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LA VIRGEN DEL ÁGUILA Y ALCALÁ. Poema de Lauro Gandul Verdún (2016)

 
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La virgen del Águila

15 de agosto de 2008

(Foto: LGV)

 

   Saben que María, la madre de Dios, está aquí,
en esta cima del Águila.
Que aquí, si suben, llegan a Ella,
la virgen del Águila.
Saben que se trata de subir como sea:
con el brío de la juventud
o las fatigas de la vejez.
Los alcalareños saben que han de subir al Águila
para poder pisar el suelo de su patria verdadera,
la que está aquí,
muy por encima de la que caduca en sus estrechos términos.
En este monte santo para ellos está
lo más alto y lo más hondo.

   Así llevan siglos.
Con sus vidas cotidianas a cuestas
suben la cuesta del Águila
para encontrarse con el nombre libre y propio
de Santa María del Águila,
Señora de los que buscan su nombre.

   Con sus familias vienen, desde hace siglos.
También están los que han venido solos,
los sanos y los enfermos…
Basta que hayan llegado
para que ni se sientan perdidos
ni nada los asuste.
Sea cual fuere su condición,
sin que haya importado el linaje,
todos han buscado su nombre de cuerpo entero:
¡Virgen del Águila!

   ¡Muchos vienen a vos, Santa María del Águila,
a respirar,
a resucitar!
¡Cuán dulce les parece la existencia a vuestro lado
cuando llegan a veros!
Vienen a vos desde todos los barrios del pueblo,
como hijos que llegan a su Madre,
la que todo lo que ofrece cumple,
la que siembra de certezas las vidas afligidas.
Santa María del Águila,
Luz divina, Virgen Celeste,
cuando entorna la tarde los ojos
en vuestros dominios vivir
nunca será un delirio sombrío.
Reináis con pasión en vuestro primoroso espacio,
y las alturas acercáis a los labios de los que rezan.

  Descalzo llego a vuestra vera,
a alzar este cántico me atrevo.
Alumbrado de dicha por vos
pido que me escuchéis desde vuestro corazón inagotable,
no sé si yo lo mereciera,
aunque sí sé por mis hermanos,
que siempre sois hallada
dispuesta para la misericordia.
Así hoy vengo con muchas cosas que deciros,
tantas que no me caben en el decir.
Por eso hoy vengo cantándoos con verso nuevo y viejo a la par.
Vengo a tejer estos misterios
y nunca de perderos temo.
Tanteo en el abismo cuando la sombra cae de plano,
pero por mi afán, y por vos misma, a vos me asomo.
Os percibo como un pozo invertido,
un pozo,
porque lo que escucho y veo
de vuestro arriba
se me aparece como si viniera de lo profundo,
de lo hondo que tienen los pozos.
Subir es ahondar y el eco viene de un cielo
entrañado en el vientre de la tierra.
El agua siempre responde desde abajo
con un fervoroso frescor.

 Desde este alcor sagrado hemos aprendido a comprender
el lejano fondo de la vega,
y también a contemplar que la plata de vuestro perfil
es el espejo de los arroyos y los veneros que la riegan.
Nos hemos adentrado en el tiempo sin tiempo del niño,
con el ritmo sin tiempo del viejo
-tiempo de origen, tiempo final-,
y hemos alcanzado a ver
por la luz de Nuestra Señora del Águila,
por Ella,
lo que siempre con gloria aquí ocurrió:
La vida venciendo a la muerte sin darle tregua.
Cómo, dónde y cuándo moriremos, claudican,
se hunden estériles.
La mente mortal se desconcierta.
El espanto de morir y estar muerto huye
horrorizado por la claridad de vuestros ojos.
Lo que se fue regresa para que lo aprovechemos de nuevo,
amando a quienes no amamos suficientemente,
alargándoles abarcándolos nuestro abrazo
para reconciliarnos con lo desgarrado.

   Aunque a vos lleguemos heridos,
casi vencidos por tanto sufrimiento,
siempre seréis nuestra esperanza,
y siempre nos ofreceréis amparo.
En la duda llegamos
y dádivas se nos allegan de vuestro mirar.
Vuestro vuelo nos lleva a las estrellas del cielo.

   Sabemos que María, la madre de Dios está
en esta cima del Águila.
Que si subimos aquí llegamos a Ella,
la virgen del Águila.
Con el brío de la juventud, o las fatigas de la vejez,
sólo si subimos la vieja cuesta, como sea,
podremos pisar el suelo de nuestra patria verdadera,
muy por encima de la que caduca en sus estrechos términos.
En este monte santo para los alcalareños está
lo más alto y lo más hondo.

_____________________________

[Este poema fue recitado por el autor en el Concierto-Meditación en honor a Santa María del Águila celebrado en el Santuario de la Virgen, con motivo del 125 aniversario fundacional de la Hermandad de la Patrona de Alcalá de Guadaíra]

 

AQUEL RAFAEL QUE CONOCÍ UNA TARDE EN MOSCÚ. Por Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001)

 

Sombra de nubes sobre la fachada de los Almacenes Gum

(Foto: Sandra Dugan. Moscú 1994)

 

Del Diario de Sandra Dugan rescatamos otro relato de su estancia en la Universidad Estatal M. V.  Lomonósov  de Moscú entre 1994 y 1997. Algunas páginas de su diario personal ya han sido publicadas en esta revista [Escaparate] en los años 2011 y 2012.

Olga Duarte y Lauro Gandul

 

Llegué a Moscú en enero de 1994, con cincuenta y un años recién cumplidos el 4 de diciembre pasado, en un día que me dejó helada. Por mucho frío que creyera que allí hiciese, mucho más hacía. Helada me quedé, aunque no era la temperatura, no, pues iba bien abrigada. Era la fría luz de bienvenida que me daba la avenida, donde tomé conciencia de encontrarme en Moscú, cuando miraba distraídamente por la ventana del taxi que me llevaba desde el aeropuerto a la Plaza Roja.

   Mientras el taxista me esperaba en una calle cercana con todo mi equipaje y mis libros para los próximos años, corrí hacia aquella plaza soñada sólo para asomarme a ella. Eran suficientes unos minutos para abarcar con la mirada sus casi tres hectáreas: San Basilio, el Kremlin, los almacenes Gum; y pisar sus adoquines… Aquella plaza era en sí lo que yo necesitaba ver pues aquella Plaza Roja era para mí Moscú: bastaba ella sola para serlo.

   El taxista me llevó a Lomonósov: mi destino, mi trabajo y el pequeño apartamento donde viviría en el corazón, muy agotado como pude pronto comprobar, del campus más prestigioso de Rusia, cuya arquitectura estalinista sobrecogía como un panteón. Soberbios edificios, esculturas gigantes, mármoles, escaleras, bibliotecas, departamentos, aulas… que me hacían sentir pequeña, muy diferente en todos los sentidos de la Salamanca de los sesenta donde estudié, aunque en cuanto a las dimensiones ciclópeas de la urbe y de su Universidad más importante, no me eran ajenas cuando las comparo con el Buenos Aires donde me crié. No digamos del contraste, no menos espectacular, entre la Gibraltar de mi exilio juvenil con la enormidad de Moscú. Pero ninguna luz, que en mi vida hubiese hallado alguna vez en alguna ciudad, había sido tan gélida como la de Moscú aquella mañana en que llegué por primera vez. Me dejó helado el corazón sin alcanzar a comprender porqué, aún hoy cuando escribo estas líneas en mi pequeño despacho de la Biblioteca del Departamento de Español de Lomonósov.

   Acrecentaba esta pequeñez sentida mi ignorancia del ruso. Aunque en cuanto a lenguas puedo decir que contaba con mi español cosmopolita bonaerense, más el decir porteño cuando quería, y el de mi bendita Salamanca, junto con el inglés decimonónico heredado de mi familia –contaminado por la jerga de los llanitos− y de las historias que me contaban aquellas inglesas con las que a veces regresaban casados nuestros marineros gallegos después de recorrer los mares del norte. No obstante todo mi cosmopolitismo, me sentía gallega por el doble vínculo que mis familiares –no sólo mis padres− me transmitieron como lengua vernácula sino por la divina Rosalía y el portugués de allende el Miño. Pero con los funcionarios de frontera en la terminal del aeropuerto no tuve que hablar nada. Examinados mi pasaporte, mi visado especial para trabajar en la universidad, mis papeles de Residente-Doctora por tiempo indefinido y mis maletas, en las distintas cabinas, nada tenían que decirme, sino estampar los correspondientes sellos y con un gesto indicarme que podía continuar. No tuve que hablar nada. El silencio en la terminal era casi absoluto. Al taxista bastó decirle Lomonósov. Cuando tuve que pedirle que me dejara lo más cerca de la Plaza Roja para bajar y verla, y que me esperara, fue distinto, aunque tampoco había problema porque el taxista sabía inglés.

   Ya en la puerta de la universidad, el bedel de uniforme gris que me atendió sólo hablaba ruso. Yo le hablaba en español. Nada impidió que me dejara ante la puerta en la biblioteca, y con una sonrisa se despidiera. Abrí la puerta y entré. Afortunadamente no había nadie. Eran tres habitaciones cuadradas unidas por dos huecos adintelados. Doce paredes repletas de libros desde el suelo al techo, sin ventanas. Un escritorio en un rincón de cada habitación con sus lámparas de mesa y escribanía. La luz del techo era muy endeble. Para trabajar con los libros de las estanterías iba a necesitar una linterna. Dejé mis maletas junto al primer escritorio y me dispuse a ver los libros más cercanos. Todos estaban en español. Había miles. Me entró un entusiasmo enorme al pensar lo lejos que me había venido para estar en una biblioteca en español a miles de kilómetros de España, donde conocía cientos de bibliotecas en las que habría podido trabajar. Al fondo otra puerta. Al abrirla un fanal de luz entró desde la plaza a la que daba iluminando los libros de las tres habitaciones, sin que para recorrerlos hicieran falta las luces de los techos. Era fantástica, ahora, esta luz.

   Salí a la plaza. Recorrí sus aceras, perímetro de los hastiales de los edificios que la acotaban. Uno de sus lados se abría a un parque. No había nadie en la plaza, pero al fondo del parque se veían unos quioscos, y allí sí había gente. Y humareda de fritangas. Hacia allí me encaminé porque también tenía hambre. Llevaba algunos rublos y no fue difícil conseguir un perrito caliente con una salsa picante y una cerveza. Dentro del quiosco se estaba bien pero no me quité el abrigo. Comí sentada a una mesita junto a otros que llenaban el espacio disponible. El ambiente estaba cargado de los olores de la comida pero parecía que no hubiera nadie de lo silenciosos e inexpresivos que estaban mis acompañantes. Nadie  miraba a nadie. Ni siquiera los que estaban frente a frente cruzaban entre sí sus miradas, ni por casualidad. Tal vez fuera porque nadie se conociera y todos estuvieran de paso como yo misma, aunque probablemente este lugar pronto pasara a formar parte de mi vida cotidiana. Quizá por esto yo sí miraba –con el disimulo que me era posible, en un lugar tan pequeño−.

   Terminando ya con esta intempestiva cena, porque eran las cinco de la tarde y ya intuía que al regresar de nuevo al apartamento no saldría porque la noche estaba al caer, vi llegar a un grupo de jóvenes charlatanes y sonrientes que se acercaban al quiosco. Demoré los últimos tragos de la cerveza para, al menos, tener algún sentir de las gentes. Entre ellos hablaban portugués y podía entender toda su conversación de gratas disquisiciones intelectuales. Hablaban de Moscú como un mito siendo ya para mí una entelequia. De entre todos ellos destacaba uno con gafas gruesas y pelo anillado que apenas llevaba ropa de abrigo y no parecía tener frío. Éste callaba mientras hablaba el grupo pero cuando algo decía dejaba a los demás pensativos y, de nuevo, la conversación se encendía. No he sido nunca dada a entrometerme en conversaciones ajenas pero era mi primer día en un Moscú frío, sordo, y decidí interpelarlos rescatando mi portugués. Extrañados me miraron y más profunda e inquisitiva fue la mirada, tras los gruesos cristales, del joven que me llamó la atención al llegar el grupo. Menos él, que no habló hasta el final, los demás me contaron que eran estudiantes mozambiqueños becados por su gobierno para estudiar en Moscú. Justo en 1994 se habían celebrado en su país las primeras elecciones libres tras una guerra civil de quince años y ese era todo el debate que traían. El de las gafas era español y aunque no me dijo la edad supuse que mayor que el resto, tendría unos treinta y tantos años. Él ya conocía lo que había sido una guerra civil y unas primeras elecciones democráticas por eso callaba e intervenía certeramente siempre.

   Al final llegó la noche y el quiosco fue vaciándose de sus gentes y por la plaza ya merodeaban vodkataris y gentes extrañas en una ciudad con nombre pero sin futuro. Tuve miedo de regresar sola aunque sólo fuera cruzar de nuevo la plaza. Los estudiantes querían regresar también y este de las gafas, que percibió mi inquietud por la hora y la desolación de la plaza, me preguntó si estaba muy lejos el lugar al que tenía que regresar. –Tendría que cruzar la plaza, le dije. –¡Pues venga!, yo te acompaño que estos me esperan aquí. Pareció su tono tan obligado que no quise pero él insistió. Secamente me dijo mientras me acompañaba: −Te has colado en nuestras conversaciones pero yo no sé quién eres. –Yo tampoco sé quién eres tú, le contesté con cierta aspereza. Empezó a reírse burlonamente y esto me fastidió. Cuando llegué a la escalinata de la biblioteca por donde tenía que acceder para entrar hacia mi apartamento me dijo: Soy Rafael Rodríguez, he venido desde Alcalá de Guadaíra y quizá esto no era lo que buscaba del comunismo. Me marcharé en unos días. Mañana si quieres nos vemos en el quiosco y seguimos hablando. Con voz entrecortada le dije: −Yo me llamo Sandra Dugan.

________

A PROPÓSITO DE SANDRA DUGAN (1942-2001). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

«33». Poema de Sandra Dugan (Gibraltar 1942-Madrid 2001). Moscú 1994-1997

CACAREAN LAS GALLINAS EN EL CORRAL. Por Sandra Dugan (1942-2001)

 

PROSA Y POESÍA DE RAFAEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ (1955-2015) EN LA REVISTA ILUSTRADA DE LITERATURA «CARMINA»

 

[Foto: LGV Rota 2011]

 

I

 

OBRA ANÓNIMA

 

   ¿NOTÁIS LA BARBULLA DE LA MARCHA?. Anónimo del s. XXI (Compilaciones de Rafael Rodríguez González 2012)

   «OBSERVAD AL CIERVO: SABE». Anónimo del s. XXI encontrado en las escalinatas de las Setas de La Encarnación (Compilaciones de Rafael Rodríguez González —Sevilla 2012—)

   «QUE GROENLANDIA SE FUNDA» Poema Anónimo del s. XXI con otro visual de LGV. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   A SALVO DE RESFRIADOS. (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   ES UN PAPEL HALLADO EN CUALQUIER SITIO (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   PROCACIDADES PARA UNA BODA (Anónimo del s. XXI). Compilaciones de Rafael Rodríguez González

sintítuloacrílicosobrelienzoFAFI

Sin título

(Acrílico sobre lienzo)

Rafael Luna

 

II

 

OBRA HETERÓNIMA

 

ALBERTO GONZÁLEZ CÁCERES (1953-2009)

 

   ALGUNAS RIMAS DE ALBERTO GONZÁLEZ CÁCERES HECHAS POR ENCARGO (CON DOS PINTURAS DE RAFAEL LUNA, A PROPÓSITO DE ESTA EDICIÓN). Por Rafael Rodríguez González

   DISTANCIA. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   «SUBIU O CLAMOR DA LIBERDADE / FLORIU ABRIL». Homenaje de «CARMINA» a la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974 y 2ª edición de un poema de Alberto González Cáceres

   EL VACÍO (*). Poema de Alberto González Cáceres con fotografía de Manuel Verpi

   AL FILO DE LA NOTICIA* (29-2-2009). Poema de Alberto González Cáceres (1953-2009)

   PINGAJOS. Por Alberto González Cáceres (1953-2009)

   POR DESGRACIA… (*). Alberto González Cáceres (Alcalá, 1953-Monsaraz, 2009)

   TE QUEREMOS, LUIS. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   LA PRÉDICA DEL INCURABLE. Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   POR SI FUERA POCO (*). Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   FIN DE LA MADEJA (*). Por Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   BUSCANDO EN LA CALLE SOL. Alberto González Cáceres (1953-2009)

   EL LIBRO. Alberto González Cáceres (Alcalá de Guadaíra, 1953-Monsaraz, 2009)

   ESTUPENDO. Por Alberto González Cáceres (Alcalá, 1953-Monsaraz, 2009)

  TERCER AVANCE: LA DESTILACIÓN DE LA VIDA. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   SEGUNDO AVANCE: UN HOMBRE DE TALLA. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   PRIMER AVANCE: LA LEJANÍA DEL PODER. Alberto González Cáceres (2009). Publicación «post mortem». Texto cedido por Mario Cortés (2010)

   XIV (De «De Proelium»). Alberto González Cáceres

   HOMENAJE (1) DE «CARMINA» A LA LIBERTAD O AL AMOR (15 DE MAYO DE 2016). Poema y carta de Alberto González Cáceres (1953-2009) y Rafael Rodríguez González (1955-2015), respectivamente

 

 Jules et Jim

François Truffaut

(1932-1984)

 

FERNANDO GONZÁLEZ CÁCERES

 

   EL MARIDO DE MI MUJER. Por Fernando González Cáceres «Mimo»

 

[Foto: Lorenzo del Término, Lisboa 2012]

 

HÉCTOR BAUDILIO CÁRDENAS POSTIGO

 

   PASMOSA Y SINGULAR. Por Héctor Baudilio Cárdenas Postigo

[Foto: Lorenzo del Término, Marvão (Portugal) 2011]

 

JOAQUÍN DE GRADO

 

   YA ESTÁN EN LA HISTORIA. Por Joaquín de Grado

   LA PAZ ES IMPOSIBLE. Por Joaquín de Grado

   QUE NO PARE LA REFORMA. Por Joaquín de Grado

   ASÍ NO HAY SALIDA. Joaquín de Grado

   VA A PASAR. Por Joaquín de Grado

   «¡QUÉ LINDO, CHAMACOS!» Por Joaquín de Grado

   VERGÜENZA NOS DA. Por Joaquín de Grado

   AMNISTÍA Y LIBERTAD. Por Joaquín de Grado

   DE AQUÍ A LA ETERNIDAD. Por Joaquín de Grado

   LA JUSTICIA DE LAS FIERAS. Por Joaquín de Grado

   OTRO PARO, ¿Y…?. Por Joaquín de Grado

   EL REFERÉNDUM. Por Joaquín de Grado

   ESCENAS ESPAÑOLAS. Por Joaquín de Grado

   LO MEJOR Y LO PEOR. Por Joaquín de Grado

   NAPOLEONCITO HA HABLADO. Por Joaquín de Grado

   LA RELIGIÓN DEL VOTO. Por Joaquín de Grado

   DÚO ALCALAREÑO. María del Águila Barrios y Joaquín de Grado

   EL 20-N, REFERÉNDUM. Por Joaquín de Grado

[«Canto a la libertad» de José Antonio Labordeta (1935-2010)

 

JOSÉ CUEVAS DEL RÍO (1581-1613)

 

   TRES EN LA RIBERA. Por José Cuevas del Río (1581-1613)

   MÁS HOMENAJE (2) DE «CARMINA» AL 15-M, COMO DESDE HACE 5 AÑOS: SI LA LIBERTAD ES MENOS QUE EL AMOR, MÁS AMOR SI CABE, QUE LIBERTAD. Poema y carta de José Cuevas del Río (1581-1613) y Rafael Rodríguez González (1955-2015), respectivamente

 

Benjamín Franklin leyendo

David Martin

(1737-1797)

 

MARIO CORTÉS

 

   CARTAS A OLGA (5). Por Mario Cortés (2009). Con «Nota Preliminar» a los «Tres avances fúnebres» de Alberto González Cáceres

   EL ARTE PURO (DOY FE DE QUE HA EXISTIDO). Poema de Mario Cortés (1984)

   CARTAS A OLGA (4). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (3). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (2). Por Mario Cortés (2009)

   CARTAS A OLGA (1). Por Mario Cortés (2009)

  MIGUEL CON SUS PENAS (SUCINTO BOSQUEJO SINCOPADO DEL OCTOGÉSIMO CAPÍTULO DE UNA BIOGRAFÍA). Por Mario Cortés, 2008

El prestidigitador EL BOSCO

El prestidigitador

El Bosco

(1450-1516)

 

PARCO LACÓNICO

 

   LA MARCA ESPAÑA. Por Parco Lacónico

   UN JUEZ POR DERECHO Y DOS LIBROS. Por Parco Lacónico

   CON PERMISO DE PEÑAFIEL. Por Parco Lacónico

   ¡QUÉ MANADA! Por Parco Lacónico

   UN NOBEL, UN TRAPO Y UN MINISTRO. Por Parco Lacónico

   ACCIDENTES. Por Parco Lacónico

   LA BÁÑEZ, ESE CILICIO*. Por Parco Lacónico

   ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTE CÁLIZ. Por Parco Lacónico

   MINISTROS Y ENCUESTAS. Por Parco Lacónico

   LOS TRILEROS. Por Parco Lacónico

   1000 KILOS DE HACHÍS «ES-FUMADOS». Por Parco Lacónico

   ¡QUÉ FIGURAS! Por Parco Lacónico

   SÓLO PARA PRIVATIZAR Y ROBAR. Por Parco Lacónico

   LAS APARIENCIAS A VECES NO ENGAÑAN. Por Parco Lacónico (con fotos de LGV y pintura de Fafi)

   DECISIONES. Por Parco Lacónico

   Y VALDERAS SE CAYÓ DEL CABALLO. Por Parco Lacónico

   PARLAMENTOS, un texto breve de Parco Lacónico con LA JUSTICIA, dos pequeños dibujos de Xopi

   NADA NUEVO BAJO EL SOL. Por Parco Lacónico

Manolito María, Anzonini y Paco del Gastor

(primeros años 60, Madrid)

 

RAMÓN NÚÑEZ VACES

 

   DOY FE DE QUE HA EXISTIDO. Ramón Núñez Vaces

   LOS DOS JUANES. Por Ramón Núñez Vaces

   JUAN TALEGA EN CUATRO ADARMES. Por Ramón Núñez Vaces

   JOAQUÍN EL DE LA PAULA MURIÓ HACE 75 AÑOS. Por Ramón Núñez Vaces, 2008

Dolores Ibárruri y su hijo Rubén

(Probablemente la última foto que se hicieron madre e hijo)

 

RAÚL ROCA GALES

 

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (4ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (3ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (2ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

   RAMIRO RUIZ GANTERO EN CUATRO PARTES (1ª). De la serie «Personajes imaginables en hechos reales». Por Raúl Roca Gales, Delegado en Sevilla de Caja Luna Lunera, Sociedad Filantrópica Global. Compilación de Rafael Rodríguez González, 2010

 

Murmúrios de sombras e silhuetas no Teatro Real de San Carlo

[Foto: Lorenzo del Término, Lisboa 2012]

 

URBANO URIBE DE URVANDO (1959-1986)

 

   LA NOCHE EN LAS BUTACAS. Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   EL HOMBRE DE LA ACERA (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   YA NO PODÍA MÁS (*). Por Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

   REALIDAD DESPERDIGADA. Por Urbano Uribe de Urvando

   LO MÍO ES MÍO. Por Urbano Uribe de Urvando

   EL ENCUENTRO (*). Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

Conversaciones en torno a Cezanne

Guillermo Bermudo

2001

 

III

 

OBRA HOMÓNIMA

 

RAFAEL RODRÍGUEZ GONZÁLEZ (1955-2015)

 

   FERNANDA DE UTRERA: «ALCALÁ SIEMPRE SE HA PORTADO BIEN CONMIGO». Manuel Ríos Vargas y Rafael Rodríguez González (1984)

   EVENTOS CONSUETUDINARIOS. Por Rafael Rodríguez González

   A PROPÓSITO DEL GUITARRISTA PACO DE LUCÍA. Por Rafael Rodríguez González

   LA CARRERA. Por Rafael Rodríguez González

   «TÓ» EL MUNDO ES FEO. Por Rafael Rodríguez González

   PABLO Y NÉSTOR. Por Rafael Rodríguez González

   AHÍ ESTÁ EL DETALLE. Por Rafael Rodríguez González

   EL EXTRAÑO CASO DEL NIÑO MONJE. Por Rafael Rodríguez González

   YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

   CORTAR EL NUDO. Por Rafael Rodríguez González

   GENTE INFRECUENTE (y III). Por Rafael Rodríguez González

   GENTE INFRECUENTE (II). Por Rafael Rodríguez González, con una pintura de Rafael Luna sin título (acrílico sobre lienzo)

   GENTE INFRECUENTE (I). Por Rafael Rodríguez González

   LÚGUBRE HORIZONTE. Por Rafael Rodríguez González

   PLÁTICAS MÍNIMAS. Por Rafael Rodríguez González

   GOBIERNO DE SALVACIÓN. Por Rafael Rodríguez González

   ALCALDES, O ZOQUETES. Por Rafael Rodríguez González

   LA LEYENDA DE LA CALLE MAREA. Por Rafael Rodríguez González (Para Antonio Herrera, con sus dolores)

   CIRCO PERO SIN PAN. Por Rafael Rodríguez González

   MERCADERES Y FARISEOS. Por Rafael Rodríguez González

   MIGUEL. Por Rafael Rodríguez González

   LAS MUJERES DE MI VIDA (CON VOCES SISADAS A PABLO NERUDA). Por Rafael Rodríguez González

   PESADILLA ESPAÑOLA. Por Rafael Rodríguez González

   LA COSA ESTÁ MALA. Por Rafael Rodríguez González

   CUANDO ACIERTO LO ADMITO. Por Rafael Rodríguez González

   ¿POR QUÉ TE DISCULPAS?. Por Rafael Rodríguez González

   «EL BOMBONA» EN DIEZ HOJUELAS. Por Rafael Rodríguez González

   MANOLILLO EL TONTO Y EL CARRO ROBADO. De la serie «Herramientas de trabajo». Por Rafael Rodríguez González

   «INSECTS OF THE WORLD». Por Rafael Rodríguez González

   13 DE MAYO DE 1969. Rafael Rodríguez González

   URDIMBRES. Rafael Rodríguez González

   LUIS CERNUDA VA A CUMPLIR AÑOS. Rafael Rodríguez González

   COSAS SERIAS DE VERDAD. Rafael Rodríguez González

   PIENSO, LUEGO NO VOTO. Por Rafael Rodríguez González

   VINDICACIÓN DEL SALVAJISMO. Por Rafael Rodríguez González

   BORRACHOS. Por Rafael Rodríguez González

   ¡A LA COLA! Por Rafael Rodríguez González

   LA PISTOLA DE BELTRÁN. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   CARTAS DE AMOR AL CHIVA. Rafael Rodríguez González

   PATRAÑAS. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   EL TUFO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   LORENZO Y EL SALTO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   MANOLITO. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   TORERÍA. Por Rafael Rodríguez González (De la serie «SUCESOS», Homenaje tardío a «EL CASO»)

   EL BARCO (POEMA DE PABLO NERUDA). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE CUARTA O «PALABRAS PARA JULIO» DE ANDRÉS ASIDO). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE TERCERA). Por Rafael Rodríguez González

   UN VAPOROSO RECUERDO PARA GABRIEL CELAYA. Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE SEGUNDA). Por Rafael Rodríguez González

   JEAN RIEN Y LOS DOS FABRIZIO (PARTE PRIMERA). Por Rafael Rodríguez González

   BREVE BESTIARIO ALCALAREÑO. Rafael Rodríguez González

   A PROPÓSITO DE UN «PCIH». Por Rafael Rodríguez González

   EPITELIOS. Rafael Rodríguez González

   MONSERGA POST-MUNDIAL PARA NIÑOS CIEGOS (A Dolorcita, lavandera). Unas letras de Rafael Rodríguez González, 2010

   UN ITALIANO EN LA CORTE DE JOAQUÍN EL DE LA PAULA. Por Rafael Rodríguez González (2010)

   ¿GALENO, O PODENCO?. Suave diatriba de un (im)paciente dolido. Por Rafael Rodríguez González (2009)

   CERVANTES Y ALCALÁ DE GUADAÍRA. Por Rafael Rodríguez González (Septiembre de 2009)

   ¿QUÉ ES, MUSA O MEDUSA?. Epinicio de Rafael Rodríguez González (Julio de 2009)

   ESE TÍO QUE CANTA. Por Rafael Rodríguez González (marzo de 2009)

   PALOMADAS. Por Rafael Rodríguez González

   DIÁLOGO ANTE UN CARTEL. A propósito de un cartel del pintor Guillermo Bermudo. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   CALÓ, CHELI Y ESPAÑOL (UNOS POCOS EJEMPLOS). Rafael Rodríguez González, 2008

   LA ALARMA. Por Rafael Rodríguez González, 2008

   LA HAZAÑA EN ALCALÁ DE UN CÓRDOBA QUE ES DE SEVILLA. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

   FERNANDA DE UTRERA. Por Rafael Rodríguez González, 2003

   UNA TORMENTA DE VERANO. Por Rafael Rodríguez González, 2008

   PESADILLA A PLAZO FIJO. Drama onírico-especulativo en medio acto y dos escenas. Rafael Rodríguez González, 2008

 

TETRÍPTICO-RRG ODP 2002

Rafael Rodríguez González

(Fotografía: ODP 2002)

 

EL ÓRGANO DE LA IGLESIA DE SANTIAGO EL MAYOR DE ALCALÁ DE GUADAÍRA (CRÓNICA DE UN VIAJE). Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún (2015)

 

La Riverside Methodist Church de Blairgowrie La Riverside Methodist Church de Blairgowrie

 

…y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.

 

   Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.

 

   A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave, que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.

 

   Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

«Maese Pérez el organista»

Leyendas

Gustavo Adolfo Bécquer

(1836-1870)

 

El órgano en la Riverside Methodist Church de BlairgowrieEl órgano en la Riverside Methodist Church de Blairgowrie

 

La crónica empieza en Alcalá de Guadaíra a fines del invierno pasado. Fue en el mes de febrero cuando Joaquín Bono Caraballo tuvo noticia de un órgano que se vendía en una iglesia metodista de Escocia, al norte de Edimburgo. Antes había intentado la compra de uno cerca de París pero no se hallaba en buen estado y su restauración la suponía muy costosa. Fue en Blairgowrie, en el condado de Perth, donde la iglesia metodista de Riverside vendía el edificio y el órgano instalado en su presbiterio. Contactó con el reverendo, pues parecía una buena oportunidad para conseguir un órgano para Alcalá, teniendo en cuenta su tamaño, características y su aparente buen estado de conservación. Preguntó por el precio y considerándolo muy asequible inmediatamente señaló la compra para asegurarse de no perder esta oportunidad única, aun a riesgo de que cuando fuera a inspeccionarlo realmente no estuviera tan bien conservado como parecía.

   El Sábado de Pasión viajó al pueblo escocés a orillas del río Ericht acompañado de un experimentado organero. Una vez allí había dos posibilidades, o daba marcha atrás a la compra, aunque perdiera la señal, o seguía para adelante con el proyecto, como así fue, al comprobar que el órgano se encontraba en un magnífico estado de conservación, ya que se había mantenido en uso diario hasta el tiempo de la inspección. Sólo hacía falta desmontarlo y traérselo para Alcalá. Con tal fin, organizó un viaje que hizo coincidir con un permiso laboral por los días de feria de Sevilla y se fue a Escocia con sus hermanos Francisco y Antonio, su primo Rogelio Caraballo, su buen amigo José Antonio Rico y, de nuevo el mismo organero. Previamente había construido unas cajas de madera que sirvieran para guardar las distintas piezas, que tenían que embalarse cuidadosamente para el viaje del órgano desde Blairgowrie, y para llevar las no pocas herramientas necesarias que no podían portar consigo como pasajeros del avión. Gracias al desinteresado ofrecimiento de Jesús Mª Hermosín, antiguo colaborador de AFAR, se pudo enviar  un tráiler desde Alcalá con las cajas y las herramientas que utilizarían para desmontar el órgano y preparar su transporte a la iglesia de Santiago el Mayor, donde su párroco y en especial su coadjutor Manuel Ángel Cano habían acogido con entusiasmo el proyecto y ya los estaban esperando, rezando por ellos.

   En Málaga tomaron el avión que los llevó a Edimburgo, donde llegaron a las tantas de la madrugada por lo que hicieron noche en un hotel cercano al propio aeropuerto. Ya el miércoles, desde muy temprano, estaban en Blairgowrie para iniciar el desmontaje del órgano. En la iglesia se había ofrecido el sábado anterior a la llegada de los alcalareños un último concierto para despedir a su órgano, después de cien años con ellos, durante el cual, su organista titular Christine Aston y Austin Wilkie interpretaron un programa musical con distintas piezas que se cerró con ¡…qué viva España!

 

Sacando piezas de la iglesia para su carga en el trailerSacando piezas de la iglesia metodista para su carga en el camión

 

   La historia del órgano empieza en el propio Blairgowrie, un municipio del condado de Perth, a orillas del río Ericht y para cuyo templo de Hill Church, Peter Conacher afamado organero, construyó en 1870 un órgano romántico que en 1915 fue restaurado y trasladado  por Albert Keates a la Riverside Church de la misma localidad. Cien años después ha llegado a Alcalá de Guadaíra.

   «En latín, organum, designa cualquier instrumento; como nombre propio señala el instrumento por excelencia de la música, en el cual, mediante un mecanismo que los ponga en la mano de un solo hombre, se reúnen o tratan de reunirse todos los instrumentos (órganos) ó su imitación. En ese sentido, el órgano es un instrumento sintético en el que el hombre ha tenido y tiene siempre por fin acumular, en cuanto le es posible, el timbre y extensión de todos los instrumentos, ó sea el número y variedad de todos los conocidos, según la época. Su construcción no tiene otra limitación que la posibilidad dicha de abarcar todos los instrumentos, quedando fuera de su alcance los de percusión, y no todos, y los de punteo.

[…]

   »Es, pues, el órgano una reunión de muchos y variados sistemas de tubos sonoros de diversa materia, extensión y timbre que se hacen sonar por la impulsión del aire en ellos y que mediante un mecanismo adecuado coloca en las manos de un solo ejecutante la facultad de hacerlo sonar.» (Espasa Calpe, tomo XL, 1985, 326)

   En el órgano de la iglesia metodista de Riverside todo estaba atornillado y nuestros viajeros alcalareños fueron desmontando y embalando tubo por tubo, uno a uno, y todas las muchas y muy variadas piezas, en una tarea muy delicada que incluía la clasificación y numeración de los componentes del instrumento. Desmontar la fachada fue especialmente complicado porque los tornillos estaban oxidados y hubo que romperlos para sacarlos. Todo se fue embalando cuidadosamente y cargando en el tráiler de acuerdo con un orden de colocación muy preciso para que el transporte no perjudicara ningún elemento. Fueron cuatro días desde las siete de la mañana a la una de la madrugada pues el camión tenía que salir el sábado por la noche. Y ocurrió que el tráiler partió de Blairgowrie a las nueve de la noche del sábado 25 de abril con destino a Alcalá de Guadaíra a donde llegó a última hora del martes 28.

   En la mañana del segundo día del mes de mayo, sábado, se descargó el contenido del tráiler y se dejó todo almacenado en el coro bajo de la iglesia de Santiago. A partir de entonces, se fue llevando toda la mecánica y la estructura a la antigua fábrica de harinas de la calle Mairena, para poder restaurar los mecanismos y montar los componentes esenciales del instrumento. Las piezas que estaban oxidadas (ejes y tornillos) hubo que sustituirlas y una parte de la transmisión neumática hubo que repararla, ya que el cuero de las válvulas se encontraba resquebrajado. Todo esto ha sido renovado. Para ello, en Alemania, consiguió piel de un tipo de canguro llamado ualabí, muy fina y flexible, ideal para la fabricación de estas válvulas neumáticas.

 

Llegada del trailer a la parroquia para la descarga

Llegada del trailer a la parroquia para la descarga

 

   A la carpintería de los hermanos Pineda se le encargó una tarima con estructura de pino recubierta de madera de iroko con una doble función: por un lado, aislar el instrumento de la humedad del suelo y, por otro, repartir uniformemente la carga de todo el órgano sobre el suelo del coro alto. En el mes de agosto se instaló la tarima y desde primeros de septiembre se ha venido montando la estructura del instrumento, caja expresiva, fuelles, secretos, mecánicas, tubos, etc.… y se ha barnizado la carpintería exterior, contando para ello con la entusiasta colaboración de Antonio Pineda, trabajando los fines de semana de viernes a domingo con sus hermanos y otros incondicionales del órgano alcalareño. Dado que no se disponía de fondos para poder hacer frente al coste de mano de obra profesional especializada optaron por acometer ellos mismos los trabajos como única manera para que el proyecto pudiera llegar a término.

   Para Joaquín Bono los conciertos en la catedral de Sevilla, en la de México D.F. y en otros templos han sido acontecimientos maravillosos en su vida y en su condición de ingeniero siempre le ha atraído la componente tecnológica del órgano, y por ello quiso conocer por dentro el funcionamiento de este instrumento. Coincide con don Manuel Ángel Cano en la pasión por la música, pues éste estudió música en Córdoba y Santa Cecilia de Roma, fue organista en el santuario de Ntra. Sra. de la Cabeza y dirige la Coral Polifónica de Ntro. Padre Jesús Nazareno que él mismo fundó hace ya más de veinticinco años, y un buen día del  pasado año, se preguntaron: ¿Por qué no un órgano en Santiago?

   Se tiene noticia documentada de que en 1732 se construyó un nuevo órgano para la parroquia de Santiago y referencia a que antes existió otro cuyos materiales se aprovecharon para el nuevo. También se tiene noticia de que en 1936 había un órgano en la iglesia, sin que pueda afirmarse que este fuese aquél del XVIII, aunque probablemente lo fuera, pero desde luego sí sabemos que lo había y que ardió cuando el templo fue incendiado en julio de aquel aciago año.

 

Las piezas ya están en Santiago

Las piezas en la iglesia de Santiago el Mayor de Alcalá de Guadaíra

 

   El nuevo órgano para Santiago supone una forma de recuperación de parte del patrimonio perdido en Alcalá y es un acontecimiento cultural importantísimo para nuestro pueblo, para su futuro y su Historia. Va a ser, en primer lugar, instrumento de apoyo musical a la Liturgia, pero también de difusión cultural. Se trata de un órgano singular y único en Sevilla porque es un instrumento romántico británico, muy distinto de los órganos barrocos ibéricos, los cuales normalmente carecen de pedal. El órgano de Santiago tiene doble teclado (Gran órgano y Expresivo) de cincuenta y seis notas y un pedal con treinta. Dispone de un total de veinte registros, siendo el principal de ocho pies. Las maderas del órgano son roble, cedro, caoba y principalmente pino para la estructura y la fachada. Los tubos metálicos son de una aleación de estaño y plomo. Otros son de madera de pino o cedro. En la fachada son de zinc aunque no todos suenan y tienen una función meramente ornamental. Son los conocidos como tubos «canónigos».

   Francisco Miguel Ruiz Cabello organista, oriundo de Pilas y casado con una alcalareña, se ha ofrecido para tocar el órgano en actos litúrgicos de la parroquia. Además, el espacio del coro alto se ha preparado para acoger también a la Coral Polifónica. Sólo falta que la feligresía y los alcalareños en general empiecen a sentir y oír el órgano y para este fin, la crónica del viaje, que concluimos pretende ser, particularmente, una invitación a formar parte de la «Asociación de amigos del órgano de Alcalá de Guadaíra» que acaba de constituirse bajo la presidencia de don Manuel Ángel Cano y que, necesitada de fondos precisa de la contribución económica del mayor número de instituciones y vecinos, pues hasta el momento los numerosos costes incurridos (los billetes de avión, el alojamiento y los coches de alquiler en Escocia, el transporte de cajas y herramientas, la tarima de iroko, la compra de materiales y repuestos, etc.) han sido financiados privadamente por particulares, siendo la Fundación Virgen del Águila la primera institución que ha apoyado económicamente este ilusionante proyecto.

   El órgano ha sido cedido gratuitamente a la parroquia para su uso por tiempo indefinido, siendo la asociación quien se encargará del mantenimiento de dicho elemento patrimonial, instalado ya en el coro de la iglesia de Santiago el Mayor, que con tenacidad y entusiasmo ha llegado hasta nosotros desde Escocia.

 

GUILLERMO BERMUDO, PINTOR («HISTORIAS DE VIDAS»). Por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún (2015)

 
GUILLEPOROLGA2015

El pintor

[Foto: O.D.P. (Alcalá, 2015)]

 

«Hay un don que el artista tiene. Hay una facilidad para la mímesis…

   »Cuando me pongo frente al paisaje, éste puede más que yo. Nada puedo inventar frente al paisaje. Soy panteísta, pero al contrario que Juan Ramón Jiménez en cuyo panteísmo él era el dios, unificado todo bajo su concepto: yo sería el panteísta que se pone delante del paisaje y no puede hacerlo suyo porque le subyuga; o intento imitar la belleza del paisaje aunque no sé qué decir de su belleza. Otra cosa son mis muñecos que tratan sobre la cuestión humana, y ante esta naturaleza sí que puedo decir más. Ante el paisaje nada puedo inventar, pero sí puedo representarlo y puedo también adentrarme en el paisaje o el retrato. En lo figurativo la idea no prima porque está en la propia alteridad. Tal o cual aspecto de la realidad visto, es tomado y puesto en la representación y el pintor toma, estimulado por la realidad que contempla a la que tiene que responder, y a la que tiene que atenerse, al mismo tiempo, ante la que no puede tomar todas las decisiones porque la idea es el otro.»

 

Autorretrato

 

   Ante la realidad la idea está fuera de la mente, no hay que sacarla de dentro, sino incorporarla (aunque quepa interpretarla) para representarla. Cuando buscando ese fin de realizar esta representación descubre, por ejemplo, un determinado color azulado verdoso que nunca habría usado en su pintura menos figurativa pero en un paisaje, sin embargo, sacar ese color le reta y el proceso para conseguirlo le divierte. Cuando lo que prima es la idea y el desenvolvimiento creativo se realiza alejado de la alteridad, no queda excluido el artesanado que requiere cualquier buena idea para realizarse en un cuadro. Frente a lo conceptual este artista opone lo fenoménico.

 

Intantánea de amor en el panteón de los monstruos

Instantánea de amor en el panteón de los monstruos

(óleo sobre lienzo)

1995

 

   Además, hay una relación directa con la materia que va conformando el oficio sin el cual, en verdad, no se materializa el arte. La imagen es evocadora, tanto para el propio artista como para el espectador, y es precisamente el oficio el que permite al artista plástico presentar o representar con sus cuadros, de manera no excluyente, las imágenes por él percibidas e interpretadas, de las  ideas que infiere de la alteridad o ha concebido en su mente, con el fin de no agotar las percepciones e interpretaciones de las mismas en un conceptualismo inane que no tiene en cuenta la participación hermenéutica del público.

   Siempre ha dibujado. Para tenerlo vigilado, su madre sabía que bastaba tirarle unos papeles al suelo con lápices o rotuladores para que él se pasara las horas pintando. No sabría decir cuándo tuvo conciencia de artista. Hasta los doce años vivió en Alemania. Allí leyó infinidad de comics y garabateó infinidad de libretas. Del kindergarden recuerda a Frau Bremen, una maestra que, circundada por los alumnos, les leía cuentos, y a Arnold, que era su maestro de dibujo. Cuando llegó a España se recuerda también garabateando libretas… En el colegio los amigos le pedían que hiciera dibujos. Siempre dibujando, así que no hay un hecho o momento a partir del cual le nazca una gana de ser pintor sino que sencillamente él dibujaba…, y así sigue.

   Tenía su infancia hasta hace poco como olvidada, tal vez por haber quedado encapsulada en el país donde nació y transcurrió toda ella. Luego muere su padre, y, a pesar de tan funesta falta, su madre fue capaz de criarlos y educarlos a él y a su hermano. Hace unos años estuvo en Fráncfort, aunque tiempo atrás había pensado que no volvería hasta que no fuera viejo, y visitó el patio de la casa donde jugaba y allí estaban el árbol, las cosas que servían de portería…, aunque todo mucho más pequeño de como había quedado en su memoria. Al cabo del tiempo no puede decir que su infancia haya sido desgraciada, sino todo lo contrario.

   En el Instituto Cristóbal de Monroy fue alumno de Manuel Almansa y Juan Llamas, dos profesores de dibujo, y pintores, de quienes conseguía las más altas calificaciones en dibujo artístico, no así en el técnico… Y en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla sus profesores Arcenegui o Losada le abrieron puertas en su concepción del dibujo, y Baíllo, en cuyo taller aprendió a grabar y a conocer de tramas y ácidos, aguatintas y aguafuertes, y se habilitó en el manejo de la presión del tórculo, en cómo doblar, cortar o humedecer el papel, y cuándo levantar la manta. Una botella y un vaso fue su primer grabado después de haber seguido las enseñanzas del maestro grabador, que se regía por la más estricta tradición para la ejecución material de la obra gráfica, dejando poco margen a la improvisación y mucho más al control del grabado por su autor.

 

El loco del metro

El loco del metro

(óleo sobre lienzo)

1994

 

   En Berlín, estando de Erasmus, en la Escuela Superior de Bellas Artes, el profesor Marvan aparece y observa su cuadro El loco del metro. En lugar de decirle «oye, ¿por qué no metes aquí una vibración roja o por qué no haces un azul en este otro sitio?», que es a lo que estaba acostumbrado de los profesores de Bellas Artes en Sevilla, a bocajarro le pregunta «¿tú eres comunista?». La pregunta no fue procedimental, sino que ante un cuadro suyo era la primera vez que le hacían esa pregunta; después le advierte que tuviera cuidado en no hacer de un cuadro un cartel, una propaganda. Luego supo que Elías Canetti preguntó algo similar a George Grosz: «…Cuando tú representas el mundo del mendigo o el viejo, ¿realmente quieres cambiar la situación política de tales, o te gustan esos harapos porque los consideras estéticos?»

 

El gorilla cojo

El gorrilla cojo

 

   Piensa que con el tiempo, uno se va descreyendo y brota una suerte de ironía. En sus muñequitos hay una cierta actitud irónica, «un análisis un tanto risueño de la situación social». Siempre ha hecho muñequitos, que es como llama el pintor a esas características figuras que siempre ha dibujado en cuadernos, papeles y telas. Convierte en muñecos los personajes que ve o crea, y los mezcla, y hasta diríase que se mezclan ellos solos. Del gris paleta pasa a los colores fuertes. Los muñecos empiezan a desmembrarse y a moverse, y se van abandonando de la realidad y haciéndose más abstractos, sin dejar el sentido político como ciudadanía, no como ideología.

 

guillermobermudoyamigos 1993

El pintor con su grupo de amigos en 1993

(De pie y de izquierda a derecha:

Guillermo Bermudo, Jesús Morillo,

Jesús Correa, Daniel Hermosín,

Manuel María Reina y Curro Sánchez Oliva.

Sentados:

Carlos Romero y Sergio Gandul)

 

   Si hay un valor grande en el mundo, dice Guille, éste es la amistad. Fueron fundamentales los amigos de los años del instituto. Jamás hubiera escuchado música sin la melomanía de Morillo. Si a sus amigos no les hubiera dado por leer a determinados autores, no habría conocido la obra de Camus, a quien considera un paradigma, o la de Bowles, cuyos libros prefiere a las de Burroughs o Kerouac de la Beat generation. La música influye y lo que lee uno lo leen los demás. Todos los libros pasando de unos a otros abrían diálogos cuyas causas venían de esas lecturas, y también se enfrascaban en discusiones políticas durante noctámbulas jornadas aquellos amigos.

   Si hay algo peor que la maldad es la mediocridad. Siempre le han gustado los ópticos Velázquez, Rembrandt, pero también Klee, Grosz, todos los expresionistas alemanes; La Californie, Niza y el buen vivir de Duffy o Matisse. Compone a raíz de mirar. Él se considera muy narrativo. Le gusta más Brueguel que El Bosco. Puede ser literario pero no tiene por qué tener una referencia en la literatura. Le ha interesado más la figura humana y en los animales su antropomorfismo. Leyendo El Quijote no se ha reído más en su vida. Lee ensayos. No tanto la poesía, aunque haya leído mucho a Juan Ramón Jiménez o a Antonio Machado. En todo caso considera común a las artes el procurar siempre la ficción, y cita de memoria del Libro del Eclesiastés «Nunca es el simulacro el que oculta la verdad; es la verdad la que oculta que no hay ninguna verdadEl simulacro es verdadero». No es la verdad sino lo verosímil. Qué más da que un discurso no sea verdad si es verosímil. Y ello está en el fundamento del arte y resulta extraordinario que el espectador crea en esa ficción.

 
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Lo único que oculta la verdad es que no existe ninguna verdad

o los hombres masa

(aguafuerte y aguatinta)

2005

 

   No está de acuerdo con que el arte tenga que ver con la política. Aunque haga política con su pintura, entendida ésta como ciudadanía. Se trata de mostrar lo que hay desde un punto de vista entomológico, no panóptico; sí fabulístico, no moralizante; sí moral: mostrar, como en La condecoración de la urraca, que a veces los ladrones son aplaudidos. No hace propaganda. No sabe si su discurso va o no a ser seguido por el público, pero no por ello deja de pintar. Y desde luego su pintura la concibe y ejecuta para los demás: es pública. El acto de dibujar se realiza en principio sin plan. No se sabe qué será de ese dibujo que empieza. Con la idea suscitándose del título, ve cosas, y las que le llaman la atención las traduce. Y ante sus cuadros el espectador, a quien ni quiere ni debe controlar, verá o no verá según desee.

 

La condecoración de la urrada

(aguafuerte)

2012

 

   Es profesor de dibujo y de grabado en la Escuela de Arte de Jerez de la Frontera, donde es Jefe de Estudios. Tiene un planteamiento de comunidad didáctica, es un emocionado de su materia, y lo transmite a sus alumnos, con los que está y a los que ayuda. Dieciséis años como profesor. «En las clases hacemos acuarelas y conversamos en torno a Cézanne». Personalmente cree que seguir pintando le enriquece su condición de profesor.

 

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 Conversaciones en torno a Cézanne

(óleo sobre tabla)

1999

 

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GUILLERMO BERMUDO EN «CARMINA»:
 

TRES INSTANTÁNEAS DEL TALLER DEL PINTOR GUILLERMO BERMUDO. Fotografías de Lauro Gandul Verdún 2014

MÁSCARAS, ¿SIMÉTRICAS? Esculturas de Antonio Cerero fotografiadas por Lorenzo del Término en el taller del pintor Guillermo Bermudo (2014)

DAFNIS Y CLOE. Longo (siglo II d. Cristo). Traducido al español por Juan Valera (1824-1905) y con un Dionisos de Guillermo Bermudo

«VINO Y DIOSES; FLORA Y FAUNA DE JEREZ» Y «TRASUNTOS DEL VINO». Pintura de Guillermo Bermudo (grabado 1/35) 2013 y poema de Lauro Gandul Verdún (Montilla, 2005)

AUTORRETRATO Y RETRATO. Pintura de Guillermo Bermudo y fotografía de Lauro Gandul Verdún

PERSPECTIVAS DE LA MESA-PALETA DEL PINTOR GUILLERMO BERMUDO. Fotografías de Lauro Gandul Verdún 2012

LA CONDECORACIÓN DE LA URRACA. Guillermo Bermudo 2012

DIÁLOGO ANTE UN CARTEL. A propósito de un cartel del pintor Guillermo Bermudo. Compilaciones de Rafael Rodríguez González

PLÁTICAS MÍNIMAS. Por Rafael Rodríguez González

COLOQUIOS (194): «CONVERSACIONES EN TORNO A CEZANNE (SERIE “TRES CUADROS”)». Gabi Mendoza Ugalde

COLOQUIOS (190). Gabi Mendoza Ugalde

 

VICENTE PIÑA GONZÁLEZ (1906-1989). Por Lauro Gandul Verdún y Olga Duarte Piña

 
Vicente por Oranzman

Vicente Piña González

—Talabartero, entelador de aviones y músico—

(Foto: Oranzman, Sevilla, años veinte)

 

Fue su predilección un instrumento musical de viento, hecho de cobre, de perforación cónica, con llaves y con tres o seis pistones, que si son más de tres se toca con ambas manos, llamado bugle, o bombardino bajo, o bombardón, o tuba. Conocido también como el contrabajo de los metales. Es el más grande de los instrumentos de metal. A veces puede pesar más de veinte kilos. Usado especialmente en las bandas de música, donde va a desempeñar el papel de bajo, por lo que también se le denomina así.

 

Siendo un muchacho aprendió a tocarlo. No sabemos porqué eligió este instrumento, pero sí que los Expedito lo llamaron para formar, a principios de los treinta, la Orquesta Hollywood y la Banda Obrera. Uno de ellos, Rafael Fernández Alba, pudo ser quien lo animase para que se iniciara en la música y quizá quien le aconsejara el bajo como instrumento. Corpulencia y altura no le faltaban para portarlo y manejarlo. Una capacidad natural para la música le permitió aprender solo, aunque en algún momento recibiera ocasionales lecciones de un profesor de música de la Banda Municipal de Sevilla que él mismo se costeara, y sobre todo debió aprender mucha música por su gran amistad con Rafael, Pepe y Expedito Fernández Alba. 

 

Tocó en veladas y fiestas en el Hotel Oromana o en el cine del Pere-Gil; en pasacalles y conciertos en Alcalá de Guadaíra, y en pueblos a los que viajaba con la Orquesta o con la Banda. En el reverso de una de las postales de La Voz de Alcalá de octubre de 1998, García Rivero escribe que «en los primeros años treinta, el baile “fino o agarrao”, como se le llamó entonces, llegó con gran fuerza a nuestro Alcalá: los pasodobles, tangos, valses y “foxtro”, se fueron introduciendo con entusiasmo entre la juventud y un grupo de jóvenes y muy buenos músicos del pueblo organizaron la Orquesta Hollywood(…) Constituyeron una buena muestra de entusiasmo y buena música en aquellos ilusionantes primeros años de la República.» Publicamos en este reportaje la foto que a Curro García Rivero le cedió Pepe, hijo de Expedito, que también nos ha dado permiso para incluirla en nuestro artículo. Aprovechamos para reproducir la relación de nombres de quienes aparecen en la misma identificados todos por García Rivero: de izquierda a derecha Pepe Fernández Alba con la trompeta, su hermano Rafael con el saxo tenor, Antonio Gutiérrez Medina con un banyo, Pepito Hoys a la batería, Expedito Fernández Alba tocando el saxo bajo, Enrique Valverde con el trombón y Vicente Piña González al bajo. También nos llegó de manos de Carmeli, la hija de Alfredo Aragón, una segunda fotografía de la Orquesta Hollywood donde por la izquierda se añade un músico que creemos que es Eulogio Montero Espillaque, padre de Eulogio el de Los Bombines, y en el centro, entre Antonio Gutiérrez Medina y Expedito Fernández Alba está, muy joven, Alfredo Aragón, el gran percusionista y guitarrista alcalareño. La foto probablemente la hiciera Pepito Hoys.

 

2. Orquesta Hollywood por Hoys

 Orquesta Hollywood

Foto: Pepito Hoys

1932

 

La Orquesta y la Banda se disolvieron durante la Guerra Civil. La Banda Obrera fue tachada y calumniada injustamente de hechos atroces y falsos, quizá porque triunfaban como banda de música y no soportaran sus verdugos su éxito y su reconocimiento popular. Metieron tres años en la cárcel a Rafael y a Pepe. A Expedito lo despidieron del ayuntamiento. Pero nunca dejaron de ser músicos y de hacer música. Vicente tampoco dejó su bajo. Años después ingresó en la Banda Municipal de Morón de la Frontera, pueblo vecino al que se fue a vivir con su mujer Aurora Aragón, hermana de su amigo Alfredo. En esta Banda estuvo como bajo durante los más de cuarenta años que vivió allí. Su sobrino, Curro Piña, nos cuenta que ya muy viejo seguía en la Banda portando su bajo y tocándolo, pero a duras penas sus piernas soportaban el peso de ese instrumento tan pesado y de tanto años por calles, plazas, entre la gente, en formación, haciendo música.    

 

Vicente Piña González nació en una accesoria en la calle La Mina, de una casa de vecinos cuya fachada daba al desaparecido mercado de abastos de la verdura, hoy plaza del Cabildo. Su madre era sastra y su padre guarnicionero. Fueron cinco hermanos y una hermana. La hermana ayudaba a la madre como planchadora y los varones aprendieron el oficio del padre. Panaderos y arrieros sabían muy bien dónde quedaba aquella accesoria de los Piño, porque era un conocido taller donde se hacían arreos y colleras para las bestias de carga, serones, angarillas, espuertas, jardas… Todo lo necesario para el acarreo y el reparto del pan, de la harina, del  trigo. Vicente nació en una familia de artesanos. Trabajaban el cuero, el esparto y la lona. Tenían una reputación enorme y no daban abasto a tanta demanda por parte de las muchas panaderías que entonces había en Alcalá. Como sus cuatro hermanos, sus únicos estudios fueron los de primaria en los Salesianos. Como él, dos de ellos, Manolo y Juan, también entraron en la Banda Obrera como saxofón y trombón respectivamente, aunque después de la desaparición de ésta sólo continuó con la música Vicente. Artesanos fueron la mayoría de los que formaron parte de la Banda. Siguiendo a García Rivero en sus Orígenes e Historias de Alcalá de Guadaíra (1997), salvo un empleado del ayuntamiento, otro de banco, otro de Eléctrica del Águila y un comerciante, el resto eran zapateros, carpinteros, panaderos, caleros, horneros, guarnicioneros, toneleros,… y todos músicos. Rafael Fernández Alba con veintipocos años fue el Maestro de la Banda. Nos dice Pepe de Expedito que Rafael enseñó desde su banquilla de zapatero a casi todos los músicos de la Banda Obrera.

 

6. Foto de la Banda Municipal años 20
Banda Municipal de Alcalá de Guadaíra

(años veinte)

 

 5. La Banda Obrera 1935

La Banda Obrera

Plaza de toros de Sanlúcar de Barrameda

1935

 

LabandadeMorónaños50

 Banda Municipal de Morón de la Frontera

1947

 

Coincidiendo con los últimos momentos de la Banda, Vicente Piña entró en Tablada como entelador de aviones. Se manejó desde que era aprendiz en el taller de su padre con las lonas con las que forraban los aperos que hacían. El desarrollo de esa habilidad le sirvió para aplicarla a ese trabajo suyo, necesario en una época en la que el fuselaje de muchos aviones aún no era metálico, sino de una especie de tela rígida, parecida a la lona, con la que se forraba el esqueleto de la nave. En Tablada conoce a un verdadero artista de la tapicería, un gitano del que se hace amigo y del que aprende las primeras técnicas de dicho oficio por el que se entusiasma más que por la propia guarnicionería. En Tablada estuvo durante diez años. De allí lo trasladaron a la base española de Morón donde entró con el mismo trabajo de entelador que hacía en Sevilla. Cuando ya dejaron los aviones de fabricarse con el entelado de sus fuselajes, Vicente tuvo que hacer unos cursos para luego colocarse en un puesto de plegador de paracaídas en el que se mantuvo hasta su jubilación en los setenta.

 

Vicente en su taller Morón

 Vicente Piña en la tapicería de Morón de la Frontera

 

sillónvicentemorón
Sillón tapizado en el taller de la calle Arquillo

Morón de la Frontera

 

En Morón vivió muchos años en la calle Arquillo en una casa de vecinos donde además montó un pequeño taller de tapicero. Hacía sofás, sillones, cortinas, galerías, colchas, forraba con telas marcos para cuadros, espejos, y destacaba en la técnica del capitoné o acolchado. Su trabajo en la base lo simultaneaba con su condición de artesano. Toda su vida lo fue también. Pareciera como si no lo hiciera por dinero, quizá porque es cierto que no necesitaba hacerlo para vivir, pues se mantenía de su trabajo en la base. Su artesanía era realmente voluntaria y en su ejecución Vicente disfrutaba de lo que hacía. Con el dinero que ganaba se compraba todos los discos de música clásica que se iban editando. Era muy aficionado a pasar horas escuchando esta música. También era muy aficionado a la fotografía, en la que le inició su gran amigo Pepito Hoys, y llegó a tener su propio laboratorio de revelado y un puñado de buenas cámaras. Fue un hombre al que le interesaba sobremanera hacer lo que hacía y hacerlo bien hecho. Los sofás de Vicente Piña en Morón están como el primer día en las casas donde los han conservado. Tenía una selecta clientela que no le metía prisa y cuyos encargos él se tomaba con tanta seriedad como la destreza que había desarrollado desde que su padre lo enseñara en la talabartería alcalareña. Se podría decir que ponía cariño y técnica en los trabajos que aceptaba. Como artesano y músico fue un hombre paciente e ingenioso. Decía el director de la Banda Municipal de Morón, Francisco Martínez Quesada, que, cuando a fines de los cuarenta, conoció a Vicente como bajo nunca antes había visto soplar la boquilla de la tuba con un primor como el que Vicente ponía, que parecía que no tocaba el instrumento, porque apenas se le inflaban los carrillos. Su sobrina Salud Piña recuerda que, siendo ella muy niña, Vicente pasaba horas y horas ensayando frente a un espejo en una habitación apartada de la casa de la calle La Mina. Curro Piña con dieciséis años se fue a vivir con sus tíos Vicente y Aurora a Morón. El primer día que llegó a la casa de la calle Arquillo su tío le indicó dónde estaba su cuarto. Cuando Curro entró en la habitación se asustó porque le pareció que en la cama había alguien: tapado estaba el bajo de su tío Vicente. Curro también nos refiere una comparación: su tío tocaba el bajo como si besara a una mujer. 

 

4 Tuba

Dibujo de una tuba

                 (Enciclopedia Larousse)

 

Fue gran amigo del guitarrista Diego el del Gastor, del que cuentan que no le tocaba a los señoritos ni a nadie al que no quisiera tocarle. Les unía un sentido íntimo del uso de la música, su surgir entre muy pocos que se entienden muy bien, la comunicación con las palabras cabales y los silencios sólo explicables desde esa discreta magia que suscitan los hechos del arte. Aunque Vicente no fuera un hombre especialmente relacionado con el flamenco, cultivó esta amistad con Diego, del que además fue vecino en la calle Arquillo. Vecino de la calle también era Andújar el zapatero, bombista de la Banda Municipal de Morón. En la banquilla de Andújar se juntaban los tres a tratar de música y allí dicen que el del Gastor llegó a dar los sones que no había dado en su vida, nunca, en ninguna reunión flamenca.

 

En aquella otra banquilla de Rafael Fernández Alba en las Corachas de Alcalá, muchos años antes, también trataron de música aquellos que entonces eran unos muchachos.  

 

Una vez en el Casino de Morón, sobre el año setenta y tres, tocaron y cantaron Los Bombines. Curro Piña llevó a su tío Vicente al concierto. En el grupo estaba el hijo de Eulogio Montero Espillaque, uno de los miembros de la Banda Obrera. En algún momento tocaron por Los Beatles. Vicente se emocionó, quizá porque le vinieran a la memoria aquellos años de la Orquesta Hollywood.

 

MANUEL FERNÁNDEZ GARCÍA, SEMBLANZA DE UN PINTOR. Por Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún

 

Retrato 2

El pintor en su estudio

Foto: ODP 2013

 

Y vio Dios ser buena la luz, y la separó de las tinieblas;

y a la luz llamó día, y a las tinieblas noche, y hubo tarde y mañana, día primero.

 (Gén. 1, 4-5)

 

 

A ti, temblor y halo del paisaje,

recortadora del perfil y ciega

para el pincel abierto que disgrega

la mancha de la mar y del celaje.

 

Rafael Alberti

 

M. FDEZ. GARCÍA 1

 Puerta de Sevilla en Carmona

(Acuarela)

 

Tanta historia en tus calizas entrañas, hojaldrada Carmona. Viejo recinto recio contenido por tu devenida templanza dentro de la majestad de tu cerca, que amuralla el tiempo acumulado, todo el tiempo de los milenios que ya no provocan el vértigo de su inexorable transcurso, porque el miedo se lo tragó el olvido, y tú ya eres el ámbito de la luz. Carmona, eres Roma en el alcor. Una Roma de foro, de voces antiguas como la tierra o la piedra cuyos ecos aún resuenan en cualquiera de tus rincones, y todavía pueden verse los resplandores que asombraron a ignotas miradas. Carmona, donde los veneros acostumbran a florecer en los fontanales de los escarpes, o en el corazón de las plazuelas. Aguas diáfanas para saciar un afán de luz de un hijo tuyo, Manuel Fernández García. Hijo de tu tiempo, de tu historia plena y de un cielo filtrado por las copas de unos pinos.

         Árcade en Carmona, Arcadia del pintor, donde anudado a la fluencia densa de lo mítico en su ciudad y protegido por el abrazo de las edades, lleva desenvolviendo un arte que sólo se hace evidente en los lugares eternos, entre otros merecidos herederos de tan opulenta memoria. Y vienen siendo para todos nosotros una suerte su retina y su mano derecha; su dibujo; sus pinceles y su paleta, con los que ha fecundado lienzos, tablas o papeles; y suerte para Carmona, donde acrisolado se vierte y vive, entrañado en la caliza, consistiendo ya en una capa de colorida pintura, una capa más en el hojaldre milenario del sereno fulgor de un lucero, cuna y morada del artista.

 

M. FDEZ. GARCÍA 4

Plaza de abastos de Carmona (s. XIX)

(Óleo sobre lienzo)

 

Manuel Fernández García nace en la calle Bogas del barrio de San Felipe, el 29 de diciembre de 1927. En sus primeros recuerdos están su única hermana, Dolores, y sus padres. En 1922 el padre había abierto una tienda de tejidos en un inmueble adosado a la Puerta de Sevilla. Él se crió en la tienda, aunque de los vecinos de San Felipe se acuerda  con cariño, como si fueran parte de su familia. Recuerda también la feria con su padre, y haciendo la primera comunión. Del barrio de San Felipe era también Miliki (Emilio Alberto Aragón Bermúdez, Carmona 1929-Madrid 2012), que había nacido en la casa de enfrente, aunque apenas lo recuerda porque al quedar huérfano de padre, un tío suyo, que era payaso lo acogió y se lo llevó con su circo.

 

plazueladelpintor M.V. 29013 carmona

Plazuela del pintor en la judería de Carmona

(Foto: M. V. 2013)

 

Su bisabuelo paterno fue un pintor decimonónico de temas religiosos, aunque se le conoce un paisaje de desierto en un cuadro sobre Los Reyes Magos. Firmaba sus obras con el apellido Pérez. Es el autor del cuadro de la virgen de Gracia que cuelga de una de las paredes de su casa, que fue un regalo para la hija, abuela de Manuel, cuando se casó. Tuvo un hijo que también fue pintor y firmaba Pérez Hurtado. Hay un debate en la familia sobre los cuadros que han heredado, algunos creen que eran del bisabuelo y otros del tío abuelo. En la casa familiar una puerta tenía pintada una cesta con unas flores y sus tías lo mismo le decían que la había pintado el bisabuelo, que el hermano de la abuela, tío Antonio. Todo viene porque muchas veces no ponían las fechas y otras ni siquiera firmaban los cuadros. Entre estos ascendientes artistas hay otro pintor en la  familia, llamado Juan de la Cruz, que murió en el manicomio de Sevilla, donde al parecer había cuadros de él. Su abuelo materno se apellidaba Canelo, y aunque actualmente se ha perdido como apellido en Carmona, en el siglo XVI los Canelo tenían derecho a «bastón de mando». Fue un gran herrero en cuyo taller se forjaron herrajes de gran valor artístico. 

En el colegio del convento de las dominicas de Madre de Dios dibujaba. Sus compañeros de párvulos le servían de modelos. Dibujaba a los niños cuando los castigaban a estar de rodillas o contra la pared. Es el recuerdo más remoto del artista con la pintura. Sor Patrocinio, que era la maestra de los niños en el parvulario, le tenía mucho cariño porque era menudo y bueno. Fue ella quien lo llamó por primera vez Manolín, que es el nombre por el que todo el mundo conoce al pintor en Carmona. Aún conserva una estampa dedicada por la monja donde ésta dejó escrito: «A mi querido y monísimo Manolín de su tía Sor Patrocinio.» Como compañeros de pupitre tuvo a Manuel  Losada Villasante (1929), que andando el tiempo llega a ser discípulo de Severo Ochoa y premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica; y a José María Requena (1925-1998) el escritor, poeta y periodista, premio Eugenio Nadal en 1971 por su primera novela, titulada El cuajaron, cuya portada precisamente dibujó Manuel, que también colaboró con el escritor en otras ediciones de sus libros. Requena, cuando eran jóvenes, exhortaba al pintor para que se fuera con él a Bilbao, le decía que allí estaba su porvenir, pero a éste nunca se le hubiera pasado por la cabeza marcharse de Carmona.

 

portada1ªed.1971Portada de la 1ª edición

 

Empezó el bachillerato como alumno interno en el colegio de San Hermenegildo de Dos Hermanas, que regían los terciarios capuchinos. El colegio había sido correccional antes de la guerra: todavía conservaba las puertas con las postiguillos por donde les metían los platos de la comida a los niños recluidos, estaba rodeado de unas tapias altas para que, entonces, no se escapara nadie. Pero cuando él estuvo en San Hermenegildo, aunque había disciplina, sabía, por algunos de sus amigos, que el colegio de San Hermenegildo era una gloria comparado con los salesianos de Alcalá o de Utrera, donde eran mucho más duros que allí. Los frailes, por ejemplo, los llevaban a dar buenos paseos al Tomillar e, incluso, a Alcalá; a los que estaban en quinto y sexto, con permiso de sus padres, les dejaban fumar, aunque los curas no fumasen. Después estuvo, también interno, en los Escolapios de Sevilla, donde los curas fumaban y a ellos no los dejaban fumar. En los Escolapios había demasiada disciplina. No llegó a terminar el bachillerato porque le hizo falta a su padre en la tienda.

En San Hermenegildo, entre las asignaturas que se impartían estaban el dibujo artístico y el dibujo técnico. El tiralíneas no le gustaba; dibujar tuercas, tornillos o pernos, no era lo suyo. Orondo, barbudo y grande, el padre Jaime era el profesor de dibujo artístico. Como la clase de dibujo estaba en la planta alta del edificio, para subir y bajar las escaleras el padre Jaime se apoyaba en su bastón con una mano y con la otra en el hombro de Manuel, aunque no tanto para ayudarse —la corpulencia de Manolín era la antípoda de la del fraile— como porque tenía predilección por el bachiller, apreciaba mucho sus dibujos y no había exposición escolar a la que no mandara sus trabajos. En una carpeta conservó Manuel todas las láminas con los dibujos de piezas de escayola (bustos, hojarasca, capiteles…) que hizo mientras fue alumno del Padre Jaime.

 

Molino de San Juan M.F.G.

Molino de San Juan de Alcalá de Guadaíra

Molino de Benarosa M.F.G.

Molino de Benarosa de Alcalá de Guadaíra

Esos dibujos, precisamente, son los que pudo mostrar a José Arpa Perea (Carmona 1858-Sevilla 1952) cuando lo conoció con catorce años. Después de pasar una gran parte de su vida en Roma, Méjico o San Antonio de Tejas, don José había regresado a España con setenta años, a Sevilla, donde tenía su casa en la calle Jáuregui y su estudio en la calle Feria, pero pasaba los veranos en Carmona. Venía con un sobrino que le acompañaba y se hospedaban en una fresca habitación del Hotel Comercio. Uno de esos veranos Arpa pretendía pintar la calle y la torre de San Pedro desde la Puerta de Sevilla, que era paso obligado para ir al mercado de toda la gente del Arrabal, cuando todavía todo el tránsito de personas y vehículos se hacía a través del arco romano, lo que supuso que fuera grande la dificultad que tenía el pintor para tal empeño —le pusieron hasta un guardia municipal—.Un día su padre le ofreció el balcón del piso superior de la tienda. Desde allí José Arpa pintó muchas veces la calle y la torre de San Pedro. Manuel ya se había incorporado al negocio familiar y no perdía ocasión de estar junto al maestro cuando éste trabajaba en el almacén de la tienda, muy atento a lo que hacía y en silencio los dos.

Manuel se sentaba en una silla mientras don José trabajaba, sin molestar. Arpa se extrañaba de que el muchacho estuviera allí viéndolo pintar y sin levantarse durante tantas horas. Y hablaron:

 —¿A ti te gusta la pintura?

 —Sí a mí me gusta mucho.

 —¿Tú has hecho algo?

 —Yo tengo del colegio de los hermanos de San Hermenegildo, algunas láminas de las que hacía.

 —Tráelas, tráelas…

 —Ah!, tú dibujas muy bien, ¿por qué no pruebas?— dijo el maestro cuando vio su carpeta de dibujos.

 El almacén de la tienda, situado en la parte superior, se convirtió en el lugar donde Arpa guardaba sus caballetes, lienzos, óleos, pinceles y otros enseres. Allí trabajaba todos los días menos los domingos. Uno de éstos, Manuel, sin licencia de aquél, cogió algunos tubos de óleo y una tablita que había quedado preparada y sobre ella pintó un cuadrito desde su azotea de la Torre de San Felipe, ese domingo. Así realizó su primera pintura al óleo. Ya no era un dibujo. Y a Arpa le gustó, y no tuvo que reprocharle nada por su atrevimiento, sino todo lo contrario. Manuel salió una infinidad de veces con Arpa a pintar, porque entonces se pintaba todo del natural, unas veces buscando vistas de la vega o desde ésta de los escarpes del alcor, y otras buscando patios o plazuelas. Arpa le pedía permiso a su padre para aquellas excursiones que éste educadamente otorgaba, aunque a don Fernando le hacía muy poca gracia, pues no le veía mucho futuro a la pintura como trabajo o profesión de su hijo, a quien prefería preocupándose más de la tienda como porvenir; aunque ya la suerte estaba echada y el futuro sólo podría ser visto desde pinceles y perspectivas. Poco tiempo después no tuvo inconveniente el padre de Manuel para que el almacén, que estaba vacío de géneros en aquellos años cuarenta de escasez y posguerra, sirviera como primer estudio del hijo, durante muchas temporadas compartido con Arpa. Como don José y Manuel pasaban mucho tiempo juntos, Rafael, el farmacéutico, les decía: «ya vienen el maestro y el discípulo» y Arpa, que tenía 90 años, contestaba: «No, no; somos amigos». Con esa edad tenía una salud envidiable. Era capaz de ir desde la fonda hasta el Alcázar, donde está hoy el parador,  andando con su bastón y llevándolos con la lengua fuera al sobrino, que portaba el maletín y el caballete,  y a él, mientras les decía: «La mano derecha que vaya libre; la caja de pintura  y el caballete en la izquierda». Porque había que cuidar el pulso de la mano derecha.

 

joséarpapereaautorretrato

Autorretrato

José Arpa Perea

1858-1952

 

 El discípulo recuerda que el maestro le daba muchos consejos. Cuando ponía a su vista algún trabajo él nunca decía «Esto no es así», sino «Yo lo hubiera interpretado de esta forma». Lo evoca como un ser estupendo, generoso y muy ameno que le obligaba, le corregía sin dejar de ser grato lo que provocaba en Manuel que creciera su entusiasmo por la percepción pictórica de la realidad de José Arpa, por esa concreta mirada del mundo: una tradición plástica a la que Manuel Fernández García se anudó de manera sencillamente natural y que ha continuado con una obra que en calidad y cantidad le acredita como legatario cimero y leal, y como representante indiscutible, del paisajismo andaluz desde el último tercio del siglo XIX.

En su recuerdo están también los escultores Francisco Buiza Fernández (Carmona 1922-Sevilla 1983) y Antonio Eslava Rubio (Carmona 1909-1983). Frecuentaba sus talleres en la calle Feria y en la Plaza de Mengíbar, respectivamente. La forma de hacer, de trabajar de estos escultores le influyeron en su forma de hacer y trabajar con la pintura.

 

paletadelpintor LGV camona(Foto:  M. Verpi)

 

Estudio del artista 2

(Foto ODP 2013)

 

A lo largo de toda su larga vida no ha tenido necesidad de salir mucho de Carmona, y aunque en el estudio de su centenaria casa haya sido donde ha aplicado su colorido y ejecutado sus cuadros sobre su ciudad y sobre cualquier otro paisaje, donde también ha dado vida a los pueblos blancos de la sierra gaditana, a Cádiz, a Jerez de la Frontera, a Sanlúcar de Barrameda… Y hasta ha pintado a los indios del Orinoco o los morros de San Juan para coleccionistas de Venezuela. Su obra está repartida por toda España y por otros países como Alemania, Méjico, Estados Unidos o Japón. Nunca ha conducido un coche, nunca tuvo que sacarse el carné. Antonio Franco, un marchante de Jerez de la Frontera que le vendía muchos cuadros, cuando quería cuadros de Grazalema, donde tenía una casa, lo recogía de Carmona en su vehículo y se lo llevaba por la sierra de Cádiz para que pudiera tomar apuntes o hacer fotos de Benaocaz, Ubrique o Villaluenga del Rosario. El pintor guarda una intensa memoria de su relación pictórica con Grazalema, representada en multitud de sus obras. También los rincones de los paisajes rondeños o los pueblecitos de la Alpujarra han sido llevados a su lienzos, tablas o papeles, al óleo o a la acuarela. Nunca ha viajado al extranjero por razón de la pintura, aunque en los viajes que ha hecho dedicara gran parte del tiempo a visitar museos. En Venecia quedó cautivado por la belleza de la ciudad y hechizado por los palacios y los canales, por San Marcos y por La Academia. A su regreso empezó a pintar cuadros sobre la Serenísima para una exposición que nunca pudo inaugurarse porque los visitantes del taller que iban descubriéndolos los adquirían. Quedaron algunos que sacó del gabinete y los conserva en su colección particular. Nunca se ha quejado de su suerte. Lo ha vendido todo porque ha tenido muchos clientes. Jamás ha organizado una exposición y siempre los galeristas que han expuesto obra suya, previamente le han comprado las pinturas. Ha vivido de la pintura desde fines de los sesenta. Con su siempre recordada y amada Antonia Goncer ha criado y educado a siete hijos. Si tuviera que repetir lo ya vivido desearía dedicarse a la misma tradición pictórica a la que se ha consagrado y en la que sustenta una vida gozosa y creativa.

 

M. FDEZ. GARCÍA 2

Grazalema

(óleo sobre lienzo)

 

…Y todo en ti, Carmona, por ti, poso hojaldrado del tiempo y Arcadia del pintor. Donde la mano, la retina, la paleta, el lienzo, la línea, la perspectiva, la composición, el pincel y el color se aúnan para darte existencia otra vez más allá de ti misma.

 

YA SON TREINTA AÑOS. Por Rafael Rodríguez González

 

antoniomairena
Antonio Cruz García, «Antonio Mairena»

 

La idea no es mía. Además, he tenido que discutir tanto y a veces tan agriamente con su autor, que ganas me han dado de mandarlo todo a paseo. Pero, por fin, una tarde de la primavera, quizás muy similar a aquella en que Merceditas cambió de color, mi amigo Ramón Núñez Vaces lo hizo de parecer. Mi persistente esfuerzo no había sido en vano. De manera que quedé encargado de plasmar por escrito la idea que mi segoviano y terco amigo había tenido. En realidad, de hacer lo que pudiera.

            Pero he de aclarar algún extremo más. No es que yo no tema al ridículo, pero mi sentido de la amistad, o del compañerismo, me lo hace despreciar en ocasiones. Y ésta es una de ellas: vale que yo lo haga, pero no consentiré, si de mí depende, que mi amigo el segoviano incurra en él. De modo que puede decirse que escribo el presente texto por solidaridad no exenta de sacrificio.

      Entremos en materia. Ramón quería escribir sobre Antonio Mairena, ahora que en septiembre se cumplirán treinta años de su fallecimiento. ¡En buen lío se iba a meter! ¡Escribir sobre Antonio Mairena! Nada menos. No es que yo pueda hacerlo bien, pero, como ya he dicho, lo que no podía consentir es que alguna o mucha gente se riera de este segoviano metido a exégeta de tan alta figura. Que lo hagan de mí, vale que sea. (Hay que reconocer que lo que escribió sobre Juan Talega no lo hizo mal del todo).

             Pero, ¿qué decir de Antonio Mairena que no se haya dicho ya y que además no falte a la verdad, esa que casi siempre es relativa? ¿Que ha sido el cantaor más completo y enciclopédico de la historia del cante? ¿Que gracias a su empeño y facultades el gran público —no sé si cabe utilizar esa expresión en el mundo del flamenco— pudo conocer formas cantaoras casi perdidas o limitadas a exiguas minorías? ¿Que su aportación a la creación y desarrollo de los festivales fue importantísima? ¿Que gracias a él y a otros pocos el cante gitano pasó a ser mejor considerado en la sociedad? Pues sí, todo eso es cierto, e incluso seguramente más cosas que mi incapacidad me impide reflejar. Bueno, y que cantaba mejor que bien.

            Pero, todo hay que decirlo, ha habido gente que no ha considerado favorablemente esas aportaciones, al menos del todo. Se trata de aficionados que todavía soñaban o sueñan con el cante en las casas de Triana, en las cuevas y en las gañanías, es decir, con la máxima pureza, con lo prístino. Pero el curso de la historia es, para bien y para mal, imparable e irreversible. Y ni el hacer de Antonio Mairena ni el de otros que no eran de su cuerda fue lo que determinó la realidad que acabó imponiéndose a finales de los años sesenta. La mutación en las formas de vida (vivienda, alimentación, oficios, comodidades, el coche en la puerta, la más absoluta comercialización, la televisión, artificiosidad a tope y tantas cosas que impuso la «revolución» tecnológica) es lo que cambió la realidad de las formas y del fondo del flamenco, lo mismo que de todo lo demás. Es verdad que para mal e irremediablemente, pero… Así que menos mal que por lo menos, en aquel tránsito trágico y definitivo, hubo un Antonio Mairena y algunos y algunas más,  últimos representantes de una época que fenecía. Gracias a los prodigios de la técnica podemos gozar de esos prodigios del arte.

            Hay algo que es necesario destacar: que Antonio Mairena fue el mayor aficionado al cante que se haya conocido. Rectifico: los habrá habido iguales, pero no más. Esta última quizás sea una de sus facultades —yo creo que la más esencial— menos conocidas o valoradas. Porque Antonio Cruz García no se levantaba, sino el último, de una reunión flamenca, ni dejaba de escuchar a alguien, ni concedía importancia al tiempo salvo para emplearlo en el flamenco. Se ha dicho que esa dedicación la ejercía para sacar provecho, para aprehender cada matiz, cada tonalidad y faceta. Pues claro, nada más natural, pero demostración irrefutable de su profunda e inagotable afición. Yo creo que era el capitán Nemo del flamenco, sumergido por siempre en el mar del cante y del baile para cumplir su propósito de que en el mundo terrestre ese Arte tuviese el lugar que merecía. Tarea en la que cualquiera hubiera fracasado, no sólo él. Y me remito a lo del curso de la historia. 

 

joaquíneldelapaula

 Joaquín el de la Paula

por Juan Valdés

 

            A mí me parece que hacer elogios es innecesario. Hacerlo de tal o cual cantaor correspondía cuando no existían medios de grabación y era la tradición oral la que ignoraba a unos y hacía inmarcesibles a otros. Por ejemplo, ¡cuántas cosas se han dicho de Frasco el Colorao, de Juaniquí, de Cagancho, de Joaquín la Cherna, de Tomás el Nitri, del Fillo, de la Andonda y más! ¿Y de Joaquín el de la Paula? Ese mismo que, por cierto, sigue sin tener una calle en Alcalá, su pueblo (aunque la tuvo en los años setenta). Sí la tiene, y grande, Antonio Mairena, desde poco después de su partida, en merecida gratitud. Tampoco tiene calle con su nombre Manolito el de María. ¡Increíble pero cierto! Pero, ¿qué más da?, el cante y sus hombres y mujeres no están en azulejos y placas, aunque no es de negar que lo merezcan, sino en el corazón de quienes tienen la facultad porque es una facultad, muchas veces dolorosa, que no está concedida a cualquiera de apreciar el arte que de ellos ha brotado.

 

manolitoeldemaría

Manolito el de María

 

            Si los elogios son innecesarios, las comparaciones resultan absurdas. ¿Cómo y a cuento de qué hacerlo entre Antonio Mairena y cualquier otro cantaor que haya logrado celebridad, antes, durante y después de él? ¿Compararemos la aceituna con la pera? ¿El coco con la manzana? ¿El aguacate con la nuez? Claro que no, cada fruto tiene su sabor único, su textura diferenciada. Y cada uno nos aporta una sensación de placer distinta.

            Pero, claro, hay a quien no le gustan las nueces; a otros, las manzanas; existen los que no resisten ni que les mienten las aceitunas. «Hay gente pa tó», decía Rafael el Gallo (yo apostillaría a mi tocayo y hermano en la alopecia: «menos pa lo que tiene que haber»). Yo me cuento entre los que no les gusta todo (tengo un amigo que dice que a mí no me gusta nada, o casi). Sin embargo, o no obstante, jamás dejo de reconocer que tal o cual cantaor canta o cantaba muy bien, aunque a mí «no me ponga».

        Hay de todo, sí. Sé de gente que tiene la más completa colección de discos de flamenco: en ella se contienen todos los cantaores de los más variados estilos e idiosincrasias. Los más alejados de unos como estos de los otros. Es gente a la que le gusta eso: todo de todos. Me alegro por ellos, aunque me resulta difícil creerlo. De hecho, hay actualmente algún cantaor-cantante que tiene tantas facultades que es capaz de cantar por, o imitar a, la mayoría de los más conocidos de la historia. Sí, pero como el muchacho transmite menos que un cable de cartón, ¿de qué vale tanto poderío?

             La obra de Antonio Mairena produjo sus epígonos. Unos más afortunados que otros, como es natural. Al lado de excelentes seguidores hubo y hay imitadores que aunque se llevaran cada día de su vida escuchándole no lograrían otra cosa que aburrir y desesperar al oyente (aunque las tragaéras del gran público resultan increíbles). Lo mismo pasa con la pléyade de imitadores de otro celebérrimo cantaor, aunque en este caso no conozco ningún excelente seguidor, y sí muchísimos de los otros, hasta el punto de que cierto día, en un bar que ya no existe, uno que estaba cantando-imitando a ese celebérrimo de cuyo nombre no me acuerdo ahora, hizo que una lagartija cayera al suelo, muerta, y dos o tres grillos salieran de sus escondites, despavoridos.

 

antoniochaconpojiménez

Antonio Chacón

Por Jiménez

 

              Con todo lo referente a Antonio Cruz García pasa lo que con todo: o se es o no se es, se vale o no se vale. Muchos de ustedes conocerán aquello de Antonio Chacón, cuando alguien le preguntó que por qué siempre se hacía acompañar de cierto individuo que ni hacía palmas, ni decía nunca óle y casi ni hablaba. «Porque sabe escuchar», fue la respuesta del maestro. Lección que deberían aprender muchos, antes que la de escucharse. Pero hay que perder la esperanza en su logro: aquí todo el mundo nace sabiendo.

            Ya no me quedan más recursos para seguir refiriéndome a Antonio Mairena. No sé si lo que digo a continuación es una procacidad, o un reflejo de cierto orgullo, pero el caso es que un día de verano, estando yo, con mis diecinueve años a cuestas, en un bar que visitaba a diario, llegó Manuel García Fernández, «El Poeta de Alcalá», acompañado o acompañando a Antonio Mairena. Manuel, como yo ya surtía en asuntos del cante, me presentó al astro, o al revés, más bien. La mirada  de Antonio, mientras nos dábamos la mano, hizo que me pusiera más encarnado que el tomate más maduro que pueda acabar en un gazpacho.

             Palabras, palabras. Lo que hay que hacer es escuchar. Para los noveles es difícil en este mundo tan trepidante y a la vez tan estancado. Para los ya experimentados también, porque el bote sifónico en que nos vemos sumidos no nos deja «ni atrás ni alante».

             Así que, del amplio conjunto de grabaciones (discográficas y no) que hay recogidas en internet, les propongo dos, aunque podrían ser cincuenta. Para los noveles puede que sean reveladoras; para los experimentados, o que crean serlo, dos ocasiones para romperse la camisa (las hayan escuchado ya o no). Una es de Perrate de Utrera en el primer Gazpacho de Morón (Perrate de Utrera & Diego del Gastor – Soleá – 1963). La otra es de Antonio Mairena (Antonio Mairena – bulerías – 1963), conseguida en el mismo festival. Para qué hablar más. Se podrían decir muchas más palabras, sesudas frases y elementos definitorios. Lo que tiene que hacer el interesado es escuchar. Que no, pues adiós, muy buenas.

 

LA LEYENDA DE LA CALLE MAREA. Por Rafael Rodríguez González (Para Antonio Herrera, con sus dolores)

calleMarea 2012 LGV
Calle Marea
Alcalá
2012
(Foto: LGV)

Cristóbal Lugo Castro, un paisano fallecido hace más de treinta años, y que cuando me contó lo que sigue tenía, según él, más edad que el Palacio de Gandul —en realidad unos setenta—, aseguraba que su narración era tan cierta como que los ríos van a la mar porque una vez en ella dejan de sufrir estrecheces, o tanto como que padecer de reúma no tiene relación alguna con la humedad soportada, ya que nunca se ha hallado esa dolencia en animales marinos o fluviales. Realmente tenía razón en esto del reúma, como se demostró científicamente pocos años después. Y lo de los ríos es sencillamente impepinable.

            Por entonces ya sabía yo que el autor de historias siempre hace protestas de veracidad, y que Cristóbal, arquetipo del homo probus, jamás incumpliría esa ley, no por no inscripta menos consumada por todos los fabuladores. Como es natural en personas con tantos años encima, Cristóbal no hizo el relato de un golpe, sino que de cuando en cuando agregaba algún detalle y matizaba otros, con lo que su historia se enriquecía de vez en vez, además de mejor afianzarse en la memoria del joven escuchador.

            Cristóbal siempre trabajó en herrerías de Sevilla, donde, según decían, hubo un tiempo en que los patronos se lo disputaban. Habitó casi toda su vida en una casa de vecinos de la calle Salvadores, pared con pared a la del Tani, aquel simpático vendedor de sifones que repartía con su célebre motocarro. La potencia de esos sifones siempre sufrió el menoscabo del vulgo, aunque casi siempre en broma y siempre injustificadamente. Todavía andan por ahí algunos vejestorios que, al referirse a algo o a alguien sin vigor (qué mejor ejemplo que ellos mismos) dicen: «Tiene menos fuerza que los sifones del Tani». De eso nada. Yo testifico en sentido opuesto. Recuerdo perfectamente que una mañana, a las seis, recién abierto el bar en que yo trabajaba (en el 46 de la calle de La Mina), seis o siete conocidos, todos muy jóvenes, comenzaron a formar, como paso previo a su entrada, un poquito de escándalo en la acera. Habían estado toda la noche de parranda y ahora venían a divertirse a mi costa, por supuesto que sin ninguna mala intención añadida. Así que yo, haciendo gala de mi exorbitante simpatía (por la que soy renombrado del uno al otro confín del Universo), decidí contribuir al jolgorio: eché mano de un sifón, y, a una distancia de seis metros, tal que camión cisterna de la policía, los puse a todos empapados (que Santa Marta y San Teodoto me auspicien in aeternum, no por el hecho, sino por la similitud referida). Unos, tronchados de risa, entraron a celebrar la ocurrencia. Otros, los tontitos, se fueron, incapaces de digerir la sifonada. Y no hubo más, aparte de la constatación irrefragable de la fuerza de los sifones del Tani. Del Tani y de su hermana, que era la que los llenaba. 

 Campo de Concentración de Albatera

            Cristóbal había participado en la Guerra de España, donde sirvió en el Ejército Nacional. Pero, cuidado, mucho ojo, porque Cristóbal, que de lerdo tenía tanto como de monja de clausura, remachaba cada vez que podía que el Ejército Nacional fue el leal, el fiel a la República, y no el otro, plagado por tierra, mar y aire de moros, italianos y alemanes. A partir de abril de 1939 estuvo varios meses en el campo de concentración de Albatera (Alicante), donde, para suerte suya, coincidió con otro alcalareño: «el Pretolo», padre de uno que ha sido impresor a lo largo de cincuenta años. Al Pretolo lo salvó de ir a las cárceles de entonces, tal vez incluso de quedar bajo tierra albaterense, la agobiada y diaria insistencia de su joven esposa, ya madre de una niña, ante dos falangistas de Alcalá (de los de 1933), que, agobiados ellos mismos por el tesón de aquella muchacha, gestionaron su vuelta. Cristóbal vino en el mismo lote; de tacón, como si dijéramos.

            Pues bien, Cristóbal, que a diario visitaba el bar, fue poniendo en pie los elementos de lo que yo califico como leyenda y él llamaba historia fidedigna. Aprovechábamos los prolongados ratos en que el número de clientes era casi tan reducido como las probabilidades de que te toque la lotería, para que el herrero, como le conocía todo el mundo, fuera engarzando las partes de su relato. «¿Pero no era Carmela la que vivía enfrente de la tienda?», le decía yo. «¿Y quién ha dicho lo contrario? Lo que digo es que Ramón, un hermano de Carmela, tuvo mucho que ver con el asunto; incluso parece que sin su concurso no habrían ocurrido los hechos», respondía Cristóbal, que hablaba como un abogado. Y así tantas veces: protagonistas que bailaban acrobáticamente dentro del relato, hechos que se bifurcaban, circunstancias que de un día a otro se transmutaban en sí mismas y en las contrarias, escenarios que se subvertían… ¡Luenga y sinuosa leyenda la de Cristóbal!

            He dicho más arriba que Cristóbal no era ninguna monja de clausura. Ni monje del mismo jaez. Ocho hijos se le conocían y él reconocía: dos de una mujer, dos de otra (ambas solteras), y cuatro de la más cargada, que era la suya legítima. Del hecho de que ninguna de las tres mujeres lo despellejara ni en público ni en privado se deduce que nunca dejó desatendido a ninguno de los vástagos. Pero también, con casi total seguridad, que ninguna de las féminas objeto de sus atenciones podía reprocharle la falta de éstas. En fin, ellas y él sabrían. Eran otros tiempos. Ya no hay hombres ni mujeres así, ¿no creen? ¿O sí?

            «Menudo bicho», decía refiriéndose a él Ruperto, otro asiduo del bar. Ruperto tenía menos vida laboral que la Dama de Elche, y quizás por eso no quería bien a Cristóbal, mal ejemplo en cuanto a aplicación en el trabajo. Ese Ruperto, el único que he conocido personalmente (al músico Ruperto Chapí sólo lo conozco de oídas) también tenía sus historias. No de la extensión y profundidad de las de Cristóbal: las del perpetuo holgazán eran de lo más chabacano. Un solo ejemplo: contaba que uno que vivía en su misma casa de vecinos, tan harto de una de esas moscas sietemesinas del mes de octubre que hacen desear a cualquiera convertirse en aparato de Flix, salió a la calle acompañado por la impenitente, que se posaba una y otra vez sobre su cabeza. El sufridor optó por soportarla hasta llegar a un muro que sabía hecho de tapial. El aquejado de moscaditis terribilis esperó a que la alada se detuviera en su frente: fue entonces cuando el vecino de Ruperto asestó un monumental testarazo al paredón. La mosca, desprevenida —eso trae el acomodamiento y la confianza presupuesta—, quedó aplastada. José María, que así se llamaba el del cabezazo, salió indemne: no tuvo más que sacudirse el abundante caliche del muro y los restos casi inapreciables de la mosca, que quedó inservible hasta para ponerla, cual mariposa, en las páginas de un libro infantil.

            Yo conocía a José María, albañil ya jubilado, natural de Montellano. Hasta para mí, el más inocente y crédulo del mundo, estaba claro que Ruperto mentía: la verdad es que si el montellanero hubiera hecho tal cosa el muro habría ido al suelo: su cabeza era como la de un hipopótamo, y el resto del cuerpo hacía honor a la molondra.

            Un mediodía se produjo un enfrentamiento entre este José María y Cristóbal. El encaro surgió cuando José María, que conservaba como oro en paño su carnet de Falange de los años de la guerra y posteriores, reprochó a Cristóbal un chiste sobre Franco (que ya llevaba corpore sepulto casi un lustro). Menos mal que no pasaron de las palabras, porque Cristóbal, aun siendo un tipo bragado y membrudo, no hubiera podido resistir ni un manotazo de aquel mastodonte humano, al que yo, pese a todo, siempre aprecié y por eso ayudé en determinadas circunstancias. Que no llegaran a las manos se debió, en gran parte, a las palabras que les dirigió Francisco Alvarez Gandulfo, aquel practicante cuya personalidad, al igual que su pericia para mancharse en cuanto se llevaba algo a la boca, permanece indeleble en la memoria de cuantos tuvimos la fortuna de tratarle.

            He de contar el chiste, por más que lo conozcan muchas personas de cierta edad; pido perdón si hiero la sensibilidad de alguien, más si posee la magnitud física de José María: «Llegó Franco con su minúsculo séquito a un pueblecito donde se inauguraba un pantano. El alcalde, viejo, medio sordo y no muy despabilado, se dirigía así al Jefe del Estado: “Don Claudio, por aquí; don Claudio, por allí”. Hasta que el gobernador civil, airado, lo llevó a un rincón: “¿Pero usted por qué le dice don Claudio a Su Excelencia el Generalísimo?”. “Hombre”, le respondió el alcalde medio chocho, “es que yo no tengo tanta confianza como ustedes para decirle claudillo”».

            Una tarde, cuando Cristóbal pormenorizaba una de las tres fuentes de la leyenda, apareció su mujer (la oficial, Teresa), que le dijo desde la puerta: «Niño, que los civiles están buscando a Lorenzo». Cristóbal salió inmediatamente y la pareja (no la de los civiles, sino el matrimonio) se perdió por la calle Monroy, seguramente para no tener que subir los escalones de la de Mario Méndez Bejarano. El tal Lorenzo, que era anormal, tanto como grandote y fuerte, y que andaba por el campo a diario, era hijo de Cristóbal. Anormal, digo, pero seguramente por eso capaz de hacer cosas sorprendentes. De por qué lo buscaba ese día la Guardia Civil no llegué a enterarme, pero sí sé que en otra ocasión fue porque en una finca cercana al pueblo, en compañía de otro por el estilo, había matado a un ternero con un martillo y un destornillador. Lorenzo era la cruz de Cristóbal. Y no digamos de Teresa. No hacía mucho que, sin pensárselo dos veces (ni una, digo yo), se había sacado una muela con unos alicates. Esa vez no lo buscaron los guardias, sino que hubo que llevarlo urgentemente al hospital.

            Bueno, resulta que me he quedado sin espacio para seguir, dado que el editor de esta gaceta [ESCAPARATE], con el pretexto de la crisis, me lo recorta una barbaridad. Así que en la próxima oportunidad les contaré la leyenda de la calle Marea, original de Cristóbal Lugo Castro, la cual está tan intacta en mi memoria como lo estuvo de por vida la fuerza de trabajo de Ruperto, el embustero.

 

DE IMPUESTOS Y REYES: ALCALÁ DE GUADAÍRA Y EL EMPRÉSTITO FORZOSO DE 1865. Por Pablo Romero Gabella* 2012

A toda mi familia, y desde hace dos años aún más

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«Créalo don Mariano:

todos los gobiernos son peores

si no dan curso al dinero

para que corra de mano en mano.»

Benito Pérez Galdós, O´Donnell

(Episodios Nacionales, 4ª serie, 5)

Madrid, 1904

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«Hegel dice en alguna parte

que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal

aparecen dos veces.

Pero se olvidó de agregar:

una vez como tragedia y la otra como farsa».

Karl Marx,

El 18 brumario de Luis Bonaparte, 1869

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Isabel II
1830-1904
Federico Madrazo y Kuntz
1815-1894

…………Una velada en el teatro

Esta historia que les paso a relatar deberán ustedes decidir, queridos lectores, qué de tragedia o qué de farsa tiene respecto a nuestra actual circunstancia patria . Pero además de esto, nuestro relato contiene mucho déficit público, poco crédito, latrocinios reales, crisis de gobierno, algaradas en la Puerta del Sol, campañas mediáticas, muertes y también el enfoque micro: el alcalareño, por supuesto.

…………Comenzamos en el Teatro del Circo de Madrid el 30 de enero de 1865. Esa fecha, donde para muchos comenzó el español género de la revista, se estrenaba 1864 y 1865. Revista cómico-lírico-fantástica, obra del alcalareño D. José María Gutiérrez de Alba y con música de D. Emilio Arrieta.  En ella se glosaban los temas del momento en un tono sarcástico y cómico de la mano del viejo año 64 y de su jovencísimo hijo 65. En la Escena XI aparecen ante padre e hijo un grupo de hombres gordos y otro de flacos. Lo que sigue es una particular dialéctica castiza que comienzan los gordos: «nosotros somos/ los que benéficos/ salvando vamos/la situación./ Sin nuestra ayuda,/ sin nuestro crédito,/ no prosperará (nuestra nación).» A esto responden los flacos: «Nosotros somos/ los pobres cándidos./que seducidos/ por la ambición/ soltando, ilusos/ nuestro metálico,/con él perdimos/ nuestra ilusión.»

…………La obra se estrenaba, con éxito, cuando el país estaba inmerso  en la polémica provocada por la presentación en el Congreso de los Diputados , el 19 de enero, de un proyecto de empréstito forzoso de 600 millones de reales para los contribuyentes de más de 400 reales anuales. En la España del momento no se sabía muy bien quiénes eran los gordos o los flacos, si el Estado o los ciudadanos.

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…………La edad del pasteleo

Nuestra historia se enmarca dentro del período final del reinado de Isabel II (1844-1868), años marcados por la política del pasteleo entre los espadones  del partido moderado (Narváez) y la Unión Liberal (O`Donnell). Entre 1865 y 1868 triunfaba el liberalismo oligárquico (lo que dejaba fuera a gran parte de la población) y su política consistía en el «juego de regates cortos en torno a un poder cada vez más frágil… La contradanza que bailaron Narváez y O`Donnell  en torno a la reina fue un ejemplo mayor y más acabado de la miseria de aquel prolongado crepúsculo» (Isabel Burdiel, Isabel II. Una biografía, Madrid, 2010, p. 739). El año 1865 comenzaba con otro gobierno más del general moderado Narváez, que se formó el 16 de septiembre de 1864, y que intentaba aglutinar desesperadamente a las facciones del moderantismo, dando entrada en el Ministerio de la Gobernación  a González Bravo,  líder del sector duro y cercano a la Corte. La situación económica era alarmante ya que el ciclo de crecimiento comenzado en 1855 estaba en decadencia en gran medida debido al final de la burbuja ferroviaria inflada por el capital foráneo  y que tras diez años llegaba a su fin. Esto se demostró en 1864 con una serie de quiebras bancarias encabezadas por la francesa Sociedad General de Crédito. La contracción de la inversión extranjera trajo como consecuencia la desaceleración de la producción industrial y el retraimiento de los inversiones locales. Esto venía acompañado de un desbocado déficit público —¿les recuerda esto algo?— que no podía colocar sus títulos de deuda en los mercados europeos —¿cuál sería la prima de riesgo?—. El déficit se encontraba en torno al 30% (¡!), y esto era debido a razones tanto coyunturales como estructurales. Respecto a las primeras nos referimos al endeudamiento que se produjo durante el Gobierno Largo de O`Donnell (1859-1863) debido a las aventuras coloniales en Marruecos, México, Santo Domingo y la Conchinchina. En cuanto a las primeras nos encontramos con que la Hacienda pública adolecía del grave problema del escaso poder recaudatorio o, lo que es lo mismo, el elevado fraude fiscal existente. En 1845 los moderados intentaron organizar el sistema fiscal de la mano del ministro Alejandro Mon. Así, además de crear el Presupuesto del Gobierno que debía ser aprobado por las Cortes, unificaba el intricado catálogo de impuestos en dos grandes bloques: los directos (territorial o agrario, industrial y sobre las hipotecas) y los indirectos, siendo estos los que más afectaban a las clases populares, especialmente los odiados consumos que grababan los productos de primera necesidad. En el periodo de 1865-1869 el déficit público (diferencia ingresos-gastos) era de 155 millones. Del apartado de ingresos el 74% procedían de los impuestos indirectos, es decir, las fortunas más modestas o bajas eran las que sostenían en gran medida al Estado —¿les suena?—. Y en ese contexto llegó la propuesta del ministro de Hacienda, el marqués de Barzanallana, de obligar a todo contribuyente de más de 400 reales anuales a prestar dinero al Estado. Las consecuencias no fueron ni mucho menos las esperadas, al contrario, gran parte de la opinión pública, y no solo la oposición progresista y demócrata , se levantó contra tal medida y los periódicos comenzaron a recibir cartas de protesta de sus lectores.

Ramón María Narváez
1800-1868
Vicente López Portaña
1772-1850

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…………Carta de unos desconocidos

Una de esas cartas fue la que publicó el periódico madrileño La Libertad el 5 de febrero. La firmaban «vecinos y contribuyentes de Alcalá de Guadaíra» que «honrándose con el nombre de españoles (…) si vieran en el sacrificio que se les exige un remoto bienestar de ella, con gusto sacrificarían cuanto poseen por conseguirlo». ¿Quiénes eran? No aparece ningún nombre, pero la pista la ofrece el periódico al cual escriben, ya que se autotitulaba como «periódico moderado». Era una de las cabeceras a las que la oposición demócrata-progresista denominaba como «subvencionados», porque eran progubernamentales. No obstante los periódicos de aquella época no eran tan sectarios como podríamos pensar en nuestros días, ya que este periódico aunque moderado, se oponía a la orientación dura del Gobierno Narváez, y especialmente de González Bravo, convertido en el hombre fuerte del momento. Es tanto así que en su editorial del 1 de febrero decía que el problema del empréstito era «una cuestión de humanidad». Por tanto, podemos pensar que nuestros alcalareños podrían encuadrarse dentro del moderantismo. Sobre este grupo socio-político apenas sabemos algo en Alcalá, no más de los nombres de sus figuras más destacadas como Fernando Lasso de la Vega (proveniente de Sevilla y líder del moderantismo a mitad de siglo) o Isidoro Díaz y Cos (alcalde liberal-conservador al final del reinado de Isabel II y  durante la Restauración). Queda mucho por estudiar, si lo comparamos con el sector progresista-demócrata de Cabello de la Vega y de los Gutiérrez de Alba. Pero podemos establecer que las diferencias entre progresistas y moderados no parecían tan evidentes en el plano de lo social, ya que se nutrían de la mediana y pequeña burguesía donde los  panaderos tenía un importante papel debido a su éxito en el mercado sevillano (en 1864 los asilos municipales para mendigos utilizan en exclusiva el pan alcalareño).  En la carta de nuestros desconocidos alcalareños encontramos un especial interés por la industria, más que por el campo. Sobre el campo señalaban que los males se centraban en «la escasez de las cosechas anteriores y lo costoso de las  labores a causa de la falta de brazos» y que por tanto «tienen a la clase labradora por demás esquilmada».  El punto de vista sobre los problemas del campo vienen desde una óptica de propietarios (clase labradora), señalando uno de los tópicos del momento por parte de los propietarios: la falta de mano de obra campesina. Sin embargo señalan que la que sería arruinada con esta medida sería la industria. Y parten de una idea: el subdesarrollo de la industria en España. Así decían que «como en la mayor parte de las provincias de España, la industria se ejerce en tan pequeña escala que el capital en ella invertido equivale al tanto o cuanto más al duplo de la contribución que en un año se satisface». Por tanto concluyen que «tan pequeño capital, claro es que no da garantía al prestamista para exigir sobre él cantidad alguna, ventaja que reporta por de pronto el dueño de la propiedad inmueble». Y a continuación pasan a hacer un ejercicio contable muy burgués: «Éste, sin embargo, cuando la encuentra tiene que abonar el 15 y el 20 por 100, que unido a los gastos de la fianza y los demás indispensables al negocio, no baja del 25». Si los gastos para satisfacer al Gobierno son del 25%, y la deuda pública supone un interés para el contribuyente del 6% —y si tiene el valor de «luchar en las oficinas encargadas de abonarles»— se infiere que «resultar debe un perjuicio del 19 por 100 a los que pidan  y encuentren prestado para prestar al gobierno (…) nada diremos de aquéllos que no importando su capital el tanto que se les exige, tienen que entregarlo en el espacio de siete meses, sin encontrar quien les preste un céntimo». A resultas, para prestar al gobierno había que pedir prestado, y eso quien pudiera. Gutiérrez de Alba no encontraba mejor metáfora de la situación económica del país en su sátira que la de los gordos y los flacos.

…………Para los contribuyentes alcalareños, esta medida, más que beneficiar al Estado supondría que «daríamos uno, dos y más pasos hacia su completa y quizás próxima ruina». Y terminaban diciendo que «medios tiene el gobierno de S.M. con que hacer desaparecer la apurada situación en que el Tesoro se encuentra, sin privar al país de los veneros de su riqueza.  La Cámara los conoce, como los conoce el gobierno por ello». En este razonamiento, tan familiar hoy a nuestros oídos,  no sabemos a qué medios aludían para acabar con el déficit aunque creemos que algún papel pudiera corresponder a la Corona.

Emilio Castelar y Ripoll
1832-1899
Joaquín Sorolla y Bastida
1863-1923

.…………Monarquía rasgada

Junto a la exposición de nuestros alcalareños salieron a la luz de las imprentas muchísimas más, uniendo a sectores críticos del moderantismo con progresistas y demócratas, donde estacaba la afilada prosa de su líder Castelar desde su tribuna en La Democracia, y que lograron al final tumbar el proyecto y hacer caer el 20 de febrero al ministro de Hacienda (que curiosamente, o no, volvería a hacerlo en el último gobierno de Isabel II). Sin embargo, el Gobierno de Narváez intentó una salida al fracaso de su política con un golpe de efecto, que diríamos hoy mediático. El mismo día que dimitía el ministro de Hacienda, presentaba un proyecto de Enajenación del Patrimonio Real para así aliviar el problema del déficit. El Presidente del  Gobierno diría con entusiasmo que la Reina había tenía un «rasgo de la inagotable munificencia» real y exclamaba «¡Cuán feliz es la nación que tiene una Reina, tan grande, tan generosa, tan patriótica!». No obstante la reacción no se hizo esperar, cinco días después, el 25 de febrero, Castelar publicó en La Democracia uno de los más famosos artículos de la historia de nuestro país, titulado «El rasgo», donde se ponía en solfa la pretendida generosidad regia ya que de las ventas de los bienes reales el 75% pasaría al Estado y el 25% a la reina. Castelar defendía que no era tal la generosidad, sino un verdadero latrocinio de las arcas del Estado ya que la reina convertiría en bienes personales el 25% de los bienes públicos. Este artículo provocó tal conmoción, que las consecuencias no se hicieron esperar. La oposición cargó las tintas contra la supuesta generosidad de la Reina ya que además de no enajenar sus joyas ni los principales palacios (propiedad privada de los reyes) hacía un buen negocio. Era por así decirlo una gran desamortizadora en su propio beneficio, tal como Teresita, la cortesana,  protagonista del Episodio Nacional de Galdós que cubría esa etapa. El Gobierno pidió que Castelar fuera expulsado de su puesto como profesor de Historia en la Universidad de Madrid.  Esto provocaría la caída del rector y las iras del alumnado que organizaría manifestaciones y actos de desagravio ante las autoridades. A esto respondería el Ministro de Gobernación, González Bravo, con lo siguiente ante el pleno del Congreso:  «Si se acude al terreno de la fuerza se opondrá la fuerza, al hierro se opondrá el hierro ¡y desgraciado del que caiga!». Y así las cosas, en la noche del 10 de abril de 1865, la célebre noche de San Daniel, la manifestación de estudiantes en la Puerta del Sol terminaría en algarada, y con ella los disparos de las fuerzas del orden que ocasionaron 9 muertes. Cientos de estudiantes acabaron detenidos. Tan maltrecho quedo el gobierno que el 21 de junio dimitió y pasó, como no podía ser de otro modo, a manos de O`Donnell. Se cerraba en falso un problema que a la larga acarrearía el final de la Monarquía, ya azotada en años anteriores por los escándalos de corrupción y nepotismo de la reina madre María Cristina de Borbón y su segundo marido, el Duque de Riánsares. Como bien dice la principal biógrafa de Isabel II, Isabel Burdiel, estos hechos sirvieron para «enturbiar más la imagen de la reina escandalosa, lasciva y reaccionaria».

…………En Alcalá al finalizar el año de 1865, se conformaría el Comité del Partido Demócrata, presidido por Cabello de la Vega. Los antes monárquicos-progresistas ahora pasaban a conformar  la opción democrática y republicana que a partir de la Revolución de 1868 y hasta 1873 gobernaría Alcalá de Guadaíra. A buen seguro, los acontecimientos que hemos narrado habrían jugado un papel destacado en este cambio.

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(*) Pablo Romero Gabella es profesor de Historia

del Instituto de Enseñanza Secundaria Vía Verde

de Puerto Serrano (Cádiz)