NIÑEZ, MUERTE Y TRAICIÓN. Tomás Valladolid Bueno

 

 

 

Siendo yo niño, y la estación la del verano, tuve noticia de la muerte de otros niños del pueblo. Dos pequeños, mutuamente cogidos de una de sus manos, se dejaron las vidas en unas sucias aguas de una alberca necrófila. Según dicen el portón de madera que debía impedir el paso hacia el estanque de riego no estaba bien cerrado. Las dos criaturitas, llevadas en volandas por la curiosidad, cayeron a la fatal cisterna. Una de las dos era hermano o hermana de un compañero mío de la escuela, alguien a quien bastantes años después también le atraparía la muerte en su modalidad trágica. Así al menos me lo contó un primo mío. Hay familias a las cuales la desgracia última no les da respiro. La muerte fue avariciosa y traicionera: aprovechó el suave lazo de las manitas infantes para llevarse consigo dos vidas por el gasto de una. ¿Iban ya de la mano cuando cayeron? ¿Cayó primero una y luego la otra al cogerla en su intento de salvarla? ¿Cómo se miran dos niños cuando mueren cogidos de la mano uno del otro? ¿Cómo soportaron sus padres aquel dolor que con sólo preguntar se acrecienta? Me angustia este sentimiento de compasión, me avergüenzo siquiera de tenerlo, pues sé que es sólo una mala copia del verdadero sufrimiento. Han pasado casi cuarenta y cinco años, aún me tiembla el alma como me estremeció aquella tarde. Todos los días que vinieron después, durante todos los años que pasaron detrás, temí más mi posible desgracia por el dolor que supondría para mi madre que por el daño que a mí pudiera ocasionarme. Me angustia este sentimiento de compasión y no podría decir –sin vergüenza- que me ahoga tanto infortunio, ya que realmente los ahogados fueron ellos dos. He visto dormir a mis tres hijos, he visto sus párpados cerrados llenos de vida, ni Dios ni nadie quiera que los vea morir. Perdonadme vosotros, padres que conocéis la hondura de tan tamaño y mortal hachazo. No olvido aquella cadencia de una voz que decía: cogiditos de sus manos, de sus manos, de sus manos, de sus manos… Y escribirlo ahora, ¿qué es? ¿traicionarlos? ¿es decir, un modo más gramatical –menos de niño- de amarlos? ¿Cómo fosilizaron aquellas muertes veraniegas en mi alma de niño? ¿Cómo encallaron las sucesivas muertes de los férreos veranos en mis entrañas de niño? Muertes estivales, de ahorcados, de accidentados, de piedra en la sien, de cáncer hisopado, de repente, de repente, sutilmente tout à coup. En verdad traducción es traición.

 

 

2 comments.

  1. Creo, como tú bien escribes, que los recuerdos de la infancia, aquellos que no olvidamos porque se nos graban profundamente,vuelven tantas veces a lo largo de nuestra vida, que no dejan de enseñarnos porque lentamente se van destilando en reflexiones que, dependiendo de los pensamientos y experiencias presentes, clarifican y explican lo que sólo podría ser un recuerdo.

  2. Así también lo entiendo, querida amiga Olga. Ya Walter Benjamin dijo que nada hay más pobre que una verdad expresada tal y como se pensó, por lo que -en ese caso- escribirla no equivaldría ni siquiera a una mala fotografía. Un abrazo.

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