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LA NOCHE EN LAS BUTACAS. Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

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La puerta de cristales estaba cerrada concienzudamente y nadie podría oírles por fuerte que gritaran aunque ni siquiera lo intentaron ante la sabida inutilidad de hacerlo. Desde allí distinguían la gran mole de la puerta de la calle, que al menos dejaba entrar alguna luz por la rejilla de arriba. Nada, no hay posibilidad alguna, así que a aguantarse hasta cualquiera sabe qué hora, las nueve o las diez o las once, porque ninguno de los dos conoce el horario de apertura, ni el de cierre, que es el que les ha sorprendido en plena faena. ¿Cómo te llamas? Pablo. Yo Pedro. Tras un instante de indecisión se besan en las mejillas para ir, titubeando, a los labios, en tenue y superficial beso esta vez, no como los de hace unos minutos, cuando estaban en ese cubículo del que han bajado sumidos en la obscuridad, auscultando con los pies y la débil llama del encendedor de Pedro los seis o siete escalones hasta encontrar, palpando, la entrada a la sala. Ya los ojos van venciendo y todo aparece en un claroscuro hasta cierto punto confortable y tranquilizador: el marfil de la pantalla, los aún confusos bultos de las butacas, las columnas que parecen centinelas petrificados. Yo es la primera vez que vengo, y ha sido porque te vi en la plaza y te he seguido, por si acaso. Yo también es la primera vez, dice Pedro, orgulloso por lo que acaba de oír. No les queda más opción que esperar sentados hasta que llegue el tío que vende las entradas, o el otro que limpia a la vez que observa el meneo que se produce en el cine, sobre todo en una dependencia muy frecuentada por algunos clientes. O el que yo creo que es el dueño, un tío alto y gordo al que vi salir de la taquilla para que entrara el otro, apostilla Pedro.

…………Que no ha pasado nada, Eugenio, que habrán pasado la noche esperando a que se abriera para poder irse, que no hay ningún desperfecto, ni siquiera han fumado, joder. Son dos muchachos, se ven buena gente. No llegaron juntos, yo creo que no. Seguro que se lo han montado en la cabina. Ah, no, la llave la tienes tú. Si la cerradura está rota mándala arreglar. Que sí, que no me dí cuenta de si salieron. No había nadie ni en la sala ni en los servicios cuando fui a cerrar. ¿Que está claro que no salieron? Vale, pero no va a estar uno pendiente de todos, uno cobra las entradas, pero si te pones así también habrá que decirle a la gente que las entreguen a la salida y así sabremos si se ha quedado alguien por ahí, después de contarlas. ¿Que me deje de tonterías? Lo que tú tienes que hacer es no darle tanta importancia a lo que no la tiene. ¿Que si no hay control aquí puede pasar cualquier cosa? Vale. (Pues vente tú a la hora del cierre. Será cabrón, ¡que no me dé tanta prisa en irme! Como si doce horas no fueran bastantes. Valiente gilipollas, dice que puede pasar cualquier cosa. Lo que tienes que hacer es echarle algún dinero a esto, que da asco verlo, so cabrón).

…………Pedro y Pablo buscan algún reposadero medianamente confortable, pero en vano, las butacas, no hay más que las butacas, algunas con los reposabrazos desvencijados, y hasta sin asientos. A los dos les asalta la congoja: toda una noche, y larga, bien larga, bloqueados en el cine. Una noche de cine, dice Pablo. Pablo tiene reloj. Son ahora las once. Puede que tengamos que estar aquí diez o doce horas, se lamenta Pedro, pero bueno, peor hubiera sido quedarse aquí uno solo. A Pablo le choca lo que dice Pedro, porque cómo te ibas a quedar solo si estabas solo y un caso como este no podría producirse. Este está regular de la chola, piensa de Pedro Pablo. Ahora que ya distinguen a lo lejos, Pedro y Pablo se dirigen a los aseos, que menos mal que tienen luz propia, dice Pablo y Pedro levanta los brazos en señal de agradecimiento no sabe a quién o a qué, y vuelven a las butacas con el ánimo y la ilusión de dormir, una vez liberadas las vejigas. ¿Y el hambre? Aguantarla hasta mañana. Ni siquiera pueden acceder a la máquina de refrescos, al otro lado de la puerta de cristales. La sala y los aseos, y los escalones y el pequeño cuarto son su único mundo por esta noche. La curiosidad y el no saber qué hacer les hacen volver al cuartucho, y descubren, gracias a la intermitente luz que concede el encendedor de Pedro, que desde allí se proyectan las películas, pero con un mecanismo que activan desde la taquilla, no como antes, que a mí me lo ha dicho uno que viene mucho por aquí, porque esto antes era un cine de los otros, de los normales, informa Pedro. Cómo estaríamos que ni nos dimos cuenta, dice Pablo, lo que hace reír a Pedro. Regresan a la sala y Pablo y Pedro guardan silencio durante un buen rato; tanto, que Pedro percibe la respiración de un Pablo amodorrado. Siente un poco de envidia, cierto temor a estar despierto toda la noche sin que Pablo esté con él, quiere que Pablo nunca le deje, que ambos corran la misma suerte, y le roza con el codo lo suficiente para que el apenas durmiente dé un respingo y mire a Pedro como disculpándose por haber dado una cabezada. Perdona, no sé por qué te he despertado, dice Pedro sinceramente aunque Pablo no repara en lo que acaba de decir su camarada. Pedro se enternece y se va a echarse agua en la cara, vuelve enseguida y vuelve a sentarse junto a Pablo, que le pregunta si te pasa algo. Pedro se sale por la tangente y le dice que si esto te parece poco, sin que ese esto, en lo real profundo del sentir de Pedro, corresponda al esto que deduce Pablo. Codo con codo, brazo sobre brazo, Pedro y Pablo se duermen y se despiertan, se duermen y se despiertan, se duermen y se despiertan, hasta que el dormir se hace más continuo. Pablo sueña que el tiempo es redondo, mientras ve un reloj que baja y sube por un espacio interestelar y marca las horas en sentido contrario al establecido y nota que las butacas dan saltos y las luces llenan todo de luz, de una luz cegadora que por consiguiente no es luz, y que Pedro va en una butaca voladora que se introduce en la pantalla y enseguida vuelve a salir cargado de regalos que Pablo no distingue hasta el punto de poder pormenorizarlos. Pedro no sueña dormido porque no duerme pero su cabeza se llena de  imágenes en que Pablo y él van de la mano de una mujer con apariencia de ser la abuela de cualquiera de los dos. Qué hora es pregunta Pedro, y resulta que son nada más que las cuatro; o nada menos, dice Pablo, que agradece cada minuto que pasa. Los dos confinados quedan nuevamente en silencio, se mueven en sus respectivas butacas, se miran, y otra vez se miran y vuelven a mirarse y de nuevo… no se miran sino que se encordelan, otra vez, como en su primera visita al cuartucho. Ahora sí, vueltos de los aseos se duermen hasta las siete, son las siete y cuarto, dice Pablo; yo no sé qué le voy a decir a mi madre, ni en el trabajo, oye Pablo que dice Pedro y éste oye de Pablo que le diga a su madre que ha pasado toda la noche con un hombre. Qué gracioso eres, dice Pedro, que añade que mi madre seguramente se figura lo mío, pero que nunca he faltado la madrugada de un domingo, ni al trabajo.

…………Son más de las nueve y media y ya llevan desde las ocho de pie esperando la entrada de quien sea, alejados de la puerta de cristales pero bien visibles para no causar ningún sobresalto, que de todos modos habrá pero mejor si es leve. Se han puesto de acuerdo en lo que van a decirle a quien llegue, que en ese momento llega, abre la puerta de cristales y no da crédito a sus ojos. ¿Qué hacéis aquí? ¿Qué es esto? Pedro y Pablo se encogen de hombros y en sus caras aparecen candor y pasmo, como si fuesen ellos, y no el otro, los llamados al asombro y la turbación. El recién llegado ha activado el interruptor general y pasa la vista por la sala y los elementos a su alcance. Pedro y Pablo aprovechan y salen por la puerta entreabierta, reprimiendo las ganas de correr. Ya sabemos a la hora que abren esto, dice Pablo, y los dos ríen, contentos de verse a la luz del día, caminando juntos, ya sin ninguna prisa.

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Este relatillo de Urbano estaba en un jarrón que la madre de Alberto le regaló a su hijo con motivo de algún cumpleaños de ella, causa de que en casa de Alberto los jarrones se cuenten por decenas. En este —grande, de ancha boca— había más cosas: un peine, un par de cordones para zapatos, un bote de lodopovidona, dos bolígrafos Bic, un tubo de comprimidos de magnesio…  (Mario Cortés)

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EL HOMBRE DE LA ACERA (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

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Gabriel se alegraba cada mañana de ver a aquel hombre nada más arribar a la calle, siempre en la puerta del bar, más exactamente en la acera, de cara a la puerta de par en par, como observando algo que sucediera dentro, aunque siempre era igual: la tertulia de los mismos cuatro o cinco al comienzo del mostrador, los dos veteranos clientes mañaneros que sentados a una mesa de vez en cuando soltaban alguna risotada y pateaban el suelo a pesar de su provecta edad, el vocinglero vendedor de cupones, la empleada de Correos que al salir remolcaba todas las miradas, los empleados de banca con sus uniformes tan uniformes, algunos trabajadores del turno de noche de alguna fábrica, las limpiadoras de los bloques próximos, el repartidor de Coca-Cola, el de la leche… Todos los días lo mismo, pensaba Gabriel, pero se alegraba de ver a aquel hombre, primero a lo lejos y de saludarlo cuando llegaba a su altura y charlar con él en la acera, claro, después de haber tomado el Cola-Cao. Era un hombre quieto que apenas si movía la cabeza para mirar a un lado y a otro, que fumaba sin parecer hacerlo hasta el punto de pasar desapercibido el humo que exhalaba y que durante todo el rato en que permanecía en lo que podría decirse su puesto no movía un pie, relajado pero a la vez atento sin llegar a alerta. Sólo faltaba los días de lluvia porque ni siquiera iba al bar no digamos a la acera y Gabriel ya sabía que no lo vería ni de lejos ni de cerca hasta que el tiempo se recompusiera.

…………No es que Gabriel hablara gran cosa con el hombre de la acera, ni que lo que dijeran uno y otro fuese gran cosa, pero Gabriel se sentía bien departiendo con aquel hombre tan sereno y pausado, tan distinto a tantos como desde momentos después trataría hasta la tarde, hasta la noche incluso, de modo que aquel espacio de diez o quince minutos eran para Gabriel una toma de fuerza, un impulso de calma, una oxigenación mental, un alivio previo, una limpieza de ánimo como la que se hace en las dentaduras pero muchísimo más placentera aunque a las pocas horas se hiciera de nuevo necesaria pero aquel hombre ya no estaría en la acera.

…………Gabriel se decía que el hombre de la acera tendría más o menos sesenta años, o más, o menos porque no tenía arrugas a pesar de ser delgado; los que sean pero por lo menos tiene casi cuarenta más que yo, calculaba Gabriel, concluyente.

…………Una mañana ya no igual a las otras el hombre llegó después que Gabriel, y no permaneció en la acera ni por un momento. Gabriel no pudo preguntarle, ni al otro, ni al otro, que eran sábado y domingo. Iría al banco o a cualquier otra gestión, imaginó Gabriel. Pero el lunes, que amaneció despejado, el hombre no apareció. Ni el martes. El miércoles, después de mucho pensarlo Gabriel le preguntó al más despabilado de los camareros, que según le pareció a Gabriel sonrió maliciosamente y dijo no saber nada. ¿Qué pasaría? Después de dos semanas de estar la acera sin el hombre, y sabiendo que Gabriel había preguntado por el ausente al menos dos veces, uno de los clientes mañaneros se le acercó y le dijo en un aparte: «¿Tú sabes quién es ese?». Gabriel movió la cabeza en negativa. El otro se lo dijo, y a Gabriel lo encontraron al mediodía siguiente muerto en la bañera, desangrado por ambas muñecas, aunque también, seguramente para asegurarse, había intentado abrirse las de los tobillos.

…………La muerte de Gabriel fue la comidilla diaria en aquel bar y en muchos otros lugares y bares (su familia es muy conocida) durante semanas enteras e incluso meses, claro que los comentarios eran todos a ciegas, porque nadie podía, ni siquiera esforzando al máximo la lucubración y la fantasía aproximarse a algo verosímil en cuanto al motivo de aquel suicidio a lo Séneca. La lista de lo que se dijo y oyó en esas semanas y meses necesitaría de montañas de papel. Pero mucho antes había aparecido una carta. Era igual a la que Gabriel había dejado al juez justo al lado de la bañera, sobre el banquito del cuarto de baño del hotel de Sevilla que había elegido para aquello; la había recibido Juan, un íntimo amigo de Gabriel, que nos dio copias a otros para que la verdad se difundiera y cesaran de engordarse las invenciones. A los pocos días murió Juan víctima de un accidente. Los demás nos reunimos y acordamos no dar a conocer la carta, porque por qué la gente tenía que enterarse de un asunto que ni le iba ni le venía, sólo por curiosidad malsana en casi todos los casos, yo diría que en todos, y además de lo contrario estaríamos contrariando a la familia, que no dijo ni ha dicho nada sobre el asunto. Así que no seré yo quien rompa lo acordado. De todos modos, aquella tarde se destruyeron todas las copias, de manera que quien quisiera convertirse en propagador se encontraría con el mentís de todos los demás. Todo esto vaya en recuerdo de Gabriel y de Juan, fallecidos respectivamente los días 11 y 19 de febrero de 1984. Del hombre de la acera mejor olvidarse.

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…………(*) Encontré estas líneas debajo del frigorífico que movió Afonso para limpiar, al igual que los versos de Alberto titulados «Por desgracia», que ya publicasteis. (Mario Cortés)

YA NO PODÍA MÁS (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

El ángel ebrio
(1948)
Akira Kurosawa
1910-1998

Me pasaba desde chico, pero cuando la madurez me alcanzó la cosa llegó a extremos que nunca antes pude sospechar. De hecho, durante la adolescencia y la juventud mantuve la esperanza, cada vez más ansiosa a medida que pasaban los años, de que como mucho a los treinta me vería librado de esa carga, por momentos más y más pesada.

—¿Tú sabes si el corcho flota?

—Hombre, si lo echas en agua sí.

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O esto:

—¿Tú te has fumado alguna vez un puro de enea?

—Eso no se puede fumar, ni se hacen puros de enea.

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Y esto:

—¿Tú sabes lo que vale un peine?

—¿No lo voy a saber, si me compro uno todos los días menos los domingos?

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También esto:

—¿Por qué las cosas tienen cada una un nombre?

—Para que los más torpes sepan qué es cada cosa.

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Y así un año, y otro. Así un día, y el siguiente, y el otro… Es como ir por un sendero inacabable, sin saber adónde conduce, con el Sol dándote fuerte y el piso lleno de guijarros que tienes que pisar inevitablemente.

—¿Por qué te caes si pisas una cáscara de plátano?

—Porque estabas de pie.

*

—¿Tú sabes si los relojes saben la hora que es?

—Los que están en hora sí.

*

—¿Para qué se ponen las mariposas en las páginas de un libro?

—Ellas no se ponen, las ponemos nosotros para que nunca puedan volver a volar, ni siquiera en sueños.

*

Tengo que confesarlo: cada vez estaba más hastiado; soportar la situación sobrepasaba mis fuerzas. Y como algunas, muchas veces, decir fuerza es lo mismo que afirmar voluntad, decidí acabar con aquello.

—¿Por qué, si está más cerca del Sol, hace más frío en la montaña que en el llano?

—Porque al Sol le dan miedo las alturas, y se retrae.

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―¿Por qué se dice eso de que «la cara es el espejo del alma»?

―Porque los espejos son muy engañosos.

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—¿Por qué nunca pasa lo que uno quiere?

—Porque siempre quiere uno lo imposible.

*

Entonces le hundí el cuchillo en la boca del estómago. «¿Por qué?», alcanzó a musitar; «¡Ah!», le respondí. Y se acabaron las respuestas absurdas a mis razonables preguntas.

(Tomado de la declaración de Mariano Sánchez Luque, el 23 de Marzo de 1979, entre las 15.00 y las 19.30 horas, en el Juzgado de Guardia de Sevilla)

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(*) Este es otro de los textos de Urbano Uribe de Urvando que he encontrado, como los suyos anteriormente publicados en «CARMINA», entre los papeles de Alberto González Cáceres. He de decirte, Olga, que mi búsqueda y selección entre las montañas de papeles empieza a ver su final: sólo me queda, calculo, algo menos ¡del ochenta por ciento! ¿Crees que viviré para culminar la tarea? (Y el negro Afonso no me ayuda en absoluto; sólo se presenta, puntual, a la hora de comer. Así que el que se ve negro soy yo). Mario Cortés.

EL ENCUENTRO (*). Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

La casualidad hizo que el encuentro, tan proclamadamente buscado, tan proclamadamente ansiado, tan proclamadamente soñado, tuviese lugar en aquel sitio tan imprevisto y, en el pensar de los dos, tan impertinente. Tanto es así que tanto Luis como Víctor, después de tanto tiempo llamarse tanto, de tanto escribirse, de prometerse tanto y tanto esperarse, quedaron tan sorprendidos que acogieron la coincidencia con una extrañeza que les produjo un cierto amargor, una cierta decepción, como si después de tanto esfuerzo, de tanto llamarse, de tanto escribirse, tan sólo el azar, o un improbable si no increíble sino tuviera el poder de reunirlos. Tanto tanto para al final encontrarse tan inadecuadamente.

            Luis notó en Víctor un envejecimiento superior al previsto. Después de veintidós años no es que esperara encontrar al mismo joven apuesto —además de inteligente— que acaparaba todas las miradas, pero no había supuesto que el paso de los años por su amigo, o de Víctor por los años (en eso nunca sabía a qué carta quedar) le hubiesen marcado tanto.

            Luis, a los ojos de Víctor, estaba tan deslustrado que casi se lo dice. Hubiera sido un crimen después de tanto tiempo, pero a Víctor le gustaba tanto imaginar crímenes, tanto verbales como sangrientos… No lo hizo, claro, no lo hizo, lo suyo era sólo imaginar, imaginar cosas, siempre que sus figuraciones fueran tan rechazables, por cualquiera que pudiera acceder a ellas, que hubiera de tenerlas tan en silencio como una respuesta grosera a alguien que respetar; por ejemplo a un maestro y no digamos a un padre. Se lo había repetido cuando chico su tía Clara: «Tanto monta monta tanto un tío como Fernando», sin que el niño Víctor hubiese podido saber qué quería decir su tía, la rebelde de la familia, salvo que había que respetar a las personas mayores que había que respetar.

            Ahora, frente a frente, Luis y Víctor se sentían perdidos. La realidad, la carnal, no era la misma que la escrita, que la transmitida por las ondas y los cables, tan proclamadamente ansiada, soñada, buscada. Era la que era, distinta, única e insalvable, y allí estaban los dos cara a cara, salidos aprisa, aunque queriendo disimular el apuro, de lugar tan momentáneamente indeseado. Se miraban con sincero agrado de verse; pero habían pasado tantos años, tantos años sin nada en realidad, tantos años de ausencia, sin mirarse, sin tocarse, sin experiencias vividas al alimón —o compartidas, como suele decirse, aunque no sea lo mismo—, sin que las secuencias de sus vidas tuviesen nada que ver la una con la otra… Que no, que no, que ya no era lo mismo ni podría serlo. (¡Y a nuestra edad!, pensó Luis). (¡Y a la vejez!, tembló Víctor).

            Por el asombroso memorión de Víctor pasaron algunos de los versos desastrados y chulánganos del Luis poco más que púber que, en notitas enrolladas y sujetas con gomillas, hacía llegar a sus primas y a los jovencitos que tenía en poco, sin importarle demasiado que llegaran a manos de los mayores, o de los curas. ¡Qué distinto aquél Luis de este! ¡Cómo cambiamos casi siempre a peor! ¡Qué raro poder mantener la pulcritud! ¡Cómo se torna la gracia en desgracia!.

            Para el postre

            decoraré las natillas

            que tanto a ti te gustan

            con pus y con postillas,

            sangre, pelos y legañas.

            Añadiré también la cerilla

            de diez o doce orejas,

            cuajadamente amarilla.            

            Después me acostaré,

            y tapado hasta las cejas

            con fuerza aspiraré

            lo que los chícharos dejan

            en forma de pedo cruel.

            (Para otros, que para mí

            es lo que a ellos la miel).

            Tras dos horas de odorífera siesta

            nos arreglaremos para la fiesta.

            Iremos eructando por los caminos

            dejando una huella manifiesta:

            «Por aquí fueron los cochinos».

            Tú beberás licor de cucaracha

            con esencia de gargajera.

            Yo, la meada callejera

            y los vómitos de una borracha

            que arroje bilis y aguacha.

            De tapas, penes de ratas

            y sesos de ratón metastásico.

            También haremos unas catas

            de bronquios de cerdo asmático,

            y de verrugas de sapo, y un revuelto

            de lo que alguien haya devuelto

            por un dolor pancreático.

            Para ultimar la verbena

            tomaremos el cóctel ideal:

            grasa de ovarios de hiena

            en su mismo fluir vaginal.          

            Y antes de acostarnos

            quiero que limpies

            de lombrices mi ano

            con espinas de un rosal,

            que yo sacaré los bichos

            de tu nariz griega

            con pinzas de alacrán.

            —¿Cómo no me has avisado de que venías a España? —dijo Víctor, aliviado, incluso satisfecho y contento, por haber encontrado una pregunta crucial.

            —Porque como he estado dos días, vamos, que me voy ya, no quería molestarte ni ponerte en un compromiso.

            «Entonces es que no querías verme», bramó Víctor en sus adentros. Luis se había dado cuenta, al mismo tiempo que le salían las palabras, de la estupidez, seguramente inevitable, de su respuesta.

            Como pasa casi siempre, salvo en los paredones, las sillas eléctricas, los patíbulos y demás medios de acabar las cosas casi definitivamente, algo vino, esta vez en forma de llamada megafónica —atrozmente disonante— a modificar la situación: «AVE destino Madrid estación de Atocha hará su salida a las veinte horas, vía  seis, vía seis».

            —Bueno, Víctor, la próxima vez que vuelva, que puede ser el año que viene, te avisaré con tiempo, estate seguro.

            —¿El año que viene? Después de tantos años, venir dos años seguidos…

            —Sí, es que tengo que arreglar unos asuntos. Ya te contaré por carta, porque tú sigues sin tener correo electrónico, ¿no?, ¡mira que eres raro!.

            Víctor confirmó ambas cosas con la cabeza. «Cualquiera sabe la que tendrás liada por ahí» (**), se dijo al apurar la cerveza y levantarse, al tiempo que intentaba pagar, sin que Luis se lo permitiera. La charla había sido breve, pero, pensó Víctor, ni aunque hubiese durado cinco horas habrían sabido más uno de otro. Un abrazo antes de bajar Luis al andén. Y, en efecto, nunca más supieron el uno del otro.   

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(*)   Gentileza de Mario Cortés.

(**) Luis era abogado (ejercía en Londres). 

REALIDAD DESPERDIGADA. Por Urbano Uribe de Urvando

 

Buceando en el maremágnum de papeles de Alberto González Cáceres he tropezado con un segundo relatillo de su gran amigo Urbano. Yo, después de leer varias veces el texto, no he dado con la realidad, «desperdigada» o no, que se supone contiene. Será que la torpeza es ya en mí lo preponderante. (Mario Cortés)

 

La ronda de noche
Rembrandt
1606-1669

 

Dábamos otra vuelta por donde tantas veces. Joaquín, como siempre, cabizbajo y con gesto compungido. Moreno, con carreras y piruetas impropias de nuestra edad según me decía mi abuelo. Gómez tentándolo todo, plantas, árboles, rocas, como si reuniera en sí una horda de ciegos inquietos queriendo reconocerlo todo a su paso. Vicente andando como si lo hiciera en solitario, como si no oyera lo que decíamos los demás, como si los demás fuésemos no más que hojas que cayeran levemente a su lado. Para mí era tan cargante pero yo conseguía, o casi, que él también se convirtiera para mí en hojarasca, mientras me divertía con los otros. Y Ricardo, con su lengua imparable, gracioso las más de las veces.

   Ya entrábamos en el trecho en que árboles, arbustos y matas altas y bajas y espesas nos hacían imaginar –por lo menos a Joaquín, a Moreno y a mí- que nos internábamos en una selva que nunca habíamos visto pero que no nos producía miedo. Tan sólo Vicente seguía su marcha tan derecho como una baqueta, sin observar a su alrededor, con la mirada puesta en un punto que yo imaginaba albergaría una gran selección de espejos de todas clases, también de los cóncavos y convexos, donde contemplarse él, el gran Vicente. ¡Bah!.

   Fue entonces cuando aquello apareció ante nosotros. También cabría decir nosotros ante aquello. Paramos en seco, las bocas abiertas salvo para tragar saliva. Yo, he de reconocerlo, era el más dotado para la observación, así que fui el único en darme cuenta de cuanto hacían los demás, de la actitud que tomaban, y todo eso en instantes de segundo y sin perder detalle de lo que nos habíamos encontrado. Todos dimos media vuelta, ya sin que Gómez lo tocara todo, Moreno sin correr pero andando que se las volaba, sin que Ricardo pronunciara palabra alguna, Joaquín con gesto también como siempre triste pero de una tristeza digamos que angustiada. Y Vicente marchando como si algo le quemara el trasero, aunque ni así abandonase su pose engallada, esta vez de pollo amenazado de cazuela.

   La abuela Araceli se quitó el delantal, se sacudió la ropa para no dejar ni una pelusilla sobre ella y salió. Su hija y el yerno la siguieron con la vista a través de la ventana, hasta que la esquina lo impidió, pasando inmediatamente a que si para qué, que si por qué, a cuento de qué y demás qués. Cuando la abuela Araceli volvió no dijo nada, se puso el delantal y se fué a la cocina, de donde salió enseguida para meterse en su cuarto. Su hija y el yerno movían las cabezas como peleles, mientras hablaban de lo caro que era el coche y todo lo demás y mirándome de vez en cuando, mientras yo fingía estar embobado con el televisor, con Franz Johan y Herta Frankel.

   La moto se le vino encima a Gaspar y los ay y los Dios mío se fundieron en el desvanecimiento aunque antes llegó a oír a alguien esto es grave, esto es grave, vamos a ver, y ya entonces Gaspar no veía nada.

   El padre de Gómez, Gómez padre, como le decía Moreno, fue un día a casa de Joaquín. Gómez padre mandó a Gómez a casa de su tía Rosa, a pedirle unas facturas. Cuando Gómez volvió encontró a su madre llorando y a Gómez padre que iba al cuarto de baño a lavarse la cara, en la que Gómez y Joaquín, que le había acompañado, advirtieron algo de sangre. Gómez cogió de nuevo los papeles que había soltado y se fue a casa de su tía Rosa a devolverlos, diciéndole que no eran esos los que quería su padre.

   La noche pasó. La mañana, la media mañana, el mediodía. Conrado se puso su único terno y fue al entierro, solo. Si la gente le miraba más o menos le importaba un pito. Y lo mismo a los otros no implicados. Toda la vida siguió naturalmente, corrientemente, con episodios fuera de lo corriente de tarde en tarde.

   Vi en el cine a Alfonso y González; pero no por eso, sino porque la película era malísima me salí al poco tiempo de haber empezado. El portero me dijo es malilla ¿eh?, o sea que no se extrañó de que a mi edad alguien se saliera del cine sin acabar la película porque no le gustara, y no porque tuviera que volver a su casa porque le apretara una necesidad y en el cine no se podía por las obras.

   Gómez padre, que iba con Gómez, paró en la calle a Gaspar y le preguntó sobre un montón de cosas que no pude oír; pero sí recuerdo que me puse terriblemente colorado, mientras observaba a Gómez que había logrado soltar su hombro de la mano de su padre e intentaba escurrirse sin que lo lograse porque en seguida Gómez padre le dio una voz llamándole, y Gaspar se fue y yo le seguí a cierta distancia.

   ¡La ocurrencia de Moreno de seguir por la derecha, sabiendo que podía ocurrir lo que fuera! Yo no, yo no, yo no. Pero al pobre hay que perdonárselo todo.

   ¿Qué es este sabor tan malo, tan amargo? Me estoy ahogando, me duele mucho entre la nariz por dentro y la garganta y veo corpúsculos rojos y azules y quiero que todo esto pase enseguida, enseguida.

 

 

Fragmento de Calle Mayor(1956)
Juan Antonio Bardem
1922-2002

 

LO MÍO ES MÍO. Por Urbano Uribe de Urvando

 

 

Foto: LGV 2010

 

Encontré este relatillo, como tantos otros escritos de más personas, entre los papeles de Alberto González Cáceres. Urbano Uribe de Urvando (1959-1986) fue uno de los más queridos e incesantes amigos de Alberto. Natural de Sevilla, vivió casi sus casi veintisiete años en dicha ciudad, de donde salía a visitar a Alberto como quien dice a cada rato. Físicamente un coloso, era tambaleante en lo anímico. Se suicidó al creer que había contraído el SIDA —lo que resultó incierto, según develó la autopsia—, en aquellos años de puesta en valor de virus escapado de laboratorio en forma de mono verde que muerde a humano. En literatura, admirador furibundo de Julio Cortázar, por más que ese fervor no lograse frutos en sus escritos, como también me pasa a mí. (Mario Cortés) 

 

Me avisaron a tiempo, es aquél, salió precipitadamente y alcanzó a verlo. Ya estaban ambos en el bullicio, pero no se desalentó, puedo pescarlo, menos mal que es alto. Gritarle no serviría de nada, como no sea para llamar la atención de tanta gente que me lanzaría miradas como puntillas, indignada por un comportamiento tan impropio en fechas y circunstancias tan singulares aunque todos los años es lo mismo, y además para espantarlo, lo que no convenía de ningún modo. Tengo que seguirlo, lo cogeré, pues claro que lo cogeré. A ver por qué me he tenido que retrasar quedándome en el bar sabiendo lo que podía pasar, verse cogido en la bulla, lo que odia tanto. Allí está, no lo pierde, ni siquiera puede permitirse distraerse unas décimas de segundo; va ligero, parece mentira que con tanta gente pueda avanzar tanto, pero es que no tiene que estar pendiente como yo de por dónde va y de la gente que hay delante y a un lado y otro. Pero lo cogeré, vaya si lo cogerá. Ahora va por Alfaqueque y de allí a Redes, claro, seguro, pero le da igual que el tío tire por calles cortas y estrechas.

            Ya me pasó otro año, verme encerrado entre tanta gente. Allí está, va a entrar por San Vicente, y casi se tiene que quedar parado porque ya están formadas las filas en las aceras, que no dejan pasar a nadie, como si se tratase de soldados preparados para un desfile y el teniente repasándolos con la mirada. Que no, que no se mueven, aunque adviertan la desesperación del que quiere pasar. Es que tengo que cruzar la calle, tengo ya que decir con voz enérgica y hasta amenazante que si van a dejarme pasar ante una pareja inmóvil como todas las demás cuyo varón no es más que un alfeñique sesentón endomingado que cuando ha oído el vozarrón le hace sitio incluso apartando a su mujer, una señora de maquillaje solidificado, escandalizada por el lance igual que la que sorprende al cura con una catequista. Señora, deje de asustar al espejo, está tentado de decirle, pero seguro que le retrasaría.

            Como salga a la calle Alfonso doce va a ser difícil seguirlo, si no imposible, porque puede tirar a la izquierda, o a la derecha hacia la Puerta Real, o por la calle Bailén o perderse en la Plaza del Museo, si no se mete en Rafael Calvo. Pero menos mal que se ha quedado parado en la esquina, por qué no él también, es más alto de lo que me pareció y no lo perderé de vista. El tío no ha vuelto la cara en ningún momento, pero podrá identificarlo a cada instante de esta persecución que ya lo está cansando, sobre todo porque me duele la pantorrilla derecha y la planta del pie izquierdo le quema como si andase sobre brasas con pesas atadas a los tobillos, como si fuera de penitencia pero vaya la que me están haciendo pasar estos miles que no me dejan pasar, una penitencia que tal vez pudiera hacer valer ante el Cristo que me va a poner peor la cosa porque ya se ve venir y ha sobrepasado la esquina de García Ramos. Sí, pero ahí va hacia Monsalves; mejor, porque por esas calles debe haber menos gente. Tanta gente que lleva paraguas pero menos mal que ya no hay peligro de lluvia porque si esto se poblara de paraguas abiertos cómo iba yo a seguirlo por muy alto que fuera. Ha de aligerar porque el tío puede irse por Almirante Ulloa y volver a Alfonso doce y entrar en algún urinario de un bar, aunque no intentará nada porque no sabe que le estoy siguiendo aunque me estén matando los dolores; también puede desviarse para San Eloy.

            Había supuesto menos gente pero había la misma; otra, pero la misma cantidad, pero ésta, por lo menos, aunque con una pachorra desesperante, se mueve, anda, daba alguna esperanza de alcanzar el objetivo que seguía avanzando como si nada le obstaculizara, como si saltara sobre la gente, como si, más que alto, fuese sobre zancos. No se ha desviado, va a llegar a la calle del Silencio y como tire para Alfonso doce ya la cosa se va a poner imposible aunque él también se quedará atascado porque hacia La Campana no hay Dios que avance como no sea el que viene en el paso. Vamos a seguirlo, dijimos los cuatro pero me he quedado solo y ahora aquí estoy más perdido no que el barco del arroz pero sí que una aguja en un pajar porque de aquí no hay forma de salir ni siquiera siguiéndole a él, a él, porque yo al otro tío no le veo, es que ya ni siquiera recuerdo quién era, porque yo no sé por estas calles, que sacándome de las del polígono ya no sé dónde estoy, y ellos los cabrones se habrán vuelto y estarán celebrándolo a mi costa y a la del viejo, y volver atrás es más difícil todavía que seguir adelante porque es una verdadera marea la que empuja.

            Ahí está, no es tan alto cómo me parecía, o será que la demás gente es más baja de lo que a uno le parece. A ver si puedo, pero es que es tan difícil aproximarse, tan trabajoso, hay que emplear los codos, servirse de la envergadura para cargar contra la gente, desplazándoles un poco; al menos se ha quedado parado, La Campana es La Campana. Hay gente que me asaetea con la mirada; sí, ya estoy empleando los codos, mi altura, ¿o es que cada centímetro cuadrado va a ser intransitable porque toda esta gente planta en ellos sus pies durante horas en que no hay artrosis, ni reúma, ni la operación me está molestando, ni ¡ay!, Antonio, que me duele el costado? Pero sea como sea este a mí no se me escapa; ya lo tiene a pocos metros. Algunas veces pido perdón después del empujón, pero será por lo amenazante de mi mirada que nadie dice «pase, pase, no importa», o no, seguramente es porque se creen propietarios de la calle cuando ni lo son de las casas donde viven. Si no fuera de Sevilla todo esto me parecería increíble. O no, porque aquí viene la gente y ve todo esto como lo más natural del mundo, esta inmovilidad, este estatismo, y hace lo mismo, quedarse a pie firme las horas que les echen, que será eso de donde fueres haz lo que vieres.

            Yo me voy a arrimar a la pared y aquí esperaré a que se despeje un poco la cosa, sea la hora que sea, hasta que vea una oportunidad de volver o mejor de ir para el barrio, porque como este vuelva al bar si aún le quedan ganas y fuerza y nos encuentre allí a todos se va a formar una buena cuando descubra de qué va la cosa.

            Esta me ha dado con el paraguas en la pierna pero no voy a perder el tiempo ni la mirada no sea que ahora que casi le tengo a mano se me pierda porque ha podido salir y ya está a punto de entrar en la calle Tarifa donde ojalá le cayera el puñal que tiró Guzmán el Bueno. Como tire por Lasso de la Vega, sea a izquierda o derecha va a ser peor; si lo hace por Amor de Dios que éste lo ampare porque ya no va a tener escapatoria. Todavía me estorba la cantidad de gente, a momentos casi ni le veo, va ya por Amor de Dios, no sé cómo ahora puedo acordarme de chistes, que encima me está doliendo la barriga, que a un borracho en la Alameda lo quería llevar un municipal al cuartelillo que hubo en la Gavidia, y el borracho le decía «¡Ay, guardia, por amor de Dios!», y el municipal le contesta «No, por Trajano, que cae más cerca».

            Más decidido que este no lo he visto nunca, ¡vaya si lo conocen los caras que se han quedado allí! Y yo haciendo el canelo pero ya me voy ahora que el camino se ha despejado aunque sea un poco. Ellos allá; ahora, que yo no voy a aparecer por el bar por lo menos en una temporada.

            ¡Pero no lleva el paraguas! ¡Y además este hombre no tiene planta de hacer cosas así! ¡Esos mamones se han quedado conmigo y con mi paraguas! ¡Yo me cago en cuantos muertos tienen pero los voy a poner a caldo habas, hijos de puta! ¡Cualquiera sabe lo que han hecho con mi paraguas! ¡Me cago…! ¡Es que me cago! ¿Y adónde entro yo ahora?.

 

PROSA Y POESÍA DE RAFAEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ (1955-2015) EN LA REVISTA ILUSTRADA DE LITERATURA «CARMINA»

 

[Foto: LGV Rota 2011]

 

I

 

OBRA ANÓNIMA

 

   ¿NOTÁIS LA BARBULLA DE LA MARCHA?. Anónimo del s. XXI (Compilaciones de Rafael Rodríguez González 2012)

   «OBSERVAD AL CIERVO: SABE». Anónimo del s. XXI encontrado en las escalinatas de las Setas de La Encarnación (Compilaciones de Rafael Rodríguez González —Sevilla 2012—)

   «QUE GROENLANDIA SE FUNDA» Poema Anónimo del s. XXI con otro visual de LGV. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   A SALVO DE RESFRIADOS. (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   ES UN PAPEL HALLADO EN CUALQUIER SITIO (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   PROCACIDADES PARA UNA BODA (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

sintítuloacrílicosobrelienzoFAFI

Sin título

(Acrílico sobre lienzo)

Rafael Luna

 

II

 

OBRA HETERÓNIMA

 

ALBERTO GONZÁLEZ CÁCERES (1953-2009)

 

   ALGUNAS RIMAS DE ALBERTO GONZÁLEZ CÁCERES HECHAS POR ENCARGO (CON DOS PINTURAS DE RAFAEL LUNA, A PROPÓSITO DE ESTA EDICIÓN). Por Rafael Rodríguez González

   DISTANCIA. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   «SUBIU O CLAMOR DA LIBERDADE / FLORIU ABRIL». Homenaje de «CARMINA» a la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974 y 2ª edición de un poema de Alberto González Cáceres

   EL VACÍO (*). Poema de Alberto González Cáceres con fotografía de Manuel Verpi

   AL FILO DE LA NOTICIA* (29-2-2009). Poema de Alberto González Cáceres (1953-2009)

   PINGAJOS. Por Alberto González Cáceres (1953-2009)

   POR DESGRACIA… (*). Alberto González Cáceres (Alcalá, 1953-Monsaraz, 2009)

   TE QUEREMOS, LUIS. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   LA PRÉDICA DEL INCURABLE. Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   POR SI FUERA POCO (*). Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   FIN DE LA MADEJA (*). Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   BUSCANDO EN LA CALLE SOL. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   EL LIBRO. Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   ESTUPENDO. Por Alberto González Cáceres (Alcalá, 1953-Monsaraz, 2009)

  TERCER AVANCE: LA DESTILACIÓN DE LA VIDA. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   SEGUNDO AVANCE: UN HOMBRE DE TALLA. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   PRIMER AVANCE: LA LEJANÍA DEL PODER. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   XIV (De «De Proelium»). Alberto González Cáceres

   HOMENAJE (1) DE «CARMINA» A LA LIBERTAD O AL AMOR (15 DE MAYO DE 2016). Poema y carta de Alberto González Cáceres (1953-2009) y Rafael Rodríguez González (1955-2015), respectivamente

 

 Jules et Jim

François Truffaut

(1932-1984)

 

FERNANDO GONZÁLEZ CÁCERES

 

   EL MARIDO DE MI MUJER. Por Fernando González Cáceres «Mimo»

 

[Foto: Lorenzo del Término, Lisboa 2012]

 

HÉCTOR BAUDILIO CÁRDENAS POSTIGO

 

   PASMOSA Y SINGULAR. Por Héctor Baudilio Cárdenas Postigo

[Foto: Lorenzo del Término, Marvão (Portugal) 2011]

 

JOAQUÍN DE GRADO

 

   YA ESTÁN EN LA HISTORIA. Por Joaquín de Grado

   LA PAZ ES IMPOSIBLE. Por Joaquín de Grado

   QUE NO PARE LA REFORMA. Por Joaquín de Grado

   ASÍ NO HAY SALIDA. Joaquín de Grado

   VA A PASAR. Por Joaquín de Grado

   «¡QUÉ LINDO, CHAMACOS!» Por Joaquín de Grado

   VERGÜENZA NOS DA. Por Joaquín de Grado

   AMNISTÍA Y LIBERTAD. Por Joaquín de Grado

   DE AQUÍ A LA ETERNIDAD. Por Joaquín de Grado

   LA JUSTICIA DE LAS FIERAS. Por Joaquín de Grado

   OTRO PARO, ¿Y…?. Por Joaquín de Grado

   EL REFERÉNDUM. Por Joaquín de Grado

   ESCENAS ESPAÑOLAS. Por Joaquín de Grado

   LO MEJOR Y LO PEOR. Por Joaquín de Grado

   NAPOLEONCITO HA HABLADO. Por Joaquín de Grado

   LA RELIGIÓN DEL VOTO. Por Joaquín de Grado

   DÚO ALCALAREÑO. María del Águila Barrios y Joaquín de Grado

   EL 20-N, REFERÉNDUM. Por Joaquín de Grado

[«Canto a la libertad» de José Antonio Labordeta (1935-2010)

 

JOSÉ CUEVAS DEL RÍO (1581-1613)

 

   TRES EN LA RIBERA. Por José Cuevas del Río (1581-1613)

   MÁS HOMENAJE (2) DE «CARMINA» AL 15-M, COMO DESDE HACE 5 AÑOS: SI LA LIBERTAD ES MENOS QUE EL AMOR, MÁS AMOR SI CABE, QUE LIBERTAD. Poema y carta de José Cuevas del Río (1581-1613) y Rafael Rodríguez González (1955-2015), respectivamente

 

Benjamín Franklin leyendo

David Martin

(1737-1797)

 

MARIO CORTÉS

 

   CARTAS A OLGA (5). Por Mario Cortés (2009). Con «Nota Preliminar» a los «Tres avances fúnebres» de Alberto González Cáceres

   EL ARTE PURO (DOY FE DE QUE HA EXISTIDO). Poema de Mario Cortés (1984)

   CARTAS A OLGA (4). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (3). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (2). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (1). Por Mario Cortés (2009)

  MIGUEL CON SUS PENAS (SUCINTO BOSQUEJO SINCOPADO DEL OCTOGÉSIMO CAPÍTULO DE UNA BIOGRAFÍA). Por Mario Cortés, 2008

El prestidigitador EL BOSCO

El prestidigitador

El Bosco

(1450-1516)

 

PARCO LACÓNICO

 

   LA MARCA ESPAÑA. Por Parco Lacónico

   UN JUEZ POR DERECHO Y DOS LIBROS. Por Parco Lacónico

   CON PERMISO DE PEÑAFIEL. Por Parco Lacónico

   ¡QUÉ MANADA! Por Parco Lacónico

   UN NOBEL, UN TRAPO Y UN MINISTRO. Por Parco Lacónico

   ACCIDENTES. Por Parco Lacónico

   LA BÁÑEZ, ESE CILICIO*. Por Parco Lacónico

   ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ. Por Parco Lacónico

   MINISTROS Y ENCUESTAS. Por Parco Lacónico

   LOS TRILEROS. Por Parco Lacónico

   1000 KILOS DE HACHÍS «ES-FUMADOS». Por Parco Lacónico

   ¡QUÉ FIGURAS! Por Parco Lacónico

   SÓLO PARA PRIVATIZAR Y ROBAR. Por Parco Lacónico

   LAS APARIENCIAS A VECES NO ENGAÑAN. Por Parco Lacónico (con fotos de LGV y pintura de Fafi)

   DECISIONES. Por Parco Lacónico

   Y VALDERAS SE CAYÓ DEL CABALLO. Por Parco Lacónico

   PARLAMENTOS, un texto breve de Parco Lacónico con LA JUSTICIA, dos pequeños dibujos de Xopi

   NADA NUEVO BAJO EL SOL. Por Parco Lacónico

Manolito María, Anzonini y Paco del Gastor

(primeros años 60, Madrid)

 

RAMÓN NÚÑEZ VACES

 

   DOY FE DE QUE HA EXISTIDO. Ramón Núñez Vaces

   LOS DOS JUANES. Por Ramón Núñez Vaces

   JUAN TALEGA EN CUATRO ADARMES. Por Ramón Núñez Vaces

   JOAQUÍN EL DE LA PAULA MURIÓ HACE 75 AÑOS. Por Ramón Núñez Vaces, 2008

Dolores Ibárruri y su hijo Rubén

(Probablemente la última foto que se hicieron madre e hijo)

 

RAÚL ROCA GALES

 

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (4ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (3ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (2ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (1ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

 

Murmúrios de sombras e silhuetas no Teatro Real de San Carlo

[Foto: Lorenzo del Término, Lisboa 2012]

 

URBANO URIBE DE URVANDO (1959-1986)

 

   LA NOCHE EN LAS BUTACAS. Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   EL HOMBRE DE LA ACERA (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   YA NO PODÍA MÁS (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   REALIDAD DESPERDIGADA. Por Urbano Uribe de Urvando

   LO MÍO ES MÍO. Por Urbano Uribe de Urvando

   EL ENCUENTRO (*). Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

Conversaciones en torno a Cezanne

Guillermo Bermudo

2001

 

III

 

OBRA HOMÓNIMA

 

RAFAEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ (1955-2015)

 

   FERNANDA DE UTRERA: «ALCALÁ SIEMPRE SE HA PORTADO BIEN CONMIGO». Manuel Ríos Vargas y Rafael Rodríguez González (1984)

   EVENTOS CONSUETUDINARIOS. Por Rafael Rodríguez González

   A PROPÓSITO DEL GUITARRISTA PACO DE LUCÍA. Por Rafael Rodríguez González

   LA CARRERA. Por Rafael Rodríguez González

   «TÓ» EL MUNDO ES FEO. Por Rafael Rodríguez González

   PABLO Y NÉSTOR. Por Rafael Rodríguez González

   AHÍ ESTÁ EL DETALLE. Por Rafael Rodríguez González

   EL EXTRAÑO CASO DEL NIÑO MONJE. Por Rafael Rodríguez González

   YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

   CORTAR EL NUDO. Por Rafael Rodríguez González

   GENTE INFRECUENTE (y III). Por Rafael Rodríguez González

   GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)

   GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

   LÚGUBRE HORIZONTE. Por Rafael Rodríguez González

   PLÁTICAS MÍNIMAS. Por Rafael Rodríguez González

   GOBIERNO DE SALVACIÓN. Por Rafael Rodríguez González

   ALCALDES, O ZOQUETES. Por Rafael Rodríguez González

   LA LEYENDA DE LA CALLE MAREA. Por Rafael Rodríguez González (Para Antonio Herrera, con sus dolores)

   CIRCO PERO SIN PAN. Por Rafael Rodríguez González

   MERCADERES Y FARISEOS. Por Rafael Rodríguez González

   MIGUEL. Por Rafael Rodríguez González

   LAS MUJERES DE MI VIDA (CON VOCES SISADAS A PABLO NERUDA). Por Rafael Rodríguez González

   PESADILLA ESPAÑOLA. Por Rafael Rodríguez González

   LA COSA ESTÁ MALA. Por Rafael Rodríguez González

   CUANDO ACIERTO LO ADMITO. Por Rafael Rodríguez González

   ¿POR QUÉ TE DISCULPAS?. Por Rafael Rodríguez González

   «EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

   MANOLILLO EL TONTO Y EL CARRO ROBADO. De la serie «Herramientas de trabajo». Por Rafael Rodríguez González

   «INSECTS OF THE WORLD». Por Rafael Rodríguez González

   13 DE MAYO DE 1969. Rafael Rodríguez González

   URDIMBRES. Rafael Rodríguez González

   LUIS CERNUDA VA A CUMPLIR AÑOS. Rafael Rodríguez González

   COSAS SERIAS DE VERDAD. Rafael Rodríguez González

   PIENSO, LUEGO NO VOTO. Por Rafael Rodríguez González

   VINDICACIÓN DEL SALVAJISMO. Por Rafael Rodríguez González

   BORRACHOS. Por Rafael Rodríguez González

   ¡A LA COLA! Por Rafael Rodríguez González

   LA PISTOLA DE BELTRÁN. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   CARTAS DE AMOR AL CHIVA. Rafael Rodríguez González

   PATRAÑAS. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   EL TUFO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   EL BARCO (POEMA DE PABLO NERUDA). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE CUARTA O «PALABRAS PARA JULIO» DE ANDRÉS ASIDO). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE TERCERA). Por Rafael Rodríguez González

   UN VAPOROSO RECUERDO PARA GABRIEL CELAYA. Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE SEGUNDA). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE PRIMERA). Por Rafael Rodríguez González

   BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González

   A PROPÓSITO DE UN «PCIH». Por Rafael Rodríguez González

   EPITELIOS. Rafael Rodríguez González

   MONSERGA POST-MUNDIAL PARA NIÑOS CIEGOS (A Dolorcita, lavandera). Unas letras de Rafael Rodríguez González, 2010

   UN ITALIANO EN LA CORTE DE JOAQUÍN EL DE LA PAULA. Por Rafael Rodríguez González (2010)

   ¿GALENO, O PODENCO?. Suave diatriba de un (im)paciente dolido. Por Rafael Rodríguez González (2009)

   CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA. Por Rafael Rodríguez González (Septiembre de 2009)

   ¿QUÉ ES, MUSA O MEDUSA?. Epinicio de Rafael Rodríguez González (Julio de 2009)

   ESE TÍO QUE CANTA. Por Rafael Rodríguez González (marzo de 2009)

   PALOMADAS. Por Rafael Rodríguez González

   DIÁLOGO ANTE UN CARTEL. A propósito de un cartel del pintor Guillermo Bermudo. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   CALÓ, CHELI Y ESPAÑOL (UNOS POCOS EJEMPLOS). Rafael Rodríguez González, 2008

   LA ALARMA. Por Rafael Rodríguez González, 2008

   LA HAZAÑA EN ALCALÁ DE UN CÓRDOBA QUE ES DE SEVILLA. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   FERNANDA DE UTRERA. Por Rafael Rodríguez González, 2003

   UNA TORMENTA DE VERANO. Por Rafael Rodríguez González, 2008

   PESADILLA A PLAZO FIJO. Drama onírico-especulativo en medio acto y dos escenas. Rafael Rodríguez González, 2008

 

TETRÍPTICO-RRG ODP 2002

Rafael Rodríguez González

(Fotografía: ODP 2002)

 

POR SI FUERA POCO (*). Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

 

Pero llegó el hampa

con carta blanca, alentada,

protegida por sus cómplices,

colocando a mansalva 

drizas fuertes, enganchadoras

como perchas de caza

que dejan colgados

pájaros ilusos, torpes,

fáciles como trofeos infantiles.

Los de abajo, más que nunca,

hubieron de cubrirse

de las tinieblas, huir

de los espectros de carnes huidas

y seso habitado por estalactitas de pus.

Arriba, algunos, no, muchos

amasaban el fruto

del espanto, de la sangre podrida,

del dolor de cada madre,

de la ignominia desatada

sin límites visibles.

 

Fue la explosión que ahogó

juventud y rebeldía,

el boom que sirvió

de freno a tantas cosas.

De nariz vesánica y vena alanceada,

Madrid no fue ya capital

de la gloria sino el infierno.

Hombres y mujeres, barrios enteros

acabaron ocupándose

de aquello que no tenía remedio,

de aquello que arruinó 

vidas, las vidas, todas las vidas.

Pero no las de los de arriba.

 

Por si fuera poco,

de un lugar nebuloso, satánico, evasivo,

lleno de frascos y probetas,

de dólares ponzoñosos,

de microscopios que sólo ven

lo que conviene ver,

de cobayas aún no humanas,

vino, no, nos trajeron,

a nosotros, a todos,

potente, laberíntico, esvástico,

un virus nuevo, novísimo,

el último grito en virus.

Lo hicieron y lo soltaron, eso pasó.

Es lo que nos ha pasado, lo que nos pasa.

¿Qué merecen sus autores, de profesión asesinos?

El Nobel, y colgarlos.

 (*) Este texto de Alberto fue escrito poco después del suicidio de Urbano Uribe de Urvando, aquel su amigo que optó por tal salida al creer que había contraído, por vía sexual, el SIDA, lo que creo ya haber referido. (Mario Cortés)