazón cante-toque de la que han podido disfrutar aficionados y público, he de reconocer, a pesar de tener que coincidir con mi amigo, que actualmente y desde hace ya bastantes años, gran mérito tiene el cantaor que logra cantar a compás cuando es acompañado por un guitarrista que se esfuerza (¡es que se esfuerzan!) en no tener ni ritmo, ni compás ni nada de nada. Y cuando el cantaor es de la misma cuerda que el tocaor, ¡apaga y vámonos! Como diría mi amigo: transmiten menos que un cable desenchufao.

            En fin, esa atrocidad, la de afirmar que Juan no supo cantar con guitarra hasta bien entrado en años, es, por supuesto, totalmente absurda, pero es que no se tiene en pie en cuanto le escuchamos: tanto la guitarra más torpe y mostrenca como la más enjundiosa enloquecían de placer acompañando a Juan, guiándose por él, llevando a sus cuerdas el compás, la sencilla frondosidad, la cadencia y la Harmonía de su cante. Pero bueno, algunos han pisao la flor de la tontería, qué le vamos a hacer.

***     

Lo que no llegó a hacer hasta avanzada edad fue impresionar su voz. La admiración y el interés que Antonio Mairena tenía por sus cantes «transmisibles» hizo que pudieran llegar al conocimiento de los aficionados, aunque en número escaso de grabaciones; sometidas éstas, además, a las condiciones nada favorables de los estudios, tan extrañas para nuestro personaje. Sin embargo, el cante de Juan nos estremece por igual: ¡el manantial siempre fluía, puro en cualquier circunstancia! También quedó Juan registrado en aquella memorable colección de la casa Ariola que en tantas personas de mi edad hizo surgir el enamoramiento por ese arte. La participación de Juan en los festivales que entonces cobraban vida afirmó el aprecio de cuantos descubrían la figura venerable de aquel portador de la verdad flamenca.

            La relación que desde mucho antes había tenido Juan con Diego del Gastor se hizo prácticamente cotidiana en los años sesenta, cuando el antiguo tratante se convirtió en uno de los más asiduos de las fiestas, o reuniones, o juergas, que se celebraban en Morón de la Frontera, tanto en la finca del norteamericano Pohren como en Casa Pepe y otros lugares cuyas paredes, aún hoy, parecen querer transmitirnos algo de lo que presenciaron. Las grabaciones realizadas en aquellos recintos, domésticas pero de gran calidad, dan fe del capítulo más glorioso del cante gitano antes de su definitivo ocaso.

***

Ahora voy a referirme al orgullo, al amor propio que algunas veces cualquier persona ha tenido que dejar de lado porque las circunstancias obligan. Estando Juan al borde de la despedida, llegó a verlo un señorito, conocedor del trance que en poco tiempo Juan estaba llamado a cumplir. Cuando el moribundo oyó el nombre del visitante se negó rotundamente a recibirle: que no entrara, que se fuera, que no, que ni pensarlo, que de ninguna manera.

            El motivo de tan drástico rechazo se remontaba a años atrás, cuando Juan, siendo un hombre más que maduro, fue lanzado a una alberca por tres o cuatro borrachos, después de una fiesta en la que había estado cantando, como dice la letra, «por lo que me quieran dar». Uno de los «bromistas» fue el señorito que ahora quería ser recibido, puede que sintiendo un sincero arrepentimiento. Yo no lo sé. Lo que sí sabemos es que tuvo que irse sin verlo.

            La persona a la que oí el relato del suceso decía comprender la actitud de Juan, pero sólo «hasta cierto punto», pues le parecía dura en exceso, demasiado tajante, incluso desagradecida. Mas yo digo, ¿es que ni a la hora de la muerte puede uno plantarse y mandar al diablo servidumbres enojosas?.

DOY FE DE QUE HA EXISTIDO. Ramón Núñez Vaces

En Madrid, primeros años sesenta:
Manolito María, Anzonini y Paco del Gastor

 

A Miguel Cruz Clarambo, gitano cósmico

 Yo, ya desde el primer momento, había decidido ir en el coche de Dionisio. No es que José Luis condujera mal; no, qué va, pero a mí me lo parecía tanto, tanto tanto, que me resultaba imposible creer lo contrario, por más que me esforzara en ello. Alguna que otra experiencia me había deparado haber ido en aquel Ford Fiesta de nuestro entrañable amigo: el bordillo que se acercaba a la rueda derecha delantera hasta el punto de golpearla; la raya continua que de improviso dejaba de serlo; el ruido que producía el coche que estaba aparcado al chocar contra el de José Luis cuando éste, de manera impecable, estaba estacionando; el retrovisor que se rompía porque una señal o una esquina había arremetido contra el espejuelo; el despiadado frenazo porque una calle había cambiado de sitio; una farola que, quizás carente de luces, se atravesaba, imprudente y dañina…

            De manera que, después de varios intentos de Dionisio por desbloquear las puertas de su Renault14, subimos a bordo del flamante coche Julio, Jorge, Rafael y yo, mientras nuestro admirado maestro de adultos, a la vez que sacaba limpiamente el vehículo para ponerlo en la vía, se desvivía en explicarnos el mecanismo de las puertas de su nuevo automóvil, sin que ninguno de los receptores de sus aclaraciones nos enteráramos de lo más mínimo.

            En el otro vehículo, el de José Luis —así mismo maestro de adultos, como todo el mundo sabe—, acometieron la aventura Diógenes, Antonio Ríos («el Carmona»), Rafael Benítez («el Marqués de las Corachas») y Mario Cortés.

            «Ea, ya na más que falta ‘La Niña’», dijo el Marqués antes de poder cerrar la casi desvencijada puerta del Ford Fiesta.

            Y así fue como las dos «carabelas» emprendieron el viaje nada menos que a Morón de la Frontera. (Enseguida se verá que otra nao, ocupada en solitario por nuestro inolvidable Tomás, había llegado al destino antes que la capitana y su segunda).

            Los dos coches y sus diez ocupantes llegaron —llegamos— sin ningún percance digno de  reseñarse, si bien el retraso del Ford Fiesta —tres cuartos de hora sobre el horario previsto— nos alarmó a los ocupantes de la Santa María, digo del coche de Dionisio. Después supimos que José Luis, en un despiste extraordinariamente extraño y del todo increíble en él, había tomado la carretera que lleva a El Coronil, en vez de seguir directamente hacia Morón. «¿Qué quieres, si era casi de noche?», fue la respuesta que le dio a Rafael al preguntarle éste sobre cómo diablos había sucedido el extravío.

 Encuentro con Tomás y entrada a la fiesta

 Aguardamos a José Luis y sus intrépidos acompañantes en Casa Pepe, el lugar convenido. Dionisio, durante tan inquietante espera, nos ilustró sobre las reuniones que allí se habían celebrado con Diego del Gastor y tantos otros personajes —el propio Dionisio entre ellos—, protagonistas de tantas fiestas en las que el flamenco más auténtico resplandecía en toda su esencia.

            Una vez reunida la expedición, marchamos todos a pie hacia la calle en que según Dionisio se encontraba la casa donde se desarrollaría la grabación para TVE. Menos mal —¡menos mal!— que en algún momento de nuestro deambular por aquellas apacibles calles de Morón, alguna de ellas más de dos veces transitada en poco menos de quince minutos, nos topamos con Tomás. «Si es por aquí, hombre, si es por aquí», nos dijo, con su sorna amable y comprensiva, riendo a pequeños borbotones. La mayoría miramos de reojo a Dionisio, sin poder explicarnos cómo hombre tan versado, eficiente y confiable a bordo de un automóvil se convertía, echado a tierra —¡y en tierra tan andada por él!— en náufrago recién llegado a una isla. (Supe después, por confidencia de Rafael, del gusto de Dionisio por complicar las cosas, bien entendido que sólo las fáciles de desenredar).

              Pues llegamos, no sin antes haber estado en tres tabernas (una de ellas tan pequeña que no pudimos entrar los once de una vez) en las que Dionisio y Tomás conocían desde muchos años antes a sus dueños, o a algún parroquiano. Afortunadamente, Antonio el Carmona y Rafael se encargaron de abreviar cada una de las estancias, porque de haber sido por el propio Dionisio y por el otro Rafael —el Marqués— hubiéramos llegado a la casa de la fiesta ya finalizada ésta. Y no lo digo porque los dos citados bebieran más que los demás; de ninguna manera, lo que ocurría es que el tiempo, para estos amigos, es algo que parece poder detenerse al antojo de cada cual. No sería malo, pero no es posible.

El guitarrista Juan del Gastor, en una de sus facetas

            Ya en la puerta de aquella enorme y señorial casona, vimos salir a Juan del Gastor, que se fue derecho para Dionisio y Tomás, amigos, casi hermanos, desde tanto tiempo atrás.

            «Se habrá queáo Alcalá vacía», observó el guitarrista, sobrino del gran Diego, ante la nutrida «delegación» que tenía ante sus ojos. «Venga, vamos pa’entro, que esto va a empezar ya». Y allí fuimos aposentándonos, siempre detrás de las cámaras, mientras íbamos reconociendo a Paco del Gastor, Paco Valdepeñas, Fernanda de Utrera, su hermana Bernarda, la Pepa, Joselero… Ya estaban todos convenientemente colocados para iniciar la actuación. Todo bajo la dirección del entonces —y antes y después— industrioso productor Ricardo Pachón.

            Yo, asentado en Alcalá desde mi llegada a Sevilla procedente de mi Segovia natal, no había tenido la oportunidad hasta ese momento de asistir a una reunión tan numerosa y excelsa de artistas flamencos, siendo todos ellos, además, de los que a mí me gustaron desde un principio (ya para entonces había desaparecido la mayoría). Pero comprobé enseguida que la emoción embargaba por igual, si no en mayor intensidad, a todos los demás integrantes de aquella «delegación alcalareña», algunos de cuyos miembros habían conocido a verdaderas glorias del flamenco (insisto: algunas de ellas, pocas, todavía presentes allí mismo). Esa noche me ocurrió lo que años antes al escuchar aquellas grabaciones tomadas en reunión de Manolito María, Juan Talega, Tomás Torres, Fernanda, el Borrico, Joselero, Bernarda, Perrate y algunos más: una sensación de refrescante pureza a la vez que de viaje a un tiempo tan grato como inabarcable.

 El Andorrano, Paco Valdepeñas… 

 Aunque se trataba, lógicamente, de algo preparado y previsto, lo que vimos, oímos y sentimos aquella noche fue producto de la conjunción de varios factores. En primerísimo lugar, de la calidad sanguínea de los artistas. En segundo, del ambiente tan favorable que reinaba entre todos los allí reunidos; y en tercero, y a gran distancia, de la capacidad del director de aquella puesta en escena, porque con aquel material humano hubiese sido un crimen no sacar algo bueno. Un crimen imposible, la verdad.

 

            Como se me parta el palo/este torito miura/que va a acabá que con mi caballo, cantaba el Andorrano, volviendo del revés los versos de Villalón, y enseguida su baile, disímil, lento, deslizante y ahora atlético para volver a la parsimonia y acabar en una explosión ralentizada: Soy la gitana Caireles/zahorí de nacimiento/que adivina los quereles/y también los pensamientos. El mayor de los hijos varones de Luis Torres Cádiz (Joselero) parece que baila hacia atrás. Y en parte es así: baila hacia atrás en el tiempo; y vuelve, es un gitano que nos trae lo que el tiempo transmite, sencillamente porque Andorrano tiene disposición para ello. Una disposición que viene de dos elementos fundidos: sangre y sapiencia. A lo que habría que añadir, en el caso de que no estuviese ya contenido en la sangre, el respeto a sí mismo y a su gente. En 1984 (y afortunadamente bastantes años después) aún nos fue otorgado contemplar ese baile p’atrás en los dos sentidos de este Torres Amaya. Magnífico.

 

            Dinero y más dinero/Yo nunca te he peío ná/sino que vengas a verme/de tu propia voluntá, cantaba aún sentado Paco Valdepeñas (que nació en Linares), con su voz distinguible entre los miles de millones de seres humanos, antes de levantarse para hacer un recorrido lleno de letras: Como el carbón que se quema/sin echar humo ninguno/así se estaban quemando/los corazones de algunos; las más, sacadas de canciones de no tengo ni idea de cuándo y dónde, en medio de un baile tan disímil como el de Andorrano, sólo que de una compostura que transita desde la majestuosidad a la sencillez hecha gesto sublime, y viceversa. El que viva en el año dos mil/verá con asombro los tiempos cambiaos/porque no habrá ningún albañil/no habrá goteras en ningún tejao./Las niñeras serán suprimías/porque los chiquillos ya vendrán criaos/y en los parques y en las avenías/ya no las veremos con tantos soldaos… Un Óle gigante, agradecido y eterno para Paco.

            …Y Fernanda.

De vuelta a Alcalá

Hacía un fresco muy agradable cuando abordamos la calle, aunque para Dionisio (¡el más friolero del mundo!) pareciera que nos encontrásemos en plena estepa siberiana. Pero el calorcito de la taberna más próxima nos reconfortó a todos, frioleros y no. Al contrario de lo esperado por algunos —Dionisio y Rafael— y deseado por todos, ni Paco ni Juan del Gastor nos acompañaron: sus obligaciones, tanto familiares como profesionales, no se lo permitían. Ese día, claro, porque dos meses después estuvimos algunos casi veinticuatro horas con Paco y algunos amigos norteamericanos —sin relación alguna con la base USA—, una alemana y también un australiano, todos admiradores y discípulos directos de Diego del Gastor. Optamos por irnos de Morón. Aún era temprano y podíamos ponernos de acuerdo para parar en alguna venta.

            Antes de introducirnos en los coches, que ahora ya eran tres tras la incorporación de la «carabela» de Tomás, estuvimos en dos bares. En ninguno de ellos se superaron las dos rondas, creo recordar. Comentamos el cante, el baile y el toque que habíamos tenido el privilegio de contemplar. Nos acordamos, inevitable y repetidamente, de Agustín, que de haber estado allí hubiera disfrutado como sería imposible describir. Llevaba dos días sin aparecer por el Duque, ni por el Derribo. «Mañana habrá que llegarse a su casa», dijeron José Luis y Rafael al unísono.

            Todos convenimos, por fin, en reunirnos en la Venta Hispalis (abierta toda la noche), a relativamente poca distancia de Alcalá, en la carretera de Málaga (la A-92 estaba todavía en los forros de alguna carpeta). Entonces se operó la redistribución de ocupantes en los coches. Fuese por efecto del vino —que, repito, no era tanto el libado en ese momento—, fuese por el relajamiento que produce un goce como el que habíamos vivido, lo cierto es que las distintas tripulaciones quedaron como sigue. Primer coche: Dionisio, Jorge, el Marqués y Mario. Coche de Tomás: el mismo, Antonio el Carmona y Diógenes. ¿Quiénes quedábamos para ocupar el de José Luis, además del titular?: Julio, Rafael y yo. Cualquiera de los tres hubiésemos podido agregarnos a uno de los otros dos coches, pero de los cobardes nunca se ha escrito nada. Aparte de que, en caso de ocurrir cualquier malajada, más valía ir cuatro que dos: alguno sobreviviría para dar el aviso.

Joselero (padre de Andorrano) y Diego del Gastor,
con Chris Carnes

            En esta ocasión fue el coche de José Luis el primero en emprender la marcha, convirtiéndose, aunque por poco tiempo, en la Santa María del regreso. Tomás y Dionisio nos adelantaron enseguida, porque, eso sí, José Luis, de correr, nada, por mucho que mis palabras iniciales les hayan podido hacer creer lo contrario. No hay que descartar, ahora que lo pienso, que la poca velocidad de crucero fuese la que pusiera tantas veces al coche de José Luis en algunos aprietos. Quién sabe.

            Pero esta vez fue el coche de Dionisio, no obstante habernos sobrepasado antes, el que se demoró, y no poco. La tardanza fue debida a que una liebre atravesó la carretera y fue golpeada por el coche. Y ¡hala!, sus cuatro ocupantes a buscar la liebre en un barbecho, en una noche de luna nueva. Ninguno era lo que se dice largo de vista, y mucho menos en aquellas circunstancias. Si los linces tuvieran el alcance visual de estos cuatro hace tiempo que se hubieran extinguido. Ni que decir tiene que, de la liebre, ni rastro.

            Una vez todos llegados y reunidos en la Venta Hispalis, tardó poco para que Julio hiciera que Dionisio sacara la guitarra del coche y comenzara a tocar —me refiero a Julio— como sólo él sabe hacerlo. Y al decir esto no me aparto ni un ápice de la verdad. Sólo Julio sabe hacer lo que hace y cómo lo hace. Que nadie dude de que a la guitarra es un caso único. E inimitable, que es aún más importante.

            Pasó el tiempo entre bromas, recuerdos, recitaciones del Marqués, cantes de Rafael por soleá y por tangos (de Joselero), «jaleamientos» y amagos de baile de Jorge, hasta que, después de mucha insistencia por parte de todos, tomó Dionisio la guitarra y pudimos escucharle, tras varios intentos por afinar y vueltas y más vueltas —como en las calles de Morón— un toque por seguiriyas que no se me borra de la memoria.

            Iba a seguir tocando, ahora por soleá, pero en ese momento apareció por la puerta la mala potra, la fatalidad más insoportable, el signo de Satán, la mala ventura, la peor de las chambas, el hado maligno, la papeleta maldita de la Tómbola del Mal, el bicharraco perverso, lo más malo que podrían enviarnos nuestras respectivas estrellas si nos odiaran. Yo, hasta ese momento, no había tenido el disgusto de conocer al archiominoso, y ojalá hubiera seguido así por el resto de mis días. Observé en todos mis amigos, sin excepción, que el disgusto afloraba en sus caras, y que, unos más rápidamente que otros, iniciaban movimientos de retirada, si no de fuga. Debido a que el bribón tiene familia en Alcalá, no voy a decir su nombre. Efectivamente, no hizo más que traspasar la puerta la bestia cuando ya estaba metiendo la pezuña. Acabamos por levantarnos, se pagó lo que se debía y salimos. Camino de los coches, casi todos iban diciendo que menos mal que Agustín no había estado allí, porque seguramente habría intentado que alguna silla hubiera dado en la cabeza del bulto molestoso.

            Hubo nuevamente cambio de tripulaciones y esta vez coincidimos Rafael, el Marqués y yo en el coche de José Luis. Los dos Rafaeles fueron lanzando durante todo el trayecto tal cantidad de improperios para el cretino que nos había hecho abandonar la Venta Hispalis que es imposible que los recuerde todos. Pero sí que quedé seguro de uno de los significados de esa expresión que tanto he oído desde mi llegada a Sevilla: ser «un tío mierda». Según me explicaron y después pude comprobar dos o tres veces más, el que apareció aquella noche para estropear esa reunión (como ha hecho con cientos) era y es eso: un tío mierda. También recuerdo que los calificativos más finos que le dedicó uno de los Rafaeles fueron los de «hijo de madre distraída» y «buey coceante».

            Aunque no era muy tarde ya no había lugar de encuentro posible, al menos deseable, así que… cada mochuelo a su olivo. Pero vine a enterarme a los pocos días de que Dionisio condujo a los ocupantes de su coche (Jorge, Mario y Julio) hasta su casa, y ya dentro de ésta a la habitación donde tenía su gran colección de cintas magnetofónicas de cuatro pistas que contenían (uso el pretérito porque seguramente ya las habrá destruido en alguno de sus arrebatos) horas y horas y más horas de reunión y fiesta en Morón en los años sesenta. Y allí estuvieron hasta por la mañana escuchando una pequeña parte de aquellas maravillas que nunca jamás volverán a tomar carne, porque no eran golondrinas, sino seres de una nebulosa inalcanzable cuyos ecos resonarán, o no, por el Universo: los ya citados y Fernandillo, Anzonini del Puerto, Curro Mairena, su hermano Antonio, Miguel el Funi…

            Tres de los grandes: Fernanda, Curro Mairena y Joselero,
en Morón

            Es cosa que ustedes sabrán perdonarme el que me permita incluir (hay que estar a bien con todo el mundo) una composición que Mario Cortés hizo a resultas de tan opima noche —hasta la aparición del mal sujeto— y sin duda de otras más, y que tituló como yo lo he hecho con el presente texto: se refería —y yo me refiero— al arte puro.

 

Noche de juerga decente.

Vino, tapas, aguardiente.

La prisa no está presente.

 

Adviene un silencio agrupador:

en los chorlos del quelaor

—porte rancio, tez morena

el aire retrueca y suena.

De la raza, el baile es la enseña,

esplendor de una sangre

que no esconde lo que sueña.

 

Algunos sienten el riego

de una orquesta de venas

con un ritmo sin sosiego,

sin límites ni esquenas.

Pero en guitarra serena

y compás negado al lego

están marcados a fuego

los lindes de la faena.

 

Baila y canta el gitano.

Un lucero en cada mano.

El cante, pulsión fastuosa

que hace arte cualquier cosa.

Están en cada desplante

los mengues y el canguelo,

pero los oculta el Arte

al compás de este revuelo.

 

Sale del baile el quelaor.

Se alza un picote en terquelo

dedicado al tocaor:

«No sé que tienes mejor,

las baes o el corazón».

 

Mientras, el Tiempo, en la calle,

se cansa como un anciano.

Entra como en un valle

un viento total, diluviano.

¿Qué pasa? ¿Ya nos vamos?

¿Es que hay que despedirse?

Mas nadie quiere irse

con pétalos en las manos.

 

Ahora arrastras una cuita,

ansia, afán, anhelo:

¿cuándo, amigos, otra cita?

A PROPÓSITO DE UN «PCIH». Por Rafael Rodríguez González

La UNESCO, que sabe tanto de flamenco como yo del color de los pijamas de Eisenhower, ha proclamado al flamenco, después de una prolongada campaña de la Junta de Andalucía, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad (PCIH).

Grabado de Gema Atoche 2008

Juan Talega

Dos advertencias tengo que realizar. Al referirme al flamenco lo hago exclusivamente al jitano o de clara procedencia jitana. Bajo el epígrafe o rótulo de flamenco se han conocido y se conocen tantas y tan variadas formas cantoras, sonoras y estéticas, que conviene distinguir entre ellas y no hacer un revuelto que forzosamente resultaría inconsistente, por más que algunas de esas formas se aproximaran e incluso fundieran de forma más o menos natural y espontánea en tiempos pretéritos. La segunda es que, para conocer los vericuetos históricos del flamenco, de la forma más aproximadamente certera, bastaría, además de con una inexcusable experiencia propia, con un solo libro: Luces y sombras del flamenco, de José Manuel Caballero Bonald. Tiene bastante ventaja sobre cualquier otro, pero no debe uno ocultarse que está escrito en momentos de remolinos y aparentes encrucijadas (1975), y que el autor no pudo evitar enredarse un tanto.

            Ya desde el enunciado de la declaración empezamos con los desacuerdos. ¿Son la voz, el sonido de la guitarra, las cuerdas y el puente, las palmas, los chorlos, el pañuelo del bailaor y el tintineo de vasos y botellas algo inmaterial? Los bollos con manteca por los que suspiraba Joaquín el de la Paula al atender las llamadas de los señores, ¿también eran algo inmaterial?.

            La proclamación se hace  sobre una tradición inalterada en el tiempo, para la que hay que contar con medidas de protección, según las normas de la UNESCO. El tiempo es lo único inalterable de cuanto existe. Mas nada de lo que contiene, o sea, nada de lo que en él vive, es inalterable. ¿Es que hay algo más alterado que el flamenco a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, e incluso desde su aparición ante el público a mediados del siglo XIX? Ni siquiera permaneció inalterado en el seno de las familias jitanas cantaoras. Pero todo eso ya desapareció, y las reminiscencias que quedan también lo harán. Los intérpretes fieles que quedaban, ciertamente gloriosos, fieles no a imaginarios cánones, sino a la herencia jitana presente en sus tuétanos, se extinguieron en los años sesenta, setenta e incluso ochenta, y con ellos los últimos vestigios del flamenco de peso.

Acrílico sobre tela de Gema Atoche 2008

            El hilo de bronce que durante tantos años aseguró la pervivencia del flamenco fue la familia jitana y la relación íntima. Ese hilo se rompió, y al romperse se rompió todo, se hizo imposible cuanto hasta ese momento había existido. Naturalmente, ese hilo no saltó por arte de magia. Fueron las formas de vida, en aspectos esenciales, las que cambiaron radicalmente. El flamenco había nacido en unas circunstancias dadas y tenía que desaparecer como tal, dado que la desaparición de esas circunstancias sociales tenía que llevarlo a la tumba. Los dinosaurios no evolucionaron, desaparecieron. En este asunto, la aplicación de la teoría de la evolución falla en su eje, porque sólo puede evolucionar aquello que vive.

            Pero, ¿es eso, lo ya desaparecido y que sólo podemos disfrutar en los archivos lo que acaba de ser nombrado PCIH? Puede que sí, pero lo que en la práctica aplastante se instituye como PCIH es lo actual, es decir, por poner ejemplos elocuentes, el «cante» de Miguel Poveda y tantos otros (a alguno de esos no lo voy a citar expresamente, dado lo sucedido el 13 de diciembre), el baile de ese que se agita en una caja de muertos puesta en pie, y el de otros karatekas, el «cante» de Estrella Morente, que puede equipararse a Enrique Iglesias respecto de su padre (el peor cantante que se ha conocido en España), el de tantos guitarristas que están más contentos cuanto más se alejan de la armonía y del compás, y, en fin, el de cualquiera que auspicie Canal Sur y demás pontífices de la nueva hornada.

            De modo que la declaración como PCIH se hace sobre un mal remedo del flamenco, sobre el flamenco más degradado, sobre la comercialización más nauseabunda, sobre la falsificación más desvergonzada, sobre una realidad en la que se enseñorea la mediocridad impuesta, sobre el peloteo y la trinca a cada paso sin arte que pase, surja ni quepa esperársele. Se alienta a los malos imitadores, al chillido en vez del cante, a la fusión emulsionadora que nada aporta ni siquiera a una posible nueva música. ¿Que a usted le gusta? Pues que le aproveche, amigo, porque oportunidades de disfrutarlo no le faltarán. Pero no es flamenco: no confundamos el pajarillo que vuela con uno de porcelana.

            Ya tiene la Junta de Andalucía, a costa de un concepto e incluso una realidad que fue, ¡que fue!, otro banderín de enganche, otra futilidad que utilizar para fomentar el orgullo de ser andaluz y pertenecer a la Patria andaluza. ¿No tiene hasta padre esa Patria? Ea, pues ya tiene también un patrimonio inmaterial. Por títulos que no quede.

Ahora se enseñará el flamenco en las escuelas. ¿Se pondrán en las aulas unas botellas, varios paquetes de tabaco y, en el caso de tocar la lección sobre el «flamenco moderno», algunas otras sustancias? Lo digo porque la realidad es total: no puede uno andarse a trozos con ella, ni siquiera con los niños. Aunque algunos dirán que se puede hacer flamenco aséptico, no contaminado de vicios propios y ajenos. Los docentes enseñarán que el flamenco es algo consustancial con el ser andaluz, con la esencia de Andalucía. Algunos remontarán la cosa hasta los tartesios, que, como todo el mundo sabe, eran andaluces a más no poder..

            Mientras, yo me conformaré con que el jitano que vende en una esquina espárragos y cabrillas y blanquillos y tagarninas y flores y tomillo y canta a veces a quien sabe que sabe no me eche en serio la maldición que me dijo en broma el otro día, porque no le compré nada. «Permita Dios y te lleves dos semanas escuchando al Poveda». O a otros.

Al cante Antonio Hermosín y al toque Niño Elías
Foto: Miguel Ángel Olivero

EL ARTE PURO (DOY FE DE QUE HA EXISTIDO). Poema de Mario Cortés (1984)

 

Paco Valdepeñas

 

Noche de juerga decente.
Vino, tapas, aguardiente.
La Prisa no está presente.

Adviene un silencio abarcador.
En los chorlos del quelaor
el aire retrueca y suena
(Porte rancio, tez morena).

De la raza, el baile es la enseña,
esplendor de una sangre
que no esconde lo que sueña.

Algunos sienten el riego
de una orquesta de venas
con un ritmo sin sosiego,
sin cordeles ni cadenas.
Pero en guitarras serenas
y compás negado al lego
están marcados a fuego
los lindes de la faena.

Baila y canta el gitano.
Los brazos, chispas sin pausa.
Dos luceros en las manos.
El cante, quejas con causa
y elegías de lo humano.

Están en cada desplante
los mengues y los canguelos,
pero los oculta el Arte
al compás de este revuelo.

Sale del baile el bailaor,
alza el picote en terquelo
que dedica al tocaor:
«No sé qué tienes más grande,
las baes o el corazón».

Mientras, el Tiempo, en la calle,
se cansa como un anciano.
Entra, como en un valle
un viento total, diluviano.
¿Qué pasa? ¿Ya nos vamos?
¿Es que hay que despedirse?
Mas nadie quiere irse
sin pétalos en las manos.

Después, a solas o con amigos,
querrás emular la Gracia.
Pero esta Virtud es reacia:
sólo verás en tu ombligo
pobres posturas lacias.

Ahora arrastras una cuita,
ansia más que anhelo:
¿cuándo, amigos, otra cita?

 

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Chorlos: el sonido a modo de palillos que se produce con los dedos.
Quelaor o querelaor: Bailaor.
Mengues: Diablos.
Canguelos: Temores, miedos.
Picote: Vaso.
Terquelo: Brindis.
Baes: Manos.
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NIÑO ELÍAS, MÚSICO («Historias de vidas»). Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004

Manos de N. Elías

Manos de Niño Elías

Foto: ODP

2004

 

En su casa siempre ha escuchado flamenco. Dice el artista: -En el aspecto del flamenco, a mi padre yo se lo debo todo-. Su abuelo era una persona muy flamenca, de dos y tres días de fiesta. Su padre, también. Los discos de pizarra giraban cotidianamente reproduciendo los cantes y los toques antiguos dentro de su casa familiar.

            -En mi padre siempre he tenido al mayor crítico. Afortunadamente me ha puesto en el camino del sacrificio porque entiende de arte, porque lo ha vivido también, porque en esas fiestas de dos y tres días él ha escuchado a una serie de artistas de la época de oro del flamenco (La Niña de los Peines, Vallejo, Tomás Pavón, Manolo Caracol, Canalejas, Sevillano, Antonio Mairena…), los ha escuchado en vida y cuando todavía todos estos grandísimos artistas estaban en su apogeo. Así que, yo he tenido una gran escuela a través del conocimiento propio de mi padre, que ha sido mi guía en el cante, más que en la guitarra, porque sin el cante no habría ni guitarra ni baile en el flamenco. El cante es el mensaje en sí. A mí me gusta más el cante que la guitarra. A mí me cuesta trabajo tocar, pero a mí lo que me importa es transmitir. Transmitir directamente lo que siento. Si no transmito con mi música, no vale para nada, lo haga más rápido o más lento; si transmite es que es buena. La necesidad de transmitir arranca del miedo y del dolor, de donde me llega una energía que transfigura algo que está en mi mente y que se transforma en arte, en algo bueno. Sentir es amar y a la vez protestar. En esa pelea, al final, yo tengo que acabar con el mando; y cuando rompo empiezo a respirar, y ahí va ese mensaje abstracto a través del sonido de la guitarra, que yo sé que no es sólo sonido sino, también, amor-.

            En el barrio sevillano de Torreblanca Niño Elías era un niño que además de jugar a la pelota, montar en bicicleta o corretear imparable por las calles, además de hacer lo propio del niño de diez u once años que era, además, tenía facilidad para la guitarra y tiempo, y ganas, para juntarse con los viejos aficionados de ese barrio que le ponían el flamenco que sabían y le contaban de Niño Ricardo, de Montoya, de Manolo Badajoz, de Sabicas, de la Alameda antigua cuando el emporio del cante, de la Triana de los corrales… -Porque en Torreblanca había mucho de la Triana de la cava de los gitanos, de la cava de los civiles, de la calle Pagés del Corro, de la calle Castilla…-.

            Aprendió mucho de aquellos viejos: – Ellos me instruyeron, gente casi analfabeta en lo que es la cultura de los libros, pero catedráticos con plaza fija en lo que es la vida, en lo que es pasar fatiga, hambre, necesidad; y me hablaron de los artistas, y de tanta muerte diaria de aquellos hombres y mujeres de una época, que ya no es ésta, afortunadamente, en ese aspecto de tanto sufrimiento para comer y poder sobrevivir, que padecieron aquellos talentos del cante de todos los tiempos-.

            Durante dos veranos, una vez por semana y para recibir enseñanzas, iba a la casa de Eduardo el de la Malena, discípulo directo de Niño Ricardo, guitarrista flamenco que vivía en la Alameda, sobrino de la bailaora La Malena: -De ahí me viene mi forma de tocar de los tocaores antiguos-.

            Con 17 años su primo Juan le presentó al maestro Mato y él recuerda que conocer a aquella figura señera, a aquel artista, le permitió ver que el camino de la música era el que tenía que seguir. En la memoria le ha quedado a Niño Elías la imagen de aquel adolescente boquiabierto que, tan atentamente, escuchaba lo que el maestro le contaba sobre la América de Frank Sinatra o María Callas. Con el maestro Mato aprendió sobre la grandeza de lo que puede llegar a ser una persona en el mundo de la música con el conocimiento y con la afición, y que, al mismo tiempo, para llegar a expresar en el arte un mensaje han de tenerse unas cualidades específicas para lo musical.

            Niño Elías sólo le tiene miedo al camino de perdición que lleva a los seres humanos a la sinrazón de tener para ser. Afirma no alabar la materialidad y que sólo coge de la vida lo que le sea necesario. Y nosotros le creemos.

            -Yo en medio del campo me siento fuera de las leyes de los hombres, porque la ley de la naturaleza es la transparencia, ésta es mi conclusión. A los que tenemos los sentidos abiertos para sentir nos llena tanto el viento, el sol, el agua o las estrellas del firmamento como un cante por seguiriyas o un poema. A mí lo que me gusta es la naturalidad y la pureza. Siento la necesidad del arte porque es una de las vías puras de las abiertas por el hombre para llegar a su libertad en este mundo, mientras viva en él-.

            -El arte tiene que llevarse siempre por el buen camino, porque por el mal camino a dónde se llega no es a la libertad sino a la tiranía, aunque yo, desde luego, nunca he conocido un artista que lo sea de verdad y que sea un tirano-.

 

Niño Elías

El guitarrista

Foto ODP

2004

POEMA PARA GUITARRA SOLA (A NIÑO ELÍAS). Lauro Gandul Verdún (Buenos Aires, 2006).

poemas para guitarra sola (lectura) 25-9-09 Foto J.G.Declamación de ‘Poema para guitarra sola’ por Ángela, Jaqueline, Moisés, Esperanza y Lauro; acompañados por Alberto a la guitarra (Foto: Julio García, 25-09-09)

 

1

SIEMPRE al crepúsculo
Tal vez por las laderas del Cerro de Villalba
Su andar ya es música

Ya es música su hablar
Su voz
Sus maneras
Su mirar

Ya es música su estar
Hasta su última fibra
Todo su grande ser
Su estatura
Sus silencios

Por lo flamenco
Y por lo fino.

2

COMO la tempestad o el viento mismo
Como las montañas
Como la generosidad del planeta

Así su música

Pura acción entre los árboles
Retama
Romero
Rocío

Su guitarra es un bosque
Una memoria
Todo un pueblo de seres divinos

Así su música

Como la luz de algunos sueños.

3

SUS manos en la guitarra
Aman

Es simplemente el amor
Que suena

Belleza cierta
Las cuerdas te suscitan.

4

A menudo es un río joven a saltos sobre las rocas
Un río apenas nacido lleno de la inocencia
Recién brotado
Un río limpio

Mucho después cruza ciudades que en el llano extienden sus
suburbios

En la desembocadura
Nos hablará de la muerte

Mas en el mar
Vuelve a nacer
Y todo es inmenso.

5

COMO el agua clara y fría de la cumbre
Entonces no tenías porqué llorar

Mucho después
Sin perder la gracia nunca
Tal vez

Así nos contarás sobre lo perdido
Sobre el tiempo de nuestro pasar por la vida
Con la realidad y el deseo en las manos
Para saber también de la alegría
De soñar escuchando tu son

Guitarra
Llores o rías
Te abres y te anchas
Más que el horizonte

Tú puedes en el cielo del día ser el sol
Y en la noche todos los astros.

6

NO llora
Somos nosotros

Ella es tiempo

No ríe
No sufre
No goza
No muere
Somos nosotros

Ella es tiempo

Alma mía
Colmada por su son
De eternidad.

7

DULCE y firmemente prendidos
El son de las cuerdas nos lleva
A un continente nuevo

Nos cantan al toque de unos dedos
Y nos cuentan
Sin palabras
Historias
Qué milagro

Luego el descubrimiento
Se desvanece
Como los sueños al despertar
Pero
No hay olvido para el alma

Queda la memoria
Y la fantástica impronta
De la risa y del llanto.

8

PARA nada me sirven los ojos
Los tenga abiertos o cerrados los tenga
Nada ven

Porque sólo soy alma

Sin piel
Sin carne
Sin huesos

Sólo soy alma
Derramada en la tierra
Disuelta
En el aire

Alma
No sé

Cuando tu guitarra suena
En la madrugada…

9

AHORA la lluvia de invierno
Fuera
Mojando el mundo
De agua fría y nostalgia

Llórala un cielo gris
Que todo lo llena de melancolía

Ahora tu guitarra suena como esta lluvia

Notas o gotas
Es lo mismo en estos conciertos.

10

OH la voz de hombres y mujeres
Afines a su toque

Como el vuelo de graves pájaros así la voz
Sigue como luz en la noche
Como destino
El son de su guitarra
Transida de ritmo y de sangre.

Niño Elías y Lauro Gandul. Dibujo a tinta de Luis Caro, 1998.

¿QUÉ ES, MUSA O MEDUSA?. Epinicio de Rafael Rodríguez González (Julio de 2009)

 

 

Diego del Gastor: "¿Quién ha dicho que es usted una musa?/Si usted no da la talla ni para una excusa.
Diego del Gastor: «¿Quién ha dicho que es usted una musa?/Si usted no da la talla ni para una excusa.

 

 A Cleopatra, sin compromiso ninguno

 

A este pueblo la magia le ha rozado.
Las niñas son princesas, y los niños
senadores con sólo hacer un guiño.
El castillo, cada vez más asediado,
a mirarse en el río ha renunciado.

Ahora una musa han descubierto.
No la encontraron en el cajón
donde se ponen los muertos:
ha sido en Diputación.

¿Algún dios musa la hizo?
¿Del Olimpo era, o tal vez
fue uno persa, con sus rizos?
Vete tú a saber si habrá sido
un genio de una botella,
que en su último vahído
con tal de salir se agarró a ella.

¿Y musa de qué, qué inspira?
No se crea que es lástima, desde luego,
que siempre llega a lo que aspira
y llena de satisfacción su ego.

Es la musa del flamenco,
fuelle de gitanos andaluces
(de los que están en el elenco
y cuando cobran les luce).

¿Es quizás una oriental belleza?
Pues no, es poquita cosa,
y por la edad a nadie ya embelesa,
mas puede aconsejar a la que empieza.

Porque es musa y hada madrina
que nunca a nadie deja abandonado,
siempre que se someta a su lado
y aplique sin chistar lo que maquina.

¿Y a quién inspira esta musa en el flamenco?
¿A cantaores estilo del Chocolate?
No, sólo al nuevo y al zopenco
¡De pureza nada, qué disparate!

Si por esta musa fuera, las de opereta
alcanzarían ser estrellas del firmamento,
mientras a éste, de Fernanda y la Serneta
llegarían hecho cante los lamentos.

(Y desde su tumba, tía Anica la Piriñaca,
le soplaría un pedo como una gran traca)
(Vamos, que Manolo el Agujetas…
la mandaría… a hacer puñetas).

Que vengan la Andonda, Pastora y la Paquera,.
Manuel Torre, Cagancho y Juan Talega,
El Niño Gloria, el Curilla y Manuel Vega,
Joaquín, Manolito, Algodón y el Enriquillo,
Diego del Gastor, Joselero y Fernandillo,
y también la Marrura, la que vino de los U.S.A.,
a todos le presentaremos a tan rara musa.

Es Diego el primero que la pilla:
¿Quién ha dicho que usted es una musa?
Si usted no da la talla ni para excusa.

Pero Manolito María siempre apostilla:
Yo no te quiero a ti pa ná;
te vienes jasiendo grande,
y eres la piedra más chica
que hay tirá por la calle.

Pero Pastora es más fina y apaña un dicho
en menos tiempo que se mata el bicho:
El tambor es tu retrato;
que mete mucho ruío,
y si se mira por dentro
se encuentra que está vacío.

Una letra es poco para ella:

Los ojillos de tu cara,
tan falsos son por la noche
como son por la mañana.

La matrona que te sacó,
se merece una corona
y tú te mereces dos.
 
Basta, que si habla Fernandillo,
O Joaquín el de la Paula,
habrá que recoger a esta musa
con su mismo ser: un trapo o una gamuza.

 

 

Manolito María: "Yo no te quiero a ti pa ná;/ te vienes jasiendo grande,/ y eres la... piedra más chica/ que se pué encontrá en la calle."
Manolito María: «Yo no te quiero a ti pa ná;/ te vienes jasiendo grande,/ y eres la… piedra más chica/ que se pué encontrá en la calle.»

 

 

JAVIER BARÓN: «DÍME». 7 Fotografías de Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún (patio de armas del castillo de Alcalá de Guadaíra, 12 de Julio de 2009).

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ISRAEL GALVÁN EN EL PATIO DE ARMAS DEL CASTILLO DE ALCALÁ DE GUADAÍRA. Fotografías de Lauro Gandul Verdún (5 de Julio de 2009).

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