LA TRAMPA ESLOVENA: LOS DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL SECESIONISMO CATALÁN

 
 
 

Estación Central desde el Hotel Beograd
(Foto: LGV Belgrado 1988)

 
 
 

SABIDO, CONOCIDO, PRESENTIDO

 
 
 

Escribió el filósofo alemán F.W.J. Schelling que «lo pasado es sabido, lo presente conocido, lo futuro es presentido». Para el mundo del separatismo catalán, comenzando por el presidente de la Generalidad de Cataluña Joaquim Torra, estos conceptos no parecen estar del todo claros. Presienten algo que creen saber y que apenas conocen. Me estoy refiriendo al modelo que han decidido seguir para lograr la tierra prometida de la independencia, y que no es otro que el modelo esloveno.

   Actualmente  Eslovenia es una pequeña república con apenas 2 millones de habitantes y que desde 2004 pertenece a la UE.  En las guías de viaje se nos la presenta como un país de montañas y valles, apacible, próspero y moderno. Una especie de principado de Zenda que no parece compartir la sangrienta historia de sus antiguos compatriotas yugoslavos de Serbia, Croacia y Bosnia. Sin embargo, Eslovenia fue la primera república de Yugoslavia en independizarse en el verano de 1991 tras una breve guerra de diez días con el Ejército yugoslavo donde murieron menos de 70 personas (44 soldados yugoeslavos y 18 milicianos eslovenos). Si la comparamos con las posteriores guerras de Croacia, Bosnia y Kosovo (1991-1999), donde murieron más de 200.000 personas y donde volvió el horror del genocidio, esta guerrita (que en su época se le llamó «Vídeo Wargame») parece insignificante. Sin embargo, lo que muchos no saben, más allá de ciertos círculos académicos, es su importancia en el desencadenamiento de la brutal destrucción de Yugoslavia. Generalmente se cita como al agente desencadenador dicha destrucción al agresivo nacionalismo serbio de Milosevic (seguido del croata), pero lo que no se conoce es que igual papel jugaría el nacionalismo esloveno. Pocos autores lo han señalado y entre ellos destaca Francisco Veiga, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que tiene una obra fundamental: La trampa balcánica (Ed. Grijalbo, Barcelona ,2001). En este sentido la analista política Mira Milosevic ha escrito recientemente que «la propuesta eslovena de Torra es un punto sin retorno en la táctica de los separatistas…una llamada a la destrucción del Estado» («El síndrome esloveno de Quim Torra», El Mundo, 12 diciembre de 2018).

 
 
 

Joven yugoslava en el compartimento del tren
[Foto: LGV Yugoslavia 1988]

 
 
 

CARCOMA EN EL MODELO YUGOESLAVO DE TITO

 
 
 

Eslovenia era la república más homogénea étnicamente y más desarrollada económicamente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Nacida en 1945 tras la victoria de los partisanos comunistas en la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia fue una mixtura entre el bloque occidental y el bloque soviético. Bajo el férreo control de su creador e indiscutible líder, el comunista croata Josef Broz Tito, fue inspiradora del grupo de los países no alineados. Su particular sistema de autogestión socialista supuso su ruptura con Moscú en 1948 y esto le hizo ser un país simpático al bloque capitalista. No obstante, era una dictadura comunista de partido único (la Liga de los Comunistas Yugoslavos) que tenía la originalidad de recoger, en su Constitución de 1974, el derecho de autodeterminación de sus repúblicas federativas: Eslovenia, Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia. En su seno existían profundas desigualdades económicas, sociales y culturales. Dicha Constitución en vez de atenuarlas las hizo más profundas. Esto se agravó tras la muerte de Tito en 1980. Desaparecido el líder que mantenía la frágil unidad, las diversas elites comunistas de las repúblicas se aprestaron a perpetuar su poder. En palabras del profesor Veiga se formó un  «caciquismo republicano» dentro de un «federalismo caótico». Las oligarquías republicanas se preocuparon más de sí mismas que de salvar el sistema federal. Se asentó el clientelismo y la corrupción. Cada república hizo leyes que estrangularon el comercio interior y con ello el boyante sector privado que era más multiétnico que el propio régimen. Las élites regionales no atendieron a razonamientos económicos: preferían la autarquía a la economía de mercado.

   En gran medida, todo lo anterior potenció la crisis económica que vivió Yugoslavia en los años 80 y que demostraba la inoperancia tanto de su economía mixta como de su régimen federal. La celebración de los Juegos Olímpicos de invierno de Sarajevo en 1984 fue un espejismo. Se llegó a una inflación anual de 10.000%. El desempleo se disparó, las huelgas se sucedieron y con ello la amenaza de bancarrota que hizo que el FMI controlara las finanzas del estado por la exorbitada deuda externa. La respuesta a la crisis económica no fue la unión, sino todo lo contrario: se recurrió a la cada vez más agresiva retórica nacionalista. Los primeros que acudieron a ella no fueron los serbios sino los eslovenos (que recordemos eran los más ricos) con su eslogan de «Yugoslavia nos roba». Esta idea suponía que los recursos de la región más industrializada iban a parar las regiones más pobres, como Serbia, con lo que lastraban su futuro. Para los nacionalistas eslovenos su futuro no era otro que su ingreso en la CEE, y por ello siempre quisieron atraerse las simpatías de los europeos occidentales.

 
 
 

Vestíbulo de la Estación Central de Belgrado
[Foto: LGV 1988]

 
 
 

EL BÁLSAMO NACIONALISTA

 
 
 

El nacionalismo esloveno fue más desarrollista que etnicista, ya que históricamente las relaciones con sus vecinos y especialmente con los serbios, siempre fueron pacíficas. No obstante se impuso un discurso elaborado por intelectuales en los medios de comunicación eslovenos que comenzaron una campaña de ridiculización continua de Yugoslavia y del legado de Tito. Yugoslavia representaba un estado opresor, dictatorial y rapaz que impedía el desarrollo de la nación eslovena que, sin embargo, nunca había formado un estado independiente. Sólo dentro de la república yugoslava disfrutó de autogobierno. Especialmente fue objeto de burlas y menosprecios el Ejército Popular yugoslavo que era la única institución verdaderamente leal con el régimen federal, aunque gran parte de sus mandos eran serbios. Esto llegaría a su cenit cuando colaboradores de la  revista satírica Mladina acabaron siendo juzgados en 1988 por injurias al ejército. Esto provocaría una reacción popular con grandes manifestaciones en apoyo de los libelistas que se llegaría a conocer como la «primavera eslovena». El ambiente les era favorable ya que en esos años algo parecía moverse en el bloque comunista con las medidas reformistas en la vecina Hungría y que anticiparían la caída de dicho bloque un año después.

   En Eslovenia el proceso secesionista parecía imparable. En el verano de 1989 el Parlamento esloveno comenzó una serie de reformas legales, una verdadera revolución jurídica, que suponían la preeminencia de las leyes eslovenas sobre las federales. Toda la clase política eslovena desde  comunistas a liberales  e incluso ecologistas apoyaron estas medidas que tuvieron como colofón la aprobación de la ley de secesión por su Parlamento el 27 de septiembre de 1989. Suponía el paso previo a la declaración unilateral de independencia.

   En un ambiente de entusiasmo patriótico, las élites buscaron su legitimidad en la apelación al «somos un solo pueblo». La solución nacionalista para el profesor Veiga  «era un vehículo muy eficaz: no exigía complejos razonamientos, podía aprovechar las acciones del contrario para realimentar sus pasiones». Casi medio siglo de comunismo estaba siendo desbancado por un nacionalismo que se alimentaba de su némesis: el nacionalismo serbio.  Los primeros historiadores españoles que se acercaron a este tema (por ejemplo, el caso de Carlos Taibo y J.C. Lechado en Los conflictos yugoslavos. Una introducción, 1994) incidieron en la importancia de la «revolución cultural» nacionalista de Milosevic a partir de 1986, cuando se fue haciendo con el control tanto de la república serbia como de la LCY. No obstante Veiga afirma que el nacionalismo esloveno «manifestó un forma menos vociferante y agresiva que el serbio, pero no menos virulento y ambos terminaron entablando un duelo devastador».

  El nacionalismo serbio de Milosevic optó, al contrario que los eslovenos, por continuar con el régimen comunista como mero instrumento de poder, vaciándolo de ideología socialista y llenándolo de ideología nacionalista. Asentado sobre burócratas y militares, Milosevic lanzaría el 28 de junio de 1989 su famoso «Discurso del campo de los mirlos» en Kosovo, hito que para muchos es el comienzo de la guerra civil que destruyó Yugoslavia. Sin embargo, no podemos olvidar que en esos mismos días los eslovenos estaban desmontando parlamentariamente el régimen federal. En el otoño de ese mismo, el 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín y con él comenzaría el desmoronamiento del bloque comunista.

 
 
 

El río Sava desde la muralla
[Foto: LGV Belgrado 1988]

 
 
 

LOS MUROS CAEN, TAMBIÉN LOS ESTADOS

 
 
 

En este contexto de fin de una era,  en Yugoslavia, tras la autodisolución del partido único (LCY), se celebraron elecciones pluripartidistas  en las diferentes repúblicas entre marzo y diciembre de 1990 En ellas las élites comunistas se reconvirtieron sin tapujos en nacionalistas y se pusieron manos a la obra en la senda marcada por los eslovenos:  construir sus propios estados y sus propias fuerzas armadas a partir de sus milicias territoriales que fueron creadas en 1969 en previsión de una posible invasión soviética. En el caso de Eslovenia la Territorialna Odbrana (Defensa Territorial) se armó de forma clandestina y comenzó a organizarse.  Del mismo modo el gobierno nacionalista croata de Tudjman (otro comunista reconvertido en patriota) armaba a su Guardia Nacional. Volviendo al caso que nos ocupa, el poder quedó en una alianza entre el partido vencedor de las elecciones legislativas: DEMOS (una confluencia nacionalista de variadas tendencias políticas) y el nuevo presidente electo, el comunista Milan Kukan.  Bajo el manto de la unidad nacional el 23 de diciembre de 1990 el gobierno esloveno dio un paso irreversible al celebrar un referéndum  donde el 95% de electorado apoyó la independencia.  Con ello fracasaba el proyecto de mantener unida Yugoslavia por parte del reformista  Ante Markovic, su último presidente federal y el único político no nacionalista  que defendió sinceramente la federación.  Junto a él sólo los presidentes de Bosnia y Macedonia (las repúblicas más heterogéneas étnicamente y potencialmente más conflictivas) intentaron en vano mantener la unidad. Sus llamamientos fueron inútiles porque croatas, eslovenios y serbios ya tenían otros planes. Los dos primeros ya actuaban de forma coordinada cuando en junio de 1991 sus presidentes Kukan y Tudjman decidieron sus respectivas independencias, aunque formalmente presentaron un farisaico proyecto de nueva confederación que sabían que iba a ser rechazado. Los serbios por su parte, contaban con el control de las fuerzas policiales y militares federales y se preparaban para defender a los serbios que vivían en Bosnia y, sobre todo, en Croacia.  Con ello se abrían de nuevo las viejas heridas de la Segunda Guerra mundial entre partisanos serbios y ustachas fascistas croatas.

 
 
 

Hombre del andén sentado 
[Foto: LGV Belgrado 1988]

 
 
 

DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON A…

 
 
 

El 25 de junio de 1991 Eslovenia y Croacia proclamaron su independencia tal como lo habían pactado un año antes. La respuesta del Gobierno federal fue mandar sus blindados a la frontera con Eslovenia (pasando por  Croacia). Pero iban sin una estrategia definida y sus mandos, infiltrados por oficiales serbios, mandaron al matadero a sus reclutas que hacían la mili frente a los preparados milicianos eslovenos. Las imágenes de los cuerpos calcinados de los jóvenes soldados en sus vehículos coparon las pantallas de la televisión de todo el mundo. Ahora todos conocíamos con horror una realidad que no sabíamos pero  que llevaba años larvándose. Los eslovenos «ganaron la batalla de la imagen, pues aparecieron como el heroico David enfrentado con el Goliat serbio» (J. Álvarez Junco, «El modelo esloveno», El País, 11 diciembre de 2018). La televisión eslovena, utilizando también las imágenes de los tanques soviéticos en la Praga de 1968, presentaba al mundo a los serbios como la potencia agresora y defensora de un comunismo que se hundía en Europa. Pero la realidad no era exactamente así. Antes de la intervención del ejército federal, Milosevic había pactado con Kukan la independencia eslovena, demostrando que ya no creía en la Yugoslavia de Tito y que su Yugoslavia era bien distinta: la Gran Serbia que se aprestaba a aplastar a sus seculares enemigos croatas. Por otro lado, tampoco fue públicamente conocida la consulta que hizo el alto mando del ejército federal a Moscú antes de la intervención militar. La respuesta fue que la URSS  no movería un dedo por defender a sus hermanos socialistas tal como hicieron con la RDA tras la caída del Muro. Gorbachov no estaba dispuesto a contrariar el clima de entendimiento con los EEUU e incluso les advirtió que si había una guerra las potencias occidentales podrían intervenir militarmente como habían hecho contra el Irak de Sadam Hussein meses antes (Primera Guerra del Golfo, agosto 1990-febrero 1991). El contexto internacional del final de la Guerra Fría era favorable al modelo esloveno. La guerra de los diez días fue «una guerra planeada para ser perdida», dijo un analista militar.

   Esos diez días de mini-guerra que siguen conmoviendo a los independentistas catalanes, fueron modélicos para las posteriores guerras en Croacia, Bosnia y Kosovo. Todas ellas tuvieron algo en común: la implicación de los occidentales, lo que el profesor Veiga ha conceptuado como «la trampa balcánica». Los líderes eslovenos planearon un ambiente de tensión bélica que obligó a los europeos (especialmente a sus vecinos alemanes y austríacos, sus históricos aliados) a apoyarles en su deseos independentistas para así evitar una guerra en su patio trasero. En el planteamiento del modelo esloveno destacaron como ideólogos los ministros de Defensa e Interior  Janez Jansa e Igor Baucar. El primero era un intelectual que participó en la revista satírica Mladina y que pasó del pacifismo al militarismo; el segundo fue un izquierdista radical seguidor de las Brigadas Rojas italianas. Un hecho significativo fue que la primera víctima de la guerra fuera el piloto (que casualmente era esloveno) de un helicóptero del ejército federal (desarmado) abatido por la DT eslovena cuando sobrevolaba la capital, Ljubljana. Sin embargo el relato de la agresión serbia fue el que quedó marcado con éxito en la opinión pública occidental.

 
 
 

Triángulo taurómaco
[Foto: LGV Sevilla 2003]

 
 
 

¿ESAS «CHUNGAS MOVIDAS DE CROATAS Y SERBIOS»?

 
 
 

El 7 de julio de 1991 en la isla croata de Brioni se firmaron los acuerdos, auspiciados por las potencias occidentales, entre Eslovenia y lo que quedaba de Yugoslavia y que supuso de facto el nacimiento como estado de la primera y la muerte de la segunda. A los eslovenos se les pidió que suspendieran su independencia por tres meses para seguir negociando, pero no a desistir de su objetivo final. Humillado  el ejército federal y dejado en manos de los serbios, los dirigentes eslovenos hicieron lo que quisieron y  poco después lograrían el reconocimiento oficial de algunos países occidentales encabezados por Alemania. El 15 de enero de 1992, mientras Sevilla y Barcelona se preparaban para la Expo y las Olimpiadas, Eslovenia fue reconocido como estado independiente por la CEE. El 22 de mayo se incorporó como miembro de la ONU. En medio de ese proceso, en agosto de 1991, desaparecía también la URSS. Mientras, ya se mataban salvajemente serbios y croatas a los que unirían más tarde los bosnios, y en 1999 los albano kosovares. La mecha prendida en Ljbljana y Belgrado años antes había estallado con la connivencia de un mundo que vivía el final de la Guerra Fría.[1]

   En aquellos diez días del verano de 1991 se produjo la tormenta perfecta que presentó  a los eslovenos como pacíficos y europeos frente a los salvajes y orientales serbios. Meses más tarde, Sabina cantaba aquello de «esas chungas movidas de croatas y serbios».

 
 
 

Arrastrado el toro muerto
[Foto: LGV Sevilla 2003]

 
 
 

DOBLE CODA FINAL

 
 
 

Sobre este tema existe una tesis de Carlos González Villa titulada Un nuevo estado para un nuevo orden mundial: una (re)lectura del proceso soberanista esloveno. Fue defendida en 2014 en la ya famosa Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, siendo uno de sus directores el profesor Francisco Veiga. A petición del autor fue retirada del acceso libre por internet el 15 de enero de 2015 y solo está disponible para personal autorizado.[2]

  Ese mismo año de 2015 los partidos y entidades independentistas catalanas redactaron el documento Enfo CATs: Reenfocant el procés d’independència per un resultat exitós. En dicho documento se establecía la hoja de ruta para el subsiguiente proceso de independencia. Éste reconocía que era necesario algo que ya sabemos: «generar conflicto y desconexión forzosa»[3]. Este documento intervenido por orden del Juzgado de Instrucción Central nº 3, a cargo del magistrado Pablo Llanera, el 20 de septiembre de 2017, fue incorporado al Auto de la Causa Especial 20907/2017 del 4 de diciembre de 2017.[4]

 
 
 [1] Sobre la desintegración de Yugoslavia sigue siendo imprescindible el documental de la BBC La muerte de Yugoslavia (1996). Accesible en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=m_mH9cOf07I&list=PLjqHlcDc20koaGSL-_g6UIzqfUsLg6Moc

[2] https://eprints.ucm.es/29467/

[3] El País, 12 de octubre de 2017. https://elpais.com/politica/2017/10/09/actualidad/1507569660_552707.html

[4] Auto completo en:  https://e00-elmundo.uecdn.es/documentos/2017/12/04/llarena.pdf

 
 
 

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