AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 

Sombra de nubes sobre la fachada de los Almacenes Gum

(Foto: Sandra Dugan. Moscú 1994)

 

Del Diario de Sandra Dugan rescatamos otro relato de su estancia en la Universidad Estatal M. V.  Lomonósov  de Moscú entre 1994 y 1997. Algunas páginas de su diario personal ya han sido publicadas en esta revista [Escaparate] en los años 2011 y 2012.

Olga Duarte y Lauro Gandul

 

Llegué a Moscú en enero de 1994, con cincuenta y un años recién cumplidos el 4 de diciembre pasado, en un día que me dejó helada. Por mucho frío que creyera que allí hiciese, mucho más hacía. Helada me quedé, aunque no era la temperatura, no, pues iba bien abrigada. Era la fría luz de bienvenida que me daba la avenida, donde tomé conciencia de encontrarme en Moscú, cuando miraba distraídamente por la ventana del taxi que me llevaba desde el aeropuerto a la Plaza Roja.

   Mientras el taxista me esperaba en una calle cercana con todo mi equipaje y mis libros para los próximos años, corrí hacia aquella plaza soñada sólo para asomarme a ella. Eran suficientes unos minutos para abarcar con la mirada sus casi tres hectáreas: San Basilio, el Kremlin, los almacenes Gum; y pisar sus adoquines… Aquella plaza era en sí lo que yo necesitaba ver pues aquella Plaza Roja era para mí Moscú: bastaba ella sola para serlo.

   El taxista me llevó a Lomonósov: mi destino, mi trabajo y el pequeño apartamento donde viviría en el corazón, muy agotado como pude pronto comprobar, del campus más prestigioso de Rusia, cuya arquitectura estalinista sobrecogía como un panteón. Soberbios edificios, esculturas gigantes, mármoles, escaleras, bibliotecas, departamentos, aulas… que me hacían sentir pequeña, muy diferente en todos los sentidos de la Salamanca de los sesenta donde estudié, aunque en cuanto a las dimensiones ciclópeas de la urbe y de su Universidad más importante, no me eran ajenas cuando las comparo con el Buenos Aires donde me crié. No digamos del contraste, no menos espectacular, entre la Gibraltar de mi exilio juvenil con la enormidad de Moscú. Pero ninguna luz, que en mi vida hubiese hallado alguna vez en alguna ciudad, había sido tan gélida como la de Moscú aquella mañana en que llegué por primera vez. Me dejó helado el corazón sin alcanzar a comprender porqué, aún hoy cuando escribo estas líneas en mi pequeño despacho de la Biblioteca del Departamento de Español de Lomonósov.

   Acrecentaba esta pequeñez sentida mi ignorancia del ruso. Aunque en cuanto a lenguas puedo decir que contaba con mi español cosmopolita bonaerense, más el decir porteño cuando quería, y el de mi bendita Salamanca, junto con el inglés decimonónico heredado de mi familia –contaminado por la jerga de los llanitos− y de las historias que me contaban aquellas inglesas con las que a veces regresaban casados nuestros marineros gallegos después de recorrer los mares del norte. No obstante todo mi cosmopolitismo, me sentía gallega por el doble vínculo que mis familiares –no sólo mis padres− me transmitieron como lengua vernácula sino por la divina Rosalía y el portugués de allende el Miño. Pero con los funcionarios de frontera en la terminal del aeropuerto no tuve que hablar nada. Examinados mi pasaporte, mi visado especial para trabajar en la universidad, mis papeles de Residente-Doctora por tiempo indefinido y mis maletas, en las distintas cabinas, nada tenían que decirme, sino estampar los correspondientes sellos y con un gesto indicarme que podía continuar. No tuve que hablar nada. El silencio en la terminal era casi absoluto. Al taxista bastó decirle Lomonósov. Cuando tuve que pedirle que me dejara lo más cerca de la Plaza Roja para bajar y verla, y que me esperara, fue distinto, aunque tampoco había problema porque el taxista sabía inglés.

   Ya en la puerta de la universidad, el bedel de uniforme gris que me atendió sólo hablaba ruso. Yo le hablaba en español. Nada impidió que me dejara ante la puerta en la biblioteca, y con una sonrisa se despidiera. Abrí la puerta y entré. Afortunadamente no había nadie. Eran tres habitaciones cuadradas unidas por dos huecos adintelados. Doce paredes repletas de libros desde el suelo al techo, sin ventanas. Un escritorio en un rincón de cada habitación con sus lámparas de mesa y escribanía. La luz del techo era muy endeble. Para trabajar con los libros de las estanterías iba a necesitar una linterna. Dejé mis maletas junto al primer escritorio y me dispuse a ver los libros más cercanos. Todos estaban en español. Había miles. Me entró un entusiasmo enorme al pensar lo lejos que me había venido para estar en una biblioteca en español a miles de kilómetros de España, donde conocía cientos de bibliotecas en las que habría podido trabajar. Al fondo otra puerta. Al abrirla un fanal de luz entró desde la plaza a la que daba iluminando los libros de las tres habitaciones, sin que para recorrerlos hicieran falta las luces de los techos. Era fantástica, ahora, esta luz.

   Salí a la plaza. Recorrí sus aceras, perímetro de los hastiales de los edificios que la acotaban. Uno de sus lados se abría a un parque. No había nadie en la plaza, pero al fondo del parque se veían unos quioscos, y allí sí había gente. Y humareda de fritangas. Hacia allí me encaminé porque también tenía hambre. Llevaba algunos rublos y no fue difícil conseguir un perrito caliente con una salsa picante y una cerveza. Dentro del quiosco se estaba bien pero no me quité el abrigo. Comí sentada a una mesita junto a otros que llenaban el espacio disponible. El ambiente estaba cargado de los olores de la comida pero parecía que no hubiera nadie de lo silenciosos e inexpresivos que estaban mis acompañantes. Nadie  miraba a nadie. Ni siquiera los que estaban frente a frente cruzaban entre sí sus miradas, ni por casualidad. Tal vez fuera porque nadie se conociera y todos estuvieran de paso como yo misma, aunque probablemente este lugar pronto pasara a formar parte de mi vida cotidiana. Quizá por esto yo sí miraba –con el disimulo que me era posible, en un lugar tan pequeño−.

   Terminando ya con esta intempestiva cena, porque eran las cinco de la tarde y ya intuía que al regresar de nuevo al apartamento no saldría porque la noche estaba al caer, vi llegar a un grupo de jóvenes charlatanes y sonrientes que se acercaban al quiosco. Demoré los últimos tragos de la cerveza para, al menos, tener algún sentir de las gentes. Entre ellos hablaban portugués y podía entender toda su conversación de gratas disquisiciones intelectuales. Hablaban de Moscú como un mito siendo ya para mí una entelequia. De entre todos ellos destacaba uno con gafas gruesas y pelo anillado que apenas llevaba ropa de abrigo y no parecía tener frío. Éste callaba mientras hablaba el grupo pero cuando algo decía dejaba a los demás pensativos y, de nuevo, la conversación se encendía. No he sido nunca dada a entrometerme en conversaciones ajenas pero era mi primer día en un Moscú frío, sordo, y decidí interpelarlos rescatando mi portugués. Extrañados me miraron y más profunda e inquisitiva fue la mirada, tras los gruesos cristales, del joven que me llamó la atención al llegar el grupo. Menos él, que no habló hasta el final, los demás me contaron que eran estudiantes mozambiqueños becados por su gobierno para estudiar en Moscú. Justo en 1994 se habían celebrado en su país las primeras elecciones libres tras una guerra civil de quince años y ese era todo el debate que traían. El de las gafas era español y aunque no me dijo la edad supuse que mayor que el resto, tendría unos treinta y tantos años. Él ya conocía lo que había sido una guerra civil y unas primeras elecciones democráticas por eso callaba e intervenía certeramente siempre.

   Al final llegó la noche y el quiosco fue vaciándose de sus gentes y por la plaza ya merodeaban vodkataris y gentes extrañas en una ciudad con nombre pero sin futuro. Tuve miedo de regresar sola aunque sólo fuera cruzar de nuevo la plaza. Los estudiantes querían regresar también y este de las gafas, que percibió mi inquietud por la hora y la desolación de la plaza, me preguntó si estaba muy lejos el lugar al que tenía que regresar. –Tendría que cruzar la plaza, le dije. –¡Pues venga!, yo te acompaño que estos me esperan aquí. Pareció su tono tan obligado que no quise pero él insistió. Secamente me dijo mientras me acompañaba: −Te has colado en nuestras conversaciones pero yo no sé quién eres. –Yo tampoco sé quién eres tú, le contesté con cierta aspereza. Empezó a reírse burlonamente y esto me fastidió. Cuando llegué a la escalinata de la biblioteca por donde tenía que acceder para entrar hacia mi apartamento me dijo: Soy Rafael Rodríguez, he venido desde Alcalá de Guadaíra y quizá esto no era lo que buscaba del comunismo. Me marcharé en unos días. Mañana si quieres nos vemos en el quiosco y seguimos hablando. Con voz entrecortada le dije: −Yo me llamo Sandra Dugan.

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A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 

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