Posts matching “juan ramón jiménez”.

ANUNCIACIÓN. Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

 

bellocomounesmaltedeataujíaM. VERPI Córdoba 2015

 [Fotos: Manuel Verpi 2015. Córdoba]

 

   ¡Trasunto de cristal,
bello como un esmalte de ataujía!

   Desde la galería
esbelta, se veía
el jardín. Y María,
virjen, tímida, plena
de gracia, igual que una azucena,
se doblaba al anuncio celestial.

   Un vivo pajarillo
volaba en una rosa.
El alba era primorosa.
Y, cual la luna matinal,
se perdía en el sol nuevo y sencillo,
el ala de Gabriel, blanco y triunfal.

   ¡Memoria de cristal!

 

[JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

300 POEMAS.

Ed. Plaza & Janés, S.A.

Barcelona, 1980]

 

_____________________

 

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. Poema de 1918

«DIÁLOGOS: CUERDA Y VERSO». Sobre poemas de Lauro Gandul Verdún y músicas de Niño Elías (Llerena, 31 de mayo de 2014)

 

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Belén

Zsolt Tibor

2014

 

La candela en el campo!… Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo rudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul, con un indefinible amarillor en el horizonte de poniente… De pronto, salta un estridente crujido de ramas verdes que empiezan a arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de puras lenguas momentáneas, que parecen lamerlo.

   ¡Oh la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé dónde, taladrando un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frío! ¡Campo, tibio ahora, de diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

   Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, a través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, a calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que revientan, en un tiro.

   Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

 …Camina María

 camina, José…

      Yo les traigo a Platero, y se lo doy para que jueguen con él.

[JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

Platero y yo (Elegía andaluza) 1907-1916.

Edita AGUILAR S.A. EDICIONES 1955-1981.

Madrid 1981.

Págs. 213 y 214]

________________________

LA NAVIDAD EN «CARMINA»

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR. Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

LA PALMERA. Gerardo Diego (1896-1987)

NATIVIDAD. Vicente Núñez
PALIQUES DE LA VIRGEN EN LA MAÑANA DEL NIÑO (AÑO DE 1954). Vicente Núñez
NACIMIENTO DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA GRAVIDEZ DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

JOSÉ VA A EMPADRONAR A SU FAMILIA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN (1472-1475). Pintura de Leonardo da Vinci (1452-1519)

NAVIDAD 2013, Antonio Luis Albás

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó
 

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. Poema de 1918

AL PRINCIPIO ERA EL VERBO. Juan 1, 1-18

 

caos (mármol) Manolo López

Caos

(mármol)

Manuel Melquisedec

 

1 Al principio era el Verbo,
y el Verbo estaba en Dios,
y el Verbo era Dios.
Él estaba al principio en Dios.
3 Todas las cosas fueron hechas por Él,
y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
En Él estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz luce en las tinieblas,
pero las tinieblas no la abrazaron.
Hubo un hombre
enviado de Dios,
de nombre Juan.
Vino éste a dar testimonio de la luz,
para testificar de ella
y que todos creyeran por él.
No era él la luz,
sino que vino a dar testimonio de la luz.
Era la luz verdadera
que, viniendo a este mundo,
ilumina a todo hombre.
10 Estaba en el mundo
y por Él fue hecho el mundo,
pero el mundo no le conoció.
11 Vino a los suyos,
pero los suyos no le recibieron.
12 Mas a cuantos le recibieron
dioles  poder de venir a ser hijos de Dios,
a aquellos que creen en su nombre;
13 que no de la sangre,
ni de la voluntad carnal,
ni de la voluntad de varón,
sino de Dios son nacidos.
14 Y el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros,
y hemos visto su gloria,
gloria como de Unigénito del Padre,
lleno de gracia y de verdad.
15 Juan da testimonio de Él clamando:
Éste es de quien os dije:
El que viene detrás de mí
ha pasado delante de mí,
porque era primero que yo.
16 Pues de su plenitud recibimos todos
gracia sobre gracia.
17 Porque la Ley fue dada por Moisés,
la gracia y la verdad vino por Jesucristo.
18 A Dios nadie le vio jamás;
Dios unigénito, que está en el seno del Padre,
ése nos le ha dado a conocer.

 

________________

 

LA ANUNCIACIÓN DE JESÚS. Lucas 1, 26-38

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS. Mateo 2, 1-12

FICCIÓN DE NAVIDAD. De la serie «RECORTES», Nº 103. Por Pablo Romero Gabella

ZAGALEJOS, VENID AL PORTAL. Poema de autor anónimo del siglo XVII con fotografía de Manuel Verpi 2014

PORTALICO DIVINO (1606). Francisco de Ávila

ERES NIÑO Y HAS AMOR. Fray Íñigo de Mendoza (1425-1507)

NAVIDAD, 2014. Antonio Luis Albás y de Langa

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR. Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

LA PALMERA. Gerardo Diego (1896-1987)

NATIVIDAD. Vicente Núñez

PALIQUES DE LA VIRGEN EN LA MAÑANA DEL NIÑO (AÑO DE 1954). Vicente Núñez

NACIMIENTO DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA GRAVIDEZ DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

JOSÉ VA A EMPADRONAR A SU FAMILIA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN (1472-1475). Pintura de Leonardo da Vinci (1452-1519)

NAVIDAD 2013, Antonio Luis Albás

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

LOS DOS JUANES. Por Ramón Núñez Vaces

Algunos de los lectores lamentarán la brevedad de este texto. Otros, al contrario, la agradecerán alborozados. Es lo que tiene esto de leer, y de escribir. Sea como fuere, la cuestión es informarles, a unos y a otros, del único encuentro que sostuvieron Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón y Borbón. Y del algo de cola que tuvo.

…………Es una breve y sencilla historia que ha llegado a mi conocimiento por fuente doblemente fiable: me la ha contado mi amigo Rafael, a quien a su vez se la refirió, hace una buena porción de años, nada menos que su amigo Pedro Romero Polo. Tengo que hacer notar en este momento que aún no me ha presentado Rafael (tan poco dado a esas cosas, es cierto), a su amigo Pedro, que es, como bien sé, una verdadera institución en Alcalá, y al que me extraña sobremanera no haber conocido personalmente por cualquier otro cauce a lo largo de los años en que he estado viviendo en este pueblo (aún paso aquí semanas enteras), adonde llegué desde Segovia en 1979, con una beca para estudiar las concomitancias entre el acueducto de mi ciudad natal y el que se conoce como «los caños de Carmona», denominación ésta de una inexactitud clamorosa, como todo el mundo sabe o debiera saber. Por cierto que, desde hace unos meses, asisto estupefacto a una especie de desmonte de una importante parte de la historia de Alcalá, dado que, por ejemplo, con tal de justificar la metástasis que le han hecho al puente romano, han salido algunos diciendo que su origen y basamento no es romano, sino de un tiempo que ni ellos mismos se atreven a concretar. Vivir para ver.

…………Pero bueno, ya me estoy enrollando, como tantas veces me dice Rafael. Vamos al asunto que quiero conozcan. El de Juan Barcelona y Juan Carlos, el de Borbón.

…………Sin embargo, resulta inevitable que antes diga algo sobre Juan, no el de Borbón (que también podría, y no poco), sino del de Alcalá, porque habrá alguna gente joven que ignore totalmente quién era el personaje, y no pocos adultos, y hasta viejos, que igualmente. Que yo no llegué a conocerlo también lo digo, pero como he tenido tan buenos informantes algo sé de Juan Barcelona.

…………Nuestro personaje era, si nos atenemos al Registro Civil, Ramón Jiménez Tinoco. El por qué del Juan, que lo fue desde chico, no lo sabemos, pero sí lo del apelativo de Barcelona, porque, según las fuentes consultadas, todas ellas de absoluta confianza (ya he dicho cuáles), se debió a que cuando se les preguntó a las mujeres que asistieron en el parto, una de ellas dijo: «¡Es más grande que Barcelona!». Y así recibió su apellido no oficial antes que los inscritos en el juzgado. En efecto, Juan fue un tipo alto, bien plantado, elegante de por sí y siempre impecable; seductor, hasta el punto de que el total de su descendencia nunca se ha podido determinar con exactitud.

…………Fue la suya una vida sin problemas derivados de ocupaciones laborales, siendo sus principales quehaceres los de «organizar» fiestas, o al menos ayudar en ello: era casi siempre el encargado de reunir a los participantes artísticos, sobre todo los de Alcalá, Utrera, Mairena y Dos Hermanas. Por otro lado, o por el mismo, Juan Barcelona poseía la facultad de hacerse notar (y antes hacerse presente) en cualquier reunión y escenario, aun sin desempeñar un papel concreto: por lo general, ni cantaba ni bailaba, pero su sola presencia le confería protagonismo, como si se tratara de un maestro que, ya entrado en años, deja, mientras observa la escena atentamente, que los discípulos se apliquen en la tarea. Destacaba muy mucho en ese difícil arte del «jaleamiento»: el óle a tiempo, el óle por merecimiento, los  esplantes a compás, eran cosa que Juan sabía hacer como nadie (en internet puede verse un clarísimo ejemplo de esto que digo).

…………Afortunadamente, existen dos grabaciones domésticas (por soleá y por bulerías, disponibles en la red de redes) que atestiguan que Juan Barcelona cantaba —mejor que bien, y más gitano imposible—, contrariamente a lo afirmado por mucha gente. No faltaría entre esa gente alguno capaz de decir que Colón no llegó a América porque él no estaba allí para verlo. Más o menos como lo del puente.

…………Pero es que además lo podemos ver y escuchar en uno de los capítulos del programa de TVE Rito y geografía del cante, donde canta, casi podríamos decir que al alimón, con Mercedes, la hija adoptiva de Joaquín el de la Paula (también existe un registro discográfico de esa aparición). Hacen los dos una rumba que constituye en sí misma un extraño portento, una verdadera joya, un impagable tesoro. Es una de esas rumbas que algunos de los gitanos que sirvieron en Cuba trajeron al suelo patrio, insuflándoles ese carácter único que sólo ellos podían darle, y que luego tantas variedades produjo. Desde luego, no hay nada que pueda compararse con lo que trajo y transmitió Joaquín el de la Paula. La rumba de Juan y Mercedes es prueba apodíctica.

…………Por su prestancia y gitanería, también por su cualidad de estarse quieto, Juan participó, que yo sepa, en dos películas, verdad que no en papeles de primera fila, pero siempre distinguiéndose en cada secuencia en que aparecía. Actúo nada menos que en La Blanca Paloma y en María de la O, de las que fueron protagonistas Juanita Reina y Carmen Amaya, respectivamente.

…………Recuerdo ahora una anécdota que a Rafael le contó un sobrino-nieto de Juan Barcelona. Un día se acercó a Juan un administrativo del Ayuntamiento, tan famoso por sus constantes despistes como por su buena voluntad, que, creyéndole una persona necesitada y deseosa de trabajo, le ofreció dos semanas en unas obras que iban a hacerse en la Casa de Socorro: él, el funcionario, hablaría con el encargado y arreglaría la cosa. Juan, riéndose para sus adentros, le dio las gracias y le aseguró, muy serio: «Mire usted por donde, pero precisamente hace un rato me ha salido una buena colocación».

…………Juan se encontró más tarde con su sobrino Joaquín —«Joaquín Bastián», trabajador a carta cabal—, al que le refirió el caso. «¡Qué buena vista tiene ese gachó!», le dijo al sobrino. Juan, con ese constante esquivar el trabajo, siempre beneficiaba a alguien, y en este caso fue su sobrino el que pudo aprovechar los días de labor que el funcionario inocentón había ofrecido al que, según sus propias palabras, no quería quitarle el puesto de trabajo a nadie.


***

Pero vayamos ya a lo de Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón. Sucedió que en la Feria de Sevilla, en la caseta «El Cortijo de Oromana», cuyo principal, si no único valedor era nuestro paisano Manuel Rodríguez Granados, popularmente conocido como «Manolito Orea», actuaban, como otros años, y junto a otros artistas, «Los de Joaquín el de la Paula», título que albergaba, con pocas variaciones de vez en vez, a Mercedes (la misma que grabó con Juan tan memorable rumba), Enrique el de la Paula, Manuel Algodón, el Platero, Luis el Piñonero, Manolo Heredia, el Poeta de Alcalá y los tocaores Manolo Vargas y Alfredo Aragón… Y Juan Barcelona, claro.

…………Aquella noche, «El Cortijo de Oromana» tenía dos invitados de excepción: Juan Carlos de Borbón y Sofía de Grecia, entonces príncipes de España.

…………No sabemos si por la presencia de tan altos dignatarios, o porque a todos los de Joaquín el de la Paula les cogió como nunca, lo cierto es que cada uno de ellos obtuvo los mayores aplausos de que guardaban memoria.

…………Como es lógico, los príncipes tenían un horario que cumplir. Así que, sin excesivas formalidades, subieron al tablao y allí mismo fueron despidiéndose, uno por uno, de todos los artistas, mientras Manuel Rodríguez Granados, como maestro de ceremonias, les iba diciendo el nombre de cada uno de ellos. Llegado el turno de Juan Barcelona, que así fue presentado a los futuros monarcas, nuestro gitano hizo la mayor de las reverencias ante la princesa, y, ya ante Juan Carlos, se permitió retener un momento la serenísima mano entre las suyas, al tiempo que le miraba a los ojos y le sonreía con seriedad, casi sobrecogido por la importancia del encuentro.

…………Juan Barcelona y Juan Carlos de Borbón no volvieron a verse nunca más.

***

Dos años después, en el mismo sitio y por las mismas festivas fechas, volvió a recalar en Sevilla su Alteza doña Sofía, esta vez sin la compañía del Príncipe, que andaría ocupado en otros menesteres, seguramente menos placenteros. Y allí estaban otra vez «Los de Joaquín el de la Paula», y, por tanto, también Ramón Jiménez Tinoco, perdón, Juan Barcelona.

…………Se sucedieron las actuaciones: fandangos, alegrías, bulerías, cantes por soleá, el  auténtico baile gitano de Angelita Vargas… Y, a una hora relativamente prudencial, la despedida de la princesa de España. Nuevamente, la rueda de artistas. Cuando Sofía le extiende la mano a Juanillo, éste le dice, con una gravedad propia del más solemne de los cortesanos: «Señora, dele usted recuerdos a su marido, de parte de Juan Barcelona».

…………Sin embargo, doña Sofía siguió sonriendo del mismo modo en que había saludado a los demás artistas, es decir, de esa forma cortés, pero protocolaria, que se usa en tantos y tantos actos a que se ven obligados los miembros de las jerarquías. Pedro y Rafael, según asevera éste, están convencidos de que la princesa no comprendió bien, de que la esposa del llamado a ser Rey no se daba verdadera cuenta de a quién estaba saludando. Los dos están seguros de que Sofía de Grecia aún no estaba muy ducha en el idioma español y menos todavía en el trato con personajes de la categoría de Juan Barcelona. De lo contrario, le hubiera contestado a Juan de manera especial, y habría guardado aquella frase del hijo de Josele y la Roezna hasta hacerla llegar a su marido, el cual, ¿qué duda puede caber?, habría recordado perfectamente a nuestro paisano. Según ellos, no hay por qué llegar al extremo de culpar a la princesa consorte de que Juan Carlos no recibiera aquel saludo de Juan Barcelona, y de que, por consiguiente, no pudiera transmitirle el suyo posteriormente: a Sofía aún le faltaban uno o dos hervores en las cosas de España.

…………¿No lo creen ustedes así? Porque esos dos, Pedro y Rafael, Rafael y Pedro, no se equivocan nunca. Nunca. Nunca.


.

JUAN TALEGA EN CUATRO ADARMES. Por Ramón Núñez Vaces

A Jesús Vázquez Luna, que huele a humo

Ahora en diciembre habría cumplido ciento veinte años, y en julio hizo cuarenta que murió. Da igual: valga cualquier pretexto para recordarlo, para invitar al disfrute de su cante natural y sapientísimo.

            Yo, con o sin el permiso del respetable, y mal que me pese, sostengo que cualquiera no está facultado para apreciar el cante de Juan Talega (ni el de otros y otras, añado), porque, como dijo un gran sabio, «para tener gracia se han de reunir muchas circunstancias». Y lo del cante gitano, lo de estar y ser en ello, es una gracia. Una Gracia, más bien. Despreciada por muchos, adulterada por otros, desconocida por los más. Una gracia que se tiene o no se tiene, ni más ni menos. O que te atrapa un buen día para no soltarte jamás. Pero, ojo, hablo de aquel cante gitano, de ese que murió porque no tenía más remedio, que así es la muerte natural: nada había ya que lo sostuviera, que le diera nuevas células, que le hiciera rebrotar. Nada puede vivir fuera de su medio natural (el hombre metido a astronauta sí, pero ¿es eso vida?). La consunción era inevitable, por mucho que algunos quieran, de buena fe o por los euros —no pocas veces, misteriosamente, se compaginan ambas cosas— alargar de forma artificial una apariencia de vida representada por seres y cantes que no son más que maquetas sin nervio.

     

            Juan Fernández Vargas nació en Dos Hermanas. Su padre, hermano de Joaquín el de la Paula, se había trasladado a pueblo tan pródigo en aparceros (mayetos), al resultarle más favorable para el trato de caballerías, porque Agustín Fernández Franco («Agustín Talega»), que también cantaba, y bien, era un tratante ni muy chico ni muy grande, pero por lo menos lo suficientemente dotado para sacar adelante la familia sin demasiadas estrecheces. Que Juan viviera ochenta años, diez más que su primo Enrique y casi veinte que su otro Manolito María, puede que se debiera, entre otros factores, a que sus años de niñez y adolescencia lo fueron, por lo menos, de mejor alimentación, e incluso mejor aireados. 

            El padre de Juan era tan aficionado al cante como su hermano Joaquín. Pero si éste era la «anarquía vital» —en cuanto tenía dos perras gordas ya estaba en Triana—, Agustín tenía casa donde recibir a otros cantaores gitanos de renombre, amigos suyos, de manera que Juan aprendió «lo que no había en los escritos», y nunca mejor dicho. Fue así que Juanito supo de Tomás el Nitri, de los Cagancho, de la Andonda, del Fillo, de la Serneta, de Paco la Luz… Con su tío Joaquín y Manuel Torre la relación fue, como diríamos ahora, en vivo y en directo, ¡qué maravilla, qué sueño! Vamos, que tuvo un aprendizaje igualito que el que ahora se quiere dar en los colegios a unos niños super alimentados y  ansiosos por llegar a casa y encender el ordenador, sin absolutamente nada que ver, no ya con la sociedad en que surgió el flamenco, sino incluso a años luz de la que le contempló durante algo más de cien años. O que el que pretenden impartir algunos «talleres» de flamenco para adultos (el término entrecomillado espanta, por muy léxicamente correcto que sea), a treinta y seis euros la hora.

            Juan siguió con el oficio de su padre, ocupación que fue yendo a menos a medida que pasaban los años. Camiones, furgonetas y tractores fueron sustituyendo a las bestias de carne y hueso y cuatro patas. Ya por entonces a Juan lo buscaban para cantar en reuniones y fiestas, reclamado por señores —señoritos y no— verdaderamente aficionados al cante bueno de los gitanos. Esta dedicación, durante los años cuarenta y primeros cincuenta, hizo, por un lado, que Juan, siempre admirado (mas no siempre igualmente recompensado), pudiera llevar a su hogar un dinerillo bastante necesario; por otro, que su prestigio cantaor fuera creciendo, hasta llegar a ser considerado como el heredero, o el transmisor, de los grandes cantaores gitanos de la «media antigüedad»; sobre todo, que no únicamente, por soleá, seguiriyas y tonás. 

            Pero ni se arrimaría uno a ser justo si a Juan Fernández Vargas se le calificara, e instituyera, simplemente como gran heredero y excelente transmisor. Porque si el medianillo, el imitador, el falto de sello propio, puede permanecer a caballo de la historia por unos cuantos años —y ni uno más—, los cantaores que cuando cantan sienten la sangre en la boca perdurarán para siempre en la memoria y el paladar de los aficionados (distingamos siempre entre aficionados y público).

            Porque Juan Talega aportó al cante gitano, como muy pocos otros, ese «algo» que eleva a los intérpretes a un lugar destacado, a distancia del común. Valgan unos pocos ejemplos. ¿Quién podrá cantar las bulerías de Manolito María, aquellas que empiezan: «Coje una silletita, por Dios primita, siéntate enfrente…»? (letra ésta tomada de unas sevillanas antiquísimas). ¿Quién tendrá en la voz y en el sentío el poderoso quebrao de Manuel Torre? ¿Quién como él, «el acabareuniones», la facultad asombrosa de hacer que algunos esperaran decenas de horas con tal de «cogerle bueno», es decir, enloquecedor? ¿Quién como Fernanda Jiménez Peña aquello de «en la ventanita, dejaba yo las llaves…»? ¿Y lo que le salía por soleá y por seguiriya a Juanito Mojama? Ya sabemos la respuesta, ¿verdad? Pues pasa igual con Juan Talega: él era de esos pocos que para cantar no tenían más que abrir la boca, ¡y encima siempre cantaba bien!, y muchas veces mucho mejor que muy bien. Y ni a Juan ni a esos otros hay que darles mérito alguno: cantaban así, como el agua brota del manantial. ¿Quién como él podría decir aquello de «Oleaítas del mar, que fuerte venéis…»?.

            El cante de Juan estaba ensamblado en mimbres tan  fuertes y flexibles como los de los cantaores más arriba mencionados, lo que pasa es que los grandes hacen con lo recibido de otros su sello propio, así, sin más, sin ni siquiera saberlo, dotados de cabo a rabo de su personalidad. Todo el mundo tiene personalidad, ¡pues claro que sí!, pero no todo el mundo la tiene a un nivel tan alto, encumbrado y olímpico.

***

 

 

Las majaderías que se han escrito sobre el flamenco y sus personajes no cabrían en los cajones de dos o tres cómodas de las antiguas. Una de ellas la he leído recientemente: ¡que Juan Talega no aprendió a cantar con guitarra sino ya maduro, casi viejo! Aun siendo un gran disparate merece la pena refutarlo, porque será hacerlo sobre una visión del flamenco (y me estoy circunscribiendo al gitano) que es casi la imperante, incluso entre algunos que pasan por eruditos. Visión de corto alcance, antievolutiva, de piñón fijo, de llave 10/11. Es decir, de menos vuelo que una gallina clueca.

            Está clarísimo que el cante gitano existía mucho antes de que la bajañí entrara en escena, en esa escena. La guitarra se fue incorporando al cante y al baile por medio de elementos no gitanos a medida que los calés asentados en pueblos y ciudades fueron abriéndose al resto de la población, y viceversa: lugares comunes en que se vivía, relaciones laborales y comerciales, etcétera. Como no podía por menos que ocurrir, unos y otros se influyeron, y así fue desarrollándose una correspondencia que durante poco más de ciento cincuenta años produjo, entre otras cosas, esa especie de regla de aligación, magnífica y profunda, entre cante e instrumento.

            Pero conste que al cante nunca le ha sido imprescindible el acompañamiento de la guitarra, como se puede demostrar en cualquier momento. Fueron los tocaores los que se adaptaron, en un ejercicio más que admirable, al cante; los que, inspirados en el sentir sonoro del cantaor, lograron tan inmensamente bella aportación al arte flamenco, abriendo un gran diorama del que hemos podido disfrutar durante tantos años.

            Un amigo mío añadiría que lo bueno y lo malo siempre conviven en todo tiempo y en toda forma viviente, y que por consiguiente la aportación de los guitarristas también ha servido para acelerar la deformación que, seguramente inevitable, se ha ido produciendo hasta nuestros días. Y que ha habido y hay guitarristas, famosos y no, pa matarlos. Por mi parte, y en cuanto a la trabazón cante-toque de la que han podido disfrutar aficionados y público, he de reconocer, a pesar de tener que coincidir con mi amigo, que actualmente y desde hace ya bastantes años, gran mérito tiene el cantaor que logra cantar a compás cuando es acompañado por un guitarrista que se esfuerza (¡es que se esfuerzan!) en no tener ni ritmo, ni compás ni nada de nada. Y cuando el cantaor es de la misma cuerda que el tocaor, ¡apaga y vámonos! Como diría mi amigo: transmiten menos que un cable desenchufao.

            En fin, esa atrocidad, la de afirmar que Juan no supo cantar con guitarra hasta bien entrado en años, es, por supuesto, totalmente absurda, pero es que no se tiene en pie en cuanto le escuchamos: tanto la guitarra más torpe y mostrenca como la más enjundiosa enloquecían de placer acompañando a Juan, guiándose por él, llevando a sus cuerdas el compás, la sencilla frondosidad, la cadencia y la Harmonía de su cante. Pero bueno, algunos han pisao la flor de la tontería, qué le vamos a hacer.

***     

Lo que no llegó a hacer hasta avanzada edad fue impresionar su voz. La admiración y el interés que Antonio Mairena tenía por sus cantes «transmisibles» hizo que pudieran llegar al conocimiento de los aficionados, aunque en número escaso de grabaciones; sometidas éstas, además, a las condiciones nada favorables de los estudios, tan extrañas para nuestro personaje. Sin embargo, el cante de Juan nos estremece por igual: ¡el manantial siempre fluía, puro en cualquier circunstancia! También quedó Juan registrado en aquella memorable colección de la casa Ariola que en tantas personas de mi edad hizo surgir el enamoramiento por ese arte. La participación de Juan en los festivales que entonces cobraban vida afirmó el aprecio de cuantos descubrían la figura venerable de aquel portador de la verdad flamenca.

            La relación que desde mucho antes había tenido Juan con Diego del Gastor se hizo prácticamente cotidiana en los años sesenta, cuando el antiguo tratante se convirtió en uno de los más asiduos de las fiestas, o reuniones, o juergas, que se celebraban en Morón de la Frontera, tanto en la finca del norteamericano Pohren como en Casa Pepe y otros lugares cuyas paredes, aún hoy, parecen querer transmitirnos algo de lo que presenciaron. Las grabaciones realizadas en aquellos recintos, domésticas pero de gran calidad, dan fe del capítulo más glorioso del cante gitano antes de su definitivo ocaso.

***

Ahora voy a referirme al orgullo, al amor propio que algunas veces cualquier persona ha tenido que dejar de lado porque las circunstancias obligan. Estando Juan al borde de la despedida, llegó a verlo un señorito, conocedor del trance que en poco tiempo Juan estaba llamado a cumplir. Cuando el moribundo oyó el nombre del visitante se negó rotundamente a recibirle: que no entrara, que se fuera, que no, que ni pensarlo, que de ninguna manera.

            El motivo de tan drástico rechazo se remontaba a años atrás, cuando Juan, siendo un hombre más que maduro, fue lanzado a una alberca por tres o cuatro borrachos, después de una fiesta en la que había estado cantando, como dice la letra, «por lo que me quieran dar». Uno de los «bromistas» fue el señorito que ahora quería ser recibido, puede que sintiendo un sincero arrepentimiento. Yo no lo sé. Lo que sí sabemos es que tuvo que irse sin verlo.

            La persona a la que oí el relato del suceso decía comprender la actitud de Juan, pero sólo «hasta cierto punto», pues le parecía dura en exceso, demasiado tajante, incluso desagradecida. Mas yo digo, ¿es que ni a la hora de la muerte puede uno plantarse y mandar al diablo servidumbres enojosas?.

«EL TENIENTE GUSTL» O LOOR A LA MUERTE Y A LA CARNE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 14). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

Cementerio de los personajes ilustres
(Kerepesi Temetö)
Budapest
2000
Foto: LGV

 
 
 

64 páginas 64. Ésta es la extensión de El teniente Gustl, pieza de aparente minimalismo de Arthur Schnitzler (1862-1931), médico y escritor vienés, ejemplo del intelectual judío finisecular del Imperio. Contemporáneo de Sigmund Freud (que lo admiraba), Mahler o Zweig, pero también del antisemitismo que se cernía sobre Austria y sobre Viena en particular gracias a personajes como Karl Lueger, alcalde de la capital imperial. Esta pequeña joya escrita en 1900  (editada primorosamente, como es usual, por Acantilado en 2006 con traducción de  Juan Villoro) es un monólogo interior (uno de los primeros de la literatura) que bulle en la mente de un joven oficial imperial durante el ocaso de un día primaveral y el orto del siguiente. Parte de una velada musical en un teatro de la capital y termina en un café, cómo no, pasando por una noche de duermevela en el parque del Práter, el mismo lugar que luego haría famoso El tercer  hombre[1]

   Tal como hemos visto en otras entradas de Noticias de un Imperio, en la literatura del final del imperio austro-húngaro ocupa un lugar muy destacado el ejército y dentro de este, los jóvenes oficiales. En las obras ya reseñadas de Lernet-Holenia [2], Marai [3] y Roth [4],  los protagonistas son jóvenes oficiales que educados en la tradición del imperio son testigos y a la vez actores de su desaparición. El ejército austro-húngaro es, junto al viejo emperador, el elemento cohesionador del imperio. Para William M. Johnston (en su imprescindible obra El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1918), Oviedo, 2009) los militares daban «lustre a la vida social» y proporcionaban la dosis de «patriotismo» imperial necesaria para los soldados de diferentes pueblos y nacionalidades. No obstante y así lo vemos al comienzo de esta obra, los militares austríacos se aferran a un código del honor anacrónico, son arrogantes con los civiles y rechazan la modernidad. Todas esas características las asume nuestro teniente Gustl, desprecia a los burgueses y a los judíos, así como a los socialistas (aunque los austromarxistas fueron paradójicamente defensores del Imperio). Esta forma del ver el mundo, anclada en los esquemas aristocráticos del Antiguo Régimen es el factor que hace que se produzca el hecho principal de la novela, que por supuesto no vamos a desvelar y donde jugará un papel destacado un panadero. Estas ideas, sin embargo, no son solo propias del Imperio austro-húngaro en los inicios del siglo XX, era una cultura común en toda Europa. Esto lo estudió Arno J. Mayer en su obra La persistencia del Antiguo Régimen (1981). Un mundo de valores que hoy nos resultan algo absurdos e incomprensibles y que también están recogidos en la novela de Ford Madox Ford titulada El buen soldado (1913), donde de nuevo, en un lugar central encontramos la figura del oficial. Gustl es un tipo que, como ya hemos dicho, es arrogante, pagado de sí mismo, conquistador de damas y damiselas además de refractario a judíos y socialistas. Schnitzler crea un personaje arquetípico: proviene de una buena familia de provincias y tras pasar un periodo de servicio en Galitzia es trasladado a Viena, al servicio de Dios y del Káiser. Su historia es la historia de muchos que más tarde acabarían sirviendo en las filas de la Werhmacht al  mando de otro austríaco de provincias: Adolf Hitler.

   En sus meditaciones Gustl reconoce que de todas las experiencias vitales echaba en falta una: la guerra. El relato escrito en 1900, nos revela ese ambiente de preguerra que aún no pasaba de mero deseo, de ensoñación entre romántica y salvaje que muchos europeos vivían. La guerra como solución al aburrimiento de la rutina diaria. Gustl es uno de aquellos «sonámbulos» que en palabras del historiador Christopher Clark se dejaron llevar por sus estados y monarcas a las trincheras de la Gran Guerra (Sonámbulos. Cómo fue Europa a la guerra de 1914, 2014). Esa idea de exaltación de las virtudes terapéuticas de la guerra, que tan bien nos la narró Joseph Roth en las páginas finales de La marcha de Radetzky [5], iba de la mano de esa moral aristocrática y aparentemente guerrera a la cual nos referimos antes (el ensayo de Arno J. Mayer tenía el esclarecedor subtítulo de Europa hacia la Gran Guerra).

   La guerra era una especie de gran duelo colectivo donde enjugar honores mancillados. En ella, como en el duelo (Gustl, como no podía ser de otra forma también es un duelista), la muerte es una opción y si uno no es capaz de aguantar la vergüenza, no queda otra que el suicidio. Guerra, duelo, honor, suicidio…. todo nos conduce a la muerte, otro gran tema de la novelita de Schnitzler, un autor que podríamos considerarlo parte del grupo de escritores impresionistas tal como lo incluye en su obra Johnston. Esta corriente impresionista de intelectuales fue así definida por el Arnold Hausser, famoso teórico del arte  nacido como súbdito del imperio en 1892 y muerto como ciudadano de la república socialista de Hungría en 1978. Schnitzler era uno de aquellos intelectuales que de alguna manera disfrutaron siendo notarios del «apocalipsis feliz» de un mundo. No eran creadores de algo nuevo, no ofrecían soluciones, al igual que sus contemporáneos de nuestra Generación del 98. Para ellos la vida era evanescencia, flujo de sensaciones, esteticismo y decadencia. En esta obra que reseñamos todo esto se encuentra a través de los pensamientos inmediatos, no tanto reflexiones, del teniente Gustl. Todo es ahora, no existe ni tanto el ayer ni el mañana, todo ocurre en el momento. Un mundo de impresiones donde no hay nada totalmente verdadero pero tampoco falso.  En palabras del autor «cada instante implica morir un poco y a la vez volver a nacer».

 
 
 

La muerte se lo lleva
Kerepesi Temetö
Budapest 
2000

(Foto: LGV)

 
 
 

   Volvemos a la muerte, ya que es el culmen de ese mundo de impresiones. La muerte «libera» a los vivos de sus represiones y miedos, tal como le ocurría al joven Gustl. El elemento psicológico es la gran novedad técnica de nuestro relato y  por esto lo hacía tan cercano a Freud, pero también a toda una corriente de pensamiento que podemos llamar austríaca, donde la muerte tiene un lugar especial. Para los austríacos la muerte era un motivo de creatividad y es conocida su querencia por todo lo que la rodea: funerales, cementerios, ceremonias, etc… Baste recordar el episodio sobre el cementerio de Viena que nos cuenta Claudio Magris en su odiséica obra El Danubio (1986) o esos «hermosos cadáveres» de la familia imperial en La Cripta de los Capuchinos. La muerte es el fin del hastío y por eso tiene un gran poder, tal como lo dejó por escrito Hugo Hofmannsthal, un escritor marcado especialmente por ella.  Es relativamente conocida la carta que Mozart escribió a su padre sobre este tema cuatro años antes de morir:

   «Al ser la muerte, pensándolo con detenimiento, el verdadero objetivo de nuestra existencia, en los últimos años he establecido con ella – la mejor y más fiel amiga de la humanidad- una relación tan estrecha que ahora su imagen, lejos de aterrorizarme, me tranquiliza y consuela».

   Los muertos «permanecen entre los vivos», escribió Schnitzer. Ya hemos visto esto en las obras ya comentadas de Alexander Lernet-Holenia [6], donde el mundo de los  muertos tiene tanta o más importancia que el de los vivos. Por esto, un vez muerto el Imperio siguió para muchos aún vivo y sobre todo en la literatura y el arte hasta nuestros días.

   Y por último, nuestro protagonista vive la unión del Eros y el Thanatos. El erotismo y el sexo van unidos a la muerte, integrantes todos de los paraísos artificiales que pontificó para la modernidad el poeta Charles Baudelaire. El sexo y la muerte nos alejan del mundo, como así lo vivía el joven teniente Gustl que mezclaba en sus pensamientos sus conquistas eróticas y la fantasía de su muerte. Un mundo de morbosidad que fue tan querido al modernismo literario español, comenzando por Juan Ramón Jiménez. Algo tiene esta corta novela de loor a la muerte y a sus cercanías, pero también de loor a la carne, la carne mortal, liberadora y a la vez esclavizadora.

   Loor a la Carne,
Que al arder mitiga los cruentos martirios de la Vida humana.

 
 
 

Juan Ramón Jiménez
(1881-1958)

 
 
 
[1] http://revistacarmina.es/?p=40583

[2] http://revistacarmina.es/?p=39376

[3] http://revistacarmina.es/?p=39553

[4] http://revistacarmina.es/?p=40095

[5] http://revistacarmina.es/?p=40854

[6] http://revistacarmina.es/?p=39541
 
 
 
__________________________________
 
 
 

EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

SIEMPRE NOS QUEDARÁ VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 8). Por Pablo Romero Gabella

GEORG TRAKL: LA DECADENCIA DE UN IMPERIO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 9). Por José Miguel Ridao

«FUGA SIN FIN» O EL JUDÍO ERRANTE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 10). Por Pablo Romero Gabella

EL VALS INFINITO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 11). Por Pablo Romero Gabella

«RÉQUIEM ALEMÁN» O ALGO HUELE A PODRIDO EN VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 12). Por Pablo Romero Gabella

LA SAGA DE LOS TROTTA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 13 – 1ª Parte). Por José Miguel Ridao

 
 
 

«ANDALUCÍA», DE JOSÉ MARÍA PEMÁN, Y UN ARTÍCULO DE ENRIQUE SÁNCHEZ DÍAZ SOBRE EL CAMBIO DE NOMBRE A UNA CALLE

 
PEMÁN ALCALÁ 1

Detalle de la ilustración de sobrecubierta de Andalucía

(Acuarela)

[Federico Lloveras Herrera (1912-1985)]

 

DE SEVILLA A CÓRDOBA

(Fragmento)

 

La técnica no sabe nunca los resultados que sus milagros van a producir. Cuando Edison inventó el fonógrafo creyó —así lo dijo— que serviría para conservar en las familias las últimas palabras de un moribundo querido. Se hubiera asombrado, probablemente, si hubiera vivido hasta enterarse de que su máquina iba a servir para repetirnos incansablemente esas canciones que lamentan que no existan angelitos negros o que nos certifican que en México se piensa mucho en Madrid. Del mismo modo, al lograrse el automóvil, no se pensó seguramente todo el recobro de belleza natural, toda la reconquista de mundo y paisaje que, en gracioso desquite de la poesía frente a la técnica, iba a significar la era de su florecimiento… El tren nos daba un mundo seleccionado, injusto, parcial. Iba por donde iba, nada más. Zonas enteras de cada país se quedaron sin voto en ese «sufragio restringido» de los cartoncitos rosas y azules del ferrocarril. Por eso la poesía del tren, o se desentiende del paisaje y es pura anécdota de «interior» como el «tren expreso» de Campoamor, o mira al paisaje, como Juan Ramón Jiménez, por la ventanilla, en pura melancolía y nostalgia. El paisaje se va. El paisaje no se puede pisar, ni tocar. Además, ¿qué queda detrás de lo que se ve?

   A todo esto contestó el automóvil. Y todo este preámbulo, por el que pido perdón, lo he escrito para aconsejaros que, naturalmente, al salir de Sevilla para Córdoba, toméis un automóvil.

   Para hacer este recorrido se nos ofrecen tres caminos principales que enumeraré de norte a sur: la ruta de la sierra, brava y fragosa, minera y arisca. Sus etapas principales serán Cazalla, Fuenteovejuna, Peñarroya y Villaharta; la ruta del río, mansa y suave, agrícola, hiriente de cal. Sus nombres están vinculados al Guadalquivir: Lora del Río, Palma del Río, Almodóvar del Río, Posadas. Y la carretera general; esto es: el camino turístico y fácil con dos localidades esenciales: Carmona y Écija.

   Sea ésta la ruta escogida en gracia a la comodidad que nos ofrece. Buen asfalto para el coche y la seguridad de mínima distancia para nuestra hambre —o nuestro vicio— de tiempo, pero permítaseme aconsejar a mi amigo viajero una ligera variante que con el breve aumento de ocho kilómetros nos permitirá pasar por una población de notable interés y bellas perspectivas: Alcalá de Guadaira.

 

PEMÁN ALCALÁ 2

Alcalá de Guadaira, llamado también Alcalá de los Panaderos

[Foto: Ramón Dimas Monserrat (1919-1965]

 

   Así, pues, nuestro itinerario desde Sevilla partirá en dirección Este por la carretera de Alcalá hasta las orillas del Guadaira y aquí, abandonando la carretera de primer orden, tomaremos la que, pasando por Mairena y El Viso, nos llevará a Carmona. Es éste un camino de segundo orden cuyo macadam —al menos en las últimas veces que lo he recorrido— está en buen estado. No tiene más que ese bacheo mínimo que nos recuerda que estamos sobre la tierra y nos invita a mayor lentitud y a no desdeñar el paisaje.

   Nada más lejos de la realidad que imaginarse la salida de Sevilla como un hecho neto y rotundo que nos traslada de la ciudad al campo tal como suele ocurrir en la meseta castellana. Aquí todo es menos arisco y definido, de tal manera que empezamos a ver cómo los verdes de una plaza sevillana, o los desbordantes geranios de sus balcones, van aumentando el porcentaje de naturaleza sobre edificación. Vamos saliendo de Sevilla así, premiosamente, porque el caserío no cede terreno al campo sin una lucha incruenta, pero tenaz. Todavía, cuando ya los hitos de Obras Públicas nos señalan seis kilómetros de lejanía sevillana, un nuevo caserío pedáneo —Torreblanca— nos presenta los jirones de cal de sus fachadas entre los olivos, para prolongar esta despedida amorosa y lenta. Ahora ya las pardas filas de los olivares parece que han vencido definitivamente, y la carretera se nos ofrece, al fin, con su negra mansedumbre de esclava, sin tentaciones urbanas que nos entretengan. ¡Qué difícil le es acabar a Sevilla!

   No sé en qué época vendréis a recorrer este camino. He aquí una dificultad no prevista si pretendiera ajustar mi descripción al paisaje que van a contemplar vuestros ojos. Lo he cruzado tantas veces, no obstante, que os lo pudiera ir diciendo al oído con los ojos cerrados: duro y quebradizo bajo la escarcha, en el invierno, con reflejos metálicos sobre la helada; jugoso en primavera, poblado de ruidos y gritos de gañanes; polvoriento en el dorado verano, cuando las cigarras arrullan la siesta incansables, y fatigado ya en el otoño con esa anciana faz de los olivos rugosos como campesinos viejos, un poco socarrones, de vuelta de las cosas.

   La carretera se introduce ahora entre angosturas cortadas a la derecha por el cauce del río Guadaira. Estamos entrando en la población de donde, tradicionalmente, Sevilla se surte de pan. Si nuestra llegada coincide con la transparencia mañanera, el suave vaho húmedo del río os olerá a pan tierno y crujiente, a pan dorado con calor de los hornos. Por algo a Alcalá de Guadaira se le suele llamar todavía, entre los sevillanos, Alcalá de los Panaderos.

 

PEMÁN ALCALÁ 3

La inevitable corona del castillo desdentada sobre Alcalá de Guadaira

[Foto: Ramón Dimas Monserrat (1919-1965]

 

[JOSÉ MARÍA PEMÁN (1897-1981).

Andalucía.

Ediciones Destino. Barcelona, 1958.

Págs. 114-116]

 

JOSÉ Mª PEMÁN (SELLO DE CORREOS)

 

UNA PROPUESTA EQUIVOCADA Y DISCUTIBLE

Por Enrique Sánchez Díaz

 

Con la de cosas tan importantes que hay que hacer en Alcalá nos encontramos que la más perentoria es la propuesta de Izquierda Unida-Alternativa Alcalareña de cambiarle el nombre a una calle, después de cuarenta y dos años, con el argumento de que José María Pemán era un franquista. Cada día los ciudadanos comprendemos menos estas actitudes que separan más que unen.

   Yo conocí a Pemán en un festival flamenco en Las Cabezas de San Juan. Entonces nadie se opuso a que recibiera la Yerbabuena de Plata. Y se la dieron personas poco sospechosas de ser franquistas. Yo tampoco lo soy y si alguien quiere acusarme de serlo que me lo diga.

   El ciudadano alcalareño, a mi modo de ver, está un poco desorientado por las actuaciones de los políticos municipales, los de la izquierda y los de la derecha. Tenemos muchos problemas y los políticos actuales hacen poco para resolverlos, no hacen casi nada para buscar soluciones a tantas y tantas preocupaciones de los ciudadanos, como por ejemplo, el paro.

   Hacer propuestas de difícil cumplimiento. Retirar banderas, bustos y cambiar nombre a las calles es, por lo menos, emprender un camino equivocado. El callejero forma parte de la historia de un pueblo siempre que no contenga nombres de dictadores o asesinos.

   Me gustaría además saber quién o quiénes van a pagar las molestias que supone este cambio de nombre si no se da marcha atrás. Los residentes y comerciantes de la calle están obligados a renovar el DNI, el carné de conducir, sus recibos, cambiar impresos, tarjetas de visita… y cualquier otra documentación que sea necesaria para su identificación.

   ¿Se les ha preguntado a los residentes si están de acuerdo en que se les cambie el nombre de su calle? ¿Conocen al escritor?

   También, ya puestos, se podrían retirar todos los libros de Pemán que hay en las bibliotecas de Alcalá y en las de toda España, incluso se puede obviar su lectura.

   Existen en más de una veintena de ciudades y poblaciones, regidas por el PSOE, C’s y PP, calles que mantienen el nombre del escritor. ¿Qué pasa?

   Termino reseñando lo que se aprobó por Pleno en la Ordenanza de Nomenclátor: «La aprobación de la denominación de vías públicas, así como la modificación de las ya denominadas compete al Pleno del Ayuntamiento a propuesta de la Comisión Municipal de Nomenclátor». No al revés. Ténganlo en cuenta los que lo aprobaron.

 

[ENRIQUE SÁNCHEZ DÍAZ.

La voz de Alcalá, 1 al 14 de noviembre de 2016,

año XXV nº 440]

 

MARAVILLAS DE JESÚS NIÑO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

belendetriana19-2008

Belén alcalareño

[Foto: LGV 2008 Alcalá]

 

El texto latino que ahora traduzco pertenece también al manuscrito mencionado en la colaboración correspondiente a diciembre del año pasado. Es el penúltimo del «Libro sobre la infancia del Salvador», publicado dentro de los apócrifos de la infancia. Y repito que es uno más de los muchos relatos fantásticos sobre la vida de Jesús, cuyo origen hay que buscarlo en el medievo.

   El texto en versión española dice así:

   «6. Un día, en la estación invernal, como el sol luciera radiante en toda su virtud, un rayo del mismo entró por una ventana y se extendió desde ésta hasta la pared, en la casa de José. Allí estaban jugando con Jesús unos niños de su misma tribu, hijos de los vecinos, corriendo de un lado para otro, y Jesús se sube a un rayo de sol, pone sobre él sus vestidos y se sienta como si se tratara de una viga muy firme. Habiendo visto tal (maravilla) los niños que con él jugaban, compañeros de su misma edad, pensaban que ellos también podían hacer de modo semejante. E intentaron subir, para sentarse con Jesús, en el juego, siguiendo su ejemplo, pero “[…] nos hacemos trizas.” Mas Jesús, a instancias de María y de José, soplando con suavidad sobre el lugar doliente, curaba todas las lesiones de todos los que se habían lastimado, y dijo: “El Espíritu sopla donde quiere y sana a los que quiere.” Y fueron sanados. Y contaron todas estas maravillas a nuestros padres. Y esta historia se hizo manifiesta en Jerusalén y en los remotos confines de Judá. Y la fama de Jesús se multiplicó en el círculo de las provincias. Y vinieron para darle la bendición y para que fueran bendecidos por Él. Y le dijeron: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos de los que mamaste.”

   »José y María dieron gracias a Dios por todas aquellas maravillas que habían oído y visto.»

[La voz de Alcalá, 15 al 31 de diciembre de 2016, año XXV nº 443]

 

________________________

 

LAS ABARCAS DESIERTAS. Cuando la víspera de los Reyes Magos, a propósito de un homenaje de «CARMINA» al poeta MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-1942)

AL PRINCIPIO ERA EL VERBO. Juan 1, 1-18

DE LA INFANCIA DE JESÚS. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN DE JESÚS. Lucas 1, 26-38

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS. Mateo 2, 1-12

FICCIÓN DE NAVIDAD. De la serie «RECORTES», Nº 103. Por Pablo Romero Gabella

ZAGALEJOS, VENID AL PORTAL. Poema de autor anónimo del siglo XVII con fotografía de Manuel Verpi 2014

PORTALICO DIVINO (1606). Francisco de Ávila

ERES NIÑO Y HAS AMOR. Fray Íñigo de Mendoza (1425-1507)

NAVIDAD, 2014. Antonio Luis Albás y de Langa

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR. Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

LA PALMERA. Gerardo Diego (1896-1987)

NATIVIDAD. Vicente Núñez

PALIQUES DE LA VIRGEN EN LA MAÑANA DEL NIÑO (AÑO DE 1954). Vicente Núñez

NACIMIENTO DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA GRAVIDEZ DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

JOSÉ VA A EMPADRONAR A SU FAMILIA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN (1472-1475). Pintura de Leonardo da Vinci (1452-1519)

NAVIDAD 2013, Antonio Luis Albás

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

 

POEMA A LOS REYES MAGOS. Lauro Gandul Verdún (Alcalá de Guadaíra, 2016)

 
la adoración de los magos Francisco de Zurbarán

La adoración de los Magos

Francisco de Zurbarán

1598-1664

 

A Manuel A. Seda Hermosín, rey Melchor

A Adolfo Rosado Pedrero, rey Gaspar

A Luis Fernández Rubio, rey Baltasar

A la Estrella de la Ilusión, Lupe Rodríguez de Francisco

y al Gran Visir, Emilio Nieto Durán

 

 «¡Ve despacio, no corras,
que el niño de tu yo, recién nacido
eterno,
no te puede seguir!»

Juan Ramón Jiménez

(1881-1958)

 

 

1

NIÑO RECIÉN NACIDO ETERNO

 

   Si pudiéramos remontarnos a la inocencia pura,
Y no hubiéramos olvidado nunca
Que nos fue dada para que cada instante de la vida
Nuestros ojos fueran los ojos abiertos de un niño que sonríe.
Unos ojos iluminados en una cara, que es la encarnada ternura,
Y que una vez miraron y vieron desde el niño que fuimos.

 

   Si yo pudiera con el dedo índice
Tornar el tic-tac del reloj
En tac-tic

   Si yo pudiera
A la aguja de los minutos
Darle vueltas y vueltas contra su tic-tac
Y que sonara el reloj
Con un tac-tic nuevo

   Tac-tic tac-tic tac-tic
Y poder asomarme al mundo
A través de tus ojos

   ¿Cuánto tardaría en llegar a conocer lo que escuchas
Y lo que sueñas?

   ¿Qué canta el universo? ¿A qué sabe el aire?
Desde dentro de ti te preguntaría

   Tac-tic tac-tic tac-tic
Hasta a tu tiempo llegar

   Si yo pudiera achicarme
Para tener la oportunidad milagrosa
De asomarme al mundo
A través de tus ojos

   ¿Cómo vería el día y la noche?
¿Y las estrellas? ¿Y el mar?

   Como sólo tú sabes todo esto que digo
Sonríes.

 

   Tú eres, niño, quien a los Magos ves.
Eres el niño que fuimos
Cuando de madrugada se te aparecen,
Una vez en la vida, al menos.
Porque al mirar de tus ojos, niño,
No es ajeno el milagro de los Sabios.
Tú, recién nacido eterno,
No corres  ni tienes prisa.
Sencillamente, ves.
Contigo, despacio he de ir.
Dame tu mano.
Vayamos de la mano…

 

2

AQUELLOS PRIMITIVOS MAGOS

 

   Majestades,
Con el propósito de lograr el relato posible
De aquel largo viaje,
He escrito estos versos
Para un poema sobre lo que hace tanto tiempo que pasó.
Un tiempo que al pensarlo da vértigo,
Un tiempo que es un viento que sopla, a veces con ímpetu,
Y me hace temblar,
Que se me agolpa inflamado de siglos en las sienes.

   Heme aquí, pues,  para tratar de los Magos
Que entonces hicieron aquel prodigio
Desde su lejana tierra y desde su tiempo antiguo.

   Antes, mucho antes de ser investidos de majestad,
Mucho antes de aquella ruta sagrada que habían de emprender,
Moraban en palacetes que fecundas tierras circundaban,
Mientras parecía que todo transcurría dulcemente
En las terrazas de las laderas.
Entre siervos y clientes,
Vivían una vida que dejaban pasar
y suponían que era una vida que les sonreía.

   Hace tanto tiempo que todo esto que vengo a contar transcurrió,
Que muchos han olvidado
Que en sus reinos aquellos Magos
Eran quienes subían a los montes más elevados,
O descendían a las más profundas simas.
Sacrificaban mansos animales a los planetas, al sol, a la luna,
A la tierra, al agua y a los vientos.
Eran el fuego o la llama tímida,
Sus dioses rectores.
Eran el aire ligero,
El círculo de los astros,
Las lumbreras del cielo,
El agua impetuosa o el secreto brotar del agua;
Eran éstos, entonces, sus dioses rectores.

   Afamados por sus embelesos, en sus lugares
Seducían y encantaban.
¡Ay, vivían entregados a la magia!
Vivían para ver si por la boca y potencia de los espíritus
De su superstición,
Se les manifestaban los misterios.

   Aquellos primitivos Magos,
Señores de tierras y gentes, auténticos soberanos,
Mientras duraban los encantamientos,
Sostenían en una mano un haz de brezo
Que un bramante anilla,
Y en la otra, ramos de tamarindos.
En los extraños altares de templos ignotos,
Representaban sus rituales.
Como astrólogos interpretaban los sueños,
Ninguna galaxia les era ajena,
Advertían y tenían trato con entelequias sobrenaturales.
Mas su ciencia sólo aspiraba al saber necesario
Para adivinar lo oscuro o lo luciente del futuro.
Creían imponer su voluntad a los meteoros
Cuando proclamaban palabras terribles y sacramentales,
O recitaban raras fórmulas, que sólo ellos conocían.
Palabras apropiadas para que la fuerza secreta y misteriosa,
De poderes ocultos y formidables
De los que pensaban que eran depositarios,
Interviniera cuando a su antojo la invocaran.

 

 

3

EL ASTRO DIVINO

 

   Pero en cambio habían perdido toda alegría;
En verdad, las sonrisas que tenían por ciertas
Sólo eran tristezas disfrazadas de disfrute, gozos aparentes.
En el fondo, no se imaginaban saber nada justo;
No se imaginaban poder, en verdad, aprender algo,
Ni mejorar ni convertir a los hombres.
Ni confiar con ellos en la verdad de lo dichoso.

   Hasta que una noche, transparente como el cristal,
La Estrella
Vieron.
Por vez primera, una noche,
Tan rotunda y tangible,
Descubrieron la luz de la luz,
La causa de la luz.
Y no supieron si fue real, o aquella visión luminosa
Fue más un sueño;
Sin importarles,
Porque lo más real está hecho con los materiales de los sueños.
Aquella luz era la vida de los hombres,
Desde luego fue milagroso, lucía en las tinieblas.
Fue la noche aquella, la primera fue,
Aun habiendo contemplado en el cosmos
Miles de estrellas fugaces,
Nunca desde sus privilegiados observatorios
Conocieron un fenómeno como el de aquel astro extraordinario
Dibujando una línea en la límpida bóveda del cielo,
Esbelta forma de un perfil y un fin.
Su dirección significó un mandato imperativo
Que sus corazones alojaron plenos de ternura.
Y a partir de entonces los tres Reyes Magos
Dejaron de ser los que eran.
Ocurrió que ya no les servían ni haberes ni dinero,
Ni honor ni gloria
En el mundo:
Lo único que iba a importarles era cómo seguir a aquel Divino Astro.

   Refirieron a otros prominentes astrólogos,
Que iban a emprender el viaje, que era un designio.
Que lo más parecido a aquel afán era el amor.
Sólo les contestaron suplicándoles que se desistieran.
Todas las advertencias les dieron
Para que no abandonaran sus patrias.
¡Pero era tan firme la determinación de los tres Sabios!
Los que los conocían, aunque realmente no los apreciaran,
Se convencieron de que algo terrible
Habían de padecer,
Una rara, y nueva, locura.
Aunque otros sí los comprendieron.
A aquella cabalgata muchos sumaron su estatura y anhelos.
Ciertamente, los suspicaces no quisieron escuchar a los Magos,
Aunque éstos les explicaran, no quisieron saber.
«¡Hemos encontrado una nueva Estrella,
Una Estrella diferente a todas las del universo!»,
Repetían a unos y a otros.
No sirvió de mucho porque sus compatriotas miraban
Hacia donde ellos, con entusiasmo, les señalaban,
Y nada veían, nada diferente de lo que ya conocían.
Aquel viaje suponía recorrer unos territorios que los suyos
Juzgaron una hazaña imposible de realizar.
¡Ay, hombres que no escuchaban el latir del tiempo!
No.
Pero los Magos fueron dóciles al tiempo,
¡Al tiempo lleno!
E implacables con la monotonía de un tiempo vacío.
Su viaje habría de ser largo
Porque era un viaje desde el tiempo de una sabiduría vieja
Al tiempo de la nueva sabiduría.
Lo sabían.
Ellos lo sabían, eran magos.
Y así acordaron el viaje.
Y con ellos los que los seguían porque creían
Que aquella Estrella era divina.
Aunque no desdeñaron su saber,
Más llenaron sus alforjas del ansia de un saber nuevo,
Y de dones,
Y de oro, incienso y mirra,
Porque el Nacimiento del más grande Rey
Vaticinaba la Estrella.
Ellos lo sabían.
Que se alzaría de Israel,
Que un cetro surgiría allí.
Sí que lo sabían.

 

 

 4

EL VIAJE

 

   Así, llegado el día partieron desde sus lejanos sitios,
Desde las tierras de La Media, desde la amable orilla del mar Caspio,
Cruzaron los montes Zagros
Y atravesaron el desierto
Para llegar a Belén, la tierra de Judá.
Ellos sabían que adonde iban,
Está escrito, nacería quien apacentará el mundo.
Esto lo sabían, y ha de quedar aquí también escrito.
Y que habían de postrarse ante él todos los reyes,
Ellos iban a ser los primeros.
Y sabían que le servirán todos los pueblos.
También esto lo sabían, porque los tres eran Reyes Sabios.

   Hubieron de pasar mucho frío, muchísimo.
Era el peor momento del año.
Aquel invierno fue singularmente crudo.
El peor invierno para aquel viaje tan largo.
Cruzaron caminos tortuosos,
Auténticos laberintos, que ni ellos pudieron prever.
El clima hosco les arañaba la faz.
Tuvieron que soportar la ventisca, la tormenta,
El granizo, la nieve ruda, lo rocoso en el llano y en la montaña,
Los desfiladeros, y el inhóspito desierto…

   Tuvieron sed, y hubieron de soportar la sed
Porque todavía no sabían invocar a Dios:
Eran Magos, eran Sabios, eran Reyes,
Pero aún no eran Santos.
Aún no les podía ser dada el agua de la dura roca.
De ésta sólo tenían para saciar su sed la aspereza.

   A veces, quienes los acompañaron no eran suficientes
Para alimentar las hogueras nocturnas;
Tristemente,
Algunos de estos leales servidores cayeron en el camino.
Por ellos amargas lágrimas derramaron.
Cuando no encontraban cobijo,
Fijaron sus tiendas en lugares intransitables;
En las ciudades algunos trataban de engañarlos,
Y en algunas aldeas, también.
Pero los que sobrevivieron con sus Reyes Sabios
Y la divina Estrella de la Esperanza
Resistieron el infortunio y rechazaron las adversidades.
Hubo de ser durísimo,
Hasta para ellos hacer aquel viaje fue durísimo.
Y siguieron y siguieron,
A trechos dormían sin dejar de cabalgar,
Sin parar.
Si caían, proseguían, y la Divina Estrella los alumbraba,
La Estrella de la Ilusión inagotable,
No ya sólo desde el cielo,
Sino entrañada en ellos mismos, alumbrando sus almas.

   ¡Pero en pos de la divina Estrella nada podía desalentarlos!
¡Todo lo que habían de saber por ella lo sabían!

   Durante la oscura noche del vasto tiempo transcurrido
Vinieron de muy lejos.
Y tardaron un tiempo infinito y fue su itinerario
Un espacio inabarcable.
Dejaron muy lejos
Todo lo que habían tenido en sus reinos.
¡Todo lo dejaron atrás!
¡El mundo no era el que pensaban!
Ante el mundo que alcanzarían
Sólo les cabría gritar:
¡Oh, Mundo!

   ¡Melchor, Gaspar y Baltasar vinisteis a ofrecer,
Ofreciéndoos!
¡Ah, Reyes Magos vuestra odisea,
A través del tiempo, la tierra y el universo,
Siguiendo una sola Estrella entre todas las de las constelaciones!
Estrella, con tal intensidad contemplada
En vuestros adentros también se hizo Estrella.
Una Estrella interior mucho más misteriosa
Que iluminaba el alma de los Magos.

 

 

 5

LA ADORACIÓN

 

   Guiados por una luz de luces, llegaron a la luz verdadera,
A la cuna del Salvador recién nacido,
A la casa del Niño Dios,
Donde lo hallaron lleno de majestad,
Porque es la Majestad misma,
Y de hinojos lo adoraron,
Porque por Él fue hecho el mundo.
¿Quiénes vinieron a Quién?
Los Santos Magos eran suyos,
Y éstos sí que le recibieron.
Los Sabios renacieron Santos y creyeron en su Nombre,
Y vinieron a ser sus hijos.
Hijos de su prestigio por toda la tierra:
Convertidos en Santos pregoneros del Mesías.

   Magos, Sabios, Reyes y Santos.
Santos Reyes Magos, Santos Reyes Sabios,
Ante la Verdad, la Gracia, la Gloria,
Visteis a Dios.

   ¡Gloria al recién Nacido!
¡Gloria de su Bendita Madre!
¡Gloria!

   Y de hinojos le adoraron,
Luego abrieron sus alforjas,
Le ofrecieron dones, oro, incienso y mirra.

 

 

 6

EL REGRESO A SUS REINOS

 

   Porque en sueños fueron advertidos
Finalmente a su tierra regresaron,
Mas por otro camino.
Sucediendo, que así como en el viaje a Belén
No poco padecieron,
En el regreso a sus reinos,
Aunque también tuvieron que sufrir la ventisca, la tormenta,
El granizo, la nieve ruda, lo rocoso en el llano y en la montaña,
Los desfiladeros, y el inhóspito desierto…
Cuando en el regreso tuvieron sed,
Aunque hubieron de soportarla en su aspereza,
De la roca en su ternura el agua brotó de lo duro,
Cada vez que humildemente la pidieron,
Ahora sabiéndolo.
Porque los Santos Reyes habían aprendido a rezar
En Belén, donde se postraron ante el Niño recién nacido eterno.
Esta vez sí era a Dios a quien invocaban:

   ¡Eran Santos, además de Magos, Sabios y Reyes!
¡Santos Reyes Magos!
¡Majestades!

_______________

 

LAS ABARCAS DESIERTAS. Cuando la víspera de los Reyes Magos, a propósito de un homenaje de «CARMINA» al poeta MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-1942)

AL PRINCIPIO ERA EL VERBO. Juan 1, 1-18

DE LA INFANCIA DE JESÚS. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN DE JESÚS. Lucas 1, 26-38

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS. Mateo 2, 1-12

FICCIÓN DE NAVIDAD. De la serie «RECORTES», Nº 103. Por Pablo Romero Gabella

ZAGALEJOS, VENID AL PORTAL. Poema de autor anónimo del siglo XVII con fotografía de Manuel Verpi 2014

PORTALICO DIVINO (1606). Francisco de Ávila

ERES NIÑO Y HAS AMOR. Fray Íñigo de Mendoza (1425-1507)

NAVIDAD, 2014. Antonio Luis Albás y de Langa

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR. Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

LA PALMERA. Gerardo Diego (1896-1987)

NATIVIDAD. Vicente Núñez

PALIQUES DE LA VIRGEN EN LA MAÑANA DEL NIÑO (AÑO DE 1954). Vicente Núñez

NACIMIENTO DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA GRAVIDEZ DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

JOSÉ VA A EMPADRONAR A SU FAMILIA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN (1472-1475). Pintura de Leonardo da Vinci (1452-1519)

NAVIDAD 2013, Antonio Luis Albás

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó