A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

 

Sandra Dugan hacia 1961

«…Hacía tiempo que no veía hombres uniformados, y armados, en la playa y en el paseo. Iban de azul con fusil al hombro y pistola en la cintura. Tocados con gorras de béisbol todos eran policías esbeltos.

            Corría viento del Sur y el mar estaba encabritado. El día gris. Hacía frío y aunque parecía que de un momento a otro caería aunque fuera una llovizna, no fue así: el cielo no conseguía llorar.

            Tampoco a mí me parecía motivo ninguno para llorar la presencia de guardias en la arena, en grupos de tres, unos mirando hacia el horizonte y otros cubriendo los barrios, que se asoman al paseo del que arrancan las perpendiculares a una avenida paralela al mar.

            Desde el ventanal del antiguo chalet que tenía alquilado, los observaba.

            La vivienda algo abandonada fue adecentada por la dueña a mi instancia. Cuando la localicé y pude hablar con ella, gracias a la mediación de El Chato, un viejo pescador retirado que se dedicaba al corretaje, y expresarle mi interés por arrendarla por tiempo indefinido, Doña Rosario se entusiasmó conmigo, porque no sólo llevaba mucho tiempo sin conseguir que nadie se interesara por la casa sino porque yo, por una razón, sin duda especial pero que ignoraba completamente, le caía bien. El chalet había sido construido a fines de los cincuenta y la construcción estaba revestida de trozos de piedra pizarrosa y amorfa. No obstante, lo que me sedujo fue la fachada que daba al mar, una única y gran ventana acristalada, en cuadrícula sobre puertas abatibles con junquillos y marcos de madera pintados de pintura plástica de color blanco, desde la que podía contemplarse el vasto océano como desde un trasatlántico. Justo desde aquí observaba a los policías, recién me había despertado y con esa sensación extraña entre real y onírica, parecida a la duermevela,  hasta me resultaban eróticos…»

            Este fragmento de la novela breve que el lector tiene ante sus ojos forma parte de uno de los relatos inéditos, como toda su obra justo hasta el momento de que su publicación se realice según está proyectado, en la Serie Libretos de la Lectura de «CARMINA», de la escritora Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001).

            Transcurrida casi una década desde su fallecimiento nos será posible editar este libro no como la opera prima de la autora hispanoargentina, pues no sabemos si fue su primera obra escrita o su última, porque no databa sus escritos, sino como su primera obra publicada, además post mortem.

            Nuestra escritora nació el 4 de diciembre de 1942 en la habitación 99 de un pintoresco hotelito de Gibraltar. Sus padres habían partido desde La Coruña en un largo viaje a Buenos Aires, pero el barco inglés había sufrido una avería a su paso cerca de La Roca y su tripulación había tenido que recurrir al auxilio de los mecánicos portuarios de la antigua colonia británica para reparar un problema serio en las tripas del viejo trasatlántico.

           El matrimonio Dugan tuvo que permanecer tres meses viviendo cerca de un viejo cementerio y frente a una arbolada plaza en un entrañable barrio gibraltareño lleno de escoceses e irlandeses, o mestizos de estos e italianos, españoles, malteses o tunecinos.

            Agustina Casal Castro, la madre de Sandra, vino a parir antes de tiempo, y a los quince días de alojados en el hotel. Allí fue la matrona metodista a ayudar a Sandra Dugan Casal a nacer, con los ojos abiertos y totalmente calva. No sólo no lloró sino que le pareció a Miss Luton que sonreía, circunstancia nunca vivida en toda su larga experiencia de partera en la colonia.

            Sandra nació así a las cinco de la tarde de un día frío de Santa Bárbara y, además, su madre ni lo notó. A la mañana siguiente Agustina ya estaba de pie en la habitación con la niña en brazos, vestidas para salir a dar un paseo y que a las dos les diera el aire. La vitalidad de Agustina era famosa en Sargadelos desde que era una cría. Su familia, conocida y estimada en la comarca hacía muchas generaciones, comprendió que era una auténtica Casal cuando anunció que se marchaba con su marido a la Argentina y que allí se instalarían para siempre como otros Casal y otros muchos gallegos habían hecho.

            Félix Dugan Allariz era consciente de la suerte que le había tocado casi desde que conoció a Agustina por casualidad en el pazo familiar de los Outeiriños un día que acompañó a su hermano Octavio, prometido de la hermosa Silvia Outeiriño, de quien Agustina era amiga desde niña. Silvia le había pedido que estuviera en su casa para cuando llegara Octavio, y éste a su hermano que fuera con él para no estar solo cuando se le declarara. Octavio se comprometió con Silvia, y Agustina y Félix se enamoraron. Al año se casaron. Eran jóvenes y no querían vivir ni en el pueblo de la esposa, Sargadelos, ni en La Coruña, ciudad del marido. Una tía de Agustina, hermana de su padre, tocaya de su sobrina y casada con un rioplatense de origen alemán que nunca perdió su acento bávaro aunque cantara tangos en porteño, Roberto Wenz, como no tenían hijos no les venía mal que sangre nueva y joven añadiera brazos e ideas para mejorar el Café que regentaban en un local debajo de donde vivían en un noble edifico del barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Y con ellos allí, dispuestos a ayudarles según les respondieron en distintas cartas, Félix y Agustina decidieron vender todo lo que tenían, que no era mucho, pues la dote de Agustina era modesta y los ahorros de un farero, oficio del padre de Félix, no dieron para reunir ni para uno de los billetes, pero recibieron no pocos duros de los Outeiriños, gracias a Silvia y Octavio. Juntaron lo suficiente como para que les sobrase algo después de pagar los pasajes del barco, pero no contaban ni con la gravedad de la avería del Liverpool ni con el nacimiento prematuro de Sandra. Cuando con casi cuatro meses de retraso avistaron el puerto de Buenos Aires no les quedaba un céntimo pero cuando vieron a los Casal-Wenz elegantes y saludando desde el muelle y luego todos en tierra se saludaron comprendieron que Sandra, además, los dejó hechizados con su rostro risueño y su inocente mirada desde sus dos hermosos y grandes ojos.

            De Gibraltar Sandra Dugan no tuvo recuerdo alguno hasta que no regresó a la península ya hecha una mujercita de diecinueve años para estudiar Filosofía y Letras en Salamanca cuando era decano D. Fernando Lázaro Carreter. Allí se familiarizó con la poesía de León Felipe cuyos versos había escuchado por primera vez recitados por un joven estudiante de medicina, muchos años después popular actor de televisión, y que a la vista del público había recibido de manos de un espectador mexicano las obras completas del poeta aragonés en el exilio. Aquel regalo le supuso al joven recitador un expediente en el Tribunal de Orden Público y el decomiso de los libros de poesía tan generosa y emotivamente donados por el filántropo mejicano. Por casualidad, Sandra se encontraba presente cuando detuvieron al estudiante y lo vio pasar esposado y escoltado por dos Guardias Civiles. Ella formó parte de una célula que se organizó rápidamente en la Universidad, entre sus distintas facultades, para recoger dinero con el que pagar los gastos de la causa en el TOP. No fue difícil porque el programa de recitales del actor se convocaba para todas las facultades, alcanzando rápida popularidad entre los universitarios, teniendo tanto éxito que llegó a celebrarse dos veces al mes en un salón público que parecía un pequeño teatro, adonde acudían ya no sólo estudiantes sino también muchos salmantinos y el propio Lázaro Carreter no faltaba nunca a la convocatoria poética de «Una hora con…» de la que disfrutaba desde su butaca reservada en la primera fila, justo debajo del escenario, muy cerca del actor para no perderse su extraordinaria voz para la declamación de la gran poesía.

            No tardaron en poner en libertad a Martín (aunque a él los veinticinco días en la cárcel se le habían hecho una eternidad, donde no pudo leer, ni escribir, y ni siquiera hablar, ni solo podía hablar de turbado que pasó aquellos días, según contó a los amigos en el bar mientras mordía su primer bocata de tortilla y bebía de su primera jarra de Mahou, en libertad provisional). Aunque tampoco tardaron en averiguar de dónde había salido el dinero de abogados, funcionarios y multas y quiénes lo habían procurado con cartelitos, guateques y rifas. A Sandra le vino muy bien su pasaporte Gibraltareño (una de las nacionalidades de que era titular, junto a la argentina y la española) y, aconsejada por sus padres en una carta urgente que le llegó, así enviada por ellos a vuelta de correo tras recibir las líneas que Sandra les había escrito donde les daba cuenta del caso de Martín, sabedores de cómo se las gastaban en el franquismo con aquellos estudiantes díscolos, con quienes la policía del régimen no lo tenía demasiado difícil para pillarlos. Aunque no la pillaran. Sandra había partido para La Roca un día antes de que registraran su cuarto del colegio mayor.

6 comments.

  1. Quieridos Lauro y Olga:
    La Historia informa, pero la narración de una vida vivida, como memoria de un relato en vilo, nos convoca a esa existencia que emerge en la encrucijada del tiempo.
    Gracias por vuestra llamada, acudiremos con gozo.
    Un fuerte abrazo.
    Tomás V.B.

  2. Amigo, Tomás,

    Desde luego, Sandra Dugan era -es-, un ser pleno de tiempo. Tener la constancia de que existió nos llena de responsabilidad. Esperemos que los dioses nos den aliento para poder publicar, poco a poco, su obra inédita -toda-, creemos.

    Para ti, abrazos y besos.

    L. y O.

  3. … Y de nuevo gracias. Entre tanta “calcurnia”, caspa, mediocridad y “paniaguanismo” insultante, la verdad, es que son de agraceder estos retazos, que podemos disfrutar en el oasis de CÁRMINA.

  4. Enrique,

    Una de las bondades de CARMINA, digo yo, consiste en que se es de dentro y se es de fuera, a voluntad. A ello me refiero porque tú estás, cuando se busca tu nombre en las categorías de esta publicación, y se te encuentra, y se puede disfrutar de lo mucho que conoces, y compartes, sobre Bónsor; y además, llegas y lees, paseas o navegas por las páginas o las aguas de este blog literario.

    L.

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