Posts from abril 2013.

LOS ÚLTIMOS SERÁN LOS PRIMEROS. De la serie «RECORTES», Nº 70. Por Pablo Romero Gabella

 

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(Foto: Manuel Verpi 2013)

 

«Los revolucionarios de una década acabaron convertidos en los burgueses de la siguiente, generando así este clima esquizofrénico de hoy en el que quienes detentan el poder pretenden ser, al mismo tiempo, el contrapoder, colapsando así toda regeneración auténtica de nuestra sociedad. Ninguna ideología, pues, ningún proyecto; solo los votos, es decir, la seguridad de la permanencia indefinida en el poder. Nunca el mejor socialismo fue seguidista; quería llegar al poder por el convencimiento ilustrado, más que a rastra de los votos emotivos de las multitudes. En algún sitio, Europa, Marx, el socialismo científico, pero aquí subsiste una creencia que cuenta con mil años.»

[Ignacio García May, «Los ochenta», en El Cultural, 19-25 abril de 2013 / Alfonso Lazo, «Sólo votos», El Mundo (Andalucía), 19 de abril de 2013/ Borís Pilniak, El año desnudo, Barcelona, 1985, pág. 97 (traducción de Pedro Mateo Merino, 1ª ed. en ruso,1922)]

 

CALLE BENAGILA. Fotografía de Manuel Verpi (primavera alcalareña 2013)

 

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El fotógrafo Manuel Verpi en «CARMINA»

 

TRÍPTICO 1988 (SIN TÍTULO). Acrílico sobre lienzo de Rafael Luna

 

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

 

APENAS SI SOSTIENE SU TRAJE. Poema de Lauro Gandul Verdún

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COLOQUIOS (217). Gabi Mendoza Ugalde (con pintura de Rafael Luna)

 

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THE RIPPER Nº 1

De la serie «Los asesinos»

(Acrílico sobre cartulina)

Rafael Luna

 

—¡¿Donde están los que han engañado a tantos?!

—En la invisibilidad.

—…Ya veo.

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

 

GENTE INFRECUENTE (y III). Por Rafael Rodríguez González

 

 

Mi tía Guadalupe, hermana de mi padre y de dos hermanos más, nos contó a tres de sus sobrinos las andanzas de Francisco. Yo creo que al que principalmente dirigía el relato era a mí, porque era el más chico de los tres, y quizás también porque fuera su preferido, tal vez por aquello de que al más raro se le quiere más, o algo así, no recuerdo bien el dicho o el refrán. Es lo mismo que me pasaba con mis abuelas y demás parientes mayores, tanto de primero como de segundo grado, y eso que yo era un poquito arisco. Lo de raro ya lo he dicho.

 

         Todo sucedió en Aracena, donde mi tía vivía desde pocos años antes, al  haberse desposado con José Porrino, una persona de la que decir que era excelentísima sería casi no decir nada. Ya habían tenido dos hijos, José Rafael e Isabela, muy pocos años menores que yo. No sé si su madre, mi tía, les llegaría a contar la historia de Francisco. Es difícil asegurarlo, porque las madres, y las tías, a veces parece que actúan dentro de un desorden al que no se le encuentra una explicación razonable.

 

         De haber sido sevillano, o de cualquiera de los pueblos que alimentan a la ciudad de Sevilla, tan sevillana ella, Francisco hubiera sido Currito, o Frasquito, o Paquito, o Francisquín, e incluso Currichi o Currón. Pero en la sierra la gente es más seria y adusta, sin que eso sea impedimento, yo creo que más bien lo contrario, para que la bonhomía sea, o al menos fuese en aquellos tiempos, característica principal de la inmensa mayoría de los habitantes.

 

         Francisco siempre llevaba una gran talega, e incluso dos, con frutos del tiempo: si en agosto, uvas e higos; membrillos en septiembre; en noviembre, diciembre y enero, nueces, castañas y bellotas. Todo para su propio consumo, que Francisco era voraz en extremo, pero los chiquillos siempre se veían beneficiados a su paso. Los que se quedaban con tres palmos de narices, o de hocico, eran los perros y los gatos que se acercaban a lo que Francisco tiraba al suelo, que eran cáscaras sin provecho. Pero eso era hasta que Francisco salía de Confitería Rufino: al rato había perros y gatos que se esforzaban por espantar a otros para poder aprovechar, a lametazo limpio y duro, cuando no engulliéndolos directamente, los papeles de las magdalenas que Francisco iba deglutiendo. A mí me resultaba chocante que Francisco tirara los papeles de las magdalenas, aunque cuando mi tía dijo que eran docenas comprendí que los papeles no les resultaban imprescindibles a Francisco. Hasta los más ansiosos tienen la posibilidad de llegar al hartazgo, salvo, por lo que se ve, en cuestiones de dinero.

 

         Para que Francisco se sintiera ahíto se requerían, en conjunción podríamos decir que simbiótica, horas y kilos. Era raro cruzarse con Francisco sin que estuviera comiendo: frutos del campo, bocadillos y magdalenas se le juntaban en el estómago de tal manera que, al menos cuatro o cinco veces al día se le veía bebiendo en la hermosa fuente de la hermosa plaza de la hermosa Aracena. Muchas veces, cuando ya el agua había cumplido sus funciones, se le veía irse, casi corriendo, a su pobre domicilio: los intestinos necesitaban hacerle sitio a la carga que Francisco iba a tardar bien poco en suministrarles.

 

         Decía la madre de mis primos que un día comió tanto, tanto, que pidió  ayuda para llegar a su choza, porque le resultaba casi imposible moverse. Pero no se piense que Francisco estaba gordo, sino que aquella mañana se hallaba repleto y la comida, estancada, ni iba para abajo ni para arriba. Por algún sitio rompería, qué duda cabe. Pero no hubo testigos de si por abajo, si por arriba o por ambos sitios a la vez. Era más bien delgado, de estatura media y muy ágil. Si no hubiera sido porque Francisco tenía un metabolismo a prueba de atracones quizás hubiera llegado a rodar por las cuestas de Aracena. Y por el valle sevillano le habrían podido llamar el Bola.   

 

         Otro de los manjares para los que Francisco hacía trabajar sus jugos gástricos eran los huevos duros. No es que llegara a comerse de una vez tantos como Paul Newman en «La leyenda del indomable», pero, según mi tía, que afirmaba no conocer la procedencia de tantos huevos duros, no le andaba muy a la zaga. Ya en aquel tiempo, por arisco y raro que yo fuera, no se me escapaban algunos detalles. En el corral del molino de aceite del que José Porrino era propietario, había muchas gallinas y, por raro que parezca, muchos huevos. Yo siempre he pensado que los huevos duros que consumía  Francisco procedían de las gallinas de mi tía, y que incluso los cocía ella.

 

         Me hubiera gustado ver alguna vez a Francisco, pero no pudo ser, porque mi abuelo nos llevaba a la bella Aracena muy de tarde en tarde y eran visitas de ida y vuelta en un día. He de confesarlo: nunca he pasado una noche en Aracena. Con lo fresquito que se tiene que dormir. Es una de las grandes frustraciones de mi vida. Y no son pocas.

 

         Pero yo, tan raro y tan arisco, tuve la perspicacia de preguntar a mi tía sobre, como diríamos ahora, los ingresos de Francisco, porque tanto comer habría que pagarlo con algo, es decir, con dinero. Y entonces mi tía descubrió el misterio. Resulta que Francisco vendía papeletas de descuento para entrar a la Gruta de las Maravillas, y lo mismo para comer en el Restaurante Casas (donde ponían los mejores huevos a la flamenca que imaginarse pueda), comprar en la Confitería Rufino (la mejor de las mejores en cientos de kilómetros a la redonda) y beber y tapear en la taberna de Gómez, donde el mejor tinto de Badajoz dejaba la lengua como una lija para las uñas, ligero resquemor que las lascas de jamón aliviaban sublimemente (esto lo supe ya de más mayor).

 

         De manera que los turistas, tanto españoles como extranjeros, no todos, pero sí los que consultaban a los aracenences acerca del personaje, les daban a Francisco las pesetas que pedía por aquellos «bonos-descuentos» que, por supuestísimo, atesoraban la misma validez que una promesa electoral.

 

         Pero tenía que haber alguna explicación para el consentimiento de las actividades financistas de Francisco, porque ya sabíamos los sobrinos, incluso yo, el más chico y raro, que el proceder que linda o incurre en estafa está inmerso en la consideración de delito y por tanto es perseguible, imputable y condenable, y no sé cuántas cosas más. (Después supe que había que añadir a ese lío unas palabras: «según y conforme»).

 

         Preguntamos (en realidad fui yo quien pregunté), y mi tía lo aclaró todo.

 

         Si Francisco gozaba de tanta permisividad (no sólo para «engañar» a los turistas, sino también para disponer de frutos campestres con dueño) ello se debía a la realización de un hecho heroico.

 

         Fue que una niña, descuidada por sus padres mientras visitaban Las Grutas, cayó al mayor de los lagos que allí se hallan. Francisco, al que como otras veces uno de sus tíos (uno de los porteros y cicerones, el único normal de la familia) había dejado entrar, no dudó en tirarse al agua y rescatar a la chiquilla.

 

         Desde aquel día, Francisco gozó del respeto y admiración de los aracenences, y tuvo las puertas abiertas (aunque el campo no tenga puertas) en todas las fincas del término, así como lograba obsequios de distintos establecimientos, o, por lo menos, abaratamiento en sus compras.

 

         Francisco se moriría, como todo el mundo, pero, por lo que contaba mi tía, yo deduzco que harto de comer. Y bien merecido se lo tenía.

 

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Gruta de las maravillas

Aracena

 

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GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)

 

LA CASITA DECOR (ACRÍLICO SOBRE LIENZO). Pintura de Rafael Luna 1997

 

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

LA CREACIÓN DEL UNIVERSO (Génesis 1; 2, 1-4)

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El origen del mundo

Gustavo Courbet

(1819-1877)

 


1     Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.

 

         Dijo Dios: «Haya luz»; y hubo luz. Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas; y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero.

 

         Dijo luego Dios: «Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras», y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento. Y vio Dios ser bueno. Llamó Dios al firmamento cielo, y hubo tarde y mañana, segundo día.

 

         Dijo luego: «Júntense en un lugar las aguas de debajo de los cielos, y aparezca lo seco». Así se hizo; y se juntaron las aguas de debajo de los cielos en sus lugares y apareció lo seco; y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares. Y vio Dios ser bueno.

 

         Dijo luego: «Haga brotar la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles frutales cada uno con su fruto, según su especie, y con su simiente, sobre la tierra». Y así fue. Y produjo la tierra hierba verde, hierba con semilla, y árboles de fruto con semilla cada uno. Vio Dios ser bueno; y hubo tarde y mañana, día tercero.

 

         Dijo luego Dios: «Haya en el firmamento de los cielos lumbreras para separar el día de la noche, y servir de señales a estaciones, días y años; y luzcan en el firmamento de los cielos, para alumbrar la tierra». Y así fue. Hizo Dios los dos grandes luminares, el mayor para presidir el día, y el menor para presidir la noche, y las estrellas; y los puso en el firmamento de los cielos para alumbrar la tierra y presidir al día y a la noche, y separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios ser bueno, y hubo tarde y mañana, día cuarto.

 

         Dijo luego Dios: «Hiervan de animales las aguas y vuelen sobre la tierra aves bajo el firmamento de los cielos». Y así fue.

 

         Y creó Dios los grandes monstruos del agua y todos los animales que bullen en ella, según su especie, y todas las aves aladas, según su especie. Y vio Dios ser bueno, y los bendijo, diciendo: «Procread y multiplicaos y henchid las aguas del mar, y multiplíquense sobre la tierra las aves. Y hubo tarde y mañana, día quinto.

 

         Dijo luego Dios: «Brote la tierra seres animados según su especie, ganados, reptiles y bestias de la tierra según su especie». Y así fue. Hizo Dios todas las bestias de la tierra según su especie, los ganados según su especie y todos los reptiles de la tierra según su especie. Y vio Dios ser bueno.

 

         Díjose entonces Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza, para que domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella». Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y lo creó macho y hembra; y los bendijo Dios, diciéndoles: «Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra». Dijo también Dios: «Ahí os doy cuantas hierbas de semilla hay sobre la haz de la tierra toda, y cuantos árboles producen fruto de simiente, para que todos os sirvan de alimento. También a todos los animales de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todos los vivientes que sobre la tierra están y se mueven les doy para comida cuanto de verde hierba la tierra produce». Y así fue. Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho, y hubo tarde y mañana, día sexto. (Gén. 1)

 

 

 

2     Así fueron acabados los cielos y la tierra y todo su cortejo. Y rematada en el día sexto toda la obra que había hecho, descansó Dios el séptimo día de cuanto hiciera; y bendijo al día séptimo y lo santificó, porque en él descansó Dios de cuanto había creado y hecho.

 

         Este es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron creados.

 

(Gén. 2, 1-4)

 

PINTURA DE RAFAEL LUNA CON TEXTO DE TOMÁS VALLADOLID BUENO. Calle Gandul de Alcalá de Guadaíra (acrílico sobre lienzo)

 

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Un domingo de otoño del año 1989, a mi llegada a Alcalá, tras un largo viaje desde las lindes de Jaén con Albacete, enfilé la calle Gandul con mi Ford Fiesta 1.1 de color azul cielo y con matrícula J-168-I. Llegando casi al final, en el ensanche de la calle, un poco más abajo de donde se encuentra el auto verde del cuadro, aparqué en batería. Saqué las maletas y bajé andando hacia La Plazuela. Me pregunté si al día siguiente, lunes, abrirían la pescadería, porque allí enfrente, en la casa que bifurca la dirección, en esa que está pintada de amarillo con zócalo oscuro, allí había una pescadería, y en ella una pescadera muy amable y guapetona que uno de aquellos días de trabajo me dijo: «puede, puede usted aparcar, mi alma, que a mí no me estorba; además, ya vio usted lo que pasó con la tormenta, que aquí no se inundan los coches como ahí en La Plazuela». Antes de subir al piso en el que yo vivía, un tercero del bloque situado entre la farmacia y el Bar España, entré a tomar algo en la cafetería de la esquina, no la de La Granja Mari, sino la que había pegada a la tienda de mercería donde el público era atendido por dos jóvenes hermanas. No recuerdo el nombre del local, pero sí guardo la imagen de una barra situada a la derecha de la entrada y y una planta superior donde no había nadie, tal vez en solidaridad con la planta baja: solo una persona más y yo nos encontrábamos en la cafetería. Lugar oscuro, algo tétrico, como si los divertidos espectros de un pasado más feliz hubiesen comenzado a abandonar el sitio. Así que ni encendí el cigarro, me tomé rápido la bebida, pagué y salí junto a una de aquellas lindas fantasmas que, entre risas, le decía a una de sus amigas: «Canija, ven conmigo al quiosco, que quiero comprar Marlboro». En ese momento, fui yo mismo quien se evaporó en busca de una ducha que me relajase después del viaje.

            Más tarde, ya en estado sólido, salí de casa camino de aquel pub al que llamaban El Buy, y que para muchos de nosotros era un verdadero hábitat y no solo un local de copas, música, compañía, conversación, etc. Y en una de sus paredes recuerdo que colgaba un cuadro con la firma de Rafael Luna. Pero ahora que lo pienso, no sé si lo recuerdo o lo quiero recordar o es que ahora estoy allí sentado entre el Fafi y Juan Enrique, charlando nosotros y a la vez con Rafa: tarde-noche de inocentes bromas, de cómplices miradas y de una amistad sobrevenida en el destierro del alma.

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CONTINUARÁ… Exposición de Rafael Luna en la Casa de la Provincia (Sevilla, desde el 14 de marzo hasta el 28 de abril de 2013)

 

DOS NIÑAS JUGANDO CON UNA PELOTA (PRIMAVERA ALCALAREÑA). Fotografía de Manuel Verpi 2013

 

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El fotógrafo Manuel Verpi en «CARMINA»