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MÁSCARAS, MASCARILLAS, MASCARADAS Y CARETAS. María del Águila Barrios

     

1 Lagoa 2003

Molde de la escultura del poeta Alves Redol
en el estudio del Maestro Lagoa Henriques
[Foto: LGV. Lisboa, 2003]

     

¿Son sólo mascarillas, o son algo más? ¿son máscaras en toda regla, o su diminutivo? Desde luego hay que ponérselas por imperativos de la Salud Pública… Pero, ¿nos sirve para protegernos y proteger? Resulta evidente que no sólo las empleamos por creer así que no vamos a infectar a otras personas y para no ser infectados, sino que también con ellas nos embozamos, y nos disfrazamos. Basta destacar la variedad de signos que se imprimen en ellas, y los variadísimos colores, escudos, emblemas, etc., para comprender a qué me vengo refiriendo.

   Las caras se han trocado en caretas, aunque muchos no pretendan burlarse de nadie, algunos pueden burlarse de otros, o ejercer de bufón para divertirlos. Al mismo tiempo, nos desnudan, en lugar de arroparnos, aunque sean parte de la ropa, del vestido, y nos simplifican, en lugar de añadir variedad a nosotros mismos, con lo que es muy fácil para tantos creer que se expresa mucho sin tener que decir una sola palabra ahorrándoselas todas.

   Lo que me preocupa es que no sólo nos colocamos las mascarillas en la cara sino que también se han trocado en fantasmales los procedimientos para poder vivir. Una sociedad como la nuestra donde la Seguridad Social desempeña funciones capitales para la subsistencia cotidiana ha cerrado sus puertas…, no sin colocarse las correspondientes mascarillas telemáticas. Y así la mayoría de las instituciones. Ha sido la excusa perfecta para la desidia y la incomunicación.

   Pareciera que la pandemia del coronavirus hubiera supuesto una oportunidad histórica de apartar todo lo bueno de la convivencia, el contacto humano que conlleva la comunicación y la fraternidad, dejando vivo y coleando el fiestorro vacuo. No debería dudarse que la multitud anda desorientada en un mundo mucho más lleno de disimulo y de simulación.

   Vivimos cada vez más como espectros, obligados no sólo por las normas sanitarias sino por una variedad de otras nuevas normas casi incompresibles y que nada tienen que ver con la salud sino más bien con la incapacidad de gestionar dignas alternativas que salvaguarden las capacidades de todas las personas y las posibilidades materiales de la gente.

   También se ha conseguido fácilmente, en este tiempo, que quienes quieran puedan crearse máscaras nuevas. Casi sin darnos cuenta, como en una pesadilla. No sólo nos topamos con que la realidad ya es irreal y que la biografía, de los padres y madres de la patria de cada cual, se reescribe por los herederos de los sucesivos regímenes políticos y culturales. Es curioso cómo se autovampirizan y nos hacen ver nueva su más rancia historia.

   Lo que llevo escrito lleva algo de espanto y de honda preocupación. Lo cotidiano, de lo público y de lo íntimo, en todo el planeta se ha metamorfoseado en una quimera.

[La voz de Alcalá, 2021]

     

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LA CASA. María del Águila Barrios

 
 
 

Museu da marioneta

[Foto: LGV (Lisboa 2018)]

 
 
 

Celebro las Pascuas felizmente con mi pequeña familia en mi casa, pero no tienen porqué ser las fiestas los momentos únicos, también la cotidianeidad puede resarcirse de la rutina en cualquier rincón donde puede hallarse un Aleph. Tengo la fortuna de vivir en una casa y por ello me siento privilegiada. En ella estoy a gusto y disfruto de una biblioteca bien abastecida, especialmente en los últimos años gracias a los libros que voy adquiriendo a buen precio en la librería Término, sin tener que salir de Alcalá, ahorrándome no pocos viajes a Sevilla buscando las pocas librerías que sobrevivían. En nuestro pueblo tenemos una llena de vida y de libros nuevos y usados.

   Hago mío el refrán español «mientras en mi casa me estoy, rey me soy». ¿Habrá algo más agradable que la propia casa? Por estos lares desde tiempo inmemorial hemos sabido aprender del corazón del pueblo, del que formamos parte, que aunque la casa sea pequeña, grande es la tranquilidad. En nuestras casas nuestro deseo profundo es ofrecer al visitante, no opulencia ni exhibiciones suntuarias, sino paz. Pienso que esto último es lo que, en definitiva, más nos ha debido ocupar la vida casera: acumular toda la paz, toda la serenidad que hayamos sabido encontrar. A la casa llevamos todo lo mejor que vamos hallando en el mundo, porque la casa es la parte pequeña del planeta donde habitamos. No podemos nunca descuidar la casa, porque habitar en todas partes nos condena a vivir en ninguna. Aunque huyamos, no podemos olvidar la casa.

   También me gusta este otro proverbio, esta vez alemán: «Tu casa puede sustituir al mundo; el mundo jamás sustituirá a tu casa». Es en la casa, cuando además es taller, donde la virtud se manifiesta en la cotidiana sencillez de cumplir con el deber de crear, construir, preparar, coser, surcar la vida, zurcirla, soñar… como lo que tenemos que hacer; así encontraremos caminos para alcanzar la alegría vital sin salir de nuestra casa.

   Las casas son la naturaleza dentro de la naturaleza, con la esencial diferencia de que bajo sus techos y entre sus muros el genio de esa naturaleza es el ser de su dueño, de quienes la poseen como morada, de quienes la habitan. Se construye y se viaja a cualquier lugar desde ellas, a cualquier tiempo y desde la casa se proyecta hacia el exterior aquello que internamente se ha concebido. En la casa, en el taller, están las herramientas de la creación que necesita su morador. Herramientas que se alegran de su uso. Así desde un adentro generador, el mundo entra y sale de las casas y los talleres a través de las almas humanas.

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2021]

 
 
 

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LA INSPIRACIÓN. María del Águila Barrios

 
 
 

Bosque de Almeces [Foto: LGV Alcalá 2020]

 
 
 

En un soplo, la inspiración nos agita. Dentro de nosotros, de pronto hace una cabriola y, aunque por nosotros mismos fuéramos incapaces de dar un simple salto, nuestra alma da la cabriola en un poema, o en un beso, o en un buenos días. Es inconsciente, como el viento, el silencio y el paisaje. Inspiración y entusiasmo son lo mismo. ¿De dónde nos viene? ¿La buscamos, o nos llegó súbitamente? Desde luego es como un hálito divino, suave vapor, o ruge con furor, aunque no es caprichosa sino intuitiva, celestial. En cualquier caso, sin ella, sin la concurrencia de su voluntad, pues es ente -algo o alguien-, el crear es empeñarnos en un contrasentido. Cuando su aliento lo sentimos cerca nos arde el temperamento, alcanzamos una grandeza humana: esa tensión del arco provoca que la flecha parta. ¿Hacia dónde? Pregunten a los pájaros, sabrán deciros que las nubes cobijan todo el blanco de los ángeles.

   Claro que la inspiración no escribe todo el poema, no da todas las pinceladas del cuadro, no acaba atisbando todos los planos que se tomaron en las fotos. La inspiración del matemático no despejó todas las incógnitas de la ecuación…, aunque sí, tal vez, abrió de par en par la primera ventana al campo, donde ya con ciencia y con conciencia fuimos resolviendo otros enigmas. Se dice que fue Picasso quien afirmó que a él cuando le llegaba la inspiración siempre le sorprendía trabajando. Probablemente en un genio como él trabajar y soñar son lo mismo, porque no debe entenderse aquí la palabra trabajo como imposición alienante, sino como vocación del corazón y de la inteligencia. Cuando nos aquietamos a tales exigencias de lo entrañablemente sentido y pensado, nos vemos conducidos por senderos de auténtica gloria. Suscita la persona así regida irradiante seducción. Provoca luz en la oscuridad de otros.

   Pero antes hay que caminar mucho oscuramente entre las sombras. Cada día han debido sucederse las páginas ante unos ojos inquietos de lector, como para provocar un llamamiento, una convocatoria a iluminar, colmado de relatos y de imaginaciones. Busquen las musas porque son generosas. Búsquenlas sin preocuparos de otra cosa que no sea una suerte de enajenamiento.

   Nuestro gran Bécquer en su rima III nos dejó varias estrofas donde define desde la poesía lo que para él era la inspiración. Elijo unos versos que me van a servir para concluir mi artículo de hoy y, también, como un último homenaje que le brindo en este 2020 en el que hemos celebrado los ciento cincuenta años transcurridos desde que en una fría tarde de diciembre de 1870 moría en Madrid el poeta: «memorias y deseos / de cosas que no existen; / accesos de alegría, / impulsos de llorar; […] locura que el espíritu / exalta y desfallece; / embriaguez divina / del genio creador… // ¡Tal es la inspiración!»

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2020]

 
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LA EXPOSICIÓN DE RAFAEL LUNA (1952-2010) EN EL MUSEO DE ALCALÁ. María del Águila Barrios

 
 
 acrílicosobrepapelFAFI

Sin título
(Acrílico sobre papel)
Rafael Luna

 
 
 

He encontrado en mi archivo una foto de un cuadro sin título y sin fecha (e incluso sin firma) pero, inconfundible, de Rafael Luna. El Melville de Moby Dick , la Voz Humana de Cocteau, botellas con mensaje, un buque zozobrando en medio de un océano embravecido. No sabemos si nuestra ballena Perla fue un cetáceo tan terrorífico.

   Tenemos al pintor en el Museo de Alcalá hasta el 2 de noviembre próximo. Muerto en 2010, su familia promovió en Sevilla una gran exposición de su obra en 2013. Desde entonces ningún acontecimiento. Ninguno. Ahora tenemos la oportunidad histórica de contemplar una obra enorme, variada, original, innovadora, generadora, creativa, humana…, ¡y mil adjetivos más!. Una obra que es una jungla, y, a la vez, una tierra fecundada por él, que suscita fertilidad, y un efecto multiplicador en el alma de quien a ella se acerque  y respire el aire, el agua, el fuego, la tierra y el mundo que brotan de sus composiciones, de sus series, de sus relatos pictóricos…

   Permitidme que haya pedido a mis íntimos amigos, Olga y Lauro, para que me presten algunas de las palabras, frases y versos a los que pusieron voz en el acto de presentación de la exposición el pasado 1 de octubre en la explanada delante del Museo.

   Elijo del texto de Olga Duarte lo siguiente:

   «Era Fafi un buscador, un ser que amaba lo cotidiano, que se detenía a observar lo que le rodeaba, no despechaba nada, todo le importaba y le importaba porque veía vida en el objeto desechado, gracia en la sonrisa imprevista de quien se cruzaba con él. Adoraba el día a día porque le nutría su creatividad. (…) Fue un pintor que descubrió cómo hacernos observar el mundo con sus ojos, que dejaban de ser los nuestros ante un cuadro suyo. y planteaba enigmas, y acontecimientos, que sólo él podía ver y los traducía en sus obras para nuestro descubrimiento. La calle Bailén, el cine Nevería, las Meninas, las Giraldas, las máquinas de escribir, las bibliotecas, las sillas de barbero, sus versiones de obras históricas de Velázquez, Murillo o Goya. Todo transformado, deconstruido, convertido en otra tesitura, en multiplicadas realidades.»

   Y de Lauro Gandul:

   «(..) De las puertas encajadas o entreabiertas, de una ventana,/ La baranda pequeña de un balcón. Trozos de interiores. Un viejo ropero,/ Un suelo de cuarto con geometrías simpáticas./ Y la memoria del ojo de un alma de espejo e imán.» (…)

   »Mientras se te ocurre un buen día ese regreso tuyo,/  Tendré que ponerte al tanto, aunque no sea fácil (…)

   »(…) Ningún miembro de la familia de Carlos IV se ha bajado/ De su silla roja ni ha soltado su paraguas azul./ La monja de tus Meninas aún no ha descendido de su ascensión./ Todavía no se ha dado cuenta Baltasar Carlos que ese no es su cuadro.»

 
 
 [La voz de Alcalá, 2020]

 
 
  
 
  
 
  
 
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LA MUERTE. María del Águila Barrios

 
 
 

[Foto: LGV, Gandul 2009]

 
 
 

Tal vez, en un sentido estrictamente político, no haya nada más democrático que la muerte. Y, además, la tenemos en medio de la vida, por todos lados, por mucho que cada uno de nosotros se esfuerce vitalmente, incluso, en quererla apartar de sí y de los demás, en particular de los suyos (su familia, sus amigos, sus correligionarios, sus colegas…), la muerte se nos va colando por todos los intersticios de la vida. Aunque para vivir con alegría puede hacerse como si no existiera. «Ojalá vivamos de manera que no temamos a la muerte de aquí; y ojalá muramos de modo que no temamos la muerte de allí» (P.J. Bailey, 1816-1902).

   Pero la ley de la muerte es inexorable y todos los linajes, sin distinción, mueren. Preguntar qué es, sólo sirve para contestar que el final de todo. ¿La nada?, ¿el no ser? ¿la última línea del dibujo de las personas y de las cosas, en un lugar y un tiempo dados?

   La vida es el bien supremo donde se alojan el resto de los bienes, que sólo sea la muerte la que acabe con la vida no es posible, sólo es puerta a otra vida si la que concluye agotó la humana capacidad. La vida vence a la vejez y a la muerte porque la convierte en más vida, en otra vida. He encontrado estos versos de Juan Rufo (1547-1620): La vida es largo vivir,/ y el morir fin de la muerte./ Procura morir de suerte/ que comiences a vivir.

   Hay que saber que el valor que se ostenta, si está basado en el amor, nos hace valientes. Héroes de la odisea de la vida de cada cual, y no cobardes. Con afán enfrentar la existencia hasta el último momento. Y no huir de los combates.

   He querido, hoy, escribir sobre la muerte porque está muy presente con la pandemia que sufrimos. La muerte ha dejado de estar en el ámbito de las personas para pasar al de los políticos que hasta la muerte quieren controlar. A mí me preocupa que la hayan convertido en una estadística diaria, que la manipulen y que quieran legislarla. ¡Qué osadía! La muerte es un hecho muy serio y pertenece a cada persona y a nadie más. De este mundo nadie ha escapado vivo y todos los muertos están en este mundo, ninguno salió. Así que aprendamos de las enseñanzas de la muerte y soñemos con la hermosura de la vida.

 
 
 [La voz de Alcalá, 2020]

 
 
  
 
  
 
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LA SERVIDUMBRE. María del Águila Barrios

 
 
 

[Foto: LGV (El Término, Gandul, 2009]

 
 
 

Los siervos a los que vengo a referirme en mis palabras de hoy no son aquellos que sufrieron la esclavitud en otras épocas más o menos remotas, y contra los que todo le estaba permitido al señor. «Los esclavos también son hombres; han mamado la misma leche que nosotros, aunque un triste destino los abrume», clamaba Petronius Arbiter. Para estos auténticos esclavos aun les quedaba la esperanza de que algún día su servidumbre impuesta sería el recuerdo que justificaría la libertad conquistada. Ahora, aunque el principio de derecho romano haya sido abolido formalmente, las democracias modernas lo han reformulado y lo mantienen bien en vigor, pero tampoco voy a tratar sobre estos otros esclavos.

   Sí me interesan los que siéndolo no lo saben. También aquellos esclavos de otros, serviles, a su vez dedicados a esclavizar a quienes se les ponen a tiro. Lameculos o quitamotas por doquier. Los esclavos de mi artículo se hincan de rodillas ante los poderosos y los pelotean, aunque ostenten protocolos aparentemente propios. Esta servidumbre es la que denuncio. No son esclavos que merezcan piedad, sino todo lo contrario, hay que defenderse de ellos porque han venido a esclavizarnos.

   Me imagino que el dicho popular me sirve de palo ardiendo al que agarrarme: «La cabeza servil no tiene ningún derecho». Hemos debido aprender que guardando el orden lograremos que el orden nos corresponda con el amparo de sentirnos guardados por él. Pero, infelizmente, la imaginación no llega a la realidad, pues los lacayos no soportan el Derecho ni el orden. Como no son libres nos endeudan de mil formas porque para ellos su triunfo es nuestra amarga esclavitud.

   Decía Séneca que no hay servidumbre más vergonzosa que la voluntaria y ser esclavo de sí mismo es la esclavitud más pesada. Estas máximas tan antiguas aún tienen vigencia en una sociedad de masas posmoderna que ha creado a los nuevos esclavos relativistas, buenistas, materialistas, consumistas, snobistas, enfermizos, ideologizados…, y lo peor es que no saben de su esclavitud. Servidumbre que se sirve a sí misma en un ecosistema social perfecto donde se abandona la cultura y la educación o se las convierte en un parque de atracciones, o en un espectáculo de masas. Ni siquiera deben considerarse ocio o un negocio, por mucho que se empeñen los servidores del poder político y económico en degradarlas. No. Por muchos gozos que aseguren al humano las acciones culturales y la educación, insertarlas en el ocio es la manera de pervertirlas y convertirlas en cáscaras de basurero.

 
 
 [La voz de Alcalá, 2020]

 
 
  
 
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LA DESTRUCCIÓN. María del Águila Barrios

 
 
  
 
 

[Foto: LGV, Sevilla 2015]

 
 
 

¿Prestigia destruir? Una no reconoce que haya de premiarse al destructor, pero una está sola… ¡Maldición, estamos rodeados de destructores! ¡Y están muy organizados! No en bandas de asalto, como en otras épocas, sino en auténticos partidos o corporaciones de naturaleza dispar.

   A éstos por sus destrucciones les reconoceréis, pues, además de competir intensamente entre ellos, desde sus asientos conquistados democráticamente, sus castillos en dádiva a los que mucho corrieron para convertirse en siervos de alcaides con más fuste y fusta. Como aceptaron su propia ruina humana sólo aspiran a ruinar el pueblo al que además fustigan con sus podercillos asignados.

   El prestigio de los poderosos consiste sobre todo en la mayor cantidad de dinero con el que se cobran lo suyo en un periquete. Destruir acrece sobremanera el capital de los poderosos que promueven las demoliciones. Aunque luego no saben donde gastarlo en una ciudad que soporta el asedio de los que ostentan su representación y que sólo buscan devastarla, convertir en escombros su cultura, como los que se amontonan por las excavadoras en las construcciones que ordenan echar abajo, por muy bellas que sean y por mucho que muchos les pidan que no lleven a efecto su tropelía. También practican la destrucción por abandono vil. O arruinando el campo de placas solares.

   De progreso nos empachan con sus soflamas cuando algo se traen entre manos, sus negocios, sus planes secretos, sus maquinaciones. Se manejan muy bien con los micrófonos y no les importa hablar impropiamente, porque ellos son así de populares y de sociales. Ni les importa hacer lo que haga falta para vestir el muñeco, para apañar sus fines que en fraude de ley se cubren con la bruma de la estafa y la confusión.

   Están muy estimulados los destructores y tienen un punto de romanticismo, realmente del maldito, que podría denominarse el espíritu del pionero que lo arruinó todo y a él le corresponde levantar plazas sin árboles, monumentos estúpidos a panaderos y aceituneras donde no han dejado en pie ni una sola panadería ni almacén de aceitunas. Realmente, los que nos han echado de nuestra casa común del encuentro, los que han quemado los cuartos donde la vida se creaba en familias y canciones, para no sustituirlo por nada nuevo que fuera mejor que aquella arquitectura o aquel urbanismo.

   Cuando sólo se trata de ser originales se aleja el ser humano tanto de su origen que se convierte en un monstruo que derrocha y consume, y que vive a fuer de impulsos irracionales y no de ideas que iluminen el camino…

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2020]

 
 
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EL VIAJE. María del Águila Barrios

     

Girasoles en la vega del río Guadaíra

[Foto: LGV Alcalá 2020]

     

Si no es necesario, ¿para qué viajar? Sin embargo, parece que todos están de viaje, y los que no pueden salir están deseando hacerlo. Por mi parte, pienso que el viaje ha de ser necesario para emprenderlo. Partir ha de tener una causa, un fin y, sobre todo, un sentido. Viajar tiene que estar justificado porque no es un acto que se agote en su espontaneidad, sino que viajar es un proceso, y es complejo, y no siempre concluye en algo gozoso, sino que a veces los caminos conducen al peligro o al desconcierto.  

            ¿Qué es viajar? La mayoría da por sentado que viajar es moverse en el espacio en un tiempo determinado. Con un «me voy a la playa» está quien quiere decir que se va a Cádiz y el que está diciendo que al Caribe. ¿Es lo mismo? ¿Quién viaja más de los dos del ejemplo? ¿Viajaba Robinson Crusoe en la isla donde lo había llevado Daniel Defoe? Cientos de páginas de una prosa de viaje en torno a un personaje que apenas puede alejarse un poco de la costa de la isla adonde llegó como náufrago.

            Desde luego viajar es adentrarse en donde están las fuentes del conocimiento. Para descubrir donde nacen el Danubio, el Nilo o el Orinoco hay que viajar, hay que remontarlos desde la desembocadura hasta sus borbotones de agua en las cumbres. También se viaja leyendo los libros de viajes y las biografías de los viajeros. En Cien años de soledad García Márquez, a quienes se meten en sus páginas, sin apenas salir de Macondo, viajan al tiempo de hombres y mujeres, que descubren el hielo o compiten hasta casi morir comiendo.

            Y el viaje tiene conceptos propios como frontera, descubrimiento, encuentro, misterio… Esos conceptos están en un interior y van hacia un exterior. Nuestra frontera y la del lugar.  El descubrimiento del espacio y el del tiempo, que siempre son nuevos aunque el viaje se reitere. El descubrimiento de uno mismo en el momento del viaje. Incluso puede que el viaje acarree un gusto por el objetalismo, aquellos misteriosos objetos que traemos, nos van a recordar el lugar y el tiempo cuando ya no estemos allí. También el viaje está en las honduras de los recuerdos, en el reviaje. O el viaje interior que puede ser más intrépido que recorrer el atlas del mundo.

            Y viajar es acción y es ser. Es un infinitivo con pasado, presente y futuro. Es un acontecimiento, un punto a partir del cual todo cambia que no distingue turista o viajero.

     

[La voz de Alcalá, 2020]

     

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LAS COSAS. María del Águila Barrios

 
 
 neorrealismo-assilah-3

Assilah

[Foto: LGV Marruecos 2009]

 
 
 

En 2017 asistí a un acto literario que celebraba el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes en la librería Término. Como no debía ser de otra manera, aquel homenaje consistió en una lectura de algunos poemas de la gran escritora y artista madrileña, que nos dejó en 1998.

   Uno de los poemas leídos me impresionó entonces. Hoy cobra una trascendencia añadida, una plusvalía vital y semántica, que se ha hecho tangible, existencial, en estos días sin paisaje, en silencio, confinada, con la culpa a cuestas… Quiero compartir este hermoso texto con ustedes, los lectores de las cosas que escribo. El poema así se titula, «Las cosas». Es éste:

 
 
 

   Las cosas, nuestras cosas,

les gustan que las quieran;

a mi mesa le gusta que yo apoye los codos,

a la silla le gusta que me siente en la silla,

a la puerta le gusta que la abra y la cierre

como al vino le gusta que lo compre y lo beba,

mi lápiz se deshace si lo cojo y escribo,

mi armario se estremece si lo abro y me asomo,

las sábanas, son sábanas cuando me echo sobre ellas

y la cama se queja cuando yo me levanto.

¿Qué será de las cosas cuando el hombre se acabe?

Como perros las cosas no existen sin el amo.

 
 
 

   Todos los objetos  son elevados a la cabalgadura de las metáforas que los acogen en cada verso. La mesa, la silla, la puerta, el vino, el lápiz, el armario, las sábanas y la cama. De todo, dueña es la autora. Nuestros objetos, nuestras cosas, cuya existencia es debida a nosotros, sus amos, quienes les damos vida.

   Es un poema que me ha ayudado de manera iluminadora en los días que he pasado en mi casa, encerrada, sin nadie con quien compartir o encontrarme. Pero estaban ellas, mis cosas, que cada día se alegraban de verme en mi casa, de no abandonarlas y de estar siempre a su lado. Yo también les agradecía su presencia, su compañía…

   Y todas tienen una luz. No de foco y fanal, sino una luz íntima, de interior, abarcable, pausada. La luz de los que no pueden salir a la calle, la luz de las cosas en las casas, la luz que nos alumbra más por dentro que por fuera.

   Me han sido tan gratas, que sin ellas no habría soportado la soledad y las ausencias. Gracias al recuerdo de aquel poema escuchado hace tres años, cada día me animaban, me esperaban, me sorprendían. Sí, mis cosas, ¡las que están siempre conmigo!

 
 
 

[La voz de Alcalá, 2020]

 
 
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JOAQUÍN RUEDA MUÑOZ. SEMBLANZA DE UN HOMBRE DE ACCIÓN (1934-2018). De la serie «Historias de vidas» por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún (Mayo de 2019)

 
 
 

Joaquín Rueda Muñoz

 
 
 

   «Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va transformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos.»

Pío Baroja

 
 
 

  «Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o, bien, callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz, pese a la muerte?»

Gabriel Celaya

 
 
 

Joaquín Rueda con san Juan Bosco

 
 
 

Hemos querido que las dos citas que encabezan esta semblanza de la vida de un hombre como Joaquín Rueda Muñoz también las podamos ofrecer a la lectura junto con lo que vamos a contar, a la manera de grandes trazos, apuntes, como si la vida pudiera expresarse de modo impresionista, diciendo mucho más de lo que se dice porque los autores cuentan con la participación de los que se van a asomar a estos párrafos para aproximarse a Joaquín, que desde luego se alzó durante toda su vida contra lo que Baroja denuncia allá por los principios del siglo XX, y fue de los que no nadó en el «océano de la vulgaridad», porque él tuvo el don de hacer consistir su existencia en un mundo lleno de acontecimientos dignos de ser contados. La otra cita es un fragmento de un poema de otro vasco, Celaya, que nos llenó de amor y amistad la literatura española. Sin el cultivo radical de la amistad no habría habido causa de tanta acción cultural, musical, folklórica, docente… de este andaluz de Carmona que irradió desde la capital histórica de los Alcores una luz para ser modelo de los que buscan construir su felicidad contribuyendo a que la alcancen los demás.

   Lo que, a continuación, escribimos tiene su origen en una llamada de teléfono a la librería ‘Término’ de Alcalá de Guadaíra. Uno de los libreros, el escritor Mariano Cruz, le facilita a Matilde Rueda, hija de Joaquín, nuestros números telefónicos. Ella había leído la semblanza del pintor carmonense, Manuel Fernández García, que habíamos publicado en la revista alcalareña Escaparate en 2013 y que también estaba editada en internet en nuestra revista literaria «CARMINA». Matilde deseaba que nosotros hiciéramos una semblanza de su padre. El 16 de julio de 2018 nos desplazamos a Carmona para visitarla y nos entrevistamos con ella. El texto que sigue es fruto de aquella conversación en memoria de su padre.

 
 
 

Con sus hermanos

 
 
 

Joaquín Rueda Muñoz nace en Carmona el 30 de enero de 1934. Es el mayor de seis hermanos. Sus padres, Matilde y Joaquín, se casaron en 1932. Su padre era un carpintero muy humilde sin trabajo entonces para mantener a su familia. En Madrid tenía unos parientes que le habían buscado un empleo en un taller donde se fabricaban cajas de madera. El joven matrimonio emigró a Madrid, aunque Matilde cada vez que iba a parir regresaba a Carmona para el nacimiento de los hijos. Así estuvo unos años yendo y viniendo de Carmona a Madrid, y de Madrid a Carmona, donde habían nacido ya dos de los seis hijos. Cuando estalla la Guerra Civil en 1936 están en Madrid y durante los años de aquella tragedia entre españoles no pueden salir de la capital. Madrid ha quedado dentro del territorio de la República y Carmona en el bando nacional. El padre, sin ser un hombre de ideas políticas, tuvo que adherirse al bando republicano. El niño Joaquín nunca olvidaría los bombardeos, las carreras desesperadas a los refugios donde habían de guarecerse de las bombas y las cartillas de racionamiento. Cuando finalizó la contienda al padre lo condenaron a trabajos forzados en un campo de concentración cercano al Valle de los Caídos y luego lo trasladaron a otro en los Pirineos. Su oficio de carpintero le sirvió para sobrevivir en aquellos duros años de sufrimiento y privación de libertad. La madre regresó a Carmona con los dos hijos, buscando el amparo de la familia. Tres largos años duró el cautiverio del padre.

   Durante ese tiempo Matilde tuvo que sobrevivir ella sola con sus tres hijos. Joaquín tenía cinco años y ya sabía leer y escribir, aunque no había pisado aún ninguna escuela. Ella estaba empeñada en que Joaquín pudiera matricularse en alguno de los colegios de Carmona. Y si a través de amistades tuvo algunos maestros, a los pocos meses de pasar por las llamadas popularmente migas, que eran las casas particulares de los propios maestros, donde se preparaba a los niños para la escolarización en los colegios oficiales. Los maestros le decían a la madre que Joaquín ya sabía todo lo que ellos podían enseñarle, así que era necesario matricularlo en un colegio. Por aquel entonces el mejor de Carmona era el que regentaban los padres Salesianos. La madre consigue meter al niño en los Salesianos y se las avía para pagar, cada vez que corresponde, la matrícula y las mensualidades. Al padre le conceden la libertad y regresa a Carmona. A Joaquín consiguen mantenerlo en los Salesianos hasta los once años. Pero a esa edad, a pesar de que los sacerdotes salesianos insistían en la necesidad de que pasara al bachillerato, la madre no podía sufragar el gasto, y ponen al niño a trabajar en la tienda de comestibles de un tío materno. Siempre reconocería a lo largo de su vida lo agradecido que estaba a los maestros salesianos porque con ellos aprendió dos cuestiones fundamentales: la capacidad de observación y el amor por la lectura, que le sirvieron como dos herramientas esenciales de las que echar mano para emprender cualquiera de los proyectos en los que se embarcó.

 
 
 

Con sus condiscípulos en los salesianos de Carmona

 
 
 

   Por un plato de comida y una peseta al día trabajaba Joaquín de ocho de la mañana a diez de la noche, ininterrumpidamente. A los once años Joaquín lloraba desconsoladamente por no poder seguir estudiando. Pero esa peseta diaria que le iban a pagar era imprescindible para su familia. Por ser pequeño de estatura, tenían que ponerle una lata de pimienta para que a ella se pudiera subir y se le viera tras el mostrador. No se achantaba en su afán de aprender y, ya entonces ese niño empezó a comprar libros con el poquísimo dinero que alcanzaba a ahorrar para poder leer, y no paraba de escribir y de dibujar. Se las ingeniaba para ir haciéndose con una biblioteca, que va engrosándose con todos los libros que caen en sus manos y que lee y relee. Unos los compra, otros se los prestan. Ocupantes provisionales y sucesivos en su biblioteca que implicaban las relaciones que él establecía con amigos curiosos e inquietos como él, personas que encontraba y que compartían el entusiasmo por aprender porque creían firmemente que los libros son tesoros. Leía literalmente de todo: Física y Química, Música o Gramática… Los diccionarios los devoraba como si fueran novelas, leyéndoselos desde la primera hasta la última página, y a las tantas de la noche… Logró su firme propósito de ser un estudiante. Aunque autodidacta, no por ello se aisló de los demás, sino al contrario, con los conocimientos que adquiría por su cuenta, conforme iba aprendiendo y educándose, ponía a disposición de los otros lo que sabía, con ese don que tenía de propiciar los encuentros.

   Así, él mismo va construyendo su propio plan de estudios, que incluye las Bellas Artes, por las que tenía una apetencia natural y en las que se va introduciendo de manera espontánea e intuitiva. Se prestaba como ayudante del maestro de pintores José Arpa Perea o del escultor Joaquín Daza Burgos y de otro ilustre carmonense, Juan Rodríguez Jaldón, entonces director de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla. También fue compañero en la Peña Giraldilla del pintor Manuel Fernández García, y amigo suyo. Se hacía con cualquier cosa que fuera de papel. No tenía empacho en aprovechar los restos de papel de envolver, o unos trozos inservibles de papel de estraza. Sobre estos soportes dibujaba sus primeras figuras o paisajes con un lápiz, una plumilla o un carboncillo. En su plan de estudios Joaquín también incluye la Música. Conoce a un músico que decide darle clases en las pocas horas que aquel niño entusiasta tenía libres de la tienda. Necesariamente, debían ser los domingos y fiestas, no los sábados, que también eran tiempo de trabajo de Joaquín. Era capaz de encontrar siempre los momentos para recibir aquellas clases que para él eran una fortuna. Aprendió solfeo y a tocar la bandurria. No tardó en aplicar parte de lo aprendido cuando organizó una rondalla de cantores que se acompañaban de bandurrias. Más tarde dirigiría una tuna.

   Hasta cumplir los dieciocho años Joaquín trabajó en la tienda de comestibles como mozo de mostrador. Fueron siete años durante los que trabajó, efectivamente, no como el niño que era sino como un mozo capaz de bregar duramente durante aquel desproporcionado horario y, no obstante, no perdió la ilusión de ser un niño y un muchacho de vocación humanista, guiado por una inspiración existencial que le acompañaría toda su vida y una capacidad de transmitir su fuerza a los que iban formando parte de su mundo, de su vecindad y de su afecto.

   Con diecinueve años se presenta a un concurso de Bellas Artes para una exposición que por entonces organizaba el Ayuntamiento de Carmona y le premian un dibujo suyo. En años posteriores siguió recibiendo menciones y reconocimientos en este concurso al que se presentaban artistas reconocidos no sólo de Carmona sino de los otros pueblos de la comarca. Por esta misma época de juventud, además, fue entrenador de fútbol de varios equipos juveniles; se atrevía con montajes de teatro y con papeles de actor. Era tal su generosidad y su compromiso para que el saber y el conocimiento fueran un patrimonio compartido por todos, sobre todo, y especialmente, por los más humildes, que, incluso, saca tiempo para dar clases nocturnas a hortelanos y otras personas del campo.  A principios de los cincuenta el Ayuntamiento de Carmona había cedido unos salones de la planta alta del edificio municipal para que los pudieran usar los jóvenes del pueblo. Una parte importante de aquellos jóvenes estaba formada por un grupo de condiscípulos salesianos de los que formaba parte Joaquín. Poco tiempo después, a principios de los sesenta, funda una peña cultural a la que nombran La amistad. Las peñas surgen como alternativas populares a los dos casinos existentes, El Casino Viejo y El Casino Nuevo, que frecuentaban las personas más pudientes. Fueron dos las peñas que se crearon en los años cuarenta y cincuenta, la primera llamada La Giraldilla y la segunda Los tranquilotes. Pero los jóvenes no tenían acogida en estas asociaciones. Joaquín supo ver que era necesario que la juventud de Carmona, de la que él formaba parte, tuviera su propio espacio para el encuentro de los que tenían deseos de actuar y participar, de encajarse en el devenir de un pueblo lleno de historia y de cultura como Carmona. Así nace la peña La amistad, que se creó con la inspiración de Joaquín, pues era propio de él, entusiasmar a otros jóvenes para dar realidad a la peña de la juventud de Carmona, entonces.

   Después de hacer el servicio militar, con veintidós años, aprende a reparar bicicletas, a montar antenas de televisión  y a reparar electrodomésticos. Una de las primeras antenas de televisión de Carmona la montó él. Estudia, por libre, electrónica y  peritaje mercantil.  A fines de la década de los cincuenta, con sus amigos funda la primera emisora de radio de Carmona a la que denominaron Radio Juventud y que emitía desde uno de aquellos salones de la planta alta del Ayuntamiento. Joaquín se encargó de montar todos los aparatos para que la emisora funcionara. Con sus conocimientos de electrónica averiguó qué piezas y artilugios precisaba y dónde los podría obtener. Gestionó la compra de los componentes en Barcelona y consiguió montarlos y que la emisora pudiera funcionar. Estos años son también los de la revista Estela. Son años en los que Joaquín trata con todas las capas sociales de Carmona. En realidad Estela era una mezcla de revista y de periódico. Los contenidos de la publicación iban a ser el resultado de toda una labor de sus promotores en cada rincón de Carmona, en cada monumento, calle, o tradición popular o religiosa, lo que suponía estar con quienes tenían algo que contar, visitarlos, hablar con hombres y mujeres. Y en toda esta actividad Joaquín suponía un impulso esencial, porque era un hombre de acción.

 
 
 

 
 
 

   De 1961 a 1975 formó parte de la corporación municipal y promovió la declaración de Carmona como conjunto histórico-artístico conseguida en 1964. Declarándose, además, como monumentos nacionales las ermitas de San Mateo, San Antón, la iglesia de San Antón y el convento de la Concepción. En este mismo año, argumenta y defiende la construcción del parador nacional en el Alcázar del Rey don Pedro. Pero su labor por el patrimonio cultural de Carmona, en una visión adelantada a su época, no se va circunscribir al patrimonio material sino que concibe la salvaguarda de los bienes inmateriales de la localidad.

   Dejó de trabajar en la tienda de comestibles y llegó a enfermar de no descansar porque su tío, aprovechando las ideas y cualidades del sobrino, le montó un taller de bicicletas y una tienda de pequeños electrodomésticos, donde siguió siendo su empleado con un horario que sólo dejaba para poder consagrar las horas nocturnas a los estudios que emprendía. Con veintisiete años se casa con Rosario. Un tiempo después el tío le traspasa la tienda de electrodomésticos, aunque con sus deudas. A partir de este momento Joaquín va a poder dar rienda suelta a una mayor actividad pública, con una mayor proyección social.

 
 
 

Con la Hermandad del Santo Entierro de Carmona

 
 
 

   En 1971 funda la hermandad del Santo Entierro de la que fue hermano mayor durante siete años. Ese mismo año lo nombran pregonero de la Semana Santa de Carmona. A principios de los 80 es uno de los encargados de recuperar el Carnaval promoviendo la agrupación carnavalera «Pitos y cañas». Y a mediados de la década, animado por sus hijos, decide iniciar los estudios de Magisterio que concluye en 1987, obteniendo inmediatamente la plaza de maestro de escuela para Adultos.

   Siguen cabiendo iniciativas y proyectos en la vida de Joaquín y se dedica de pleno a la institución educativa. Llega a ser coordinador de diferentes zonas de la provincia de Sevilla; La Campiña, Vega Alta, Vega Baja durante nueve años desde 1988 hasta 1996, integrado en el Equipo Técnico provincial de la Delegación Territorial de Educación de Sevilla. Desde 1988 hasta 2004 desempeñó el cargo de director-coordinador del Centro de Adultos de Carmona. Ya jubilado, se matricula en la Universidad de Sevilla en el Aula de la Experiencia, completando dos cursos.

   Una de sus últimas dedicaciones fueron los mosaicos de inspiración romana. Hay uno que nos recibe en la casa de la familia de su hija Matilde. El relato sobre su padre, su memoria, algunos de sus hitos biográficos nos los ofreció aquel día en el que nuestro encuentro con ella fue tratar sobre él: un hombre de acción, en el sentido humanista. Su familia, sus aventuras, sus descubrimientos, sus amigos constituyen otro mosaico existencial a lo largo de toda una vida fecunda, que estuvo llena de sentido porque fue un hombre de libertad para el encuentro o, dicho también, un comprometido y rebelde, pues sin rebeldía no es posible una vida creativa como la que acabamos de narrar. Sea por su memoria esta semblanza.

 
 
 

Con su familia