FANTASMAS. María del Águila Barrios

 
 
 

Cartel  para un acto de Poemar
Guillermo Bermudo
[2015]

 
 
 

Se ha ido llenando Alcalá de fantasmas, pero no es cosa reciente que ahora vivamos con ellos entre nosotros, por encima y por debajo de todos nosotros. No. La historia de nuestro pueblo podría ser contada con un interminable lamento cuajado de demoliciones, una tragedia de demoliciones, un mundo continuo lleno de derribos, y adefesios erigidos sobre sus solares.

   Hubo edificios, plazas, paisajes, aromas, corrales, aire, árboles…, que fueron tangibles, existían, hacían amena la vida de los alcalareños y que, en este presente,  ya sólo son fantasmas.

   Se malogró esa espina dorsal de plazas desde el Peregil  a la Almazara (pasando por la placita del Cabildo, la plaza de Cervantes, la Plazuela y el Barrero). Desaparecieron las tapias, los almacenes de aceitunas, sus  portadas, las panaderías (no ha quedado ni una sola), el tren, las pequeñas estaciones (Gandul y San Francisco). Y las avenidas, todas (¡ay, las avenidas alcalareñas!, ¡con todo lo que de ellas pretendían sus pretendientes!), también malogradas, inutilizadas, feísimas, falsas (por no haber tenido en cuenta las capas de convivencia, vecindad, uso; que las trazaron con esa naturalidad de los pueblos, que los tecnocratoides consistoriales se vienen encargando de deshacer, desechar, destruir, demoler, derribar…). Las pocas construcciones históricas que aún quedan en pie -o que lo parecen-, por abandono están apuntaladas, o fueron arrumbadas, también expoliadas, y, finalmente, arruinadas (casa de Ibarra, casa de Moya, villa Rosario, Hospitalillo de Los Pobres,…).

   Fuera, en el campo,  las canteras salvajes se autorizan, o da lo mismo, porque el error luego nadie lo paga, ni la línea delicada de las Majadillas volveremos a contemplar jamás.

   ¿Han notado una densidad mayor en el aire, a veces, que súbitamente se hace visual, que parece empujar el resultado de tanto estropicio con una fuerza venida de un pasado, nada remoto aunque lo parezca, y que en un momento borra la desmesura de tanta megalomanía pacata y carísima? Son los fantasmas que vienen a ocupar sus antiguos sitios, donde fue desalojada su materia.

   Cuando coloquen las farolas de diseño en El Duque (Rf. ABC, de hace unos días en la sección de publirreportajes), y los quioscos psiquedélicos, y lo enlosen todo con ese pavimento gris plomo, y coloquen en los determinados rincones, de acuerdo a una estrategia secreta, las cámaras con las que nos espiarán; sólo me consuela que, con tanta vigilancia videográfica, se hagan visibles los fantasmas: la cerámica de Campitos (arrebatada de los bancos de la plaza por orden de intendentes), la casa de Paulita, el Corral de la Pacheca…

   ¿Será la soberbia de estos políticos municipales? ¿Será la ignorancia, la incapacidad, la arrogancia, etc.,  de éstos, los de ahora y los de antes…, y los por venir? ¿Será posible que este sucesivo puñado de tipos disfruten con la disolución de la cultura de miles de alcalareños muertos y vivos? ¡Y que encima se crean que nos están dejando un legado histórico -mucho antes de serlo-! ¿Será el sistema, o lo que sea? ¿O será todo junto, y más? ¡Qué desazón!

 

[La voz de Alcalá, 15 al 30 de abril de 2010, año XVIII nº 290]

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