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«DOCTOR GLAS» O LAS NOCHES MÁS BLANCAS. De la serie «LIBER BREVIS, VITA LONGA» (Núm. 3 – 2ª Parte). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
edwardHopper-Vidanocturna

Vida nocturna
Edward Hopper
(1882-1967)

 
 
 

En la primera entrega de este artículo nos referimos a las complejidades del protagonista de la novela de Söderberg Doctor Glass (1905), ahora  toca seguir repasando mis apuntes sobre este libro.

   Otro de los asientos que tengo en mi libreta tiene una relación directa con ese «deseo doliente» al que nos referimos. Se trata del sexo, del amor y de la mujer. En lo que respecta a las mujeres, Glas admite que siempre «ha tenido que escoger entre el hambre y la carne podrida». También reconoce que placer y felicidad no van siempre unidos, al contrario; esto es debido a que los hombres buscan el placer «contra su interés, contra sus convicciones y su fe, contra su felicidad». Para él el sexo no era algo prioritario, es más, se indignaba con que «nuestro deseo debe saciarse mediante un órgano que usamos varias veces al día para evacuar impurezas…» Sin embargo la aparición de la mujer del clérigo le  remueve su interior. Eso le lleva  a su lado más «romántico» cuando llegara a decir que «quiero verla, y oír su voz. Quiero tenerla conmigo». Esto le hace recordar un amor de verano de su juventud, o más bien y seamos precisos, su amor de verano. Aquel que tuvo en una Noche de San Juan, en ese eterno día boreal, que es el tiempo de la famosa obra La señorita Julia (1888) de Strindberg. El recuerdo de esa noche, donde se mezclan señores y campesinos y es posible hasta el amor, le provoca una angustia que tiene su lado onírico cuando dice que «un sueño me ha descubierto deseos que yo no quería desear, que no quería reconocer». Releo mis apuntes: los sueños. Freud, lugar común en su época, aparece en varias de sus digresiones. Sobre su «amada» dice: «sabemos tan poco unos de otros. Abrazamos una sombra y amamos un sueño. Además ¿qué se yo de ella?».

   En sus noches blancas, cuando se pone a escribir en su diario, el doctor llega a confesar que «ya no puedo mantener la separación entre el sueño y la vida. La vida se me va volviendo sueño y tal vez nunca ha sido otra cosa». De Freud a Calderón y con ello otro tema que tengo apuntado: la necesidad de la ficción y por tanto la necesidad del arte. Necesitamos la ficción, y una de las más potentes es la de la belleza (a través de la mujer) que es el origen del arte, de la literatura y de la música. Arte y literatura conforman nuestras propias geografías personales y sentimentales. Y es que dice nuestro protagonista «no tengo ojos propios». Vemos, en gran medida, gracias a los artistas: «Ay, que verían mis pobres ojos en el mundo, de no ser por esos cientos o miles de maestros y amigos escogidos entre quienes han escrito y pensado y mirado por los demás.» Desde Homero nuestras vidas ya no son lo mismo, como tampoco desde que conocemos a Cervantes, Flaubert, Stendhal o Baroja, por decir los que me vienen a la mente. El escritor holandés Cees Nooteboom ha escrito que «compadezco a los que no leen; sólo tenemos una vida y la literatura te ayuda a entenderla antes de irte para siempre».

   Esta reflexión nos lleva al papel que juegan los poetas y artistas. Citando a Strindberg (esa sombra literaria que lo cubre) se pregunta si son los poetas los que marcan las leyes de su época. El papel del artista y del intelectual estaba en esos momentos, principios del siglo XX, en un momento cenital. En la novela se cita varias veces el caso Dreyfus, momento inaugural, con el  «Yo acuso» de Zola, del intelectual como faro que guía a las conciencias. Aquí juega un papel esencial otro personaje de la novela: su amigo Markel, el periodista. Éste le dice que su oficio consiste, entre otras cosas, en proteger «al ganado de las dosis de verdad demasiado fuertes». La verdad, otra de mis anotaciones. ¿Es necesaria la verdad? Glas nos responde: «con la verdad ocurre como con el sol. Su valía para nosotros depende de que nos encontremos a la distancia conveniente». La verdad te quema si te acercas, pero como el Sol, la necesitamos para vivir.

   Necesitamos la verdad y las ficciones, pero ¿y la moral y las leyes? Para Glas la ley es «absurda y ninguna persona decente permite que la ley rija sus acciones». Entramos en la parte más «social» de la novela donde advertimos ese fondo decadentista de principios de siglo XX. Para Söderberg moral y leyes son la misma cosa, un instrumento sin valor por sí mismo y  solo expresa «la opinión que tienen las otras gentes lo que es justo». Frente a esa «mores», a esas costumbres, se enfrenta el individuo que se encuentra «en constante estado de guerra» ( lo que llamaba Baroja «la lucha por la vida»). Para el autor la moral no debe ser «divinizada», sino «utilizada». Resabios nietzscheanos aparecen ahora con claridad y un regusto a Crimen y castigo (1866) que impregna la parte central de la novela. Esta crítica de la moral imperante (frente a una ética personal) le sirve para criticar a la religión, entendida como moral, representada por el personaje del clérigo Gregorius. Pintado como un ser repugnante que mató la fe en Dios en su mujer. Un personaje que podríamos visualizar todos en el del clérigo de la película Fanny y Alexander (1982) de Bergman. Söderberg, utilizando a Glas, critica a la educación religiosa y sus efectos perniciosos en la mujer del clérigo. Ésta le confiesa que «siempre me habían enseñado que la voluntad de Dios consiste siempre en lo más opuesto a nuestra propia voluntad». Las sombras de Anita Ozores y Don Fermín van más allá de Vetusta.

   Reviso mis últimas anotaciones. Queda la parte más polémica y problemática, y que sin embargo hace de esta novela de una actualidad hiriente. Me refiero a cuando trata de la eugenesia y la eutanasia. Söderberg recoge el espíritu de su época entre los intelectuales. En consonancia sus provocadoras visiones de la moral propone incomodarnos. Incluso hoy en día lo logra.En cuanto a la eugenesia el protagonista, que se vale de su experiencia como médico, dice sin contemplaciones que «cada idiota del asilo cuesta más de mantener en un año de lo que gana en un año un obrero joven y sano».  Otra terrible confesión del doctor es que «cuánto material humano inútil y desesperadamente estropeado habré contribuido a conservar ejerciendo mi oficio». Unas afirmaciones, por desgracia, bastante comunes años más tarde en la Alemania nazi y no olvidemos, en otras partes de aquella Europa del Nuevo Orden. Un orden contra el que el autor, paradójicamente, se rebelaría en el final de su vida en la Dinamarca ocupada por los nazis. En lo que respecta a la eutanasia el doctor Glas es un firme partidario del «derecho a morir» y profetiza que:

   «Tendrá que llegar, y llegará, el día en que el derecho a morir se considerará mucho más importante e inalienable que el derecho a introducir una papeleta en una urna electoral. Y cuando haya madurado aquel día, todo enfermo incurable –y también todo «criminal»-tendrá derecho a la ayuda del médico, si desea la liberación.»

   Palabras que hoy dividen a nuestras sociedades autosatisfechas pero a la vez aburridas y en busca de un sentido como era la que vivió Söderberg. ¿Hay compasión en toda esta negrura? La compasión solo la podríamos encontrar en las contradicciones que vive nuestro personaje. Y así dice «cada vez que veo un jorobado, por simpatía me siento también un poco jorobado». Glas temía a los remordimientos. Remordimientos que le asaltan en sus noche blancas cuando escribe en su diario «si alguien huele a muerte cuando está vivo hay que matarle». Como pueden observar es una novela que no deja indiferentes a los lectores del hoy y seguramente del mañana.

 
 
 
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LOS «OTROS». De la serie «RECORTES», Nº 72. Por Pablo Romero Gabella (con pintura de Rafael Luna)

AMAZ[ON]ING. De la serie «RECORTES», Nº 79. Por Pablo Romero Gabell

«DOCTOR GLAS» O LAS NOCHES MÁS BLANCAS. De la serie «LIBER BREVIS, VITA LONGA» (Núm. 3 – 1ª Parte). Por Pablo Romero Gabella
 
 
 

«DOCTOR GLAS» O LAS NOCHES MÁS BLANCAS. De la serie «LIBER BREVIS, VITA LONGA» (Núm. 3 – 1ª Parte). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
Nº-9-Hojas-y-lápices

Hojas y lápices
(de la serie «Aquellos niños del río» para un cuento de Olga Duarte Piña)
Rafael Luna
2005

 
 
 

En ocasiones los errores pueden ser felices y eso pude comprobarlo cuando buscando una obra del dramaturgo sueco August Strinberg (1849-1912) llegué a un compatriota suyo: Hjalmar Söderberg (1869-1941). En concreto, el azar me llevó a su novela corta Doctor Glas (1905) y que me supuso el descubrimiento de una obra maestra celebrada por muchos. La novela no pasa de los 150 páginas en las dos ediciones en español, Seix Barral en 1968 y Alfabia en 2011, ambas con la traducción del poeta Gabriel Ferrater.

   Söderberg fue un escritor y periodista que seguía el camino marcado por Strinberg, considerado un titán de las letras suecas y reconocido, en la Europa de la «Belle Epoque», como fustigador de las «conciencias bienpensantes y excesivamente satisfechas» (Sergio Rodríguez, «Extremo Strinberg, templado Söderberg», Babelia 2 septiembre 2011). Era un claro ejemplo de esa insatisfacción nórdica por la vida  pero que a la vez la celebraba; esto lo une a creadores como Knut Hamsum o  Igmar Bergman. Un año después de escribir la obra que reseñamos se trasladó a Copenhage donde acabó sus días escribiendo artículos periodísticos contra la ocupación nazi. El cine lo hizo más conocido cuando  en 1964 Carl Theodor Dreyer llevó a la pantalla su obra Gertrud (1906). Söderberg también tradujo al sueco las obras de Anatole France y de Guy de Maupassant. Para la escritora canadiense Margaret Atwood, hoy encumbrada por HBO, esta novela (de la cual escribió una magnífica introducción para su edición inglesa en 2002 y que es fácilmente localizable en Internet) es una de las primeras novelas «modernas» que anticipaba a Joyce y que recogía las nuevas ideas de su tiempo: el poder de lo onírico de Freud, el existencialismo de Kierkegaard, la desesperación sublime de Dovstoievsky y el «superhombre» de Nietzsche. Andrés Ibánez ha dejado escrito que es «uno de esos libros que uno lee con un lápiz en la mano para marcar frases y párrafos» («Profundo, misterioso, inolvidable», ABC Cultural 8 septiembre de 2011). En esto último no puedo estar más de acuerdo, ya que este libro es un venero de citas y reflexiones que van más allá del espíritu de «fin du siècle» en el cual fue escrito.

   Repasemos por tanto este «liber brevis» a través de las anotaciones que he ido haciendo en mis lecturas y relecturas. Comencemos con el personaje que da título a la novela: Tyko Gabriel Glas. La elección de su nombre no parece hecha al azar. Según Atwood Tyko se escogió por el astrónomo danés Tycho Brahe, gran estudioso de las estrellas las cuales son mencionadas en varias ocasiones en la novela; Gabriel podría hacer referencia tanto al arcángel de la nueva esperanza de la Anunciación como al aniquilador de Sodoma y Gomorra o incluso al del Juicio Final, con lo que se demostraban las contradicciones del personaje; por último, el apellido Glas se relaciona con el espejo donde continuamente se mira nuestro antihéroe. La acción de la novela transcurre en el corto verano de Estocolmo donde la vida plácida pero aburrida de un doctor con consulta abierta se  verá zarandeada por la aparición de una mujer, la esposa del viejo clérigo Gregorius; ésta lo visita para pedirle algo….que no desvelaré. La esposa es para Glas «una mujer con el corazón rebosante de deseo y de tormento… perfumada de amor, pero ruborizándose avergonzada de que el perfume fuera tan fuerte y perceptible». El comienzo realmente es prometedor y los acontecimientos irán desarrollándose como casi una novela «noir» que me recuerda a la película Perdición (1944) del gran Billy Wilder. Pero volvamos a mis apuntes, estamos con el personaje. Él mismo dice que «no me hago ilusiones sobre mí mismo. Pero no quisiera ser otra persona». Se declara un solitario como un rasgo de su carácter y no tanto como una circunstancia sobrevenida en su vida. Le gusta ser un misántropo rodeado de gente extraña y a la que no le apetece hablar ni muchos menos conocer. Pero la irrupción en su vida de la mujer del clérigo hace que se advierta que dentro de él viven dos «voces interiores». Una le dice que lleva «una vida vacía y miserable y no le encuentro ningún sentido». Es la vida de un «voyeur» que se dedica a observar la vida pasar. Así nos lo dice: «estoy hecho para observar, quiero acomodarme en un palco y mirar cómo en el escenario se matan unos a otros, pero sin tener yo nada que ver con aquella gente. ¡Quiero quedarme al margen, déjame en paz!». Este solitario «voyeur» se relame en sus «orgías de pensamiento» que nos recuerda la famosa sentencia flaubertiana. Sin embargo, hay otra voz más profunda que la mujer ha hecho emerger de su pasado; concretamente de una Noche de San Juan juvenil. El ya anticipado viejo Glas, aunque aún no ha llegado a la cuarentena, se quita su máscara y reconoce que «no soporto ser el único que sabe quién soy, llevar continuamente una máscara ante todo el mundo. Ante una persona tengo que desnudarme, una persona tiene que saber quien soy». ¿Y quién mejor que él mismo? Esa es la razón que le llevará a escribir un diario durante ese verano y que da forma literaria a la novela. Glas vive atrapado en un deseo fáustico que él reconoce como algo universal: «queremos tenerlo todo, queremos serlo todo. Queremos gozar de toda felicidad y ahondar en todo sufrimiento». Una idea muy extendida en nuestros días en que parece que podemos ser (falsamente) «todistas» como se dice en una campaña publicitaria de una aseguradora, nada menos.

   La segunda voz interior hace que Glas se ponga barojiano: «la vida es acción, cuando algo me indigna quiero intervenir». Ya tenemos a un «indignado» Glas que parece que ha encontrado un fin que puede dar sentido a su aburrida vida. Tal como le ocurre al personaje del profesor de filosofía (interpretado por Joaquín Phoenix) en la poco reconocida película de Woody Allen Irrational man (2015). Acción y contemplación, temas tan caros a Baroja que años después en El árbol de la ciencia (1911) se muestran en una magnífico diálogo entre Andrés Hurtado (otro médico como Glas y no creo que sea casualidad) e Iturrioz. Una parte de éste nos ayuda a entender mejor lo que nos quiere decir el autor sueco y por ello lo cito, no sin ser consciente de mi exceso:

   «- La consecuencia a lo que yo iba era ésta, que ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo o la acción limitándose a un círculo pequeño. Es decir, que se puede tener quijotismo contra una anomalía; pero tenerlo contra un regla general es absurdo.

   »-De manera que, según usted, el que quiera hacer algo tiene que restringir su acción justiciera a un medio pequeño.»

   Glas reconoce que todos queremos suscitar en los demás alguna clase de sentimiento si no es amor, ni admiración, ni temor, ni odio al menos conseguir el desprecio. Algo es algo. Todo menos el aburrimiento. Otro tema interesante este del aburrimiento o «ennui» en francés y que es uno de los tópicos de la literatura decimonónica. Y esto se cumple perfectamente en Glas, que reconoce que el «ennui» era algo propio de las clases altas pero que con el crecimiento de la cultura y el bienestar también ha llegado a plebeyos como él mismo. Nuestro personaje siente el aburrimiento no como una rémora, todo lo contrario, lo siente como una energía,  como una acción violenta latente presta a liberarse. Es un estado (como el que ponen algunos en sus «whatssap») de «deseo doliente», un desafío, una aventura que haga desaparecer la monotonía de la vida burguesa. Tomo parte de estas ideas de un libro actual de Daniel Lemes titulado Aburrimiento y capitalismo (Ed. Pre-Textos, Valencia, 2017).

   En la segunda parte de este artículo seguiremos escudriñando las notas de mi libreta.
 
 
 
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LOS «OTROS». De la serie «RECORTES», Nº 72. Por Pablo Romero Gabella (con pintura de Rafael Luna)

AMAZ[ON]ING. De la serie «RECORTES», Nº 79. Por Pablo Romero Gabella
 
 
 

DOS DÍAS DE MARZO [DE 2014]: MUERTE Y TRANSFIGURACIÓN DE LA TRANSICIÓN. Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

ABC (PORTADA parcial 24-02-1981) 2

Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado un 23-F
(Una foto de la portada de ABC del día siguiente)
1981

 
 
 

Marzo de 2014. Durante varios días España, la España postmoderna y democrática, honró la memoria del último Secretario General del Movimiento, o lo que es lo mismo: del partido único del Franquismo, antes llamado Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista (FET y de las JONS), que tenía su origen en el partido fascista Falange Española fundado por José Antonio Primo de Rivera en 1933.

   Con tal genealogía es sumamente significativo que miles de españoles asistieran a la capilla fúnebre instalada en el Congreso de los Diputados para despedir a Adolfo Suárez. Si sólo nos quedáramos con el primer párrafo de este artículo resultaría inconcebible que se honrara en estos días a un fascista. Sin embargo lo que la inmensa mayoría de españoles hicieron no fue eso; honraron al primer presidente de la democracia actual, al hombre que junto a otros (dentro y fuera del Franquismo) desmontó el régimen franquista desde dentro y llevó al país a unas elecciones libres, con partidos políticos libres, amnistía, Cortes Constituyentes y la Constitución de 1978. No fue obra suya en exclusiva aquello que se ha venido a llamar La Transición (1975-1979), pero sí representa uno de sus mitos. Un acontecimiento que, a su vez, vive un proceso de «desmitificación» y de desmontaje por un cada vez más amplio sector de la izquierda y también de parte de la derecha. Un ejemplo de ello lo tenemos en el libro de Ferrán Gallego El mito de la Transición (2008), donde se nos dice que la Transición fue un pacto de elites, donde los franquistas siempre tuvieron el control. Sin embargo, la historia de las colectividades humanas sigue sorprendiéndonos y cuando se daba por muerta a la Transición, la muerte de Suárez ha hecho que el mito reviva. Y es que la España actual necesita algún referente en el que verse representada como colectividad. Obviamente Suárez tuvo sus zonas oscuras, su falta de ideas políticas claras, sus concesiones a unos y a otros. Pero no se honra tanto al hombre sino al mito, que obviamente se apoya en unos hechos objetivos: se pasó políticamente de la dictadura a la democracia y sin mediar una guerra civil. Ya con eso, muchas naciones no han construido sus mitos fundacionales, sino toda una saga tolkeniana: 1776 y 1863 en EEUU (con la esclavitud de fondo), 1789 en Francia (con sus claroscuros de guillotinas y sangre),  1989 en Alemania, etc. El epitafio en la lápida de Suárez resume nuestro mito fundacional: «la concordia fue posible».

 
 
 

DIEGO CAÑAMERO 22M-2014

Diego Cañamero el 22-M en Madrid
(2014)

 
 
 

   Pero en  España todo es siempre algo diferente. Así no nos debiera extrañar que entre esos miles de españoles que asistieron el lunes 23 de marzo [de 2014] a la capilla fúnebre de Suárez, un día antes participaran en la «Marcha de la Dignidad» en ese mismo Madrid. Un evento patrocinado por sindicatos y asociaciones de izquierda  que en su manifiesto expresaban que: «La descomposición del régimen surgido de la Constitución del 78 se hace evidente debido a los mismos elementos presentes en su nacimiento, el cual tuvo lugar en contra del pueblo, está corroído por la corrupción y no tiene ninguna legitimidad». Podrían parecer proféticas estas palabras cuando en aquellas horas estaba en plena agonía Suárez. El 22-M se ponía de manifiesto, nunca mejor dicho, la idea de que la Transición fue hecha «contra el pueblo», que fue una farsa y que es necesaria la ruptura que en 1975 no se produjo. Resulta altamente ilustrativo el discurso que realizó el líder del Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT), Diego Cañamero, al finalizar la marcha. Ante miles de congregados, (rodeado de banderas comunistas, republicanas, anarquistas y de las diferentes regiones), el líder de la Andalucía profunda tuvo su momento de gloria mediática a nivel nacional. Lo que vino a decir fue que era necesaria la lucha contra un Gobierno que traicionaba al pueblo, que era necesario llevarlo ante un Tribunal que lo juzgase y metiera en la cárcel a sus miembros (una especie de Tribunal Revolucionario al estilo jacobino, pero sin guillotina) porque eran los descendientes del franquismo. Y era necesario saldar esa cuenta pendiente que la Transición había evitado y por ello pedía ni más ni menos que un nuevo Frente Popular. Al final apeló al espíritu de Espartaco, el líder de la revuelta de esclavos en la Roma republicana , como modelo de lucha para los «nuevos esclavos» del siglo XXI. Volvamos por un momento a la tan querida, por muchos de los que participaron en dicha marcha, II República. Manuel Azaña, líder de la izquierda burguesa, en un multitudinario mitin en octubre de 1935 afirmaba lo siguiente:

   «Porque la condiciones del sufragio en una democracia cambian legítimamente las posiciones políticas y las orientaciones del Gobierno, y nosotros mismos cuando… estuvimos en el poder… nunca hemos rechazado la eventualidad de [la] posible victoria del espíritu moderado del país [que] hubiese de conquistar un día el Gobierno de la República…»

   No obstante, para que ello fuera lo normal Azaña se refería que era necesario dos condicionantes: que no se «pretendiera aniquilar al bando contrario» y que hubiese un «espíritu de continuidad». Tolerancia y continuidad, palabras que bien podrían haber estado en el epitafio de Adolfo Suárez. Si el 22-M miles de personas daban por muerta la Transición, al día siguiente otros miles la revivían para sorpresa de muchos. Así es España. Por unos días (muchos dirán que es producto del bombardeo de los medios) tolerancia, continuidad y concordia formaron parte de nuestro vocabulario político.

 
 
 

«UNE MANIFESTATION À LA PARISIENNE!»  INDIGNADOS (Y LIBERALES) ALCALAREÑOS EN 1855. Por Pablo Romero Gabella (2012)

 
 
 

La libertad guiando al pueblo
Eugène Delacroix
1798-1863

 
 
 

A mi padre , y a mi hija…
la memoria, a pesar de todo, persiste con el cariño.

 
 
 

«París se acostumbra, muy deprisa a todo –un motín no es más que sólo un motín– y París tiene tantos negocios que no se ocupa de cosa tan pequeña… sólo estos inmensos centros de población, pueden contener en su recinto a un mismo tiempo una guerra civil y una extraña tranquilidad»

Víctor Hugo, Los miserables, 4ª Parte, Libro IX, V (1862)

 
 
 

SIEMPRE NOS QUEDARÁ PARÍS

 

   Se podría decir que la Edad Contemporánea comenzó en la noche del 6 de octubre de 1789 con una multitud de mujeres de los suburbios de París. Éstas que en principio pedían pan para sus hijos,  pasaron  luego a «rescatar» a Luis XVI y María Antonieta  de su refugio real de Versalles  para llevarlos en volandas, en mitad de la noche, al parisino Palacio de las Tullerías. Con ellas llevaban la aceptación regia de los decretos de la Asamblea Nacional Constituyente que abolían el Antiguo Régimen y sus privilegios. Era el punto de partida de la revolución francesa y con ella del ciclo de revoluciones liberales del siglo XIX.

   Desde ese momento hasta nuestros días el derecho a manifestación (o de reunión) es considerado como una expresión de la ciudadanía que superaba la acción de los «rebeldes primitivos» de épocas preindustriales, en palabras del historiador Hobsbawm.  La multitud convertida en cuerpo político también participaría en el juego político mediante la combinación de los derechos de reunión y petición (tal como recogen los artículos 21 y 29 de nuestra vigente Constitución), un juego antes reservado en exclusiva a las élites. Sin embargo la frontera que separaba la manifestación social o política, de la huelga general, de la revolución o del simple motín fue difusa.  Volviendo al inicio de este artículo debemos decir que la aguerridas parisinas de 1789 también portaban picas coronadas y ensangrentadas con las cabezas de los guardias de corps de los reyes.

 
 
 

caricatura de la rev. 1868Caricatura de la revolución de 1868

 
 
 

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
(Y CONSTITUCIONAL)

 

   En el caso de España[1] el primer texto constitucional que reconocía expresamente este derecho fue la Constitución de 1869 (artículo 18) que inauguraba la primera experiencia democrática en nuestro solar patrio. Con anterioridad las autoridades, tanto absolutistas como liberales, se dedicaron a restringir o directamente reprimir cualquier intento de llevar a cabo dicho derecho. Ya en la Cédula Real de 15 de julio de 1805 se hablaba de «proceder contra los que causen bullicios o conmociones populares». Esta idea quedaría plasmada en el Código Penal de 1848 (al mismo tiempo que en París se desarrollaba la revolución liberal-democrática de febrero) y en su modificación de 1850. Con la llegada del Bienio Progresista (1854-1856) tras la «Revolución de julio» de 1854, comenzó el panorama a cambiar con la Real Orden de 19 de julio y el Real Decreto de 29 de agosto, ambas de 1854. Pero solo se referían al período electoral. En el intenso debate parlamentario que antecedió a la redacción de la Constitución «non nata» de 1856 se sentaron las bases constitucionales para el reconocimiento de los derechos de reunión y petición, hoy considerados fundamentales. Sobre todo vino de la mano de los diputados demócratas, tal como establecieron en su Manifiesto de 1849. Aunque finalmente no se llegaría  a incluir dicho derecho en el texto definitivo, el camino quedaba marcado en estos decisivos años.

  En otra ocasión[2] ya tuve la oportunidad de demostrar la importancia del Bienio Progresista en Alcalá para la conformación de los primeros partidos políticos «modernos» en nuestra localidad. Especialmente en el caso del partido progresista, luego demócrata y más tarde republicano federal, que liderado por el alcalde y luego diputado nacional Cabello de la Vega y la familia del escritor José María Gutiérrez de Alba gobernaría la primera Alcalá democrática durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874). A este respecto, estos años fueron decisivos porque, en palabras de la historiadora Carmen Burdiel fueron «una escuela de formación política para sectores muy extendidos de la población al presentar en la esfera política liberal, de forma abierta y masiva, el debate sobre la posibilidad de que la soberanía nacional, y la ruptura con el absolutismo, alcanzase efectivamente, y no sólo retóricamente, al trono» (Isabel II. Una biografía, Madrid, 2010, pág. 247).

 
 
 
carteles-FAFI-1

¡Viva la Constitución!

Cartel de Rafael Luna (1988)

 
 
 

AQUELLOS «HOMBRES DE PROGRESO» DEL 17-E

 

   Y fue en estos dos intensos años de debate político cuando tenemos constancia de la primera gran manifestación política en Alcalá. Gracias al desarrollo en los últimos años de las hemerotecas digitales podemos encontrar esta referencia en publicaciones nacionales como  El Clamor público, La Iberia y La España del 21 y el 23 de enero de 1855 respectivamente. Encontramos  la noticia con más detalle en La Iberia, publicación marcadamente progresista, en la sección «Provincias» que recogía lo publicado en El Porvenir [periódico liberal progresista sevillano] del 18 de enero de 1855. Por su interés lo publicamos íntegramente:

   «En la inmediata villa de Alcalá de Guadaira han ocurrido algunos sucesos…se nos ha asegurado que en la noche del martes [16 enero de 1855] hubo allí una especie de manifestación popular. Ayer [17 de enero] entraron en Sevilla cerca del medio día, un número considerable de vecinos de Alcalá, y formados como un batallón,  en la calle de Zaragoza, dirigiéndose después al gobierno civil [actual Casa de la Provincia en la plaza del Triunfo], cuyas inmediaciones ocuparon. Aquellos ciudadanos aparecían en actitud hostil, pues ninguno llevaba armas; la columna parecía más bien formada á imitación de las que en París y Lóndres [sic] ejercen de ese modo el derecho de petición. Ignoramos á la hora que escribimos, qué pedirían, ni si les sería concedido.»

   Si contrastamos esta información con las investigaciones en base a la documentación de archivo y de otras fuentes periodísticas podemos saber cuál era el motivo de la manifestación: los problemas que existían en esos momentos en la formación de un elemento fundamental de la España liberal: la Milicia Nacional.  Éste era uno de los puntales del ideario progresista que defendían los «hombres de progreso» alcalareños liderados por Cabello de la Vega. Tras la Revolución de 1854, que puso fin a diez años de dominio liberal-moderado marcados por la corrupción, se abría un periodo en que todo era posible, incluso el destronamiento de la reina. La Milicia Nacional, cuerpo cívico-militar local, se convertía en cada pueblo en el garante del orden liberal. Era además el embrión de nuevas formas de sociabilidad política (junto a los cafés, las sociedades patrióticas, las logias masónicas). En palabras de Pérez Galdós era «un organismo militar donde todas las clases sociales habían puesto en ella su magra y su tocino…sólo la Milicia era lo que debía ser»[3]. Quizás un poco idealizada, la Milicia intentaba acoger en su seno a la pujante pequeña y mediana burguesía junto a ciertos sectores populares, principalmente el artesanado. El caso de los jornaleros era un caso aparte porque aunque progresistas, aún pesaba en ellos el prurito burgués de la propiedad, aunque fuera pequeña.

   Volviendo al caso que nos ocupa, en la Alcalá postrevolucionaria el municipio aún seguía en manos del sector moderado que no puso mucho interés en formar una institución que veía claramente escorada hacia el progresismo. Habría que recordar que desde 1844 los sectores «de orden» contaban con un cuerpo policial profesionalizado y estatal que era la Guardia Civil. De esta forma solo se preocuparon de formar un escuadrón de caballería en diciembre de 1854 y no fue hasta diciembre, y bajo la presión de las autoridades provinciales de signo progresista, cuando se decidieron a conformar las compañías «plebeyas» de infantería. El 23 de diciembre se celebraron elecciones para jefes y oficiales por parte de los milicianos. Era éste el elemento más democrático de dicha institución ya que los milicianos eran los que por voto directo elegían a sus mandos. Sin embargo, estas primeras elecciones fueron llevadas a  cabo con un secretismo que provocó la queja de Antonio Rodríguez, síndico regidor, que en esas fechas envío una carta al alcalde moderado denunciando «no haberse dado al público de las operaciones efectuadas para la organización de la Milicia Nacional» con lo cual se conculcaba «una de las excelencias del sistema que afortunadamente nos rige: la publicidad de todos los actos de las corporaciones populares». Todo ello motivaría la movilización del progresismo alcalareño organizando primero una manifestación en el mismo pueblo y luego, tal como dice la noticia, yendo a Sevilla a pedir una organización más «democrática» del proceso.  Adviertan cómo el periódico incide en la organización militar del acto («formados como un batallón») sin que esto conllevara una actitud de masa armada y belicosa, sino todo lo contrario, ocupando los aledaños de un espacio de poder como era el Gobierno Civil. A esto se le une la comparación con lo que ocurría en París, la capital mundial  de todos los movimientos revolucionarios como el cercano de 1848, y en Londres, en una clara referencia al movimiento cartista[4], que aunque en esos momentos estaba en decadencia, partía de una aspiración que seguramente compartían los «indignados» alcalareños: la ampliación del sufragio y por ende de la participación popular en la política. Al parecer la presión surtió efecto y en febrero de 1855 se constituyeron las compañías de infantería[5]. Sin embargo, lo que ocurriría meses después, en la nochebuena de 1855 no fue tan pacífico.

 
 
 

Il Quarto Stato
Giuseppe Pellizza da Volpedo
1868-1907

 
 
 

ENTRE TIROS ANDABA EL JUEGO

 

   En dicha fecha tan señalada se llegaron a enfrentar a tiros las dos compañías de la Milicia que se formaron: la primera de significación conservadora y radicada en el barrio de Santiago y la segunda, progresista localizada en el barrio de San Sebastián. Aunque no hubo víctimas mortales, esto supuso la intervención del ejército , el procesamiento de significados liberales como el escritor Gutiérrez de Alba (condenado a prisión en Ceuta y que huyó a Madrid) y una nueva reorganización de la institución donde fueron depurados los elementos progresistas. La experiencia popular de la Milicia terminó aquí. Meses más tardes el nuevo gobierno «de orden» del general O`Donnel suprimiría definitivamente la Milicia. Prueba de esto fue lo publicado por el periódico rabiosamente reaccionario El Padre Cobos el 5 de enero de 1856: «El año 55 que sale con un motín en Barcelona y el año 56 entra con otro motín en Alcalá de Guadaíra. La era del progreso es un cuerpo de guardia. El año 56 viene á relevar al 55, y le ha dejado la consigna». No obstante la consigna marcada en el progresismo alcalareño no fue otra que profundizar su giro democrático y así vemos como las manifestaciones se convirtieron en un arma política para su heredero, el republicanismo (lease cómo daba cuenta La crónica de Menorca de 5 de julio de 1872 al referirse a una manifestación republicana en Alcalá que congregó a más de dos mil personas).

 
 
 

HOY COMO AYER

 

   No había ya vuelta atrás en el desarrollo del derecho de reunión, aunque no seguiría exento de problemas, de violencias y de demagogias.  Así en el acalorado debate sobre los límites de este derecho en las Cortes Constituyentes del 14 de marzo de 1870 el diputado republicano Soler (compañero de escaño de Cabello de la Vega[6]) expresó lo siguiente: «Esta es la verdad, señores; el pueblo sabe aplaudir cuando se le hace justicia, cuando se obra bien; censura cuando se obra mal…y cuando se le engaña, no es de extrañar que se indigne y alguno grite más de lo que vosotros queréis». A lo que el presidente del Gobierno, el general Prim, respondió «Yo bien sé que estas manifestaciones de la libertad son difíciles para un pueblo que no ha sido nunca libre hasta ahora. Paso por ellas, porque soy liberal, y en ningún modo me irritan…la libertad de mi país no se consolidará hasta que los partidos se acostumbren á practicar la libertad con decoro, con mesura, con dignidad, y siempre sin lastimar los derechos de los demás».

   Un debate que como puede comprobar el querido lector navideño del año 2012 sigue abierto y vigente. Y es que como dijo en el mencionado debate el Ministro de Gobernación, el demócrata de viejo cuño Nicolás María Rivero, «es condición de los pueblos libres no vivir sometidos á cierta monotonía de existencia, ni a cierta regularidad».

 
 
 

[1] Véase J.L. López González, El Derecho de reunión y manifestación en el ordenamiento constitucional español, Madrid, 1995.

[2] Pablo Romero Gabella, «La milicia nacional en Alcalá de Guadaíra durante el bienio progresista», Actas VI Jornadas de Historia de Alcalá de Guadaíra, 2000, pág. 115-126.

[3] B. Pérez Galdós, Siete de julio (Episodios Nacionales), capítulo IX (1876).

[4] Movimiento que nació partir de la famosa «Carta al Parlamento» presentada en 1839 y que pedía el sufragio universal y otras mejoras socio-laborales en el albor de la Revolución Industrial.

[5] Sobre la Milicia Nacional en este período también hemos escrito en Escaparate (Navidad, 2004): «Un aspecto desconocido de la Alcalá liberal: la extraña expedición a Gandul de Gutiérrez de Alba y sus milicianos». A este respecto las dudas sobre a qué fueron a Gandul me fueron aclaradas por Francisco José López al señalarme que por aquellas fechas el Marqués de Gandul era un importante miembro del carlismo, que en aquellas fechas volvió a levantar la bandera insurreccional en el norte de España.

[6] Véase mi artículo de Escaparate (Navidad 2006) «Pido la palabra. Los discursos parlamentarios del alcalde republicano Cabello de la Vega (1869-1872)» . Una de las últimas semblanzas de este importante personaje histórico alcalareño se la debemos a Javier Jiménez también en Escaparate (Feria 2012)

 
 
 

LA CÁRCEL QUE PISÓ CERVANTES. Por Pablo Romero Gabella (2015)

 
 
 

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Don Quijote
Aurelio Teno
Córdoba
1999

 
 
 

Conferencia dada en las jornadas celebradas en el IES Cristóbal de Monroy de Alcalá de Guadaira
con motivo del IV Centenario de la publicación de la Segunda Parte de El Quijote.

(Abril-Mayo de 2015)

 
 
 

NOTA PRELIMINAR

 

El tema de esta conferencia proviene de un trabajo de fin de carrera en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, allá por el año 1996, titulado «Pecado, marginalidad y delincuencia en la Sevilla barroca. El Padre León y Sevilla (1578-1616)». Este trabajo se basaba en el estudio de la obra del jesuita jerezano Padre León, que ejerció como Confesor en la Real Cárcel de Sevilla justamente en el periodo que Cervantes estuvo allí preso.  Además el autor ha analizado diversas obras de la literatura picaresca de la época y de la obra del abogado sevillano Cristóbal de Chaves titulada «Relación de la cárcel de Sevilla», que también escribió en esta época, y que complementa, desde una visión mundana, la visión que el religioso tenía de la cárcel sevillana.

 
 
 

   Miguel de Cervantes no solo fue escritor, fue también soldado, recaudador de impuestos, pícaro, aventurero y preso, tanto en Árgel con los berberiscos, como en España. Fue, por tanto, un personaje histórico polifacético, como la época que le tocó vivir: el final del Renacimiento.

   Aquí me centraré en su etapa como preso en Sevilla. Cervantes estuvo en la cárcel 4 veces en los años 1592, 1597 y 1602. Los motivos fueron en su mayoría económicos, ya que, al parecer, sustrajo caudales públicos cuando ejercía el oficio de recaudador de impuestos del rey. Para algún erudito de la obra cervantina, Cervantes comenzó El Quijote en la cárcel de Sevilla basándose en lo que el autor escribió en el prólogo de la primera parte:

   «Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?»

   Actualmente muy pocos especialistas siguen manteniendo esta idea. Aún así, creo que algo de su experiencia carcelaria quedaría reflejado en El Quijote, lo veremos al final…

   Veamos cómo fue la Cárcel de Sevilla que pisó Cervantes, y qué personajes encontraría allí.  De seguro que esta experiencia le serviría para sus ficciones, porque la Real Cárcel de Sevilla más pareciere una ficción que una realidad.

   En la novela picaresca Guzmán de Alfarache del sevillano Mateo Alemán se describía de esta forma la cárcel de Sevilla:

   «paradero de necios, escarmiento forzoso, arrepentimiento tardo, prueba de amigos, venganza de enemigos, república confusa, enfermedad breve, muerte larga, puerto de suspiros, valle de lágrimas, casa de locos».

   La fama, la mala fama, de la Cárcel sevillana tendría eco en la mismísima Santa Teresa de Jesús, que en una carta fechada en 1576 a la Madre María Bautista definía a la cárcel como «el infierno». El propio Cervantes, más mundano, la llamaría la «Universidad de los pícaros».

   Las cárceles del Antiguo Régimen no eran como las actuales, ni en su forma ni en su fondo. En absoluto se consideraban una institución rehabilitadora en beneficio de la sociedad, como actualmente dicen las leyes. No, en aquellos tiempos la cárcel era un lugar de tránsito, de espera a los castigos que debían dictar los jueces del Rey: la muerte, el desmembramiento, el destierro, los azotes, etc…

 
 
 

CERVANTES-Y-ALCALÁ-2

D. Quijote
[Foto: ODP Alcalá de Guadaíra 2009]

 
 
 

   El edificio de la Real Cárcel de Sevilla actualmente no existe. Sólo una placa en la sede de La Caixa en la calle Sierpes, que era el solar que ocupaba, hasta aproximadamente la plaza del Salvador. La construcción era de origen medieval (siglo XIII) y a principios del siglo XV estaba en ruinas, siendo reconstruida a costa de la noble sevillana doña Guiomar Manuel. En 1563 el alcalde Don Francisco Chacón decide remozarla y ampliarla (en base a unos terrenos aledaños propiedad de la Iglesia). Comenzaron las obras sin permiso de ésta y el alcalde acabó siendo excomulgado por el Papa. Al final se llegaría a un acuerdo y en 1569 fue reconstruida por el arquitecto Hernán Ruiz II (importante artista renacentista al cual debemos el remate de la Giralda). Sin embargo murió a los pocos meses y las obras las terminó el italiano Benvenuto Tortello.

   Su ubicación en el centro de la ciudad (al lado del Ayuntamiento, de la Real Audiencia y de la Catedral) es decir de los poderes mundanos y sagrados, tenía por objeto hacer ver el poder real y simbólico de la Corona, que castiga inmisericorde a los que subvierten las normas. Esto lo podernos observar en la puerta de entrada, donde las Armas Reales y el escudo de la ciudad están bajo la gran figura alegórica de la Justicia acompañada por las de la Fortaleza y la Templanza, virtudes ambas de todo buen gobernante.

 
 
 

d. quijote de mairena

Cervantes
Gavira
Mairena del Alcor
1961
[Foto ODP, 2009]

 
 
 

   Cuando Cervantes fue uno de sus inquilinos, su número nunca bajaba de 1000 presos, la mayoría por deudas, robos y estafas. La Cárcel vivía su momento de esplendor. Nada extraño porque Sevilla era por entonces, gracias a ser el único puerto hacia las Indias, una ciudad rica y opulenta, imán de pícaros y ladrones, tales como Cervantes los describió en su conocida obra Rinconete y Cortadillo.

   La cárcel era un edificio de tres plantas construido de sillares en su zócalo y toda la portada, siendo el resto de sus muros de ladrillo.

   Tenía dos puertas, la de entrada (conocida como la de «oro») y la que daba propiamente a los corredores de las celdas (o de «plata»). Por lo que respecta a las puertas, todas eran de hierro, ya que las primitivas de madera eran vulnerables a los golpes y a los incendios que provocaban los presos para intentar huir.

   Nada más entrar nos encontraríamos con un pasillo que nos llevaba al patio central, que era el que organizaba los calabozos y al lado, las estancias del escribano y la cárcel de mujeres. Estaba esta dependencia incomunicada de la de los hombres, excepto por una verja que daba al patio de los hombres, por donde se lanzaban piropos, coplillas y blasfemias. Tal jaleo provocaban las reclusas que (tal como describe Juan de Mal-Lara) el rey Felipe II, de visita en Sevilla en 1570, hizo detener a su cortejo a su paso por la cárcel por el griterío de las presas que le pedían misericordia.

   El patio era el centro del edificio, en torno a él se encontraban los calabozos. Contaba con una fuente, abastecida por el agua de Alcalá que llegaba a Sevilla a través de los Caños de Carmona (nombre debido a la puerta de Sevilla por donde entraba, y no por  el origen del líquido elemento).

   En el patio existían cuatro tabernas y una tienda de frutas y aceite, que estaban arrendadas por particulares al alcaide (o director de la cárcel) que no era otro que el Duque de Alcalá, Don Fernando Enríquez, que había comprado en 1589 el cargo a la Corona.

   Al fondo del patio (que daba la calle Sierpes) se encontraba la capilla.

   Alrededor del patio existían 15 calabozos comunes. Estos se arrendaban (todo costaba dinero en la cárcel como podréis comprobar) a razón de 15 reales mensuales. Esto sólo lo podían disfrutar los presos con mayores caudales, el resto (unos 400) se hacinaban en los calabozos restantes que dividían interiormente con viejas mantas sujetas por cordeles; a estas divisiones se les llamaban «ranchos». En el mismo patio los presos más peligrosos y conflictivos, los llamados «matantes», «delitos» y «malas lenguas» eran recluidos en la Cámara de Hierro, una especie de celda de aislamiento.

   Sobre la planta baja había un entresuelo, del cual sólo conocemos los nombres de los ranchos, unos nombres tan poco edificantes como «pestilencia», «miserable», «lima sorda», «Ginebra» y un aposentillo llamado «Casa Meca».

 
 
 
d. quijote de mairena 2

D. Quijote y Rocinante contra un molino de viento
y junto a ellos Sancho y su asno

(Mairena del Alcor)
[Foto ODP, 2009]

 
 
 
   En el primer piso o Galería Vieja se hospedaban los presos distinguidos o nobles, que tenían habitaciones que daban a dos calles.

   En el segundo piso o Galería Alta o Nueva, además de calabozos para gente bien, tenía su habitación el alcaide, estancia en la cual también podían alojarse los presos nobles, podemos decir que era la zona «Vip». Sobre dicha estancia había una azotea para que el alcaide y sus invitados pudieran disfrutar de las procesiones y las fiestas de «toros y cañas» (precedente de la corridas de toros) que se celebraban en la cercana Plaza de San Francisco.

   Por último, en el segundo piso estaba la enfermería atendida por un enfermero o barbero, pero que también servía de almacén y confesionario.

   En lo que respecta a la higiene podemos decir que el hacinamiento y la multitud de recovecos hacía que imperase la suciedad y la inmundicia. Ya en el exterior, el recinto estaba rodeado de basuras y estiércol procedente de las innumerables caballerías.

   Dentro de la cárcel existía una inmensa letrina o «servidumbre», a la sazón una gran alberca profunda, donde cada 4 meses se retiraban los desechos. Es impensable imaginar el olor insalubre y nauseabundo de este inmenso retrete, que necesitaba para limpiarlo más de cien bestias.

   Cuenta el abogado Cristóbal de Chaves que esta letrina servía de refugio de los que huían de la pena de azotes, al huir «se meten en la inmundicia hasta la garganta» y atacaban a sus perseguidores tirándoles «pelladas de aquel sucio barro».

   Era frecuente que entraran en la cárcel las mujeres de los presos en la noche, como también las queridas, amantes y prostitutas. El ya mencionado abogado Chaves decía que «suelen dormir de noche en la cárcel ciento y más de mujeres».

   Cuenta el caso de un preso que enamoró a una mujer casada que pasaba todos los días por la puerta de la cárcel. Se citaban en la misma cárcel, más concretamente en su mismo «rancho», al calor del mísero catre. Ella, mujer de recursos, se hacía acompañar de criada y escudero que encubrían en su aventura al llevarla a una cercana iglesia a cambiarse de ropa y ponerse otras de inferior categoría para así entrar en la cárcel. Este curioso romance duró hasta que un funcionario de la prisión los halló en el ejercicio de su pasión.

   Además de amantes, solían entrar en la cárcel prófugos de la justicia. Uno de ellos, al ser descubierto por el confesor, el jesuita jerezano Pedro León, le dijo con gracia: «pues,  dígame padre, por su vida, ¿en qué seso cabe que se había de venir a buscar a la cárcel?»

   Y a todo esto ¿qué tipo de presos pudo conocer Cervantes? Intentemos hacer una clasificación:

  • Los aristócratas: los bastoneros y porteros: Estos presos eran a la vez reclusos  y guardianes a sueldo del alcaide. Sabemos de uno de ellos, un morisco que era portero de la puerta de plata  y que además vendía de tapadillo calzas y otros tejidos, y llegó a amasar una pequeña fortuna de 1.300 escudos de plata.

  • Los confidentes o «porquerones»: Disfrutaban, como los anteriores, de mayor libertad y poder. Por diez o doce reales dejaban huir a los presos que podía pagárselo. Todo tenía un precio en la cárcel, también la libertad.

  • Los presos novatos: Eran el blanco perfecto de las mofas, robos y abusos por parte de los «presos viejos». Éstos por el módico precio de dos o tres ducados intercedían ante los bastoneros y porteros para que no sufrieran malos tratos o abusos.

  • Los presos más peligrosos, llamados «valentones», «guzmanes» o «jácaros».  Eran los jefes de las bandas de delincuentes, tipos bragados en pendencias y peleas y que se vanagloriaban en sus «hazañas» tales como asesinatos y demás crímenes. Solían llevar calzas y jubón acuchillado como los soldados de los tercios y tatuado en su mano o en el brazo un corazón. Como vemos las modas carcelarias no han cambiado tanto.

  • Los pícaros y los ingeniosos: Tal era el caso de un falsificador vizcaíno que aún dentro de la cárcel seguía falsificando firmas y suplantando a negociantes en sus negocios con Flandes e Italia. También se conoce el caso de un falso inquisidor, de falsos curas y de incluso poetas que escribían cartas de amor a los presos y que además las decoraban con dibujos, como si fueran comics. Una de estas cartas se la escribieron a un galeote llamado Juan Molina para su amada Ana, en realidad una prostituta, y se decía en ella «Las saetas de Ana son/Y de Juan el corazón». También existían una pléyade de falsos abogados que salían y entraban de la cárcel para asesorar legalmente a los detenidos. En muchas ocasiones eran estos mismos picapleitos los que llevaban a sus futuros clientes a la cárcel para así luego autonombrase sus defensores.

  • Los presos homosexuales. En Castilla la homosexualidad o «pecado nefando», al contrario que en Aragón, no era la Inquisición la que se encargaba de reprimirla sino la justicia del Rey. Estos presos eran marginados por sus compañeros y en muchas ocasiones maltratados o directamente asesinados.

  • Los galeotes, así se conocían a los condenados a servir en las galeras del Rey. En la Cárcel Real esperaban ser trasladados al puerto de Bonanza en Sanlúcar de Barrameda, donde radicaba la Armada o encerrados en el invierno cuando las galeras remontaban el Guadalquivir en invierno para aprovisionarse. Muchos de estos (los llamados «potrosos») para librarse de ir a las galeras se aplicaban cierta hierba en sus partes pudendas con lo cual se producían tal hinchazón que los incapacitaba para el servicio. Eso sí eran castigados con la pena de azotes o el destierro.

   Por todo ello, no era de extrañar que Cervantes en el capitulo XXII de la I Parte del Quijote, hiciera que su héroe manchego libertara a un grupo de presos. De tal forma decía el ingenioso hidalgo:

   «De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquél tuvo en el tormento, la falta de dineros d’éste, el poco favor del otro y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria de manera que me está diciendo, persuadiendo y aun forzando que muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en él la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal, quiero rogar a estos señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz, que no faltarán otros que sirvan al rey en mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas –añadió don Quijote–, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hagáis, esta lanza y esta espada, con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.»

 
 
 

Retrato atribuido a Juan de Jáuregui (c. 1600).

Retrato atribuido a Juan de Jáuregui

(1600)

 
 
 
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DON MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA EN LA REVISTA «CARMINA»

400 ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE CERVANTES, 2016. Antonio Luis Albás

CONOCER MADRID ES CAPITAL 2: CERVANTES, TAUROMAQUIA Y JAMONERÍAS. Fotografía de Manuel Verpi

CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA. Por Rafael Rodríguez González (Septiembre de 2009)

EN UN LUGAR DE LA MANCHA. De la serie «RECORTES», Nº 76. Por Pablo Romero Gabella (con pintura de Rafael Luna)
 
 
 

Epílogo. PICASSO O LA MIRADA DE POLIFEMO. Vicente Núñez. Antonio Luis Albás (2018)


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PICASSO O LA MIRADA DE POLIFEMO

 

Je ne crois pas avoir employé des éléments
radicalement differents dans mes différents
manièrs.

Pablo Picasso.

.

Indiferente y no obstante inmerso en los avatares de la contemplación y de la captación, su enorme ojo de cíclope hirsuto lo ha triturado todo a fuerza de reconstruirlo con materiales de cualquier procedencia, pero siempre rumiados y roídos desde todas las animalias y todas las metamorfosis. Los centauros y el yeso, el grafito y el raso eran de igual carne en sus manos de pezuña chamuscada por las proximidades de lo demoníaco. Lo cegador en él se transmutaba en la evidencia misma del mundo, al modo de fulminantes batidas que aspiraran, como quijadas de bucráneos, a revestirse del hueso esencial de lo caínico, de la venosa hebra donde Velázquez y Goya ya habían depositado la desolación de los colores yuxtapuestos a las tramas del saco, previas al asalto pictórico. Colores trepanados de sus vainas, colores como sangres vertidas en la ceremonia de un duelo cruento con la dócil piara de lo cotidiano. La belleza no existe si no es trágica como el vientre destripado de un buitre. Los mitos sólo pueden consumarse desde el pellejo sumiso y graso de los sacrificios.

.

Cuando la propia insulsez de los acontecimientos irrelevantes se interpone a las inapelables urgencias del arte, las uñas se afilan y reflexionan desde su arañazo innato, hasta que ahondan en las llamas satánicas de los cipreses y los girasoles, o hasta vaciarse íntegras como artesas en el azul diabólico de las maternidades y los arlequines de papel y de trapo. Todas las linealidades se han disuelto ya en un hervor circular y hermético. Hierve el mundo en una maceración macabra, y pintar consistiría entonces en una faena devastadora desde la suculenta caldera de las salsas y los barnices, trinchando y trufando a destajo la materia con una maestría de taxidermia. Delicada, hendidamente, con el bisturí cerebral e infalible de la caligrafía picassiana.

 

La realidad es constitutivamente amorfa porque jamás podrá ser convenida o negociada, pero la mirada pictórica sí organiza el caos y cataloga la fealdad en el orden nuevo de belleza intrínsecas. Les demoiselles d´Avignon (1907), y sus múltiples variantes en los bocetos precursores, son el resultado de una jerarquía implacable de la mirada aterrada y dispersa en los episodios rutinarios de la retina convencional, que se constituye desde los rechazos y los tanteos, que se preforma desde la inquietud que la hace evidente, anticipándose al arte negro y a las, en el momento, exigencias estimativas del Petit Palais y de la Galería Seligman.

 

Pero, de otra parte, una renovación radical del dibujo y las masas necesariamente se entrecruzaría con las estimaciones del deterioro mágico acaecido en las piezas de las artes arcaicas, mordidas como monedas por el transcurso de los siglos en una secreta y votiva alianza con la naturaleza, que las vomita luego rehechas en toda su terrible endeblez de esqueléticos amuletos, semejantes a la caterva inagotable del Cerro de los Santos. Son, pues, dos miradas de una sola ojeada, dos procesos convergentes que unifican la teoría animista de Jung sobre los azules del artista y la rasa visión pragmática de Geltrude Stein sobre el mirar picassiano: “sólo lo visto es conocimiento”.

 

Hasta tal punto ese brutal proceso de constante síntesis evolutiva se hace perverso que el Guernica no es más que una interiorización panorámica de todas las obsesiones de Picasso, un autorretrato estilístico donde las voracidades y las fauces del artista exhiben y atacan en la secuencia de un desplome total cualquier alternativa transcendente de realidad ya definitivamente a espadas del color y la carne. El destino paralelo de las minotauromaquias y las damas torturadas por la deformación de sus órganos descoyuntados, sacude de polifemia sádica el universo femenino del genio malacitano, que al fin se acepta a sí mismo como caverna de la ceguera y como calidoscopio de la lucidez.

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V.N. Fundación Pablo Ruiz Picasso;
Casa Natal, 30 de Abril de 1991, Málaga.

14.VII.2018. Octavo y Último Encierro de San Fermín. Antonio Luis Albás.

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Minotauro bebiendo con Escultor y Musas, 1930. Pablo Ruíz Picasso.

13.VII.2018. Séptimo Encierro de San Fermín. Antonio Luis Albás.

Picasso5

Estudio, 1930. Pablo Ruíz Picasso.

12.VII.2018. Sexto Encierro de San Fermín. Antonio Luis Albás.

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Helios y los Toros Solares: Caída de Faetón con el Carro del Sol (1931), 1930. Pablo Ruíz Picasso.

11.VII.2018. Quinto Encierro de San Fermín. Antonio Luis Albás.

Scan_0004 (5)

Cuatro Mujeres en Vuelo. Les Métamorphoses (1931), 1931. Pablo Ruíz Picasso.