UN PULSO A ESPAÑA (SILVELA, MALLADA, MAEZTU Y AZAÑA). De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (V). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

Francisco Silvela y de Le Vielleuze 
(1845-1905)

 
 
 

Siete de enero del año 2020. La interinidad política española ha terminado y con ella estos Apuntes. El sanchismo deja de ser interinidad para pasar a un estadio superior: Gobierno de coalición  PSOE-Unidas Podemos, pero con la espada damocliana que empuña el independentismo vasco-catalán. En este contexto de transfiguración del Monte Tabor por parte del sanchismo progresista-redentor, apareció en el ABC de Sevilla un artículo del Catedrático emérito de Literatura española Rogelio Reyes titulado «Una lección de Historia: el pulso del país» (5 de enero de 2020). En él se refiere al famoso artículo titulado «España sin pulso» escrito por el político conservador Francisco Silvela en el periódico El Tiempo el 16 de agosto de 1898; a esta referencia histórica une la literaria representada por El árbol de la ciencia de Pío Baroja, a la que dedica más atención y de la que extrae varias citas muy pertinentes. Esta es la excusa que me hace volver al texto original de Silvela, al que ya hemos citado en un anterior Apunte histórico[1], para extraer de este texto de un tiempo pasado analogías con el nuestro.

   Francisco Silvela y de Le Vielleuze (1845-1905) fue un político liberal conservador que fue dos veces, por breve tiempo, Presidente del Consejo de Ministros durante la Regencia de María Cristina y los primeros años del reinado de Alfonso XIII.  También sería varias veces ministro de varias carteras, como era común en aquellos años. Le tocó vivir un tiempo muy convulso de nuestra historia marcado por el Desastre del 98, cuyas consecuencias políticas sobrellevó como heredero de Cánovas del Castillo, asesinado por un anarquista en 1897. Aunque político, era también un hombre de ideas, un intelectual podríamos decir, que intentó, a su manera, regenerar el sistema de la Restauración desde dentro. Obviamente fracasó en su empeño y esto le hizo abandonar tempranamente la política en 1903 cuando tenía 48 años. Un hito en su preocupación regeneracionista fue el citado artículo, escrito cuatro días después de la firma del armisticio entre España y EEUU que ponía fin a la Segunda Guerra de Cuba (1895-1898). Silvela escribía bajo la decepción de la derrota y a la vez bajo el estupor de la indiferencia del pueblo español.

   Comenzaba su artículo con una cita bíblica, en concreto el Salmo IV de Isaías: «Varones Ilustres, ¿hasta cuándo seréis de corazón duro? ¿Por qué amáis la vanidad y vais tras la mentira?». El autor continúa con su deseo: «quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada».

   Ante las mentiras del Gobierno de Sagasta y con la anuencia de ambos partidos dinásticos (no fue el caso del PSOE y del republicanismo pimargallista) se fue a una guerra que se sabía perdida y que sólo la sufrieron, hermanados en la desgracia, los hijos de las clases populares y los militares con honra. El resto del país seguía a lo suyo, a sus verbenas, a sus corridas de toros, a sus bares, a su terruño. Mientras, la anomia del pueblo hacía que la mentira gubernamental campara a sus anchas. Ante eso se rebelaba Silvela:

   «Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimentos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla»

   Las consecuencias, para Silvela, de esta indiferencia del pueblo ante lo que se cocía en las altas instancias era grave:

   «El efecto inevitable del menosprecio de un país respecto de su Poder central es el mismo que en todos los cuerpos vivos produce la anemia y la decadencia cerebral: primero, la atonía, y después, la disgregación y la muerte (…) la misma corrupción y endeblez del avance de las extremidades a los organismos más nobles y preciosos del tronco, y ello vendrá sin remedio si no se reconstituye y dignifica la acción del Estado».

 
 
 

Lucas Mallada y Pueyo
(1841-1921)

 
 
 

   La analogía con la enfermedad es un tema recurrente en la literatura del 98; España como un cuerpo enfermo que no quiere o que no sabe curarse y que marcha a su degeneración o a su muerte como nación. Años antes, en 1890, esta idea la expuso el ingeniero de caminos Lucas Mallada (1841-1921) en su obra Los males de la patria y la futura revolución española.

   Mallada, de ideas republicanas  al igual que su paisano Joaquín Costa, se refería casi en los mismos términos que el político monárquico. Así, hablaba de la “masa inerte” que formaba el conjunto de la sociedad española que se dejaba manejar por los chalaneos de políticos indignos:

   «¿No podemos afirmar, que puede estar seguro el país que los políticos españoles han perdido completamente el buen sentido, el sano juicio y la conciencia de la dignidad y del decoro que sus cargos les imponen? ¿Se divertirían de esa manera en un país más inteligente y más enérgico?»

   Mallada observaba que la política española había degenerado de tal manera que los políticos cambiaban sin pudor ni vergüenza sus convicciones, solo buscando el cargo y sus prebendas. De tal forma decía que:

   «(…) en política a nadie se llama traidor, pues generalmente más traidor sería quien se lo llamase, y de ningún modo maravillan ni sorprenden los equilibrios de titiritero de muchos personajes políticos (…) Muy decadente debe encontrarse un país que concede respetabilidad y decoro a tales hombres, que mal pueden encubrir tanta vanidad y tanta codicia con la gasa sutil y transparente de tantas veleidades».[2]

   Esta situación casa con la que años después expresaría Silvela, que al final de su artículo lanzaba su advertencia para el futuro:

   «Si pronto no se cambia radicalmente de rumbo, el riesgo es infinitamente mayor, por lo mismo que es más hondo y de remedio imposible, si se acude tarde; el riesgo es el total quebranto de los vínculos nacionales y la condenación por nosotros mismos de nuestro destino como pueblo europeo…»

 
 
 

Ramiro de Maeztu y Whitney
(1874-1936)

 
 
 

   Algunos le llamarían seguramente apocalíptico o antipatriota, pero la advertencia era clara, había que fortalecer los vínculos nacionales, hacer posible que gobernantes y gobernados aceptaran la realidad y partiendo de ella intentaran reorientar la situación de la nación.  Pero en el 98 y en la actualidad esta idea se veía lastrada por la fuerza de las banderías políticas, por la aceptación borreguil de los dictados de los respectivos jefes de las mesnadas. En ese mismo año en el que Silvela escribía lo anteriormente expuesto, otro intelectual, Ramiro de Maeztu (1875-1936) hacía referencia a este punto: al partidismo irracional pero que era buscado interesadamente por las élites políticas[3]. Para él, tras el Desastre del 98 :

   «Aquí y allá álzanse grandes grupos de gentes que levantan los puntos y se miran con aire sombrío. Los de la izquierda exclaman: “¡Esos oscurantistas!»; replican los de la derecha: “¡Esos liberales!»

   Es interesante resaltar la paradoja española de  que dentro de la general indiferencia de la sociedad haya grupos ideologizados que se acusan mutuamente de ser los causantes de los males de la nación (o naciones). Esto ocurría entonces, en el 98, y ocurre, por desgracia, en nuestros días. Aunque los epítetos cambien la esencia es la misma.

   Pero Maeztu no pierde la esperanza y afirmaba que había «un grupo diminuto, entre la multitud que vocifera, tiende las manos en símbolo de paz y dice con su actitud:

«No es hora de disputas, sino de dolorosa contrición. ¡Paz para todos! Pensemos, estudiemos, trabajemos unidos y constantes. Ésa es la redención…»

   Y Maeztu se pregunta:

«¿Se impondrá este grupo diminuto a la multitud exasperada? Si triunfan fatalmente en la historia los principios de vida sobre los de la muerte, la victoria de esos pocos no es dudosa».

 
 
 

Manuel Azaña Díaz
(1880-1940)

 
 
 

   Hoy, en enero de 2020, cuando acaba una interinidad política y comienza algo nuevo, más que nunca quiero creer en que al final, desmontadas y demostradas las mentiras de unos y de otros, podamos decir lo mismo que Manuel Azaña (por cierto citado en el último debate de la investidura de Sánchez) expresó en Barcelona el 18 de julio de 1938:

   «A pesar de cuanto se hace para destruirla, España subsiste. España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego. Donde haya un pensamiento español, que se angustia pensando en el país, allí hay una voluntad que entra en cuenta.»[4]

 
 
 [1] http://revistacarmina.es/?p=41773

[2] El subrayado es mío.

[3] El sí a la vida en España y Europa, Madrid, 1959.

[4] El subrayado vuelve a ser mío.

 
 
 

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