Posts from enero 2011.

LA ESPADA DE DAMOCLES. Por José Manuel Colubi Falcó

 

 

La espada de Damocles
por Richard Westall
(1765-1836)
 

Historia que cuenta Cicerón, en sus Disputaciones tusculanas V 61-62, sobre los graves riesgos que continuamente penden sobre los tiranos, ha entrado a formar parte, por derecho propio, de nuestro acervo paremiológico (paremiología, ramita del saber que estudia los refranes) o, si se prefiere, del refranero, en el que simboliza el permanente peligro –y miedo– en que viven quienes ostentan  –a veces detentan– el poder. La historia narra un suceso en la corte de Dionisio el Viejo, tirano de Siracusa, y dice así:

 

            «Como uno de sus aduladores, Damocles, hiciera memoria, en la conversación, de sus riquezas, de su opulencia, de la majestad de sus dominios, de la abundancia de bienes, de la magnificencia de sus regios palacios, y dijera que nunca había nacido alguien más feliz, le dijo: “¿Quieres, pues, oh Damocles, puesto que esta vida te deleita, gustar tú mismo de ella y experimentar mi fortuna?” Y como aquél hubiera dicho que lo estaba deseando, ordenó que el hombre fuera colocado en un lecho de oro, cubierto por un tapiz muy pulcramente tejido, y adornó los muchos vasares con utensilios de plata y oro cincelado. Luego mandó que se situaran junto a su mesa esclavos selectos, de singular hermosura, y que éstos la sirvieran diligentemente, atentos a una señal suya con la cabeza. Había ungüentos, coronas, se quemaban aromas, las mesas estaban llenas de manjares exquisitísimos. Damocles veíase afortunado. En medio de este aparato, (Dionisio) ordenó que del artesonado se bajara una espada fulgente atada con una crin de caballo, de suerte tal que pendiera sobre la cabeza de aquel hombre feliz. En estas circunstancias, (Damocles) ya no miraba a los pulcros servidores, ni la plata plena de arte, ni alargaba sus manos a la mesa, incluso las mismas coronas se deslizaban (de su cabeza); y, en fin, acabó por suplicar al tirano que le diera permiso para marchar, que ya no quería ser feliz.»

 

            Y Cicerón prosigue, esta vez comentando el hecho y extrayendo consecuencias: «¿No te parece que Dionisio ha declarado suficientemente que no hay felicidad ninguna para aquél sobre quien pende siempre algún terror? Y él no tenía intacta ni siquiera la posibilidad de volver a la justicia y restituir a los ciudadanos su libertad y sus derechos.»

 

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

 

Sandra Dugan hacia 1961

«…Hacía tiempo que no veía hombres uniformados, y armados, en la playa y en el paseo. Iban de azul con fusil al hombro y pistola en la cintura. Tocados con gorras de béisbol todos eran policías esbeltos.

            Corría viento del Sur y el mar estaba encabritado. El día gris. Hacía frío y aunque parecía que de un momento a otro caería aunque fuera una llovizna, no fue así: el cielo no conseguía llorar.

            Tampoco a mí me parecía motivo ninguno para llorar la presencia de guardias en la arena, en grupos de tres, unos mirando hacia el horizonte y otros cubriendo los barrios, que se asoman al paseo del que arrancan las perpendiculares a una avenida paralela al mar.

            Desde el ventanal del antiguo chalet que tenía alquilado, los observaba.

            La vivienda algo abandonada fue adecentada por la dueña a mi instancia. Cuando la localicé y pude hablar con ella, gracias a la mediación de El Chato, un viejo pescador retirado que se dedicaba al corretaje, y expresarle mi interés por arrendarla por tiempo indefinido, Doña Rosario se entusiasmó conmigo, porque no sólo llevaba mucho tiempo sin conseguir que nadie se interesara por la casa sino porque yo, por una razón, sin duda especial pero que ignoraba completamente, le caía bien. El chalet había sido construido a fines de los cincuenta y la construcción estaba revestida de trozos de piedra pizarrosa y amorfa. No obstante, lo que me sedujo fue la fachada que daba al mar, una única y gran ventana acristalada, en cuadrícula sobre puertas abatibles con junquillos y marcos de madera pintados de pintura plástica de color blanco, desde la que podía contemplarse el vasto océano como desde un trasatlántico. Justo desde aquí observaba a los policías, recién me había despertado y con esa sensación extraña entre real y onírica, parecida a la duermevela,  hasta me resultaban eróticos…»

            Este fragmento de la novela breve que el lector tiene ante sus ojos forma parte de uno de los relatos inéditos, como toda su obra justo hasta el momento de que su publicación se realice según está proyectado, en la Serie Libretos de la Lectura de «CARMINA», de la escritora Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001).

            Transcurrida casi una década desde su fallecimiento nos será posible editar este libro no como la opera prima de la autora hispanoargentina, pues no sabemos si fue su primera obra escrita o su última, porque no databa sus escritos, sino como su primera obra publicada, además post mortem.

            Nuestra escritora nació el 4 de diciembre de 1942 en la habitación 99 de un pintoresco hotelito de Gibraltar. Sus padres habían partido desde La Coruña en un largo viaje a Buenos Aires, pero el barco inglés había sufrido una avería a su paso cerca de La Roca y su tripulación había tenido que recurrir al auxilio de los mecánicos portuarios de la antigua colonia británica para reparar un problema serio en las tripas del viejo trasatlántico.

           El matrimonio Dugan tuvo que permanecer tres meses viviendo cerca de un viejo cementerio y frente a una arbolada plaza en un entrañable barrio gibraltareño lleno de escoceses e irlandeses, o mestizos de estos e italianos, españoles, malteses o tunecinos.

            Agustina Casal Castro, la madre de Sandra, vino a parir antes de tiempo, y a los quince días de alojados en el hotel. Allí fue la matrona metodista a ayudar a Sandra Dugan Casal a nacer, con los ojos abiertos y totalmente calva. No sólo no lloró sino que le pareció a Miss Luton que sonreía, circunstancia nunca vivida en toda su larga experiencia de partera en la colonia.

            Sandra nació así a las cinco de la tarde de un día frío de Santa Bárbara y, además, su madre ni lo notó. A la mañana siguiente Agustina ya estaba de pie en la habitación con la niña en brazos, vestidas para salir a dar un paseo y que a las dos les diera el aire. La vitalidad de Agustina era famosa en Sargadelos desde que era una cría. Su familia, conocida y estimada en la comarca hacía muchas generaciones, comprendió que era una auténtica Casal cuando anunció que se marchaba con su marido a la Argentina y que allí se instalarían para siempre como otros Casal y otros muchos gallegos habían hecho.

            Félix Dugan Allariz era consciente de la suerte que le había tocado casi desde que conoció a Agustina por casualidad en el pazo familiar de los Outeiriños un día que acompañó a su hermano Octavio, prometido de la hermosa Silvia Outeiriño, de quien Agustina era amiga desde niña. Silvia le había pedido que estuviera en su casa para cuando llegara Octavio, y éste a su hermano que fuera con él para no estar solo cuando se le declarara. Octavio se comprometió con Silvia, y Agustina y Félix se enamoraron. Al año se casaron. Eran jóvenes y no querían vivir ni en el pueblo de la esposa, Sargadelos, ni en La Coruña, ciudad del marido. Una tía de Agustina, hermana de su padre, tocaya de su sobrina y casada con un rioplatense de origen alemán que nunca perdió su acento bávaro aunque cantara tangos en porteño, Roberto Wenz, como no tenían hijos no les venía mal que sangre nueva y joven añadiera brazos e ideas para mejorar el Café que regentaban en un local debajo de donde vivían en un noble edifico del barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Y con ellos allí, dispuestos a ayudarles según les respondieron en distintas cartas, Félix y Agustina decidieron vender todo lo que tenían, que no era mucho, pues la dote de Agustina era modesta y los ahorros de un farero, oficio del padre de Félix, no dieron para reunir ni para uno de los billetes, pero recibieron no pocos duros de los Outeiriños, gracias a Silvia y Octavio. Juntaron lo suficiente como para que les sobrase algo después de pagar los pasajes del barco, pero no contaban ni con la gravedad de la avería del Liverpool ni con el nacimiento prematuro de Sandra. Cuando con casi cuatro meses de retraso avistaron el puerto de Buenos Aires no les quedaba un céntimo pero cuando vieron a los Casal-Wenz elegantes y saludando desde el muelle y luego todos en tierra se saludaron comprendieron que Sandra, además, los dejó hechizados con su rostro risueño y su inocente mirada desde sus dos hermosos y grandes ojos.

            De Gibraltar Sandra Dugan no tuvo recuerdo alguno hasta que no regresó a la península ya hecha una mujercita de diecinueve años para estudiar Filosofía y Letras en Salamanca cuando era decano D. Fernando Lázaro Carreter. Allí se familiarizó con la poesía de León Felipe cuyos versos había escuchado por primera vez recitados por un joven estudiante de medicina, muchos años después popular actor de televisión, y que a la vista del público había recibido de manos de un espectador mexicano las obras completas del poeta aragonés en el exilio. Aquel regalo le supuso al joven recitador un expediente en el Tribunal de Orden Público y el decomiso de los libros de poesía tan generosa y emotivamente donados por el filántropo mejicano. Por casualidad, Sandra se encontraba presente cuando detuvieron al estudiante y lo vio pasar esposado y escoltado por dos Guardias Civiles. Ella formó parte de una célula que se organizó rápidamente en la Universidad, entre sus distintas facultades, para recoger dinero con el que pagar los gastos de la causa en el TOP. No fue difícil porque el programa de recitales del actor se convocaba para todas las facultades, alcanzando rápida popularidad entre los universitarios, teniendo tanto éxito que llegó a celebrarse dos veces al mes en un salón público que parecía un pequeño teatro, adonde acudían ya no sólo estudiantes sino también muchos salmantinos y el propio Lázaro Carreter no faltaba nunca a la convocatoria poética de «Una hora con…» de la que disfrutaba desde su butaca reservada en la primera fila, justo debajo del escenario, muy cerca del actor para no perderse su extraordinaria voz para la declamación de la gran poesía.

            No tardaron en poner en libertad a Martín (aunque a él los veinticinco días en la cárcel se le habían hecho una eternidad, donde no pudo leer, ni escribir, y ni siquiera hablar, ni solo podía hablar de turbado que pasó aquellos días, según contó a los amigos en el bar mientras mordía su primer bocata de tortilla y bebía de su primera jarra de Mahou, en libertad provisional). Aunque tampoco tardaron en averiguar de dónde había salido el dinero de abogados, funcionarios y multas y quiénes lo habían procurado con cartelitos, guateques y rifas. A Sandra le vino muy bien su pasaporte Gibraltareño (una de las nacionalidades de que era titular, junto a la argentina y la española) y, aconsejada por sus padres en una carta urgente que le llegó, así enviada por ellos a vuelta de correo tras recibir las líneas que Sandra les había escrito donde les daba cuenta del caso de Martín, sabedores de cómo se las gastaban en el franquismo con aquellos estudiantes díscolos, con quienes la policía del régimen no lo tenía demasiado difícil para pillarlos. Aunque no la pillaran. Sandra había partido para La Roca un día antes de que registraran su cuarto del colegio mayor.

BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González

 

 

Agustín, hermano del Chiva, con Manolo «El Poeta de Alcalá»

 

Esta vez, que puede ser la única, vamos a hacer un sumario forzosamente incompleto —ni mi edad, ni lo esquelético de mis fuentes, además del espacio disponible, permiten otra cosa— de los apodos con nombre de animales que han tenido algunas personas en Alcalá a lo largo del siglo XX. Si llegara la ocasión, que lo dudo, de referirnos a los motes de procedencias no animales, es decir, de objetos varios, de plantas, de olores, de facultades y defectos humanos, y así de un casi inagotable etcétera, posiblemente abordaríamos la tarea, aunque de seguro sería más ardua que la que ahora nos ocupa. Con todo, quede dicho que Alcalá nunca ha sido, en términos relativos, de los pueblos en que se hayan contado más personas con sobrenombre, y menos de animales.

 

«La cangreja»

No llegué a saber su nombre completo. Posiblemente nadie lo sabía, ni siquiera ella, tampoco su hijo, porque ninguno de los dos llegó a cobrar paga alguna. Cuando yo la conocí se dedicaba a limpiar en algunas tabernas. Creo que anteriormente no había hecho otra cosa, laboralmente hablando. Bajita y redonda, se escoraba a la derecha al caminar. No fea, sino desafortunada, su mayor y casi único deseo era que los vejetes —cómo aspirar a los jóvenes— se metieran con ella y le dijeran procacidades, a las que contestaba con otras mayores y con tocamientos en su cuerpo y en el del vejete de turno, si éste se dejaba o no tenía los suficientes reflejos para evitarlo. Las dos o tres copitas de ginebra que engullía por la mañana le levantaban el ánimo, pero, claro, sólo por una o dos horas, dándose luego a los botellines. En cuanto a la limpieza, justo es reconocer que se esforzaba, pero entre las distracciones «galantes», la bebida y sus pocas fuerzas nunca se conseguía eso de los chorros del oro.

«El lagarto»

Francisco Jiménez López. Estuvo empleado en la fábrica de cementos desde su fundación, cuando era «Cementos el Caballo». El mote no provenía de la apariencia de su piel —no tenía escamas, ni era verde—, sino del frío que tenía continuamente, lo que le llevaba a ponerse al sol a cada ocasión que se le presentaba. También le conocían algunos como «el ropero», porque llevaba sobre su cuerpo menudo dos camisetas, dos camisas, dos chalecos, una chaqueta, y, desde septiembre a mayo, un abrigo largo. Y tres pares de calcetines, en invierno y en verano. Siempre anheló que lo mandaran a los hornos de la fábrica, lo que nunca consiguió. Lo tenían con un carrillo de mano arriba y abajo, a la intemperie pero entre las naves, donde raramente daba el sol. Al comenzar la jornada en la fábrica siempre llevaba un botijo lleno, no de agua sino de vino e incluso de coñac. Mal comelón, murió de frío, una noche en que, borracho, unos amigos lo dejaron en un coche durmiendo un sueño frío, frío de verdad. (No confundir con Ricardo «el Lagartijo», ese que trabajó en la panadería del Lepe en el Derribo y después en Lejía Conejo, gran persona, rebelde con causa, simpatiquísimo, generoso, bromista de buena ley, hombre de risa fácil pero no tonta).

 

Mirlo común

 

«El mirlo»

Hornero en la panadería de Dolores Oliveros, en la calle La Plata. Era casi tan negro como el pájaro del que recibía el remoquete. Su nombre era José Blanco Rubio. A disgusto con su tonalidad dérmica, nunca llegó a creer que pudiera existir un mirlo blanco. Esquivo, soltero y sin nadie, murió en el desván en que malvivía sin que se descubriera su óbito hasta tres o cuatro días después —era invierno—, cuando fue el casero a cobrarle. «¿Y a mí quién me paga?», llegó a decir el propietario. «El mirlo» tuvo menos misas de difuntos que Adán y Eva.

 

«El ciempiés»

Andrés Cazalla Rute. Vivió en la calle Nicolás Alpériz. Hornero. Inventor de la denominación «agua de bujeritos», para referirse a la del sifón, con la que acompañaba el aguardiente. Lo de ciempiés se debió a que le solía decir al tabernero: «Échame otra, pa no ir cojo». Un día, uno de los taberneros le respondió: «¿Cojo, si eres un ciempiés?», dada la cantidad de «otras» que ingería. Fue uno de los bebedores —no cabría decir borracho, estado en que nunca lo vi— más simpáticos y pacíficos que he conocido. De cuantos he escuchado, el que mejor cantaba las saetas de Alcalá —pegado al mostrador y escrupuloso en cuanto a número y calidad de oyentes—, en un tono bajito, dado que sus facultades no le permitían mucha expansión fónica. En esto le pasaba como al Chicho de San Roque.

 

«El pato»

Antonio Jiménez Gandul. Él ya era bastante mayor cuando alcancé a conocerlo. A uno de sus nietos, buen amigo mío, le dicen «el Patito», y al padre de éste lo conocieron como «el hijo del Pato». Trabajó en la construcción de la conocida como Casa Paulita. Verla derribar, apenas cuarenta años después, fue una de las grandes penas de su vida, si no la mayor. El apodo le venía de su forma de andar, con los brazos hacia atrás y con un contoneo todo él que recordaba a tan entrañable animal. Puedo recordar que armó muchas discusiones en la Plaza del Duque con otros viejos cuando, en 1969, dijeron que el hombre había llegado a la Luna. Él lo negaba y requetenegaba. Yo creo que con buen criterio. No sabemos si llegó una máquina, pero el Hombre….

 

Mantis religiosa

 

«La Santa Teresa»

No diré su nombre. Trabajó en el almacén de Tío Tubo, en el de La Nocla y en el de los Gutiérrez. Esta mujer, de extraordinaria belleza y simpatía, casó cinco veces, y enviudó otras tantas. ¿Habrá alguien entre ustedes que no conozca el proceder de la mantis religiosa hembra durante el acto copulativo? Pues bastó con que a una sola persona se le ocurriera la comparación para que a aquella mujer se la conociera en Alcalá, a la segunda defunción marital, con ese apodo que a mí me parece tan asqueroso y despreciable además de tontísimamente injusto. Los hombres lampaban por ella, y ella elegía. Si se morían ¿qué culpa tenía ella? Por lo menos se habían muerto después de haber conocido a fondo a una mujer de bandera. Seguro que la envidia jugó cierto papel en la génesis y propagación del mote. No tuvo descendencia, y en sus últimos años estuvo atendida por dos sobrinas.

 

Guacamayo

 

«La guacamaya»

Fue mi pariente, amigo y compañero Rafael Palomo el que le puso el mote a aquella muchacha cuya cara se asemejaba a la de tan precioso animal. Lo que pasa es que si en el pájaro resultan de una belleza espectacular, los mismos rasgos trasladados al rostro humano se convierten en algo grotesco y chocante. Un queridísimo amigo mío, Jorge, tan desafortunado en amores como en caídas, fracturas y demás desgracias de cualquier tipo, fue novio de la muchacha apajarada. Ella vivía en una posada, y Jorge iba a visitarla los miércoles por la tarde, que era cuando libraba en el bar en que estaba empleado. Una semana, el dueño necesitó el miércoles para sí, de modo que Jorge descansó la tarde del martes. Se dirigió a la posada, y, al entrar en el zaguán, se encontró con que detrás de la puerta estaba su novia en plena faena con un varón. El bueno de Jorge no pronunció ni una palabra, volvió sobre sus pasos y nunca más hizo por ver a la moza. La guacamaya era fea, pero, tal vez precisamente por eso, no desaprovechaba las tardes libres.  

 

 Canilla de barril

«El verderón»

Había nacido en El Viso del Alcor y se llamaba Jesús. Ni él mismo sabía el motivo de su apodo. Posiblemente le venía de familia. Cuando estuvo trabajando en 1954 en la obra de La Bodega, en la calle de la Mina, bajo la batuta de aquel gran maestro albañil y extraordinario elemento que fue Francisco Antúnez Cáceres, dejó una huella indeleble, tantas fueron las anécdotas que protagonizó. La huella que aquí tengo lugar para reflejar es la que dejaba en la canilla del barril del fino «Mosquito», en el del mistela o en el del vino duro, al manipularlas, ora una ora otra, con las manos llenas de yeso, que nunca tenía la precaución de limpiarse. Los «ataques» de Jesús se contabilizaban, sin más consecuencias, por mi abuelo, por mi padre o por Rafael Palomo: uno, dos, tres, cuatro… Algunas, pocas veces, cuando Jesús estaba en algún andamio, Curro Antúnez le advertía, por su seguridad: «Jesús, bájate de ahí». Pasados los años, fue el inventor de un método infalible para cazar pajaritos: ponía algunos granos, o pan, o lo que fuera, en su mano abierta, y cuando el pájaro se arrojaba por el alimento, Jesús retiraba súbitamente la mano y el pájaro se estrellaba en el suelo. Si se lo creía él mismo, ¿cómo no creerlo yo?. 

 

«El chiva»

Manuel Olivera Carmona, «Manolín». El hijo mayor de un padre gachó y una madre jitana. Manolín, ya cuarentón, se tiró de un balcón de una casa de la calle Herreros, según él para suicidarse, intento del que salió con un pie fracturado. La altura del balcón no daba para más. El padre, betunero de profesión, metía un grillo en una cajita y lo ponía bajo la almohada: decía que sin el rin-rin del grillo le era casi imposible dormir. Creo, no estoy seguro, que Manolín, que no trabajó en toda su vida, más que nada dedicado al sablazo, la terminó en un centro psiquiátrico o manicomio (entonces aún los había). Yo tuve unas cartas —que destruí accidentalmente— cruzadas entre Manolín y una mujer —Luisa Benítez— que conoció en el psiquiátrico de Córdoba. Las cartas eran de cuando Manolín estaba en el de Sevilla y Luisa seguía en Córdoba. Ninguna de las cartas de Manolín fueron manuscritas por él, porque era totalmente analfabeto. Ella, por su parte, se quejaba en todas las suyas de las infidelidades del «Chiva», quizás porque advertía las mentiras de Manolín, clarísimas incluso para mí. (A su hermano Agustín habría que dedicar una biografía de unas doscientas páginas, que serían las más densas imaginables, por ricas y amenas. Agustín ha sido el ser más extraordinario que yo he conocido directamente en mi vida, pero tendría que «poseerme» Dostoyevsky,  o Cervantes, quizás una combinación de ambos, para poder transmitir siquiera fuese una parte de lo que ese ser reunía).

 

«El pavo»

Pablo Fernández Portillo. Sobrino de primos hermanos por parte del padre de la mujer del yerno del cuñado del tío del suegro del hijo más chico de la hermana del sacristán de la iglesia de San Sebastián que antecedió a Pachón, que era tío segundo del segundo marido de su hermana, sobrina carnal del tío del cuñado del sobrino de primos hermanos de la madre de Joaquín el de la tienda. El más presumido de Alcalá y posiblemente de España. Guapo, «bien periformado», como ponen en los partes de los hospitales (lo sé por mí), poseedor de varios de los dones que hacen atractivos los hombres a las mujeres y también a tantos hombres. Pablo se tenía en tanto que pasó los años despreciando a cuantas mujeres le rondaron, sin que, por el contrario, hiciera algo por los de su sexo. Así que, según me aseguró el único amigo que tuvo, nada de nada durante toda su vida. Estaría bien de cuerpo, pero es de suponer que mal de la cabeza. Puede ser también que no estuviera tan bien de alguna otra cosa.

 

«El erizo»

Joaquín Ríos Jiménez. Jitano, orgulloso de serlo y con razón. El apodo le correspondió por ser muy probablemente el único jitano que no le temía a las culebras. Es más, las cazaba con tanta o más agilidad que el simpático animalillo del que recibió su alias. Trabajó durante muchos años en el almacén de Beca, como ayudante de camión. Otra cosa curiosa es que los más agresivos perros de las fincas se echaban a sus pies nada más acercárseles. No lo es menos que los gallos, cuando Joaquín entraba en un corral, se agachaban igual que las gallinas cuando van a ser pisadas. El jitano lo lograba mirándoles fijamente y diciendo, durante unos instantes y sin parar: «Federico, Federico, Federico…». Su final fue casi idéntico al de tantos pobres erizos: atropellado por un coche, en su caso cuando fue a atravesar la carretera sin cuidado alguno, en Sanlúcar la Mayor. Los coches no son perros, ni gallos, ni culebras.

 

«El aguilucho»

También conocido como Fraisquillo (de Francisco, Francisquillo). El mote le fue adjudicado ya mayor, cuando, al entrar en la taberna —repleta—, el dependiente, un jovenzuelo observador y descarado, le dijo: «Fraisquillo, pareces un aguilucho caío de un nío». La verdad es que Francisco de Quevedo tendría delante a alguien muy parecido a su tocayo cuando escribió aquello de «érase un hombre a una nariz pegado…». La de nuestro hombre era aguileña y enorme. Eso, unido a los pelos de punta, a sus temblores propios y a los añadidos por el frío que traía de la calle, además de a la postura de sus brazos, inmóviles pero separados del tronco, hicieron al jovenzuelo acertar con la imagen. De tan mal humor como inocencia y rectitud extremas, siempre estaba sermoneando a su mujer, que, como era sorda, cuando había alguien delante se limitaba a sonreír. Las palabras de Fraisquillo ni le entraban ni le salían, aunque le molestaba tanta insistencia.  

 

«El borrico»

No era de Alcalá, y siempre mentía sobre su lugar de nacimiento. Y sobre cualquier cosa. Cojo, con bigotito y sombrero, con apariencia de jitano sin serlo, se dedicaba a vender participaciones de lotería. Al que rehusaba comprarle le decía: «Arre, borrico», y de ahí el mote. Algunas veces, cuando alguien iba a comprarle, preguntaba qué número quería que le pusiera en la papeleta, como dando a entender, en broma, que carecía de los décimos que respaldaran el albalá. Desapareció de Alcalá cuando una vez «dio» un premio considerable. Yo creo que en esa ocasión él mismo se diría, repetida y enérgicamente, incluso dándose en las ancas: «Arre, arre, borrico, arre». 

 

 

EN TORNO AL PENSAMIENTO DE REYES MATE. El 24 de enero de 2011 a las siete de la tarde en Madrid

TIBOR ZSOLT EXPONE EN LA GALERÍA VILTIN DE BUDAPEST EL 26 DE ENERO DE 2011

PIERO. Por Enrique Martín Ferrera (Diciembre, 2010)

 

La muerte de Procris
Piero di Cosimo, hacia el año 1500
(National Gallery, Londres)
 
«Son las otras artes las que
me han enseñado a escribir»
STENDHAL
 

I

Se levantó y fue hacia el postigo. Amanecía. En el cielo no quedaba rastro alguno de la tormenta que con tanta furia reventara horas atrás. Los truenos y los ladridos de Laelaps le habían tenido inquieto y desvelado en el lecho buena parte de la noche, hasta que cedió al cansancio, quedándose dormido de nuevo, con la vela encendida, el libro de Ovidio en el regazo y el último verso leído en los labios: pectore Procris erat, Procris mihi semper in ore. De madrugada había vuelto a aquel sueño. Apresado estaba otra vez dentro de aquella Capilla romana, atrapado para la eternidad entre sus muros, junto al paisaje salido de su mano en el que Cristo da el sermón de la montaña. Era la perspectiva, o el recuerdo difuminado de ella, que el maestro Cosimo, llamado con otros por el Papa Sixto para decorar las paredes de aquel rincón del Vaticano, había confiado al ingenio y destreza del discípulo, aún no cumplidos por éste los veinte. Ha pasado tanto tiempo. Ya ni siquiera recuerda algún detalle de los paneles de Perugino y Ghirlandaio que flanqueaban la obra de Rosselli en la que participó. La memoria sólo retiene la imagen lejana de su propia labor en el mural. Nunca sus ojos se volvieron a posar en realidad sobre aquella escena que incluía una porción de su pintura, temprana muestra de las capacidades de su pincel. Jamás había vuelto a poner los pies en Roma; demasiado mármol para su gusto, demasiado ruido, demasiadas campanas…

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«TRÍO YOUPIE». Luis Caro

EL LIBRO. Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

Las hojas amarillentas, el extraño dibujo de la portada, el marfil de la contracubierta, las cómo evitables manchas, el olor que desprendía a poco de tocársele… Todo, todo en el libro le impelía a venerarlo, a tenerlo como parte de sí. En realidad, a tratarlo mejor que a sí mismo. El autor del libro era, a gran distancia sobre cualquier otra, la persona más admirada: hasta había soñado, dormido y despierto, un encuentro con el escritor, en una arboleda, en un jardín solitario, en alguna taberna desconocida. Nunca en su casa, porque no le hubiera parecido digno tan deprimente recinto para recibir a tan alto personaje.

 

            No sabía cómo ni cuándo el libro había llegado a sus dominios, pero no hubiera soportado separarse de él, y no digamos perderlo para siempre. Mudanza tras mudanza había sido puesto en todas las mesas, depositado en todas las repisas. Siempre con él, siempre, y, sobre todo,  siempre a la vista. «¿Es bueno ese libro?», le dijo alguien —ignorante o no— alguna vez. Y él contestó, volviendo la cara, ocultándola para disimular el disgusto por la intromisión: «Es que lo estoy leyendo», pero sin querer ni poder ocultar en su voz el rotundo rechazo a la posibilidad de prestarlo.

            Fernando, que así se llamaba mi amigo, había maltratado tanto su cuerpo, a fuerza de no tratarlo bien, que en unas pocas semanas entró en una espiral de profunda debilidad, de ausencia de ganas de permanecer en una vida ya inasumible por completo. Y cayó en cama. Su rechazo a los tratamientos médicos, que alcanzaba a ser de carácter inmunológico, por decirlo en términos específicos —otros, errados, dirían patológicamente psíquicos—, y en lo que tanto nos parecíamos, nos obligó a nuestro amigo Javier y a mí a atender al moribundo. (Transcurría lento y sofocante, como un guiso pesado en una mala cocina, el verano de 1996).

            Un mediodía llegué junto con otros tres amigos; allí estaba Javier, que permanecía a su lado desde temprana hora. Mis tres acompañantes estaban advertidos de que muy probablemente sería la última vez que vieran a Fernando. Una vez idos, y con ellos Javier, notó Fernando que nos habíamos quedados solos, y fue entonces cuando me pidió, con voz débil y sin embargo enérgica y eficaz: «Léemelo». No tuvo que añadir más. Cogí el libro de la desvencijada mesita de noche y comencé a leer. Lo hice lenta pero firmemente, procurando dar las inflexiones adecuadas a cada frase, en unos textos plagados de diálogos. Al acabar cada uno de los breves relatos me tomaba un exiguo respiro, ayudándome con un trago, no sólo para mantener húmedos los contenidos de mi cavidad bucal, sino también para sostener el ánimo, porque es verdad que a veces sirve. 

            Fernando, cuyas últimas fuerzas estaban concentradas en la audición de aquellas historias en mi pobre fonética, miraba al techo sin ver más que las imágenes que su imaginación era capaz de plasmar en aquellos últimos momentos. Cuando, tras más de cuatro horas y al borde de la extenuación, acabé la lectura, Fernando, aún con los ojos abiertos, volvió su mirada hacia mí y me dijo, con una sonrisa jubilosamente triste, luminosa antes de llegar a mortecina: «Ea, ya me he enterado». Le dejé bien arropado, a pesar de lo tórrido de la noche, y salí, seguro de no encontrarle con vida a la mañana siguiente.

            Tuve que volver a mi casa por la llave, pero al poco ya estábamos José Luis, Dionisio, Mario y yo —a Javier le era imposible— comprobando lo inevitable: Fernando era cadáver. Avisada la policía, llegado el médico y la juez, a quien entregué el parte médico de una reciente y breve estancia de Fernando en el hospital, esperamos a que los de la funeraria metieran el cuerpo en la caja. Entonces puse el libro, su libro, su único libro, sobre su pecho. Aquel ejemplar de «Historia de una anguila y otras historias», de Antón Chéjov, con veinticinco cuentos en una edición de 1946 (Colección Austral, de Espasa-Calpe) se habrá convertido en polvo, igual que el retrato del gran Pávlovich  —que también puse en la caja— y el cuerpo de Fernando, aquel analfabeto que amó a un libro por sobre todas las cosas.

Foto: ODP

HADES. Por José Manuel Colubi Falcó

 

Hades
Agostino Carracci
S. XVI

 

Mes de noviembre, mes de los difuntos –los que han consumido su día–, consonante con la Naturaleza, adormecimiento, hojas caídas… Todas las religiones tienen mundo de los muertos; la griega también: el Hades.

 

            ¿Quién y qué era Hades? El Invisible, el dios de los infiernos –lugares inferiores–, y su reino, por metonimia, llamábase Hades. Hijo de Crono, con sus hermanos Zeus y Posidón se reparte el mundo, y como es el más chico, le toca lo peor: el reino de allá abajo, lóbrego, tenebroso, adonde nadie quiere ir. De ahí que sea célibe a la fuerza durante mucho tiempo: ninguna diosa quiere casarse con él, hasta que, harto, recurre a la violencia y rapta a su sobrina Perséfone, Proserpina, hija de Deméter, en uno de los más hermosos mitos griegos. Aunque, como la Tierra guarda en su seno inagotables riquezas, es llamado también Plutón, «el rico».

 

            Ese reino –al que los poetas llamarán también Orco y Érebo– tiene un guardián, el can Cérbero, de tres cabezas, que impide la entrada a los vivos y la salida a las sombras de los muertos. Los nombres de los ríos que lo riegan ya lo dicen todo: el Aqueronte, el Cocito, el Piriflegetonte, el Estigio, ríos de la aflicción, del lamento, de las ígneas llamas, el odioso, y también el de su fuente, Lete, del olvido, cuyas aguas beben los muertos para olvidarse de su vida en la tierra. El barquero Caronte cruza  con ellos el Aqueronte  –previo pago, claro, del billete, un óbolo, que llevan en la boca– y los deja en la otra orilla, en manos de Hermes (Mercurio), quien los presenta a un tribunal de tres jueces, Minos, Éaco y Radamantis, que juzga sus hechos en vida: los buenos serán conducidos a los Campos Elíseos (Campos de los beatos, de los felices, de los bienaventurados), los malos, arrojados al Tártaro.

 

            En el Elíseo, los bienaventurados viven en verdes prados tachonados de flores, halagados sus oídos por los trinos de los pájaros, sin penas ni enfermedades, acariciados por dulces brisas y disfrutando de una tierra fecunda que les da triple cosecha anual sin esfuerzo. El Tártaro, en cambio, es la cárcel de los malos, custodiada por las Furias, que inmisericordemente los azotan con sus látigos, y rodeada por el Pirigefletonte a modo de foso; residencia de toda suerte de enfermedades, miserias, fatigas, males, allí están las Arpias, y, cómo no, los célebres malvados como Tántalo, siempre sediento y persiguiendo, en vano, las aguas que escapan de él.

EN HONOR DE BREOGÁN. Poema de Bartolomé Segura Ramos (con dibujo de Xopi)

«CARMINA» Nº 3