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EL COCHE DE «LAS MENINAS». Pintura de Rafael Luna (óleo sobre lienzo 2005)


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COCHE DE CUERDA. Pintura de Rafael Luna (acrílico sobre lienzo)

«LAS MENINAS» DE VELÁZQUEZ (1656) POR RAFAEL LUNA (1993)

MENINA DEL CALABOZO. Rafael Luna

MENINA JAPONESA. Rafael Luna

MENINA-CÓMODA CON RELOJES. Rafael Luna

MENINA CON MENSAJE. Rafael Luna

MENINA DE CUADROS (ACRÍLICO SOBRE TABLA 2005). Pintura de Rafael Luna

MENINA DE CUADROS (ACRÍLICO SOBRE TABLA 2005). Pintura de Rafael Luna

 

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

 

MENINAS EN «CARMINA»:
MENINA POR MANUEL DOMÍNGUEZ GUERRA
LAS MENINAS DE RAMÓN GAYA
«LAS MENINAS» DE VELÁZQUEZ (1656) POR RAFAEL LUNA (1993). Homenaje de «CARMINA» un año después (17 de octubre de 2011)
MENINA DEL CALABOZO. Rafael Luna
MENINA JAPONESA. Rafael Luna
MENINA-CÓMODA CON RELOJES. Rafael Luna

 

MENINA CON MENSAJE. Rafael Luna

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MENINAS EN «CARMINA»:
MENINA POR MANUEL DOMÍNGUEZ GUERRA
LAS MENINAS DE RAMÓN GAYA
«LAS MENINAS» DE VELÁZQUEZ (1656) POR RAFAEL LUNA (1993). Homenaje de «CARMINA» un año después (17 de octubre de 2011)
MENINA DEL CALABOZO. Rafael Luna
MENINA JAPONESA. Rafael Luna
MENINA-CÓMODA CON RELOJES. Rafael Luna

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MENINA DEL CALABOZO. Rafael Luna

MENINA JAPONESA. Rafael Luna

MENINA-CÓMODA CON RELOJES. Rafael Luna

«LAS MENINAS» DE VELÁZQUEZ (1656) POR RAFAEL LUNA (1993). Homenaje de «CARMINA» un año después (17 de octubre de 2011)

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

 

Pte. Erzsebet, Budapest 2003El Puente de Erzsebet
Budapest
[Foto: LGV 2003]

 

Como dicen la mayoría de sus biografías, el escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989) se suicidó en su residencia californiana meses antes de que cayera el Muro de Berlín en noviembre de 1989. Y esto se reitera porque su biografía es un resumen biológico de ese «corto siglo XX» al que se refería el historiador Eric Hobsbawm. Un siglo que otro húngaro, el poeta Imre Kertész, llamó «ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente». Huyendo de esto, Márai abandonaría para siempre su país en 1948 y no vería el fin del régimen comunista por muy poco. Todo en Márai parece una apoteosis del adiós, de la nostalgia. Por ello no es casual que tratara en su obra la nostalgia por excelencia: la del imperio austro-húngaro. Su obra más representativa en este aspecto es una pequeña novela titulada El último encuentro, escrita en 1942, cuando Hungría estaba luchando al lado de Hitler en la guerra mundial. Cuando el humo de los crematorios del exterminio nazi comenzaban a oscurecer el centro y este europeo, Márai creaba una pequeña obra nostálgica con un argumento imposible. Éste era el reencuentro de dos amigos y camaradas de armas durante el Imperio en una mansión aristocrática y decadente («donde se desmoronan los restos de varias generaciones»), al cuidado de una vieja ama de llaves y donde reside uno de estos amigos, al que solo conocemos como «el general». El otro amigo, Konrad,  que se ha nacionalizado británico tras 40 años de estancia en Malasia, realiza algo poco creíble: entrar en un país enemigo en plena guerra.

   Pero obviando este aspecto, la novela es como una gota de ámbar prehistórico que ha guardado algo del pasado imperial; un «Parque Jurásico» de una época tan pasada como el Precámbrico: la del esplendor de la civilización burguesa que tanto fascistas como comunistas llamaban, con desprecio, «mundo decadente». Un mundo donde, en pensamientos del protagonista, «la sensación de que la vida era una fiesta desesperada, una fiesta trágica y majestuosa, cuyo final se proclamaría con el sonido de las trompetas y con el anuncio de alguna orden nefasta». De nuevo el pasado como una fiesta, tal como ya hemos visto en las obras de Banffy y Lernet-Holenia. Pero además de la fiesta ese viejo «mundo de ayer», tal como lo veremos en Zweig, era un mundo ordenado donde cada cual sabía cuál era su sitio: «todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad odenada».

   Ese mundo feliz y ordenado se rompió para los tres protagonistas de la novela, -y digo tres porque a los dos amigos se une el fantasmal recuerdo de Krisztina, la mujer del general-  un día de octubre de 1900 cuando algo ocurrió entre ellos. Cuarenta y dos años después, los dos antiguos camaradas intentan comprender lo que verdaderamente pasó.

   La novela se divide en dos partes claramente diferenciables: la primera es el recuerdo de la época de esplendor del Imperio que el general nos relata; la segunda es la del encuentro que más que un diálogo es un monólogo por parte del general y que bajo mi opinión es la parte más decepcionante de la novela. Es una parte donde abundan sentencias tales como «la amistad es la relación más noble que puede haber entre los seres humanos». Por tanto, para nuestros propósitos lo más interesante de la novela es la primera parte, donde vemos reflejados los principales tópicos de la literatura sobre el fin del Imperio. Así vemos que el Imperio se nos presenta como un estado multiétnico pero en cuyo seno incuba el mal futuro de los nacionalismos. Esto lo advertimos en la descripción de la ciudad natural de Konrad, en la Galitzia : «sus habitantes –ucranianos, alemanes, judíos y rusos- vivían en un bullicio oficialmente controlado, como si existiera en la ciudad, en las casas oscuras de aire viciado, una corriente cada vez más fuerte, una especie de revelación o simplemente una insatisfacción mezquina y murmuradora». Este presagio se cumpliría en 1918 cuando implosionó  el viejo imperio de manos de una masa provinciana bien lejana del cosmopolitismo vienés, que «para volver a pronto a sus pueblos polacos, estaban destruyendo un imperio» (Alexander Lernet-Holenia, El Estandarte, 1934).

   Frente al anuncio de destrucción ambos amigos, a finales del siglo XIX, representaban, como jóvenes oficiales, el papel de guardianes del imperio, que velaban «por los sueños y por la seguridad del emperador y de sus cincuenta millones de súbditos, aunque no hicieron otra cosa que llevar su uniforme con dignidad y frecuentar la alta sociedad, oír valses, beber tintos franceses, charlar con las señoras…»

   Otro elemento prototípico es la figura del emperador, clave de la bóveda imperial, y el único que «era capaz de mantener el orden: el emperador, que era a la vez un sargento jubilado y Su Majestad, un simple funcionario y un grande seigneur, un rústico y un soberano». A él le debían fidelidad absoluta que es otro de los tópicos de esta literatura finisecular, como ya hemos podido comprobar en otras obras aquí reseñadas. Una fidelidad, una obediencia, que «era algo más profundo que el respeto a unas cuantas reglas. Había que llevar la obediencia en el corazón: esto era lo más importante. Había que tener la convicción de que todo estaba en su sitio».

   Unida a la fidelidad estaba su némesis: la traición, un tema que impregna toda la novela. Aquí es donde observamos el conflicto entre dos hombres hermanados en el deber y en el espíritu. Konrad es un desengañado del imperio, que incluso ha cambiado de nacionalidad y que nos dice (en uno de sus pocos parlamentos en la novela): «¿qué queda de todo aquello? Lo que mantenía todo unido, esa argamasa secreta, ya no existe. Todo se ha deshecho, se cayó a pedazos. Mi patria era un sentimiento. Ese sentimiento resultado herido…lo que juramos ya no existe…Todos han muerto…todos han traicionado lo que juramos. Hubo un mundo por el cual valió la pena vivir y morir. Aquel mundo murió…» Como en los personajes que ya nos son familiares (Menis, Bagge…) el general le responde: «para mí, aquel mundo sigue vivo aunque en realidad haya dejado de existir. Sigue vivo por el juramento».

   Esta lucha de caracteres sobre el significado de una época, de un mundo por el que mereció luchar, lo encontramos en la obra de otro nacionalizado británico, que como el personaje de Konrad, recorrió los mares del Sur; nos referimos a Joseph Conrad, que en esa pequeña joya romántica que es Los duelistas trata el mismo conflicto que nos relata Márai, pero centrado en otro imperio mítico-decimonónico: el napoleónico.

   Como en El último encuentro, dos oficiales de caballería  acaban enfrentándose (esta vez de forma cruenta) por una razón que también reviste forma femenina pero que acaba siendo secundaria. Así encontramos a dos caracteres completamente diferentes (pero complementarios); por un lado, el racionalista y «realista» D`Hubert, y por otro, Feraud apasionado y adicto hasta el tuétano al emperador. Como el general de Márai, el Feraud de Conrad le responde a su antiguo camarada que «jamás amó al Emperador. La imagen de aquel héroe sublime, encadenado a una roca en medio del océano, resta a tal punto valor a mi vida que recibiría con placer su oden de volarme los sesos».

   Con esta analogía literaria decimos un adiós a esta obra que como en la novela de Conrad «empezó en el misterio, se desarrolló en el misterio, y al parecer ha de terminar en la misma forma».
 

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EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

 

FUNERALES DE ATILA, EL AZOTE DE DIOS. Por José Manuel Colubi Falcó

Atila se encuentra con el Papa León

Atila  (395-453) y el papa San León I el Magno (390-461)

[Crónica ilustrada húngara (c. 1360)]

«El cual [Atila], según cuenta el historiador Prisco […], como asociara en matrimonio a una joven muy hermosa, de nombre Ildico, después de haber tenido innumerables mujeres según era costumbre de aquella gente, y en sus nupcias, suelto por una excesiva hilaridad, pesado por el vino y el sueño, yaciera boca arriba, un abundante flujo de sangre, la que a menudo fluía de su nariz, al ser impedido su paso por los conductos acostumbrados, se precipitó por su garganta […] y lo mató. […] Con la siguiente luz, cuando ya había pasado parte del día, los ministros del rey, […] rompen las puertas y hallan el cadáver de Atila sin una herida, […] y a la muchacha, llorosa, cabizbaja, cubierta por el velo. Entonces, según es costumbre de aquella gente, cortada parte de su cabellera, desfiguraron sus caras con hondas heridas, para que un eximio guerrero no fuera llorado con lamentaciones y lágrimas femeninas, sino con sangre viril.

   »Colocado el cadáver en medio del campo, dentro de una tienda de seda, […] los más selectos jinetes […], dando vueltas a la carrera, […] contaban sus hechos en un canto fúnebre: “Singular rey de los hunos, Atila, engendrado por Mudzuco, señor de las más bravas gentes, que con poder inaudito antes posee él solo los reinos escíticos y germánicos, y con la conquista de ciudades aterró a uno y otro imperio de la Urbe de Roma, y para que no fueran sometidas las demás a botín, aplacado por preces, recibió tributo anual; y cuando hubo hecho todo esto con resultados felices, no por herida de enemigos, no por insidias de los suyos, sino con su gente incólume, entre gozos, feliz, sin sentir dolor, murió”.

   »Después, sobre su túmulo celebran la que ellos llaman estrava, con un gran festín, y, uniéndose alternativamente en sentido contrario, se desplegaban con un luto fúnebre mezclado con alegría. Y de noche, en secreto, protegen con coberteras el cadáver escondido en la tierra, primero con oro, segundo con plata, tercero con el rigor del hierro, significando así que todo ello convenía a un rey potentísimo: el hierro, que fue señor de pueblos; el oro y la plata, que recibió el ornato de una y otra república (Roma y Bizancio).» (Jordanes, Getica 49, 254-258).

 

[La voz de Alcalá, 15 al 31 de enero de 2017, año XXV nº 445]

 

JARCHAS. Versión al español moderno por Margit Frenk Alatorre

 

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[Foto: LGV (Alcalá 2014)]

 

   «Desde tiempo atrás se tenían noticias del refinado invento de Mocáddam de Cabra, poeta árabe del siglo IX: había creado la muwáshaha, artificioso poema en árabe clásico, que debía rematar en una estrofa (jaýa) escrita en lenguaje callejero, ya fuera árabe vulgar, ya el romance de los cristianos. Por el mismo contraste de estilos, esa avulgarada estrofilla debía dar al poema su “sal, ámbar y azúcar”.»

   «En 1948 el hebraísta Samuel M. Stern reveló al mundo veinte jarchas escritas en lengua romance, que figuraban en muwáshahas hispano-hebreas de los siglos XI a XIII; la más antigua parece ser anterior al año 1042. Y esas pequeñas estrofas resultaron ser encantadoras cancioncillas de amor puestas en boca de una muchacha: ingenuos lamentos de ausencia, dolorosas súplicas al amado (designado con el arabismo habibi), apasionadas confidencias a la madre y a las hermanas.»

   «Las canciones mozárabes pertenecen al género más característico de la primitiva lírica europea en lengua vulgar: la canción de amor femenina. Son compañeras del Frauenlied alemán, de la chanson de femme francesa, de la cantiga d’amigo gallego-portuguesa, del “cantar de doncella” castellano y catalán.»

   «Recordemos que en los siglos XIII y XIV los trovadores del Occidente hispánico crearon una escuela poética que seguía de cerca los procedimientos, la técnica y el espíritu de la poesía provenzal.»

 [Lírica española de tipo popular, de Margit Frenk Alatorre.

Ediciones Cátedra, S.A.

Madrid 1989]

 

[Jarcha núm. 2]

 

Puesto que sabes adivinar,
y adivinas la verdad,
dime cuando vendrá
mi amigo Isaac.

 

[Jarcha núm. 9]

 

Vase mi corazón de mí.
¡Ay, Dios!, ¿acaso tornará?
Tanto me duele por el amado:
enfermo está, ¿cuándo sanará?

 

[Jarcha núm. 15]

 

Dime, ¿qué haré?,
¿cómo viviré?
A este amado espero,
por él moriré.

 

[Jarcha núm. 16]

 

¿Qué haré o qué será de mí,
amado?
¡No te apartes de mí!

 

[Jarcha núm 18]

 

¡Tanto amar, tanto amar,
amado, tanto amar!
Enfermaron mis ojos brillantes
y duelen tanto.

 

[Jarcha núm. 22]

 

Señor mío Ibrahim, ¡oh dulce nombre!,
vente a mí de noche.
Si no, si no quieres, iréme a ti:
dime dónde encontrarte.

 

[Jarcha núm. 26]

 

¡Piedad, piedad, hermoso! Di,
¿por qué tú quieres, ¡ay Dios!, matarme?

 
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[Foto: LGV (Alcalá 2014)]