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SALIDA DE ESPAÑA Y LLEGADA A LISBOA. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 
 
 
Diario Sandra D.

Una de las libretas de Sandra Dugan

 
 
 

Cuando en estas páginas nos hemos referido al diario de Sandra Dugan no hemos querido decir que se tratara de un volumen. El diario, principalmente, está constituido por muchísimas libretas de la marca Norte (como la de la foto), con su brújula con fondo de montañas, además de cientos de papeles sueltos dentro de carpetas de distintos tamaños y colores. Lo llamamos diario porque ella da muchas fechas en sus textos, aunque ni una sola página aparece fechada. Tampoco están numeradas. No todo está escrito a mano, muchos papeles están a máquina, aunque los cuadernos y los innumerables folios y cuartillas son de su puño y letra, con una caligrafía menuda pero muy legible en líneas muy apretada, incluso los márgenes de los mecanoscritos tampoco se libran de sus manuscritas notas para aclarar o datar. Al principio pensábamos que el contenido de las libretas era el del diario y que en los demás documentos estaría la ficción, propiamente. Pero no es así: en todo lo que ha llegado a nosotros su vida personal discurre entreverada con sus ficciones, como los mimbres de un cesto.

   Hace unos años nos atrevimos a adelantar la noticia, en esta revista, de la publicación de una novela breve en la serie Libretos de la Lectura de «CARMINA». El atrevimiento tuvo como causa precisamente haber hallado un buen puñado de páginas, que parecían tener una cierta cohesión, como para publicar un librito. Fue en 2011, a los diez años de su solitaria muerte en Madrid, cuando escribimos por primera vez sobre nuestra autora y hacía muy poco que había llegado a nosotros todo su legado dentro de cuatro cajones de madera, que suponemos hechos en una carpintería por encargo porque no son del mismo tamaño, los dos llenos del cuaderno Norte son más pequeños y los más grandes contienen las carpetas. Se abren las cajas por una tapa con bisagra, como una portezuela. Aunque lo hemos hojeado todo, sólo hemos tenido tiempo para leer las libretas, ¡y han pasado ya seis años! Aquel puñado de páginas no debía publicarse todavía, y no nos entristece ello, más nos vale esperar a que avancemos, porque lo que vamos constatando es que Sandra Dugan desplegó su labor literaria y vital dentro de una aparente sencillez y basta dejarse llevar sin demasiado esfuerzo para que esa sencillez conduzca a un mundo profundo y complejo que se concibe por la autora como un puente entre ella y las personas que va conociendo en su periplo existencial, las varias ciudades de las que siempre acaba sintiéndose parte íntima, como patrias diseminadas por el planeta. Preferimos, pues, continuar nuestro camino de conocimiento de su obra antes de publicar un libro, queda mucho por investigar y trabajar.

   Antes de dejar al lector para que se ocupe disfrutando con esta nueva entrega de Sandra Dugan, queremos dejar dicho que en relación con los cajones de madera pensamos que no fueron mandados hacer por la escritora. Creemos que todos sus papeles estuvieron en manos de más de una persona, y quien fuera encargó aquel trabajo como para que aguantaran cualquier vicisitud, como si tuvieran que viajar en bodegas de barcos o aviones. Salvo las libretas, aquellos papeles se desordenaron, no sabemos por qué, ni si ello fue fortuito o voluntario.

Ese año, aconsejada por mis padres, decidí salir de España y dejar la facultad. Fui hacia Gibraltar donde pasé unos días antes de comprar un billete de barco para Buenos Aires. Era el año 1964 y no había concluido los estudios de Filosofía y Letras, me quedaban dos cursos. La facultad de Salamanca había pasado por cambios curriculares y administrativos, más la tensión propia del control de las actividades culturales que desenvolvíamos extraacadémicamente. Mi amigo Martín había salido del presidio después de veinticinco días detenido por haber aceptado un regalo de las obras completa de León Felipe con el que un amable asistente a sus recitales poéticos, «Una hora con…», decidió obsequiarle.

   Cuando llegué a mi patria, la Facultad de Filosofía y Letras llevaba sólo dos años instalada en la Avenida Independencia 3065. Mis padres vivían en Belgrano, cerca del Hospital Español y tenía que andar unas cuadras por General Urquiza para llegar cada día a la Facultad. Tuve que hacer infinidad de gestiones para la convalidación de asignaturas. Concluí mis estudios pero nada que ver con el entusiasmo y el bullicio cultural que había dejado en Salamanca. Tenía muchos recuerdos y deseaba volver.

   Con una situación cada vez más crítica y militarizada no quise seguir más tiempo en Buenos Aires. Pedí ayuda a mis padres y con los pocos ahorros que tenía de las esporádicas colaboraciones que hice para Espasa-Calpe, compré un billete de barco esta vez para Lisboa pues en Gibraltar había un bloqueo con el cierre de la Verja desde 1969. La línea marítima era para pasajeros de primera clase con destino a Londres y  hacía escala en Río de Janeiro, Lisboa y el puerto de Le Havre. El trayecto duraba quince días. En Río se subió una estudiante que iba para Francia y con la que pude conversar durante los largos días viendo sólo el inmenso océano. Gabriela iba para hacer sus estudios de doctorado en la Sorbona. A todas luces era una chica de la alta burguesía y tenía una inteligencia tan fina como su sentido del humor. En Lisboa nos despedimos porque yo decidí quedarme un tiempo en esa ciudad. Antes nos hicimos unas fotos para el recuerdo. Yo me quedé con la suya, ella quizá guarde la mía.

 
 
 
Gabriela en el barco donde la conocí

Retrato de Gabriela datado en 1971 y conservado en la libreta de la que extraemos este texto

[Foto: Sandra Dugan
(entre Río de Janeiro y Le Havre, 1971)]

 
 
 

   Tuve suerte de encontrar pronto una pensión aunque pasé varios días sin norte porque no tenía ningún plan ni conocía a nadie. Iba a Monsanto, venía. Bajaba a plaza del Comercio y subía a Pombal. A veces, me he preguntado ¿por qué quise quedarme en Lisboa?, ¿qué me impulsó a hacer esta escala en mi plan de llegar de nuevo a Salamanca? En realidad, iba de una dictadura a otra, de la Argentina a la española pasando por la portuguesa. Nada de lo que me rodeaba era como quería. En realidad pienso que haber nacido de camino a Buenos Aires, en Gibraltar porque el barco se averió, me ha marcado en esta constante vida mía sin puerto. Pero yo lo he buscado y en cada lugar quiero anclarme… luego se suceden acontecimientos y de nuevo busco otro rumbo. Menos mal que tengo mi diario para aclararme las ideas y escribir lo que pueden ser proyectos de vida.

   Doña Mariana me ve cada vez más encerrada en mi cuarto y ha decidido presentarme a sus amigas. Todas señoras amables que quieren invitarme a su casa o a pasear. Es curiosa esta vida con personas mayores pero aprovecho y les pregunto mucho. Sí me he dado cuenta que nada cambia tan rápidamente y que las cuestiones humanas lo han sido a lo largo de generaciones. Son solteras como yo, algo en común tenemos.

 
 

[Escaparate. Núm. de Navidad de 2017.
Ed. José Ordóñez Ruiz.
Alcalá de Guadaíra, 2017.
Págs. 64 y 65]

 
 

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LISBOA. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña
 
 
 

LISBOA. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 
 

Parque Florestal de Monsanto

Monsanto

 
 

Aquí dejamos otro fragmento del diario de Sandra Dugan. Cuenta su estadía en Lisboa que sería durante los primeros meses de 1971. Dentro del diario hemos encontrado una foto con la pintura del puerto de Macao que según nos cuenta colgaba del salón de la pensión de Castelo Branco. Aprovechando un reciente viaje a Lisboa hemos visitado el parque de Monsanto y localizado la pensión, ahora en estado de abandono. Hemos fotografiado los lugares mencionados en este fragmento para que el lector tenga viva imagen de lo que se relata. 

Olga Duarte y Lauro Gandul

 
 

Muchas veces me había perdido, queriendo, en Monsanto. Pero a partir de que me contaran que aquella sierra no había criado durante siglos sino pastos y matojos hasta que hace unos treinta años, semilla a semilla, fueron sembrados los árboles que forman el espeso bosque que la cubre, ya no me era posible visitar el lugar desde las perspectivas, más o menos bucólicas, más o menos impresionistas, que me habían servido para abordar aquel majestuoso espacio. Las colinas que habían sido calvarios, por la mano del hombre venían a ser suelo de una intrincada y extensa espesura. Ya no iba a ser nunca igual. Ahora que vuelvo a Monsanto y que llevo un tiempo largo caminando bajo lo que parece una única copa, un techo vegetal interminable, me paro a descansar un poco sentándome bajo una  encina y vuelvo a considerar que esta selva no ha venido a ser aquí por el azar de la naturaleza, sino por la tenaz voluntad humana. Ésta es la doble cuestión, entrecruzada, por la que ahora vengo a escribir sobre Monsanto: la voluntad humana como azar de la naturaleza.

   Hubo que arar y en los surcos, en los lomos, sembrar. Agricultura efímera, mas como puerta sólo concebida para abrirse. Cultivar el tiempo justo para que los troncos fueran ascendiendo y engordando hasta anular lo rugoso provocado por el arado, por la roturación de miles de jóvenes entusiasmados por conquistar la generación de una masa forestal. Y así fue. Las multitudes soñaron los árboles y por ello pudieron sembrarlos. Ahora la sierra es además un bosque.

   Caminar y escribir. Bajo una encina, como venía diciendo, estaba sentada descansando de un largo paseo. Llevaba conmigo una libreta que abrí al azar y encontré este apunte:

   «En un extremo ella. A su derecha dos hermanos. El marido de la hermana a la derecha del hermano. Y a la derecha de éste y en el otro extremo él. A su izquierda la mujer del hermano y más a la izquierda los niños de todos. He aquí una reunión.

   »Los niños beben refrescos y abandonan con sus vasos de colores la mesa. El marido de la hermana habla con su cuñado. La hermana con ella. Con la mujer del hermano él. Vamos a saber de qué charlan. ¿Vamos a saberlo?

   —No es tiempo de alúas.

   —No. A las hormigas con alas sólo se las ve por noviembre. Éstos son otros bichos.

   —Uno ha caído en mi caña.

   »Esto los dos hombres se dicen. Las mujeres otros temas tratan…»

   No deja de ser curioso que la lectura de este fragmento me evoque el lugar donde estoy. Una fuerza atractiva del espacio que me rodea transmuta el escenario donde transcurre la escena del texto. Aunque tengo que reconocer que es una opinión demasiado personal. Lo he puesto para constancia de este trozo de vida inventado. El lector puede desechar las líneas precedentes, sin merma para la lectura de lo que escribo, e incluso desechar leer que la escena familiar me resulta perfectamente posible incrustarla frente a mí ahora mismo, con toda su realidad bien perfilada, más como cine u holograma que como pintura o fotografía. Por tanto, tridimensional como los hechos protagonizados, aparentemente casuales, causados por las palabras que la correspondiente página de la libreta contiene. Realidad pura aquí mismo. Me ha bastado leer.

 
 

Perspectiva de la fachada de la casona de los Texeira y pensión de doña Mariana

Perspectiva de la fachada de la casona de los Teixeira y pensión de doña Mariana

 
 

   La pensión es una vieja casona de estilo arte nova construida en 1904. Está en el número 25 de la calle Camilo Castelo Branco frente a una iglesia en construcción y al lado de una estación de bomberos. La casa tiene su historia. Cuando se había decidido levantarla allí todavía la estatua del Marqués de Pombal desde su alto pedestal no contemplaba la avenida de la Libertad. Una gran laguna ocupaba lo que luego sería el Parque Eduardo VII, y el aroma de las huertas cercanas llegaba con el aire. El matrimonio que la mandó construir se había conocido en Macao aunque ambos eran de Lisboa. Ella había viajado a Macao para estudiar los diseños de los estampados de la seda. La familia de él llevaba instalada en la colonia casi cuarenta años dedicada al comercio de tejidos, aunque en cada uno de esos años habían residido en la metrópoli no menos de tres meses. Eran de la Baixa. En una esquina con la calle Áurea frente a la Plaza de D. Pedro IV los bisabuelos de él compraron un edificio de dos plantas y sótano y lo adecuaron para servir como almacén de ventas al por mayor y menor de tejidos. Sólo entre el sótano y la planta baja disponían de casi mil metros cuadrados de almacén. La planta alta suponía otros quinientos metros más pero estaba repartida entre una parte dedicada a tienda y otra, especialmente iluminada por ventanales, la reservaron para vivienda. Allí se había fundado la empresa familiar en 1837 a la que dieron el nombre comercial de Companhia Teixeira de Tecidos. El comercio fue próspero desde el principio y muy reputado por sus sedas exclusivas. Fue precisamente la seda lo que llevó a la familia de él a Macao. Y fue su padre, quien nació en el mismo año de fundación de la empresa, el que decide instalar en Macao un negocio para la compra y la fabricación de sedas lisas y estampadas. A Macao se traslada en 1863 con esa continua discontinuidad de nueve meses en China y tres en Portugal. Sus dos hijos nacen en la Baixa pombalina. José nació en 1867 y llevaba toda su vida entre Lisboa y Macao. Inés Catarina era la primera vez que viajaba tan lejos y conoció a José cuando estaba a punto de concluir sus investigaciones, con ocasión de una visita que como parte de su trabajo realizó a los talleres de estampado de sedas. Él fue muy atento con ella y estaba encantado de poderle explicar lo que sabía y le presentó a los maestros y empleados chinos que realizaban el trabajo. Ella no se iba a imaginar nunca que, meses después, lo volvería a ver una tarde que bajaba del Chiado por el Largo do Carmo. Se casaron pronto. José se hizo cargo del almacén en la Baixa y el resto de la familia siguió en Macao. Ella logró entrar como profesora asistente en la Facultad de Bellas Artes donde había estudiado. Vivieron en el piso de la planta alta habilitada como vivienda por la familia Teixeira hasta que decidieron construir su propia casa.

   Por doña Mariana he sabido la historia de la casa y que la profesora diseñó toda la herrería: el hierro forjado del atrio de entrada a la vivienda, del pórtico elevado sobre el piso de la calle, del balcón principal y de la terraza sobre el pórtico… Esta herrería repintada de blanco llamó mi atención desde el primer momento que pasé por allí y pregunté a la señora que se asomaba por una ventana, en el gallego que mi madre me enseñó siendo niña. No olvidaré la graciosa reacción de doña Mariana al escucharme preguntar: ¿Dónde hay un alojamiento en este barrio? Y con una agradable sonrisa dijo: ¡Aquí mismo!

   Aquella casa del matrimonio Teixeira era ahora la pensión de Castelo Branco donde me iba a alojar por un tiempo indefinido. Era sencilla pero muy luminosa y con solo seis habitaciones. En ese momento tenía disponibilidad. Doña Mariana, menuda y de ojos vivaces, me mostró cuatro de las habitaciones libres. Elegí una en la planta superior sobre el espacio del atrio pues desde esa habitación veía toda la fachada de la casa, las copas de los árboles y el largo de la calle.

 
 
Macao_fines s. XVIII

Macao a fines del siglo XVIII

 
 

   Me parece hermoso que doña Mariana haya conservado el mobiliario originario de la casa así que me encuentro durmiendo en una habitación modernista. En el salón y comedor quedan tres grandes cuadros y uno pequeño con una vista del puerto de Macao que pertenecieron al taller de Inés Catarina.

   Con mucha curiosidad por este contraste sorpresivo en mi vida, no dejo de preguntar a doña Mariana en cada momento del día que la encuentro disponible. Me ha enseñado, las tiene guardadas en un arcón, las antiguas cortinas de brocados de seda que habían adornado los ventanales.

   ―Pero, doña Mariana, ¿por qué ha conservado usted todo esto?

   ―Mi madre fue muy amiga de la señora Inés. Vivía aquí al lado y siendo niña se venía a esta casa a verla dibujar. Decía mi madre que el primer círculo que hizo se lo enseñó ella.

   Como doña Mariana no quiere que me vaya sola hacia Monsanto, la iglesia del Sagrado Corazón se ha convertido en otro de mis espacios de observación. Por las mañanas me acerco a ver la gran obra. Así pasan mis días en Lisboa.
 
 
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AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 
 

AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 

Sombra de nubes sobre la fachada de los Almacenes Gum

(Foto: Sandra Dugan. Moscú 1994)

 

Del Diario de Sandra Dugan rescatamos otro relato de su estancia en la Universidad Estatal M. V.  Lomonósov  de Moscú entre 1994 y 1997. Algunas páginas de su diario personal ya han sido publicadas en esta revista [Escaparate] en los años 2011 y 2012.

Olga Duarte y Lauro Gandul

 

Llegué a Moscú en enero de 1994, con cincuenta y un años recién cumplidos el 4 de diciembre pasado, en un día que me dejó helada. Por mucho frío que creyera que allí hiciese, mucho más hacía. Helada me quedé, aunque no era la temperatura, no, pues iba bien abrigada. Era la fría luz de bienvenida que me daba la avenida, donde tomé conciencia de encontrarme en Moscú, cuando miraba distraídamente por la ventana del taxi que me llevaba desde el aeropuerto a la Plaza Roja.

   Mientras el taxista me esperaba en una calle cercana con todo mi equipaje y mis libros para los próximos años, corrí hacia aquella plaza soñada sólo para asomarme a ella. Eran suficientes unos minutos para abarcar con la mirada sus casi tres hectáreas: San Basilio, el Kremlin, los almacenes Gum; y pisar sus adoquines… Aquella plaza era en sí lo que yo necesitaba ver pues aquella Plaza Roja era para mí Moscú: bastaba ella sola para serlo.

   El taxista me llevó a Lomonósov: mi destino, mi trabajo y el pequeño apartamento donde viviría en el corazón, muy agotado como pude pronto comprobar, del campus más prestigioso de Rusia, cuya arquitectura estalinista sobrecogía como un panteón. Soberbios edificios, esculturas gigantes, mármoles, escaleras, bibliotecas, departamentos, aulas… que me hacían sentir pequeña, muy diferente en todos los sentidos de la Salamanca de los sesenta donde estudié, aunque en cuanto a las dimensiones ciclópeas de la urbe y de su Universidad más importante, no me eran ajenas cuando las comparo con el Buenos Aires donde me crié. No digamos del contraste, no menos espectacular, entre la Gibraltar de mi exilio juvenil con la enormidad de Moscú. Pero ninguna luz, que en mi vida hubiese hallado alguna vez en alguna ciudad, había sido tan gélida como la de Moscú aquella mañana en que llegué por primera vez. Me dejó helado el corazón sin alcanzar a comprender porqué, aún hoy cuando escribo estas líneas en mi pequeño despacho de la Biblioteca del Departamento de Español de Lomonósov.

   Acrecentaba esta pequeñez sentida mi ignorancia del ruso. Aunque en cuanto a lenguas puedo decir que contaba con mi español cosmopolita bonaerense, más el decir porteño cuando quería, y el de mi bendita Salamanca, junto con el inglés decimonónico heredado de mi familia –contaminado por la jerga de los llanitos− y de las historias que me contaban aquellas inglesas con las que a veces regresaban casados nuestros marineros gallegos después de recorrer los mares del norte. No obstante todo mi cosmopolitismo, me sentía gallega por el doble vínculo que mis familiares –no sólo mis padres− me transmitieron como lengua vernácula sino por la divina Rosalía y el portugués de allende el Miño. Pero con los funcionarios de frontera en la terminal del aeropuerto no tuve que hablar nada. Examinados mi pasaporte, mi visado especial para trabajar en la universidad, mis papeles de Residente-Doctora por tiempo indefinido y mis maletas, en las distintas cabinas, nada tenían que decirme, sino estampar los correspondientes sellos y con un gesto indicarme que podía continuar. No tuve que hablar nada. El silencio en la terminal era casi absoluto. Al taxista bastó decirle Lomonósov. Cuando tuve que pedirle que me dejara lo más cerca de la Plaza Roja para bajar y verla, y que me esperara, fue distinto, aunque tampoco había problema porque el taxista sabía inglés.

   Ya en la puerta de la universidad, el bedel de uniforme gris que me atendió sólo hablaba ruso. Yo le hablaba en español. Nada impidió que me dejara ante la puerta en la biblioteca, y con una sonrisa se despidiera. Abrí la puerta y entré. Afortunadamente no había nadie. Eran tres habitaciones cuadradas unidas por dos huecos adintelados. Doce paredes repletas de libros desde el suelo al techo, sin ventanas. Un escritorio en un rincón de cada habitación con sus lámparas de mesa y escribanía. La luz del techo era muy endeble. Para trabajar con los libros de las estanterías iba a necesitar una linterna. Dejé mis maletas junto al primer escritorio y me dispuse a ver los libros más cercanos. Todos estaban en español. Había miles. Me entró un entusiasmo enorme al pensar lo lejos que me había venido para estar en una biblioteca en español a miles de kilómetros de España, donde conocía cientos de bibliotecas en las que habría podido trabajar. Al fondo otra puerta. Al abrirla un fanal de luz entró desde la plaza a la que daba iluminando los libros de las tres habitaciones, sin que para recorrerlos hicieran falta las luces de los techos. Era fantástica, ahora, esta luz.

   Salí a la plaza. Recorrí sus aceras, perímetro de los hastiales de los edificios que la acotaban. Uno de sus lados se abría a un parque. No había nadie en la plaza, pero al fondo del parque se veían unos quioscos, y allí sí había gente. Y humareda de fritangas. Hacia allí me encaminé porque también tenía hambre. Llevaba algunos rublos y no fue difícil conseguir un perrito caliente con una salsa picante y una cerveza. Dentro del quiosco se estaba bien pero no me quité el abrigo. Comí sentada a una mesita junto a otros que llenaban el espacio disponible. El ambiente estaba cargado de los olores de la comida pero parecía que no hubiera nadie de lo silenciosos e inexpresivos que estaban mis acompañantes. Nadie  miraba a nadie. Ni siquiera los que estaban frente a frente cruzaban entre sí sus miradas, ni por casualidad. Tal vez fuera porque nadie se conociera y todos estuvieran de paso como yo misma, aunque probablemente este lugar pronto pasara a formar parte de mi vida cotidiana. Quizá por esto yo sí miraba –con el disimulo que me era posible, en un lugar tan pequeño−.

   Terminando ya con esta intempestiva cena, porque eran las cinco de la tarde y ya intuía que al regresar de nuevo al apartamento no saldría porque la noche estaba al caer, vi llegar a un grupo de jóvenes charlatanes y sonrientes que se acercaban al quiosco. Demoré los últimos tragos de la cerveza para, al menos, tener algún sentir de las gentes. Entre ellos hablaban portugués y podía entender toda su conversación de gratas disquisiciones intelectuales. Hablaban de Moscú como un mito siendo ya para mí una entelequia. De entre todos ellos destacaba uno con gafas gruesas y pelo anillado que apenas llevaba ropa de abrigo y no parecía tener frío. Éste callaba mientras hablaba el grupo pero cuando algo decía dejaba a los demás pensativos y, de nuevo, la conversación se encendía. No he sido nunca dada a entrometerme en conversaciones ajenas pero era mi primer día en un Moscú frío, sordo, y decidí interpelarlos rescatando mi portugués. Extrañados me miraron y más profunda e inquisitiva fue la mirada, tras los gruesos cristales, del joven que me llamó la atención al llegar el grupo. Menos él, que no habló hasta el final, los demás me contaron que eran estudiantes mozambiqueños becados por su gobierno para estudiar en Moscú. Justo en 1994 se habían celebrado en su país las primeras elecciones libres tras una guerra civil de quince años y ese era todo el debate que traían. El de las gafas era español y aunque no me dijo la edad supuse que mayor que el resto, tendría unos treinta y tantos años. Él ya conocía lo que había sido una guerra civil y unas primeras elecciones democráticas por eso callaba e intervenía certeramente siempre.

   Al final llegó la noche y el quiosco fue vaciándose de sus gentes y por la plaza ya merodeaban vodkataris y gentes extrañas en una ciudad con nombre pero sin futuro. Tuve miedo de regresar sola aunque sólo fuera cruzar de nuevo la plaza. Los estudiantes querían regresar también y este de las gafas, que percibió mi inquietud por la hora y la desolación de la plaza, me preguntó si estaba muy lejos el lugar al que tenía que regresar. –Tendría que cruzar la plaza, le dije. –¡Pues venga!, yo te acompaño que estos me esperan aquí. Pareció su tono tan obligado que no quise pero él insistió. Secamente me dijo mientras me acompañaba: −Te has colado en nuestras conversaciones pero yo no sé quién eres. –Yo tampoco sé quién eres tú, le contesté con cierta aspereza. Empezó a reírse burlonamente y esto me fastidió. Cuando llegué a la escalinata de la biblioteca por donde tenía que acceder para entrar hacia mi apartamento me dijo: Soy Rafael Rodríguez, he venido desde Alcalá de Guadaíra y quizá esto no era lo que buscaba del comunismo. Me marcharé en unos días. Mañana si quieres nos vemos en el quiosco y seguimos hablando. Con voz entrecortada le dije: −Yo me llamo Sandra Dugan.

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A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 
UNDERGROUND2014ODP
Sala Underground 2014

(Foto: ODP)

 

EN un extremo ella. A su derecha dos hermanos. El marido de la hermana a la derecha del hermano. Y a la derecha de éste y en el otro extremo él. A su izquierda la mujer del hermano y más a la izquierda los niños de todos. He aquí una reunión.

   Los niños beben refrescos y abandonan con sus vasos de colores la mesa. El marido de la hermana habla con su cuñado. La hermana con ella. Con la mujer del hermano él. Vamos a saber de qué charlan. ¿ Vamos a saberlo ?

—No es tiempo de alúas.
—No. A las hormigas con alas sólo se las ve por noviembre. Éstos son otros bichos.
—Uno ha caído en mi caña.

   Esto los dos hombres se dicen. Las mujeres otros temas tratan…

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SANDRA DUGAN EN «CARMINA»

 

«PROYECTO 33». POEMA DE SANDRA DUGAN. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

1

 VAN a entrar en sus avenidas

Muchos vehículos como desde hace muchos años

Muchos vehículos van a entrar en una ciudad

Cualquiera

Muchos vehículos han salido

Es de noche mas la autovía está bajo las luces

De sus focos alumbrada

Veloces pasan miles de vehículos

Por cada carril miles

Es de noche

Regresan cansados los conductores

A algunos los acompañan pasajeros

Quisieran dormir

Están fatigados del día

Pero aceleran pisando el pedal correspondiente

Aceleran fascinados como ciegos

Proyectados hacia la gran curva

Que se los traga a todos

En la ciudad cualquiera se distribuyen

 

Van a dormir

Rápido rápido rápido

Van a parar

Van ciegamente rápido rápido

La curva se los traga a todos

En la ciudad arde oscura la llama del viejo carbón.

 

 

2

FUEGO que quema

Sol

Fuego de carbón

Arde el carbón

Llama

Quema la hoja del sol

 La hoja del uno

 

Rápido rápido rápido

Arde la hoja del sol

Arde la hoja del uno

Aceleradamente arden

Rápido rápido rápido

La curva se traga sin atragantarse

Como una enorme tráquea capaz

Los vehículos

Rápido rápido rápido

 

El viejo carbón vegetal como donde se cruzan las avenidas

Húmedos los transeúntes

El asfalto

Los vehículos ardientes

Rápido rápido rápido

 

Arde la hoja de las estrellas

Arde la hoja del ojo

Arde la hoja de la llave

Rápido rápido rápido

 

Arde la hoja de la ventana

Arde la hoja del árbol

Arde la hoja de la mano

Arde la hoja del ave

Arde la hoja del muñeco

Arde la A

Arde la hoja del coche

Arde la hoja de la mujer desnuda

 

Arde la hoja de la boca

Arde la hoja de la espiral

Arde la hoja del corazón

Arde la hoja del libro abierto

 

Arden arden arden

La hoja de la hoja

La hoja del cálculo imposible

La hoja del limón

La hoja de la botella y el vaso

Rápido rápido rápido

 

Arde la hoja de un dios

Arde la hoja de un garabato

Arden las avenidas húmedas

 

Arde el pie su hoja

Arde la música su hoja

Arde la rueda su hoja

El teléfono

 

Arden el león

El mar

La margarita

El 33

El 33

El 33

El 33

Rápido rápido rápido

Tan rápido como lento el pálpito de la ceniza del infinito

 

Noche espectralmente eléctrica

Rápido rápido rápido

Otra vez el 33

Otra vez el 33

Otra vez el 33

Arde la luz de los semáforos

De los rótulos

De los focos que alumbran desde…

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«PROYECTO 33». POEMA AL MAR. Por Xopi, Gabriel Duarte y Lauro Gandul Verdún (2013)

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

«PROYECTO 33». LA LÁMPARA MARAVILLOSA. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

Revisando el diario de Sandra Dugan, para extraer otro fragmento que pudiéramos publicar en esta revista[ESCAPARATE], encontramos una fotografía junto a una hoja suelta con el poema. Justo en las páginas donde están guardados aparece el relato de su estancia en Moscú. Sabemos que permaneció allí por tres años, desde 1994 a 1997, trabajando en la biblioteca del departamento de español de la universidad de Lomonósov.

«En el mes de agosto se empezaron a vender los libros de la biblioteca. Las autoridades universitarias habían anunciado que no tenían fondos y pretendían hacer dinero poniendo en  venta los libros con los que los distintos departamentos habían ido formando sus bibliotecas.

»Recibí una llamada telefónica para que fuera seleccionando aquellos que podían incluirse en lotes y sacarse a subasta. También los que pudieran venderse a los interesados que se acercaran por allí. Esa tarde salí de la universidad disgustada. Al pie de la escalinata una vieja me ofreció una matrioska, que por unos rublos compré. Me pareció hermoso el color azul que la decoraba y los trazos blancos que la dibujaban. Cuando la abrí vi que sólo tenía tres piezas, faltando el resto. Presentí que esas tres piezas eran los tres años que yo ya había pasado en Moscú.

»La avenida tan rectilínea que siempre me conduce a mi casa hoy se hunde bajo mis pies. Siento que Moscú se acaba para mí.»

Este apunte está escrito detrás del poema no datado. Intuimos que al estar junto a la foto podemos pensar que fue escrito en ese verano último de Sandra Dugan en Moscú. Algún lector avezado en poesía podría pensar que no parece el texto propio de una escritora de cincuenta y cinco años, pero ha de indicarse que la obra poética de nuestra autora, además de breve, casi toda ella consistió en poesía experimental, más propia de la vanguardia de la primera mitad del siglo pasado cuando los jóvenes poetas europeos ocupaban su tiempo tratando de encontrar nuevas formas para la expresión de la literatura, en contraposición con los postulados métricos y estéticos de la tradición clásica. Sandra Dugan siguió la tradición vanguardista.

Olga Duarte y
Lauro Gandul

1

VAN a entrar en sus avenidas

Muchos vehículos como desde hace muchos años

Muchos vehículos van a entrar en una ciudad

Cualquiera

Muchos vehículos han salido


Es de noche mas la autovía está bajo las luces

De sus focos alumbrada

Veloces pasan miles de vehículos

Por cada carril miles

Es de noche

Regresan cansados los conductores

A algunos los acompañan pasajeros

Quisieran dormir

Están fatigados del día

Pero aceleran pisando el pedal correspondiente

Aceleran fascinados como ciegos

Proyectados hacia la gran curva

Que se los traga a todos

En la ciudad cualquiera se distribuyen


Van a dormir

Rápido rápido rápido

Van a parar

Van ciegamente rápido rápido

La curva se los traga a todos

En la ciudad arde oscura la llama del viejo carbón.


2

FUEGO que quema

Sol

Fuego de carbón

Arde el carbón

Llama

Quema la hoja del sol

La hoja del uno

Rápido rápido rápido

Arde la hoja del sol

Arde la hoja del uno


Aceleradamente arden

Rápido rápido rápido

La curva se traga sin atragantarse

Como una enorme tráquea capaz

Los vehículos

Rápido rápido rápido


El viejo carbón vegetal como donde se cruzan las avenidas

Húmedos los transeúntes

El asfalto

Los vehículos ardientes

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de las estrellas

Arde la hoja del ojo

Arde la hoja de la llave

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de la ventana

Arde la hoja del árbol

Arde la hoja de la mano

Arde la hoja del ave

Arde la hoja del muñeco

Arde la A

Arde la hoja del coche

Arde la hoja de la mujer desnuda


Arde la hoja de la boca

Arde la hoja de la espiral

Arde la hoja del corazón

Arde la hoja del libro abierto


Arden arden arden

La hoja de la hoja

La hoja del cálculo imposible

La hoja del limón

La hoja de la botella y el vaso

Rápido rápido rápido


Arde la hoja de un dios

Arde la hoja de un garabato

Arden las avenidas húmedas


Arde el pie su hoja

Arde la música su hoja

Arde la rueda su hoja

El teléfono


Arden el león

El mar

La margarita

El 33

El 33

El 33

El 33

Rápido rápido rápido

Tan rápido como lento el pálpito de la ceniza del infinito


Noche espectralmente eléctrica

Rápido rápido rápido

Otra vez el 33

Otra vez el 33

Otra vez el 33


Arde la luz de los semáforos

De los rótulos

De los focos que alumbran desde…

***

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

 
 
 

 

Sandra Dugan hacia 1961
 
 
 

«…Hacía tiempo que no veía hombres uniformados, y armados, en la playa y en el paseo. Iban de azul con fusil al hombro y pistola en la cintura. Tocados con gorras de béisbol todos eran policías esbeltos.

            Corría viento del Sur y el mar estaba encabritado. El día gris. Hacía frío y aunque parecía que de un momento a otro caería aunque fuera una llovizna, no fue así: el cielo no conseguía llorar.

            Tampoco a mí me parecía motivo ninguno para llorar la presencia de guardias en la arena, en grupos de tres, unos mirando hacia el horizonte y otros cubriendo los barrios, que se asoman al paseo del que arrancan las perpendiculares a una avenida paralela al mar.

            Desde el ventanal del antiguo chalet que tenía alquilado, los observaba.

           La vivienda algo abandonada fue adecentada por la dueña a mi instancia. Cuando la localicé y pude hablar con ella, gracias a la mediación de El Chato, un viejo pescador retirado que se dedicaba al corretaje, y expresarle mi interés por arrendarla por tiempo indefinido, Doña Rosario se entusiasmó conmigo, porque no sólo llevaba mucho tiempo sin conseguir que nadie se interesara por la casa sino porque yo, por una razón, sin duda especial pero que ignoraba completamente, le caía bien. El chalet había sido construido a fines de los cincuenta y la construcción estaba revestida de trozos de piedra pizarrosa y amorfa. No obstante, lo que me sedujo fue la fachada que daba al mar, una única y gran ventana acristalada, en cuadrícula sobre puertas abatibles con junquillos y marcos de madera pintados de pintura plástica de color blanco, desde la que podía contemplarse el vasto océano como desde un trasatlántico. Justo desde aquí observaba a los policías, recién me había despertado y con esa sensación extraña entre real y onírica, parecida a la duermevela,  hasta me resultaban eróticos…»

           Este fragmento de la novela breve que el lector tiene ante sus ojos forma parte de uno de los relatos inéditos, como toda su obra justo hasta el momento de que su publicación se realice según está proyectado, en la Serie Libretos de la Lectura de «CARMINA», de la escritora Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001).

            Transcurrida casi una década desde su fallecimiento nos será posible editar este libro no como la opera prima de la autora hispanoargentina, pues no sabemos si fue su primera obra escrita o su última, porque no databa sus escritos, sino como su primera obra publicada, además post mortem.

            Nuestra escritora nació el 4 de diciembre de 1942 en la habitación 99 de un pintoresco hotelito de Gibraltar. Sus padres habían partido desde La Coruña en un largo viaje a Buenos Aires, pero el barco inglés había sufrido una avería a su paso cerca de La Roca y su tripulación había tenido que recurrir al auxilio de los mecánicos portuarios de la antigua colonia británica para reparar un problema serio en las tripas del viejo trasatlántico.

           El matrimonio Dugan tuvo que permanecer tres meses viviendo cerca de un viejo cementerio y frente a una arbolada plaza en un entrañable barrio gibraltareño lleno de escoceses e irlandeses, o mestizos de estos e italianos, españoles, malteses o tunecinos.

            Agustina Casal Castro, la madre de Sandra, vino a parir antes de tiempo, y a los quince días de alojados en el hotel. Allí fue la matrona metodista a ayudar a Sandra Dugan Casal a nacer, con los ojos abiertos y totalmente calva. No sólo no lloró sino que le pareció a Miss Luton que sonreía, circunstancia nunca vivida en toda su larga experiencia de partera en la colonia.

           Sandra nació así a las cinco de la tarde de un día frío de Santa Bárbara y, además, su madre ni lo notó. A la mañana siguiente Agustina ya estaba de pie en la habitación con la niña en brazos, vestidas para salir a dar un paseo y que a las dos les diera el aire. La vitalidad de Agustina era famosa en Sargadelos desde que era una cría. Su familia, conocida y estimada en la comarca hacía muchas generaciones, comprendió que era una auténtica Casal cuando anunció que se marchaba con su marido a la Argentina y que allí se instalarían para siempre como otros Casal y otros muchos gallegos habían hecho.

            Félix Dugan Allariz era consciente de la suerte que le había tocado casi desde que conoció a Agustina por casualidad en el pazo familiar de los Outeiriños un día que acompañó a su hermano Octavio, prometido de la hermosa Silvia Outeiriño, de quien Agustina era amiga desde niña. Silvia le había pedido que estuviera en su casa para cuando llegara Octavio, y éste a su hermano que fuera con él para no estar solo cuando se le declarara. Octavio se comprometió con Silvia, y Agustina y Félix se enamoraron. Al año se casaron. Eran jóvenes y no querían vivir ni en el pueblo de la esposa, Sargadelos, ni en La Coruña, ciudad del marido. Una tía de Agustina, hermana de su padre, tocaya de su sobrina y casada con un rioplatense de origen alemán que nunca perdió su acento bávaro aunque cantara tangos en porteño, Roberto Wenz, como no tenían hijos no les venía mal que sangre nueva y joven añadiera brazos e ideas para mejorar el Café que regentaban en un local debajo de donde vivían en un noble edifico del barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Y con ellos allí, dispuestos a ayudarles según les respondieron en distintas cartas, Félix y Agustina decidieron vender todo lo que tenían, que no era mucho, pues la dote de Agustina era modesta y los ahorros de un farero, oficio del padre de Félix, no dieron para reunir ni para uno de los billetes, pero recibieron no pocos duros de los Outeiriños, gracias a Silvia y Octavio. Juntaron lo suficiente como para que les sobrase algo después de pagar los pasajes del barco, pero no contaban ni con la gravedad de la avería del Liverpool ni con el nacimiento prematuro de Sandra. Cuando con casi cuatro meses de retraso avistaron el puerto de Buenos Aires no les quedaba un céntimo pero cuando vieron a los Casal-Wenz elegantes y saludando desde el muelle y luego todos en tierra se saludaron comprendieron que Sandra, además, los dejó hechizados con su rostro risueño y su inocente mirada desde sus dos hermosos y grandes ojos.

            De Gibraltar Sandra Dugan no tuvo recuerdo alguno hasta que no regresó a la península ya hecha una mujercita de diecinueve años para estudiar Filosofía y Letras en Salamanca cuando era decano D. Fernando Lázaro Carreter. Allí se familiarizó con la poesía de León Felipe cuyos versos había escuchado por primera vez recitados por un joven estudiante de medicina, muchos años después popular actor de televisión, y que a la vista del público había recibido de manos de un espectador mexicano las obras completas del poeta aragonés en el exilio. Aquel regalo le supuso al joven recitador un expediente en el Tribunal de Orden Público y el decomiso de los libros de poesía tan generosa y emotivamente donados por el filántropo mejicano. Por casualidad, Sandra se encontraba presente cuando detuvieron al estudiante y lo vio pasar esposado y escoltado por dos Guardias Civiles. Ella formó parte de una célula que se organizó rápidamente en la Universidad, entre sus distintas facultades, para recoger dinero con el que pagar los gastos de la causa en el TOP. No fue difícil porque el programa de recitales del actor se convocaba para todas las facultades, alcanzando rápida popularidad entre los universitarios, teniendo tanto éxito que llegó a celebrarse dos veces al mes en un salón público que parecía un pequeño teatro, adonde acudían ya no sólo estudiantes sino también muchos salmantinos y el propio Lázaro Carreter no faltaba nunca a la convocatoria poética de «Una hora con…» de la que disfrutaba desde su butaca reservada en la primera fila, justo debajo del escenario, muy cerca del actor para no perderse su extraordinaria voz para la declamación de la gran poesía.

           No tardaron en poner en libertad a Martín (aunque a él los veinticinco días en la cárcel se le habían hecho una eternidad, donde no pudo leer, ni escribir, y ni siquiera hablar, ni solo podía hablar de turbado que pasó aquellos días, según contó a los amigos en el bar mientras mordía su primer bocata de tortilla y bebía de su primera jarra de Mahou, en libertad provisional). Aunque tampoco tardaron en averiguar de dónde había salido el dinero de abogados, funcionarios y multas y quiénes lo habían procurado con cartelitos, guateques y rifas. A Sandra le vino muy bien su pasaporte Gibraltareño (una de las nacionalidades de que era titular, junto a la argentina y la española) y, aconsejada por sus padres en una carta urgente que le llegó, así enviada por ellos a vuelta de correo tras recibir las líneas que Sandra les había escrito donde les daba cuenta del caso de Martín, sabedores de cómo se las gastaban en el franquismo con aquellos estudiantes díscolos, con quienes la policía del régimen no lo tenía demasiado difícil para pillarlos. Aunque no la pillaran. Sandra había partido para La Roca un día antes de que registraran su cuarto del colegio mayor.

 
 
 

«PROYECTO 33». LA LÁMPARA MARAVILLOSA. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

Lámpara donde versos anudan gramática predilecta

Lámpara resplandece

Lámpara canta

Suena literatura luz

 

Poetas y santos

Cuando escriben son el mismo milagro indescifrable

Que sólo comprenderemos como vida

Nunca como literatura

 

Santos y poetas

Cuando dicen son lámparas

Donde versos anudan gramática predilecta

Que alumbran a algunos por dentro

Esos que vemos pudiendo cerrar los ojos

Con toda su luz abierta entonces

En el momento de las palabras como actos

 

Palabras como lámparas

Palabras al fin comprendidas con los otros

Nunca como literatura…

 

O tal vez por su luz.

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PROYECTO 33. POEMA AL MAR. Por Xopi, Gabriel Duarte y Lauro Gandul Verdún (2013)

«PROYECTO 33». POEMA DE SANDRA DUGAN. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

LA LÁMPARA MARAVILLOSA. Por Lauro Gandul Verdún (para Valle-Inclán)

«PROYECTO 33». POEMA AL MAR. Por Xopi, Gabriel Duarte y Lauro Gandul Verdún (2013)

 

 

POEMA AL MAR

 Lauro Gandul Verdún

Rugiente mar amansa silencio bajo la noche oscura

Su fosforescencia asciende morosamente a los baluartes que se asoman a la bahía

Adivinamos olas luciendo encrestadas de blanco sombrío

Empuje que mezcla piedra y bruma mientras esta noche rotunda se revuelve en el océano

Lucha titánica de tormentas que contemplamos

Las viejas ciudades duermen ajenas a este magno misterio

 

¡Ante tus agitadas aguas nadie se atrevería a nada! ¡Ni a gritar siquiera!                               

No hay más grito en el planeta que el del mar enfurecido

Quieto y mudo

Cegado por la bruma

Abatido por el viento del océano

Mi figura y mi alma acatan su humana condición

Minúscula ante la colosal presencia

 

Es cielo encarnado en agua el mar

Hundirse es ascender

Cénit el fondo

Las olas metáforas de los vientos

Los pueblos de la costa viven los sueños de los ángeles

 

Los que supieron enseñar a navegar a los hombres con la maestría de su volar

Y les tejieron las velas de sus navíos con el arte que les creó las alas

Aquellos hombres que sólo sabían caminar navegaron volando como ángeles

Es tierra descarnada en agua el mar

Zambullirse es sepultarse y el infierno es el nadir

Las dunas metáforas de las olas

Las olas van con prisa y se atropellan y se desvían

Se cruzan

Por ligeras también son graciosas

En orillando se deshacen y quedan sólo en agua sin cresta alguna

En agua sola

En nada sobre la arena

 

¡Oh el mar más bello que las catedrales y que el David!

¡Más que el sueño!

¡Ojalá nuestras vidas fueran ríos para que nuestro morir fuese el mar!

 

Como niños vamos a las playas

Como niños de luz

Meteoritos avizorados de día en trenes transparentes que cruzan las mañanas azules y frescas

 

Como muertos vamos a la espuma infinitamente esparcida por el huracán

Vamos con la ambición de los poetas ebrios y sus versos libres

 Vamos como olas salvajes que fracasan en las rocas.

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«PROYECTO 33». POEMA DE SANDRA DUGAN. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

«PROYECTO 33». LA LÁMPARA MARAVILLOSA. Por Xopi y Lauro Gandul Verdún (2013)

POEMA AL MAR. Lauro Gandul Verdún